Lista de personajes
William Monk – Comandante de la Policía Fluvial del Támesis.
Hester Monk – Su mujer, enfermera en la clínica de Portpool Lane.
Sargento John Hooper – La mano derecha de Monk.
Will – Anteriormente conocido como Scuff, el hijo adoptivo de Monk, aprendiz de Crow.
Sir Oliver Rathbone – Abogado y viejo amigo de los Monk.
Harry Exeter – Un rico promotor inmobiliario.
Kate Exeter – Su segunda mujer, mucho más joven que él.
Bathurst – Un joven agente de la Policía Fluvial.
Laker – Un joven agente de la Policía Fluvial.
Marbury – Un agente de la Policía Fluvial.
Walcott – Un agente de la Policía Fluvial.
Celia Darwin – La prima de Kate.
Mary – La criada de Celia.
Maurice Latham – Abogado, primo de Kate y de Celia.
Beata Rathbone – La segunda mujer de sir Oliver.
Crow – Un médico que atiende a los pobres.
Clacton – Un agente de la Policía Fluvial.
Albert Lister – Un delincuente.
Jimmy Patch – Uno de los informadores de Hooper.
Roger Doyle – Director del Nicholson’s Bank.
Bella Franken – Contable del Nicholson’s Bank.
Mayor Carlton – Exmilitar amigo de Hester.
Betsy – Una camarera.
Superintendente Runcorn – El anterior superior de Monk, ahora a cargo de la policía de Greenwich.
Reilly – El antiguo jefe de Marbury en la Policía Metropolitana.
Fisk – Un agente de la comisaría de Runcorn.
Peter Ravenswood – Un fiscal.
1
Monk estaba sentado junto al fuego y empezaba a notar el calor. Fuera reinaba esa especie de silencio pesado que aparece únicamente con la niebla. El río estaba cubierto por su espeso manto y en esa época del año anochecía pronto. Y Monk era extrañamente consciente de que se sentía feliz. Esa profunda sensación de paz no era algo casual. Miró a Hester, que estaba sentada en la butaca que tenía enfrente, y se dio cuenta de que estaba sonriendo.
No registró el primer golpe en la puerta. Solo se dio cuenta de lo que había sido ese ruido cuando Hester fue a levantarse. Él se apresuró a hacerlo primero.
—No, ya voy yo.
A regañadientes fue hasta el vestíbulo y abrió la puerta principal.
Sir Oliver Rathbone estaba en la entrada y la luz del porche arrancaba destellos a las gotitas producidas por la niebla que cubrían su sombrero gris y los hombros de su abrigo. Su cara delgada no lucía su habitual expresión de ingenio.
No hacía viento, pero en ese momento le dio la sensación a Monk de que su llegada venía acompañada de una ráfaga heladora.
—Pasa —invitó Monk, apartándose para que pudiera entrar.
Rathbone obedeció y cerró la puerta. Se estremeció, como si acabara de darse cuenta del frío que tenía. Se quitó el sombrero y el abrigo, los colgó en el perchero de la entrada y guardó los guantes en los bolsillos.
—Tiene que ser muy malo para que hayas venido hasta aquí —comentó Monk.
Se conocían desde hacía años; de hecho quince años, los que habían pasado desde el final de la guerra de Crimea, en 1856. No había necesidad de andarse con las habituales sutilezas sociales.
—Lo es —contestó Rathbone.
Él trabajaba y vivía en la orilla norte del Támesis, así que para haberle hecho cruzar el río para ir a ver a Monk a su casa tenía que tratarse de algo que no podía esperar, ni siquiera hasta la mañana siguiente.
Monk lo acompañó al salón y le abrió la puerta para que entrara en la cálida estancia.
—Lo siento —se disculpó Rathbone al ver a Hester.
También ellos se conocían bien y desde hacía mucho. Rathbone y Hester coincidieron por primera vez cuando ella era enfermera, recién llegada desde Crimea, y todavía creía que podría cambiar la forma en que se hacían los tratamientos médicos, además de la actitud hacia las enfermeras y las mujeres en general en el mundo de la medicina. Parecía que había transcurrido mucho tiempo. Y, aunque realmente habían pasado los años, la lucha por esa causa no había hecho más que empezar.
—Estarás helado —dijo ella, comprensiva—. ¿Quieres un té? —Después lo pensó mejor y ofreció—: ¿Un whisky?
Rathbone sonrió muy levemente.
—No, gracias. Necesito tener la cabeza despejada. —Miró a Monk—. Sé que estoy molestando, pero no podía esperar... —Y se sentó en una de las butacas que había junto al fuego.
Hester no dijo nada más, solo se dispuso a escuchar con atención.
Monk simplemente asintió y se sentó enfrente de Rathbone.
—Hace un par de horas vino a verme un hombre extremadamente angustiado. —La expresión de Rathbone reflejó que él entendía bien cómo se sentía—. Han secuestrado a su mujer. Su vida corre peligro si no paga un rescate, que es una verdadera fortuna. Es un hombre rico y ha conseguido reunir el dinero...
—¿Cuándo la secuestraron? —interrumpió Monk.
—Sé lo que estás pensando —dijo Rathbone con una sonrisa amarga—. ¿Cómo ha podido reunir el dinero tan rápido? A no ser que lo tuviera en una caja fuerte en alguna parte, no sería posible. La secuestraron ayer que, como seguro recordarás, fue un día muy agradable para esta época del año. Le han dado de plazo hasta mañana, más o menos a esta hora. El intercambio debe tener lugar en...
—¿Y por qué demonios no lo denunció inmediatamente? —volvió a interrumpirlo Monk.
—Tiene intención de pagar. Lo que quiere de nosotros es que...
—¿Nosotros? —intervino Monk de nuevo—. Si quiere que intervenga la policía, debería haber ido a la policía local de Londres. Y debería haberlo hecho ayer, por todos los santos, cuando el rastro aún estaba reciente.
Rathbone negó con la cabeza.
—No quiere a la policía para que lo investigue. De todas formas la secuestraron en la orilla del río, lo que significa que es tu jurisdicción. Y tiene que pagar el rescate en Jacob’s Island, que...
—Lo conozco.
Aunque habían pasado varios años desde aquel funesto caso, Monk aún se estremecía involuntariamente por las imágenes y los recuerdos que le venían a la mente con la sola mención de Jacob’s Island. Todavía veía al hombre gordo hundiéndose lentamente en el lodo con la boca abierta, gritando, hasta que el barro se lo tragó, centímetro a centímetro, y desapareció de la vista. Nunca encontraron su cuerpo.
Monk volvió al momento presente: las llamas de la chimenea; Hester, sentada e inclinada hacia él, con la expresión preocupada; la luz de la lámpara reflejándose en el pelo de Rathbone, donde se veían más canas que antes. Jacob’s Island era uno de los peores barrios degradados de Londres. Estaba a la orilla del río (no era una isla en realidad, como indicaba su nombre) y se trataba de una zona de vías fluviales interconectadas donde había viejas oficinas y muelles. Los almacenes que se habían construido allí se estaban hundiendo lentamente, porque sus cimientos se pudrían, y se iban derrumbando unos sobre otros. A Jacob’s Island se podía llegar por tierra, cruzando un puente, o por el río a través de varios embarcaderos.
—Quiere que la Policía Fluvial lo acompañe al intercambio, a hacer el pago por la vida de su mujer, Kate Exeter —concluyó Rathbone—. Eso es lo único que pide. No quiere que atrapes a los secuestradores, ni que recuperes el dinero, solo que supervises el intercambio y te asegures de que Kate y él salen de allí sanos y salvos.
—¿Kate Exeter? —Monk le dio un par de vueltas al nombre. Le resultaba familiar, pero no sabía por qué.
—Harry Exeter —aclaró Rathbone—. Su primera mujer falleció. Kate es la segunda. Unos veinte años más joven que él. Y tiene auténtica devoción por ella. —La expresión de la cara de Rathbone era de compasión.
Él se había casado por segunda vez hacía poco. Ahora disfrutaba de una felicidad que nunca creyó posible, tras la decepción que supuso su primer matrimonio y la soledad posterior que, después de la tragedia, se convirtió en amargura. Rathbone sabía bien lo exquisitamente preciosa y frágil que era la felicidad. Intentaba no pensar siquiera en la posibilidad de perderla, pero en sus ojos se veía claramente que, aun en esa posición tan difícil en la que estaba, su empatía hacia Harry Exeter se basaba en sus propias emociones; no le había hecho falta tirar de imaginación en este caso.
Monk no necesitaba explicaciones al respecto. Era una de las cosas que ambos compartían.
—Así que se pasó todo el día de ayer reuniendo el dinero —concluyó.
—Sí. Lo tiene casi todo y está seguro de que tendrá el resto mañana. Es el precio de cinco casas familiares de buen tamaño en Londres, en un barrio decente —señaló Rathbone—. He venido a buscarte porque Exeter está en mi bufete ahora mismo. Quiero que te reúnas con él y obtengas toda la información que puedas. Necesitarás todo el día de mañana para planificar. Tiene que entregar el dinero en persona. Es una de las condiciones.
—¿Y le han permitido llevar a la policía? —Las consecuencias de un desliz, hasta el más mínimo, podrían ser terribles.
—No le han puesto pegas —contestó Rathbone muy serio—. Le han permitido llevar a una persona con él. Exeter insistió. No conoce el lugar y cree que si va solo por una zona como esa y con una bolsa llena de dinero, tendrá mucha suerte si logra llegar al punto de entrega.
—¿Y por qué no han elegido un sitio más razonable? —preguntó Monk, pero ya sabía la respuesta: Jacob’s Island era un laberinto en el que cualquier ciudadano normal de Londres se perdería y acabaría muerto de miedo y desorientado, aterrado por la subida de la marea—. Sí, ya lo sé —continuó él antes de que Rathbone pudiera responder y se levantó—. Iré a verlo y a sacarle toda la información que pueda. Mañana elegiré a unos cuantos hombres y hablaré con ellos. Algunos conocen Jacob’s Island bastante bien. Aunque ese maldito sitio cambia constantemente.
Rathbone se levantó también.
—Gracias. —Se volvió para mirar a Hester—. Disculpa, pero todo acabará mañana por la noche, en solo un par de horas. Exeter será mucho más pobre, pero su mujer estará a salvo, aunque seguramente tendrá pesadillas durante una temporada.
—Se le pasarán —dijo Hester con aire triste.
Monk la miró, preocupado. A ella la habían secuestrado poco tiempo antes. Todavía recordaba cuando ella se despertaba por las noches boqueando para respirar, luchando con las mantas y una vez incluso llorando inconsolablemente. Él la abrazaba y la calmaba. Y ahora tenía que pensar en esa mujer a la que habían secuestrado y que estaría esperando, aterrorizada, tal vez en Jacob’s Island, y confiando en que su marido pudiera, y quisiera, pagar su rescate.
—La traeremos de vuelta a salvo —prometió Monk—. Es el dinero lo que quieren. Y gracias a Dios, parece que Exeter lo tiene y está dispuesto a pagarlo. —Miró por la ventana. Fuera ya se había hecho totalmente de noche. Y la niebla se lo había tragado todo.
Hester sonrió.
—Si tiene tanta suerte como yo, los secuestradores también acabarán arrestados. ¡Vete ya! El pobre Exeter estará muerto de preocupación. Tranquilízalo todo lo que puedas.
Él sonrió también y se inclinó para darle un beso rápido en la mejilla. Notó su piel caliente y suave, como siempre, y le llegó el aroma de su pelo.
Rathbone ya lo estaba esperando en la puerta principal, con el sombrero y el abrigo puestos. Abrió el cerrojo, hizo una mueca al ver que la niebla era más espesa que antes, salió e inmediatamente quedó envuelto por ella. Monk lo siguió y, a pesar de que también llevaba su abrigo, notó que la humedad se le pegaba a la piel al instante. Cerró la puerta y oyó que Hester echaba el cerrojo. Recorrió con Rathbone el camino más que conocido que desembocaba en la calle. Para cuando llegaron y miró atrás, la casa ya había quedado engullida por una oscuridad total.
Desde alguna parte del río les llegó el sonido prolongado y lastimero de una sirena de niebla. No se oía nada más. Incluso sus pasos sobre la acera quedaban amortiguados.
—No habrá ferris para cruzar el río —comentó Monk—. Tendremos que intentar encontrar un coche de caballos en Union Street. Rotherhithe Road está junto al agua, así que la niebla será allí aún más espesa.
Echaron a andar. Rathbone caminaba a su lado sin decir nada. Había un buen trecho hasta el puente más cercano y Lincoln’s Inn, donde estaba el bufete de Rathbone, estaba todavía más lejos.
Pasó media hora, y ya casi habían llegado al puente, cuando por fin encontraron un coche. Oyeron el eco distorsionado de los cascos del caballo sobre los adoquines. Casi lo tenían encima cuando por fin vieron los faros que se acercaban. Monk se lanzó a la calzada y cogió la brida del caballo para que se detuviera.
—¡Oiga! —gritó el cochero con una voz aguda por el miedo, a la vez que levantaba el látigo. Monk vio la sombra del látigo antes de que llegara a fustigarlo con él.
—¡Policía! —Avanzó para que pudiera verlo, o más bien distinguirle con dificultad la cara en el reducido círculo de luz—. Necesitamos ir a Lincoln’s Inn. Le pagaremos el doble de la tarifa.
El conductor gruñó.
—¿Por adelantado? —preguntó.
Monk buscó en su bolsillo y Rathbone hizo lo mismo. Le pagaron de buena gana, subieron al coche y se sentaron dentro.
Aun así el trayecto les llevó tres cuartos de hora. El bufete de Rathbone tenía todas las luces encendidas y su secretario abrió la puerta antes de que Rathbone llegara a tocar el timbre.
—Voy a traerles un té, señor —dijo el secretario—. Y un par de sándwiches. ¿Fiambre de ternera les parece bien?
—Perfecto —respondió Rathbone amablemente.
—Me he tomado la libertad de servirle algo al señor Exeter. No tiene buen aspecto el pobre hombre.
Rathbone le dio las gracias a su empleado y se dirigió a su despacho. Él entró primero, Monk justo detrás.
El hombre que estaba de pie junto a la chimenea se volvió inmediatamente para mirarlos. Tenía una estatura por encima de la media. El pelo abundante y rubio estaba profusamente salpicado de canas, más visibles en las sienes. Monk supuso que se podría decir que era un hombre atractivo, si no fuera por su expresión de extrema preocupación y por la capa de sudor que le cubría la piel.
—¿Monk? —preguntó y se acercó—. ¿Es usted el comandante de la Policía Fluvial del Támesis? —Sin esperar a oír su respuesta, le tendió la mano—. Gracias por venir. Hace una noche espantosa, lo sé. Pero este asunto no podía esperar. Soy Harry Exeter...
—Sí, yo soy Monk. —Le estrechó la mano brevemente—. Rathbone me ha explicado cuál es su situación.
Exeter estaba temblando, a pesar del calor que se notaba en la estancia.
—Tengo casi todo el dinero. Voy a recoger el resto mañana. Tengo que llevarlo en persona. No intente quitarme la idea de la cabeza. Han insistido. Kate...
—No voy a llevarle la contraria, señor Exeter —aseguró Monk—. Solo quiero saber todo lo que pueda contarme. Eso es lo único y lo mejor que podemos hacer esta noche. Cuénteme lo que sabe y lo que sospecha. Y si cree tener alguna idea sobre quién está detrás de todo esto y por qué. Por Dios, s
