1
Habíamos pasado el fin de semana más romántico de nuestra corta historia juntos. Dos días completos en su casa de la playa. Dos despertares sin prisa. Dos desayunos con sus amplias sobremesas, dos largos paseos, incluso un baño helador en el mar. Nada de oscuridades y rincones. Nada de contraseñas o de sexo prohibido en el interior de un coche. Todo a la luz del día, como si por una vez fuéramos una pareja de verdad y sin nada que ocultar.
Patricia, su mujer, llamó solo una vez en todo ese tiempo. Fue un momento tenso en medio de tanta felicidad. Era sábado por la tarde y bebíamos unas copas de vino frente a la chimenea. Kerman cogió la llamada y se metió en su despacho sin cerrar la puerta, así que le oí mentir. Hablarle de la aburrida monotonía de su fin de semana ermitaño en la playa, «ya sabes, todo igual». Le dijo que estaba trabajando en la reforma del granero, terminando uno de los baños de la planta baja. ¿Qué tal ella por Madrid?, preguntó. Yo estaba desnuda sobre la alfombra, con la copa en la mano, casi aguantando la respiración. Después, cuando Kerman regresó a mi lado, no supe si preguntarle por ella o si callarme. El cargo de conciencia, si tenía alguno, era suyo, y no quería abrumarlo. Pero él se sentó a mi lado, cogió su copa de vino y pasó por encima de la llamada como quien pasa la página de una noticia sin interés.
Hubo otros detalles que me llamaron la atención esa noche y al día siguiente. Detalles que en ese instante me parecieron triviales, pero que acabarían cobrando una relevancia inusitada. ¿Pequeñas mentiras, podría decirse? Aunque yo estaba sumida en tal borrachera emocional que no les di importancia. Iba fluyendo por las horas y los minutos como una flor caída en un arroyo.
Y de pronto, la flor se estampó contra una pared de piedra.
Llegó el dolor.
Un accidente.
¿Cómo pudo ocurrir? Por muchas vueltas que le dé, no le encuentro sentido. Cuando Kerman dio aquel volantazo en la curva, lo primero que pensé es que lo hacía a propósito, como un arrebato. Había ido besándole desde la gasolinera, mordisqueándole la oreja, acariciándole. Se nos acababa el tiempo y queríamos aprovecharlo al máximo. ¿Cuándo íbamos a volver a vernos tanto y tan bien?
Entonces el coche comenzó a girar en el sentido opuesto a la curva. Demasiado rápido, demasiado... y recuerdo que pensé: «Le ha dado un pronto y nos vamos a algún rincón oscuro». Pero no, nada de eso. Antes de que me diera cuenta estábamos cayendo entre árboles por una ladera empinada. Él empezó a gritar. Yo solo alcancé a abrir la boca y a agarrarme impulsivamente al sujetamanos, convencida de que íbamos a matarnos. Esos valles son como una garganta sin fondo. De un momento a otro nos estamparíamos contra un árbol y, a esa velocidad, sería el fin.
Sin embargo, el coche saltó como un caballo sobre piedras y matojos. Nos golpeamos con cosas en los laterales y arrollamos una zona de arbustos y zarzas que nos frenó un poco. Salió volando un espejo retrovisor y la luna frontal se cascó contra una rama. A partir de ahí, dejamos de ver, y unos segundos después chocamos contra algo. El coche ya no iba tan rápido, pero el golpe fue lo bastante fuerte como para que saltaran los airbags y los dos nos estampamos de cara contra ellos.
Por fin nos habíamos detenido y reinaba el silencio. En esos primeros segundos de un accidente creo que todo el mundo hace lo mismo. ¿Estoy viva? Sí. ¿Estoy entera? También. Como policía, se supone que estoy entrenada para reaccionar y ponerme en movimiento cuando los demás se quedan en shock, pero el meneo me había dejado congelada y tardé un poco en recobrarme. El airbag se había deshinchado sobre mi regazo y el de Kerman también. Él se movía y murmuraba algo..., una maldición. Vale, eso era una buena señal.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Creo que me he roto algo. Diría que el tobillo.
Hizo un movimiento y percibí que le rechinaban los dientes. Yo sentía un dolor recorriéndome el nervio ciático. Era el apretón que había dado con las piernas contra el suelo, una respuesta inconsciente a la caída, como esos pilotos que se rompen los brazos tratando de elevar un avión que cae sin remedio. Por lo demás, todo estaba en su sitio. Me desabroché el cinturón.
—¿Tienes una linterna?
—Sí —dijo—, en la guantera.
La saqué y la encendí apuntando a Kerman: tenía un gesto de dolor, aunque no había sangre. Su ventanilla se había partido y entraba el aire frío de la noche otoñal, pero no podía verse nada más; el airbag lateral se había desplegado como una cortina por encima de la ventana.
—Pásamela, por favor. —Kerman señaló la linterna—. Quiero mirar aquí abajo.
Se la tendí e iluminó debajo del volante, hacia sus pies. Con la mirada escrutadora y científica de un médico forense exploró su propia herida.
—Vale. No hay sangre al menos. —Movió un poco el pie y noté que respiraba más fuerte por el dolor—. Fractura en el tobillo izquierdo. De manual. ¿Tú?
—Nada, nada. Solo me duele un poco la pierna.
—¿El cuello? ¿Algún dolor? ¿Mareos?
—Nada.
—Bueno, las consecuencias de los latigazos tardan en hacerse presentes... —Retiró un poco el airbag lateral que cubría la ventana y vimos el roble contra el que nos habíamos dado—. Hemos tenido suerte.
El frío y la humedad del bosque ya se habían adueñado del interior del coche. Kerman intentó recostarse un poco, entre profundas inspiraciones. Le dolía.
—Pero ¿qué ha pasado? —le pregunté—. ¿Había algo en la carretera? ¿Por qué has dado el volantazo?
—El coche ha empezado a patinar. Es como si hubiéramos pisado aceite... No podía controlarlo.
—Bueno, que llevases la otra mano en mi entrepierna igual ha ayudado un poco.
Logramos reírnos, pese al dolor y lo caótico de la situación.
Probé a abrir la puerta. A veces se quedan bloqueadas por el golpe, pero abría.
—Voy a salir un segundo. Préstame eso —dije por la linterna.
La usé antes que nada para darle unos golpes al parabrisas y terminar de romperlo. Lo primero era comprobar que el coche no estaba suspendido en el aire ni nada por el estilo.
Apunté con la linterna a través del hueco del parabrisas. El haz de luz rebotó en una fina capa de neblina blanca. Detrás se veía una porción de bosque, árboles, gruesos troncos de un robledal. Todo indicaba que habíamos aterrizado en alguna parte llana, quizá muy cerca del fondo del valle.
Salí con cuidado. Estábamos entre helechos y matojos húmedos y apenas veía el suelo, pero había uno debajo de todo eso y pronto noté que mis deportivas absorbían aquella humedad que llevaba siglos esperando echarse sobre algo seco.
Se escuchaba el murmullo de un riachuelo, no muy lejos, quizá a unos veinte metros por debajo de nosotros, pero la oscuridad era insondable, incluso con la linterna.
Rodeé el vehículo hasta poder observar el destrozo. Toda la esquina delantera izquierda se había deformado contra un roble centenario que ni siquiera se había movido un milímetro. El motor debía de estar para el desguace, aunque no se veía humo ni nada parecido. Solo el olor a aceite. Lo normal en un accidente de este tipo.
Kerman asomó la cabeza.
—¿Cómo lo ves? ¿Crees que podríamos sacarlo de aquí?
—¿El coche? Imposible. Esto solo lo sacamos con grúa.
Me giré y apunté la luz hacia la ladera. Calculé que habíamos caído unos treinta metros entre los árboles, y con la fortuna de haber ido frenando contra pequeños arbustos... De habernos despeñado desde más arriba, a unos sesenta o setenta kilómetros por hora, pensé, quizá estaríamos hablando de una situación muy diferente. Vamos, que no estaríamos hablando.
En lo alto, al borde de la calzada, todo estaba a oscuras. Ni rastro de luces. Era una carretera de costa poco frecuentada en otoño, y menos aún un frío domingo por la noche. No parecía muy difícil trepar hasta allí arriba... aunque si Kerman tenía el tobillo roto, íbamos a necesitar una camilla y varias personas para subirlo.
—¿Tienes un teléfono a mano? —pregunté.
—Sí, pero, Nerea... —Noté que dudaba—. Antes de llamar, tenemos que pensarlo.
Recuerdo ver su cara, pálida, sudorosa. Los labios apretados como si le costara dar el paso. Comprendí lo que le pasaba por la mente, aunque era incapaz de verbalizarlo.
De pronto, fue como si todo el frío y la soledad del mundo me envolviera, y recuerdo que pensé: «Claro, qué tonta. Yo no puedo estar aquí. No pueden encontrarnos juntos».
Kerman había pasado el fin de semana en su casa de la playa solo, mientras su mujer estaba en Madrid de viaje de negocios; su hijo había aprovechado para acompañarla en la escapada. Esa era la historia oficial y esa era la historia que debía seguir contándose, ¿no?
Mi amiga Ane, la única persona a la que me había atrevido a confesar mi relación prohibida, me había avisado de que esto terminaría pasando. «Serán unas Navidades, o un cumpleaños, o una situación especial en la que le necesites más que nunca y él anteponga a su familia. Si estás dispuesta a eso, adelante. Pero hay que tener mucho estómago para ser la otra».
Allí, en el fondo de ese húmedo robledal, esas palabras me vinieron a la mente como una ráfaga de lluvia helada.
—Yo... Lo siento mucho, Nerea...
Pero yo había aceptado ese juego con todas las consecuencias. Apreté los dientes.
—¿A qué distancia estamos del polígono Idoeta? ¿Puedes mirarlo en Google Maps? —Allí era donde yo había dejado aparcado mi Peugeot. Nuestro punto de encuentro secreto: el parking exterior de un polígono industrial.
—Joder, Nerea, lo siento mucho... Si fuera otro lugar, pero aquí en Illumbe...
—Lo sé —lo interrumpí—, lo sé.
Teniendo en cuenta la zona en la que nos encontrábamos, si llamábamos al 112 iban a mandarnos una patrulla de atestados de la comisaría de Gernika. Y yo trabajaba en la comisaría de Gernika. Sabía hasta quién estaba de turno esa noche. Y podía imaginarme las caras de mis compañeros al descubrirme allí abajo, junto con Kerman Sanginés, un forense bastante conocido en comisaría que, además, ¿no estaba casado? Sí, claro, con Patricia Galdós, la campeona de vela, una habitual de las crónicas sociales. Podía imaginarme la sonrisilla de complicidad, el cachondeo del lunes por la mañana. Quizá lográsemos contenerlo dentro de los límites de la comisaría, pero el atestado, los papeles del seguro... ¿Cuánto tardaría en llegar a oídos de Patricia? Además, pensándolo egoístamente, ¿me apetecía volver a pasar por algo así? No era la primera vez...
—Son ocho kilómetros por la carretera, pero puedes acortar si subes a aquella vieja fábrica, ¿recuerdas? Donde ocurrió lo del escritor.
—¿La fábrica Kössler?
—Sí. Es un camino de montaña, un poco oscuro, pero según recuerdo no era difícil. Después había un sendero entre robles y llegabas al polígono.
—De acuerdo —terminé diciendo—, necesitaré la linterna. ¿Puedes esperar aquí sin ella?
—Claro, llévatela. ¿Crees que podrás con tu mochila? —Señaló hacia el asiento de atrás—. Si no, intento dártela otro día.
La mochila con mi ropa del fin de semana. Claro. Otra huella que había que borrar.
Entonces recordé algo:
—¡Mis bragas y mi sujetador se han quedado secándose en tu casa!
—Joder, es verdad —dijo él medio riéndose—. ¡Va!, tranquila. En estas fechas soy el único que se acerca por allí. Iker como mucho, pero no creo que se fije.
El sábado por la mañana habíamos salido a dar un paseo por la playa y nos habíamos bañado, yo con ese improvisado bikini. A la vuelta lo dejé secándose en un radiador, en el salón, medio oculto por unas cortinas, de ahí viene el despiste.
—Hazme el favor de ir esta misma semana —le dije.
Y no quise añadir que mis braguitas no pasaban exactamente desapercibidas. Era lencería de la que te pones para disfrutar un fin de semana con tu ligue. Esperaba que Kerman llegase solito a esa conclusión.
Abrí la puerta de atrás. Cogí mi mochila y me la puse en los hombros.
—Escucha, Nerea... Siento que terminemos así este fin de semana.
—No importa —le interrumpí de nuevo—. Es lo mejor, Kerman. Lo entiendo.
Pero una cosa es la cabeza y otra el corazón, y yo no podía evitar culparle un poco. Era Kerman (y no yo) el que había dicho todas esas cosas. Que «le sentaba bien estar enamorado», que «veía un futuro juntos».
Yo me había puesto roja como un tomate. «¿Estás enamorado?».
Fue el sábado. Después de nadar en el mar helado y subir corriendo por las escaleras de piedra hasta la casa, habíamos llenado la bañera de agua caliente y nos habíamos metido bajo la espuma.
«Nunca habría comenzado esta historia si no lo estuviera. Aunque parezca irónico decirlo, yo soy hombre de una sola mujer».
Quizá me tocaba a mí decir que yo también estaba empezando a enamorarme, pero no dije ni pío. Prudente que es una. A lo que hay que sumar cierto grado de pesimismo vital que siempre me acompaña. No acababa de creerme que un tío como Kerman pensase en dejar a su mujer por mí. Aun así, fue él quien —en ese momento— dijo que «tenía un plan».
«¿Un plan? ¿Qué es?».
«Da mala suerte hablar de ello».
¿Hablar con Patricia? ¿Contarle la verdad sobre nosotros? ¿Ese era su plan? Pero... ahí estaba yo, linterna en mano, empapada, a punto de trepar la falda de una montaña antes de que llegasen mis compañeros de atestados.
—Asegúrate de que tienes cobertura —le dije—. No me gustaría dejarte aquí toda la noche con el tobillo roto.
—Lo he comprobado. —Me enseñó el móvil—. Escucha, cuando llegues a casa, estate atenta a cualquier síntoma como mareos, vértigos... El latigazo de cuello empieza a manifestarse más tarde. Mañana te pondré un mensaje para contarte cómo terminó la cosa.
— Okey.
—Oye... Dame otro beso antes de irte.
Esta vez Kerman me rodeó la cara con las manos y me besó tan bien que por unos instantes me olvidé de aquel frío bosque, de aquella amarga despedida, del dolor de mi cuerpo y de mi alma.
—Ha sido un fin de semana maravilloso. Gracias.
Comencé a caminar por entre aquellos helechos, a alejarme del coche.
Recuerdo que ya había empezado a subir la ladera cuando oí a Kerman hablar por teléfono. No logré escuchar lo que decía, pero hubo algo en su tono de voz, en su forma de hablar, que me indujo a pensar que hablaba con alguien conocido. ¿Un amigo? ¿Su compañera Ana Suárez? ¿Patricia?
Bueno, en el fondo, es lo que haría cualquiera que tuviese un accidente: dar parte al 112 y llamar a alguien de su familia para explicarle lo sucedido. Me olvidé del amargor y me concentré en mi camino hasta la carretera, cosa que no resultó fácil ni agradable por aquel terreno oscuro y resbaladizo, con la pierna y parte de la espalda doloridas. Me sentía un poco mareada. ¿Había subestimado las secuelas del accidente? ¿Y si me desvanecía en medio del bosque, lejos de cualquier mirada?
Tardé algo más de cinco minutos en remontar la ladera por la que habíamos caído en tan solo unos veinte segundos. Cuando llegué a la carretera, mis deportivas ya eran como dos balsas de agua y barro.
No se veía un alma y saqué el teléfono para ver el mapa. En efecto, solo tenía que caminar dos kilómetros por la carretera hasta la senda de montaña que subía a la vieja fábrica Kössler. «Ironías del destino», pensé. Allí era donde Kerman y yo nos habíamos reencontrado. En el atestado forense por el asesinato del famoso escritor Félix Arkarazo. No era un entorno romántico que se diga, pero fue el sitio donde volví a verle después de veinte años. «¿Kerman Sanginés? ¿Eres tú?». Él estaba tomándole las huellas al cadáver, que alguien había matado de una pedrada en la cabeza. «¿Nerea Arruti?», dijo girándose. «Madre mía, ¿cuánto tiempo ha pasado? ¿Un siglo?».
Aquel fue mi primer caso en la Policía Judicial. Una oportunidad brindada por el destino y la falta de personal acuciante que sufría el cuerpo, y que provocó que se abrieran algunas plazas «sin oposición». Así que pasé de hacer atestados de tráfico a trabajar como investigadora, algo con lo que soñaba desde que entré en la academia.
En la casi media hora que llevaba caminando no había visto más que una moto. Nada de ambulancias ni coches patrulla, aunque es cierto que podían haber llegado ya desde el otro lado. Quizá mis compañeros ya estaban sacando a Kerman del coche y hablando de la mala suerte que había tenido de patinar en una mancha de aceite... En cualquier caso, era muy probable que la comitiva me adelantase en cualquier momento. Saqué el chubasquero de la mochila, me lo puse encima de la blusa y me cubrí la cabeza con la capucha. Mi media melena rubia era algo que muchos de mis compañeros reconocerían incluso en lo más oscuro de la noche. ¿Qué les diría si me pillaban andando por allí a esas horas? ¿Que me había dado por salir a hacer una marcha nocturna por el arcén de la carretera? ¿En vaqueros, deportivas y con mi mejor blusa?
Llegué hasta el comienzo de la senda y salí de la carretera sintiendo el alivio de que todo se estuviera solucionando sin mayores complicaciones. Mi cabeza seguía un poco fuera de sí, pero no parecía ir a más. O sea, que no me iba a desmayar en medio de la nada y convertirme en un festín para los bichos del bosque. Solo rezaba por no cruzarme con un jabalí.
Saqué otra vez la linterna. Tenía por delante un precioso, terrorífico y oscuro camino montaña arriba, pero mantuve el miedo a raya saboreando los recuerdos de ese fin de semana. ¡Había sido todo tan perfecto! La noche del viernes, según llegamos, había una tormenta terrible sobre la costa, así que nos quedamos en casa, cocinando juntos. Kerman había comprado de todo: cangrejo, vino... Tenía un gusto sofisticado y caro, y esa era otra de las cosas que me gustaban de él. Sus aficiones con cierto pedigrí, como el modelismo naval, el buceo, la vela; su extensa discoteca de jazz y soul...
No era la primera vez que estaba en esa casa. Muchas noches, en nuestros encontronazos, terminábamos allí durante unas horas, pero siempre a oscuras, a hurtadillas, así que yo apenas conocía el caserón. Era la herencia de sus padres y sabía que a Patricia nunca le había gustado demasiado. La casa era muy húmeda y tuvimos que dejar las ventanas abiertas toda la noche para que se fuera la condensación. Pero al menos era reconfortante saber que ese lugar siempre había estado desconectado de su matrimonio. Que no estábamos profanando un lugar lleno de recuerdos familiares. Que esa vieja casa, que nos obligó a refugiarnos bajo gruesas mantas como bienvenida, era nuestra y solo nuestra.
Al día siguiente, el clima mejoró un poco. La pequeña playa de Arkotxa, donde estaba enclavada la casa de Kerman, era una caleta de cantos rodados y muy poca arena que en verano atraía a los nudistas, pero que el resto del año solía estar desierta. Bajamos a darnos un paseo. ¡Un paseo! Era la primera vez que salíamos a andar libremente, cogidos de la mano. El mar estaba como una balsa y a Kerman se le ocurrió la loca idea de bañarnos. Nos quitamos la ropa y nos metimos en aquella agua helada que nos hacía reírnos del puro frío. Y justo entonces, una mujer apareció paseando con su perro y nos pilló in fraganti. Salimos corriendo, nos secamos como pudimos y subimos directos a la casa a darnos aquel baño caliente, y fue cuando me habló de su plan. Su plan...
La fábrica Kössler había sido objeto de una reforma tras el homicidio de Félix Arkarazo. Sus propietarios (un fondo de inversión que estaba a la espera de cierta recalificación urbanística) habían tapiado las altas ventanas y colocado un grueso barrote de metal en la puerta. Además, habían plantado una doble verja alrededor de todo el perímetro con carteles que anunciaban que se trataba de una PROPIEDAD PRIVADA.
Pasé de largo, en dirección al robledal que separaba aquel lugar del polígono Idoeta. La hierba había crecido desaforadamente por allí y me costó dar con el comienzo del sendero, pero al final lo localicé. En cinco minutos estaba en el aparcamiento. Mi Peugeot seguía donde lo dejé, semiescondido al fondo, como parte de esa película de espías en la que vivíamos desde hacía dos meses. Desde aquella reunión de antiguos alumnos del colegio Urremendi. La reunión anual a la que jamás habría asistido si Kerman no llega a convencerme para que fuese («Le conté a Patricia que te había visto y me dijo que llevaba muchísimo tiempo queriendo saber de ti»). En efecto, allí estaba todo el mundo. Más arrugados, gordos y con menos pelo. Me encontré con toda aquella camarilla de gente a la que llevaba años sin ver (hay una razón para todo) y no fue tan malo como me lo imaginaba. Además, Kerman estuvo atento todo el rato. Amable, simpático. Salimos del colegio y nos fuimos de copas. Y cuando nos cerraron todo, a Bilbao, una disco, un karaoke, y nos fuimos quedando solos. Aguantando hasta el final de la noche. Ya de madrugada me dijo que me llevaría a casa en coche. Estábamos los dos tocados y yo podía presentir el peligro de aquella situación. «Es el marido de Patricia», me decía una vocecita. «¡De Patricia, precisamente!».
El Peugeot estaba helado después de dos días a la intemperie. Me quité las zapatillas y los calcetines empapados, que desplegué sobre el suelo del copiloto. Después encendí el motor y puse la calefacción a tope, apuntándola a mis pies.
Me quedé allí un rato recomponiéndome. El polígono estaba desierto a esas horas. Solo algunos camiones aparcados, la lluvia chispeando bajo la luz anaranjada de las farolas.
Pensé en escribirle un mensaje a Kerman para decirle que estaba sana y salva dentro del coche, pero entonces imaginé que alguien más podría leer la inoportuna notificación con mi nombre.
Además ¿dónde debía de estar ya? ¿En el hospital? ¿A bordo de la ambulancia? También pensé en dar la vuelta y pasar como si tal cosa a echar un vistazo. Al instante me dije que eso sería una torpeza. ¿Y si me topaba con una patrulla y me reconocían? ¿Qué hacía yo por allí a esas horas? ¿Me compensaba correr ese riesgo?
No. Lo mejor era desaparecer. Como dicen en las películas, «nunca estuve aquí, usted nunca habló conmigo». Quité el freno de mano. Metí primera. Volví a casa.
2
Esa noche, en el poco tiempo que estuve dormida, soñé con algo que había ocurrido el domingo. Me había despertado sola en la cama, muerta de frío. Aún no había amanecido y estaba oscuro. El móvil, a mi lado, marcaba las siete de la mañana. ¿Dónde se había metido Kerman? Desnuda, sin él, la cama estaba helada, así que me quedé quieta esperando a verle salir del baño u oírle preparando el desayuno, aunque quizá era pronto para eso.
Pero la casa —no tan grande— se hallaba sumida en un silencio inquietante.
Allí no había nadie. ¿Me había dejado sola?
—¿Kerman? —le llamé.
En este punto, el recuerdo se fundía con el sueño. Él aparecía con un chubasquero empapado, el cabello pegado a la cabeza.
—¿Qué haces? ¿Dónde has ido?
Kerman estaba ahora a los pies de la cama.
—Han venido a por mí, Nerea.
Me despertó la melodía de campanas tibetanas de mi iPhone... y que Buda me perdone lo que dije sobre el Tíbet en cuanto abrí los ojos.
Había logrado dormirme solo tres horas antes, después de una larga noche de insomnio. El dolor de la pierna no se había ido con el primer antiinflamatorio ni con los dos paracetamoles, así que al final me tragué dos nolotiles que allanaron un poco los dolores nerviosos. Pero mi cabeza no dejaba de dar vueltas y para eso no tenía pastillas. Así que había pasado casi toda la noche en blanco.
Permanecí unos segundos en la cama, escuchando el tamborileo de la lluvia en el suelo de mi terraza, pensando en ese sueño tan extraño y siniestro. La imagen de un Kerman aterrorizado me arrancó un escalofrío.
Cogí el teléfono y abrí el Telegram. Kerman había prometido enviarme un mensaje para contarme cómo había terminado todo, pero allí no había nada. Solo un chat en blanco convenientemente borrado después de nuestra última conversación. Eso era parte de nuestro «protocolo», al igual que nuestras frases cortas de tono profesional («Salgo ahora del trabajo» o «Tengo un rato ahora, ¿qué tal?»), lo bastante neutras como para no significar nada en caso de que alguien las leyera por accidente.
El sabor amargo de la desilusión me recorrió las tripas. Me hubiera bastado un «Todo ok. Espero que por tu parte también». Un mensaje sobrio al que yo habría respondido «Sí, todo ok». Solo que a Kerman se le había olvidado escribirme. Después me consolé pensando que quizá no habría encontrado el momento de hacerlo, con su mujer monopolizando su espacio, aunque eso empeoró mi mal humor mañanero. Patricia regresaba esa misma tarde de Madrid y me la imaginé pasando la noche junto a él, en el hospital, en casa. Kerman relatándole la historia del accidente mientras recortaba esa figura que no debía aparecer en el relato. Esa figura que había salido caminando, sola, en plena noche, autodescartándose del cuento, mientras Patricia le llenaba de mimos. Y volví a sentir un incendio en las tripas: ¿cómo podía ser tan ridícula? Tener celos de ella. Pero los sentimientos, por ridículos que resulten, son lo que son.
En fin. Que yo estaba destrozada y no había dormido más que tres horas en total y, en ese estado, más que una servidora pública era un peligro andante. Me planteé llamar a comisaría y pedirme el día libre; de hecho, marqué el número y todo, pero después me lo pensé un poco y colgué. Soy una de esas currelas idiotas a las que les cuesta pedir el día libre, y además, ¿qué excusa iba a poner?, ¿que estaba enferma? Si dices eso en el 2021 pospandémico, te mandan a hacerte una prueba de antígenos y no quería ir al médico y tener que contar una trola. Por otro lado, pensé que durante el briefing de la mañana me enteraría de cómo había terminado la historieta de Kerman. Así que me levanté y me fui a la ducha, dispuesta a zambullirme en, por lo menos, diez minutos de agua hirviendo.
Me preparé un café y puse la radio. Justo se estaban terminando las noticias.
«... la víctima mortal del incendio, que debió de prolongarse durante horas, ya que la dotación de los bomberos llegó a tiempo de apagar solo los últimos rescoldos. Pasamos ahora a los deportes...».
Desayuné con los deportes de fondo (sin hacer mucho caso, la verdad), mirando por el ventanal de mi cocina. Los viejos tejados de la villa, las montañas que se alzan detrás. San Pedro de Atxarre, San Miguel de Aralar, surgiendo entre las brumas de primeros de noviembre.
Vivo en la última planta de un edificio antiguo, en la calle Berrojalbiz, una escalera de seis familias que llevan siendo las mismas desde 1940, cuando se reconstruyó de las cenizas del famoso bombardeo que arrasó todo el pueblo. En mi caso, el piso era de mis abuelos, después lo heredó mi tío Ignacio, un policía soltero y sin hijos, con quien me fui a vivir a los catorce años. Toda la escalera conocía la razón de mi mudanza, pero nadie, jamás, en veinticinco años, lo mencionó ni una sola vez. Así somos.
Llovía a cántaros sobre Gernika cuando salí de casa. Llovía de esa forma constante y densa que empapa aunque lleves el paraguas más ancho. Las bajantes vomitaban litros de agua, las aceras estaban encharcadas y los coches levantaban pequeños tsunamis de agua sucia al pasar. Pensé en la suerte que había tenido anoche de que no cayera semejante aguacero en mi regreso por los bosques.
Cuando llegué a la comisaría, el agua ya estaba casi a punto de traspasar la piel de mis botines. Pasé mi tarjeta magnética y abrí la verja exterior. Lo primero que me llamó la atención fue el camión de bomberos aparcado frente a la entrada. Al instante recordé ese fragmento de noticia que había llegado a escuchar en la radio.
«... víctima mortal del incendio, que debió de prolongarse durante horas...».
Crucé la puerta, recorrí el pasillo hasta la oficina de la unidad de investigación, donde trabajo. No había nadie sentado en las cuatro mesas de mi equipo; pero eso era normal, a esas horas la gente se está preparando un café antes de ir al briefing, el momento en que los de noche nos comentan lo que ha pasado en su turno y se habla un poco del plan para el día.
Dejé el bolso sobre la mesa y vi a Orizaola y Blanco charlando al otro lado del pasillo. «No jodas», le oí decir a Aitor, y hubo algo en el tono de su expresión que logró ponerme nerviosa. Era un «no jodas» genuino. Un «no jodas» de alguien a quien le acaban de decir algo tan sorprendente como desagradable. Me dije que sería un tema del sindicato, las horas del convenio, algo por el estilo... pero el estómago me dio un respingo. Blanco, todavía con el uniforme, había tenido turno de noche. Y el camión de bomberos en la puerta... ¿Había pasado algo grave?
Me quité el chubasquero, lo dejé secando en el respaldo de la silla y el paraguas en el suelo, y eché a andar hacia el pasillo. Orizaola me vio y yo le vi la cara. Una mala cara. Y la de Blanco tampoco era mucho mejor. Pero entonces alguien me llamó.
—Arruti.
Íñigo Cuartango, nuestro superior, se asomaba desde la puerta de su despacho, al fondo del pasillo. Hizo una seña para que me acercara. Miré una última vez a Orizaola. ¿Qué estaba pasando? Tenía la sensación de que enseguida iba a descubrirlo.
Entré en el despacho.
—Cierra la puerta y siéntate, Nerea.
Noté que la mano me temblaba un poco mientras cerraba.
—¿Qué pasa? —pregunté al tiempo que me sentaba.
—Conoces a Kerman Sanginés, ¿verdad? Has trabajado con él en un par de casos.
Mis tripas apretaron más el nudo. Sentí frío. Asentí, incapaz de pronunciar palabra. Notaba la sangre bajándome por el cuerpo en dirección a las piernas, el instinto reptiliano de salir corriendo. ¿Qué había pasado?
—¿A su mujer, Patricia, también la conoces? Ella me dijo que fuisteis juntas al colegio.
—Sí... Fuimos compañeras del Urremendi. —Tuve que aclararme la garganta con un carraspeo—. Pero ¿qué pasa, Íñigo?
Íñigo Cuartango era un hombre delgado, fibroso, con el pelo absolutamente encanecido, pese a que aún no había cumplido los cincuenta. Bajó la mirada un segundo, el tiempo justo para que yo me montase dieciocho mil teorías. La principal era: «Me han pillado y me van a despedir». Aunque no tuviera ni pies ni cabeza, eso era todo lo que se me ocurría.
—Esta noche ha habido un aviso al 112 —empezó diciendo.
Y yo para mis adentros dije: «Lo sé».
—Un panadero de Amondarain que se dirigía a su obrador vio un resplandor entre los robles, en la R-5678. Era un accidente: un coche se ha salido de la carretera, ha chocado contra un árbol y se ha puesto a arder.
—¿Qué?
«Coche», «árbol», «arder». De las tres palabras, la última se me había atascado.
Cuartango prosiguió:
—Los bomberos han llegado a tiempo de enfriar el metal. Al parecer, el vehículo ha estado ardiendo durante horas. Tampoco parece que haya habido ninguna explosión. Hay un caserío muy cerca y dicen que no oyeron nada. Y por esa carretera no pasa un alma.
Yo seguía con mi atasco de palabras. «Metal», «vehículo», «explosión»... ¿Qué?
—¿Arruti? ¿Me estás escuchando?
—Sí, pero... ¿qué tiene que ver todo esto con Kerman?
—El coche, la matrícula, pertenece a Kerman Sanginés, el forense. Hemos encontrado un cadáver en el asiento del piloto, carbonizado. Todo apunta a que se quedó atrapado, o murió en el acto, no lo sabemos... El cuerpo corresponde a un varón de su altura y peso, aunque aún tenemos que comprobarlo. Hemos intentado llamar a Kerman, por si fuera un robo, pero no contesta...
Traicionada por una oleada de emoción, empecé a ahogarme.
—Escucha. No hemos dado aviso a la familia todavía... Me gustaría que fueses con Ori al domicilio, no queremos darles la noticia por teléfono. Se trata de ir con toda la delicadeza del mundo y ver si podemos estar equivocados. Y si no, necesitamos algo, un cepillo de dientes, para el muestreo de ADN.
De todas las emociones que me sacudieron en ese momento, la primordial, la que logró dominar al resto, fue la incredulidad. Por encima del grito, del llanto y de sentir que no podría levantarme de esa silla porque mis piernas habían dejado de obedecerme.
Era incapaz de creer lo que me estaban contando. Y por eso dije aquello:
—¿Estáis absolutamente seguros?
Cuartango, que ya daba por terminada la conversación, alzó la vista y frunció el ceño.
—¿Seguros de qué, Arruti?
—El coche... Bueno..., el cadáver. Un incendio es... —No sabía ni qué decir.
—Blanco va a dar todos los detalles en el briefing —me interrumpió—. Si tienes alguna pregunta házsela a él, por favor.
Cuartango movió el ratón de su ordenador, como disponiéndose a seguir trabajando, pero yo era incapaz de moverme de la silla. Estaba a punto de romper a llorar allí mismo, de hecho notaba las lágrimas ya en mis ojos.
Pero me enfrié. No sé lo que me ocurrió. Me acababan de dar esa noticia terrible y logré contener mis emociones. No solo eso.
Lo negué.
El accidente le había pasado a otra persona. Eso es lo que pensé. Porque no tenía sentido. Cuando yo dejé a Kerman la noche pasada estaba consciente, despierto. Y el coche estaba parado, frío, no había humo, y aunque hubiera ardido, Kerman no se encontraba atrapado. De haber visto fuego, habría huido.
Así que era imposible. Se trataba de otro coche. No podía ser Kerman.
Al cabo de unos segundos, Cuartango me miró como diciendo ¿todavía aquí?
—Lo sé... —ablandó un poco el tono—. Nos pasamos el día viendo estas cosas, pero cuando le toca a alguien conocido nos afecta igual que a cualquier otro, ¿eh?
Yo asentí con la cabeza, me estaba conteniendo como podía.
—¿Crees que puedes hacerlo? Le tengo mucho aprecio a Patricia. Mi hija Andrea fue al colegio con Iker y son de la misma cuadrilla. Por eso te lo he pedido a ti. Sé que eres buena con estas cosas.
No dije nada. Me levanté. Necesitaba salir de ahí a toda leche. Logré pronunciar un «de acuerdo» y salí por la puerta directa al cuarto de baño. Blanco y Orizaola salían en ese instante camino del briefing.
—¿Te has enterado?
—Sí —me limité a decir—, voy en un minuto.
Llegué al cuarto de baño de la planta, que no es demasiado espacioso. Había otro en los vestuarios más grande, quizá más íntimo, pero sentía que no llegaba, que iba a explotar. Me encerré en la cabina. Me senté en la taza del váter y enterré la cara entre las manos. Pensé que rompería a llorar desconsoladamente, pero no llegué a emitir nada más que un extraño gemido acompañado de unas pocas lágrimas.
Estuve allí sentada durante dos o tres minutos intentando encontrar el tapón que me impedía vaciar ese tremendo shock, esa tristeza... Fue en vano. Estaba oculto en unas aguas oscuras, estancadas. Sabía que debía llorar, pero no podía.
—Es que no puede ser —murmuré—, no puede haber pasado. Es un error.
Salí de allí, me mojé la cara con agua y me sequé con unas cuantas toallitas de papel. Tenía los ojos enrojecidos, pero nada demasiado exagerado. Una reacción que entraba más o menos dentro de lo razonable.
La sala de briefing, en penumbras y con los estores cerrados, era un buen lugar donde pasar los siguientes minutos. Me senté en la última fila y conté una decena de cabezas atentas a la pantalla en la que se proyectaban los diferentes temas de esa mañana. Blanco llevaba la batuta, comentaba los sucesos del turno de noche por estricto orden cronológico. En ese instante hablaba del robo en una gasolinera en Murueta hacía una semana. Por fin teníamos las grabaciones: dos chavales con la cara tapada, sudaderas y unas pistolas negras que nos sonaron mucho.
—Creemos que son los mismos que los de los atracos de Bermeo hace dos semanas. En una de las imágenes exteriores, vemos a uno de ellos a cara descubierta y usando el teléfono minutos antes de entrar...
Hablaron de ir a panelar antenas y me imaginé que me tocaría a mí, pero nadie mencionó mi nombre. Menos mal, porque yo estaba en otra órbita en ese momento. Absolutamente ida, recordando esos últimos minutos en el bosque con Kerman. Dame otro beso antes de irte.
Tenía el tobillo roto, por lo tanto no estaba atrapado, ¿o sí? ¿Y tal vez no quiso decírmelo? Me revolví en el asiento pensando en esa posibilidad. Que el coche hubiera comenzado a arder nada más irme de allí... Kerman muriendo asfixiado sin poder escapar... Pero ¿no había llamado al 112? Recordé eso de pronto. La llamada que le había oído hacer desde la ladera.
—Bueno, como algunos sabéis, también hemos tenido un accidente mortal en la R-5678 —empezó a decir Blanco.
Me concentré en la pantalla. Quería vaciar mi mente de teorías y alimentarla solo de hechos.
—El coche, un Hyundai Kona tipo SUV matriculado 4490LGV, se ha salido de la calzada por una zona sin guardarraíl. Ha caído unos treinta metros por un barranco muy empinado y ha terminado impactando contra un árbol. Parece que el choque habría provocado un incendio y que el conductor, que ya estaba muerto o desvanecido, no ha logrado salir de la cabina.
Siguieron unas fotos del lugar del accidente, realizadas ya a la luz del alba. El Hyundai de Kerman, completamente calcinado, una dotación de bomberos y del equipo de rescate de montaña rodeando el coche. En la policía no nos ahorramos detalles escabrosos y llegó la foto del cadáver carbonizado en el asiento del conductor. Aquello me sacudió tanto que tuve que cerrar los ojos. Por suerte, estábamos a oscuras.
—El cadáver continúa sin identificar, pero la matrícula nos ha dado la identidad de Kerman Sanginés, compañero del Instituto de Medicina Legal.
Se oyó un exabrupto.
—Kerman, ¿el forense? ¡No jodas! ¿Estáis seguros? —Era Jon, el hurbiltzaile, responsable de relaciones institucionales de la Ertzaintza y uno de los pocos que no se habían enterado hasta entonces.
—Está sin confirmar —dijo Blanco—, pero el cadáver corresponde a un varón de su altura y peso.
Levanté la mano.
—¿Ha habido algún aviso al 112?
—Sí, llamaron a las cuatro y media de la madrugada. Un panadero que iba de camino a su obrador.
—¿Y antes? —volví a preguntar.
Blanco arqueó las cejas.
—¿Antes? ¿Antes de qué?
Me quedé callada, en realidad ¿qué clase de pregunta era esa? Decidí cambiar de tema:
—¿Han tenido que utilizar cortachapa para sacar el cuerpo?
Un par de cabezas se giraron. Gorka, Orizaola... Es cierto. Vaya preguntas. Pero tenía que hacerlas. Lo único que podía explicar todo esto era que Kerman no hubiera podido comunicarse ni huir en el momento en que se declaró el fuego.
—Está todo en el atestado, Arruti —dijo Blanco, un poco extrañado por mis preguntas raras—, pero te diré que lo han sacado por la puerta. El choque no ha sido tan brutal, creo que, sencillamente, ha tenido la mala suerte de desvanecerse, quizá le dio un infarto mientras conducía. No es la primera vez. Y después la malísima suerte de que el coche empezase a arder...
Me limité a darle las gracias.
Diez minutos más tarde, en el garaje de la comisaría, Orizaola me esperaba a bordo del Megane negro que solíamos utilizar para movernos. Yo había vuelto a ir al baño. Ese día estaba indispuesta, le dije, el estómago...
—Es que vaya marrón —dijo—. ¿Tienes la dirección de la casa?
—Es en Illumbe. Una casa camino del faro Atxur. Al menos, eso dicen los datos de tráfico...
—Seguro que está bien. He oído que Kerman vivía en un casoplón. Su mujer es rica, dicen.
—Patricia... Sí, es de buena familia.
—¿La conoces?
—Fuimos amigas en el colegio.
Arrancamos y salimos de allí. Condujimos bajo esa espesa lluvia que iba aclarándose según nos acercábamos a la costa. Yo saqué el móvil y puse el GPS, aunque en realidad no hacía falta. Conocía de sobra la casa de Kerman y Patricia Galdós. Estaba muy cerca de otra gran casa —la de los Perugorria— que había sido objeto de una investigación unos años atrás (algo también relacionado con el famoso escritor muerto cuyo espíritu parecía estar en todas partes). Aunque nunca había puesto el pie dentro, era famosa por su diseño. Una de las primeras casas de la zona en adoptar la arquitectura minimalista de bloques blancos y grandes ventanales.
—¿Sabes si tenían hijos? —preguntó Ori según nos acercábamos al pueblo de Illumbe.
«Uno. Iker. Pero Kerman solo era su padrastro».
—Me suena que sí...
—Bueno. Sinceramente, espero que solo esté la madre. Puestos a desear, que nos abra la puerta el propio Kerman y que nos diga que le robaron el coche, y que el cadáver frito sea de un ladrón. Joder, es que era un tío bien majo.
Estábamos circunvalando el pueblo, una larga curva que mantenía a Orizaola atento a la carretera, y menos mal, porque de pronto me habían venido las lágrimas como una ola de vapor incontenible. Saqué un pañuelo y me soné la nariz.
—Oye, estás hecha un trapo.
—Tengo una alergia horrible.
—Ya veo, ya...
Pasamos Illumbe y continuamos hasta la antigua carretera de la costa que conectaba con el faro. Era un lugar en desuso que ya solo daba servicio a los pocos y distinguidos vecinos de esa zona. Una gasolinera permanecía cerrada, medio vandalizada, en el mismo borde del acantilado. Había dejado de llover, pero un paisaje de velos oscuros se aproximaba desde el mar. Volvería a llover en breve.
—Oye, este sitio me suena. Creo que vine con Ciencia hace unos años por un caso. —Así era como llamábamos a su anterior compañero, Gorka Izaguirre, nuestro particular friki de los ordenadores.
Orizaola iba a lo suyo; yo trataba de conversar, pero un pensamiento me daba vueltas en la cabeza. ¿A qué esperaba para contar la verdad? Todavía estaba a tiempo de hacerlo y aquel era el momento idóneo. Aitor era un compañero, podría justificarme diciendo que antes, en comisaría, había demasiada gente y, a fin de cuentas, se trataba de la reputación de un hombre casado. Estaba segura de que me apoyaría delante de Cuartango. Pero tenía que hacerlo ya. Decirlo ahora, en el coche, antes de llegar a la casa de Patricia.
¿Por qué seguía sin poder hablar? ¿En serio creía que nos iba a recibir Kerman, vestido con una bata y con el pie enyesado?
Llegábamos ya a la carreterita costera que enlazaba con esas grandes casas. Señalé una de ellas, de color blanco, que se erigía sobre el acantilado, y Orizaola frenó un poco. En ese instante me sonó el teléfono. Era Cuartango.
—¿Estáis cerca? Acaba de llamar Patricia Galdós al 112.
—¿Qué ha dicho?
—Que llegó ayer de Madrid y esperaba encontrarse a Kerman en casa. Al parecer, él estaba pasando el fin de semana en una casa que tiene en la playa de Arkotxa. Pensó que quizá había dormido allí, pero esta mañana le ha llamado primero al fijo y luego al móvil y nada.
—¿Le habéis dicho algo?
—Que ibais de camino.
«Genial».
—¿Cómo lo vas a plantear? Creo que deberíamos dar por hecho que es Kerman.
—No lo sé —dije—. Todavía hay que comprobarlo...
—¿Comprobar? ¿El qué? —preguntó Cuartango—. Es mejor no dejar hueco a la esperanza. Créeme, lo digo por experiencia.
Y yo pensé para mis adentros: «Joder, por favor. No puede ser él».
Patricia Galdós esperaba en la carretera de acceso a su casa, vestida con un chándal de tonos claros y una bata elegante por encima. El teléfono en una mano. El pelo cobrizo suelto y la cara de emoción contenida mientras nuestro coche avanzaba hacia ella.
—¿Quieres hablar tú? —tanteó Ori—. Quizá sea mejor de mujer a mujer.
Respondí que sí. En el fondo, Cuartango me lo había encomendado a mí. Así que el coche frenó y abrí la puerta, que de pronto pesaba cerca de mil toneladas. Y la gravedad del planeta se había multiplicado también por mil cuando puse el pie en el asfalto mojado, salí del coche y me acerqué a ella
La última vez que nos vimos fue en el café del Club Deportivo, en la fiesta anual de antiguos alumnos del colegio Urremendi el primer viernes de septiembre. Fui allí por Kerman, porque él insistió, pero después pensé que había sido un error. No conocía a nadie. No había visto a nadie en veinte años. Estaba hecha un flan. Vulnerable, ansiosa... Entonces, Patricia apareció a mi espalda y me dio un abrazo: «¡Nerea! Llevo tantos años preguntándome qué habría sido de ti... Así que te has hecho poli. ¡Como tu tío!».
Y ahora, bajo aquel cielo gris de la mañana, las tornas habían cambiado. Era Patricia la que temblaba, envuelta en la más terrible incertidumbre. La que fuera bicampeona mundial de vela con solo veintiséis años conservaba su complexión atlética, el cutis permanentemente moreno, un poco curtido por el sol. Ojos felinos, preciosos, contorneados por duras pestañas y enmarcados en unas cejas finas y alargadas. En suma, un rostro bello que lucía pesadumbre, inquietud.
—Nerea...
—Patricia.
—Dime qué le ha pasado.
No era tonta. Si Orizaola y yo estábamos allí era porque había pasado algo grave. Ahora solo quedaba aclarar cómo de grave era, pero todo el mundo guarda la esperanza hasta el último instante y me jodía muchísimo ser yo la que fuera a destrozar a esa mujer.
—Lo siento mucho, Patricia. Creemos que Kerman ha sufrido un accidente de tráfico esta noche.
—¿Qué?
—Hay una víctima mortal. Estamos intentando verificar su identidad, pero era el coche de Kerman.
Patricia parpadeó. No acababa de entenderlo.
—¿Qué quieres decir?
—Señora —intervino Orizaola—, su marido ha fallecido en un accidente de tráfico.
Ahora, por fin, la verdad entró hasta dentro como una navaja bien afilada. Patricia se dobló sobre sí misma como si le hubieran dado una patada en el estómago. Dejó caer el móvil al suelo y también ella cayó de rodillas segundos después. Orizaola corrió a sujetarla, y yo le miré con dureza. Quizá había ido demasiado rápido. Quizá podría haberla invitado a sentarse. Quizá podía no haber dicho eso, hombre.
Una mujer apareció corriendo desde la casa. Era del servicio, supuse. Patricia había roto a llorar y, por fin, eso consiguió destaponarme a mí. En cuanto la hubimos alzado, rompí a llorar desconsoladamente también. Me abracé a ella. Patricia se aferró a mí. Nos quedamos las dos llorando mientras Orizaola hablaba con la asistenta. «¿Hay alguien más en la casa? Vaya preparando algo de beber. ¿Tienen tila?». Yo escuchaba los ecos de esa conversación como si estuviera a kilómetros de distancia. Empezó a chispear sobre nosotras, mientras seguimos abrazadas. Intenté contener mi congoja como pude... pero era imposible. Solo esperaba que Orizaola y la otra mujer pensasen que me había emocionado al ver llorar a una vieja amiga.
Minutos después estábamos instalados en el salón. Le pregunté por Iker.
—Está en la universidad...
Le dijimos a Patricia que se tomase algo de tiempo antes de avisar. Era bueno pasar el shock inicial antes de comunicarlo al resto de la familia, que, por otro lado, no era mucho más extensa. Los padres de Kerman ya habían muerto.
—Si quieres, me encargo yo.
—No, no... Está bien... —dijo Patricia—, lo haré yo...
Estábamos sentados en un sofá orientado al ventanal con vistas al océano. La asistenta había traído una jarra de agua, vasos y un blíster de orfidales.
—¿Ha habido algún otro coche implicado? —preguntó entonces Patricia.
Negué con la cabeza. Orizaola, que hasta ese momento se había mantenido al margen, vio el hueco para ayudar, cosa que agradecí. Explicó que el coche de Kerman se había salido en una curva sin guardarraíl, de madrugada.
—No se conoce la razón y tampoco encontramos huellas de frenada. Quizá se durmió al volante.
Yo permanecí callada.
—Eso no tiene sentido. —Patricia negó con la cabeza—. La casa de la playa no está tan lejos. Y Kerman siempre ha sido cuidadoso al volante. Tampoco bebía...
—Pudo ser cualquier otra cosa —intervine—, una mancha de aceite, esquivar un animal...
Y en ese preciso instante, según acababa de decir esas palabras, me di cuenta de que ya había dado un paso más allá de la línea. Acababa de mentir directamente. Pero ¿qué podía hacer? ¿Terminar de destrozar a esa mujer diciéndole que su marido murió después de haberse pasado el fin de semana con otra?
Orizaola volvió a tomar la palabra:
—Hay otro detalle que... en fin. Necesitaríamos una muestra de ADN para verificarlo todo bien. Un cepillo de dientes es lo más eficaz.
Patricia, dócil, noqueada por la noticia, ni se detuvo a pensar qué motivo podía subyacer detrás de aquello. Orizaola había decidido omitir el asunto del incendio y del cuerpo carbonizado. Supongo que no hacía falta entrar en más detalles.
