El Príncipe 2

Salva Rubio

Fragmento

libro-4

14

SEIS MESES DESPUÉS

Puedes matar a un hombre en medio de una multitud sin que nadie se dé cuenta. Es una de las opciones, tan solo una de ellas, una contingencia más que podría darse; una posibilidad a la que Morey confía no tener que llegar. Al menos, antes de sacarle a Bashir toda la información que el CNI necesita. Por lo que Morey continúa la vigilancia de su objetivo: un hombre cuyo dosier conoce bien y que no hace muchos meses trabajaba en Ceuta, en un café cerca del puerto que le servía de tapadera. Fue una de las últimas personas en hablar con Hakim, el topo de Akrab, en la comisaría del Príncipe, poco antes de su suicidio.

Es para operaciones como esta, en principio sencillas, para las que Javier Morey ha sido entrenado a conciencia, pero ningún ensayo puede reflejar condiciones como las que se presentan: domingo de mercadillo en Birgu, Malta; docenas de puestos atendidos por ancianos y familias donde pueden encontrarse algunos de los artículos (legales) más raros, peculiares y diferentes que uno pueda imaginar. Y, no muy lejos, casas, tiendas y trastiendas donde hallar mucho más género, mucho menos legal.

Entre el centenar de turistas de toda proveniencia, Morey se desplaza a la distancia y velocidad de control exactas: buscando huecos, esquivando hombros, desviando la mirada y la atención, deteniéndose cuando es necesario y dándole unos metros de ventaja a su objetivo, en busca de ese momento y ese lugar sin posibilidad de vuelta atrás, en el que Bashir notará el cañón de una pistola en su espalda y Morey tendrá que decidir qué es lo siguiente que ha de ocurrir. Y matar a Bashir es solo una posibilidad más.

—Ni una palabra. Camina delante de mí.

Perplejo quizá porque se han dirigido a él en árabe o quizá simplemente porque intenta ganar tiempo, el sorprendido Bashir asiente levemente. Unos pasos más allá, se abre un callejón oscuro, de esos en los que, por instinto, ningún turista se aventuraría.

Morey lo empuja contra la pared y lo cachea rápidamente para comprobar que no va armado.

—¿Qué has estado haciendo en Siria estos seis meses? ¿Y por qué has vuelto?

Antes de que Bashir pueda contestar, persecutor y perseguido se ven sorprendidos por una lluvia de guijarros contra el rostro que los hace parpadear de dolor. Una bala acaba de impactar en la pared en medio de los dos hombres. Morey reacciona, echa rodilla a tierra y busca a su atacante. Sabe que Bashir aprovechará para huir, pero tiene algo más importante en lo que pensar. Avanza hasta la esquina del callejón y observa que, algo más adelante de la calle transversal por la que llegaron, entre las sombras de otra calleja, se oculta el tirador. A pesar de que se da cuenta de que en cuanto abandone su posición se convertirá en blanco fácil, toma la iniciativa con un movimiento aparentemente suicida: de un salto, se lanza al medio de la calle principal, rueda por el suelo y se incorpora directamente en la calleja. De pie frente a él se encuentra el sorprendido yihadista. Un poco más cerca de lo que habría deseado (siempre es preferible evitar que la sangre le salpique), Morey acaba con él de un tiro a bocajarro.

Antes de que nadie sea consciente de lo que acaba de pasar, el agente del CNI está corriendo callejón abajo para tratar de encontrar a Bashir. Tras un par de callejones errados, Morey recorre mentalmente el mapa de la intrincada ciudad, memorizado desde hace semanas, en busca de un punto de observación. Recuerda un mirador cercano y ya de camino, dos tramos de escalera más arriba, lo encuentra: Bashir va a cruzar la calle, huyendo. Morey levanta el arma y grita su nombre.

Bashir apenas ha girado la cabeza como un acto reflejo, cuando Morey se da cuenta. El agente emite un nuevo grito, esta vez de aviso, de precaución, de alerta. Pero Bashir no ve a tiempo el viejo pero potente Volkswagen Mk1 Cabrio, que se lo lleva por delante, matándole en el acto y dándose a la fuga.

Morey trata en vano de distinguir al conductor, que lleva la capota echada. Se acerca entonces al cadáver, comprueba la ausencia de pulso, toma lo poco que lleva encima (pasaporte, móvil, cartera) y se larga de allí antes de que venga la policía. Todo ello, mientras se pregunta: «¿Quién ha querido matar a Bashir, implicado en la trama Akrab?».

* * *

—¿Por qué tanta prisa, Morey? ¿Qué nos quieres contar?

Efectivamente, ni el interpelado ni su acompañante y supervisor, Serra, han esperado apenas a que se clausure la reunión anterior para irrumpir en la estancia. Cuando entran los dos agentes, los invitados todavía están saliendo de la sala de reuniones. Uno de ellos, Boullosa, es un viejo conocido de la casa, de esos a los que un leve guiño basta para saludar. En cuanto a ella… Morey necesita dos pases para confirmar que es nueva en la casa y que su belleza, nórdica pese a su melena negra, es pareja a la frialdad con la que, irónicamente, parece haber coqueteado en este breve encuentro. Su apellido, visible en la identificación, es Hidalgo.

Solo cuando la puerta se cierra tras ellos, Morey contesta a Salinas y al siempre poco amigable Shäffer, y lo hace proyectando directamente la información que viene a reportar sobre la pantalla: fotos de Bashir, un registro de llamadas telefónicas y el texto de varios mensajes.

—Bashir fue la última persona a la que llamó Hakim, así le localizamos. Y en su teléfono hemos encontrado estos dos mensajes del mismo día —Morey traduce del árabe—: «Tengo la tarjeta de Hakim. Aguardo instrucciones».

—La tarjeta de memoria que desapareció de comisaría. La que guardaba información de Akrab —aclara Serra.

Morey prosigue, leyendo la respuesta.

—«Entrégasela al sheik. Te espera en el hospital».

—¿Quién es el sheik?—inquiere Shäffer, a quien no le gusta tanta teatralidad.

—Para averiguarlo, necesitábamos las grabaciones de las cámaras de seguridad del hospital de ese día.

—Y ya habían grabado encima, claro. Ha pasado demasiado tiempo.

Morey se permite una leve sonrisa: Shäffer y su fe en los agentes españoles…

—Todo lo que está en un disco duro es recuperable —prosigue Serra, saboreando el momento y pulsando el botón de play.

En la pantalla, una de las cámaras muestra a Bashir saliendo de un ascensor. La siguiente imagen lo muestra sentándose junto a alguien cuya cara no entra en plano. Bashir le pasa la tarjeta y, por unos segundos, nada más ocurre.

—¿Quién es ese? No me digáis que no tenemos la imagen —apremia Salinas.

Y con su mayor expresión de seguridad en los labios prietos, por toda respuesta, Serra y Morey mantienen la mirada fija en la pantalla, donde el hombre sin rostro acaba de levantarse y de entrar en plano. Salinas y Shäffer no pueden evitar un movimiento reflejo hacia adelante.

—Es… ¿Khaled?

* * *

El encapuchado rueda por el suelo, su caída amortiguada por el fresco césped que rodea la casa. Unos segundos agachado le permiten mirar alrededor y aguardar cualquier señal que indicase que ha sido descubierto. Pero no. Ninguna alarma se activa en la gran casa al pie del mar.

De manera que el intruso prosigue su camino, pies ligeros que esquivan los puntos de luz, caminando entre las sombras protegido por su ropa negra, capucha y guantes, oculto por la noche y la noción de que nadie espera una visita así: nocturna, intrusa, hostil. Una visita que alterará las vidas de los ocupantes de la casa para siempre.

Acercándose a la parte trasera, el infiltrado observa de lejos la cocina iluminada, donde dos mujeres, una mayor y la otra muy joven, cenan mirando un pequeño televisor. Sin duda, las criadas. Entonces se apoya en un canalón y trepa hasta alcanzar una pequeña terraza, donde se acerca con sigilo a una puerta cuya cerradura desafía en pocos segundos con una ganzúa eléctrica. El encapuchado se aventura en el interior confiando en que la mayoría de la gente solo activa la alarma cuando se va de casa. Una vez dentro, y tras asegurarse de que está solo en esa planta, decide sacrificar su anonimato en favor de los sentidos de la vista y el oído, y Javier Morey se quita la máscara. A continuación, se pone unas gafas de realidad aumentada y comienza a transmitir.

—Recibiendo audio y vídeo. Procede.

Morey asiente, pero justo antes de avanzar, algo le detiene. No son documentos secretos, tarjetas de memoria, armas o drogas. Son solo unas fotografías sobre una mesa. Unas fotografías de boda. Pero es la boda de Fátima y Khaled, y Morey no puede evitar que le dé un vuelco el corazón.

—No te entretengas. Vamos, al despacho —ordena Serra.

Ambos saben que la misión ya no va a ser la misma; que Morey está entrenado, sí, pero ni en el CNI ni en ninguna otra agencia entrenan para el olvido, para la decepción y el desamor.

—Te quiero centrado, Javi, ¿me oyes? Encuéntralo y vámonos de ahí. Venga, sigue —insiste.

Por toda respuesta, Morey asiente; no puede hablar. Ni quiere hacerlo. Así, se desprende de las fotos y de los sentimientos, y se encamina al despacho de Khaled, que no está cerrado, pues, ¿quién toma una precaución así en su propia casa, entre los suyos?

Es un despacho de arquitecto, de constructor. Una gran mesa, maquetas, planos… Morey pincha un dispositivo de transmisión de datos en el ordenador y López, junto a Serra, comienza a copiarlo. Este último mira con atención las imágenes transmitidas por Morey y asiste al desfile de cajones y armarios que se abren sin nada de valor, así como al contenido de carpetas y archivadores con documentación perfectamente legal.

—No hay nada jugoso. El premio gordo está en otro sitio. Sigue, Javi.

Mientras el ordenador sigue clonando los datos, Morey se acerca a otra puerta al fondo del despacho. Solo con poner sus manos sobre ella, solo con notar su solidez y su peso, sabe que es ahí donde deben buscar. La sofisticada cerradura se lo confirma.

—Ahí está, Javi. Ahí te quiero ver. El cuarto de jugar de nuestro querido Khaled.

Unos tensos minutos después, Morey logra abrir la puerta. La estancia a la que accede es un pequeño gabinete sin ventanas, casi un taller, en el que destacan unos peculiares bonsáis sobre una mesa.

—Hay que joderse. Esto sí que no me lo esperaba.

En un rincón, un portátil, que Morey conecta igualmente a otro dispositivo de transmisión.

—Vale, Javi. Ahora tienes que aguantar unos minutos a que se copien todos los datos. Encuentra la tarjeta de memoria, por lo que más quieras.

Pero Morey sabe que encontrar esa tarjeta, sin duda el bien más preciado de Khaled, no va a ser fácil; podría estar escondida en cualquier lugar de la casa. O fuera de ella. O quizá incluso la lleva el propio Khaled encima… Pero no puede hacer otra cosa; debe buscar donde sea, incluso en terreno descubierto.

Morey se desliza fuera del despacho y entra en el cuarto anejo; un buen movimiento estratégico, pero un ataque para sus sentimientos. La habitación está casi vacía, decorada con motivos infantiles; una cuna de bebé reina en el centro. Morey sale rápidamente, pero la estancia siguiente no es mejor: se trata del dormitorio del matrimonio, y no puede evitar detenerse un segundo. Serra lo nota. Está acostumbrado a estas intervenciones, en las que Javier es eficiente, rápido, inequívoco, y hoy todo parece ralentizarle.

—Hostia, Javi, céntrate, por favor, porque si no…

De pronto siente un resplandor que brilla en sus gafas. Morey, aún en el dormitorio, se agacha con rapidez: es la luz de los faros de un coche entrando en la propiedad. Con cuidado, se asoma por la ventana: un vehículo de alta gama acaba de detenerse ante la puerta principal. Las dos sirvientas (Malika, de unos 60 años, y Nur, de unos 20, según el dosier) salen de la casa para recibir a sus señores.

Y Morey no puede dejar de mirarla. Seis meses sin verla. Está radiante, bella, preciosa. Y cogida del brazo de otro hombre, el terrorista islámico Khaled Ashour.

—¿Qué coño haces, Javi? ¡Sal de ahí! ¡Están entrando! ¡Recoge todo y lárgate!

Morey reacciona y se dispone a salir del dormitorio, pero es demasiado tarde: ya están en la casa, ya suben por las escaleras. Reconoce la voz de Fátima.

—Tengo los pies destrozados… Pero ha sido una fiesta fenomenal.

—Es que no has parado de bailar, cariño. Y todo el mundo me lo ha dicho —responde Khaled, que se dirige entonces a las criadas—. Gracias por esperarnos, Malika. Pueden retirarse, nos vamos directamente a la cama.

Morey se sabe atrapado. Unos segundos más y le descubrirán. Solo puede ocultarse en dos sitios: el baño o un vestidor.

—Estás preciosa y siempre me haces quedar bien.

—Y tú eres siempre el centro de todas las conversaciones, con tu labia francesa…

Morey puede verles por una rendija de la puerta del vestidor. Observa el reflejo de ambos en un espejo. Y tiene que soportar la visión de Khaled acercándose a ella por detrás. Y abrazándola. Y besándole los hombros, el cuello, la nuca.

Morey cierra los ojos y apaga la cámara. Respira hondo, trata de calmarse, de resistir a las oleadas de sangre caliente que le activan los músculos, los recuerdos, las emociones que durante los últimos meses tan bien ha reprimido repitiéndose a sí mismo que se acabó, que la perdió para siempre, que ella nunca volverá con el hombre que mató a su hermano.

La pareja va a empezar a desnudarse, cuando el móvil de Fátima suena.

—Es mi madre. Un momento.

Morey abre los ojos. Fátima, sonriente, se desprende del abrazo de su marido y se encamina al baño para hablar con ella. Pero durante un segundo, al pasar frente al vestidor, se detiene, como si notase algo. Morey se tensa, preparado, pero Fátima vuelve su atención al móvil y entra en el cuarto de baño.

Viéndose solo, Khaled sonríe y se pone cómodo. Sobre la mesilla, deja un llavero, la cartera, el reloj, se quita la chaqueta… y entonces Fátima sale del baño lívida.

—Khaled, mi madre.

—¿Qué pasa?

—Algo ocurre en el barrio. He oído disparos, cómo llamaba a Faruq… Y ha colgado. No me lo coge.

—No te preocupes. Vamos allá, inmediatamente.

Ambos se visten de nuevo y salen rápido. Morey aguarda unos segundos más, hasta que ve por la ventana el resplandor de las luces del coche mientras se aleja. Solo entonces, enciende la cámara y sale del vestidor.

—¡Joder, Javi! ¿Por qué has cortado la comunicación? ¡Estábamos preocupados, coño!

—Hemos oído en la frecuencia de la policía que ha habido disparos en la plaza del cafetín. ¿Ha sido eso? —pregunta López. Ante el asentimiento de Morey, prosigue—: En cualquier caso, los ordenadores se han clonado. Recupera los «pinchos» y sal de ahí.

Morey asiente de nuevo y se dirige a la puerta, pero un pálpito le detiene: sobre la mesilla de noche se ha quedado la documentación completa de Khaled. Morey abre la cartera y extrae los documentos que contiene uno a uno, observándolos para que la cámara los escanee. Cuando acaba, aún le detiene un pensamiento.

—¿A qué esperas, Javi? ¡Sal de ahí!

Es un riesgo, sí. Son más de una docena de llaves y hará ruido al cogerlas. Pero es que ese manojo de llaves tiene un llavero peculiar que atrae poderosamente la atención de Morey. Un llavero cuadrado con forma de libro, que coge con el máximo cuidado y que manipula hasta que una de sus partes se desprende, revelando un compartimento oculto. Del interior, extrae sin mayor esfuerzo la tarjeta de memoria que buscaban.

—El lugar más seguro donde guardar algo es en las manos de uno… No es tonto este Khaled —asevera Serra.

Con rapidez, Morey inserta la tarjeta en un lector, prolongando la tensión unos segundos, hasta que López da el contenido por copiado.

—Ahora quiero que recuperes los dispositivos de copia y salgas de ahí a toda hostia.

Dicho y hecho, Morey acude rápidamente al despacho de Khaled y luego al gabinete, y quizá con demasiada despreocupación, se dirige a la terraza por la que accedió a la casa, para lo cual debe pasar junto a la escalera. Apenas tiene tiempo de evitar a Malika, la sirvienta mayor. Parapetado precariamente tras la escalera, la oye hablar por el móvil.

—No…, encima de la mesa no estaban, señor. Ahora miro en su dormitorio.

Morey está atrapado; sin posibilidad de moverse. Sabe que cuando Malika encuentre las llaves y salga del dormitorio, le verá. Solo tiene un segundo para alcanzar la terraza. Y mientras lo hace, sabe que ella ha podido verle igualmente. O quizá solo entreverle, o quizá tan solo notar un extraño vuelo en las cortinas. El caso es que ahora la mujer está allí, a unos metros de él, en la terraza, mirando a su alrededor, tratando de escuchar algo raro, algo que confirme su perplejidad. Y Morey no sabe cuánto tiempo podrá aguantar colgado del muro, antes de dejarse caer y de hacer un ruido que le descubra. Así, solo cuando escucha la puerta de la terraza cerrarse tras la sirvienta, Morey se lanza de nuevo a las sombras del jardín.

Y corre, corre en la oscuridad, que le recibe y le permite dar rienda suelta por fin a su adrenalina, su frustración y su tristeza.

* * *

Es tarde, pero en la nave que sirve de base al CNI aún están Serra y López esperando. Morey entra por la puerta y le lanza a su compañero la mochila con los aparatos que le facilitó.

—Aquí llega el voyeur.

—No me jodas, Serra.

—No me jodas tú a mí, Javi. Has corrido riesgos innecesarios, has estado lento, casi te pillan, por el amor de Dios. ¿Qué ha pasado con tu entrenamiento, con todas esas horas de…?

—¿Qué tenemos? —le corta Morey, haciendo caso omiso a Serra y centrando su atención en López, que le reporta.

—Los ordenadores están limpios, nada fuera de lo normal. La tarjeta… es el premio gordo. Tenemos una lista de transacciones que habrá que comprobar.

—Puede que no nos lleve a nada de Akrab. Khaled se dedica al ladrillo, así que con total seguridad defrauda o tiene chanchullos de algún tipo. Pero esto es más interesante.

Serra muestra a Morey un plano mudo. Es un trazado laberíntico e irregular de lo que podrían ser calles, pasajes o…

—Es un plano de alcantarillado —confirma Morey.

—Lo que no me gusta un pelo. No me gusta que estos cabrones tengan algo así. Y ni siquiera sabemos de qué ciudad es, claro. Lo he mandado a Madrid para que lo cotejen con todas las ciudades de más de cien mil habitantes, por decir algo. Pero no hay seguridad de que encuentren nada.

—Serra, esto puede querer decir que están preparando un atentado.

Serra asiente con gravedad.

—Es pronto para asegurarlo, pero sí.

—Pues tenemos que reabrir el operativo del Príncipe. Tengo que volver a la comisaría, a seguir investigando qué está pasando aquí. No podemos…

—Vale, vale, vale, Javi —le interrumpe Serra, manos elevadas—, primero, eso no lo decidimos ni tú ni yo.

—Joder, Serra…, Khaled es parte de Akrab, tenemos que seguirle, y solo…

—Y segundo —insiste Serra levantando el tono—, incluso si fuésemos a hacerlo, ¿crees que eres el más indicado para estar al frente? ¡En el barrio no te van a hacer una fiesta de bienvenida después de cargarte a Abdú!

—¿Y qué? Tenemos a Fran. ¿Crees que otro será capaz de ganarse su confianza? ¿En cuánto tiempo? ¿En el tiempo en que Akrab monte otro atentado? ¡Es demasiado riesgo!

Morey pierde los nervios y se aleja unos pasos. Serra aprovecha para acercarse a él en confidencia.

—Javi, tú y yo sabemos que hay algo más. Pero mataste a su hermano pequeño y no te lo va a perdonar nunca.

—Al menos tiene que saber quién es Khaled. Con quién vive, con quién se ha…

—Sí, Javi, con quién se ha casado. Dilo. Asimílalo de una vez y olvida ese rollo. Mira… que yo no decido esto. Vete a dormir. Mañana nos largamos de aquí.

* * *

Está a punto de amanecer, aunque parte del cielo aún está oscuro. Es la hora en que las ciudades despiertan, los bares abren y los amantes se separan, y a resultas de esa conjunción, un hombre llamado Fran Peyón y la mujer que siempre será el amor de su vida, Marina, se despiden en la puerta de la casa de esta, sin darse cuenta de que un desconocido, mucho más peligroso que cualquier vecino entrometido, les está observando desde la distancia.

El mirón les ve sonreír, cogerse las manos, darse unos últimos besos furtivos. Ambos se separan, y Fran se dirige hacia su coche, aparcado no muy lejos. Entra en él y observa a Marina entrar en el portal. ¿Qué ocurrirá con ellos dos? ¿Qué pasará si Raquel sale de la institución psiquiátrica? ¿Qué deben hacer: separarse, probar de nuevo…? ¿Puede realmente Ruth llegar a considerar a Marina como una madre? Fran solo sabe que cuando llegue el momento, hará lo que un hombre debe hacer. Aunque sea lo más doloroso. Y sin mayor preámbulo, saca su arma y apunta al hombre que se oculta en el asiento de atrás.

—Joder. Podría haberte matado, Morey…

—Tienes la sangre más fría que eso, Fran.

—No me jodas, que todavía estoy a tiempo… —Ríe Fran, bajando el arma.

—Veo que con Marina todo va viento en popa.

—Bueno, he dormido aquí porque la niña está de campamento y… Pero ¿qué hago yo dándote explicaciones? ¿Qué haces aquí? Seis meses sin verte y…

Morey aguanta durante unos instantes el silencio que se instala entre ellos, y mira a Fran directamente a los ojos. Fran lo sabe, pero quiere oírlo de su boca.

—Necesito tu ayuda, Fran. Akrab ha vuelto.

Inmutable, Fran guarda el arma. No, otra vez no. No está dispuesto a ver de nuevo su vida patas arriba, a ver cómo se rompe en un segundo el precario equilibrio de felicidad que tanto esfuerzo le ha costado componer. No tan pronto.

—Te estoy hablando de Khaled, Fran.

El policía entrecierra un momento los ojos, confundido.

—¿Khaled? Sabrás que se casó con…

—Sí, lo sé. Se casó con Fátima. Y estamos convencidos de que es uno de los jefes de Akrab.

Fran parpadea, completamente sorprendido. En su cabeza, trata de encontrar un indicio que le permita establecer la relación.

—Imposible. Estáis equivocados. Me duele decirlo, porque te aprecio. Pero ese hombre es lo mejor que le ha pasado al barrio desde hace mucho tiempo. Está muy implicado en iniciativas sociales, tiene una fundación para reinsertar a jóvenes con problemas, hace donaciones, va a construir un polideportivo… No puede ser un terrorista.

—Pues nosotros creemos que financia la red. Mira este vídeo… —Morey va a sacar su tableta, pero Fran le detiene.

—No. No quiero saberlo. Tengo demasiado entre manos. Voy a muerto diario en el barrio. Ayer se cargaron a tres chavales. No puedes pedirme que me meta otra vez en vuestras películas de espías.

Morey va a insistir, a sacar pruebas, a hablarle de teorías. Pero la mirada de Fran es firme y rotunda.

—Entiendo. No te preocupes. Gracias igualmente.

* * *

Morey camina hacia su coche mientras el vehículo de Fran se aleja calle abajo. Aunque va concentrado en encontrar una alternativa tras la negativa del policía, no le pasa desapercibido que, no muy lejos, hay un hombre observándole desde el interior de un coche. Disimulando que lo ha visto, decide provocar un encuentro y pasa de largo de su propio vehículo para entrar en un callejón.

El desconocido sale del coche y encamina sus pasos hacia la misma calleja, pero, una vez dentro, el inconfundible clic de cuando se descorre el seguro de una pistola frena en seco sus pasos.

—¿Por qué me sigues? —pregunta Morey, mientras lo evalúa de un vistazo.

El cuerpo trabajado, la postura, la presencia y la frialdad que se desprende de su mirada le indican que ese hombre de facciones duras y alopecia inminente está bien entrenado, posiblemente igual que él. En ese caso… ¿por qué ha sido tan fácil sorprenderle?

El clic de otro seguro suena demasiado cerca del oído de Morey, mientras nota el cortante cañón de un arma automática en su sien. Quien sea, no solo está igual de bien entrenado, sino que entre ambos son capaces de llevar a cabo un movimiento casi suicida como el que acaba de vivir. «Son buenos —piensa entonces Morey— y peligrosos». Levanta la mano libre en señal de cesión y comienza a separar su arma del rostro del hombre. Instantáneamente, la otra pistola se separa de su cráneo. Da un paso atrás y ve por fin al otro agente: una mujer de rasgos afilados y felinos, que dicen que con ella no se juega si no es para perder.

—¿Quién eres tú? —pregunta ella, con el arma aún preparada—. ¿Para quién trabajas?

—¿Por qué entraste anoche en casa de Khaled Ashour —continúa el hombre.

—Supongo que ahora me toca preguntar a mí —dice por toda respuesta Morey.

* * *

Cuando López entra, horas más tarde, en la nave que sirve de refugio y base al CNI, se queda a medias masticando el puñado de patatas fritas que le hace las veces de desayuno. Ha sido entrenado, sí, pero lo último que espera encontrar en el lugar más secreto de Ceuta es a dos desconocidos que le miran con cierta superioridad y desprecio. Aún pasan unos segundos, durante los cuales no sabe si hablar, preguntar o sacar su arma, hasta que por fin Morey lo saca de su estupor.

—Son de la Securité. Bastian y Sophie. Servicios secretos franceses.

—Pues bonjour. ¿No te jode? ¿Y qué coño hacen aquí? ¿Es la jornada de puertas abiertas o qué? —responde el sorprendido López.

Serra se acerca, acaba de colgar el teléfono de su mesa y se dirige a los agentes franceses.

—Pues nada. Me han pedido que os tratemos bien. La clásica hospitalidad española. Si os portáis, os invitamos a paella y tan amigos. Pero para eso necesitamos hablar un poco y saber que nos entendemos. Así que decidme: ¿a quién estáis controlando aquí?

—¿Esperas que un espía de otro país te diga la verdad? —responde Sophie.

—Tú me contestas y yo ya veré si te creo —ataja Serra—, pero algo debe haber, porque vuestros jefes nos han dicho que, si estáis aquí, es porque Marwan va a venir a Ceuta.

Un silbido admirativo de López sirve de contrapunto. Y recalca:

—¿El número uno de Akrab? ¿Aquí?

—¿Por qué vigilabais la casa de Khaled? ¿Es que va a reunirse con Marwan?

Un rápido intercambio de miradas entre Bastian y Sophie confirma las sospechas de Morey.

—Solo podemos deciros que no os acerquéis a Marwan —responde Bastian—. Manteneos alejados de él hasta que os digamos.

—Ah, que tenéis la exclusiva —ríe Serra—, sois paparazzi.

Sophie decide explicarse mejor:

—Marwan tiene secuestrados a dos ciudadanos franceses en Mali.

—Mais non, Sophie… Qu’est-ce que tu vas dire… —intenta atajarla Bastian.

—Lo sabemos, no es nuevo para nosotros —apunta con orgullo Morey—. Dos médicos. Desde hace un mes. Y aunque vuestro país no negocia con terroristas, el rescate está pagado hace tiempo.

—Estamos esperando que ordene su liberación. Hasta entonces, no puede saber que le seguimos —termina Sophie.

—Y… ¿si no los libera? —inquiere Morey.

Para su sorpresa, con total frialdad, la francesa se encoge de hombros.

—Sais pas. Ni idea. Solo cumplo órdenes: seguir a Marwan.

López menea la cabeza lentamente, como si estuviese decepcionado.

—O sea, que el número uno de Akrab viene a reunirse con Khaled, y no nos invitáis a la fiesta.

—¡Hay dos vidas en peligro! —contesta Bastian.

—Pero, si hago una llamada —amenaza Serra—, tendréis que salir zumbando del territorio español. Y entonces no habrá fiesta para nadie.

El silencio ocupa el lugar de las palabras mientras los espías se miden los unos a los otros. Bastian y Sophie asienten levemente, no les queda otro remedio.

—Tenemos micrófonos en casa de Khaled —confiesa Sophie.

—Y me oísteis entrar —asevera Morey.

—Esto huele a trato. Yo digo: montáis aquí la escucha y nos enteramos todos de lo que se diga allí. Y yo mantendré mi promesa.

—¿Qué promesa? —inquiere Sophie.

—Invitaros a paella —recalca Serra, y los espías españoles estallan en risas.

—Aunque aquí el plato estrella son los corazones de pollo. Le poulet le cœur… —insiste López en su paupérrimo francés.

Todo el entrenamiento y su frialdad son incapaces de impedir que Sophie haga un mohín de asco.

—Os dejamos que sigáis en territorio español —sanciona Serra.

* * *

Serra, López y Morey memorizan el rostro de Marwan, presente en las fotos más recientes que la Securité acaba de enviarles. Es un hombre sorprendentemente joven para lo que cabría esperar, va vestido de blanco y lleva un llamativo turbante. Su expresión es tranquila, decidida y pacífica. Muy distinta de la imagen que cualquiera pueda tener de un terrorista.

—Vamos a probar. Abrimos escucha —anuncia Bastian, que está manipulando un aparato, modulando frecuencias y ajustando volúmenes—, ahí está. Son Khaled y el ama de llaves, Malika.

—Si necesita cualquier cosa, ya sabe dónde me tiene, señor. ¿Serán solo cuatro personas?

—Sí, cuatro. Téngalo todo preparado, pueden llegar en cualquier momento.

—Cuatro personas —cavila Morey—: Khaled, Marwan… ¿y quién más?

Sophie y Bastian se encogen de hombros. De los altavoces, sale el sonido de un móvil.

—Llamada entrante a Khaled —confirma Bastian—. Es su mujer.

—¿Amor mío? ¿Dime? ¿Sí? —responde Khaled, que no parece oír bien a Fátima—. Espera… Salmán, el inhibidor.

De repente, la transmisión se escucha mucho mejor. Morey lee de un dosier en voz alta:

—Salmán, tío de Khaled. Su mano derecha, abogado, comparte todos sus secretos. Muy inteligente y peligroso.

—Entiendo. Tranquila, amor mío, todo va a salir bien. —Khaled cuelga y se dirige a Salmán de nuevo—: Necesito que vayas a la comisaría del Príncipe. Han detenido a mi cuñado.

—Khaled, están a punto de venir, no puedo ausentarme.

—Lo siento, se lo he prometido a mi mujer.

Un significativo silencio de Salmán muestra su desacuerdo, hasta que cede:

—Espero que algún día te pague todos los favores que le estamos haciendo. Y olvida por un momento a tu mujer, Khaled. No todo gira a su alrededor.

* * *

Apenas ha tenido tiempo Salmán de montar en su coche cuando dos vehículos llegan a la entrada del lujoso chalet de Khaled. La puerta automática les deja pasar, y el abogado decide no irse todavía, sino recibir personalmente a los dos ilustres visitantes: Marwan y su acompañante, Nasser Al Zahiri, de unos 35 años, de tez oscura, traje occidental, tupida barba y un turbante negro.

Tras intercambiar saludos, los cuatro hombres se reúnen en el despacho de Khaled, y, como era de esperar, la reunión comienza bien porque este muestra a Marwan y Nasser un maletín lleno de dinero.

—Es una suerte que a los infieles les guste tanto la droga. —Sonríe satisfecho Khaled.

Marwan aprueba con un leve asentimiento:

—Son buenas noticias, Khaled. Con ese dinero podemos hacer grandes cosas. ¿El traficante es de fiar?

—Me ha dado muestras de su lealtad.

—Siempre que le pagues bien, claro —matiza Nasser.

—El dinero es la religión de muchos, Nasser —responde Marwan—, por eso cambian rápido de Dios cuando alguien les paga más que nosotros.

—Razón de más para que actuemos rápido —contesta el interpelado.

—¿Tengo luz verde, pues? —pregunta Khaled

—Sí. Y haremos algo que será recordado por varias generaciones —asiente solemne Marwan.

—Al Hamdulillah —responde Khaled.

—¿Cuáles son tus planes para el atentado, Khaled? ¿Francia?

—Al Ándalus. Más concretamente, el Príncipe.

Y es en ese momento, en que la conversación ha adquirido tal tono de gravedad, cuando Salmán recuerda que no ha vuelto a encender el inhibidor de frecuencia desde que Khaled le pidiera que lo apagara. Por lo que desliza la mano en su bolsillo y, con disimulo, lo activa.

* * *

En la nave del CNI, la señal recibida se deteriora rápidamente. Apenas les llegan palabras audibles.

—¿Qué coño pasa? ¿Bastian, qué está pasando?

El francés se afana en intentar resintonizar la frecuencia.

—Je ne sais pas… Pueden ser los móviles, no lo sé.

—¡Callaos! —exhorta Morey.

—Aleksei Serkin… Espera tu llamada… Reciba el dinero… Descargará… —es la voz de Marwan, apenas entendible.

—Serkin. Le conozco. Es un traficante de armas de la mafia rusa.

—Ciclonita… Bordo de sus barcos… Punto del Mediterráneo —aclara Nasser.

—¡Me cago en la hostia! —Serra está a punto de perder la paciencia—. ¿Quieres arreglar eso?

—No puedo… No sé lo que ocurre.

—Tendrán un inhibidor —apunta López, mientras todos se miran sorprendidos.

El resto de la recepción les llega aún más fragmentado.

… Prisa… Precauciones… Atentado, comenzaremos a preparar… Uno más uno… Once… Fecha importante para… Gran Acción… El Príncipe…

La comunicación termina por cortarse del todo. Los espías se quedan unos segundos en silencio, afectados, cuando el móvil de Sophie suena: un mensaje de texto.

—Los rehenes han sido liberados. Ambos —anuncia Sophie dirigiéndose a Bastian—. Ya no tenemos nada que hacer aquí. Nos vamos.

Y sin añadir nada más, se largan de allí «a la francesa». Pero los espías españoles no piensan ya en ellos.

—Ponlo otra vez —ordena Serra.

Once… Fecha importante para… Gran Acción… El Príncipe…

—Serra, ha dicho el once. Estamos a ocho. Pueden faltar solo tres días para un atentado. Tengo que volver a comisaría y dirigir el operativo.

—Javi, no me compliques la vida. Aquí te conoce demasiada gente.

—Serra, solo podemos hacerlo así. Está en marcha un atentado.

—Tendría que convencer a Salinas… —Serra parece pensarlo un momento—. Pero ni yo mismo estoy convencido. Aunque…, solo por si acaso…, habla con tu amigo Fran.

* * *

Es ya de noche cuando Morey, que está solo en la nave del CNI, se decide a actuar. Sabe que, de otro modo, sus horas allí están contadas. Pero también es consciente de que lo que va a hacer va a poner en marcha una serie de mecanismos que harán imposible la vuelta atrás para muchas cosas. Entre ellas, sus sentimientos. Y Morey coge el teléfono.

—Buenas noches, quiero hablar con la señora Fátima Ben Barek…

La gélida voz de Malika no se lo pone fácil.

—¿Quién la llama a estas horas?

—Soy de la Consejería de Educación y Juventud, en el Centro Cívico me han dado este teléfono… Disculpe la hora pero, bueno, con los recortes tenemos que hacer muchas horas extra…

Malika aún tarda unos segundos en contestar.

—Un momento.

Pasan unos segundos antes de que se escuche la voz de Fátima del otro lado de la línea.

—¿Dígame?

—Hola, Fátima. Estoy en Ceuta.

Durante un silencio que se le hace eterno, Morey está seguro de que Fátima terminará por colgar, pero finalmente responde:

—Dentro de media hora, en el mirador.

* * *

Fátima camina sola, en la noche, hacia el lugar donde comenzó todo. Donde empezaron sus problemas, las mentiras y el miedo. Donde su hasta entonces plácida vida de profesora, con una familia fuerte y estable, con planes de futuro, con ilusiones y buenos momentos, se convirtió en un infierno de peligro, inquietud, sufrimiento e insomnio. Todo por culpa de un hombre que torció su existencia, quebró su porvenir, destruyó todo lo que hasta entonces la inspiraba. Un hombre al que ha amado más que a nada en el mundo. El hombre que la espera en ese mirador.

Fátima solo sabe una cosa: si quiere recuperar la esperanza, conservar su presente felicidad y construir un futuro, ese hombre debe estar fuera de su vida. Para siempre.

—Hola, Fátima.

En los ojos de él, Fátima ve que sigue tan enamorado como el primer día. No.

—Dime lo que tengas que decirme —le pide sin acercarse.

—Fátima… —comienza Morey, tratando de reponerse de su frialdad—. Ojalá hubiera podido evitar lo que pasó…

—¿Has venido a decirme que fue tu deber matar a mi hermano? ¿Que seguías órdenes?

—No, yo…

—¿Has venido a que te perdone?

—No.

—¿A qué has venido?

Morey duda. No se esperaba un recibimiento cálido, pero tampoco tanta hostilidad. Fátima es toda frialdad, una frialdad agresiva que, desde su pose digna, no tiene para él más que una mirada transparente, como si no estuviese allí. Morey sabe que lo único que puede hacer ya es protegerla.

—Lo de Akrab no ha terminado.

—Para mí y para mi familia, sí. Enterramos a mi hermano, y un mes después, a mi padre, muerto de tristeza y remordimiento. No quiero saber más.

—Se trata de Khaled —Morey se sorprende a sí mismo con el tono cortante en que lo dice—. Creemos que está relacionado con Akrab. Tenía que saber lo de Abdú.

—Claro. —Ríe Fátima, para estupefacción de Morey—. Khaled también. Y mi madre. Y Nayat. ¿Queda alguien de mi familia por inculpar?

—Fátima, no lo entiendes… Mira este vídeo…

Ella se lo impide con un brusco gesto y endurece aún más su tono.

—¡No, Javier! ¡No! Cállate. Confié en ti. Toda mi familia confió en ti. Arriesgué mi vida para ayudarte… Y ¿qué me devolviste tú? Mentiras y un hermano muerto. Ahora me llamas y sigues con lo mismo: Akrab, espías, misiones… Yo ya no quiero eso. Solo quiero recuperar mi vida, reponerme de lo que me hiciste, porque, cada día, al levantarme, siento en mi pecho el dolor de esa bala con la que aniquilaste nuestras vidas. Y te odio por eso. —Morey la escucha en silencio—. Y ahora vienes a manchar el nombre de Khaled con tus sospechas. Él sabe lo nuestro, se lo dije el primer día de casados. Y le amaré… Aprenderé a amarle como un día te quise a ti. He venido porque tenía que decírtelo a la cara: no voy a permitir que vuelvas a hacerme daño. Nunca. Adiós.

Fátima se da la vuelta y se aleja de él. Pero no puede evitar escuchar las últimas palabras de Morey.

—Yo no he dejado de quererte ni un solo segundo.

Afortunadamente, ya ha doblado la esquina y sabe que no podrá ver sus lágrimas.

* * *

—Tú otra vez —el tono de Fran es de fastidio, sí, pero no por ello deja de haber una cierta jocosidad en su timbre—. ¿Con qué me vienes ahora? ¿Vas a ponerme delante uno de tus anzuelos para que me decida a ayudaros?

—Eso es exactamente lo que he venido a hacer. —Fran no puede evitar soltar una carcajada, mientras se alejan de las calles cercanas a la comisaría. Morey prosigue—. Pero el anzuelo es real. Khaled trabaja para Akrab, me creas o no. Lo financia con la droga. Aún no sé quién es su hombre en la calle, cómo la trae, cómo la distribuye. Pero esto te atañe a ti directamente. ¿No quieres proteger el barrio? ¿No quieres que los chavales no tengan que trabajar para tipos como Faruq? Pues corta el mal de raíz. Ayúdame y te ayudaré.

—¿Y cómo vas a ayudarme tú a mí?

—Nabil. Una llamada y está fuera.

Fran resopla. Desde luego, el chico sabe dónde darle. Desde que Morey fue «trasladado», Nabil se ha hecho cargo de la comisaría, no solo mostrando una impresionante ineptitud e inexperiencia, sino también torpedeando personalmente sus iniciativas e ideas. Es un inspector inepto que ha convertido la comisaría en un lugar ingobernable, que ya no sirve de ayuda a la gente del barrio.

Fran se detiene y esboza una sonrisa.

—¿Qué tengo que hacer…, jefe?

* * *

Más tarde, en su apartamento, Morey está volviendo a colocar sobre su tablero fotografías, pruebas y pistas, y a trazar relaciones entre sospechosos, vigilados, condenados y muertos.

—¡Eres un hijo de la gran puta! —la voz de Serra, al teléfono, suena fuera de sí.

Morey sonríe.

—¿Por qué?

—¡No me tomes por gilipollas! Me acaba de llamar el comisario. Fran le ha dicho que va a detener a Khaled por narcotráfico. ¿De dónde coño ha sacado esa idea, eh?

—La verdad es que no lo sé, Serra. Pero ya sabes que si puedo echar una mano… —Morey sabe que su amplia sonrisa se trasluce en su tono—. Fran y yo nos llevamos bien, quizá pueda…

—Encima no te chotees de mí, Javi. Esto tiene tu huella. ¡Llámale inmediatamente, o…!

—Solo si me autorizas para volver a mi tapadera de inspector jefe en la comisaría.

—¿Estás loco? ¡Fátima sabe que eres un espía, podría delatarte!

—Entiendo. La idea no te convence. Adiós.

—¡Espera, no cuelgues! Eres, eres, eres un…

—He aprendido del mejor.

—Está bien. Autorizado. Pero llama a Fran y aborta la detención. ¡Ya!

Morey, sonriendo, cuelga por fin. Va a marcar el número de Fran, pero un vistazo a una de las fotos que iba a poner sobre el tablero le detiene. Es una foto de Bashir, el terrorista que fue atropellado en Malta. Pero hay algo en lo que Morey no se había fijado. Al fondo, tras él, se encuentra el Volkswagen Mk1 Cabrio que luego le atropellaría. Morey busca la foto en el ordenador y la amplía hasta intuir la presencia del conductor. Con un programa de edición de imagen, consigue enfocarla. Y entonces se da cuenta: la conductora del coche que mató a Bashir es Hidalgo, la agente del CNI. ¿Alguien de la Casa trató de impedir que detuviese a Bashir?

* * *

Esta vez, no. Lo tiene claro. Nunca ha funcionado, mentir siempre ha empeorado las cosas. No tiene sentido volver a intentarlo. No más mentiras. Por eso, cuando Fátima vuelve a casa, nada más entrar por la puerta, como quien se quita de encima el peso de los meses, años y décadas venideras, dice a Khaled:

—He estado con Morey. —Su marido levanta la cabeza del periódico. Inexpresivo. Le hace una seña para que siga—. No quiero que haya mentiras entre nosotros. Odio las mentiras, así que te lo quiero contar todo. Me llamó, me dijo que era importante, que tenía que ver con Abdú, y le he creído y he ido a verle. Lo siento.

Khaled dobla el periódico y asiente de nuevo en un gesto paciente que a Fátima le dispara todas las alarmas. ¿Puede alguien de verdad ser tan comprensivo, escuchar con tanta atención? No puede ser. Ha de ser un subterfugio, un engaño para luego enfadarse y castigarla. Pero ya no hay vuelta atrás.

—Me ha dicho que tú sabías lo de mi hermano, y que estás detrás de Akrab. Y si algo de eso es verdad, Khaled, quiero que me lo digas. Ahora. Podré soportarlo.

Khaled deja el periódico sobre la mesa, se incorpora y se acerca a ella, esbozando una sonrisa. Al llegar junto a su mujer, la acaricia, le besa la frente, la abraza.

—Mi pobre mujer…, ¿cómo no vas a estar nerviosa con todas esas mentiras? Amor, no sé por qué dice eso. Cuando tu familia buscaba a Abdú, hice algunas llamadas. Tenía amigos en Francia que podían ponerse en contacto con los servicios secretos y traté de hacer algunas averiguaciones sobre tu hermano, pero no tuve suerte. Quizá han seguido ese rastro. Pero que piensen lo que quieran. Estamos juntos, y eso es lo que importa. Dejemos lo que pasó atrás. No le des más vueltas, no quiero que sufras… Lo importante es que estamos juntos y nos queremos…

—Gracias, Khaled…

Solo ahora, Fátima cierra sus brazos en torno a su marido espirando con alivio. Y es en esa posición (pues cuando dos personas se abrazan así, no pueden mirarse a la cara) cuando Khaled pregunta:

—Pero, ¿cómo puede saber tantas cosas un simple inspector de policía?

Fátima piensa unos instantes qué debe responder. Pero se lo ha dicho a sí misma, ¿no? No puede haber más mentiras.

—Khaled, Morey no es policía. Es un espía. Se infiltró en la comisaría para detener a la célula que captó a Abdú.

Y precisamente porque Fátima no puede verle la cara, Khaled no se molesta en reprimir una dura mirada cargada de ira, odio y rabia.

* * *

Vestido de traje, impecable, la cabeza muy alta y un portafolio bajo el brazo, el recién renombrado inspector Javier Morey entra en la comisaría del barrio más conflictivo de Ceuta. Y como esperaba, todas las caras de sus antiguos agentes se vuelven hacia él, convirtiendo rápidamente su expresión de sorpresa en una de alegría, felicitación y regocijo.

Ante él, una mano fuerte, abierta, amigable. La mano de Fran.

—Bienvenido al Príncipe. De nuevo.

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15

LAS MANOS ATADAS

Faruq cuelga el teléfono por enésima vez hoy, sin ninguna gana de disimular el monumental cabreo que tiene encima. Ninguno de sus secuaces, sentados por el cafetín con cara de circunstancia, se acercaría por nada del mundo a su jefe con un problema entre manos. Ninguno salvo el Tripas, su fiel lugarteniente, que, ciertamente, no tiene más remedio…

—Ttfu… Jjzit… Otro cargamento que se pierde, Tripas. Joder, ¡el tercero en lo que va de mes! Uld qahba… He tenido que prometer otra entrega esta noche, rebajada por el retraso. La pasta que estoy perdiendo con esta mierda… Y encima hemos perdido al Indio…

—Pues… tengo otra mala noticia, Faruq.

Faruq sonríe, sarcástico, molesto, y le hace un gesto para que prosiga.

—Morey. Ha vuelto a la comisaría. —A veces el Tripas preferiría que Faruq reaccionase con ira, en lugar de con la extraña calma que muestra ahora mismo. Así que, por romper el silencio, prosigue—: Si quieres, busco a una docena de tíos y le quitamos las ganas de volver a entrar en el barrio.

Pero el comentario parece haber molestado a Faruq mucho más que cualquier otro.

—Pero, ¿quién os creéis que es? ¿Es que para eso hacen falta doce tíos?

Otro de sus matones se acerca, ignorante de la situación.

—Faruq, acaban de atracar a Khaled y a tu hermana. Unos tíos con cascos de moto… No sabemos quién ha sido.

Es lo último que dice antes de que el puño de su jefe impacte contra su cara.

* * *

No sabe muy bien por qué, a López no le extraña en absoluto ver a Fran bajando las escaleras de la nave del CNI en compañía de Morey. Un guiño, un toque en el hombro y no necesitan más. López y Fran no hablan mucho, pero ambos se aprecian: son los únicos tipos aparentemente «normales» en la sala, de los que disfrutarían de un bocadillo viendo un partido de fútbol, no como Morey y Serra, que no pueden hacer otra cosa que pensar en salvar el mundo mientras les crece una úlcera…

—Lillo nos ha dicho que Khaled también tenía un maletín, pero no pudo llevárselo, les sacó una pistola —informa Fran.

—Joder. ¿Habéis atracado a Khaled? Os estáis poniendo creativos, ¿no? —se asombra López, enfatizándolo con un silbido.

—Por lo menos tenemos su teléfono. Dinos qué hay en él —ordena Morey, centrado.

—Veamos… —López abre varios terminales y va cotejando datos—. Estas son las llamadas que Khaled hizo tras la reunión con Marwan. No conocemos el destinatario, pero son locales. Aparentemente, no hay relación con los rusos.

—¿Y en llamadas entrantes?

López introduce algunos comandos más, y un número se muestra en pantalla. Al pinchar sobre él, lanza otro silbido admirativo: investigado por UDYCO.

—Unidad de Drogas y Crimen Organizado. Puede que sí sea de los rusos. No atendió la llamada.

—¿Has acabado? —pregunta Fran—. Pues dame el móvil, que me largo. —Morey acompaña a Fran a la salida, y este le introduce algo en el bolsillo—. El móvil de Fátima. Por si quieres investigarlo, claro.

Morey agradece el gesto de su amigo con una palmada en la espalda y vuelve con López.

—Hablaré con la UDYCO y, cuando sepa algo más, te cuento —confirma López.

—¿Sabes qué tal se han tomado arriba que haya vuelto a la comisaría?

—Por lo que me dice Serra, a alguno no le ha hecho mucha gracia. Piensan que eres un dolor de cabeza…

* * *

Si Khaled está seguro de una cosa es que no le gustan los narcotraficantes. No solo hay algo indigno en su profesión, que destruye el tejido social y el futuro de tantas personas al colocar en el centro de sus vidas a la propia sustancia en vez de a la religión, sino que, además, los narcotraficantes son gente inculta, innoble, y a la que el dinero es lo único que importa. «Matar por dinero —se plantea Khaled—. ¿Puede haber una manera más directa y denigrante de acceder a infierno?». Si comercia con ellos es porque los necesita para un bien mayor. El bien supremo de cumplir la voluntad de Dios.

Pensando en todo esto, Khaled conduce hasta el centro del descampado, donde le espera otro vehículo. Coloca su coche en paralelo para hablar por la ventanilla, sin apearse. Cuanto menos se acerque a su interlocutor, mejor. Se llama Lamela, es gallego y quiere importar a Ceuta no solo gran parte de la cocaína que trae desde el norte de España, sino algunas de las «formas» más brutales de los narcos de allá. Pero Khaled no es de los que se dejan intimidar.

—Han estado a punto de robarme. ¿Sabes tú algo?

—Cómo se nota que eres moro. Sería la primera vez que un gallego contesta directamente a algo. ¿Yo qué voy a saber?

A pesar de la desconfianza que le inspira, Khaled le pasa el maletín con el dinero.

—¿La gente de Aleksei, quizá? ¿Para quedarse con el dinero y los explosivos? —insiste Khaled.

—Podría ser. O no.

Frustrado, Khaled continúa:

—¿Cómo has quedado con ellos? No me des otra evasiva.

—A las cinco, en un polígono de Tánger.

—Cuando tengas que ponerte en contacto conmigo, usa este teléfono, es una línea encriptada. Aunque lo pinchen, no podrán saber lo que hablamos.

—Conmigo no hay ese problema. Aunque escuchen todo lo que diga, nunca sabrán si voy a hacer una cosa o voy a hacer otra —contesta Lamela con socarronería.

Khaled le ataja:

—Me da lo mismo quién seas y de dónde seas, pero conmigo hay dos normas claras. Primera: no se te ocurra engañarme. Segunda: no se te ocurra engañarme.

* * *

—Ya tengo los resultados de la UDYCO, Morey —anuncia López—. Menos mal que estos tipos son rápidos. Y te va a encantar lo que tienen para nosotros. —Morey y Fran se sientan al lado de su compañero—. El tío que llamó a Khaled es un narco gallego, un tal Lamela. Llamaba desde Ceuta —explica López mientras les pasa varias fotos para que puedan memorizarlas—. Trabaja a lo grande, metía coca en las rías hasta que se dio cuenta de que la UDYCO le pisaba los talones y desapareció. Reaparece ahora en Ceuta. Pero insisto: lo suyo es la cocaína, no el hachís, así que los compañeros piensan que puede estar creando su propia red aquí.

—Para eso le estorban Faruq y Aníbal. Seguramente es él el responsable del tiroteo del cafetín. Y de la muerte de mamá Tere. Este tío solo viene a joder… —apunta Fran.

—Y tanto. Además, ayer llamó a Tánger, a un ruso conocido por la Interpol. El hombre de Serkin en Marruecos.

—Bingo —susurra Morey—. Ya sabemos quién ha hecho el encargo de los explosivos en nombre de Khaled.

Un aviso salta en el ordenador. López resopla.

—Malas noticias. El micro en la casa de Khaled está muerto.

Morey chasquea la lengua fastidiado.

—¿Lo han encontrado? —pregunta Fran.

—Lo pueden haber encontrado… —aventura López—. O puede que nuestros amigos los franceses lo hayan desconectado a distancia.

—Joder, con todo lo que podríamos haber averiguado… —se queja Morey—. Tendremos que investigar al estilo tradicional. Fran…

—Te lo digo desde ya: ese hijo de puta de Lamela es mío. No quiero otro jugador en mi territorio. Ya me basto con Aníbal y Faruq. Y es precisamente a este último al que temo. Ha perdido un envío y no es de los que se queda de brazos cruzados. Puede estar preparando algo. Iré a verle también.

—No —le ataja Morey—, iré yo.

—¿Estás loco? Mataste a su hermano.

—Por eso. No quiero que piense que me escondo.

* * *

Por si no tuviese suficientes problemas, a Faruq, que está dentro del cafetín tratando de tomar una decisión sobre su siguiente movimiento, empiezan a llegarle del exterior los gritos de sus hombres interpelando a alguien. Esto lo pone sobre alerta, normalmente los problemas se resuelven en silencio, como mucho con el ruido insignificante que unos puños americanos pueden hacer sobre estómago, pecho y rostro. Cuando se asoma por la puerta para ver qué ocurre, se asombra aún más. Una andanada de rabia, adrenalina y mala hostia le sube por el cuello al ver a Morey.

—¡Vete de aquí! ¿A qué coño vienes, hijo de puta? ¿Cómo tienes el valor de aparecer por aquí?

Los gritos son de sus hombres, que, no obstante, no se atreven a tocarle. Son tipos duros, respetados, de los que se harían los amos de cualquier cárcel solo con poner un pie en ella, pero no se atreven a tocar a Morey. No solo por ser inspector de policía (que es lo de menos), sino por cómo este mantiene el tipo y la mirada entre tantos hombres, en una situación potencialmente letal. A Faruq no le impresiona. Pero algo raro hay en su visita, sí. Y como suele pensar, los negocios van antes que la venganza. Luego ya se verá. Así que Faruq hace un gesto a sus hombres, quienes inmediatamente se apartan y dejan entrar al policía.

Se sientan en la oscuridad del café. Se miden unos instantes en silencio. Es Faruq quien lo rompe.

—Le ha echado cojones.

—No me arrepiento de lo que hice.

Faruq ahoga una risa y Morey le aguanta la mirada. Si no estuviesen a distintos lados de la ley, podrían llegar a respetarse.

—Mató usted a mi hermano. No voy a dejar que mis hombres le toquen, que es lo que les gustaría, y, personalmente, a mí también. Pero no abuse. Mi hermano es ahora un héroe en el barrio. Hay tiendas donde no quieren cobrar un euro a mi madre por nada de lo que compra.

—¿Y qué es Abdú para ti? ¿Y para tu familia?

Faruq hace una pausa antes de continuar.

—Abdú fue débil. Estúpido, crédulo. Se dejó engañar, meter historias en la cabeza… Pero aunque sea así, usted solo nos trae malos recuerdos. ¿Por qué ha vuelto? ¿Es que no hay más destinos en la policía que el Príncipe?

Morey le mira fijamente.

—No soy de los que se rinden.

Dando la conversación por finalizada, Morey se levanta y se dirige hacia la salida. Un momento antes, se vuelve.

—Me alegro de verte, Faruq.

—Yo no.

Y cuando Morey ha salido del cafetín, una incómoda pregunta se instala en la mente del traficante. Cuando ha dicho «No soy de los que se rinden»…, ¿hablaba de Fátima?

* * *

Mientras conduce de vuelta a su apartamento, Morey recibe una llamada de López.

—Hemos averiguado que Lamela vive en una urbanización en Ceuta. Parece ser que también tiene una nave alquilada en Tánger y que ayer estuvo allí. Parece suficiente como para ir mirar.

—Es un buen escondite, tanto para la droga como para los explosivos. ¿Tenemos a algún hombre en la zona?

—Un tal Hidalgo.

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