Prólogo
Jim Jarmusch dijo una vez que prefería hacer una película sobre un hombre que sale a pasear con su perro que sobre el emperador de China. A mí me pasa lo mismo. Escribo sobre procedimientos penales, en los que he actuado como abogado defensor en más de setecientas ocasiones, pero en realidad hablo del ser humano, de sus fracasos, de su culpa y su grandeza.
Uno de mis tíos era juez presidente de un tribunal de jurado. Esta clase de tribunales son los encargados de juzgar delitos contra la vida: homicidios y asesinatos. Nos contaba casos que nosotros, de niños, éramos capaces de comprender. Siempre empezaban con la misma frase: «La mayoría de las cosas son complicadas, y la culpabilidad es siempre un asunto peliagudo.»
Tenía razón. Perseguimos las cosas, pero son más rápidas que nosotros y nunca logramos darles alcance. Yo cuento las historias de asesinos, traficantes de drogas, atracadores de bancos y prostitutas. Todos tienen su historia y no son muy distintos de nosotros. Nos pasamos la vida danzando sobre una fina capa de hielo; debajo hace frío, y nos espera una muerte rápida. El hielo no soporta el peso de algunas personas, que se hunden. Ése es el momento que me interesa. Si tenemos suerte, no ocurre nada y seguimos danzando. Si tenemos suerte.
Mi tío el juez sirvió durante la guerra en la marina, y una granada le cercenó el brazo izquierdo y la mano derecha. Pese a ello, durante mucho tiempo no se dio por vencido. Dicen de él que fue un buen juez, humano, un hombre íntegro y con un gran sentido de la justicia. Le gustaba salir de caza y tenía un coto pequeño. Una mañana se adentró en el bosque, se llevó el doble cañón de su escopeta a la boca y apretó el gatillo con el muñón del brazo derecho. Llevaba puesto un jersey negro de cuello alto; había colgado la chaqueta en una rama. Se voló la cabeza. Muchos años después tuve la ocasión de ver las fotografías. Dejó una carta breve para su mejor amigo, en la que decía que simplemente estaba harto. La carta empezaba con estas palabras: «La mayoría de las cosas son complicadas, y la culpabilidad es siempre un asunto peliagudo.» Sigo echándolo de menos. Todos los días.
Este libro trata de personas como él y de sus historias.
Fähner
Friedhelm Fähner había sido toda su vida médico de familia en Rottweil, despachaba 2.800 volantes al año, tenía consulta en la Hauptstrasse, era presidente del Círculo Cultural Egipcio, miembro del Lions Club, y no había cometido un solo delito, ni siquiera una infracción. Además de su casa, poseía otras dos que tenía alquiladas, un Mercedes clase E de tres años con tapicería de piel y climatizador automático, unos 750.000 euros en acciones y obligaciones, y un seguro de vida de capital diferido. Fähner no tenía descendencia. Su único familiar vivo era su hermana, seis años menor que él, que vivía en Stuttgart con su marido y sus dos hijos. A decir verdad, no había mucho que contar de la vida de Fähner.
Hasta que ocurrió lo de Ingrid.
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A los veinticuatro años, Fähner conoció a Ingrid en el sexagésimo aniversario de su padre, que también había sido médico en Rottweil.
Rottweil es una ciudad burguesa por los cuatro costados. Sin que lo haya preguntado, a cualquier forastero se le cuenta que fue fundada por la dinastía de los Hohenstaufen y que es la ciudad más antigua de Baden-Württemberg. Lo cierto es que en ella uno encuentra miradores medievales y hermosos letreros en forja originales del siglo XVI. Los Fähner siempre habían vivido en Rottweil. Formaban parte de las llamadas familias principales de la ciudad, eran médicos, jueces y farmacéuticos de renombre.
Friedhelm Fähner se parecía a John F. Kennedy cuando era joven. Risueño, la gente lo tenía por una persona sin preocupaciones, las cosas le iban bien. Sólo si uno se fijaba con atención, advertía en sus rasgos algo triste, algo viejo y oscuro, como se ve no pocas veces en esta región situada a caballo entre la Selva Negra y los montes Suabos.
Los padres de Ingrid, farmacéuticos en Rottweil, se llevaron a su hija a la fiesta de cumpleaños. Era tres años mayor que Fähner, una robusta belleza de provincias con abundante pecho. De ojos azules como el mar, pelo negro y piel blanca, Ingrid era consciente de la impresión que causaba. Su voz, singularmente estridente y metálica, no susceptible de modulación alguna, irritaba a Fähner. Sólo cuando hablaba en voz baja asomaba en sus frases una melodía.
No había terminado el instituto y trabajaba de camarera. «Es algo provisional», le dijo a Fähner. A él no le importaba. En otro terreno que a Fähner le interesaba más, ella le llevaba una gran ventaja. Hasta esa fecha, Fähner había tenido solamente dos breves encuentros sexuales con mujeres, que habían terminado por despertarle más inseguridad que otra cosa. Se enamoró de Ingrid al instante.
Dos días después de la celebración, ella lo engatusó para que lo acompañara de picnic. Se acostaron en un refugio e Ingrid se mostró muy aplicada. Fähner estaba tan confuso que al cabo de una semana le pidió que se casara con él. Ella aceptó sin vacilar: Fähner era lo que se considera un buen partido, estudiaba Medicina en Múnich, era atractivo y cariñoso, y le quedaba poco para el primer examen de estado. Sin embargo, lo que más la atraía de él era su seriedad. Ella era incapaz de formularlo así, pero le dijo a una amiga que Fähner jamás la dejaría plantada. Cuatro meses más tarde, ya vivía con él.
El viaje de novios fue a El Cairo, por deseo de él. Luego, cuando la gente le preguntaba por Egipto, les decía que era un lugar «ingrávido», aun cuando sabía que nadie iba a entenderlo. Allí era el joven Parsifal, el bobo puro, y se sentía feliz. Fue la última vez en su vida.
La noche antes del regreso yacían en la habitación del hotel. Las ventanas estaban abiertas, todavía hacía demasiado calor, el aire se estancaba en la pequeña habitación. Era un hotel barato, olía a fruta podrida y oían el ruido de la calle.
A pesar del calor sofocante, habían hecho el amor. Fähner estaba tumbado boca arriba y seguía las rotaciones del ventilador de techo; Ingrid fumaba un cigarrillo. Ella se volvió de costado, apoyó la cabeza en una mano y lo observó. Él sonrió. Permanecieron callados un buen rato.
Luego ella se puso a hablar. Habló de los hombres que habían precedido a Fähner, de desengaños y deslices, pero sobre todo habló del teniente francés que la había dejado embarazada y del aborto que por poco le cuesta la vida. Lloraba. Él se asustó y la abrazó. Sintió en su pecho los latidos de ella, estaba desconcertado. Se me ha confiado, debo velar por ella, pensó.
—Tienes que jurarme que vas a cuidar de mí. No puedes abandonarme nunca. —A Ingrid le temblaba la voz.
Fähner estaba conmovido, quiso tranquilizarla, le dijo que ya lo había jurado en la iglesia el día de la boda, que era feliz a su lado, que su intención era...
Ella lo interrumpió de mala manera, levantó la voz, que tenía ahora el timbre metálico y falto de colorido.
—¡Que me lo jures!
Y de pronto lo comprendió. Aquello no era una conversación entre amantes; el ventilador, El Cairo, las pirámides, el calor sofocante de la habitación del hotel, todos los tópicos se esfumaron de golpe. La apartó un poco de sí para poder mirarla a los ojos. Entonces lo dijo. Lo dijo lentamente, y era consciente de lo que estaba diciendo.
—Lo juro.
Volvió a acercarla hacia sí y la besó en la cara. Hicieron de nuevo el amor. Esta vez fue distinto. Ella se colocó encima de él e hizo cuanto quiso. Estaban serios, desconocidos y solos. Cuando ella se corrió, le dio una bofetada. Al cabo de un buen rato, él seguía despierto en la cama y miraba fijamente el techo. Se había producido un apagón, el ventilador había dejado de moverse.
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Como era de esperar, Fähner superó el examen con sobresaliente, hizo el doctorado y obtuvo su primer empleo en el Hospital Comarcal de Rottweil. Encontraron un piso: tres habitaciones, baño y vistas a las lindes del bosque.
Cuando empaquetaron los enseres que había en la casa de Múnich, ella tiró la colección de discos de Fähner. Él no se dio cuenta hasta que se instalaron en el nuevo piso. Ingrid dijo que no podía soportar aquellos discos, que él los había escuchado con otras mujeres. Fähner se puso furioso. Durante dos días apenas se hablaron.
A Fähner le gustaba la naturaleza diáfana del estilo Bauhaus, pero ella amuebló la vivienda con roble y pino, puso cortinas en las ventanas y compró ropa de cama de colores. Fähner transigió incluso con los posavasos de ganchillo y la vajilla de estaño; no quería cortarle las alas.
Unas semanas más tarde, Ingrid le dijo que le molestaba la manera en que cogía los cubiertos. En un primer momento él se rió y se dijo que era una infantil. Ella repitió el reproche al día siguiente y en los días sucesivos. Y como ella se lo tomaba tan a pecho, él terminó por coger el cuchillo de otra manera.
Ingrid se quejaba de que él nunca bajaba la basura. Él, por su parte, trataba de convencerse de que eso no eran más que las dificultades iniciales. Poco después, ella le echó en cara que volviera tan tarde a casa, que a ver si coqueteaba con otras mujeres.
Los reproches no cesaban, pronto empezó a oírlos a diario. Que si era desordenado, que si se manchaba las camisas, que si arrugaba el periódico, que si olía mal, que si sólo pensaba en sí mismo, que si no decía más que disparates, que si la engañaba. Fähner a duras penas se defendía.
Pasados unos años comenzaron los insultos. Al principio eran contenidos, luego cada vez más desaforados. Que si era un cerdo, que si la torturaba, que si era un imbécil. Después llegaron la escatología y los gritos. Él se dio por vencido. Por las noches se levantaba y leía novelas de ciencia ficción. Como en sus años en la universidad, salía a correr todos los días una hora. Hacía ya mucho tiempo que no se acostaban. Él recibía proposiciones de otras mujeres, pero no tenía aventuras. A los treinta y cinco se hizo cargo de la consulta de su padre, a los cuarenta ya peinaba canas. Fähner se notaba cansado.
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Cuando Fähner contaba cuarenta y ocho años, murió su padre; cuando tenía cincuenta, su madre. Con la herencia compró una casa de paredes entramadas en las afueras de la ciudad. La finca incluía un pequeño parque, plantas vivaces abandonadas, cuarenta manzanos, doce castaños y un estanque. El jardín fue la salvación de Fähner. Encargó libros, se suscribió a revistas especializadas y leyó todo cuanto podía leerse sobre plantas vivaces, estanques y árboles. Compró las mejores herramientas, se aficionó a las técnicas de riego y lo aprendió todo con esa minuciosidad y ese aire metódico que lo caracterizaban. Floreció el jardín, y las plantas vivaces llegaron a ser tan conocidas en los alrededores que Fähner se encontraba a extraños haciendo fotos entre los manzanos.
Entre semana pasaba mucho tiempo en la consulta. Como médico, Fähner era concienzudo y compasivo. Sus pacientes lo apreciaban, sus diagnósticos tenían en Rottweil rango de norma. Salía de casa antes de que Ingrid se despertara y nunca regresaba antes de las nueve. Las cenas llenas de reproches las sufría en silencio. Una frase tras otra, la voz metálica de Ingrid enhebraba una sucesión de ataques sin la menor modulación. Se había convertido en una persona obesa; con los años, su piel blanca se había teñido de rosa. Su grueso cuello había dejado de ser robusto, en la garganta se le había formado un colgajo que temblaba al compás de sus insultos. Sufría de asma e hipertensión. Fähner, por su parte, estaba cada día más delgado. Una noche, cuando tras muchos circunloquios Fähner le propuso que tal vez podría solicitar ayuda a un neurólogo con el que tenía amistad, ella le arrojó una sartén y le gritó que era un guarro y un ingrato.
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La noche anterior a su sexagésimo aniversario, Fähner estaba tumbado en la cama, despierto. Había sacado la fotografía desvaída de Egipto: Ingrid y él delante de la pirámide de Keops, al fondo unos camellos, beduinos para solaz de los turistas y arena. Después de que ella hubiera tirado los álbumes de la boda y el viaje de novios, él había recogido la foto del cubo de la basura. Desde entonces la guardaba a buen recaudo en el fondo de su armario.
Esa noche Fähner comprendió que seguiría siendo, hasta el fin de sus días, un prisionero. Lo había prometido en El Cairo. Era precisamente ahora, en los malos tiempos, cuando debía cumplir su promesa; no había promesas sólo para los buenos tiempos. La fotografía se nubló ante sus ojos. Se desvistió y se colocó desnudo frente al espejo del baño. Se miró largo rato. Al cabo, se sentó en el borde de la bañera. Por vez primera desde que era adulto, lloraba.
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Fähner estaba trabajando en su jardín. Tenía por entonces setenta y dos años, hacía cuatro que había vendido la consulta. Como todos los días, se había levantado a las seis. Había salido de la habitación de invitados con sigilo (hacía años que se había instalado allí). Ingrid aún dormía. Era un día radiante de septiembre. La niebla de la mañana se había disipado, el aire era sereno y frío. Con la escarda, Fähner arrancaba las malas hierbas que había entre las plantas vivaces que florecían en otoño. Era una labor fatigosa y monótona. Fähner estaba satisfecho. Esperaba ansioso el momento del café, que como siempre tomaría en su pausa de las nueve y media. Reparó en la espuela de caballero que había plantado en primavera. Iba a florecer por tercera vez a finales de otoño.
Cuando menos lo esperaba, Ingrid abrió de golpe la puerta de la terraza y se puso a dar gritos; le dijo que había vuelto a olvidarse de cerrar la puerta de la habitación de invitados, que no era más que un idiota. Se le escapó un gallo. Metal bruñido.
Posteriormente, Fähner sería incapaz de describir con precisión qué le pasó por la cabeza en ese instante. Afirmó que algo en lo más hondo de su ser empezó a emitir una luz intensa y cegadora. Que con esa luz todo resultaba extremadamente claro. Que lo deslumbraba.
Le pidió a Ingrid que bajara al sótano, y él lo hizo por la escalera exterior. Ingrid entró resollando en la habitación del sótano donde él guardaba las herramientas de jardinería. Estaban colgadas en la pared, ordenadas por tamaño o función, o bien metidas, limpias, en cubos de hojalata y plástico. Eran herramientas bonitas que había ido r
