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Créditos
Dígame a qué hora me transportarán a bordo.
Últimas palabras escritas por
ARTHUR RIMBAUD
Dichoso tú si un dolor te deja respirar y bienaventurado si de todo dolor la muerte te cura.
GIACOMO LEOPARDI
1
Codiciáis oro y sembráis ceniza.
Ensuciáis la belleza, destruís la inocencia.
Hacéis correr por doquier grandes torrentes de lodo. El odio es vuestro alimento, la indiferencia vuestra brújula. Sois criaturas del sueño, siempre dormidas, hasta cuando creéis que estáis despiertas. Sois el fruto de unos tiempos soñolientos. Vuestras emociones son efímeras, como mariposas calcinadas por la luz del día cuando apenas han salido del capullo. Vuestras manos moldean vuestra vida con una arcilla seca e inconsistente. La soledad os devora. El egoísmo os engorda. Dais la espalda a vuestros hermanos y perdéis el alma. Vuestra naturaleza está hecha de olvido.
¿Cómo juzgarán vuestra época los siglos futuros?
La historia que sigue es tan real como podáis serlo vosotros. Sucedió aquí como podría haber sucedido en cualquier otro sitio. Sería demasiado fácil pensar que ocurrió lejos. Los nombres de los individuos que la pueblan no tienen la menor importancia. Podrían cambiarse. Podrían sustituirse por los vuestros. Sois tan parecidos, surgidos todos del mismo molde inalterable...
Estoy seguro de que tarde o temprano os haréis una pregunta lógica: ¿Fue testigo de lo que nos cuenta? Os respondo: Sí, lo fui. Como vosotros, que sin embargo no quisisteis verlo. Vosotros nunca queréis ver. Yo soy quien os lo recuerda. Soy el que molesta. El que no se pierde detalle. Lo veo todo. Lo sé todo. Pero no soy nada, y eso es lo que pienso seguir siendo. No soy ni hombre ni mujer. Soy la voz, nada más. Os contaré la historia desde la sombra.
Los hechos que voy a relatar ocurrieron ayer. Hace unos días. Hace uno o dos años. No más. Digo «ayer», pero creo que debería decir «hoy». A las personas no les gusta el ayer. Viven en el presente y sueñan con los días del mañana.
La historia transcurre en una isla. Una isla cualquiera. Ni grande ni bonita. No muy alejada del país del que depende, pero que la olvida, y próxima a un continente distinto de aquel al que pertenece, pero al que ella ignora.
Una isla del Archipiélago del Perro.
Cuando observas el archipiélago en el mapa, al principio el Perro no se ve. Se esconde. Los niños intentan descubrirlo. A la maestra, a la que ya entonces apodaban la Vieja, la divertían sus esfuerzos y después, cuando dibujaba el contorno de la cabeza con el puntero, su sorpresa. De pronto, surgía el Perro. Los niños se asustaban. Con él ocurre como con ciertos seres cuya verdadera naturaleza no sospechas cuando empiezas a tratarlos, hasta que un día te saltan al cuello.
El Perro está ahí, dibujado en el fino papel. Con las fauces abiertas y mostrando los colmillos. Dispuesto a despedazar una larga y pálida inmensidad de color cobalto, salpicada en el mapa de números que indican las profundidades y flechas que representan las corrientes. Sus mandíbulas son dos islas curvadas, su lengua también es una isla y sus dientes, puntiagudos unos, macizos y cuadrados otros y afilados como dagas unos terceros, son lo mismo: islas. Aquella en la que sucede la historia, la única habitada, está al final de la mandíbula inferior. Al borde de la inmensa presa azul, que no se sabe codiciada.
La vida de la isla viene del volcán que la domina y lleva milenios vomitando sobre ella lava y escorias fértiles. Lo llaman el «Brau». El nombre suena bárbaro. Antaño asustaba a los niños, cuando los gritos y las risas de éstos llenaban la isla. Ahora el Brau digiere, tras su último ataque de cólera. Por lo general, el cráter permanece oculto bajo un edredón de brumas. Duerme una larga siesta. Suelta algún eructo de vez en cuando. Unos cuantos ruidos sordos. Los gruñidos de un durmiente que se estremece y se revuelve en sueños.
El resto del esqueleto del Perro es una multitud de islotes, la mayoría de ellos tan diminutos como las migas de pan que quedan en el mantel después de comer. Desiertos. La que vamos a descubrir, en cambio, conoce el martilleo de la sangre de los hombres. Es como un pedazo de mundo olvidado en el azul del mar. Seguramente, al principio, en tiempos de los fenicios, habría allí un asentamiento de pescadores, descendientes de piratas y ladrones que arribaron a la isla haciendo cabotaje o huyendo con su botín.
Hay viñas, olivares y campos de alcaparras. Cada palmo de tierra cultivada da fe de la tenacidad de los antepasados que se la arrancaron con paciencia al volcán. Allí o eres agricultor o pescador. No hay más opciones. Muchas veces, los jóvenes no quieren ni lo uno ni lo otro. Y se van. Partidas a las que nunca les sigue un regreso. Así es y así ha sido siempre.
El Perro escupe estaciones inhumanas. El verano achicharra y aplasta a los hombres. El invierno los congela. Viento áspero y lluvia fría. Meses de letargo aterido. Sus casas han dado la vuelta al mundo. En fotografías. En las revistas. Arquitectos, etnólogos e historiadores decidieron, sin pedirles opinión, que pertenecían al patrimonio de la humanidad. A ellos eso los hizo reír, antes de contrariarlos. No pueden destruirlas ni transformarlas.
Quienes no viven en ellas las envidian. Idiotas... Construidas con piedras volcánicas mal encajadas, parecen unas chozas grandes levantadas por un pueblo de enanos. Son duras con ellos. Incómodas. Oscuras y ásperas. Dentro, o te achicharras o te congelas. Encierran y oprimen. Sus moradores han acabado por parecerse a ellas.
El vino de la isla es un tinto espeso y dulce producido por una vid que sólo crece allí, la murula. Sus uvas se parecen a los ojos de la urraca: pequeñas, negras, brillantes y desprovistas de pruina. Los racimos, que se vendimian hacia mediados de septiembre, se colocan sobre los muros bajos que rodean las viñas y los campos de alcaparras, protegidos de los pájaros por unas redes finas, y se dejan secar durante dos semanas antes de prensarlos. Luego, el jugo fermenta en la penumbra de las cuevas estrechas y profundas que hay excavadas en las laderas del Brau.
Cuando más tarde se embotella, ha adquirido el color de la sangre de toro. No deja pasar la luz a su través. Es hijo de la oscuridad y del vientre de la tierra. Es el vino de los Dioses. Cuando te humedeces los labios con él, lo que te inunda la boca y te baja por la garganta es el sol y la miel, y también el abismo sin fondo del otro mundo. Al beberlo, los viejos solían decir que era como mamar al mismo tiempo de los pechos de Afrodita y de Hades.
2
Todo empezó un lunes de septiembre por la mañana, en la playa. La llaman «playa» por llamarla algo, pero allí no puedes bañarte, debido a los escollos y las corrientes, ni tumbarte, porque está hecha de piedra volcánica, rasposa y cortante.
Por entonces, la Vieja paseaba por la playa todos los días. La Vieja es la antigua maestra. Todos los habitantes de la isla han ido a su clase. Y ella conoce a todas las familias. Nació allí y allí morirá. Nunca la han visto sonreír. No se sabe cuántos años tiene. Aunque seguramente rondará los ochenta. Cinco años antes tuvo que dejar de dar clase, a su pesar. En esa época salía a pasear todas las mañanas a primera hora, con su perro, un mestizo de ojos melancólicos al que nada le gustaba tanto como correr detrás de las gaviotas.
En la playa siempre estaba sola. Por nada del mundo e hiciera el tiempo que hiciese renunciaba a su paseo por la orilla del mar por aquel desolado lugar que parecía arrancado de un país del norte, como alguno de Escandinavia o Islandia, y arrojado allí como para hacerle daño al alma.
Esa mañana, el perro corría a su alrededor, como de costumbre. Saltaba en el aire hacia los grandes pájaros, que lo provocaban. Era un día de lluvia, todavía fina, menuda y fría, y el mar lanzaba olas traicioneras, bajas pero fuertes, que se deshacían sobre la playa en una espuma sucia.
De pronto, el perro se detuvo, ladró y se lanzó a una loca carrera que lo llevó no muy lejos, a unos cincuenta metros, hasta tres bultos alargados que el agua había escupido en la orilla, pero a los que aún zarandeaba un poco, como si se resistiera a abandonarlos. El perro los olisqueó, se volvió hacia la Vieja y soltó un largo aullido.
En ese mismo momento, dos hombres divisaron también las formas que yacían en la playa. América, un solterón mitad viñador, mitad manitas, que iba por allí de vez en cuando para ver qué había llevado la corriente: bidones caídos por la borda, tablas desprendidas, redes, jarcias, madera a la deriva... Vio los extraños bultos a lo lejos. Bajó de su carro, le acarició el lomo a su burro y le dijo que no se moviera, que se quedara allí, en el camino. También estaba el Emperador, al que llaman así porque, aunque no es muy listo, en la isla hay pocos hombres tan hábiles en la pesca del pez espada como él, que conoce las costumbres del enorme animal, las profundidades en las que habita, sus cambios de humor y sus ciclos, y sabe adivinar sus rutas y sus tretas.
Ese día los barcos no habían salido. Hacía un tiempo demasiado malo. El Emperador trabajaba para el Alcalde, que era el patrón de pesca más importante de la isla. Disponía de tres barcos a motor y de instalaciones frigoríficas en las que almacenar su pescado y el de los otros diez patrones, que eran demasiado pobres para poder permitírselas.
Dos días antes, mientras todos estaban faenando, un temporal se había llevado tres boyas sujetas a unas nasas para langostas que el Emperador había dejado mar adentro por su cuenta, tras coger prestado el barco un día entero con su noche, con el consentimiento del Alcalde.
La mañana de ese lunes se había acercado a la playa para ver si la corriente había arrastrado las nasas hasta allí. El largo aullido del perro lo alertó. El Emperador caminaba a cierta distancia detrás de la Vieja, que no lo había oído. De pronto, la vio avivar el paso, tropezar con las piedras, estar a punto de caerse y recobrar el equilibrio. Comprendió que pasaba algo. Vio a América, que acababa de bajar del carro y avanzaba también hacia el perro.
Los tres, la Vieja, el Emperador y América, llegaron al mismo tiempo junto a los bultos chorreantes que mecían las olas. El perro miró a su dueña, lanzó otro breve gañido y olisqueó lo que el mar acababa de arrojar a la orilla: los cuerpos de tres hombres negros vestidos con camisetas y pantalones vaqueros, descalzos, que parecían dormir con la cara contra la arena.
La Vieja fue la primera en hablar:
—¿A qué esperáis? ¡Sacadlos del agua!
Los dos hombres se miraron y luego hicieron lo que ella decía. No sabían demasiado bien cómo coger los cadáveres y dudaron. Finalmente, los agarraron por las axilas y los arrastraron caminando de espaldas hasta dejarlos tumbados el uno al lado del otro sobre las negras piedras.
—¡No podéis dejarlos así! Dadles la vuelta.
Los dos hombres volvieron a dudar, pero acabaron girando los cuerpos sobre el costado. Y de pronto aparecieron sus rostros.
No habrían cumplido los veinte. Tenían los ojos cerrados. Parecían dormir un sueño duro que les había torcido los labios y cubierto la cara de manchas violáceas, lo que les daba una expresión sombría semejante a un reproche.
La Vieja, América y el Emperador se santiguaron al mismo tiempo. El perro ladró. Tres veces. Luego volvió a oírse la voz de la Vieja:
—¿Llevas alguna lona en el carro, América?
El interpelado asintió y se alejó.
—Tú, Emperador, ve a avisar al Alcalde. No hables con nadie más. Tráelo aquí. Y no te entretengas.
El Emperador no discutió y echó a correr. La muerte siempre le había dado miedo. Se oía el fragor del mar después del temporal que esa noche había barrido la isla y hasta se había colado en las casas, lanzando sus escupitajos salados por debajo de las puertas, entre las piedras mal encajadas y por las chimeneas. De hecho, todo el mundo había dormido mal, dando vueltas en la cama y levantándose para orinar o beber agua.
La Vieja y el perro se quedaron junto a los cuerpos. Eran como un cuadro de museo, un cuadro edificante pero cuya enseñanza no estaba nada clara: el mar infinito, los cuerpos de tres hombres negros y jóvenes y, de pie junto a ellos, una anciana y un perro. Aquello tenía que significar algo, pero era difícil saber qué.
América volvió con una cubierta de plástico azul.
—Tápalos —le dijo la Vieja.
Los cuerpos desaparecieron bajo la mortaja sintética. América colocó unas piedras grandes en las esquinas para que no se la llevara el viento, que aun así intentaba colarse por debajo, lo que producía un ruido seco e intermitente, de carpa de circo.
—¿De dónde cree usted que vienen, señora maestra?
Pese a sus cuarenta años, sus gruesos dedos de hombre y su cara agrietada como una pastilla de jabón vieja, América había recuperado la inseguridad y su voz de niño. Encendió un cigarrillo.
—¿Tú qué crees? —replicó la Vieja con aspereza.
América se encogió de hombros y dio una calada, esperando que formularan por él una verdad que no se atrevía a pronunciar. Pero como la Vieja callaba, señaló el pálido horizonte meridional con un movimiento de la barbilla y, titubeando como un alumno que está poco seguro de su respuesta, murmuró:
—¿De allí abajo?
—¡Claro que de allí abajo! ¡Del cielo no han caído! Nunca has sido muy listo, pero ves la tele como todo el mundo, ¿no?
3
El Emperador no se entretuvo. No había pasado ni media hora cuando volvió a aparecer detrás del alto peñasco que bloquea el acceso a la playa y la oculta a la vista del pueblo y del puerto. Lo seguía el Alcalde, pero junto a él había otra figura, baja y gruesa: el Médico.
Al verlo, la Vieja maldijo entre dientes. El perro recibió a los recién llegados buscando junto a ellos unas caricias que no recibió.
—Bueno, ¿a qué viene tanto misterio? ¡Este idiota no ha querido decirme nada!
El Emperador agachó la cabeza. El Alcalde estaba irritado. Era flaco como una anchoa, con la cara reseca y amarillenta y el pelo gris. Tenía sesenta años. Los mismos que el Médico, al que conocía desde la infancia, pero éste, por la estatura y el tipo, parecía más bien un tonel. Estaba calvo y tenía la cara colorada. Un bigote grueso y teñido de negro le ocultaba el labio superior. Se había quedado sin aliento. Vestía un traje de lino que debía de haber sido elegante en otros tiempos, pero que ahora estaba salpicado de manchas y agujereado en varios sitios. El Alcalde llevaba un mono de pescador.
—Le he dicho al Emperador que sólo te avisara a ti...
—¡El doctor y yo aún estábamos trabajando en el maldito informe de las Termas! ¿Va a decirnos de una vez qué pasa?
—Enséñaselo.
América asintió. Se agachó y retiró tres de las piedras que sujetaban el plástico. El viento penetró en él y le dio forma de vientre de embarazada. Al instante, dos gaviotas se abatieron desde el cielo y, enormes e inquietantes, pasaron rozando las cabezas de los presentes, que encogieron los hombros instintivamente, después volvieron a elevarse y desaparecieron entre las nubes.
Cuando vio los cuerpos, el Médico perdió su sonrisa de conveniencia por un breve instante. El Alcalde juró en el viejo dialecto, que lleva siglos mezclando pala
