Alguien llamó a la puerta; así empezó todo.
Él, cuando lo recuerda, tuerce el gesto. Cierra los ojos y se pasa una mano por la cara. Es un feo recuerdo en una cabeza llena de recuerdos feos y puede rebrotar por el detalle más nimio: la electricidad en el aire antes de una tormenta, el penetrante olor a ozono después de un fuerte aguacero. Sentado a una mesa enfrente de una chica nueva o de un nuevo colega de profesión, y por lo tanto desprevenido, podría abismarse en el recuerdo, sabiendo que de todos modos ni la chica ni el colega le van a durar mucho. Se le enturbia la vista y una neblina de chiribitas discurre frente a sus ojos, como si estuviera mirando una luz muy intensa.
«Creo que hay alguien fuera», había oído decir a la vieja.
Era domingo, pasadas las diez de la noche, y seguramente estaban ya por acostarse.
La casa era de riguroso estilo Tudor y tamaño mediano, diseñada para aguantar lo que le echaran, todo, aparentemente, salvo la lluvia. A través de la luna de cristal ahumado de la puerta, el niño distinguió en el recibidor la presencia de dos o tres cubos para las goteras, y quizás por eso no lo oyeran llamar la primera vez. El chico insistió, retrocedió unos pasos y contempló la casa. Parecía demasiado grande para un matrimonio de edad, pero tenía algo, cierta personalidad, que no casaba con los sitios estrechos y de paredes finas en los que él había vivido.
Algo tenía que tener la casa, estando como estaba en el quinto infierno.
Fue la vieja quien abrió la puerta. Después llamó a su marido. Parecía mayor incluso que ella y se movía con dificultad. Cuando asomó la cabeza por detrás de su mujer y vio al niño que tiritaba en el umbral, se ajustó las gafas, sorprendido. El chico estaba hecho un palillo, pálido y tenía los ojos vidriosos. Llevaba una camiseta y un pantalón, nada más, y ambas prendas empapadas. El anciano matrimonio miró hacia el exterior, pero daba la impresión de que el niño estaba solo.
La mujer frunció el entrecejo, se agachó un poco.
–¿Estás bien, pequeño?
El chico se quedó allí tiritando, callado.
Tras mirar otra vez hacia la oscuridad, ella le cogió de la muñeca, lo hizo entrar con suavidad en la casa y cerró la puerta.
–Está helado –le dijo a su marido mientras conducía al niño hacia la habitación principal.
El viejo echó el cerrojo a la puerta delantera, pasó los pestillos y los siguió, mirando las húmedas huellas que el recién llegado iba dejando en las baldosas del suelo.
No llevaba zapatos.
–Yo soy Dot –dijo la mujer–, y él es Si.
En vista de que el niño no decía nada, Dot se encogió de hombros. Buscó una manta y fue a hervir un poco de agua. Si se sentó en el sofá y empezó a retorcerse las manos. Calculó que el niño tendría siete u ocho años, aunque parecía mayor debido a las ojeras. Tenía la vista fija, un tanto ida. Miraba al frente sin más. Cuando Dot volvió con una botella de agua caliente, Si la cogió y tocó con afecto el brazo de su mujer. En ese instante, los ojos del niño se desviaron hacia ellos, como si aquel gesto le resultara muy poco familiar.
–¿Nos dices cómo te llamas? –preguntó Dot, al tiempo que levantaba la manta y aplicaba la botella de agua caliente al cuerpo del niño. Este empezó a tiritar con más violencia hasta que sus dientes sonaron como si un bebé agitara un sonajero. Vieron que cerraba los ojos con fuerza y que apretaba las mandíbulas para dominar el tembleque.
–¿Habrá que llamar a la policía? –le preguntó Dot a su marido.
Él asintió y ya estaba en pie, contento de poder hacer algo práctico. Mientras esperaban, ella le pasó al niño la mano por la cabeza; parecía que le hirviera la sangre.
–Dot… –la llamó Si desde el pasillo.
–Ya voy, espera –dijo ella.
Cuando la mujer abandonó el salón, el niño apartó suavemente la manta que lo cubría y fue hasta el interruptor que había junto a la puerta. Lo accionó varias veces, apagando y encendiendo la luz, y luego asomó la cabeza al pasillo. Si y Dot estaban muy serios junto al teléfono tras descubrir que no había línea. El niño fue hasta el porche caminando sobre las plantas de los pies descalzos, descorrió los pestillos de la puerta principal y la abrió.
Una forma humana emergió entre las sombras y avanzó lentamente hacia él. Había dejado de llover y ahora había estrellas en el cielo que el niño nunca había podido ver en la ciudad. La forma, un hombre, se aproximó, más oscura que la noche.
–Buen chico –le dijo en voz baja al niño.
Tenía la cara chata y de rasgos afilados, y su semblante parecía entrenado para no revelar absolutamente nada. Era su cuerpo el que hablaba por él, con su complejo e intrincado entramado de músculos y venas que parecía almacenar todo el odio del mundo. Sostenía un martillo de orejas en la mano derecha enguantada y con la izquierda le alborotó los cabellos al niño.
De pronto, retiró la mano con gesto de maravillada sorpresa.
Había sacado una moneda de detrás de la oreja del chaval. Se la tendió para que la cogiera.
–¿Qué se dice, Wally?
–Gracias, Bateman –dijo el niño, aceptando la moneda con gesto solemne.
Luego se sentó en el porche mientras Bateman se adentraba en la casa.
–Eh, oiga… –oyó decir al viejo–. ¿Qué está usted…
Sonó un golpe sordo y húmedo. Algo chocó contra el suelo.
La anciana se puso a gritar.
–¡No! ¡Nooo!
Otro golpe sordo y húmedo, ruido de algo cayendo al suelo. El niño aguzó los oídos y pudo distinguir un gemido grave en el interior; un borboteo; quizá otra palabra. Tal vez el nombre del marido. Luego, dos pasos más, un golpe final y silencio absoluto.
El niño cerró la mano sobre la moneda que Bateman le había dado. Miró hacia la oscuridad. Empezó a salivar y unos puntitos de luz atravesaron su campo visual. Al principio fue solo un leve resplandor, pero luego empezaron a pasar con mayor rapidez y abundancia, hasta caer como un chaparrón frente a sus ojos. Como si en vez de estar mirando la negra noche, tuviera delante una luz muy intensa.
I
Ciudad a medianoche
1
Aquel año el calor era terrible. Los días en estado febril se hacían interminables y uno se preguntaba después si aquello lo había vivido o no. Entre el zumbido de los aparatos de aire acondicionado y el tintineo de hielo en los vasos, casi se podía oír el lento goteo de la gente volviéndose loca. La ciudad estaba esplendorosamente iluminada, como si uno se viera obligado a vivir dentro de una explosión interminable; las noches, cuando llegaban por fin, tenían un aire de alucinación, tan cargadas de electricidad. Veías las chispas –ellas con sus prendas veraniegas, ellos con sus deslumbrantes dentaduras– por todas partes.
Sus rostros adquieren un aire especial entre la medianoche y las seis de la madrugada, entrando o saliendo de bares, besándose en las esquinas, caminando por las aceras con un balanceo de brazos. Lo que les haya pasado ha quedado atrás y, al menos durante unas horas, creen que no habrá un mañana. La mayor parte son estudiantes, chicos y chicas que se refugian de la crisis económica cursando licenciaturas que no les servirán para nada. El resto trabaja a cambio del salario mínimo y solo piensa en el fin de semana. Cuando yo los veo viven el presente, para bien o para mal, y la duda –que es su postura predeterminada en las horas diurnas– ha sido reemplazada por una suerte de certeza. Después de ciento veinte turnos de noche seguidos, tenía la sensación de haber cumplido seis meses de una cadena perpetua.
Mi particular certeza, ya puestos.
En fin, observaba los rostros jóvenes entre la medianoche y las seis de la madrugada. Veía pasar, literalmente, la vida ante mis ojos. Saludaba con un gesto de cabeza cuando ellos lo hacían, sonreía si me sonreían, procuraba vivir el presente. No levantaba la cabeza e intentaba ver el lado positivo, las chispas, cuando me era posible.
Cuando nos avisaron estábamos ya en Wilmslow Road, una especie de autopista de unos nueve kilómetros de longitud que enlaza la zona rica al sur de la ciudad con el intrincado centro urbano. Es la ruta de autobuses más transitada de Europa y siempre está repleta de taxis, autobuses de dos pisos, oficinistas y luz a raudales. Y, últimamente, también de incendios provocados en los cubos de basura metálicos que flanquean la calzada. Como eran incendios de baja prioridad, por no decir insignificantes, y siempre prendían después de atardecer, nos tocaba acudir a nosotros, el turno de noche.
En el equipo había solo dos miembros permanentes.
Los inspectores jóvenes hacían rotaciones, solo por aquello de decir que habían cumplido, mientras que algunos de los eventuales trabajaban unos turnos al mes para cubrir nuestros días libres. Pero estar permanentemente en el turno de noche significaba no tener vida o no ascender en el escalafón, una de dos. Yo, en los pocos años que llevaba en el cuerpo, había conseguido satisfacer ambos requisitos.
El pequeño incendio estaba ya apagado cuando llegamos nosotros. Quedaban los rescoldos. Mi compañero y yo hicimos algunas preguntas y nos disponíamos a regresar cuando vimos que una muchedumbre se congregaba al otro lado de la calzada. Miré la hora y fui hacia allí sorteando el tráfico.
Estaban preparándose para velar a un muchacho llamado Subhi Seif, Supersize para los amigos. Hasta hacía solo unas horas, Supersize era un estudiante de dieciocho años que vivía en una ciudad por primera vez en su vida. Había visto cómo atracaban a una chica y había corrido en pos del hombre en cuestión. Se había lanzado a la calle sin prestar atención a los coches y acabado bajo las ruedas de un autobús.
El atracador escapó.
Una docena de amigos de Supersize estaban allí de pie, alineados junto a las antorchas, las luces ultravioletas y las flores depositadas en tributo al amigo muerto. Ponían canciones tristes en sus teléfonos móviles y se iban pasando latas de cerveza fría. Les recordé que tuvieran cuidado al cruzar la calzada y volví al coche, donde me esperaba mi compañero. Llevábamos un BMW negro mate, sin identificar, que sin embargo los delincuentes podían calar a la primera. Sobre todo por el tío que solía embutirse en el asiento del copiloto, mi superior, el inspector jefe Peter Sutcliffe. A simple vista, o era poli o era delincuente, y yo aún no estaba seguro de cuál de las dos cosas se acercaba más a la verdad.
–¿Cómo están los McNuggets de pollo? –dijo, sin levantar la vista de la sección de deportes.
Sutcliffe era uno de los grandes enigmas de la naturaleza. ¿Había nacido piltrafa humana o había acabado convirtiéndose en tal por culpa de su desafortunado nombre? La americana, que su corpachón amenazaba con reventar por todas las costuras, parecía empapada en sudor, y el hombre desprendía tal cantidad de calor que estábamos con las puertas del coche abiertas.
–¿Quién ha llamado? –dije, señalando con la cabeza al escáner, motivo de que él me hubiera hecho señas para que volviese.
Sutcliffe pasó una página, sorbió por la nariz.
–El Payaso de McDonald’s ha golpeado de nuevo. –Yo esperé a que continuara, cosa que hizo tras suspirar mientras doblaba el periódico–. Agresión sexual, acoso, algo parecido…
–¿O algo parecido?
La cara, el cuello, el cuerpo de Sutcliffe mostraban hinchazones cambiantes en los sitios más extraños, y su piel tenía una permanente palidez cadavérica. Como si hubiera sobrevivido a un embalsamamiento. En el cuerpo nadie le llamaba por el apellido completo, sino Sutty a secas, para evitar que los ciudadanos se inquietaran todavía más.
–Hostia, qué calor. –Se pasó una mano por el ralo y grasiento cabello–. Cualquier diría que me han hecho una transfusión con sangre del puto Freddie Mercury. –Levantó la vista al acordarse de mi presencia y me dedicó una sonrisa amarillenta–. Bueno, ya me conoces, Aid. En cuanto oigo que va de algo sexual, desconecto. Pero vamos a Owens Park, si te apetece investigar…
Agresión sexual o algo parecido…
Si algo odiaba Sutty más que a las mujeres jóvenes, era a mí. Le miré aplicarse el desinfectante que utilizaba de manera compulsiva cada vez que yo entraba o salía del coche. Parecía que se regodeaba en el acto de frotarse las manos. Para que la cosa no decayera, le dediqué una sonrisa. Luego puse el intermitente y me incorporé al tráfico.
2
Llegamos a Owens Park cuando era casi medianoche. Allí están ubicadas las residencias estudiantiles más grandes de la ciudad, que albergan a más de dos mil jóvenes, la mayoría de ellos de primer curso. El campus, situado en un terreno amplio y frondoso, comprende cinco bloques principales, incluida una torre que descuella sobre los árboles y puede verse desde la calle. Los edificios grises casan mal con el verdor del entorno. El sueño húmedo de los nacidos en los primeros años de la posguerra. Habían sido construidos en los sesenta para durar, pero ya parecían amenazar ruina. Corrían rumores de que quizá lo demolerían todo para empezar de cero, pero cuando llegara el momento los bloques se encontraban en un estado sería ya penoso. De hecho, buena parte de la ciudad parecía un solar en construcción.
Aparqué. Miré a Sutty.
–¿Vienes?
–Eso es una pregunta personal. Tú avisa si hay que registrar el cajón de las bragas. –Cogió otra vez el periódico–. A ti se te dan muy bien las niñas…
Bajé del coche haciendo caso omiso de su sarcasmo, agradecido en el fondo de no tener que soportar su compañía. Sutty y yo éramos dos tipos diferentes de poli malo. Que nos hubieran puesto juntos era una especie de castigo tanto para él como para mí, y ambos intentábamos ponerle las cosas al otro lo más difíciles posible. Eso era lo único que teníamos en común.
Crucé la cancela y seguí las deslumbrantes luces blancas. Me llegó el olor a hierba recién cortada y sentí una palpitación. Nunca había vivido en el campus, pero de joven me había colado en alguna fiesta o había ido a ver a algún amigo. Fue raro pensar que ya no mantenía contacto con ninguno de ellos, que docenas de personas hubieran ocupado aquellas habitaciones, aquellas camas, aquellas vidas, en los años transcurridos. Tuve por momentos la sensación de estar entrando en mi pasado, de cruzar la verja del País de Nunca Jamás. Oí una risotada y vi pasar corriendo a una adolescente perseguida por un chico con una pistola de agua gigante. Los vi perderse en la oscuridad, riéndose todavía. Eso reafirmó una verdad tan cruel como universal: yo envejecería; Owens Park siempre tendría dieciocho años.
Miré el mapa del campus, localicé el bloque que estaba buscando, llamé a un piso de la primera planta y esperé. El lugar estaba misteriosamente silencioso y volví la cabeza. Sentí el poder latente del calor del día que la hierba parecía irradiar. Más allá había otro bloque gris de edificios; las ventanas iluminadas parecían mirarme. Oí el chasquido del cerrojo de la puerta y me volví para abrirla.
3
Crucé el recibidor, donde había varias bicicletas de paseo, bajo la luz de una bombilla pelada. Subí las escaleras. El edificio estaba mal ventilado, lo habían construido hacía décadas, cuando era impensable que en aquella ciudad hubiera olas de calor. Noté cómo empezaba a sudar. Se oía conversar a gente tras las puertas cerradas. Olores adolescentes: a desodorante, alcohol, drogas.
Aquello era como una olla a presión.
En el rellano había un chico que se paseaba de un lado al otro. Era negro. Guapo y con un chándal oscuro y elegante. Echó un trago de un vaso grande escarchado y frunció el ceño al verme.
–Pensé que sería una mujer.
Me detuve en seco.
–¿Qué clase de servicio estaba esperando? –dije.
Soltó un bufido, se acercó un poco y bajó la voz. El vaso olía a menta.
–He llamado por lo de mi amiga. Y ella no sabe que lo he hecho. Pensaba que enviaban a mujeres para cosas de chicas…
–¿Cosas de chicas?
Asintió con la cabeza.
–Ya lo he explicado al llamar. ¿Es que no se hablan entre ustedes?
–Los partes no se expresan tan bien como usted, señor…
–Earl.
–¿Eso es el nombre o el apellido?
–Es lo único que pienso darle. ¿Y a usted qué le llaman? Quiero decir a la cara…
–Waits –respondí con una sonrisa.
Se me quedó mirando. Pensando.
–Vaya –dijo por fin. Me llevó a una zona de cocina y salón comunitario–. Espere aquí. Voy a buscar a Soph.
Me llegaron sonidos de ambiente procedentes del pasillo, música hip-hop, pero en la sala no había nadie más. Como era de noche y las luces estaban encendidas, me vi reflejado en el espejo oscuro de la ventana. Encima de la mesa había bandejas de hielo picado, menta, azúcar y lima. También una hilera de copas de sorbete y una botella de ron.
A través de una puerta oí que una chica decía: «¿Qué?».
Me senté a esperar bajo las despiadadas lámparas fluorescentes. Al cabo de un minuto o dos, Earl volvió a entrar, fue adonde estaban las bandejas y empezó a prepararse una copa sin mirarme. Sus movimientos eran los de un barman profesional; incluso hizo girar la botella de ron con una mano.
–Trabajo en The Alchemist –dijo, al ver que me fijaba. Era un famoso bar de Spinningfields donde uno podía infligir un duro castigo a su cuerpo y a su cuenta bancaria–. Tenga.
Me pasó la copa. Era un mojito.
–Estoy de servicio –le dije cogiendo el vaso.
–No es para usted, Sherlock. A ella quizá le vendrá bien, ¿no?
Salió al pasillo, me señaló con un gesto la puerta por la que acababa de pasar y volvió a su habitación. Cogí el combinado (el vaso estaba tan frío que me dolieron los dedos), fui hasta la puerta que me había indicado y llamé.
No sabía qué iba encontrarme.
–Hola –dijo una voz temblorosa, del sur.
La habitación olía un poco a loción solar y la chica era muy joven. Estaba sentada en la cama con unos vaqueros cortados y un chaleco. Los hombros se le estaban poniendo rojos por el sol, pero el resto de su piel relucía de muchas semanas tomando vitamina D. Tenía pecas en torno a los ojos y una cara en forma de corazón. El aire que desplazaba un ventilador de sobremesa le agitaba el pelo, que era castaño y tenía las puntas teñidas de rubio. Se le veían varios cardenales en las piernas, pero me alegró comprobar que no parecía alterada ni afligida. Solo un poco avergonzada. Un poco enfadada. Cerró el portátil y lo dejó a un lado.
–Me esperaba alguien mayor… –dijo.
–Bueno, tengo el hígado de un pensionista. –Eso la hizo casi sonreír. Le pasé el mojito que Earl me había dado–. Me llamo Aidan Waits, inspector de policía.
–Yo, Sophie.
–¿Quieres que vayamos a hablar a la cocina?
Se lo pensó un momento, y luego dijo:
–No, aquí está bien. ¿Puede cerrar la puerta, por favor?
Lo hice, y luego señalé una silla de un rosa imposible arrimada al escritorio.
–¿Puedo? –dije. Ella asintió con la cabeza. Tomé asiento–. Parece que ese amigo tuyo de fuera está preocupado por ti.
–Earl es buen tío…
–Pero no suelta prenda.
–Me ha sorprendido que les llamara, porque detesta a la policía. Bueno, quiero decir…
–Tranquila, Sophie, estoy más o menos de su lado. Ahora bien, a veces somos útiles. Digo yo que si ha decidido llamar es porque se trata de algo serio. ¿Por qué no me lo cuentas desde el principio?
–Bueno, soy de primer curso…
A juzgar por el tono en que lo dijo, se diría que eso lo explicaba todo.
–No es ningún delito. ¿Qué estudias?
–Literatura inglesa.
–Ya, me suena.
–No creo que me sirva de mucho en el mundo real –dijo la chica.
–A veces el mundo real tampoco sirve para gran cosa.
–Es verdad. –Sophie se llevó el vaso a la frente, lo hizo rodar brevemente de izquierda a derecha y luego tomó un trago–. Bien, la semana pasada fui a un club. Por cierto… –Alargó el brazo para coger un folleto arrugado que había sobre la mesa y me lo pasó.
«Incognito.»
La foto era de una mujer joven en uniforme colegial. El texto estaba pensado para atraer a estudiantes de primero a un club nocturno. «Entrada libre y gratuita.» Incluye el control de natalidad, o eso contaban. La mayor parte de las chicas picaban una vez. Se tomaban su consumición gratis, soportaban las calenturientas miradas de la clientela habitual y luego se marchaban. Pero de vez en cuando te llegaba alguna que otra historia de terror. La entrada para varones costaba veinte libras, y muchos tíos querían sacarle todo el partido posible. Yo había visto las largas colas que se formaban en la calle.
Le devolví el folleto.
–Sí, esto también me suena.
–Conocí a un tal Ollie. Mayor pero, bueno, agradable. Bien vestido y tal. Allí dentro, al menos, me pareció el no va más.
Yo tenía una idea clara de lo que podía significar el «no va más» en Incognito. Sophie se frotó las manos en la cama sin darse cuenta–. Fuimos a su piso y…
–Si prefieres hablar con una agente, no hay problema.
Negó con la cabeza.
–Nos acostamos, fue bastante bien.
–¿Esos moretones? –dije, señalando las marcas que tenía en las piernas.
–Ah, no, no. Siempre voy en bici. Es una de las cosas que me gustan de aquí. Mire, la noche estuvo bien, lo que pasa es que él lo filmó y… –Calló de repente, bajó la vista.
–Y ahora te amenaza con ello.
La chica se puso colorada.
–Yo no sabía que la gente hacía eso. –Echó otro trago largo del mojito–. Me dijo; no, me dio a entender que si no aceptaba verle otra vez, lo colgaría en internet.
–Deduzco que tú no quieres volver a verle.
Sophie negó con la cabeza.
–¿Sabes el apellido de ese tal Ollie?
–¿Qué piensa hacer?
–Hablar con él.
–¿Ahora?
–No dejes para mañana…
–Pero ¿no es un poco tarde?
–Cuanto más tarde, mejor, así se dará cuenta de lo serio que es este asunto.
–… ¿Y lo es?
Vi claramente que intentaba echarse atrás.
–A ese amigo tuyo de fuera le parece que sí. Y creo que le doy la razón. Ollie intenta chantajearte para que hagas algo. Algunos hombres no conocen otra manera de conseguirlo.
–No sé cómo se apellida. –Apartó la vista–. Dios, pensará usted que soy una…
–Yo no pienso nada. ¿Puedes describírmelo?
–Mayor que usted. Treinta y tantos, diría. Y, bueno, digamos que con unos kilos de más. Cabellos de un tono pelirrojo claro, como si estuvieran perdiendo color.
–Se puso en contacto contigo por lo del vídeo. ¿Intercambiasteis números de teléfono?
Negó con la cabeza.
–A la mañana siguiente, me levanté y salí de allí pitando. Fui tan tonta que me dejé la chaqueta con el carnet de estudiante dentro. Hoy me ha mandado un mensaje.
–¿Dónde vive Ollie?
–En los Quays. Pero no estoy segura del edificio; diría que el más grande.
–¿Puedo ver ese mensaje?
Me miró apenas una fracción de segundo.
–Preferiría que no.
Era la primera vez que daba muestras de agobio. Me alegré de que Earl hubiera decidido llamarnos.
–Sería de gran ayuda saber en qué consiste la amenaza; saber lo mismo que tú.
–Entonces ¿la cosa ya es oficial? Bueno, quiero decir que yo no les llamé. Fue Earl. –Hizo una pausa–. Mis padres me matarían.
Lo pensé un momento y luego dije:
–Si me enseñas el mensaje, sabré lo mismo que tú. Si puedo dar con él y te parece bien, podría tener unas palabras en plan informal.
–Es que hay una foto.
–Quedará entre tú y yo.
–No tiene usted mucha pinta de cura. Y no se ofenda…
Me recosté en la silla para darle un poco de espacio.
–Es la cosa más bonita que me han dicho en meses.
Finalmente se decidió. Abrió el portátil, giró la pantalla hacia mí y luego miró a la pared. «Me ha encantado tu debut. Creo que podrías triunfar. Pero ¿habría que hacer pública esta imagen? Quizá deberías volver por aquí y convencerme de lo contrario ;) besos.»
Al pie del texto había una archivo gif. Repetía en bucle un segundo de vídeo. En él se veía a Sophie, desnuda, sentada en una cama, riéndose. Parecía colocada. Giré de nuevo la pantalla hacia ella, me levanté y puse una tarjeta mía encima de la mesa.
–Deja que yo me ocupe.
4
Volví al coche. Al subir noté enseguida el olor del desinfectante con que Sutty había frotado las superficies. Cuando cogí la radio, estaba resbaladiza.
–La demandante no quiere poner una denuncia de momento, cambio.
A efectos de comisaría, eso cerraba el caso.
–¿Qué tal ha ido? –preguntó Sutty, removiéndose en el asiento–. ¿Algún sospechoso? –Yo bajé la ventanilla para poder respirar, puse el motor en marcha y arranqué–. A ver si lo adivino. La chica era más fea que un culo granujiento pero dice que un tío se arriesgó hasta el punto de besárselo.
Seguí conduciendo.
Sutty no tenía familia ni amigos, que yo supiera. Decían que antaño había sido un inspector con porvenir, antes de volverse adicto a las tragedias humanas y dejarse seducir lentamente por el turno de noche. De eso hacía unos diez años. Ahora, no vivía para otra cosa. Nuestro trabajo, básicamente, consistía en patrullar, ir de un lado a otro en busca de líos, lo cual nos inducía a imaginar que nos esperaba un verdadero trabajo detectivesco. La oportunidad de investigar algo hasta el final. Pero el sueño solía terminar por el simple hecho de pasarles nuestros casos a los del turno de día. Muchas veces nos los devolvían, totalmente desfigurados, la noche siguiente, y si no desfigurados, sí al menos sin el debido seguimiento. Éramos agentes de paisano y dependíamos oficialmente del departamento de Investigaciones Criminales, cosa que ellos rara vez reconocían. Los de uniforme nos trataban con la mínima dosis posible de respeto. Yo estaba en esto a la fuerza.
Pero a Sutty, en cambio, le encantaba.
Sentía a la vez atracción y repulsión por las personas. Los chicos eran todos unos mírame y no me toques y unos cabronazos, mientras que las chicas eran todas unas zorras o, peor aún, feministas. Sin embargo, Sutty podía pasarse la noche escuchándolos en una celda u otra, e incluso los acompañaba en coche a casa si se habían perdido o emborrachado. O ambas cosas. Para quien no le conociese, su manera de actuar podía parecer empatía, pero en realidad le gustaba ver a la gente hundida.
Es más, si podía les daba un empujón.
Día sí y día también permitía que los nombres de nuestros informadores llegaran a oídos de criminales violentos, dejaba a chicas que trabajaban de escorts en las zonas más peligrosas de la ciudad. Una vez me contó que había asistido a una reunión de Alcohólicos Anónimos y que echó vodka en el café gratis y esperó a ver cómo brotaban las cogorzas. «Después me llevé a casa a una furcia de pelo azul», me dijo. «Me la follé hasta que el tinte se le escurrió por la cara.»
Lo nuestro era una guerra de desgaste.
Él me despreciaba olímpicamente, pero toda reciprocidad por mi parte no hacía sino avivar alguna cosa en su interior. Así pues, yo procuraba mantener un tono exento de censura. Si él decía o hacía cosas horrendas, yo le respondía con una sonrisa, tragaba lo que fuera y me negaba a darle el gusto de protestar.
Aunque Sutty era un tipo corpulento, y aunque discrepábamos muy a menudo, nunca le había tenido miedo físico. Nuestro statu quo le gustaba demasiado como para ponerlo en peligro. Ahora bien, mentalmente ya era otro cantar. Una vez estábamos aparcados en el arcén de un punto peligroso de accidentes de tráfico, con las luces apagadas y atentos a conductores que rebasaran el límite de velocidad. Eran las tres o las cuatro de la madrugada y Sutty había estado hablando sobre antiguos casos, hasta que se puso a rememorar su estreno en el turno de noche. Había acudido a un aviso de altercado en una perrera.
–Llego y me encuentro a una bruja en la entrada, ¿vale? Abrigo largo negro, guantes con los dedos al aire, ya te imaginas. Solo que la tía se sacudía como si le hubieran metido mil voltios por el culo, a saber qué clase de fantasmas estaría escuchando. Y las voces eran especialmente nefastas: piensa en un terceto vocal con Hitler, Ho Chi Minh y el puto Fred West.
»Total, voy para allá en plan poli simpático y me pongo a su altura. Ella empieza a largarme un rollo de esos, que si Jesús tal y cual, me pregunta si estoy salvado. Dice que Él está de camino, que vuelve a la tierra, etcétera, etcétera. Yo le dije, encanto, me parece que esta noche se ha ido de juerga.
»El caso es que la bruja se había colado allí para darles a los perros su primera comunión, qué sé yo. Espera aquí, le digo. Cuando voy por la mitad del pasillo noto aquel pestazo, una cosa increíble. En todas las jaulas donde miro, los perros están empapados, chorreando. –Se rio—. La tía los había bautizado con gasolina. Entonces miro hacia la puerta y la veo de espaldas a mí, temblando de pies a cabeza. Me doy cuenta de que intenta encender una cerilla. La muy chiflada nos había inscrito a los perros y a mí en la lista de invitados al séptimo cielo.
Sutty perdió las cejas y buena parte del pelo de la cabeza antes de salir de la perrera. Cayó desplomado en la hierba, tosiendo de mala manera mientras oía a los perros aullar y ladrar, quemados vivos en sus jaulas. Al amanecer había seguido las huellas de la loca. Recorrían unos treinta metros hasta la arboleda y luego desaparecían. Que él supiese, eso era lo último que se sabía de ella. No era una historia destacable dentro del contexto del turno de noche, que estaba lleno de gente torturada e imposibles callejones sin salida.
Lo que me inquietó fue la reacción de Sutty.
–Entonces lo vi –me explicaba–. Toda la hambruna, la guerra, los niños necesitados. Hemos nacido justo al final de todo eso, Aid, en los estertores. La raza humana es de instintos suicidas, tenemos ese instinto grabado a fuego y ahora algo ha encendido la mecha. Somos la última generación de la humanidad; no habrá más.
Me di cuenta de que estaba siendo sincero. No, peor aún, de que la idea le encantaba.
El turno de noche significaba una cosa u otra según la persona. Para nuestros superiores era una forma disimulada de degradación, de casi borrarlo a uno del mapa. Para mí era un acto de cobardía; un ámbito donde negar mi propia vida, mantenerme al margen de ella. Para mi compañero, por el contrario, era la vida misma. Era su asiento de primera fila para el apocalipsis, y Sutty contemplaba el espectáculo puesto en pie, aplaudiendo a rabiar.
5
–¿Qué te había dicho yo? –dijo Sutty, rociándose de desinfectante la cara, el cuello y el pecho–. Esta noche los subnormales han salido en bloque.
Incognito ocupaba un loft en Piccadilly. Vimos la cola de hombres que daba la vuelta a la esquina. Formaban grupos y fumaban y maldecían, medio enloquecidos por el neón y el calor. Por las chicas con prendas veraniegas que ni siquiera se fijaban en ellos. La mayoría de los tíos iban medio rapados y luciendo camisa de vestir, y parecían compartir una misma voz grave y retumbante que conseguía apoderarse de ellos en diferentes momentos.
–Puaj –dijo Sutty, abriendo la guantera. Sacó las toallitas húmedas y se inclinó hacia mí para limpiar el volante, que yo acababa de soltar–. Creo que estamos ante un grave problema genético.
Aunque Sutty me incluía en su siniestra valoración de los hombres, mirando aquella cola costaba no estar de acuerdo. Era como ver la misma personalidad repetida en veinte individuos.
–¿Te apetece dar una vuelta? –dije.
Sutty hizo una bola con la toallita y la arrojó por la ventanilla.
–Bueno, no me vendrá mal estirar las piernas. ¿Conoces al tío que regenta ese garito? –Nos apeamos del coche y yo negué con la cabeza–. El tío debía de haber tenido un buen polvo. Un auténtico cañón. Ahora parece el cantante de un crucero que no hubiera atracado en diez años.
Dos chicas pasaron cogidas del brazo hasta la parte delantera de la cola. Los hombres casi dejaron de rebuznar mientras se las comían con los ojos. El portero del club dio un respingo como si acabara de chutarse y luego les franqueó el paso y las miró subir los escalones. El tío iba tan rapado que pude verle las venas de la cabeza. De haber llevado el pelo todavía más corto, hasta le habría visto lo que estaba pensando.
–A la cola, encanto –dijo mirando a Sutty.
–Cambia lo de encanto por inspector jefe. Y que no se repita.
La cara del portero permaneció impertérrita.
–Mis disculpas, inspector. ¿En qué puedo ayudarles?
–Queremos hablar con el dueño…
El tipo no se movió.
–Aquí en Incognito hay varios jefazos. Díganme a cuál buscan y les concertaré una cita.
Sutty estaba riendo otra vez.
–¿Una cita con Guy Russell? No me gustaría ver mi nombre en su pequeña agenda. –El portero, como una estatua–. Venga, hombre, ya sabes a quién me refiero. Menos personalidad que un preservativo. Bisoñé como para ganar un premio en un concurso de perros. Sé que está aquí y sé que hoy no les has pedido el carnet a esas chicas, o sea que mejor que hablemos con él extraoficialmente, ¿no?
–Pat –le dijo el portero a un colega–. Ocúpate un momento de la cola, ¿quieres? –Nos dedicó una sonrisa forzada, de dientes de oro, que hizo vibrar las venas de su cráneo–. Por aquí, señores.
Entramos. El suelo estaba pegajoso como un atrapamoscas. Subimos los escalones. El portero iba delante y apartaba a la gente con el brazo. El olor a alcohol mezclado con el de perfume te dejaba medio colocado; el aire vibraba con frecuencias graves y el calor era denso, contundente. Aparecimos un poco más allá de la barra, a un espacio escasamente iluminado ocupado por un centenar de personas.
El portero nos dijo que esperásemos. Miré a Sutty, que en ese momento acariciaba con la mirada a los presentes, hombres y mujeres. Eran casi mitad y mitad. La mayoría mantenía las distancias, algunos se mezclaban con cautela e incluso había algunas parejas en la pista de baile, arrimados al son de la música. Lo bueno tenía lugar en las mesas. Veías a cuatro o cinco chicas apretujadas en un lado y dos hombres en el otro, separados únicamente por relucientes cubos metálicos llenos de hielo y botellas baratas de prosecco.
El portero se acercó desde la pista de baile.
–El señor Russell los recibirá ahora.
–Yo espero aquí –dijo Sutty, controlando las mesas con la mirada–. Vigilaré la barra. –Cuando la luz le daba en el rostro, parecía una gallina malcriada y sudorosa.
El portero me hizo cruzar la pista y me condujo hasta una mesa en el rincón. Un hombre de cuarenta y tantos estaba allí sentado con una chica. Se me quedó mirando mientras ella se entretenía con su teléfono móvil. Sutty había descrito al hombre a la perfección. Pulcramente vestido pero extrañamente pasado de moda. La camisa negra que llevaba era ceñida, y los cuatro botones superiores desabrochados dibujaban una larga V debajo de su cuello. Me dedicó una sonrisa ensayada de dientes blanqueados y me indicó el asiento que tenía delante. La chica, que no había levantado la vista del móvil, parecía ir vestida expresamente para aquel local. Colores chillones que captaban las luces ultravioletas en ángulos sugerentes. Llevaba sombra de ojos con brillo y los labios pintados de rosa atómica; debía de tener veinticinco años menos que el hombre que estaba a su lado.
–Parece que alguien tiene sed –dijo él, alzando la voz para hacerse oír.
Yo guardé silencio.
–Alicia –le dijo a la chica–. Me parece que… dos whiskies con Coca-Cola.
Encima de la mesa había un cubo con una botella de Dom Pérignon pero por lo visto yo no daba la talla. Alicia se puso de pie sin mirarnos. Me fijé en que llevaba lentillas ultravioletas. Eso le daba una mirada ausente, medio ida. El hombre la vio alejarse entre la muchedumbre antes de volver a hablar.
–Me llamo Guy Russell. Tiene de tiempo hasta que vuelva la chica.
Russell estaba mirando hacia la pista de baile y una luz roja, mate, inundaba su cara. Supuse que se sentaba siempre allí, y que le gustaba ofrecer ese aspecto.
–Tengo que hablar con uno de sus clientes.
–¿Ah, sí? –Se inclinó hacia delante, sonrió. Pude verle las costuras de varias operaciones de cirugía plástica superpuestas–. ¿Y cómo se llama la chica?
–No es una mujer. Ollie, u Oliver.
–¡No me diga que tiene que ver con trabajo! –Yo asentí, y su sonrisa se tornó un foco estroboscópico, encendiéndose y apagándose sin cesar. Supuse que había esnifado la cena–. ¿Ollie u Oliver, dice?
–Treinta y pico, unos kilos de más, pelirrojo pero perdiendo color.
–No es gran cosa…
Pero me pareció que se echaba atrás, que el nombre le sonaba.
–Es cliente habitual –continué–. La semana pasada estuvo aquí gastando a troche y moche.
Me miró radiante desde sus ojos sin párpados, que nunca pestañeaban.
–Como puede ver, tengo muchos clientes habituales, inspector. Y la mayoría gastan «a troche y moche». ¿Puedo saber de qué se trata?
–No.
Russell se removió en su asi
