Juego de mentiras

Ruth Ware

Fragmento

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Contenido

Portada

Dedicatoria

Juego de mentiras

REGLA NÚMERO UNO. Di una mentira

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REGLA NÚMERO DOS. Cíñete a tu relato

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REGLA NÚMERO TRES. Que no te pillen

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REGLA NÚMERO CUATRO. Prohibido mentirnos entre nosotras

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REGLA NÚMERO CINCO. Date cuenta de cuándo has de parar de mentir

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Agradecimientos

Créditos

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A mi querido Hel,
con (¿setenta?) toneladas de amor

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Esta mañana el Estero está despejado y tranquilo, con el cielo azul claro y veteado con altocúmulos de vientre rosado, y una brisa suave que apenas riza la superficie del bajío, de ahí que los ladridos del perro alteren la calma como si fueran disparos y provoquen que echen a volar bandadas de gaviotas que graznan y aletean en el aire.

Chorlitos y golondrinas de mar estallan cuando el perro corretea alegremente por la ribera, brincando por el margen surcado de pequeños riachuelos, donde las dunas, cubiertas de una vegetación con púas, se convierten en un terreno fangoso y salpicado de juncos, donde el agua fluctúa entre dulce y salada.

El molino de marea monta guardia a lo lejos, negro y deteriorado contra la calma fría del cielo matutino, y es la única estructura artificial de un paisaje que se desmorona poco a poco y va regresando al mar.

—¡Bob! —La voz de la mujer resuena por encima de los ladridos cuando, jadeante, intenta alcanzar al perro—. Bob, granuja. Suéltalo. Te digo que lo sueltes. ¿Qué has encontrado?

Se le acerca un poco más y el perro vuelve a tirar del objeto que sobresale del fango, tratando de liberarlo.

—Eres un guarro, Bob. Te has puesto perdido. Suéltalo. Dios mío, no será otra oveja muerta, ¿verdad?

Tras un último y heroico tirón, el perro se tambalea hacia atrás por la orilla del río con algo en la boca. Triunfante, sube con dificultad por el banco de arena y deja el objeto a los pies de su dueña.

La mujer, estupefacta, se queda allí, sin moverse, mientras el perro resuella a sus pies; el silencio regresa a la bahía como las aguas con la marea alta.

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REGLA NÚMERO UNO

Di una mentira

El sonido es una simple alerta de mensaje de texto, un débil «bip, bip» que no llega a despertar a Owen y que a mí tampoco me habría despertado si no hubiese estado ya desvelada, tumbada en la cama, con la mirada fija en la oscuridad y la cría gimiendo en el pecho, sin mamar, pero sin desengancharse tampoco.

Me quedo allí un momento, pensando en el mensaje, preguntándome quién puede ser. ¿Quién me habrá mandado un mensaje a estas horas? Mis amigas no están despiertas tan tarde... a menos que Milly se haya puesto de parto. Pero no, no puede ser ella, ¿no? Prometí quedarme a Noah si los padres de Milly no llegaban a tiempo desde Devon para cuidarlo, pero la verdad es que no pensé...

Desde donde estoy no alcanzo el teléfono y al final hago que Freya me suelte el pezón posándole un dedo en la comisura de la boca, y la tumbo con cuidado boca arriba, saciada de leche; pone los ojos en blanco, como si estuviese drogada. La observo un momento y apoyo suavemente la palma de la mano en su firme cuerpecito, y noto el tamborileo de su corazón contra la jaula de su pecho a medida que se va calmando. Entonces me doy la vuelta y cojo el teléfono; mi corazón también se acelera un poco y mis latidos son el débil eco de los de mi hija.

Mientras introduzco el PIN, entornando los ojos deslumbrada por la luz de la pantalla, me digo que no puede ser, que me comporto como una tonta, a Milly todavía le faltan cuatro semanas para salir de cuentas, seguro que sólo es un mensaje basura del estilo: «¿Se ha planteado reclamar un reembolso por su seguro de protección de pagos?»

Pero cuando desbloqueo el teléfono veo que no es Milly. Y el mensaje contiene sólo dos palabras.

«Os necesito.»

Son las tres y media de la madrugada y, completamente despierta, me paseo por la fría cocina, mordiéndome las uñas para tratar de calmar las ganas de encender un cigarrillo. Hace casi diez años que no fumo, pero a veces, en momentos de estrés y temor, me asalta la necesidad de hacerlo.

«Os necesito.»

No hace falta que me pregunte qué significa, porque ya lo sé, del mismo modo que sé quién me ha enviado el mensaje, a pesar de que lo ha hecho desde un número que no reconozco.

Kate.

Kate Atagon.

El mero sonido de su nombre basta para devolvérmela y desencadenar una avalancha de imágenes y sensaciones: el perfume del jabón que utilizaba, las pecas en el puente de la nariz, canela sobre aceituna. Kate. Fatima. Thea. Y yo.

Cierro los ojos y me las imagino a las tres mientras el teléfono, todavía caliente en mi bolsillo, espera a que lleguen los mensajes.

Fatima debe de estar durmiendo junto a Ali, acurrucada contra su espalda. Su respuesta llegará hacia las seis de la mañana, cuando se levante para prepararles el desayuno a Nadia y Samir y para vestirlos e ir al colegio.

Thea... a Thea me cuesta más imaginármela. Si ha tenido turno de noche, estará en el casino, donde los empleados tienen prohibido usar el teléfono, que deben dejar en las taquillas hasta que terminan la jornada. Calculo que la suya acabará sobre las... ¿ocho de la mañana? Entonces se tomará una copa con las otras chicas y luego contestará, acelerada y satisfecha tras otra noche lidiando con clientes, recogiendo fichas y alerta por si aparecen tramposos o jugadores profesionales.

Y Kate. Kate debe de estar despierta, pues ha sido ella quien ha enviado el mensaje. Estará sentada a la mesa de su padre —supongo que ahora debe de ser suya— junto a la ventana con vistas al Estero, cuyas aguas se tornan gris claro bajo la primera luz del alba y reflejan las nubes y la silueta oscura del molino de marea. Seguro que está fumando, porque siempre ha fumado mucho. Debe de tener la vista fija en las mareas, en el movimiento incesante de las aguas que se arremolinan constantemente, en el paisaje que no cambia nunca y que, sin embargo, nunca es el mismo. Igual que Kate.

Debe de llevar la larga melena apartada de la cara, lo que deja al descubierto sus finas facciones y las arrugas que treinta y dos años de viento y mar han grabado en las comisuras de sus ojos. Tendrá los dedos manchados de pintura al óleo, pintura incrustada en las cutículas, debajo de las uñas, y los ojos de un azul pizarra muy oscuro, profundos e insondables. Estará esperando nuestras respuestas. Pero ya sabe qué vamos a contestar: lo que siempre hemos dicho, cada vez que hemos recibido ese mensaje, una sola palabra.

Voy.

Voy.

Voy.

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—¡Voy! —grito por la escalera cuando Owen me dice algo desde arriba, por encima de los quejidos adormilados de Freya.

Entro en el dormitorio y lo veo con la niña en brazos, paseándose arriba y abajo; todavía tiene una mejilla un poco roja y las arrugas de la almohada.

—Lo siento —dice, reprimiendo un bostezo—. He intentado calmarla, pero no hay manera. Ya sabes cómo se pone cuando tiene hambre.

Me subo a la cama y me siento con la espalda apoyada en el cabecero, recostada en las almohadas. Owen me pasa a Freya, que, colorada e indignada, me mira como si la hubiera ofendido y arremete contra mi pecho con un gruñido débil de satisfacción.

No se oye nada salvo el ruidito que hace la pequeña glotona al succionar. Owen vuelve a bostezar, se revuelve el pelo y mira la hora, y entonces empieza a ponerse la ropa interior.

—¿Ya te levantas? —le pregunto, sorprendida. Me dice que sí con la cabeza.

—Qué más da. No tiene sentido que vuelva a meterme en la cama si, de todas formas, tengo que levantarme a las siete. Vaya mierda de lunes.

Miro la hora y me sorprendo al ver que ya son las seis. Debo de llevar más rato del que creía paseándome por la cocina.

—¿Cómo es que estabas levantada? —me pregunta Owen—. ¿Te ha despertado el camión de la basura?

—No, es que no podía dormir.

Una mentira. Casi había olvidado esa sensación de tener algo blando e impuro en la lengua. Noto el bulto caliente del teléfono en el bolsillo de la bata. Podría vibrar en cualquier momento.

—Ya veo. —Contiene otro bostezo y se abrocha la camisa—. ¿Tomarás café si preparo para mí?

—Sí, claro —le contesto. Y cuando está saliendo de la habitación, añado—: Owen...

Pero ya se ha marchado y no me oye.

Al cabo de diez minutos regresa con el café y esta vez he tenido tiempo de ensayar mi papel, de preparar lo que voy a decir y el tono más bien despreocupado con el que voy a decirlo. Aun así, trago saliva y me paso la lengua por los labios que los nervios han dejado secos.

—Ayer recibí un mensaje de Kate.

—¿De tu compañera de trabajo? —Deja el café y, sin querer, derrama un poco. Con la manga de la bata seco el charquito para proteger mi libro, y gano de paso un poco de tiempo para contestar.

—No, Kate Atagon. ¿Te acuerdas? Íbamos juntas al colegio.

—Ah, esa Kate. ¿La que se llevó a su perro a esa boda a la que fuimos?

—Exacto. Shadow.

Pienso en él. Shadow: un pastor alemán blanco con el hocico negro y motitas grises en el lomo. Pienso en cómo se planta en el umbral, gruñe a los desconocidos, o se tumba y ofrece la barriga a los que quiere.

—¿Y...? —pregunta Owen, y me doy cuenta de que me he quedado callada y he perdido el hilo.

—Ah, sí. Bueno, me ha invitado a ir unos días a su casa y creo que debería hacerlo.

—Suena bien. ¿Cuándo?

—Pues... ya. Me ha propuesto que vaya ya.

—¿Y Freya?

—Me la llevaría.

«Por supuesto», estoy a punto de añadir, pero no lo digo. Freya todavía no ha tomado ningún biberón, a pesar de que tanto Owen como yo lo hemos intentado muchas veces. La única noche que salí para ir a una fiesta, estuvo berreando desde las siete y media de la tarde hasta las doce menos dos minutos de la noche, cuando irrumpí en el piso, abrí una puerta tras otra y se la arranqué a Owen de los brazos cansados y sin fuerzas.

Se produce otro silencio. Freya echa la cabeza hacia atrás y me observa con el ceño ligeramente fruncido, suelta un pequeño eructo y prosigue con la tarea crucial de alimentarse. Por la mente de Owen pasan pensamientos que se reflejan en su cara: que nos echará de menos..., que tendrá toda la cama para él solo..., que podrá dormir hasta tarde...

—Podría aprovechar para preparar el cuarto de la niña —dice por fin.

Asiento con la cabeza, aunque sea la continuación de una larga discusión entre los dos: a Owen le gustaría recuperar el dormitorio, y a mí, y está decidido a que Freya duerma en su habitación a partir de los seis meses. Y yo... no opino igual que él. En parte, ésa es la razón por la que todavía no he encontrado tiempo para vaciar la habitación de invitados, sacar de allí todos los trastos y pintarla de colores adecuados para un bebé.

—Claro —le digo.

—Bueno, pues ve, ¿no? —dice Owen por fin. Se da la vuelta y empieza a escoger una corbata—. ¿Quieres llevarte el coche? —me pregunta.

—No, no lo necesito. Iré en tren. Kate dice que me recogerá en la estación.

—¿Estás segura? Tendrás que cargar con todas las cosas de Freya en el tren. ¿Lo ves bien?

—¿Qué? —En un primer momento no sé qué ha querido decir, y entonces caigo: el nudo de la corbata—. Ah, sí, está recto. No, en serio. No me importa ir en tren. Será más fácil, podré darle el pecho a Freya si se despierta. Meteré sus cosas en la parte de abajo del cochecito.

Owen no dice nada y me doy cuenta de que ya está pensando en la jornada que tiene por delante, repasando mentalmente una lista, como hacía yo hace sólo unos meses, aunque ahora esos momentos parezcan pertenecer a otra vida.

—Bueno, entonces, si te parece bien, me marcharé hoy.

—¿Hoy? —Coge unas monedas de encima de la cómoda y se las mete en el bolsillo, y luego se acerca a mí y se despide con un beso en la coronilla—. ¿Por qué tienes tanta prisa?

—No tengo prisa —miento.

Noto que me sonrojo. Odio mentir. Antes me parecía divertido, hasta que no tuve más remedio que hacerlo. Ya no pienso demasiado en ello, quizá porque lo he hecho durante mucho tiempo, pero siempre está ahí, en el fondo, como una muela que no deja de dolerte y de repente te da una punzada.

Pero sobre todo odio mentirle a Owen. De una forma u otra, siempre me las había ingeniado para mantenerlo apartado de la red, y ahora la red lo está atrapando. Pienso en el mensaje de Kate, que sigue en mi teléfono, y es como si de él saliera un veneno que estuviera filtrándose en la habitación y amenazara con estropearlo todo.

—Kate tiene unos días de descanso entre un proyecto y otro, por lo que es buen momento para ella y... Bueno, dentro de pocos meses empezaré a trabajar otra vez, así que para mí también es un buen momento.

—Vale —dice él, desconcertado, pero sin sospechar nada—. En ese caso, será mejor que me despida de ti con un beso de verdad.

Me besa de verdad, con pasión, y hace que me acuerde de por qué lo quiero, de por qué odio engañarlo. Entonces se aparta de mí y besa a Freya. Ella lo mira de reojo, con recelo, y para de mamar un momento; luego sigue succionando con esa determinación firme que yo tanto admiro.

—A ti también te quiero, pequeña vampira —le dice Owen con cariño. Y entonces se dirige de nuevo a mí—: ¿Cuánto tardarás en llegar?

—Unas cuatro horas, más o menos. Depende de cómo vayan las conexiones.

—Vale, pásalo bien y mándame un mensaje cuando llegues allí. ¿Cuánto tiempo piensas quedarte?

—No lo sé, unos días —me aventuro—. Volveré antes del fin de semana. —Otra mentira. No lo sé. No tengo ni idea. Me quedaré el tiempo que Kate me necesite—. Ya lo veré cuando llegue allí.

—Vale —dice Owen otra vez—. Te quiero.

—Yo también te quiero. —Por fin puedo decir algo que es verdad.

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Recuerdo con exactitud el día que conocí a Kate; incluso la hora y el minuto. Era septiembre. Iba a coger uno de los primeros trenes hacia Salten, para llegar al colegio a tiempo para la comida.

—¡Perdona! —grité, nerviosa, en el andén, con una voz aflautada por la ansiedad. La chica que iba delante de mí se dio la vuelta. Era muy alta y de una belleza extraordinaria; su rostro alargado, de expresión ligeramente arrogante, parecía sacado de un cuadro de Modigliani. Tenía el pelo negro y largo hasta la cintura, un negro que se difuminaba cerca de las puntas, teñidas de rubio; vestía unos vaqueros con desgarrones en las perneras.

—¿Sí?

—Perdona, ¿sabes si este tren va a Salten? —le pregunté, jadeante.

Me miró de arriba abajo, evaluándome, y se detuvo en mi uniforme de Salten House: la falda azul marino, recién estrenada, y el blazer impoluto que había descolgado de la percha por primera vez esa mañana.

—No lo sé —contestó por fin y se volvió hacia otra chica que estaba detrás de ella—. Kate, ¿éste es el tren de Salten?

—No seas gilipollas, Thee —contestó la tal Kate, con una voz ronca que no encajaba mucho con su edad, pues no me parecía que tuviera más de dieciséis o diecisiete años. Tenía el pelo castaño claro; lo llevaba muy corto y le enmarcaba la cara. Cuando me sonrió, las pecas de color nuez moscada de su nariz se arrugaron—. Sí, es el tren de Salten. Pero ten cuidado, no te equivoques de mitad, porque se divide en Hampton’s Lee.

Entonces se dieron la vuelta y no se me ocurrió que no les había preguntado qué mitad del tren era la buena hasta que ya se habían alejado por el andén.

Miré la pantalla de información.

«Utilicen los siete coches delanteros si viajan en dirección a Salten», leí, pero ¿qué entendían por «delanteros»? ¿Eran los que quedaban más cerca de los torniquetes, o los que estarían a la cabecera del tren cuando éste saliera de la estación?

No había ningún empleado cerca a quien pudiera preguntárselo, pero el reloj del andén indicaba que no me quedaba mucho tiempo, así que al final me monté en el último vagón, que era hacia donde se habían dirigido aquellas chicas, y subí mi pesada maleta tirando de ella con fuerza.

Entré en un compartimento de seis asientos, todos vacíos. Acababa de cerrar la puerta cuando sonó el silbato del jefe de estación y, sin haberme librado de la idea aterradora de que podía encontrarme en la parte del tren equivocada, me senté y noté en las piernas el roce áspero de la lana del asiento.

El tren salió de la caverna oscura de la estación tras un traqueteo y un chirrido de metal contra metal, y el sol inundó mi compartimento de forma tan repentina que me deslumbró. Apoyé la cabeza en el respaldo y cerré los ojos para protegerme del resplandor, y cuando empezamos a ganar velocidad me sorprendí imaginando qué pasaría si no aparecía en Salten, donde estaría esperándome la responsable de las alumnas del internado. ¿Y si el tren me llevaba a Brighton, o Canterbury, o a cualquier otro lugar? O peor aún, ¿y si yo también me partía por la mitad al dividirse el tren y tenía dos vidas que desde ese momento seguirían divergiendo, separándose cada vez más una de otra, del yo en el que debería haberme convertido?

—Hola —dijo una voz, y abrí los ojos de golpe—. Veo que has conseguido subir al tren.

Era la chica alta del andén, a la que la otra había llamado Thee. Estaba en la puerta de mi compartimento, apoyada en el marco de madera, haciendo rodar entre los dedos un cigarrillo sin encender.

—Sí —contesté un poco resentida, porque ni ella ni su amiga se habían molestado en explicarme en qué parte del tren debía subirme—. Bueno, eso espero. Éstos son los coches que van a Salten, ¿verdad?

—Sí —me confirmó lacónica. Me miró de arriba abajo otra vez, dio unos golpecitos con el cigarrillo en el marco de la puerta y entonces, con el aire de quien se dispone a conceder un favor, dijo—: Mira, no quiero parecer una arpía, sólo quiero que sepas que nadie lleva el uniforme en el tren.

—¿Cómo?

—Nos cambiamos en Hampton’s Lee. Es... no sé, la costumbre. He pensado que debía decírtelo. Sólo las alumnas de primero y las nuevas lo llevan puesto durante todo el viaje. Si vas así, llamas la atención.

—Entonces... ¿tú también vas a Salten House?

—Sí. Para expiar mis pecados.

—A Thea la han expulsado —dijo una voz detrás de ella y vi en el pasillo a la otra chica, la del pelo corto, con una taza de té en cada mano—. De otros tres colegios. Salten es su última oportunidad. No la aceptarían en ningún otro sitio.

—Al menos a mí no tiene que pagarme la matrícula la beneficencia —dijo Thea, pero por el tono enseguida me di cuenta de que eran amigas y de que aquel sarcasmo era puro teatro—. El padre de Kate es el profesor de dibujo —me explicó—. El contrato incluye una plaza gratis para su hija.

—A Thea nunca le concederían una beca —replicó Kate y, moviendo los labios por encima de las tazas, añadió: «Es de buena familia.» Me guiñó un ojo e intenté no sonreír.

Kate y Thea se miraron. Tuve la impresión de que se consultaban algo sin hablar y entonces Thea preguntó:

—¿Cómo te llamas?

—Isa —dije.

—Bueno, Isa. ¿Por qué no vienes con Kate y conmigo? —Arqueó una ceja y añadió—: Tenemos un compartimento un poco más allá.

Inspiré hondo y, con la sensación de que me disponía a saltar desde un trampolín muy alto, asentí brevemente. Cuando cogí mi maleta y seguí a Thea por el pasillo del vagón, no tenía ni idea de que algo tan sencillo iba a cambiar mi vida para siempre.

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Me resulta extraño volver a estar en la estación Victoria. El tren actual de Salten es nuevo; no hay compartimentos y las puertas son automáticas, no como aquellas viejas puertas de los convoyes que cogíamos para ir al colegio, que se abrían con una especie de manivela. El andén, sin embargo, apenas ha cambiado y me doy cuenta de que llevo diecisiete años evitando de manera inconsciente este sitio y cualquier cosa relacionada con aquella época.

Sujetando como puedo el café para llevar, subo el cochecito de Freya al tren, dejo el café en una mesa libre y, a continuación, inicio la larga lucha de siempre para separar el capazo de las ruedas, mientras me peleo con cierres que se resisten a soltarse y pestillos que se niegan a deslizarse. Por suerte, el tren está tranquilo y mi vagón casi vacío, así que no paso el bochorno habitual de que se forme una cola delante o detrás de mí, o de tener que abrirme paso a empujones por un espacio reducido. Por fin, justo en el momento en que suena el silbato del jefe de estación y el tren se balancea, suspira y se pone en marcha, cede el último pasador y el liviano capazo de Freya se suelta de golpe y lo sujeto con ambas manos. Pongo a la niña a salvo, todavía dormida, al otro lado del pasillo y de la mesa donde he dejado mi café.

Vuelvo a coger el vaso y me ocupo de mis bolsas. Me asaltan imágenes aterradoras: el tren da una sacudida y el café caliente se derrama sobre Freya. Sé que es un miedo irracional, pues la niña está al otro lado del pasillo, pero desde que nació me he vuelto así. Todos mis miedos —el que me inspiraban los trenes que se dividían, las puertas de los ascensores, los taxistas sospechosos y la perspectiva de hablar con desconocidos—, todas mis ansiedades han acabado recayendo sobre mi hija.

Por fin estamos cómodas las dos: yo con mi libro y mi café, Freya dormida, arropada en su mantita. Tiene un rostro angelical bajo la intensa luz del mes de junio, con una piel asombrosamente fina y clara, y me sobreviene un arrebato de amor por ella, un calor que me abrasa, casi doloroso, como si el café se derramara sobre mi corazón. Durante unos instantes soy sólo su madre y no existe nadie más en el mundo, sólo nosotras dos, juntas en esta isla de sol y amor.

Entonces me doy cuenta de que me ha sonado el teléfono.

«Fatima Chaudhry», leo en la pantalla. Y el corazón me da un pequeño vuelco.

Abro el mensaje con dedos temblorosos.

«Voy para allá —leo—. Iré en coche esta noche, cuando los niños se hayan acostado. Llegaré entre las nueve y las diez.»

Esto ya ha empezado. Todavía no hay noticias de Thea, pero sé que llegarán. Se ha roto el hechizo, la ilusión de que Freya y yo nos vamos de vacaciones a la playa las dos solas. Recuerdo el verdadero motivo por el que estoy aquí. Recuerdo lo que hicimos.

«Yo he cogido el tren de las 12.05 h en Victoria —les escribo a las otras—. ¿Me recoges en Salten, Kate?»

No me contesta, pero sé que no me dejará tirada.

Cierro los ojos. Le pongo una mano sobre el pecho a Freya para saber que está ahí. Y entonces intento dormir.

Me despiertan unas sacudidas, unos chirridos que me aceleran el corazón, y mi primer impulso es coger a Freya. Tardo casi un minuto en darme cuenta de qué son esos ruidos que me han sobresaltado: hemos llegado a Hampton’s Lee y el tren se está dividiendo. Freya se mueve, malhumorada, en su capazo; con un poco de suerte volverá a dormirse, pero entonces el tren da otra sacudida, más violenta que las anteriores, y Freya abre los ojos, asustada, y de pronto su rostro se contrae antes de lanzar un gemido de disgusto y hambre.

—Chist... —canturreo. La cojo en brazos y la saco, caliente y bien envuelta, del capullo de mantitas y juguetes—. Chist... No pasa nada, corazón. Tranquila, bonita. No pasa nada.

Me mira enfadada y seria y pega su carita contra mi seno en cuanto me desabrocho la camisa. Noto cómo fluye la leche, una sensación que todavía me resulta extraña, pese a que ya se ha convertido en una rutina.

Mientras le doy de mamar, oigo otro golpetazo y otro chirrido, suena un silbato y poco a poco salimos de la estación; los andenes dan paso a apartaderos y luego a casas, y por fin a campos y postes de teléfono.

Me impresiona lo familiar que me resulta todo. Londres, a lo largo de los años que he vivido allí, no ha parado de transformarse. Igual que Freya, que cambia todos los días. Abren una tienda, cierran un pub. Brotan edificios —el Gherkin, el Shard—, un supermercado ocupa un solar y los bloques de pisos nacen como setas, surgen de la noche a la mañana de la tierra húmeda y del asfalto resquebrajado.

Pero esta línea, este trayecto... Aquí no ha cambiado nada.

El olmo calcinado.

El fortín semiderruido de la Segunda Guerra Mundial.

El puente desvencijado y el sonido hueco que hace el tren al pasar por él.

Cierro los ojos y es como si volviera a estar en el compartimento con Kate y Thea, riendo mientras se ponían la falda del colegio encima de los vaqueros, se abrochaban la camisa con la camiseta de tirantes debajo y se anudaban la corbata. Thea llevaba medias y la recuerdo subiéndoselas por aquellas piernas increíblemente largas y delgadas, y luego metiendo las manos debajo de la falda del uniforme para abrocharse las ligas. Recuerdo que se me arrebolaron las mejillas, porque le vi un poco de muslo desnudo, y que aparté la mirada y me quedé contemplando los campos otoñales de trigo, con el corazón acelerado mientras ella se reía de mi mojigatería.

—Date prisa —le dijo Kate a Thea con indolencia. Ella ya estaba vestida y había guardado sus vaqueros y sus botas en la maleta, que descansaba en la rejilla portaequipajes—. Estamos a punto de llegar a Westridge y ahí siempre sube un montón de gente que va a la costa; supongo que no querrás provocarle un infarto a ningún turista.

Thea se limitó a sacarle la lengua, pero acabó de abrocharse las ligas y de alisarse la falda justo cuando el tren entraba en la estación de Westridge.

Tal como había predicho Kate, había bastantes turistas en el andén y Thea soltó un resoplido cuando el tren se detuvo en un apeadero. La puerta de nuestro vagón había quedado a la altura de una familia formada por una madre, un padre y un crío de unos seis años que llevaba un cubo y una pala en una mano y un helado de chocolate chorreante en la otra.

—¿Hay sitio para tres? —preguntó en tono jovial el padre, mientras abría la puerta de nuestro compartimento. Entraron los tres y la volvieron a cerrar. De pronto, el lugar estaba abarrotado.

—Lo siento mucho —dijo Thea con un tono de voz que denotaba una aflicción sincera—. Nos encantaría que se quedaran aquí, pero a mi amiga —me señaló— le acaban de conceder su primer permiso de día y una de las condiciones de su libertad vigilada es que no tenga contacto con menores de edad. La sentencia del tribunal era muy específica respecto a eso.

El hombre parpadeó y la mujer soltó una risita nerviosa. El niño, que no escuchaba la conversación, estaba entretenido pellizcando trocitos de chocolate de su camiseta.

—Lo digo por su hijo —continuó Thea, muy seria—. Y, evidentemente, Ariadne tampoco quiere volver al reformatorio.

—Aquí al lado hay un compartimento vacío —intervino Kate, y vi que se esforzaba para contener la risa. Se levantó y abrió la puerta corredera que daba al pasillo—. Lo siento mucho. No queremos causarles molestias, pero creo que será lo mejor, por el bien de todos.

El hombre nos miró a las tres con desconfianza e hizo salir a su mujer y a su hijo al pasillo.

Thea se echó a reír a carcajadas en cuanto se fueron, casi sin esperar siquiera a que se hubiera cerrado la puerta del compartimento, pero Kate negó con la cabeza.

—No ha valido. No cuenta —dijo. Seguía aguantándose la risa—. No se lo han creído.

—¡Oh, vamos! —Thea sacó un cigarrillo del paquete que llevaba en el bolsillo del blazer, lo encendió y le dio una honda calada con la que desafió al letrero de «PROHIBIDO FUMAR» de la ventana—. Se han marchado, ¿no?

—Sí, pero porque han pensado que estás loca de atar. ¡Eso no cuenta!

—¿Es... un juego? —pregunté con timidez.

Se hizo el silencio.

Thea y Kate se miraron y vi que volvían a comunicarse sin hablar, como si una carga eléctrica fluyera entre las dos, como si estuvieran decidiendo cómo contestar. Y entonces Kate esbozó una sonrisa confidencial, se inclinó hacia delante sobre el espacio que había entre los asientos y se acercó tanto a mí que vi las motitas oscuras de sus ojos azul grisáceos.

—No, no es un juego —dijo—. Es el juego. El juego de las mentiras.

El juego de las mentiras.

Lo recuerdo con tanta claridad y tanta intensidad como el olor del mar y los graznidos de las gaviotas que sobrevolaban el Estero, y no puedo creer que casi lo hubiera olvidado. Olvidado la hoja que Kate tenía colgada en la pared, encima de su cama, donde anotaba las crípticas puntuaciones de su complejo sistema de clasificación. Esto por una víctima nueva. Esto otro por alguien que te creía a pies juntillas. Los extras se concedían por incluir detalles especialmente elaborados, o por acabar convenciendo a alguien que había estado a punto de descubrir el farol. Hacía muchos años que no pensaba en eso, pese a que, de alguna manera, he seguido jugando todo este tiempo.

Suspiro, bajo la cabeza y miro el rostro apacible de Freya mientras mama, concentrada por completo en el momento. Y no sé si voy a poder. No sé si voy a poder volver a todo eso.

¿Qué habrá pasado para que Kate nos haya llamado tan de repente y con tanta urgencia, en plena noche?

Sólo se me ocurre una cosa y no quiero ni pensarlo.

Justo cuando el tren entra en la estación de Salten, mi teléfono vuelve a pitar. Lo saco creyendo que será Kate, que me confirma que irá a recogerme. Pero no es ella. Es Thea.

«Voy.»

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El andén de la estación está casi vacío. Al cesar el ruido del tren, la paz del campo vuelve a invadirlo todo y oigo los sonidos del verano de Salten: el canto de los grillos, el trino de los pájaros, el rumor lejano de una cosechadora trabajando las tierras. Antes, cuando llegaba aquí siempre estaba esperándonos el microbús de Salten House, con sus colores distintivos: azul marino y azul claro. Ahora el aparcamiento no es más que una extensión vacía y polvorienta donde no veo a nadie, ni siquiera a Kate.

Empujo el cochecito de Freya por el andén hacia la salida, con una bolsa muy pesada colgada del hombro y preguntándome qué debería hacer. ¿Llamar por teléfono a Kate? Tendría que haber hablado con ella para confirmar la hora. He dado por hecho que había recibido mi mensaje, pero ¿y si se ha quedado sin batería? De todas formas, en el molino no hay teléfono fijo, así que no puedo llamar a ningún otro número.

Pongo el freno del cochecito y saco mi teléfono para ver si ha llegado algún otro mensaje y para mirar la hora. Cuando estoy introduciendo la contraseña, oigo el rugido de un motor, amplificado porque el camino está hundido, y al darme la vuelta veo entrar un coche en el aparcamiento de la estación. Esperaba encontrarme con el Land Rover enorme y destartalado con el que Kate fue a la boda de Fatima hace siete años, con sus largos asientos corridos, y a Shadow asomando la cabeza por la ventana, con la lengua fuera. Pero no es así. Se trata de un taxi. Al principio no estoy segura de que sea ella, pero entonces la veo abrir la puerta trasera; me da un pequeño vuelco el corazón y ya no soy una abogada de la Administración pública y madre de una hija, sino sólo una chica que corre por el andén al encuentro de su amiga.

—¡Kate!

Está exactamente igual. Las mismas muñecas flacas y huesudas, el mismo cabello castaño, la misma tez de color miel, la misma nariz respingona y salpicada de pecas. Lleva el pelo más largo, recogido con una goma, y veo arrugas en la fina piel de alrededor de sus ojos y su boca, pero por lo demás es Kate, mi Kate, y cuando nos abrazamos inspiro, y su particular olor a cigarrillos, aguarrás y jabón es tal como lo recordaba. La separo de mí sujetándola por los hombros y, a pesar de todo, no puedo evitar sonreír como una tonta.

—Kate —repito, embobada, y ella me abraza otra vez, hunde la cara en mi pelo y me aprieta con tanta fuerza que puedo notar sus huesos.

Entonces oigo un gritito y recuerdo quién soy, en quién me he convertido y todo lo que ha ocurrido desde la última vez que ella y yo nos vimos.

—Kate —digo una vez más, y el sonido de su nombre se me antoja perfecto—. Kate, te presento a mi hija.

Aparto la capota del cochecito, cojo a la niña, que se retuerce, molesta, y la saco.

Kate la coge en brazos con gesto de inquietud, pero entonces su rostro delgado y versátil dibuja una sonrisa.

—Qué guapa eres —le dice a Freya, con esa voz suya, suave y ronca, tal como yo la recordaba—. Igual que tu mamá. Es preciosa, Isa.

—¿Verdad que sí? —Miro a Freya, que, desconcertada, levanta la vista hacia el rostro de Kate y fija sus ojos azules en las pupilas azules de mi amiga. Lleva una mano regordeta hacia el pelo de Kate, pero entonces se detiene, cautivada por alguna peculiaridad de la luz—. Tiene los ojos de Owen —digo. De pequeña, yo siempre quise tener los ojos azules.

—Vamos —dice Kate, pero no se dirige a mí, sino a Freya. Le coge una mano y acaricia sus deditos gorditos y sedosos y sus nudillos con hoyuelos—. Vámonos ya.

—¿Qué le ha pasado a tu coche? —quiero saber, mientras caminamos hacia el taxi. Kate lleva a Freya en brazos y yo empujo el cochecito con la bolsa encima.

—Ah, se ha vuelto a estropear. Lo llevaré a arreglar, pero ahora no tengo dinero, como siempre.

—Pero Kate...

Pero Kate, ¿cuándo piensas buscarte un trabajo en condiciones?, podría preguntarle. ¿Cuándo piensas vender el molino e irte a algún otro sitio donde la gente valore tu obra, en lugar de depender de los turistas, cada vez más escasos, que escogen Salten para pasar las vacaciones? Pero ya sé la respuesta: nunca. Kate nunca se marchará del molino de marea. Nunca se marchará de Salten.

—¿De vuelta al molino, señoritas? —pregunta el taxista por la ventana y Kate asiente.

—Gracias, Rick.

—Meteré el cochecito en el maletero —dice él, saliendo del vehículo—. Se pliega, ¿verdad?

—Sí. —Vuelvo a pelearme con el mecanismo y entonces caigo en la cuenta—. Maldita sea, no he cogido la sillita para coche. Sólo he traído esto porque pensaba que necesitaría el capazo para ponerla a dormir.

—No te preocupes, por aquí no hay muchos policías —afirma Rick con tranquilidad, mientras cierra la puerta del maletero, donde ha metido el armazón plegado—. Salvo el hijo de Mary, y te aseguro que no va a detener a una pasajera mía.

A mí no era la policía lo que me preocupaba, pero me llama la atención oí

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