El ermitaño de Eyton Forest (Fray Cadfael 14)

Ellis Peters

Fragmento

1

Fue el día dieciocho de octubre de aquel año de 1142 cuando Ricardo Ludel, arrendatario hereditario del feudo de Eaton, murió a causa de las debilitantes secuelas de las heridas sufridas en la batalla de Lincoln, al servicio del rey Esteban.

La noticia fue debidamente comunicada a Hugo Berengario en el castillo de Shrewsbury, pues Eaton era uno de los muchos feudos del condado expropiados a Guillermo FitzAlan después de que aquel poderoso noble tomara las armas en favor del bando perdedor en la contienda por el trono, retuviera Shrewsbury para la emperatriz Matilde y emprendiera la huida cuando Esteban asedió y se adueñó de la ciudad. Sus vastas tierras, confiscadas por la corona, habían sido confiadas al gobernador, pero los arrendatarios más antiguos fueron autorizados a quedarse tras demostrar que aceptaban el resultado de la batalla y prestaban lealtad al rey. Ludel hizo algo más que prestar lealtad, pues lo demostró con las armas en Lincoln y ahora había pagado, al parecer, un alto precio por ello, pues había muerto a los treinta y cinco años.

Hugo recibió la noticia con el leve pesar propio de alguien que apenas conocía a aquel hombre y cuyos deberes no era probable que tropezaran con ninguna complicación a causa de aquella muerte. Había un solo heredero y ningún segundón podría enturbiar la cuestión de la herencia, por lo que no sería necesario intervenir en la sucesión. Los Ludel eran hombres leales a Esteban, aunque el nuevo titular no era probable que empuñara las armas por su rey en muchos años, pues, si Hugo no recordaba mal, debía de tener unos diez años. El niño estudiaba en la escuela de la abadía adonde su padre lo había enviado al morir la madre; seguramente, según decían los rumores, para librarlo del dominio de su autoritaria abuela más que para que aprendiera de letras.

Por consiguiente, era la abadía y no el castillo la que tenía una poco envidiable responsabilidad en la cuestión, pues alguien tendría que decirle al joven Ricardo que su padre había muerto. Los ritos fúnebres no se celebrarían en la abadía, dado que Eaton contaba con iglesia y párroco propios, pero la custodia del heredero era un asunto importante. En cuanto a mí, pensó Hugo, será mejor que compruebe la competencia del administrador que Ludel ha dejado al frente de las posesiones del chico que aún no tiene edad para administrarlas por sí mismo.

—¿Todavía no le has comunicado la noticia al señor abad? —le preguntó al mozo que le había traído el mensaje.

—No, mi señor, primero he venido a vos.

—¿Y tienes órdenes de la señora para hablar personalmente con el heredero?

—No, mi señor, y preferiría dejarle la tarea a los que cuidan diariamente de él.

—En eso puede que tengas razón —convino Hugo—. Yo mismo iré a hablar con el abad Radulfo. Él sabrá disponer lo mejor. En cuanto a la sucesión, doña Dionisia no tiene por qué inquietarse, el título del niño está asegurado.

En aquellos tiempos tan alborotados en que unos primos contendían amargamente por el trono y los oportunistas señores feudales cambiaban de chaqueta según el péndulo de la fortuna de aquella guerra tan inconexa, Hugo se alegraba de ser el guardián de un condado que solo había cambiado de manos una vez y desde entonces se había conservado inquebrantablemente fiel al rey Esteban, manteniendo a raya las mareas de los desórdenes en la frontera, tanto si la amenaza procedía de las fuerzas de la emperatriz como si procedía de las imprevisibles correrías de los indómitos galeses de Powys por el oeste o de la calculadora ambición del conde de Chester por el norte. Hugo llevaba varios años manteniendo con éxito unas equilibradas relaciones con todos aquellos peligrosos vecinos, por lo que hubiera sido una locura entregar el feudo de Eaton a otro arrendatario, a pesar de los posibles inconvenientes que pudiera acarrear el hecho de permitir que la sucesión pasara directamente a un niño. ¿Por qué trastornar a una familia que se había mantenido sumisa y leal y había resistido valerosamente, esperando el desarrollo de los acontecimientos cuando su señor feudal huyó a Francia? Según los rumores más recientes, Guillermo FitzAlan se encontraba de nuevo en Inglaterra, se había reunido con la emperatriz en Oxford y cabía la posibilidad de que la certeza de su presencia, a pesar de la distancia, agitara las lealtades de algunos de sus antiguos arrendatarios, aunque ese riesgo ya se afrontaría en el momento en que diera señales de surgir. Entregar el feudo de Eaton a otro arrendatario podría despertar innecesariamente antiguas lealtades sumidas en un prudente sueño. No, el hijo de Ludel conservaría sus derechos. Pero convendría echar un vistazo al administrador y comprobar que fuera de confianza, tanto para mantener las costumbres de su difunto señor como para cuidar debidamente de los intereses y tierras de su nuevo señor.

Montado en su caballo, Hugo cruzó la ciudad sin prisa a media mañana de un soleado día en que ya se habían disipado las brumas del amanecer, subiendo por la ladera hacia la High Cross y bajando de nuevo la empinada colina por el tortuoso Wyle en dirección a la puerta oriental para cruzar el puente de piedra de la barbacana donde la torre de la iglesia de la abadía se recortaba contra el pálido azul del cielo. El Severn discurría rápido, pero tranquilo bajo los arcos del puente, conservando todavía el escaso caudal estival en el que las dos pequeñas y herbosas islas bordeadas de unas orlas parduscas quedarían cubiertas de nuevo cuando las primeras y copiosas lluvias trajeran las aguas de las tormentas desde Gales. A la izquierda, donde el camino real se abría ante él, los árboles y arbustos de la orilla del río rozaban apenas el polvoriento borde del camino antes de que comenzaran las casitas, los patios y los huertos de la barbacana. A la derecha, el estanque del molino se extendía entre sus herbosas orillas y unos leves restos de bruma cubrían su plateada superficie mientras que, más allá, se elevaba la muralla de la abadía con el arco de la caseta de vigilancia.

Hugo desmontó en cuanto el portero se adelantó para tomar la brida. Era tan conocido allí como los que vestían el hábito benedictino y moraban dentro de aquellas murallas.

—Si buscáis a fray Cadfael, mi señor —le dijo servicialmente el portero—, se ha ido a reabastecer el armario de las medicinas de San Gil. Pero ya lleva una hora ausente, se fue al terminar el capítulo. No tardará en regresar, si tenéis la bondad de esperarle.

—Primero tengo que hablar de un asunto con el señor abad —dijo Hugo, aceptando sin rectificar la suposición de que todas las visitas que hacía allí tenían que estar inevitablemente relacionadas con su deseo de ver a su amigo del alma—. ¡Aunque estoy seguro de que Cadfael ya se enterará de ello después, eso si no se ha enterado por adelantado!

—Sus deberes lo obligan a salir más a menudo de lo que la mayoría de nosotros tiene ocasión de hacer —dijo jovialmente el portero—. ¿Cómo es posible que las pobres almas afligidas de San Gil se enteren de tantas cosas sobr

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