7 de septiembre de 2017
Centro penitenciario Charnworth
Querido señor Wrexham:
No se imagina cuántas veces he empezado esta carta y arrugado el desastroso resultado, pero me he dado cuenta de que no existe ninguna fórmula mágica para esto. No hay forma de que yo lo OBLIGUE a escuchar mi caso. Por lo tanto, tendré que exponer los hechos lo mejor que pueda. No importa el tiempo que me lleve, ni cuántas hojas tenga que descartar: seguiré adelante y le contaré la verdad.
Me llamo... Y al llegar aquí me detengo, con la tentación de volver a romper la hoja.
Porque, si le digo mi nombre, sabrá la razón por la que le escribo. Mi caso ha salido en todos los periódicos. Mi nombre aparece en los titulares; mi angustiado semblante, en todas las primeras planas; y no hay ni un solo artículo que no insinúe mi culpabilidad de una forma que raya en el desacato. Si le digo mi nombre, tengo la terrible sospecha de que me descartará por ser una causa perdida y tirará mi carta a la papelera. En parte, yo no se lo reprocharía, pero le ruego que, antes de hacer eso, escuche lo que quiero decirle.
Soy una joven de veintisiete años y, como ya habrá visto por el remite, me encuentro recluida en la cárcel para mujeres de Charnworth, en Escocia. Nunca he recibido ninguna carta de nadie que estuviese en la cárcel, de modo que no sé cómo son cuando le llegan al destinatario, pero imagino que, antes de abrir el sobre, debió de adivinar usted mi situación actual.
Lo que seguramente no sepa es que estoy aquí en prisión preventiva. Y lo que no puede saber es que soy inocente.
Sí, ya lo sé. Todos dicen lo mismo. Todas las mujeres a las que he conocido aquí son inocentes, al menos según ellas. Pero en mi caso es cierto.
Supongo que ya se habrá imaginado qué voy a decirle a continuación. Le escribo para pedirle que me represente como abogado defensor en el juicio.
Comprendo que esto es inusual, y que no es así como los acusados se dirigen a sus abogados. (En un borrador anterior de esta carta, lo llamaba «jurista» por equivocación; yo no entiendo nada de leyes, y menos aún del sistema escocés. Lo único que sé, incluido su nombre, lo he aprendido de las mujeres con las que estoy en la cárcel.)
Ya tengo un procurador, el señor Gates, y, si lo he entendido bien, será él quien nombre un abogado defensor para el juicio. Pero también es la persona que me trajo aquí.
Yo no lo elegí: lo escogió la policía cuando empecé a asustarme y por fin tuve la sensatez de quedarme callada y negarme a contestar cualquier pregunta que me hiciesen hasta que tuviera un abogado.
Pensé que él lo aclararía todo, que me ayudaría a exponer mi caso. Pero cuando llegó... No lo sé, no me lo explico. Lo único que hizo fue empeorar las cosas. No me dejaba hablar. Cada vez que yo intentaba decir algo, él me cortaba diciendo: «Mi clienta no tiene nada que decir de momento», y sólo consiguió que yo pareciese aún más culpable. Tengo la impresión de que, si hubiese podido explicarme debidamente, no habría llegado hasta aquí. Pero, no sé por qué, los hechos se me enredaban en la boca, y la policía hacía que todo sonara fatal, muy inculpatorio.
Y no es que el señor Gates no haya oído mi versión de la historia; no es eso exactamente. Claro que la ha oído, pero, de alguna forma... Jo, es tan difícil explicarlo por escrito. Se ha sentado a hablar conmigo, pero no me escucha. O, si me escucha, no me cree. Cada vez que intento contarle lo que pasó, empezando por el principio, me interrumpe con una serie de preguntas que me confunden, y mi historia se enreda, y sólo me dan ganas de gritarle que «cierre la puta boca».
Él sigue hablándome de lo que declaré aquella espantosa primera noche que pasé en la comisaría, cuando me interrogaron hasta el agotamiento y les dije... Dios, no sé qué les dije. Lo siento, me he puesto a llorar. Lo siento. Perdón por las manchas. Espero que pueda seguir leyendo a pesar de los borrones.
Lo que dije, lo que dije entonces, ya no tiene remedio. Ya lo sé. Lo tienen todo grabado. Y es un desastre, un auténtico desastre. Pero salió todo mal, y tengo la impresión de que, si me diesen la oportunidad de hacerme entender, de explicarle mi caso a alguien que de verdad me escuchase... ¿Sabe lo que quiero decir?
Dios, quizá no, quizá no lo sepa. Al fin y al cabo, usted nunca ha estado aquí. Nunca ha estado sentado al otro lado de una mesa, tan exhausto que lo único que quieres es dejarte caer, y tan asustado que te entran ganas de vomitar, mientras la policía pregunta, pregunta, pregunta hasta que ya no sabes ni lo que dices.
Supongo que todo se reduce a eso.
Soy la niñera del caso Elincourt, señor Wrexham.
Y yo no maté a esa niña.
Empecé a escribirle anoche, señor Wrexham, y esta mañana, cuando me he despertado y he visto, arrugadas, las hojas en las que vertí mis súplicas, mi primer impulso ha sido hacerlas trizas y volver a empezar, como ya había hecho un montón de veces. Me he propuesto expresarme con serenidad, exponerlo todo con la máxima claridad y hacérselo entender, pero he terminado llorando encima de la hoja, sumida en un mar de recriminaciones.
Sin embargo, después he releído lo que había escrito y he pensado: no. No puedo volver a empezar. Tengo que continuar.
Llevo mucho tiempo diciéndome que, si alguien me dejase ordenar mis ideas y exponerle debidamente mi versión de la historia, sin interrumpirme, tal vez se solucionaría este espantoso desastre.
Y aquí estoy. Ésta es mi oportunidad.
En Escocia pueden retenerte durante ciento cuarenta días antes del juicio. Aunque aquí hay una mujer que lleva casi diez meses esperando. ¡Diez meses! ¿Sabe usted cuánto tiempo es eso, señor Wrexham? Seguramente cree que sí, pero déjeme que se lo cuente. En el caso de esa mujer, eso son doscientos noventa y siete días. No ha podido pasar las Navidades con sus hijos. Se ha perdido todos sus cumpleaños. Se ha perdido el Día de la Madre, la Semana Santa y el primer día de colegio.
Doscientos noventa y siete días. Y siguen aplazándole la fecha del juicio.
El señor Gates dice que el mío no tardará tanto debido a la publicidad, pero no sé cómo puede estar tan seguro.
Sea como sea, cien días, ciento cuarenta días, doscientos noventa y siete días... Es mucho tiempo para escribir, señor Wrexham. Mucho tiempo para pensar, y para recordar, y para tratar de entender qué pasó realmente. Porque hay tantas cosas que no entiendo; y sólo sé una cosa: que yo no maté a esa niña. No la maté. Por mucho que se empeñe la policía en tergiversar los hechos y confundirme, eso no lo pueden cambiar.
Yo no la maté. Y eso significa que otro lo hizo. Y esa persona sigue en libertad.
Mientras yo me pudro aquí dentro.
Voy a terminar, porque sé que no puedo extenderme demasiado: usted está muy ocupado y seguro que deja de leer.
Pero tiene que creerme, por favor. Usted es el único que puede ayudarme.
Por favor, venga a verme, señor Wrexham. Déjeme explicarle la situación y cómo acabé enredada en esta pesadilla. Si hay alguien capaz de hacérselo entender al jurado, es usted.
He solicitado un pase de visitante a su nombre, pero, si quiere hacerme más preguntas, puede escribirme. No tengo previsto ir a ningún sitio. Ja, ja, ja.
Lo siento, no quería terminar con una broma. Esto no tiene ninguna gracia, ya lo sé. Si me condenan, me enfrento a...
Pero no. No puedo pensar eso. Ahora no. No me condenarán. No me condenarán porque soy inocente. Sólo hace falta que se lo haga entender a todos. Empezando por usted.
Por favor, señor Wrexham, dígame que me ayudará. Escríbame, se lo ruego. No quiero ponerme melodramática, pero me temo que es usted mi única esperanza.
El señor Gates no me cree, lo veo en su mirada. Pero usted quizá sí.
12 de septiembre de 2017
Centro penitenciario Charnworth
Querido señor Wrexham:
Hace tres días que le escribí, y no le voy a mentir: he estado esperando su respuesta con una aprensión tremenda. Todos los días, cuando llega el correo, se me acelera el pulso y siento una especie de dolorosa esperanza, y todos los días (hasta ahora) me llevo una decepción.
Lo siento. Ya sé que eso suena a chantaje emocional. No lo decía en ese sentido. Ya lo entiendo: usted está muy ocupado y sólo hace tres días que le envié mi carta, pero... Supongo que abrigaba esperanzas de que, al menos, la publicidad que había recibido el caso me hubiese conferido cierta celebridad y le hubiese hecho escoger mi carta de entre todas las otras que seguramente recibe de clientes, aspirantes a clientes y chiflados.
¿No quiere saber qué sucedió, señor Wrexham? Yo querría saberlo.
En fin, han pasado tres días (¿ya lo había mencionado?) y... Bueno, estoy empezando a preocuparme. Aquí no hay gran cosa que hacer y, en cambio, hay mucho tiempo para pensar y preocuparse y empezar a imaginar catástrofes.
Es lo que llevo haciendo estos últimos días con sus respectivas noches. Preocuparme por si no ha recibido mi carta. Preocuparme por si las autoridades de la cárcel no la han enviado (¿pueden hacer eso sin decírmelo? No lo sé, la verdad). Preocuparme por si no me expliqué bien.
Esto último es lo que no me deja dormir. Porque, si se trata de eso, entonces la culpa la tengo yo.
Mi idea era ser breve y concisa, pero ahora pienso que quizá no debería haberme dado tanta prisa. Quizá debería haber hablado de los hechos, e intentar demostrarle POR QUÉ soy inocente. Porque usted no puede creerse lo que yo le cuente sin más, ya lo entiendo.
Cuando llegué aquí, las otras mujeres... Supongo que con usted puedo ser sincera, señor Wrexham: las otras mujeres parecían de otra especie. No es que me crea mejor que ellas, pero todas parecían... Parecía que encajaban aquí. Incluso las que estaban asustadas, las que se autolesionaban y las que chillaban y se golpeaban la cabeza contra las paredes de la celda y lloraban por la noche; incluso las más jóvenes, recién salidas de la escuela. Parecían... no sé. Parecían estar donde les correspondía estar, con su cara pálida y demacrada y el pelo peinado hacia atrás y los tatuajes borrosos. Parecían... bueno, parecían culpables.
Pero yo era diferente.
Para empezar, soy inglesa, claro, y eso no ayudaba. No las entendía cuando se enfurecían y me gritaban. No tenía ni idea de lo que significaban la mitad de las palabras que utilizaban.Y saltaba a la vista que yo era de clase media, aunque no sepa decir exactamente por qué; pero, para aquellas mujeres, era como si yo lo llevase escrito en la frente.
Pero lo más importante era que yo nunca había estado en la cárcel. Creo que, hasta que llegué aquí, ni siquiera había conocido a nadie que hubiera estado en prisión. Había códigos secretos que no sabía descifrar, y corrientes por las que no tenía forma de navegar. No entendía por qué una mujer le pasaba algo a otra en el pasillo y, de repente, las celadoras venían corriendo y gritando. No veía venir las peleas, no sabía quién no se había tomado la medicación, ni quién estaba de bajón y podía empezar a repartir a diestro y siniestro. No sabía a quiénes tenía que evitar ni quiénes tenían síndrome premenstrual permanente. No sabía qué tenía que ponerme ni qué tenía que hacer, ni por qué cosas podías ganarte un escupitajo o un puñetazo de las otras internas, ni qué podía provocar que las celadoras se te echaran encima.
Mi acento era diferente. Mi aspecto era diferente. Me sentía diferente.
Y un día entré en el cuarto de baño y vi a una mujer que venía hacia mí desde el fondo. Llevaba el pelo peinado hacia atrás, igual que todas, y sus ojos parecían de granito, y tenía el semblante pálido, duro, rígido. Lo primero que pensé fue: «Mierda, parece cabreada, a saber qué me hace.»
Luego pensé: «Quizá sería mejor que fuese al otro cuarto de baño.»
Y entonces caí.
Lo que había en la pared del fondo era un espejo. La mujer era yo.
Debería haberme impresionado darme cuenta de que, al fin y al cabo, yo no era diferente, sino sólo otra mujer absorbida por este sistema desalmado. Pero, de alguna manera, aquello me sirvió.
Todavía no encajo del todo. Sigo siendo la inglesa, y todas saben por qué estoy aquí. En la cárcel, no miran bien a los que han cometido delitos contra niños, supongo que usted ya lo sabe. Yo les he dicho que no es verdad, por supuesto, que no hice eso de lo que me acusan. Pero ya sé lo que piensan cuando me miran: «Eso es lo que dicen todas.»
Y sé... Sé que usted también lo estará pensando. Esto es lo que quería decirle. Entiendo que sea usted escéptico. Al fin y al cabo, no conseguí convencer a la policía. Por algo estoy aquí. Sin fianza. Debo de ser culpable.
Pero no es verdad.
Tengo ciento cuarenta días para convencerlo. Lo único que debo hacer es contarle la verdad, ¿no? Tan sólo tengo que empezar por el principio y exponerlo todo con calma y claridad, hasta llegar al final.
Todo empezó con el anuncio.
OFERTA DE EMPLEO: Familia numerosa busca niñera interna con experiencia.
SOMOS: Un matrimonio ajetreado con cuatro hijas que vive en una casa preciosa, pero en un rincón remoto de las Highlands. Los padres dirigimos nuestro propio estudio de arquitectura.
BUSCAMOS: Una niñera con experiencia, acostumbrada a trabajar con niños de todas las edades, desde bebés hasta adolescentes. La candidata tiene que ser una persona sensata, de carácter tranquilo y capaz de ocuparse ella sola de las niñas. Indispensable: referencias impecables, certificado de antecedentes penales, título de primeros auxilios y carnet de conducir sin sanciones pendientes.
EL PUESTO: Los padres trabajamos la mayor parte del tiempo desde casa, y durante esos periodos la candidata tendrá un empleo normal de 8 a 5, con una noche de canguro por semana y los fines de semana libres. En la medida de lo posible, organizamos nuestro horario para que siempre haya un padre en casa. Sin embargo, a veces tenemos que ausentarnos los dos (como mucho, y muy raramente, dos semanas), y, cuando así sea, la candidata estará in loco parentis.
Ofrecemos una remuneración muy competitiva, de 55.000 libras anuales (brutas, con pagas extras incluidas), vehículo y ocho semanas de vacaciones al año.
Las solicitudes se pueden enviar a Sandra y Bill Elincourt, Heatherbrae House, Carn Bridge.
Lo recuerdo casi palabra por palabra. Tiene gracia, porque yo ni siquiera estaba buscando trabajo cuando me apareció entre los resultados de Google. (Lo que estaba buscando... Bueno, en realidad no importa qué estaba buscando. Era otra cosa que no tenía nada que ver.) Y de pronto lo vi: un regalo que cayó en mis manos, tan de improviso que casi no lo atrapo.
Lo leí una vez de cabo a rabo, y luego otra; la segunda vez se me aceleró el pulso, porque era perfecto. Casi demasiado perfecto.
Cuando lo leí por tercera vez no me atrevía a consultar la fecha límite para la presentación de solicitudes: estaba convencida de que ya llegaba tarde.
Pero el plazo terminaba aquella misma noche.
Me pareció increíble. No sólo el sueldo (aunque, francamente, era una cantidad asombrosa); no sólo la descripción del empleo, sino la suerte que había tenido. Todo el paquete. Me había caído del cielo en el momento idóneo para solicitarlo.
Mi compañera de piso se había ido de viaje. Nos habíamos conocido en la guardería Little Nippers de Peckham; trabajábamos las dos en el aula de bebés, y nos reíamos de la borde de nuestra jefa y de los padres prepotentes y maniáticos, con sus pañales de tela y sus putos productos eco...
Perdón. No debería emplear ese lenguaje. Lo he tachado, pero seguro que se puede leer a través de la hoja, yo qué sé, a lo mejor usted tiene hijos, a lo mejor también les ponía los Little Plushy Bottoms o como se llamara la marca de moda entonces.
Y lo entiendo, en serio. Son sus bebés, y a los padres nada les parece demasiado. Eso lo entiendo. Lo que pasa es que cuando eres tú la que tiene que recoger los trozos de tela cagados y meados de todo un día y dárselos a esos padres, con los ojos llorosos por el amoníaco, cuando vienen a buscar a sus hijos... No es que me importe, no sé si me explico. Forma parte del trabajo, ya lo sé. Pero al menos puedo quejarme, ¿no? Todos necesitamos desahogarnos, o acabaríamos explotando de frustración.
Lo siento. Me voy por las ramas. A lo mejor es por eso por lo que el señor Gates siempre intenta hacerme callar. Porque con mis palabras voy cavando un agujero, y en lugar de saber cuándo tengo que parar, sigo cavando. Supongo que ya debe de estar atando cabos y pensando: «No parece que le gusten mucho los niños. Admite sin reparos que el trabajo le generaba frustración. ¿Qué iba a pasar cuando se quedara encerrada con cuatro críos y ningún adulto con quien “desahogarse”?»
Eso es lo que hizo la policía: recopilar todos esos comentarios hechos de pasada, todos esos datos indecorosos. Yo veía el triunfo reflejado en sus caras cada vez que se me escapaba uno, y los veía recogerlos como si fuesen migas de pan y añadirlos al grueso de los argumentos en mi contra.
Pero ésa es la cuestión, señor Wrexham. Podría tejerle una red de mentiras sobre lo perfecta, cariñosa y buena que soy, pero sólo serían eso: mentiras. Y no estoy aquí para contarle mentiras. Necesito que me crea. Ése es mi mayor deseo.
Le estoy contando la verdad. La verdad pura y dura. Eso es: pura y dura. Sin paliativos, sin edulcorar, no pretendo convencer a nadie de que me comporté como un ángel. Pero no maté a nadie. No lo hice y punto, joder.
Lo siento. Ya he vuelto a soltar otro taco.
Dios, lo estoy estropeando todo. Tengo que mantener la cabeza fría y ordenar mis ideas. El señor Gates tiene razón cuando dice que debería limitarme a los hechos.
De acuerdo. Los hechos. El anuncio. El anuncio es un hecho, ¿verdad?
El anuncio con aquel asombroso, cautivador y fabuloso sueldo.
Ésa debería haber sido mi primera señal de alarma: el sueldo. Porque era generoso hasta la estupidez. Habría sido generoso incluso en Londres, incluso tratándose de un puesto de niñera no interna. Pero era un puesto de niñera interna, con alojamiento gratuito y todos los suministros pagados, incluido un coche. Era ridículo. De hecho, era tan ridículo que me pregunté si no habría alguna errata. O si no estarían ocultando algo: ¿un hijo con importantes necesidades especiales tal vez? Pero si fuese así, ¿no lo habrían mencionado en el anuncio?
Hace seis meses, seguramente me habría parado un momento, habría arrugado el ceño y habría seguido adelante sin darle muchas vueltas. Pero, para empezar, hace seis meses no habría estado mirando esa página web. Hace seis meses tenía una compañera de piso, un trabajo que me gustaba e, incluso, perspectivas de ascenso. Hace seis meses estaba bastante bien. Pero ahora... Bueno, ahora las cosas habían cambiado un poco.
Mi amiga, la chica a la que ya he mencionado y que trabajaba conmigo en Little Nippers, se había ido de viaje un par de meses atrás. Cuando me lo dijo, no me pareció el fin del mundo; si he de ser sincera, era bastante insoportable: tenía la costumbre de cargar el lavavajillas y no ponerlo en marcha, se pasaba el día poniendo canciones europop que oía través de la pared de mi dormitorio cuando intentaba dormir. En fin, ya sabía que la echaría de menos, pero no me daba cuenta de hasta qué punto.
No se llevó sus cosas: las dejó en el piso y acordamos que ella pagaría la mitad del alquiler y yo le guardaría su habitación. Parecía un buen acuerdo. Antes de conocerla, había convivido con varias compañeras de piso terribles, y no tenía ningunas ganas de volver a publicar un anuncio en Facebook Local y dedicarme a buscar a una candidata aceptable entre el montón de bichos raros que me escribirían correos electrónicos y mensajes de texto; aquello, de alguna forma, era como un ancla, una garantía de que ella volvería.
Pero cuando se me pasó la euforia de la libertad y la novedad de disponer del piso entero para mí sola y poder ver lo que me diese la gana en el televisor compartido del salón, aquello empezó a perder intensidad. Me di cuenta de que me sentía sola. Echaba de menos a mi amiga diciéndome «Las vino en punto, querida» cuando volvíamos juntas del trabajo. Echaba de menos despotricar juntas contra Val, la dueña de Little Nippers, y compartir anécdotas sobre los padres más insufribles. Cuando solicité un ascenso y no me lo concedieron, me fui sola al pub para ahogar mis penas y acabé llorando con la cerveza en la mano y pensando en lo diferente que habría sido todo si ella no se hubiese marchado. Nos habríamos reído, le habríamos quitado importancia; en el trabajo, ella le habría hecho una peineta a Val por la espalda, y habría soltado una carcajada cuando Val se hubiese dado la vuelta y hubiese estado a punto de pillarla.
No encajo bien los fracasos, señor Wrexham, eso es lo que me pasa. Exámenes, novios, empleos. Cualquier tipo de prueba, por decirlo así. Siempre tiendo a apuntar bajo para ahorrarme un disgusto. Y, cuando se trata de novios, tiendo directamente a no apuntar para no arriesgarme a que me rechacen. Por eso al final no fui a la universidad. Tenía suficiente nota para entrar, pero no soportaba la idea de que me rechazasen, de que leyesen mi solicitud con una sonrisita desdeñosa. «¿Quién se ha creído que es?»
Es mejor sacar unas notas buenísimas en un examen fácil que suspender uno difícil, ése es mi lema. Siempre he funcionado así. Pero lo que no sabía hasta que se marchó mi compañera de piso era que no se me da nada bien estar sola. Y creo que fue eso, más que ninguna otra cosa, lo que me hizo salir de mi zona de confort, y lo que me hizo leer aquel anuncio de arriba abajo, aguantando la respiración, imaginando qué podía haber al otro lado.
La policía hizo mucho hincapié en el sueldo la primera vez que me interrogó. Pero la verdad es que no solicité el empleo por dinero. Ni siquiera lo hice por lo de mi compañera de piso, aunque reconozco que, si ella no se hubiese marchado, no habría pasado nada. No, la verdadera razón... Bueno, seguramente usted ya sabe cuál fue la verdadera razón. Al fin y al cabo, salió en todos los periódicos.
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Llamé a Little Nippers, dije que estaba enferma y me pasé todo el día redactando un currículum y recopilando todo lo que sabía que necesitaría para convencer a los Elincourt de que yo era la persona que estaban buscando. Certificado de antecedentes penales: hecho. Título de primeros auxilios: hecho. Referencias impecables: hecho, hecho y hecho.
El único problema era el carnet de conducir, pero dejé ese tema de lado, de momento. Ya lo solucionaría más adelante si es que llegaba a ser necesario. Por ahora, no quería pensar más allá de la entrevista.
En la carta de presentación añadí una nota en la que les sugería a los Elincourt que no pidieran referencias mías a Little Nippers (les dije que no quería que mis empleadores actuales supieran que había contestado a una oferta de empleo, y era la verdad), y entonces lo mandé todo por correo electrónico a la dirección indicada, contuve la respiración y esperé.
Había hecho cuanto estaba en mi mano para conseguir una entrevista cara a cara. No podía hacer nada más.
Los días posteriores fueron difíciles, señor Wrexham. No tan difíciles como el tiempo que llevo aquí dentro, pero difíciles. Porque estaba obsesionada con conseguir aquella entrevista. Muy obsesionada. Cada día que transcurría, mis esperanzas se reducían un poco más, y tenía que combatir el impulso de escribirles otra vez y suplicarles una respuesta. Lo único que me impedía hacerlo era saber que, si todavía no se habían decidido, parecer desesperada no me ayudaría.
Pero al cabo de seis días me llegó la respuesta por correo electrónico.
Para: supernanny1990@ymail.com
De:sandra.elincourt@elincourtandelincourt.com
Asunto: Oferta empleo niñera
Elincourt. Ese apellido, por sí solo, fue suficiente para hacer que mi estómago empezara a revolverse como la ropa dentro del tambor de una lavadora. Me temblaban tanto los dedos que casi no podía abrir el mensaje, y el corazón me martilleaba en el pecho. Seguro que no se dedicaban a contestar a los candidatos descartados. Un correo electrónico tenía que significar que...
Lo abrí.
¡Hola, Rowan!
Muchas gracias por enviarnos tu solicitud, y perdón por haber tardado tanto en contestarte. He de admitir que nos ha sorprendido un poco el volumen de respuestas que hemos recibido. Tu currículum nos ha impresionado mucho, y nos gustaría invitarte a una entrevista. Nuestra casa está bastante apartada, así que no nos importa pagarte el billete de tren, y podemos ofrecerte una habitación para que te quedes a pasar la noche, porque no podrás hacer el viaje de ida y vuelta a Londres en el mismo día.
Sin embargo, hay una cosa que debo advertirte de antemano, por si afecta a tu entusiasmo por el empleo.
Desde que compramos Heatherbrae, nos hemos enterado de que circulan varias supersticiones relacionadas con la historia de la casa. Es un edificio antiguo donde, como es lógico, ha habido defunciones y tragedias en el pasado; pero, por algún motivo, esos sucesos han dado pie a ciertas leyendas locales sobre fantasmas, etc. Por desgracia, eso ha incomodado a algunas de nuestras últimas niñeras, hasta el punto de que en catorce meses han dimitido cuatro.
Como podrás imaginar, eso ha perjudicado mucho a las niñas, y también ha resultado sumamente inconveniente para mí y para mi marido a nivel profesional.
Por esa razón queríamos ser del todo sinceros sobre nuestra difícil situación, y ofrecemos un sueldo muy generoso con la esperanza de atraer a alguien que se comprometa de verdad a quedarse con nuestra familia a largo plazo, un año como mínimo.
Si crees que esa persona no eres tú, o si te preocupa la historia de la casa, te ruego que nos lo digas cuanto antes, porque queremos evitar causarles más molestias a las niñas. Con esa intención, el sueldo consistirá en un salario mensual básico, al que se sumará una generosa bonificación transcurrido un año de la contratación.
Si sigues interesada en venir a hacer la entrevista, escríbeme diciéndome qué disponibilidad tienes para la semana que viene.
Un abrazo y hasta pronto,
Sandra Elincourt
Cerré el mensaje y me quedé quieta un momento, mirando la pantalla. Entonces me levanté y lancé un grito silencioso al tiempo que alzaba los puños, eufórica.
Lo había conseguido. Sí, lo había conseguido.
Debería haber imaginado que era demasiado bonito para ser real.
Lo había conseguido, señor Wrexham. Había saltado la primera valla. Pero sólo era la primera valla. Todavía tenía que hacer la entrevista, y sin cometer ningún error.
Exactamente una semana después de abrir el correo electrónico de Sandra Elincourt, me encontraba en un tren camino de Escocia, haciendo mi mejor interpretación de «Rowan, la niñera perfecta». Me había cepillado el pelo hasta dejarlo reluciente y me lo había recogido en una pulcra y alegre coleta, me había pintado las uñas con esmalte transparente y me había maquillado con discreción, y llevaba mi mejor conjunto de «simpática pero responsable, graciosa pero trabajadora, profesional pero no tan orgullosa como para no poder arrodillarme y recoger un vómito del suelo»: una falda de tweed y una blusa entallada de algodón blanco con una rebeca de cachemira. No era la clásica niñera salida de la famosa escuela Norland, pero, sin duda, era un guiño en esa dirección.
Estaba nerviosísima. Nunca había hecho nada parecido. No me refiero a trabajar de niñera, evidentemente; eso llevaba haciéndolo casi diez años, aunque casi siempre en guarderías y no en casas particulares. Me refiero a esto: a jugármela de aquella forma. A arriesgarme al rechazo.
Deseaba tanto que todo saliera bien. Lo deseaba tanto que casi temía lo que iba a encontrar.
Para gran disgusto mío, el tren se retrasó y tardé casi seis horas en llegar a Edimburgo, en lugar de las cuatro y media previstas; cuando me apeé en la estación Waverley, con las piernas entumecidas, vi que eran más de las cinco y que había perdido mi otro tren, que había salido hacía una hora. Por suerte, podía coger otro, y, mientras esperaba, le mandé un mensaje a la señora Elincourt pidiéndole mil disculpas y advirtiéndole que iba a llegar tarde a Carn Bridge.
Por fin llegó el tren, que era mucho más pequeño y viejo que el Intercity. Me senté en un asiento junto a la ventanilla y, a medida que el tren avanzaba hacia el norte, vi cambiar el paisaje: los prados verdes y ondulantes dieron paso a los azules grisáceos y los morados de los brezales; más allá se alzaban las montañas, más oscuras y más inhóspitas con cada estación que dejábamos atrás. Era tan bonito que me olvidé de la rabia que me daba llegar tarde. El espectáculo de aquellos montes enormes que se alzaban de forma inexorable a nuestro alrededor relativizaba todo lo demás. Noté que el nudo de nerviosismo que tenía en el estómago empezaba a aflojarse. Y dentro de mí algo comenzó a... No lo sé, señor Wrexham. Empecé a abrigar esperanzas. A confiar en que aquello fuese real.
Tenía la extraña sensación de estar volviendo a casa.
Pasamos por estaciones con nombres que me resultaban vagamente familiares: Perth, Pitlochry, Aviemore; el cielo cada vez estaba más oscuro. Por fin oí: «Carn Bridge, próxima parada Carn Bridge», y el tren se detuvo en una pequeña estación victoriana. Me apeé. Me quedé plantada en el andén, hecha un manojo de nervios, sin saber qué tenía que hacer.
«Irá alguien a recogerte», me había dicho la señora Elincourt en su mensaje. ¿Qué quería decir eso? ¿Un taxi? ¿Alguien con un letrero donde estaría escrito mi nombre?
Seguí a un grupito de rezagados hasta la salida y me quedé allí plantada, nerviosa, mientras los otros pasajeros se dispersaban hacia los coches, amigos y familiares que los esperaban. Mi bolsa pesaba bastante; la dejé en el suelo y miré a uno y otro lado del andén en penumbra. Las sombras se alargaban, no tardaría en anochecer, y el efímero optimismo que había sentido en el tren empezó a desvanecerse. ¿Y si la señora Elincourt no había recibido el mensaje? No me había contestado. Quizá había ido un taxi hacía ya horas, no me había encontrado, había regresado y habían dado por hecho que no me había presentado.
De pronto volví a ponerme muy nerviosa.
Estábamos a principios de junio, pero me encontraba muy al norte, y, viniendo de la atmósfera calurosa y viciada del verano londinense, me sorprendió que hiciese tanto frío. Me di cuenta de que estaba temblando y me ceñí la chaqueta; de las montañas bajaba un viento muy frío. El andén ya se había vaciado y me había quedado sola.
Me entraron muchas ganas de fumarme un cigarrillo, pero sabía por experiencia que presentarse a una entrevista apestando a tabaco no era un buen comienzo. Miré la hora en el teléfono. El tren había llegado puntual, al menos respecto a la hora corregida que yo le había enviado a la señora Elincourt en mi mensaje. Esperaría cinco minutos y la llamaría.
Pasaron cinco minutos, pero decidí darle cinco minutos más. No quería empezar con mal pie, molestándolos si estaban conduciendo o atrapados en un atasco.
Transcurrieron cinco minutos más; estaba rebuscando en mi bolso para sacar el mensaje impreso de la señora Elincourt cuando vi a un hombre caminando por el andén con las manos en los bolsillos.
Al principio se me aceleró un poco el corazón, pero entonces aquel individuo se acercó a mí y, nada más mirarnos, me di cuenta de que no podía ser él. Era demasiado joven. Debía de tener treinta años, treinta y cinco a lo sumo. Y, pese a mi nerviosismo, no se me escapó el detalle de que era exageradamente guapo: alto y delgado, iba un poco desaliñado, sin afeitar y con el pelo, castaño oscuro, enmarañado.
Vestía pantalón de peto, y al
