Feliz año nuevo

Malin Stehn

Fragmento

1. Fredrik

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Fredrik

Cuando Nina entra en la habitación, estoy delante del armario.

—¿Me hace gorda este vestido? —me pregunta.

Echo un rápido vistazo a mi esposa.

—Estás muy guapa.

Vuelvo la mirada al armario y a las tres corbatas que cuelgan allí. Queda descartada la de color verde menta, que llevé en la graduación del Bachillerato. La corbata para funerales hace juego con mi humor, pero no con la camisa. Suspiro y saco la azul claro con rayas plateadas. Fue un regalo de mi suegra y parecía pasada de moda ya cuando me la dio hace cinco o seis años.

—Si apenas me has mirado.

Nina ha ido a mirarse en el espejo grande. Gira el torso, contemplándose con el ceño fruncido.

—Te está perfecto —le digo.

Nina tira de la tela verde del vestido. Me acerco a ella y noto la habitual fragancia. Mi esposa lleva muchos años con el mismo perfume, tantos que incluso yo me acuerdo de su nombre: Acqua di Giò. Vuelve a tirar de la tela, bufa un poco y masculla algo inaudible. Trato de hacerme el nudo de la corbata adecuadamente, pero no me sale demasiado bien.

—¿Te vas a poner otra vez esa?

Nina sigue frente al espejo, pero en lugar de concentrarse en su vestido ya está mirando mi corbata.

—No tengo otra.

Da un paso largo hasta el armario, pero deja sus planes al ver lo que queda en la percha.

—Tendrías que comprarte una nueva para el año que viene.

Asiento con la cabeza y oigo el timbre de la puerta.

—Será Jennifer. —Nina se gira hacia la puerta abierta—. ¡Smilla! ¿Abres?

Se oye un golpe sordo desde la planta de arriba. Los pies de Smilla martillean los peldaños de la escalera y poco después se pueden oír dos voces en la entrada. Nina me mira.

—¿Qué hora es?

—Las cinco y veinte.

—¿Y veinte? —Se acerca apresuradamente al armario y comienza a hurgar entre las medias. Un par tras otro aterrizan en el suelo junto a sus pies—. Joder. ¿Por qué siempre me olvido de comprar medias?

Un minuto más tarde, Nina sale de la habitación con algo negro en una mano.

—¿Cómo van los chicos? —me pregunta, camino de la entrada—. ¿Ya están vestidos?

—Voy a echar un vistazo.

—¡Que Vilgot se ponga la camisa! —grita Nina desde el baño—. Está colgada sobre la silla.

Me abotono los pantalones, me pongo la americana y me miro en el espejo. La corbata me hace parecer un payaso. Solo falta la nariz roja.

Vilgot y ropa de vestir no casan bien. Nuestro hijo de seis años podría pasarse la vida entera en pantalones de chándal y a veces me pregunto para qué insistimos en ponerle ropa formal. Anton, en cambio, se ha vuelto menos intransigente en cuanto a eso. Le gusta ponerse ropa chula y últimamente se queda delante del espejo por la mañana, arreglándose el pelo. El efecto de la Secundaria.

—Guapa, la camisa —le digo mientras bajamos por las escaleras.

Anton se encoge de hombros, pero esboza una de sus escasas sonrisas.

Me paro a la altura de la cocina y miro a las dos chicas que están junto a la encimera. Trato de calmar los violentos latidos del corazón. Jennifer no es un monstruo. Es una chica adolescente perfectamente normal, la amiga de mi hija. Tengo que aclararme la voz varias veces antes de poder hablar.

—Adiós.

Jennifer no responde, parece que ha tomado la decisión de no escuchar. Sigue cortando lechuga, dándome la espalda. El ajustado vestido corto no deja mucho para la imaginación y hago lo imposible por no quedarme mirando donde no debo. Aun así tengo la sensación de haber sido pillado cuando Smilla se da la vuelta. Se le ilumina la cara, baja el volumen del altavoz portátil y se acerca a mí.

—Adiós. —Me da un abrazo fuerte—. Gracias por ayudarme a convencer a mamá.

Como si tuviera elección.

Con mi hija de diecisiete años entre los brazos, se me ocurre una idea chiflada pero recurrente, la de buscar una manera de mantener a los hijos siempre con nueve años de edad. Las criaturas de nueve años son perfectas. Son listas y razonables, pero siguen conservando una fe inquebrantable en que sus padres son capaces de arreglarlo todo. Una tarde en el parque de juegos de Leo es suficiente para saciar la sed de entretenimiento.

—Ya sabes lo que hemos acordado. —Doy un paso hacia atrás y busco la mirada de mi hija—. No dejes entrar a nadie que no esté invitado, no puede...

Smilla se tapa los oídos.

—¡Lo sé! —Deja caer las manos—. Lleváis dos semanas diciendo lo mismo.

La suelto.

—Es que nos preocupamos por ti.

2. Nina

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Nina

El coche está aparcado junto a la puerta de entrada. El habitáculo está iluminado por la luz azul de tres pantallas. Abro la puerta, entro en el asiento del copiloto y coloco la bolsa con el postre entre los pies para que no se vuelque el bol que hay dentro.

—Uf. —Miro a mi marido—. Creo que me voy a arrepentir de esto.

Fredrik pulsa el botón y el coche arranca.

—¿Arrepentirte de qué?

—La fiesta. ¿Cómo podemos ser tan inocentes como para dejar que veinte adolescentes celebren la Nochevieja en casa?

Fredrik suspira.

—Todo irá bien. Smilla y Jennifer sabrán manejarlo.

Entramos en la calle Agnesfridsvägen, pasamos por delante del instituto y de la plaza de Videdals. Al otro lado de la rotonda se atisba el edificio de Vita Höja, de nueve plantas. Las ventanas iluminadas crean un mosaico amarillo detrás de la señal del supermercado Coop, de un color verde chillón.

Noto una punzada en la tripa. No quiero estropear la velada preocupándome por las chicas, pero la inquietud crece a medida que nos alejamos de la casa.

Hace un momento me he quedado de pie fuera de la puerta de entrada de la casa. De repente tenía que decirle tantas cosas a mi hija. De lo traicionero que es el licor, de la necesidad de nunca hacer nada que no quieres, de lo guapa que es ella y que todos, en un mundo perfecto, deberían poder vestirse como les da la gana, pero que un top transparente puede enviar señales no deseadas. Y otras cosas. Pero, claro, ya es tarde para soltar todos esos consejos. Además, las chicas conocen perfectamente las reglas: un máximo de veinte personas, nada de drogas (pero nada de nada), solo sidra o cerveza. El armario de los licores está cerrado y tengo la llave en mi cartera.

Me giro hacia Fredrik.

—Puede que Smilla y Jennifer estén a la altura. Pero no conocemos ni a la mitad de la gente que han invitado. Smilla dice que solo han invitado a compañeros de clase, pero podrían ser cualquiera.

—Tenemos que atrevernos a confiar en ella.

—Creo que podemos fiarnos de Smilla, pero Jennifer... —Trato de encontrar las palabras adecuadas—. A Jennifer nunca le ha importado dónde están los... límites. Sabes de sobra lo pesada que era de pequeña, toda la mierda que se le ocurría. Y Smilla siempre se ha limitado a seguirla.

—Ya tienen diecisiete años —señala Fredrik—. No once.

Me quedo sin energía. Esta conversación no va a ir a ninguna parte, sobre todo a estas alturas, cuando las decisiones ya están tomadas.

Hay muchas razones por las que no se debería permitir que los adolescentes monten fiestas en solitario antes de cumplir los dieciocho. Pero mis dudas en torno a la fiesta de las chicas se fundamentan sobre todo en un hecho muy concreto: Jennifer no me cae bien. No me fío de ella y no me cae bien.

Me cuesta reconocerlo. Trabajo con niños y normalmente consigo dar con la llave que abre todos los pequeños corazones. Y, si no, con el tiempo los consigo abrir con una ganzúa.

El corazón de Jennifer siempre ha estado cerrado para mí. Cuando era pequeña montaba mucho jaleo, era ruidosa y necesitaba ser el centro de atención. Siempre estaba preocupada cuando Smilla jugaba con Jennifer, por si pasaba algo. Más tarde, cuando ya eran adolescentes, la preocupación se convirtió en terror. Impuse reglas muy claras para Smilla y le informé de cuáles iban a ser las consecuencias en caso de quebrarlas.

La amistad entre las chicas ha sido difícil de manejar. Nunca he querido compartir con Smilla lo que pienso, Jennifer ha sido como una hermana para ella. Y Fredrik siempre ha pensado que exagero. Siempre se ha puesto del lado de Jennifer.

Personalmente, me alegro de que las chicas ya no queden tan a menudo. Esta idea de organizar una fiesta de Nochevieja juntas llegó como una sorpresa. Una sorpresa desagradable.

—La libertad y la responsabilidad van de la mano —dice mi marido, como si hubiera leído mi mente.

La libertad genera responsabilidad. Fredrik repite el mantra de las discusiones de las últimas semanas. Me muerdo la lengua para no repetir las objeciones que he planteado en las mismas ocasiones.

En realidad, él tampoco se ha mostrado totalmente conforme con la idea de la fiesta. Pero siempre ha insistido en que es mucho mejor que se queden en casa, en la urbanización de adosados, que «en la calle».

Ese argumento me convence. El problema es que aun así no tendremos ningún tipo de control sobre ellas. Estaremos en otra fiesta, en otra parte de la ciudad. Y ahora, ya en medio del peligro, se me ocurren mil cosas que podrían salir mal en una fiesta de Nochevieja en compañía de Jennifer Wiksell. Aun cuando se celebre en una urbanización de adosados.

Giro la cabeza y miro por encima del hombro. Encuentro dos pares de ojos clavados en unas pantallas iluminadas; dos pares de oídos armados con auriculares blancos. Abandono mi intento de establecer contacto y vuelvo a girarme hacia delante.

Hay mucho tráfico en la circunvalación de Inre Ringvägen, la mayoría de la gente estará camino de alguna celebración de Nochevieja. Trato de no pensar en la fiesta de las chicas, me obligo a concentrarme en nuestra propia celebración y en la cena a la que estamos a punto de llegar.

Espero que la mousse me haya salido bien. Hay que servirla con fruta de la pasión y galletas de avena. Al principio pensé, presa de un impulso inocente, que podría comprar las galletas en el supermercado. Pero en el último momento cambié de idea y preparé mis propias galletas caseras. Aparecer en casa de Lollo y Max con galletas compradas en el supermercado sería un suicidio social.

Miro de reojo a mi marido. Hace no mucho tiempo, habría compartido mis ideas con él. Habríamos bromeado sobre el hogar perfecto de nuestros amigos y sobre nuestro propio caos doméstico, y Fredrik me habría consolado. Habría dicho que, para empezar, Lollo y Max solo tienen a Jennifer, y, además, la decoración de interiores y la gastronomía son los intereses más importantes de Lollo.

Antes nos encantaba hablar de las ventajas y las desventajas de nuestros amigos, y me doy cuenta de que en la mayoría de los casos lo hacíamos para ensalzar nuestras propias virtudes. Porque siempre llegábamos a la conclusión de que nuestro estilo de vida era el mejor.

Últimamente ya no hablamos. Nunca hablamos de nuestros amigos, ni de nosotros, ni de ninguna otra cosa, en realidad. Los únicos asuntos que tratamos versan sobre la logística familiar, cosas que tienen que ver con los niños. Echo en falta nuestras conversaciones, echo en falta a nosotros mismos.

Podría culpar a los años en los que teníamos niños pequeños de los que ocuparnos. Pero hace unos meses Vilgot empezó el curso preparatorio para la Educación Primaria y ya es bastante independiente. Anton está en sexto y Smilla cumple dieciocho en breve. Se podría decir que los años de niños pequeños ya han terminado.

—¿Cuándo llegamos?

Un pequeño dedo rasca mi abrigo y me doy la vuelta.

—Enseguida. ¿No sabes dónde estamos?

—No. —Los rizos dorados de Vilgot se agitan cuando niega con la cabeza—. Si está completamente oscuro fuera.

—¿Ves las luces allá a lo lejos? —Señalo con el dedo—. Son del barrio de Klagshamn.

Parece que Vilgot se contenta con esta información y vuelve a su iPad.

Miro a través de la ventanilla, viendo el paisaje llano pasar al otro lado. Los campos de cultivo están bordeados de sauces desnudos que se inclinan en el sentido opuesto al mar. Unos velos de niebla cubren la tierra embarrada, es difícil ver dónde empieza y dónde termina el cielo. Un típico invierno de Escania.

—Qué tiempo de mierda. —Fredrik activa los faros antiniebla pero los vuelve a apagar, ya que no surten efecto—. Está claro que no veremos los fuegos artificiales esta noche.

—¿Tienes que ser tan negativo? —le pregunto.

—¿Negativo? Es lo que hay.

—¿No han prohibido los fuegos artificiales? —se oye una voz, quebrada por un gallo, desde al asiento trasero.

—Los cohetes que se colocan en el suelo están prohibidos —contesta Fredrik y toma la salida hacia el barrio—. Pero las tartas, no. —Me mira—. Supongo que Max ha traído la tarta más bestial que se puede encontrar.

A Max le gusta dar la nota y a Fredrik eso siempre lo ha molestado. Mi marido piensa que el propósito principal de todo lo que Max hace reside en mostrar al resto del mundo que tiene dinero. Y tal vez sea parte de la verdad. Pero también creo que a Max le gusta hacer locuras. Quiere ser el amigo bromista que siempre hace cosas divertidas.

Max posee una inmobiliaria exitosa en el centro de Malmö, una empresa fundada por su padre. Max Wiksell no habrá leído un libro en toda su vida, pero tiene buen olfato para los negocios y es un hombre extremadamente disciplinado. Según Lollo, no hace más que trabajar, y parece que le está saliendo bien.

A Max le gustan los coches nuevos, el whisky antiguo y los relojes caros. Y aunque Fredrik me diga que le da igual este tipo de símbolos de riqueza, se nota claramente que tiene una necesidad de estar a la altura de Max. Normalmente lo expresa posicionándose en contra de lo que dice. A veces mediante afirmaciones eruditas acerca de temas en los que Max quiere parecer una autoridad (whisky), pero de los que en realidad sabe poco.

En cuanto a mí, a diferencia de Fredrik soy capaz de reírme de Max cuando comienza a jactarse de algo, o cuando se convierte en el señor Sabelotodo. Puesto que Fredrik, a diferencia de mí, es capaz de reírse del pan casero de Lollo, hecho con masa madre, supongo que estamos empatados. Siempre me he comparado con mi guapa y delgada amiga, tan ama de su casa. Y eso que soy consciente de que la comparación me pone de mal humor.

Aparcamos a un trecho de la casa. El parque móvil de la familia Wiksell ocupa todo el espacio delante de la entrada, aunque hayan dispuesto una zona amplia para ese propósito. Un mar de velas para el exterior ilumina el jardín delante del gran chalet blanco, y tras la ventana panorámica del salón veo las siluetas de varias personas con copas de champán en las manos. Veo a Malena echar la cabeza hacia atrás en una de sus famosas carcajadas, y por primera vez en mucho tiempo me entran ganas de fiesta.

A saber, puede que la noche no salga tan mal a pesar de todo. Vamos a celebrar la llegada del nuevo año con buenos amigos. Los chicos están con nosotros y Smilla..., bueno, ya casi es mayor de edad. Hay que cortar el cordón umbilical.

—Lo siento.

Pongo una mano sobre la pierna de Fredrik.

Me mira.

—¿Por qué lo dices?

—Bueno, no ha sido justo tacharte de negativo. Tienes razón. Hace un tiempo de mierda.

Fredrik sonríe, pero la sonrisa no termina de alcanzar los ojos.

—Ya se me había olvidado.

3. Fredrik

3

Fredrik

En seis horas, todo habrá terminado. Bueno, siete horas. No vamos a volver a casa a las doce en punto. Pero en un máximo de siete horas volveré a caminar por este jardín... en sentido opuesto. Y siete horas, pensándolo bien, pasan bastante rápido. Es menos de un día de trabajo. Lo puedo hacer.

En siete horas, todas estas velas se habrán apagado. Llevaré a Vilgot, dormido, en brazos, y el taxi estará esperando.

Un momento. Aprieto el paso.

—¿Has reservado un taxi?

Nina se para y se da la vuelta. Se ha arreglado el pelo, lleva purpurina en los párpados.

—Lo ibas a hacer tú.

¡Mierda! ¿Cómo he podido olvidarme, cuando lo único que quiero es largarme de aquí?

Me mira.

—¿Me dices en serio que se te ha olvidado hacer la reserva?

—No te preocupes. Yo me ocupo.

—¿Y cómo te vas a ocupar? —Nina levanta las cejas—. Normalmente hay que reservar con una semana de antelación. Por lo menos.

—Me ocuparé. Ya te lo he dicho.

Algo grave debe de ocurrir con mi cabeza. He empezado a olvidar cosas. Cosas importantes. No es normal en mí y me acojona. ¿Estaré sufriendo los efectos de un alzhéimer incipiente? Nina suspira.

—Bueno, yo por lo menos no pienso arrastrar a dos críos muertos de sueño a algún autobús en medio de la noche. Que lo sepas.

Sella los labios y Anton nos mira.

—¿Ahora qué ocurre?, ¿vamos a pasar la noche aquí?

—No —responde Nina con firmeza—. Iremos a casa. —Me lanza una mirada dura—. Papá se ocupará.

Se abre la puerta de entrada de par en par y Lollo sale con una amplia sonrisa. Entre los brazos sujeta a Chanel, el caniche de la familia, que lleva un enorme lazo brillante sujetándole un mechón de pelo en la cabeza para la ocasión.

—¡Hola! ¡Bienvenidos! —El vestido negro de Lollo recuerda al de Jennifer, es ajustado y corto—. Vamos, entrad. —La anfitriona da unos pasos hacia atrás y la seguimos—. Cómo habéis crecido, chicos. Anton, ya casi alcanzas a tu padre. ¡Y Vilgot! Vaya un chico guapo.

Lollo deja a Chanel en el suelo y nos abraza, uno tras otro. Nina, que primero entrega un sofisticado ramo de flores envuelto en celofán, recibe un abrazo más sentido.

—Por fin nos vemos. —Lollo la suelta, pero mantiene una mano sobre el hombro de Nina—. Es increíble cómo pasa el tiempo. ¿Cuándo fue la última vez que nos vimos? ¿En serio que no nos hemos visto desde la fiesta del solsticio de verano?

Sé que es así, pero me niego a pronunciarme sobre el asunto. Nina enseguida lo cuestiona, dice que seguro que nos hemos visto después, y mientras le dan vueltas cuelgo la cazadora de Vilgot. El niño se ha quedado junto al zapatero; de repente parece tímido ante todas las caras nuevas y medio nuevas.

Me limpio los zapatos en el felpudo.

—¿Puedo entrar con zapatos?

—Por supuesto. —Lollo sonríe—. ¡Sin zapatos no hay fiesta!

Me pregunto si es algo que se le acaba de ocurrir, o si es un dicho comúnmente aceptado. Sea como sea, me resulta estúpido.

Nina se cambia las botas por zapatos de tacón y después empuja a Vilgot y Anton hacia el salón.

—Vamos —dice, tratando de convencer a Vilgot al ver que titubea—. Seguro que Lollo os ha puesto unos refrescos y patatas fritas.

Funciona. Se activa el radar de chuches de nuestro hijo pequeño.

Admiro a mi mujer por su capacidad de manejar a niños pequeños. En cuanto a eso, tiene una paciencia impresionante. Ha nacido para ser profesora de guardería y sé que la aprecian tanto los niños como los padres y sus colegas.

—¡Fredde! —Max me da unas fuertes palmadas en la espalda—. ¿Qué tal?

Max es el único que me llama Fredde.

—Todo bien. ¿Y tú?

—Muy bien. De puta madre. ¿No te han puesto una copa? Por aquí está el champán. —Max estira su largo brazo y agarra una copa—. Toma.

Dom Perignon, naturalmente. Hay que mantener un estándar elevado; si no, la gente puede pensar que los negocios van mal.

—Gracias. —Levanto la copa—. Nochevieja otra vez, ¿eh?

—Y nosotros cada vez más jóvenes. —Max se inclina hacia delante y baja la voz—. ¿Has visto al nuevo novio de Malena?

Repaso la sala con la mirada, pero no veo ni a Malena ni a nadie que pueda ser su novio. Nina ayuda a Vilgot a llenar un vaso pequeño de Coca-Cola, y delante de ellos hay dos parejas que también estuvieron presentes la última vez que celebramos Nochevieja aquí. Ambas son vecinos de Max y Lollo y recuerdo que tenía a una de las mujeres a mi lado en la cena del año pasado, pero no recuerdo quién de ellas era. Este año también parecen casi idénticas: largas melenas rubias, vestidos negros, zapatos de tacón negros.

En cuanto a sus maridos, sí soy capaz de diferenciarlos. Jens Stenman es casi tan ancho como largo, Magnus Göransson tirando a flaco. Juntos me recuerdan al Gordo y el Flaco.

—El chico de Malena es musulmán —susurra Max, mirándome con expectación.

Conozco a Max Wiksell, sé de sobra qué clase de reacción espera de mí. Y, a decir verdad, ya tengo cierta curiosidad por conocer al novio de Malena. Ahora bien, airear este tipo de pensamientos no haría más que fortalecer la manera de ver el mundo de Max, que ya de por sí es bastante miope.

—¿Y? —le digo—. La mitad de mis alumnos son musulmanes.

—Vale, sí. Quiero decir, tenerlo aquí, en casa, junto a Malena. Nunca había pensado que iba a celebrar Nochevieja con un...

—¿Es religioso? —lo interrumpo.

Max frunce el ceño.

—¿Qué quieres decir? Es musulmán.

—Sí, pero ¿es musulmán practicante? ¿Va a la mezquita? ¿Reza a diario? ¿Bebe alcohol?

—Ni idea —responde Max, encogiéndose de hombros—. Tendrás que preguntárselo.

En el mismo momento entra Malena en el salón junto con un hombre de pelo moreno. No sé qué me había esperado, pero parece un tipo de mediana edad completamente normal en una fiesta de Nochevieja. Traje, camisa y corbata.

—¡Fredrik! —Malena dirige sus pasos hacia nosotros—. Me alegro de verte. —Me da un abrazo largo y después se gira hacia su nuevo amor—. Te presento a Adem.

Le doy la mano y Max aprovecha para marcharse a otro lado.

—Malena se empeña en presentarme como Adem —observa el moreno con un acento marcado de Malmö—. Pero llámame Adde si quieres. Todos lo hacen.

—Soy Fredrik —le digo—. Encantado. Mi mujer es Nina, la que está ahí con un vestido verde.

Mi esposa se ha desplazado desde la mesa de picoteo hasta las dos parejas de vecinos. Se ríe y chocan las copas en un brindis.

Cuando dirigimos nuestras miradas al pequeño grupo, es como si no los conociera. Tengo la sensación de ver a Nina por primera vez y me llama la atención lo bella que es. Los ojos color ámbar, las cejas marcadas de manera natural, los rizos castaños. La amo —la idea casi me sorprende— y me encanta esa risa alegre. ¿Cuándo la oí por última vez?

—Bien, Nina y Lollo son mis viejas amigas del Bachillerato —explica Malena a Adde.

Sonríe.

—Tus cómplices de travesuras, por lo que me han contado.

—Exactamente. —Malena le lanza una mirada enamorada—. La adolescencia fue una época peligrosa. —Se gira hacia mí—. Me dicen que Jennifer y Smilla ya han tomado el relevo. ¿Habéis cerrado el armario de licores con llave?

—¿Qué edad tienen? —pregunta Adde.

—Diecisiete —contesto—. Smilla cumple dieciocho en febrero.

—La mejor época de la vida —comenta Adde con una sonrisa.

—¿Qué quieres decir? —Malena finge estar ofendida—. Pensaba que tu mejor época es ahora, que me has conocido.

Adde le planta un beso en la mejilla.

—Claro. La mejor época es ahora.

4. Lollo

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Lollo

Nina está en la puerta de la cocina. Sujeta una copa de champán con una mano y en la otra tiene unos cacahuetes grasientos. El vestido de color verde manzana le sienta bien; esta noche transmite frescura, por una vez. Frescura, pero también gordura. A Nina siempre le ha faltado carácter. Es raro que no sea capaz de contenerse. Habría sido realmente guapa con diez kilos menos.

—¿Necesitas ayuda?

—No, gracias, ya puedo —respondo—. Malena ha traído el primer plato, ya está sobre la mesa. Lo tengo todo bajo control.

Nina se mete un cacahuete en la boca, se acerca a mí y baja la voz.

—¿Has hablado con esa nueva estrella? Se llama Adde, ¿no?

—Solo nos hemos saludado. Pero parece majo.

—Y guapo —señala Nina con una sonrisa.

Abro el grifo y empapo la bayeta con agua caliente.

—Suelen serlo. Guapos, quiero decir.

—Esperemos que funcione esta vez. —Mi amiga suspira levemente—. Por Theo, al menos.

—Ya, la verdad. —Escurro la bayeta y comienzo a frotar unas manchas marrones que parecen haber sido absorbidas por la encimera de mármol blanco—. Por cierto, ¿están Theo y Anton ahí arriba? Confío en que cuiden de Vilgot.

—Acabo de subir. —Nina mira hacia el techo—. Theo y Anton están con un videojuego y Vilgot los está mirando. De momento parece contentarse con eso. —Toma un sorbito del champán y mira a su alrededor—. Qué bonitos, los azulejos decorados. Dan vida a la cocina.

—¡Ya, me encantan! Hechos a mano, importados directamente de Marruecos.

Nina sigue los dibujos de los azulejos con el dedo índice.

—Habrán sido muy caros.

—Los hemos comprado a través de la empresa, así que nos hemos ahorrado el IVA —contesto, al mismo tiempo que me enfado conmigo misma.

¿Por qué trato de defenderme? No me apetece hablar de dinero. Siempre terminamos ahí y no sé si es curiosidad o envidia por parte de Nina. Fredrik y ella no lo tendrán fácil con dos sueldos de profesor y tres hijos. Pero ellos lo han querido así. Nadie los ha obligado a escoger profesiones de sueldos bajos. Fredrik incluso dejó su trabajo de ingeniero cuando Smilla era pequeña. Para hacer algo que tuviera «más sentido». Es incomprensible, narices. ¿Por qué tomar la decisión de prescindir de la mitad de tu sueldo? Nina debería haberlo impedido.

La miro y añado:

—A Max le parecía que todo el proyecto era innecesario. Los azulejos anteriores solo llevaban aquí tres años. Pero conseguí convencerlo.

Nina sonríe.

—Se te da bien, eso.

—Cada uno tenemos nuestros talentos.

Paso un plato bajo el agua y lo coloco en el escurreplatos. No estoy dispuesta a revelar que tuve que echar unas lágrimas de cocodrilo para conseguir esos azulejos. No por el precio, eso no suele ser un problema para Max. Era más bien una cuestión de que no entendía el motivo. Pero fue más fácil soltar unas lagrimillas que tratar de explicar que los azulejos viejos ya estaban muy pasados de moda y que tengo que estar al día, ya que me muevo en el mundo de la decoración de interiores.

—Y tú tienes muchos talentos. —Nina se toma otro sorbo de champán y se apoya en la encimera—. ¿Cómo te va el blog?

Parece que nadie entiende cuánto cuesta pensar en temas, sacar fotos, subirlas, redactar textos y editar todo. Dedicaré unas quince horas semanales a ese puñetero blog; y eso que todavía apenas tiene lectores. Pero sé que mi blog será un escaparate fantástico tanto para la tienda física como la virtual, el asunto es divulgarlo un poco mejor.

Nina no me da tiempo a contestar.

—Sacas fotos muy profesionales —continúa—. Me he metido un par de veces a echar un vistazo.

—Si quieres, puedes compartir mis actualizaciones en Facebook —le digo—. Los clientes son sobre todo mujeres a partir de nuestra edad, y todavía usamos esa plataforma a veces. A diferencia de los críos.

—Hablando de críos... —Nina frunce el ceño—. ¿Sabes algo de Jennifer?

—No. Pero eso suele ser buena señal.

Nina asiente con la cabeza, pero no parece convencida. Comienza a dar vueltas por la cocina.

—Fredrik y yo no estábamos completamente de acuerdo.

—¿En cuanto a qué?

Me seco las manos y vuelvo a colgar el trapo en su sitio.

—De si debíamos dejar que veinte adolescentes entrasen a ocupar nuestra casa. Entre otras cosas.

A buenas horas saca el tema. Habremos dado vueltas a la fiesta de las chicas al menos tres veces por teléfono en el último mes, pero solo hemos hablado de alcohol y drogas. Nina nunca ha dicho que el lugar de la celebración iba a suponer un problema.

—Bueno, en fin. —Sonríe y hace un gesto rendido—. Ya le he dado el visto bueno, así que no hay nada que hacer... Pero ya sabes. Estoy un poco preocupada.

Intento no suspirar en alto. Nina es una experta a la hora de preocuparse. Ve problemas por todas partes, a menudo antes de que surjan. Smilla casi siempre es el objeto de su preocupación. Que si Smilla esto, que si Smilla lo otro. Pobre chica. No debe de ser fácil tener a una madre tan sobreprotectora como Nina todo el día encima.

Hay que aprender a fiarse de los hijos, sobre todo cuando ya tienen la edad de las chicas. Además, necesitan cometer sus propios errores. Si siempre andas allanándoles el camino, ¿cómo van a hacer frente a la vida solos luego?

—Ah, conque estáis aquí, cotilleando.

Malena entra bailando en la cocina, con la música de fondo de Happy New Year de Abba. Ese vestido de lentejuelas quizá sea un poco exagerado, pero le queda bien.

—¿No puedo participar? —pregunta.

—Claro que puedes. —Hago un gesto con la cabeza hacia Nina—. Para empezar, puedes intentar que esta amiga tuya le deje de dar tantas vueltas a todo.

Malena pone una mano debajo de la barbilla y finge estudiar a Nina de pies a cabeza.

—Veamos... —Suelta la barbilla y levanta un dedo índice—. Un análisis concienzudo me dice que te preocupan todas las cosas divertidas que se les pueden ocurrir a Smilla y Jennifer esta noche. ¿Tengo razón o tengo razón?

Me cuesta reprimir la risa. Siempre hemos sido iguales en este sentido, Malena y yo. Ambas pensamos que no hay que preocuparse antes de tiempo. Es tan innecesario. Y aburrido. Sin nosotras, a estas alturas de la tarde Nina ya estaría fuera de sí de preocupación. Bueno, o por lo menos habría tenido una vida mucho más sosa.

—¿Cómo? —Nina me lanza una mirada oscura—. Es normal preocuparse un poco, creo. Vale que no es la primera vez que Smilla va a una fiesta, pero es la primera vez que la organizan en nuestra casa, y...

—Bah. —Malena pone una mano sobre el brazo de Nina—. Todo irá perfectamente. Ya casi son mayores de edad. Además, piensa en lo que hacíamos nosotras con esa edad.

Nina hace una mueca.

—Precisamente.

Malena suelta una carcajada y yo la acompaño. Incluso Nina se ve obligada a reírse un poco. Pero luego se pone seria otra vez.

—Por cierto, ¿cómo está Theo?

Malena pone cara de no entender.

— ¿T he o?

—Sí. —Nina se ruboriza—. Bueno, Anton me dijo algo de que Theo lo estaba pasando mal. No entendí muy bien a qué se refería, pero...

—Ah, eso. —Malena agita la mano—. Bueno, ha sido un otoño exigente, con la mudanza y todo eso. Cole nuevo, gente nueva. Ya conocéis a Theo —dice con una amplia sonrisa—. En fin, no podemos andar deprimiéndonos con estas cosas. Vayamos a brindar con los demás.

El champán de Nina rebasa el borde de la copa cuando Malena nos coge a las dos del brazo y nos lleva hacia el salón.

—¡Tienes que dejar de preocuparte por las chicas, Nina! —grita Malena para hacerse oír por encima de la música y la cada vez más ruidosa conversación de los invitados—. Confía en ellas. La falta de noticias es una buena noticia.

5. Fredrik

5

Fredrik

—¿Y sabes lo que le dije? —gruñe Stenman—. Le dije que por ese dinero ni siquiera podrá comprar un bote.

El tipo ya está muy borracho. Tiene la cara roja y se ríe tanto que la camisa se le ha abierto por la presión de la barriga hinchada. Lleva diez minutos contando la anécdota de lo que pasó cuando intentó vender su velero hace dos veranos, y me duelen las mandíbulas de tanto apretarlas.

No tengo nada en contra de los barcos, mi padre tenía un velero con motor, que estaba atracado en Gottskär, y solíamos sacarlo a menudo en verano. El problema reside en Jens Stenman. Es, igual que la mayoría de los amigos de Max, un fanfarrón enamorado de sí mismo. Sé que la única razón por la que Jens está aquí parloteando sobre su velero es que quiere contarnos por cuánto lo vendió. Y no podría importarme menos.

—Sí, joder —dice Magnus Göransson—. La gente no tiene ni idea. Piensa que se puede regatear en cualquier circunstancia.

Stenman asiente con la cabeza.

—Cuando vendo algo... —Se tambalea, pero consigue agarrar el borde de la mesa—. Si la persona que me llama no sabe hablar sueco, cuelgo. Quiero decir, esa gente viene de culturas más primitivas. Sitios donde andan por los mercadillos regateando todo el día.

—Exactamente. —Magnus se interesa cada vez más por el tema y se inclina hacia delante—. Un consejo. Cuando vendí mi Arcona 465 contraté a un agente comercial. Fue un puñetero alivio no tener que ocuparme de todo eso. Los agentes serios cuentan con contactos por toda Europa y además son capaces de hinchar los precios, así que merece la pena.

Enseño mi copa.

—Voy a rellenar esta copa.

Camino sobre un parquet de roble pintado de negro, navegando entre alfombras peludas y alejándome del club de la admiración mutua. Hay algo de los hombres en grupo que me irrita profundamente. Nada más saludar, se les hincha el pecho y comienza la rivalidad. Y luego hay que hablar sobre trabajo, coches, barcos y dinero.

En un rincón están Nina, Malena y las dos rubias que están casadas con Jens y Magnus. Las risas se suceden y doy un rodeo alrededor del grupo, tengo la sensación de que mi presencia arruinaría el buen ambiente.

Lollo corre de un lado a otro entre las habitaciones.

—¿Necesitas algo?

—No, nada.

Sonríe, pero no se para.

—Sírvete otra copa de champán y relájate, Fredrik.

No puedo relajarme. Me pica el cuello bajo la camisa, se me habrá olvidado quitar alguna etiqueta. Me dirijo a la entrada, abro la puerta de la calle y salgo a las escaleras. El aire fresco de diciembre me recuerda que nos iremos en breve, que no quedan más que unas pocas horas.

Respira, Fredrik. Respira.

Vuelvo a entrar, dejo la copa sobre el aparador junto al espejo y me escurro por las escaleras, hasta la planta de arriba.

Theo y Anton están sentados en el sofá, cada uno manejando un mando con soltura. Vilgot está a unos veinte centímetros de la pantalla, viviendo cada giro en la carretera serpentina. En medio de la ovalada mesa de centro de cristal hay un bol con patatas fritas, que nadie ha tocado.

—¿Qué tal, chicos? —Me siento junto a Anton—. ¿Todo bien?

—De puta madre. —Anton no aparta la mirada de la pantalla ni un momento—. Estoy a punto de ganar.

—En tus sueños —gruñe Theo.

El ruido de la fiesta sube desde la planta baja, pero me acomodo en el sofá para seguir el progreso de los fórmula 1, deseando poder quedarme aquí el resto de la noche. Sin embargo, al levantar la mirada, veo la habitación de Jennifer a través de la puerta abierta y me arrepiento rápidamente.

Theo maldice entre dientes cuando su coche cae por un precipicio. Banderas blancas y negras aparecen delante del coche de Anton.

—¡Se ha hecho justicia! —exclama.

Me giro hacia Theo.

—Tendrás que ganarle la próxima vez. Si no, se vuelve insoportable.

Theo me dirige una breve sonrisa a la vez que Vilgot agarra el mando de Anton. Anton no está dispuesto a soltarlo, pero Theo enseguida le entrega el suyo.

—Una vuelta —le gruñe Anton a su hermano pequeño—. Una sola, ¿te has enterado?

Theo siempre ha tratado bien a Vilgot, ha dejado que juegue con ellos a pesar de las protestas de Anton. En parte, seguramente se debe a que Theo no se ve obligado a lidiar con hermanos propios. Pero también porque es buena gente. Parece que ha tenido algún problemilla a la hora de hacer amigos y puede que sea por eso por lo que pasa la Nochevieja con dos chiquillos. Es cierto que solo le saca dos años a Anton, pero entre los trece y los quince puede haber una brecha importante.

Theo enseña a Vilgot cómo debe manejar el mando. Tiene una voz suave, los ojos están parcialmente ocultos bajo el flequillo castaño.

Y de repente no es Theo el que está allí. Es Simon. Parpadeo un par de veces para recobrar a Theo, a la vez que me doy cuenta de que tiene la misma edad que Simon cuando falleció.

Mi hermano pequeño también era un chico tímido y callado.

—¿Qué tal por lo demás?

Tengo que hacer un esfuerzo para que no se me note la emoción al hablar.

—¿A qué te refieres?

Theo estira el brazo sobre la mesa y se sirve unas patatas fritas.

—Has cambiado de cole, ¿no? ¿Estás a gusto en Tygelsjö?

Se encoge de hombros.

—Vamos, papá. —Anton me da un empujón en el costado—. Es Nochevieja. Estamos jugando. ¿Tienes que estar aquí?

—Tranquilo. —Me levanto—. Ya me voy.

La puerta abierta es como un imán, mi mirada la busca.

No puedo reprimirme.

Sobre el cabecero de la cama cuelga un sujetador de encaje blanco. Parece fruto de la casualidad, que ha acabado allí cuando su dueña se dirigía a la ducha. Pero también podría tratarse de una disposición muy consciente.

Trago saliva y bajo las escaleras rápidamente.

6. Nina

6

Nina

—¡Bien, ya ha llegado la hora de un brindis!

Ivanka se levanta de la silla, agitando una copa de vino.

Yo tampoco estoy sobria, pero no he alcanzado a Ivanka Stenman. Tiene los párpados medio colgados y el pintalabios, de un rojo intenso, se le ha pegado a los dientes.

—Excelente propuesta. —Max también se pone en pie—. Por cierto, habrá que cantar un poco, ¿no?

—Por supuesto. —Magnus Göransson habla tan alto que el oído derecho se me queda sordo por un momento—. Vamos, Ankan. Canta la canción más verde que sepas.

Ivanka suelta una risita y se pasa una mano sobre el vestido corto.

—No me sé ninguna de esas.

—¡Vamos, Ankan! ¡Vamos! —insiste Magnus.

Jens Stenman se une a Magnus, acompañando las palabras con golpes sobre el tablero de la mesa.

—Oye. —Una voz tensa se abre paso por entre el ruido generalizado—. Hay niños aquí.

Por un momento se hace un silencio sepulcral en la habitación y todo el mundo se gira hacia la voz.

Es de mi marido. Intento captar su mirada, pero está mirando fijamente a Max e Ivanka, como si quisiera matarlos. ¿Qué le estará pasando?

—¿Qué os parece lo siguiente? —El hombre que está sentado a mi lado rompe el silencio—. Yo os canto una canción realmente verde. En árabe.

—Nada de eso. —Le meto un dedo en el costado a Adde—. Eso es hacer trampa. ¿Cómo vamos a saber que es una canción verde de verdad?

Esboza una amplia sonrisa y se levanta de la silla.

—Vais a tener que fiaros de mí.

Sujetando la copa de vino en una mano y usando la otra como batuta, Adde comienza a cantar. Doy palmas, Lisen también se une e Ivanka se retuerce en algo que seguramente pretende ser una exhibición de danza del vientre. Poco después, todo el mundo ya está de pie, practicando versiones caseras de danza del vientre o dando palmas. Todos menos Anton, Theo y Vilgot, que han abandonado el videojuego a regañadientes para cenar. Naturalmente, Fredrik tampoco participa.

—¡Estas fotos van a ser míticas! —exclama Lollo, móvil en mano.

Ivanka, que está ansiosa por figurar en la foto, baila con tanta intensidad que se cae de culo.

—¡Salud! —dice Max, ayudándola a ponerse de pie. Me siento, secándome las lágrimas de la risa con la servilleta, y me tomo un sorbo del vino blanco. El sabor es maravilloso. No es ni demasiado agrio ni demasiado dulce, y además está fresco.

—Mamá. —Vilgot se mete entre Magnus y yo—. ¿Ya puedo irme?

Cuando me giro para decirle que sí, noto cómo todo se tambalea. Vaya. ¿Cuántas copas de champán me habré tomado antes de cenar? He perdido la cuenta. Tendré que comer un poco más.

—Sí, claro.

Trato de acariciarle la mejilla, pero se escabulle y me giro hacia Adde otra vez.

—Un vino superbueno. Y un primer plato muy bueno también. —Engullo otra quiche pequeña y acerco la silla a la de mi vecino—. ¿De qué iba la canción, entonces? ¿Qué es lo que nos has cantado?

—No te lo puedo decir. —Los ojos oscuros de Adde centellean—. Ofendería a tus inocentes oídos.

—¿Inocentes? —De repente me entra hipo—. Lo siento. Siempre me pasa cuando bebo.

—Era una nana —contesta.

—¿Cómo? —La risa me sube por la garganta—. ¿En serio?

Adde asiente con la cabeza y pilla unas aceitunas de su plato.

—Ahora tendrás que contarme algo sobre Malena. —Se mete una aceituna en la boca, echándose hacia atrás en la silla—. Algo realmente bochornoso.

—Hay unas cuantas cosas para elegir. —Me giro hacia el otro lado de la mesa—. ¡Malena! Tu chico quiere que le revele todas tus penosas experiencias de juventud.

Malena interrumpe su conversación con Lisen.

—¿Qué quieres decir? Tengo un pasado inmaculado.

Todos se ríen a carcajadas, a la vez que la habitación se lle

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