1
Desde un extremo de Westminster Bridge, Hetty clavó la vista en el hombre que estaba apoyado de un modo bastante extraño contra la hermosa farola de tres cabezas del lado opuesto del puente. Un cabriolé de alquiler pasó traqueteando rumbo al norte por la oscura calzada camino del Parlamento y, del otro lado, las recién instaladas luces eléctricas que como una hilera de lunas bruñidas bordeaban Victoria Embankment.
El hombre no se movía desde que ella había llegado. Era más de medianoche. Imposible que un caballero tan bien vestido, con su sombrero de seda y su bufanda blanca y las flores frescas prendidas en el ojal, rondara por allí esperando a algún conocido. Debía de tratarse de un posible cliente. ¿Para qué iba a estar allí plantado, si no?
Hetty se contoneó hacia él, agitando con elegancia sus faldas doradas y ladeando un poco la cabeza.
–¡Hola, corazón! Buscas un poco de compañía, ¿eh? –preguntó de modo incitante.
El hombre no hizo el menor gesto. Por la poca atención que le prestaba, igual podría haber estado durmiendo de pie.
–Eres tímido, cariño –dijo ella. A algunos caballeros se les trababa la lengua cuando llegaba el momento, sobre todo si no tenían costumbre–. No te preocupes –prosiguió–. No tiene nada de malo charlar un poco en una noche fría como ésta. Me llamo Hetty. ¿Por qué no vienes conmigo? Podemos tomar una copa de ginebra y conocernos un poquito mejor. ¿Qué me dices?
El hombre siguió sin moverse ni hablar.
–Bueno, pero ¿qué te pasa? –Se quedó mirándolo, y
por primera vez notó que estaba apoyado de una manera bastante forzada, que sus manos no estaban en los
bolsillos, como ella habría esperado en una fría noche de
primavera, sino que le colgaban a los costados–. ¿Te
encuentras mal? –preguntó.
Él permaneció inmóvil.
Era mayor de lo que le había parecido desde el otro lado de la calle, tendría unos cincuenta años; el pelo gris perla brillaba a la luz de la farola y su cara tenía una expresión ausente, misteriosa.
–¡Estás borracho como una cuba! –exclamó Hetty con una mezcla de piedad y aversión. No tenía problemas con la bebida, pero no era normal que la gente bien se emborrachara, al menos en una calle tan transitada–. Es mejor que vuelvas a casa antes de que te pille la bofia. ¡Ánimo! ¡No puedes pasarte toda la noche aquí! –¡Adiós cliente! Con todo, no le había ido mal la noche. Los caballeros de Lambeth Walk habían sido muy generosos–. ¡Gilipollas! –añadió por lo bajo a la figura apoyada en la farola.
Entonces advirtió que la bufanda blanca no sólo rodeaba el cuello del hombre sino también la horquilla de hierro forjado que decoraba la farola. ¡Santo Dios, el hombre estaba atado al poste por el cuello! Y comprendió la espantosa verdad: aquella mirada vidriosa no era de estupor, sino de muerte.
Soltó un chillido que hendió el aire nocturno y la calle desierta, con sus hermosas farolas y sus triples charcos de luz, para elevarse hacia el cielo nocturno.
Chilló otra vez, y otra, como si ahora que había empezado hubiese de seguir hasta encontrar una respuesta al horror que contemplaba.
En el lado opuesto del puente varias figuras borrosas se dieron la vuelta; otra voz gritó, y alguien echó a correr hacia ella con pasos que resonaron huecos y metálicos.
Al apartarse de la farola y de su inquilino, Hetty resbaló en el bordillo, cayendo estrepitosamente a la calzada. Por un momento quedó confusa y enfadada, y luego alguien se inclinó hacia ella y Hetty notó que la levantaban.
–¿Estás bien, encanto? –Era una voz ronca pero no del todo desagradable. Hetty percibió el olor a lana húmeda junto a la cara.
¿Por qué había sido tan estúpida? Debería haber callado y seguido su camino, ¡que otro imbécil descubriera el cadáver! Ahora se había formado un pequeño corro de gente alrededor.
–¡Cielos! –gritó alguien horrorizado–. ¡Está muerto! ¡Pobre diablo!
–Será mejor que no lo toquen. –Éste hablaba con autoridad, en un tono muy diferente, culto y seguro–. Que alguien avise a la policía. Vaya usted mismo. Seguro que hay algún guardia en el Embankment.
Otra vez sonido de pasos apresurados, extinguiéndose a medida que se alejaban.
Hetty trató de ponerse en pie, y el hombre que la sostenía por los hombros la ayudó con diligencia. Había cinco personas, todas temblando y horrorizadas. Hetty quería marcharse antes de que llegara la poli. Se había comportado como una tonta, ¡mira que chillar de esa manera! Si hubiera cerrado el pico ahora estaría lejos de allí.
Examinó las caras de quienes la rodeaban, un conjunto de sombras y rasgos salientes a la luz amarillenta de la farola, envueltos en jirones de vapor que el aliento formaba en el frío de la noche. Parecían preocupados y bondadosos, y de todas formas ya no podía escapar. Pero tal vez podría conseguir una copa gratis si lo intentaba.
–He tenido un susto de muerte –dijo temblorosa y con dignidad–. Me siento mareada.
Alguien sacó una petaca plateada cuyas volutas reflejaron la luz. Un objeto hermoso.
–¿Quiere un trago de brandy?
–Gracias, creo que me vendrá bien. –Hetty lo aceptó
y bebió hasta la última gota. Palpó apreciativamente la
petaca antes de devolverla.
El inspector Thomas Pitt recibió la llamada en su casa a la una y cinco de la madrugada, y a la una y media se encontraba en el extremo sur de Westminster Bridge a la fría intemperie, mirando el cadáver de un hombre de mediana edad vestido con un elegante abrigo negro y un sombrero de seda. Estaba atado por el cuello a una farola mediante una bufanda blanca. Tenía un corte profundo en la garganta; la yugular estaba cercenada y la camisa empapada en sangre. El abrigo la había ocultado casi por entero; y la bufanda, aparte de sostenerlo en alto y un poco hacia atrás de modo que el puntal de la farola soportara parte de su peso, había tapado asimismo la herida.
En el puente había media docena de personas, de pie en la otra acera. El guardia de servicio permanecía junto a Pitt con su linterna de ojo de buey en la mano, aunque las farolas proporcionaban suficiente luz para lo poco que ahora podían hacer.
–Miss Hetty Milner lo encontró, señor –informó el agente–. Dice que le vio mala cara y se interesó por su salud. Yo más bien creo que estaba buscando un cliente, pero supongo que eso al muerto no le importa. Aún tiene dinero en los bolsillos y el reloj de oro con su cadena, así que no parece que le hayan robado.
Pitt examinó nuevamente el cadáver. Palpó las solapas del abrigo quitándose los guantes para comprobar la textura de la tela. Era suave y firme, lana de calidad. En el ojal llevaba unas prímulas frescas que se veían espectrales a la luz de la farola, con los tenues jirones de niebla que ascendían como pañuelos de gasa del río oscuro y turbulento. Los guantes del hombre eran de piel, no de punto como los de Pitt. Examinó sus gemelos de cornalina montados en oro. Apartó la bufanda dejando al descubierto la camisa ensangrentada con los botones todavía abrochados, y la dejó caer otra vez.
–¿Se sabe quién es? –preguntó.
–Sí, inspector. –La voz del guardia perdió un poco
de su aplomo profesional–. Yo mismo le conocía de
hacer la ronda por aquí. Es sir Lockwood Hamilton,
parlamentario. Vive al sur del río, así que imagino que
volvía a su casa tras una sesión vespertina, como de
costumbre. Muchos diputados suelen volver a casa andando, si viven cerca del Parlamento y hace buena
noche. –Carraspeó un poco, tal vez de frío, tal vez de
piedad mezclada con horror–. Aunque sean representantes de un pueblo que esté en el quinto infierno, han
de tener residencia en Londres para cuando se reúne la
cámara. Y los que ocupan puestos importantes en el gobierno han de estar aquí constantemente, salvo los días
de fiesta.
–Ya. –Pitt sonrió débilmente. Conocía muy bien las costumbres del Parlamento, pero el guardia trataba de ayudar hablando; así llenaba el silencio y no pensaba en el cadáver–. Gracias. ¿Cuál de ellas es Hetty Milner?
–La del pelo claro, señor. La otra chica también es del oficio, pero no tiene nada que ver en esto. Sólo está fisgando.
Pitt cruzó la calzada y se aproximó al corro de gente. Miró a Hetty, reparando en su cara maquillada y demacrada, en el escote bajo de su vestido, en la falda cursi y chillona. Se la había rasgado al resbalar en el bordillo, y se veía el tobillo esbelto y una pierna bien torneada.
–Soy el inspector Pitt –se presentó–. Usted encontró el cuerpo atado a la farola, ¿verdad?
–¡Pues claro! –A Hetty no le gustaba la policía; todas sus relaciones con ellos se habían saldado en perjuicio de ella. No tenía nada en contra de este inspector, pero debía rectificar su estupidez anterior mostrándose discreta.
–¿Vio a alguien más en el puente?
–No.
–¿Adónde se dirigía usted?
–A casa. Del lado sur.
–¿Hacia el palacio de Westminster?
Hetty tuvo la sospecha de que se reía de ella.
–Exactamente.
–¿Dónde vive usted?
–Cerca del penal de Millbank –dijo Hetty adelantando el mentón–. Cae cerca de Westminster, por si no
lo sabía.
–Lo sé. ¿Y volvía a casa sola? –No había sarcasmo en su expresión, pero ella le miró con incredulidad.
–Pero ¿qué le pasa? ¿Es bobo o qué? ¡Claro que estaba sola!
–¿Qué le dijo a él?
Ella fue a preguntar a quién pero comprendió que no valía la pena. Acababa prácticamente de admitir que estaba allí por asuntos profesionales. ¡El maldito poli se lo había hecho decir!
–Le pregunté si se encontraba mal –contestó con cierto orgullo. Hasta las prostitutas se interesaban por la salud del prójimo.
–Así pues, ¿parecía enfermo?
–Sí… ¡no! –Maldijo en voz baja–. De acuerdo, le
pregunté si quería un poco de compañía. –Hizo un gesto que pretendía ser sarcástico–. Pero él no dijo nada.
–¿Le tocó usted?
–No. ¿Me toma por una ladrona?
–Pero está segura de que no vio a nadie más. Nadie
que volviera a su casa, ningún comerciante…
–¿A esta hora de la noche? ¿Qué podría vender? –Pastelillos calientes, flores, emparedados… –Pues no; sólo pasó un cabriolé que no se detuvo. Pero yo no lo maté. Lo juro por Dios, ya estaba fiambre cuando llegué. ¿Para qué iba a hacerlo? ¡No estoy tan loca!
Pitt la creyó. Era una prostituta corriente, como las otras miles que trabajaban en Londres en aquel año de gracia de 1888. Podía ser o no una ladrona de poca monta, probablemente contagiaba enfermedades sin saberlo y ella misma moriría joven. Pero no mataría a un cliente potencial en mitad de la calle.
–Déle su nombre y dirección al guardia –le dijo Pitt–. Y no mienta, Hetty, o tendremos que venir a buscarla, lo cual no sería bueno para su profesión.
Hetty lo fulminó con la mirada, dio media vuelta y se acercó al guardia, tropezando de nuevo en el bordillo pero esta vez sin caer y con el mentón todavía más alto.
Pitt se acercó al resto de la gente y habló con todos, pero nadie había visto nada pues sólo habían acudido al oír los gritos de Hetty. Viendo que no había nada que hacer, indicó al coche mortuorio que aguardaba al extremo del puente que ya podía retirar el cadáver. Había examinado detenidamente la bufanda: el nudo era como el que cualquiera haría sin pensar, un extremo sobre el otro y otra vuelta más. El propio peso del hombre lo había tensado de tal forma que en lugar de deshacerlo habían tenido que cortarlo con un cuchillo. Luego bajaron el cuerpo con cuidado para meterlo en el carruaje, que se alejó como una sombra negra bajo la luz de las farolas, traqueteando por el puente hasta la estatua de Boadicea para torcer luego hacia el Embankment y perderse de vista. Pitt volvió a acercarse al guardia y al segundo oficial de uniforme que acababa de llegar.
Ahora tocaba hacer lo que Pitt más detestaba, exceptuando quizá el desentrañar el caso, que siempre traía consigo el conocimiento de la pasión y el dolor causantes de toda tragedia. Debía informar a los familiares, ver cómo se derrumbaban y tratar de percibir en sus palabras, sus gestos, en las fugaces emociones que asomarían a sus rostros, alguna pista que pudiera servirle de algo. Muchas veces era el dolor de otro, un secreto que nada tenía que ver con el crimen en sí, alguna debilidad o acto infame que los obligaba a mentir.
No fue difícil averiguar que sir Lockwood Hamilton vivía a ochocientos metros del puente, en el número 17 de Royal Street, con vistas al jardín de Lambeth Palace, residencia oficial en Londres del arzobispo de Canterbury.
No valía la pena buscar un cabriolé; sería un corto paseo, y muy agradable en la noche despejada; sin duda, eso mismo había pensado Hamilton al salir del Parlamento.
Diez minutos después estaba llamando a la puerta de caoba con aldaba de latón. Esperó unos momentos y volvió a llamar. Una luz se encendió en la buhardilla, luego otra en el segundo piso y finalmente una en el zaguán. Al abrirse la puerta, un soñoliento mayordomo con la chaqueta apresuradamente abotonada le miró bizqueando con aire de desagrado.
–Inspector Thomas Pitt, de la comisaría de Bow Street –dijo rápidamente Pitt–. ¿Puedo pasar?
La irritación del mayordomo se desvaneció.
–¿Ocurre algo malo? ¿Ha habido un accidente? –Lo siento, pero… es más grave que eso –repuso Pitt, entrando en la casa–. Sir Lockwood Hamilton ha muerto. Omitiría las circunstancias si pudiera, pero saldrán en los periódicos de la mañana y sería mejor que lady Hamilton estuviera preparada; ella y los demás miembros de la familia.
–Oh. –El mayordomo tardó unos segundos en recobrar la compostura mientras toda clase de horrores, escándalos y desgracias pasaban por su cabeza. Luego se irguió y miró a Pitt, diciendo–: ¿Qué ha ocurrido? –Su voz sonó casi normal.
–Me temo que lo han asesinado. En Westminster Bridge.
–¿Quiere decir que lo… empujaron? –El hombre no se lo podía creer, la idea le resultaba inconcebible.
–No. Fue agredido con un cuchillo o una navaja de afeitar. Lo siento. Fue muy rápido, no creo que haya sufrido. Creo que lo mejor será que le diga a la sirvienta que avise a lady Hamilton y le prepare algún reconstituyente, una tisana o algo así.
–Sí, señor, por supuesto.
El mayordomo lo acompañó al gabinete, las ascuas de cuyo fuego ardían aún, y dejó que encendiera las lámparas de gas mientras él se disponía a cumplir su amarga tarea.
Pitt examinó el gabinete; le diría algo sobre las personas que vivían aquí cuando el Parlamento celebraba sus sesiones. Era una habitación espaciosa, mucho menos atestada de muebles de lo habitual. Había menos borlas en los sofás y butacas, menos cristales colgantes en los apliques de luz, ni antimacasares ni dechados, ni retratos de familia ni fotografías, salvo una de tonos sepia de una mujer mayor con gorro blanco de viuda, enmarcada en plata. Desentonaba con el resto de la sala como una reliquia de otra época. Si éste era el estilo de decoración de lady Hamilton, entonces podía tratarse de un familiar de sir Lockwood, su madre tal vez.
Los cuadros de las paredes eran fríos y románticos, al estilo de los prerrafaelistas: mujeres de rostro enigmático y preciosos cabellos, caballeros con armadura y flores enroscadas. Sobre las mesas pegadas a la pared había adornos de peltre bastante añejos.
Transcurridos diez minutos, se abrió la puerta y entró lady Hamilton. Era de estatura algo mayor que la media, con sugestivos rasgos inteligentes que en su juventud podían haber sido atractivos. Ahora debía de tener algo más de cuarenta y el tiempo se había llevado la primera lozanía dejándole marcas de carácter que Pitt juzgaba más atractivas. Llevaba el pelo recogido en un moño apresurado, y una bata de color cobalto.
La mujer hizo un gran esfuerzo por mostrarse digna. –Entiendo que viene a decirme que mi marido ha sido asesinado –dijo quedamente.
–Sí, lady Hamilton –respondió Pitt–. Lo siento mucho. Le pido disculpas por molestarla con los detalles, pero estoy seguro que preferirá oírlos de mi voz que por otras personas, o por la prensa.
Estaba tan pálida que Pitt temió que fuera a desmayarse, pero ella aspiró hondo, consiguiendo mantener la calma.
–¿No quiere sentarse? –sugirió él. Le tendió la mano, pero ella hizo caso omiso y fue hacia el sofá, indicándole que tomara asiento.
Tenía los puños cerrados y temblorosos sobre el regazo, para ocultárselos a él y quizá a ella misma.
–Continúe, por favor –dijo ella.
Pitt notó su desconsuelo, pero no estaba en su mano el atenuarlo.
–Por lo visto sir Lockwood volvía a casa andando tras una sesión vespertina de la cámara. Cuando llegó al extremo sur de Westminster Bridge fue agredido por alguien con una navaja de afeitar o un cuchillo. Sufrió una sola herida, en el cuello, pero fue fatal. Si le sirve de consuelo, el dolor debió durar apenas un instante.
–¿Le robaron algo? –Lady Hamilton habló sólo para conservar la calma que pugnaba por aparentar.
–Parece que no, a menos que llevara encima algo que no sabemos. Conservaba su dinero, el reloj y la cadena, y también los gemelos. Claro que el ladrón pudo verse sorprendido antes de apropiarse de nada, pero no parece probable.
–¿Por qué…? –Su voz se quebró; tragó saliva–. ¿Por qué no?
Pitt dudó un momento.
–¿Por qué no? –repitió a su vez.
Ella tenía que saberlo; si no se lo contaba él, lo haría otro, aunque decidiera no leer los periódicos. Mañana todo Londres hablaría de ello. No supo si mirarla o desviar la vista, pero le parecía cobarde evitar su mirada.
–Lo apoyaron contra una farola y lo ataron con su bufanda. Nadie que hubiera sido sorprendido habría tenido tiempo para eso.
Ella le miró en silencio.
Pitt prosiguió porque no tenía elección.
–Debo preguntarle, señora, si sir Lockwood había
recibido alguna amenaza. ¿Tenía algún rival político o
profesional que pudiera desearle lo peor? Esto podría
ser obra de un demente, pero existe la posibilidad de
que fuera alguien que le conocía.
–¡No! –La negativa brotó por instinto, cosa que Pitt se esperaba. Nadie deseaba pensar que semejante atrocidad fuera otra cosa que fruto de un azar, un infortunio de tiempo y lugar.
–¿Solía volver a casa andando tras una sesión nocturna?
Ella hizo un esfuerzo por sosegarse, imaginando el horrible acto.
–Sí, bueno, si el tiempo era agradable. Es un corto paseo hasta casa. La calle está bien iluminada, y…
–Sí, lo sé, yo también he venido a pie. Muchas personas podrían haber esperado que él lo hiciera tarde o temprano.
–Supongo que sí, pero sólo un loco…
–Los celos –dijo Pitt–, el miedo o la avaricia pueden
convertir a una persona normal en algo parecido a un
loco…
Ella no respondió.
–¿Quiere usted que informe a alguien de lo sucedido? –preguntó–. ¿Algún otro familiar? Si podemos ahorrarle molestias…
–No, no. Gracias. Ya he dicho a Huggins que llame a mis hermanos. –Su cara se tensó con una extraña e inexpresiva mirada–. Y a Barclay Hamilton, hijo del primer matrimonio de mi esposo.
–¿Llamar, dice?
Lady Hamilton parpadeó antes de comprender el significado de la pregunta.
–Sí, tenemos uno de esos teléfonos. A mí no es que me gusten mucho. Creo que es de mala educación hablar con alguien sin verle la cara. Prefiero escribir si no es posible una visita. Pero a sir Lockwood le parece… le parecía conveniente.
–¿Guardaba documentos de negocios en casa?
–Sí, en la biblioteca. No veo que puedan serle de
utilidad porque no hay nada confidencial. Ésos no los
traía a casa.
–¿Está segura?
–Desde luego. Así me lo dijo en varias ocasiones.
Era el secretario privado del ministro del Interior y sabía ser discreto.
En ese momento hubo un ruido en el zaguán. La puerta se abrió y se cerró, y se oyeron las voces de dos hombres sobre los murmullos de protesta del mayordomo. Luego la puerta del gabinete se abrió para dar paso a uno de los hombres, cuyo cabello plateado brilló a la luz de la lámpara, su cara bien parecida, de poderosa nariz y frente amplia, tensa ahora por la conmoción.
–Amethyst, querida. –El hombre entró ignorando a Pitt y rodeó a su hermana con un brazo–. ¡Es horrible! No puedo decirte lo mucho que lo siento. Haremos todo cuanto esté en nuestra mano para protegerte, claro está. Debemos evitar un sinfín de estúpidas especulaciones. Tal vez sería mejor para ti que abandonaras Londres una temporada. Puedes alojarte en mi casa de Aldeburgh, si lo deseas. Allí tendrás intimidad. Será un cambio, un poco de aire del mar. –Dio media vuelta–. Jasper, por Dios, ¡no te quedes ahí parado! Entra. Has traído el maletín; ¿no tienes nada que pueda ayudarla?
–No necesito nada, gracias –replicó la mujer, encorvando un poco los hombros y apartándose de él–. Lockwood ha muerto; nada de lo que hagamos puede cambiar eso. Y gracias, Garnet, pero todavía no quiero irme. Tal vez más adelante.
Garnet Royce se dirigió a Pitt.
–Supongo que es usted de la policía. Soy sir Garnet
Royce, hermano de lady Hamilton. ¿Necesita usted que
se quede en Londres?
–No, señor. Pero imagino que lady Hamilton deseará ayudarnos en lo posible a atrapar al responsable de esta tragedia.
Garnet le miró con sus ojos fríos y claros.
–No se me ocurre cómo. Es difícil si no imposible
que ella sepa nada sobre el loco que ha hecho esto. Si
puedo convencerla de que se marche de Londres, espero
que usted no ponga objeciones. –Su voz tenía un claro
deje de advertencia, era la voz de alguien acostumbrado a que no sólo sus órdenes sino también sus deseos
fueran obedecidos.
Pitt le sostuvo la mirada sin pestañear.
–Estamos investigando un homicidio, sir Garnet. Hasta el momento no tengo la menor idea de quién pueda ser el autor ni qué motivos pueden haberle llevado a ello. Pero puesto que sir Lockwood era una figura pública de cierto renombre, es posible que alguien le guardara rencor por algún motivo, sea real o imaginario. Sería una irresponsabilidad sacar conclusiones prematuras.
Jasper se adelantó. Era una versión joven y menos enérgica de su hermano, de ojos y cabello más oscuros y sin su magnetismo.
–Él tiene razón, Garnet. –Puso una mano sobre el brazo de su hermana–. Sería mejor que volvieras a la cama, querida. Haz que tu sirvienta te prepare una tisana con esto. –Sacó un pequeño paquete de hierbas–. Vendré a verte por la mañana.
Lady Hamilton cogió el paquete.
–Gracias, pero no tienes por qué descuidar a tus
pacientes habituales. Voy a estar muy ocupada arreglando cosas, escribiendo cartas y demás asuntos. No tengo intención de irme de Londres de momento. Supongo que más adelante me gustará ir a Aldeburgh. Eres
muy amable, Garnet, pero ahora, si no hay más que…
–Miró inquisitivamente a Pitt.
–Inspector Pitt, señora.
–Inspector Pitt, si me disculpa, preferiría retirarme.
–Por supuesto. ¿Me permite que vuelva mañana
para hablar con su mayordomo?
–Naturalmente, si lo cree necesario.
Dio media vuelta y ya se disponía a salir cuando se oyó otro ruido en el vestíbulo y apareció otro hombre en el umbral, enjuto y moreno, muy alto y unos diez años más joven que ella. Tenía la cara contraída por la emoción y sus ojos tenían la mirada desencajada de quien está sometido a una gran tensión.
Amethyst Hamilton se quedó de piedra, balanceándose un poco, y su piel perdió el último vestigio de color. Garnet, que estaba detrás, extendió los brazos y ella hizo un gesto infructuoso por librarse de él, pero le fallaron las fuerzas.
El joven también estaba rígido, y parecía pugnar por contener una emoción abrumadora. El dolor se apreciaba en el gesto de su boca; su cara mostraba una expresión entumecida, casi rota. Buscó una frase apropiada para la situación y no pudo hallarla.
Fue ella quien se dominó primero.
–Buenas noches, Barclay –dijo con un esfuerzo supremo–. Veo que Huggins te ha informado de la muerte
de tu padre. Has sido muy amable viniendo, y más a
estas horas. Me temo que esta noche no se puede hacer
nada, pero agradezco tu presencia.
–Acepta mis condolencias –dijo él–. Si puedo ayudarte en algo, no dejes de decirlo. Si hay que escribir a alguien, asuntos de negocios…
–Yo me ocuparé de todo –intervino Garnet. O no se daba cuenta de los sentimientos del otro o deseaba ignorarlos–. Te tendré informado, naturalmente.
Se produjo un silencio. Jasper parecía indefenso, Garnet perplejo e impaciente, Amethyst a punto de desmayarse y Barclay Hamilton tan angustiado que no sabía qué hacer ni qué decir.
Por último, Amethyst inclinó la cabeza con tan fría cortesía que en otras circunstancias habría parecido grosera.
–Gracias, Barclay. Debes de tener frío. Huggins te traerá un brandy, pero si me perdonas voy a retirarme.
–Desde luego. Yo… yo… –tartamudeó.
Ella esperó un poco, pero Barclay no supo qué más decir. Amethyst pasó en silencio por su lado y se dirigió al vestíbulo acompañada de Jasper. Oyeron alejarse sus pasos en la escalera.
Garnet se volvió hacia Pitt.
–Gracias, inspector, por su… amabilidad –dijo, escogiendo muy bien la palabra–. Supongo que tendrá usted pesquisas que hacer; no vamos a retenerle. El mayordomo le acompañará a la puerta.
Pitt no se movió.
–En efecto, tengo pesquisas que hacer, y cuanto
antes empecemos más posibilidades de éxito habrá. ¿Podría decirme algo respecto a los intereses comerciales de
su cuñado?
Garnet levantó las cejas incrédulo.
–¡Santo Dios! ¿Ahora?
Pitt aguantó el tipo.
–Si es tan amable, señor. Así le evitaría a lady Hamilton tener que responder preguntas mañana por la
mañana.
Garnet le miraba con creciente desprecio.
–¡No pensará que algún socio de sir Lockwood cometería semejante atropello! ¡Debería estar usted peinando las calles, buscando testigos o lo que sea, y no
aquí calentándose a la lumbre y haciendo preguntas
tontas!
Pitt recordó la emoción y quizá la pena que debía estar sintiendo, quizá más por su hermana que por sí mismo, y procuró dominar su mal genio.
–Todo eso está en marcha, pero esta noche poca cosa se puede hacer. Bien, ¿puede hablarme de la carrera de sir Lockwood, profesional y política? Eso nos ahorrará tiempo, y la desagradable tarea de tener que interrogar mañana a lady Hamilton.
La irritación abandonó el rostro de Garnet, dejando únicamente el cansancio y las sombras de una emoción agotadora.
–Sí, claro, cómo no –concedió, tomando aire–. Era miembro del Parlamento por una circunscripción rural de Bedfordshire, pero pasaba casi todo el tiempo en Londres; le obligaban a ello las actividades parlamentarias, aunque él prefería con mucho la vida de ciudad. Su negocio era bastante corriente: invertía en la fabricación de vagones de tren en algún punto de las Midlands, no lo sé con exactitud, y era uno de los socios principales de una empresa de bienes inmuebles aquí en L
