Prefacio
Poco después del amanecer en una mañana fresca de agosto de 1987, mi amigo Chris y yo dimos un paseo por la playa de Atlantic City, con el paseo marítimo y los hoteles con casinos a nuestra derecha. Teníamos las corbatas desatadas, las tripas llenas y los bolsillos vacíos después de una noche de juegos de azar, fiesta y vida ligera en general, y estábamos absolutamente agotados física y económicamente; no podríamos haber estado más felices. Mientras avanzábamos a paso lento con las olas rompiendo a nuestros pies, metí la mano en el bolsillo y saqué las últimas monedas que me quedaban: veintitrés centavos. Las arrojé al océano Atlántico y miré a Chris. «Ahora sí que estamos sin un duro de verdad». Tras echar unas buenas risas, subimos al paseo marítimo y comenzamos la larga caminata a casa, dos personajes desafortunados con otra historia divertida que contar sobre nuestras experiencias en Atlantic City. Lo que no sabía por aquel entonces era que en este lugar se habían reproducido versiones de la misma escena a lo largo de los últimos cien años.
Desde que con la llegada del ferrocarril cualquier trabajador pudo tener acceso al lugar, la isla Absecon —o Atlantic City, el nombre con el que se hizo famosa— se convirtió en «el patio recreativo del mundo», un reino hecho de sueños, construido sobre la arena, en el que cualquier hombre, mujer o niño, por una suma de dinero razonable, podía gozar de un recibimiento propio de un rey. Con hoteles de lujo, teatros y restaurantes bordeando su famoso paseo marítimo, no había nada —fuera legal o ilegal— que la ciudad no pudiera ofrecer al visitante. Comida, bebida y entretenimiento de todo tipo, desde lo más exclusivo hasta lo más sencillo. Si no lo podías encontrar en el paseo marítimo (o en alguna de las muchas calles perpendiculares), no existía.
Cuando HBO contactó conmigo por primera vez para la utilización del libro de Nelson Johnson como base para una serie de televisión, el reto más difícil era elegir la época en la que ubicar la acción. Desde la edad dorada de los grandes hombres de negocios, pasando por los felices años veinte y la Ley Seca, hasta los glamurosos años cincuenta de Flacucho D’Amato, el declive de la ciudad y el posterior renacimiento que tuvo lugar con la legalización de los juegos de azar en los años setenta, Atlantic City y su gente han sido de todo menos aburridos.
Al final me decanté por los años veinte de Nucky Johnson, el legendario Tesorero de Atlantic City (que aparece en la serie de HBO con el nombre ficticio de Nucky Thompson), porque era la época que había calado más hondo en mi imaginación creativa. Por aquel entonces, Atlantic City era un lugar de excesos, glamur y, sobre todo, oportunidades. Era ruidosa, precipitada, colorida, llena de esperanza y promesas —un microcosmos de Estados Unidos—. Era un lugar de espectáculos, políticos corruptos, mujeres de vida alegre y trapos sucios, pero además era una comunidad real con personas reales, no sólo en el paseo marítimo sino también en las iglesias, los colegios y los barrios. Era un lugar de americanos reales, un gran crisol de ideas y de culturas.
En mi última visita a la ciudad, caminé por las mismas calles que Nucky, estuve en el vestíbulo de su hotel, comí en uno de sus restaurantes preferidos. Paseé por el paseo marítimo, donde él gobernaba como un auténtico rey, contemplando el vasto océano que él consideraba suyo. Fui transportado en el tiempo y pude imaginarme cómo había sido el lugar antaño. Disfruté mucho de todo aquello, pero no hubiera necesitado viajar tan lejos para recrear la experiencia. Nelson Johnson ya me había llevado hasta allí en su maravilloso libro.
TERENCE WINTER
Ganador de un Emmy por el guión de Los Soprano y productor ejecutivo de Boardwalk Empire
Prólogo
Los hoteles de lujo no formaban parte de su experiencia de primera mano. Hasta ahora, ella nunca había entrado en el Ritz Carlton. Lo más cerca que había estado del gran hotel era cuando caminaba por el paseo marítimo. Ahora, se encontraba en el recibidor de una gran suite de habitaciones, sentada en una butaca que casi la envolvía por completo. Estaba asustada, pero no había vuelta atrás. Estaba temblando, doblando y desdoblando su deshilachada bufanda.
Era ama de casa y en verano trabajaba en la lavandería de una pensión. Se sentía fuera de lugar y se notaba que estaba nerviosa. Tenía la cara enrojecida, sudaba, y cuando se percató de que su vestido y el jersey estaban rotos, se sintió todavía más cohibida. Sólo con un gran esfuerzo pudo controlar el pánico y el impulso de salir corriendo. Pero no podía irse. Louis Kessel le había dicho que el señor Johnson la atendería en un momento y que tenía que esperar. No podía salir ahora; sería embarazoso y, lo que era peor, podría ofender al señor Johnson. Si no fuera porque era invierno, y si no hubiera tenido tantas facturas por pagar, nunca habría sido capaz de animarse lo suficiente para venir en primer lugar. Pero no tenía elección; su marido había metido la pata y ella estaba desesperada por sacar a su familia adelante.
Louis Kessel apareció por segunda vez y le hizo una señal. Ella le siguió sin saber muy bien qué esperar. Cuando entró en el salón del señor Johnson, él le dio la mano y la saludó calurosamente. Habían pasado varios años desde que lo había conocido, en el velatorio de su padre, pero Johnson la recordaba y la llamó por su nombre. Estaba vestido con un elegante juego de albornoz y zapatillas y le preguntó qué podía hacer por ella. Al instante, su ansiedad se desvaneció. En una rápida sucesión de palabras, ella le contó cómo su marido había perdido el sueldo entero la noche anterior en una de las salas de juego locales. Su marido era ayudante de panadero y, durante los meses de invierno, los únicos ingresos de la familia eran los 37 dólares semanales que él ganaba. Insistió una y otra vez en el tema de todas las facturas y en que el carnicero ya no le daba más crédito. Johnson escuchó atentamente y, cuando ella hubo terminado, sacó un billete de cien dólares de su bolsillo y se lo entregó. Sobrecogida por la alegría, ella le dio las gracias repetidas veces hasta que él insistió en que lo dejara. Louis Kessel le hizo una señal, y añadió que había un coche esperando en la calle para llevarla a casa. Cuando salió, Johnson le prometió que se le negaría la entrada a su marido en todas las salas de la ciudad donde se jugara a dados y cartas. Le insistió en que regresara a verle si alguna vez volvía a tener problemas.
Enoch «Nucky» Johnson personifica como ningún otro la época previa a los casinos de Atlantic City. Para hacernos una idea cabal de cómo es este destino turístico en la actualidad, primero tenemos que comprender el reino de Nucky. El poder de Johnson tocó techo, al igual que la popularidad de su ciudad, durante la época de la Ley Seca, entre 1920 y 1933. En cuanto al alcohol ilegal, probablemente no había ningún lugar en el país donde se vendiera con tanto desparpajo como en la ciudad de Nucky. Era casi como si la noticia de la Ley Volstead nunca hubiera llegado a Atlantic City. Durante la Prohibición, Nucky participaba en los juegos de poder del Partido Republicano a la vez que desempeñaba un papel importante en el mundo del crimen organizado. Se desenvolvía como pez en el agua tanto con presidentes como con matones de la mafia. Sin embargo, para los residentes de Atlantic City Johnson no era en absoluto un mafioso. Era su héroe, la personificación de las cualidades que habían convertido su ciudad en un éxito.
Originalmente, Atlantic City fue concebida como un pueblo con playa por un doctor que esperaba construir un balneario para gente acomodada, pero no tardó en convertirse en un ostentoso y estridente destino de vacaciones para la clase trabajadora. Era un lugar al que la gente venía para escaparse de las reglas habituales, puesto que aquí no se aplicaban. Atlantic City floreció porque daba a sus visitantes lo que pedían: una fiesta desinhibida a un precio razonable.
En la memoria popular, que muchos consideran auténtica, Atlantic City figura como un elegante balneario para los ricos, comparable a Newport. Semejante idea es pura fantasía. En la época de su auge, Atlantic City era un destino turístico para los trabajadores de las fábricas de Filadelfia. El balneario era popular entre las personas que sólo podían permitirse un día o dos de estancia. Estos humildes trabajadores venían aquí cada verano para escaparse de los calores de la ciudad y el aburrimiento de sus trabajos. Atlantic City les ofrecía un entorno apropiado para que pudieran soltarse la melena.
Hubo cuatro ingredientes para que el balneario tuviera éxito. Cada uno era indispensable; si se hubiera eliminado cualquiera de ellos, Atlantic City habría sido un lugar muy distinto. El primer ingrediente era el transporte ferroviario. Si no hubiese sido por el ferrocarril, el desarrollo de la isla Absecon se habría retrasado por lo menos cincuenta años. El segundo era los inversores del negocio inmobiliario de Filadelfia y Nueva York. Trajeron el dinero y los conocimientos necesarios para construir y gestionar docenas de hoteles y cientos de pensiones en una isla hecha de arena. El tercero era una gran cantidad de mano de obra barata para mantener todo en funcionamiento. Sólo había una clase de trabajadores: los esclavos liberados y sus hijos. El último ingrediente era una población local que estaba dispuesta a ignorar la ley para complacer a los turistas. Desde el inicio del siglo XX hasta setenta años más tarde, la ciudad fue gobernada por una alianza entre políticos locales y criminales. Esta alianza era el producto de la relación entre la economía y la política de la ciudad.
Desde sus inicios, Atlantic City ha sido una ciudad dedicada al dinero fácil. Su carácter de ciudad es extraño, porque nunca tuvo otro papel que no fuera el de ser un destino turístico. Siempre tuvo una única razón de ser: la de proporcionar actividades de ocio para los turistas. La economía de Atlantic City dependía totalmente del dinero de la gente de fuera. Los visitantes tenían que partir con una sonrisa en los labios. Si no lo hacían, no volverían.
La clave residía en satisfacer los gustos de los clientes por los placeres, fueran éstos legales o no. Los comerciantes del balneario negociaban con el deseo de los visitantes de hacer cosas prohibidas, y los dueños de los negocios cultivaban la institución de la parranda. Poco después de su fundación, Atlantic City ya era conocida como un lugar adonde la gente podía ir a pasárselo en grande, sin ataduras. Se convirtió en un destino turístico nacional mediante la promoción del vicio como uno de los principales reclamos del sector recreativo local. Sin embargo, el mantenimiento de la industria del vicio obligó a la administración de Atlantic City a tomar medidas especiales. Era inevitable que los peces gordos de la industria del vicio se aliaran con los líderes políticos locales. Sin este tipo de entendimiento entre las dos esferas de poder, el porvenir de la mayor atracción turística de Atlantic City habría sido problemático.
No había que molestar a los huéspedes del balneario mientras se entretenían. Esto sería malo para los negocios. No importaba el hecho de que el juego, la prostitución y la venta de alcohol los domingos infringieran las leyes estatales y las normas de la moralidad convencional. Nada debía interferir con la diversión de los visitantes, porque podrían dejar de venir. Los líderes de Atlantic City hacían caso omiso a la ley y permitían que la industria del vicio local operase abiertamente, como si fuera legal.
El singular propósito del balneario requería una mentalidad especial para gestionar sus negocios. Esta necesidad, junto con el dominio del Partido Republicano en el sur de Nueva Jersey durante varias generaciones después de la guerra civil de Estados Unidos, provocó una actitud que no aceptaba una política tradicional. Los reformadores y los críticos eran un lujo que no se podía tolerar. El éxito de la economía local era la única ideología política. No querían tener una «oposición leal» ni un Partido Democrático que actuara de buena fe. Si no te adaptabas al sistema, el sistema acababa contigo. A principios del siglo XX, un híbrido político que llevaba la insignia republicana, pero financiado por el crimen organizado, ya estaba firmemente establecido.
El primer «jefe» de la vida política de Atlantic City fue Louis «el Comodoro» Kuehnle, que gobernó desde 1890 hasta 1910, aproximadamente. El Comodoro reconocía el potencial de la industria del vicio local como una fiable fuente de ingresos para su organización política. Fue Kuehnle quien estableció el procedimiento de supervisar y recoger los pagos fruto de la extorsión a los que proporcionaban entretenimiento ilegal. Bajo el dominio del Comodoro, los salones de juego, los bares ilegales y los prostíbulos operaban como si fueran legales. Las únicas ocasiones en las que la policía local realizaba registros en algún local era cuando se retrasaban los pagos.
El dinero de la extorsión, junto con los sobornos y las comisiones que se cobraban a los contratistas municipales y a los vendedores, era la base financiera de la maquinaria de Kuehnle. Después de chocar con Woodrow Wilson en las elecciones a gobernador de 1910, Kuehnle fue enviado a la cárcel por fraude electoral.
El sucesor de Kuehnle, Nucky Johnson, fue el maestro indiscutible de la vida política de Atlantic City durante los siguientes treinta años. Johnson comprendió los principios básicos de las personas y del poder y supo manejar ambos. No había un solo político local o trabajador municipal que no hubiese sido nombrado por Nucky. Se embolsaba parte de los beneficios de todos los contratos municipales y las operaciones relacionadas con el juego en la ciudad. Antes de que le enviaran a la cárcel, Kuehnle eligió a Johnson como sucesor suyo porque tanto los políticos como los criminales lo respaldaban. A estas alturas, la gente de Atlantic City estaba acostumbrada a la corrupción política y aceptó a Nucky como el nuevo jefe del balneario. Los residentes de Atlantic City esperaban, y querían, que Johnson perpetuara el tipo de política que habían conocido bajo el Comodoro. Él no les defraudó. Mediante engaños, sofisticadas maniobras y una astuta administración del dinero obtenido de diversas fuentes de extorsión, Nucky Johnson se posicionó como una fuerza importante en dos mundos distintos. Era a la vez el republicano con más poder en Nueva Jersey, capaz de decidir el destino de gobernadores y senadores, y un mafioso que gozaba del respeto y la confianza del mundo del crimen organizado.
Nucky Johnson dio a Atlantic City el tipo de liderazgo que la ciudad necesitaba. La estructura del poder político y económico que había tomado forma era corrupta de arriba abajo. Si Johnson se hubiera negado a colaborar con el crimen organizado, habría sido reemplazado. Sin embargo, Nucky dio un paso de gigante más allá de lo que el Comodoro había conseguido en relación a la alianza con la industria del vicio. Johnson metió a los criminales más importantes en la organización republicana, lo cual le convirtió en líder tanto de la maquinaria política como del mundo del crimen organizado. Bajo el liderazgo de Nucky, los dos círculos de poder se convirtieron en uno.
La revocación de la Ley Seca en 1934 supuso el principio del fin de los días de gloria para Atlantic City. Dos años más tarde, por iniciativa de William Randolph Hearst, el presidente Franklin Roosevelt mandó al FBI a la ciudad y no salió de allí hasta que no consiguió una condena de Johnson por evasión de impuestos. Costó cinco años, miles de horas de trabajo de investigación, docenas de imputaciones de los socios de Johnson, veintenas de testigos que cometían perjurio y varios casos de manipulación del jurado, pero al final consiguieron destronar a Nucky. En 1941, Johnson tuvo que ir a la cárcel y cumplió cuatro años de condena.
La estructura de poder que Nucky dejó atrás era mucho más compleja que la que él había heredado del Comodoro. El siguiente jefe de Atlantic City tenía que ser alguien capaz de ganarse el respeto de los políticos locales y de los criminales por igual. El sucesor de Johnson, Frank «Hap» Farley, era el prototipo de abogado-político americano con sangre irlandesa. Su carrera y estrategia de operaciones son asombrosamente parecidas a las del personaje ficticio Frank Skeffington, creado por Edwin O’Connor en El último hurra. Antes de los problemas de Johnson con el FBI, ya había elegido a Farley para que se presentase a las elecciones a la asamblea estatal de 1937. A lo largo de los siguientes años, Hap Farley se hizo amigo de dos de los hombres más influyentes de Johnson: Jimmy Boyd, secretario del Consejo del Condado y mano derecha de Johnson en la política, y Herman «Stumpy» Orman, un agente inmobiliario que había triunfado durante los años de la Ley Seca y que contaba con buenos contactos en la mafia a nivel nacional.
Farley, Boyd y Orman eran la asociación perfecta. Farley era el líder que acudía a Trenton y daba la cara ante la sociedad en general. Boyd era el mercenario, el brazo ejecutor que mantenía el control sobre las tropas. Orman controlaba los negocios ilegales y recogía el dinero de la protección que se usaba para financiar la organización. Boyd y Orman constituían una capa protectora para Farley, que le aislaba de cualquier problema que pudiera mandarlo a la cárcel. Hap heredó a Jimmy y Stumpy. No hubiera podido reemplazarlos ni aunque hubiese querido.
La relación de Farley con Boyd y Orman le dio la oportunidad de convertirse en legislador y funcionario a tiempo completo. Hap se involucró personalmente en los problemas de su ciudad y nunca dudó en usar su poder para promover los intereses de Atlantic City. Se hizo cargo de todos y cada uno de los asuntos que afectaran a la economía de la ciudad. Durante los treinta años que sirvió como senador del estado en representación del Condado de Atlantic, Hap Farley marcó un récord de éxitos que le convirtieron en una leyenda en Trenton. Su experiencia, junto con su dominio total de los procesos legislativos, le convirtió en una realidad impenetrable que cada gobernador debía tener en cuenta antes de fijar su programa político, durante más de veinticinco años. Farley dominaba el Senado hasta tal punto que el hecho de oponerse a él habría sido un suicidio político. Los gobernadores tenían que elegir entre negociar con Hap o ver cómo se frustraban sus planes. Gran parte de los esfuerzos de Farley como legislador estuvieron destinados a retrasar el deterioro de su ciudad. Para decepción suya, era como tratar de parar la marea. Atlantic City era víctima de la modernización de la posguerra y el declive de la ciudad provocaba un efecto similar en la carrera de Hap. Farley se agarró al poder todo el tiempo que le fue posible, hasta que fue desbancado por un demócrata en 1971. Los años que siguieron a la despedida de Farley se dedicaron a resucitar Atlantic City a la desesperada mediante la introducción de los casinos en la ciudad. La adopción, en 1976, del referéndum constitucional que legalizaba los juegos de azar en Atlantic City es un tributo a la larga tradición del balneario de promocionarse como algo más allá de su valor real. El juego y el dinero que el referéndum trajo al balneario han infundido nueva vida a una ciudad desgastada que ha vuelto a emprender el largo camino de recuperar su importancia a nivel nacional. Independientemente de cómo salga este experimento de rehabilitación urbana, Atlantic City seguirá siendo hija de los valores que la hicieron grande en sus comienzos.
Capítulo
1
El pueblo con playa de Jonathan Pitney
La medicina no le bastaba. Él quería ser algo más que sólo un médico rural. Jonathan Pitney llevaba más de treinta años cuidando de los enfermos y los lesionados y se estaba cansando. Un consultorio médico en los Estados Unidos del siglo XIX todavía no era sinónimo de riqueza y prestigio, y Pitney ansiaba tener ambos. Sabía que el consultorio no le proporcionaría ninguna de las dos cosas.
Jonathan Pitney se parecía a un personaje de una novela de Dickens. Era alto y flaco y casi siempre estaba envuelto en una larga capa negra, pero la gente se fijaba primero en sus penetrantes ojos azules y en las manos, largas y finas. La piel rugosa y pálida, junto con la larga nariz aguileña y una frente alta, coronada de mechones canosos y ondulados, le daban una apariencia singular. Jonathan, el hijo de Shubal y Jane Pitney, nació en Mendham, Nueva Jersey, el 29 de octubre de 1797. La familia Pitney había llegado a este país alrededor del año 1700. Tal como se lo contaron a un biógrafo, el bisabuelo de Pitney había llegado de Inglaterra con su hermano para «disfrutar de la libertad civil y religiosa que no les estaba permitida en su país». Finalmente se asentaron en el Condado de Morris, en Nueva Jersey. Después de licenciarse en la Facultad de Medicina del Columbia College de Nueva York, Jonathan dejó la casa paterna de Mendham para dirigirse hacia el sur, al costero pueblo de Absecon. Tenía veintitrés años cuando llegó al sur de Nueva Jersey, y pasó allí el resto de su vida.
En 1820, la parte de Nueva Jersey que se extendía al sur de Trenton no era una región demasiado importante. Las cosas habían cambiado poco durante las dos generaciones posteriores a la Guerra de la Independencia. Con la excepción de la ciudad de Camden, a orillas del río Delaware, y el pueblo vacacional de Cape May en la punta sur del estado, el sur de Nueva Jersey estaba dominado por vastos bosques de pinos. Este gran pinar selvático era cruzado por caminos estrechos y arenosos para diligencias que seguían las rutas de los anteriores habitantes de estas tierras, los lenni lenape. Pequeños pueblos con pobladores que venían de las islas Británicas y el norte de Europa, salpicaban toda esta extensión verde desde el río y la bahía de Delaware hasta el océano Atlántico. Sus vidas estaban centradas en la agricultura, la pesca y la fabricación de vidrio, limonita y carbón vegetal. Con el tiempo, estos pioneros fueron conocidos como los Pineys[1]. El pueblo de Absecon, el lugar que Jonathan Pitney eligió para iniciar su carrera profesional, formaba parte de aquel mundo.
Pitney estaba muy comprometido con su profesión y trabajaba de manera incansable. Hacía largos viajes a caballo por la costa del sur de Nueva Jersey, hasta lugares que jamás habían recibido la visita de un médico. Once años después de su llegada, el 21 de abril de 1831, Jonathan Pitney se casó con Caroline Fowler. Ella era hija de Rebecca Fowler, la dueña de la posada de Sailor Boy en Elwood, uno de los muchos pueblos que visitaba Jonathan Pitney, situado veintidós kilómetros al oeste de Absecon. Durante años, Pitney era el único médico conocido para muchas familias y las llamadas de auxilio interrumpían a menudo su cena, cuando no le despertaban en medio de la noche. Se hizo muy conocido en la zona y era querido por sus pacientes por asistir en los partos, consolar a los moribundos, coser heridas y curar los huesos rotos por accidentes en la agricultura o la pesca. Pero sus ingresos eran escasos. A menudo no tenía más posibilidades de cobrar que mediante trueques, y algunos dicen que dependía de su suegra para salir adelante. Conforme pasaban los años, el entusiasmo de Pitney fue disminuyendo y se quedó tan arrugado como su maletín de médico.
A Pitney su profesión no le satisfacía plenamente y unos quince años después de iniciar su carrera de médico se metió en la política. Era demócrata en una región claramente dominada por los republicanos, pero Pitney tenía su propio programa y consiguió romper el statu quo. En 1837 lideró una exitosa lucha por crear un nuevo condado, Atlantic, en medio de lo que por aquel entonces era el Condado de Gloucester. Gracias a aquella victoria, Pitney fue elegido presidente del consejo administrativo del nuevo condado. También fue el primer representante elegido del Condado de Atlantic para la Convención Constitucional Estatal, en 1844. En 1848 se presentó a las elecciones de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos. Sin embargo, el sur de Nueva Jersey no estaba preparado para un congresista demócrata y Pitney perdió, terminando así su carrera política.
Con el poder político fuera de su alcance, Jonathan Pitney decidió reinventarse a sí mismo, esta vez como empresario. Tenía las esperanzas puestas en una pequeña isla de arena que estaba a tiro de piedra de la costa del sur de Nueva Jersey.
A principios de su carrera profesional, Pitney atravesó la bahía de Absecon en una barca para tratar a un paciente en un lugar conocido como Further Island. Esta isla había sido creada por las mareas y las tormentas y era un lugar salvaje dominado por dunas de arena, ciénagas y aves acuáticas. Los lenni lenape habían llamado a este lugar Absegami, lo cual quería decir «poca agua de mar». Antes de la llegada de los colonizadores americanos, Absegami era un lugar de acampada para los indios, que venían para escapar de los calores del verano. Further Island era un lugar dejado de la mano de Dios con un puñado de residentes que eran todos de la misma familia y que vivían en siete cabañas repartidas por la isla. Aparte de estas solitarias cabañas, sólo había «chabolas para ostreros y pescadores y una rústica pensión en la que se alojaban los alegres hombres de Filadelfia que venían en carros a pescar y cazar o perderse». Estos primeros americanos disfrutaban de Further Island de una manera muy parecida a la de los lenni lenape.
Los lenni lenape renunciaron a sus derechos en todo el sur de Nueva Jersey a cambio de mercancías elaboradas, tales como telas de lana, teteras de hierro fundido, cuchillos, azadas y hachas. El primer terrateniente importante de la región de la que Further Island formaba parte fue Thomas Budd. Compró siete mil quinientas hectáreas en las orillas norte y sur del río Great Egg Harbor en 1678 a William Penn y un grupo de fiduciarios de los cuáqueros. Los cuáqueros se habían hecho con aquellas tierras —junto con el resto de Nueva Jersey— por el pago de una deuda. Budd vendió su parte a otros pioneros por ocho centavos la hectárea en Further Island, y a más de cuarenta centavos por hectárea en las tierras de la costa.
Cuando llegó Pitney, las únicas personas que vivían en la isla eran todas descendientes de Jeremiah Leeds, un veterano de la Guerra de la Independencia. Varios años después de la guerra, Leeds se construyó una cabaña con troncos de cedro en Further Island y se quedó a vivir allí junto con su mujer, Judith. (El asentamiento de los Leeds estaba en el lugar que más tarde se convertiría en el parque Columbus y después en el Corredor, la base de la autopista de Atlantic City). Leeds y los que le sucedieron dieron el nombre de isla Absecon a su hogar.
Jeremiah Leeds era un ogro de hombre que medía un metro ochenta y pesaba ciento veinticinco kilos. Con la ayuda de sus diez hijos, despejó el terreno alrededor de su casa y comenzó a cultivar maíz y centeno. Aparte de la venta de las cosechas, también pescaba y cazaba, así que la familia Leeds vivía bien. Leeds disfrutaba de la soledad de la isla. El austero granjero compraba tierra siempre que podía y nunca vendía nada. Cuando se murió, Jeremiah Leeds poseía cerca de 600 hectáreas en la isla Absecon, siendo el dueño de todo excepto de una extensión de 65 hectáreas.
A Pitney le encantó la serenidad y la belleza prístina de la isla Absecon. Volvía a menudo a aquel lugar y se convenció de que era el sitio por el que debía apostar. Pitney creía que la isla Absecon podría llegar a ser un lugar de veraneo para ricos. Como médico, Pitney tenía la sensación de que la isla podría ser promocionada como un balneario. No iba a hacerse rico por su profesión ni llegaría a ser alguien importante en la política, pero como fundador de un balneario podría ganar dinero y fama.
El sueño de Pitney era construir «un pueblo con playa». Intentó vender su idea, haciendo hincapié en los poderes curativos del agua salada y el viento del mar, y recomendando estancias junto al mar para curar cualquier dolencia. El problema era cómo llevar a la gente al sur de Nueva Jersey y después hacerles llegar a la isla.
El transporte ferroviario era la solución. Durante la segunda mitad del siglo XIX, el ferrocarril posibilitó el desarrollo económico en amplias extensiones de tierra que sin su ayuda habrían sido inaccesibles. En tiempos de Pitney, la locomotora del ferrocarril se convirtió en un símbolo de progreso y oportunidades. Pitney sabía que su mejor y única oportunidad era la de explotar la isla Absecon.
Pitney comenzó su campaña escribiendo cartas a todos los periódicos que quisieran publicarlas, concentrando sus esfuerzos en los periódicos de Filadelfia. Defendió la necesidad de establecer una conexión entre Filadelfia y la isla Absecon. Si aspiraba a hacer realidad sus sueños, necesitaba ubicar su balneario en la órbita de un centro urbano importante. Filadelfia era su única posibilidad. En sus cartas, firmadas con el nombre «doctor Pitney», se explayaba sobre los beneficios para la salud que suponía una visita a la isla Absecon. En todas sus cartas insistía en que lo único que hacía falta para que su isla de la salud fuera accesible a todo el mundo era una línea ferroviaria desde Filadelfia hasta la costa. La campaña epistolar de Pitney continuó durante varios años sin éxito. Las únicas personas que estaban entusiasmadas con su idea eran los descendientes de Jeremiah Leeds. Algunos de ellos no tenían ninguna gana de dedicarse a la agricultura y esperaban poder vender sus tierras.
Sin embargo, incluso a la familia de los Leeds le costaba creer que Pitney fuera a conseguir convertir la isla de Absecon en algo de provecho. La isla, tal y como era en el año 1850 según las cartas de Pitney, consistía «casi exclusivamente en arena blanca y fina, amontonada en montículos como montones de nieve». Había «varios riscos en estas antiguas playas, separados entre sí por valles estrechos y alargados en los que crecían frondosas hierbas, juncos, arbustillos y viñas, aparte de robles, cedros y acebos». La cima de una de estas dunas de arena tenía más de quince metros de altura. La isla estaba cubierta de árboles: «En algunos lugares se podía encontrar abundantes frutas silvestres, prunus maritima, uvas chinche y arándanos».
Los insectos eran menos agradables que los acebos y las frutas silvestres. Entre los meses de junio y septiembre, los mosquitos y las moscas de cabeza verde eran los amos de la isla. En verano, en cuanto dejaba de soplar la brisa del mar, las moscas de cabeza verde lo invadían todo. Eran tan grandes que se veían sus sombras cuando revoloteaban alrededor de sus víctimas. Estas moscas eran criaturas desagradables y el dolor producido por las picaduras duraba varios días. El vinagre de sidra era la única loción que aliviaba el dolor. La isla Absecon podía haber sido un lugar de naturaleza prístina, pero no era un paraíso para los turistas, ni un sitio que nadie asociara fácilmente con un balneario. Nadie que conociera las islas de la barrera del sur de Nueva Jersey y leyera las cartas de Pitney podría haber tomado éstas en serio.
Ya que la campaña epistolar no surtió efecto, Pitney presentó su idea ante los legisladores del estado con la intención de hacerse con los derechos para construir una línea ferroviaria. Estos derechos le darían credibilidad ante los inversores. En 1851 realizó varios viajes a Trenton para reunirse con líderes políticos y promocionar su línea ferroviaria. Los viajes a caballo eran largos y solitarios, y el recibimiento no era favorable.
Los legisladores pusieron la etiqueta de «la locura de Pitney» a esta iniciativa. Rechazaron la propuesta sin apenas debatirla y se burlaron de lo que consideraban un «ferrocarril a ninguna parte». La conclusión general de la asamblea era que resultaría imposible competir con Cape May, que era el primer balneario costero de Estados Unidos. Los acaudalados hombres de negocios de Filadelfia y Baltimore, así como los dueños de plantaciones e inversores en la industria tabaquera de Maryland y Virginia, llevaban veraneando en Cape May desde la década de 1790 y no había razones para pensar que eso cambiaría.
Cape May había comenzado como un pueblo de pesca deportiva frecuentado por personas de la clase alta que venían para «perderse». Se alojaban en la playa, en cabañas de madera de cedro y en tiendas de campaña, y dedicaban los días a pescar y a cazar aves acuáticas. Los visitantes preparaban su propia comida con la ayuda de esclavos y pasaban las noches reunidos alrededor de las hogueras. Durante varias décadas, hombres de negocios de Filadelfia y Delaware construyeron hoteles y pensiones, ofreciendo así una posibilidad a la gente menos curtida de veranear en la playa de Cape May.
Una mujer que visitó Cape May en el verano de 1850 escribió a los lectores de su tierra de origen describiendo la «estampa a rayas» creada por el nuevo deporte de los «baños en el mar». Aseguró que miles de personas, «grandes grupos de hombres, mujeres y niños vestidos con pantalones rojos, azules y amarillos y con sombreros de paja adornados con lazos rojos en la cabeza se metían en el mar y saltaban al compás del romper de las olas, con risas y gran regocijo». La corresponsal era la sueca Frederika Bremer (1801-1865), novelista y autora de relatos de viajes, y continuaba describiendo la escena que presenció en la playa de Cape May en los siguientes términos: «Blancos y negros, caballos, carruajes y perros, todos están entremezclados, y delante de ellos nadan los grandes peces, las marsopas. Éstas levantan sus cabezas y a veces dan tremendos saltos, seguramente porque les divierte mucho ver cómo los humanos se revuelcan en su propio elemento».
En los años anteriores a la guerra civil de Estados Unidos, Cape May era famosa por ser un «balneario sureño» y se convirtió en un paraíso para los más acaudalados de la sociedad del sur. Dueños de plantaciones y la élite del norte acudieron en brillantes carruajes tirados por caballos y desfilaban a orillas del mar bajo el sol. Bandas musicales de fama nacional tocaban para las señoras en los buenos hoteles, mientras los hombres se dedicaban a jugar a las cartas. El salón de juegos más popular era El Cochino Azul, sólo para «caballeros».
En 1850 no había otro balneario en Estados Unidos que pudiera competir con el cabo de Jersey por atraer a los ricos y famosos. Había más gente de fama nacional que veraneaba en Cape May que en cualquier otro lugar. Saratoga afirmaba lo contrario, pero sólo Cape May podía jactarse de recibir visitas frecuentes de presidentes; varios de ellos establecieron su cuartel general allí durante el verano. El único balneario que rivalizaba con Cape May en la carrera de convertirse en la Casa Blanca del verano era Long Branch, en Nueva Jersey, a más de ciento cincuenta kilómetros de distancia. No había necesidad de un tercer balneario, y menos en la parte sur del estado.
La mayoría de los que visitaban Cape May llegaba al lugar en balandros y en barcos de vapor, aunque algunos también venían en diligencia. Fuera cual fuese el medio de transporte, el viaje era largo y caro. Sin embargo, los veraneantes de Cape May eran fieles y el balneario prosperaba. Era un lugar popular entre los líderes políticos de Trenton y la mayoría de los legisladores opinaba que si se construía una vía ferroviaria hasta la costa de Jersey, el destino debía ser Cape May.
Otro obstáculo al que Pitney tenía que enfrentarse era el monopolio del Ferrocarril Camden-Amboy. En 1832, se había otorgado derechos exclusivos de explotación interestatal a esta compañía ferroviaria con sede en el norte de Nueva Jersey. Aunque el Camden-Amboy no tenía planes de construir un ferrocarril en el sur de Jersey, los legisladores no iban a permitir que alguien como Pitney entrase en el negocio ferroviario. Pitney no contaba ni con los recursos financieros ni con los contactos políticos adecuados, de modo que su idea de unir Filadelfia con una isla desconocida y poco desarrollada parecía absurda. Al rechazar su propuesta, los legisladores le preguntaron: «¿Quién ha oído hablar de construir una línea de ferrocarril con sólo una estación de destino?».
La humillación de Pitney ante el poder legislativo del estado le obligó a cambiar de estrategia. Abandonó sus campañas por conseguir el apoyo popular y comenzó a vender su idea a los ricos y los poderosos. A mediados del siglo XIX, los barones de la limonita y del vidrio constituían la élite del sur de Nueva Jersey. Estos barones, alrededor de una docena de familias, controlaban casi todas las riquezas, poseían casi todas las tierras sin explotar y daban trabajo a casi todo el mundo que no fuera agricultor o pescador. Pitney les hablaba de la necesidad de que las fábricas de vidrio y las fundiciones contaran con mejores infraestructuras de transporte y argumentaba que sus productos podían ser distribuidos de manera más eficaz con el ferrocarril. Las cosas comenzaron a cambiar para Jonathan Pitney cuando encontró un aliado en Samuel Richards.
El apellido Richards era como un hechizo. Desde los tiempos coloniales hasta la guerra civil de Estados Unidos, la familia Richards era la más influyente en el sur de Nueva Jersey. El imperio de los Richards operaba desde los pueblos de Hammonton y Batsto e incluía fundiciones de hierro y de vidrio, molinos de algodón, fábricas de papel y de ladrillos, así como granjas. Durante varias generaciones, los Richards eran una de las familias con más posesiones de tierra en el este de Estados Unidos. En su época de máximo esplendor, la familia Richards poseía un total de más de ciento veinticinco mil hectáreas.
Samuel Richards, en palabras de uno de sus biógrafos, «tenía el aspecto de un director de banco y trabajaba como un buey. A pesar de su elegante porte y exquisita ropa, ninguna tarea era demasiado insignificante, ningún problema demasiado complejo, para que no se hiciera cargo de ellos personalmente». Richards era un empresario del tipo bucanero que llevaba una vida extravagante. Tenía una bella mansión en el sur de Nueva Jersey con grandes fincas colindantes y esclavos, así como un palacete de estilo victoriano en Filadelfia. Formaba parte de la aristocracia. Samuel Richards era vital para los planes de Pitney y además comprendía la importancia de establecer una línea ferroviaria entre Filadelfia y la isla Absecon. Vio el potencial del ferrocarril de Pitney y se dio cuenta de que podría enriquecer aún más a su propia familia.
El negocio ferroviario era una aventura mayúscula para los empresarios del siglo XIX y Samuel Richards estaba ansioso por invertir en el negocio. Por encima de todo lo demás, fue el auge del ferrocarril lo que transformó la economía de Estados Unidos en las décadas de 1840 y 1850. El desarrollo de una red ferroviaria a lo largo y ancho del país tuvo un impacto enorme en la economía nacional. Al principio tenían que importar los raíles de hierro, sobre todo de Inglaterra, para satisfacer la demanda, pero con el tiempo el ferrocarril motivó el desarrollo de una producción de hierro propia en Estados Unidos. Puesto que el ferrocarril precisaba enormes inversiones, los promotores inventaron nuevas formas de financiación. En una época en que casi todos los asuntos relacionados con la producción y el comercio todavía estaban gestionados por familias o sociedades privadas, el ferrocarril provocó el establecimiento de sociedades anónimas que vendían acciones al público. Este tipo de financiación marcó las pautas de la inversión y abrió el camino para la creación de las corporaciones modernas. El ferrocarril impulsó el crecimiento económico más que cualquier otra cosa en la historia de la nación hasta la fecha. Richards sabía que una línea ferroviaria que uniera sus tierras con Filadelfia incrementaría el valor de las mismas y le posibilitaría sacar beneficios de la venta de parte de sus vastos terrenos. Aunque el valor de las tierras no se disparase, Richards y sus socios seguirían beneficiándose de la reducción de costes del transporte del vidrio y el hierro que producían. Por aquel entonces, los productos que se fabricaban en el sur de Nueva Jersey eran transportados en carros tirados por caballos hasta Filadelfia, por caminos arenosos que normalmente resultaban intransitables con mal tiempo.
Samuel Richards se enganchó a la iniciativa de Pitney hasta tal punto que prácticamente llegó a considerarla suya. Richards se hizo cargo del trabajo de convencer a las autoridades de la necesidad de construir la línea ferroviaria. Cuando Pitney se puso en contacto con él, Samuel Richards acababa de cumplir treinta años. Sin embargo, el apellido de su familia por sí solo era suficiente para captar la atención de la asamblea legislativa del estado. Los argumentos de Richards fueron plenamente comprendidos por sus amigos republicanos de Trenton. Les convenció de que el ferrocarril era necesario para que las industrias locales de hierro y vidrio siguieran siendo competitivas. En cuanto a los planes de Pitney de construir una línea ferroviaria hasta un pedazo de arena con tan sólo siete cabañas, eran los inversores los que tenían que hacer frente a los gastos de la colocación de los raíles todo el camino hasta la isla Absecon.
No había objeciones por parte de la compañía del Ferrocarril Camden-Amboy, que, probablemente, no tomaba la propuesta en serio. Al final, los legisladores se dejaron convencer por el ímpetu de Richards y por la idea generalizada entre muchos de que los planes de Pitney no prosperarían nunca. De esta manera, lo que en 1851 había sido el ferrocarril a ninguna parte se convirtió en la concesión de los derechos para la nueva línea de Camden-Atlantic al año siguiente.
Con esta concesión, Pitney dio un paso de gigante para convertir su sueño en realidad. Richards y Pitney comenzaron a ligar inversores al proyecto; casi todos o estaban metidos en las industrias de hierro y vidrio o eran grandes terratenientes. Pitney podía haber tenido el gran sueño, pero no sirvió de demasiada ayuda a la hora de buscar financiación. De las 1.477 acciones que se emitieron inicialmente, Pitney compró 20 y vendió 100 a su amigo Enoch Doughty, de Absecon. Samuel Richards encontró al resto de los inversores y la mayoría de las acciones quedaron en manos de su familia. Para la mayoría de los inversores, el éxito del pueblo con playa de Pitney era irrelevante. Sus fábricas y tierras estaban en Camden y en los condados occidentales de Nueva Jersey, a una distancia de entre 45 y 75 kilómetros de la costa. Siempre y cuando el ferrocarril llegara a sus propiedades, poco les importaba si el tren alcanzaba o no la costa y menos todavía el futuro de la isla Absecon.
Más tarde, Samuel Richards reconoció que vio la isla Absecon por primera vez en junio de 1852, sólo una semana antes de que comenzara la construcción del ferrocarril y tres meses después de que el poder legislativo hubiera concedido la licencia. «Bajamos en un carruaje hasta el pueblo de Absecon y después cruzamos el estrecho en una barca, hasta la playa de enfrente. Desembarcamos en el embarcadero habitual de la vía pública, no muy lejos de la granja de los Leeds».
Richards estaba abrumado por tanta arena. Años más tarde confesó: «tenía la impresión de que […] era el peor lugar para la última estación de una vía ferroviaria que había visto nunca». Varios inversores más acompañaron a Richards en la visita y estuvieron cerca de abandonar el proyecto. «La isla les parecía inhóspita y los estériles montones de arena, desnudos y solitarios, le daban un aspecto extraño y salvaje, un verdadero desierto».
Los inversores dudaban de que este lugar pudiera llegar a convertirse en un balneario y pensaban que «sería una aventura irresponsable construir un ferrocarril hasta un lugar tan salvaje». Los amigos de Richards no estaban seguros de que fuera a ser posible tender los raíles sobre los pastizales que conducían a la isla desde el otro lado de la bahía. Richards les recordó que la principal razón para construir el ferrocarril era enlazar sus fábricas y tierras con los crecientes núcleos urbanos de Camden y Filadelfia, y les aseguró que el balneario de Pitney era algo secundario.
El dinero que se había conseguido para el nuevo Ferrocarril Camden-Atlantic no se usó sólo para adquirir terrenos y tender raíles. Richards y Pitney se pusieron a comprar toda la tierra que pudieron en la isla Absecon. La isla sólo tenía dieciséis kilómetros de largo y en su punto más ancho tenía poco más de un kilómetro y medio de costa a costa, por lo que ofrecía una tentadora posibilidad de monopolización. A pesar de todo el dinero que esta inversión supondría, Richards no pudo evitar pensar que el valor de los terrenos de la isla Absecon podría aumentar tras la construcción de la línea ferroviaria. Ya que Jonathan Pitney gozaba de la confianza de los isleños, los terrenos fueron adquiridos en su nombre y después fueron transferidos a la compañía ferroviaria.
El Ferrocarril Camden-Atlantic alteró el negocio inmobiliario de una manera tan agresiva que la asamblea legislativa del estado adoptó una ley que le prohibía comprar más tierra, pero eso no frenó a Richards y Pitney. Rápidamente crearon la Compañía de Tierras del Camden-Atlantic y continuaron comprando terrenos. Ahora que Jeremiah Leeds había desaparecido y sus descendientes ya no estaban interesados en la agricultura, Richards y Pitney pudieron adquirir la mayor parte de las tierras de la isla Absecon. En menos de dos años compraron todos los terrenos que necesitaban para satisfacer a los inversores. En 1854, la familia Leeds vendió el grueso de sus propiedades. Juntas, las Compañías del Ferrocarril y de Tierras compraron casi quinientas hectáreas a un precio de entre diez y veinte dólares por hectárea.
Mientras que Pitney negociaba las adquisiciones de tierras, Richards supervisaba la construcción del ferrocarril. El primer constructor que habían elegido para la obra fue Peter O’Reilly. Sacaron la primera palada de tierra en septiembre de 1852, pero, después de varios meses de retrasos, se hizo evidente que O’Reilly no estaba a la altura de las circunstancias. Richards decidió que O’Reilly debía marcharse. Fue sustituido por Richard Osborne, que previamente había sido responsable de la construcción del ferrocarril de Richmond y Danville. Nacido y formado en las islas Británicas, Osborne era un ingeniero civil que se había licenciado en Chicago, la ciudad que más creció en el siglo XIX. Osborne era un hombre de muy buen ver, caracterizado por sus frondosos mostachos y por unas patillas que le llegaban por debajo de la barbilla. Estaba trabajando en Filadelfia cuando Samuel Richards se puso en contacto con él para que hiciera de consultor para las Compañías del Ferrocarril y de Tierras en el desarrollo del pueblo con playa. Osborne sabía identificar una buena oportunidad y le excitaba la idea de estar al timón de la aventura de Richards. Esperaba poder sacar una fortuna del árido paisaje de la isla de Pitney.
El primer objetivo de Richard Osborne fue el de planificar el trayecto del ferrocarril. No era un asunto complicado. Fijó el rumbo de las vías como una línea recta que partía de Cooper’s Ferry en Camden y se extendía hasta el centro de la isla Absecon. Osborne y su equipo de topógrafos trazaron la ruta del tren a través del corazón del gran pinar del sur de Nueva Jersey. Ignoraron los caminos para las diligencias y los demás caminos para carros y caballos. Los raíles no cederían ante nada.
Las obras de la construcción del ferrocarril bajo la dirección de Osborne se iniciaron en serio en ag
