No apagues la luz (Comandante Servaz 3)

Bernard Minier

Fragmento

9788415630692-2

OBERTURA

Bosque de Bialowieza, frontera entre Polonia y Bielorrusia

Caminaba en pleno corazón del bosque, en medio de la nieve y la ventisca. Tenía tanto frío que le castañeteaban los dientes. Los cristales de hielo se le pegaban a las cejas y las pestañas; la nieve formaba costras en su anorak y en la lana húmeda del gorro, e incluso el propio Rex tenía dificultades para avanzar sobre aquel grueso manto blanco, en el que se hundía hasta el espinazo con cada salto. El animal ladraba a intervalos regulares, sin duda para expresarle su desaprobación, y el eco devolvía sus ladridos. De vez en cuando se paraba para sacudirse como si acabara de salir del agua y lanzaba en torno a su pelaje negro y pardo una nube de nieve y agujas de hielo. Sus patas finas y musculosas imprimían un profundo rastro en el sudario blanco, y su vientre, una huella curvada en la superficie, como la de un trineo de plástico.

Estaba anocheciendo y comenzaba a soplar el viento. ¿Dónde estaba ella? ¿Dónde estaba la cabaña? Se detuvo para recobrar el aliento. De sus pulmones brotaba un ronco jadeo y el sudor le empapaba la espalda bajo el anorak y el jersey. El bosque, con sus ruidos, le parecía un ser vivo: el roce de las ramas cargadas de nieve que se movían con el viento, los chasquidos secos de la corteza resquebrajada por la mordedura del frío, el susurro del cierzo que, por momentos, sonaba desmesurado, el balbuceo cristalino de un riachuelo cercano, que aún no se había helado del todo... Y luego estaba el sedoso crujido de sus pasos, que marcaba el ritmo de su marcha mientras levantaba bien alto las rodillas y tenía que hacer cada vez mayor esfuerzo para arrancarse de la presa de la nieve. Y del frío. Por Dios, qué frío hacía; no había tenido tanto frío en toda su vida.

A través de la penumbra del crepúsculo y de los copos que se le metían en los ojos, atisbó algo en la nieve, al frente. Reflejos metálicos, dos cercos dentados... «Una trampa...» Sus mandíbulas de acero retenían una figura oscura.

Durante unos segundos, sintió un malestar indefinible. Lo que allí había no guardaba ya parecido alguno con una criatura viva. «Aquello» había sido devorado, despedazado, desgarrado. Una sangre viscosa mezclada con pelos manchaba la nieve alrededor del cepo. Había también vísceras rosadas y huesecillos recubiertos de una fina capa de hielo.

Todavía observaba la trampa cuando sonó aquel alarido que lo traspasó como la hoja de un arma oxidada. No recordaba haber oído nunca un grito semejante, tan lleno de terror, de dolor, de un sufrimiento casi inhumano. De hecho, ningún ser humano habría podido emitir un sonido como aquél. Provenía de la espesura del bosque, más adelante. «No muy lejos...» Se le heló la sangre en las venas cuando el alarido volvió a hendir el aire del crepúsculo, al tiempo que se le erizaba el vello del cuerpo. Después el grito murió en el ocaso, transportado por el viento polar.

Por un instante, el silencio pareció instalarse de nuevo. Luego, otros alaridos, más lejanos, más modulados, hicieron eco al primero. A derecha e izquierda, «por todas partes»; provenían del bosque invadido por la oscuridad. «Lobos...» Un largo escalofrío le recorrió la piel, de la nuca a los dedos de los pies. Reanudó la marcha levantando las rodillas con más vigor aún, con una energía desesperada, hacia el punto de donde había brotado el grito. Entonces vio la cabaña. Su silueta se recortaba, sombría y encogida, al final de una especie de avenida natural dibujada por los árboles. Recorrió los últimos metros de suelo helado casi a la carrera. Rex parecía haber olido algo, porque se abalanzó hacia allí ladrando.

—¡Rex, espera! ¡Ven aquí, Rex! ¡Rex!

Pero el pastor alemán ya se había precipitado por la puerta entreabierta, bloqueada en esa posición por un alto montículo de nieve. En el claro reinaba una insólita calma. De las profundidades del bosque se elevó de improviso un aullido más potente que los otros, que obtuvo como respuesta un concierto de gañidos: ecos guturales que se llamaban unos a otros. Que se acercaban. Entró en la cabaña sorteando con dificultad la nieve acumulada. Lo acogió la luz, cálida como la mantequilla fundida, del quinqué que iluminaba el interior.

Volvió la cabeza y se quedó inmovilizado. Una aguja de hielo le traspasó el cerebro.

Cerró los ojos. Volvió a abrirlos.

«Es imposible. No puede ser real. Estoy soñando. Tiene que ser un sueño.»

Estaba viendo a Marianne. Yacía desnuda encima de una mesa, en el centro de la cabaña. Su cuerpo aún estaba caliente, porque humeaba literalmente en medio del aire helado. Pensó que Hirtmann no debía de estar lejos. Durante un instante sintió la tentación de lanzarse a perseguirlo. Entonces tomó conciencia de que le temblaban los brazos y las piernas, de que estaba al borde de un negro abismo, del desmayo o de la demencia, a punto de sufrir un síncope. Dio un paso y luego otro. Se obligó a mirar. El torso de Marianne estaba abierto desde la pequeña depresión de la base del cuello hasta la ingle; saltaba a la vista que se lo habían hecho estando viva, porque había sangrado mucho. El torso estaba barnizado de rojo en los costados y la mesa sobre la que reposaba, así como las toscas planchas del suelo, estaban casi totalmente impregnadas de una sangre densa, aún humeante también. El verdugo había separado después la piel y la caja torácica de un tirón. Los órganos parecían intactos, sólo faltaba uno... «El corazón...» Hirtmann lo había depositado delicadamente sobre el pubis de Marianne antes de irse. El corazón estaba todavía más caliente que el resto. Servaz veía el vapor blanco que ascendía en la atmósfera glacial de la cabaña. Le extrañó no sentir náuseas ni asco. Había algo que no encajaba. Debería haber vomitado hasta las tripas ante aquel cuadro. Debería haber gemido, gritado. Estaba dominado por un embotamiento raro. Entonces Rex soltó un gruñido. Se volvió hacia el animal. El pastor alemán miraba por la puerta entreabierta con el pelo erizado. Amenazador y «asustado».

Servaz sintió que un intenso frío se apoderaba de él.

Se acercó a la puerta y se aventuró a mirar fuera.

Estaban allí mismo, en el claro. Rodeaban la cabaña. Contó ocho. «Ocho lobos.» Flacos y hambrientos.

«Marianne...»

Tenía que llevarla hasta el coche. Pensó en su arma, que había dejado olvidada en la guantera. Rex seguía gruñendo. Adivinó el miedo y la tensión del animal y le acarició la cabeza. Bajo el pelaje percibió el temblor de los músculos.

—Tranquilo —le dijo con un nudo en la garganta mientras se agachaba para rodearlo con los brazos.

Rex le dirigió una mirada tan dulce y afectuosa que notó que las lágrimas le afloraban a los ojos. El cálido flanco del pastor alemán subía y bajaba rápidamente junto al suyo. Servaz sabía que sólo tenía una posibilidad de salvarse. Y era lo más triste, lo más difícil que había tenido que hacer nunca.

Tras volverse hacia la mesa, cogió el corazón y lo colocó de nuevo en el pecho de Marianne. Tragó saliva, cerró los ojos y tomó en brazos el cuerpo desnudo y ensangrentado. Pesaba menos de lo que había creído.

—¡Vamos, Rex! —dijo con firmeza dirigiéndose a la puerta.

El animal emitió un ronco ladrido de protesta, pero siguió a su amo sin dejar de gruñir, con el trasero bajo, la cola entre las piernas y las orejas gachas.

Los lobos aguardaban, dispuestos en semicírculo.

Sus ojos amarillos parecían incandescentes. El pelo de Rex se erizó con más fuerza que antes, al tiempo que enseñaba de nuevo los colmillos. Los lobos respondieron con gruñidos aún más potentes: bocas abiertas armadas de terroríficos caninos. Rex les dedicó un ladrido. Uno contra ocho. Un animal doméstico contra las fieras. No tenía la menor posibilidad.

—¡Vamos, Rex! —lo azuzó no obstante—. ¡Vamos! ¡ATACA!

«¡No, no vayas! ¡No ataques! ¡No me hagas caso!», gritaba en silencio, con las mejillas inundadas de lágrimas y el labio inferior temblando. El perro ladró varias veces, sin moverse un ápice. Aunque estaba adiestrado para obedecer órdenes, aquélla chocaba demasiado con su instinto de supervivencia.

—¡Ataca, Rex! ¡Ataca!

Sin embargo, la orden provenía de su amo, su adorado amo, por quien nadie sentiría nunca tanto amor, fidelidad y respeto como él le profesaba.

—¡POR DIOS, ATACA DE UNA VEZ!

El animal percibió entonces la cólera en la voz de su dueño. Y también captó algo más. Quería ayudarlo, demostrarle su apego y su lealtad. A pesar de su miedo.

Atacó.

Al principio, casi pareció que adquiría ventaja cuando uno de los lobos, sin duda el cabecilla de la manada, se precipitó hacia Rex, que, tras esquivarlo con habilidad, lo agarró por el cuello. El lobo aulló de dolor y los demás retrocedieron prudentemente un paso en la nieve. Los dos animales rodaron aferrados el uno al otro. El propio Rex se había transformado en una bestia feroz, salvaje, sanguinaria.

Servaz no podía esperar más.

Dio media vuelta y se puso en marcha. Los lobos ya no le prestaban atención. De momento. Se fue por el camino abierto entre los árboles, con Marianne en brazos, el anorak impregnado de sangre y la cara empapada de lágrimas. Oyó tras él los primeros aullidos de dolor de su perro y los gruñidos redoblados de la manada. Se le heló la sangre. Rex aulló de nuevo. Un grito agudo. Lleno de dolor y de terror. Estaba pidiéndole socorro. Apretó la mandíbula y aceleró el paso. Aún faltaban trescientos metros...

Un último grito entre el viento de la noche.

Rex había muerto... Lo comprendió por el silencio que siguió. Se preguntó si los lobos iban a conformarse con aquella victoria o iban a perseguirlo a él. Enseguida tuvo la respuesta. Tras él se oyeron unos ladridos, en medio de la tormenta. Al menos una parte de los lobos había reanudado la caza. Y aquella vez la presa era él.

«El coche...»

Estaba aparcado en el camino, a menos de cien metros. Una capa de nieve había empezado a cubrir la carrocería. Aceleró aún más, con los pulmones abrasados,
espoleado por el miedo. Los gruñidos se oían justo a su espalda. Se dio la vuelta. Los lobos lo habían alcanzado. «Cuatro de ocho...» Lo miraban con fijeza con aquellos ojos amarillentos y desvaídos como el ámbar, calibrándolo. No iba a llegar al coche. Estaba demasiado lejos. Y el cuerpo de Marianne pesaba cada vez más en sus brazos.

«Está muerta. No puedes hacer nada por ella. Pero tú todavía puedes salir de ésta...»

¡No! Su cerebro rechazaba la idea. Ya había sacrificado a su perro. Ella aún estaba tibia contra su torso. Sentía la sangre cálida que le impregnaba el anorak. Levantó los ojos al cielo. Los copos caían hacia él como estrellas, como si el firmamento se descolgara, como si el universo entero se precipitara para engullirlo. Soltó un grito de rabia, de desesperación. Pero aquello no pareció impresionar a las fieras. Los famélicos lobos se habían cansado de esperar; sentían que no tenían gran cosa que temer de aquella presa solitaria. Olfateaban su miedo... y sobre todo la sangre que manaba de aquella segunda presa. Dos festines en uno. Estaban demasiado hambrientos, demasiado excitados. Avanzaron.

«¡Largo! ¡Marchaos! ¡BESTIAS INMUNDAS, MARCHAOS!»

Se preguntó si había gritado realmente o si sólo había sido su cerebro el que gritaba.

«¡Huye! ¡Rápido! No puedes hacer nada por ella. ¡Huye!»

Entonces sí escuchó su voz interior. Soltó las piernas de Marianne y, mientras los pies aterrizaban en la nieve, hundió una mano en su pecho. Apretó con los dedos enguantados el corazón aún caliente, firme y elástico, y lo sacó de la caja torácica. Luego lo deslizó bajo su anorak, contra su pecho, pegado a su propio corazón. Notó que
la sangre le impregnaba el jersey. Después la dejó caer en
la nieve. El pálido cuerpo desnudo se hundió en el manto blanco con un silbido apagado. Retrocedió tres pasos, despacio. Los lobos se arrojaron sobre ella al instante. Él giró sobre sí mismo y huyó. Llegó al coche. El cierre no estaba activado, pero por un momento creyó que el frío había bloqueado la puerta. Tiró de la manecilla con toda la fuerza de que eran capaces sus dedos ensangrentados. Estuvo a punto de caer de espaldas cuando la puerta se abrió de golpe, con un chirrido. Se dejó caer en el asiento del conductor. La mano le temblaba con tanta violencia bajo el pegajoso guante escarlata que cuando sacó la llave le faltó poco para que se le cayera entre los asientos. Echó un vistazo por el retrovisor. De repente se dio cuenta de que había alguien sentado atrás. Entonces supo que estaba volviéndose loco. «¡No, no puede ser!» Pero, ella habló:

—Martin —suplicó.

«¡MARTIN! ¡MARTIN!»

Se sobresaltó. Abrió los ojos.

Estaba hundido en el viejo sillón de cuero gastado. Rex le lamía la palma de la mano derecha, que colgaba del brazo del asiento.

—Largo —le dijo la voz al perro—. ¡Vete a molestar a otro! ¿Está bien, Martin?

Rex se alejó meneando la cola en busca de otro compañero de juego. Allí no le faltaban. Rex pertenecía a todos y a nadie, era el auténtico amo del lugar. Servaz se sacudió como había hecho el perro en su sueño y miró la tele que tenía delante. En la pantalla desfilaba un reportaje sobre la aventura espacial francesa. Reconoció el enorme mapamundi de la Ciudad del Espacio, al este de Toulouse, que por las noches resaltaba con un trazo de luz azul el contorno de los continentes. Después aparecieron los edificios del Instituto Superior de Aeronáutica y del Espacio, al lado de Jolimont, en la otra vertiente de la colina que dominaba el centro de la ciudad.

Servaz se encontraba solo en el salón, con excepción de Élise. Se dio cuenta de que se había dormido delante del televisor, vencido por el calor reinante en el edificio aquella letárgica tarde de invierno que se alargaba de manera interminable. Volvió la mirada hacia el ventanal, donde el sol había brillado toda la mañana sobre el paisaje blanco. Durante aquellas pocas horas ideales, entre el olor del café suspendido por los pasillos, las risas de las empleadas, el gran abeto decorado y la deslumbrante blancura del exterior, había recuperado un poco de su alma de niño.

Luego, poco después de la comida servida en la sala común, el sol se había escondido entre las nubes, se había levantado un viento frío, las ramas desnudas habían comenzado a agitarse tras el cristal y el termómetro exterior había bajado en picado de cinco grados a uno bajo cero. Con ánimo melancólico, el policía se había dejado caer entonces en un sillón, frente al televisor sin sonido, antes de abandonarse a un sueño lleno de pesadillas.

—Ha tenido una pesadilla —dijo Élise—. Estaba gritando.

La miró, aún embotado. Después lo recorrió un escalofrío. Volvió a ver el extenso bosque nevado, la cabaña, los lobos... «Y a Marianne...» La pesadilla que no lo era en realidad. ¿Qué esperanza le quedaba? Respuesta: ninguna.

—¿Seguro que está bien?

Élise, una mujer de cuarenta y tantos años, regordeta, con una mirada risueña que mantenía incluso cuando intentaba adoptar una expresión de preocupación, era la única empleada del centro a la que apreciaba. Y sin duda también era la única que lo soportaba a él. Los demás eran antiguos policías que habían ido allí para seguir una terapia antes de convertirse en voluntarios del lugar. Los llamaban los PAMS, policías asistentes médicos sociales. Trataban a los otros
residentes con una mezcla de atención, fraternidad y compasión que a Servaz le recordaba a la gelatina. No le tenían ninguna simpatía. Se negaba a seguir su juego: confraternizar, apiadarse de su suerte. Colaborar...

A diferencia de ellos, Élise no esperaba nada de él.

Además, ella nunca había trabajado en la policía. Un día había decidido divorciarse de un marido que la humillaba, la amenazaba y la «atropellaba» desde hacía años, después de que éste, a raíz de un desacuerdo de poca importancia, cometiera el error de abandonarla junto con su hijo en medio del campo y se marchara solo con el coche en plena noche. Después del divorcio, había seguido acosándola con llamadas telefónicas día y noche, la había esperado a la salida del trabajo o en el supermercado para suplicarle que volviera con él o para amenazarla con secuestrar a su hijo, o con matarlos a ambos y suicidarse después, y, en una ocasión, la había empujado con tal fuerza en el aparcamiento que Élise se había golpeado la cabeza contra el parachoques del coche y había perdido el conocimiento. Delante de su hijo. A partir de aquel incidente, el juez dictó una orden de protección para ella y de alejamiento contra el ex marido. Pero aquello no lo arredró. Él ya había tenido que vérselas con la justicia y sabía que ese tipo de órdenes raras veces tenía consecuencias tangibles. Luego Élise había encontrado trabajo en aquella casa de reposo para policías agotados, donde rápidamente se había ganado la adoración general. Había acabado confiando sus problemas a algunos de los residentes y, de la noche a la mañana, el ex marido se había encontrado con policías que iban a visitarlo con regularidad por motivos fútiles, que lo llamaban mañana, tarde y noche al trabajo, pasaban a saludarlo «amistosamente», aparcaban el coche delante de su casa al menos dos veces por semana y lo abordaban en la calle, delante de sus vecinos, con cualquier pretexto, tuteándolo, y a veces avasallándolo un poco, mucho menos, en todo caso, de lo que él había avasallado a Élise. Él los había amenazado con denunciarlos por acoso, pero no había hecho nada; sí había dejado, en cambio, de acosar a Élise y a su hijo. Una vez que el ex marido hubo salido de su vida, ella enseguida había vuelto a ser la que era antes de conocerlo: una mujer enérgica, de risa contagiosa, alegre y vital.

—Ha llamado su hija.

Servaz la miró enarcando una ceja.

—Como dormía, no ha querido molestarlo —añadió ella—. Pero dice que pasará pronto.

Él apagó el televisor con el mando y se levantó. Luego se fijó en su jersey ajado, que empezaba a desgastarse en los puños y los codos, y se acordó de que al día siguiente era Navidad.

—Quizá podría aprovechar para afeitarse —sugirió la mujer con tono desafiante.

Él guardó silencio un instante.

—¿Y si no lo hago?

—Entonces confirmará lo que casi todo el mundo piensa de usted aquí.

Servaz volvió a enarcar las cejas.

—¿Y qué es lo que piensan?

—Que es un tipo huraño, intratable.

—¿Y usted piensa lo mismo?

—Depende del día... —respondió la mujer encogiéndose de hombros.

Servaz se echó a reír y ella se sumó a su carcajada mientras se alejaba. Pero en cuanto hubo desaparecido, a él se le estranguló la risa en la garganta. No le preocupaba nada
lo que pensaran los demás... pero no quería que Margot lo viera en aquel estado. Su última visita había sido hacía más de tres meses: no había olvidado la turbación y la tristeza que percibió en la mirada de su hija.

Cruzó el vestíbulo y enfiló la escalera. Su habitación se encontraba arriba del todo, bajo el tejado. En poco más de nueve metros cuadrados, tenía una cama igual de estrecha que el jergón de Ulises a su regreso de incógnito a Ítaca, un armario, un escritorio, unos estantes con libros de Plauto, Cicerón, Tito Livio, Ovidio, Séneca... Un decorado espartano. Pero la vista sobre los campos y los bosques era hermosa, incluso en invierno.

Se quitó el jersey viejo y la camiseta que llevaba debajo y se puso una camisa y un jersey limpios, el anorak, una bufanda y guantes. Luego volvió a bajar la escalera hasta el vestíbulo y se dirigió a la puerta de atrás, la que daba acceso a la inmaculada extensión de nieve.

Caminó en silencio por la llanura blanca hasta el bosquecillo. Aspiró el aire húmedo y frío. No había la menor huella en la nieve. Nadie había pasado por allí.

Había un banco de piedra bajo los árboles de troncos blanquecinos. Con la mano enguantada, barrió la nieve que lo cubría. Al sentarse, notó la humedad y el frío en las nalgas.

Unos cuervos montaban guardia en un cielo que era casi del mismo color que el resto del paisaje.

Sus pensamientos, por su parte, tenían el mismo tono sombrío que el plumaje de los cuervos. Echó la cabeza hacia atrás y respiró hondo mientras la sonrisa de ella volvía una vez más a su memoria, como una persistencia retiniana. Servaz había dejado de tomar los antidepresivos el mes anterior, sin consultar al médico, y de repente lo asaltó el temor de que las tinieblas volvieran a engullirlo.

Tal vez fuese demasiado rápido...

Sabía que el trastorno que padecía podía matarlo, que luchaba simplemente para sobrevivir. Se debatía en las garras de una grave depresión, y cuanto más forcejeaba, más sentía cerrarse a su alrededor la maléfica tenaza, como un nudo corredizo. Se preguntó con angustia durante cuánto tiempo más tendría fuerzas para soportar un sufrimiento tan devastador.

Tan radical.

Seis meses antes había recibido en su casa un paquete enviado por UPS. El remitente era un tal señor Osoba, domiciliado en Przewloka, un lugar situado al este de Polonia, en pleno bosque, cerca de la frontera bielorrusa. La caja de cartón contenía un segundo envase, éste isotérmico. Servaz había sentido que se le aceleraba el pulso al despegar el sello de lacre con ayuda de un cuchillo de cocina. Ya no se acordaba de qué era lo que esperaba encontrar, seguramente un dedo cortado, una mano incluso, dado el tamaño del paquete... Pero lo que apareció fue mucho peor. Era rojo, del mismo encarnado brillante de la carne fresca, con forma de pera grande. «Un corazón...» Humano, sin duda. La nota que lo acompañaba no estaba escrita en polaco, sino en francés:

Ella te partió el tuyo, Martin. He pensado que, después de esto, te sentirías liberado. Al principio vas a sufrir, claro está. Pero ya no tendrás que seguir buscándola, esperando. Piénsalo.

Cordialmente,

J. H.

Aún le quedaba una última esperanza, tenue y vacilante.

La posibilidad de que se tratara de una espantosa broma de mal gusto, de que fuera el corazón de otro. El Departamento de Biología del laboratorio de la policía científica había efectuado una prueba de parentesco a partir del ADN de Hugo, el hijo de Marianne. La ciencia había dado su veredicto... y Servaz había sentido que su cordura se tambaleaba. La dirección correspondía a una casa aislada en el corazón del vasto bosque de Bialowieza, uno de los últimos bosques primarios de Europa, último vestigio del inmenso bosque herciniano que cubría todo el norte del continente europeo a principios de la era cristiana. Las muestras de ADN recogidas habían confirmado que Hirtmann había pasado una temporada allí, al igual que varias mujeres desaparecidas en diversos países de Europa en el transcurso de los años precedentes. Entre ellas, Marianne... Servaz había averiguado asimismo que el nombre «Osoba» significa «persona» en polaco. Hirtmann también había leído a Homero.

La pista acababa allí, por supuesto...

Un mes más tarde, a Servaz le habían dado la baja laboral y lo habían mandado a aquel centro para policías deprimidos, donde lo obligaban a hacer dos horas de deporte al día y a cumplir tareas cotidianas como barrer la hojarasca. Realizaba las faenas sin rechistar; se había negado, en cambio, a participar en las sesiones de terapia de grupo. También evitaba el trato con los otros residentes: ya fuera por lo que habían vivido o por una tendencia atávica, casi todos eran alcohólicos al llegar allí. Se trataba de policías que, después de pasar años frecuentando las orillas de lo inmundo, habían acabado desmoronándose. Que ya no soportaban seguir siendo tratados día tras día de maderos, de pasma, de perros, de sicarios, de canallas, ver cómo agredían a sus hijos en el patio de la escuela porque sus padres eran policías, cómo sus mujeres los dejaban porque estaban hartas, pasar la vida entera siendo aborrecidos mientras los verdaderos canallas permanecían repantingados en las terrazas de los bares o en sus camas... La mayoría de los que estaban allí se habían metido el cañón de su arma de servicio en la boca al menos una vez.

Entre otros efectos, la depresión lo vuelve a uno incapaz de llevar a cabo la más mínima tarea. Stehlin, su jefe, había dictaminado enseguida que ya no se encontraba en condiciones de ejercer correctamente su trabajo. Él mismo habría podido confirmarlo si se lo hubieran preguntado: a aquellas alturas, lo traían al fresco los asesinos, los violadores y los cabrones en general. También lo tenía sin cuidado todo lo demás: el sabor de la comida, las noticias de la tele, la situación del mundo e incluso sus amados autores clásicos.

Y hasta la música de Mahler...

Este último síntoma le había parecido el más preocupante. ¿Había remontado ya la pendiente? No estaba seguro. No obstante, de un tiempo a esa parte, como en un lento deshielo, los pequeños brotes comenzaban a reverdecer a través del paisaje sombrío y desolado en que se había convertido su vida... y la sangre volvía a afluir a sus arterias. De un tiempo a esa parte, asimismo, experimentaba una especie de comezón al pensar en un expediente que había quedado inconcluso en su oficina. Incluso le había preguntado por él a Espérandieu, su ayudante y único amigo de verdad. «¡Mira por dónde!», había exclamado el joven esbozando una sonrisa. Y Servaz sonrió a su vez. Pese a que escuchara rock independiente, leyera manga y se apasionara por cosas tan profundas como los videojuegos, la ropa y los chismes tecnológicos, Vincent era una persona a la que Servaz escuchaba y respetaba. Le había explicado a Martin los últimos pormenores de los dos casos especialmente delicados en los que habían trabajado juntos y que aún estaban por resolver, y su sonrisa se había ensanchado como la de un chiquillo que acaba de cometer una travesura al descubrir la pequeña chispa de nostalgia en la mirada de su jefe.

A la mitad del camino de nuestra vida

me encontré en una selva oscura,

porque había perdido la buena senda.

—¿Cómo? —dijo Espérandieu frunciendo el ceño.

—Dante —aclaró Servaz.

—Hum... ¿Sabes?, Asselin se ha ido.

El comisario Asselin dirigía el Departamento de Asuntos Criminales.

—¿Qué tal es su sustituto?

Espérandieu hizo una mueca. Servaz vio un bosque iluminado por un sol primaveral. El suelo seguía helado. Él estaba perdido en el corazón de aquel bosque y el frío le penetraba hasta los huesos a pesar de los tibios rayos de sol entre el follaje. Ahuyentó aquella visión. Era un simple sueño. Un día muy próximo saldría de aquel bosque. Y no sólo en sueños.

PRIMER ACTO

«Que tu alma se vea abocada al inminente suplicio.»
Madama Butterfly

1

Se levanta el telón

Escribo estas palabras, las últimas, y mientras lo hago sé que se ha acabado. Esta vez ya no habrá manera posible de volver atrás.

No va a gustarte nada que te haga esto una noche de Navidad. Ya sé que eso va totalmente en contra de tu dichoso sentido de la conveniencia. Tú y tus dichosas formas. Y pensar que creí en tus mentiras, en tus promesas... Palabras y más palabras, y cada vez menos verdad: eso es el mundo hoy en día.

De verdad pienso hacerlo, para que lo sepas. Eso, al menos, no es un cuento. ¿Acaso te tiembla un poco la mano ahora? ¿Te has puesto a sudar?

O puede que, al contrario, sonrías al leer esta nota. ¿Eres tú el que está detrás de todo esto? ¿O más bien tu fulana? ¿Sois vosotros los que me habéis enviado todas esas óperas? Y lo demás, ¿habéis sido también vosotros? Da igual. Hubo un momento en que habría dado lo que fuera por saber quién podía odiarme hasta ese punto, un momento en que ansiaba desesperadamente saber cómo había podido suscitar tanto odio. Porque el origen tenía que estar en mí a la fuerza, me decía. Pero ahora ya no me lo planteo.

Creo que estoy volviéndome loca. Loca de atar. A menos que sean los medicamentos. De todas maneras, esta vez ya no me quedan fuerzas. Esta vez se ha acabado. Me paro. Stop. Sea quien sea, él ha ganado. Yo ya no puedo seguir. Ya ni duermo. Se acabó.

No me casaré nunca, nunca tendré hijos. Leí esta frase en una novela. Mierda. Ahora entiendo lo que significaba. Hay cosas que voy a echar de menos, desde luego. La vida puede ser estupenda a veces, sin duda para herirnos mejor a continuación... Lo nuestro podría haber acabado funcionando con el tiempo. O puede que no... No importa. Sé que no tardarás en olvidarme, en relegarme al baúl de los recuerdos desagradables, esos que es preferible no evocar. Le dirás a tu fulana, afectando un aire apenado: «Estaba loca, deprimida; no me había dado cuenta de hasta qué punto.» Y después, pasaréis enseguida a otra cosa. Reiréis y follaréis. Es igual, me da lo mismo. Por mí como si revientas. Mientras tanto, soy yo la que va a morir.

FELIZ NAVIDAD DE TODAS FORMAS.

Christine miró el dorso del sobre. No había remitente. Tampoco sello. Ni siquiera figuraba su nombre, Christine Steinmeyer. Alguien la había metido directamente en su buzón. Debía de ser un error... Tenía que ser un error. Aquella carta no tenía nada que ver con ella. Pensó en las hileras de buzones alineados contra la pared, con los nombres escritos a mano en las etiquetas; la persona que había metido la carta en la ranura se había equivocado de buzón, eso era.

«Esta carta está dirigida a otra persona... a alguien que vive en este edificio.»

La idea que se le ocurrió a continuación la dejó sin aliento: «¿Es realmente lo que parece ser?» Dios santo. La única sensación tangible que experimentó fue la de una momentánea pérdida de equilibrio. Volvió a mirar la hoja doble escrita a máquina. «En ese caso, tengo que avisar a alguien...» Sí, pero ¿a quién? Pensó en la persona que había redactado aquello —en el estado en que debía de encontrarse o en lo que tal vez estuviera haciendo en ese mismo momento— y unos dedos helados se cerraron sobre su estómago. Releyó las últimas líneas, despacio, analizando cada palabra: «Por mí como si revientas. Mientras tanto, soy yo la que va a morir.» No cabía duda, era la carta de alguien que iba a poner fin a sus días.

Mierda...

La noche de Navidad, en aquella ciudad o no muy lejos, una persona se disponía a quitarse la vida, o quizá lo hubiera hecho ya... Y Christine era la única que lo sabía. Y no tenía manera alguna de evitarlo, porque la persona que debía leer la carta aquella noche —una carta que también era, a todas luces, una llamada de socorro— no iba a hacerlo.

«Es una broma. Tiene que ser una broma...»

Releyó de nuevo las primeras líneas buscando indicios de un intento de engaño. Pero ¿quién iba a tomarse la molestia de gastar semejante broma la noche de Navidad? ¿Qué clase de enfermo? Sabía que existía un gran número de personas solas que detestaban aquel período del año porque acentuaba su sentimiento de soledad, pero de ahí a montar un mascarada así había un trecho. Por otra parte, había algo en el tono de aquella carta que sonaba a siniestramente verídico. Por el contenido, se deducía que la persona que iba a leerla conocía ya ciertos detalles.

Si al menos hubiera habido un nombre, cualquier cosa, podría haber ido puerta por puerta preguntando: «¿Conoce a tal o a cual?»

El temporizador de la luz se paró y dejó el portal sumido en la oscuridad, una negrura tan sólo mitigada por la claridad de la calle que atravesaba la doble puerta acristalada de hierro forjado. Con un sobresalto, miró hacia
la puerta, como si quien había metido el sobre en su buzón pudiera volver a aparecer de un momento a otro. En la acera de enfrente vio el escaparate decorado de la panadería y, a través de los copos de nieve, distinguió el trineo del Papá Noel. Se estremeció en las tinieblas de la entrada. No sólo a causa de la carta: la oscuridad era para ella un peligro tan terrorífico como una hoja de una navaja.

Aquél fue el momento que eligió su móvil para empezar a vibrarle en el bolsillo.

—¿Qué haces?

Christine cerró la puerta acristalada tras de sí, con brusquedad. En la acera, un viento frío le levantó las solapas y los copos le mojaron las mejillas. Había empezado a nevar otra vez. Una fina película recubría ya la calzada. Paseó la vista por la calle, hasta que Gérald le hizo luces con los faros.

Cuando abrió la puerta del lado del acompañante, la recibieron Nick Cave cantando Jubilee Street y un agradable aroma de cuero, plástico nuevo y agua de colonia masculina. Se dejó caer en el asiento del aparatoso todoterreno blanco, pero dejó la puerta entreabierta. Gérald se volvió hacia ella —con su sonrisa especial de Navidad en los labios— y, cuando se inclinó para besarla, la suave bufanda de seda gris le produjo un cosquilleo en la barbilla. Al mismo tiempo, percibió el calor que irradiaba de su abrigo de lana y el agradable olor que impregnaba su ropa. Como si de un chute de heroína se tratara, sintió la mordedura de la adicción, el pinchazo del recordatorio de la necesidad en el vientre.

—¿Lista para enfrentarte al señor estas-cosas-no-pasaban-antes y a la señora no-come-usted-nada-querida? —preguntó, mientras encaraba hacia ella su teléfono.

Tocó la tecla de la cámara.

—¿Qué haces?

—Te saco una foto, ya lo ves.

Su voz la calentó como un untuoso trago de café irlandés, pero le costó sonreír de forma espontánea.

—Primero mira esto.

Encendió la luz del techo y tendió a Gérald la hoja con el sobre.

—Christine, ya vamos con retraso...

Voz acariciadora pero firme. Suavidad y autoridad mezcladas. Eso era lo que más le había llamado la atención de él cuando lo conoció, mucho más que su físico.

—Míralo de todas formas.

—¿De dónde has sacado esto?

Su tono era casi de desaprobación, como si la considerase responsable de haber encontrado aquel mensaje...

—...De mi buzón.

Pese a la penumbra, ella percibió una intensa sorpresa detrás de sus gafas. E irritación: a Gérald no le gustaban nada los imprevistos.

—¿Y bien? ¿Qué te parece? —preguntó.

—Seguro que es una broma —respondió él encogiéndose de hombros—. ¿Qué iba a ser si no?

—A mí no me lo parece. Suena como si fuera verdad.

Gérald suspiró, se subió las gafas y volvió a fijar la vista en la hoja que tenía entre los dedos enguantados, bajo la débil luz del coche. Unos copos livianos atravesaban por decenas el haz de los faros; un coche pasó cerca de ellos con un silbido sordo. Christine tuvo la sensación de encontrarse a bordo de un batiscafo en aquel habitáculo oscuro y frío, cercado por la nieve. Mientras releía la carta por encima del hombro de Gérald, las palabras se depositaban en su mente como aquellos copos.

—En ese caso, es un error —concluyó él—. Esta carta iba destinada a otra persona.

—Exacto.

Gérald volvió a mirarla.

—Bueno, escucha, ya resolveremos este misterio más tarde. Mis padres deben de estar ya esperándonos.

«Sí, sí, sí, claro: tus padres... Navidad... ¿Qué puede importar que una mujer intente suicidarse esta noche?»

—Gérald, ¿te das cuenta de lo que significa esta carta?

Él despegó las manos enguantadas del volante para posarlas en sus muslos.

—Creo que sí —dijo con seriedad, pero como con desgana—. ¿Qué... qué quieres que hagamos?

—No sé. ¿Se te ocurre algo? No podemos quedarnos de brazos cruzados...

—Escucha. —Una vez más, empleó aquel tono de reprobación con el que parecía decir: «Eres única para meterte en líos, Christine»—. Nos esperan en casa de mis padres, querida. Es la primera vez que vas a verlos y ya llevamos casi una hora de retraso. Puede que esa carta sea auténtica... o que no lo sea... Nos ocuparemos de este asunto una vez allí, te lo prometo, pero ahora tenemos que irnos.

Había hablado con calma, con actitud razonable. Demasiado razonable, de hecho. El tono que había empleado era el mismo que usaba cuando ella lo contrariaba, cosa que sucedía cada vez más a menudo en los últimos tiempos. Era el tono de: «Ya ves cuánta paciencia tengo contigo.» Christine negó con la cabeza.

—Sólo hay dos posibilidades: o bien es una llamada de socorro que nadie oirá porque la persona que debía leerla no lo hará, o bien alguien va a suicidarse realmente esta noche. Y, en ambos casos, yo soy la única que lo sabe.

—¿Cómo?

—Me has oído perfectamente. Tenemos que avisar a la policía.

Gérald puso los ojos en blanco.

—Pero ¡si la carta ni siquiera está firmada! ¡Y no consta ninguna dirección! Aunque vayamos a la policía, ¿qué quieres que hagan ellos? ¿Y te imaginas el rato que tardaríamos? ¡Va a estropearnos la cena!

—¿La cena? ¡Te estoy hablando de una cuestión de vida o muerte!

Sintió que se ponía rígido de exasperación. Su suspiro sonó como el aire que se escapa de un neumático pinchado.

—Pero ¡qué demonios QUIERES QUE HAGAMOS! —exclamó—. ¡No tenemos manera de saber de qué se trata, Christine! ¡NI IDEA! Además, es más que probable que se trate sólo de una bravata. Cuando uno está al límite, no va metiendo cartas en los buzones. ¡Lo que hace es dejar una nota en su propia casa o en su bolsillo! Seguramente se trate de una mitómana que está sola la noche de Navidad y no ha encontrado otra forma de llamar la atención. ¡Que pida socorro no quiere decir que vaya a suicidarse de verdad!

—Entonces, quieres que nos vayamos a cenar como si nada, ¿es eso? ¿Que celebremos la fiesta como si no hubiera encontrado esta carta?

Vio que a Gérald le chispeaban los ojos detrás de las gafas. Y que después miró a través del parabrisas, sobre el que comenzaba a formarse una translúcida capa de nieve, como si esperase que alguien acudiera a auxiliarlo.

—¡Y qué quieres que te diga, Christine! ¡Por Dios! ¡Esta noche vas a conocer a mis padres...! ¿Te imaginas cómo quedaremos si nos presentamos con tres horas de retraso?

—Me recuerdas a esos imbéciles que dicen: «¿No podía ir a suicidarse a otra parte?», cuando su tren se queda bloqueado.

—¿Estás llamándome imbécil?

Su voz había bajado una octava. Christine lo observó de soslayo. Estaba muy pálido; hasta sus labios habían perdido el color.

«Mierda, me he pasado...»

Levantó una mano en son de paz.

—No, no, por supuesto que no. Perdóname. Mira, lo... lo siento mucho. Pero de todas formas, no podemos hacer como si no hubiera ocurrido, ¿no?

Él soltó un suspiro de impaciencia y luego reflexionó, con las manos enguantadas sujetando de nuevo el volante. A ella se le ocurrió la extraña idea de que había demasiado cuero en aquel coche.

Gérald volvió a suspirar.

—¿Cuántos apartamentos hay en tu escalera?

—Diez. Dos por piso.

—Te propongo una cosa: llamamos a todas las puertas, enseñamos la carta y preguntamos a los inquilinos si tienen idea de quién puede ser la persona que la ha escrito.

Christine lo escrutó.

—¿Estás seguro?

—Sí. De todas maneras, es de suponer que al menos
la mitad haya salido a celebrar la Navidad. Eso reducirá la búsqueda.

—¿Y tus padres?

—Voy a llamarlos para explicarles lo que pasa y avisar de que llegaremos tarde. Lo entenderán. Incluso podemos restringir todavía más el campo de búsqueda. Es evidente que esta carta va dirigida a un hombre. ¿Cuántos viven solos en tu escalera, lo sabes?

Sí, lo sabía. El edificio era antiguo y, para rentabilizar al máximo la inversión, el anterior propietario lo había dividido en estudios y pequeños apartamentos de dos habitaciones. Sólo había dos pisos grandes para familias, en las dos plantas de debajo de la suya.

—Dos —contestó.

—En ese caso, será cuestión de unos minutos. Eso, suponiendo que estén en casa y no se hayan ido a cenar fuera.

Ella se dio cuenta de que Gérald tenía razón. Debería haberlo pensado antes.

—Llamaremos también a las otras puertas, por si acaso —añadió él—. No creo que tardemos mucho. Y después nos vamos.

—¿Y si no averiguamos nada? —quiso saber.

Él le dirigió una mirada que significaba: «Ten cuidado, no tenses más la cuerda.»

—Llamaré a la policía desde casa de mis padres y les preguntaré. No podemos hacer más, Christine. Y no voy a echar a perder la cena de Navidad por algo que probablemente sea una broma.

—Gracias —dijo ella.

Él se encogió de hombros y miró por el retrovisor antes de abrir la puerta y salir al aire frío de la noche dejando tras de sí un fantasma de calor y de olor masculinos.

Eran las 21.21 horas del 24 de diciembre. Por una vez, la nieve caía en abundancia en Toulouse. El cielo nocturno estaba encapotado, la multitud se apresuraba en medio de un torbellino de siluetas y de luces y los adornos de Navidad relucían en las aceras cada vez más blancas. Christine había cambiado de emisora. Sus compañeros de Radio 5 parecían tan emocionados como si acabaran de anunciar el fin del mundo o la tercera guerra mundial. Entre las ruedas de los vehículos, la nieve se transformaba en barro irisado por los gases de los tubos de escape; los del todoterreno habían patinado un poco sobre aquella melaza en la falda de la colina de Jolimont, después de haber cruzado el puente Pompidou y rodeado el gran arco de la mediateca. A su alrededor, reinaba un alboroto de bocinas, zumbidos y gritos, y un ambiente generalizado de impaciencia y exaltación. El propio Gérald estaba que echaba humo... pero en silencio. Llevaban dos horas de retraso.

Ella volvió a pensar en la carta, en la persona que la había escrito.

No habían averiguado nada, desde luego. Los tres solteros habían salido a cenar fuera, igual que las parejas. En el edificio sólo quedaban dos familias, una de ellas con cuatro hijos, unos niños igual de excitados que el resto de la población. Sus berridos habían obligado a Gérald a alzar la voz mientras agitaba la carta delante de la nariz de sus padres. Al principio, ni el marido ni la mujer habían parecido entender lo que les explicaba. Después, cuando un vago destello de comprensión se hubo abierto paso en su espíritu acaparado por los preparativos de Navidad, Christine había advertido una expresión de suspicacia en la mirada que la mujer dirigió al marido. La ignorancia y la estupefacción de éste parecían, no obstante, genuinas. La otra familia era una pareja joven con un hijo. Parecían muy unidos. Al ver su complicidad, por un instante se preguntó si aquélla sería la imagen que un día transmitirían Gérald y ella. Sus vecinos habían dado la impresión de sentirse sinceramente afectados por el contenido de la carta.

—¡Jesús, qué historia tan horrorosa! —había exclamado la joven, que estaba en avanzado estado de gestación.

Por un momento, Christine había creído que iba a echarse a llorar. Después de aquello, Gérald y ella habían vuelto a bajar la escalera en silencio.

Lo miró a hurtadillas. Conducía con la mandíbula apretada. No había pronunciado una sola palabra desde que había arrancado el coche. Y en la frente tenía aquel pliegue casi doloroso que ella percibía a veces.

—Hemos hecho lo que debíamos —declaró.

Él no respondió. Ni siquiera asintió con la cabeza. Durante un instante, Christine se enojó porque pretendía culpabilizarla. Porque era eso lo que pretendía hacer, ¿no? ¿Acaso no deberían haberse culpabilizado más bien por esa persona a la que no lograrían salvar? Se preguntó si era ella o si bien, desde que su relación había ido adquiriendo un cariz más serio, él la reprendía y contradecía cada vez más. Después, Gérald lo borraba todo con una sonrisa o una palabra amable, pero era innegable: su comportamiento había cambiado desde hacía un tiempo. Christine sabía desde cuándo exactamente. Desde que se había pronunciado la palabra «matrimonio».

«Navidad. Qué mierda. Nuestra primera cena de Navidad. Sus padres esta noche y mañana los míos. No sé si va a caerles bien. Igual es a él al que no le gustan ellos. No deberías preocuparte por eso: todo el mundo aprecia a Gérald. Sus compañeros, sus alumnos, sus amigos, su mecánico, hasta tu perro... Eso es precisamente lo que pensaste cuando lo conociste en aquella recepción en el Capitole, ¿no? ¿Te acuerdas? Había otras chicas más guapas, más despampanantes, más delgadas y, seguramente, más inteligentes, pero fue a ti a quien él abordó, e incluso cuando lo cortaste volvió a la carga. Fue por ti por quien levantó la nariz de su vaso lleno de cubitos, de ron y de grandes rodajas de lima —una caipiriña—, como si se despertara de un largo sueño. Y luego dijo: “Su voz me resulta conocida... ¿Dónde la he oído?” Incluso cuando te alargaste demasiado hablando de tu trabajo en Radio 5, él te escuchó. Te escuchó de verdad... Habrías querido mostrarte divertida, ingeniosa, pero en realidad no fue así. Él, sin embargo, parecía encontrar muy divertido y ameno todo lo que decías.»

Quizá todo el mundo apreciara a Gérald, pero sus padres no eran todo el mundo. Sus padres eran Guy y Claire Dorian. Los Dorian de la tele... No era tan fácil ganarse el aprecio de personas que habían entrevistado a Arthur Rubinstein, Chagall, Sartre, Tino Rossi, Serge Gainsbourg y Jane Birkin, entre otros...

«Bah —insistió aquella vocecilla que Christine había ido aprendiendo a aborrecer y a escuchar al mismo tiempo—. Papá ni lo adorará ni lo detestará. Pasará de él, simplemente. Mi padre es un hombre que sólo se interesa por sí mismo, nada más. No es fácil haber sido uno de los pioneros de la televisión, un personaje que aparecía de continuo en la pequeña pantalla, y haber caído luego en el anonimato. Mi padre es un hombre que vive permanentemente macerado en un jugo de nostalgia y de recuerdos, que ahoga su tedio en alcohol y que no hace siquiera el esfuerzo de disimularlo. Bueno, ¿y qué? Es muy libre de cargarse la última línea recta de su existencia si le apetece. En todo caso, no voy a dejar que se cargue la mía.»

—¿Estás bien? —preguntó Gérald con un tenue matiz de contrición en la voz.

Ella asintió con la cabeza.

—Comprendo que te hayas sentido mal a causa de esa carta, ¿sabes?

Christine lo miró asintiendo de nuevo. «Por supuesto que no, no lo entiendes.» Habían reducido velocidad. Distinguió un gran anuncio fijado en un autobús. Era de Dolce & Gabbana y ya lo había visto en otros puntos de la ciudad. Cinco hombres jóvenes y fuertes rodeaban a una mujer que tomaba el sol tendida en el suelo. Cuerpos musculosos, cubiertos de aceite, relucientes. Eran guapos, hipersexuados. La tensión sexual era evidente. Los hombres tenían el torso desnudo y uno de ellos mantenía a la mujer en el suelo sujetándole las muñecas. Ella se arqueaba, en vano, con un ambiguo gesto de rechazo. Pese a su ropa ultraprovocadora, todo el ingenio de la puesta en escena radicaba —si es que se podía hablar de ingenio— en que era difícil decir si ella consentía o no. La imagen no dejaba, en cambio, ningún asomo de duda sobre lo que iba a ocurrirle. «Provocación de tres al cuarto para consumidores zombis», se dijo. Christine había leído en alguna parte que dos de cada tres franceses eran incapaces de reconocer los anuncios que transmitían estereotipos sexistas. El espacio público estaba saturado de cuerpos de mujeres, mujeres florero, mujeres de póster... Christine había invitado a su programa a la directora de una asociación para mujeres maltratadas. Todos los días de la semana recibía llamadas de esposas agredidas físicamente, de esposas que no tenían derecho a dirigir la palabra a sus vecinos y menos aún a otro hombre que no fuera su marido, esposas aterrorizadas ante la posibilidad de que la cena estuviera demasiado hecha o demasiado salada, esposas cuyos huesos cargaban los estigmas de fracturas y golpes, esposas que no tenían acceso ni a una cuenta bancaria ni a un médico, esposas que —cuando encontraban el valor para presentarse en la asociación— tenían la mirada vacía, extraviada, y la expresión de seres acorralados.

«Un día, siendo sólo una niña, ella misma había sido testigo de una escena...» Por eso sentía la necesidad de invitar a su programa a mujeres fuertes, mujeres ejemplares: mujeres empresarias, mujeres militantes, mujeres artistas, mujeres dedicadas a la política. Por ese mismo motivo no iba a consentir nunca que un hombre dictara su conducta.

«¿Estás bien segura de eso?»

Gérald ya no le prestaba atención. Con la vista fija al frente, estaba absorto en pensamientos cuyo contenido ella ignoraba. ¿Quién era la autora de la carta? Tenía que saberlo.

2

Partitura

Christine soñó con una mujer. No fue un sueño agradable. La mujer estaba de pie bajo el claro de luna, en medio de un camino bordeado de tejos oscuros que parecía conducir a un cementerio. Más allá había una verja enmarcada por dos altos pilares de piedra. Pese a que había nevado y hacía una noche muy fría, la mujer iba vestida con un ligero camisón de tirantes que le dejaba los hombros al descubierto. Christine quería dirigirse al cementerio, pero la mujer le interceptaba el paso. «No ha hecho usted nada —le decía—. Me ha dejado en la estacada.»

—Lo he intentado —gemía ella en su sueño—. Le juro que lo he intentado. Ahora déjeme pasar.

Pero en el momento en que pasaba a su lado, la cabeza de la mujer giraba en un ángulo imposible para seguirla con la mirada, al tiempo que se le llenaban los ojos de tinta. Una inmensa bandada de pájaros negros comenzaba a dar vueltas en el cielo, piando de una manera horrible e insistente, mientras la mujer se echaba a reír con una espantosa risa histérica que la despertó. El corazón le galopaba como un caballo en la noche.

«La carta...»

Se arrepintió de haberla dejado en el coche. Habría querido releerla de nuevo, sopesar su contenido, tratar de adivinar quién la había escrito y con qué objetivo. En la mesita de noche brillaba una lamparilla azul que alumbraba vagamente el techo. La luz del plafón del pasillo, también encendida, entraba por la puerta abierta y se proyectaba en el suelo del dormitorio. Lo mismo sucedía en todas las habitaciones. Christine se aventuró a sacar una pierna de debajo de las sábanas y sintió el contacto glacial del aire en el pie. En el cuarto hacía un frío de mil demonios. La noche se pegaba todavía a las persianas, pero el rumor del tráfico ascendía ya hasta su ventana, un tejido sonoro conformado por coches, motos y camiones de reparto. Miró la radio-despertador. Las 7.41 horas. ¡Mierda! ¡Se había dormido! Apartó las sábanas y observó el dormitorio vacío, que bien podría haber sido una habitación de hotel, un sitio para dormir y nada más. Aun así, desde la primera vez que lo visitó, un año atrás, había sucumbido al encanto de aquel apartamento, con sus techos altos y la chimenea de mármol en la sala de estar. En aquel barrio, a la vez íntimo y moderno, del que se había encariñado, con sus calles medievales, sus restaurantes, sus bares, su establecimiento naturista, su lavandería, su bodega y su tienda de productos italianos. El precio era caro, desde luego. Se había hipotecado por treinta años, pero no lo lamentaba. Cada vez que se despertaba en aquella habitación, se decía que era la mejor decisión que había tomado desde hacía años.

Las pequeñas garras de Iggy resonaron en las láminas del parquet. Después se subió de un salto a la cama y la atravesó para deslizar una lengua rosada sobre su mejilla. Iggy era un cruce de pelaje color caramelo y blanco, orejas puntiagudas y grandes ojos marrones, redondos y de mirada atenta que recordaban a los de la célebre estrella de rock cuyo nombre llevaba. Cuando el animal ladeó la cabeza para mirarla, Christine le alborotó el pelo sonriendo y se levantó.

Tras ponerse un viejo jersey de cuello alto de cachemira y unos calcetines de lana gruesa, lo siguió hasta el salón-cocina.

—Espérate un poco, señor Peludo —le ordenó cuando, impaciente, metió el hocico en la escudilla mientras ella la llenaba.

En la estancia había solamente un viejo sofá de cuero, una mesa baja de Ikea y una pantalla de plasma colocada encima de un mueble de televisor, junto a la chimenea. El único espacio amueblado era el rincón de la cocina. El centro de la zona de estar estaba ocupado por un solitario aparato de remo junto al que reposaban unas pesas. A Christine le gustaba hacer ejercicio viendo la tele, por la noche. En aquel momento, en la pantalla, con el volumen desactivado, se veía un programa matinal. El televisor había estado encendido tota la noche... como todas las demás noches, por otra parte. En el suelo, frente a la chimenea, había pilas de libros, periódicos y revistas. Christine era la presentadora estrella de Radio 5, una emisora privada; ella se encargaba de la franja horaria de las nueve a las once de la mañana todos los días excepto el sábado —en que la emisión era grabada— y el domingo. «Las mañanas de Christine» era un cóctel de información, música, juegos y humor... que con el tiempo daba cada vez menos cabida a las noticias y más al humor. En menos de una hora estaría en el estudio para el programa de Navidad. Habría la música adecuada —John Lennon y Yoko Ono cantando Happy Xmas (War is Over) y I Wish It Was Christmas Today, de Julian Casablancas— y risas más o menos espontáneas. Después recibiría al psicólogo de la casa, que hablaría de la soledad y el desasosiego que las personas solas experimentaban durante aquel período del año. Habría un poco de compasión en el menú, pero no demasiada. Era Navidad y había que mantener un tono festivo.

Se preguntó si no sería una buena ocasión para hablar de la carta con alguien. Tenía una relación de amistad con Bercowitz. Éste participaba en el programa una vez por semana, por lo general los miércoles, con excepción de aquélla, en que habían adelantado su crónica veinticuatro horas para transmitirla el día de Navidad. Porque era bueno y hacía un buen papel en la radio.

Sí, Bercowitz le daría su opinión sobre la autenticidad de la carta. Hasta cabía la posibilidad de que supiera qué hacer...

Pero también era posible que le reprochara precisamente no haber hecho nada, que hubiese esperado demasiado. A fin de cuentas, ni Gérald ni ella habían avisado a la policía. Ella no había tenido valor para estropear aún más la velada. Los padres de Gérald habían hecho visibles esfuerzos para que todo saliera perfecto. No parecían haberse molestado por las dos horas de retraso. El padre de Gérald era una versión más antigua de su hijo, un modelo que había mejorado en la generación siguiente, pero cuyas principales características intemporales se hallaban ya presentes en el «concepto» inicial: elegancia, solidez, autocontrol, ojos pardos de tonalidad cálida, mirada directa y cautivadora, temperamento discretamente seductor. Una inteligencia brillante, pero también rígida. Un hombre poco dado a los matices y la ligereza. Y con una enojosa tendencia a considerar que la función de las mujeres era secundar a los hombres.

Los genes maternos habían tenido manifiestamente mayor dificultad para imprimir su huella en el ADN del retoño. Christine se preguntaba si el hecho de que la madre no se atreviera nunca a contradecir a su padre, si la manera que tenía de abundar siempre en la misma opinión que su marido, no explicaría los problemas que Gérald tenía para aceptar la contradicción, sobre todo si provenía de su futura esposa.

La habían agasajado con regalos: una tableta táctil, una base con la que podía conectar el teléfono a unos altavoces sin pasar por el ordenador (sospechaba que aquellos regalos eran idea de su futuro suegro, tan aficionado como su hijo a la tecnología y las ciencias), un jersey (la madre de Gérald). Y habían dado la impresión de entusiasmarse con todo lo que les contaba. Sólo Gérald, a quien había sorprendido varias veces mirándola mientras ella hablaba, le había parecido un poco más crítico.

«Seguro que es por lo que ha ocurrido en el coche... Deberías haber sido más suave...»

Una vez que Iggy estuvo ocupado hurgando en su cuenco, ella pasó al otro lado de la barra americana y se sirvió un tazón de café, un vaso de zumo de mango y fruta de la pasión y untó de mantequilla baja en grasa dos rebanadas de pan sueco. Estaba mojándolas en el café, sentada en uno de los taburetes de acero inoxidable, cuando la vocecilla se hizo oír de nuevo: «Si de veras crees que tus padres van a facilitarte las cosas, te engañas y mucho. Tú nunca serás Madeleine, Chris. Nunca...»

Notó una brusca acidez en el estómago, acompañada de un espasmo.

«La infancia: no dura mucho, pero uno nunca se cura de ella —continuó la voz—. El niño herido siempre está ahí con nosotros, ¿verdad, Christine?

»Ese niño que tiene miedo cuando se hace de noche... Ese que ve lo que no debería haber visto...»

El vaso de zumo estalló contra las baldosas a sus pies, debajo del taburete, y ella se sobresaltó en su asiento.

Se bajó de él para recoger los trozos de cristal y sintió un dolor fulgurante cuando una minúscula esquirla, que relucía como un diamante, se le clavó en el índice. «¡Mierda!» El dedo empezó a chorrearle sangre, que se mezcló con el charco de zumo como una nube de granadina en un cóctel. Al instante sintió que se le aceleraba el ritmo cardíaco. La boca se le resecó y la frente se le inundó de un fino sudor... «Respira...» No soportaba la vista de la sangre... «Respira...» Bercowitz le había enseñado un ejercicio de respiración abdominal. Con los ojos cerrados, dejó que el diafragma descendiese y su caja torácica se abriera al máximo para luego espirar sin forzarse, metiendo el vientre. Después se levantó y, con mano temblorosa, arrancó una hoja de papel de cocina con la que se confeccionó un tosco vendaje, evitando mirarse el dedo. A continuación, cogió el estropajo y limpió a ciegas la mancha del suelo.

Se arriesgó a lanzar una ojeada y enseguida lo lamentó.

La gruesa venda improvisada se teñía ya de rojo. Tragó saliva. «Menos mal que te dedicas a la radio y no a la tele.»

Miró el reloj de pared.

Las 8.03 horas. «¡Espabila!»

Se apresuró a ir al cuarto de baño, donde se quitó el jersey y los calcetines. El globo de la luz parpadeaba en
el techo indicando que la bombilla no iba a tardar en fundirse. Cada minúsculo instante de oscuridad era como un ínfimo cuchillazo en su piel, cada vacilación de la luz una astilla clavada en su carne. «Fobias —dijo la exasperante vocecilla surgida de las profundidades de su ser—. No sólo a la sangre, sino también a la oscuridad, a las agujas, a las inyecciones, al dolor... Kenofobia, nictofobia, algofobia... Cada una tiene su palabra. Y luego está el terror supremo: el miedo a volverse loca a causa de todos esos temores. Eso también tiene un nombre, psicofobia, el miedo a las enfermedades mentales...» Había conseguido amaestrarlas, contenerlas dentro de límites razonables a fuerza de ansiolíticos y de terapias, pero nunca había logrado hacerlas desaparecer del todo. Seguían allí, en alguna parte, siempre listas para resurgir. Apretó los dientes. Lo que vio en el espejo, entrecortado por el efecto estroboscópico de la luz parpadeante, no fue muy de su agrado: una mujer de unos treinta y tantos años, de pelo castaño, con una mecha rubia que le caía a un lado de la cara y el resto del cabello corto. Ojos verdes. Era guapa, sí, pero sus rasgos se habían endurecido con el tiempo y en las comisuras de los ojos asomaban pequeñas arrugas, todavía discretas. Su cuerpo, en cambio, era exactamente el mismo que hacía diez años: caderas estrechas y pecho plano. Se acordó de aquella actriz que había visto en una película sueca. Tenía la cara tan surcada de arrugas que, cuando se desvistió y apareció desnuda delante de la cámara, su cuerpo mucho más joven, bien torneado y firme, parecía pertenecer a otra persona.

Se metió en la ducha con cuidado de mantener la venda de papel alejada del chorro. El agua caliente le relajó los músculos agarrotados por la tensión. Volvió a pensar en la carta, en la mujer que la había escrito. ¿Dónde estaría? ¿Qué estaría haciendo en ese momento? La aprensión cavaba un foso en su vientre. Diez minutos más tarde, tras haber dedicado una última caricia a Iggy y con el pelo todavía mojado, cerraba la puerta de su casa.

—Buenos días, Christine —la saludó Michèle, la vecina del rellano.

Se volvió hacia aquella mujer excepcionalmente menuda —de menos de cincuenta kilos— y de cabello cano demasiado largo para su edad, que se mantenía en una zona de sombra. Christine sabía que había sido funcionaria y, por su porte, su pronunciación y su visión del mundo, sospechaba que había trabajado en la enseñanza. Desde su jubilación, Michèle ocupaba el tiempo militando en asociaciones de defensa de los indocumentados o por el derecho a la vivienda y participaba en todas las manifestaciones que denunciaban la política poco de izquierdas del Ayuntamiento. Christine estaba segura de que, a sus espaldas, los amigos de Michèle y ella misma criticaban su programa, en el que daba la palabra tanto a los sindicalistas como a los empresarios, a representantes del Ayuntamiento e incluso de la derecha local, y en el que, muy a su pesar, los temas serios escaseaban cada vez más.

—¿De qué va a ir el programa de hoy? —preguntó su vecina con una voz sorprendentemente fuerte.

—De la Navidad —respondió ella—. Y también de la soledad de algunas personas, las que viven este período con aprensión. Feliz Navidad, a propósito.

Pero al ver la mirada tan poco agradable que le dirigió su vecina, se arrepintió enseguida del intento de autojustificación.

—En ese caso, debería haberlo hecho desde el campamento de la calle Professeur-Jammes. Allí habría visto lo que es la Navidad para las familias que no tienen techo ni porvenir en este país.

«Vete a paseo», replicó para sí. Pensó que la pigmea de su vecina tenía una boca muy pequeña, pero que por ella salían demasiadas cosas.

—Un día la invitaré a usted, no se preocupe —contestó mientras se alejaba por la escalera, sin esperar el ascensor—. Entonces podrá expresarse a sus anchas, se lo prometo.

Le sentó bien el frío de la calle. El termómetro había bajado en torno a los cinco grados bajo cero y por poco no se cayó de bruces en la acera resbaladiza. El aire estaba saturado de olor a gas de tubos de escape y contaminación. La nieve se había acumulado sobre los techos de los coches aparcados, en los alféizares y en las tapas de las papeleras y, aun así, él seguía allí, fiel en su puesto, en la acera de enfrente. Entre sus cajas de cartón. Incluso con un tiempo tan inclemente, prefería dormir en la calle que en un centro de acogida. Reparó en sus ojos claros y de mirada penetrante, fijos en ella. Eran como dos pálidas ventanas abiertas en una cara que parecía un mapa de carreteras. La vida en la calle dejaba señales perceptibles para todos: ojos inyectados en sangre, cicatrices, tics nerviosos, temblores etílicos, dentadura mellada, mejillas hundidas por las enfermedades crónicas, la droga o el hambre, piel tatuada por el sol, la intemperie y las partículas de contaminantes primarios y secundarios. El hombre emergía de las diversas capas de mantas enrolladas en torno a sí. Tenía la barba blanca en los lados y negra en el medio, como el pelaje de un viejo animal. ¿Cuántos años tendría? Debía de estar entre los cuarenta y cinco y los sesenta... Dormía bajo el porche del edificio de enfrente desde hacía varios meses. Christine creía recordar que había aparecido con la primavera. Cuando tenía tiempo, le bajaba un café caliente o una sopa. Esa mañana no, pero de todos modos cruzó la calzada, con el cabello todavía húmedo y una moneda en la mano.

—Buenos días —la saludó él—. Hace frío hoy. Tenga cuidado de no resbalar.

Tendió una mano cuyos dedos y uñas cortas eran casi del mismo color que los mitones negros de los que asomaban. A menos de veinte centímetros de sus cartones y de la masa informe compuesta por sus b

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