Lo que arrastra la lluvia

Men Marías

Fragmento

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De: Leonor Barrios

Para: Lola García

Sáb/01/11/2008 06:40

Querida Lola:

No te disculpes, por favor. Todo lo contrario, ha sido una alegría volver a saber de ti después de un año. Se me hace raro el «estimada», pero si es lo que necesitas lo entiendo.

¿Mi madre? Bueno. Cómo va a estar. Mustia. Llorosa. Con seis pastillas diarias. Parece una hoja seca que no termina de desprenderse del árbol. Cómo va a estar después de enterrar a su hijo y a su nieta. Después de saber que su asesina quedó libre. Está viva y eso ya es demasiado, Lola.

Me alegra mucho lo de Blas. No te preocupes por Currito, es demasiado pequeño todavía. Poco a poco, Lola, son niños. Han estado un año sin ti, acaban de recuperarte. Acaban de recuperar a su madre. Poco a poco, Lola, son niños.

Yo estoy bien, pero dime tú; un año da para mucho. Si alguna vez quieres un café —o una copa de ribera, o uno de esos cócteles tuyos con zumo de tomate y tabasco, qué ascazo, Lola, por favor, todavía tengo el olor en la manga—, estoy en el teléfono.

Lola, no sé qué decirte. No dejes de contestarme al e-mail. Me ha gustado mucho saber de ti.

Te he echado de menos... Dolly. A veces cuando me quiero dar cuenta estoy masticando aquello de paroles et paroles et paroles...

Leonor

Granada, 2008, día de Difuntos

Oye el frío en sus manos. Marina está sentada en un parque. Ha dormido en él por tercera noche consecutiva. Se abraza las piernas, por los gemelos, sin fuerza. Contrae la vejiga. Se orina. Son ya horas los minutos que lleva en esta posición. La nariz exhausta. El sol empujando. Las extremidades teñidas de azul. Casi parece una mujer. ¿A los filetes de ternera les puso el film transparente? No se acuerda. Tiene que estirar las piernas para que la sangre circule. Y el emmental en lonchas tampoco lo cubrió, eso seguro, las esquinas se van a poner tiesas. Vuelve a preguntarse si está viva. Lo intenta otra vez. No puede hacerlo. Está confinada en un irracional y pueril miedo a la muerte si se libera.

—Levántate... —se grita entre susurros.

Es inútil. Se tutea con el mismo pánico, de tacto vidrioso, que motiva a un niño a no sacar un pie de la cama por el monstruo.

Es la tercera noche. O eso cree sin su reloj, ahora propiedad de Cash Converters. Su referencia, la luz. La tercera noche escondida en un parque, apenas separada de las calles. Amanecerá de un momento a otro, se lo dice el hambre. Solo entonces desatará sus piernas, cuando la línea del horizonte, ahora añil, se vuelva pelirroja. Entretanto, las exhalaciones de vaho a las rodillas. Es agradable cuando el débil fantasma colisiona contra ellas.

Ya no tiembla. Las convulsiones que mantenían caliente su cuerpo han cesado a eso de las cuatro de la mañana, hora en la que al fin aceptó su condición de indigente. De mendiga. Marina Pastrana, de profesión maestra y de edad cuarenta y un años, madre de una hija muerta, esposa de un marido muerto, Aries, alumna de un taller de mindfulness y gestión emocional, deudora de un préstamo hipotecario y clienta los martes de la pescadería de El Corte Inglés, ya no es nada de eso: ahora es una indigente, una mendiga. Marina Pastrana ya no pasea por el parque de Fuentenueva en Granada. Desde hace tres días, vive en él.

Se levanta una persiana en los pisos de la izquierda, los que aún pertenecen a la avenida de la Constitución y su tinte plomizo. Como un disparo que despierta a los estorninos antes de tiempo. El eco genera ardor en el pecho de Marina y le estremece el torso. En el corazón una ingrávida tortura. Ahogo, como si un leviatán gris lo apretara. Tiene miedo a los ruidos fuertes. Y ganas de orinar. Su vejiga es una pelota de goma entre cinco dedos que cada vez aprietan más.

Ha de comer. Necesita una casa. Electricidad. Agua. Pasillos. Camas. Mantas. Calefacción. Bolsas de patatas. Tranchetes para sándwich. Tomate frito. ¿Qué hace en el suelo de un parque como una borracha desorientada? Escaleras. Limpiacristales. Garbanzos. Un vehículo. Pan de molde. Una cuenta bancaria donde recibir la nómina. ¿Cómo puede haber pasado tres días sin asearse? Escarbando agujeros bajo el tobogán del parque que luego rellena con tierra, como un perro, tras hacer en ellos sus necesidades. Alguien fríe cebolla, está segura, incluso puede jurar que ese alguien añade azúcar para caramelizarla. Una cebolla, al peso, cuesta unos treinta céntimos; cuarenta si es de las gordas. Un euro y medio la malla. Marina se vuelve consciente de que ni siquiera dispone de esa cantidad de dinero.

No hace ni un año desde la última clase. Es maestra de latín. Era. Acusativo adverbial. Hay pocos árboles para ser un parque, parece semidesnudo, como quien usa chaqueta sin vestir otra prenda debajo. Alguno de sus alumnos podría verla. El corazón como una herida recibiendo yodo. ¿Qué van a pensar si la encuentran así? Cristina insistirá en ayudarla, seguro. Olga y Jorge, como si nada. Sin embargo, si se trata de Óscar o de las Paulas... Picor insoportable en las nalgas, se funden con el terreno como si hubiese cemento fresco. Por amor de Dios, que no aparezcan las Paulas.

Marina sabe a la perfección lo que ha de hacer, pero su cuerpo se niega. No responde con la normalidad de un cerebro que da órdenes. No razona con la lucidez propia de una persona. De hecho, Marina solo se reconoce entre la raza humana por el absurdo deseo de sobrevivir al que se aferra. La desesperada exigencia del cuerpo a permanecer vivo.

Voces de adolescentes, serán roncas al cabo de los años, tras la valla del parque. La sobreestimulación acústica de la discoteca aún en sus oídos. Chillan para oírse.

—Mi madre nos mata, tía, nos mata. ¡Corre! ¡Mira qué hora es!

Su amiga ríe despreocupada.

—¡Yo quiero churros!

—Ya te has comido bastantes churros esta noche, bonita...

Estallan en la carcajada a la que solo tienen derecho los adolescentes. Nadie más en este mundo puede reír así. La anfitriona, sin embargo, considera que la reprimenda no va a valer el ingenio.

—En serio, tía, corre, por Dios, quítate los tacones; son las siete. ¡Se nos hace de día y mi madre nos mata!

Las siete. Escasos treinta minutos antes de que el parque se llene de runners en mallas compresivas. Y peor aún, perros que captan el olor de Marina, como a muerto; paseadores de perros con el primer pitillo del día. Los que encuentran los cadáveres en todas las novelas. Un escalofrío mece sus hombros como una pequeña ola. Sabe cuál es su única opción. Lo sabe con el cuerpo y no con la mente. Con esa parte desarrollada por el ser humano después de millones de años que clama «no voy a dejarte morir».

Ha de comer. Conseguir dinero. Dos euros. Una simple moneda de dos euros. Un billete de cinco. ¿Cómo puede haber desechado tanto a lo largo de su vida? ¿Acaso los millones no están compuestos de céntimos? Desayunar solo le costará dos euros, una tostada, un descafeinado. Ha gastado cientos en utensilios de Ikea que ya son propiedad del banco, ¿cuántos en los carritos de El Corte Inglés? Daba a la borracha de su hija, que ahora está muerta, billetes de veinte para quedarse sorda en la discoteca cada vez que salía. De cincuenta en su cumpleaños, que ella invertía en litros de cerveza del chino. Un año y medio desde que le compró un coche de segunda mano por el que pagó ochocientos. Ochocientos euros... se tatúan sobre su garganta de mendiga como garras. La asfixian. ¿Dejo abierta la ventana de la cocina? Va a oler a fritanga.

Granada, un año atrás

Marina se encaja en el pupitre y Pablo, te pido disculpas. ¿Cómo embuten las piernas los gigantescos adolescentes a los que da clase?

—Septiembre fue muy complicado y octubre no ha empezado mejor, pero te juro que se acabó faltar al trabajo, Pablo; se acabó todo.

Observa al diminuto Pablo frente a su pizarra. Es su jefe. Ha citado a Marina allí, en su propia aula. Las cejas de Pablo como dos arbustos. Aún pueden unirse trazos de rotulador negro en la pizarra, una barriga de embarazada que ha sido una P. Pablo jura que no sabe cómo decirlo, que es más difícil para él que para ella. El trasero sobre la mesa del profesor. Los seniles brazos cruzados. Arranca unas cuantas pelotillas del jersey.

—Marina —dice Pablo, y su voz suena como el aullido de un perro mudo—, han sido muchos años. Eres mucho más que una profesora en esta academia.

—Cualquiera diría que vas a despedirme. O a declararte; no sé qué sería peor. —Marina sonríe como una niña que entiende un chiste sobre sexo. En el hueco de su garganta el colgante del árbol de la vida. Las pulseras tintineando.

—Está bien, creo que lo mejor será que vaya al grano. —Pablo se quita las gafas para limpiarlas con el remate del jersey—. Marina, no hay dinero. Lo siento, créeme. He hecho malabares para mantener tus asignaturas de latín y griego en la academia, pero no es posible. Tienes que irte.

Dice las palabras a tal velocidad que Marina piensa que no las ha entendido. Su bolso de charol negro sobre el pupitre. En pie con actitud militar. Inflexible. Pablo dice que no tiene opciones. Y que lo siente, que lo siente mucho, sabe cuánto ha sufrido este último año, pero no hay dinero.

—Esto es por los periodistas, ¿verdad? —Marina da un sorbo a un botellín de agua para empujar la ira garganta abajo.

—No —promete Pablo—. Las clases particulares son un lujo en estos días, Marina, no tenemos alumnos. Los padres no pueden llevar a sus hijos a inglés o a matemáticas, imagínate a latín y griego.

Avanza hacia el pupitre, los nudillos sobre él como un primate. El rostro de su nueva enemiga se quema bajo las uñas rojas. Pablo dice que la historia esa de la crisis es cierta, que no sabe lo que está pasando, pero la gente no tiene dinero. ¿Qué dinero va a tener la gente si se la despide?, quiere saber Marina. Insiste en que es por los periodistas, que al menos dé la cara, da la cara, Pablo. En el pupitre no cabe, ya es oficial, qué grotesca se siente. Inútil.

—Has estado de baja —le recrimina Pablo—, no tienes ni idea de cómo están las cosas.

—Sabes por qué he estado de baja, no seas miserable. Y yo no tengo la culpa de que esos periodistas me sigan hasta cuando voy a mear. Bastante he sufrido ya, Pablo. Bastante. No puedes prescindir de mis clases.

La nuez sube y baja por la garganta del jefe como un gusano. Le dice, de espaldas, arreglando un cuadro con la tabla periódica, que no va a prescindir de las clases de latín y griego. Las asumirá Ana, la profesora de lengua. Pero sin cobrar más, por el mismo sueldo. Está dispuesta.

—¿Ana? ¿Por qué me echas entonces a mí? —Marina se levanta con torpeza. La tuerca del pendiente izquierdo al suelo—. ¿Por qué no puedo asumir yo las de lengua y literatura? Lo he hecho durante sus embarazos. También yo puedo hacerlo gratis, no voy a pedirte ni un euro más. ¡Pablo! ¿De qué voy a vivir?

—Marina, por favor..., no hagas esto más difícil. Ana es licenciada, tú no terminaste la carrera. Marina, si puedo ayudarte, me encantaría hacerlo.

—He estado trabajando en esta academia durante más de diez años sin contrato, Pablo. No puedo solicitar el paro. Me quedo a cero, ¡a cero! ¿Ayudarme, dices? Despide a Ana, es una ninfómana, Pablo, una ninfómana. Su marido la engaña, ¿sabes? Cuando se enteró, se puso como loca a pensar en follarse a los niños, a los de cuarto de la ESO, que solo tienen dieciséis años, Pablo, ¿lo sabías? ¿Eso lo sabías? Ella misma me dijo que entre castigo y castigo los ponía de rodillas, pero debajo de su mesa. ¿Vas a dejar a esa loca dar clase? ¿De qué voy a vivir? ¡Yo no tengo la culpa de los periodistas! ¡Yo no tengo la culpa de que mi marido y mi hija...! ¡De que recorrieran todos los platós de televisión de España antes de morir en aquel accidente! Porque fue un accidente, Pablo.

El jefe camina por el aula. Se presiona la nuca con los pulgares. Ojalá ese ridículo pelo desapareciera como el del resto de la cabeza. Los gritos de Marina danzan con el tintineo metálico de sus pulseras. Como una diosa india bailando flamenco.

—Tranquila, Marina. Sé que no tienes la culpa de que los periodistas te persigan, pero aquí hay niños. Nuestros clientes son niños; eso lo entiendes, ¿verdad? Y además no hay dinero. Quizá tenga que cerrar la academia.

Suplica con los ojos más que con los labios. Por favor, por favor, que la deje quedarse como secretaria, que no la despida a ella, han sido muchos años, tú lo has dicho, no me hables de crisis, Pablo, despide a la secretaria, yo puedo hacer su trabajo perfectamente. Pero la secretaria también está despedida, su mujer es la nueva secretaria de la academia porque la han echado del bar.

De: Leonor Barrios

Para: Lola García

Sáb/01/11/2008 07:03

Querida Lola:

No voy a volver a llamarte Dolly, no te preocupes, me ha quedado claro. Lo último que pretendía era incomodarte. Te pido disculpas. ¿Borrón y cuenta nueva? Acabas de volver de Gijón, has estado un año fuera de Granada, no vamos a discutir tan pronto.

No puedo dejarlo estar, Lola. Me gustaría que lo entendieras. La quiero en la cárcel, estuvimos a punto de conseguirlo, de demostrar que ella fue la responsable del accidente en el que murieron mi hermano y mi sobrina, y no me doy por vencida. Destrozó a mi familia, Lola, tú lo sabes mejor que nadie. La convirtió en el hazmerreír de España de plató en plató de televisión. ¿Sabes cuántas pastillas toma mi madre a diario? ¿Sabes cuánto lleva sin poder salir a la calle por los periodistas? Mató a Andrés y a Elvira, Lola, que Dios los tenga en su gloria, ella los mató, no fue aquel maldito coche. Fue ella. Y la quiero entre cuatro paredes. Eso como poco y respetando la voluntad de Dios. No te pido que me vuelvas a ayudar, solo que lo entiendas.

¿Cómo ha ido con Blas que no me dices nada? Ten paciencia, Lola, solo es un niño. Y Currito más aún.

Si te apetece un café, estoy por aquí.

Leonor

Granada, 2008, día de Difuntos

Carmen pretende decirle a Julia que uno no debe intentar sobrevivir a sus sueños. Porque no es posible, porque se acaba muriendo en vida. Y claro que se puede estar muerto en vida, Julia, cariño. Carmen le pide a su hija que se fije en los ojos de la mayoría de las personas, que no brillan. Dice que no, Julia, hija mía, el brillo no tiene que ver con el color sino con estar vivo. Ya sabe que respiran, no se refiere a eso sino a utilizar la vida. Como si compras un precioso vestido y no te lo pones nunca. Pues la vida igual, Julia, cariño, hay que usarla. Ya tienes trece años, es hora de que empieces a hacerlo. Entonces sonríe y se despide de su hija. Tiene que salir.

Carmen piensa que a lo mejor le da tiempo a media racioncita de churros en el Gran Café Bib-Rambla. Compra un ramo de crisantemos en la floristería número dieciocho de la plaza Bib-Rambla. Comenta con la florista lo maravilloso de que sea día de Difuntos. Y que Dios la perdone, pero es que ya no se venden flores frescas si no son para Difuntos. Porque la gente las compra de plástico, Carmen. La florista se queja porque no aporta nada tener eso ahí muerto en mitad del salón que hasta huele a rancio. Le pregunta si cree que se puede cambiar una flor por eso. Dice que así nos va si preferimos el plástico a las flores. Y que ya sabe que no hay dinero, pero las flores son las flores, ¿qué es lo próximo que nos vamos a quitar por la crisis esta de las narices, Carmen? Pregunta si el agua. Risas. Que no se ría tanto que ella cree que nos acabaremos quitando el agua. Y si no, al tiempo. Si lo sabrá ella.

Carmen tarda apenas treinta segundos. Con el frío de la mañana se hacen castigadores, como si el aire se vengara a latigazos. Deja Bib-Rambla para descubrirse en la plaza de las Pasiegas. La catedral de Granada de frente, como un susto de piedra.

La verdad es que se ha desviado, puesto que el garaje lo tiene en la calle Recogidas. Pero Carmen piensa que muy pocos días le es a una posible contemplar la catedral oliendo a flores. Las sujeta en su regazo, como a un bebé, haciendo sonar el celofán en que las ha envuelto la florista.

Va a llover de un momento a otro, y, afortunadamente, no lleva paraguas. Afortunadamente, pues, en caso de tenerlo en el bolso lo habría usado. Porque quizá no tiene mucho sentido coger un enfriamiento llevando un paraguas en el bolso. Pero como no es así, Carmen tiene la excusa perfecta para empaparse con la lluvia. Si es que al fin la lluvia se anima a bajar y traer un poco de su Galicia natal a esta Granada que la ha acogido como un tío a un sobrino: no es su hijo, pero como si lo fuera.

Camino del cementerio suena en el Audi «Somewhere over the rainbow» en la orquesta de André Rieu. Carmen recuerda que está a punto de cumplir cuarenta y ocho años. ¿Cuarenta y ocho ya? El año pasado su hija y su marido le organizaron una fiesta sorpresa con toda la familia y los amigos. Se ha acordado porque pusieron esta canción con la tarta. Carmen sonríe. Carmen siempre sonríe.

Granada, 2008, día de Difuntos

Nubes de pelaje canoso techan el cielo de Granada para el día de Difuntos. El frío de la mañana acosa la quebradiza piel que envuelve el rostro de Marina. Lo muestra deteriorado. Roto. Parece que han pasado por él los excesos de cien personas. Cada paso que da por la avenida de la Constitución, enlosado en piedra gris y hojas amarillas, se le apetece como una bofetada en la cara. Y un aguijonazo en los pies. Quiere separar los dedos. No puede. Como adheridos por grapas. Dos bloques de hielo que se descongelan muy lentamente después de dormir por tercera noche consecutiva en un parque. Después de volver a orinar bajo un tobogán y limpiarse con el remate del abrigo.

—Mendiga —se susurra a sí misma cuando nadie camina a su lado.

De una cafetería brota un intenso olor a mantequilla al que casi puede dar forma. Como un espectro sin cuerpo que flota cerca de su nariz. La hostiga. Quiere llorar, pero no lo consigue. Sus ojos se incendian en ardor y picazón como si un coche, al acelerar, hubiese levantado polvo. Necesita lavarlos. Necesita comer. Necesita mantequilla derretida sobre pan tostado. La ciudad creciendo del suelo a su alrededor. Un laberinto de hormigón que la encierra dentro como a una rata entrenada para correr por él. No se atreve a expulsar el exceso de saliva que hay bajo su lengua. Es consciente de que todo el mundo la mira con una mezcla de miedo y grima, como si los rozara un escorpión. Como ella misma siempre ha mirado a los mendigos. Trata de domar la náusea. O al menos de encontrar agua para tragarse el asco.

Hace muchos años que no fuma. Cuando lo hacía a solas, necesitaba escupir constantemente. En una ocasión la descubrió la borracha de su hija. La increpó como si ella no fuera por ahí como una cualquiera. El putero de su marido también la sorprendió una vez escupiendo por la ventana y comentó lo asqueroso del gesto. Como si él, en vez de un cerdo, fuese un ángel. Nos vamos, Marina. Dijeron al abandonarla. No podemos seguir aquí contigo. Se ve que les gustaba más andar por los periódicos. Por los platós de televisión. Pero ahora los dos están muertos. Como corresponde a quien abandona. Es lo único que la hace entrar en calor.

Sabe lo que ha de hacer, va hacia ello como quien se encamina a su puesto de trabajo, al colegio del niño, a la sala en que proyectan la película. Entretanto, desentierra todo el dinero que ha desperdiciado a lo largo de su vida: cajetillas de Marlboro light durante once años. Quince mil euros. Blusas y zapatos que solo ha utilizado en una o dos ocasiones. Tres mil euros. Comida que terminó caducando y leche de soja de herbolario en lugar de supermercado. Cinco mil euros. La gente se aparta de ella. Marina entiende que haría lo mismo. Velas que nunca ha encendido, marcos de fotos que jamás rellenó, películas que no llegó a ver, preciosas cajitas en las que no ha guardado nada, fundas para las gafas de sol, pedicura de parafina en la peluquería... Seis mil quinientos euros.

El edificio de Hacienda tiene el mismo color que el alba. Se pregunta si dentro guardarán dinero. Nunca ha sabido qué hacen en Hacienda, pero mueven dinero, eso seguro. Pone fin a la avenida de la Constitución para anunciar la Gran Vía al frente. También maquillada en plomo. Y la calle San Juan de Dios, a la derecha. Marina gira de inmediato para no adentrarse en el paseo más céntrico de Granada lleno de rostros que podrían identificar el suyo. El aire le sabe a tubo de escape. Se siente débil, como incubando la gripe. Un autobús rojo informa en su lomo de los descuentos con envío en cuarenta y ocho horas de El Corte Inglés.

Marina callejea con la mirada fija en sus botas de sierra, el único calzado que sacó de la casa cuando los del banco la echaron. De vez en cuando se roza con rugosas paredes que delimitan su camino. Como si fuese ciega. Entonces avista un pedazo de pastelillo abandonado en el suelo. Aún conserva la envoltura, rosa bola de discoteca, ni siquiera ha rozado el suelo. Parece que alguien lo haya colocado para ella. Si se agacha con naturalidad quizá no llame la atención de nadie. El pastelillo la mira desde el enlosado. ¿Eso es nata? Es nata. Una anciana lo esquiva en su camino. Como cualquier persona lleva grabado a fuego el mantra de los niños y de los perros «no se cogen cosas del suelo». Ha de hacerlo, no tiene más opciones, ¿cuándo comienza la muerte por inanición? Flexiona las rodillas instintiva y ligeramente a la par que una niña en chándal, con un perro igual de ridículo que ella, lo pisa. El animal ahora es el dueño de la nata. Se cruza con ellos sin mirarlos a la altura del primer quiosco. Revistero repleto de la palabra «crisis».

Sabe lo que tiene que hacer. La calle San Juan de Dios como un pasillo de piedra. La conoce bien, pero hasta ahora no ha reparado en la asfixia. Cafeterías, bares, quioscos, tiendas de ropa, bazares de telefonía, farmacias. Dinero. No puede acceder a nada de lo que encierra la calle. Todo cuesta dinero. ¿Está lloviendo? Apenas unos meses atrás tomaba café con Ana en el bar que hace esquina con la Almona. Como tenía la tarde caprichosa, pidió un cruasán de pavo, queso y mantequilla. Le arden los pies. Mucha mantequilla.

Se detiene en seco, el hospital de San Rafael aparecerá a su derecha en diez pasos. Entre todas las personas posibles, Leonor ha de dirigirlo. Su cuñada. Por supuesto. Sabe que Leonor la busca y, de encontrarla, iría a la policía. A aquella zorra de Lola, la inspectora que llevó el caso de su marido y su hija. Aquella zorra que intentó demostrar que Marina había sido la causante del accidente en el que murieron Andrés y Elvira. No ha vuelto a verlas. A ninguna de las dos. Pero sabe que Lola, la inspectora de policía, se fue a vivir al norte cuando acabó todo. Marina ha llegado a su destino, no tiene más opciones, más fuerza para seguir caminando. Todos la miran, la mayoría con miedo. Una señora con flores de Difuntos aparta a su hija al pasar junto a ella. Los latidos del corazón en los labios, el cerebro apretando dentro de la cabeza, miradas de pena y espanto. No es más que una vagabunda potencialmente peligrosa.

En sus pulmones, todo el oxígeno que aceptan. Lo sostiene. Ojos cerrados. Marina se sienta en el suelo contra la pared. Está en el suelo. Está pidiendo limosna. Está sentada en la calle San Juan de Dios mendigando. Como un rayo, su propia imagen tomando asiento en el restaurante al que acudía los sábados que cenaba fuera. Una cuartilla en el suelo reza en fluorescente «financiación sin intereses, compre ahora y pague después». Se la lleva el aire. Marina agacha la cabeza. La barbilla al pecho. Una cortina de pelo grasiento sobre el rostro. Marina está pidiendo limosna. Los huesos crujen. Los músculos gritan. Está pidiendo caridad. En el suelo. Como si fuera de ese tipo de personas que pertenecen al suelo. Las nalgas chillando al contacto con el pavimento duro y helado.

—Socorro... —susurra mientras en su mente atraca la imagen de sí misma, meses atrás, comprando tampones en la farmacia que queda a unos metros. Tres veces más caros que en el supermercado, pero con la higiene íntima no se juega.

Granada, 2008, día de Difuntos

Carmen se reprocha ir al cementerio en el día de Difuntos. Aborrece el efecto manada, pero, aun así, sonríe. Carmen siempre sonríe. Hasta las emociones han conseguido manipular los que manipulan, piensa. Se está despojando a las personas de su capacidad para conmoverse o permanecer impasibles. Las parejas tienen que amarse en San Valentín, visitar a los muertos cada 1 de noviembre o acordarse de las madres el primer domingo de mayo. Y no importa si la pareja no va bien, el muerto fue alguien a quien no se echa de menos o las madres no se han ganado tal categoría. Porque el amor todo lo puede, una vez que uno se ha ido siempre es un santo, y a los padres se les honra, aunque muelan a palos a sus hijos, que para eso son padres. Carmen piensa que, si bien es cierta la ausencia de calor humano y afecto en la sociedad, también lo es que se ha instaurado una especie de amor obligatorio. Y hay que participar de él para no ser considerado egoísta o mala persona. Y así se legitima la actitud inadecuada y dañina de la que hacen gala ciertos individuos. Y los que conciben el amor como un derecho atávico, y no como una emoción voluntaria y libre, seguirán haciéndolo. Y ama a las personas, Julia, le dice a su hija, pero valora las personalidades antes de amarlas a ellas.

A Arturo, su marido, le es imposible no participar de esta convención. Siente terror al panteón de su familia sin flores en 1 de noviembre. Sin embargo, ha planeado un encuentro con sus viejos amigos de la facultad este sábado en Madrid. La dictadura de la mayoría. Carmen deposita el ramo de crisantemos que ha llevado al cementerio para que su marido se quede tranquilo. Y sonríe. Ella siempre sonríe.

Carmen pasea entre la gente, cuánta gente, disfrutando del olor a flores. Y las nubes. Las nubes que prometen lluvia como el infiel dejar a su pareja esa misma noche. Divisa a Leonor, una buena amiga, en el segundo patio, junto al Señor del cementerio, la escultura milagrosa.

—No tenían que haber metido al Cristo dentro de este cubo de cristal, Carmen —Leonor le da dos besos, qué guapa te veo—, porque este Cristo hace milagros, es verdad, lo comprobó mi madre con sus propios ojos —insiste Leonor—; mi madre dice que, si no es por él, yo no nazco.

Carmen acaricia la urna de cristal en la que está encerrado el Cristo con poderes sobrenaturales. En la palma de la mano el tacto denso y espeso del vidrio. No puede resbalar por él fácilmente. Qué sensación tan poco habitual y maravillosa.

—Vine a pedirle por mi hermano y mi sobrina —continúa Leonor desde la tristeza—, pero ya le habían puesto la caja esta de cristal y no me concedió nada... porque hay que tocarlo, Carmen, para que te haga el milagro. Hay un hueco ahí, en el pie, pero cómo va a ser lo mismo. Cómo va a ser lo mismo.

Leonor no puede aguantar la oleada de llanto. Rompe a llorar y se abraza a Carmen. Para eso son amigas. Esta recibe su cuerpo con verdadero afecto, pero no articula más gesto que el abrazo. Sabe que nada salvo el tiempo consigue achicar las aguas de ciertas inundaciones. Hay que recogerla cacito a cacito. Se tarda. Huele a césped, y qué hermoso olor es el del césped, piensa Carmen, aunque sea de cementerio, a ver si es que los muertos no tienen derecho al perfume.

—Casi un año y medio ya de las dos muertes, Carmen —continúa Leonor—. Qué desgracia. Todo en la vida es casualidad, estamos expuestos constantemente. Mira mi Andrés y la niña, con veintiún años la pobre y toda la vida por delante... Se les cruza una malnacida en el camino y acaba con ellos. Y a los malnacidos estamos expuestos todos, Carmen, porque no suelen parecerlo. Pero la que está viva es ella, ¿sabes? Viva y libre. Qué desgracia. ¿Qué? Sí, hija sí, lo que está lloviendo este año no es normal. Al menos la han despedido, a la malnacida, digo. Fui a buscarla a la academia donde trabajaba y su jefe, un tal Pablo, me dijo que la echó. Supongo que ya no estará en Granada. Lo poquito que nos faltó para meterla presa, Carmen. El canto de un duro. Todo gracias a Lola, la inspectora de policía que me presentaste y que llevó su caso. Es un ángel, no voy a vivir los años suficientes para agradecerte que me la presentaras. —No es Leonor una mujer con valor para tener sentimientos en público. Se restriega los ojos con rabia—. ¿Te pasarás hoy por el hospital de San Rafael?

Carmen escucha a medias porque huele a árbol y a hierba y a tierra mojada. Granada no ofrece estos aromas asiduamente. Son los de su infancia, como si el Cantábrico fuese a tronar de repente. Y qué maravilla tener un poco del Cantábrico en Granada. Le contesta a su amiga que no, que va a la asociación de Cartuja.

—¿Otra asociación?

—Bueno, otra... Me pareció un proyecto muy interesante, no gracias, estoy bien sin paraguas, y no hay muchos que se centren en la mujer gitana. La verdad es que me apetece.

—Pásate por el hospital de San Rafael cuando quieras, Carmen —le pide Leonor—, allí también hay mucho que hacer. —Tristeza en la boca y desprecio en los ojos—. En el comedor no damos abasto, cada día viene más gente como tú y como yo; bueno, ya lo has visto, qué te voy a contar. Se te hiela la sangre. Personas que el año pasado tenían a los niños en colegios de pago. La sangre y lo que no es la sangre, Carmen. Yo no sé adónde vamos a ir a parar con esto de la crisis. De verdad que no lo sé. ¿Cómo está Julia? Hace mucho que no veo a tu hija. Tiene que ser ya toda una mujer. Con trece años, hoy en día, ya son mujeres.

SI TÚ SALTAS, YO SALTO

El blog de Julia (y el tuyo)

Sé que voy a quererte sin preguntas.

Sé que vas a quererme sin respuestas.

Queridas amigas:

La entrada de hoy va a ser cortita, porque tengo examen de english (question words) y no me da la vida. Lo primero, y como siempre, agradeceros los comentarios, treinta y ocho esta vez, que me están ayudando muchísimo. Tanto a las que apoyáis que siga luchando por Micky como a las que decís que me aparte. Y lo que os digo siempre: no apruebo mensajes con faltas de respeto, así que a los que venís a insultarme os recomiendo pinchar el aspa roja de arriba a la derecha. Y a ti especialmente, policeman96, en este blog no hay espacio para lo amargado que estás.

Nada, Micky y yo hemos hablado un poco. Han sido cinco minutitos, en la puerta del baño del colegio, nos hemos encontrado por casualidad. Ha sido superespecial. Yo no me lo esperaba, la verdad, Micky ha aparecido como de la nada preguntándome por el examen de inglés. Ah, bueno, se me ha olvidado contaros que ha vuelto de la expulsión. Ya está en clase de nuevo. Lo que os decía, que ha sido superespecial, porque me mira con esos ojos y a mí se me mueve algo por dentro, se me rompe, chicas. Poco a poco voy avanzando en el plan que ya os he contado para que deje los porros. Y para que se enamore de mí. No hemos quedado en nada, ha sido una conversación un poco tonta, pero ¿no está la vida hecha de conversaciones tontas? ¡Estoy muy living hoy! ¿Cómo veríais vosotras que le escribiera una carta? ¡Me encantará oír vuestras opiniones! Lo que os decía, que tengo examen de english y me tengo que ir. Os quiero mucho. Os adoro. Os amo. Hasta muy pronto.

Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en mitad del patio. A Beatriz no se la elige. A Julieta no se la elige.

Granada, cuatro días atrás

Un puño golpea la puerta de la casa de Marina. Tres veces. Con firmeza. La misma que se espera de quien va a hacer justicia tras ella.

Marina permanece al otro lado, en sus zapatillas de peluche acebradas, desde hace horas. Cierra el ojo izquierdo de manera inconsciente, el derecho sobre la mirilla. Tiene miedo a que la oigan respirar. Algún vecino está cocinando paella. Qué rica, qué hambre, qué asco de semana a pechuga de pollo —sin empanar— y patata hervida.

—¿Hola? ¿Buenos días? —pregunta al otro lado de la puerta una voz con aires de perfume caro y apartamento en Mallorca.

La voz profiere tres nuevos golpes de ley. Marina, sofocando una explosión en el estómago, se descuelga de la mirilla como un cuadro de gran valor.

—No hay nadie. Cambia la cerradura —ordena, aburrido, el de los golpes.

Un chasquido similar al de un ratoncito germina en el exterior de la puerta. Instintivamente, Marina sujeta la madera conglomerada con ambas manos y aplica toda la fuerza que puede. Pero desiste. Podrían tirarla abajo de un golpe si quisieran.

Con toda la dignidad que consigue reunir abre de una sacudida y se enfrenta al grupo. El cerrajero resbala. Se aleja de inmediato. Marina quiere preguntarse a sí misma qué está haciendo y cómo ha podido llegar a esta situación. No puede hacerlo. La sobredosis de realidad la mataría. Opta por seguir considerándose una mujer al corriente de pago que oye ruidos inusuales en la puerta. Un señor con mucha gomina la informa de que tiene que abandonar el inmueble.

—¿Cómo dice? Esta es mi casa. —Marina habla ciñendo su bata lencera con una dignidad que no le permiten las zapatillas de cebra. Debajo de ella, sus pechos, dos pequeñas protuberancias. Y las costillas. Su torso parece una caja de bombones.

La comisión judicial está integrada por cinco personas: representante del banco, procurador, cerrajero y dos policías, hombre y mujer. El primero pregunta si se llama Marina Pastrana. Baraja sus cuartillas y comprueba la dirección: calle Tórtola, siete, segundo A, que si es correcto.

—Soy yo, esta es mi casa. ¿Qué desean?

—Señora, por favor, tiene que abandonar el inmueble. Se le notificó el lanzamiento de la vivienda para hoy, día 30 de octubre —aclara el policía.

—No, aquí no ha llegado ninguna notificación —miente Marina—. Hace tres días hice un ingreso de seis mil euros, más de lo que debía. Aquí tienen el justificante.

Papel húmedo, apretado en la mano desde las ocho de la mañana. El representante del banco lo recoge con apetito. Las lágrimas se apiñan dentro de los ojos de Marina. Parecen cuencos a punto de desbordarse. El del banco dice que se deducirá de la deuda, pero tiene que abandonar el inmueble.

—¿Es que no me ha oído? Ya no les debo nada. No voy a dejar mi casa. Ya he pagado las letras que debía.

En los pisos superiores se oye crujir la madera. Un cristal que se cierra de golpe. A la paella le han puesto marisco.

—Doña Marina, el inmueble ya no le pertenece. La cantidad que se le reclama es el total de la deuda hipotecaria, no solo las cuotas impagadas.

¿Por qué insisten en referirse a su hogar con la palabra «inmueble»? Le croa en los oídos. Marina está llorando, y odia llorar. No puede hacer frente a tanto dinero, asegura que seguirá pagando como hasta ahora, ¿cuándo he dejado yo una letra pendiente? Además, mi marido ha muerto, estoy afrontando la hipoteca yo sola. El cerrajero levanta la cabeza divisando el interior de la casa. Se pone casi de puntillas para ver si hay alguien más dentro.

—Señora, va a tener que dejarnos pasar, abandone el inmueble; es lo mejor que puede hacer. —Lo dice la otra policía—. Seguro que ya tiene suficientes problemas, Marina, no merece la pena.

¿Por qué no se desmaya? En los libros y en las películas la gente se desmaya. ¿Qué razón hay para que su cuerpo soporte algo que es incapaz de domar? ¿Hasta dónde? ¿Hasta qué punto del precipicio? ¿Ni siquiera sirve para desmayarse?

—Oigan, no puedo pagar toda la hipoteca junta, es demasiado dinero, tienen que entenderlo. —Marina llora sintiendo deseos de golpearse por ello—. Por favor, dejen que me quede en mi casa, no tengo adónde ir, no tengo nada más; los seis mil euros que les he dado es lo último que me quedaba; lo he vendido todo. Además, si van a quitármela, ¿por qué dice que se descontarán de la deuda? Por amor de Dios..., ¿quieren que acabe pidiendo en la calle?

El vecino abrirá la puerta de un momento a otro. Es la hora del paseo con la peruana que empuja su silla. La comitiva judicial, poco a poco, ha ido acercándose a Marina, que los reconoce de repente muy cerca. Como estar en una perfumería. Dicen que el banco ha adquirido la propiedad del inmueble, pero ella sigue adeudando el crédito que pidió. Porque el inmueble no sirve para saldar la deuda, señora. Marina cree que la están engañando. No puede ser posible. ¿Se quedan con la casa y tiene que seguir pagando? Pero hay dos policías. ¿Los habrán untado para darle formalidad al asunto?

Marina se viste mientras el de banco omite decir que, lo que no saque de la casa en ese momento, también pasará a ser propiedad del banco. Que si puede tapar la cinta de lomo, pregunta Marina desorientada mientras se calza las botas de sierra sin entender por qué, que se va a poner mala.

El vecino no ha salido a pasear. Ha fallecido. De esto Marina ya no se entera.

De: Leonor Barrios

Para: Lola García

Sáb/01/11/2008 11:53

Querida Lola:

Es maravilloso. No sabes cuánto me alegro por ti. De veras, Lola, no eres capaz de imaginarlo. Te lo mereces. Y ya verás que Currito pronto hace lo mismo, es demasiado pequeño aún, pero ya verás que hace caso de su hermano Blas. Recuerdo que lo veía como un dios. Es demasiado pequeño todavía, Lola, ten paciencia. Han pasado un año sin ti, sin su madre. Ten paciencia.

Sí, a Carmen la he visto hace un rato. Me la he encontrado en el cementerio, nos vemos de vez en cuando, aunque no tanto como antes. Nada, como siempre, sigue siendo la mujer más feliz del mundo, en eso no cambia —no le he dicho que hemos vuelto a hablar, por si te preocupa, para que te quedes tranquila. Tampoco que has vuelto a Granada.

Bien, en el hospital, todo bien. El jefe de planta me pregunta a diario cuándo me jubilo. Se le ve el plumero. Sé que quiere el puesto de director, pero a mí me queda mucha guerra que dar hasta que Dios me llame a su lado; la directora sigo siendo yo y espero que por mucho tiempo. Tenemos casi más lío en el comedor social que en el propio sanatorio, no sabes cómo está apretando esto de la crisis, bueno no se habla de otra cosa, claro que lo sabrás, pero ya te digo... nunca había visto más personas viniendo a por alimentos que pacientes. En fin. Yo no me he atrevido a preguntarte aún porque sé que no te gusta hablar de... lo que pasó, pero ¿qué tal en la nueva comisaría? Espero que estés a gusto.

Lola, yo no quiero que pases la vida martirizándote por aquello. Hicimos lo correcto. Esa mujer mató a mi hermano y a mi sobrina. La única desgracia es que el juez aceptase su coartada. Pero yo la buscaré hasta el día que me muera. No puedo soportar que, después de todo lo que nos hizo, se sintiera superior a nosotros. ¡Una maestra de academia que iba de rica! Te lo vuelvo a decir: tienes que entenderlo. Todavía siguen llamando a mi madre de la tele, Lola, después de denunciarlos, siguen llamando. No solo terminó con Andrés y Elvira, también destrozó a toda nuestra familia, ¿tú sabes cómo está mi madre? ¿A qué nivel ha quedado el apellido Barrios en el pueblo? Y tú te fuiste a Gijón por su culpa, además.

Eso del final me sorprende... ¿por qué yo no puedo llamarte Dolly y tú sí puedes llamarme Leo-na? Te propongo un trato: lo volvemos a instaurar, ¿qué te parece? Llámame para un paseo.

Leo-na

Granada, 2008, día de Difuntos

Carmen ha quedado con su hija Julia a las doce y aún falta una hora. Qué maravilloso ha sido pasear por el cementerio una mañana así. Tan deliciosa y gallegamente encapotada. Carmen vuelve del cementerio, aparca en el garaje y toma la calle Mesones en dirección a la plaza de la Universidad. Los adoquines bajo sus zapatos, como si brincase sobre las piedras de un río. Es un milagro que Galicia regale algo de su belleza a Granada y la cubra con una pamela de nubes. Tamiza los rayos de sol. Brillan en un color distinto, una especie de violeta. Mojado y virgen. Como lágrimas en las pestañas. También es maravilloso cuando sucede a la inversa. A veces Granada da a Galicia algo de su hermosura permitiendo atardeceres en tintes de hoguera. En esos momentos, un sol granadino, como un incendio, se pone sobre el lago Mol. Parece que ha esparcido millones de diamantes sobre él.

La escasa lluvia le acaricia el rostro con dedos de plata en la plaza de la Trinidad. Miles de estorninos trinando. ¿Locos de alegría o de frío? Barra del café Reca. Desayunan tres hombres. Y tres hojas de periódico que pasan. Y tazas de gres con café con leche, tres también, a los labios. Meñiques tiesos.

Carmen siente pena por su amiga Leonor y la obsesión en la que vive sumida. ¿No os ha quitado ya bastante esa mujer?, pregunta todas las veces que saca el tema, y lo saca cada vez que hablan. Leonor contesta que ella no lo entiende. Que no sabe lo que es vivir con su hermano y su sobrina muertos porque una loca manipuló el coche en el que iban para matarlos y el inútil del juez dio por buena su coartada. No sabe lo que es vivir huyendo de los periodistas. Una loca con la que su hermano firmó su sentencia de muerte. La llama «puta». Una puta, Carmen, ya lo era desde bien pequeña, siendo una niña se acostó con un mendigo del pueblo, eso te lo puede decir cualquiera en Lújar. La incita a que vaya y pregunte a quien quiera a ver si es mentira. Imagínate si con ocho o nueve años ya andaba con hombres, con Cristóbal, Cristo el Loco, que hablaba con los muertos, qué no haría con mi hermano y mi sobrina, insiste. Qué desgracia, Carmen. Qué desgracia. Repite la palabra siempre. Y la muy puta salió absuelta, pero créeme cuando te digo que hasta que no la vea entre rejas, como la asesina que es, no encontraré la paz, desafía Leonor. Que no la llame así, dice Carmen, que si nos llamamos así entre nosotras, las mujeres, mal vamos, que hay muchos insultos para tener que usar ese. Puta.

Carmen entra en la plaza de la Universidad, a la izquierda, para tomar la calle San Jerónimo sin seguir un rumbo concreto. Conducción automática, las

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