Noche en vela
Noche en vela no es el mejor nombre para un programa nocturno. Tampoco es el espacio con el que ha soñado culminar su carrera Raúl Solís. Demasiado evidente lo primero; excesivamente vulgar y previsible lo segundo. Cada noche, antes de colocarse con cierta pose de hastío frente al micro, dispuesto a escuchar historias mil veces contadas, Raúl solo encuentra consuelo en una profunda bocanada de brisa marina que aspira desde la terraza que bordea el piso veintidós, con unas impresionantes vistas, a la que dan los ventanales del apartamento convertido en estudio de radio.
«No te quejes. Esto ha vuelto a darte la vida».
A tres vientos, se presenta una llanura diáfana; la salida abierta de Barcelona al mar.
Al otro lado, por la cara norte, los días que clarea y no hay boira, se intuyen los recortes de los primeros macizos de los Pirineos, con la cumbre de la estación de Masella nevada a mitad de octubre. Es su panorámica favorita, y la que se lleva en la retina al amanecer cuando vuelve a su retiro en soledad, con la mente cargada de nieblas espesas y peleándose con el sueño, con el que hace años que también mantiene una relación irreconciliable.
Hoy es una de esas noches en las que la caída al vacío de la colilla de su último cigarro le ha parecido demasiado seductora.
«Pero ¿no habíamos quedado en que esto ha vuelto a darte la vida?».
Sí. Salvo que a veces se pone trampas en el camino. Raúl sabe que la nostalgia no le sienta bien. Anoche incitó a un oyente (él cree que de manera inconsciente, aunque su terapeuta se lo rebatiría) para que su testimonio lo llevara de cabeza al fango, hasta la misma mierda.
—Y con esa máquina de borrar cosas del pasado, ¿qué harías, Daniel? —El regalo imaginario que le ofrecía no era inocente. La pregunta tampoco.
Y Daniel, un camionero que estaba a punto de dejar su carga en el puerto de Sagunto, fue capaz de verbalizar lo que Solís, pese a tanta labia y verborrea en la radio, tenía clavado como un puñal pero jamás había sabido decirle a los suyos.
—Me gustaría borrar mi divorcio. No el divorcio en sí, sino lo mal que lo hice todo. Como el culo, Raúl. Ojalá le hubiera evitado el dolor a mis niñas. Eso es lo que borraría. Lo daría todo por conseguirlo. Todavía recuerdo a mi chiquilla sentada sobre mi regazo, abrazada a mí, sin entender por qué su padre se iba de casa.
Se enciende la luz roja y arranca la sintonía del piano.
Último aviso de Beatriz: «¡Dentrooo!».
Entonces Raúl se sube la solapa de la chaqueta, se frota las manos y se promete que, esta vez sí, ese era el último cigarrillo.
Y que esa será, al fin, su noche.
En el interior le espera un golpe de calor seco en un escenario que reproduce a pequeña escala la suite presidencial del hotel que patrocina la emisión, al que le debe el puñetero título.
«Noche en vela con Raúl Solís, en Radio Cadena Nacional».
Sube de nuevo la sintonía del piano.
Raúl se atusa el pelo. Tres cámaras controladas en remoto emiten el programa en vídeo para YouTube, Twitch, Twitter y Facebook. El hotel se muestra al mundo.
Se coloca los auriculares y guiña un ojo a Beatriz. Levanta la mano para llamar la atención de Miguel, pero el realizador está enfrascado en la mesa de mezclas ajustando la ecualización del micrófono. La tiene. El viejo técnico suspira al fin aliviado y mira a Raúl con socarronería y desafío. Ha reaccionado a tiempo para ahorrarse los (malos) humores y los aspavientos (groseros) de la decadente estrella de la radio. Miguel no está dispuesto a aguantar sus arranques desquiciados y sus manías por mucho que tenga que agradecerle que lo rescatase de la jubilación anticipada y de la amenaza de embargo de su casita de la playa. Soñaba con retirarse allí antes de descubrir que el cabronazo de su yerno los había arruinado a todos.
Beatriz tiene la lista con las tres primeras llamadas. Son historias que quedaron pendientes el día anterior.
A Raúl le aparecen en el chat los nombres de Estela, de Gijón; de Alberto, de Ciudad de México, y de Amparo, de Alzira. Hasta hace poco, la productora tenía la costumbre de añadir entre paréntesis una pista sobre el asunto del que iban a hablar. Hace unas semanas, Raúl decidió que se obviara la acotación: «Que me sorprenda la historia, que me pille tan descolocado como a quien nos está escuchando. Deja algo a la improvisación, niña. En la vida no vamos con guion». Esa fue la directriz; mañana probablemente llegue otra que la invalide.
Raúl Solís evita que otro testimonio como el del camionero del día anterior le dé un zarpazo donde más le duele. Mientras, simula escuchar y asiente, y parece que le jode, y apostilla con «Mmm», y respira fuerte, de manera forzada para que suene a suspiro, y le da un sorbo al café con leche de soja, y posa la taza sin miramientos, porque así se oye que la deja y el tintineo de la cuchara, que eso le da vida y ambiente, dice, mientras gesticula y mira a cámara. Pero no escucha. Nunca. Solo se observa por dentro, su mundo, cada día más vacío.
Y allí, en su interior, ve al eterno insatisfecho.
Haya hecho lo que haya hecho, haya conseguido los logros que haya conseguido, aunque no los hubiera previsto ni en el más optimista de sus sueños, jamás ha sido capaz de disfrutarlos. Nunca ha saboreado su llegada a la meta, ni cuando entraba el primero y en solitario. Ni en la radio ni en la vida. Raúl tiene el dudoso mérito de haber desarrollado una habilidad especial para fastidiar su felicidad, para boicotearse. Quizá porque le da miedo. O tal vez porque siempre ha sido un miserable.
Tiene la habilidad de ver el brillo deslumbrante que desprenden unos y otros. Nunca le ha dado por rascar la superficie y comprobar que, del interior de aquellos triunfadores, también sale cierto hedor a podrido.
Era la envidia de la radio, de toda la profesión. Él, sin embargo, mira con celos y frustración los éxitos ajenos, sobre todo los de los escritores. A muchos de los que habían pasado por su estudio los leyó tan mediocres, tan insustanciales… Raúl Solís está seguro de poder narrar con más pulso, con más fondo que todos ellos. No asume que, uno tras otro, los borradores de sus novelas, de sus obras de teatro, sigan criando malvas en un cajón.
Mientras está inmerso en sus infiernos, oye pero no escucha. Por eso se ha perdido una preciosa historia de un amor adolescente recuperado. También el llanto callado de un tipo a quien la mala puta de la justicia le ha robado todo, hasta las llaves de su negocio, y se las ha dado al empleado, que es vox populi que fue quien se llevó el material de valor y lo revendió a un taller de motos de Pittsburgh. Después Solís ha dado boleto antes de tiempo y de forma destemplada a la chica de Alzira, que buscaba fans de una serie de los ochenta que nadie recordaba.
Entre llamada y llamada suenan músicas instrumentales. A veces son bandas sonoras, otras pertenecen a un archivo de la emisora; lo segundo sale más barato, porque no hay que pagar derechos. Las escoge el realizador, Miguel. De vez en cuando hay tiempo para un disco. Estos sí que los elige Raúl. Ahora Being with You, de Smokey Robinson. No le gusta una mierda, pero como la oyó una noche en otra radio, de camino al trabajo, le pareció muy de esa hora. El principio le repele. Uf, ahora que la oye en su programa, se arrepiente. No repetirá. Al menos es una canción que para sus recuerdos ni fu ni fa. Ha ido descartando todas las que le apretaban aún más el nudo que tiene en el pecho, que es donde piensa Raúl que está el alma. Porque le da la sensación de que todas las canciones del mundo sonaban aquellos días después de irse de casa con lo puesto. Y ahora le suenan de nuevo a remordimiento por el llanto de sus pequeñas, como el de las hijas del oyente camionero, que fue capaz de contar lo que sintió, algo que él no sabrá hacer nunca.
Se ha establecido un lenguaje de gestos tan cómplice entre Beatriz, Miguel y él que, simplemente con señalar la pantalla, encoger los hombros y fruncir el ceño, los otros dos saben que no confía del todo en el siguiente testimonio, que algo le dice que suena a fake, a chanza; así que atentos.
En el renglón número cuatro, Beatriz le ha escrito: «Tomás, de Fotheringale». ¿Será él? No da crédito. Eso lo cambiaría todo.
Se guarda para sí, de momento, que si es quien cree que es, lo conoce.
La historia de su misteriosa desaparición fue noticia durante mucho tiempo, comentada a todas horas al principio, algo menos a la semana y casi nada cuando pasó un mes; al final se difuminó y desapareció, como Tomás. A este se le perdió la pista en la isla desde la que llama. ¿Qué puede hacer de aquello?, ¿cuatro años, cinco quizá? Por ahí andará.
También podría tratarse de una broma macabra. De muy mal gusto. Aunque ¿quién iba a llamar en su nombre y para qué?
—Tomás, de Fotheringale… —dice Raúl con cautela para invitar a hablar al oyente—. Buenas noches.
—Hola, buenas noches. Bueno, tardes por aquí. —Es una voz redonda, aposentada. No le resulta ajena.
—¿Fotheringale?
Se hace un silencio que dura dos segundos. Y eso es un mundo en la radio.
—Sí, de Fotheringale. Soy Tomás Luzón. ¿No reconoces mi voz? —Raúl calla y lo deja hablar—. Me entrevistaste mil veces. En nuestros años dorados, Solís. Mil veces. No sé si puedo decir que hubo un momento en el que llegamos a ser amigos. Creo que sí. No tanto como íntimos, pero algo más que conocidos, ¿no?
—…
—Soy el actor que dejó a medias la obra, el que desapareció en el descanso. Tomás Luzón en persona. Estoy vivo. Sí, estoy vivo y no maté a nadie.
Hace tiempo que no lo escucha, pero no le cabe ninguna duda de quién está hablando.
Otro silencio. Este suena más espeso.
El presentador siente un chute de adrenalina, como antaño, cuando estaba en primera línea y entrevistaba a Tomás o a cualquiera que fuese alguien. Él mismo lo era: Raúl Solís, número uno en audiencia.
Hoy, como en aquellos días, puede ser su gran noche. Esta vez no piensa desaprovechar la oportunidad para reivindicarse.
Cuando Solís era la estrella de la mañana, Tomás acudió como invitado en dos o tres ocasiones a su programa, lo recuerda ahora con total claridad. Después se encontraron, quizá no tan fortuitamente como creyó Tomás, en un área de servicio de la A-1. Antes hubo otros intentos poco fructíferos. Raúl Solís había probado a hacerse el encontradizo, apareciendo incluso en saraos a los que no lo habían invitado. A veces maniobraba de forma disimulada, por persona interpuesta. Otras fue tan torpe que, a la postre, lo único que consiguió fue que le saltaran las alarmas a la recadera: la jefa de Cultura de la radio, quien no desperdició la oportunidad para vengarse del arrogante de Solís. Lo hizo propagando el cotilleo, maledicente y falso, de que el afamado locutor perdía el culo por el actor de moda. No eran esas sus intenciones, no tenían que ver con lo carnal; su naturaleza era otra.
Y más tarde, al entrevistarlo por otros trabajos que hizo Tomás Luzón, descubrieron que tenían algo más que un amigo en común: no hay cosa que una más a dos hombres que sentirse víctimas de sendas lagartas que les sacan hasta los higadillos durante el divorcio.
Pero todo esto lo ve Raúl ahora, pues varios episodios que tenía completamente olvidados emergen y van encajando en su pasado. Son capítulos que jamás habría incorporado a sus memorias, aunque fueron muy importantes cuando los vivió.
¿Qué ocurrió entre ellos? ¿Cómo se perdió aquella amistad? Tiene la impresión de que de forma natural, como muchas otras, por las vueltas que da la vida.
Beatriz le ha hecho un copipega de lo que acaba de encontrar sobre Fotheringale en la red. No tiene pinta de ser de la Wikipedia; canta a literatura:
La República de Fotheringale es una pequeña porción de tierra en mitad del Atlántico, una isla cuya historia está marcada por su ubicación, a medio camino entre las Azores y las Bermudas; entre la vieja Europa y la América que se alcanzó precisamente gracias a una providencial escala hecha en sus costas, cuando se la bautizó por vez primera como la isla de la Fe. Siempre ha estado al amparo de la intensidad que fueran tomando los vientos de tensiones estratégicas, ya rolaran de componente norte o con calima del sur; un campo de batalla permanente y tierra fértil de expediciones por mandados de unos y emisarios de otros; escenario para trueques de piratas y corsarios; pasto de luchas incruentas entre armadas y contraarmadas; un sindiós, en definitiva.
Fotheringale. Esta es su historia reducida a la caricatura de dos párrafos y cuatro trazos gruesos sobre el actual paraíso fiscal.
—Quería aprovechar este programa para contar toda la verdad —continúa el oyente—. Pero necesito que me des tiempo. Esto no se despacha en un pispás.
»Te he elegido a ti, Raúl. Deberías alegrarte. Yo te hago el programa de tu vida y tú a cambio me das todo el tiempo del mundo. Por mí como si tenemos que estar aquí toda la noche. ¿A qué hora acaba esto?
—…
—A las seis, hora de España, ¿no? Pues hasta las seis si hace falta. Llevo muchos años esperando. Ahora no tengo ninguna prisa.
»Por cierto, antes de nada querría lanzar un mensaje para todos los cuerpos policiales que se hayan puesto alerta y anden como locos intentando contactar con tu productora para que les facilitéis mi teléfono. Estoy llamando a través de un servicio de voz IP conectado a un servidor independiente de la isla en la que sigo. Desde aquí la señal va directamente a un nodo de Tokelau, un archipiélago neozelandés que vive, en parte, de mantener en el anonimato la dirección de cientos de miles de páginas de internet. Así que lo máximo que logrará la policía es una orden judicial que os obligue a cortar esta llamada. No creo que merezca la pena silenciarme. En los próximos días van a publicarse mis memorias en todo el mundo. Igual que pensaba hacer aquí esta noche, en ellas explico lo que ya estoy en condiciones de contar. No me da miedo nada. Ni nadie.
—Yo tampoco tengo prisa, Tomás. Dispongo de tiempo, como dices, y no puedo negar que es muy atractivo lo que propones. Tengo ganas de escucharte, de conocer tu versión de la historia. Como supongo que les ocurre a todos mis oyentes.
—¿«Tus» oyentes? —Hay sarcasmo en sus palabras.
—Es una forma de hablar, Tomás. «Nuestros» oyentes a partir de este instante, si lo prefieres. ¿Te vale así? —Opta por la condescendencia. En su memoria emerge un epígrafe vinculado a Tomás Luzón: «Tipo raro de trato difícil».
El actor masculla algo ininteligible que suena a viejo cascarrabias.
Raúl lo pasa por alto. Quiere dejar claras sus condiciones antes de dar el sí definitivo. Eso es lo prioritario. A la vez es una forma de darse tiempo para valorar bien la propuesta.
—Antes de empezar, explícame una cosa: si va a publicarse en breve tu libro, ¿qué interés puedes tener en destriparlo?
—Veo que no has perdido reflejos, Solís.
—Es un acto demasiado generoso por tu parte, con este programa y conmigo en particular. Y me escama, no te lo niego. Porque ya sabes cómo es la gente, las redes sociales… No querría que pensaran que hay una complicidad pactada de antemano entre tú y yo, que difundieran que te estoy haciendo el juego para lanzar una gran campaña de promoción sobre tu libro o blanqueándote. Eso se lleva mucho ahora. Cuando alguien deja hablar a otra persona que está en las antípodas de lo que piensa, se sentencia inmediatamente: «Fulanito blanquea a Zutanito».
—Te entiendo. —Ahora su tono destila sinceridad—. Comprendo tus temores, pero siempre tendrás la sartén por el mango para matizar lo que quieras. Me puedes cortar en cualquier momento. ¿Qué mayor garantía que esa? Confía en mí. Confía en un viejo amigo. No te defraudaré. Acabarás viendo el motivo, supongo, y dándome la razón.
Mi nombre es Tomás Luzón
—Mi nombre es Tomás Luzón. Soy el actor que no volvió al escenario tras el descanso. Aquella fue mi última función. No he vuelto a subirme a ningún otro ni creo que lo haga jamás. Me dan por desaparecido. La tierra se me tragó.
»Imagino tu asombro al escuchar esto. El mismo que si alguien se encontrara con el testimonio de la chica de la curva. Me he convertido en el protagonista de una leyenda urbana que crece y crece sin que nadie con dos dedos de frente y una miajita de sensatez le ponga freno.
»Quiero demostrar que estoy vivo y acallar las especulaciones que me borran de este mundo de una forma mitad mágica, mitad esotérica.
»Ocurrió durante el descanso de mi última función en el Gran Teatro de Fotheringale, la noche que estaba llamada a ser la de mi despedida, aunque jamás imaginé que lo sería en sentido literal.
»Todo tiene una explicación mucho más lógica, pero esto no quiere decir que sea simple.
»Aquel Jueves Santo de 2016 desaparecí, preso del pánico, por temor a que me acusaran de un asesinato que todo el mundo iba a dar por probado. Todas las piezas encajaban diabólicamente. Habría resultado inútil cualquier pretensión de detener la arrolladora máquina del juicio paralelo que me colocaría en la picota, sin concederme la presunción de inocencia.
»Hasta aquel día me había granjeado esa imagen de arrogante y prepotente que nunca me molesté en desmentir. En parte porque me divertía. Yo mismo era otro personaje más de entre los cientos que encarné; el más sólido. Eso se volvió en mi contra en un momento clave. El falso cliché encajaba que ni pintado en el perfil de un ser tan cruel y despiadado como para cometer, minutos antes de que volviera a levantarse el telón y a solo un par de manzanas de allí, el brutal asesinato de mi examante, Cristina Corral.
»Aquella noche, el pánico me dio muchas piernas y pocos sesos y hui a toda prisa. Un sinfín de teorías conspirativas se me agolparon en la cabeza, que se creyó tan lista que jugó a adivinar lo que iban a contar. Sospeché que, entre todas las opciones, ganarían las típicas de un argumento peliculero e inverosímil.
»Y así fue.
»Mientras regidores, técnicos y tramoyistas me suponían en el camerino cumpliendo con los rituales de mi enfermiza superstición, yo salí del teatro a hurtadillas perfectamente camuflado, embutido en otro cuerpo y con otra vestimenta, algo muy propio de los actores, que, por lo visto, lo hacemos con una facilidad pasmosa y en cualquier ámbito de la vida.
»Así llegué al apartamento alquilado por mi exnovia, excompañera de reparto y extodo.
»El hecho mismo de que Cristina estuviera allí era sospechoso, tendría que haberme dado cuenta, ¿no crees?
—¿Por qué resultaba sospechoso? —pregunta Raúl.
—Porque ella se había registrado junto con su pareja en el mismo hotel de la City donde se alojaba toda la expedición de españoles ilustres invitados a la excursión transoceánica. ¿Qué sentido tenía que también hubiera alquilado un apartamento?
»Una vez en el piso, y según lo que cuentan, nos enzarzamos en una pelea violenta que zanjé con la persuasiva táctica de descerrajarle dos tiros certeros entre ceja y ceja y algunos más por todo el cuerpo, con saña, por si acaso. ¿Con qué arma? Una Smith & Wesson 9 milímetros de las que se venden como rosquillas en esta maldita isla. En las pocas horas que llevaba en el país habría tenido tiempo más que suficiente de hacerme con un arsenal.
»Después de dejar la pistola infestada de huellas, quise volver al teatro y reanudar la función donde la había dejado, como si aquello no pesase sobre mi conciencia. Según esta teoría, tenía planeado entrar justo al final del entreacto, en medio de la confusión que se crea cuando el público ocupa de nuevo sus asientos y unos obligan a levantarse a los ya acomodados, y se cruzan en los pasillos los que suben con los que bajan, y llevan en la mano el vaso de Coca-Cola, y no recuerdan si estaban en la séptima o en la novena fila, y otean en busca de una referencia que les sirva para orientarse: un peinado reconocible, un abrigo, un compañero o un bolso en la butaca.
»Aunque, por alguna extraña razón, nada de eso ocurrió.
»No regresé.
»Y los especuladores hicieron lo propio.
»Todo el mundo aguardaba en sus asientos.
»Toses. Carraspeos. Crecía la incomodidad entre el público. Se consumían los nervios de los organizadores.
»Empezaron las preguntas y las primeras ideas sobre mi espantá.
»En aquel momento me imaginé que iban a despachar a precio de liquidación testimonios y lecturas interesadas sobre mis antecedentes como chalado. Serían bienvenidas, y sospecho que celebradas en algunos conciliábulos, las que cebaran la idea de que hacía tiempo que yo, Tomás Luzón, había perdido la chaveta. Un ligero repaso a mi reciente hoja de servicios y boutades públicas no ayudaría a desmentirlo.
—Y no has hecho nada hasta ahora para disipar todas esas cábalas, todas las dudas sobre lo que pasó —interviene Raúl.
—No he podido.
—O no te has atrevido.
—Dejémoslo en que no ha estado en mi mano.
—¿Qué ha cambiado? —El periodista sigue interrogándolo, aunque con tiento. Quiere saber, ansía conocer la verdad de aquella rocambolesca historia, pero a la vez, cuanto más preciso sea Tomás con el relato y más detalles dé, mejor será el resultado.
—Ha cambiado todo.
Noche en vela
Cuando ha de tomar una decisión urgente, Raúl Solís suele llevarse la mano a la boca y con el índice y el pulgar se tapa la nariz, como si fuera a sumergirse en un mar de mierda. Ahora, resopla y sacude las manos hacia delante.
Que sea lo que Dios quiera.
Van a darle cancha a quien dice ser Tomás Luzón y a quien Raúl reconoce como tal.
Beatriz se remueve en la silla, inquieta y excitada. Ha visto los primeros comentarios en las redes sociales y la centralita echa humo. «Esto va a ser la bomba», piensa.
Miguel, gaditano, tiene la misma cara que si le hubieran colocao, sin venir a cuento, delante de un festín de camarones y chanquetes. Se relame mientras piensa: «Yo ahora me bebería un tercio». El técnico ya tiene lo que le ha pedido la productora mientras escuchaban el testimonio del actor missing. Esto de missing lo dice mucho su nieto, por un videojuego.
La memoria de Bea es prodigiosa. «“Tomás Luzón en Todo Ruan”. Aquí está. ¡Bingo!». Le sonaba un episodio insuperable. Por lo visto, no es la primera vez que Luzón llama a la emisora. Hacía unos años le cogió el gustillo.
Compara la voz: no hay duda.
Como cuando llamé a Todo Ruan
—Como cuando llamé a Todo Ruan, el programa de Radio Cadena Nacional donde el tal Juan Antonio Ruan, el más odioso de los críticos, te daba cháchara sobre lo que se terciara: cine, teatro, fútbol… Ruan esa tarde acababa de hacerle un traje, pero uno de época, ¿eh?, a una película muy modesta, de esas españolas donde el director se tiene que autogestionar hasta los cuadrantes de los taxis del elenco. Mi papel se limitaba a una colaboración más por un favor que por las cuatro pesetas y el catering.
—¿Qué película?
—No recuerdo ni el título.
»Ruan, acorde a su bilis, había largado que era una cinta infumable y que qué horror; que si para eso se destinaban las subvenciones. Total, que cuando salí al aire le pregunté si me reconocía. Él respondió que no, que solo por la voz no tenía el gusto, caballero. “Pues qué penita”, le solté. Una pena que no supiera quién lo estaba invitando a que le comiera los huevos por detrás.
»¿Ves? Incorregible. Y esa fama me la gané a pulso.
»Por mucho que haya trascendido, por mucha tinta y saliva que haya malgastado la prensa, o por más que hayan dicho que si a este o al de más allá le había confiado secretos íntimos sobre mis devaneos, mis miserias y mis logros, solo cuando se me escuche se disiparán todas las dudas. Si no viviera, no existiría nadie en el mundo capaz de llegar a los rincones de intimidad donde estoy dispuesto a entrar. Al hacerlo no tendré más remedio que quedarme con el culo al aire, traspasar la línea del tabú y los pudores que uno se impone y que un tipo introvertido como yo solo ha logrado vencer, hasta hoy, con la excusa de colarse en la piel de otro, con la coartada de ser un personaje encima de un escenario.
»Muchas veces, de manera enmascarada, me he interpretado a mí mismo, como hice durante los últimos cuatro años de mi carrera en la Gran Vía de Madrid. El mismo de ayer la escribió por encargo mi amigo Javier Villar, que más que amigo siempre fue un hermano, y, como tal, hasta nos llegamos a guantear de lo lindo.
»La obra la cosió como un traje a medida una vez hicimos las paces.
—Javier es un genio.
—Un genio…, sí. O sea, más raro que un perro verde. Era el único capaz de volcar en una obra todo lo que me rondaba
