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REGINAlD ROCkWOOD III
Reginald Rockwood III ha fallecido hoy a los treinta y cinco años. Era el heredero de una de las familias más ricas del estado. Nació en San Francisco en 1925 y estudió en el centro privado Cate de enseñanza secundaria. Posteriormente, cursó estudios en la Universidad de Berkeley, donde se licenció con matrícula de honor. Se destacó en el servicio de las fuerzas armadas y fue condecorado con la medalla al valor durante la guerra de Corea. Sus padres y su hermana, la señora Eugene Haskell, de Palo Alto, lloran su muerte. El funeral se celebrará en la catedral de Grace el martes próximo.
Era un día fresco del otoño de 1960 en San Francisco. John F. kennedy acababa de ser elegido presidente. Sa muel Hamilton estaba sentado a la Tabla Redonda del bar Camelot, una mesa que había compartido con Reginald casi todas las noches durante mucho tiempo. Mal podían imaginar los propietarios del bar que un día los eruditos elegirían ese nombre para referirse al corto mandato de kennedy.
Samuel era originario de Nebraska, de ascendencia medio
escocesa medio alemana, y había abandonado sus estudios en
la Universidad de Stanford hacia el final del segundo curso,
cuando unos asaltantes desconocidos atracaron y asesinaron
a sus padres. El duelo lo llevó a beber más de la cuenta y un
día, borracho, se estrelló de frente contra otro coche, hiriendo de gravedad a una joven. Habría ido a la cárcel, pero lo
salvó un abogado de San Francisco. El incidente le costó la
licencia de conducir, suspendida por tres años, y lo sumió
aún más en una oscuridad de la que no había salido.
leyó con tristeza el texto de la esquela necrológica publicada en el periódico donde trabajaba vendiendo anuncios clasificados. la muerte de Rockwood no contribuía a mejorar
su estado de ánimo. Incapaz de superar la pérdida de sus padres, llevaba seis años dando tumbos sin una meta fija, arrastrando una depresión que parecía decidida a eternizarse y que
le servía como excusa para su falta de ambición. ¡Y ahora
esto! Había perdido a la persona con la que compartía copas
y penas casi a diario. Durante un par de años había escuchado
con admiración y una cierta dosis de envidia las historias de
Reginald sobre viajes por el mundo y conquistas de mujeres
exóticas en cada rincón del planeta. Incluso habían hablado
de la posibilidad de hacer juntos uno de esos aventureros viajes. Para alguien en el estado en que se encontraba Samuel,
Reginald era como un salvavidas.
Perplejo, se rascaba la cabeza, donde el pelo rojo era cada vez más escaso, mientras chupaba con fruición de un cigarrillo sin filtro. De los hombros le colgaba, flácida, una americana ancha, con las mangas plagadas de quemaduras y espolvoreada de caspa. Todo en él contrastaba con el pulcro Rockwood, que había sido un hombre apuesto, a pesar de la sonrisa desdeñosa que a menudo le torcía la expresión. Samuel recordó las marcadas arrugas que su amigo tenía en las comisuras de la boca y los ojos, que seguramente podían atribuirse a la vida fascinante que llevaba. No le restaban atractivo a su apariencia: delgado, de huesos largos, abundante pelo liso y negro, aplastado hacia atrás con gomina, ojos de párpados pesados, cejas bien dibujadas, como un actor italiano. Era — según Samuel — impecable en el vestir. De hecho, nunca lo había visto con otra cosa que no fuera un esmoquin. En más de una ocasión Samuel se había preguntado si el atuendo de Reginald no estaba un poco fuera de lugar, pero nunca se había atrevido a mencionarlo. ¿Quién era él para opinar sobre moda? Su amigo era de hábitos nocturnos y se movía en la alta sociedad, donde tal vez el esmoquin era de rigor. Sacudió la ceniza del cigarrillo apuntando hacia el cenicero, pero falló y una parte fue a parar a la mesa, mientras el resto flotaba ligero hacia el suelo.
Eran las once de una mañana de sábado. Desde el bar se podía contemplar la bahía de San Francisco y los tranvías que alertaban a campanazos antes de girar y descender desde Nob Hill. En días fríos y con ventisca, como ese, los conductores les facilitaban mantas a los pasajeros para cubrirse las piernas durante el trayecto. A esa hora Samuel era el único cliente sentado a la mesa. llamó a Melba, copropietaria del Camelot, una mujer que debía de tener unos cincuenta años, pero parecía mayor porque el tabaco, el alcohol y el trabajo la habían curtido. Tenía voz ronca de marinero y su única frivolidad consistía en pintarse las canas con visos azulados. En la luz del bar su pelo parecía una peluca.
—¿Te has enterado de que Reginald Rockwood ha muerto?
—leí la esquela en el periódico. ¿Qué le pasó?
—No sé.
—Era un gilipollas cuando estaba vivo y sigue siéndolo
ahora que ha muerto.
—¿Cómo? — exclamó Samuel — . Yo creía que por aquí caía bien y era respetado. lo que está claro es que tenía pinta de triunfador.
—¡Y una mierda! El tío siempre iba por ahí con su puto esmoquin como si estuviera de camino a una puesta de largo, pero hay que afrontarlo: si de verdad hubiese sido un triunfador, no habría venido aquí a pasar el rato.
Samuel dejó pasar el comentario que, en buenas cuentas, podía tomarse casi como un insulto personal.
—lo que a ti te pasa es que estás cabreada porque te debía doscientos dólares y lo más probable es que no los recuperes. ¿O es que sabes algo de él que yo ignoro?
—Es solo una impresión — contestó Melba — . Solo una impresión.
—¿Y en qué te basas?
—En que era un gilipollas y apretado como culo de mula.
Aunque venía todas las noches, nunca invitó a una copa a nadie y ni siquiera pagaba las suyas.
—Siempre te cayó mal porque no te dejaba propina. —Es más que eso. ¿A que nunca lo viste comer nada, excepto lo que hay en la mesa de aperitivos del fondo?
—Eso es cierto. Pero siempre iba de camino a alguna fiesta importante. llevaba la invitación en el bolsillo de la chaqueta y solo pasaba por aquí para picar algo y tomarse una copa antes.
—Vale, hagamos una apuesta — dijo Melba — . Diez pavos a que no encuentras una sola persona por la que ese tío se haya gastado ni un centavo.
—Pero ¿qué dices? ¡Si iba a llevarme a Marruecos! Ya había comprado los billetes, o por lo menos eso es lo que me dijo en más de una ocasión.
—Ya, claro, enséñamelos. — Melba se rió.
—Vale, acepto la apuesta — dijo Samuel, desarmándola
con la sonrisa que lo iluminaba cuando estaba contento o
creía que había dado un golpe maestro, como en el caso de
aquella apuesta. Sin embargo, no tenía ni idea de cómo demostrar que Reginald realmente tenía los billetes de avión.
Se quedó absorto, fumando, bebiendo a sorbitos su whisky con hielo y reflexionando. Había pasado mucho tiempo hablando con Reginald y pensaba que lo conocía. lo creía una persona sensible y culta, que comprendía los complejos problemas del mundo. Desde luego, no lo consideraba un agarrado ni un gilipollas, como insinuaba Melba, aunque incluso ella debía haber confiado en él, ya que le había prestado una suma muy considerable. Samuel se habría quedado con esa idea de su amigo y continuado con su mediocre existencia de no haber ido al anunciado funeral de Reginald en la catedral de Grace, el martes siguiente.
llegó pronto, pensando que iba a haber mucha gente. Pero se encontró con la iglesia desierta. Esperó hasta la hora señalada, pero ni empezó el funeral ni tampoco parecía que hubiese nadie interesado en asistir a ningún servicio. Se acercó a la entrada de la iglesia y miró el tablón con las actividades programadas para el día, pero en ninguna se mencionaba a Reginald Rockwood. Pensando que se había equivocado de fecha, se acercó a un sacerdote de aspecto paternal que deambulaba por allí y le preguntó si sabía algo del difunto. El religioso le hizo el favor de consultar el registro de la iglesia y comprobó que no había nada programado para el señor Rockwood ese día ni tampoco en los anteriores o posteriores a esa fecha.
Samuel volvió al Camelot justo cuando Melba comenzaba su turno y le contó lo que acababa de pasarle.
—Seguro que el propio Reginald publicó la esquela necrológica con la idea de marcharse de la ciudad para escapar de sus deudas — opinó ella, pensando en los doscientos dólares que no volvería a ver.
—¿Y el muerto?
—Ahí está la cosa. ¿Estás seguro de que el cadáver es de
Rockwood? No era el único vestido con esmoquin en la
ciudad.
—Es evidente que lo identificaron, Melba.
—Puede haber sido un accidente — sugirió ella.
Samuel se tomó dos whiskies dobles con hielo y luego, inquieto, se encaminó hacia su guarida a la salida de Chinatown, en la esquina de Powell Street con Pacific Avenue. Consistía en una sola habitación con el espacio justo para una cama, un sofá y una mesa, que necesitaba a gritos una limpieza a fondo. Colgaba la ropa en una cuerda tendida entre dos paredes. También disponía de una cocina del tamaño de un armario, que no usaba nunca, y un baño mínimo con la grifería oxidada. No era un palacio, pero no había razón para quejarse. En apartamentos como el suyo vivían familias enteras de chinos.
Subió la escalera tambaleándose, se metió en la cama y no se despertó hasta la mañana siguiente.
El miércoles por la mañana fue a tomarse un café y un bollo a
Chop Suey louie, el restaurante chino de la esquina. le dio
los buenos días al dueño, amigo suyo, que contestó al saludo
con una gran sonrisa, y a la madre, que siempre se instalaba en
una mesita cerca de la puerta, vigilando a los clientes. la diminuta anciana llevaba más de treinta años en San Francisco y
todavía se creía en Cantón, no hablaba una palabra de inglés y
no se aventuraba jamás fuera de las calles de Chinatown.
louie, en cambio, hablaba inglés sin acento y se sentía tan
americano que su restaurante estaba decorado con banderas y
fotos de soldados. Estaba orgulloso de haber llevado el uniforme americano en la Segunda Guerra Mundial y en la de
Corea. Era más o menos de la misma estatura que Samuel,
con el pelo tieso, la cara marcada por huellas de acné y la amabilidad que le había ganado más clientes de los que su cocina
merecía.
las doce mesas del local estaban cubiertas por hules a
cuadros de dudosa limpieza. En cada una había un bote de
salsa de soja, un salero, un pimentero y un servilletero de cromo con servilletas de papel. Samuel solía sentarse ante la barra, desde donde podía contemplar a su gusto el gran acuario
que ocupaba la pared del fondo, entre el comedor y la cocina.
los peces tropicales nadando entre la tupida vegetación del
tanque le producían una calma hipnótica. A veces iba allí solo
para verlos.
Después de tomarse su café matutino, cogió el tranvía de la línea de Hyde Street hasta la última parada, al final de Powell Street, y siguió a pie hasta el periódico, que quedaba a solo unas manzanas, en la esquina de Market con la calle Tres, después de ajustar la hora en su reloj con el de la torre del edificio del Ferry. Samuel compartía despacho con otros cinco vendedores de anuncios, en el sótano del edificio de veinte pisos que albergaba la sede del gigantesco periódico. Bajó dos tramos de escaleras mal iluminadas y, cuando llegó al pasillo, se alegró de que el ventilador del techo estuviera en marcha, porque aliviaba un poco el olor a humedad de aquel hoyo insalubre. Abrió una puerta con cristal opaco y un rótulo con letras negras que anunciaba el Departamento de Publicidad y encendió el tubo fluorescente que iluminaba aquella estancia sin ventanas dándole una tonalidad verdosa. Había cinco mesas encajadas en un espacio en el que solo cabían dos; en todas ellas se amontonaban guías telefónicas de varios años y pilas de papeles. Algunos llevaban allí mucho tiempo. Samuel revisó sus mensajes, todos bastante prosaicos, la mayoría promesas de comprar un aviso en un futuro indeterminado. Trató de concentrarse, pero el fantasma de Reginald Rockwood le pesaba. ¿Por qué iba un muerto a dejar de asistir a su propio funeral? Empezó a darle vueltas al comentario de Melba de que Rockwood había planeado desaparecer. Por último fue a hablar con el encargado de la sección de necrológicas.
—¿Recuerdas cuándo entró esto? — le preguntó, enseñándole el recorte que llevaba en la mano.
El empleado lo cogió distraídamente y desapareció en el cuarto trasero. Mientras esperaba, Samuel intentó alisar las arrugas de su camisa blanca y estirar las mangas de su americana. la ceniza de su cigarrillo cayó al suelo y el ventilador del techo la esparció por el cargado ambiente del despacho.
El empleado volvió con el registro.
—Me acuerdo del tío que trajo esto. Imposible olvidarlo.
Iba de punta en blanco, nada menos que de esmoquin a una
hora en la que nadie se viste así. Me dijo que su hermano había muerto y quería que le garantizásemos que la esquela se
publicaría el sábado. lo que me cabreó fue que quería ser
tratado como un príncipe, pero el muy capullo no me dio
propina.
—De esmoquin, ¿eh? — contestó Samuel, dándole otra calada al cigarrillo — . ¿Puedes describírmelo?
—Era un tío guapo. Pelo negro, engominado, ojos marrones.
—¿De qué estatura?
—Me pareció más bien alto. Buena pinta.
—¿Dejó alguna dirección?
—¡Desde luego! En una zona pija, por Broadway, en Pacific Heights.
Samuel lo anotó, perplejo. Empezaba a plantearse que quizá Reginald realmente había publicado su propia esquela. Se despidió del empleado, subió a saltos la escalera y salió a la calle. Empezaba a lloviznar y andaba sin abrigo. Cogió el trolebús que cruzaba Market Street y su bía por kearney, y luego cambió a un autobús en Pacific Avenue, justo en los límites de Chinatown, donde hasta el olor era diferente. El olor estéril del distrito financiero era sustituido por el aroma de la soja y el jengibre y casi se podían saborear los tallarines que se preparaban en las cocinas chinas. El autobús subió la colina y cruzó Van Ness Avenue, en dirección al barrio donde Samuel creía que vivía Reginald. Samuel llamó al timbre de una mansión que tenía un porche con columnas griegas. Cuando se abrió la puerta de caoba profusamente labrada y barnizada en un tono oscuro, se encontró mirando desde arriba a una doncella china con uniforme negro, toca almidonada y delantal blanco, que lo observaba con desconfianza a través de unas gafas con montura de metal.
—¿Qué desea?
—Me llamo Hamilton. Soy del periódico local. Estoy investigando para un artículo sobre Reginald Rockwood III.
Según nuestros archivos, vivía aquí.
—No, no. Ese homble no vive aquí — contestó.
—Pero ¿al menos lo conocía? — preguntó aliviado.
—Ese homble vino a fiesta. Mucha hamble. Come y bebe
glatis y se va.
—¿Y eso cuándo fue?
—Hace tles meses.
—¿Cómo es que se acuerda de él?
—Lecueldo todos que vienen aquí, también nomble. Ela
muy alto y, pala sel blanco, guapo. Pelo pegado con gomina.
Mucha hamble. Come mucho, luego se va.
—¿Sabe dónde vivía o de dónde venía?
—No, no. Solo vino a fiesta. Antes nunca vi. Tenía invitación.
—¿Puedo hablar con la señora de la casa? — preguntó. —No está. Si deja taljeta, ella quizá llama.
Samuel le dio su tarjeta.
—Gracias por su tiempo.
—De nada. — Y le cerró la puerta en la cara.
Durante el trayecto en autobús hasta el centro Samuel tuvo tiempo de pensar. Cada vez resultaba más probable que su amigo hubiese redactado su propia esquela, pero no comprendía por qué había publicado una sarta de mentiras. las dudas de Melba seguían dándole vueltas en la cabeza. No podía creer que su amigo se suicidara por doscientos dólares, seguramente debía mucho más o tenía problemas de otra clase. ¿Qué sabía de él? Casi nada, en verdad. Se bajó frente al periódico y fue a buscar a un reportero amigo suyo, que se dedicaba a asuntos policiales. lo encontró tecleando furiosamente en su máquina de escribir, con los dedos negros de tinta y papel carbón. le explicó lo que había averiguado.
—Prueba a hablar con el forense, es el que investiga las muertes — le sugirió.
Samuel siguió su consejo y veinte minutos más tarde se encontraba en la oficina del forense, detrás del nuevo Palacio de Justicia que albergaba los juzgados de lo penal.
—¿Está el jefe? — preguntó al secretario, un joven esmirriado de dientes amarillos.
—Ahora mismo está con una persona. ¿Quién le digo que ha venido?
—Samuel Hamilton. Me envía el reportero encargado de los asuntos policiales — contestó Samuel — . Trabajo en el periódico.
—Quizá yo pueda ayudarlo.
—Estamos investigando la muerte de Reginald Rockwood III. ¿le suena el nombre?
—Sí, claro que sí. Me tuvo ocupado durante un tiempo, pero al final el jefe decidió encargarse personalmente del caso. Dicen que el tío se movía en los mejores círcu los.
—¿Cómo que «dicen»?
—Siga la conversación con el jefe — dijo el secretario — .
Ya está libre.
Samuel entró en el despacho del forense. Era un hombre desgarbado, con la expresión melancólica de una tortuga. llevaba una bata blanca con su nombre en una placa. En su oficina había ilustraciones de anatomía que mostraban diferentes partes del cuerpo y un esqueleto auténtico en un rincón, al que le había puesto una boina francesa.
—Entiendo que usted está preguntando por Reginald Rockwood — dijo el forense.
—Eso es. los datos que tengo sobre él no encajan — confesó Samuel — . Ya sabrá que publicó su propia esquela unos días antes de morir.
—Bueno, el cuerpo que tenemos aquí es el suyo. las huellas coinciden.
—¿Cuál fue la causa de la muerte? — preguntó Samuel. —Suicidio. Se lanzó contra un trolebús en marcha. Pero no tenía que haberse molestado: tenía muy mala salud. la autopsia reveló un hígado del tamaño de una pelota de fútbol.
Supongo que sabía lo que se le venía encima y prefirió acortar camino.
Samuel sacudió la cabeza, incrédulo.
—Fui a la dirección que dio, pero la doncella me dijo que
nunca había vivido allí.
—¿Ah, sí? Nosotros aún no tenemos ninguna dirección. ¿Allí lo conocían?
—Solo de una fiesta a la que había ido hace unos tres meses — contestó Samuel.
—llamamos a la tal Haskell, la que según él era su hermana, pero no había oído hablar de él en su vida — dijo el forense.
—la tacharé de mi lista — dijo Samuel — . ¿Sabe si Rockwood trabajaba? Y en ese caso, ¿dónde?
—Ni idea — respondió el forense — . Fue ingresado en el hospital General el viernes por la noche, ya estaba en coma y murió el sábado por la mañana sin haber recuperado el conocimiento. De momento, nadie ha reclamado el cadáver. Y, hasta donde yo sé, nadie va a hacerlo.
—¿Tiene el cuerpo aquí? — preguntó Samuel, muy sorprendido.
—Esta es la morgue. ¿Dónde más quiere que esté?
—¿Puedo verlo? Era un amigo muy especial... Me haría
un gran favor, esto significa mucho para mí.
la cara de tortuga expresó dudas por un momento.
—Esto se sale de las reglas habituales, pero supongo que
conviene tener una identificación para el informe. Sígame
— decidió, al fin.
Caminaron a lo largo de un pasillo y atravesaron varias puertas dobles de vaivén hasta llegar a la morgue. Una puerta a la derecha del vestíbulo daba acceso a una sala. Tres de las cuatro paredes tenían compartimientos de acero inoxidable marcados con números. Había un escritorio junto a la puerta, con un libro de registro y un cuaderno para anotar. El forense buscó el nombre de Rockwood, escribió el número en el cuaderno, le arrancó la página y se dirigió al compartimiento número 25.
—¿No sufre del corazón ni de algo parecido, espero? — le preguntó a Samuel.
—No, señor. Pero admito que no he visto un muerto desde que fallecieron mis padres, hace algunos años.
—¿Está seguro de que quiere verlo?
—Sí, es importante para mí.
—Bueno, usted lo ha pedido. — Y abrió el cajón.
En una especie de bandeja metálica Samuel vio la silueta de un cuerpo cubierta por una sábana. Sintió un aire helado que salía del hueco. El forense dejó de tirar del cajón cuando ya aparecía más o menos un metro y lentamente retiró la sábana, dejando a la vista la cabeza y los hombros hasta más abajo de los pezones.
—Es él — dijo Samuel cuando pudo controlar la voz, después de medio minuto de silencio.
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