1
Había abierto esa puerta cientos de veces, o miles, o qué sé yo. Mínimo una vez a la semana durante treinta y dos años.
Pero esta vez era distinto. Esta vez no había nadie detrás de la puerta que me dijera «cariño», ni «cielo» ni «princesa».
Esta vez mi abuela no estaba en su casa.
Ni mi abuela ni nadie.
Cuando me dijo que me regalaba su piso, pensé que era efecto de la demencia que la estaba invadiendo poco a poco. Cuando iba a visitarla a la residencia Cruz del Camino, cada vez era más raro que se encontrara totalmente bien.
Mi abuela ya no era mi abuela.
A veces sí, y entonces seguía siendo esa mujer extraña y parlanchina que durante muchos años me había cuidado. Y me contaba cosas de cuando yo era pequeña, de cuando mi padre era pequeño o de cuando ella era pequeña. Nunca he entendido la fijación de mi abuela por la gente pequeña.
Entré en su piso despacio, en silencio. Detrás de mí oía los pasos de Matías.
El recibidor, con su mueble horroroso, las figuritas, el espejo…
Seguía sintiéndome culpable por haber llevado a mi abuela a una residencia.
El salón era como un museo: el sofá de terciopelo verde, la tele antigua ¡de tubo!, los cuadros, más figuritas, muebles y más muebles.
—¿Qué vamos a hacer con todo esto?
Matías observaba la habitación con temor. Le costaba fijar la mirada en un sitio. Un aparador le llevaba a un pequeño Lladró, que a su vez le trasladaba a una escena de caza en la pared, que le guiaba hasta dos platos, recuerdo de Salamanca.
«¿Qué vamos a hacer con todo esto?», me preguntaba yo también. Por un lado, quería montar mi propia casa, pero sentía que tirar las cosas de mi abuela era traicionarla.
Dos años en la residencia y yo seguía sintiéndome culpable.
—Me voy a quedar este cuarto para montar el estudio.
Matías apareció sonriente por la puerta de una habitación. Entraba y salía de todos los sitios, abría cajones y armarios… Estaba muy excitado. Yo esperaba beneficiarme de esa excitación esa misma noche. Mientras tanto, él estaba buscando dónde meter su guitarra, su teclado, su ordenador y todos esos juguetes que se amontonaban en nuestro pequeño piso de cuarenta y siete metros en el centro de Madrid.
Ella no quería ser una molestia. Lo decía así: «No quiero ser una molestia». Y decidió buscarse una residencia en internet. Luego Matías y yo la acompañamos a verla, pero fue ella quien la encontró. Y según la vio decidió que era el sitio donde iba a morir.
Aun así, yo seguía sintiéndome culpable.
Y ahora me había regalado su piso. Cuatro habitaciones, ciento cincuenta metros, en una zona noble de Madrid. Junto al metro y, además, exterior. Había ya pasado por tantos pisos de alquiler que cada vez que entraba en uno lo veía con ojos de inmobiliaria.
Mi abuela había decidido morir en la residencia; estaba segura de que nunca iba a volver al piso y quería quitarme el problema de la herencia, o de que tuviese que esperar a que se muriera.
Tener que esperar a que se muriera...
La culpa, siempre la culpa.
—Susana, ¿has visto esto? —llamó mi atención Matías.
Tenía una pequeña tortuga de porcelana en la mano. Otras cincuenta nos miraban con cara de nada, de tortuga.
—Vivi nunca me dejaba tocarlas —dije yo sin acercarme.
—Aprovecha —me retó.
Pero yo no quería aprovechar. Nunca me habían gustado las tortugas.
Me fui al dormitorio de mi abuela, que iba a ser el nuestro. Matías, a mi espalda, a mi lado. Se movía muy rápido ese día, más de lo normal en él, que ya solía ser rápido.
La habitación nos pareció de película de miedo. La cama era de madera con un cabecero alto que parecía un retablo, coronado por la inevitable cruz colgada en la pared. Las mesillas eran de madera oscura. A un lado estaba un mueble que no sabría definir, cruce entre cómoda, escritorio y estantería, también de madera oscura. Las paredes, menos la del crucifijo, estaban llenas de cuadros sin ningún orden aparente, como si solo estuvieran colocados así para aprovechar cualquier hueco que hubiera. Parecía la celda de un monje con horror vacui.
El baño del dormitorio, en cambio, era fantástico. Los azulejos blancos, el latón, los grifos…, todo estaba impecable. Lo fascinante de la decoración es que si esperas el tiempo suficiente todo vuelve a ponerse de moda, y justo el baño había alcanzado ese punto de maduración óptimo.
Matías me besó. Tenía ese extraño don de saber besarme en el momento oportuno. Justo estaba pensando en mi abuela, en la residencia, en que cuando muriera ya no me quedaría familia... Matías no sabía nada de eso, o mejor dicho, lo sabía, pero no que yo lo estaba pensando.
Fui (fuimos) a ver mi antiguo cuarto. Estaba tal y como lo había dejado al irme. Al menos ya no tenía los pósteres y todas las tonterías de mi adolescencia, con lo que no me daba vergüenza entrar en él. Decidí que en principio no íbamos a cambiarlo mucho para convertirlo en el dormitorio de invitados. También podría ser la habitación de Vivi si decidía venir a pasar alguna temporada con nosotros. ¿Era eso justo? ¿O debería cederle el dormitorio principal e irnos Matías y yo a mi antiguo cuarto? La casa era suya. Pero yo sabía que ella no lo hubiese permitido. Lo cierto es que mi cuarto era más pequeño para estar los dos, pero yo me sentiría menos mal con esa solución.
Cerré la puerta de mi habitación mientras pensaba que ese problema se quedaba dentro y que podría recuperarlo cuando me viera con fuerzas para pensar en ello.
Seguí paseando por la casa. No quería cambiar nada de como lo tenía Vivi, pero, si no lo hacía, nunca sería mi casa, y eso sería traicionarla más todavía.
¿Por qué esta alegría me daba tanta tristeza? Me sentía como si estuviera despidiendo a Vivi, y no quería tener esa sensación.
—No quiero tirar nada —le dije.
—¿Y qué hacemos? —me preguntó con cautela.
Sabía que caminaba por terreno resbaladizo.
—No lo sé —contesté, si es que eso era una respuesta.
Matías me abrazó. Yo me sentía como si estuviera haciendo algo malo. Eran las cosas de mi abuela, de mi familia. Era su casa. Yo no tenía derecho.
Se lo confesé a Matías.
—¿Por qué me siento como si estuviera haciendo algo malo?
—No estás haciendo nada malo.
—¿Y por qué me siento así? —insistí.
—No tienes por qué sentirte mal. Ella es la que quiere que vivamos aquí —argumentó.
Y ya no me apetecía hablar más, así que me separé de su abrazo y fui hacia la cocina.
Es muy difícil explicar algo así a quien no lo siente.
Los armarios y los electrodomésticos estaban como nuevos; no eran los mismos que cuando yo vivía aquí al morir mis padres. Pocos años antes había hecho reforma, pero Vivi era muy suya y no me contaba nada para no molestarme. Un día me invitó a tomar un té y me enseñó su cocina nueva.
Matías miraba de cerca la robusta mesa de cocina como si supiera algo de mesas de cocina.
—¿Has visto esta mesa? —me preguntó con los ojos abiertos de par en par.
Sí, la había visto; había tirado el colacao un par de veces, había amasado cientos de bolitas de pan, había devorado innumerables tortillas de atún...
Para ser abuela, la mía no era un prodigio en la cocina. Se puede decir que la tortilla de atún era el plato más elaborado que era capaz de hacer. Tortilla de atún o de cualquier otra cosa, porque para Vivi en eso consistía cocinar, en hacer una tortilla y meter algo dentro. La otra variante era calentar mucho aceite en una sartén y meter palitos de pescado congelados, o croquetas congeladas, o sanjacobos congelados. A veces pienso que sobreviví a mi adolescencia con ella por mi genética, no por la alimentación.
Mi abuela era la mejor abuela del mundo por derecho propio, no porque se lo trabajara.
Terminamos de ver la casa sin dejar de apasionarnos por todas las posibilidades que nos ofrecía tener cien metros cuadrados más para expandirnos. Incluso pensamos en reservar un cuarto para dejar las cosas de Vivi hasta que determináramos qué hacer con ellas.
Decidimos que nos quedábamos la cama, que cambiaríamos el sofá y que el resto ya lo veríamos más tarde, cuando lleváramos nuestros pocos enseres y los mezcláramos con las muchas cosas de mi abuela.
Decidimos que en una semana, antes de fin de mes, haríamos el traslado para no tener que pagar otra mensualidad de nuestro piso de cuarenta y siete metros en el centro de Madrid.
Decidimos que mi abuela era la persona más maravillosa sobre la faz de la tierra.
Y ya no decidimos nada más. Nos fuimos a tomar una cerveza.
2
La Paloma era nuestra cocina.
Había intentado cocinar, lo juro.
Me compré 101 Recetas fáciles para hacer en casa, 50 modos de hacer pasta, Cocina con restos, 70 recetas tradicionales como las haría tu abuela…
No conseguí utilizar ninguno. Era imposible. Miraba el índice y no conseguía fijar la vista. Si abría el libro aleatoriamente, era casi peor: siempre había un ingrediente que no tenía, lo que hacía que me desanimara y pasara a la siguiente página, donde me volvía a ocurrir lo mismo. A la tercera receta cerraba el libro y empezaba a pensar en cosas que nada tenían que ver, ya fueran eventos nuevos en la librería o el estado de la materia antes del Big Bang. Cualquier cosa con tal de no seguir cocinando.
Matías cocinaba. Él sabía mezclar los ingredientes de un modo que para mí era un misterio. Yo necesitaba una báscula de precisión para poder calcular diez gramos de sal; Matías simplemente daba un pellizco al bote de la sal ¡y acertaba!
Pero no era cosa de explotarlo. No podía hacer todas las horas que hacía en la asesoría (y más aún en cierre de trimestre) y luego obligarle a que me cocinara solo porque yo no era capaz de centrar la mirada en el libro de recetas de un chef aparentemente famoso, pero que ninguno de los mortales conocíamos antes de que tuviera un programa en la televisión.
Así que íbamos a La Paloma.
Porque nos pilla justo debajo de casa; mejor dicho, nos pillaba.
Porque eran simpáticos, no nos miraban como si nos perdonasen la vida si nos apetecía quedarnos media hora hablando después de cenar y no nos miraban con odio si un día solo nos apetecían unas gambas al ajillo.
Porque sabían que la cerveza me gustaba con un poco de limón, pero solo un poco, y que Matías quería un doble.
Porque tenían el mejor marisco cocido de Madrid.
Porque sí y punto.
Después de entrar definitivamente en la casa nos dimos un homenaje, así que la cena no consistió en algo para poder sobrevivir un día más y evitar irnos a la cama con solo un vaso de leche o las sobras de algo que habíamos comido tres días antes.
Aquel día teníamos de todo.
Nécoras, bígaros, gambones y boquerones en vinagre. Pan y cerveza. La cena de los campeones, como decía Matías.
Y esa noche Matías dijo muchas cosas. No se podía creer que el destino nos hubiera puesto delante (y gratis) un piso como el de mi abuela.
—¡De cuarenta y siete metros a ciento cincuenta! —repetía una y otra vez.
Yo arrancaba la cabeza a otro gambón y sorbía. Nada se puede comparar al sabor de los jugos de la cabeza de un gambón poco hecho a la plancha. Ya sé lo que dicen del ácido úrico y todas esas cosas, pero puestos a tener que morir de algo, que sea disfrutando.
—¡Y encima nos quitamos el alquiler del piso! ¿Nos vamos este verano a Japón? —propuso Matías exultante.
—¿Por qué a Japón?
—¿Prefieres otro sitio? —preguntó un poco descolocado.
—No, Japón está bien —respondí, aunque sabía que no íbamos a ir a Japón; a Matías le gustaba más soñar que cumplir sus sueños.
Otro gambón, otra cabeza, otro sorbo. Necesitaba encontrarle fallos a ese regalo del cielo (y de Vivi), porque seguía sin poder evitar ese sentimiento de culpa que me acompañaba.
—Nos vamos a pasar el día limpiando —dejé caer.
—Con lo que nos ahorramos del alquiler, si quieres contratamos a una chica para que limpie dos veces por semana —contestó Matías.
Estaba claro que nada le iba a amargar el día.
—¿Y por qué no un chico? —pregunté.
—Porque, bueno, ya sabes que las chicas... ¿En serio tengo que explicarlo?
Matías era el mejor. Era el mejor. Siempre lo fue, aunque a veces su sentido del humor fuera un poco de mal gusto.
Gambón, cabeza, sorbo… y la culpa, siempre la culpa.
—Venga, lo que tengamos que tirar lo tiramos o lo regalamos. Pero vamos a hacerlo poco a poco, ¿vale? —resolví.
—Por supuesto.
Otra cabeza, y Matías seguía divagando. Su mente era como un recipiente lleno de ruido. Lo mirabas a los ojos y adivinabas el caos que habitaba ahí dentro. Algunas cosas podía verbalizarlas, otras no, pero fuera lo que fuera, nunca sabías por dónde iba a salir. Lo que tenía claro era que no lo hacía por sorprender, y ese era su encanto. Se obligaba a sacar ideas por la boca para ir dejando espacio libre, pero podías ver cómo ese espacio no duraba más de un par de segundos. Además, las ideas tampoco tenían que necesariamente ser lógicas.
—Si tuviera un poco de terreno sería la casa ideal —dijo tras acabar su primera cerveza.
—¿Y para qué quieres tú terreno?
—Para plantar nuestras propias cosas, ya sabes, lechugas, tomates… —me explicó del modo más convincente.
—Esto es nuevo. ¿Desde cuándo quieres tener un huerto?
—No es solo eso. Si tuviéramos terreno, Tanuki podría correr a sus anchas —argumentó mostrando las líneas principales de su plan maestro.
—¿Quién es Tanuki? —pregunté sorprendida.
—El perro —respondió con el típico tono de «¿Cómo me preguntas algo así?».
—¿Qué perro? —insistí.
—El que tendremos cuando tengamos terreno.
Esa no la vi venir. Matías se había mostrado tan entusiasmado con la casa que no imaginé que pudiera tener otra idea que no fuera habitar en ella.
¿Y si Matías no quería vivir en un piso enorme en un barrio señorial de Madrid? De pronto me sentí egoísta por no haber pensado en él.
—¿Quieres que vendamos el piso de mi abuela y nos compremos una casita con terreno? —le planteé.
Matías hizo una pausa antes de contestar. No sé si fue su intuición o simplemente que quería una casita con terreno, pero tenía resistencia a entrar en la casa.
—¿Tú querrías? —me tanteó.
Yo le expliqué que había crecido en ese piso, que había sido mi hogar desde que mis padres murieron y que deseaba que fuera nuestra casa. También añadí que, si pensaba que íbamos a estar mejor en otra parte, podíamos considerarlo.
—El piso es perfecto, no te preocupes —zanjó.
Se nos habían acabado los gambones y ya no había más cabezas que sorber, pero todavía nos quedaba un culo de cerveza.
Levanté mi vaso hacia el punto medio entre mi cabeza y la suya.
—¡Por mi abuela!
Matías juntó el suyo con el mío. Apenas le quedaban unas gotas, pero le dio igual. Y a mí.
—¡Por tu abuela!
Por Vivi, que sin saberlo no solo nos había regalado un pisazo, sino un espacio para crecer juntos, para experimentar lo que (creo) nadie más ha vivido. Nos proporcionó las herramientas para aniquilar nuestra relación, para alimentar nuestra inseguridad y para aumentar nuestras sospechas. Básicamente nos dio algo precioso que yo utilicé para joder nuestra vida. La de los dos.
Pero nosotros aún no lo sabíamos.
Estábamos felices. Teníamos las risas y los besos. Más lo primero que lo segundo. Aunque también lo segundo. Y viceversa.
3
El tiempo,
mi tiempo,
el mal tiempo.
¿Cuándo es malo?
¿Qué es el tiempo?
Cuando yo quiero que llueva,
el tiempo no hace caso.
Se convierte en pasado,
o en futuro,
o en nuboso.
El chico declamaba en una pequeña esquina entre Narrativa Hispanoamericana y Teatro. Más que declamar, rapeaba.
Tenía veintimuchos, o treintaipocos, o yo que sé. Las palabras fluían rápidas, con ritmo, siguiendo una música que supongo que él tenía en la cabeza. En la librería había unas treinta personas divididas a partes iguales entre amigos del poeta y clientes habituales. Casi todos estaban sentados en sillas de tijera colocadas estratégicamente junto a las estanterías. No era el espacio ideal, pero todos escuchaban atentos.
Santiago y yo estábamos viendo el espectáculo junto a la caja, mientras que Max permanecía detrás del poeta, en un segundo plano relativo, asumiendo el rol de maestro de ceremonias. Santiago no creía en mi plan de dinamización para atraer más clientes a la librería.
¿Quién manda en el tiempo?
Si yo quiero ver el futuro, está borroso,
está pasado,
está nevado.
Yo solo quiero tener tiempo,
tener mi tiempo,
sea como sea.
Lo voy a aceptar como venga,
no quiero casi nada,
o quizá sí.
Hace casi cincuenta años Santiago decidió abrir una librería junto con su pareja, un licenciado en Literatura Clásica. Buscaron un local cerca del centro, lo llenaron de estanterías y le llamaron El Extranjero porque ambos se sentían extraños en la sociedad y aspiraban a construir un oasis para gente como ellos. Elaboraron un catálogo distinto, culto, pero no pedante, donde se pudiera tener acceso a libros que nunca se habían editado en España. No podían dedicarle más ilusión ni más energía al negocio, pero, a pesar de todo, El Extranjero apenas vendía unos libros baratos de segunda mano y no cubría gastos.
Y eso tuvo consecuencias.
La pareja se rompió. El licenciado dejó la librería. Las deudas se amontonaron.
Pero Santiago aguantó.
Y aguantó.
Y unos tres años más tarde ocurrió algo que lo salvó todo. Una señora mayor de la zona, millonaria y amante de los libros, murió y dejó a Santiago una enorme biblioteca con ejemplares valiosísimos y primeras ediciones. Este no se lo esperaba, puesto que, a pesar de que la anciana era habitual en la tienda, nunca habían cruzado más de cinco palabras de cortesía en cada una de sus compras. Por lo visto, ella consideraba a Santiago un paladín de los libros y creyó que nadie como él valoraría su legado.
O quizá odiara a sus hijos.
O sería cualquier otro motivo, pero ese gesto lo cambió todo. El rumor corrió entre los bibliófilos, que acudieron en masa a tratar de hacerse con esos libros tan raros y valiosos. Esa marea apasionada mantuvo el negocio en volandas durante bastante tiempo y llevó a Max a la librería. Aprendiz de escritor, mordaz y divertido, decidió quedarse a vivir con Santiago entre las estanterías. Era unos veinte años menor que él y, aunque no tenían nada que ver, encajaban de un modo tan asombroso que los mantuvo más de treinta años juntos.
Mantuvieron El Extranjero a flote formando un gran equipo; Max era el relaciones públicas y Santiago, el erudito. Hasta que aparecieron las grandes superficies, donde igual te venden un libro que un muñeco cabezón de la última franquicia de Hollywood, que todo lo devoran.
Y Santiago ya estaba mayor y le costaba adaptarse.
Ahí entré yo.
Santiago y Max buscaban a alguien que los ayudara. A pesar de que las ventas habían bajado mucho, los años, la salud y las ganas de tener algo de vida aparte de la laboral hicieron que pusieran un cartel en el escaparate justo el día que yo estaba buscando un libro para un trabajo de la carrera.
La filosofía de la tragedia, de León Chestov.
No lo tenían.
Ese mismo día nos pusimos de acuerdo. Yo trabajaría unas horas semanales hasta el final de la carrera y luego algunas más durante el verano. Con la llegada del otoño, decidiríamos si seguía en El Extranjero o buscaba trabajo de lo mío.
Y me quedé.
Yo llevaba trabajando casi nueve años en El
