El nadador

Joakim Zander

Fragmento

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Julio de 1980

Damasco, Siria

 

 

 

Cada vez que te tengo en mis brazos es la última vez. Lo he sabido desde el primer día. Y cuando volviste, y yo cogí al bebé con manos insomnes, en lo único en lo que podía pensar era en que esa sería la última vez que lo tenía en mi regazo.

Me miras, ojos purificantes como una promesa de lluvia, y yo sé que tú sabes. Que lo llevas sabiendo el mismo tiempo que yo. Mi traición, ahora, en este mismo instante, tan próxima que ambos percibimos su aliento hediondo, sus latidos, el ritmo irregular de su corazón.

El bebé jadea en la cuna y tú te levantas, pero yo me anticipo y lo cojo en brazos. Lo recuesto sobre mi pecho. Siento su respiración, sus latidos acelerados, a través de la mantita de punto azul celeste que tu madre nos hizo. Su corazón es mi corazón. No hay nada que pueda justificar el abandono de tu propia sangre. No hay excusas ni motivos. Solo un puñado de pretextos, solo mentiras de distintos niveles. Cosas que yo, más que nadie, domino a la perfección.

 

 

La ciudad está más que caliente. Después de dos meses de sequía mortal la urbe parece lava incandescente. Cuando por fin cae la noche, sus calles ya no son grises ni beis, sino transparentes, están extenuadas, deshidratadas, temblorosas como la gelatina. Aquí nadie piensa con claridad. Todo huele a basura. Basura, humo de tráfico, ajo y comino. Pero yo solo noto el olor de la criatura. Cierro los ojos y respiro hondo varias veces con la nariz pegada a su coronilla casi calva. Y el bebé todavía está caliente. Demasiado caliente. La fiebre no cede.

Tú remarcas que es el tercer día. Te oigo hurgar en los cajones en busca de una aspirina o cualquier cosa. Es el calor. Nos vuelve locos. Los dos sabemos que aquí no tengo nada de eso, en mi piso, mi espejismo. ¿Por qué estamos aquí?

—Dame las llaves —dices tú.

Agitas la mano como los vendedores de los bazares cuando piden el dinero. Y cuando yo titubeo:

—Dame las puñeteras llaves, maldita sea.

Tu voz una octava más aguda, un matiz de desesperación.

—Pero oye, espera. ¿No es mejor si yo...? —empiezo.

El bebé inmóvil sobre mi hombro. La respiración tan leve que es casi imposible de discernir.

—¿Y cómo coño vas a entrar tú en la embajada? ¿Eh? Tú mismo puedes ver que necesitamos un antifebril.

A regañadientes saco el manojo de llaves del bolsillo. Mientras hago equilibrios con el bebé en mi pecho las llaves se me escurren de los dedos y aterrizan con un tintineo apagado en el suelo de mármol del recibidor. «El calor apaga hasta los ruidos», pienso. Los retrasa, los frena. Nos agachamos al mismo tiempo para recogerlas. Por un instante nuestros dedos se rozan, nuestros ojos. Luego tú te haces con el manojo de un tirón y te levantas, desapareces entre los ecos de la escalera, dejando atrás el sonido amortiguado de la puerta al cerrarse.

 

 

Estoy con el bebé en la minúscula sombra del balcón que da a la calle. El recuerdo de una brisa me acaricia la cara. El calor hace que sea difícil respirar. En el aire solo flota el mal olor de la ardiente ciudad. ¿Qué pasó con el jazmín? Hubo una vez en que toda la ciudad olía a esa flor.

El colgante que me diste antes de que todo se volviera calor, fiebre y huida me quema la piel del pecho. El que una vez fue de tu abuela y luego de tu madre. Pienso que lo dejaré aquí, que lo pondré en la mesita de pared del recibidor, la de taracea de nácar y palisandro que compramos juntos en el bazar cuando hacía menos de una semana que los lazos habían empezado a crecer. Pienso que no tengo derecho a llevarme el colgante. Que ya no me pertenece. Si es que alguna vez lo ha hecho.

Sé todo lo que hay que saber para sobrevivir. Me sé todas las calles de la ciudad, todas las cafeterías. Conozco hasta al último anticuario con bigote y dudosos contactos, a los bocazas de los vendedores de alfombras, al chico que vende té hecho en el samovar de un metro de alto que carga a la espalda. He bebido whisky importado con el presidente en salas llenas de humo, junto con dirigentes de organizaciones a las que él oficialmente desprecia. El presidente sabe mi nombre. Uno de ellos. He invertido bien el dinero. He procurado que caiga siempre en las manos que más beneficio me pueden proporcionar para conseguir los intereses que me han puesto como objetivo. Si os cruzáis conmigo hablaré vuestros idiomas mejor que vosotros mismos. Al mismo tiempo: llévame a otro sitio, suéltame en la jungla, en la estepa, en el vestíbulo del Savoy. Dame un minuto. Me convierto en una lagartija, una brizna de hierba seca, un joven banquero en traje de rayas, con el pelo un poco demasiado largo y un pasado variopinto pero privilegiado. Conozco ligeramente a vuestros amigos de la universidad a través de terceros. Ellos nunca se acuerdan de mí.

No lo sabéis, pero soy infinitamente mejor que vosotros. Cambio mucho más deprisa. Me adapto mejor. Tengo un contorno más incierto y un núcleo más sólido. Llevo las riendas más cortas. Si se alargan, las corto. ¿Y ahora? Ahora me he desconcentrado y las he dejado crecer, las he dejado endurecerse. Lazos de sangre.

 

 

El juego es eterno, pero esta partida ha terminado. Abrazo más fuerte al bebé contra mi pecho, zapateo impaciente en las baldosas. Cuando las imágenes de muerte se filtran en mi sinapsis cierro los ojos y sacudo la cabeza. Sin darme cuenta me digo a mí mismo con un susurro:

—No, no, no…

La cara hinchada en el sumidero abierto junto a la autovía hacia el aeropuerto. Los ojos abiertos. Las moscas en el calor. Las moscas.

—No, no, no…

¿Por qué no lo dejé en paz? Yo ya lo sabía todo. ¿Por qué convencí a Firas para tener otra reunión cuando la pista ya estaba al rojo vivo? Pero era demasiado contradictoria, demasiado difícil de creer. Necesitaba oírlo una vez más. Mirar una vez más a los ojos nerviosos de Firas para ver si había algo escondido allí dentro. Ver si una sombra se posaba en su cara cuando repetía a despecho los detalles por última vez. Ver si sus tics nerviosos se habían acentuado o desaparecido del todo. Todas esas señales. Todos los matices. Todo aquello que constituye la casi imperceptible línea divisoria entre verdad y mentira, vida y muerte. Cierro los ojos, niego con la cabeza mientras la angustia, la culpa, me atraviesan. Tendría que haberlo visto.

Y ahora ya no hay tiempo que perder. El coche está alquilado a nombre de uno de mis contactos y está aparcado a la vuelta de la esquina. La mochila con ropa, dinero y pasaportes nuevos me espera en el maletero. El camino de huida está activado, escrito con tinta invisible en el interior de mis párpados. Es la única solución en este momento. Convertirse en niebla y luego esfumarse como el aire. Formar parte del comino, el ajo, la basura y los humos. En un día bueno, incluso del jazmín.

Levanto al bebé y lo miro. Es un alivio que tenga tus ojos. Así es más fácil. ¿Qué clase de ser humano es el que abandona a su descendencia? Aunque sea para protegerla. Una traición tras otra. Una mentira tras otra. ¿Por cuánto tiempo puede la relatividad salvar el alma de una persona?

El ruido de la calle. Más lento y apático en el calor. Contornos de voces cansadas que apenas llegan hasta donde estoy, en la tercera planta. Coches que se arrastran sedientos y atormentados por el hormigón escaldado.

Y entonces el traqueteo de un coche que no arranca. Una llave que gira pero que no logra hacer que la bujía suelte una chispa. Una vez:

«Aaaaannnnnananananananan».

Me pongo al sol en el balcón, tapando al bebé, y me acerco a la barandilla. Es como meterse en una bañera demasiado caliente. El sudor corre por mis mejillas. Mis axilas, mi espalda y mi pecho ya están empapados. Me asomo por la baranda, paseo la mirada hasta encontrar el viejo Renault verde oxidado al otro lado de la calle. Pensamientos que me pasan por la cabeza: que me pusiera contento al encontrar justo ese hueco para aparcar. Que pensara que el coche se quedaría allí durante semanas, meses. Que quizá al final encontrarías las llaves y lo cambiarías de sitio. Que por qué te ibas a interesar por el coche.

Los reflejos del sol centellean en la luna del conductor. Pero cuando entorno lo ojos puedo verte. Tu pelo hermoso y rubio, liso y graso por tantas noches en vela y falta de agua. Inclinada hacia delante, la cara desencajada de irritación, dolor de cabeza, todas las ideas que pasan por ella, toda la preocupación. Pienso que eres lo más bello que he visto en toda mi vida. Que es la última vez que te veré. El cuchillo que se retuerce, vuelta tras vuelta, en mi corazón.

Giras la llave una vez más:

«Aaaaannnnnananananananan».

Es la señal. Una de ellas. Una de las miles de señales que he aprendido a reconocer para sobrevivir. Y sé que ya es tarde, demasiado tarde. Caigo en la cuenta. El pánico mortal, el desengaño, la culpa, la culpa, la culpa. Todo en el lapso de tiempo que tarda un nervio en reaccionar al dolor.

Cuando la explosión me revienta los tímpanos ya estoy tirado en el suelo. El estallido no es sordo, no está amortiguado por el calor. Es terrible, majestuoso. Es un campo de batalla comprimido en un instante. Siento miles de partículas diminutas, leves, afiladas, que me cubren como ceniza. Cristales y lo que quizá sean trozos de la fachada, trozos de metal.

Después reina un silencio sepulcral. Creo yacer bajo un manto de vidrio, un manto de cemento barato, acero oxidado. Pienso que debo de estar sangrando. Pienso que si estoy pensando es que estoy vivo. Pienso que tengo los brazos por aquí en algún sitio, que los noto debajo del hormigón. Pienso que qué es lo que estoy abrazando, sobre qué estoy tirado. Consigo rodar el cuerpo media vuelta a un lado. Tintineo de hormigón y cristales a mi alrededor. Con cuidado me incorporo, me apoyo sobre un codo que parece responder a las señales de mi columna vertebral.

Debajo de mí está el bebé, mis manos aprietan fuerte sus orejas. El bebé me mira y parpadea, respira de forma pesada, febril. No lo ha tocado ni un solo cristal.

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8 de diciembre de 2013

Upsala, Suecia

 

 

 

En realidad Mahmoud Shammosh no estaba paranoico. Al contrario. Si alguien le preguntara, él se describiría como todo lo opuesto. Racional. Académico. Y más que ninguna otra cosa: decidido.

Mahmoud nunca había creído en la marginación ni en las conspiraciones. Eso era cosa de adolescentes, yihadistas y conspiranoicos. Él no había conseguido salir del cemento y la desesperanza de la periferia hasta alcanzar el doctorado en Upsala, pasando por todo lo que había tenido que aguantar, a base de buscar excusas. Si había algo de lo que estaba seguro era de que en nueve casos de cada diez la solución más simple era la correcta. La paranoia era cosa de perdedores.

Con un pequeño chasquido consiguió soltar su oxidada Crescent del aparcamiento de bicicletas delante del edificio Carolina Rediviva de la universidad. Una vez, mucho tiempo atrás, había sido de color azul claro. Solo los estudiantes de primer año tenían bicis bonitas en Upsala. Los veteranos sabían que esas las robaban la primera semana. La bicicleta de Mahmoud parecía hacer equilibrios en la finísima frontera entre el perfecto camuflaje y la total inutilidad.

Dio un par de pedaladas fuertes y luego dejó que la cuesta abajo hacia la ciudad hiciera el resto. Tras casi siete años en Upsala seguía adorando dejarse caer por la calle Drottninggatan con el viento acariciándole la cara. El frío gélido cortándole los nudillos. Lanzó una mirada por encima del hombro con resignación. Las farolas de la cuesta que subía a la biblioteca brillaban con solitaria melancolía en la temprana oscuridad de diciembre. Nadie lo estaba siguiendo.

 

 

La recepción de la facultad de Derecho en la plaza Gamla Torget estaba llena de adornos brillantes. El árbol de Navidad y los candelabros de adviento estaban encendidos, a pesar de que era domingo, pero el pasillo de la tercera planta estaba a oscuras y en silencio. Abrió con llave la puerta de su despachito abarrotado. Entró, encendió la lámpara del escritorio y puso en marcha el ordenador.

Se sentó en la silla de espaldas a la ventana y apartó dos libros sobre la privatización de las funciones del Estado y derechos humanos. Dentro de poco, si todo iba según lo previsto, él mismo sería el autor orgulloso de un libro de la misma temática: La privatización de la guerra. Era el título de su tesis doctoral. Llevaba escrito más o menos la mitad.

En verdad lo que había escrito hasta la fecha era bastante tradicional. Quizá contuviera más trabajo de campo de lo que suelen hacerlo las tesis de Derecho, pero esa era precisamente la idea que perseguía con la tesis. Era moderna, interdisciplinaria. Había entrevistado a una cincuentena de empleados de empresas estadounidenses y británicas en Irak y Afganistán. Empresas que cumplían las mismas funciones que hasta ahora solo habían llevado a cabo los ejércitos, desde transportes y abastecimiento hasta distintas variantes de servicios de vigilancia, e incluso combate puro y duro.

Al principio había cruzado los dedos para conseguir una exclusiva, un Abu Ghraib o un My Lai. El académico que revela los crímenes más grandes y terribles. Y su pasado había sido una ventaja, Mahmoud lo sabía. Pero no había descubierto nada espectacular. Solo había sido lo bastante bueno a la hora de hacer un mapa y catalogar las empresas y sus normas como para publicar un artículo en el European Journal of International Law y un resumen en el periódico sueco Dagens Nyheter. Y a ello le siguió una entrevista inesperada para la CNN en Kabul. Eso había llevado a que de pronto lo invitaran a conferencias y simposios internacionales. No era ninguna exclusiva, pero sí el dulce, muy dulce, sabor de un triunfo inminente.

Hasta que llegó el mensaje, vaya.

 

 

Con un suspiro, Mahmoud levantó una pila de quinientas hojas de su escritorio. El último capítulo de su tesis. Ya la primera página estaba repleta de comentarios en rojo. Su director de tesis, un viejo reservista, revisaba cualquier intento de atajo que Mahmoud probara a hacer con su material. Notó que su corazón se le desinflaba en el pecho y dejó el montón de papeles a un lado. Primero el mail.

El anticuado ordenador soltó un gruñido cuando Mahmoud trató de abrir el programa de correo electrónico, como si estuviera protestando por verse obligado a trabajar en domingo. Los equipos informáticos de la facultad no es que fueran de última generación. A esta facultad no venías por sus facilidades modernas sino más bien por lo contrario: quinientos años de tradiciones.

Mahmoud echó un vistazo por la ventana y contempló la oscuridad de diciembre. Puede que su despacho fuera pequeñito, pero tenía las mejores vistas de toda Upsala. En primer plano el río Fyris y esa casa que Ingmar Bergman usó en Fanny y Alexander. ¿Cómo se llamaba? ¿Akademikvarnen? Por detrás, la iglesia y el castillo, iluminados con luz casi fantasmagórica en todo su esplendor burgués, académico e impoluto. Mahmoud ya casi nunca reparaba en ello, pero esa vista no tenía nada que ver con el pequeño parque infantil y el hormigón desconchado en el que había pasado su infancia. Al final el ordenador se rindió y dejó que Mahmoud entrara a ver su correo. Solo uno nuevo, sin título. No era de extrañar, había revisado el mail hacía apenas un cuarto de hora en la biblioteca. Estaba a punto de marcarlo como spam cuando reaccionó por la dirección del remitente. Jagareoo@hotmail.com.

Se le aceleró el pulso. Era el segundo e-mail que le llegaba de esa dirección de correo. El primero lo había recibido justo al volver de su último viaje a Afganistán y era el causante de la paranoia que lo había abordado en las últimas semanas.

El mensaje había sido escueto, en sueco, y, por lo que parecía, lo había enviado alguien que había estado presente en Afganistán:

 

Shammosh:

Vi que te entrevistaban en la CNN hace un par de días. Por lo visto te has vuelto serio de cojones. ¿Existe alguna posibilidad de que nos veamos en Kabul los próximos días? Tengo información sobre algo que nos interesa a los dos. Ten cuidado, hay gente que te está vigilando.

Voluntad, coraje y perseverancia.

 

El tono familiar. «Voluntad, coraje y perseverancia». Palabras conocidas de un tiempo remoto. Sin duda, se trataba de alguien que lo conocía.

Y el final: «Hay gente que te está vigilando». Mahmoud lo había ventilado rápido con una risotada. Era algún colega, no cabía la menor duda. Alguien que le estaba gastando una broma. En cualquier momento le llegaría un e-mail nuevo diciendo «LOL! ¡Has caído!». Algunos fragmentos de su pasado resultaban singulares entre los círculos sociales en los que ahora se movía y eran una importante fuente de bromas para sus nuevos amigos. Pero no llegó nada más a su buzón de entrada. Y poco a poco comenzó a mirar a su alrededor. Solo para estar seguro. Solo para... bueno, ¿por qué no?

Y aquella misma noche lo había visto. Un Volvo normal y corriente V70. Gris burocrático. Y más tarde aquella misma semana lo vio otra vez cuando salía del Centro de Salud Estudiantil después de su partida semanal de baloncesto. Memorizó la matrícula. Y a partir de ahí lo había visto en todas partes. Mahmoud sintió un escalofrío. Quizá fuera un farol. Quizá no.

Se volvió hacia el ordenador y abrió el nuevo correo. ¿Iba a revelarse la broma? Jamás le reconocería al autor que en parte se la había creído.

El texto estaba en sueco:

 

Shammosh:

Me pondré en contacto contigo en Bruselas. Tenemos que vernos.

Voluntad, coraje y perseverancia.

 

Mahmoud volvió a sentir que se le aceleraba el pulso. ¿Cómo podía saber esa persona que iba a estar en Bruselas esa misma semana? Que él supiera, solo su director de tesis estaba al tanto de que había aceptado una invitación para hablar en una conferencia organizada el jueves por el International Crisis Group. A Mahmoud se le puso la piel de gallina, un estremecimiento le recorrió el espinazo. ¿No podía tratarse de una broma, a pesar de todo? ¿El Volvo, una alucinación suya? Pero al mismo tiempo... En alguna parte, una sensación de tensión, una pequeña dosis de adrenalina.

Negó con la cabeza. Quizá no había más que esperar y ver si alguien se le cruzaba en Bruselas. Pero le quedaba una cosa por hacer antes de salir del despacho. Un e-mail que tenía que escribir sí o sí. Un contacto que llevaba mucho tiempo esperando recuperar.

 

 

Klara Walldéen había surgido de repente, de forma totalmente inesperada. Un día apareció, sin más, rodeándolo con los brazos, apoyando la cabeza sobre su hombro, con las manos metidas en su pelo cada vez más largo. Había sido un periodo muy turbulento de su vida. Él estaba vacío y desconcertado, exhausto e insomne. Completamente solo. Y un día ella estaba de pie en la puerta de su diminuto y austero piso.

—Te he visto en las clases —dijo ella—. Eres el único que parece estar más solo de lo que yo me siento. Así que te he seguido. Qué locura, ¿no?

Después cruzó el umbral y tumbó su soledad al lado de la de Mahmoud sin decir nada más. Y él dejó yacer la suya hasta que ambas se acercaron la una a la otra por sí solas, hasta que se fundieron. Para él era una liberación el hecho de que a menudo permanecieran en silencio, sin tener que hablar. Que pudieran quedarse tumbados en su modesto colchón o en la cama estrecha y dura de Klara en Rackarberget, escuchando alguno de sus singles de mercadillo crepitando en el desvencijado tocadiscos de viaje.

Seguía sin pasar un solo día sin que Mahmoud pensara en ello. En cómo respiraban de la forma más discreta posible para no rasgar la frágil membrana que los envolvía, en cómo los latidos de sus corazones armonizaban con el ritmo de I’m so happy de Prince Phillip Mitchell.

Aun así él había sabido desde el principio que la cosa no iba a funcionar. Que había algo en su interior que no se entregaba, algo que era inconciliable con lo que él y Klara habían creado. Algo que guardaba para sí, en lo más hondo, en la parte más escondida de su corazón. Cuando Klara fue aceptada en la London School of Economics, al final de la carrera de Derecho, habían jurado que irían y vendrían, que lo harían funcionar, que la distancia era irrelevante para una relación tan fuerte como la suya. Pero en el fondo Mahmoud sabía que era el final. Por dentro sentía que el fuego que tanto le había costado sofocar se reavivaba con una nueva llama de determinación.

Jamás olvidaría los ojos de Klara cuando estaban en el aeropuerto de Arlanda y él comenzó a tartamudear su discursito de memoria. Que si quizá estaría bien hacer una pausa. Que si serían una carga el uno para el otro. Que si no había que verlo como un final sino como una nueva posibilidad. Todas esas cosas que eran excusas, cualquier cosa menos la verdad. Ella no dijo nada. Ni una sola palabra. Y no le quitó los ojos de encima. Cuando Mahmoud hubo terminado, o cuando las palabras terminaron de traicionarlo, todo el amor, toda la sensibilidad, se habían esfumado de los ojos de Klara. Ella lo miraba con un desprecio tan penetrante que las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Mahmoud. Después ella cogió las maletas del suelo y se fue al check-in sin darse la vuelta. Ya habían pasado tres años. No habían vuelto a hablar desde entonces.

 

 

Mahmoud se inclinó sobre el ordenador y abrió un correo nuevo. Sus dedos picaban las teclas a toda velocidad. Lo único que había tenido en la cabeza desde que lo habían invitado a la conferencia en Bruselas era que se pondría en contacto con Klara. Pero no lo había conseguido. No se había visto capaz de escribirle.

—¡Va, tío! —se dijo a sí mismo en voz alta—. ¡Ya!

Tardó casi media hora en escribir un e-mail que al final no pasaba de las cinco líneas. Le llevó otro cuarto de hora borrar todo lo que pudiera interpretarse como segundas intenciones, desesperación o referencias a una historia a la que ya no tenía acceso. Al final respiró hondo y dio a «Enviar».

 

 

Cuando salió de la facultad, veinte minutos más tarde, lo primero que vio fue el Volvo gris. En un aparcamiento protegido por la oscuridad, abajo, junto al río. Mientras abría el candado de la bici oyó que el vehículo arrancaba, sus faros despertaron del letargo y un cono de luz fantasmal iluminó la vieja baranda metálica que se extendía a lo largo del río Fyris. Por primera vez en mucho tiempo, Mahmoud sintió auténtico miedo.

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8 de diciembre de 2013

Archipiélago de Sankt Anna, Suecia

 

 

 

El silencio posterior era casi igual de paralizante que los dos disparos ensordecedores de la escopeta. Lo único que se oía eran unos patos que parpaban mientras se alejaban por la ensenada y el perro que tiraba del collar mientras gimoteaba débilmente, frenético. Todo era gris. Las rocas y el mar. El viento susurraba entre los pálidos juncos de la orilla.

—Has fallado —dijo el anciano de los prismáticos.

—Qué va —respondió la joven mujer que estaba a su lado. Todavía mantenía la escopeta pegada al hombro. La madera de cerezo de la culata le refrescaba la mejilla—. Quizá el primer tiro sí, pero el segundo no, ni por asomo —dijo—. Suelta a Albert, a ver qué pasa.

El hombre mayor se agachó y desenganchó la correa del collar del cocker. El perro salió disparado entre ladridos agudos, se metió en los juncos y subió las rocas en la dirección a la que apuntaba la escopeta.

—Has fallado los dos. Créeme. Ya no atinas, Klara.

El hombre negó en silencio. La sombra de una sonrisa cruzó los labios de la chica.

—Eso lo dices cada vez que salimos, abuelo. Que he fallado. Que ya no atino. —Imitó la cara de preocupación del hombre—. Pero Albert siempre vuelve con la cena del domingo en la boca.

El hombre negó de nuevo con la cabeza.

—Yo solo digo lo que he visto con los prismáticos, eso es todo —murmuró.

Sacó un termo y dos tazas de la mochila desgastada que estaba apoyada en una piedra junto a sus pies.

—Una taza de café y luego nos iremos a despertar a la abuela —dijo él.

Desde la orilla de la playa llegó un corto ladrido seguido de un chapoteo salvaje. Klara esbozó una amplia sonrisa y acarició a su abuelo en la mejilla.

—Que ya no atino, ¿eh? ¿Era eso lo que decías?

El hombre le guiñó uno de sus ojos, azules como el hielo, sirvió una taza de café y se la pasó. Con la otra mano sacó una petaquita de un bolsillo escondido.

—¿Quieres un traguito, gran cazadora? Para celebrar tu triunfo —dijo.

—¿Qué? ¿Te has traído el aguardiente? ¿Sabes qué hora es? Informaré a la abuela de esto, que lo sepas.

Klara negó seria con la cabeza, pero dejó que su abuelo le echara un lingotazo de destilado casero en el café. Antes de que le diera tiempo a darle un trago su móvil empezó a sonar desde el fondo de uno de los profundos bolsillos del impermeable de hule. Soltó un suspiro y le dio la taza a su abuelo.

Pescó su BlackBerry. No le sorprendió ver el nombre de Eva-Karin parpadeando en la pantalla. La jefa. La dinosaurio socialdemócrata y diputada del Parlamento Europeo Eva-Karin Boman.

—Uf —jadeó antes de descolgar—. Hola, Eva-Karin —dijo luego con un tono de voz una octava más alto y mucho más enérgico que el habitual.

—Klara, cariño, ¡qué suerte que te haya localizado! Verás, tenemos un lío bastante gordo. Glennys me acaba de llamar ahora mismo y me ha preguntado por nuestro posicionamiento respecto al informe de seguridad sobre tecnologías de la información. Y ni siquiera he tenido tiempo de abrirlo, ¿sabes? Hemos tenido tanto trabajo con...

Su voz desapareció por un momento. Klara echó un vistazo rápido al reloj. Poco antes de las nueve. No cabía la menor duda de que Eva-Karin iba en el tren exprés de camino al aeropuerto de Arlanda. Paseó la mirada por las rocas grises y erosionadas por el viento. Se le hacía tan absurdo hablar con Eva-Karin aquí fuera, en el archipiélago. La voz de su jefa era una intrusa en su único refugio.

—... así que si pudieras tenerme un resumen para... ¿cuándo podría ser? Antes de las cinco, ¿sí? Para que pueda repasarlo antes de la reunión de mañana. ¿Verdad que te da tiempo? Eres un ángel, cariño.

—Claro —dijo Klara—. Bueno, Eva-Karin, a lo mejor no te acuerdas, pero estoy en Suecia y no vuelo a Bruselas hasta las dos. No sé si me da tiempo para las cinco.

—Klara, sé muy bien que estás en Suecia —la interrumpió Eva-Karin con una voz que no daba margen a seguir la discusión—. Pero puedes trabajar durante el viaje, ¿verdad? Quiero decir, has tenido todo el fin de semana libre, ¿no?

Klara hincó las rodillas en el musgo húmedo y apoyó la cabeza en las manos. Era domingo por la mañana. Había tenido un sábado libre. Era como si le estuvieran chupando las ganas de vivir.

—¿Klara? ¿Klara? ¿Sigues ahí? —sonó la voz de Eva-Karin en su oreja.

Klara se aclaró la garganta y sacudió la cabeza. Respiró hondo y tensó la voz, se forzó a que sonara animada, decidida, dispuesta a servir.

—Por supuesto, Eva-Karin —dijo—. No hay problema. Te mando el resumen por mail hoy antes de las cinco.

 

 

Media hora más tarde, Klara Walldéen estaba de vuelta en la habitación donde se había criado, rodeada del empapelado rosa con cenefas de flores que había conseguido a los diez años después de insistir hasta la saciedad. Tablas de madera lisas y desgastadas bajo sus pies descalzos. Al otro lado de la ventana se podía vislumbrar el mar Báltico entre los árboles pelados. Había gansos en las olas. Antes de que terminara el día habría llegado la tormenta. Tendrían que darse prisa. Su amigo de la infancia Bosse Bengtsson, que vivía más adentro en la ensenada, la iba a llevar hasta Norrköping en barco y coche. Después, tren hasta Arlanda y luego avión hasta la vida normal en Bruselas.

Se quitó el jersey de Helly Hansen afelpado, dejando sus delgados hombros al descubierto, y lo reemplazó por un top ajustado de color claro y una rebeca asimétrica. Tejanos de mezclilla japonesa en lugar de los viejos pantalones de pana, que en verdad eran de su abuela. En los pies, un par de Nike de edición limitada en vez de las botas forradas que se había puesto para la caza matutina. Un toque de maquillaje en torno a los ojos. Un par de pasadas con el cepillo por el pelo negro carbón. En el espejo del pequeño tocador era otra persona. Las tablas de madera crujían a su paso.

Klara se levantó de la silla y abrió la puerta del desván. Con cuidado, acostumbrada, se agachó para adentrarse en la oscuridad y cogió una vieja caja de zapatos de la que sacó un puñado de fotografías. Las esparció en el suelo y se sentó a mirarlas.

—¿Ya estás aquí otra vez mirando esas viejas fotos, Klara?

Klara se volvió. En la tenue luz que inundaba el cuartito su abuela parecía transparente. Su cuerpo, tan frágil y vulnerable. Quien no lo viera con sus propios ojos no podría creer que aquella mujer todavía se subía a la parte más alta de los manzanos para robarles hasta la última fruta a los pájaros.

Los mismos ojos azules que el abuelo. Podrían haber sido hermanos. Pero sobre eso no se hacían bromas aquí en el archipiélago. Su cara tenía algunas marcas, pero no arrugas. Nunca se maquillaba, solo sol, risa y agua marina, solía decir. No parecía superar los sesenta ni en un día, pero en un par de meses cumpliría setenta y cinco.

—Solo quería echar un vistazo, ya sabes —respondió Klara.

—¿Por qué no te las llevas a Bruselas? Nunca lo he entendido. ¿Para qué las vas a tener aquí?

La abuela negó con la cabeza. Algo triste, solitario, titiló en el océano azul de sus ojos. Por un instante parecía que fuera a decir algo más, pero cambió de idea.

—No lo sé —dijo Klara—. Tiene que ser así y ya está. Pertenecen a esta casa. ¿Qué, al final hay bollos de azafrán?

Recopiló las fotografías y las metió con cuidado en la caja de zapatos antes de seguir los pasos de su abuela que crujían escaleras abajo.

 

 

—¡Mira a quién tenemos aquí! ¡Con ropa de ciudad y todo! Quién te ha visto y quién te ve.

Bosse Bengtsson estaba de pie en el embarcadero esperando a Klara cuando su amiga llegó caminando por el sendero que bajaba desde la deteriorada finca de sus padres. Como tantas veces antes. Aquí sus pies parecían encontrar solos el camino. Como si el cerebro o la columna vertebral de Klara no estuvieran por la labor de esquivar raíces, piedras, charcos.

—Déjalo, Bosse. Pareces mi abuelo —dijo Klara.

Se dieron un abrazo patoso. Bosse tenía un par de años más que ella y habían crecido más o menos juntos en la isla. Él era como su hermano, dos hermanos con aspectos y personalidades invertidos.

Eran una pareja singular. Klara, pequeña y fina, la mejor de la clase, y tan buena en fútbol que estuvo un tiempo jugando en el equipo masculino de Österviking. A Bosse le gustaba pescar y, de mayor, ir de caza, beber y pelearse. Ella siempre a punto de marcharse. Él sin pensar nunca en salir del archipiélago. Pero habían ido juntos a la escuela día sí, día también. El semestre de verano cogían el barco escolar y el de invierno usaban el aerodeslizador. Esas cosas generan una confianza que suele ser más fuerte que la mayoría de las cosas.

Klara subió a bordo y recogió las defensas desgastadas del viejo caballo de carga que Bosse tenía por barco mientras él maniobraba para salir del embarcadero. Cuando Klara hubo terminado fue a hacerle compañía a Bosse en la diminuta cabina. Al otro lado de los ojos de buey las olas habían crecido, sus crestas eran blancas e impetuosas.

—Esta noche habrá tormenta —dijo Bosse.

—Eso dicen —respondió Klara.

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17 de diciembre de 2013

Bruselas, Bélgica

 

 

 

El parquecito que George Lööw veía desde el ventanal panorámico de su despacho, en la séptima planta del edificio de oficinas de la mayor empresa de relaciones públicas del mundo, Merchant & Taylor, en Square de Meeus, estaba deshojado, escarchado y asqueroso. George Lööw odiaba diciembre. Sobre todo, odiaba la Navidad. Podía ver las decoraciones navideñas a lo largo de Rue Luxembourg hasta el Parlamento Europeo y lo llenaban de irritación. Ni siquiera le servía de consuelo que diciembre llegara a su fin: la panda de vagos de los trabajadores del ayuntamiento dejaban que aquella mierda colgara hasta bien entrado febrero.

Solo alguna que otra semana más, luego se vería obligado a volver a la casa de ocho habitaciones de su familia en la calle Rådmansgatan y ponerles al día de su vida como cada año. El piso estaría decorado con el árbol de Navidad de Elsa Beskow y las velas. Las luces en forma de estrella estarían encendidas, la mesa de Navidad de su viejo estaría repleta de mazapanes, bombones de caramelo de su nueva esposa Ellen y chocolates carísimos que George llevaba cada año desde Bruselas y que ellos colocaban no sin cierto embarazo y más por obligación que por gusto.

La familia estaría repartida en los sofás de Svenskt Tenn, hastiados de comer y rodeados por la nube de humo que generaban las tazas de glögg casero —dichoso vino caliente— que tendrían en las manos. Borrachos de pasión y de su puta hipocresía, cruzarían miradas chulescas cuando le pidieran a George que les hablara de su trabajo de «lobista», una palabra que pronunciaban como «excremento» o «advenedizo».

—Chusma asquerosa —espetó George en su despacho vacío.

 

 

La pequeña cafetera soltó un murmullo y le llenó media taza de Nespresso. Iba por el tercer café y ni siquiera eran las diez. Estaba inusualmente nervioso ante su reunión con un nuevo cliente llamado Digital Solutions. El jefe de George, Richard Appleby, el director general de Estados Unidos en Europa, había dicho que lo querían a él en concreto, lo cual en sí ya era cojonudo. Por lo visto, había comenzado a hacerse un nombre. Se había hecho conocido por lograr que en Bruselas las cosas se hicieran. Por saber hacer soplar el viento en la dirección correcta.

Pero le sentaba como una patada en el culo no saber nada de ellos. Había miles de empresas que se llamaban Digital Solutions. Era imposible saber quiénes eran estos. No te podías preparar para estas cosas. No había más remedio que activar el carisma y tirar para adelante. Mientras apoquinaran los considerables honorarios no había por qué discutir. Merchant & Taylor carecía de escrúpulos. Si pagas, juegas era el lema extraoficial. Productos químicos, armas, tabaco. Adelante con todo. ¿No había Appleby representado incluso a Corea del Norte una vez a principios de los noventa? ¿O era solo un mito? Qué más daba. Pero George prefería saber a quién tenía delante antes de que la reunión comenzara.

Todavía seguía sudando tras la sesión matinal de squash en el gimnasio. La camisa Turnbull & Asser azul celeste se le pegaba a la espalda. Joder, qué desagradable. «Espero que se me pase antes de la reunión —pensó—. Supongo que el café no me ayuda».

Se tomó el espresso de un trago haciendo una mueca. George tomaba el café como los italianos. Un espresso corto, de pie. Sofisticado. Elegante. Incluso cuando estaba a solas en su despacho. Era importante no relajar la actitud. Eres lo que aparentas.

Las diez menos cinco. Recogió una pila de papeles, un bloc de notas y un bolígrafo. Los papeles no tenían nada que ver con Digital Solutions. Pero eso no lo sabía el cliente. No podía parecer un maldito becario y bajar a la reunión solo con el boli en la mano.

 

 

George se había enamorado de la sala de reuniones en la esquina de la séptima planta desde que empezó en Merchant & Taylor y la reservaba siempre que estaba libre. La sala tenía dos paredes de cristal que se abrían ante el paisaje de oficinas en las que un lejano día George había iniciado su propia carrera. Apretando un botón que había junto al interruptor, al lado de la puerta, podías hacer que las dos paredes se escarcharan al instante, se volvían opacas como una gruesa capa de hielo. Las primeras semanas en el puesto, cuando George se había pasado los días delante del ordenador haciendo aburridísimos análisis del mundo entero para clientes del sector azucarero, automovilístico, de polímeros, lo que fuera, y escribiendo cartas de encefalograma plano, las paredes de cristal eran lo más cool que había visto jamás. Le encantaba ver a los consultores de mayor experiencia yendo a hurtadillas por el suelo de parqué en sus zapatos de cuero italiano y desaparecer dentro del cubo de hielo. Qué cosa más formidable.

Ahora era George quien se deslizaba por el suelo de camino al cubo de hielo. Notaba las miradas. Miradas similares a las que él había lanzado cuando estaba sentado a la altura del suelo. Muchos de los compañeros con los que había empezado trabajando seguían allí. No todos habían hecho la misma carrera vertiginosa que George, y quizá no todas las miradas eran solo de admiración. Pero todos ponían buena cara. Saludaban con la mano. Sonreían. Seguían el juego.

 

 

En cualquier caso, había tenido una suerte de narices al conseguir este trabajo después de haber renunciado a su puesto en el bufete de abogados sueco Gottlieb, tres años atrás. El mero hecho de que en Gottlieb hubiera trabajado con cosas tan vulgares como el derecho empresarial y los traspasos de compañías ya había resultado muy difícil de aceptar para su viejo. Si eras abogado del ámbito privado, en la familia Lööw lo que contaba era el derecho penal. Grandes principios, justicia e injusticia. No algo tan sucio como convenios de empresa y dinero. Eso era para advenedizos o «arribistas sin tradición, costumbres ni conciencia», como solía decir el viejo. Gracias a Dios que el hombre al menos no conocía las circunstancias reales que rodeaban la renuncia de George.

De hecho, su viejo incluso se había amansado un poco cuando George, tras su estancia en el bufete de abogados, entró en un máster de alto prestigio en el Collège D’Europe en Brujas. Una auténtica escuela de élite de modelo francés que era la vía más rápida para entrar en la crème de la crème de Bruselas. Por fin el chico sentaba la cabeza. ¿De ahí al Ministerio de Asuntos Exteriores, quizá? ¿O a la Comisión Europea en Bruselas? Algo digno.

George sabía que tras su corta trayectoria en Gottlieb cualquier carrera en Suecia quedaba descartada y, con un título fresco de Derecho emitido por la UE bajo el brazo, Bruselas era por naturaleza el sitio donde ponerse a buscar trabajo. Los bufetes de abogados los había descartado desde el principio. Ya había tenido su dosis de cajas de mierda llenas de informes anuales y noches interminables que consistían en revisar discos duros en busca de convenios y acuerdos más o menos discretos.

Las empresas de relaciones públicas habían resultado ser algo totalmente distinto. Oficinas maqueadas. Tías buenas de todo el mundo con trajecitos ajustados y tacón alto. Neveras con refrescos y birra gratis. Cafeteras espresso de verdad, no esas cafeteras americanas.

Abandonar las aceras grises y sucias de Bruselas para entrar en el edificio fresco y de luz tenue de Merchant & Taylor, todo de madera y cristal, con sus ascensores silenciosos y el nivel de ruido ambiente no superior a un susurro, era una experiencia celestial. En efecto, no pagaban sueldos tan elevados como los grandes bufetes estadounidenses, pero sí que existía la posibilidad de amasar grandes sumas de dinero. Y al cabo de un año o así te daban un coche de leasing. Y no una mierda cualquiera sino un Audi, un BMW, quizá incluso un Jaguar.

Las grandes empresas de relaciones públicas inglesas y estadounidenses eran los mercenarios de Bruselas. Vendían territorio, información e influencia al mejor postor, independientemente de la ideología o las creencias morales. Muchos miraban a los lobistas por encima del hombro. George los amó sin reservas desde el primer minuto. Este era su ambiente. Esta era su gente. El carcamal de su padre y el resto de la familia podían pensar lo que les diera la santa gana.

 

 

Al llegar al cubo, George entró en la sala de reuniones y cerró la puerta. Le molestó que su cliente ya estuviera sentado en una de las sillas de cuero claro. Las secretarias tenían instrucciones de hacer esperar a los clientes en recepción si llegaban antes de tiempo. Pero George no dejó que el cliente vislumbrara su contrariedad, sino que se limitó a escarchar el cristal apretando el botón con el gesto de quien está acostumbrado.

—¡Señor Reiper! ¡Bienvenido a Merchant & Taylor! —dijo, y esbozó su sonrisa más amplia y segura al mismo tiempo que alargaba una mano que podía presumir de manicura para saludar al hombre. El sexagenario —a juzgar por las apariencias— estaba desplomado en la silla en una extraña postura con la que evidenciaba su desconocimiento total de la llamada ergonomía, o bien se rebelaba contra todos sus principios.

Reiper parecía vivir una vida de lo más insana. No era gordo, pero estaba hinchado y los contornos de su cuerpo tendían hacía el suelo, como un globo de helio de varios días. Toda su complexión parecía estar construida a base de café rápido y comida de avión. Tenía la coronilla calva y a ambos lados de la cabeza lucía una franja de pelo revuelto e indómito de color aguanieve. Su cara era amarillenta y tersa, como si pocas veces estuviera al aire libre. Desde la sien izquierda hasta la comisura de la boca le corría una cicatriz gruesa y blanca. Llevaba un polo negro raído y unos chinos beis de tintorería con raya. En el cinturón asomaban una funda para el iPhone y otra para una linterna. Sobre la superficie brillante de la mesa de reuniones había un bloc de notas sucio y una gorra azul de Georgetown Hoyas. Su postura en la silla, sus movimientos cansados con el dedo en la pantalla del teléfono, el gesto de ni siquiera mirar a George cuando entró en la sala..., todo ayudaba a darle a Reiper un aura de autoridad tan evidente como despiadada. George notó que el pelo de los antebrazos se le erizaba en una respuesta primaria al malestar y a la inferioridad que su nuevo cliente le inspiraba e instintivamente sintió que prefería no oír jamás la historia de la cicatriz del señor Reiper.

—Buenos días, señor Lööw. Gracias por tomarse su tiempo para verme —dijo Reiper y al final estrechó la mano a George.

La pronunciación de su apellido estaba cerca de ser perfecta. «Extraño para tratarse de un estadounidense», pensó George. Su voz era áspera y un poco aletargada. ¿Algún estado del sur?

—¿Le han dado café? Le pido disculpas, nuestra recepcionista es nueva, seguro que ya sabe cómo son estas cosas.

Reiper se limitó a negar brevemente con la cabeza y paseó la mirada por la sala.

—Me gusta su oficina, señor Lööw, y el detalle del cristal escarchado es, bueno, espectacular.

—Sí, intentamos usarlo para impresionar a nuestros clientes —respondió George con fingida modestia.

Se sentaron uno enfrente del otro y George dispuso de forma meticulosa sus papeles irrelevantes en un semicírculo alrededor del bloc de notas.

—Bueno, ¿en qué puedo ayudar a Digital Solutions? —dijo George, y activó una nueva sonrisa que le parecía valer hasta el último céntimo de los trescientos cincuenta euros que cobraba por hora de reunión.

Reiper se reclinó en la silla y le devolvió la sonrisa. Había algo en ella, en la forma en la que trastabillaba por culpa de la cicatriz, que le despertaba a George un deseo de apartar la mirada. Y había algo en los ojos de Reiper. Bajo la cálida luz de los focos del techo, concienzudamente distribuidos, se veían ora verdes, ora castaños. Fríos y vigilantes, parecían mutar de color de manera totalmente arbitraria. Sumado a que nunca parpadeaba, le daban a Reiper la indolente expresión irónica y mortal de un reptil.

—La situación es la siguiente —dijo Reiper y le pasó un par de hojas DIN-A4 a George por la mesa—. Sé que están muy orgullosos de su discreción aquí en Merchant & Taylor, pero también sé que cantan como canarios en cuanto el viento cambia de dirección. Una mera formalidad, por supuesto.

George levantó el documento y le echó un vistazo rápido. Era un clásico acuerdo de confidencialidad entre él y Digital Solutions. No podía decir ni media palabra sobre lo que discutieran en las reuniones. De hecho, no podía contarle a nadie que estaba trabajando para Digital Solutions, ni siquiera que sabía de su existencia. Si aun así lo hacía corría el riesgo de tener que indemnizarlos con una cantidad relativamente astronómica, dependiendo de la gravedad de su desliz. No era nada fuera de lo normal. Muchos clientes exigían anonimato y no siempre estaban dispuestos a que se los vinculara con una empresa de relaciones públicas conocida por su falta de escrúpulos, como era el caso de Merchant & Taylor.

—Pone que está firmado en Washington D. C. —dijo al final—. Pero estamos en Bruselas.

—Sí —respondió Reiper, un tanto ausente mientras parecía leer algo en su iPhone—. Nuestros abogados dicen que es más fácil evitar lo que ellos llaman un pleito entre expertos si fuera necesario.

Se encogió de hombros y levantó la vista del teléfono.

—Pero doy por hecho que usted sabe más de acuerdos de confidencialidad que yo, ¿cierto?

Un nuevo tono de voz. Un destello de algo que parecía interés surgió en su mirada aparentemente inerte. George se sentía incómodo. Por supuesto, había firmado un puñado de acuerdos semejantes a lo largo de su estancia en Merchant & Taylor. Aun así había algo en la forma en que Reiper lo había dicho, su manera de hacer que sonara como si no fuera a eso a lo que se refería sino a otra cosa, más complicada. George se lo quitó de la cabeza. Era

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