Un asesinato brillante (Susan Ryeland 1)

Anthony Horowitz

Fragmento

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Crouch End, Londres

Una botella de vino. Una bolsa de tamaño familiar de nachos con queso y un frasco de salsa picante. Un paquete de cigarrillos a un lado (lo sé, lo sé). La lluvia martilleando los cristales de las ventanas. Y un libro.

¿Qué habría podido resultar más agradable?

Sangre de urraca era el número nueve de la apreciada serie superventas de Atticus Pünd. Cuando abrí mi ejemplar por primera vez esa lluviosa noche de agosto, solo era un manuscrito, y mi tarea sería editarlo para su publicación. Pero antes pensaba disfrutarlo. Recuerdo que al volver a casa me fui derecha a la cocina, saqué algunas cosas de la nevera y lo puse todo en una bandeja. Me quité la ropa y la dejé en el punto exacto en que cayó. De todas formas, el piso entero era un basurero. Me duché, me sequé y me puse una enorme camiseta del ratón Maisy que alguien me había regalado en la Feria del Libro Infantil de Bolonia. Era demasiado pronto para acostarme, pero iba a leer el manuscrito tumbada en la cama sin hacer, con las sábanas aún arrugadas. No siempre vivo así, pero mi novio llevaba fuera seis semanas y, mientras estaba sola, me dedicaba a incumplir las normas deliberadamente. El desorden resulta muy reconfortante, sobre todo cuando no hay nadie que pueda quejarse.

La verdad es que detesto esa palabra. «Novio». Sobre todo cuando se utiliza para describir a un hombre de cincuenta y dos años que se ha divorciado dos veces. El problema es que nuestro idioma no ofrece gran cosa en cuestión de alternativas. Andreas no era mi pareja. No nos veíamos tanto como para eso. ¿Mi amante? ¿Mi media naranja? Ambas expresiones me daban grima por distintas razones. Andreas era de Creta. Daba clases de griego clásico en la Westminster School y tenía alquilado un piso en Maida Vale, no muy lejos del mío. Habíamos hablado de vivir juntos, pero nos daba miedo que la convivencia matase la relación; por eso, aunque yo tenía un armario lleno de ropa suya, en muchas ocasiones no lo tenía a él. Esta era una de ellas. Andreas se había ido a su país durante las vacaciones escolares para estar con su familia: sus padres, su abuela viuda, sus dos hijos adolescentes y el hermano de su exmujer vivían en la misma casa, en uno de esos complicados arreglos que tanto parece gustarles a los griegos. No regresaría hasta el martes, la víspera del día en que se reanudaban las clases, y no nos veríamos hasta el fin de semana siguiente.

Así que allí estaba, sola en mi piso de Crouch End, que se extendía por el sótano y la planta baja de una casa victoriana en Clifton Road, a un cuarto de hora a pie de la estación de metro de Highgate. Seguramente era lo único sensato que había comprado en mi vida. Me gustaba vivir allí. La vivienda era tranquila y cómoda, y contaba con un jardín compartido con un coreógrafo que vivía en la primera planta y que casi nunca estaba en casa. Tenía demasiados libros, claro. Cada centímetro de estante estaba ocupado. Había libros encima de libros. Los propios estantes se combaban bajo el peso. Había convertido el segundo dormitorio en un estudio, aunque trataba de no trabajar en casa. Andreas lo usaba más que yo... cuando andaba por allí.

Abrí el vino. Desenrosqué el tapón de la salsa. Encendí un cigarrillo. Empecé a leer el libro tal como vas a hacer tú. Sin embargo, antes tengo que avisarte.

Este libro cambió mi vida.

Puede que hayas leído esa frase antes. Me avergüenza decir que la puse en la tapa de la primera novela que encargué, un thriller muy normalito ambientado en la Segunda Guerra Mundial. Ni siquiera recuerdo quién la dijo, pero la única forma de que aquel libro cambiase la vida de alguien era que se le cayese encima. ¿Alguna vez es cierta? Aún recuerdo cuando leí a las hermanas Brontë siendo pequeña y me enamoré de su mundo: el melodrama, los paisajes agrestes, el romanticismo oscuro... Podría decirse que Jane Eyre me encaminó hacia mi carrera profesional en el mundo editorial, lo cual no deja de ser un poco irónico en vista de lo que acabó ocurriendo. Hay muchos libros que me han conmovido profundamente: Nunca me abandones, de Ishiguro, Expiación, de McEwan. Me han contado que muchos niños ingresaron de pronto en internados de resultas del fenómeno Harry Potter, y, a lo largo de la historia, ha habido libros que han ejercido un profundo efecto en nuestra actitud. El amante de lady Chatterley resulta un ejemplo obvio; 1984, otro. Pero no estoy segura de que en realidad importe qué es lo que leemos. Nuestra vida continúa avanzando por la línea recta que se nos ha dispuesto. La ficción solo nos ofrece un atisbo de la alternativa. Puede que esa sea una de las razones por las que nos gusta.

Sin embargo, Sangre de urraca lo cambió realmente todo para mí. Ya no vivo en Crouch End. Ya no trabajo en lo mismo. Me las he arreglado para perder muchas amistades. Esa noche, mientras alargaba el brazo y volvía la primera página del manuscrito, no tenía la menor idea del viaje que me disponía a iniciar y, la verdad, ojalá nunca me hubiera permitido a mí misma subir a bordo. Todo fue culpa de ese cabrón de Alan Conway. El día que lo conocí no me cayó nada bien, aunque lo raro es que sus libros siempre me habían encantado. Para mí, no hay nada mejor que una buena novela de suspense: las vicisitudes del argumento, los indicios, las pistas falsas, y, al final, la satisfacción de que te lo expliquen todo y te entren ganas de darte de bofetadas porque no lo viste desde el principio.

Eso era lo que esperaba cuando empecé. Pero Sangre de urraca no era así. No era así para nada.

Espero no tener que decir nada más. A diferencia de mí, estás avisado.

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SANGRE DE URRACA

Un misterio de Atticus Pünd

Alan Conway

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Sobre el autor

Alan Conway nació en Ipswich. Estudió primero en la Woodbridge School y después en la Universidad de Leeds, donde se licenció con la nota más alta en Literatura Inglesa. Más tarde, se matriculó en la Universidad de East Anglia para estudiar Escritura Creativa. Pasó los seis años siguientes ejerciendo como profesor antes de lograr su primer éxito con Atticus Pünd investiga en 1995. El libro estuvo veintiocho semanas en la lista de superventas del Sunday Times y ganó el premio Gold Dagger concedido por la Crime Writers’ Association a la mejor novela negra del año. Desde entonces, la serie Atticus Pünd ha vendido dieciocho millones de libros en todo el mundo y se ha traducido a treinta y cinco idiomas. En 2012, Alan Conway recibió la Orden del Imperio Británico por sus servicios a la literatura. Tiene un hijo de un matrimonio anterior y vive en Framlingham, Suffolk.

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La serie de Atticus Pünd

Atticus Pünd investiga

No hay descanso para los malvados

Atticus Pünd acepta el caso

Grito en la noche

Regalo navideño para Pünd

Anís y cianuro

Mándale a Atticus rosas rojas

Atticus Pünd en el extranjero

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Elogios de la crítica

«Todo lo que esperamos de una novela de suspense inglesa. Efectista, ingeniosa e impredecible».

Independent

¡«¡Cuidado, Hércules Poirot! Hay un extranjero muy avispado en la ciudad y te está quitando el sitio».

Daily Mail

«Adoro a Atticus Pünd. Nos traslada a la época de oro de la novela negra y nos recuerda nuestros orígenes».

IAN RANKIN

«Sherlock Holmes, Lord Peter Wimsey, Padre Brown, Philip Marlowe, Poirot… Los grandes detectives pueden contarse con los dedos de una mano. Pues bien, ¡con Atticus Pünd hará falta un dedo más!».

Irish Independent

«Un gran relato policíaco requiere un gran detective, y Atticus Pünd merece incluirse entre estos».

Yorkshire Post

«Alemania tiene a un nuevo embajador. Y la novela negra, a su mejor detective».

Der Tagesspiegel

«Alan Conway expresa plenamente a la Agatha Christie que lleva dentro. ¡Y bien por él! Me ha encantado».

ROBERT HARRIS

«Mitad griego, mitad alemán, pero infalible al cien por cien. ¿Su nombre? Pünd… Atticus Pünd».

Daily Express

LA ESPERADA SERIE DE TELEVISIÓN PRONTO EN LA BBC1

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UNO

La tristeza

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1

23 de julio de 1955

Iba a celebrarse un entierro.

Los dos sepultureros, el viejo Jeff Weaver y su hijo Adam, habían salido al alba. Todo estaba listo: una tumba de las proporciones exactas, la tierra bien apilada a un lado. La iglesia de St. Botolph de Saxby-on-Avon estaba preciosa, con sus vidrieras reflejando el sol de la mañana. La iglesia databa del siglo XII, aunque se había reconstruido muchas veces. La tumba nueva estaba situada al este, cerca de las ruinas del antiguo presbiterio, donde se dejaba crecer la hierba y brotaban las margaritas y el diente de león en torno a los arcos destrozados.

El pueblo estaba tranquilo y silencioso; las calles, vacías. El lechero había hecho sus entregas y se había marchado con las botellas tintineando en la parte trasera de la camioneta. Los repartidores de prensa habían terminado la ronda. Era sábado y la gente no tenía que ir a trabajar. Aún era temprano para comenzar las tareas del fin de semana. A las nueve abriría la tienda del pueblo. El aroma del pan recién hecho salía ya de la panadería, justo al lado. No tardarían en llegar los primeros clientes. Tras el desayuno, se pondría en marcha un coro de cortacéspedes. Era julio, el momento más ajetreado del año para el entusiasta ejército de jardineros de Saxby-on-Avon, que, a solo un mes de la Feria de la Cosecha, ya podaba los rosales y medía a conciencia los calabacines. A la una y media se disputaría un partido de críquet en el parque. Habría una furgoneta de helados, niños jugando, visitantes comiendo delante de los coches. El salón de té abriría sus puertas. Sería una tarde de verano perfecta.

Pero aún no. Era como si el pueblo contuviese el aliento en un respetuoso silencio, aguardando la llegada del féretro que se disponía a emprender el viaje desde Bath. En ese preciso instante lo cargaban en el coche fúnebre, rodeado de sus lúgubres acompañantes: cinco hombres y una mujer que evitaban mirarse a los ojos. Cuatro de los hombres eran empleados de pompas fúnebres de la respetada firma Lanner & Crane, que se había fundado en la época victoriana para centrarse en el sector de la carpintería y la construcción. Entonces los féretros y los entierros eran una actividad complementaria, casi una idea tardía. Sin embargo, paradójicamente, fue esa parte del negocio la que sobrevivió. Lanner & Crane ya no construía casas, pero su nombre se había convertido en sinónimo de respeto hacia la muerte. El servicio de ese día era económico. El coche era viejo. No había caballos negros ni lujosas coronas. El féretro, aunque bien acabado, se había fabricado con una madera de calidad inferior. Una sencilla placa chapada en plata indicaba el nombre de la difunta y dos fechas esenciales:

Mary Elizabeth Blakiston

5 de abril de 1887 – 15 de julio de 1955

Su vida, a caballo entre dos siglos, no había sido tan larga como podía parecer; aunque, claro, había llegado a su fin de forma inesperada. A Mary, que no tenía bastante dinero en su plan funerario para cubrir los costes finales, le habría gustado ver que todo se desarrollaba conforme a sus deseos. En efecto, la compañía de seguros se haría cargo de la diferencia.

El coche salió justo a la hora prevista, iniciando el trayecto de trece kilómetros cuando el reloj daba las nueve y media. Si circulaba a una velocidad apropiadamente lenta, llegaría puntual a la iglesia. En caso de que Lanner & Crane hubiese tenido un eslogan, bien podría haber sido «Nunca tarde». Y, aunque las dos personas que viajaban con el féretro tal vez no se dieran cuenta, el paisaje estaba precioso: al otro lado de los muros bajos de piedra, los campos descendían en dirección al río Avon, que los seguiría durante todo el camino.

En el cementerio de St. Botolph, los dos sepultureros examinaron su obra. Hay muchas cosas profundas, reflexivas y filosóficas que pueden decirse de un entierro, pero Jeff Weaver, apoyado en su pala, estuvo muy acertado al volverse hacia su hijo mientras se liaba un cigarrillo con los dedos sucios: «Si hay que morirse, no se puede elegir un día mejor».

2

Sentado a la mesa de la cocina, el reverendo Robin Osborne daba los últimos retoques a su sermón. Ante él había seis páginas extendidas sobre la mesa, mecanografiadas, pero ya cubiertas de anotaciones añadidas con su letra de trazos largos y finos. ¿Era demasiado largo? Últimamente algunos miembros de su congregación se habían quejado de que sus sermones parecían eternizarse, y hasta el obispo mostró cierta impaciencia durante su homilía del domingo de Pentecostés. Pero esto era distinto. La señora Blakiston había vivido toda su vida en el pueblo. Todo el mundo la conocía. Sin duda, podrían dedicar media hora o incluso cuarenta minutos de su tiempo a despedirse de ella.

Se hallaba en una sala amplia y alegre cuya cocina económica, permanentemente encendida, irradiaba un calor suave durante todo el año. Varias ollas y sartenes colgaban de ganchos, y había frascos repletos de hierbas frescas y setas secas que los propios Osborne habían recogido. En el piso de arriba, se encontraban dos dormitorios cómodos y acogedores con alfombras de pelo largo, fundas de almohada bordadas a mano y claraboyas nuevas que se habían instalado después de consultarlo mucho con la Iglesia. Sin embargo, el principal atractivo de la casa era su situación en un extremo del pueblo, con vistas al bosque que todo el mundo llamaba Dingle Dell. Había un prado salpicado de flores en primavera y en verano, y más allá una zona boscosa con árboles, sobre todo robles y olmos, que ocultaban Pye Hall: el lago, el césped y la casa en sí. Cada mañana, Robin Osborne despertaba ante un panorama que no dejaba de maravillarlo. A veces le parecía estar viviendo en un cuento de hadas.

La casa no siempre había sido así. Cuando la heredaron del reverendo Montagu junto con la diócesis, era en gran medida el hogar húmedo y desagradable de un anciano. Sin embargo, Henrietta había obrado el milagro, tirando todos los muebles que juzgó demasiado feos o incómodos y rebuscando en las tiendas de segunda mano de Wiltshire y Avon en busca de los sustitutos perfectos. La energía de aquella mujer nunca dejaba de asombrarlo. Que hubiera decidido casarse con un párroco ya era bastante sorprendente, pero además se había entregado a sus deberes con un entusiasmo que la había hecho popular desde su llegada. La pareja no podía ser más feliz. Era cierto que la iglesia necesitaba atención. El sistema de calefacción estaba siempre escacharrado. El tejado volvía a tener goteras. Pero su congregación era más que suficiente para satisfacer al obispo y a muchos de los fieles a los que ya consideraban amigos. No se les habría pasado por la cabeza vivir en ningún otro sitio.

—Era parte del pueblo. Aunque estamos hoy aquí para llorar su marcha, debemos recordar lo que nos ha dejado. Mary hizo de Saxby-on-Avon un lugar mejor para todos, tanto al colocar las flores cada domingo en esta misma iglesia como al visitar a los ancianos aquí y en Ashton House, al recoger dinero para la Sociedad Protectora de las Aves y al recibir a las visitas en Pye Hall. Sus dulces caseros eran siempre la estrella de las fiestas del pueblo, y puedo decirles que hubo muchas ocasiones en las que me trajo a la sacristía uno de sus bocaditos de almendra o un trozo de bizcocho relleno.

Osborne intentó visualizar a la mujer que se había pasado casi toda la vida trabajando como empleada doméstica en Pye Hall. La señora Blakiston, bajita, morena y decidida, iba siempre corriendo de un lado para otro, como si luchase en una cruzada personal. Casi todos sus recuerdos de ella parecían ser desde la media distancia porque, en realidad, nunca habían pasado mucho tiempo en la misma habitación. Habían estado juntos en un par de ocasiones sociales, pero no más. Las personas que vivían en Saxby-on-Avon no eran absolutos esnobs, pero, al mismo tiempo, eran clasistas, y aunque un párroco pudiera considerarse una incorporación adecuada para cualquier reunión social, no podía decirse lo mismo de una mujer que, al fin y al cabo, era limpiadora. Quizá la señora Blakiston lo supiese. En la iglesia solía ocupar el último banco. Insistía en ayudar a los demás con una actitud muy deferente, como si les debiese algo.

¿O era algo más sencillo? Cuando pensó en ella y miró lo que acababa de escribir, una sola palabra acudió a su mente. Entrometida. No era justo y, desde luego, jamás sería capaz de decirlo en voz alta, pero debía admitir que no dejaba de ser cierto. Era la clase de mujer que estaba metida en todo, que se empeñaba en relacionarse con todos los habitantes del pueblo. Siempre se las arreglaba para estar ahí cuando la necesitabas. Lo malo era que también lo estaba cuando no hacía ninguna falta.

Se la encontró allí, en la cocina, hacía poco más de quince días. Se enfadó consigo mismo por no haberlo previsto. Henrietta se quejaba siempre de su manía de dejar abierta la puerta de la calle, como si la casa fuera un mero anexo de la iglesia y no su domicilio particular. Debió hacerle caso. Mary había entrado y estaba allí de pie, con un frasquito de líquido verde en la mano que parecía un talismán medieval para ahuyentar a los demonios.

—¡Buenos días, señor párroco! He oído que tiene problemas con las avispas. Le he traído aceite de menta. Así se librará de ellas. ¡Mi madre decía que era mano de santo!

Era verdad. Había avispas en la casa. Pero ¿cómo se había enterado? Osborne solo se lo había dicho a Henrietta, que, sin duda, no se lo habría comentado a nadie. Por supuesto, era de esperar en un pueblo como Saxby-on-Avon. De alguna forma inexplicable, todo el mundo se las arreglaba para saberlo todo de los demás, y a menudo se decía que si estornudabas en el cuarto de baño, aparecería alguien con un pañuelo.

Al verla, Osborne no supo si sentirse agradecido o molesto. Murmuró unas palabras de gratitud mientras echaba un vistazo a la mesa de la cocina. Y allí estaban, en mitad de todos sus papeles. ¿Cuánto tiempo llevaba la mujer en la habitación? ¿Las había visto? No decía nada y, claro está, él no se atrevió a preguntárselo. La acompañó a la calle a toda prisa, y esa fue la última vez que la vio. Henrietta y él estaban de vacaciones cuando murió. Habían regresado justo a tiempo para enterrarla.

Oyó unos pasos y alzó la mirada mientras Henrietta entraba en la habitación. Acababa de salir de la bañera y aún llevaba puesto su albornoz. A sus cuarenta y muchos años seguía siendo una mujer muy atractiva de largos cabellos castaños, y poseía una figura que los catálogos de ropa habrían descrito como «con curvas». Provenía de un mundo diferente. Era la hija pequeña de un granjero acaudalado que poseía mil acres en West Sussex. Sin embargo, cuando los dos se conocieron en Londres, en una conferencia celebrada en Wigmore Hall, descubrieron una afinidad inmediata. Se habían casado sin la aprobación de los padres de ella y estaban tan unidos ahora como al principio. Su único pesar era que su matrimonio no los hubiese bendecido con ningún hijo, pero, por supuesto, esa era la voluntad de Dios y habían acabado aceptándola. Eran felices con solo estar juntos.

—Pensaba que ya habrías terminado —dijo.

Había sacado de la despensa mantequilla y miel. Se cortó una rebanada de pan.

—Solo estoy añadiendo algunas ideas de última hora.

—Pues yo que tú no hablaría demasiado, Robin. Al fin y al cabo, es sábado, y todo el mundo querrá irse.

—Nos reuniremos en el Queen’s Arms después. A las once.

—Qué bien. —Henrietta llevó a la mesa un plato con su desayuno y se dejó caer en la silla—. ¿Sir Magnus respondió a tu carta?

—No, pero seguro que estará allí.

—Llegará tardísimo. —Se inclinó hacia delante y miró una de las páginas—. No puedes decir eso.

—¿Qué?

—«El alma de todas las fiestas».

—¿Por qué no?

—Porque no lo era. Si quieres que te diga la verdad, siempre me pareció bastante reservada. No era nada fácil hablar con ella.

—Cuando vino en Navidad, estuvo muy divertida.

—Cantó villancicos con los demás, si es que te refieres a eso, pero nunca se sabía lo que estaba pensando. No puedo decir que me resultase muy simpática.

—No deberías hablar así de ella, Hen, y menos hoy.

—Pues no veo por qué no. Hay que ver lo hipócritas que resultan los entierros. Todos dicen lo maravilloso, lo amable y lo generoso que era el difunto, cuando en el fondo saben que no es cierto. Mary Blakiston nunca me cayó bien, y no voy a empezar a cantar sus excelencias solo porque se las apañó para caerse por las escaleras y abrirse la cabeza.

—Eres un poco cruel.

—Soy sincera, Robby. Y sé que piensas exactamente lo mismo, aunque trates de convencerte de otra cosa. ¡Pero no te preocupes! Te prometo que no te dejaré mal delante de los parientes. —Hizo una mueca—. ¡Mira! ¿Es lo bastante triste?

—¿No sería mejor que fueras arreglándote?

—Lo tengo todo preparado: el vestido negro, el sombrero negro y las perlas negras —dijo, y exhaló un suspiro—. Cuando me muera, no quiero ir de negro. ¡Es tan triste! Prométemelo. Quiero que me entierren de rosa, con un gran ramo de begonias en las manos.

—No vas a morirte. Falta mucho para eso. Ahora sube a vestirte.

—De acuerdo. De acuerdo. Eres un mandón.

Se inclinó sobre él y le apretó los pechos blandos y cálidos contra el cuello. Le dio un beso en la mejilla y se marchó a toda prisa, dejando su desayuno sobre la mesa. Robin Osborne sonrió para sí mientras volvía a su sermón. Su esposa tenía razón: podía quitarle un par de páginas. Una vez más, repasó lo que había escrito.

Mary Blakiston no tuvo una existencia fácil. Conoció la desgracia poco después de llegar a Saxby-on-Avon y pudo haber dejado que la abrumase. No obstante, se defendió. Era la clase de mujer que disfrutaba de la vida, que nunca se habría rendido ante ella. Y al devolverla a la tierra, junto al hijo al que tanto amaba y al que perdió de un modo tan trágico, tal vez podamos hallar algún consuelo pensando que por fin están juntos.

Robin Osborne leyó el párrafo dos veces. De nuevo la vio allí, de pie, en esa misma habitación, justo al lado de la mesa.

«He oído que tiene problemas con las avispas».

¿Las había visto? ¿Lo supo?

El sol debió de ocultarse tras una nube, porque, de pronto, una sombra cruzó su rostro. Alargó el brazo, arrancó toda la página y dejó caer los pedazos en la papelera.

3

La doctora Emilia Redwing se había despertado temprano y se había pasado una hora más tumbada en la cama, intentando convencerse de que podía volver a conciliar el sueño. Luego se había levantado, se había puesto una bata y se había preparado una taza de té. Estaba sentada en la cocina desde entonces, contemplando el sol que se alzaba sobre su jardín y, al otro lado, las ruinas del castillo de Saxby, una construcción del siglo XIII que hacía las delicias de los muchos centenares de historiadores aficionados que lo visitaban, pero que tapaba la luz del sol cada tarde, proyectando una sombra alargada sobre la casa. Eran algo más de las ocho y media. Ya debían de haber traído el periódico. Tenía ante sí unos cuantos historiales que estaba examinando; en parte, para olvidar la jornada que le esperaba. El consultorio solía abrir los sábados por la mañana, pero hoy, debido al entierro, estaría cerrado. Qué se le iba a hacer. Era un buen momento para ponerse al día con el papeleo.

Nunca había problemas demasiado graves en Saxby-on-Avon. Lo que solía acabar con la vida de sus habitantes era la edad, un mal que la doctora Redwing no podía curar. Al estudiar los historiales, repasó con mirada cansada los distintos achaques a que se había enfrentado recientemente. La señorita Dotterel, que trabajaba en la tienda del pueblo, estaba superando el sarampión después de pasar una semana en cama. Billy Weaver, de nueve años, había sufrido un fuerte ataque de tosferina, pero también estaba ya en vías de curación. Su abuelo, Jeff Weaver, sufría artritis, pero convivía con ella desde hacía años y no mejoraba ni empeoraba. Johnny Whitehead se había hecho un corte en la mano. Henrietta Osborne, la mujer del párroco, había pisado una mata de belladona —Atropa belladonna— que había acabado infectándole todo el pie. Le había prescrito una semana de reposo en cama y agua en abundancia. Por lo demás, el cálido verano parecía haber beneficiado a la salud de todos.

Bueno, no a la de todos. No. Se había producido una muerte.

La doctora Redwing apartó los historiales y se acercó a los fogones, donde empezó a preparar el desayuno para su marido y ella. Sabía que Arthur se había despertado por los chirridos y crujidos que se oían mientras llenaba la bañera. La fontanería de la casa tenía al menos cincuenta años de antigüedad y se quejaba amargamente cuando la obligaban a trabajar, pero al menos funcionaba. No tardaría en estropearse. La mujer cortó el pan para preparar unas tostadas, llenó de agua un cazo y lo puso al fuego, sacó la leche y los cereales, puso la mesa.

Arthur y Emilia Redwing llevaban treinta años casados; un matrimonio feliz y satisfactorio, pensó para sus adentros, aunque las cosas no habían salido exactamente como esperaban. Para empezar, estaba Sebastian, su único hijo, que ahora tenía veinticuatro años y vivía en Londres con sus amigos beats. ¿Cómo podía haberlos decepcionado tanto? ¿Y en qué momento preciso se volvió en contra de ellos? No tenían noticias suyas desde hacía meses y ni siquiera podían saber con certeza si estaba vivo o muerto. Y luego estaba el propio Arthur. Había empezado a trabajar como arquitecto, y de los buenos. El Royal Institute of British Architects le concedió el Sloane Medallion por un diseño realizado en la Escuela de Bellas Artes. Participó en la construcción de varios de los nuevos edificios que surgieron justo después de la guerra. Pero su verdadero amor era la pintura; sobre todo los retratos al óleo. Diez años atrás había abandonado su carrera profesional para ser artista a tiempo completo, y lo había hecho con todo el apoyo de Emilia.

Una de sus obras estaba colgada en la cocina, en la pared situada junto al aparador, y Emilia le lanzó una ojeada en ese momento. Era un retrato de ella pintado hacía diez años. Siempre sonreía al mirarlo, recordando los largos silencios mientras posaba rodeada de flores silvestres. Su marido no hablaba mientras trabajaba. Habían hecho una docena de sesiones durante un verano interminable, y Arthur había logrado captar el calor, la calima al atardecer e incluso el aroma del césped. Ella llevaba un vestido largo y un sombrero de paja; como un Van Gogh mujer, le había dicho a Arthur en broma. Y tal vez hubiese algo del estilo de ese artista en los colores intensos, las pinceladas bruscas. No era hermosa y lo sabía. Su rostro era demasiado serio; sus hombros anchos y su pelo oscuro, masculinos. Tenía la actitud de una maestra o tal vez de una institutriz. La gente la consideraba demasiado formal. Pero su marido había encontrado algo hermoso en ella. Si el retrato hubiese estado expuesto en una galería de Londres, nadie habría podido pasar por delante sin pararse a mirarlo.

No obstante, estaba colgado en casa. Ninguna galería de Londres se interesaba por Arthur ni por su obra. Emilia no lo entendía. Los dos habían visitado juntos la Exposición de Verano de la Royal Academy y habían contemplado obras de James Gunn y de sir Alfred Munnings. Había un controvertido retrato de la reina pintado por Simon Elwes. Pero todos parecían muy corrientes y tímidos en comparación con la obra de Arthur. ¿Por qué nadie reconocía a Arthur Redwing como el genio que sin duda era?

Cogió tres huevos y los metió suavemente en el cazo: dos para él, uno para ella. Uno se rompió al entrar en contacto con el agua hirviendo, y Emilia pensó al instante en Mary Blakiston con el cráneo abierto después de su caída. No pudo evitarlo. Todavía se estremecía al recordar lo que había visto, aunque se preguntaba por qué. No era el primer cadáver con el que se encontraba, y trabajando en Londres durante los peores bombardeos aéreos había tratado a soldados con heridas terribles. ¿Qué resultaba tan distinto en este caso?

Tal vez fuese que las dos habían estado muy unidas. Era cierto que una doctora y una empleada doméstica tenían muy poco en común, pero se habían convertido en improbables amigas. Todo empezó cuando la señora Blakiston era su paciente. Había sufrido un ataque de herpes zóster que duró un mes, y a la doctora Redwing le impresionaron su estoicismo y su sentido común. Después de eso, empezó a confiarle sus ideas. Debía tener cuidado. No podía vulnerar la confidencialidad de los pacientes. Sin embargo, si había algo que la inquietaba, siempre podía confiar en que Mary la escuchase y le diera buenos consejos.

Y el final había sido muy repentino: una mañana corriente, hacía poco más de una semana, la había telefoneado Brent, el jardinero de Pye Hall.

—¿Puede venir, doctora Redwing? Es por la señora Blakiston. Está al pie de la escalera de la casa grande. Está allí tumbada. Creo que se ha caído.

—¿Se mueve?

—Creo que no.

—¿Está usted con ella?

—No puedo entrar. Todas las puertas están cerradas con llave.

Brent tenía algo más de treinta años. Era un hombre encorvado con tierra bajo las uñas y una hosca indiferencia en la mirada. Cuidaba del césped y de los parterres, y de vez en cuando expulsaba a los intrusos de la finca igual que había hecho su padre antes que él. Los terrenos de Pye Hall daban por la parte de atrás a un lago en el que los niños nadaban en verano. Pero no si estaba Brent. Era un hombre solitario, soltero, que vivía solo en la casa que una vez perteneció a sus padres. No era muy apreciado en el pueblo porque se le consideraba sospechoso. La verdad era que no tenía estudios y que posiblemente era un poco autista, pero la gente se había apresurado a imaginar el resto. La doctora Redwing le pidió que la esperara ante la puerta principal, reunió algún material médico y, tras encargarle a Joy, su enfermera y recepcionista, que no aceptara más visitas, se apresuró hacia su coche.

Pye Hall estaba al otro lado de Dingle Dell, a un cuarto de hora a pie y no más de cinco minutos en coche. Siempre había estado allí, igual que el pueblo, y, aunque constituía un batiburrillo de estilos arquitectónicos, sin duda era la casa más majestuosa de la zona. Había empezado su vida como convento, pero pasó a ser una residencia privada en el siglo XVI y la habían maltratado mucho desde entonces. Lo que quedaba era una sola ala alargada con una torre octogonal, construida mucho más tarde, en un extremo. La mayoría de las ventanas eran isabelinas, estrechas y con cuarterones, pero también las había de estilo georgiano y victoriano, rodeadas de hiedra, como para disculparse por la indiscreción. En la parte de atrás había un patio y los restos de lo que pudieron ser unos claustros. Unos establos separados se utilizaban ahora como garaje.

Pero su principal atractivo era el entorno. Un portal con dos grifos de piedra marcaba la entrada. A continuación, un camino de grava pasaba por delante de la casa del guarda, donde vivía Mary Blakiston, y surcaba el césped dibujando una elegante curva hasta llegar a la puerta principal, con su arco gótico. Los parterres estaban dispuestos como manchas de pintura en la paleta de un artista, y había una rosaleda delimitada con unos setos ornamentales que, según decían, contenía más de cien variedades distintas de rosal. La hierba se extendía hasta llegar al lago, frente a Dingle Dell: toda la finca estaba rodeada de bosques maduros que se llenaban de campanillas en primavera y la separaban del mundo moderno.

Los neumáticos chirriaron sobre la grava cuando la doctora Redwing paró. Vio a Brent, que la esperaba nervioso con la gorra entre las manos. Bajó del coche, cogió su maletín y caminó hasta donde estaba él.

—¿Hay algún signo de vida? —preguntó.

—No he mirado —murmuró Brent.

La doctora Redwing se quedó asombrada. ¿Ni siquiera había tratado de ayudar a la pobre mujer? Al ver su expresión, el hombre añadió:

—Se lo he dicho. No puedo entrar.

—¿La puerta principal está cerrada?

—Sí, señora. La puerta de la cocina también.

—¿Es que no tiene las llaves?

—No, señora. No entro en la casa.

La doctora Redwing sacudió la cabeza, exasperada. En el tiempo que había tardado en llegar hasta allí, Brent podía haber hecho algo; tal vez coger una escalera de mano para probar a entrar por una ventana.

—Si no ha podido entrar, ¿cómo me ha telefoneado? —preguntó.

No importaba, pero quería saberlo.

—Hay un teléfono en los establos.

—Bueno, más vale que me enseñe dónde está.

—Se ve por la ventana...

La ventana a la que se refería Brent se hallaba en un extremo de la casa y era una de las incorporaciones más recientes. A través de ella se veía el vestíbulo y una amplia escalinata que conducía a la primera planta. Y allí, por supuesto, estaba Mary Blakiston, tendida de cualquier manera sobre una alfombra, con un brazo estirado delante del cuerpo que ocultaba parcialmente su cabeza. Desde el instante en que la vio, la doctora Redwing supo con certeza que estaba muerta. Se había caído por las escaleras y se había roto el cuello. No se movía, claro. Pero había algo más que eso. La forma en que el cuerpo estaba tendido era demasiado antinatural. Tenía ese aspecto de muñeca rota que Redwing había observado en sus libros de medicina.

Eso le dijo su instinto. Pero a veces las apariencias engañan.

—Tenemos que entrar —dijo—. La puerta principal y la de la cocina están cerradas, pero debe de haber otra forma de hacerlo.

—Podemos probar con el cuarto de las botas.

—¿Dónde está?

—Por aquí...

Brent la acompañó hasta otra puerta situada en la parte trasera. Esta era acristalada y, aunque también estaba bien cerrada, la doctora Redwing vio claramente un manojo de llaves en la cerradura, al otro lado.

—¿De quién son? —preguntó.

—Deben de ser de ella.

Emilia tomó una decisión.

—Vamos a tener que romper el cristal.

—No creo que a sir Magnus le guste mucho —protestó Brent.

—Ya se lo explicaré si quiere. Bueno, ¿lo hace usted o lo hago yo?

El hombre no estaba contento, pero buscó una piedra y la usó para romper uno de los cristales. Deslizó la mano en el interior y giró las llaves. La puerta se abrió y entraron.

Mientras esperaba a que se cocieran los huevos, la doctora Redwing recordó la escena tal como la había visto. Era como una fotografía impresa en su mente.

Habían cruzado el cuarto de las botas y, tras recorrer un pasillo, llegaron directamente al vestíbulo principal, con la escalinata que conducía al rellano en forma de galería. Las paredes, forradas de madera oscura, estaban decoradas con pinturas al óleo y trofeos de caza: aves en vitrinas, la cabeza de un ciervo, un pescado enorme. Una armadura con su espada y su escudo se hallaba junto a una puerta que daba al salón. El vestíbulo era largo y estrecho, con la puerta principal, frente a la escalinata, situada exactamente en el centro. A un lado había una chimenea de piedra lo bastante grande para entrar de pie en ella; al otro, dos butacas de cuero y una mesa antigua con un teléfono. El suelo enlosado estaba parcialmente cubierto por una alfombra persa. Las escaleras eran también de piedra, con una alfombra de color vino que ascendía por el centro. Si Mary Blakiston había tropezado y había caído rodando desde el rellano, su muerte sería fácil de explicar. Había muy poca cosa que pudiese amortiguar una caída.

Mientras Brent aguardaba nervioso junto a la puerta, la doctora Redwing examinó el cuerpo. Aún no estaba frío, pero no había pulso. Apartó de la cara un mechón de cabello oscuro y descubrió los ojos castaños de la mujer, fijos en la chimenea. Se los cerró con suavidad. La señora Blakiston siempre tenía prisa. Era imposible eludir ese pensamiento. Se había precipitado literalmente por las escaleras, apresurándose hacia su propia muerte.

—Tenemos que llamar a la policía —dijo.

—¿Qué? —Brent se mostró sorprendido—. ¿Le han hecho algo?

—No. Claro que no. Es un accidente. Pero de todos modos tenemos que denunciarlo.

Era un accidente. No hacía falta ser detective para llegar a esa conclusión. La criada estaba pasando la aspiradora. El aparato seguía allí: un objeto de un rojo intenso, casi como un juguete, en la parte superior de las escaleras, atascado entre los barrotes. A la mujer se le habían enredado los pies en el cable. Había tropezado y se había caído por las escaleras. No había nadie más en la casa. Las puertas estaban cerradas con llave. ¿Qué otra explicación podía haber?

Poco más de una semana después, los pensamientos de Emilia Redwing se vieron interrumpidos por un movimiento en la puerta. Su marido acababa de entrar. Emilia sacó dos huevos del cazo y los colocó con suavidad en sendas hueveras de porcelana. Fue un alivio para ella ver que se había vestido para el entierro. Pensaba que se le olvidaría. Se había puesto el traje oscuro de los domingos, aunque sin corbata; nunca la llevaba. Tenía unas cuantas motas de pintura en la camisa, pero eso era normal: Arthur y la pintura eran inseparables.

—Te has levantado temprano —dijo él.

—Lo siento, cariño. ¿Te he despertado?

—No. La verdad es que no. Pero te he oído bajar. ¿No podías dormir?

—Supongo que pensaba en el entierro.

—Hace un día estupendo para eso. Espero que ese puñetero párroco no nos suelte un rollo demasiado largo. Los meapilas son todos iguales. Les gusta demasiado oírse a sí mismos.

Cogió la cucharilla y partió la cáscara del primer huevo.

¡Crac!

La doctora Redwing recordó la conversación que había tenido con Mary Blakiston dos días antes de que llamase Brent. Había descubierto algo grave. Se disponía a ir en busca de Arthur para pedirle consejo cuando la criada apareció de repente, como si un espíritu maligno la hubiese convocado. Así que se lo contó a ella. En el transcurso de una jornada ajetreada, había desaparecido un frasco del consultorio. El contenido podía ser muy peligroso si acababa en las manos equivocadas, y estaba claro que alguien debía de haberlo cogido. ¿Qué tenía que hacer? ¿Debía denunciarlo a la policía? Era reacia a hacerlo, porque parecería imprudente e irresponsable. ¿Por qué había dejado desatendido el botiquín? ¿Por qué no estaba el armario cerrado con llave? ¿Por qué no se había percatado antes?

—No se preocupe, doctora Redwing —le había dicho Mary—. Déjemelo a mí un par de días. De hecho, creo que tengo alguna que otra idea...

Eso fue lo que dijo. Al mismo tiempo, tenía una expresión que no era exactamente taimada, pero sí astuta, como si hubiese visto algo y estuviera esperando a que le consultaran sobre ese preciso asunto.

Y ahora estaba muerta.

Había sido un accidente, por supuesto. Mary Blakiston no tuvo tiempo de comentarle a nadie lo del veneno desaparecido y, aunque lo hubiera hecho, era imposible que la hubiesen atacado. Había tropezado y se había caído por las escaleras. Eso era todo.

Sin embargo, mientras contemplaba cómo mojaba su marido un trozo de tostada en el huevo, Emilia Redwing tuvo que reconocerlo: estaba muy preocupada.

4

—¿Por qué vamos al entierro? Apenas la conocíamos.

Johnny Whitehead forcejeaba con el botón superior de su camisa. Por más que se esforzase, no lograba introducirlo en el ojal. Lo cierto era que la tela no alcanzaba a rodearle el cuello. Últimamente tenía la impresión de que toda la ropa se le estaba encogiendo. De pronto, chaquetas que llevaba desde hacía años le quedaban demasiado estrechas en los hombros. Por no hablar de los pantalones... Al final se rindió y se dejó caer en su silla, ante la mesa del desayuno. Gemma, su esposa, le puso un plato delante. Le había preparado un desayuno inglés completo, con dos huevos, beicon, salchichas, tomate y pan frito: tal como a él le gustaba.

—Irá todo el mundo —dijo Gemma.

—Eso no significa que tengamos que ir nosotros.

—La gente hablará si no vamos. Además, es bueno para el negocio. Lo más probable es que su hijo Robert vacíe la casa ahora que ella no está, y nunca se sabe qué puede encontrar.

—Seguramente un montón de trastos —replicó Johnny, que cogió el tenedor y empezó a comer—. Pero tienes razón, amor. No estará de más que nos dejemos caer por allí.

Saxby-on-Avon contaba con muy pocas tiendas. Estaba la principal, claro, en la que podías comprar casi cualquier cosa que te hiciera falta: desde cubos y fregonas hasta mostaza en polvo, pasando por seis clases distintas de mermelada. Era un milagro que cupiesen tantos productos en un espacio tan minúsculo. El señor Turnstone seguía llevando la carnicería en la trastienda, con entrada aparte y una cortina de tiras de plástico que no dejaba pasar las moscas. Y la furgoneta del pescado venía cada martes. No obstante, si querías algún producto exótico, como aceite de oliva o cualquiera de los ingredientes mediterráneos que la escritora Elizabeth David incluía en sus libros de cocina, había que ir a Bath. Al otro lado de la plaza del pueblo estaba la tienda de suministros eléctricos. Muy pocos acudían a ella, y lo hacían sobre todo para comprar bombillas o fusibles de repuesto. Casi todos los productos del escaparate parecían anticuados y cubiertos de polvo. Había una librería, una panadería y un salón de té que solo abría durante los meses de verano. Cerca de la plaza y antes de llegar al parque de bomberos estaba el garaje, en el que se vendían diversos accesorios, pero nada que en realidad quisiera nadie. Eso era todo, y así había sido desde siempre.

Y entonces llegaron de Londres Johnny y Gemma Whitehead. Habían comprado la vieja oficina de correos, que llevaba mucho tiempo vacía, y habían hecho de ella una tienda de antigüedades con sus nombres, escritos en letras de estilo antiguo, encima del escaparate. Eran muchos en el pueblo los que comentaban que «baratillo» habría descrito mejor la naturaleza del establecimiento, pero desde el principio la tienda había sido muy popular entre los visitantes, que parecían felices de rebuscar entre viejos relojes, jarras de cerveza con formas humanas, cuberterías, monedas, medallas, pinturas al óleo, muñecas, plumas y todo lo demás que estaba expuesto. Si alguien llegaba a comprar realmente algo, era otro asunto. Pero la tienda llevaba allí ya seis años, con los Whitehead viviendo en el piso de encima.

Johnny era un hombre bajito, de hombros anchos y calvo que, aunque todavía no se hubiese dado cuenta, estaba engordando. Le gustaba vestir raídos trajes con chaleco de colores chillones, normalmente con una corbata llamativa. Para el entierro había sacado del armario de mala gana un conjunto más sobrio formado por chaqueta y pantalón gris de lana que, al igual que la camisa, le quedaba pequeño. Su esposa, tan delgada y menuda que habrían hecho falta tres para hacer el mismo bulto que el marido, iba de negro. Su desayuno era mucho más sencillo: se había servido una taza de té y mordisqueaba una tostada triangular.

—Sir Magnus y lady Pye no irán —murmuró Johnny.

—¿Adónde?

—Al entierro. No volverán hasta la noche.

—¿Quién te lo ha dicho?

—No sé. Lo comentaban en el pub. Se han marchado al sur de Francia o algo así. ¡Los hay que no pueden quejarse! En fin, han intentado ponerse en contacto con ellos, pero no ha habido suerte hasta ahora. —Johnny hizo una pausa, alzando en vilo un trozo de salchicha. Al escucharlo hablar en ese momento, era evidente que había pasado casi toda su vida en el East End de Londres. Tenía un acento muy diferente cuando trataba con clientes—. Sir Magnus no estará nada contento —siguió diciendo—. Apreciaba mucho a la señora Blakiston. ¡Eran uña y carne!

—¿A qué te refieres? ¿Quieres decir que tenía algo con ella? —Gemma arrugó la nariz mientras pensaba en ese «algo».

—¡Qué va! Con la parienta allí, no se habría atrevido. Y tampoco es que Mary Blakiston fuese nada del otro mundo. Pero ella lo adoraba. Lo tenía por un dios. Además, fue su criada durante años y años. ¡La asistenta! Le cocinaba, le limpiaba y le dio la mitad de su vida. Estoy seguro de que él habría querido asistir al entierro.

—Podrían haber esperado a que volviese.

—El hijo quería acabar cuanto antes. La verdad es que no se lo reprocho. Ha sido toda una conmoción.

Los dos permanecieron sentados en silencio mientras Johnny acababa de desayunar. Gemma lo observaba con atención. Lo hacía a menudo. Era como si tratase de ver más allá de su apariencia externa, generalmente plácida, como si quisiera encontrar algo que él intentaba ocultar.

—¿Qué estaba haciendo aquí Mary Blakiston? —preguntó ella de pronto.

—¿Cuándo?

—El lunes antes de que muriese. Estuvo aquí.

—No, no estuvo.

Johnny dejó el cuchillo y el tenedor. Había desayunado rápido y no quedaba ni un resto de comida en el plato.

—No me mientas, Johnny. La vi salir de la tienda.

—¡Ah! ¡Te refieres a la tienda! —Johnny esbozó una sonrisa incómoda—. Pensaba que querías decir que había subido aquí. Eso habría sido raro, ¿no? —Hizo una pausa, confiando en que su esposa cambiara de tema, pero al ver que no daba señales de que fuera a hacerlo, continuó, escogiendo sus palabras con cuidado—: Sí... Miró en la tienda. Y supongo que sería la misma semana en que ocurrió. La verdad es que no recuerdo qué quería, amor. Me parece que dijo que necesitaba un regalo, pero no compró nada. De todas formas solo estuvo un par de minutos.

Gemma Whitehead siempre sabía cuándo mentía su marido. Había visto salir a la señora Blakiston de la tienda y había adivinado que algo iba mal. Pero no lo había mencionado entonces y decidió no insistir ahora. No quería tener una discusión, y menos cuando estaban a punto de asistir a un entierro.

En cuanto a Johnny Whitehead, en realidad recordaba muy bien su último encuentro con la señora Blakiston. Había entrado en la tienda, desde luego, y había hecho todas aquellas acusaciones. Y lo peor era que tenía la prueba que las respaldaba. ¿Cómo la había encontrado? Para empezar, ¿qué la había puesto sobre la pista de él? Por supuesto, la muy bruja no le había dado esa información, pero había sido muy clara.

Nunca se lo habría dicho a su esposa, naturalmente, pero no podía estar más contento de que Mary Blakiston hubiese muerto.

5

Clarissa Pye, vestida de negro de pies a cabeza, se examinaba en el espejo de cuerpo entero situado al fondo del recibidor. Se preguntó una vez más si el sombrero, con sus tres plumas y su velo, no era un tanto excesivo. De trop, como decían en francés. Se lo había comprado en una tienda de segunda mano de Bath obedeciendo a un impulso y se había arrepentido momentos después. Quería estar perfecta para el entierro. Estaría allí todo el pueblo, y la habían invitado a tomar café y refrescos después en el Queen’s Arms. ¿Con o sin? Se lo quitó cuidadosamente y lo dejó sobre la mesa del recibidor.

Llevaba el pelo demasiado oscuro. Se lo había cortado para la ocasión, y aunque René había hecho, como siempre, un trabajo excelente, ese nuevo colorista suyo había sido una mala incorporación. Estaba ridícula, como si saliera de la portada de una revista femenina. Bueno, pues estaba decidido. Tendría que ponerse el sombrero. Sacó un lápiz de labios y se lo aplicó con esmero. Ya tenía mejor aspecto. Era importante hacer un esfuerzo.

Faltaban cuarenta minutos para que empezara la celebración, y no quería ser la primera en llegar. ¿Cómo iba a llenar el tiempo? Fue a la cocina, donde aguardaban los cacharros de preparar el desayuno, pero no quiso fregarlos llevando su mejor ropa. Había un libro boca abajo sobre la mesa. Estaba leyendo a su querida Jane Austen por enésima vez, pero tampoco le apetecía en ese instante. Seguiría con Emma Woodhouse y sus maquinaciones por la tarde. ¿Y la radio? ¿O bien otra taza de té y un ratito con el crucigrama del Telegraph? Sí. Eso haría.

Clarissa vivía en una casa moderna. Muchos de los edificios de Saxby-on-Avon eran sólidas construcciones de estilo georgiano hechas con piedra de Bath, con bonitos pórticos y jardines que se alzaban en terrazas. No necesitabas leer a Jane Austen. Si salías al exterior, te encontrabas en su mundo. Habría preferido vivir junto a la plaza principal o en Rectory Lane, detrás de la iglesia, donde había casitas preciosas, elegantes y cuidadas. El número cuatro de Winsley Terrace se había construido a toda prisa. Era una vivienda normal y corriente de dos dormitorios con la fachada revestida de enguijarrado y un jardín cuadrado que apenas merecía ese nombre. Era idéntica a las de sus vecinos, aparte de un pequeño estanque añadido por los dueños anteriores en el que vivían dos viejos peces de colores. Saxby-on-Avon de Arriba y Saxby-on-Avon de Abajo. La diferencia no podía ser más llamativa. Estaba en la zona mala.

Era la casa que podía permitirse. Examinó brevemente la pequeña cocina cuadrada con sus cortinas de malla, las paredes de color magenta, la aspidistra del alféizar de la ventana y el pequeño crucifijo de madera que colgaba del aparador, donde podía verlo al principio de cada día. Echó un vistazo a los restos del desayuno, aún sobre la mesa: un solo plato, un cuchillo, una cuchara, un frasco a medias de mermelada Golden Shred. La asaltó repentinamente la oleada de emociones a las que se había acostumbrado a lo largo de los años, pero que aún tenía que combatir con todas sus fuerzas. Se sentía sola. Nunca debería haber venido aquí. Su vida entera era una farsa.

Y todo por doce minutos.

¡Doce minutos!

Cogió la tetera y la estampó contra el fogón mientras encendía el gas con un giro salvaje de la muñeca. No era nada justo. ¿Cómo podía decidirse la vida entera de una persona por el mero momento en que había nacido? Cuando era niña y vivía en Pye Hall, no se daba cuenta. Magnus y ella eran gemelos. Eran iguales y estaban felizmente protegidos por toda la riqueza y los privilegios que los rodeaban y que los dos disfrutarían durante el resto de su vida. Eso era lo que siempre había pensado. ¿Cómo podía haberle ocurrido esto?

Ahora conocía la respuesta. El propio Magnus fue el primero en hablarle de una restricción sobre la sucesión que se remontaba a varios siglos atrás, según la cual sería él quien heredase la casa, sus terrenos y todos los bienes, por ser el primogénito, además del título, claro, por ser el varón. Ella creyó que se lo inventaba solo para fastidiarla. Sin embargo, no tardó en comprobar que era cierto. Fue un proceso de decadencia que empezó con la muerte de sus padres en un accidente de tráfico cuando ella tenía veinticinco años. La casa pasó a ser propiedad legal de Magnus y la situación cambió al instante. Clarissa se convirtió en una huésped indeseada en su propia casa y tuvo que trasladarse a una habitación más pequeña. Cuando Magnus conoció a Frances y se casó con ella, dos años después de la guerra, la invitaron amablemente a marcharse.

Pasó un desdichado año en Londres, donde alquiló un piso diminuto en Bayswater y se le fueron agotando los ahorros. Al final, se hizo institutriz. ¿Qué otra opción existía para una mujer soltera que hablaba francés con cierta soltura, tocaba el piano y era capaz de recitar las obras de todos los poetas más importantes, pero no poseía otras habilidades discernibles? Impulsada por el espíritu de aventura, se fue a Estados Unidos; primero, a Boston; después, a Washington. Las dos familias horrorosas para las que trabajó la trataron fatal, naturalmente, aunque era mucho más refinada que ellos. ¡Y los niños! Para ella resultaba claro que los niños estadounidenses eran los peores del mundo, sin modales, sin educación y con muy poca inteligencia. Sin embargo, le pagaron bien y ahorró cada penique —cada centavo— que ganó. Cuando no pudo seguir soportándolo, regresó al hogar después de diez largos años.

El hogar era Saxby-on-Avon. En cierto modo era el último lugar en el que quería estar, pero era el pueblo donde había nacido y crecido. ¿Adónde, si no, podía ir? ¿Acaso quería pasarse el resto de su vida en un cuarto de alquiler de Bayswater? Por fortuna surgió una vacante en la escuela local y, con todo el dinero que había ahorrado, pudo pedir una hipoteca. Magnus no la ayudó, claro, aunque a ella ni siquiera se le habría pasado por la cabeza pedírselo. Al principio le daba rabia verlo entrar y salir en coche de la gran casa en la que habían jugado los dos de niños. ¡Aún tenía su propia llave de la puerta principal! Nunca la había devuelto y nunca lo haría. La llave era un símbolo de todo lo que había perdido, pero, al mismo tiempo, le recordaba que tenía todo el derecho a quedarse. Su presencia allí seguramente era una fuente de incomodidad para su hermano, y eso la consolaba un poco.

En la cocina, mientras el hervidor silbaba ya con una intensidad creciente, Clarissa Pye se sintió invadida por la amargura y la ira. Siempre había sido ella la más inteligente de los dos, no Magnus. Él era el último de la clase y sacaba pésimas notas, mientras que ella era la preferida de los profesores. Magnus era vago porque sabía que podía permitírselo. No tenía de qué preocuparse. Sería ella quien tuviera que buscar trabajo, uno cualquiera, para ganarse la vida. Su hermano lo tenía todo y, lo que era peor, no sentía ningún cariño por ella. ¿Por qué tenía que ir a ese entierro? De pronto, Clarissa cayó en la cuenta de que Magnus estaba más unido a Mary Blakiston que a ella. ¡Una vulgar criada, santo cielo!

Se volvió y miró la cruz, fijándose en la pequeña figura clavada en la madera. La Biblia lo dejaba absolutamente claro: «No desearás la casa de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que a él le pertenezca». Se esforzaba mucho por aplicar a su vida las palabras del Éxodo, capítulo 20, versículo 17, y en muchos aspectos casi lo había logrado. Por supuesto, le habría gustado ser más rica. Le habría gustado poner la calefacción en invierno y no preocuparse por las facturas. Eso era natural y humano. Cuando iba a la iglesia, a menudo trataba de recordarse a sí misma que lo que había sucedido no era culpa de Magnus y que, aunque no fuese ni mucho menos el más amable o cariñoso de los hermanos, debía tratar de perdonarlo. «Porque si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará a vosotros vuestro Padre celestial».

No funcionaba.

En ocasiones, Magnus la invitaba a cenar. La última vez había sido un mes atrás, y, estando sentada a la mesa del gran comedor, con sus retratos de familia y su altillo, entre la docena de invitados a los que se servía comida y vino en platos delicados y copas de fino cristal, se le metió la idea en la cabeza. Y allí se le había quedado desde entonces. Allí estaba ahora. Había intentado pasarla por alto. Había rezado para que se fuera. Sin embargo, al final se había visto obligada a reconocer que estaba planteándose cometer un pecado mucho más terrible que la codicia, y que incluso había dado el primer paso para llevarlo a la práctica. Era una locura. A pesar de sí misma, alzó la vista pensando en lo que había cogido y ocultaba en el armario del baño.

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