El lobo

Samuel Bjørk

Fragmento

El 28 de mayo de 1993, dos niños de once años fueron encontrados muertos en una finca de Fagerhult, en Suecia, a unos diez kilómetros al nordeste de Uddevalla. Más tarde, el granjero que descubrió los cadáveres describiría el hallazgo «como si alguien hubiese abierto las puertas del infierno». Uno de los chicos, Oliver Hellberg, estaba desnudo y boca arriba. El otro, Sven-Olof Jönsson, fue encontrado en calzoncillos a escasos metros del primero. Entre los niños había un animal. Una liebre blanca. Debido a la crudeza del caso, se formó una unidad de investigadores de la Policía Judicial de Estocolmo, que trabajaría junto con un grupo local de la Policía del Oeste, pero pronto quedó claro que dicha colaboración no iba a funcionar. Durante los años que siguieron, la dirección del grupo cambió en no menos de tres ocasiones, y al final tuvo que dimitir también la ministra de Justicia sueca, Eva Nordberg. Asimismo, se acusó al grupo de investigadores de haber filtrado información del diario personal de uno de los chicos. Los padres del niño, Patrick y Emilie Hellberg, recurrieron a la justicia para impedir que la prensa vespertina diera a conocer los pensamientos privados de su hijo, de once años. El matrimonio ganó en primera instancia en la Audiencia Provincial de Uddevalla, pero perdió en el Tribunal de Justicia del Oeste de Suecia. La madre, Emilie Hellberg, fue hallada muerta en la bañera de su casa de la calle Ekeskärsvägen unas semanas más tarde. Se había quitado la vida. En algo que se conoce como «el día de la vergüenza» en la historia del periodismo sueco, el diario del niño apareció publicado de manera íntegra el 14 de octubre de 1993, tanto en Expressen como en Aftonbladet. Por primera vez, ambos periódicos salieron exactamente con la misma portada, que mostraba la última página del diario del chico. Solo contenía unas pocas palabras, escritas a mano:

Mañana hay luna llena. Tengo miedo del lobo.

El caso sigue sin resolverse.

Primera parte. Abril de 2001

1

ABRIL DE 2001

Capítulo 1

1

Thomas Borchgrevink se encontraba en el parking de delante de la antigua escuela de Fredheim, en Lørenskog, donde esperaba que pronto comenzase a soplar el viento. No sabía por qué ella había escogido justo ese lugar para quedar, pero se hacía alguna idea. ¿Para ponérselo lo más difícil posible? ¿Sería eso? ¿Sí? El hombre, de treinta y seis años, echó un vistazo al reloj al tiempo que una bandada de cornejas alzaba el vuelo desde un árbol cercano. La llamada de las aves resonó en el lugar desierto, porque no había nada por allí, solo unas fincas, una cantera de arena y ese viejo edificio blanco, la escuela a la que él mismo había ido cuando era niño. En otra vida. Antes del suceso. Hacía tiempo que no visitaba esa parte del mundo. Tampoco es que hubiera estado en ningún otro sitio. Doce años en el trullo. Había salido unos meses antes y aún luchaba por acostumbrarse a esa sensación. La sensación de poder hacer lo que le diera la gana. Thomas Borchgrevink se ajustó la cazadora y se sentó en las escaleras del antiguo edificio, donde volvió el rostro hacia el débil sol que asomaba tras los árboles.

Eran las nueve menos cuarto. Habían quedado a las diez, pero Thomas no quería dejar nada al azar. Ella era capaz de inventarse cualquier cosa. «Miren, habíamos dicho a las nueve, y ni siquiera se presentó. ¿De verdad creen que tiene derecho a ver a su hijo? La última vez que se vieron, el niño solo tenía dos años, ¿son conscientes de ello?». De repente crujieron unas ramas en las copas de los árboles del final de la carretera, y enseguida se animó un poco. Quizá comenzase a soplar un poco, después de todo. El viento. Una idea estúpida, por supuesto. ¿Una cometa? Le había costado dar con algo que pudieran hacer por allí. Había pasado tanto tiempo dentro de la juguetería que al final se le acercó la encargada para preguntarle si estaba todo en orden. ¿En orden? Lógicamente, nada estaba en orden. ¿Qué se pensaba? Ahora bien, no era culpa suya, por supuesto, así que había agarrado lo primero que encontró. Una cometa. Ahí fuera. Junto a la antigua escuela. Podrían volarla juntos. Bonito plan, ¿no? A esas alturas ya se arrepentía, claro, pues oía como el viento dejaba de sacudir las copas de los árboles. Un tablero de ajedrez, eso era lo que había pensado comprar al principio. Podía enseñarle las reglas al chaval, quizá pudieran jugar un poco juntos, pero lo había descartado al enterarse de que el encuentro tendría lugar en la calle. Y bajo vigilancia. Ella no quería, bajo ningún concepto, que se quedase solo con el niño.

El tono había sido muy diferente la primera vez que había ido a visitarlo. Siv Johnsen. Por aquel entonces, Thomas ni siquiera se acordaba de quién era. «Borchgrevink, tienes una visita». La primera en tres años. «Es una chica. Está en el número dos».

¿Una visita?

¿Una chica?

«¿Mamá?».

No.

Claro que no.

Ella se había arreglado para la ocasión, con flores en el pelo, color en las mejillas, falda corta de verano. Siv Johnsen. Compañera de clase del instituto. Los pocos meses que había asistido, antes de sucumbir a las voces de su cabeza.

Estuvo yendo a visitarlo durante tres años, cada dos semanas, y al final casi había llegado a gustarle. Fotos del paritorio. Del primer cumpleaños del niño. «¡Martin echa en falta a su padre!».

Pero todo eso se acabó.

Dejó de ir.

Había conocido a otro, al final lo entendió.

Lo mismo daba.

En lo que se refería a ella.

Pero ¿y el crío?

El niño más bueno del mundo.

Su hijo.

Martin.

«Joder, qué puta mierda».

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