1
Mar.
Mar en el aire. Mar en la calle.
Mar en el cielo, hasta las ventanas cerradas de los pisos más altos.
Mar en los oídos, amortiguando el zumbido del viento.
Mar en las rocas, rompiéndose a sí mismo con gritos roncos.
Mar en gotas, mar que vuela. Mar que bulle.
Se parece a tu maldita nieve, ¿sabes? Que se agita, que confunde, que por un momento impide ver el panorama y luego se posa en el fondo.
Aunque, bien pensado, no siempre en el fondo. A veces de costado. Esta vez, de costado. Se queda mirando mientras se pone de costado, despacio. Al otro lado.
Una sola persona en la calle. Yo. Por lo demás, a esta hora y con este tiempo, ¿a quién se le ocurriría salir a la calle? Y arriesgarse a ser arrastrado lejos por el viento, hasta quién sabe qué isla.
Ojalá.
No puedo creer que lo haya hecho. Pero sí, lo hice. No quería, no lo tenía planificado. Creía que hablaríamos, que ya estarías convencida. Que dirías: Está bien, lo he entendido. Que dirías: De acuerdo, tienes razón, tú ganas. Lo dejamos, me voy.
Creía que no me costaría demasiado conseguir que entraras en razón. Pero… no hubo manera. Qué terca eres.
Eras.
Dios, cuánto mar en el aire. Y qué ruido. Me ensordece. Me confunde.
Tenía que hacerlo; lo sabes, ¿no? Era necesario.
Porque el amor es así. Puedes disimularlo durante mucho tiempo, ocultarlo tras las miradas y los gestos cotidianos. Puedes tenerlo ahí, en silencio, cultivarlo como una planta; pero el día en que decides sacarlo a la luz del sol, entonces ya no lo dominas. Manda él. Manda el amor. Decide por ti, se abre como una flor hermosa, exige todo el espacio.
En cambio tú, nada. No quisiste dejarle un espacio al amor. No quisiste dar ese paso. Peor para ti.
Deberías haberlo leído en mis ojos. Deberías haber comprendido. Disponías de todo el tiempo para comprender que no aceptaría un no. Que perdería la cabeza. Lo llevaba escrito en los ojos.
La nieve. Tu maldita nieve artificial. Parece este mar que me moja como una lluvia, que me llena la cabeza de viento y agua.
No veo tus ventanas cerradas. Demasiado viento, demasiado mar en el aire.
Como tu nieve, esa que te gustaba contemplar mientras se arremolinaba detrás del cristal ocultando el paisaje. ¿Imaginabas que precisamente esa nieve sería para ti la última?
Y de hecho ascendió. Por última vez antes de empezar a caer. Del lado contrario a la sangre.
Cuando la nieve se posó, ya eras un recuerdo.
2
Giuseppe Lojacono viajaba en el asiento del pasajero de la patrulla móvil, la espalda erguida, las manos posadas sobre los muslos. Tenía pinta de chino, y con ese apodo se referían a él sus colegas, a sus espaldas, claro, no era de los que dan demasiadas confianzas. Los pómulos altos, los ojos oblicuos que, cuando se concentraba, cerraba hasta convertirlos en dos ranuras, el pelo negro, lacio, desgreñado, el cuerpo huesudo en permanente tensión, como si de un momento a otro fuera a salir disparado. Algunas arrugas en la comisura de la boca permitían deducir que pasaba de los cuarenta, aunque no por mucho.
Pensaba. En lo fácil que había sido perder todo aquello que, con esfuerzo y aplicación, había logrado construir. Y pensaba que en ese mismo momento, a finales de marzo, en su casa ya habían florecido los almendros y que el sol permitía ir a la playa a reflexionar mirando el mar; en cambio ahí, donde se encontraba, todavía parecía pleno invierno, el viento se alternaba con la lluvia y en las aceras las mujeres corrían detrás de sus paraguas rotos, mientras en el atasco los coches inmóviles berreaban de frustración con irritados y continuos bocinazos.
Pero su casa estaba lejos, muy lejos en el tiempo y el espacio. Y a esas alturas quizá ya se había vuelto inalcanzable. Además, allá ya no lo querían. Demasiado incómodo, como amigo, como pariente, como colega.
Repasó mentalmente la conversación con el comisario Di Vincenzo, a cuyas órdenes lo habían puesto. Nunca se habían caído bien, pero una vez cerrado el caso del Cocodrilo, la situación se había vuelto bastante insoportable.
El Cocodrilo. El anciano desconocido y desesperado que había asesinado a cuatro chicos. Y que él, investigando sin autorización, había encontrado tras descubrir su identidad y su móvil. Mientras toda la policía de la ciudad hurgaba en los armarios de siempre, la camorra, los negocios sucios, la droga, sin llegar a nada.
Aquella historia le había permitido rehabilitarse parcialmente, pero su popularidad entre los compañeros había bajado unos cuantos puntos. Alguien que no conoce el terreno, que no tiene contactos con confidentes y que soluciona una serie de crímenes tan complicados a fuerza de pura lógica. Y le saca las castañas del fuego a la jefatura provincial de policía, puesta entre la espada y la pared por la prensa y la opinión pública.
Así las cosas, algo había que hacer con él. No podían dejarlo en la oficina de denuncias de una comisaría en una zona donde proliferaba el crimen. Ahora le correspondía un escritorio; de lo contrario, a falta de acontecimientos con que llenar la primera plana, algún diario se preguntaría adónde habría ido a parar el hombre que había descubierto al Cocodrilo.
Di Vincenzo se había resistido durante un tiempo para terminar cediendo y confiándole, muy a su pesar, algunos casos abiertos que llevaban años atascados. Por otra parte, nadie podía cuestionar las tareas que consideraba oportuno asignar a sus hombres.
Y hacía un par de días lo había mandado llamar. Y le había hablado de la comisaría de Pizzofalcone.
Esa, reflexionó, era quizá la mejor solución, como suele hacerse siempre cuando se sale de Guatemala para entrar en Guatepeor.
El joven agente que iba al volante trató de entablar conversación en dos ocasiones, pero sus frases de circunstancias cayeron en el vacío. Tras lo cual se limitó a conducir en silencio y a lanzar rápidas ojeadas al pasajero.
El perfil del siciliano lo inquietaba. Al conductor le habían llegado todo tipo de comentarios sobre el inspector: que lo habían echado de la brigada móvil de Agrigento porque un colaborador de la justicia había declarado que pasaba información a la mafia. Según se rumoreaba, no encontraron pruebas y, como siempre en esos casos, consideraron oportuno apartar al sospechoso.
Estando de servicio, se había cruzado con él unas cuantas veces en la entrada de la comisaría y, naturalmente, conocía el caso del Cocodrilo. Había sido la comidilla de toda la ciudad. Durante semanas, además, incluso una vez resuelto el caso, antes de que alguna novedad —otra sangre, otra muerte— ocupara su lugar en las páginas de los diarios y en la televisión. No estaba en condiciones de juzgar cuál era la situación real. Pero se sentía incómodo al lado de aquel hombre taciturno.
—¿Pongo la sirena, inspector? —le preguntó—. Vaya atasco. En esta ciudad, a la que caen dos gotas todo el mundo saca el coche.
—No, deja —contestó Lojacono sin apartar la vista del vehículo que tenían delante.
La cola dio una especie de respingo y volvió a detenerse; tal vez, a algunos kilómetros de allí un semáforo se había puesto rojo.
El viento descargaba ráfagas de lluvia salobre sobre el parabrisas, directamente del mar. Siroco.
Sin apartar la vista del escritorio, Di Vincenzo le señaló a Lojacono una silla.
—Siéntese, por favor.
Rebuscó entre los papeles. Se quitó las gafas, se apoyó en el respaldo del sillón.
—Así que está revisando unos cuantos expedientes, ¿no es así, Lojacono? A lo mejor con su intuición conseguimos que la cosa se mueva. Asuntos antiguos, me hago cargo. Pero alguien bueno, realmente bueno, ve cosas que a los demás se nos escapan.
El inspector siguió callado, sin cambiar de expresión.
Di Vincenzo tamborileó sobre el escritorio y siguió diciendo:
—Aunque no es tan sencillo. Visto desde fuera todos se creen que nuestro trabajo es como en las series norteamericanas, que nos lanzamos desde un puente y caemos sobre las motos en marcha, que nos tiroteamos en plena calle con los delincuentes. Pero no, papeles, papeles y más papeles. Sin contar los golpes de suerte, claro está. Siempre pueden darse.
Los ineptos, pensó Lojacono, atribuyen a la suerte los éxitos ajenos. Le hubiera gustado disponer de un céntimo por cada vez que había oído decir aquello.
—Comisario, ¿me necesita para algo? Aquí me tiene.
Di Vincenzo asintió sin disimular el resentimiento que destilaba su mirada.
—Hablando en plata, Lojacono, estoy seguro de que ese numerito que montó con la historia del Cocodrilo es producto de una mezcla de teatro y suerte. Con el curioso aderezo de la relación de confianza que mantiene con la dottoressa Piras, en cuyos detalles no quiero entrar.
La vulgar referencia a la Piras, la magistrada encargada que impuso a Lojacono como investigador en el caso del Cocodrilo, no tenía más propósito que ofender; pero al inspector le entró por un oído y le salió por el otro. Imaginaba lo que decían de él y de Laura, guapa y poco proclive a las relaciones humanas, pero que no ocultaba la simpatía que sentía por él.
—Comisario, yo le caigo gordo y usted a mí también. Por el bien de ambos, limitemos la conversación a lo estrictamente necesario. Así que insisto, ¿me necesita para algo?
A Di Vincenzo le tembló un músculo de la mandíbula y por sus ojos pasó una sombra enfurecida, pero consiguió dominarse.
—Tiene razón, Lojacono, usted me cae gordo. Y por eso me alegra comunicarle lo que enseguida le diré. Me solicitan que destine a otra comisaría a un investigador por un plazo todavía no establecido. De todos mis hombres, puedo acreditar que en este momento usted es el único que no lleva ninguna investigación.
Lojacono se encogió de hombros; no quería servirle las cosas en bandeja.
—Pero me imagino que se trata de un traslado facultativo. Y necesita mi consentimiento. Por escrito. De modo que si quiere que me vaya, tendrá que convencerme. ¿No es así?
Di Vincenzo hizo ademán de levantarse, pero se dejó caer de nuevo en el asiento estirando los labios.
—No dudo de su dominio del procedimiento. Es típico de los gandules echar mano de las precauciones sindicales. Sí, es así. Pero también es cierto que, si no acepta, puedo destinarlo a cualquier otro puesto. Y esta especie de beneficio derivado del Cocodrilo no le va a durar para siempre.
Lojacono esperó un instante y luego dijo:
—Entonces hábleme de ese encargo. Quién sabe, a lo mejor acepto.
El comisario volvió a animarse ante la idea de poder quitarse de encima a aquel siciliano de expresión indescifrable, con el que evitaba ensañarse por temor a las posibles reacciones de la fiscal Piras; para colmo, en caso de una persistente negativa de Lojacono, se vería obligado a desprenderse de algún otro hombre de su confianza, y ya bastantes dificultades tenía para sacar adelante el trabajo con los recursos limitados con que contaba. Debía convencerlo. Trató de mostrarse conciliador.
—En cierto modo se trata de un reto profesional. ¿Ha oído hablar de la comisaría de Pizzofalcone?
Lojacono siguió mirando fijamente al comisario y este decidió continuar:
—Se trata de un distrito no muy amplio pero muy poblado que comprende una parte de los Quartieri Spagnoli y va bajando desde de ahí hasta el paseo marítimo. En una palabra, cuatro mundos, como se decía hace tiempo: bajo proletariado, pequeña burguesía, alta burguesía comercial y aristocracia. Todo menos la industria, en tres kilómetros lineales escasos. Una de las comisarías más antiguas de la ciudad, pequeña pero estratégica. —Di Vincenzo arrugó la frente y cambió de tono, se disponía a señalar algo desagradable—. Hace más o menos un año, hubo una importante incautación. Una partida de cocaína sin cortar que acababa de llegar a los Quartieri; mucho, muchísimo material. Pero declararon bastante menos de la mitad.
—¿Quién? —preguntó Lojacono en voz baja.
—Lo destaparon tarde. Fueron cuatro colegas, todos de investigación. Una bonita operación, cruce de datos, vigilancias, irrupción en el preciso momento de la entrega, ni un minuto antes como para no encontrar nada, ni un minuto después como para dar tiempo a los delincuentes a organizar una defensa. Algo limpio, rápido, incruento. Y, obviamente, hubo interés por parte de todos en declarar una cantidad de material muy inferior a la incautada, interés de la camorra, que aligeraba así considerablemente los cargos y, por desgracia, interés de los colegas, que se montaron un despacho por su cuenta.
El inspector guardó silencio; por primera vez compartía el sentimiento del comisario. Un asunto feo. Realmente feo. Para cualquier policía honrado.
—Uno de ellos —prosiguió Di Vincenzo— tenía un hijo enfermo de cáncer. Otro estaba separado y la ex lo había dejado en la calle. Al padre del tercero acababan de declararlo en quiebra, el cuarto jugaba a las cartas. Se miraron a la cara y bastó un segundo. Conocía a dos, habría puesto la mano en el fuego por ellos. En fin… Con una cantidad como aquella, cuando cambian los equilibrios del tráfico hay que pedir permisos y autorizaciones a los titulares de zona, y a la larga se nota. Y los compañeros de la DIGOS también lo notaron. Meses de escuchas telefónicas, fotos, filmaciones. Y al final los cogieron. A los cuatro.
Una repentina ráfaga de viento sacudió la ventana.
—Comprendo —dijo Lojacono—. Mal asunto.
Di Vincenzo suspiró.
—También cayó Ruoppolo, el comisario, un colega mayor a punto de jubilarse, una magnífica persona, lo conocía muy bien. Ojo, muy honrado, pero era el responsable de algunos controles. Y lo jubilaron anticipadamente. El jefe de policía estuvo un par de meses dudando si cerrar o no Pizzofalcone y ampliar la competencia territorial de las comisarías limítrofes. Al final tomó otra decisión.
—Y ahí entramos nosotros.
—Exacto. Necesitan cuatro investigadores y los han pedido a las cuatro comisarías más grandes. El nuevo comisario es Palma, un tipo joven, con ganas de hacer carrera, viene del Vomero, quizá lo recuerde de la reunión que tuvimos por lo del Cocodrilo. Yo en su lugar no habría aceptado nunca, tiene todas las de perder.
—Y usted me ha propuesto a mí —dijo Lojacono con una mueca.
Di Vincenzo levantó una ceja.
—Si me hubieran dado tiempo, lo habría hecho. En estos casos siempre se aprovecha para quitarse de encima a las manzanas podridas. Pero quien lo pidió personalmente fue Palma. Al parecer usted lo impresionó mucho justamente en esa reunión. Es un pringado, ya me di cuenta entonces. Yo, claro está, enseguida di mi autorización. ¿Qué me dice?
El inspector se quedó callado un buen rato y al final dijo:
—¿Qué pierdo si acepto? ¿A qué me expongo?
Di Vincenzo resopló, perdió los estribos y dio un manotazo sobre el escritorio que esparció documentos, bolígrafos, lápices y gafas.
—Se expone a que falle la empresa de mantener abierta la comisaría. A que la cierren definitivamente y, en el peor de los casos, a que los manden a todos a sus destinos anteriores, o a otros, como espero y deseo, porque mientras tanto todos nos pondremos manos a la obra para conseguir sustitutos. Y naturalmente, se expone a formar parte de un grupo de tipos que molestan en el puesto que ocupan y cuyos superiores no ven la hora de quitárselos de encima. ¡Todos renegados, bastardos o inútiles!
Lojacono no se dejó impresionar.
—Comisario, hubiera aceptado irme incluso a la Patagonia con tal de largarme de aquí. Pero quería prolongar la incertidumbre. ¿Cuándo empiezo en mi nuevo puesto?
3
La mujer entra y da un portazo.
Antes de que la puerta se cierre del todo, él alcanza a ver la expresión de asombro de un par de empleados, plasmada como en una pintura hiperrealista que quiere condensar en una sola imagen el pasmo, la incomodidad y el terror. Uno de ellos se levanta a medias de la silla, con la idea de impedir la irrupción. Como si eso fuera posible.
El hombre suspira, encajando la cabeza entre los hombros para absorber el ruido de la puerta que golpea en la jamba poniendo a prueba su resistencia.
—¿Qué coño vas a hacer? ¿Lo has decidido? ¿Vas a decírmelo?
Los brazos en jarras, las largas piernas ligeramente separadas, la mandíbula apretada. La roja cabellera despide llamas, como si estuviera ardiendo, los ojos también. Guapísima, piensa él. Guapísima incluso cuando está enfadada.
Algo que últimamente ocurre a menudo, la verdad.
—No grites. ¿Te has vuelto loca? ¿Quieres airear todas nuestras cosas?
Ella baja el volumen, aunque no tanto.
—Tengo que saber qué quieres hacer. Se terminó. Porque el papel de la imbécil que se la deja meter doblada por el profesional maduro no va conmigo. Porque soy de las que te dejan con el culo al aire, y tú lo sabes. No puedo creer que haya aguantado tanto tiempo.
Él sabe de sobra que, si empieza a lloriquear, ella se enfurecerá todavía más. Intenta pensar deprisa.
—No se trata de tomarle el pelo a nadie. Es complicado. Toda una vida… Tenemos cosas en común, por motivos fiscales muchas están a nombre de ella. Además, es una cuestión moral, a una persona como ella no se la puede echar de la noche a la mañana con una patada en el trasero. Además, están los amigos, todos los contactos, incluso políticos. No es sencillo.
—¿Amigos? ¿Políticos? Me importan una mierda tus contactos, ¿estamos? ¡Te pongo a parir delante de todo el mundo! A ti que todo te viene de la curia, ¿qué crees que diría su eminencia si llegara a enterarse de mi existencia, de mi condición? ¡Te mandaría a tomar por saco, te mandaría!
Se acomoda mejor en el sillón, entrelaza los dedos frente a la cara con aire pensativo. Debe mantener la frialdad.
—Muy bien. Así lo perdemos todo. ¿Te conviene? ¿Y le conviene a…? En fin, ¿nos conviene? ¿No sería mejor esperar el momento adecuado? Puede incluso que consigamos que alguien nos lo resuelva todo. Te he dicho que hablaré con ella. Lo haré. De todas maneras, habrá que hacerlo. Es una persona razonable y, sin duda, no es ninguna estúpida.
Ella lo observa sin pestañear con esos ojos verdes. El pecho le sigue subiendo y bajando por la respiración agitada. A él le resulta imposible dejar de contemplarlo fascinado.
—Más te vale que lo hagas pronto. Si no, voy yo y se lo digo cara a cara. Quizás entre mujeres nos entendemos mejor y no necesitamos ir con tantos rodeos. Quizás le llevo un regalo y le explico que quien se cruza en el camino de una como yo lleva todas las de perder.
Él lo sabe, sabe que lo haría. Que a ella le va bien, de maravilla acometer las situaciones de frente.
—Maldita sea, si no bajas la voz, no hará falta que vayas. No te imaginas la de espías suyos que hay aquí dentro. No te serviría de nada ir a verla. A ti jamás te diría que sí. Se limitaría a pensar que hay una batalla que empeñar, incluso se convencería de que como no he ido yo a hablar con ella, no tengo valor de dejarla y que todavía le queda algo por reconquistar. Dios no lo quiera. Nos meteríamos en un lío interminable, es hija de un ex magistrado todavía influyente. Soy yo quien debe hablar con ella.
La mujer se acerca, felina como un tigre antes de abalanzarse sobre la presa. Apoya las manos abiertas sobre el tablero del escritorio, las uñas largas y rojas apuntan hacia el hombre.
—Entonces —susurra—, hazlo. Habla con ella ya mismo. Si no, juro que voy yo y acabamos con todo. De un modo u otro.
4
El acceso a la sede de la comisaría de Pizzofalcone estaba en el patio de un edificio antiguo, con el enlucido de la fachada desconchado y parcheado en múltiples ocasiones. A Lojacono le produjo una sensación de decadencia y abandono, algo por lo demás frecuente en los barrios más antiguos de la ciudad.
Tras despedirse con un gesto al conductor, que salió derrapando y con la sirena puesta, subió un breve tramo de escaleras que llevaba a una salita iluminada con lámparas de neón: ahí la luz no llegaba ni siquiera a mediodía.
Detrás del mostrador encontró a un agente repantigado en un sillón, enfrascado en la lectura de un diario deportivo. Se olía un aroma a café que venía de una máquina, delante de la cual dos guardias charlaban y reían socarrones. El agente ni siquiera levantó la vista. Lojacono se acercó en silencio y esperó, clavando la vista en el policía uniformado.
Tras un intervalo, el agente apartó la vista del diario y adoptó una expresión interrogante.
—Usted dirá.
—Soy el inspector Lojacono. Creo que el comisario me está esperando.
El hombre no soltó el diario ni cambió de postura.
—Primer piso, la oficina del fondo.
Lojacono no se movió.
—Levántate —murmuró.
—¿Qué? —dijo el policía.
—Que te levantes, cabrón. Dime tu nombre, apellido y grado. Y date prisa o salto por encima del mostrador y te agarro a patadas en el culo.
El inspector no había cambiado de tono ni de expresión, pero fue como si hubiese gritado. Los dos que tomaban café intercambiaron una rápida mirada y se marcharon a toda prisa sin decir ni pío.
El agente se levantó con dificultad mostrando la chaqueta entreabierta sobre la barriga prominente y el cinturón desabrochado. Tenía el cuello abierto y el nudo de la corbata flojo. Se puso firme, la mirada perdida en el vacío.
—Agente Giovanni Guida. Comisaría de Pizzofalcone.
Lojacono siguió mirándolo fijamente.
—Escúchame bien, Giovanni Guida, de la comisaría de Pizzofalcone. Tú eres lo primero que ven quienes entran aquí, de manera que es normal que piensen que todos damos asco, igual que das asco tú. Y a mí no me gusta dar asco a la gente.
El hombre se quedó mudo, los ojos inexpresivos. Uno de los dos guardias que tomaban café se asomó y desapareció enseguida.
—Si vuelvo a encontrarte como acabo de verte, te llevo al patio y te reviento a patadas durante una hora. ¿Entendido? Así después das parte.
—Disculpe, inspector —murmuró el agente Guida—. No volverá a ocurrir. Es que aquí ya no viene casi nadie. La gente prefiere… La gente presenta las denuncias ante los carabineros. Lo prefieren desde… desde hace un tiempo.
—Me da igual —dijo Lojacono—; aunque conviertan esto en un monasterio de clausura, tú debes presentarte como es debido.
Cruzó la puerta interior mientras Guida se metía la camisa dentro de los pantalones, colorado como un tomate y maldiciendo por lo bajo.
Un breve pasillo llevaba a las escaleras. De reojo Lojacono vio desorden, dejadez y abandono. Notó que lo invadía la angustia y se preguntó si volvería a recobrar el entusiasmo que alguna vez había sentido por su oficio.
El despacho del comisario estaba al final de la escalera. Encontró a Palma detrás del escritorio, concentrado en añadir folios a una carpeta. Lojacono se acordó de él en cuanto lo vio, un hombre de unos cuarenta años, aspecto desaliñado, la camisa arremangada, barba de dos días. Más que desaliñado, daba la sensación de ser una persona en continua actividad.
El comisario Palma notó la presencia de Lojacono y sonrió de oreja a oreja.
—¡Por fin has llegado, Lojacono! Contaba con verte hoy. Te habría llamado, pero como formalidad antes debía hablar contigo Di Vincenzo, ese viejo carca. Por favor, siéntate.
El inspector dio un paso al frente. La ventana estaba cerrada, a través de los cristales mojados por las rachas de lluvia se veía el mar agitado por la tempestad, ocupado en su milenario intento por derribar el castillo de toba que se proyectaba sobre él desde tierra firme. Aquella ciudad siempre se las ingeniaba para sorprender, regalándote escorzos imprevistos de ilusoria belleza.
—Bonito, ¿eh? Un panorama maravilloso, pero no debemos permitir que nos distraiga. Tenemos mucho que hacer. Siéntate, siéntate. ¿Quieres un café?
—No, gracias, comisario. ¿Cómo está?
—¡Qué mal empezamos, Loja’! —exclamó Palma extendiendo los brazos—. Debemos tutearnos, aquí somos cuatro gatos y tenemos que remar en la misma dirección. Además, casi todos somos nuevos, llevo aquí desde el lunes pasado, los demás llegaron en los tres últimos días, tú eres el último. Mira, ahora que estás aquí, podemos celebrar la primera reunión, ¿qué me dices? ¿O prefieres instalarte antes?
El inspector se sintió arrollado por el entusiasmo del comisario.
—No hay problema, si quiere… si quieres, empezamos ahora mismo.
—Estupendo, no perdamos tiempo, te estaba esperando. ¡Ottavia! ¡Ottavia!
Se abrió una puerta lateral y se asomó una mujer vestida con traje chaqueta.
—Diga, comisario.
—¿Qué es eso de «diga»? Habíamos quedado en que nos tuteábamos, ¿no? Pasa, pasa. Te presento al inspector Giuseppe Lojacono, última adquisición de la comisaría. Loja’, te presento a Ottavia Calabrese, la vicesuperintendente, que ya estaba aquí. Su ayuda nos resultará inestimable para ambientarnos.
La Calabrese dio un paso al frente, y Lojacono, que se había puesto de pie, le estrechó la mano. Una hermosa mujer de algo más de cuarenta años, sobria, con aspecto cansado y el cabello recogido en la nuca.
—Bienvenido, inspector. Estoy a su disposición para lo que necesite.
La voz, cálida y grave, era firme y bien modulada. A Lojacono le gustaba juzgar a la gente por la primera impresión, y estaba dispuesto a cambiar de opinión si los hechos demostraban que se equivocaba. Y la vicesuperintendente Calabrese le gustó.
—¡Hay que ver, Ottavia! —rió Palma—. Está claro que te cuesta lo del tuteo. Loja’, la Calabrese es un genio de la informática. Si necesitas algo de internet, ella te lo encuentra. Ottavia, por favor, avisa a los demás y diles que nos reunimos en la salita. Pidamos unos cafés y una botella de agua mineral, así celebramos el nuevo curso. Acompáñame, Loja’, los esperaremos allí.
5
Las paredes. Las paredes de esta habitación.
Mide seis pasos y medio; mejor dicho, ocho y tres cuartos. Y deben de ser otros ocho por el otro lado. Lo recuerdo del colegio, para medir el área de un rectángulo se multiplica el lado largo por el corto. Me gustaba ir al colegio. Pero después, cuando llegué a tercero de la secundaria, dejé de ir, naturalmente.
Para medir el lado corto hay que tener en cuenta el armario empotrado, de manera que para dar el paso hay que apartarse un poco hacia un lado, y eso añade casi un cuarto de paso a la medida. Y en el lado largo hay una baldosa medio rota justo donde se pone el pie después del tercer paso.
Aquí dentro se aprenden muchas cosas. Desde las ventanas del balcón, por ejemplo, se ven cinco apartamentos del edificio de enfrente. Si pudiera salir, vería otros, creo, pero más vale que no. El otro día puso un trocito de papel y comprobó si seguía ahí. Seguía ahí, porque ni se me ocurrió abrir la ventana del dormitorio. Si después no lo encontraba, ¿qué iba yo a decirle? Fui afortunada al no abrir la ventana.
Llevo ya quince días aquí. Él vino ayer, vete a saber cuándo podrá volver. Me dijo: Espero que sea pronto, eso espero.
Calculo que ocho pasos y tres cuartos serán unos siete metros. Una habitación enorme. Y solo para mí; también hay un dormitorio, una cocina y un baño. Nosotros vivíamos en un bajo, en un piso la mitad de este, éramos cinco y estábamos la mar de contentos. Soy realmente afortunada.
Eso sí, puedo subir la persiana. No toda, me dijo que toda mejor no, aunque haya cortinas; pero me deja subirla un poco. Me gusta mirar fuera, me entretengo viendo lo que hace la gente. Por ejemplo, en el tercer piso vive una vieja a la que le gusta asomarse como a mí. Me parece que ella también me ha visto.
Siete metros de largo por seis de ancho. Más de cuarenta metros cuadrados en una sola habitación. Madre mía, soy realmente afortunada.
Y me ha dejado mucha comida, tengo el frigorífico lleno a reventar de cosas. ¿Quién había visto tanta abundancia como esta? Me parece imposible.
Aunque a veces una se ahoga aquí dentro. Me hizo encender el aire acondicionado, me dio el mando a distancia, y hay que ver cómo nos reímos porque yo no entendía cómo funcionaba.
También tengo una lavadora que seca lo que lava, algo increíble, un milagro. Yo le dije que no me hace falta, total, para estos cuatro trapos que tengo, puedo tenderlos encima de la bañera, pero no quiso atender a razones, me dijo que debo contar con todo lo necesario. Como una reina. Con esas palabras lo dijo, como una reina. ¿Quién iba a decirme a mí que me convertiría en una reina?
Lo tengo todo bien limpio, aunque aquí no se ensucie nada. Cuando viene no quiero que piense que descuido la limpieza. En cuanto termino, me pongo a ver la televisión, ese mando a distancia sí que lo entiendo. Pero pongo el volumen muy, muy bajo, me ha dicho que nadie debe oírme, aunque la voz que se oiría sería la de los programas, no la mía.
Yo lo espero, lo espero siempre. De vez en cuando me telefonea, es el único que tiene este número. La última vez dejó que mi madre me saludara. ¡Qué alegría oír su voz! ¡Qué contenta se puso la pobre! Me contó que él le ha comprado un montón de cosas, que le ha conseguido trabajo a mi padre y a dos de mis hermanos, y que todos están bien. Me dijo: Gracias, tesoro de mamá. Gracias. Y yo me sentí orgullosa.
Ahora tengo que comer. Me dijo que debo cuidarme, que soy demasiado guapa y que no tengo que ponerme fea, si no, me echa. Lo dijo riendo, pero a mí me dio miedo. Tengo dieciocho años y, según él, las chicas de mi edad se ponen feas tanto si comen mucho como si comen poco. Por eso me trajo las cosas que tengo que comer, y me hizo una lista de lo que debo prepararme cada día y a qué hora.
Colgué la lista en la puerta del frigorífico con un imán en forma de cochinilla, y así, poco a poco, leo y cocino, y como a mis horas.
Hace un momento me he asomado y he visto a la vieja que miraba hacia aquí.
Me da miedo esa vieja.
A saber qué quiere de mí.
6
—Muy bien, aquí estamos —dijo Palma—. Para esta reunión esperamos al inspector Lojacono, la última incorporación de nuestra plantilla. Ahora que no falta nadie nos podemos presentar.
Lojacono confió en que la actitud afable y alegre del comisario tuviera por finalidad motivar a los presentes y fuese producto de un optimismo que, a su juicio, era injustificado. El grupo era poco selecto y, como había subrayado Di Vincenzo con malicia, se componía de los descartes de las comisarías de la ciudad, y esos descartes llenaban los huecos dejados por policías desleales y corruptos, que habían manchado la imagen de los colegas y alcanzado la crónica nacional.
Por otra parte, reflexionó Lojacono, él también era uno de esos descartes; y de él también se decía que era desleal y corrupto.
—No voy a ocultaros que no será una empresa fácil —siguió diciendo Palma—. Todo el mundo me desaconsejó que aceptara este encargo, y la verdad es que incluso el jefe de policía estuvo dudando hasta último momento si cerrar o no la comisaría. Pero a mí me gustan los desafíos, y acabé aceptando. Si sale bien, saldrá bien para todos; si no, yo me llevaré la peor parte, porque, por un motivo u otro, dudo que a vosotros os interese regresar al lugar de donde habéis venido.
En la pausa que siguió, Lojacono echó un vistazo alrededor de la mesa ovalada, grande, de madera clara, cubierta de polvo y quemaduras de cigarrillos. Eran siete personas, él incluido, de distinto sexo, edad, aspecto físico y expresión; se preguntó qué los habría conducido hasta ahí, qué historias llevaban a sus espaldas.
Como si acabara de leerle el pensamiento, el comisario dijo:
—Me gustaría que nos presentáramos, como si no nos conociéramos de nada. Yo soy Gigi Palma, el comisario de Pizzofalcone. Siempre a vuestra disposición, nunca cierro la puerta de mi despacho, a menos que tenerla abierta incomode a quien esté hablando conmigo. Estoy convencido de que trabajando mucho y con honestidad, al final, se consiguen resultados, incluso satisfactorios. Intent
