El leproso de Saint-Giles (Fray Cadfael 5)

Ellis Peters

Fragmento

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1

 

 

 

 

Aquella tarde de un lunes de octubre del año 1139, fray Cadfael salió de la caseta de vigilancia sombríamente convencido de que algo nefasto ocurriría antes de que regresara al gran patio de la abadía, pese a que en principio no estaría ausente más de una hora. Sólo iba al hospital de Saint Giles, al final de la barbacana de los Monjes, a menos de un cuarto de legua de la abadía de Shrewsbury, con el simple propósito de reabastecer de aceites, lociones y ungüentos el armario de las medicinas del hospital.

En Saint Giles hacían abundante uso de tales remedios. Incluso cuando había pocos leprosos, para cuyo cobijo y asistencia se había creado el hospicio, siempre tenían a su cuidado alguna alma indigente o enferma, y la aplicación de los remedios herborísticos de Cadfael sanaba y calmaba no sólo la mente sino también la piel. Más o menos cada tres semanas el monje hacía la peregrinación para sustituir lo que se había gastado. Últimamente lo hacía con tanta mejor disposición por cuanto fray Marcos, su estimado y añorado ayudante en el herbario, había considerado su deber servir durante un año a aquellos infelices, y cada visita a Saint Giles era un bendito recordatorio de los serenos días de antaño.

A decir verdad, los presagios de fray Cadfael no tenían nada que ver con los transcendentales acontecimientos que pronto tendrían lugar en la abadía de San Pedro y San Pablo de Shrewsbury, y no guardaban la menor relación con bodas, desposorios o súbitas muertes violentas. El monje más bien temía que, en su ausencia, se rompiera alguna vasija de costoso líquido, se dejara hervir en exceso algún jarabe, se quemara algún perol en su cabaña de los huertos de hierbas medicinales o se alimentara demasiado el brasero y prendiera fuego a las bolsas de hierbas secas que colgaban del techo, y, en el peor de los casos, el fuego se extendiera a toda la cabaña.

Marcos era amable, cumplidor y escrupuloso. En su lugar, Cadfael había recibido por sus pecados al más jovial, cándido, descuidado y chapucero de los querubines, una eterna promesa que jamás se cumpliría y a la que nunca se castigaba por sus errores, un inexperto novicio de diecinueve años, suspendido para siempre en la edad de un despreocupado niño de doce. Sus dedos eran todos pulgares, pero su entusiasmo y confianza eran absolutos. Sabía que podía hacerlo todo porque no le faltaba buena voluntad, pero lo estropeaba todo tan pronto como tropezaba con un obstáculo y siempre se sorprendía y horrorizaba de las catástrofes que producía. Por si fuera poco, era el ser más alegre y afectuoso del mundo. Y también, por desgracia, el más impermeable a los reproches, dado que en él la esperanza era eterna. Cuando se le reprendía por haber roto, estropeado, destrozado o quemado algo, capeaba serenamente el temporal y se mostraba arrepentido y seguro de la gracia, confiando en que sabría evitar en el futuro la repetición de sus errores. Cadfael le estimaba tanto como se enfurecía con él, y siempre daba tristemente por descontados los daños que el mozo provocaba cada vez que le dejaban solo para que siguiera las instrucciones. Aun así, el joven también tenía sus virtudes, aparte de la dulzura de carácter. Cavando la tierra, uno de los principales desafíos del otoño, no tenía igual; se entregaba a ello con el mismo celo que otros dedicaban a la plegaria, y removía la tierra negra con un amor y un sentimiento de afinidad que Cadfael recibía con inmenso beneplácito. ¡Pero que no se le ocurriera plantar lo que cavaba! ¡Fray Oswin tenía unos dedos infames!

De ahí que fray Cadfael no tuviera mucho tiempo para pensar en la gran boda que se iba a celebrar en la iglesia de la abadía dentro de dos días. La había olvidado por completo hasta que observó, a lo largo de la barbacana, cómo la gente salía de sus casas y se congregaba en volubles grupos, dirigiendo miradas expectantes hacia el camino de Londres. Era un día frío y nublado, y en el aire se percibía una ligera bruma de lluvia, pero las comadres de Shrewsbury no pensaban perderse el espectáculo por semejante minucia. Por aquel camino llegarían los dos cortejos de la boda, y estaba claro que había corrido la voz de que éstos ya se acercaban a la ciudad. Puesto que no cruzarían las murallas, un considerable número de burgueses había salido para reunirse con la gente de la parroquia de la barbacana. El bullicio y la agitación eran casi los de un día normal de feria. Hasta los pordioseros que solían merodear por las inmediaciones de la caseta de vigilancia mostraban una aire de emoción festiva. Cuando un barón, cuyos dominios abarcaban cuatro condados, llegaba para casarse con la heredera de tierras tan vastas como las suyas, era natural esperar que el acontecimiento se celebrara con generosa largueza.

Cadfael dobló la esquina de la muralla, junto a la verde extensión de la feria de caballos, y siguió por el camino donde apenas había casas y los campos y bosques extendían sus verdes dedos hasta rozar sus bordes. Allí, las mujeres también habían salido a las puertas de sus moradas, esperando ver a la novia y al novio cuando llegaran. Delante de la mansión situada a medio camino de Saint Giles, un grupo de mirones estaba observando, a través del portal abierto, el ajetreo del patio. Los criados y los mozos iban y venían entre la casa y los establos, vestidos con brillantes libreas. Allí se alojaría el novio con su séquito mientras que la novia y el suyo lo harían en la hospedería del monasterio. Vencido por la curiosidad, Cadfael se detuvo un momento para mirar.

Era una casa muy grande, cercada por un sólido muro, con huerto y vergel en la parte de atrás. Pertenecía a Rogelio de Clinton, obispo de Coventry, el cual raras veces la ocupaba. La cesión a Huon de Domville, señor de los feudos de los condados de Shrop, Chester, Stafford y Leicester, era en parte un gesto de amistad hacia el abad Radulfo y, en parte, un cumplido político a un poderoso barón, cuyo favor y protección, en aquellos tiempos de guerras fratricidas, sería prudente cultivar. Aunque el rey Esteban dominara con firmeza buena parte del país, la facción rival estaba fuertemente establecida en el oeste, y muchos señores se mostraban dispuestos a cambiar de bando en cuanto los vientos de la fortuna soplaran en sentido contrario. La emperatriz Matilde había desembarcado en Arundel apenas tres semanas antes con su hermanastro Roberto, conde de Gloucester, y ciento cuarenta caballeros, y, gracias a la improcedente generosidad del rey o al perverso consejo de alguno de sus falsos amigos, había conseguido llegar hasta Bristol, donde su causa ya era inexpugnable. Allí, en la suave campiña otoñal, todo estaba aparentemente tranquilo, pero los hombres se movían con cautela y contenían el aliento al escuchar las noticias; hasta los obispos podrían necesitar poderosos amigos antes de que todo terminara.

Más allá de la casa del obispo, el camino discurría entre los árboles, dejando atrás la ciudad. En

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