El último adiós

Mary Higgins Clark

Fragmento

VIERNES, 9 DE JUNIO

4

Lisa Ryan se despertó mucho antes de que sonara el despertador, programado para las cinco. Jimmy había pasado otra mala noche, revolviéndose y agitándose, mientras farfullaba en sueños. Tres o cuatro veces, ella le había pasado una mano tranquilizadora por la espalda, esperando calmarlo.

Finalmente, Jimmy pudo dormirse, pero ahora se vería obligada a despertarlo a sacudidas. Lisa todavía podía dormir un rato y esperaba que, cuando él se fuera, sería capaz de lograrlo hasta la hora en que tendría que despertar a los niños.

«Estoy tan cansada —pensó—. Apenas he podido dormir y hoy es mi jornada más larga de trabajo.» Era esteticista y tenía el día entero reservado de las nueve hasta las seis.

Su vida nunca había sido tan agotadora hasta que Jimmy perdió su trabajo y todo empezó a torcerse. Había estado casi dos años en el paro antes de contactar con Cauliff y Asociados. Y, aunque habían logrado apañárselas, todavía debían un montón de facturas acumuladas a lo largo de su desempleo.

Desgraciadamente, las circunstancias que causaron la pérdida de su empleo no habían ayudado en mucho. Jimmy fue despedido porque el jefe le había oído comentar una grave suposición: alguien en la compañía estaba aceptando sobornos. El motivo de tal conclusión era que el cemento que utilizaban no era de la calidad especificada en los presupuestos.

Después de aquello, en todos los puestos donde solicitaba trabajo se oía contar la misma cantinela: «Lo sentimos, no le necesitamos.»

Ser consciente de su estupidez e ingenuidad al formular dicho comentario habían acabado por alterar su comportamiento. Lisa estaba convencida de que estaba a punto de sufrir una crisis nerviosa. Fue entonces cuando tuvo lugar la llamada del asistente de Adam Cauliff para comunicarle que su solicitud de empleo había sido cursada a la Compañía Constructora de Sam Krause. Poco después, y para alivio de ambos, le contrataron.

Pero la recuperación emocional que Lisa esperaba ver en Jimmy, después de volver al trabajo, no se produjo. Consultó incluso con un psicólogo y éste la advirtió que podía estar atravesando una depresión, un estado que, probablemente, no podría superar sin ayuda. Cuando se lo comentó a Jimmy, éste se encolerizó ante la sugerencia de que, quizá, necesitaba ayuda médica.

En los últimos meses, Lisa había empezado a sentirse infinitamente más vieja de los treinta y tres años que tenía. El hombre que dormía junto a ella había dejado de ser aquel niño enternecedor que le pidió su primera cita cuando apenas había salido del patio de juegos. Su estado emocional era muy inestable. Podía tener un repentino arranque de ira con ella y los niños y, al cabo de un minuto, disculparse desolado y con lágrimas en los ojos. También había empezado a beber, dos o tres whiskies por noche, y no lo llevaba muy bien.

Sabía que esta conducta reprobable no era fruto de ninguna aventura con otra mujer. Se pasaba las noches en casa e, incluso, había perdido interés en ir a los partidos de béisbol con sus colegas. Tampoco se había planteado el riesgo que comportaba acabar apostando más de la cuenta a los caballos o en un partido. El día de paga le pasaba a ella el cheque sin cobrar directamente, quedando registrado en su cuenta la acumulación de sus ganancias semanales.

Lisa había tratado de convencerle de que ya no necesitaba deprimirse por el dinero. Poco a poco, iban liquidando los intereses acumulados por los pagos a crédito efectuados durante el período de desempleo. Pero aquello no parecía afectarle. De hecho, ya nada parecía importarle mucho.

Seguían viviendo en su pequeña casa estilo Cape Cod, en Queens, la que habían planeado como su hogar inicial al casarse, trece años atrás. Pero los tres hijos que tuvieron en siete años, quizá les obligara a plantearse la compra de literas en vez de la adquisición de una casa más grande. A menudo, Lisa solía bromear al respecto. Pero ahora ya no lo hacía, pues era evidente que a Jimmy eso no le hacía ninguna gracia.

Cuando finalmente sonó la alarma del despertador, alargó la mano y lo apagó. Se volvió hacia su marido, suspirando.

—Jimmy —dijo sacudiéndole del hombro—. Jimmy —repitió más alto, tratando de disimular la preocupación que la embargaba.

Al final pudo despertarlo. Indolente, susurró un «gracias, cariño» y desapareció en el baño. Lisa salió de la cama, se acercó a la ventana y subió la persiana. Sería un bonito día. Se arregló el pelo castaño claro en una trenza, la sujetó y se puso la bata. Ya desvelada, decidió tomarse el café con su marido.

Jimmy bajó diez minutos después a la cocina y pareció sorprendido de verla allí. «Ni había notado que me había levantado de la cama», pensó Lisa, apenada.

Le observó atentamente, aunque con cautela por temor a que él la notara inquieta. Había algo terriblemente vulnerable en el modo en que la miraba esa mañana. «Cree que voy a empezar a agobiarle para que busque ayuda psicológica», pensó.

—Hace un día demasiado bonito para quedarse en la cama. He pensado en tomar café contigo y salir a ver cómo despiertan los pajaritos —anunció con voz tenue.

Jimmy era un hombre corpulento, de pelo que antaño fue de color rojo encendido y ahora era cobrizo opaco. El trabajo al aire libre le había proporcionado un aire rubicundo, pero Lisa se dio cuenta de que su rostro se estaba abotargando.

—Me parece muy bien, Lissy.

No se sentó, sino que se mantuvo en pie mientras bebía el café y rechazaba con la cabeza su oferta de tostadas o cereales.

—No me esperes a cenar —dijo—. Los peces gordos van a montar una de esas reuniones a las cinco en el yate de Cauliff. Quizá quiera despedirme y desee hacerlo con algo de estilo.

—¿Por qué iba a despedirte? —preguntó Lisa, esperando que su tono no revelara ansiedad.

—Bromeaba. Pero si sucediera, quizá me estaría haciendo un favor. ¿Cómo va el negocio de las uñas? ¿Podrías mantenernos a todos?

Lisa se acercó a su marido y le rodeó el cuello con sus brazos.

—Me parece que te vas a sentir mucho mejor cuando me digas qué es lo que te corroe por dentro.

—Puedes pensar lo que quieras. —Los poderosos brazos de Jimmy Ryan estrecharon a su esposa—. Te quiero, Lissy. Recuerda siempre esto.

—Nunca lo he olvidado. Y...
—Lo sé: «Yo también, está claro.»

Jimmy sonrió un instante, adoptando la expresión tontorrona con la que solían agasajarse durante la adolescencia.

Entonces se apartó y se encaminó hacia la puerta. Al cerrarla tras de sí, aunque sin estar completamente segura, Lisa creyó haberle oído susurrar «lo siento».

5

Aquella mañana, Nell decidió preparar un desayuno especial para Adam. Pero enseguida la irritó la idea de utilizar la comida como pretexto para que él aceptara una decisión profesional que ella tenía todo el derecho a tomar por su cuenta. En cualquier caso, ese sentimiento no le impidió seguir con lo que estaba haciendo. Con una triste sonrisa, recordó el libro de cocina propiedad de su abuela materna, en donde se leía la leyenda: «La senda hacia el corazón de un hombre se practica por el estómago.»

Su madre, antropóloga y pésima cocinera, solía bromear acerca de ello con su padre.

Al levantarse de la cama pudo oír a Adam en la ducha. La noche anterior, Nell se despertó cuando él llegó, aunque optó por disimular. Sabía que tenían que hablar, pero las dos de la madrugada no parecía la mejor hora para discutir su reunión de aquella tarde con el abuelo.

De todos modos, tendría que planteárselo durante el desayuno, pues esa misma noche iban a encontrarse con Mac y quería tener la discusión resuelta antes de que eso sucediera. Mac la había telefoneado la noche anterior para recordarle que les esperaban en la cena del setenta y cinco cumpleaños de su hermana, y tía abuela de Nell, Gert, en el restaurante Four Seasons.

—Pero Mac, ¿no creías de verdad que nos hubiéramos olvidado? —le espetó—. Claro que estaremos allí.

Sin embargo, se le olvidó añadir que prefería obviar el tema de su posible candidatura como tema de conversación. Pero era inútil, tratar la cuestión durante la cena iba a resultar inevitable. De modo que esa misma mañana debía contar a Adam su decisión de presentarse, pues él jamás le perdonaría haberse tenido que enterar a través de Mac.

Adam salía casi siempre a las siete y media hacia la oficina y ella trataba de estar no más tarde de las ocho en su estudio, donde escribía la columna para el día siguiente. Pero antes de eso, solían desayunar juntos, leyendo los periódicos en silencio.

«¿No sería estupendo que Adam comprendiera hasta qué punto deseo ganar el viejo escaño al Congreso de Mac o, al menos, participar de la excitación del año electoral? —pensaba ella, al tiempo que retiraba los huevos de la nevera—. ¿No sería magnífico dejar de tambalearse sobre la cuerda floja entre los dos únicos hombres que me importan? ¿No sería perfecto que Adam dejara de ver mi deseo de dedicarme a la política como una amenaza contra él o contra nuestra relación?

»Antes solía comprender —pensó mientras ponía la mesa, servía zumo de naranja recién exprimido y preparaba el café—. Antes solía decir que le encantaría gozar de un buen asiento en la Galería de Visitantes del Capitolio. De eso hacía tres años. ¿Qué había sucedido para hacerle cambiar de parecer?», se preguntaba.

Trató de no inquietarse por la expresión preocupada de Adam, que entró apresurado en la cocina, se deslizó sobre el banco del desayuno y agarró el Wall Street Journal, sin otro ademán que una leve cabezada.

—Gracias, Nell, pero la verdad es que no tengo hambre —dijo, cuando ella le ofrecía la tortilla recién hecha.

«Ahí va tu esfuerzo extra», pensó ella.

Se sentó ante él, barruntando qué tecla le convenía pulsar. Su expresión ceñuda no le permitía albergar muchas esperanzas de que éste fuera el mejor momento para discutir el tema. «Qué lástima —pensó, sintiendo cómo la irritación crecía en su interior—. Quizá debería atacar de una vez sin esperar su bendición.»

Agarró su café y echó una hojeada al Times. Uno de los temas de portada le llamó vivamente la atención.

—Por Dios, Adam. ¿Has visto esto? El fiscal del distrito podría acusar a Robert Walters y Len Arsdale de fraude en las ofertas.

—Ya lo sé —dijo con voz calmada, monocorde. —Trabajaste con ellos durante casi tres años —preguntó, impresionada—. ¿Te interrogarán?

—Probablemente —repuso, realista. Entonces sonrió afectadamente—. Dile a Mac que no tiene que preocuparse de nada. El honor de la familia se mantendrá a salvo.

—Adam. ¡No me refería a eso!
—Oh, venga, Nell. Puedo leer en ti como un libro abierto. Estás tratando de encontrar el modo de decirme que el viejo te ha pedido que te presentes al cargo. Cuando abra el periódico esta mañana, la primera cosa que hará será llamarte y decir que ver mi nombre asociado con una investigación así podría perjudicar tus posibilidades. Es así, ¿no?

—Tienes razón en cuanto a lo de presentarme, pero pensar que pudieras perjudicar mis posibilidades no se me pasó por la cabeza —dijo Nell, con ecuanimidad—. Creo que te conozco lo suficiente para saber que no eres una persona deshonesta.

—Hay grados variables de honestidad en el negocio de la construcción, Nell —dijo Adam—. Afortunadamente para ti, sigo adherido a los escalafones más altos, que es uno de los motivos por los que dejé Walters & Arsdale. ¿Crees que eso hará feliz a Mac, el tótem?

Nell se levantó, sin poder disimular su enojo.

—Mira, Adam, puedo entender que estés irritado, pero no la tomes conmigo. Y, dado que has sacado el tema, pues te lo voy a contar. Sí, he decidido luchar por el escaño de Mac, visto que Gorman lo abandona. Y creo que no estaría mal un poco de apoyo por tu parte.

Adam se encogió de hombros y sacudió la cabeza. —Nell, yo he sido honesto contigo. Desde que nos casamos, la política me ha parecido una dedicación completamente absorbente, que puede resultar nociva para el matrimonio. Muchos no sobreviven. Pero no hay duda de que la decisión es tuya y tú ya has decidido.

—Sí, lo he hecho —respondió, tratando de no alzar la voz—. Así que, ¿por qué no tienes la bondad de aceptarlo? Te informo de que hay cosas mucho peores para un matrimonio. Por ejemplo, el hecho de que uno de los cónyuges trate de impedir que el otro haga lo que desea. Siempre he procurado ayudarte en tu carrera, así que dame un respiro. Ayúdame en la mía o, al menos, no me lo pongas tan difícil.

Adam empujó la silla hacia adelante y se levantó. —Eso es todo, supongo. —Se encaminó para irse, pero se volvió—. No te preocupes por la cena de esta noche. Tenemos una reunión programada en el yate y luego me quedaré a comer algo en el centro.

—Adam, es el setenta y cinco aniversario de Gert. Se desilusionará mucho si no apareces.

—Nell, ni siquiera por Gert, a quien quiero mucho. Perdóname, pero no me apetece pasar la noche con Mac.

—Adam, te lo ruego. Seguro que podrías acercarte después de la reunión. No pasa nada si llegas tarde. Basta con que hagas acto de presencia.

—¿Acto de presencia? Veo que el lenguaje electoralista comienza a hacer mella. Lo siento, Nell. No iré —respondió mientras avanzaba con grandes pasos hacia el vestíbulo.

—Entonces, a la mierda, y si quieres tampoco hace falta que vuelvas a casa.

Adam se detuvo y se giró para mirarla.
—Nell, espero que no lo digas en serio.

Se miraron en silencio largamente. Después, Adam se fue.

6

Dina Crane, la última novia de Sam Krause, no se alegró en absoluto cuando éste la llamó el viernes por la mañana para anular su cita de aquella noche.

—Podríamos vernos en el Harry’s Bar cuando hayas terminado —sugirió.

—Oye, estoy hablando de trabajo y no sé cuánto va a durar —dijo bruscamente—. Tenemos que revisar un montón de cosas. Te llamaré el sábado.

Colgó sin darle la oportunidad de añadir nada. Estaba sentado en su despacho de la Tercera Avenida con la calle Cuarenta, una estancia espaciosa y aireada cuyas paredes aparecían cubiertas de recreaciones artísticas de los rascacielos construidos por la Compañía Constructora Sam Krause.

Eran las diez de la mañana y su inquietud se había visto agravada por una llamada de la fiscalía del distrito solicitando reunirse con él.

Se levantó y fue hacia la ventana, donde se mantuvo observando, con aire sombrío, la actividad callejera que se desarrollaba dieciséis plantas más abajo. Contempló un coche que sorteaba hábilmente el denso tráfico y sonrió maliciosamente cuando se vio obligado a detenerse, encajonado tras un camión que se había parado de pronto y que bloqueaba dos carriles.

La sonrisa se desvaneció en el momento en que Sam se dio cuenta de que, en cierto modo, él era como aquel coche. Había superado una serie de impedimentos para llegar a este punto de su vida y, ahora, aparecía un obstáculo casi insalvable en su camino que amenazaba con bloquearlo completamente. Por primera vez desde su adolescencia, un procesamiento criminal se cernía sobre él.

Era un hombre de cincuenta años, de recia osamenta y peso medio, piel curtida y pelo menguante. De naturaleza independiente, nunca se había preocupado mucho por su apariencia. Resultaba atractivo para las mujeres por su aire de absoluta confianza en sí mismo, además de una cínica inteligencia, que se reflejaba sobre todo en sus ojos de un gris pizarroso. Había gente que le respetaba, pero mucha más que le temía. Muy pocos le apreciaban y, en cualquier caso, Sam sentía el mismo desdén regocijado hacia todos ellos.

Sonó el teléfono, seguido del zumbido del intercomunicador.

—El señor Lang —anunció su secretaria.

Sam hizo una mueca. Empresas Lang era el tercer factor en el negocio del proyecto de la torre Vandermeer. Sus sentimientos hacia Peter Lang iban de la envidia, por el hecho de que fuera el vástago de una gran fortuna familiar, a una admiración reluctante por su talento a la hora de hacerse con propiedades, aparentemente devaluadas, para más tarde reconvertirlas en minas de oro inmobiliarias.

Se acercó a su escritorio y cogió el auricular. —¿Sí, Peter? Pensé que estarías en el golf.

Peter llamaba desde la hacienda costera de Southampton, heredada de su padre.

—Sí, estoy allí. Sólo quería asegurarme de que la reunión sigue en pie.

—Sigue en pie —respondió Sam y colgó sin decir adiós.

7

La columna periodística de Nell, llamada «Por toda la ciudad», se publicaba tres veces a la semana en el New York Journal. Consistía en una mezcolanza de comentarios acerca de lo que sucedía en la urbe y abarcaba desde el arte a la política, los acontecimientos sociales o los hechos de interés humano. Había empezado a escribirla dos años atrás, cuando Mac se retiró y ella declinó presentarse al Congreso por Nueva York.

La idea de esa colaboración la había sugerido Mike Stuart, editor del Journal y viejo amigo de Nell y Mac.

—Con todas las cartas al director que nos has enviado ya se puede decir que has estado trabajando con nosotros sin cobrar, Nell —le había dicho—. Eres una escritora excelente y de criterios sólidos. ¿Qué te parecería publicar ahora tus opiniones cobrando del periódico?

«Esta columna es otra cosa que tendré que abandonar cuando me presente al cargo», pensó Nell mientras entraba en el estudio.

«¿Otra cosa? ¿En qué estoy pensando?», se preguntó a sí misma. Después de que Adam saliera por la mañana, se había aplicado con enérgico malhumor a su rutina habitual. En menos de media hora, había ordenado la mesa, limpiado la cocina y hecho la cama. Recordó que la noche anterior, Adam se había cambiado en la habitación de los huéspedes. Al entrar, notó que había dejado la americana azul marino y el maletín sobre la cama.

«Estaba demasiado ocupado resoplando su descontento para acordarse —pensó Nell—. Probablemente iba a visitar una obra, pues no llevaba más que esa chaqueta ligera de cremallera. Pues bueno, si necesita la americana y el maletín que venga a por ellos o, aún mejor, que mande a alguien a recogerlos. Hoy no voy a hacerle de chica de los recados.» Agarró la americana, la colgó en el armario, y se llevó el maletín al escritorio del pequeño cuarto que hacía las veces de estudio de ambos.

Pero una hora después, tras haberse duchado y puesto el «uniforme» —tal como llamaba a los vaqueros, camisa holgada y zapatillas que vestía para trabajar—, se le hacía imposible ignorar el hecho de que ella tampoco había hecho nada para aligerar la situación. ¿Había llegado a decirle que no hacía falta que se presentara en casa por la noche?

«¿Y si me toma la palabra? —se preguntó, desestimando enseguida tal eventualidad—. Quizá estemos teniendo problemas o pasando una mala época, pero eso no tiene nada que ver con lo que sentimos el uno por el otro.

»Ya debe de estar en la oficina. Le llamaré. —Agarró el teléfono y colgó de inmediato—. No, no le llamo. Ya cedí hace dos años cuando me pidió que no me presentara y me he estado arrepintiendo desde entonces. Si cedo ahora, parecerá una rendición incondicional y no hay razón alguna por la que yo debería abandonar. El Congreso está lleno de mujeres que tienen esposos e hijos de los que ocuparse. Además, no es justo: jamás le he pedido que renunciara a su carrera ni a nada.»

Nell empezó a repasar las notas que había ido tomando para la columna que iba a escribir esa mañana. Sin embargo, era incapaz de concentrarse y acabó por dejarlas.

Sus pensamientos la remontaban a la noche anterior. Cuando Adam se deslizó en la cama, se había dormido casi inmediatamente. Al escuchar su respiración pausada, se le acercó y él la abrazó y murmuró su nombre en sueños.

Entonces le vino a la memoria el día en que se conocieron. Fue en una recepción y la primera impresión que tuvo de él era que se trataba del hombre más atractivo que había visto nunca. Era su sonrisa, aquella sonrisa lenta y delicada. Abandonaron juntos la recepción para ir a cenar. Adam le dijo que iba a estar dos días fuera de la ciudad por trabajo, pero que la llamaría al regresar. Pasaron dos semanas antes de que la llamada se produjera y, para Nell, fueron las dos semanas más largas de su vida.

Justo entonces sonó el teléfono. «Es Adam», pensó mientras cogía el auricular.

Era su abuelo.
—¡Nell, acabo de ver el periódico! Pido a Dios que ese genio de Adam no tenga nada de que preocuparse en esta investigación sobre Walters & Arsdale. Trabajaba allí durante el período que están investigando, de modo que si ha participado en algún amaño fraudulento, deberíamos saberlo. Todo esto tiene que ser trigo limpio, no quiero que perjudique tus posibilidades de ganar la elección.

Nell respiró hondo antes de responder. Quería a su abuelo con toda su alma, pero a veces le daban ganas de gritar.

—Mac, Adam dejó el despacho justamente porque no le gustaban algunas de las cosas que vio allí, de manera que no tienes que preocuparte por nada al respecto. Y, por cierto, ¿no te pedí ayer que abandonaras el rollo este de «ese genio de Adam» y demás?

—Lo siento.
—No lo parece.

Mac ignoró el comentario.
—Te veré esta noche. Y hablando de ello, llamé a Gert para felicitarla y debo decirte que me parece que la mujer está majara. Me dijo que iba a pasar el día en un maldito evento espiritista. Afortunadamente, no se ha olvidado de esta noche y dice que está muy ilusionada con la cena. También insistió en las ganas que tenía de ver a tu marido, al que hace mucho tiempo que no ve. Por algún motivo desconocido, parece pensar que el sol sale y se pone con Adam Cauliff.

—Sí, ya lo sé.
—Me preguntó si podía traer un par de médiums de esas con las que pasa el rato, pero le dije que se olvidara.

—Pero, Mac, es su cumpleaños.
—Puede ser, pero a mi edad no quiero que ninguna de esas chaladas se ponga a estudiarme para ver si mi aura está cambiando o, aún peor, se está desvaneciendo. Debo colgar. Te veo esta noche, Nell.

Nell depositó el auricular en la horquilla del teléfono y se reclinó en la silla. Estaba de acuerdo en que Gert era una verdadera excéntrica, pero no estaba «majara», como había dicho Mac. Después de la muerte de sus padres, fue Gert quien la obsequió con todo su apoyo, convirtiéndose en una especie de madre y abuela para ella. Y era precisamente por su creencia en los fenómenos paranormales por lo que fue capaz de comprender lo que ella quiso decir cuando afirmó que había sentido la presencia de sus padres, tanto el día en que murieron como aquella vez en que se vio arrastrada por un remolino en Hawai. «Gert lo entiende porque también experimenta esos sentimientos. Aunque está claro que para ella se trata de algo más que sentimientos —pensó Nell con una sonrisa—. Ha estado larga y activamente implicada en investigaciones parapsicológicas.» No era por su salud mental por lo que Nell estaba preocupada, sino por la física, dado que últimamente no se había sentido muy bien. «En cualquier caso, se presentaba a la fiesta de su setenta y cinco cumpleaños con casi todas sus facultades en perfecto estado y lo mínimo que Adam podía hacer era procurar acudir al evento», reflexionó Nell. Estaba convencida de que su negativa la decepcionaría terriblemente.

Ese último pensamiento borró cualquier intención que Nell sintiera de llamar a Adam para tratar de arreglar las cosas entre ellos. Las arreglaría, estaba segura, pero no iba a tomar la iniciativa por ahora.

8

Dan Minor había heredado la estatura y anchura de hombros de su padre, pero no la cara. Los rasgos acentuadamente sofisticados y hermosos de Preston Minor se habían visto suavizados por su mezcla genética con la serena belleza de Kathryn Quinn.

Los ojos azules de Preston se hacían más oscuros y cálidos en el rostro de su hijo. La boca y la quijada eran más suaves y relajadas. Los genes Quinn coronaban la cabeza de Dan de pelo claro y arremolinado.

Un colega suyo había observado que incluso vestido con bermudas, camiseta y zapatillas, Dan tenía el aspecto de un médico. Se trataba de una observación bastante acertada. Dan tenía un modo de saludar a la gente que revelaba un interés genuino en su expresión. Un interés al que sucedía una mirada indagadora, como si escrutara el buen estado de su interlocutor. Quizá estaba destinado a ser médico y, sin duda, era lo que siempre había deseado. De hecho, siempre supo que sería cirujano pediátrico. Se trataba de una elección basada en motivos muy personales y sólo un puñado de gente comprendía aquella decisión.

Educado en Chevy Chase, Maryland, por sus abuelos maternos, se acostumbró desde niño a contemplar las infrecuentes visitas de su padre con una creciente falta de interés, que acabaría por derivar en un abierto desdén. No había visto a su madre desde que tenía seis años, aunque siempre llevaba en la cartera una foto de ella, donde aparecía sonriente, con la melena al viento y abrazándole. La foto, tomada el día de su segundo cumpleaños, era el único recuerdo tangible que conservaba de ella.

Dan se licenció en la Universidad Johns Hopkins e hizo la residencia en el Hospital St. Gregory de Manhattan, de modo que cuando le propusieron que regresara para encabezar la nueva unidad de quemados, no dudó en aceptar. De corazón inquieto, y consciente de la proximidad del nuevo milenio, decidió que ya era hora de cambiar. En el hospital de Washington se había ganado una sólida reputación como cirujano especializado en quemaduras. Tenía ya treinta y seis años y sus ancianos abuelos se habían trasladado a Florida para retirarse. Ahora, aunque seguía tan dedicado a ellos como siempre, ya no sentía la necesidad de tenerles tan cerca. En cuanto a su padre, las relaciones, lejos de mejorar empeoraron, y en la época en que sus abuelos se trasladaron, había vuelto a casarse. Dan no acudió a esa cuarta boda de su progenitor, del mismo modo que tampoco asistió a la tercera.

Sus nuevas responsabilidades en Manhattan empezaban el día 1 de marzo. Dan cerró su consulta privada y pasó varios días en Nueva York, buscando un lugar donde establecerse. En febrero, adquirió un apartamento en el barrio del SoHo e hizo transportar allí las pocas pertenencias que quería mantener de su austera vivienda en Washington. Afortunadamente, también pudo escoger varios de los bonitos accesorios que hicieron tan confortable la casa de sus abuelos, de modo que logró decorar, con cierto estilo, su nuevo espacio residencial.

Sociable por naturaleza, disfrutó de las cenas y reuniones de despedida que sus amigos le dedicaron, así como de las citas mantenidas con las tres o cuatro mujeres con las que había salido a lo largo de aquellos años. Uno de sus amigos le regaló una cartera, donde guardó su carnet de conducir, tarjetas de crédito y billetes, aunque dudó en hacer lo mismo con la vieja foto de su madre. Finalmente, la retiró y la puso en el álbum que sus abuelos se iban a llevar a Florida. Sabía que era hora de abandonar aquello y todo lo que representaba detrás de él. Una hora más tarde, cambió de parecer y volvió a recuperarla.

Entonces, sintiéndose a la vez nostálgico y aligerado, fue a despedir a sus abuelos a la estación, montó en el jeep y condujo hacia el norte. Un trayecto de cuatro horas desde la capital hasta su nuevo hogar. Al llegar al apartamento, dejó las maletas, subió y bajó varias veces para descargar todo el coche y aparcó luego en un garaje cercano. Deseoso de conocer mejor su nuevo barrio, se dispuso a buscar un sitio donde cenar. Una de las cosas que más le gustaba de la zona era que resultaba un hormiguero de restaurantes. Encontró uno que no había visto en excursiones previas, compró el periódico y se sentó a una mesa junto a la ventana.

Tomando un refresco, empezó a leer la portada, pero enseguida levantó la vista y se puso a contemplar a la gente que pasaba por la calle. Trató de concentrarse de nuevo en el artículo que había empezado. Una de sus resoluciones del milenio había sido intentar detener la búsqueda azarosa de aquello que sabía que jamás encontraría. Eran demasiados los sitios donde hurgar y las posibilidades de encontrarla algún día eran extremadamente remotas.

Pero, a pesar de esa resolución, una voz persistente le susurraba en la cabeza para recordarle que, una de las razones de su traslado a Nueva York era la esperanza de encontrarla; pues era el último sitio donde había sido vista.

Horas más tarde, inmerso en el rumor amortiguado del tráfico callejero, Dan decidió probar por última vez. Si hacia finales de junio no había dado con nada, entonces abandonaría la búsqueda.

Acomodarse al puesto y entorno nuevos le robaba buena parte de su tiempo. El día 9 de junio se demoró con una operación de urgencia en el hospital y tuvo que esperar hasta el día siguiente para cumplir con lo que había jurado que sería una de sus últimas tentativas de hallar a su madre. Esta vez su destino era el sur del Bronx, un área desolada de Nueva York, aunque en apariencia algo mejorada respecto a lo que había sido veinte años antes. Sin esperanzas o expectativas reales, empezó formulando las preguntas habituales, mostrando la foto que todavía llevaba consigo.

Entonces sucedió. Una mujer vestida andrajosamente que parecía tener unos cincuenta años, de aire ansioso y mirada perdida, le sonrió de pronto.

—Me parece que estás buscando a mi amiga Quinny —le dijo.

9

Winifred Johnson, de cincuenta y dos años, nunca entraba en el vestíbulo del edificio de apartamentos de su jefe, en Park Avenue, sin dejar de sentirse intimidada. Había trabajado para Adam Cauliff durante tres años, primero en Walters & Arsdale y, después, en el despacho que Cauliff estableció por su cuenta, en el último otoño. Adam había confiado plenamente en ella, desde el principio.

De todos modos, cuando Winifred le visitaba en su apartamento, no podía evitar recordar el día en que el portero la instó a que entrara por la puerta de servicio.

Sabía que su suspicacia era fruto del eterno resentimiento de sus padres ante desaires más bien imaginarios. Desde que tenía edad de recordar, los oídos de Winifred se habían saturado de sus plañideras historias sobre las personas que les habían maltratado: «Se sirven de su poca autoridad contra gente como nosotros que no podemos replicar. Ya te lo puedes esperar, Winifred. Ése es el mundo que te vas a encontrar.» Su padre se había ido a la tumba rezongando contra todas las indignidades que había padecido en manos del que había sido su jefe durante cuarenta años. Su madre vivía ahora en una residencia de ancianos, donde las quejas contra supuestas desatenciones y negligencias deliberadas proseguían contumaces.

Winifred iba pensando en su madre cuando el portero le abrió la puerta esbozando una sonrisa. Hacía algunos años que había podido trasladarla a una residencia nueva y elegante, pero ni tan sólo eso logró detener el flujo interminable de quejas. Ni la felicidad ni la satisfacción parecían estar a su alcance. Winifred reconocía, desolada, esa misma tendencia en ella misma. «Hasta que me harte», se dijo a sí misma, sonriendo veladamente.

Mujer delgada, casi frágil en apariencia, Winifred solía vestir de manera austera y conservadora y limitaba su joyería a unos discretos pendientes y un collar de perlas. Reposada hasta el punto de que mucha gente se olvidaba de que estuviera allí, era capaz de absorberlo todo, percibir todo y recordarlo todo. Había trabajado para Robert Walters y Len Arsdale tras obtener el graduado en la academia de secretariado; pero, en todos esos años, ninguno de los dos hombres se había percatado de que aquella secretaria terminó por saber todo lo que podía saberse acerca del negocio de la construcción. Adam Cauliff, por el contrario, sí apreció sus cualidades. La apreciaba a ella y a su valor incuestionable. A menudo, solía bromear diciendo: «Winifred, mucha gente debería desear que jamás se te ocurra escribir tus memorias.»

Robert Walters cazó el comentario al vuelo y su reacción devino desagradable y maleducada. En cualquier caso, siempre la había maltratado abiertamente y jamás tuvo un detalle con ella. «Ya lo pagará», pensaba Winifred. Y lo iba a pagar.

Nell tampoco le tenía mucho cariño.

Adam, por su parte, andaba entonces algo contrariado por una esposa volcada en su propia carrera y un abuelo famoso que le exigía hasta el punto de que ella nunca tenía tiempo suficiente para él. Así que, ocasionalmente, le decía: «Winifred, Nell vuelve a estar ocupada con el viejo y yo no quiero comer solo, así que vamos a picar algo.»

Merecía algo mejor. A veces, Adam le contaba cosas de su infancia en una granja de Dakota del Norte y sus expediciones a la biblioteca para retirar libros con fotos de bonitos edificios. «Cuanto más alto, mejor —solía bromear Adam—. Cuando alguien construía una casa de tres pisos en el pueblo, había gente que recorría treinta o cuarenta kilómetros para venir a verla.»

En otras ocasiones, era él quien la animaba a hablar y Winifred daba rienda suelta al cotilleo sobre las personas implicadas en el negocio de la construcción. Entonces, a la mañana siguiente, se inquietaba por la posibilidad de haber hablado demasiado, animada en su locuacidad por el vino que Adam no dejaba de servirle. Pero nunca llegaba a preocuparse seriamente; confiaba en Adam del mismo modo en que él confiaba en ella y disfrutaba de sus relatos fidedignos sobre aquel mundo, historias de los primeros tiempos de Walters & Arsdale.

«¿Quieres decir que ese viejo santurrón recibió comisiones ilegales cuando las contratas se hicieron públicas?», exclamaba y luego la reconfortaba ante su temor de haber hablado más de la cuenta. Siempre le prometía que jamás diría una palabra a nadie de lo que le contaba. Ella recordaba, también, la noche en que Adam le insinuó apremiante: «Winifred, a mí no me engañas.

Hay un hombre en tu vida.» Y ella asintió, e incluso le reveló el nombre. Fue el momento en que empezó realmente a confiar en él y a confiar en estar haciendo lo debido.

El conserje uniformado colgó el intercomunicador del vestíbulo.

—Puede subir, señorita Johnson. La señora Cauliff la está esperando.

Adam le había pedido que recogiera su americana y el maletín para la reunión de aquella noche.

—Salí a toda prisa esta mañana y me los olvidé —le explicó, excusándose por la petición—. Los dejé sobre la cama en la habitación de invitados. Las notas para la reunión están en el maletín, y necesito la americana por si cambio de parecer y decido ir a encontrarme con Nell en el Four Seasons.

Winifred pudo percibir por el tono de su voz que debía de haber surgido un serio contratiempo entre ambos, y eso no hizo más que ahondar su certidumbre de que aquel matrimonio iba de mal en peor.

Mientras subía en el ascensor, pensó en la reunión programada para última hora. Estaba contenta de que fuera en un barco. Le encantaba salir a navegar. Resultaba romántico, incluso si el propósito de la excursión eran los negocios.

Asistirían cinco personas. Además de ella, estaban citados los tres asociados en el proyecto de la torre Vandermeer: Adam, Sam Krause y Peter Lang. El quinto sería Jimmy Ryan, uno de los capataces de obra de Adam. Winifred desconocía por qué le habían invitado, aunque a Jimmy se le veía bastante taciturno últimamente. Quizá les sería útil para tratar de sondear, entre todos, el fondo del problema e intentar, además, resolverlo.

Sabía también que todos estarían preocupados con la historia que había saltado a la primera página de los periódicos aquel día; pero ella no se sentía personalmente afectada, sólo impaciente por ver los resultados. «Lo peor que puede suceder en este tipo de casos, incluso si te pillan, es que acabes pagando una multa —pensó—. Sacas la cartera y el problema desaparece.»

El ascensor se abrió ante el vestíbulo del apartamento, donde la esperaba Nell.

Winifred vio cómo se desvanecía su sonrisa cordial en el momento en que salió del ascensor.

—¿Pasa algo malo? —preguntó, ansiosa.
«Dios santo —pensó Nell alarmada—. ¿Por qué tiene que suceder esto?» Mientras miraba a Winifred, casi pudo sentir una corazonada recorriendo todo su cuerpo: «El viaje de Winifred en este vuelo ha terminado.»

10

Adam llegó al barco quince minutos antes que el resto de los convocados. Al entrar en la cabina vio que el proveedor de la empresa de catering ya había pasado por allí con su selección de quesos y una bandeja de galletas saladas. Era de prever que el mueble-bar y la nevera hubieran sido igualmente aprovisionados, de modo que ni se molestó en comprobarlo.

Le parecía que la atmósfera distendida del barco, combinada con el aire social que las bebidas daban a una reunión, servían para aligerar la lengua, tanto de sus asociados como de los clientes potenciales. En tales ocasiones, Adam solía sustituir a escondidas su bebida preferida, vodka con hielo, por agua mineral.

A lo largo de la jornada no dejó de pensar en llamar a Nell, pero al final había decidido no hacerlo. Odiaba discutir con ella casi tanto como había empezado a odiar la mera presencia de su abuelo. Nell se negaba a reconocer el hecho de que Mac la quisiera para su antiguo escaño por una única razón: pretendía convertirla en su marioneta. Toda esa cháchara acerca de retirarse a los ochenta años para no convertirse en el miembro más viejo de la cámara no era más que demagogia. La única verdad era que el tipo elegido por los demócratas para arrebatarle el escaño era realmente fuerte y podía protagonizar el relevo. Mac no quería retirarse, pero aún deseaba menos tener que salir por la puerta trasera.

En todo caso, tampoco quería abandonar el juego. De modo que ahora tenía a Nell, carismática, lista, atractiva, razonable y popular, para ganar el escaño y devolverle el poder.

Frunciendo el ceño ante la imagen de Cornelius MacDermott, Adam se dirigió a comprobar el indicador de gasóleo. Tal como esperaba, el depósito estaba lleno. Después de haber salido a navegar la semana pasada, la compañía proveedora lo había revisado y rellenado.

—Hola. Soy yo.

Adam se apresuró hacia el puente para ayudar a Winifred a saltar al barco. Le satisfizo ver que llevaba su americana y maletín bajo el brazo.

Sin embargo, percibía algo que, sin duda, la angustiaba. Podía verlo por el modo en que se movía y por cómo ladeaba la cabeza.

—¿Qué sucede, Winifred? —preguntó Adam.

Ella trató de sonreír, pero fracasó.
—Tú puedes ver a través de mí, ¿verdad Adam? —Agarrándole la mano, aterrizó en el puente—. Tengo que preguntarte algo y tienes que ser completamente honesto —dijo, franca—. ¿Qué he hecho yo para que Nell esté enojada conmigo?

—¿Qué quieres decir?
—No parecía ella cuando me pasé por el piso. Actuaba como si no viera el momento en que me fuera de allí.

—No te lo deberías tomar como algo personal. No creo que fueras tú el motivo para que se comportara de manera diferente. Nell y yo tuvimos una discusión esta mañana —dijo Adam, tranquilo—. Supongo que seguía pensando en ello.

Winifred no le había soltado la mano.
—Si quieres hablar de ello, puedes hacerlo conmigo. Adam se deshizo de su apretón de manos.
—Ya lo sé, Winifred. Gracias. Mira, ahí llega Jimmy. Jimmy Ryan se sentía obviamente turbado en el barco. No se había adecentado en lo más mínimo, aun después de una jornada entera de visita en la obra; sus botas de trabajo iban dejando polvorientas huellas sobre la moqueta de la cabina. Mientras, seguía silenciosamente las instrucciones de Adam para servirse una copa.

Winifred le observó prepararse un buen lingotazo de whisky y pensó que quizá debería hablar con Adam al respecto.

Jimmy Ryan se sentó a la mesa de la cabina como si la reunión estuviera a punto de comenzar. Cuando se dio cuenta de que Adam y Winifred no parecían tener intención de abandonar el puente, se irguió, incómodo, aunque sin hacer ningún esfuerzo por departir con ellos.

Sam Krause llegó diez minutos más tarde, iracundo por el tráfico y por la ineptitud de su conductor. Estaba de un humor de mil demonios y entró directamente en la cabina. Saludó a Jimmy con una lacónica cabezada y se sirvió una ginebra a palo seco, para salir luego al puente.

—Veo que Lang llega tarde como siempre —apuntó. —Hablé con él justo antes de salir del despacho —le dijo Adam—. Estaba en el coche y entrando en la ciudad, de modo que debería llegar en cualquier momento.

El teléfono sonó media hora después. La voz de Peter Lang denotaba inquietud.

—He tenido un accidente —dijo—. La policía quiere que vaya al hospital para hacerme una revisión, y supongo que es mejor para asegurarme. Podéis cancelar la reunión o seguir sin mí. Es decisión vuestra. Después de ver al médico, me iré a casa.

Cinco minutos después, el Cornelia II zarpaba del puerto. La brisa ligera empezaba a soplar con fuerza y las nubes velaban el sol.

11

—No me encuentro bien —se quejó Ben Tucker ante su padre, mientras permanecían acodados a la barandilla del barco de paseo que regresaba de la Estatua de la Libertad.

—El mar se está agitando —explicó el padre a su hijo de ocho años—, pero pronto habremos llegado. Observa el panorama. No regresarás a Nueva York en mucho tiempo y quiero que recuerdes todo lo que veas.

Las gafas de Ben se habían ensuciado y se las quitó para limpiarlas. «Me va a volver a contar que la Estatua de la Libertad fue donada por Francia a Estados Unidos, pero que no fue hasta

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