Un misterio excelente (Fray Cadfael 11)

Ellis Peters

Fragmento

1

Agosto. Llegó aquel verano de 1141 tan dorado como un león y tan soñoliento y ronroneante como un gato a la vera del fuego. Después de las copiosas lluvias primaverales, el tiempo se había asentado en una angélica y soleada calma para la festividad de Santa Winifreda, conservando aquel benigno semblante a lo largo de toda la cosecha del trigo. Por una vez, la fiesta de la recolección de la cosecha, tradicionalmente celebrada el primero de agosto, coincidía exactamente con su día, pues los campos de trigo ya estaban limpios y espigados, a entera disposición de los rebaños de vacas y ovejas que serían conducidos a ellos para que aprovecharan la segunda siega de la estación. La misa de acción de gracias se había celebrado con gran regocijo y las primeras ciruelas del vergel de la orilla del río ya estaban adquiriendo el color oscuro de la madurez. Los graneros de la abadía estaban llenos, la paja seca, bien atada, estaba amontonada, y, aunque todavía no hubiera caído una lluvia que hiciera brotar en los campos segados el verde forraje para las ovejas, los rocíos de la mañana eran muy abundantes. Cuando aquel tiempo tan apacible se perturbara, quizá estallarían violentos temporales, pero, de momento, los cielos seguían claros y despejados y su color era del azul más pálido que se pudiera imaginar.

—Sonrisas complacidas en los rostros de los labradores —dijo Hugo Berengario, recién llegado de su propia cosecha al norte del condado y con la piel tan morena como una nuez después de sus tareas en los campos— y caos entre los reyes. Si tuvieran que cultivar su propio trigo, moler su propia harina y cocer su propio pan, puede que no les quedara tiempo para todas estas disputas y matanzas. En fin, agradezcámosle a Dios sus presentes dádivas y que Él mantenga las matanzas bien lejos de los que estamos aquí. Y no es que no considere una desgracia el hecho de que estas se produzcan en el sur, pero este condado se encuentra bajo mi responsabilidad, y mi obligación es proteger a sus gentes. Bastantes preocupaciones tengo ya en la cabeza. Cuando veo a estas gentes morenas, sonrosadas y bien alimentadas, con los graneros y los establos llenos y varias docenas de vellones de buena calidad, me doy por satisfecho.

Se habían cruzado por casualidad en uno de los extremos de la muralla que salvaguardaba la abadía, allí donde la barbacana giraba a la derecha hacia San Gil, al lado del vasto triángulo herboso de la feria de caballos, pálido y cacarañado bajo el sol. La feria anual de San Pedro, de tres días de duración, se había celebrado hacía más de una semana; los puestos ya se habían retirado, y los mercaderes, marchado. Hugo iba montado en su huesudo e irritable caballo tordo, lo bastante alto para resistir el peso de un hombre corpulento en lugar de aquel delgado y liviano joven cuyo dominio toleraba, pese a no mostrar el menor afecto por ninguna otra criatura humana. El gobernador del condado de Shrop no tenía por qué comprobar personalmente que el recinto de la feria estuviera debidamente desalojado después de los tres días de ocupación, pero, aun así, a Hugo le gustaba comprobarlo por sí mismo. Sus oficiales eran los encargados de mantener el orden en aquel lugar, cerciorándose de que los administradores de la abadía no fueran estafados en el cobro de las cuotas, ni robados o engañados de cualquier otra forma. Aquello ya quedaba ahora para otro año. Se observaban todavía las huellas, los hoyos de los postes, las alargadas y pálidas señales de los puestos, los bordes verdes y los caminos pisoteados y pelados entre las casetas. Desde una palidez hambrienta de sol pasando por el exuberante verdor, con manchas formadas por tréboles resistentes, aplastados, que habían sobrevivido en los hollados caminos cual si fueran las pisadas redondas y verdes de alguna bestia extraña.

—Un buen aguacero lo arreglaría todo —dijo fray Cadfael, contemplando con ojos de hortelano el curioso tablero de ajedrez de escaques claros y oscuros—. No hay nada en el mundo más fuerte que la hierba.

Se dirigía desde la abadía de San Pedro y San Pablo a la capilla y hospital de San Gil a un cuarto de legua escaso de distancia, justo en las afueras de la ciudad. Una de sus tareas era mantener los armarios de medicinas de allí bien surtidos de todos los remedios que los pacientes pudieran precisar, por lo que hacía aquel viaje cada dos semanas o, más a menudo, en tiempos de necesidad o de incremento del número de huéspedes. Aquella mañana de agosto en particular le acompañaba el joven fray Oswin, que había trabajado con él en el herbolario durante más de un año y ahora pondría en práctica sus conocimientos entre los más necesitados. Oswin era fuerte, tenía muy buena planta y rebosaba entusiasmo. Atrás quedaban los días difíciles, las vasijas rotas, las marmitas quemadas sin posibilidad de recuperación y unas hierbas engañosas recogidas por error o confundidas con otras de apariencia semejante. Todo aquello había terminado. Lo único que ahora necesitaba el mozo para convertirse en alguien imprescindible para el hospital era mayor sensatez y capacidad de refrenar su ardor. La abadía tenía derecho de designación y el seglar que había nombrado para aquel puesto estaría en perfectas condiciones de afrontar la exuberante energía de fray Oswin.

—Tuvisteis una buena feria en general —dijo Hugo.

—Mejor de lo que yo esperaba, habida cuenta de que el sur se encuentra aislado por los acontecimientos de Winchester. Ha venido gente de Flandes —comentó Cadfael con satisfacción.

El este de Inglaterra no resultaba un lugar muy pacífico en aquellos momentos, pero los mercaderes de lana eran una raza muy fuerte y no permitían que el peligro de posibles ataques los apartara de unos buenos beneficios.

—Ha sido una trasquila muy abundante.

Hugo tenía rebaños propios en su feudo norteño de Maesbury y sabía distinguir la calidad de los vellones del año. También se habían hecho compras muy provechosas en Gales, a lo largo de toda la frontera. Shrewsbury tenía vínculos de sangre, afinidades e intereses comunes con los galeses de Powys y Gwynedd por más que algunas veces las explosiones de exaltación racial rompieran la mesurada paz. Aquel verano la paz con Gwynedd se mantenía estable bajo la capacitada mano de Owain Gwynedd, quien compartía con el vecino condado el interés por refrenar las ambiciones del conde Ranulfo de Chester. Powys era menos previsible, pero en los últimos tiempos habían escondido los cuernos tras habérselos astillado dolorosamente varias veces en sus arremetidas contra las precauciones de Hugo.

—Y la cosecha de trigo ha sido la mejor en muchos años. En cuanto a la fruta... tiene buen aspecto —dijo cautelosamente Cadfael—, esperemos que llueva pronto para que se desarrolle y que no se produzcan tormentas antes de la recolección. Bien, el trigo ya está guardado y la paja, amontonada. Es la mejor cosecha de heno que yo recuerde. No me oiréis quejarme.

A pesar de ello, pensó Cadfael, recordando los recientes acontecimientos, había sido un año malhadado en el que las tornas de los reyes y las emperatrices habían cambiado

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