Terror de Estado

Louise Penny
Hillary Rodham Clinton

Fragmento

Capítulo 1

1

—Señora secretaria —le dijo Charles Boynton a su jefa mientras la seguía a toda prisa hacia su despacho en la séptima planta del Departamento de Estado, la de los cargos de máxima responsabilidad—, tiene ocho minutos para llegar al Capitolio.

—Está a diez minutos de aquí —repuso Ellen Adams al tiempo que echaba a correr—, y tengo que ducharme y cambiarme. A menos que... —Se paró y se volvió hacia su jefe de gabinete—. ¿Puedo ir así?

Levantó los brazos para que la viera bien. La súplica en sus ojos era inequívoca, igual que el nerviosismo de su voz... y el hecho de que parecía que acababa de arrastrarla alguna máquina agrícola oxidada.

Boynton crispó la cara como si le doliera sonreír.

A sus casi sesenta años, Ellen Adams era una mujer de estatura media, delgada y elegante. Su buen gusto para la ropa y el Spanx que llevaba debajo disimulaban su debilidad por los petisús. El maquillaje, sutil, resaltaba sus ojos azules y despiertos sin pretender ocultar su edad. No necesitaba pasar por más joven de lo que era, aunque tampoco quería parecer mayor.

Su peluquero le ponía un tinte, preparado especialmente para ella, que se llamaba «Rubio Prestigioso».

—Con todo respeto, señora secretaria, parece una indigente.

—Menos mal que te respeta —susurró Betsy Jameson, mejor amiga y consejera de Ellen.

La secretaria Adams llevaba veintidós horas trabajando sin descanso. Su interminable jornada había empezado ejerciendo como anfitriona en un desayuno diplomático en la embajada de Estados Unidos en Seúl, y había incluido desde conversaciones de alto nivel sobre seguridad regional hasta esfuerzos para evitar el fracaso inesperado de un acuerdo de comercio de vital importancia, para terminar con una visita a una fábrica de fertilizantes situada en la provincia de Gangwon, simple tapadera, en realidad, de una breve incursión en la zona desmilitarizada.

A continuación, había vuelto sin fuerzas al avión y, nada más despegar, se había quitado el Spanx y se había servido una gran copa de chardonnay.

Había dedicado las horas siguientes a enviar informes a sus ayudantes y al presidente, y a leer —o a intentarlo— las notas que iban llegando. Al final, se había quedado dormida con la cara apoyada en un informe del Departamento de Estado sobre el personal de la embajada estadounidense en Islandia.

Se había despertado de golpe al notar la mano de su ayudante en el hombro.

—Señora secretaria, estamos a punto de aterrizar.

—¿Dónde?

—En Washington.

—¿El estado? —Se incorporó y se pasó los dedos por el pelo, levantado como después de un susto o de una idea genial.

Tenía la esperanza de que estuvieran en Seattle para repostar y abastecerse de comida, o por algún contratiempo fortuito en pleno vuelo. Y era eso: un contratiempo, pero sin nada de mecánico ni de fortuito.

Se había quedado dormida, y aún tenía que ducharse y...

—Washington D.C.

—Dios mío, Ginny... ¿no podrías haberme despertado antes?

—Lo he intentado, pero se ha puesto a farfullar y ha seguido durmiendo.

Ellen lo recordaba vagamente, pero había creído que era un sueño.

—Gracias por intentarlo. ¿Tengo tiempo de lavarme los dientes?

Se oyó la señal de cinturón obligatorio, activada por el capitán.

—Me temo que no.

Se asomó a la ventanilla del avión oficial, el «Air Force Three», como lo llamaba en broma, y reconoció la cúpula del Capitolio, donde la esperaban.

Vio su reflejo: estaba despeinada, tenía el rímel corrido y la ropa de cualquier manera. Los ojos, inyectados en sangre, le escocían por culpa de las lentillas. Había transcurrido apenas un mes desde la investidura, ese día luminoso, deslumbrante, en que el mundo era nuevo y todo parecía posible, pero ya le habían salido algunas arrugas de preocupación y nervios.

Cómo amaba su país, ese faro glorioso y averiado...

Tras levantar y dirigir durante décadas un imperio mediático internacional que para entonces englobaba varias cadenas de televisión —entre ellas una dedicada por completo a las noticias— y un gran número de periódicos y webs, lo había puesto todo en manos de la generación siguiente: su hija Katherine.

Había pasado cuatro años viendo cómo su amado país agonizaba y por fin estaba en condiciones de ayudarlo a sanar.

Desde la muerte de su querido Quinn, no sólo se había sentido vacía, sino intrascendente, y esa sensación, lejos de disminuir con el paso del tiempo, había ido ahondándose como un gran abismo. Notaba que cada vez le hacía más falta involucrarse, ayudar, paliar de algún modo el sufrimiento en lugar de informar sobre él. Dar algo a cambio.

La oportunidad le llegó de quien menos lo esperaba: Douglas Williams, el presidente electo. Qué rápido podía cambiar la vida... y no siempre a peor.

Y ahí estaba, sentada en el Air Force Three como secretaria de Estado del nuevo presidente.

El cargo le permitía rehacer puentes con los aliados tras la incompetencia casi criminal del gobierno anterior. Podía recomponer relaciones cruciales o lanzar advertencias a países hostiles que pudieran tener malas intenciones y la capacidad para cumplirlas.

Estaba en posición de impulsar los cambios de los que hasta entonces se había limitado a hablar, podía convertir en amigos a los enemigos y mantener a raya el caos y el terror.

Y sin embargo...

Ya no veía tanta convicción en su reflejo. Era como tener delante a una desconocida, una mujer cansada, despeinada, exhausta, envejecida. Quizá también fuera más sabia. ¿O quizá sólo más cínica? Esperaba que no, aunque le extrañó que de repente le costara distinguir entre ambas cosas.

Cogió un pañuelo de papel y lo humedeció con la lengua para quitarse el rímel. Después se alisó el pelo y le sonrió a su reflejo.

Era la cara que tenía siempre preparada y con la que a esas alturas ya estaban familiarizados la opinión pública, la prensa, sus colegas y los mandatarios del resto del mundo: la de la secretaria de Estado que representaba con aplomo y elegancia a la primera potencia del planeta.

Pero no era más que una fachada. En esa cara como de fantasma, Ellen Adams vio algo más, algo horrible que ella procuraba no enseñar nunca, ni siquiera a sí misma, pero que había aprovechado la fatiga para saltar sus defensas.

Vio miedo y algo estrechamente emparentado con el miedo: la duda.

¿Era real o falso ese enemigo íntimo que le decía en voz baja que no era lo bastante buena, que no estaba a la altura del cargo, que sus meteduras de pata pondrían en peligro las vidas de miles, quizá millones, de personas?

Lo ahuyentó al darse cuenta de que no le aportaba nada, pero lo oyó susurrar, mientras desaparecía, que aun así podía tener razón.

Tras aterrizar en la base aérea Andrews, la hicieron subir con prisas a un coche blindado donde siguió leyendo informes, d

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