La dama del lago

Laura Lippman

Fragmento

Te vi una vez. Te vi y te fijaste en mí porque notaste que te miraba, que te observaba. Me miraste y te miré, te miré y me miraste. Las mujeres atractivas suelen hacerlo. Se miran a los ojos y luego se examinan de arriba abajo. Con una sola mirada comprendí que nunca dudabas de tu atractivo y que, al entrar en una habitación, aún tenías la costumbre de inspeccionarla para asegurarte de que eras la más guapa. Contemplaste a la multitud que se arremolinaba en la acera y tus ojos se cruzaron con los míos apenas un instante, luego se apartaron. Nada más verme, nos puntuaste. ¿Quién ganó? Presiento que te coronaste tú misma porque viste a una mujer negra y encima pobre. Es curioso que en el reino animal sea al revés. El macho actúa para la hembra, la atrae con su hermoso plumaje o su crin ondulante, siempre intenta pavonearse más que los otros machos. ¿Por qué los seres humanos lo hacen de otra manera? No tiene sentido. Los hombres nos necesitan más de lo que nosotras a ellos.

Aquel día tú eras minoría, estabas en nuestro barrio y casi todos los presentes me habrían escogido a mí. Más joven, más alta, más esbelta. Tal vez incluso tu marido, Milton. De hecho, una de las razones por las que me fijé en ti era que estabas a su lado. En aquel momento se parecía mucho a su padre, un hombre al que yo recordaba con cierto afecto. No puedo decir lo mismo sobre Milton. Por la forma en que la gente lo rodeaba en la escalinata del templo, le palmeaba la espalda, le estrechaba la mano, supuse que había muerto su padre. Y por la forma en que la gente aguardaba para consolarlo supe que Milton era un tipo importante.

El templo estaba a una manzana del parque. El parque con el lago y la fuente. ¿No es un dato interesante? Seguramente aquella tarde estaba dando un rodeo, de camino a Druid Hill, con un libro en el bolso. Tampoco es que me gustara mucho estar al aire libre, pero en mi piso vivían ocho personas —mis padres, mi hermana y mis dos hermanos, mis dos hijos y yo— y nunca había un momento de paz, como diría mi padre. Así que me metía un libro en el bolso —Jean Plaidy o Victoria Holt— y soltaba un «Me voy a la biblioteca», y mamá no tenía valor para prohibírmelo. Nunca me reprochó que hubiera acabado con dos perfectos inútiles ni haber vuelto a casa como una mala hierba. Yo era su primogénita y también su preferida, aunque no tanto como para equivocarme una tercera vez y volver a salirme con la mía. Mamá se pasaba el día insistiéndome en que volviera a estudiar, en que fuera enfermera. Enfermera. Pero no podía imaginarme en un trabajo donde tienes que tocar a gente que no quieres tocar.

Cuando en casa el ambiente se volvía insoportable, cuando había demasiados cuerpos y voces, me iba al parque y deambulaba por los senderos, respiraba el silencio, me dejaba caer en un banco y me evadía de todo leyendo sobre esos tiempos de la vieja Inglaterra. Más adelante se dijo que yo era mala persona, que me había ido a vivir sola y había dejado a mis hijos con sus abuelos, pero en realidad lo hice pensando en ellos. Necesitaba un hombre, y no a uno cualquiera. Los padres de mis hijos me lo habían demostrado. Mi objetivo era encontrar a un hombre que fuera capaz de mantenernos a todos. Y conseguirlo requería estar un tiempo sola, aunque eso implicara irme a vivir con mi amiga Latetia, quien, básicamente, dirigía una escuela unipersonal centrada en cómo hacer que los hombres lo paguen todo. Mi mamá creía que si a un ratón le tiendes una trampa con un poco de queso, al menos debes conseguir que ese trocito se vea mínimamente apetitoso; quizá cortando la parte mohosa, o escondiendo el moho por detrás. Por tanto, tenía que estar guapa y mostrarme despreocupada, y eso era imposible viviendo en el abarrotado piso de mi familia en Auchentoroly Terrace.

Bien, de acuerdo, tal vez sí podía imaginarme en un empleo donde tienes que tocar a gente a la que no quieres tocar.

Pero ¿qué mujer no hace eso? Tú misma lo hiciste, supongo, cuando te casaste con Milton Schwartz. Porque nadie habría podido tener un romance de cuento de hadas con el Milton Schwartz que yo conocía.

Era 1964 —lo recuerdo por la edad que tenían mis hijos—, finales de otoño, empezaba a refrescar. Tú llevabas un sombrero redondo liso, sin velo. Apuesto que te dijeron que parecías Jackie Kennedy. Apuesto que eso te gustó, aunque lo negaras con una carcajada como diciendo «¿Quién? ¿Yo?». El viento te agitó el pelo, pero sólo un poco, por el toque de laca. Llevabas un abrigo negro con piel vuelta en el cuello y los puños. Créeme, recuerdo bien ese abrigo. Y, vaya, Milton se parecía tanto a su padre que en ese momento pensé que el viejo Schwartz era más bien joven y bastante atractivo cuando yo era pequeña. Sin embargo, de niña, cuando compraba caramelos en su tienda, lo consideraba un viejo. Y ni siquiera había cumplido los cuarenta. Ahora yo tenía veintiséis y Milton debía de rondar los cuarenta, y allí estabas tú, a su lado, y yo no podía entender cómo había conseguido a una mujer tan bella. Tal vez ahora era más amable, pensé. La gente cambia, claro que sí, sin duda. Yo misma lo hice. Sólo que nadie lo sabrá.

¿Y qué viste tú? No recuerdo mi ropa, pero puedo adivinarlo. Un abrigo, demasiado ligero incluso para ese día apacible. Probablemente había salido de una caja de la iglesia, así que estaría lleno de pelusa y flácido, con el dobladillo deformado. Unos zapatos raídos, con las suelas desgastadas. Los tuyos eran negros y relucientes. Mis piernas lucían al aire. Tú llevabas unas de esas medias que parecen satinadas.

Al observarte, me percaté del truco: para conseguir a un hombre con dinero primero debía aparentar que no me faltaba el dinero. Tenía que encontrar trabajo en un lugar donde las propinas fueran billetes, no unas monedas tiradas en la mesa. El problema era que en esa clase de sitios no contrataban negras, ni siquiera como camareras. La única vez que conseguí trabajo en un restaurante fue lavando platos, escondida en la parte de atrás, lejos de las propinas. En los buenos restaurantes no se contrataba a mujeres para atender las mesas, ni siquiera a blancas.

Tendría que ser creativa y encontrar empleo en algún sitio donde pudiera conocer a esa clase de hombres que regalan cosas a las chicas, lo que a su vez me volvería más deseable para los hombres que apostaban más fuerte y me permitiría seguir escalando posiciones. Ya sabía qué significaba eso, qué tendría que hacer a cambio de esas cosas. Ya no era una niña. Ahí estaban mis dos hijos para probarlo.

Entonces, cuando me viste —y me viste, de eso estoy segura, nuestros ojos se cruzaron y ambas nos sostuvimos la mirada—, advertiste mi ropa andrajosa, pero también mis ojos verdes, mi nariz recta. Los rasgos a los que debo mi apodo, aunque más adelante conocí a un hombre que decía que yo le recordaba a una duquesa, no a una emperatriz, y que debería llamarme Helena. Según él, yo era lo bastante hermosa como para provocar una guerra. ¿Y acaso no fue eso lo que hice? No sé de qué otra manera podría llamarse. Tal vez no fuera una gran guerra, pero fue una guerra en cualquier caso; una guerra en la que hubo hombres que lucharon entre sí, aliados que se convirtieron en enemigos. Todo por mí.

En un abrir y cerrar de ojos me enseñaste adónde quería dirigirme y cómo llegar hasta allí. Tenía una oportunidad más. Un hombre más.

Ese día no imaginé que nuestros caminos volverían a cruzarse, a pesar de lo pequeñísimo que es Baltimore. Tú sólo eras la mujer que se había casado con aquel adolescente horrible que se dedicaba a atormentarme, y ese chico desagradable se había convertido en un hombre apuesto que estaba enterrando a su padre. «Necesito un marido como ése. No un hombre blanco, por supuesto, sino un hombre que pueda comprarme un abrigo de piel vuelta en el cuello y los puños, un hombre que inspire respeto. Una mujer no vale más que el hombre que tiene a su lado», pensé. Mi padre me habría dado una bofetada si hubiera oído esas palabras saliendo de mi boca, me habría obligado a encontrar todos los versículos de la Biblia que hablan de la vanidad y el orgullo y a aprendérmelos de memoria. Pero aquello no era vanidad de mi parte: necesitaba un hombre que me ayudara a ocuparme de mis hijos. Y un hombre adinerado necesita una mujer hermosa. Eso fue lo que deduje aquel día. Tú estabas allí para consolar a Milton, para ayudarlo a enterrar a su padre, pero también representabas el estandarte de su trabajo y su éxito. No puedo creer que lo dejaras un año después, pero la muerte cambia a las personas.

Dios sabe que mi muerte me ha cambiado.

Cuando estaba viva, me llamaba Cleo Sherwood. Una vez muerta, me convertí en la Dama del Lago, un amasijo roto y repugnante que sacaron de una fuente en la que llevaba varios meses, soportando primero el frío invierno y luego esa primavera irregular y caprichosa, hasta bien entrado el verano. Mi cara había desaparecido por completo, igual que casi toda la piel del cuerpo.

Y eso no le importó a nadie hasta que llegaste tú, me adjudicaste ese estúpido sobrenombre, empezaste a tocar puertas y a molestar a la gente, a meterte donde no te llamaban. A nadie le importaba un bledo todo esto, excepto a mi familia. Yo no era más que una chica irresponsable que se había citado con la persona equivocada y a la que nadie había vuelto a ver jamás. Tú te presentaste al final de mi historia y lo convertiste en el principio de la tuya. ¿Por qué lo has hecho, Madeline Schwartz? ¿Por qué no te quedaste en tu bonita casa y te conformaste con un matrimonio aceptable? ¿Por qué no me dejaste tranquila en el fondo del lago? Allí estaba a salvo.

Todos estaban a salvo mientras estuve allí.

Octubre de 1965

OCTUBRE DE 1965

—¿Cómo que has invitado a cenar a Wallace Wright?

Maddie Schwartz deseó retirar la pregunta apenas salió de su boca. Maddie Schwartz no se comportaba como las mujeres de los programas de televisión o de las canciones. No molestaba ni intrigaba. No le hacía falta escuchar ninguna canción, de Jack Jones para recordar que debía arreglarse el pelo y maquillarse antes de que su marido cruzara el umbral al terminar el día. Maddie Schwartz se enorgullecía de su imperturbabilidad. ¿Había que invitar al jefe en el último momento? ¿Su marido se presentaba con dos primos de Toledo a los que jamás había mencionado o aparecía de improviso con un viejo amigo del instituto? Maddie siempre estaba preparada para cualquiera de esos desafíos. Gestionaba su hogar de forma similar a como lo había hecho su madre; con ingenio y astucia y un sentido de la organización que le salía sin esfuerzo o, mejor dicho, sin esfuerzo aparente.

A diferencia de su madre, obraba esos milagros domésticos gastando sin restricción. Llevaba las camisas de Milton a la mejor tintorería del norte de Baltimore, aunque se encontraba a varios kilómetros de su recorrido habitual. (Ella las dejaba, él las recogía.) Tenía una chica de la limpieza dos veces a la semana. Sus «famosos» panecillos suizos eran de lata y la nevera siempre estaba llena. Contrataba servicio de catering para las fiestas más ambiciosas de los Schwartz: la fiesta del día de Año Nuevo, que era una jornada de puertas abiertas para los colegas del bufete de Milton, y la fiesta de la primavera, que empezó como una reunión espontánea, pero tuvo tanto éxito que se vieron obligados a convertirla en una celebración anual. A la gente le encantaba esa fiesta; se hablaba de ella durante todo el año con sincera expectación.

Sí, Maddie Schwartz sabía cómo recibir invitados, y por eso le gustaba hacerlo. Se sentía especialmente orgullosa de su talento para improvisar una cena. Nunca se quejaba, ni siquiera cuando algún invitado no le caía demasiado bien. De modo que Milton estaba en su derecho de sorprenderse por su actitud malhumorada de esa tarde.

—Pensé que estarías entusiasmada. Él es un poco... bueno... famoso —dijo.

Maddie recuperó la compostura rápidamente.

—No me hagas caso. Sólo me preocupa que, con tan poca antelación, no podré preparar una cena tan espléndida como a las que él debe estar acostumbrado. Aunque a lo mejor estará encantado con un pastel de carne y unas patatas gratinadas. Supongo que si eres Wallace Wright te pasas el día comiendo langosta Thermidor y bistec en salsa Diana.

—Dice que te conoce un poco. Del colegio.

—Ah, pero nos llevábamos unos cuantos años —respondió Maddie, convencida de que el generoso de su marido deduciría que Wallace Wright era mayor que ella. En realidad, era dos años menor e iba sólo un curso por debajo, aunque en el escalafón social de Park School estaba muchos peldaños por debajo.

En aquel entonces se llamaba Wally Weiss. Hoy en día era casi imposible sintonizar la WOLD-TV sin encontrarse con Wallace Wright. Presentaba el telediario del mediodía, donde entrevistaba a las celebridades que pasaban por Baltimore, y también dirigía Soluciónelo con Wright, un programa nocturno relativamente nuevo que giraba en torno a las quejas de los consumidores. En los últimos tiempos, cada vez que Harvey Patterson, el venerado presentador de la WOLD, se tomaba alguna noche libre, lo sustituía Wallace.

Y Wally también era el vagabundo mudo que presentaba Donadio, un programa de dibujos animados que se emitía los sábados, aunque esto supuestamente era un secreto muy bien guardado por la cadena. Donadio, la poco imaginativa respuesta de Baltimore al payaso Bozo, no hablaba nunca y su rostro se ocultaba bajo gruesas capas de maquillaje. Pero Maddie había descubierto la artimaña cuando Seth era pequeño y veía ese programa.

Ahora Seth estaba en su penúltimo año de instituto. Hacía mucho tiempo que Maddie no veía Donadio, ni nada de la WOLD. Prefería la WBAL, la cadena número uno.

—Es un tipo agradable este Wallace Wright —continuó Milton—. No es nada engreído. ¿Ya te he contado que desde hace un tiempo jugamos partidos de tenis en las nuevas pistas de Cross Keys?

A Milton le encantaba soltar nombres de famosos y era lo bastante ingenuo como para sentirse orgulloso por jugar al tenis con un personaje televisivo, incluso con uno apodado Niebla de Mediodía por su inconfundible voz de barítono. El bueno de Milton, siempre deslumbrado por las estrellas. Maddie no podía reprocharle su tendencia a la adoración, considerando lo mucho que eso la había beneficiado. A pesar de que llevaban dieciocho años casados, aún había momentos en que él bajaba la guardia y la contemplaba como si no supiera qué había hecho para conseguir un premio semejante.

Ella lo quería, lo quería de verdad, llevaban una apacible vida juntos, pero, si bien en público se lamentaba ante la perspectiva de que su único hijo fuera a marcharse en dos años a la universidad, en realidad ya no aguantaba más. Se sentía como si viviera dentro de uno de esos dioramas que Seth había construido con cajas de zapatos en la escuela —seamos sinceros: los construía ella— y ahora la tapa se hubiera desprendido y las paredes estuvieran cayéndose. Desde que Milton había empezado sus prácticas de vuelo, no dejaba de preguntarle qué le parecería tener una segunda residencia en Florida. ¿La prefería en la costa atlántica o en el golfo? ¿En Boca Ratón o quizá en Naples?

«¿Son ésas las únicas opciones? ¿Las dos costas de Florida? ¿No es mucho más grande el mundo?», pensaba Maddie. Pero al final había dicho que creía que le gustaba más Naples.

—Hasta luego, cariño.

Colgó el teléfono y se permitió exhalar el suspiro que había estado conteniendo. Era finales de octubre y los diez días santos que preceden al Yom Kipur por fin habían quedado atrás. Estaba harta de recibir invitados, exasperada por todas las interrupciones a su rutina. Los días que iban del Rosh Hashaná al Yom Kipur se suponía que eran un período de reflexión, la época de hacer balance, pero Maddie no recordaba la última vez que había podido rezar antes de romper el ayuno. Y ahora que la casa había vuelto por fin a la normalidad, Milton quería traer a un invitado, nada menos que a Wally Weiss.

Sin embargo, era fundamental que la cena impresionara a Wallace Wright. Las pechugas de pollo aguantarían un día más descongelándose en la nevera. Y el pastel de carne, incluso con patatas gratinadas, no tendría el nivel acostumbrado. Maddie sabía preparar de forma muy sencilla un guiso de carne delicioso; tal vez su receta no podía compararse con las de la televisiva Julia Child, pero cuando la hacía no sobraba ni una cucharada. Nadie adivinaba el ingrediente principal: dos latas de crema de champiñones Campbell ligadas con un buen par de vasos de vino. El truco estaba en acompañar el guiso con cosas que sugirieran elegancia y planificación: galletas de la panadería del Hutzler’s, que Maddie guardaba en el congelador precisamente por esta razón; una ensalada César sin queso que Milton sazonaba en la mesa y luego servía con la misma técnica que los camareros del Marconi. Mandaría a Seth a Goldman’s a por una tarta. Después de todo necesitaba hacer prácticas de coche. Le diría que él podía comprarse comida rápida, lo que quisiera. El chico escogería algo no kosher, sin duda, pero Milton sólo exigía que los preceptos kosher se siguieran en casa.

Maddie examinó el bar, aunque siempre estaba bien provisto. Habría dos rondas de cócteles antes de cenar —ah, ya haría algo ingenioso con frutos secos, o tal vez serviría tostaditas con paté—, beberían vino con la cena y habría brandy y coñac después. No recordaba que Wally bebiera mucho, pero no había hablado con él desde el verano de sus diecisiete años. En aquel entonces nadie bebía. Ahora en el círculo social de Maddie bebían todos.

Él estaría distinto, desde luego. La gente cambia, pero sobre todo los adolescentes llenos de granos. Dicen que es un mundo de hombres, pero nunca oyes que sea un mundo de chicos. Maddie se dio cuenta en su propia casa, cuando Seth empezó el instituto. Le repetía que fuera paciente, que un día sería tan alto como su padre, que su rostro se volvería terso y atractivo, y sus profecías se habían cumplido.

Nunca le habría dicho lo mismo a Wally. El pequeño y triste Wally, que tanto la deseaba. Ella se había aprovechado de ese deseo cuando le había convenido. Aunque, por otra parte, eso es lo que hacen las chicas, ¿no?, ése es el poder con el que cuentan. ¿A quién creía que estaba engañando? Quizá ahora era más alto, ya no tenía acné y había domado su pelo, pero en la zona norte de Baltimore todos sabían que era judío. ¡Wallace Wright!

¿Estaba casado? Maddie recordaba que había habido una esposa, posiblemente un divorcio. La esposa no era judía, de eso estaba bastante segura. Decidió equilibrar la mesa con otra pareja, los Rosengren; ellos aportarían esa expresión de asombro ojiplático que a Maddie le costaría demasiado fingir. Jamás podría mirar a Wallace sin ver a Wally. ¿Le pasaría lo mismo a él? ¿Vería a la Maddie Morgenstern que acechaba dentro de Maddie Schwartz? ¿Preferiría la nueva versión? Ella había sido una chica muy guapa, es cierto, fingir lo contrario sería absurdo, pero su ingenuidad rozaba lo dramático. Se pasó la veintena criando a un bebé, a riesgo de convertirse en una mujer sosa y anticuada.

Con treinta y seis, tenía lo mejor de ambos mundos. Su espejo le devolvía la imagen de una mujer hermosa, todavía joven y capaz de comprar las cosas que le permitían conservarse así. Había decidido dejarse un mechón plateado, un toque excéntrico y elegante al mismo tiempo. El resto de canas se las teñía.

Esa noche, al abrirle la puerta a Wally, le encantó ver su admiración sin reservas.

—Jovencita, ¿está tu madre?

Pero esa frase la irritó. Era un halago demasiado obvio; podría habérselo soltado a una abuela de sonrisa bobalicona con demasiado pintalabios. ¿Acaso Wally creía que ella necesitaba esa clase de elogios? Trató de disimular su frialdad mientras servía la primera ronda de copas y tentempiés.

—Y bien, ¿es cierto que os conocisteis en Park School? —dijo Eleanor Rosengren después de beberse de un trago el primer cóctel.

Los Rosengren, igual que Milton, habían ido a un instituto público.

—Un poco —admitió Maddie con una carcajada que significaba: «Hace mucho tiempo de eso, no aburramos a los demás.»

—Yo estaba enamorado de ella —dijo Wally.

—¡No es cierto! —se rió ella, nerviosa y de nuevo nada halagada. Le daba la impresión de que él se estaba burlando de ella, como si hubiera contado un chiste a su costa.

—Claro que sí. ¿No lo recuerdas? Yo te llevé al baile de graduación cuando... ¿Cómo se llamaba ese tío...? Te dejó plantada.

Milton la miró con expresión curiosa.

—Ah, no, no me dejó plantada, Wally. Perdón, Wallace. Nos separamos dos semanas antes de la fiesta. Nada que ver con dejarme plantada.

En realidad, ni siquiera habría ido si no hubiera sido por el vestido nuevo. Había costado 39,95 dólares. Su padre se habría enfadado si no lo hubiera aprovechado después de lo mucho que le había suplicado que se lo comprara.

Maddie no reveló el nombre que Wally no recordaba. Allan. Allan Durst Junior. Al principio, cuando empezaron a salir, ese nombre había sonado lo bastante judío como para tranquilizar a su madre. El padre de Allan sí era judío, más o menos. Pero la señora Morgenstern salió de su engaño en cuanto lo vio. «No es un chico con el que puedas tener una relación seria», dijo, y Maddie no se lo discutió. Había empezado a salir en serio con otra persona, alguien que aún tenía menos posibilidades de ganarse la aprobación de su madre.

—¿Pasamos a la sala? —sugirió, aunque todavía estaban con los cócteles.

Wally —Wallace— era el más joven de los cinco que estaban sentados a la mesa, pero era evidente que se había acostumbrado a que la gente le pidiera su opinión. Durante la cena, los Rosengren, serviciales, lo acribillaron a preguntas. ¿Quién se presentaría a la alcaldía? ¿Qué pensaba sobre la última metedura de pata de Agnew? ¿Y de la tasa de delincuencia de Baltimore? ¿Cómo era Gypsy Rose Lee de cerca? (Había venido a Baltimore hacía poco para promocionar su propio programa de entrevistas, que se emitía en todo el país.)

Para ser alguien que se ganaba la vida haciendo entrevistas, Wallace no parecía muy interesado en hacer preguntas. Cuando los hombres opinaban sobre temas de actualidad, los escuchaba con paciente condescendencia y luego los contradecía. Maddie intentó conducir la conversación hacia una de las últimas novelas que había leído, Los guardas de la casa, que ofrecía una interesante visión del conflicto racial en el sur, pero Eleanor dijo que no había podido terminarla y los hombres nunca habían oído hablar de ella.

A pesar de todo Maddie sintió que la cena había ido bien. Milton estaba encantado de tener un amigo famoso; los Rosengren habían quedado impresionados con Wallace, y ellos también parecían haberle caído bien a él. Más tarde, ya de noche, a la luz tenue de las lámparas, cuando ya había bebido bastante brandy y los extremos ardientes de los cigarrillos relucían como luciérnagas moviéndose lentamente por la sala, Wallace dijo:

—Te ha ido bastante bien, Maddie.

¿Bastante bien? ¿Bastante bien?

—Imagínate que hubieras terminado con aquel tipo —continuó él—. Durst, así se llamaba. Es redactor publicitario. Hace anuncios.

Ella contestó que no había visto a Allan Durst desde el instituto, lo que era cierto. Luego dijo que se había enterado de su trabajo por el boletín de ex alumnos de Park School, lo que no era cierto.

—No sabía que habías tenido novio en el colegio —dijo Milton.

—Eso es porque no lo tuve —repuso Maddie, más bruscamente de lo que habría deseado.

A las once de la noche ya se habían marchado todos, haciendo eses e insistiendo en que repetirían la velada. Milton se desplomó en la cama, reventado por el alcohol y la excitación. Normalmente Maddie habría dejado el grueso de la limpieza a la chica que venía los viernes. No había nada de malo en dejar los platos sucios de la noche siempre que no olvidaras aclararlos. Aunque Tattie Morgenstern nunca dejaba ni un tenedor en el fregadero.

Pero Maddie decidió no acostarse todavía y recogerlo todo.

Habían reformado la cocina el año anterior. Cuando las obras terminaron, Maddie se sintió muy orgullosa del proyecto, feliz con los nuevos electrodomésticos, pero ese entusiasmo se extinguió rápidamente. Ahora la reforma le parecía una estupidez, incluso inútil. ¿Qué ganaba con tener los electrodomésticos más modernos, todos perfectamente encastrados? En realidad no servían para ahorrar tiempo, aunque, eso sí, la nueva disposición de los armarios le permitía guardar los dos juegos de vajilla.

Mientras comían la ensalada, Wally había manifestado su sorpresa al percatarse de que los Schwartz tenían una casa kosher, pero en realidad no era más que un guiño a la educación de Milton. Dos juegos de vajilla, nunca mezclar carne y lácteos, evitar el cerdo y el marisco... No era tan difícil y hacía feliz a Milton. Sin duda ella se merecía su devoción, se dijo para sus adentros mientras enjabonaba y aclaraba la cristalería. Luego secó a mano la porcelana buena.

Al darse la vuelta para salir de la cocina, golpeó con la punta del codo una copa de vino del escurridor. La copa cayó y se hizo añicos en el suelo.

Se supone que tenemos que romper una copa.

¿De qué estás hablando?

No me hagas caso; siempre olvido que eres una hereje.

La copa rota le ocupó cinco minutos más con el recogedor y la escoba; barrió con cuidado para quitar hasta la última astilla de cristal. Aunque terminó casi a las dos, le costó conciliar el sueño. La cabeza le iba a toda velocidad; se le encabalgaban las listas de cosas pendientes o que había pasado por alto. Ninguna tenía que ver con el presente. Los descuidos se remontaban a veinte años atrás, la época en que había conocido a Wally, así como a su primer amor, de cuya existencia nunca sospechó su madre. Ella había jurado que se convertiría en... ¿En qué, exactamente? En una persona creativa y original, alguien a quien la opinión pública le tuviera totalmente sin cuidado. Ella —ellos— vivirían en Nueva York, en el Greenwich Village. Él se lo había prometido. La sacaría de la aburrida Baltimore, tendrían una vida apasionante, dedicada al arte y llena de aventuras.

Había conseguido olvidarlo durante todos esos años. Pero ahora él había vuelto; como el profeta Elías, se había presentado durante la Pascua para coger su copa de vino.

Se quedó dormida pasando las hojas de un calendario imaginario, tratando de calcular el mejor momento para poner fin a su matrimonio. El mes siguiente era su cumpleaños. ¿En diciembre? No, durante las vacaciones no, por poco importante que fuera el Janucá. Febrero parecía demasiado tarde; enero, un tópico, una burla de los propósitos de Año Nuevo. El 30 de noviembre, decidió. Se marcharía el 30 de noviembre, veinte días después de cumplir treinta y siete años.

Se supone que tenemos que romper una copa.

¿De qué estás hablando?

No me hagas caso.

El compañero de escuela

EL COMPAÑERO DE ESCUELA

Me aferro al volante de mi nuevo Cadillac y no paro de hablar en todo el trayecto, que es bastante corto, desde la casa de Maddie hasta la mía. Sigo un tramo por Greenspring —pasando por delante de Park School, nuestro antiguo colegio, aunque en aquella época estaba en otra zona—, luego doblo a la derecha por Falls Road y, finalmente, subo por Mount Washington. Me hablo como un entrenador, aunque nunca he jugado en ningún equipo. Ni siquiera pude ser aguador.

—Concéntrate, Wally, concéntrate.

En mi cabeza, siempre soy Wally. Todos admiran a Wallace Wright, yo incluido. No me atrevería a hablarle como le hablo a Wally.

Me aterroriza la posibilidad de cruzar la línea divisoria, de chocar con otro coche, o incluso de algo peor. «Wallace Wright, el presentador de la WOLD, ha sido arrestado por homicidio imprudente cerca de su casa en el nordeste de Baltimore.»

—El presentador de las noticias no puede acabar en primera plana, Wally. Concéntrate —me digo.

Que me pare un policía sería casi igual de malo. «Presentador de la WOLD arrestado por conducir en estado de embriaguez.» Eso se convertiría en noticia por el mero hecho de ser periodista el infractor. ¿Quién no ha conducido un poco achispado en alguna ocasión? Pero también es posible que el policía me dejara marchar, incluso que me pidiera un autógrafo.

¿Dónde ha aprendido a beber así Maddie? Supongo que es como el viejo chiste sobre el Carnegie Hall: practicando, practicando, practicando. Yo nunca he tenido la oportunidad de cultivar el hábito de los cócteles porque casi nunca estoy en casa antes de las ocho, empiezo a trabajar a las nueve de la mañana y estoy en el aire a las doce del mediodía. Esta rutina no se presta al consumo de alcohol. Ni al matrimonio.

Mount Washington es una zona tan oscura a medianoche, tan silenciosa... ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Sólo se oye el crujir de las hojas bajo las ruedas del coche. Mientras subo por South Road llego a la conclusión de que más me vale aparcar junto a la acera y no intentar meterme en la entrada para coches, mucho menos en el garaje.

¿Por qué me he quedado hasta tan tarde? No por la chispeante conversación, desde luego. «Porque no todos los días tienes la oportunidad de demostrarle a tu primer amor lo mucho que se equivocó.»

Si me lo hubierais preguntado esta misma mañana —y a mí me preguntan muchas cosas, os asombraría la clase de oráculo en que me he convertido—, os habría respondido con toda sinceridad que nunca pensaba en Maddie Morgenstern.

Pero nada más verla en el umbral de su casa me di cuenta de que ella siempre había estado conmigo. Era mi público de una sola persona. Estaba allí de lunes a viernes, cuando me colocaba delante de las cámaras de doce a doce y media para presentar las noticias del mediodía. Los miércoles por la noche, cuando hacía Corríjalo con Wright. Cada vez que tenía la suerte de sustituir a Harvey Patterson, cuyo puesto pienso ocupar algún día. De algún modo, Maddie se las había arreglado para ser a la vez una chica de diecisiete años y un ama de casa de barrio de las afueras que se sienta a tomar una taza de café después de las tareas de la mañana, pone el canal 6 y piensa: «Yo podría haber sido la esposa de Wallace Wright si hubiera jugado bien mis cartas.»

Está presente incluso cuando me pongo maquillaje y hago de Donadio, ese payaso triste y mudo que, casualidades de la vida, supuso mi entrada en la WOLD-TV.

Yo trabajaba en la radio, gracias a mi voz, pero nadie me consideraba preparado para las cámaras. El trabajo de Donadio implicaba veinticinco dólares más a la semana. La única condición era que no debía contárselo a nadie y yo estaba más que encantado de cumplir con esa promesa.

Un sábado, mientras me desmaquillaba, anunciaron el asesinato de un agente en el monitor de la radio de la policía. Yo era el único periodista disponible. Por algún motivo, después de catorce meses disfrazándome de Donadio, me había vuelto más esbelto, mi pelo parecía más liso y mi piel, paradójicamente, más clara. Tal vez me lavaba mejor la cara desde que usaba maquillaje de payaso. En cualquier caso, tanto mi cara como mi cuerpo por fin se correspondían con mi resonante voz de barítono. Me dirigí a la escena del crimen, recopilé la información... y nació una estrella. Ni Maddie, ni el estúpido con el que salía en el instituto, ni su marido el abogado estupendo. Yo, Wally Weiss. Yo soy la estrella.

Nos conocimos en el lugar más inverosímil: el club de radioaficionados del colegio. No tardamos en comprobar que ambos sentíamos una gran admiración por Edward R. Murrow; sus informes desde Londres durante la guerra nos habían impactado profundamente a los dos. Hasta ese momento, nunca había conocido a una chica a la que le apeteciera hablar sobre Murrow y el periodismo, y menos a una que fuera guapa. Fue como esa primera gran obra de arte que te deja paralizado de la impresión, como esa novela que te acompañará el resto de tu vida, aunque luego leas otras mucho mejores. Me costó mucho no mirarla con la boca abierta.

Pero Maddie se presentó en el club de radioaficionados sólo esa vez; había creído que era un club de radio, para estudiantes interesados en la escritura y la interpretación, no una sala llena de perdedores. Pronto entró en el periódico del instituto y no tardó en tener su propia columna y en codearse con una pandilla muy divertida y nada judía de la que formaba parte Allan Durst. Era evidente que Maddie Morgenstern no podía tener nada serio con él, pero sus padres tuvieron el acierto de no oponerse a un idilio escolar. Me enteré de que incluso llegaron a invitar a los padres de Durst a su casa para el sabbat. La madre era una artista famosa y sus inmensos cuadros abstractos se exhibían en museos de todo el mundo, mientras que el padre era un retratista competente especializado en la nobleza de Baltimore.

Allan dejó a Maddie justo antes del baile de graduación. La encontré llorando en un aula vacía y me sentí honrado de que me confiara sus problemas. Le sugerí que fuera conmigo a la fiesta.

«¿Qué podría ser más insultante?», le dije, mientras le palmeaba la espalda subiendo y bajando la mano, casi como si estuviera haciendo eructar a un bebé. Mi mano rozó lo que parecía la hebilla de un sujetador: mi experiencia más erótica hasta la fecha.

Ella aceptó mi plan con una prontitud casi hiriente.

Le compré una pulsera de flores con la orquídea más cara que se podía conseguir en Baltimore. Ella cumplió con su papel, ignorando por completo a Allan, que fue solo, y riéndose de mis chistes como si yo fuera Jack Benny. En un determinado momento Allan se acercó a ella y la invitó a bailar «por los viejos tiempos». Maddie inclinó la cabeza a un lado, como si estuviera tratando de recordar exactamente qué viejos tiempos habían compartido, y luego dijo: «No, no, me lo estoy pasando muy bien esta noche con mi acompañante.» Yo la hice girar sobre sí misma y en ese instante me sentí como el mismísimo Fred Astaire. Si uno lo piensa bien, Astaire no era el típico galán. No era el tipo más alto de la sala y tampoco un atleta. Pero era Astaire.

Después del baile, cuando la llevé a su casa, se deslizó por el asiento del Buick de mi padre y apoyó la cabeza en mi hombro. Me confesó que quería escribir, escribir en serio, poesía y ficción, lo que me resultó casi más excitante que el beso muy real que me dio en la puerta de su casa. Cuando volví al coche descubrí que la flor se le había caído de la pulsera. Tal vez su fragancia fuera como la de cualquier orquídea, pero para mí tenía un aroma especial, a Maddie, tan especial como su voz, baja y ronca para ser adolescente. Maddie nunca chillaba, no se parecía en nada a las quinceañeras que gritaban en los conciertos. Exhibía una actitud digna, majestuosa, por eso siempre hacía el papel de reina Ester en la representación teatral de Purim.

La llamé tres días más tarde para invitarla al cine, como una cita de verdad, tras haberlo sopesado y llegado a la conclusión de que tres días era un intervalo adecuado. No demasiado ansioso, tampoco demasiado distante. Muy Astaire.

Me contestó con un tono entre desconcertado y cortés: «Eres muy amable por preocuparte por mí, Wally. Pero estoy bien.»

Menos de un año después se comprometió con Milton Schwartz, un tipo peludo y corpulento de veintidós años, cuatro más que ella, que acababa de terminar su primer año en la facultad de Derecho. Asistí a la boda. Era como ver a Alice Faye huyendo con King Kong.

No había vuelto a pensar en Milton Schwartz en casi veinte años hasta que me lo crucé en el vestuario del nuevo club de tenis, el único lugar que hay cerca de Television Hill, la zona de Baltimore donde se concentran todas las cadenas de televisión, para hacer un poco de ejercicio antes del trabajo. Jugábamos bien en los partidos individuales y era evidente que a Milton le gustaba tener un amigo famoso. Era sólo cuestión de tiempo que me invitara a cenar a su casa. «Nada importante. Mi esposa, tal vez algún matrimonio vecino, tú puedes traer a quien quieras», dijo.

Aunque Bettina y yo llevamos casi dos años separados y ya he salido con otras mujeres, ahora mismo no tengo ninguna relación seria. Decidí ir solo, como Allan en el baile de graduación. Milton sabía que yo había ido al mismo instituto que la señora Schwartz, pero dijo que su esposa nunca le había hablado de mí. Que Maddie no alardeara de nuestra relación no me desmoralizó, todo lo contrario, lo consideré un cumplido. No le había mencionado a su marido que conocía a la Niebla de Mediodía de Baltimore para permitirse fantasear de vez en cuando, un momento en el que imaginarse lo que podría haber sido su vida. En la mesa de la cocina, con el café y un cigarrillo, Maddie revivía la noche del baile y mi llamada telefónica tres días después y se reprochaba no haberme dicho que sí. Su pelo oscuro habría encanecido de forma prematura, su cintura de avispa se habría ensanchado. Ninguna de esas cosas terminó siendo cierta, pero me la imaginaba así.

Me sorprendí al darme cuenta de que seguían preceptos kosher. Yo no había tomado conscientemente la decisión de distanciarme del judaísmo, pero las estrellas de la televisión debemos conectar con nuestro público y el mío es sobre todo cristiano. Éste es el precio de ser un oráculo. Claro que, por supuesto, está la ortodoxia y la ortodoxia, y negarse a mezclar carne con productos lácteos fue la única concesión al judaísmo que detecté en casa de los Schwartz. De hecho, me impactaron sus comentarios sobre la transformación de los barrios del sur y los judíos ortodoxos que vivían en Park Heights Avenue, frente a los que se sentían evidentemente superiores. En mi opinión, no hay nada más antisemita que un judío de clase media.

Pero no hablamos mucho de judaísmo. Discutimos de política y los Schwartz y sus vecinos siempre terminaban dándome la razón, como suele ocurrir. Nos reímos de la última metedura de pata de Spiro Agnew, aquel discurso en Gettysburg donde era evidente que se había confundido al nombrar el bando que había vencido en el campo de batalla. Cuando llegaron las copas de la sobremesa, todos nos sentíamos a gusto y la atmósfera era informal. Se me ocurrió que sería un buen momento para mencionar el baile de graduación, así como la posterior negativa de Maddie a volver a salir conmigo.

Y ella lo negó. Insistió en que yo nunca la había invitado a salir.

Sí, admitió, fuimos al baile, pero negó categóricamente que yo volviera a llamarla, a pesar de que yo sé que lo hice.

«¡Porque claro que habría salido contigo!», dijo, como argumentando que su memoria era mejor que la mía. Aunque no pudo evitar restarle importancia a su comentario: «Ni que fuera por cortesía.»

En cualquier caso, su vehemencia era desproporcionada. No había ningún motivo para enfadarse tanto.

Cuando ya estoy a salvo en el umbral de mi casa, se me caen las llaves dos o tres veces antes de abrir la puerta, todavía desconcertado por la hostilidad de Maddie. ¿Acaso se había dado cuenta de que la había calado? Quizá allí fuera el único con un nombre gentil, pero en el fondo de mi corazón seguía siendo un chico judío, mientras que los Schwartz, con sus dos juegos de platos, eran sucedáneos. En esa casa todo era puro teatro.

Mi casa está muy silenciosa —y llena de polvo— desde que Bettina se marchó. Pensé que haría lo posible por quedársela. Había sido su principal preocupación durante los seis años que estuvimos juntos. Pero al final no quiso saber nada de la casa ni de mí. No tuvimos hijos. Todavía no sé qué pensar al respecto. Un niño estaría encantado de que Donadio fuera su padre.

Aunque estoy exhausto y tan borracho que apenas me tengo en pie, voy al «despacho» que me montó Bettina durante aquel esperanzador primer año de nuestro matrimonio. Está todo revestido de cuero y caoba. Los grabados ingleses de carreras de caballos me dan cierta vergüenza, aunque supongo que la proximidad de Pimlico justifica esos aires de grandeza. Bettina organizó los libros por el aspecto del lomo, lo que me enfurece, pero por fin consigo encontrar el que buscaba: mi viejo y destartalado ejemplar de Arco de triunfo, relegado a uno de los estantes más altos, junto con los otros libros de bolsillo. La primera vez que lo leí me despertó las ganas de escribir, de hacer sentir a los demás lo que esa novela me había hecho sentir a mí. En lugar de eso, me dedico a leer los titulares, el pronóstico del tiempo y, cada tanto, a enarcar una ceja delante de alguna celebridad.

Y ahí está, entre las páginas 242 y 243, la orquídea de Maddie, marrón y quebradiza.

Por supuesto que la existencia

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