Quien mate al dragón (Inspector Evert Bäckström 2)

Leif GW Persson

Fragmento

1

Una corbata manchada de salsa, la tapadera de una olla de hierro y un martillo normal de tapicero con el mango partido. Esos fueron los hallazgos más llamativos que los técnicos de la policía de Solna hicieron durante la inspección del lugar de los hechos. Y no había que ser técnico criminalista para comprender que esos fueron los objetos utilizados para quitarle la vida a la víctima. Bastaba con tener ojos para ver y un estómago lo bastante resistente para aguantar el espectáculo.

En lo que al martillo de tapicero con el mango roto se refería, se demostraría bastante pronto —con mayor probabilidad aún, de ser posible— que se habían equivocado y que, en cualquier caso, el asesino no lo usó para cargarse a la víctima.

Mientras los técnicos se dedicaban a lo suyo, los investigadores habían superado las obviedades que les competían. Hicieron la consabida ronda entre los vecinos y aledaños, los interrogaron acerca de la víctima y sobre posibles circunstancias que guardaran relación con los hechos. Uno de ellos, una empleada civil, porque normalmente eran los empleados civiles quienes se encargaban de esa tarea, se había sentado al ordenador a averiguar todo lo que fuera posible por esa vía.

Además, descubrieron bastante pronto la triste historia de la víctima de asesinato más habitual de los ciento cincuenta años que hacía que llevaban análisis estadísticos sobre ese asunto. Probablemente serían muchos años más, ya que los diarios de sentencias que se habían conservado desde la Edad Media ofrecían exactamente la misma imagen que el Estado de derecho de la sociedad industrial. La clásica víctima de asesinato en Suecia desde hacía mil años, seguramente. En términos actuales: «Un hombre solo de mediana edad, marginado social, con problemas de alcoholismo».

—Un borracho normal y corriente, ni más ni menos —describió Evert Bäckström, el jefe de la investigación preliminar de la policía de Solna, al fallecido cuando, después de la reunión inicial con la unidad de investigación, informó del caso a su superior.

2

Aunque el relato de los vecinos y la información de los archivos bastaban y sobraban, los dos técnicos habían aportado argumentos forenses adicionales que apuntaban en la misma dirección.

—El caso típico del borracho asesinado, si quieres saber mi opinión, Bäckström —sintetizó Peter Niemi, el mayor de los dos, cuando, en la misma reunión inicial, informó del punto de vista que él y su colega tenían sobre el asunto.

Tanto la corbata como la tapadera de la olla y el martillo de tapicero pertenecían a la víctima, y estaban en el apartamento antes de que comenzase aquel incordio. Lo de la corbata era tan sencillo como que la víctima la llevaba puesta. Debajo del cuello de la camisa, como manda la costumbre, pero precisamente en este caso, apretada unos cinco centímetros más de la cuenta y, por si las moscas, atada a la altura de la laringe con un nudo mujeril normal y corriente.

En el mismo apartamento, dos personas —una de las cuales, según las huellas dactilares, era la víctima— parecían haber dedicado las horas previas al asesinato a comer y a beber. Las botellas de alcohol y las latas de cerveza vacías, los vasos en los que habían bebido cerveza y vodka; los restos de comida en los platos de la mesa del salón, junto con los mismos restos hallados en la cocina, indicaban que la última comida de la víctima había consistido en el clásico sueco: tocino de cerdo con judías pintas. Estas últimas, por cierto, precocinadas y —a juzgar por el paquete de plástico que había en el cubo de la basura— compradas el mismo día en el supermercado ICA del barrio. Luego, antes de servirlas, las calentaron en la olla cuya tapadera había estampado el asesino repetidas veces en la cabeza de su anfitrión algo más tarde aquel mismo día.

El forense también había llegado a conclusiones similares, y así lo comunicó al técnico que asistió a la autopsia, ya que él estaría ocupado con asuntos más importantes cuando la unidad de investigación de la Policía se reuniera. El dictamen escrito y definitivo aún tardaría algunas semanas, pero para el preliminar, que transmitió oralmente, había bastado con los cortes de bisturí habituales para un ojo bien entrenado.

—Un curda, como soléis llamar en la Policía a estos desgraciados —explicó el forense que, entre gente como aquella, era un hombre culto del que se esperaba una expresión cuidada.

Todo esto en conjunto —la información proporcionada por los vecinos, las penosas anotaciones de los archivos— ofrecía una explicación exhaustiva de lo que la Policía necesitaba saber en esencia. Dos curdas que se conocen bien desde hace tiempo, que quedan para comer algo y beber mucho, y que luego empiezan a discutir acerca de cualquiera de los absurdos humanos que constituían su particular historia común. Y uno termina el encuentro cargándose al otro.

Así de sencillo era, simplemente. Tenían muchas esperanzas de encontrar al asesino en el círculo de personas allegadas y afines a la víctima, y de hecho, ya habían empezado a indagar entre ellas. Por lo general acababan resolviendo nueve de cada diez asesinatos de este tipo, y el fiscal solía tener la documentación encima de la mesa en un mes, como máximo.

En otras palabras, un caso totalmente rutinario, y a ninguno de los policías de Solna que participaron en la reunión inicial se le pasó por la cabeza llamar a ningún experto, por ejemplo, a alguien del grupo de análisis de conducta de la Policía Nacional Central; o quizá incluso al catedrático de criminología de la Dirección Nacional de la Policía que, por lo demás, vivía a tan solo unas manzanas de la víctima.

Tampoco ninguno de los expertos había llamado por iniciativa propia, lo cual estaba bastante bien, en cualquier caso, dado que seguramente habrían expedido los informes que acreditaban que todo había ocurrido tal y como ya sabían ellos. De modo que así al menos se ahorraban quedarse con el culo al aire y con las consideraciones científicas por los suelos.

Al final se demostraría que todo lo hasta ahora descrito —las conclusiones de la investigación criminológica, la experiencia policial y el sexto sentido que todo policía de verdad termina por adquirir—, todo era erróneo por completo.

—Cuéntame lo esencial, Bäckström —dijo al día siguiente el superior de Bäckström la jefa del distrito policial de Västerort, Anna Holt, cuando Bäckström le refirió el asesinato.

—Un borracho de tantos —afirmó Bäckström, y asintió despacio.

—Bueno, te doy

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