Javier Marías (edición pack con: Berta Isla | Tomás Nevinson)

Javier Marías

Fragmento

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Durante un tiempo no estuvo segura de si su marido era su marido, de manera parecida a como no se sabe, en la duermevela, si se está pensando o soñando, si uno aún conduce su mente o la ha extraviado por agotamiento. A veces creía que sí, a veces creía que no, y a veces decidía no creer nada y seguir viviendo su vida con él, o con aquel hombre semejante a él, mayor que él. Pero también ella se había hecho mayor por su cuenta, en su ausencia, era muy joven cuando se casó.

Estos eran los mejores periodos, los más tranquilos y satisfactorios y mansos, pero nunca duraban mucho, no es fácil desentenderse de una cuestión así, de una duda así. Lograba dejarla de lado durante unas semanas y sumergirse en la impremeditada cotidianidad, de la que gozan sin ningún problema la mayoría de los habitantes de la tierra, los cuales se limitan a ver empezar los días, y cómo trazan un arco para transcurrir y acabarse. Entonces se figuran que hay una clausura, una pausa, una división o una frontera, la que marca el adormecimiento, pero en realidad no la hay: el tiempo sigue avanzando y obrando, no sólo sobre nuestro cuerpo sino también sobre nuestra conciencia, al tiempo le trae sin cuidado que durmamos profundamente o estemos despiertos y alerta, que andemos desvelados o se nos cierren los ojos contra nuestra voluntad como si fuéramos centinelas bisoños en esos turnos nocturnos de guardia que se llaman imaginarias, quién sabe por qué, quizá porque luego le parece que no hayan tenido lugar, al que se mantuvo en vigilia mientras dormía el mundo, si consiguió mantenerse en vigilia y no ser arrestado, o pasado por las armas en tiempo de guerra. Una sola cabezada invencible y por su causa se encuentra uno muerto, o es dormido para siempre. Cuánto riesgo en cualquier cosa.

Cuando creía que su marido era su marido no estaba tan sosegada ni se levantaba de la cama con demasiadas ganas de iniciar la jornada, se sentía prisionera de lo largamente aguardado y ya cumplido y no más aguardado, quien se acostumbra a vivir en la espera nunca consiente del todo su término, es como si le quitaran la mitad del aire. Y cuando creía que no lo era pasaba la noche agitada y culpable, y deseaba no despertarse, para no hacer frente a los recelos hacia el ser querido ni a los reproches con que se castigaba a sí misma. Le desagradaba verse endurecida como una miserable. En esos periodos en que decidía o lograba no creer nada, sentía en cambio el aliciente de la duda escondida, de la incertidumbre aplazada, porque antes o después ésta volvería. Había descubierto que vivir en la certeza absoluta es aburrido y condena a llevar una sola existencia, o a que sean la misma la real y la imaginaria, y nadie escapa enteramente a esta última. Y que la sospecha permanente a su vez no es tolerable, porque resulta extenuante observarse sin cesar a uno mismo y a los otros, sobre todo al otro, al más cercano, y comparar con los recuerdos que jamás son fiables. Nadie ve con nitidez lo que ya no está delante, aunque acabe de suceder o aún floten en la habitación el aroma o el descontento de quien apenas se ha despedido. Basta con que alguien salga por una puerta y desaparezca para que su imagen empiece a difuminarse, basta con dejar de ver para ya no ver claro, o no ver nada; y con oír pasa lo mismo, y no digamos con el tacto. ¿Cómo puede uno, entonces, recordar con precisión y en orden lo ocurrido hace mucho tiempo? ¿Cómo puede representarse con fidelidad al marido de hace quince o veinte años, al que se acostaba en la cama cuando ella ya dormía hacía rato, y le penetraba con su miembro el cuerpo? También todo eso se desvanece y se enturbia, como las imaginarias de los soldados. Acaso es lo que se desvanece más pronto.

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No siempre lo había poseído el descontento, a su marido a la vez español e inglés, Tom o Tomás Nevinson su nombre. No siempre había desprendido una especie de fastidio invasor, un disgusto de fondo que trasladaba consigo por toda la casa y que por tanto se hacía también de superficie. Llegaba con él como una emanación, al salón, al dormitorio, a la cocina, o como si fuera una tormenta suspendida sobre su cabeza que lo seguía a todas partes y rara vez se le alejaba. Eso lo llevaba a ser lacónico y a contestar a pocas preguntas, por supuesto a las comprometidas pero también a las inofensivas. Para las primeras se amparaba en que carecía de autorización para hacer revelaciones, y aprovechaba para recordarle a su mujer, Berta Isla, que jamás la obtendría: aunque pasaran decenios y estuviera al borde de la muerte, nunca podría contarle cuáles eran sus andanzas presentes, o sus cometidos, o sus misiones, la vida vivida cuando no estaba con ella. Berta debía aceptarlo y lo aceptaba: había una zona o una dimensión de su marido que permanecería siempre en la oscuridad, siempre fuera de su campo visual y de su oído, el relato negado, el ojo entrecerrado o miope o más bien ciego; ella sólo podía conjeturarla o imaginársela.

—Y además más vale que no la sepas —le dijo él en alguna ocasión, el obligado hermetismo no le impedía discursear a veces un rato, en abstracto y sin hacer la menor referencia a lugares ni individuos—. A menudo es poco agradable, contiene historias bastante tristes, condenadas a finales desgraciados, para unos o para otros; de vez en cuando es divertida pero casi siempre es fea, o aún peor, deprimente. Y con frecuencia salgo de ella con mala conciencia. Por fortuna se me pasa pronto, es transitoria. Por fortuna me olvido de lo que he hecho, es lo bueno de los episodios fingidos, no es uno mismo quien los experimenta, o sólo como si fuera un actor. Los actores vuelven a su ser tras concluir la película o la función de teatro, y éstas terminan disipándose siempre. A la larga sólo dejan un vago recuerdo como de cosa soñada e inverosímil, en todo caso dudosa. Incluso impropia de uno, y así uno se dice: ‘No, yo no he podido tener ese comportamiento, la memoria se confunde, era otro yo y es un equívoco’. O es como si fuera uno un sonámbulo, que ni siquiera se entera de sus acciones y pasos.

Berta Isla sabía que vivía parcialmente con un desconocido. Y alguien que tiene vedado dar explicaciones sobre meses enteros de su existencia se acaba sintiendo con licencia para no darlas sobre ningún aspecto. Pero también Tom era, parcialmente, una persona de toda la vida, que se da por descontada como el aire. Y uno jamás escruta el aire.

Se conocían desde casi niños, y entonces Tomás Nevinson era alegre y ligero y sin niebla ni sombra. El Instituto Británico de la calle Martínez Campos, junto al Museo Sorolla, en el que él había estudiado desde el principio, abandonaba o soltaba a sus alumnos a los trece o catorce años, tras lo que se llamaba en la época cuarto de bachillerato. Quinto, sexto y preuniversitario, los tres cursos restantes antes de la Universidad, debían completarlos en otro sitio, y no pocos pasaban al colegio de Berta, el Estudio, aunque sólo fuera porque también era mixto y laico, en contra de la norma en España durante el franquismo, y porque así no se movían de barrio, Estudio tenía su sede en la cercana calle de Miguel Ángel.

A menos que fueran horrendos o sin gracia alguna, los ‘nuevos’ solían arrasar entre los del sexo opuesto, precisamente por novedosos, y Berta se enamoró muy rápido del joven Nevinson, primitiva y obcecadamente. Hay mucho de decisión elemental y arbitraria, también esteticista o presumida (uno mira alrededor y se dice: ‘Quedo bien con este’), en esos amores que por fuerza empiezan con timidez, con miradas no sostenidas, sonrisas y conversaciones leves que disimulan el apasionamiento, el cual sin embargo arraiga en seguida y parece inamovible hasta el fin de los tiempos. Claro que es un apasionamiento teórico y en absoluto sometido a prueba, aprendido de las novelas y las películas, una proyección fantaseada en la que predomina una imagen estática: la muchacha se figura a sí misma casada con el elegido y él con ella, como un cuadro sin desarrollo ni variación ni historia, la visión se acaba ahí, los dos carecen de capacidad para ir más lejos, para verse a unas edades remotas que no les conciernen y se les antojan inalcanzables, para representarse otra cosa que la culminación, tras la que todo es impreciso y se frena; o es consecución, en los más clarividentes u obstinados. En unos tiempos en que aún se estilaba que al dejar la soltería las mujeres añadieran un ‘de’ a su apellido, seguido del del marido, a Berta le influían a favor de su elección hasta los efectos visual y sonoro de su nombre futuro lejano: no era lo mismo pasar a ser Berta Isla de Nevinson, que evocaba aventuras o parajes exóticos (un día tendría una tarjeta de visita que pondría eso exactamente; qué más, ya se vería), que Berta Isla de Suárez, por mencionar el apellido del compañero que le había gustado hasta la aparición de Tom en el colegio.

No fue la única chica de la clase que se fijó en él de ese modo vehemente y resuelto, y que tuvo aspiraciones. De hecho su llegada causó un general revuelo en el microcosmos, que se prolongó durante dos trimestres, hasta que hubo dueña aparente. Tomás Nevinson era bastante bien parecido y algo más alto que la mayoría, con un pelo rubiáceo peinado hacia atrás y anticuado (como de piloto de los años cuarenta, o de ferroviario cuando lo llevaba más corto, o de músico cuando lo llevaba más largo, nunca mucho contra la tendencia que se iba imponiendo; recordaba al del actor secundario Dan Duryea y se acercaba al del actor principal Gérard Philipe, cuando adquiría su volumen máximo: para los que tengan curiosidad visiva o memoria), y toda su persona transmitía la solidez de quien es inmune a las modas y por tanto a las inseguridades, que tantas formas adoptan hacia los quince años, casi nadie escapa a ellas. Daba la impresión de no estar sujeto a su época, o de sobrevolarla, como si no concediera importancia a las circunstancias azarosas, y siempre lo es el día en que uno nace, incluso el siglo. En realidad sus facciones no pasaban de gratas, tampoco es que fuera un ejemplo de belleza juvenil innegable; lindaban con la sosería, que al cabo de un par de decenios se las apropiaría sin remedio. Pero de momento la salvaban de ella los labios carnosos y bien dibujados (que invitaban a ser recorridos con el dedo y palpados, quizá más que besados) y la mirada gris mate o brillante atormentada, según la luz o el tormento incipiente que se le estuviera condensando: unos ojos penetrantes, inquietos y más apaisados de lo habitual, que raramente descansaban y que contradecían el conjunto de serenidad de su figura. En esos ojos se vislumbraba algo anómalo, o tal vez se anunciaban anomalías venideras, entonces sólo acechantes o agazapadas, como si no les tocara despertar todavía y hubieran de madurar o incubarse para alcanzar su plena potencia. La nariz carecía de distinción, más bien ancha y como sin terminar, o por lo menos sin rúbrica. El mentón era vigoroso, tirando a cuadrado, levemente saliente, le confería un aire determinado. Era el todo lo que poseía atractivo, o encanto, y en él imperaba, más que el aspecto, el carácter irónico y liviano, propenso a las bromas suaves y despreocupado, tanto por lo que sucedía en el exterior como por lo que se ventilaba en su cabeza, que no sería fácil de adivinar ni siquiera para él mismo y no lo era para los cercanos: Nevinson rehuía la introspección y hablaba poco de su personalidad y de sus convicciones, como si ambas prácticas le parecieran un juego de niños y una pérdida de tiempo. Era lo contrario del adolescente que se descubre y analiza y observa y trata de descifrarse, con impaciencia por averiguar a qué clase de individuo pertenece; sin darse cuenta de que la pesquisa es inútil porque aún no está hecho del todo, y además ese saber no llega —si llega, y no se va modificando y negando— hasta que se toman decisiones de peso y se obra sobre la marcha, y cuando eso ocurre ya es tarde para rectificar y ser de otra clase. A Tomás Nevinson, en todo caso, no le interesaba mucho darse a conocer ni seguramente conocerse, o bien ya tenía completado el segundo proceso y el primero lo juzgaba costumbre de narcisistas. Acaso era la mitad inglesa de su ascendencia, pero a la postre nadie sabía muy bien cómo era. Bajo su apariencia amistosa y diáfana, incluso afable, había una frontera de opacidad y reserva. Y la mayor opacidad consistía en que los demás no eran conscientes, y apenas se percataban de esa capa impenetrable.

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Era completamente bilingüe, hablaba inglés como su padre y español como su madre, y el hecho de que hubiera vivido principalmente en Madrid desde que no era capaz de articular palabra, o muy pocas, no mermaba su fluidez ni su elocuencia en la primera de estas lenguas: se había educado en ella durante la infancia y era la dominante en su casa, y todos los veranos desde que tenía memoria los había pasado en Inglaterra. A eso se añadían su facilidad para aprender terceras o cuartas y una extraordinaria habilidad para imitar hablas y cadencias y dicciones y acentos, nada más oír a alguien un rato sabía remedarlo a la perfección, sin previo ensayo ni esfuerzo. Con eso se ganaba simpatías y risas de sus compañeros, que acababan por solicitarle sus mejores interpretaciones. También impostaba la voz con eficacia y así lograba reproducir las de sus imitados, en aquellos años del colegio personajes de la televisión sobre todo, el consabido Franco y algún que otro ministro que salía en las noticias levemente más que el resto. Las parodias en el idioma paterno se las guardaba para sus estancias en Londres y en la zona de Oxford, para sus amigos y parientes de allí (de la segunda ciudad era originario el señor Nevinson); en Estudio, en el barrio de Chamberí, nadie las habría comprendido ni jaleado, con la excepción de un par de ex-camaradas, tan bilingües como él, del Instituto Británico. Cuando se expresaba en uno u otro idioma, no se le notaba el menor rastro de extranjería, en ambos sonaba como un nativo, y así jamás tuvo problema para ser aceptado en Madrid como uno más pese a su apellido, conocía todos los giros y jergas, y si quería podía ser tan malhablado como el muchacho peor hablado de la capital entera, excluyendo arrabales. De hecho era uno más, en mucha mayor medida un español cualquiera que un inglés cualquiera. No descartaba cursar estudios universitarios en el país de su padre, y éste lo instaba a ello, pero su vida la concebía en Madrid, como siempre, y desde pronto junto a Berta. Si era admitido en Oxford tal vez se iría, pero estaba seguro de que al concluir su educación volvería y se quedaría.

El progenitor, Jack Nevinson, llevaba establecido en España largos años, inicialmente por azar y después por descontada pasión y matrimonio. Tom no tenía memoria de su existencia en otro sitio, sólo sabía que la había habido. Pero lo vivido por los padres con anterioridad al nacimiento de los hijos suele ser ignorado por éstos, o aún es más, no les concierne hasta que ya son adultos plenos y es muy tarde para preguntar, a veces. El señor Nevinson compaginaba cargos en la embajada británica con quehaceres en el British Council, al que había llegado de la mano de su representante en Madrid durante casi tres lustros, el irlandés Walter Starkie, asimismo fundador del Instituto Británico en 1940 y su director mucho tiempo, hispanista entusiasta y andariego y autor de varios libros sobre los gitanos, incluido uno titulado un poco ridículamente Don Gypsy. A Jack Nevinson le había costado más de la cuenta dominar la lengua de su mujer, y aunque al final lo había logrado sintáctica y gramaticalmente, con un vocabulario amplio si bien anticuado y libresco, jamás se desprendió de su muy fuerte acento, lo cual hacía que sus hijos lo vieran parcialmente como a un intruso en la casa y se dirigieran a él en inglés siempre, para evitarse incontenibles risas tontas y sonrojos. Se sentían azorados cuando había visitas españolas y no le quedaba más remedio que recurrir al castellano; en su boca les sonaba casi a chiste, como si oyeran los doblajes que con sus propias voces y su pronunciación se hacían Laurel y Hardy, el Gordo y el Flaco, para la exhibición en el ámbito hispánico de sus ya viejas películas (al fin y al cabo Stan Laurel era inglés, no americano, muy distintos sus acentos cuando se aventuran a salir de su idioma). Quizá esa inseguridad oral en el país de adopción contribuía a que Tom viese a veces a su padre con incongruente paternalismo, como si sus grandes dotes para el aprendizaje de otras lenguas y la imitación de hablas nuevas lo indujeran a creer que podría desenvolverse mucho mejor en el mundo —también abarcarlo, o sacarle provecho— de lo que lo haría nunca Jack Nevinson, hombre poco autoritario y resolutivo en familia, suponía que bastante más fuera de ella.

Esa mirada de superioridad prematura no se la permitía con su madre, Mercedes, mujer cariñosa pero muy vigilante, a la que además había debido respetar y padecer como profesora en un par de cursos del Británico, de cuyo claustro formaba parte. ‘Miss Mercedes’, así la llamaban los alumnos, era buena conocedora, por tanto, de la lengua de su marido y la manejaba con más desparpajo que él la de ella, aunque tampoco careciera de acento. Los únicos que no tenían ninguno eran así los cuatro vástagos: Tom, un hermano y dos hermanas.

Berta Isla era netamente madrileña, en cambio (de cuarta o quinta generación, algo infrecuente en la época), una belleza morena, templada o suave e imperfecta. Si se analizaban sus rasgos, ninguno era deslumbrante, pero su rostro y su figura en conjunto resultaban turbadores, ejercían la atracción irresistible de las mujeres alegres y sonrientes y proclives a la carcajada; parecía estar siempre contenta, o estarlo con muy poca cosa o procurar estarlo a toda costa, y hay muchos hombres para los que eso se convierte en un elemento deseable: es como si quisieran adueñarse de esa risa —o suprimirla, cuando hay malos instintos—, o ver que se les dedica a ellos o que son ellos quienes la provocan, sin darse cuenta de que esa dentadura que ilumina permanentemente la cara, y que llama a quienes la avistan con fuerza, aparecerá en todo caso, sin que se la convoque, como si fuera una facción invariable, tanto como la nariz o la frente o las orejas. Esa tendencia risueña de Berta denotaba buen carácter, incluso complaciente, pero era levemente engañosa: su alegría era natural, fácil y pronta, pero si no encontraba motivo no se dedicaba a malgastarla ni a fingirla; encontraba múltiples motivos, es cierto; sin embargo, si no los había, podía ponerse muy seria, o triste, o enfadarse. Nada de esto le duraba mucho, era como si se aburriera de esos estados de ánimo lóbregos o ariscos, como si no les viera recompensa ni una evolución interesante, y le pareciera que su prolongación era monótona y no contenía enseñanzas, un insistente goteo que tan sólo elevaba el nivel del líquido, sin transformarlo; pero no los rehuía tontamente, cuando le sobrevenían. Bajo su apariencia de concordia, casi de bonhomía, era una joven con ideas claras, y hasta testaruda. Si quería algo iba por ello; no frontalmente, no infundiendo temor ni imponiéndose ni apremiando, sino con persuasión y habilidad y solicitud, haciéndose imprescindible y, eso sí, con determinación absoluta, como si nunca hubiera por qué disimular los deseos cuando no son sucios ni malignos. Tenía la facultad de deslizar un espejismo entre sus conocidos y amistades y novios, en la medida en que pudiera llamarse novios a sus elegidos de la adolescencia: lograba hacerles creer que lo peor que podría pasarles sería perderla a ella, o perder su aprecio, o su jovial compañía; y, de la misma manera, los convencía de que no había bendición en el mundo como su cercanía, como compartir con ella aula, juegos, proyectos, diversión, conversación, o la existencia entera. No es que en eso fuera artera, una especie de Yago que dirige y manipula y engaña con el persistente susurro al oído, en modo alguno. Ella misma debía de creer tal cosa con espontaneidad y ufanía, y así llevaba la creencia consigo, pintada en la frente o en la sonrisa o en las ruborizadas mejillas, y la contagiaba sin proponérselo. Su éxito no era sólo con los chicos, lo tenía también con las amigas: llegar a serlo de ella era como un timbre de gloria, un honor formar parte de su órbita; extrañamente no provocaba envidia ni celos, o apenas; era como si su sincera afectuosidad hacia casi todo el mundo la blindara contra las inquinas y las despiadadas malevolencias de esa edad cambiante y arbitraria. También Berta, como Tomás, parecía saber desde muy pronto a qué clase de individuo pertenecía, a qué clase de muchacha y de mujer futura, como si jamás hubiera dudado de que su papel era protagonista y no secundario, al menos en su propia vida. Hay personas que temen verse como secundarias, en cambio, hasta de su propia historia, como si hubieran nacido sabiendo que, por únicas que todas sean, la suya no merecerá ser contada por nadie, o será sólo objeto de referencias al contarse la de otra, más azarosa y llamativa. Ni siquiera como pasatiempo de una sobremesa alargada, o de una noche junto al fuego sin sueño.

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Fue en el tercer trimestre de quinto de bachillerato cuando Berta y Tom se emparejaron tan abiertamente como es posible a esas edades, y las demás pretendientes de él lo acataron con un suspiro de conformidad y renuncia: si Berta estaba de verdad interesada, no era extraño que Tomás Nevinson la prefiriera, al fin y al cabo la mitad masculina del colegio Estudio volvía la cabeza para mirarla intensamente, desde hacía uno o dos cursos, cuando se cruzaba con ella en las enormes escaleras de mármol o en el patio, en los recreos. Atraía la vista de los de su clase, de los mayores y de los menores, y hubo varios niños de diez u once años cuyo primer amor distante y asombrado —el amor aún sin ese nombre— fue Berta Isla y por eso nunca la olvidaron, ni en la juventud ni en la madurez ni en la vejez, aunque jamás hubieran intercambiado con ella una frase y para ella no hubieran existido. Hasta chicos de otros centros merodeaban para verla a la salida y seguirla, y los de Estudio, con un sentido de la pertenencia exacerbado, se soliviantaban ante los intrusos y vigilaban para que no cayera en las redes de alguien ajeno a ‘nosotros’.

Ni Tom ni Berta, que habían nacido en agosto y septiembre respectivamente, habían cumplido los quince cuando acordaron ‘salir’ o ‘ser novios’, como se decía entonces, y se sinceraron. En realidad ella se había sincerado mucho antes, sólo se había molestado en disfrazar su enamoramiento primitivo y obcecado —o en contenerlo— lo justo para no resultar agobiante ni descarada, lo justo para ser educada —con la educación de los años sesenta del pasado siglo, ya mediados— y que él tuviera la sensación, cuando se decidiera a dar el paso, de no haber sido meramente escogido y conducido, y de tomar alguna iniciativa.

Las parejas tan tempranas están condenadas a desarrollar cierto elemento de fraternidad, aunque sólo sea porque durante su primer periodo —el periodo inaugural, que tanto marca a veces el sesgo de lo venidero— saben que deben esperar para culminar sus amores y ardores. En aquella clase social y en aquel tiempo al menos, y pese a las urgencias de la sexualidad primeriza y a menudo explosiva, se juzgaba imprudente y desconsiderado forzar las cosas cuando se iba en serio, y Tomás y Berta supieron en seguida que ellos iban en serio, que no se trataba de un devaneo que terminaría con el curso, ni siquiera dos años más tarde, cuando tocara a su fin el colegio y lo abandonaran. En Tom Nevinson había algo de timidez y toda la inexperiencia en ese campo, y además le sucedió lo que sucede a no pocos muchachos: respetan demasiado a la que han escogido como amor de su vida presente, futura y eterna, evitan propasarse con ella como no lo evitan con otras, y con frecuencia acaban por exagerar la protección y el cuidado, por verla como a un ideal pese a ser de interrogativa carne y sano hueso e intrigado sexo, por temer profanarla y convertirla en casi intocable. Y a Berta le sucedió lo que sucede a no pocas muchachas: sabedoras de que se las puede tocar sin reservas y con curiosidad por ser profanadas, no quieren pasar por impacientes, y todavía menos por ávidas. De tal manera que no es raro que, de tanto guardarse y mirarse con pasión y besarse con tiento, excluyendo zonas del cuerpo; de tanto acariciarse con deferencia y frenarse en cuanto notan que la deferencia sucumbe, la primera vez que culminen sus amores lo hagan por separado y vicariamente, esto es, con terceros ocasionales.

Los dos perdieron la virginidad en su primer curso universitario, y ninguno de los dos se lo contó al otro. Ese año estuvieron alejados relativamente, si bien mucho comparativamente: Tom fue admitido en Oxford, en buena medida gracias a los oficios de su padre y de Walter Starkie aunque también por sus grandes aptitudes lingüísticas, y Berta empezó Filosofía y Letras en la Complutense. Los periodos de vacaciones son largos en esa Universidad inglesa, algo más de un mes entre Michaelmas y Hilary, otro tanto entre Hilary y Trinity y tres completos entre Trinity y el nuevo Michaelmas o comienzo del curso, como se llaman allí los tres terms o muy falsos trimestres, así que Tomás regresaba a Madrid al cabo de sus ocho o nueve semanas de duro estudio y estancia y le daba tiempo a reanudar su vida madrileña, o a no perderla enteramente de vista, a no cortar del todo con ella ni sustituirla, a no olvidarse jamás de nada. Pero durante esas ocho o nueve semanas también les daba tiempo, a los dos, a poner al otro a la espera, es decir, entre paréntesis. Y a la vez sabían que lo que quedaría entre paréntesis sería el periodo de separación, una vez que se reunieran y todo volviera a su cauce. La distancia reiterada permite eso, que ninguna de las alternativas etapas sea real cabalmente, que sean ambas fantasmagóricas, que cada una difumine y niegue durante su reinado a la otra, casi la borre; y, en definitiva, que nada de lo que ocurre en ellas sea terrenal ni vigilia, cuente del todo como acaecido ni tenga demasiada importancia. No sabían Tom y Berta que ese iba a ser el signo de gran parte de su vida juntos, o juntos pero con poca presencia y sin cauce, o juntos y dándose la espalda.

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En 1969 dos modas recorrían Europa y afectaban principalmente a los jóvenes: la política y el sexo. Las revueltas parisinas de mayo del 68 y la Primavera de Praga aplastada por los tanques soviéticos pusieron en efervescencia —aunque breve— a medio continente. En España, además, perduraba una dictadura instaurada hacía ya más de tres décadas. Las huelgas de obreros y estudiantes llevaron al régimen franquista a decretar el estado de excepción en todo el territorio nacional, lo cual era apenas un eufemismo para recortar aún más los derechos tan pálidos, aumentar las prerrogativas y la impunidad de la policía y dejarle mano libre para hacer lo que quisiera con quien quisiera. El 20 de enero el alumno de Derecho Enrique Ruano, al que tres días antes había detenido por arrojar octavillas la temida Brigada Político-Social, murió mientras estaba custodiado por ésta. La versión oficial, cambiante y llena de contradicciones, fue que el joven, de veintiún años, llevado a un edificio de la hoy calle Príncipe de Vergara para efectuar un registro, se zafó de los tres policías que lo vigilaban para caerse o tirarse por una ventana del séptimo piso en que se encontraban. El Ministro Fraga y el periódico Abc se esforzaron por presentarlo como un suicidio y por atribuir a Ruano una mente débil y desequilibrada, publicando en primera página y por entregas una carta a su psiquiatra que trocearon y manipularon para que parecieran extractos de un supuesto diario íntimo atormentado. Pero casi nadie creyó esa versión y el episodio fue visto como un asesinato político, ya que el estudiante era miembro del Frente de Liberación Popular o ‘Felipe’, organización clandestina antifranquista de poca monta, como lo eran casi todas por fuerza (de poca monta y clandestinas). La incredulidad general estaba justificada, no sólo por la arraigada costumbre de mentir de todos los Gobiernos de la dictadura: veintisiete años después se comprobó, al exhumarse el cadáver con motivo del dificultoso juicio contra los tres policías —ya en democracia—, que se le había serrado una clavícula, hueso por el que, casi sin asomo de duda, habría penetrado una bala. En su día la autopsia fue falseada, no se permitió ver el cuerpo a la familia, se le prohibió publicar una esquela en la prensa; y al padre lo llamó en persona el Ministro de Información Fraga para conminarlo a no protestar y callarse con una frase parecida a esta: ‘Recuerde que tiene otra hija de la que ocuparse’, en referencia a la hermana de Ruano Margot, que también andaba metida en política. Aunque tanto tiempo después nada pudo probarse y los tres ‘sociales’ fueron absueltos de la acusación de asesinato —Colino, Galván y Simón sus apellidos—, el joven habría sido torturado probablemente durante los días de su detención, incluido el último, cuando por fin lo llevaron al piso de Príncipe de Vergara, le dispararon y lo arrojaron al vacío. Eso fue lo que ya creyeron sus compañeros en 1969.

La indignación estudiantil fue tan grande que en las movilizaciones de las fechas siguientes incluso participaron universitarios que hasta entonces habían sido más bien apolíticos o habían preferido no arriesgarse ni buscarse líos, como Berta Isla. Unas amistades de la Facultad la convencieron de acudir con ellas a una manifestación convocada un atardecer en la Plaza de Manuel Becerra, no lejos del coso taurino de Las Ventas. Aquellas concentraciones duraban poco, ilegales todas: la Policía Armada, los llamados ‘grises’ por el color de sus uniformes, solían estar enterados de antemano, dispersaban cualquier grupo a empellones y, si alguno lograba formarse, hacerse compacto y marchar unos metros coreando un lema, no digamos si volaban piedras contra comercios o bancos, en seguida cargaban a pie o a caballo con sus porras largas negras flexibles (más flexibles y largas las de los jinetes, casi como látigos cortos y gruesos), y siempre había en sus filas algún chulo o nervioso que echaba mano de pistola para infundir más miedo o sentirlo él menos.

En cuanto empezó la refriega Berta se vio corriendo delante de los guardias, junto con un montón de compañeros y desconocidos. Cada cual tiró por su lado, en la confianza de que los perseguidores no lo eligieran como objetivo y se inclinaran por apalear a otros. Ella era novata en estos amotinamientos y no sabía nada, si era mejor meterse en el metro o refugiarse en un bar y mezclarse con los parroquianos o permanecer en la calle, en la que siempre habría posibilidad de correr de nuevo y no quedar atrapado en un sitio. Sí sabía que ser detenido en una algarada política suponía una noche y unas tortas en la Dirección General de Seguridad, en el mejor de los casos, y en el peor un proceso y una condena de meses o incluso de uno o dos años, según la malevolencia del juez adiestrado, además de ser expedientado en la Universidad en el acto. También sabía que ser chica y muy joven (era su primer curso universitario) no la libraría del castigo que le cayera en suerte.

Perdió pronto de vista a sus amistades, le entró pánico en la noche cerrada y no bien iluminada por las farolas tibias, corrió sin ton ni son de un lado a otro, todo el frío de enero le desapareció de golpe, notó el ardor de un peligro desconocido, se quiso desgajar del tumulto instintivamente y se alejó de la Plaza a la carrera por una calle adyacente no muy ancha y bastante vacía de manifestantes, la estampida había optado por otros caminos o procuraba no disgregarse en exceso con vistas a reagruparse e intentarlo de nuevo en balde, el temor y la furia crecientes, los ánimos exaltados, acelerados los pulsos y desterrados los cálculos. Iba como alma que llevara el diablo, aterrada, sin ver a nadie más a derecha ni a izquierda con los rabillos de los dos ojos mientras volaba en la idea de no pararse nunca o hasta creerse a salvo, hasta dejar la ciudad atrás o llegar a su casa, y entonces se le ocurrió volver la cabeza sin aminorar la velocidad —quizá oyó un ruido extraño, el resoplido o el trote muy vivo, un ruido de veraneo, de pueblo, de campo, un ruido de infancia— y vio a su espalda, casi encima de ella, la figura enorme de un gris a caballo con la porra ya levantada, a punto de descargarle un zurriagazo en la nuca o en las nalgas o en un costado, que sin duda la habría derribado al suelo, seguramente la habría dejado inconsciente o atontada, sin capacidad de reacción ni de más huida, destinada a recibir un segundo y un tercero si el guardia era sañudo, o a ser arrastrada, esposada y metida en un furgón si no lo era, y a ver torcido su presente y perder todo el futuro en unos pocos minutos de irreflexión y mala suerte. Le vio la cara al caballo negro y creyó vérsela también al hombre gris, pese a que el casco le tapaba la frente y el mentón el barboquejo, algo alzado y reforzado. Berta no tropezó ni se paralizó por el susto, sino que inútilmente aceleró más su carrera con la fuerza última de la desesperación, es lo que uno hace siempre aunque esté condenado, qué pueden unas piernas de chica contra las patas de un veloz cuadrúpedo, y aun así esas piernas aprietan el paso como las de un animal ignorante que todavía confía en escaparse. Entonces surgió un brazo de un callejón lateral, una mano que tiró de ella con brío haciéndola perder el equilibrio y caer de bruces, pero arrebatándosela a caballo y jinete y evitándole el impacto de la porra seguro. Éstos siguieron de largo, al menos unos cuantos metros por inercia, es difícil frenar en seco a una cabalgadura, era de esperar que se desentendieran y buscaran a otros subversivos para escarmentarlos, los había a centenares por los alrededores. La mano la puso en pie de otro tirón y Berta vio a un joven bien parecido y que no tenía ninguna pinta de ser estudiante ni de participar en protestas: los revoltosos no llevaban corbata ni sombrero y aquel joven sí, además de un abrigo que aspiraba a elegante, largo, azul marino y con el cuello subido. Era un tipo anticuado, el sombrero con el ala demasiado estrecha, como si fuera heredado.

—Vámonos de aquí, muchacha —le dijo—. Pero ya, cagando leches. —Y tiró de nuevo de ella, quería sacarla de allí, guiarla, salvarla.

Antes de que pudieran perderse por aquella calleja, sin embargo, reapareció el guardia a caballo, se había apresurado a regresar por su presa. Había hecho dar media vuelta a su montura y había retrocedido al galope, como si le hubiera dado rabia no cobrarse una pieza que ya había individualizado y que tenía en el zurrón o casi. Ahora habría de elegir entre dos, Berta y el joven que había osado escamoteársela, o, si pegaba rápido y con tino, podría cazar a ambos, sobre todo si acudían compañeros policías en su ayuda, no se los veía por allí, el grueso se afanaría en la Plaza con ganas, solían sacudir a diestro y siniestro y sin miramientos, no fuera a verlos reservarse un mando y se la cargaran ellos luego. El chico del sombrero apretó la mano de Berta, pero no pareció sobresaltarse, sino que se irguió retador, un sangre fría, desdeñador del peligro o no dispuesto a mostrar temores. El gris blandía aún la larga porra, pero su ademán no era amenazador, la llevaba cruzada sobre la muñeca de la mano que sujetaba las riendas, como si fuera una caña de pescar o un tallo de junco que hacía balancearse. También era muy joven, con unos ojos azules y unas cejas pobladas oscuras, era lo que más saltaba a la vista bajo el casco calado, unos rasgos agradables con reminiscencias rurales, meridionales, andaluzas probablemente. Berta y el anticuado se quedaron quietos mirándolo, no se atrevieron a correr por el callejón, que quizá tenía poca o mala salida. O en realidad en seguida supieron que no tenían que huir de aquel jinete.

—No te iba a zurrar, muchacha, ¿por quién me tomas? —le dijo el gris a Berta; los dos la habían llamado de la misma forma, un vocativo infrecuente en Madrid en la época, sobre todo entre muchachos—. Sólo quería alejarte del follón por las bravas. Eres muy niña para meterte en estos fregados. Anda, lárgate. Y tú —y se dirigió al anticuado— no te vuelvas a cruzar en mi camino o saldrás muy mal parado: garrotazo y temporadita a la sombra segura. Esta vez te libras. Venga, aire. Ya he perdido mucho tiempo con vosotros.

El joven, con su corbata bien anudada y su abrigo hasta media pantorrilla, no se inmutó ante aquella amenaza futura. Se mantuvo erguido y con la mirada fría y alerta y muy fija en la del jinete, como si le fuera a leer ahí las intenciones y estuviera convencido de que, si se le arrancara, él sabría desmontarlo desde el suelo. Y en contra de lo que acababa de decir, el guardia no se fue en seguida, como si esperara a que lo hicieran sus perdonados primero, o quisiera prolongar al máximo la visión de la muchacha, no perderla de vista hasta que desapareciera de su campo visual y sus ojos no pudieran ya divisarla, por mucho que lo intentaran. Ninguno de los dos le contestó nada, y Berta Isla lo lamentó más tarde, no haberle dado las gracias. Pero en aquellos días a nadie le salía darle las gracias a un gris, a un policía de Franco, aunque se las mereciera. Eran el enemigo de casi todos y despreciables, eran los que perseguían y apaleaban y detenían, y arruinaban vidas recién empezadas.

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Berta se había rasgado las medias y le sangraba una rodilla y seguía muy atemorizada, verse con el caballo encima y la porra en el aire, a punto de abatírsele sobre la nuca o la espalda, la había dejado hecha un manojo de nervios, pese al desenlace benévolo del incidente, que a su vez la había dejado con una extraña flojera física, ese desenlace. La mezcla la agotaba momentáneamente, carecía de sentido de la orientación y de voluntad, no habría sabido hacia dónde encaminarse en aquel instante. El joven anticuado, llevándola siempre de la mano como si fuera una niña, la sacó de la zona más conflictiva a buen paso, la condujo hacia la de Las Ventas y le dijo:

—Yo vivo aquí cerca. Sube y te curamos esa herida y te calmas un rato, venga. No vas a volver así a tu casa, mujer. Mejor que descanses y te adecentes un poco. —Ahora ya no la llamó ‘muchacha’—. ¿Cómo te llamas? ¿Eres estudiante?

—Sí. De primero. Berta. Berta Isla. ¿Y tú?

—Yo Esteban. Esteban Yanes. Y soy banderillero.

Berta se sorprendió, nunca había conocido a nadie taurino, ni a los figurantes de ese mundo se los había imaginado fuera del ruedo y vestidos de calle.

—¿Banderillero de toros?

—No, de rinocerontes, a ver de qué va a ser. Dime otro bicho al que se le pongan banderillas.

Eso la distrajo de su agitación y de su cansancio enorme, unos segundos; habría sonreído de no estar aturdida. Le dio tiempo a pensar: ‘Está acostumbrado a vérselas con un animal mucho más peligroso que un pobre caballo obediente; por eso él no se ha asustado ni se ha alterado: habría sabido esquivarlo, quizá también desviarlo de mí’. Y lo miró de reojo con curiosidad creciente.

—Ese sombrero no te va, no sé si lo sabes —le salió decirle aun a riesgo de resultar impertinente; se le había ocurrido desde que lo vio surgir de la calleja, una de esas observaciones superfluas pero persistentes que se quedan flotando en la cabeza a la espera de encontrar su hueco, en medio de quehaceres mucho más urgentes.

El joven le soltó la mano, se lo quitó en seguida y lo miró con interés dándole vueltas entre las suyas; parado en medio de la calle, con decepción.

—¿Sí? No me fastidies. ¿Qué le pasa? ¿No me sienta bien? ¿Tú crees? Es de buena calidad, eh.

Tenía una mata abundante de pelo, peinado con raya alta a la izquierda, de manera que en el lado derecho se le formaba casi flequillo, tanto pelo había allí que parecía difícil haberlo metido todo bajo el sombrero sin que sobresaliera nada. Así se lo veía más atractivo, el cabello liberado colocaba los rasgos en su verdadero sitio o los definía mejor. Los ojos castaños muy separados, casi de color ciruela, otorgaban limpieza y candidez a su cara, era un rostro sin dobleces, nada reconcentrado ni huidizo ni mortificado, de esos que, como se decía antes, se leen como un libro abierto (aunque haya libros impenetrables e insoportables) y no parecen guardar nada distinto de lo que expresan. La nariz era recta y grande, la dentadura poderosa y un poco saliente, de las que semejan tener vida propia al mostrarse con generosidad, una sonrisa africana le iluminaba las demás facciones y el conjunto invitaba a confiar en su dueño en cuanto aparecía aquélla. Una de esas dentaduras que alguna gente piensa al verlas: ‘Ojalá me la pudiera prestar, otro gallo me cantaría. Sobre todo cuando salgo por ahí a ligar’.

—No, no te sienta nada bien. Le falta ala para esa copa. No te va. Te hace la cabeza pequeña. Casi de pepino, y tú no la tienes así.

—Pues entonces no se hable más. A la mierda el sombrerito. Pepino no —dijo el banderillero Esteban Yanes, y lo arrojó sin más a una papelera cercana. A continuación sonrió e hizo amago de saludar con una mano, como si acabara de soltar un par de banderillas con éxito.

Berta dio un respingo y se sintió culpable, no esperaba condenar a muerte a la prenda con sus comentarios. (O a las greñas de un mendigo, que seguramente la recogería de allí.) Quizá aquel sombrero no era heredado y le había costado caro al joven. Era unos cuantos años mayor que ella, andaría por los veintitrés o veinticuatro, pero a esa edad tampoco suele sobrar el dinero, y menos en aquella época.

—Oye, tampoco tienes que hacer caso de lo que yo diga. Si a ti te gustaba, ¿qué más te da mi opinión? Ni siquiera me conoces. No hay que ser tan drástico.

—Yo a ti, sólo con verte, te hago caso en lo que se tercie, y con drasticidad. —Aquello sonó como un cumplido, si se atendía a las palabras (dudó que la última existiera, pero quienes no se preocupan por eso a menudo inventan con más alegría y acierto que los que sí). Ni el tono ni la actitud, sin embargo, se correspondían con los de una galantería. O quizá ésta era tan anticuada que Berta no acabó de reconocerla: ninguno de sus compañeros, ni siquiera los que le tiraban tejos, ni siquiera el propio Tom, le habrían soltado una frase así (ya empezaban los tiempos ariscos, los de la buena educación como un desdoro y la mala como un blasón)—. Anda, vamos, que esa rodilla necesita cura, a ver si se te va a infectar.

Al entrar en su piso Berta dedujo que no andaba nada mal de dinero. Tenía muebles nuevos, sin gastar (no demasiados, eso sí), y era bastante más amplio que los que alquilaban los pocos estudiantes que podían permitírselo. De hecho era muy raro que no fueran compartidos, al menos entre dos, cuando no entre cuatro o cinco. Aquella era una casa en regla, aunque indudablemente de soltero, de hombre solo y no enteramente instalado. Todo aparecía ordenado, incluso estudiado, pero con un aire de provisionalidad. En las paredes había unas cuantas fotos taurinas, tres o cuatro carteles anunciando corridas, en uno acertó a ver los nombres, famosos hasta para ella, de Santiago Martín ‘El Viti’ y Gregorio Sánchez. Por suerte no se veía ninguna cabeza de toro colgada y enmarcada como un exagerado altorrelieve, tal vez sólo se las concedían a los matadores, no a los subalternos, Berta lo ignoraba todo de la fiesta.

—¿Vives aquí solo? —le preguntó—. ¿Todo esto es para ti?

—Sí, lo tengo alquilado desde hace unos meses. Durante la temporada le sacaré poco provecho, apenas pararé en Madrid, y me cuesta un Congo. Pero bueno, últimamente me ha ido muy bien de suelto, y en algún sitio hay que meterse cuando no hay actividad. Para América sí que no me llaman. Y acaba uno harto de pensiones y hoteles, la verdad.

—¿De suelto?

—Ahora te lo explico, mientras te curo eso. Anda, siéntate ahí —y le señaló un sillón; había alfombra debajo— y quítate las medias. Están para tirar. Si no llevas unas de repuesto, te las bajo yo luego a comprar. Bueno, me tendrías que decir dónde se compran, yo no tengo ni idea. Voy por el botiquín.

Salió del salón y Berta lo oyó revolver a distancia, abrir y cerrar armaritos y cajones, supuso que del cuarto de baño. Se quitó el abrigo, lo dejó en el sofá cercano, se sentó en el sillón indicado y allí se quitó las botas que llevaba —botas de cremallera, hasta la rodilla— y a continuación las medias oscuras que en realidad eran medias enteras, es decir, llegaban hasta la cintura, en aquellos años era ya lo habitual. Tuvo que levantarse bastante la falda para que salieran, porque era falda recta, casi estrecha, algo corta —cubría dos tercios de muslo, acaso menos—, como también era a menudo la moda de entonces. Su decisión de acudir a la manifestación había sido tan improvisada que había salido de su casa vestida como para ir a clase, en modo alguno para huir por las calles delante de un gris con cabalgadura. Mientras se las quitaba miró un par de veces hacia la puerta por la que había desaparecido su anfitrión, no fuera a entrar de nuevo en medio de su desvestimiento parcial (sin pararse a contarlas, con naturalidad, se había desprendido de cuatro prendas en un instante, si se incluía la bufanda; es decir, de la mitad: le quedaban la falda, un jersey suave con escote de pico, las bragas y el sostén). Miró por mirar, en realidad descubrió que no le importaba que la viera con la falda subida unos segundos, un gran susto pasado y un gran cansancio presente bajan la guardia de las personas, les sobreviene una especie de indiferencia cuando no de complacencia por haber salido con bien de un aprieto y poder empezarse a relajar. Además, el joven Yanes le inspiraba confianza, era alguien con quien resultaba cómodo estar. Una vez concluida la rápida operación (las medias hechas un guiñapo en el suelo, se sintió sin fuerzas para retirarlas de allí), se arrellanó en el sillón, las piernas desnudas, los pies descalzos sobre la alfombra, se echó un vistazo a la sangre sin preocupación, le vino algo de sueño instantáneo, no dio tiempo a que se instalara en ella y la pudiera vencer porque el banderillero regresó, también él se había despojado del abrigo, la chaqueta y la corbata y se había remangado la camisa. En una mano traía un vaso de Coca-Cola con hielo, que le entregó, y en la otra, en efecto, un pequeño botiquín de color blanco con asa, quizá todo torero tenía uno en su casa, para cambiarse vendas, por precaución. Yanes cogió un taburete bajo y se sentó ante ella.

—A ver —le dijo—, primero te la lavo un poco, esto no va a doler. —Berta cruzó instintivamente las piernas, en parte por facilitárselo, por acercarle la rodilla, y en parte por dificultárselo (por dificultarle una visión)—. No, no me cruces las piernas, así es peor. Apoya la pantorrilla en mi muslo, será más fácil así. —Con esmero le lavó la herida con una pequeña esponja, agua y jabón, y a continuación se la secó con toques leves de una toallita, como si lo último que quisiera fuera hacerle daño y restregar. Luego le sopló, con aire frío, procuró. Ahora, desde su baja altura, Yanes tenía bien visible la visión, la falda era lo bastante corta y estrecha (con las piernas descruzadas quedaba tensa, tirante) para que el pico de las bragas entrara en su campo visual, y si necesitaba mayor ángulo, en realidad no tenía más que mover su muslo hacia la izquierda y la pantorrilla de Berta, que estaba encima, obedecería sin remisión. Y así lo hizo el banderillero, echó el muslo imperceptiblemente hacia un lado y la deseada imagen se le amplió, se le ofrecieron entreabiertas las piernas enteras, de tobillo a ingle por así decir (pero los pies descalzos también), eran fuertes, fornidas sin llegar a gruesas, como de norteamericana, firmes y bien musculadas y bastante largas, piernas que invitaban a recrearse y a ahondar, y siempre es perceptible ahí algo de monte, al terminar (o es más bien suave loma, abultamiento y palpitación)—. Ahora te voy a dar con alcohol, esto sí te va a escocer al principio, luego ya menos. —Roció un trozo de algodón, y cuando estuvo bien empapado para que no se pegaran hebras a la herida, lo pasó repetidas veces por ella, con delicadeza y tiento. Y volvió a soplar, de hecho sopló un poco más arriba de la rodilla, como si la puntería le hubiera fallado o también quisiera aliviar donde no habría ningún ardor.

En seguida se reflejó el escozor en la cara de Berta (apretó los dientes, echó los labios hacia atrás), pero en verdad duró poco. Se sintió como cuando era niña y algún adulto le sanaba un corte o un rasguño. Era grato volver a estar en manos de alguien, que alguien le tocara a uno y le hiciera cosas útiles con las manos, no importaba mucho qué: en primera instancia no era una sensación muy distinta de la que provoca el peluquero al pasar la navaja o la maquinilla por la nuca de un hombre que entonces se llega a adormecer, o incluso de la que provoca el dentista cuando sólo raspa o hace vibrar y no causa dolor; y aún más parecida a la que trae el médico cuando ausculta y palpa y tamborilea con un solo dedo, el corazón, y hace presión y pregunta: ‘¿Duele aquí? ¿Y aquí? ¿Y aquí?’. Hay un elemento agradable en dejarse hacer y manosear, aunque no sean cosas placenteras, aunque linden con la molestia y aun con el temor (un barbero siempre puede cortar sin querer, un dentista tocar una encía o un nervio, un médico cambiar de expresión y mostrar preocupación, un hombre hacer daño a una mujer, y si ella es inexperta más aún). Berta Isla se sintió cómoda y perezosa y cuidada, le aumentó la flojera mientras Yanes le ponía una tirita de buen tamaño sobre la herida y daba por concluida su cura. Y tras adherirla no retiró las manos inmediatamente, como le habría tocado hacer, sino que las apoyó, siempre con suavidad, las dos a la vez, en la parte externa de los muslos de la joven, como quien las apoya en los hombros con ademán protector, no más, o como un gesto que viene a decir: ‘Listo. Ya está’. Pero los muslos no son hombros, ni siquiera la cara exterior, nada que ver. Berta no reaccionó de ninguna manera, se lo quedó mirando con mirada algo turbia por adormilada o por intrigada, entornados los ojos, queriendo alarmarse pero sin conseguirlo, llamando pálidamente al rubor que con tanta facilidad le acudía por lo general, como quien espera o no sabe si ansía que esas manos no se aparten, e incluso siente curiosidad por averiguar si cambiarán de posición o se desplazarán hacia otra zona, por ejemplo a la cara interna del muslo, que aún es menos como los hombros, ahí el ademán protector se puede convertir en amenazante para quien es tocado o disparar su impaciencia, todo depende del día y de los quién y quién. Durante un minuto entero —largo minuto de silencio absoluto, por qué nadie hablaba—, las manos de Yanes no se movieron un milímetro, permanecieron allí quietas, sin tan siquiera acariciar ni presionar, tan sólo plantadas, casi inertes, esas palmas dejarían huella rojiza si se demoraban mucho más, y acaso costaría un poco despegarlas de la piel. El banderillero aguantó la mirada de los ojos brumosos con los suyos tan separados, que le daban un aire de limpieza e ingenuidad. No delataban nada en sí mismos, no anticipaban el siguiente paso, sólo transmitían serenidad. Y sin embargo se leía aquel rostro y Berta supo lo que antes o después probaría el desconocido —ah sí, era un desconocido—, lo supo con tanta certeza que lo contrario le habría supuesto una decepción. Se forzó a pensar en Tomás Nevinson, al que quería con tanto convencimiento, con incondicionalidad deliberada y testarudez; pero no le pareció que aquella tarde o ya noche tuviera nada que ver con él ni que lo fuera a poner en cuestión, no logró ver ningún vínculo entre su novio lejano medio inglés y aquella situación en un piso cercano a la Plaza de Las Ventas con un joven que seguramente actuaba o deseaba actuar allí, no le había explicado qué era eso de ‘suelto’. Pensó que aún no había recuperado ni el sentido de la orientación ni la voluntad; que continuaba perturbada o entumecida por el susto de la aventura equina, o clandestina, o policial, o todo ello a la vez. No hay nada mejor que creer que se ha perdido la voluntad, que está uno a merced del oleaje y del vaivén, que puede mecerse y abandonarse; o sí, todavía es mejor creer que la voluntad se ha entregado a otro, a quien ahora corresponderá decidir qué va a pasar.

Entonces Esteban Yanes, sin cambiar de expresión, sosteniéndole siempre la mirada como si quisiera estar atento a cualquier destello de contrariedad o rechazo para dar marcha atrás, al cabo de ese minuto se atrevió demasiado, un hombre resuelto y audaz. Pero nada más efectuar su movimiento arriesgado, brotó la carcajada que tan frecuente era en Berta y que tantas simpatías le granjeaba, quizá como si le resultara hilarante encontrarse en aquel punto inimaginable una hora antes, quizá por un contento imprevisto, el que suele traer el cumplimiento de un deseo todavía no formulado ni confesado, porque sólo se descubre como tal deseo cuando ya se está cumpliendo. La risa de Berta convocó a su vez la sonrisa africana del banderillero, que invitaba a la confianza inmediata y parecía disipar todo peligro, y que en seguida se convirtió en carcajada también. Así que los dos rieron en el momento en que Yanes, con lentitud pero sin más aviso que esa misma lentitud, trasladó una mano al gentil abultamiento o gentil loma, es decir, al pico de las bragas ya contemplado a placer, que con un dedo apartó suavemente para a continuación posar éste bajo la tela húmeda. Nunca Tom Nevinson había llegado hasta ahí, en las ocasiones más osadas su índice se había detenido sobre la tela sin indagar más allá y sin moverse, por respeto o por temor, o por excesiva conciencia de la juventud de los dos, por aplazamiento y pavor a la irreversibilidad. Pero Berta era de interrogativa carne y notó una diferencia, y dio la bienvenida a la novedad. De las cuatro prendas con que se había quedado, muy pronto la muchacha perdió otras tres, ya en el sofá; sólo una conservó, la que no hacía falta quitar, ni tampoco había ganas de quitar.

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II

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De vez en cuando Berta Isla se acordaba de Esteban Yanes, tanto durante el periodo previsible y normal de su matrimonio como durante el anómalo, aquel en el que no supo bien a qué atenerse, en el que no sabía si su marido Tom Nevinson había sido admitido o no entre los muertos, si respiraba el mismo aire que ella en algún lugar lejano y recóndito o si hacía ya tiempo que no alentaba, expulsado de la tierra o acogido por ella, es decir, sepultado bajo su superficie a pocos metros de donde nuestros pies se posan, de donde caminamos con despreocupación sin pensar nunca qué esconde. O acaso arrojado al mar o a un estuario o a un lago, a un río grande: cuando no se controla el destino de un cuerpo aparecen y reaparecen las conjeturas más absurdas, y no es difícil fantasear con su vuelta. Con la vuelta del vivo, se entiende, no con la del cadáver, ni con la del fantasma. No son éstos los que consuelan ni los que interesan, o sólo a los espíritus perturbados por la incertidumbre aguda o el inconformismo.

Tras aquella tarde de enero no vio más al banderillero ‘suelto’. Éste llegó a explicarle que así se llamaba a los que no eran estables, a los que no formaban parte de la cuadrilla fija de ningún diestro (o sólo ocasionalmente, y por suplencias), sino que iban por libre, aceptando las ofertas que les surgieran y convinieran, aquí para cuatro corridas, allí para un par, más allá para una sola, aquí para el verano entero. Por eso no solían cubrir la temporada de América, la invernal, y estaban desocupados desde finales de octubre hasta marzo, aproximadamente. Esteban Yanes se pasaba esos meses entrenando y perfeccionándose unas horas diarias y haciendo vida ociosa durante el resto, yendo a los bares y restaurantes frecuentados por sus colegas y por las figuras y apoderados que se quedaban a este lado del Atlántico, dejándose ver y procurando ser recordado por quienes lo podrían contratar más adelante. Así le iba bien, estaba solicitado y ganaba lo suficiente para ‘hibernar’, como también se decía, esto es, para distribuirse el ahorro y permitirse no ingresar ni un duro hasta que la actividad taurina volvía por San José, más o menos.

Berta Isla comprendió en seguida, en el rato de charla tras la pérdida poco traumática y poco espectacular de su virginidad —escasa sangre, dolor breve y mínimo e insospechado placer para recordar—, que, por mucho que Yanes pudiera atraerla físicamente, e incluso por su carácter —un hombre aplomado y tranquilo, con humor y grato y ningún simple, lector empedernido aunque desordenado y errante, con curiosa conversación—, sus mundos estaban demasiado alejados y no habría manera de conciliarlos, ni siquiera de hacerlos coincidir en el espacio y el tiempo. La posibilidad de reducir el contacto a esporádicos encuentros sexuales no le pareció aceptable, no sólo porque esas reducciones son ingobernables y se puede uno acabar encontrando con obligaciones tácitas y horarios y reclamaciones, sino porque en nada variaron, tras aquella tarde doblemente inaugural de dos sangres, sus sentimientos hacia Tomás Nevinson ni la seguridad de que su lugar estaba a su lado, cuando él concluyera sus estudios británicos y todo retornara al curso natural de las cosas, es decir, al madrileño. Tom era para ella lo que suele recibir el nombre de ‘amor de mi vida’ en el fuero interno de muchas personas —aunque nunca se diga ni se pronuncie ese nombre—, y que se dispensa a menudo a un elegido cuando la vida no ha hecho más que empezar y no se tiene ni idea de a cuántos dará cabida ni de cuán larga va a ser.

Sin embargo Berta no olvidó aquella ocasión, nadie la olvida, por etérea que sea. No le dio su teléfono a Esteban Yanes ni él a ella el suyo. No consintió en que la acompañara en taxi a casa, como era el deseo del banderillero, pese a que ya era bastante tarde cuando Berta recuperó casi todas sus prendas y se puso en marcha hacia una boca de metro, con una tirita en la rodilla y sin medias, porque el joven no bajó a comprarle unas nuevas. Así, Yanes no supo dónde vivía, y, aunque no demasiado corriente, el apellido Isla aparecía una cincuentena de veces en el listín telefónico, no era cuestión de llamar a cada Isla a probar suerte. Sólo ella podía intentar reestablecer el contacto presentándose en el piso de Yanes o enviándole una nota, y aunque era agradable contar con esa posibilidad y esa capacidad de iniciativa, se abstuvo de hacer nada de eso. Y al cabo de unos pocos años supuso que además ya no viviría allí, que se habría mudado y quizá casado, trasladado de ciudad incluso. De modo que se limitó a guardar el recuerdo como refugio, como un sitio cada vez más nebuloso y distante —pero añorado vagamente y privilegiado— al que trasladarse cuando quisiera con la poderosa mente, como quien se consuela diciéndose que si hubo un tiempo de despreocupación e improvisación, de frivolidad y capricho, todavía ha de haberlo en alguna parte, aunque se haga difícil regresar a él salvo con la memoria que se diluye y el pensamiento inmóvil que no avanza ni retrocede: sólo vuelve a la misma escena que se repite inmutable del primer al último detalle, hasta que acaba por adquirir las características de una pintura, siempre idéntica, sin desarrollo ni alteración desesperantemente. Así veía ella aquel encuentro de su juventud temprana, como un cuadro. Lo curioso era que, a medida que pasaba el tiempo y todo trazo se difuminaba en la ausencia, los rasgos del joven banderillero, que sólo había visto aquella vez, se le mezclaban y confundían con los del también muy joven policía a caballo, que había vislumbrado a la carrera un instante y acaso contemplado quieta un minuto —la porra cruzada sobre la muñeca, balanceándose—, y había momentos en los que ya no estaba segura de con quién se había acostado, si con el gris o con el banderillero. Mejor dicho: sabía perfectamente que el inicio de su vida sexual consumada se había producido con este último, pero cada vez distinguía menos su rostro, o el suyo y el del jinete se solapaban o yuxtaponían como caretas intercambiables: los ojos azules y los ojos separados casi de color ciruela, la dentadura con vida propia y la cara meridional campesina, las cejas gruesas y la nariz grande y recta, el casco calado y el sombrero de ala estrecha que escondía un abundante pelo, todo ello formaba un conjunto contenido en el mismo día aventurero.

Lo que sí le resultaba nítido era la memoria del dedo posado bajo la tela fina y de los tanteos y caricias que siguieron, de los besos más afanosos o más impacientes que apasionados, de la rápida pérdida de todas las prendas del hombre y de las suyas menos la falda, que no constituía obstáculo; de la extraña sensación bienvenida de que el sexo de un individuo —cualquier individuo, pero además a aquel no lo conocía poco más de una hora antes— se introdujera en el suyo y permaneciera allí un rato a sus anchas tras el primer forcejeo, apenas hubo resistencia de la protección más tenue que su vieja fama. Entonces ya no le quedaba mucha, hoy ya ni hay fama.

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Por su parte, Tomás Nevinson se estrenó de la forma acostumbrada en la Inglaterra de 1969. Sin pensárselo dos veces y con desenfado —casi como quien cumple un trámite que no conviene agrandar por aplazamiento—, con una compañera de estudios ante la que no tuvo reparo y a la que no tardó en seguir una muchacha local trabajadora, él y ellas empeñados en no dar importancia a esas efusiones y en no sentirse afectados para mal ni para muy bien tampoco, eran los tiempos de la llamada liberación sexual, cuando se infiltraba la idea de que apenas había diferencia entre acostarse con alguien y tomarse un café en su compañía, eran actividades de parecido rango y no tenía por qué dejar más huella ni desazón una que otra. (Aunque de lo uno no quede memoria y de lo otro sí, para siempre, por vaga y pálida que se vaya haciendo; o al menos hay constancia del hecho, o quizá es sólo saber y conciencia.) Tampoco él vio contradicción entre esos encuentros de sábanas y su inamovible enamoramiento de Berta, no le supusieron el menor conflicto. Sencillamente lo llevaron a pensar que en una de sus próximas estancias en Madrid les tocaría visitar a ellos las sábanas, ya iba siendo hora, España siempre un poquito atrasada en las modas y en los atrevimientos. No tanto en aquella época: los enterados se preciaban de estarlo y Tom y Berta de contarse entre ellos. Tuvo peso para su futuro el segundo de estos encuentros, porque la muchacha local nunca estuvo muy presente, pero tampoco desapareció nunca del todo durante sus años en Oxford, y ni siquiera desapareció con su muerte: la veía de vez en cuando en la librería anticuaria en la que trabajaba como dependienta, y casi cada vez que frecuentaba el lugar, acababan quedando aquella misma noche o la siguiente, por lo que él prefería espaciar sus búsquedas de libros viejos, al menos en aquel establecimiento. Tom rara vez se preguntó cuáles eran los sentimientos de ella, o sus expectativas respecto a él, si es que las tenía. Tendía a pensar que no, lo mismo que él carecía de ellas respecto a Janet, ese era su nombre. Sabía que tenía un novio o similar en Londres, con el que se reunía los fines de semana. Daba por descontado que para ella él era tan pasatiempo, desahogo o compensación de ausencias como para él lo era ella, algún aliciente hay que encontrar en los sitios en que uno pasa la mayor parte de los días por obligación, aunque sea temporalmente. Él volvería a Madrid antes o después, estaba seguro, pero en ninguno de sus cursos vio a Janet abandonar su empleo y trasladarse a la capital a convivir con aquel novio, ni casarse. Así que no parecía temporal su estancia, al fin y al cabo Janet había nacido allí, y crecido con sensualidad y atractivo.

También tuvieron peso para su futuro sus estudios y su trato con algunos profesores o dons, sobre todo con el titular de la Cátedra Rey Alfonso XIII de Estudios Hispánicos —el jefe del Departamento de Español, se habría dicho en una Universidad americana—, adscrito a Exeter College tras haber sido fellow de Queen’s, el hispanista y lusitanista Peter Edward Lionel Wheeler, hombre agudo y de creciente prestigio, a la vez afectuoso y sarcástico, del que se rumoreaba que había pertenecido a los Servicios Secretos durante la Guerra, como tantos otros reclutados en aquellos tiempos extremos, y que después había mantenido su colaboración a distancia —con el MI5 o con el MI6 o con ambos— en los días de paz aparente, esto a diferencia de tantos que al término de la contienda se habían limitado a regresar a sus puestos civiles y a guardar forzoso silencio bajo juramento sobre sus crímenes ocasionales, o más bien estacionales, legalizados y justificados por la situación de guerra; esos paréntesis de los países, las guerras, esos prolongados carnavales mortalmente serios, cruentos y sin apenas farsa, en los que se da carta blanca a los ciudadanos y aun se los insta y adiestra —a los más brillantes, a los más inteligentes, a los más hábiles y capaces, y así se les fortalece el carácter— para el sabotaje, la traición, el engaño, la trampa, la abolición del sentimiento, la falta de escrúpulos y el asesinato.

Se decía que Peter Wheeler se había sometido a un duro entrenamiento en 1941 en el centro de comandos y operaciones especiales de Loch Ailort, en la costa occidental de Escocia, y que allí había sufrido un grave accidente automovilístico que le dejó parcialmente dañada la estructura ósea del rostro. Ésta le habría sido reconstruida en el Hospital de Basingstoke, en el que permaneció cuatro meses, pero como resultado de las varias operaciones le habían quedado dos cicatrices imborrables (sólo iban blanqueando lentamente, muriendo en su palidez), una en el mentón y otra en la frente, que no mermaban en absoluto su decidido aspecto de galán. Se contaba también que, todavía convaleciente, había recibido una soberana paliza, en plan interrogatorio, a manos de ex-policías de Shanghai en el Castillo de Inverailort, requisado a la sazón por la Armada o por el SOE o Special Operations Executive, a fin de endurecerlo en el caso de que fuera capturado un día por el enemigo. Al año siguiente se lo había nombrado Director de Seguridad en Jamaica, y después se le habían asignado destinos en el África Occidental, donde aprovechó vuelos secretos de la RAF para inspeccionar a vista de pájaro detalles geográficos que le servirían para sus libros La intervención inglesa en España y Portugal en tiempos de Eduardo III y Ricardo II, de 1955, y El Príncipe Enrique el Navegante: una vida, empezado en 1960; en Rangún (Birmania), en Colombo (Ceilán), donde alcanzó el rango de Teniente Coronel, y en Indonesia, aquí ya tras la rendición del Japón en 1945. Se relataban muchas historias, pero Wheeler nunca hablaba de ninguna, sin duda atado también por el juramento de confidencialidad que prestan cuantos se dedican al espionaje y a labores encubiertas, es decir, aquellas cuya existencia jamás se revelará, o se negará siempre. Sabía que corrían fabulaciones y anécdotas entre sus colegas y alumnos, y las dejaba pasar como si no le concernieran. Y si alguien se atrevía a preguntarle directamente, al instante hacía una broma o lanzaba una mirada severa, según el caso, y desviaba la conversación hacia el Cantar de Mío Cid, La Celestina, los traductores ibéricos del siglo XV o Eduardo el Príncipe Negro. Todas estas habladurías hacían de él una figura singularmente atractiva para los pocos estudiantes a quienes les llegaban, y Tom Nevinson, que concitó desde el principio el interés de sus profesores por sus excelentes aptitudes —incluso la admiración, en la parca medida en que los maestros se permiten admirar a un discípulo—, fue uno de los que más se beneficiaron de los susurros y chismes que por lo general se reservaban sólo a los ‘miembros de la congregación’, así llamados clericalmente, esto es, al claustro. Tom era además esa clase de individuo al que las personas tienden a contarle cosas sin sonsacamiento previo —resultaba simpático sin proponérselo, y comprensivo, y era un magnífico oyente que con su intensa atención prestigiaba y alentaba siempre a su interlocutor, a menos que quisiera evitarlo, y entonces lo cortaba en seco—, y a depositar en él su confianza sin ni siquiera preguntarse por qué están hablando tanto de sí mismas o por qué demonios sueltan confidencias impremeditadas sin que se las arranque ni solicite nadie.

Sus destacadas dotes lingüísticas alertaron pronto a sus tutores, y desde luego al antiguo Teniente Coronel Peter Wheeler, que por entonces no había cumplido aún los sesenta y unía sus excepcionales antenas —su mente curiosa y despierta— a su ya larguísima experiencia. Al incorporarse a Oxford, Tomás dominaba a la perfección la mayoría de registros, entonaciones, variedades, dicciones y acentos de sus dos idiomas familiares, hablaba un francés casi impecable y un italiano muy solvente. Allí no sólo mejoró extraordinariamente estas dos últimas lenguas, sino que, tras ser persuadido de matricularse también en Eslavas, en su tercer curso universitario, en 1971 y con casi veinte años, se manejaba en ruso sin apenas dudas ni fallos y lograba entenderse en polaco, checo y serbocroata. Se vio que era un superdotado en ese campo, un portento, como si hubiera conservado la maleabilidad de los niños pequeños para aprender cuantas lenguas se les hablan, adueñárselas y dejarse penetrar por ellas porque para esos niños son todas la propia, o cualquiera podría serlo, según donde los llevara el viento y donde acabaran viviendo; para retenerlas y distinguirlas, y muy rara vez confundirlas o mezclarlas. Sus capacidades imitativas se desarrollaron e incrementaron al estar volcado en esos estudios, y unas vacaciones de Pascua en las que renunció a volver a España y se dedicó a recorrer Irlanda lo facultaron para remedar sin problemas las principales hablas de la isla (esas vacaciones duraban casi cinco semanas). Las de Escocia y Gales, las de Liverpool, Newcastle, York, Manchester y otros sitios las conocía ya bien, tras haberlas oído aquí y allá, también en radio y televisión, en sus estancias veraniegas desde la primera infancia. Cuanto llegaba a sus oídos lo comprendía con facilidad, lo memorizaba sin esfuerzo, y luego lo reproducía con exactitud y arte.

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Tomás Nevinson permaneció un cuarto curso, y preveía regresar a España del todo con veintiún años o casi, sus exámenes finales aprobados con las notas más altas y su Bachelor of Arts en el bolsillo. Entonces todo iba más rápido y más adelantado que ahora, en contra de lo que se cree, y los jóvenes se sentían adultos desde muy pronto, se sentían listos para acometer tareas, ejercitarse sobre la marcha y encaramarse a los lomos del mundo. No había motivo para esperar ni remolonear, y tratar de prolongar la adolescencia o la niñez, con sus plácidas indefiniciones, parecía propio de pusilánimes y medrosos, de los que la tierra está hoy tan llena que ya nadie los ve como tales. Son la norma, una humanidad sobreprotegida y haragana, surgida en un plazo brevísimo después de siglos de lo contrario: actividad, inquietud, intrepidez e impaciencia.

Wheeler tenía un español muy competente, como era natural dadas su especialidad y su eminencia, pero se notaba inseguro al escribirlo, así que cuando terminaba un texto destinado a publicarse en esa lengua le pedía a Tom, como nativo de su confianza, que se lo revisase y le señalase posibles imperfecciones o torpezas, y lo puliese de formulaciones que, si bien correctas, sonaran inelegantes o impropias del castellano. Tomás lo ayudaba con gusto y orgullo: se desplazaba hasta su casa junto al río Cherwell, donde Wheeler, viudo desde hacía mucho, vivía con un ama de llaves encargada de la intendencia, y juntos repasaban los escritos. (Una muerte misteriosa la de aquella mujer suya remota: a ella la mencionaba a veces, Valerie su nombre, pero de la muerte y sus circunstancias y causas jamás contaba ni decía nada, ni nadie sabía una palabra, extrañamente, en aquella ciudad tan proclive a crear y guardar secretos como a descubrirlos y cotillearlos.) Tom los iba leyendo en voz alta, su tutor los escuchaba complacido, y se detenían cada vez que algo chirriaba, al primero sobre todo. Para él era un honor visitarlo y estar en su compañía privada, no digamos ser el primero en conocer sus aportaciones nuevas, aunque trataran de eruditas cuestiones que poco le interesaban.

En una de esas ocasiones, al comienzo de Trinity o tercer falso trimestre, hicieron una pausa y Wheeler le ofreció bebida; pese a la juventud de Tom, no tuvo reparo en servirle un gin and tonic para que lo acompañara. Wheeler se pasó durante un rato la uña del pulgar por la cicatriz de su barbilla, un gesto habitual suyo, era como si la acariciara. La marca arrancaba cerca de la comisura izquierda y corría vertical —o algo en diagonal— hasta el final del mentón, lo cual hacía parecer que ese lado de su cara jamás sonreía (aunque lo hiciera), y le daba un aire levemente mohíno o sombrío. Sabedor de eso sin duda, tendía a ofrecer su perfil derecho, si podía. Esta vez no le importó, sin embargo; miraba a Tomás de frente con sus ojos azules y siempre guiñados como si no pudieran renunciar a escrutarlo todo con suspicacia —eran chispas, de tan penetrantes—, tanto que el azul parecía metamorfosearse en amarillo, como si fueran los de un león soñoliento pero alerta, o quizá de otro felino. Tenía el abundante pelo ondulado y ya muy blanco, y al sonreír o reír se le veían levemente separados los dientes, lo cual le daba un aire malicioso. Poseía malicia, a buen seguro —la de quien es demasiado inteligente para no advertir la frecuente comicidad de las personas, más risibles cuanto más solemnes o severas o intensas—, pero también una benignidad de fondo. Probablemente ya había hecho suficiente daño en su vida y no estaba dispuesto a continuar, a menos que la utilidad fuera grande y compensara. Al fin y al cabo nunca se sabe si se perjudica a alguien hasta que su historia está completa, y eso tarda.

—¿Ya has pensado lo que vas a hacer, Tomás? Cuando acabes. Entiendo que quieres regresar a España. —Le gustaba llamarlo por su nombre español, aunque hablaran en inglés las más de las veces—. Allí no te quedarán muchas opciones. Dedicarte a la enseñanza, a la edición, ¿o qué, entrar en política? Antes o después se morirá Franco y supongo que habrá partidos, pero quién sabe cuándo, ni cómo serán esos partidos. Sin tradición, será todo improvisado y caótico. Eso si no se arma la de San Quintín, como decís allí. —Y esta última frase la dijo en español, desde luego.

—No lo sé, Profesor. —En Oxford eso es un tratamiento y un título, sólo se llama ‘Professor’ a los catedráticos, nunca a los demás enseñantes, por eximios que sean—. Entrar en política ni se me ocurre, mientras siga la dictadura, qué interés tiene ser un pelele, y además mancharse las manos. Y pensar en cuando no la haya... Eso es más que prematuro, la verdad es que nos resulta impensable. Cuando las cosas se eternizan impiden imaginar el futuro, ¿no? No sé, hablaré con mi padre, y con Mr Starkie. Ha vuelto a Madrid tras sus años en América, y, aunque retirado, conserva su influencia. Quizá pudiera surgir algo bueno en el British Council, y después ya se vería.

Inmediatamente apareció la malicia:

—Ah, pobre Starkie —dijo—. Aún me estará haciendo vudú, con un muñequito al que irá encaneciendo. Él y un importante hispanista de Glasgow, Atkinson, se postularon para mi puesto en 1953, a la muerte de Entwistle. Nunca encajaron bien que la Cátedra Alfonso XIII fuera a parar a alguien de treinta y nueve años con pocas publicaciones, en comparación con ellos. Cierto que el pobre Starkie había perdido demasiado tiempo con la gitanería, y no sé si eso se comprendía bien en el Oxford de entonces, ya sabes que este era un lugar muy clasista —añadió con una sonrisa, porque en los primeros años setenta lo era sólo un poco menos que en el siglo XVIII, o incluso que en el XIV—. Al menos le sirvió para aprender el vudú, ¿o no son ellos quienes lo practican? Sea como sea, no le ha valido de mucho en mi caso, o las maldiciones, o lo que sea que usen. Pero en fin, ese porvenir es aburrido y pobre, Tomás, si va a depender de lo que te ofrezca Don Gypsy. Un desperdicio de tus facultades. —Era de suponer que aún había resentimiento mutuo, entre aquellos dos antiguos contendientes—. Si te quedaras en Inglaterra, en cambio, se te abrirían todas las puertas tras pasar por aquí tan brillantemente: finanzas, diplomacia, política, empresas, la propia Universidad si se te antojara. Aunque no te veo aquí metido, dando clases e investigando. Tú eres hombre de cierta acción, me parece, con afán por intervenir en el mundo directa o indirectamente. Tienes la doble nacionalidad, ¿verdad? ¿O no la hay? Si no la hay serás británico, espero. Aquí harías carrera en lo que quisieras. Lo que hayas estudiado es secundario. Con tu expediente se te esperaría en todas partes. Se esperaría a que estuvieras formado en lo que eligieras.

—Le agradezco la confianza, Profesor. Pero mi vida está allí. Allí he nacido y allí me imagino.

—La vida de cualquiera está por doquier; está donde va; está donde cae —le respondió Wheeler concisamente—. Te recuerdo que yo nací en Nueva Zelanda, y ya me dirás qué importa eso. Dado tu talento con las lenguas y la imitación —prosiguió—, ¿has considerado ser actor? Claro que hace falta algo más que esas habilidades, y tampoco creo que te atraiga subirte a un escenario noche tras noche a repetir lo mismo a cambio de unas ovaciones que se te harían monótonas pronto. Eso no moldea el mundo. Ni pasarte la vida rodando películas aquí y allá, los rodajes son lentísimos. Y total para qué: ¿para ser un ídolo de gente sin discernimiento, que lo mismo adora a Olivier que a un perro californiano? —Sí, el clasismo de Oxford era cosa del pasado, era patente. Wheeler, en todo caso, pertenecía a la vieja escuela, se había quedado en la idea de que Laurence Olivier era el más grande intérprete vivo, cuando ya nadie opinaba eso, ni siquiera en su orgullosa patria.

Tom se rió. Era verdad que era inquieto —con una inquietud por lo demás difusa, de las que amainan con el tiempo—, pero no tanto como los hombres de acción, según lo que se entiende por esa expresión normalmente. No era lo bastante aventurero ni lo bastante ambicioso, o aún ignoraba serlo o le faltaba la tentación para serlo —también la necesidad de serlo—. Al menos a su edad de entonces, no se veía con posibilidades de intervenir en el mundo, como había dicho Wheeler, desde ningún sitio. En realidad no se las veía a casi nadie, ni siquiera a los grandes financieros ni a los científicos ni a los gobernantes. Los primeros podían sufrir reveses y brutal competencia, fracasar y arruinarse; los segundos equivocarse, y su destino era ser refutados o superados más pronto o más tarde; los terceros pasaban, caían y se diluían (es decir, los democráticos; hasta Churchill había perdido en 1945, después de su hazaña), y en cuanto dejaban el sillón vacío otros venían a borrar sus hechos y eran pocos los que se acordaban de ellos al cabo de unos años o meses (con alguna rara excepción, como justamente Churchill). Le hizo gracia que alguien tan agudo y curtido como Wheeler se valiera de ese concepto; denotaba cierta ingenuidad por su parte, desde su juvenil punto de vista. Es propio de los jóvenes creerse más blasés y más de vuelta que nadie, incluidos sus mentores.

—No, no me veo de actor, francamente. Y aún menos como Olivier, a los de mi generación nos parece anticuado.

—¿Ah sí? ¿Se ha quedado anticuado? Disculpa, no voy mucho al cine ni al teatro. Era sólo un ejemplo, no importa.

—¿Qué es lo que moldea el mundo, Profesor? —le preguntó Tomás, también se había fijado en esa frase; y esperaba que Wheeler le saliera con lo consabido, los grandes financieros y los científicos y los gobernantes, y quizá los militares, capaces de destruirlo con sus armas—. No los actores ni los profesores universitarios, de acuerdo —se adelantó a conceder—. Tampoco los filósofos ni los novelistas ni los cantantes, supongo, por mucho que muchos jóvenes imitemos histéricamente a estos últimos y ellos cambien algunas costumbres, mire lo que ocurrió con los Beatles. Ya se nos pasará, y del todo. Y la televisión es demasiado idiota en general, pese a su influencia. ¿Quiénes lo moldean, entonces? ¿Quiénes están en condiciones de hacerlo?

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Wheeler se removió en su sillón, cruzó las piernas elegantemente (era muy alto, largas sus extremidades) y se acarició de nuevo la cicatriz del mentón con la uña, parecía que le gustara recorrer el surco que alguna vez hubo y ya no había, debía de ser algo liso y pulido al tacto, aquel antiquísimo fantasma de un brutal corte o grave herida.

—Claro que nadie lo moldea por sí solo, Tomás, ni tampoco en compañía. Si hay algo que caracteriza y une a la mayoría de la humanidad (y al decir esto me refiero a cuantos han pasado por la tierra desde tiempos inmemoriales), es que a todos nos influye el universo sin que nosotros podamos influir en él lo más mínimo, o apenas. Aunque creamos formar parte de él, aunque estemos en él y nos afanemos por variar algún detalle a lo largo de nuestros días, en realidad somos desterrados del universo, como dijo aquel cuento célebre sobre el hombre que se borró del mundo con tan sólo mudarse de calle y guardar silencio al respecto. —‘Outcasts of the universe’, esa fue la expresión que empleó en inglés, y la repitió, como si le diera que pensar e hiciera mucho que no la recordaba—. ‘Outcasts of the universe.’ —Tomás no sabía a qué cuento aludía, pero no quiso preguntarle para no interrumpirlo. Mal que bien, la disquisición le interesaba—. En nada lo alteran nuestra supresión ni nuestro nacimiento, nuestro parsimonioso recorrido, nuestra existencia, nuestra aparición azarosa ni nuestro inevitable aniquilamiento. Tampoco ningún hecho, ningún crimen cometido ni ninguno impedido, ningún acontecimiento. En conjunto sería el mismo sin Platón o sin Shakespeare, sin Newton, sin el descubrimiento de América o sin la Revolución Francesa. No sin todo a la vez, probablemente, pero sí sin uno solo de esos individuos o sucesos. Cuanto ha ocurrido podría no haber ocurrido y todo sería igual, en esencia. O habría ocurrido de otro modo, o con algún rodeo o circunloquio, o más tarde, o con otros protagonistas. Tanto da, no podemos echar de menos lo no sucedido, te aseguro que el europeo del siglo XII no añoraba el Nuevo Continente, ni sentía su inexistencia como una amputación ni una pérdida, así la sentiríamos nosotros tras quinientos años de contar con él. Como un cataclismo.

—¿Entonces? ¿Por qué me habla de moldear, si nada ni nadie lo hacen, Profesor?

—No, nadie lo hace salvo los asesinos de masas, y ninguno queremos ser uno de ellos, ¿verdad? Pero hay grados. A todos nos influye el universo sin que nos sea posible intervenir en él, ni devolverle un arañazo. Pero al novecientos noventa y nueve por mil, además, lo zarandea, lo sacude, lo trata o lo mira pasar como un fardo, ni siquiera como un sujeto dotado de mínima voluntad, o de tenue capacidad decisoria. Ese hombre del cuento optó por convertirse cabalmente en un fardo; a buen seguro ya lo era antes, un londinense insignificante. O quizá dejó de serlo, un poco, justamente al prescindir de testigos, al hacerse invisible y borrarse: tomó la resolución de desaparecer para su mujer y sus allegados, de marcharse y sustraerse. Ya es algo. Pero, sin llegar a ese extremo paradójico, hay medidas: el hombre que se queda en casa está más desterrado que el que sale; el que actúa lo está menos que el que permanece quieto, aunque aquél vaya a malgastar su esfuerzo. Un actor o un profesor universitario lo estamos más que un político o un científico. Éstos intentan al menos turbarlo un poco, despeinarle un mechón, modificarle el gesto, hacerle enarcar una ceja ante el atrevimiento. —Y Wheeler enarcó la suya izquierda con displicencia, como si remedara a un universo muy frío, pero levemente ofendido.

—¿Qué es lo que me está sugiriendo? ¿Que entre en política? ¿Que me meta a científico? No tengo formación para esto último, usted lo sabe, ni dotes ni paciencia para lo primero. Y en España, además, no hay política, sólo órdenes del Generalísimo.

Wheeler se rió enseñando sus dientes algo separados y guiñando sus ojos amarilleantes, y la amable malicia se adueñó de su rostro.

—Oh no, no seas tan literal. No te sugiero eso, en absoluto. No son ellos los que más moldean, por continuar con ese verbo excesivo. Moldean más los que no están expuestos, los que no están a la vista, seres desconocidos y opacos de los que casi nadie está al tanto. Como ese hombre oculto del cuento, sólo que en vez de vegetar pasivos, maquinan y tejen hilos en la sombra. Todo el mundo sabe quiénes son los gobernantes, y aun las grandes fortunas, y los militares con mando, y los científicos que llevan a cabo deslumbrantes avances. Mira ese recóndito Doctor Barnard sudafricano, se ha hecho una celebridad mundial desde que realizó el primer trasplante de corazón humano. Mira ese General Dayan de Israel, otro país al que no se presta especial atención, y sin embargo ahora todo el globo le conoce la cara, con su parche en un ojo y su calva. Las personas conspicuas están hoy tan expuestas que esa misma sobreexposición las anula, y en el futuro lo estarán más todavía. No podrán dar un paso sin que las sigan periodistas y cámaras, sin que se las vigile, y así no hay forma de moldear nada. Nada pesa sin misterio, sin bruma, y nos encaminamos hacia una realidad sin tinieblas, casi sin claroscuros. Todo lo conocido está destinado a engullirse y a trivializarse, a toda prisa, y por lo tanto a carecer de verdadera influencia. Lo que es visible, lo que es espectáculo del dominio público, eso jamás cambia nada. El molde no ha variado un ápice, en contra de lo que la gente cree, porque hace un par de años tres astronautas pisaran la Luna. Todo sigue idéntico después de eso, qué diferencia ha supuesto para la vida de nadie, no digamos para el funcionamiento y la configuración del universo. Hasta se retransmitió por televisión la hazaña, he ahí la prueba de su definitiva irrelevancia. Lo decisivo jamás se muestra, ni siquiera se comunica, o no en su momento; al contrario, se esconde y se silencia siempre, o durante muchísimo tiempo: si acaso se cuenta cuando ya no interesa, cuando es pasado remoto, y a la gente el pasado le trae sin cuidado, cree que no le afecta y que no puede cambiarse, y lleva razón en esto último. Mira: las operaciones más importantes de la Guerra, las que fueron fundamentales para ganarla, son aquellas que se desconocen y que nunca han trascendido, que no constan en los anales y de las que no hay ni rastro. Las que incluso se niega que se efectuaran, con impasible y recomendable cinismo, si salta algún rumor en la prensa o se va de la lengua un vanidoso; faltando a su juramento, eso aparte. Quienes actúan envueltos en niebla y de espaldas al resto, y no reclaman ni necesitan reconocimiento, esos son los que turban más el universo. Muy escasamente, cierto. Pero al menos lo hacen incomodarse un poco en su sillón y adoptar otra postura. Es lo máximo a lo que podemos aspirar los individuos, para no ser tristes desterrados completos. —Y Wheeler volvió a removerse en su sillón y descruzó las piernas y cambió de postura, había decidido interpretar el papel de su figurado universo.

—Me imagino que habla usted por propia experiencia —apuntó con cautela Tom Nevinson—. Sabrá que corren historias sobre sus actividades pasadas, no todas ellas académicas...

—Sí, bueno. Por suerte no todas ellas académicas. La inmensa mayoría son falsas, descuida. Leyendas de toga y birrete, para amenizar nuestras aburridas high tables. —Así es como llaman en Oxford a las cenas más pomposas de los colleges.

—Ya, pero me acaba de hacer un elogio del secreto, si mal no le entiendo. El secreto como forma suprema de intervención en el mundo. Y una de las cosas que se dan por seguras es que usted trabajó para los Servicios Secretos.

Wheeler exhaló aire entre los dientes, con una mezcla de sorna e impaciencia, como si dijera ‘Vaya cosa’ o ‘Qué tontería’. O quizá era que el pretérito indefinido empleado por Tomás no le parecía el adecuado.

—Y quién no, en aquella época en que se recurrió hasta al último hombre, y hasta a la última mujer también, desde luego. Algunas lo pagaron muy caro. —Se quedó callado un momento, como si rememorara a alguien. Tom se preguntó si Valerie, su mujer muerta de la que poco contaba, habría sido una de ellas, de las que lo habían pagado muy caro—. Nada tiene de particular. Bueno, para ser exactos: quién no, que sirviera más para eso que para pilotar aviones o formar parte de una tripulación o combatir en el frente. Yo no habría sido muy útil en esos quehaceres. Y en cambio hay personas dotadas para las labores turbias y encubiertas. La mayoría no lo están, de hecho: no poseen los conocimientos precisos o no saben lenguas, o son transparentes y sin capacidad de fingimiento, o tienen demasiados escrúpulos y les faltan sangre fría y paciencia, y en tiempo de guerra no se puede desperdiciar a la gente enviándola a ocuparse de lo que no le corresponde. Es lo que habéis hecho los españoles tradicionalmente. —De pronto consideró español a Tom, en general lo juzgaba británico—. Empezando por otorgar el mando a absolutos incapaces, una inveterada costumbre que aún persiste: ese dictador vuestro es un inepto, sólo que lo disimula con fiereza, como todos. De no haber sido por nosotros en la Guerra Peninsular, en fin, estaríais todavía invadidos... —Así se conoce en Inglaterra a la Guerra de la Independencia contra Bonaparte. Tom no se ofendió, al fin y al cabo se sentía de los dos países.

—Ah ya, el talento estratégico de Wellington y eso —dijo, para evitar un excursus. Lo evitó, porque Wheeler regresó a lo anterior:

—También ahora hacéis falta, no creas, los dotados. También en tiempos de paz aparente. La paz, por desgracia, es siempre sólo aparente, y transitoria, un fingimiento. El estado natural del mundo es el de guerra. A menudo abierta, y cuando no latente, o indirecta, o meramente aplazada. Hay grandes porciones de la humanidad que siempre tratan de dañar a otras, o de arrebatarles algo, y siempre reinan el rencor y el desacuerdo, y si no reinan se preparan y están al acecho. Cuando no hay guerra hay su amenaza, y lo que podéis hacer los dotados es mantenerla en esa fase, en la de la postergación, en la sola amenaza. En ciernes y sin desencadenarse. Sois capaces de evitarlas, o al menos de distraerlas y retrasárselas a los actuales vivos, de conseguir que estallen más tarde, cuando ya estén otros para padecerlas y quizá también nuevos dotados para volver a desviarlas. Y eso es intervenir en el universo, Tomás. Levemente. Es como obturarlo y contenerlo... provisionalmente, ¿te parece poco?

Tomás Nevinson era un muchacho listo y simpático, despierto, bromista e incluso afable, pero no sagaz en su juventud, cuando aún no había tomado decisiones de peso ni se había preocupado por saber a qué clase de individuo pertenecía. La liviandad con que miraba el exterior y su propio interior se lo impedían, así como la opacidad y la reserva que se escondían tras ella. Como he dicho antes, nadie veía con claridad a través de él, ni siquiera él mismo, y además nadie lo intentaba. Era una de esas personas con grandes facultades y cualidades, que no saben qué hacer con ellas a menos que se las instruya y se les diga para qué sirven. Si lo dirigían en los estudios, era un excelente estudiante, y quizá echaba de menos que alguien ejerciera la misma función didáctica en los demás terrenos de la vida, sobre todo en los personales y prácticos. Se dio cuenta de que Wheeler bordeaba ese papel aquella tarde —tal vez intentaba ver a través de él, o ya lo había logrado y había divisado su futuro con ello— y le hizo ilusión que se pudiera convertir en su guía; pero aún no fue capaz de entender, ni de adivinar, qué le estaba proponiendo, qué camino le señalaba con aquellas divagaciones, por dónde lo invitaba a adentrarse.

—No le sigo, Profesor. No sé de qué me está hablando. Ya sé que ustedes en Oxford se valen de sobreentendidos y por tanto de pocas palabras ambiguas, de insinuaciones que en seguida son captadas en su sentido. Y sí, yo llevo años aquí, yendo y viniendo, pero tenga en cuenta mi procedencia. En España hay que hablar claro, o nadie se da por enterado de nada. Me incluye usted entre los dotados, como los llama, pero ignoro a qué dotes se refiere, cuáles se figura que poseo. No sé yo cómo podría encontrarme entre los capaces de aplazar una guerra, nada menos.

Wheeler lanzó un suspiro que denotaba cierta impaciencia. Era probable que creyera que había sido transparente y explícito, con sus disquisiciones.

—Vamos a ver, Tomás. Según tú, te he hecho un elogio del secreto, y tú mismo me has recordado los rumores que corren sobre mi pasado. Tienes una facilidad excepcional para la imitación y las lenguas, te puedo asegurar que nunca he visto a nadie con semejante habilidad, y eso que no has recibido ningún entrenamiento específico, a diferencia de muchos otros que se han cruzado en mi camino. Durante la Guerra y después, también después. ¿Qué crees que te estoy sugiriendo? Aquí serías muy útil. Nos serías utilísimo.

Tom Nevinson soltó una carcajada, en parte de incredulidad, en parte de diversión genuina, en parte porque se sentía halagado. Su risa no le favorecía, le ensanchaba la nariz ya ancha y lo vulgarizaba. Perdía la expresión serena, y en sus ojos se acentuaba el elemento anunciador de anomalías. Era como si sus rasgos cobraran una vida ajena, o venidera, y se descontrolaran.

—¿Debo entender que todavía mantiene contactos con los Servicios Secretos? ¿Que me está hablando de formar yo parte de ellos?

Wheeler lo miró con frialdad y pasajero desagrado, quizá por la carcajada, quizá por la excesiva franqueza de sus preguntas. Los ojos siempre guiñados volvieron a su azul original y ya no parecieron de león. Bebió de su copa para apaciguarse, o para hacer tiempo. Por fin contestó:

—Son los Servicios Secretos los que mantienen contacto con uno, una vez que ha estado en ellos. Poco o mucho contacto, como quieran. Uno no los abandona, sería como cometer una traición. Nosotros siempre estamos y esperamos. —‘We always stand and wait’, fue la frase en inglés, y sonó como si fuera una cita o una referencia a algo—. A mí no recurren apenas desde hace años, pero sí, a veces se producen intercambios. Uno no se retira, si aún puede servirles. Se sirve al país de ese modo, y así no se convierte en desterrado. Está al alcance de tu mano, no ser un desterrado completo, vitalicio. Eso es lo que serías si vuelves a España. Quiero decir si vuelves del todo. Nada te impediría vivir allí parcialmente. Es más, sería lo adecuado, que tuvieras una doble vida, y una transcurriera en el extranjero. No tendrías que renunciar a mucho. Sólo durante algunos periodos, como cualquier hombre de negocios, todos pasan temporadas alejados de sus familias, viajando, o montando una empresa en otra ciudad u otro país, a veces son ausencias de meses. Ninguno deja por eso de casarse y tener hijos, sin embargo. Simplemente van y vienen. Como cualquier hombre de mundo.

Tomás ya no se rió más. El tono de Wheeler era profesional, más que serio. Le hablaba con circunspección, como quien cumple un trámite, como quien informa de las condiciones de trabajo o las características de un empleo y sus ventajas. La labor de tentación ya había sido llevada a cabo antes —o era de captación, acaso—. La tentación de intervenir algo en el universo, aunque fuera mínimamente, y de no pasar por él como un baúl o un contenedor de basura o un mueble. Así pasaban por él casi todos los hombres y las mujeres desde el inicio de los tiempos, según Wheeler: toda esa gente que se afanaba a diario y que no encontraba respiro desde que se levantaba hasta que se acostaba, que atendía a mil quehaceres y se deslomaba para traer el sustento a casa, o que jugaba a influir en sus semejantes, o a dominarlos, o a deslumbrarlos, resultaba tan indiferente como el tendero que se limitaba a abrir y cerrar su comercio un día tras otro a las horas señaladas, a lo largo de su vida entera, sin nunca variar su rutina. Desterrados todos desde su nacimiento, o desde su concepción, o aun desde antes: desde que fueron meramente imaginados por unos padres irresponsables o inconscientes, o ignorantes de la enésima pieza sobrante que fabricarían con sus instintivos actos.

—Pero ¿qué tendría que hacer? ¿Qué clase de tareas serían?

—Bueno. Las que se te asignasen, una vez alcanzado un acuerdo. En principio no se te encomendaría nada en lo que no hubieras consentido previamente. Claro que a veces se complican las situaciones y hay que improvisar, surgen imprevistos. Entonces no cabe sino seguir adelante y hacer cosas con las que no se contaba. Para alguien como tú habría muchas labores posibles, serías muy aprovechable. Pero, con tu genio imitativo, con tus aptitudes fuera de serie, serías un magnífico infiltrado. Con el debido adiestramiento en cada caso, podrías pasar por nativo de no pocos lugares. —Tom Nevinson se sintió halagado, y ese era seguramente el propósito de aquellas lisonjas intercaladas; los jóvenes son muy sensibles a ellas—. No sería durante periodos muy largos. Lo más peligroso en estas misiones no es que el agente sea desenmascarado (que también, desde luego), sino que se acabe creyendo su papel en exceso; que pierda de vista quién es en realidad y a quién sirve. No se pueden prolongar los fingimientos. Es difícil ser dos personas a la vez durante mucho tiempo. Para alguien en sus cabales, me refiero. Tenemos la tendencia a ser sólo una, excluyente, y se corre el riesgo de convertirse en la simulada, de que ésta expulse a la original y la suplante. Ya te he dicho: a lo sumo unos meses, como cualquier hombre de negocios con varios frentes, o con sucursales que visitar y supervisar, de las que ocuparse. Nada fuera de lo común, nada raro de cara a la propia familia, a los próximos. Todo sería normal, cuando estuvieras en España. Cuando no estuvieras, no, no te engaño: vivirías vidas ficticias, vidas que no son la tuya. Pero sólo temporales: antes o después las dejarías siempre para regresar a tu ser, a tu antiguo yo. —Y aquí pareció de nuevo estar citando, porque utilizó un posesivo arcaico en inglés, o que sólo pervive en las plegarias: ‘... to thy former self’, fue lo que dijo—. Harías mucho bien a los demás, y también a ti mismo. Sabrías que tu paso por la tierra no ha sido enteramente baldío. Quiero decir que habría añadido o quitado, sumado o restado: una brizna de hierba, una mota de polvo, una vida, una guerra, una ceniza, un viento, eso depende. Pero algo.

Tomás no daba crédito a lo que oía, las alabanzas no habían sido suficiente para aceptar la inverosimilitud, para transportarlo a un mundo de espías, de novelas y películas, por más que se le apareciera en medio de la cotidianidad, en una apacible tarde junto al río Cherwell, destinada al pulimiento de un texto. ¿Él, un infiltrado, en quién sabía qué grupos, qué países? ¿Él, fingiendo ser otro, viviendo existencias ajenas, inventadas, engañosas, inoculadas, ficticias como había dicho Wheeler? No acertaba a comprender cómo a éste se le había ocurrido, cómo le estaba planteando semejante posibilidad, cómo habían llegado a sostener aquella conversación para él irreal y fantasiosa. Le parecía como soñada pero no lo era: allí estaba su mentor con su cicatriz en la barbilla, dirigiéndolo, sugiriéndole, proponiéndole, conduciéndolo. Señalándole un camino futuro, ejerciendo de guía. Lo que deseaba, hasta cierto punto. Y sin embargo le resultaba todo disparatado, una entelequia, un imposible. Miró a Wheeler y vio en él una expresión de desentendimiento súbito, de decepción, casi de desdén hacia él, como si ya supiera que no habían surtido efecto sus argumentos y persuasiones. Era un hombre muy perspicaz, que sabía leer en los rostros. Los de los discípulos suelen carecer de misterio para los maestros.

—No sé ni cómo se le ocurre, Profesor. Tiene usted una confianza en mí que no merezco. Una idea equivocada. Se lo agradezco enormemente, pero no estoy capacitado para eso de lo que me habla. Para eso hacen falta sentido de la aventura y valentía, y por supuesto carácter. Yo soy bastante vulgar, y sedentario, y probablemente cobarde, aunque esto último, por suerte, no haya tenido muchas ocasiones de comprobarlo. Y ojalá no se me presenten. Así que lo último que haría es llamarlas, exponerme a ellas voluntariamente. Gracias, pero olvídese, se lo ruego. Yo no podría formar parte de eso. Y me parece que tampoco querría, si pudiera.

Wheeler lo miró un momento a los ojos con intensidad, casi con severidad, una mirada infrecuente en Inglaterra, como si tratara de dilucidar si Tomás estaba siendo falsamente modesto y buscando su insistencia o su refutación, más cumplidos. Debió de decidir que no, porque luego agitó los dedos en un leve ademán de desagrado o de despido, como si fuera un monarca indicando a un consejero que se marche, o como si dijera: ‘Estamos en completo desacuerdo. No se hable más. Tú te lo pierdes’. Dio por terminada la pausa y propuso volver a su escrito. Tomás lamentó haberle fallado y que estuviera desilusionado o molesto, pero no veía otra salida. No se imaginaba entre conspiradores, delincuentes, espías de verdad o terroristas, haciéndose pasar por uno de ellos, si mal no había interpretado la palabra ‘infiltrado’. Entendió que aquella charla disertativa había concluido y que nada de lo dicho en ella volvería a mencionarse, que era de las de una vez y no más. Quizá no contaba con que hay personas que, si lo divisan a uno y lo eligen, no abandonan ni se retiran del todo, sino que son como el buitre: se alejan y trazan círculos y sobrevuelan y esperan y prueban nueva fortuna. Ya había reanudado la lectura del texto en voz alta cuando lo oyó murmurar en tono cavilatorio, como si las palabras surgieran de un yelmo:

—Piénsatelo un poco más. ¿Tanto me estoy equivocando? Sería la segunda vez en muchos años. No lo creo. No suelo.

Berta-14

 

Una semana después de aquella tarde, cuando aún no se había alcanzado el ecuador del falso trimestre llamado Trinity, Tom Nevinson hizo una de sus incursiones en Waterfield’s, la librería de viejo de varios pisos en la que trabajaba Janet de lunes a viernes, probablemente aguardando siempre a que llegara el fin de semana para encontrarse con su duradero novio de Londres, del que ella nunca le había contado nada, tan sólo había mencionado su existencia y su nombre de pila, Hugh, y, bueno, su perduración. Aquel hombre, a diferencia de él, no era sin duda un pasatiempo, sino el objetivo o la recompensa al cabo de esos cinco días laborables, esto es, la única meta y razón de su tiempo, el eje y la iluminación de su transcurrir. Tom se lo figuraba casado y mayor, un pleno adulto con responsabilidades, pero no sabía. Esos días pasarían tan lentamente que quizá Janet tuviera que matarlos recurriendo a cualquier distracción, meses y años dominados por fechas vacías o entre paréntesis, de esas que uno sólo ansía que lleguen para dar paso a la siguiente y así poder deslizarse del desesperante ‘Aún es martes’ al impacientado ‘Qué largos los miércoles’ al esperanzador ‘Ya estamos a jueves’. En la vida de casi cualquiera, demasiadas noches de transición acumuladas.

Seguramente por eso Janet recibía con agrado las visitas de Tomás, coronadas unas horas más tarde por efusiones un poco maquinales y utilitarias, y era él quien procuraba espaciarlas, lo he dicho, en parte para no convertirse inadvertidamente en una razón menor de su tiempo (del tiempo de Janet tan sobrante), la costumbre obra milagros y confiere rango de necesidad a lo antojadizo y superfluo. Cuando se decidía, solía hacerlas en martes o en miércoles, porque tenía la impresión de que los lunes ella todavía estaba bajo el encantamiento de su breve estancia londinense y de que los jueves anticipaba ya la venidera: así pues, elegía los días de mayor abatimiento de la joven, de mayores hastío y despecho o incluso rencor hacia su amante, de mayor propensión a castigarlo sin su conocimiento y en silencio, es decir, sólo para sus propios adentros.

Aquel miércoles no fue distinto. Charlaron en la tercera planta de la librería, la más vacía de clientes, y, guarecidos por las estanterías, se ofrecieron un adelanto para la noche: Tomás ya se había hecho más ducho y le metió la mano bajo la falda durante un minuto largo, los lomos de unas obras de Kipling ante su vista, los dos de pie, los dos primitivamente excitados al primer contacto como es frecuente a las edades tempranas, los dos atesorando sus sensaciones para recuperarlas y revivirlas durante el resto de la jornada, hasta que volvieran a encontrarse en el modesto piso que ella ocupaba en St John Street, cerca del Museo Ashmolean y del elegante Hotel Randolph. Ni siquiera salieron a cenar para engañarse a sí mismos, él quedó en dejarse caer por allí hacia las nueve, no precisaban más preámbulos.

Permanecieron juntos algo menos de una hora, pasando en ese tiempo de la ilusión de lo anunciado a la leve melancolía de lo que recién sucedido ya no deja recuerdo ni por supuesto añoranza, y en realidad ha empezado a estar de más y a olvidarse mientras todavía está sucediendo: sexo higiénico y sin elaborar, sexo prescrito porque hay que tenerlo cada pocos días o a lo sumo semanas y quien no lo tiene es un paria y porque ya va tocando —más la idea que la práctica—, sexo desganado una vez consumado y al mirarlo retrospectivamente, tras el que predomina un pensamiento molesto: ‘Sentí la urgencia, pero la verdad es que bien podría habérmelo ahorrado, ahora que ha concluido sin alegría y más bien con lástima; no ha valido la pena; si pudiera retroceder me abstendría’. Y a la vez uno sabe que eso no es cierto: si pudiera volver atrás sentiría de nuevo la urgencia y seguiría adelante, elementalmente.

Tomás le tenía lástima a Janet, y no estaba seguro de que ella no se la tuviera a él igualmente. Ni siquiera se desvistieron, fue una verdadera prolongación de lo que habían iniciado por la mañana en la librería, como si el recuerdo de aquello hubiera durado en exceso y se hubiera impuesto a las nuevas y distintas circunstancias, como si éstas se hubieran sometido a lo que había acudido a sus mentes durante la jornada, en oleadas voluntaristas y ocasionales. Tom sí le quitó las medias —medias completas— y las bragas, a sí mismo sólo la gabardina y la chaqueta. La bragueta se la abrió y ya bastaba. Al terminar se fue presto al cuarto de baño para no manchar nada, y cuando regresó a la habitación Janet estaba echada de medio lado en la cama con la cabeza apoyada en la almohada y un libro en las manos, como si ya hubiera pasado a otra cosa o tuviera prisa por reanudar una lectura interrumpida por su llegada. Tenía la falda arrugada y subida hasta la mitad de los muslos, el reloj en la muñeca izquierda y un par de pulseras en la derecha, Tomás las había oído tintinear —un factor de distracción— durante las sacudidas, como también había visto balancearse sus pendientes —eran aros bastante grandes— mientras se afanaban de pie, ella inclinada con los puños sobre la colcha y él erguido detrás, no se habían preocupado de quitarse nada que no constituyera un estorbo. Ahora podía ser más la imagen de una mujer enfrascada en su lectura en un cuarto de hotel, esperando a que le viniera el sueño, que la de una que acabara de prestarse en su casa a una penetración juvenil: Janet era tres o cuatro años mayor que él, muy rubia, probablemente teñida, de rasgos finos pero asilvestrados y decididos, con unas bonitas cejas que se curvaban hacia arriba a medida que se alejaban de su inicio, más oscuras que su cabello. Tenía la boca muy roja, los incisivos separados que le aniñaban la sonrisa y unos ojos inquisitivos que recorrían aquellas páginas como si nada más les interesara en el mundo. Ni siquiera los alzó al volver él, pero notó su presencia y levantó la mano izquierda como diciéndole: ‘Aguarda un momento a que llegue a este punto’. Tampoco se había desprendido de los dos anillos que llevaba en esa mano, una especie de alianza en el dedo anular y una especie de sortija discreta de ónix en el corazón. Los dos podían ser regalo de su amante Hugh, pensó Tom, el primero como un simulacro de compromiso y el segundo para agasajarla.

—¿Cómo sigues con tu novio Hugh? ¿Tenéis planes de juntaros, de que te vayas a vivir con él? —le preguntó. No solía interesarse por nada de eso, menos aún inquirirle tan directamente, pero el nulo caso que Janet le hacía lo desconcertó e irritó. Nunca esperaba que después de aquellas sesiones esporádicas ella se mostrara cariñosa ni se acurrucara junto a él, y era lo último que deseaba; pero que se hubiera puesto a leer tan tranquila le pareció excesivo, era como si le diera a entender que había cumplido su función estrictamente física y le indicara la puerta de salida. No se le ocurrieron otras frases, otro tema, para reclamar su atención.

Ella cerró el libro, no del todo, dejó un dedo metido a modo de señal, y Tomás pudo ver bien la cubierta: The Secret Agent de Joseph Conrad, una edición de Penguin con su lomo gris. Le extrañó injustificadamente: nunca antes la había visto leer, pero dado que trabajaba entre volúmenes, lo anómalo habría sido que no los abriera ni se adentrara en ellos alguna vez.

—Con él nunca hay planes, sólo costumbre y repetición —contestó—. Está demasiado ocupado para hacerlos, incluso para pararse a pensar que el futuro va más allá del día siguiente, de la semana siguiente. Es de los que viven al día. Para él las cosas están bien como están. Prefiere que nada cambie.

—¿Y para ti? ¿Están bien?

—No, para mí no. Hace años que espero cambios. Sé que no se van a producir.

—¿Y entonces? —Tomás sintió repentina curiosidad, y se reprochó no haber hecho preguntas en anteriores oportunidades.

Janet sacó el dedo del libro, le dobló una hoja y lo dejó sobre la almohada. Se incorporó un poco, apoyó el codo en la cama y la nuca en una mano, y con la otra se acarició la melena, uñas largas esmaltadas, quizá meditaba si responder más o no. Debía de ser rubia original, pero de un color más apagado del que se le veía. Su pelo era fulgurante, de un amarillo escandinavo, tan intenso que resultaba inconfundible si uno la divisaba por casualidad en la calle; a veces parecía un casco de oro iluminado por un sol escondido, que sólo la alcanzara a ella entre las volanderas nubes de Oxford.

—Pues mira, acabo de darle un ultimátum —dijo con frialdad, y se le afilaron todos los rasgos como les ocurre a los muy ancianos, es un aviso de la muerte; como si nariz, ojos y boca se le hubieran vuelto de hielo cortante, también las bonitas cejas curvadas y el mentón—. Le he dado hasta el próximo fin de semana para que cambie la situación.

—Y si no, ¿qué harás? ¿Lo dejarás? Supongo que sabes que casi siempre los ultimátums se vuelven contra el que los da, le salen mal.

—Claro que lo sé, y en este caso más. No espero una reacción. No la que yo quisiera.

—¿No? ¿Y por qué aguardar una semana, entonces?

Se quedó un poco parada. Cogió un caramelo gordo de un bote de cristal que tenía en la mesilla de noche y se lo metió en la boca, en seguida Tom vio cómo se le abultaba un carrillo y después el otro, se lo pasaba como si en ninguno le cupiera del todo bien. Pensó.

—Bueno, la verdad es que siempre esperas algo, por muy convencido de lo contrario que estés. Esperas asustar, y que el otro se imagine cuánto te va a echar de menos, lo difícil que va a serle vivir sin ti. Pero nadie se imagina nada ni se toma en serio lo que se le anuncia. Claro que él está acostumbrado a no verme cinco días a la semana, así es como lo quiso desde el principio. No, no me voy a llevar una sorpresa. Simplemente me pareció que le debía eso, avisarlo, no tomar medidas sin advertirle antes y decirle cuáles iban a ser. Porque no me limitaría a dejarlo, eso se da por descontado. Le hundiría la vida. Irme sería muy poco, tras años de promesas incumplidas, si es que no falsas desde el primer día. A lo mejor sería un favor. Yo los he malgastado, he invertido mucho tiempo, me he tragado noches y noches de soledad. Los he perdido y nadie me los va a devolver. Apartarme sin más no me resarciría de eso. Si para mí todo ha sido un desperdicio, si para mí ha habido un perjuicio, es justo que también lo haya para él.

—Es casado —apuntó Tomás.

Janet cambió de postura y al hacerlo agitó las pulseras, subiéndoselas hasta el antebrazo, y lo miró de pronto extrañada, como si se preguntara por qué estaba hablando de aquello con él al cabo de tantos encuentros, por primera vez. Mordió un trozo de caramelo para que el volumen no le resultara tan incómodo e inmanejable en la boca. Había entreabierto los muslos y no se había vuelto a poner las bragas, allí seguían en el suelo (quizá ni siquiera se había limpiado mientras él había ido al cuarto de baño, acaso un signo de desesperación, sin duda de dejadez). Y aunque Tom acababa de visitar aquella zona, tuvo el impulso de regresar, volvió a sentir una inesperada urgencia a la que no se podía resistir, aunque seguramente era sólo visual. En su visita no había mirado, ella había estado de pie de espaldas a él. Y pensó fugazmente: ‘¿Cómo es esto posible? Hace nada pensaba que más me hubiera valido ahorrarme lo que ahora quiero otra vez’.

—Hoy estás preguntando mucho —le respondió Janet con recelo; y añadió, no tanto por satisfacer su curiosidad cuanto porque no se supo contener—: Si lees los periódicos, ya te enterarás. En todo caso es lo de menos. Lo de más es que es Alguien. —Así sonó, como si lo hubiera dicho con mayúscula, como si significara ‘un hombre importante’—. Y yo lo puedo convertir en Nadie, en uno que fue. Él lo sabe pero no se lo cree. Cree que no me atreveré, o que una vez más me amoldaré y me amansaré, y que continuará todo igual. Que se me pasará. Que el próximo fin de semana iré a verlo y me hará cuatro caricias y cuatro bromas y me olvidaré del ultimátum. Ese es uno de sus encantos, que es un optimista incorregible. Está convencido de que le irá siempre bien. En todo. En todo. Ojalá yo fuera así.

—¿Hugh es Alguien? —le preguntó Tom sin poder evitarlo—. ¿Y quién es? ¿Lo conozco yo?

—Eso sí que es mucho querer saber. Anda, estoy cansada. Es mejor que te vayas ya. —Lo dijo sin moverse, sin hacer el menor ademán de acompañarlo a la puerta, ni siquiera de ponerse en pie para darle un beso de despedida. Tomás veía lo que veía, el sexo aún húmedo y un poco abultado, le parecía que palpitara y sintió la llamada con más fuerza. Deseó entrar de nuevo en él o contemplarlo mejor, y al fin y al cabo, ¿qué se lo impedía? Nada. Se agachó para observarlo con descaro más de cerca y a la altura adecuada, y adelantó dos dedos hacia allí, lo visual como preludio de lo táctil, con frecuencia, no siempre, hay quienes sólo aspiran a mirar y abominan de todo contacto—. ¿Qué haces? —Janet lo interrumpió en seco con tono de incredulidad, casi de ofensa, cerrando los muslos como si se le viniera una daga y privándolo de la perspectiva—. ¿Qué te pasa esta noche? Te acabo de decir que estoy muy cansada. Cómo se te ocurre. ¿Hoy no tienes prisa por largarte? Pues yo sí la tengo por irme a dormir.

Tomás Nevinson detuvo los dedos en el aire y se avergonzó. ‘Sí, ¿qué hago?’, se preguntó. Improvisó sin convicción una excusa endeble, de las que uno no espera que sean creídas, solamente oídas y pasadas por alto:

—Me has malentendido, disculpa. Creía que se había quedado el tabaco en la cama, por ahí, debajo de ti. Debo de tenerlo en la chaqueta. —Se levantó, fue por ella, se la puso, sacó del bolsillo la cajetilla metálica, Marcovitch la marca, se llevó un cigarrillo a los labios, no se lo encendió. Ya que estaba de pie, se puso la gabardina también, se dispuso a marcharse, allí no tenía más que hacer y en realidad no quería más hacer—. Ya me contarás cómo te ha ido. Con el ultimátum. Que haya suerte.

—No la habrá... —Se quedó callada unos segundos y luego añadió, más para sí que para él—: Me da mucha pereza ponerlo todo en marcha, la venganza lleva trabajo y trae mucha tensión. Pero lo haré. Lo haré...

Janet dijo esto último con la mirada perdida y como por inercia de su voluntad. De pronto sonó agotada de verdad. Cogió The Secret Agent, lo abrió y lo miró con estupor. Fingió leer, como si le estuviera diciendo con su actitud: ‘Para mí te has ido ya’. Pero ahora no se enteraría de una sola línea. Tom se acercó, le hizo una caricia en la mejilla a modo de despedida, ella alzó la mano maquinalmente para devolverle el gesto, sin levantar la vista del papel, calculó mal, lo arañó levemente con sus uñas largas y le tiró el cigarrillo que sostenía en los labios. Tom apartó la cara pero no se quejó ni fue a mirársela a un espejo, había de ser un rasguño mínimo. El pitillo tampoco lo recogió, había rodado bajo la cama, seguramente. Ella no se dio cuenta del pequeño estropicio, los ojos clavados en las mismas páginas del libro como si estudiaran un mapa que debían memorizar.

Tomás salió a la calle, la noche estaba fresca. Se alejó unos pasos del portal, hasta la esquina de Beaumont Street, sacó otro Marcovitch y lo prendió, decidió fumárselo allí, mirando hacia las ventanas iluminadas del piso de Janet, la segunda e intempestiva urgencia no se le había disipado del todo pese a las reconvenciones, pero sabía que la noche estaba acabada y que en ningún caso cedería a ellas. Esperaba que esas luces se apagaran de un momento a otro, la joven asaltada por tanta fatiga tan súbita, y entonces ya no cabría ni la tentación. A la altura a la que estaba de St John Street no había farola, sí había una cerca del portal. Por eso vio y no fue visto. Iba a arrojar ya la colilla cuando apareció un hombre de mediana estatura y bastante fornido. Surgió de repente, no lo vio bajar de ningún coche y apenas si oyó sus pasos antes de que entrara en el haz de luz. Tenía el pelo ondulado y oscuro, vestía abrigo largo hasta media pantorrilla, negro o azul marino, como si con eso pretendiera parecer más alto y estilizado, el cuello se lo cerraba con bufanda gris claro cuidadosamente metida por dentro, y calzaba guantes del mismo color, como de corredor automovilístico, esos dos accesorios a intencionado juego. Le vislumbró el rostro unos segundos, una ráfaga, una instantánea movida: nariz de aletas anchas, ojos chicos y encendidos, mentón partido, la combinación resultaba atractiva al primer golpe de vista, el único para él. Tendría unos cuarenta años y se movía con resolución. Salvó los escalones con agilidad, de una sola zancada los tres. Lo vio llamar a un timbre, lo vio decir algo muy rápidamente (algo como ‘Soy yo, ábreme’, más no pudo ser) y en seguida se le franqueó la entrada. Se subió el cuello del abrigo y desapareció tras la puerta, que al instante se volvió a cerrar. Tomás Nevinson siguió mirando hacia arriba el tiempo de otro cigarrillo. Las ventanas continuaron iluminadas, pero no vio ninguna silueta. Aquel hombre iba a otro sitio, y ahora sí que él no tenía nada más que hacer allí.

Berta-15

 

Al día siguiente, al terminar uno de sus tutorials o clases individuales en los aposentos del recientemente incorporado y aún joven profesor o don Mr Southworth, en St Peter’s College, un policía de paisano estaba esperando fuera, respetuoso y paciente, a que concluyeran su lección. Dijo que quería hablar con Tom y le pidió a Southworth innecesario permiso para pasar. Éste preguntó si podía quedarse o si debía salir, a lo que el policía contestó que a su conveniencia y a la de Mr Nevinson, de momento sólo quería comprobar unos datos y hacer unas averiguaciones. Aquel ‘de momento’ no sonó muy bien. Se presentó como Inspector o Sargento o lo que quisiera que fuese, hizo preceder su nombre de uno o dos grupos de siglas —DS o DI o CID o DC— con las que Tomás no estaba familiarizado y que fue incapaz de retener, por lo que no le quedó claro su rango, sólo que pertenecía a la Oxford City Police y que se llamaba Morse. Los tres tomaron asiento —a Southworth le pudo la curiosidad, o cierto instinto protector de su brillante alumno— y el policía, un hombre serio de treinta y tantos años, ojos acuosos de color azul claro, nariz algo ganchuda, boca ondulada como si fuera un dibujo y contenida imperiosidad, le dijo, más que preguntarle:

—Mr Nevinson, anoche estuvo usted con Janet Jefferys en su piso de St John Street, ¿verdad?

—Sí, supongo que sí. ¿Por qué?

—¿Supone? —respondió Morse abriendo mucho los ojos con despectiva sorpresa—. ¿No está seguro de si estuvo allí?

—Lo que quiero decir es que, ahora que me doy cuenta, nunca he sabido su apellido, o si alguna vez me lo dijo fue hace tiempo y lo olvidé. Para mí es sólo Janet, trabaja en la librería Waterfield’s. Pero será ella, imagino, si vive en St John Street. He estado allí varias veces, desde luego, y anoche también, ¿por qué? ¿Qué ha pasado? ¿Y cómo lo sabe usted?

Morse no contestó a eso.

—¿No le parece un poco raro que yo, que sólo la he visto una vez, y no viva, sepa su apellido y en cambio usted no? ¿Tan superficial era su relación?

—¿No viva? ¿Qué quiere decir, no viva? —preguntó Tomás todavía con más incomprensión que alarma.

—Naturalmente, deduzco que sí estaba viva cuando se marchó. ¿Cuánto rato estuvo? ¿Y a qué hora se fue?

Tomás empezó a hacerse a la idea, o a asimilar las palabras como si fueran de verdad, porque las había oído con nitidez y en efecto eran de verdad. Palideció, notó un mareo y cómo lo acechaba una arcada, pero la controló.

—¿Ha muerto? ¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo puede ser? Yo estuve con ella hasta las diez o así, y se encontraba perfectamente. Estuve una hora entera con ella, más o menos de nueve a diez, y en ningún momento se sintió mal.

El policía se quedó callado unos segundos y lo observó con mirada interrogativa, como si esperara que añadiera más o descubrir algo en su expresión. Fueron los suficientes para hacer sentirse incómodo a Tomás y poner en guardia a Mr Southworth, que levantó una mano y abrió la boca como para intervenir. No lo hizo al final, quizá no había formulado mentalmente su frase, y era hombre de gran precisión. Así que se limitó a extender la palma de esa mano hacia Morse, como si le diera paso o lo instara a continuar. Como si fuera el director de una obra de teatro y urgiera a dar su réplica a un actor distraído u olvidadizo. Y lo consiguió:

—No tenía por qué sentirse mal —respondió Morse con una extraña mezcla de dureza y suavidad—. La muerte se la causaron sus medias, con las que fue estrangulada. En la medida en que podemos saberlo, hacia la hora en que usted se fue. O un poco antes o un poco después.

La percepción del peligro se activa tan rápidamente como el instinto de supervivencia, y Tom Nevinson ya no pensó en lo que le había sucedido a Janet, en que estaba fuera del mundo y además había sido expulsada de la peor manera posible, sin aviso y sin oportunidad para prepararse, resistiéndose a la decisión de alguien y a su supresión, luchando en balde, sin dar crédito a lo que le estaba pasando, tratando de pedir auxilio y sin poder emitir ni un sonido. Ni siquiera pensó en lo raro que ha de ser dejar de existir, en la incredulidad que debe de producir en quien aún tiene conciencia, hasta que ésta se apaga, por así decir. Lo que pensó fue en cambio esto: ‘Esas medias se las quité yo anoche con despreocupación y quién sabe si no les hice una carrera o las rasgué sin querer; quedaron tiradas por el suelo como sus bragas, nadie las recogió, desde luego yo no me molesté, no me tocaba. Quién podía imaginar que se les daría ese uso, alguien las vio allí y se le ocurrió, alguien tétrico, asesino, cómo es posible: un asesino. Esas medias completas tendrán mis huellas dactilares por tanto, y no las del hombre fornido que llegó después, sin duda no se quitó s

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