La confesión de Fray Aluino (Fray Cadfael 15)

Ellis Peters

Fragmento

Capítulo 1

1

Los rigores del invierno llegaron temprano aquel año de 1142. Después de un prolongado otoño de apacibles, húmedos y elegíacos días, diciembre se presentó con unos oscuros cielos encapotados y unos breves días que se hundían en las copas de los árboles y se posaban como manos opresivas sobre el corazón. Al mediodía, en el escritorio apenas había luz suficiente para formar las letras, y los colores no podían usarse con certeza pues el implacable y prematuro crepúsculo les arrebataba todo su esplendoroso brillo.

Los adivinos del tiempo habían vaticinado fuertes nevadas y, mediado el mes, estas se produjeron no en forma de ventiscas sino de una cegadora y silenciosa caída que se prolongó durante varios días y noches, alisando todas las ondulaciones, blanqueando todos los colores, sepultando las ovejas en los oteros y las cabañas en los valles, apagando todos los sonidos, trepando por todos los muros y convirtiendo los tejados en blancas cordilleras de montañas infranqueables y el aire entre el cielo y la tierra en un opaco remolino de copos tan grandes como azucenas. Cuando finalmente cesó la nevada y se levantaron los densos festones de nubes, la barbacana estaba medio enterrada y casi tan aplanada en medio de la blanca extensión que apenas había sombras (excepto en los lugares donde los altos edificios de la abadía surgían de la casta palidez) y el espectral reflejo de la luz convertía la noche en día allí donde justo una semana antes la siniestra lobreguez había trocado el día en noche.

Aquellas nieves de diciembre que cubrieron buena parte del oeste hicieron algo más que trastornar las vidas de los campesinos, matar de hambre algunas aldeas aisladas, sepultar a no pocos pastores de las colinas junto con sus rebaños e impedir todos los viajes, obligando a la gente a una forzada inmovilidad; trastocaron las fortunas de la guerra, se burlaron de las inquietudes de los príncipes e hicieron que la historia se desviara precipitadamente de su curso al iniciarse el nuevo año de 1143.

También provocaron un extraño ciclo de acontecimientos en la abadía de San Pedro y San Pablo de Shrewsbury.

En los cinco años que el rey Esteban y su prima la emperatriz Matilde llevaban compitiendo por el trono de Inglaterra, la fortuna había oscilado varias veces entre ellos como un péndulo, ofreciendo caprichosamente la copa de la victoria ora a uno y ora a otro para arrebatársela después sin que hubiera podido saborearla y ofrecérsela tentadoramente al otro contendiente. Ahora, bajo el blanco disfraz del invierno, decidió trastocar de nuevo las probabilidades, librando milagrosamente a la emperatriz de las poderosas manos del rey, justo en el momento en que su regio puño estaba rodeando a los prisioneros y la guerra parecía estar a punto de finalizar, otorgando al soberano una triunfal victoria sobre su enemiga. Se encontraban de nuevo como al principio de los cinco años de lucha y todo estaba todavía por hacer. Pero eso había ocurrido en Oxford, muy lejos de las infranqueables nieves, y aún transcurriría algún tiempo antes de que la noticia llegara a Shrewsbury.

Lo que estaba sucediendo en la abadía de San Pedro y San Pablo no era más que una pequeña molestia en comparación con aquello o, por lo menos, eso pareció al principio. Un enviado del obispo, que ocupaba una de las cámaras superiores de la hospedería y ya estaba irritado y contrariado por el hecho de haberse visto obligado a detenerse allí a la fuerza hasta que los caminos quedaran nuevamente expeditos, fue desagradablemente despertado por la noche por el súbito descenso de una corriente de agua helada sobre su cabeza, e inmediatamente se encargó de que todos los que se encontraban al alcance de su sonora voz se enteraran de ello sin dilación. Fray Dionisio, el hospitalario, se apresuró a calmarle y lo condujo a un lecho seco de otra cámara, pero, antes de que transcurriera una hora, resultó evidente que, pese a que el primer chaparrón no tardó en amainar, el goteo prosiguió sin interrupción y muy pronto se le añadió una media docena más, formando un círculo de considerables proporciones. El enorme peso de la nieve sobre el tejado sur de la hospedería había abierto un pasadizo a través del plomo, filtrándose entre las tejas de pizarra e incluso hundiendo tal vez algunas de ellas. Las bolsas de nieve habían percibido el relativo calor del interior y, con la muda malicia de las cosas inanimadas, habían decidido bautizar al emisario del obispo. Y la gotera se estaba agravando por momentos.

Aquella mañana se celebró una urgente reunión en el capítulo para deliberar sobre lo que debería y podría hacerse al respecto. En un tiempo tan desapacible como aquel, convenía evitar en la medida de lo posible los trabajos peligrosos y desagradables en los tejados, pero, por otra parte, si demoraran las reparaciones hasta que se produjera el deshielo, cabía la posibilidad de que sufrieran una inundación y que los daños momentáneamente limitados se agravaran de modo considerable.

Varios monjes habían trabajado en la construcción de edificios anexos al recinto de la abadía, tales como graneros, establos y almacenes, y fray Conradino, que apenas contaba cincuenta y tantos años y era fuerte como un toro, había sido uno de los primeros oblatos infantiles y había trabajado de chico a las órdenes de los monjes de Seez, traídos allí por el conde fundador con el fin de que supervisaran la construcción de su abadía. En todo lo concerniente al edificio, los juicios de fray Conradino eran los más escuchados. Tras haber examinado el alcance de la gotera de la hospedería, fray Conradino afirmó categóricamente que no podían permitirse el lujo de esperar so pena de que tuvieran que sustituir la mitad de la vertiente sur del tejado. Tenían madera, tenían tejas de pizarra y tenían plomo. La vertiente sur del tejado se levantaba sobre el canal de avenamiento del saetín del molino, totalmente helado en aquellos momentos, pero no tendrían la menor dificultad en levantar un andamio. Cierto que pasarían mucho frío allí arriba, retirando primero la nieve para eliminar el perjudicial peso y sustituyendo después las tejas de pizarra rotas o desplazadas y reparando las tapajuntas de plomo. Pero, si los monjes trabajaran en turnos breves y pudieran tener la chimenea del calefactario encendida todo el día mientras durara el trabajo, la tarea se podría llevar a cabo.

El abad Radulfo prestó atención, asintió con su poderosa cabeza, lo comprendió todo enseguida y tomó una rápida decisión, diciendo:

—¡Muy bien, pues, que se haga!

En cuanto cesó la nevada y el cielo se despejó, los recios habitantes de la barbacana salieron de sus casas bien abrigados y, armados con palas, escobas y rastrillos de mango largo, empezaron a abrirse paso hacia el camino real y excavaron un pasillo hasta el puente y la ciudad, donde sin duda los valientes burgueses que habitaban en el interior de las murallas estarían atacando a su mismo enemigo invernal. Las heladas persistían y de día en día dispersaban misteriosamente por el aire las capas superficia

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