Maldad

Leticia Sierra

Fragmento

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1

Hace tres días,

viernes 2 de marzo de 2018

Elsa se lo ha buscado. Ya no sonríe. Se agacha y le abre la boca con brusquedad. Se fija en que, de cerca, sus dientes no son tan blancos. Nota que aún respira. Con dificultad, apenas un hálito. Se permite unos segundos para mirarla antes de quitarle la vida. Solo siente necesidad. Necesidad por verla morir. Nota un ronroneo en el vientre, justo debajo del ombligo, un cosquilleo que sabe que se convertirá en algo más cuando acabe con ella. Le ocurrió con la primera. El cosquilleo se convirtió en una descarga que le recorrió el cuerpo por dentro hasta el pecho, calentándole la sangre y provocando que se le erizara la piel. Ronronea, como un gato, de pura satisfacción. Levanta la piedra con la que la ha dejado inconsciente y la golpea con rabia una, dos, tres veces, aplastándole la cara hasta convertirla en una amalgama de tejido, esquirlas óseas y un líquido gelatinoso que se escapa por las cuencas oculares. Ahora sí está hermosa, sin rostro, sin ese gesto de suficiencia en sus labios. Tan guapa por fuera como por dentro.

Se aparta del cuerpo y busca entre los matorrales un palo. Ha de darse prisa. La zona está poco alejada del supermercado, frente a las vías del tren. Lo suficiente para que no haya moros en la costa, pero no tanto como para no volver caminando a casa sin levantar sospechas.

Encuentra uno largo, con la corteza seca y rugosa. Le servirá. Se acerca al cuerpo sin vida de Elsa y, con rapidez y sin titubeos, le desabrocha el pantalón y se lo baja hasta los tobillos. Hace lo mismo con las bragas. Son de algodón, de color verde caqui, con un Piolín que guiña un ojo sonriente justo en la zona del pubis. Le separa las piernas y emboca el palo en el orificio de la vagina. Lo empuja despacio y nota resistencia. La madera se niega a entrar. Coge aire y apoya todo su cuerpo en la rama para hacer fuerza. Jadea por el esfuerzo. El palo entra con dificultad, rompiendo la carne. Tira de él hacia afuera —está manchado de sangre y de algo más viscoso, algo parecido a la gelatina, probablemente parte de su aniñado y tierno sexo— y con un impulso fuerte vuelve a desgarrar las entrañas de Elsa. Esta vez el palo desaparece dentro del cuerpo. Nota la piel de gallina. El sonido de la carne al rasgarse le produce placer. Se mira las manos. Tiene un corte en la palma producido por la corteza de la rama al empujarla dentro.

Mira alrededor. No hay nadie. Oye a lo lejos el tren que se acerca. Saca un paquete de pañuelos de papel y se limpia con ímpetu la cara y las manos. Se guarda los pañuelos sucios en el bolsillo del chaquetón. Es oscuro, y las salpicaduras de sangre no se notan. Después, busca en la mochila de Elsa su teléfono móvil. Lo manipula con rapidez, lo tira al suelo y lo pisa, haciendo que el cristal estalle. Piensa un segundo y decide que el móvil ha de desaparecer, por si acaso. Lo coge, lo limpia y lo lanza por encima de la valla que separa el descampado de las vías del tren. Hace lo mismo con la piedra.

Da media vuelta y camina hacia casa pensando en la mierda de fin de semana que tiene por delante.

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2

Presente,

lunes 5 de marzo de 2018

—Hace tres días apareció el cuerpo sin vida de Elsa Canteli, de trece años, en La Florida. —Santiago Pascual, inspector jefe de la UDEV (Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta), estaba de pie delante de la pizarra blanca que, en ese momento, mostraba las imágenes del cuerpo de una niña en un terraplén, con la hierba muy alta rodeando su cuerpo. La imagen era impactante, pues le habían aplastado el rostro hasta convertirlo en una masa sanguinolenta en la que no se podía distinguir, ni con mucha imaginación, dónde habían estado los ojos, la nariz o la boca. Pascual cambió sus ciento veinte kilos de un pie al otro y continuó con la exposición del caso—. Como podéis ver, le desfiguraron el rostro y le introdujeron un palo por la cavidad vaginal que penetró hasta los intestinos, perforándolos y causando graves desgarros en el útero y la vagina. En la carpeta tenéis una copia del informe forense.

—¡Por Dios, menuda carnicería! —exclamó el inspector Agustín Castro, que acababa de incorporarse al trabajo después de tres días de descanso.

—La empalaron, literalmente —atizó Pascual acercándose al portátil conectado al proyector. Dio paso a otra instantánea, esta vez un primer plano del cuerpo semidesnudo de la chica.

El subinspector Jorge Gutiérrez carraspeó incómodo ante la pálida desnudez de la niña, y el comisario Valentín Rioseco hizo una señal con la mano para indicar a Pascual que continuara con la exposición de los hechos.

El inspector jefe pasó a otra imagen en la que se veía un teléfono enmarcado por una carpa identificadora y una tira métrica.

—Cerca del lugar se encontró un móvil que, creemos, era de la víctima. Los chicos de Delitos Tecnológicos ya están con él. —Siguiente imagen. —En la misma zona, también apareció una piedra de unos quince centímetros con restos orgánicos y sangre.

—¿Quién encontró el cuerpo? —quiso saber Castro.

—Un grupo de chavales que había quedado en la zona para hacer botellón —respondió Pascual tomando asiento—. Se les tomaron las huellas y muestras de ADN para cotejarlas.

—Tú y Gutiérrez os encargaréis de las diligencias de este caso —ordenó Rioseco—. Necesito rapidez, eficiencia y mucha discreción —puntualizó mirando a Castro—. Y cuando digo discreción me refiero a que no quiero ni una sola filtración a la prensa. Se trata de una menor, y los medios de comunicación están como buitres desde el viernes.

El inspector Castro carraspeó, sintiéndose aludido por su relación con la periodista de El Diario, Olivia Marassa, pero se abstuvo de decir nada.

—Si ya éramos pocos, parió la abuela —ironizó Gutiérrez frotándose la cara nervioso.

—Exacto. Si ya estábamos de mierda hasta el cuello con los pocos resultados del caso Colomina, ahora tenemos encima de la mesa a una menor con la cara aplastada y violada con un palo —gruñó el comisario, pasándose la mano por el pelo con gesto preocupado.

Rosa Colomina era una universitaria que había aparecido muerta de un golpe en la cabeza hacía tres meses, pero, por desgracia, no había habido muchos avances en la investigación. Ni avances, ni sospechosos, ni detenciones. Eso, unido a la presión mediática, había puesto a Rioseco en la delicada posición de justificar los escasos resultados sin echar al equipo de inspectores que dirigían la investigación a los leones. Un malabarismo de precario equilibrio.

—Castro, tienes una copia de todo lo que tenemos hasta ahora en la carpeta: informe forense, reportaje fotográfico de la Científica, listado de las evidencias halladas in situ y en los alrededores, una lista pormenorizada del entorno de la víctima y las declaraciones de los chavales que encontraron el cuerpo —intervino Pascual—. Gutiérrez te pondrá al día de las gestiones hechas durante el fin de semana.

—Quiero estar al tanto de todos los detalles. —Rioseco se levantó y apoyó los brazos en la mesa, adelantando su cuerpo rechoncho con la intención de dar más énfasis a la orden—. Así que, desde este momento y hasta que resolvamos este crimen, haremos un briefing diario a última hora de la tarde. ¿Alguna cosa más?

—No, señor. Creo que lo tenemos claro —contestó Santiago Pascual apagando el portátil y el proyector.

—Pues a trabajar —indicó Rioseco saliendo de la sala de reu­niones.

Cuando el comisario hubo salido, el inspector jefe de la UDEV tomó asiento junto a Castro.

—Buandín le está tocando los cojones —explicó Pascual, tratando de justificar el mal humor del comisario. Alfonso Buandín era el jefe de la Unidad de Coordinación Operativa Territorial (UCOT), frente al que tenían que responder en reunión de control, cada día, los inspectores de las brigadas que conformaban la UDEV, además de Rioseco en calidad de comisario de la Jefatura Superior de Asturias. Tenía fama de sieso, de arrogante y de no avenirse a razones cuando creía estar en posesión de la verdad, que era casi siempre, por aquello de ser el jefe.

—¿Cuándo no los toca? —dijo Gutiérrez con sarcasmo.

—Está siendo un caso muy mediático —continuó Pascual—. El asesinato de Elsa Canteli ha abierto los informativos de todas las cadenas nacionales en los últimos tres días.

—Lo de siempre: quieren detenciones de forma urgente, pero no nos ponen medios con la misma urgencia —sentenció Castro, que empezaba a necesitar otro café bien cargado. Y solo eran las nueve de la mañana.

—Sí... y ya sabes cómo es Buandín: no quiere quedar mal. Este caso tiene prioridad. Y las órdenes vienen de Madrid —aclaró el inspector jefe incorporando su enorme cuerpo de la silla.

Era un armario con piernas, un cuerpo cuadrado y musculoso de casi dos metros de altura, pero todo lo que tenía de grande lo tenía también de razonable y coherente. Era un buen jefe, y exigía que la confianza que depositaba en sus agentes fuera recíproca, motivo por el cual todo el mundo hablaba bien de él en la Jefatura Superior de Asturias.

—Id a tomar un café y, después, poneos manos a la obra. Tenemos una semana muy complicada por delante.

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3

Jorge Gutiérrez miraba abstraído cómo el café caía dentro del vaso de plástico. Estaba inusualmente callado, y los pliegues debajo de sus ojos delataban poco descanso durante los últimos días.

—¿Qué ocurre, Jorge?

—Es este caso —reconoció él—. Piensas que ya lo has visto todo, que ya no hay nada que te pueda sorprender. ¡Qué clase de animal le hace eso a una niña, por el amor de Dios!

El inspector Castro se apoyó contra la pared con el café en la mano. Miró a su compañero y lo entendió porque, a lo largo de su carrera, él se había sentido así en otras ocasiones. Gutiérrez se entretuvo removiendo el café ensimismado.

—Nuestro trabajo consiste en lidiar con lo peor de las personas —dijo Castro—. Seríamos un trozo de madera o un peligro como policías si no nos afectara. Cada día nos asomamos al infierno, Jorge. Una cosa es que regresemos de él y otra muy distinta que lo hagamos sin hacernos daño. Pero no puedes dejar que esa herida, que ese dolor, te afecte más que la necesidad de enmendar el error cometido por otros.

—Haces que parezca fácil —contestó Gutiérrez apoyándose con desánimo en la pared.

—No lo es —corroboró Castro soplando sobre el vaso—. Pero no puedes dejar que te domine la rabia, la ira o la aflicción, que es todo lo que sientes ahora mismo, porque abandonarte a esos sentimientos te convertiría en un mal policía. Y tú no eres un mal policía, ¿no?

Gutiérrez dejó asomar una sonrisa.

—A veces me pregunto cómo lo haces.

—Dejándome la piel en cada caso. —Castro suspiró. Entendía la pesadumbre y la desolación de Gutiérrez. Había leído en una ocasión que someter a una persona al horror durante mucho tiempo podía provocar que normalizara la situación hasta el punto que dejara de afectarle. Él nunca se acostumbraría al lado oscuro del comportamiento humano, a las barbaridades que el hombre podía llegar a hacer por los motivos más nimios e incomprensibles. Tampoco se dejaba vencer por el desánimo y el pesar. Encontrar un equilibrio era difícil pero necesario para evitar la locura o para que dejaran de importarle los informes forenses que llegaban a su mesa—. Con esa piel, se va lo que sobra, lo que puede distraerme de lo importante. Y lo importante en todos los casos... —miró a su compañero a los ojos—, en este caso, es pillar al que le hizo eso a esta niña.

—Pues vamos a ello, compañero —sentenció Gutiérrez dejando traslucir un poco del humor que le caracterizaba.

Se encaminaron hacia la sala donde, poco antes, habían tenido lugar el briefing con Pascual y el comisario Rioseco.

—¿Qué tal por Madrid? —preguntó de repente el subinspector.

—Bien. El fin de semana ha sido interesante y muy agradable —respondió Castro sin entrar en detalles de su escapada a la capital con Olivia Marassa. Le costaba compartir su vida privada, ni siquiera lo hacía con Jorge, que, con el tiempo, se había convertido en un buen amigo—. Disfrutamos mucho —concluyó de forma escueta.

—¿Vais en serio?

Castro tardó unos segundos en responder. Había conocido a Olivia Marassa hacía nueve meses, cuando investigaban el crimen de un vecino de Pola de Siero. Ella hacía lo mismo para el periódico en el que trabajaba. Dos meses después habían empezado a verse y a intimar. Ella era lo mejor que le había pasado en mucho tiempo y, aunque le había costado aceptar que no podía poner puertas al campo cuando se trataba de sentimientos, dejarse llevar por el ímpetu y la espontaneidad de la periodista era la mejor decisión que había tomado.

—Muy en serio —respondió al fin con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Quién te lo iba a decir, con el cariño que les tienes a los periolistillos! —exclamó Gutiérrez con una sonora carcajada.

—Menos guasa, Jorge, menos guasa —avisó—. Venga, al lío.

Entraron en la sala de reuniones y se sentaron. Abrieron las carpetas que les había dejado Pascual.

—Cuéntame la cronología de los hechos —pidió Castro dejando aparte los pensamientos sobre Olivia y centrándose en el caso.

—El viernes, a las diez de la noche, se recibió una llamada informando del hallazgo de un cuerpo en La Florida, que atendió una patrulla de Seguridad Ciudadana. Fueron ellos quienes activaron el protocolo. Al lugar acudieron la comitiva judicial, la Policía Científica, la Judicial y la UFAM.

—Exactamente, ¿dónde se encontró el cuerpo?

—Debajo de una pasarela que cruza las vías del tren, colindante con la calle Alfonso el Católico. Al otro lado hay un apeadero.

—¿Es una zona apartada? —Castro cogió su teléfono móvil y entró en Google Maps para tratar de orientarse.

—Relativamente. Es un paraje bastante abandonado con hierba muy alta y matorrales, pero rodeado de edificios. Hay un supermercado a quinientos metros.

—¿Testigos?

—De momento, ninguno.

—Sigue, por favor.

—Como hemos dicho antes, la víctima se llamaba Elsa Canteli, de trece años, alumna del instituto público Manuel Machado. Hija única.

—¿El instituto queda cerca del lugar donde se encontró el cuerpo?

—A la misma distancia que el supermercado. De hecho, el patio del centro escolar colinda con el centro comercial.

Castro se entretuvo mirando las fotografías del escenario donde había aparecido el cuerpo.

—El forense ha fijado la hora de la muerte entre las dos y las tres de la tarde, horas antes de aparecer el cuerpo —continuó Gutiérrez—. Las heridas infligidas en el rostro fueron perimortem. La violación, post mortem. Y no han hallado restos de ADN en el cuerpo.

—¿No había restos biológicos?

—No. Ni semen, ni saliva. Nada. La violaron solo con el palo. Y, como te he dicho, el empalamiento se produjo una vez muerta.

—¿Y nadie oyó ni vio nada? —preguntó con escepticismo el inspector.

—No hemos encontrado testigos. La víctima tenía un traumatismo en la cabeza. Probablemente la dejaron inconsciente antes de torturarla.

—¿Señales de lucha?

—No. Ninguna.

—Así que cabe suponer que conocía a su asesino o que la pilló desprevenida —aventuró.— ¿La víctima vivía cerca del lugar donde la atacaron?

—No. No estaba ni en su ruta de vuelta a casa.

—¿Y qué hacía allí?

Gutiérrez se encogió de hombros y meneó la cabeza en señal de que no tenía la menor idea.

Castro sacó de la carpeta la declaración de los padres y se entretuvo unos minutos en su lectura. Era bastante escueta debido a, imaginó, la conmoción. Habría que volver a hablar con ellos.

—Los padres están citados hoy en jefatura —señaló Gutiérrez anticipándose al comentario de Castro—. El viernes apenas podían hablar. La madre sufrió un ataque da ansiedad y hubo que llevarla al hospital.

—Perfecto. Hay que saber qué hacía la niña en ese paraje y por qué no denunciaron su desaparición.

Gutiérrez asintió con la cabeza y le pasó al inspector dos hojas. Una de ellas era un listado pormenorizado de las evidencias encontradas tanto en el cuerpo como en las inmediaciones. En la otra, Gutiérrez había anotado los nombres de las personas del entorno más cercano de la niña.

Castro leyó el listado y resopló.

—Tenemos mucho trabajo por delante, Jorge. Lo primero que tenemos que hacer es ir al instituto.

—Me he tomado la libertad de concertar una cita para esta mañana con la directora. Ya estaba enterada de lo ocurrido, imagino que por los medios de comunicación —Gutiérrez resopló—. El hallazgo del cuerpo ha sido el tema estrella durante todo el fin de semana.

—Este caso nos va a obligar a interrogar a menores. Hay que llevarlo con mucho tacto. ¿Están avisados los de UFAM de Menores?

— Sí. Han designado el caso a los inspectores Teresa Villa y Raúl Argüelles. Estarán presentes en la toma de declaraciones.

—De acuerdo. Veo que Montoro ya ha vuelto de vacaciones —indicó Castro al ver el nombre del inspector de la Policía Científica en las diligencias.

—Sí. Miranda sigue con el caso Colomina. Al menos este ya no copa titulares y eso les está dando un respiro, pero creo que los de arriba siguen presionando por la falta de resultados —apuntó Gutiérrez de forma distraída.

Gabriel Miranda y Alejandro Montoro eran los inspectores de la Policía Científica de la Jefatura Superior de Asturias. Eran tan diferentes como el agua y el aceite: el primero, alto y enjuto, introvertido pero de mecha corta y carácter agrio. El segundo, bajo y rollizo, de temperamento tranquilo y talante afable. Ambos formaban un buen tándem y se complementaban de manera tan milimétrica como dos piezas de un mismo puzle.

—En la escena no se hallaron signos de arrastre —leyó Castro elevando la voz— y, por la cantidad de sangre encontrada y las livideces del cuerpo, el forense cree que la mataron en el mismo lugar en el que apareció y que no movieron el cuerpo.

Castro enumeró en voz alta las evidencias encontradas: un móvil roto y una piedra con restos orgánicos y de sangre hallados en las vías del tren; junto al cuerpo, la mochila de la menor, en cuyo interior había un par de libros, una carpeta de anillas, unas llaves, una cartera con su DNI y cincuenta euros, una tablet nueva y unos iPod; y un palo, de unos cincuenta centímetros de largo por tres de diámetro, insertado en su totalidad en la vagina de la niña. En él no había huellas, pero sí epiteliales y mucha sangre y tejido de la víctima. Se detuvo en una fotografía en la que se veía la rama una vez extraída del cadáver, enmarcada con los testigos métricos.

—También se encontraron colillas, envoltorios, varias latas de cerveza vacías, botellas de plástico y media docena de preservativos —añadió Gutiérrez—. Aunque, por el estado de las latas y de los preservativos, probablemente no guarden relación con el crimen. Aun así, Montoro se lo ha llevado todo para procesar.

Castro volvió a leer el informe forense. Agradeció que fuera Flores el médico encargado de la autopsia. Lo conocía. Había trabajado con él en unos cuantos casos y le caía bien. Mucho mejor que el nuevo, Igor Manzano, con el que había tenido que tratar en una sola ocasión. Manzano no le gustaba. Le resultaba pretencioso y vacuo, carente de la sensibilidad que un médico ha de tener ante la muerte.

—Lo primero que haremos será ir al instituto —propuso—. Necesitamos un listado de los amigos y compañeros de Elsa Canteli. Hay mucho ensañamiento en su muerte, Jorge. ¿Cuándo dices que has citado a los padres?

—A última hora de la mañana.

—Pues pongámonos en marcha. Tenemos mucho que hacer.

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4

Olivia Marassa abrió los ojos al notar el peso de Pancho sobre su estómago. Parpadeó y miró a su gato, que la observaba con gesto de suficiencia.

—¿Sigues enfadado porque te dejé solo el fin de semana? ¿No te gustó tener a Mario por aquí?

Como respuesta, el animal saltó de la cama y salió de la habitación con la cabeza alta y un porte felino más arisco que nunca.

Olivia resopló y consultó la hora. Aún podía remolonear unos minutos. Hundió la cabeza en la almohada y aspiró fuerte. Todavía conservaba el olor de Castro. Sonrió y rememoró los paseos, cogidos de la mano, por Chueca y La Latina, la ruta de vinos por las Cavas, el estar rodeados de una gran muchedumbre en Sol y, a pesar de ello, sentirse los únicos moradores de aquella ciudad que parecía no dormir nunca. Había sido un fin de semana de ensueño en el que Castro parecía haber roto su coraza ante ella. Suspiró satisfecha. Había leído que la felicidad despeina, y ella se sentía totalmente despeinada.

Se levantó pensando en la reunión que tenía en una hora con Matías Adaro, el director de El Diario, el periódico del que era reportera. Adaro la había telefoneado en repetidas ocasiones durante el fin de semana y ella había hecho oídos sordos a los requerimientos de quien le pagaba el sueldo. Aquel hombre, con su carácter despótico y sus juegos de hiena vieja, tenía la capacidad de sacar la peor versión de la periodista siempre que cruzaban dos palabras —que eran más veces de las deseadas—. Eso y la facilidad con la que ella daba rienda suelta a su lengua —rica en sinónimos, a cuál más ingenioso e hiriente— no ayudaban a que su relación con el director del periódico fuera buena. De manera que Olivia silenció el teléfono e ignoró a Adaro durante el viaje. Incluso desactivó las notificaciones y evitó leer las noticias durante esos dos días. No estaba dispuesta a que nada ni nadie estropeara su fin de semana con Castro. Solo se dignó a devolver la llamada el domingo, ya de regreso a casa, y la conversación no pudo ser más breve. El hombre, contrariado por el caso omiso que le había hecho Olivia, solo dijo, con tono más desabrido del habitual: «Te quiero mañana a las nueve en mi despacho».

Olivia no tenía ganas de enfrentarse a él.

Se levantó, se vistió y tomó un café rápido. En el momento que salía por la puerta, le sonó el móvil. Era Mario, y una sonrisa iluminó su rostro. Mario Sarriá, fotógrafo de El Diario, excelente profesional y mejor persona, era su compañero de fatigas en el periódico y más que un amigo, casi un hermano, desde que empezaran a trabajar juntos hacía quince años.

—Hola, pichón. —El fotógrafo sonaba contento—. ¿Qué tal el fin de semana con el inspector?

—¡Fantástico! Para no haber vuelto —contestó Olivia mientras bajaba las escaleras de dos en dos.

—No me harías eso, ¿no? —bromeó el fotógrafo.

—Nunca te haría eso, coleguita.

—¿A qué hora ves a Adaro?

—En media hora.

—Amarra esa lengua —aconsejó él—. Te necesito trabajando conmigo desde hoy mismo.

—Mi lengua tiene vida propia, Mario. Y aborrezco que traten de llevarme por donde no quiero ir.

—Te recuerdo que la última vez que la usaste te mandaron a dique seco. Y eso te gusta menos, ¿verdad?

No era la primera vez que Olivia era enviada a dique seco o, lo que es lo mismo, de vacaciones impuestas, como alternativa al despido. La docilidad no era uno de sus atributos.

—Me exaspera el cinismo y la falta de moralidad de ese tipejo —protestó.

—Al menos inténtalo. ¿Me lo prometes?

—Lo haré —rezongó ella, entrando en su Golf—. Pero no esperes garantías, ¿eh?

—Con eso me basta. Llámame cuando salgas de la reunión y te cuento lo que tengo entre manos.

—¿Das por hecho que voy a incorporarme hoy? —preguntó ella entre risas—. Tengo al jefe muy cabreado.

—¿Acaso lo dudas? Ya se te ocurrirá cómo suavizarlo —bromeó él cortando la llamada.

No, no lo dudaba. Y aunque reconocía que le había venido bien estar unos días alejada del periódico, tenía ganas de volver al ruedo.

Arrancó el coche y en ese momento volvió a sonar el móvil. Era su madre, doña Elena. Olivia puso los ojos en blanco. Había olvidado llamarla durante el fin de semana y se imaginó la cantidad de reproches que tendría que oír antes de encaminarse a Gijón, donde estaba la redacción de El Diario.

Cogió aire y lo soltó lentamente dos veces antes de contestar.

—Olivia, soy mamá —saludó doña Elena. A Olivia casi se le escapó la risa y se preguntó por qué su madre sentía le necesidad de identificarse.

—Lo sé, madre. Te tengo en mi agenda, ¿recuerdas?

—¿Te apetece que comamos juntas? —soltó de sopetón.

—¿Hoy? —preguntó Olivia sorprendida. Su madre y ella habían establecido una rutina inamovible de comer juntas los sábados. Era una tradición establecida de forma unilateral por su madre desde que falleciera su marido, hacía ya quince años—. Hoy es lunes. ¿Lo dejamos para el sábado, como siempre? —sugirió la periodista haciendo hincapié en el «como siempre».

—El sábado no puedo. Tengo planes —respondió su madre con lo que a Olivia le pareció cierta vacilación.

—Está bien. Estaré en casa a eso de las dos —aceptó Olivia con curiosidad.

—No, no, hija. En casa, no. Te invito a comer en un restaurante monísimo que he descubierto en la calle Jovellanos. Se llama La Marimorena.

Olivia no contestó. Ahora sí que estaba intrigada.

—Madre, ¿estás bien? —preguntó con cautela.

—Sí, muy bien —contestó escueta.

—Espero que esto no sea una encerrona tuya en confabulación con tus amigas de parchís —advirtió Olivia.

No sería la primera vez que las tres amigas de su madre —Moraima, Flora y Marichu—, en connivencia con doña Elena, la acorralaban para tratar de concertarle una cita con algún sobrino, nieto o amigo de un amigo de un primo de alguna de ellas.

—No, no. Nada de eso. Me apetece comer con mi hija fuera de casa. ¿Es eso tan raro?

Sí, era raro, pensó Olivia, muy pero que muy raro. Su madre era animal de costumbres, y rara vez, por no decir ninguna, creía necesario el dispendio de una comida que no saliera de sus fogones. En lugar de expresarlo en voz alta, accedió con el convencimiento de que en aquella invitación había gato encerrado.

Olivia puso rumbo a Gijón con su madre en la cabeza. «¿Qué estará tramando?», se dijo. Apartó la idea en cuanto cogió la autovía y empezó a pensar en la reunión con Adaro. No tenía ni idea de qué quería decirle el director del periódico, pero estaba convencida de que iba a ser un encuentro de todo menos tranquilo.

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5

Miró a su mujer. En sus ojos había miedo. Miedo animal, cuando el animal está acorralado. Solo le dedicó una mirada. No quería venirse abajo. Ahora no.

Se aseguró de que la puerta estuviera bien atrancada y el candado cerrado. Luego se giró y se encaminó hacia la habitación que usaba como despacho. Su mujer lo siguió como un gatito asustado, implorando con la mirada, suplicando una solución, rogando una palabra, aunque fuera un desplante.

Entró en el despacho sin dedicarle ni un gesto y cerró la puerta dejándola en el umbral, sola, aterrorizada y más vulnerable que nunca.

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6

—Lo he visto en la tele. Confirmado: era Elsa —informó Matilda a sus amigos.

—La muy cabrona se lo merecía. —Daniel apretó los libros contra el pecho, le temblaba la voz. Tenía el pelo largo y lo llevaba recogido en una coleta hecha sin ningún cuidado.

—No digas eso —afeó Nuria girándose hacia el chico—. Nadie se merece estar muerto.

—Ella sí —defendió Patricia, la más aniñada del grupo. Era pequeña en estatura y llevaba unas gafas de pasta que destacaban en su cara menuda.

—¿Dónde está Lili? —preguntó Matilda con gesto preocupado. Era pelirroja, y su cabello rizado emitió destellos naranjas a pesar de que aquella mañana no brillaba el sol. Arrugó la nariz plagada de pecas—. Ya debería haber llegado.

—Por allí viene —respondió Daniel señalando con el dedo a una figura que se acercaba a ellos corriendo.

Todos se giraron para ver llegar a una adolescente más alta que los demás, desgarbada y con acné en el rostro.

—¡Aún no me lo creo! —exclamó la recién llegada con la voz entrecortada por la carrera. En el grupo de WhatsApp que había creado no habían hablado de otra cosa durante todo el fin de semana, planteando hipótesis a cuál más descabellada—. Me hubiera gustado estar allí para grabarlo —dijo con rabia en la voz.

—¡Vamos, chicos! No seamos crueles —protestó Nuria mirando el reloj de pulsera—. Se nos hace tarde.

—No estoy nerviosa —confesó de repente Matilda—. Por primera vez en mucho tiempo, no tengo nervios por ir al instituto.

—Yo tampoco —reconoció Lili.

—No cantéis victoria —advirtió Daniel con nerviosismo, colocándose un mechón de pelo detrás de la oreja—. Aún tenemos que lidiar con su séquito. ¿U os creéis que sus perros van a dejar de morder?

—No creo que Martín, Sonia y Rodrigo se atrevan a molestar a nadie en una temporada. Tienen que estar acojonados. —Fue Patricia la que habló con determinación.

Todos la miraron sorprendidos.

—¿Por qué iban a estar acojonados? —preguntó el chico.

—Porque a lo mejor los siguientes en aparecer en un descampado son ellos —dijo la chica con un brillo en los ojos.

Los odiaba. Los odiaba con todas sus fuerzas. Eran como una manada de lobos. Actuaban como ellos, acechando y rodeando a sus víctimas hasta tenerlas a su merced.

—No digas bobadas, Patri —atajó Lili—. Y vamos, que llegamos tarde.

Caminaron en silencio hasta el instituto. Cuando vislumbraron el acceso al centro, se pararon en seco.

—¡Mierda! —susurró Daniel—. Nos están esperando.

Los cinco amigos se miraron con gesto preocupado.

En la entrada observaron a un grupo de tres adolescentes que, al verlos, les cortaron el paso.

—Dejadnos pasar —pidió Daniel con la cabeza baja.

—Y si no, ¿qué vas a hacer, marica? —provocó Martín, el más alto de los tres. Era rubio y guapo. Un chico de anuncio. El novio que toda madre querría para su hija, si no fuera por la crueldad de la que hacía gala.

Daniel se encogió, acobardado. Apretó fuerte los libros contra el pecho. Martín le dio un manotazo haciendo que se le cayeran al suelo, entre las risas de los dos adolescentes que lo acompañaban.

—Eso me parecía —dijo Martín con bravuconería—. Llorar como una nenaza. Es lo único que sabes hacer.

—¡Dejadnos en paz! —gritó Lili agachándose para ayudar a Daniel a recoger los libros.

—¡Espagueti, qué mieditis nos das! —bromeó Sonia, la única chica del grupo. Tenía pinta de animadora: pelo pulcramente alisado y ropa de marca. Una muñequita, pero con mirada perversa.

—Pues deberías tenernos miedo. ¡Mirad lo que le ha pasado a vuestra amiga! —amenazó Nuria encarándose con ellos.

—¿Nos estás amenazando, so foca? —Fue Rodrigo quien habló, el tercero del grupo y el más violento de los tres. Se acercó con lentitud. Le sacaba media cabeza y se arrimó a ella hasta que notó el pelo de la chica bajo su barbilla, con intención de amedrentarla. Sonrió enseñando unos dientes blanquísimos que contrastaban con su tez morena—. ¿Se te ha movido la grasa al cerebro? ¿Es eso? —escupió.

Nuria tragó saliva. Temblaba de rabia.

—Que nos dejéis pasar —siseó Nuria notando cómo le subía la sangre al rostro. Le ardían las orejas y notaba un calor abrasador en los pómulos.

Rodrigo se apartó e hizo una señal a los demás, que lo imi­taron.

Los cinco amigos entraron en el instituto apresuradamente.

—¡Pringaos! —gritó Martín. Los cinco se giraron—. Nos vemos en el recreo.

Caminaron deprisa hacia el aula mientras en sus oídos retumbaban las risas y las mofas de los tres agresores.

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7

El ambiente en el despacho de la directora del IES Manuel Machado era tenso. Era la primera vez que el instituto se veía en una situación tan dramática. Una alumna asesinada. La directora, Victoria Pañeda, no tenía claro cómo lidiar con aquella circunstancia para que el centro se viera lo más mínimamente afectado. Sentada tras su mesa, se retorcía las manos con nerviosismo mientras pensaba en la repercusión mediática que estaba teniendo el caso. Miró a las dos personas que tenía enfrente, expectantes a las decisiones que ella tomara.

—Lo primero y más importante es mantener la calma —dijo—. Es primordial que el centro muestre normalidad. Por el bien de los alumnos y de la propia institución.

—¡Han asesinado a una de nuestras alumnas, Victoria! —protestó Teo Aparicio, jefe de estudios del instituto, gesticulando con las manos—. Mantener la normalidad será imposible. Y lo sabes.

—No estoy diciendo que vaya a ser fácil —reconoció con un suspiro—, pero no podemos permitirnos ningún fallo. La buena reputación del instituto está en juego.

—¿Y qué sugieres que hagamos? —preguntó con sorna Marisa Linera, la orientadora del centro—. ¿Que escondamos la cabeza como los avestruces, tal y como hemos hecho hasta ahora?

—Tu sarcasmo no ayuda, Marisa —reprendió Pañeda.

—Os dije que algún día ocurriría una desgracia. ¡Y ha ocurrido! —exclamó la orientadora—. ¿Y ahora queréis aparentar normalidad? —se jactó con una risa amarga.

—Lo que ha pasado no tiene nada que ver con el instituto. A la niña la mataron fuera de estas instalaciones —replicó la directora señalando las paredes de su despacho.

—¿Estás segura? —insistió Marisa Linera cruzando las piernas.

—Es lo que ha dicho la televisión. Su cuerpo apareció cerca del apeadero.

—¿Qué tiene que ver eso ahora? —protestó Teo sin entender a dónde quería llegar su compañera.

—Esa chica se lo estaba buscando —sentenció la orientadora.

—Basta, Marisa —atajó la directora con severidad—. Sabes de sobra que no ha habido denuncias.

—Y tú también sabes que las víctimas están tan asustadas que no denunciarán nunca —argumentó Marisa irguiendo el cuerpo e inclinándose hacia adelante. Golpeó con el dedo índice sobre la superficie gastada de la mesa para dar más énfasis a sus palabras—. Pero eso no nos exime de la responsabilidad que tenemos. Nosotros sabíamos... sabemos lo que ocurre. ¿Nos hemos olvidado ya de Jimena Feito?

—Jimena Feito no tiene nada que ver con lo que le ha ocurrido a Elsa Canteli —sentenció la directora con impaciencia.

El jefe de estudios miraba a una y a otra alternativamente, sin decidirse a meter baza.

—Esto es justo lo que tenemos que evitar —continuó Victoria Pañeda tratando de tranquilizarse y de calmar el ambiente—. No nos beneficia en nada sacar asuntos del pasado.

Marisa Linera cruzó los brazos e hizo amago de rebatir a la directora, pero esta, con un gesto de la mano, la enmudeció. No estaba dispuesta a continuar discutiendo, y así lo debió de entender la orientadora, que resopló en señal de desacuerdo.

—Teo, ¿has dado orden de que lleven a los alumnos al salón de actos? —quiso saber Victoria Pañeda.

—Tal y como me pediste —respondió solícito.

—Les explicaremos de forma sucinta lo que ha pasado y transmitiremos tranquilidad tanto a los alumnos como al profesorado. Marisa, tendrás que estar abierta a atender a cuantos alumnos requieran apoyo psicológico.

La orientadora asintió con la cabeza.

—¿Y qué hacemos con la Asociación de Madres y Padres de Alumnos? —preguntó Teo.

—De momento, nada —respondió Victoria con contundencia—. Si requieren información, les trasladaremos la mínima. De forma escueta. No quiero a los padres mareando más de lo necesario.

La directora hizo un mohín de disgusto con la boca. Solo pensar en la AMPA ya le daba dolor de cabeza. Miró su reloj de pulsera y se levant

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