El dragón rojo (Hannibal Lecter 1)

Thomas Harris

Fragmento

CAPÍTULO 1

Will Graham hizo sentar a Crawford junto a una mesa de picnic, entre la casa y el océano, y le ofreció un té helado.

Jack Crawford miró la casa vieja y destartalada cuyas maderas cubiertas de salitre plateado resplandecían en la diáfana luz.

–Debí haberte abordado en Marathon cuando salías de trabajar –dijo Crawford–. No querrás hablar de este asunto aquí.

–No quiero hablar de eso en ninguna parte, Jack. Tú tienes que hacerlo, de modo que adelante Pero no se te ocurra enseñarme ni una sola fotografía. Si has traído alguna, déjala en la cartera; Molly y Willy volverán pronto.

–¿Qué es lo que sabes?

–Lo que publicaron el Herald de Miami y el Times –respondió Graham–. Dos familias asesinadas en sus casas con un mes de diferencia. Una en Birmingham y otra en Atlanta. Las circunstancias eran similares.

–Similares no. Las mismas.

–¿Cuántas confesiones hasta ahora?

–Ochenta y seis cuando llamé esta tarde –contestó Crawford–. Todos locos. Ninguno conocía los detalles. Destroza los espejos y utiliza los pedazos rotos. Ninguno lo sabía.

–¿Qué otra cosa ocultaste a los periódicos?

–Que es rubio, diestro y realmente fuerte, calza zapatos del número cuarenta y cinco. Un verdadero Hércules. Las huellas son todas de guantes suaves.

–Eso lo dijiste en público.

–No es muy hábil con las cerraduras –comentó Crawford–. Utilizó un cortavidrio y una ventosa de goma para entrar en la última casa. Ah, su grupo sanguíneo es AB positivo.

–¿Le hirió alguien?

–Esto no lo sabemos. Analizamos el semen y la saliva. Abundan sus secreciones. –Crawford contempló el mar calmo–. Will, quiero hacerte una pregunta. Lo leíste todo en los diarios. El segundo caso fue ampliamente comentado en la televisión. ¿Se te ocurrió alguna vez llamarme?

–No.

–¿Y por qué no?

–Al principio no había muchos detalles del primer caso, el de Birmingham. Podía haber sido cualquier cosa, una venganza, un pariente.

–Pero supiste de qué se trataba después del segundo.

–Sí. Un psicópata. No te llamé porque no quise. Ya sé con quién trabajarás en este caso. Cuentas con el mejor laboratorio. Con Heimlich en Harvard, Bloom en la Universidad de Chicago...

–Y te tengo a ti aquí, arreglando unos malditos motores de lanchas.

–No creo que fuera de mucha utilidad, Jack. Ya no pienso más en eso.

–¿De veras? Cazaste a dos. Los dos últimos que tuvimos los atrapaste tú.

–¿Y cómo? Haciendo las mismas cosas que tú y los demás estáis haciendo.

–Eso no es del todo cierto, Will. Se trata de tu forma de pensar.

–Creo que se han dicho muchas estupideces sobre mi modo de pensar.

–Llegaste a conclusiones sin que nunca nos explicaras cómo lo habías logrado.

Las pruebas estaban a la vista –respondió Graham.

–Seguro. Seguro que estaban a la vista. Y después aparecieron muchas más. Antes del arresto teníamos tan pocas que difícilmente hubiéramos podido continuar.

–Tienes la gente necesaria, Jack. No creo que yo pueda mejorar en nada el equipo. Vine aquí para alejarme de todo ese ambiente.

–Lo sé. La última vez te hirieron. Ahora parece que estás bien.

–Lo estoy. Pero no es el hecho de haber sido herido. A ti también te hirieron.

–Me hirieron, pero no de la misma forma.

–No es el hecho de haber sido herido. Simplemente decidí parar. No creo que pueda explicarlo.

–Por Dios, te aseguro que comprendería perfectamente que ya no pudieras volver a afrontarlo.

–No. Mira… siempre es desagradable tener que verlos, pero en cierta forma te las arreglas para poder funcionar, siempre y cuando estén muertos. El hospital, las entrevistas, eso es lo peor. Tienes que apartarlo de tu mente para poder seguir pensando. No me creo capaz de hacerlo ahora. Podría obligarme a mirar, pero me resultaría imposible pensar.

–Will, éstos están todos muertos –dijo Crawford lo más suavemente que pudo.

Jack Crawford escuchó el ritmo y la sintaxis de sus propias frases en la voz de Graham. Había oído a Graham hacerlo en otras oportunidades, con otras personas. A menudo, en medio de una animada conversación, Graham adoptaba la forma de hablar de su interlocutor. Al principio, Crawford pensó que lo hacía deliberadamente, que era una treta para mantener el ritmo.

Pero más adelante, Crawford se dio cuenta de que Graham lo hacía involuntariamente, que a veces trataba de evitarlo y no podía.

Crawford metió dos dedos en el bolsillo de su chaqueta. Arrojó luego sobre la mesa dos fotografías.

–Todos muertos –repitió.

Graham le miró durante un instante antes de coger las fotos. Eran simples instantáneas: una mujer seguida por tres niños y un pato, llevando una canasta de picnic junto a la orilla de una laguna. Una familia ante una tarta de cumpleaños.

Al cabo de medio minuto dejó nuevamente las fotografías sobre la mesa. Las puso una sobre otra y dirigió su mirada a la playa, a lo lejos, donde un chico en cuclillas examinaba algo en la arena. Una mujer le observaba, apoyando la mano sobre la cadera mientras la espuma de las olas se arremolinaba en torno a sus tobillos. La mujer echó la cabeza hacia atrás para sacudirse el pelo mojado pegado a la espalda.

Graham, haciendo caso omiso de la visita, observó a la mujer y al muchacho durante un lapso igual al que había dedicado a mirar las fotos.

Crawford estaba contento. Con el mismo esmero que había puesto para elegir el lugar para la conversación, cuidó de que la satisfacción no se reflejara en su rostro. Le pareció que había convencido a Graham. Tenía que dejarle recapacitar.

Aparecieron tres perros increíblemente feos que se echaron junto a la mesa.

–Dios mío… –murmuró Crawford.

–Probablemente son perros. Abandonan muchos por aquí cuando son pequeños –explicó Graham–. Puedo deshacerme de los más bonitos. El resto se queda dando vueltas por el lugar hasta que se hacen grandes.

–Están bastante gordos.

–Una debilidad de Molly por los desamparados.

–Qué buena vida, Will. Con Molly y el chico. ¿Cuántos años tiene?

–Once.

–Un hermoso muchacho. Va a ser más alto que tú.

Su padre lo era –dijo Graham–. Soy afortunado. Lo sé.

–Quería traer a Phyllis a Florida. Conseguir un lugar para cuando me jubile y dejar de vivir como un topo. Ella dice que todas sus amigas están en Arlington.

–Siempre quise agradecerle los libros que me llevó al hospital pero nunca lo hice. Hazlo por mí.

–Lo haré.

Dos pequeños y alegres pajaritos se posaron sobre la mesa esperando encontrar algo dulce. Crawford los observó mientras daban saltitos hasta que finalmente volaron.

–Will, este degenerado parece actuar siguiendo las fases de la luna. Asesinó a los Jacobi en Birmingham la noche del sábado 28 de junio, noche de luna llena. Mató a la familia Leeds en Atlanta anteanoche, 26 de julio, un día antes de cumplirse el mes lunar. De modo que si tenemos suerte, todavía nos quedan un poco más de tres semanas hasta que vuelva a actuar.

–No creo que quieras esperar aquí en los cayos y enterarte del próximo caso por el Herald. Caray, no soy el papa, no estoy diciéndote lo que debes hacer, pero quiero preguntarte una cosa: ¿mi opinión significa algo para ti, Will?

–Sí.

–Creo que las posibilidades de atraparle rápidamente son mayores si tú nos ayudas. Vamos, Will, anímate y échanos una mano. Ve a Atlanta y a Birmingham a echar un vistazo y luego pasa por Washington.

Graham no contestó.

Crawford esperó hasta que cinco olas rompieron en la playa. Entonces se puso en pie y se echó la chaqueta al hombro. –Hablaremos después de la comida.

–Quédate a comer con nosotros.

Crawford sacudió la cabeza.

–Volveré más tarde. Debe de haber mensajes en el Holiday Inn y tengo que hacer unas cuantas llamadas. De todos modos agradéceselo a Molly de mi parte.

El automóvil alquilado por Crawford levantó una fina capa de polvo sobre los arbustos próximos al camino de conchas. Graham volvió a la mesa. Tenía miedo de que aquél fuera su último recuerdo de cayo Sugarloaf: hielo derritiéndose en dos vasos de té, servilletas de papel cayendo de la mesa impulsadas por la suave brisa y Molly y Willy allá lejos en la playa.

Atardecer en Sugarloaf: las garzas inmóviles y el disco rojo del sol haciéndose más grande cada segundo.

Will Graham y Molly Foster Graham estaban sentados sobre un tronco descolorido arrastrado por la marea. Sus caras tenían un tinte anaranjado por el reflejo del sol poniente y sus espaldas estaban envueltas en sombras violáceas. Ella le cogió la mano.

–Crawford pasó por la tienda para verme antes de venir aquí –dijo–. Me pidió la dirección. Traté de llamarte. Creo que de vez en cuando deberías contestar al teléfono. Vimos el coche cuando llegamos a casa y dimos la vuelta hacia la playa.

–¿Qué más te preguntó?

–Cómo estabas.

–¿Qué le contestaste?

–Que estabas bien y que debería dejarte tranquilo. ¿Qué quiere que hagas?

–Que vea unas pruebas. Soy especialista forense, Molly. Has visto mi diploma.

–Lo que vi fue cómo remendaste una grieta en el papel del techo con tu diploma. –Se puso a horcajadas sobre el tronco para mirarle de frente–. Si extrañaras tu otra vida, lo que hacías antes, supongo que hablarías de ello. Jamás lo haces. Ahora estás tranquilo, relajado y comunicativo… y eso me encanta.

–Lo pasamos bien, ¿verdad?

Un único y lento parpadeo le indicó que debería haber dicho algo más adecuado, pero ella insistió antes de que él pudiera corregirlo.

–Lo que hiciste por Crawford no fue bueno para ti. Él dispone de muchas otras personas, supongo que de todo el maldito departamento. ¿Es posible que no pueda dejarnos en paz? –¿Crawford no te lo ha contado? Fue mi jefe las dos veces que dejé la Academia del FBI para volver al campo de batalla. Esos dos casos fueron los únicos de ese tipo que había tenido y hace mucho tiempo que Jack está en el FBI. Ahora se le ha presentado otro. Esta clase de psicópata es muy poco común. Él sabe que yo tengo… experiencia.

–Sí, así es –respondió Molly. La camisa desabrochada de Will dejaba ver la curva de la cicatriz sobre el estómago. Era abultada y de un dedo de ancho y jamás se bronceaba. Corría desde la cadera izquierda y se desviaba hasta alcanzar las costillas del lado opuesto.

Se la había hecho el doctor Hannibal Lecter con un cuchillo un año antes de que Molly conociera a Graham. Casi le llevó a la tumba. El doctor Lecter, apodado por los diarios «Hannibal el Caníbal», era el segundo psicópata que había atrapado Will Graham.

Cuando salió finalmente del hospital, presentó su renuncia al FBI, abandonó Washington y se puso a trabajar como mecánico de motores diesel para lanchas en un astillero de Marathon, en los cayos de Florida. Se había criado haciendo ese trabajo. Dormía en una roulotte en el astillero hasta que apareció Molly y su destartalada mansión del cayo Sugarloaf.

Él se sentó también a horcajadas sobre el tronco y cogió las manos de Molly. Los pies de ella se deslizaron bajo los de Graham.

Muy bien, Molly. Crawford cree que yo tengo un olfato especial para los monstruos. Es casi una superstición.

–¿Y tú piensas como él?

Graham contempló tres pelícanos que volaban en fila sobre los bajíos del mar.

–Molly, un psicópata inteligente, especialmente un sádico, es muy difícil de atrapar por varias razones. En primer lugar, porque no existe un móvil que se pueda investigar. De modo que esa posibilidad queda descartada. Y generalmente no podrás contar con ninguna ayuda por parte de los soplones. Verás, en la mayoría de los arrestos es más importante el papel de los soplones que el de los detectives, pero en casos como éste no hay soplones. Quizás ni siquiera él sabe lo que está haciendo. De modo que debes aprovechar las pruebas que tengas y deducir lo demás. Tienes que tratar de reconstruir su forma de pensar. Tratar de encontrar pautas.

–Y seguirle y hacerle frente –acotó Molly–. Tengo miedo de que si te lanzas tras ese maniático, o lo que sea, te haga lo que te hizo el último. Exactamente. Y eso es lo que me aterra.

–Nunca me verá ni sabrá mi nombre, Molly. La policía será la encargada de detenerle si es que lo encuentran. Yo no. Crawford sólo quiere otro punto de vista.

Ella observó el sol color púrpura que parecía desparramarse sobre el mar. Unos cirros altos resplandecían sobre él.

A Graham le encantaba la forma en que Molly giraba la cabeza, ofreciendo con gran naturalidad su peor perfil. Podía ver latir el pulso en su cuello y recordó súbita e intensamente el sabor a sal en su piel. Tragó saliva y dijo:

–¿Qué demonios puedo hacer?

–Lo que ya has decidido. Si te quedas aquí y ocurren nuevas muertes tal vez eso te haga odiar este lugar. A la hora señalada y todas esas tonterías. Si no fuera así, no me harías preguntas. –¿Y qué responderías si te hiciera una pregunta?

–Quédate aquí conmigo. Conmigo. Conmigo. Conmigo. Y a Willy, le incluiría también a él si sirviera de algo. Se supone que debo secarme los ojos y agitar el pañuelo. Si las cosas no salen bien, tendré la satisfacción de que hiciste lo correcto. Durará lo que un toque de silencio. Entonces podré volver a casa y conectar un solo lado de la manta eléctrica.

–Me mantendré a distancia en este asunto.

–No lo harías jamás. Qué egoísta soy, ¿verdad?

–No me importa.

–A mí tampoco. Esto es tan agradable y tranquilo. Todas las cosas que sucedieron te ayudan a comprenderlo. A valorarlo, quiero decir.

Él asintió.

–No quiero perderlo por nada del mundo –dijo Molly.

–No. No lo perderemos.

Oscureció rápidamente y Júpiter apareció, bajo, en el suroeste.

Crawford volvió después de la comida. Se había quitado la chaqueta y la corbata y se había arremangado la camisa para parecer más informal. A Molly le parecieron repulsivos los gruesos y pálidos antebrazos de Crawford. Le daba la impresión de que era un maldito monosabio. Le sirvió una taza de café bajo el ventilador del porche y se sentó junto a él mientras Graham y Willy salían a dar de comer a los perros. No dijo una sola palabra. Las mariposas golpeaban suavemente contra las persianas.

–Tiene muy buen aspecto, Molly –dijo Crawford–. Ambos lo tienen, delgados y bronceados.

–Diga lo que diga se lo llevará, ¿verdad?

–Sí. Tengo que hacerlo. Es preciso. Pero le juro por Dios, Molly, que trataré de que sea lo más llevadero posible para él. Ha cambiado. Qué gran cosa que se casaran.

–Cada vez está mejor. Ya no sueña tan a menudo. Estuvo realmente obsesionado con los perros durante un tiempo. Pero ahora sólo se ocupa de ellos; no habla de ellos constantemente. Usted es su amigo, Jack. ¿Por qué no puede dejarle en paz?

–Porque tiene la mala suerte de ser el mejor. Porque no razona como los demás. Porque de algún modo nunca ha caído en la rutina.

–Él cree que usted quiere que vea unas pruebas.

–Quiero que vea unas pruebas. No hay nadie mejor para eso. Pero tiene otra cosa además. Imaginación, percepción, lo que sea. Pero esa parte no le gusta.

–Si usted la tuviera tampoco le gustaría. Prométame algo, Jack. Prométame que se encargará de que no se acerque demasiado. Creo que le destruiría tener que pelear.

–No tendrá que pelear. Puedo prometérselo.

Molly ayudó a Graham a preparar el equipaje una vez que terminó con los perros.

CAPÍTULO 2

Will Graham condujo lentamente el automóvil cuando pasaba frente a la casa en la que había vivido y muerto la familia de Charles Leeds. Las ventanas estaban a oscuras. Una luz brillaba en el patio. Aparcó a dos manzanas y caminó en la cálida noche, llevando en una caja de cartón el informe de los detectives de la policía de Atlanta.

Graham había insistido en ir solo. La razón que dio a Crawford fue que cualquier otra persona que estuviera en la casa le distraería. Tenía otra, privada: no sabía cómo iba a comportarse. No quería que un par de ojos le estuvieran observando todo el tiempo.

Había reaccionado bien en la morgue.

La casa de ladrillos de dos pisos se alzaba en un bloque arbolado, alejado de la calle. Graham permaneció un buen rato bajo los árboles contemplándola. Trató de conservar la calma en su interior. En su mente, un péndulo de plata se mecía en la oscuridad. Esperó hasta que el péndulo se quedó quieto.

Algunos vecinos pasaron en sus coches; miraban la casa pero rápidamente volvían la cabeza. El lugar donde se ha cometido un crimen resulta desagradable para el vecindario, como si fuera el rostro de alguien que les ha traicionado. Solamente los forasteros y los niños se detenían a mirar.

Las persianas estaban levantadas. Graham se alegró. Significaba que no había entrado ningún pariente. Los parientes siempre bajan las persianas.

Caminó hacia un costado de la casa, moviéndose cautelosamente, sin utilizar la linterna. Se detuvo dos veces para escuchar. La policía de Atlanta sabía que estaba allí, pero los vecinos no. Debían estar nerviosos. Podrían dispararle.

Al mirar por una ventana trasera pudo ver la luz del patio de enfrente que se filtraba entre las siluetas de los muebles. El aire estaba saturado por el perfume del jazmín del Cabo. Un porche enrejado se extendía a lo largo de casi toda la parte trasera de la casa. En la puerta del porche podía verse el sello de la policía de Atlanta. Graham rompió el sello y entró.

El cristal que la policía había quitado de la puerta que comunicaba el porche con la cocina había sido reemplazado por una plancha de madera contrachapada. Abrió la puerta a la luz de la linterna utilizando la llave que le había dado la policía. Tenía ganas de encender las luces. Tenía ganas de colocarse su reluciente insignia y hacer algunos ruidos que justificaran su presencia en la silenciosa casa en la que habían muerto cinco personas. Pero no hizo nada. Entró en la cocina oscura y se sentó a la mesa.

La llama azul del piloto de la cocina brillaba en la oscuridad. Percibió olor a cera de lustrar y a manzanas.

El termostato hizo clic y el aire acondicionado se puso en marcha. Graham se sobresaltó al oír el ruido y sintió miedo. Tenía mucha experiencia con el miedo. Podría controlarlo en esta ocasión. Estaba asustado, pero podría seguir adelante.

Veía y oía mejor cuando estaba asustado; no podía hablar tan concisamente y a veces el miedo le volvía algo grosero. Pero allí no había nadie con quien hablar; nadie ya a quien pudiese ofender.

La locura irrumpió en aquella casa a través de esa puerta y entró a esa cocina sobre unos pies con zapatos del número cuarenta y cinco. Sentado en la oscuridad, Graham olfateaba la locura como un sabueso huele una camisa.

Durante todo el día y parte de la tarde había estudiado el informe de la sección de homicidios de Atlanta. Recordaba que la policía, al entrar en la cocina, encontró encendida la luz de la campana de ventilación. La encendió.

Dos rectángulos de tela bordada y enmarcada colgaban en la pared a ambos lados de la cocina. En uno podía leerse: «Los besos se olvidan, la buena cocina no». Y en el otro: «Es a la cocina adonde prefieren venir nuestros amigos para sentir el pulso de la casa y solazarse en su trajín».

Graham miró el reloj. Las once y media. Según el patólogo, las muertes habían ocurrido entre las once de la noche y la una de la madrugada.

En primer lugar estaba la entrada. Se puso a pensar en eso… «El demente deslizó el gancho de la puerta exterior de alambre tejido. Permaneció en la oscuridad del porche y sacó algo del bolsillo. Una ventosa. Tal vez la base de un sacapuntas diseñado para adherirse bien a la tapa del escritorio.

Acurrucado junto a la parte inferior de la puerta de la cocina, el maníaco alzó la cabeza para espiar por el cristal. Sacó la lengua y lamió la ventosa, la apretó con el cristal y torció el mango para que se adhiriera. Un pequeño cortavidrios estaba sujeto a la ventosa con una cuerda, como para poder cortar en círculo.

El débil chirrido del cortavidrios y un golpe seco para quebrar el cristal. Una mano para golpear y otra para sujetar la ventosa. El cristal no debía caer. El pedazo era ligeramente ovalado porque la cuerda se enroscó alrededor del mango de la ventosa al cortar el cristal. Un ligero ruido cuando tira del pedazo de cristal hacia afuera. No le importa dejar rastros de saliva del tipo AB en el cristal.

La mano cubierta por un ajustado guante se desliza por el agujero, hasta encontrar la cerradura. La puerta se abre silenciosamente. Ya está adentro. La luz de la campana le permite ver su cuerpo en esa cocina extraña. Reina una fresca y agradable temperatura en el interior de la casa.»

Will Graham ingirió dos Di-Gels. Le molestó el crujido del celofán al guardarse el paquete en el bolsillo. Atravesó la sala de estar manteniendo la linterna lo más apartada de él que podía, por pura costumbre. A pesar de haber estudiado bien la planta, hizo un giro equivocado antes de encontrar la escalera. No crujía.

Permaneció en la entrada del dormitorio principal. Podía ver vagamente sin utilizar la linterna. El reloj digital que había sobre la mesa de noche proyectaba la hora en el cielo raso y una luz anaranjada titilaba en la pared junto al baño. El olor dulzón a sangre era intenso.

Los ojos acostumbrados a la oscuridad podían ver bastante bien. El maniático pudo distinguir al señor Leeds de su esposa. Había luz suficiente como para permitirle cruzar el cuarto, agarrar a Leeds por el pelo y degollarlo. Y después ¿qué? ¿Abre el interruptor de la luz que había en la pared, un saludo a la señora Leeds y luego el disparo que la inmovilizó?

Graham encendió la luz y las manchas de sangre parecieron insultarle desde las paredes, el colchón y el suelo. El mismo aire parecía salpicado de alaridos. Se sintió acobardado por el ruido de aquel silencioso cuarto repleto de manchas oscuras. Graham se sentó en el suelo hasta que su mente se serenó. «Tranquilo, tranquilo, tranquilízate.»

La cantidad y variedad de manchas de sangre desconcertaba a los detectives de Atlanta que trataban de reconstruir el crimen. Todas las víctimas habían sido encontradas muertas en sus camas. Eso no concordaba con la posición de las manchas. Al principio creyeron que Charles Leeds había sido atacado en el dormitorio de su hija, y su cuerpo arrastrado hasta el dormitorio principal. Pero un detenido examen de las salpicaduras les hizo reconsiderar esa teoría.

Todavía no habían quedado determinados exactamente los movimientos del asesino en las diferentes habitaciones.

Con la ventaja de la autopsia y los datos suministrados por el laboratorio, Will Graham trató de imaginar cómo había ocurrido todo.

El intruso degolló a Charles Leeds mientras dormía junto a su esposa, regresó al interruptor de la luz en la pared y encendió las luces (cabellos y fijador de la cabeza del señor Leeds fueron dejados en la placa del interruptor por un guante suave). Disparó a la señora Leeds cuando se incorporaba y luego se dirigió a las habitaciones de los niños.

Leeds se levantó con la garganta seccionada y trató de proteger a sus hijos, dejando a su paso grandes gotas de sangre y el inconfundible rastro de una arteria cortada mientras trataba de luchar. Fue empujado hacia un lado, y murió con su hija en el dormitorio de ella.

Uno de los dos niños fue asesinado en la cama de un disparo. El otro fue encontrado también en la cama, pero tenía en el pelo pequeñas bolitas de tierra. La policía creía que había sido sacado de debajo de ella y asesinado de un balazo. Cuando estaban todos muertos, a excepción posiblemente de la señora Leeds, comenzó el destrozo de espejos, la selección de trozos y la ulterior dedicación a la señora Leeds.

En la caja de cartón, Graham tenía copias de los informes completos de las autopsias. Allí estaba el de la señora Leeds. La bala había entrado a la derecha de su ombligo y se había alojado en la espina dorsal, pero la mujer había muerto por estrangulamiento.

El aumento del nivel de serotonina y de histaminas en la herida de bala indicaba que había vivido, por lo menos, cinco minutos después del disparo. El nivel de histamina era mucho más alto que el de serotonina, por lo tanto no había sobrevivido más de quince minutos. La mayoría de las otras heridas le habían sido hechas, probablemente, después de muerta.

Si las demás lesiones eran postmortem, ¿qué hacía el asesino en ese intervalo mientras la señora Leeds esperaba la muerte? En eso pensaba Graham. Luchar con Leeds y matar a los otros, por supuesto, pero en eso no habría tardado más de un minuto. Romper los espejos. ¿Y qué más?

Los detectives de Atlanta eran muy meticulosos. Lo habían medido y fotografiado todo exhaustivamente, limpiaron, rastrillaron y retiraron las válvulas de los desagües. No obstante, Graham revisó por su cuenta.

Sabía dónde habían sido encontrados los cadáveres gracias a las marcas hechas por la policía en los colchones y a las fotografías que tomaron. Las pruebas –rastros de nitrato en las sábanas en los casos de heridas de bala– indicaban que habían sido encontrados en posiciones aproximadas a aquellas en que habían muerto.

Pero la profusión de manchas de sangre y de marcas y huellas borrosas en la alfombra del vestíbulo seguían sin poder explicarse. Uno de los detectives sugirió que algunas de las víctimas habían tratado de escapar del asesino arrastrándose. Graham no estaba de acuerdo: evidentemente el criminal las había movido después de muertas y más tarde las había colocado de nuevo en el sitio donde estaban cuando las asesinó. Era obvio lo que había hecho con la señora Leeds. Pero ¿y los demás? No les había desfigurado, como hizo con la señora Leeds. Cada uno de los niños tenía una sola herida de bala en la cabeza. Charles Leeds se desangró hasta morir, contribuyendo a ello la sangre tragada. La única marca adicional que presentaba era superficial: la de una ligadura alrededor del pecho, aparentemente postmortem. ¿Qué hizo con ellos el asesino después de matarles?

Graham sacó de la caja de fotografías policiales los informes del laboratorio sobre los diferentes tipos de sangre y las manchas orgánicas de la habitación y muestras comunes para comparación de trayectorias de regueros de sangre.

Repasó minuciosamente todos los dormitorios del primer piso, tratando de hacer coincidir las heridas con las manchas, tratando de reconstruir los hechos en sentido inverso. Dibujó cada mancha en un plano a escala del dormitorio principal, valiéndose del muestrario para comparar y poder así estimar la dirección y la velocidad del goteo. De esta forma esperaba poder establecer la posición de los cuerpos en diferentes momentos.

Había una hilera de tres manchas que subían y daban la vuelta a un rincón de la pared del dormitorio y tres pequeñas manchas en la alfombra debajo de ellas. La pared de la cabecera de la cama estaba manchada en el lado donde había estado Charles Leeds y se veían las marcas de unos golpes sobre los zócalos. El diagrama de Graham empezó a parecerse a esos juegos de entretenimiento en los que deben unirse los números con una raya para obtener un dibujo, pero en este caso no había números. Se quedó contemplándolo, miró nuevamente la habitación, y luego volvió al dibujo hasta que sintió que su cabeza iba a estallar.

Entró en el baño y tomó sus dos últimas Bufferin, utilizando las manos para beber agua del grifo del lavabo. Se mojó la cara y luego se secó con el faldón de la camisa. El agua cayó al suelo. Había olvidado que habían quitado las válvulas y los sifones de los desagües. Fuera de eso, el baño estaba perfecto, a excepción del espejo roto y de los rastros del polvo rojo utilizado para tomar las huellas digitales llamado «Sangre de Dragón». Los cepillos de dientes, las cremas faciales, la máquina de afeitar, todo estaba en su sitio.

Daba la impresión de que el baño todavía era utilizado por la familia. Las medias de la señora Leeds colgaban todavía del toallero donde las había dejado para que se secaran. Advirtió que había cortado la pierna de un par que tenía unos puntos corridos, para poder utilizar dos pares de una sola pierna, y de esa forma ahorrar. La pequeña y modesta economía de la señora Leeds le llegó muy hondo; Molly hacía exactamente lo mismo.

Graham se deslizó por una ventana hacia el techo del porche y se quedó sentado sobre las ásperas tejas. Se abrazó las rodillas al sentir el frío de la camisa húmeda en la espalda y resopló para ahuyentar el olor a masacre que inundaba su nariz.

Las luces de Atlanta iluminaban el cielo y resultaba difícil poder contemplar las estrellas. Debía de ser una noche clara en los cayos. Podría estar junto a Molly y Willy, esperando ver las estrellas fugaces y escuchar el ruido que ellos tres juraban que hacían al caer. La lluvia de meteoros del Delta Aquarid estaba en su punto álgido y Willy estaría contemplándola.

Se estremeció y resopló nuevamente. No quería pensar en Molly en ese momento. Era de mal gusto y le perturbaba.

Graham tenía serios problemas con el gusto. A menudo sus pensamientos no eran placenteros. No existían divisiones categóricas en su mente. Lo que veía y aprendía influía sobre lo que ya sabía. Resultaba difícil convivir con algunas combinaciones. Pero no podía preverlas, no podía bloquearlas y suprimirlas. Sus principios de decencia y corrección subsistían, escandalizados por sus asociaciones mentales, absortos por sus sueños; le daba pena que en ese campo de batalla que era su cráneo no existieran defensas para lo que amaba. Sus asociaciones mentales se presentaban a la velocidad de la luz. Sus juicios sobre valores, a un ritmo mesurado. Nunca lograban mantenerse a la par y dirigir su pensamiento.

Consideraba su mentalidad algo grotesca pero útil, como una silla hecha con cornamenta. Pero no podía hacer nada al respecto.

Graham apagó las luces de la casa y salió por la puerta de la cocina. En el extremo más alejado del porche de atrás, la luz de la linterna iluminó una bicicleta y una canasta de paja para perros. Había una caseta de perro en el patio posterior y un plato junto a los escalones.

Las pruebas indicaban que los Leeds habían sido sorprendidos mientras dormían.

Sujetó la linterna entre el pecho y el mentón y escribió una nota: «Jack, ¿dónde estaba el perro?».

Graham regresó al hotel. Tenía que concentrarse en conducir el automóvil, por más que a esa hora, las cuatro de la mañana, no había mucho tráfico. Como seguía doliéndole la cabeza, buscó una farmacia de guardia.

Encontró una en Peachtree. Un sereno desaliñado dormía junto a la puerta. Un farmacéutico con una chaqueta sucia sobre la que se destacaba la caspa le vendió Bufferin. El reflejo de la luz del local le resultaba molesto. A Graham no le gustaban los farmacéuticos jóvenes. Tenían aspecto de cachorros raquíticos. A menudo eran relamidos y sospechaba que eran desagradables en sus casas.

–¿Qué más? –preguntó el farmacéutico con los dedos apoyados sobre las teclas de la máquina registradora–. ¿Qué más? La oficina del FBI de Atlanta le había reservado una habitación en un absurdo hotel próximo al nuevo Peachtree Center. Tenía unos ascensores de cristales en forma de capullos, como para que no le cupiera duda de que estaba realmente en la ciudad.

Graham subió a su cuarto acompañado por dos miembros de una convención en cuyos distintivos estaba impreso, además de su nombre, el saludo «¡Hola!». Ambos se agarraron al pasamanos y echaron una ojeada al vestíbulo mientras subían. –Mira allí, cerca del mostrador, es Wilma y los otros que vuelven ahora –dijo el más alto–. Maldita sea, cómo me gustaría arrancarle un cachito.

–Hacerle el amor hasta que le sangre la nariz –acotó el otro. Miedo y deseo y rabia por el miedo.

–¿Sabes por qué las mujeres tienen piernas?

–¿Por qué?

–Para no dejar un rastro como el caracol.

Las puertas del ascensor se abrieron.

–¿Llegamos? Sí, ya llegamos –afirmó el grandote, tambaleándose contra las puertas al salir.

–Un ciego que guía a otro ciego –comentó el acompañante.

Graham dejó la caja de cartón sobre la cómoda de su cuarto, pero luego la guardó en un cajón para apartarla de su vista. Ya había tenido suficiente ese día con aquellos muertos de ojos abiertos. Tenía ganas de llamar a Molly, pero era demasiado temprano.

A las ocho de la mañana debía presentarse en el departamento central de la policía de Atlanta. No tenía mucho que contarles.

Trataría de dormir. Su mente parecía un ruidoso conventillo repleto de disputas y en uno de los pasillos había una pelea. Se sentía entumecido y vacío; antes de acostarse, se sirvió dos dedos de whisky en el vaso del baño y se los bebió. Le pareció que la oscuridad le aplastaba. Encendió la luz del baño y se metió nuevamente en la cama. Imaginó que Molly estaba en el baño cepillándose el pelo.

Párrafos del informe de la autopsia resonaban con su propia voz, aunque nunca los había leído en voz alta: «… las heces estaban formadas … un rastro de talco en la parte inferior de la pierna derecha. Fractura de la pared de la órbita debido a la inserción de un trozo de espejo…».

Graham trató de pensar en la playa de cayo Sugarloaf y escuchar el ruido del oleaje. La imagen de su banco de trabajo le vino a la memoria y pensó en el escape para el reloj de agua que él y Willy estaban fabricando. Cantó «Whiskey River» en voz baja y trató de repasar mentalmente «Black Mountain Rag» desde el principio hasta el final. La canción de Molly. La parte de la guitarra de Doc Watson salía perfecta, pero siempre se perdía cuando entraban los violines. Molly había tratado de enseñarle a zapatear en el patio de detrás de la casa y comenzó a saltar… hasta que por fin se durmió.

Se despertó al cabo de una hora rígido y empapado en sudor. La silueta de la otra almohada a la luz del baño se transformó en la señora Leeds acostada junto a él, mordida y destrozada, con espejos en los ojos y sangre en las sienes y orejas como si fueran patillas de gafas. No podía girar la cabeza para mirarla. Lanzó mentalmente un alarido y estiró la mano hasta tocar la tela seca.

Eso le proporcionó un alivio inmediato. Se levantó; el corazón le latía con fuerza, y se cambió la camiseta por otra seca. Tiró la camiseta mojada en la bañera. No podía tumbarse en el lado seco de la cama. Puso una toalla sobre la zona empapada por el sudor y se estiró sobre ella, recostándose contra la cabecera con un buen whisky en la mano. De un trago vació la tercera parte del vaso.

Buscó algo en que pensar, cualquier cosa. La farmacia en la que había comprado el Bufferin; tal vez porque era la única experiencia de ese día que no estaba relacionada con la muerte. Recordó los viejos drugstores y sus helados. De niño pensaba que los drugstores tenían cierto aire furtivo. Cuando uno entraba siempre pensaba en comprar preservativos, los necesitara o no. Había cosas en los estantes que no se debían mirar mucho.

En la farmacia en la que compró el Bufferin, los anticonceptivos, con sus envolturas cubiertas de ilustraciones, se exhibían en estuches de plástico en la pared de atrás de la caja, enmarcados como objetos de arte.

Prefería el drugstore y los helados de su niñez. Graham estaba próximo a los cuarenta años y empezaba a sentir añoranza por el mundo de antaño; como un ancla en un mar con mal tiempo.

Pensó en Smoot. El viejo Smoot que servía los helados y atendía el drugstore local, propiedad del farmacéutico, cuando Graham era chico. Smoot, que bebía durante las horas de trabajo, se olvidaba siempre de bajar el toldo y las suelas de las zapatillas se derretían en los escaparates. Smoot, que olvidó desenchufar la cafetera y hubo que llamar a los bomberos. Smoot, que les fiaba helados a los chicos.

Su crimen mayor fue encargar cincuenta muñecas Kewpie a un mayorista cuando el dueño del negocio estaba de vacaciones. A su regreso el propietario despidió a Smoot durante una semana. Y entonces hicieron una liquidación de muñecas Kewpie. Colocaron cincuenta muñecas en semicírculo en el escaparate de forma que todas miraban a cualquiera que se parara a contemplarlas.

Tenían grandes ojos de color azul. Era una exposición sorprendente y Graham se quedó mirándolas durante un buen rato. Sabía que eran solamente muñecas Kewpie, pero se sentía el centro de su atención. Eran tantas las que le miraban. Muchas personas se paraban para contemplarlas. Muñecas de yeso, todas con el mismo rulito ridículo; sin embargo, sus miradas estáticas le habían provocado un cosquilleo en la cara. Graham comenzó a relajarse un poco. Muñecas Kewpie mirándole fijamente. Se dispuso a beber un trago, se atragantó y lo escupió sobre el pecho. Tanteó para encender la luz de la lamparita de la mesa de noche y sacó la caja del cajón de la cómoda. Buscó los informes de la autopsia de los tres niños Leeds y los diagramas del dormitorio principal y los desparramó sobre la cama.

Allí estaban las tres manchas de sangre en línea oblicua en el rincón y las otras en la alfombra. Encontró las medidas de los tres chicos. Hermano, hermana, hermano mayor. Coincide. Coincide. Coincide.

Habían estado sentados en fila junto a la pared mirando hacia la cama. Un público. Un público muerto. Y Leeds. Atado por el pecho a la cabecera de la cama. Colocado como para que pareciera que estaba sentado en la cama. Por eso tenía la marca de una ligadura y la pared estaba manchada encima de la cabecera.

¿Qué estaban observando? Nada; todos estaban muertos. Pero tenían los ojos abiertos. Estaban viendo una actuación en la que las estrellas eran el maniático y el cadáver de la señora Leeds, además del señor Leeds sentado en la cama. Espectadores. A quienes el loco podía ver las caras.

Graham se preguntó si habría encendido una vela. La luz vacilante habría simulado una expresión en sus rostros. Pero no se encontró ninguna vela. Tal vez se le ocurriera hacerlo la próxima vez…

Ese primer y sutil nexo con el asesino dolía y pinchaba como una sanguijuela. Graham mordió la sábana, abstraído en sus pensamientos.

«¿Por qué los movió nuevamente? ¿Por qué no los dejó como estaban? –se preguntó Graham–. Hay algo que usted no quiere que yo sepa sobre su persona. Vaya, hay algo que le avergüenza. ¿O se trata de algo que usted no puede permitirse que yo sepa?»

«¿Les abrió los ojos?»

«La señora Leeds era encantadora, ¿verdad? Usted encendió la luz después de degollarle para que la señora Leeds pudiera verle desplomarse, ¿no es así? Era desesperante tener que usar guantes cuando la tocó. ¿Verdad?»

Tenía talco en la pierna.

No había talco en el baño.

Parecía como si fuera otra persona la que había expresado esas dos verdades en voz baja.

«¿Se quitó los guantes, no es así? El polvo cayó de un guante de goma cuando se lo quitó para tocarla, ¿NO ES ASÍ, HIJO DE PUTA? La tocó con sus manos desnudas y luego se puso nuevamente los guantes y borró las huellas. Pero ¿LES ABRIÓ LOS OJOS, cuando no tenía puestos los guantes?»

Jack Crawford contestó al teléfono la quinta vez que sonó. Había atendido varias veces el teléfono durante esa noche y no estaba aturdido.

–Jack, soy Will.

–Sí, Will.

–¿Sigue estando Price en la sección de huellas ocultas?

–Sí. No sale mucho ya. Está trabajando en el índice de impresión única.

–Creo que debería venir a Atlanta.

–¿Por qué? Tú mismo dijiste que el tipo que trabajaba aquí era bueno.

–Es bueno, pero no tanto como Price.

–¿Qué quieres que haga? ¿Dónde tendría que buscar?

–En las uñas de las manos y de los pies de la señora Leeds. Están pintadas, es una superficie lisa. Y las córneas de los ojos de todos. Creo que se quitó los guantes, Jack.

–Cielos, Price va a tener que salir disparado –dijo Crawford–. El funeral es esta tarde.

CAPÍTULO 3

–Creo que la tocó –afirmó Graham al saludarle.

Crawford le alcanzó una gaseosa de la máquina en la sede central de la policía de Atlanta. Eran las 7.50.

–Por supuesto, la movió de un lado a otro –respondió Crawford–. Tenía huellas en las muñecas y en las rodillas. Pero todas las impresiones digitales que se encontraron en el lugar son de guantes no porosos. No te preocupes, Price ya ha llegado, viejo rezongón. En estos momentos está camino de la funeraria. La morgue entregó anoche los cuerpos, pero la empresa de pompas fúnebres no ha hecho nada todavía. Pareces agotado. ¿Has dormido algo?

–Una hora, quizá. Creo que la tocó sin los guantes.

–Espero que tengas razón, pero el laboratorio de Atlanta jura que usó todo el tiempo guantes de cirujano –insistió Crawford–. Los pedazos de espejo tenían esas impresiones lisas. El índice en la parte posterior del trozo incrustado en la vagina, un pulgar borroso en la parte anterior.

–Lo limpió después de haberlo colocado, posiblemente para poder ver su asquerosa cara –dijo Graham.

–El que tenía en la boca estaba teñido de sangre. Como los de los ojos. En ningún momento se quitó los guantes.

–La señora Leeds era una mujer bonita –concluyó Graham–. Viste las fotos de la familia, ¿verdad? En circunstancias íntimas a mí me habría gustado tocar su piel, ¿a ti no?

–¿Íntimas? Crawford no pudo evitar a tiempo un matiz de repugnancia en la voz. Súbitamente empezó a hurgar en los bolsillos buscando cambio.

–Íntimas; era algo privado. Todos los demás estaban muertos. Podía permitirse que tuvieran los ojos abiertos o cerrados, a voluntad.

–Como le diera la gana –asintió Crawford–. Por supuesto, inspeccionaron su piel para ver si encontraban impresiones digitales. Nada. Consiguieron una huella borrosa de una mano en el cuello.

–El informe no mencionaba que se hubieran revisado las uñas.

–Supongo que estarían tiznadas cuando sacaron muestras de la piel. Había arañazos solamente en las palmas lastimadas por las uñas. No la arañó.

–Tenía bonitos pies –agregó Graham.

–Así es. Vayamos arriba –sugirió Crawford–. El ejército ya debe de estar en pie de guerra.

Jimmy Price tenía un equipo considerable: dos cajas pesadas además de la bolsa con la cámara fotográfica y el trípode. Su entrada por la puerta delantera de la funeraria Lombard de Atlanta fue sumamente ruidosa. Era un hombre viejo de aspecto débil y su humor no había mejorado después de un largo viaje en taxi desde el aeropuerto en medio del veloz tráfico matinal.

Un solícito joven con un complicado peinado le hizo pasar a una oficina pintada de color damasco y crema. La superficie del escritorio estaba vacía a excepción de una escultura llamada «Las manos orando».

Price examinaba las puntas de los dedos en posición de oración cuando el señor Lombard entró. Lombard verificó las credenciales de Price cuidadosamente.

–Por supuesto que recibí una llamada de la oficina de Atlanta, o agencia o como se llame, señor Price. Pero anoche tuvimos que recurrir a la policía para sacar a un molesto sujeto que trataba de tomar fotografías para el National Tattler, por eso debo actuar con mucho cuidado. Espero que usted me comprenda. Señor Price, a la una de la mañana nos entregaron los cuerpos y el funeral se llevará a cabo esta tarde a las cinco. No podemos retrasarlo de ninguna manera.

–Esto no llevará mucho tiempo –afirmó Price–. Necesito solamente un ayudante razonablemente inteligente, si es que dispone de alguno. ¿Ha tocado usted los cuerpos, señor Lombard?

–No.

–Averigüe quién lo ha hecho. Tendré que tomarles las huellas a todos.

Las instrucciones que se dieron esa mañana a los detectives asignados al caso Leeds se relacionaron casi exclusivamente con los dientes.

R. J. (Buddy) Springfield, jefe de detectives de Atlanta, un hombre corpulento en mangas de camisa, estaba junto a la puerta con el doctor Dominic Princi cuando entraron uno detrás de otro los veintitrés detectives.

–Muy bien, muchachos, quiero ver una sonrisa amplia cuando se acerquen –dijo Springfield–. Muéstrenle los dientes al doctor Princi. Muy bien, veamos todos los dientes. Dios mío, Sparks, ¿eso es su lengua o está tragando una ardilla? Sigan pasando.

Una gran reproducción frontal de una dentadura completa, superior e inferior, estaba clavada en el tablero de informaciones en la pared frontal del cuarto de oficiales. Le hizo recordar a Graham esos dientes postizos de celuloide que se venden en las tiendas de artículos de broma. Se sentó con Crawford al fondo de la habitación mientras los detectives se instalaban en unos pupitres similares a los de los colegios.

Gilbert Lewis, comisionado de seguridad pública de Atlanta, y su oficial de relaciones públicas se situaron más apartados, en unas sillas plegables. Lewis debía dar una conferencia de prensa una hora después.

El jefe de detectives Springfield se hizo cargo del problema. –Muy bien. No perdamos tiempo con tonterías. Si ustedes han leído los informes del día se habrán percatado de que hasta ahora no se ha progresado en absoluto.

–Se seguirán realizando entrevistas de casa en casa en un radio de cuatro manzanas más alrededor del escenario del crimen. R & I nos ha prestado dos empleados para ayudarnos a verificar las reservas de aviones y los alquileres de automóviles en Birmingham y Atlanta.

–Nuevamente se repasarán hay los datos de los hoteles y aeropuertos. Sí, hoy, de nuevo. Interroguen a todas las camareras y ayudantes, y también a todos los empleados que atienden el mostrador. Debió haberse limpiado en algún lugar y pudo haber dejado un montón de roña. Si encuentran a alguien que haya limpiado un montón de porquería, desentierren a quienquiera que haya ocupado ese cuarto, séllenlo y comuníquense sin pérdida de tiempo con la lavandería. En esta ocasión tenemos algo que pueden mostrar en su ronda. ¿Doctor Princi? El doctor Dominic Princi, jefe de investigaciones forenses del condado de Fulton, se adelantó y se detuvo bajo el dibujo de la dentadura. Levantó, para que todos pudieran verlo, un molde en yeso de una dentadura.

–Señores, así eran los dientes del sujeto en cuestión. El Instituto Smithsoniano de Washington hizo la reconstrucción basándose en las marcas encontradas en la señora Leeds y en una mordedura descubierta en un trozo de queso en la nevera de los Leeds –dijo Princi–. Como pueden apreciar, sus incisivos laterales son puntiagudos, estos y estos dientes –aclaró Princi, señalando en el molde primero y en el dibujo después–. Los dientes no están alineados y el incisivo central tiene un extremo roto. El otro incisivo aparece muy gastado aquí. Algo semejante a la «mella de los sastres», el desgaste ocasionado por cortar el hilo co

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos