1
SAN CALIXTO
Y aún podría empeorar, pues nada es lo peor hasta
que no decimos: «Esto es lo peor».
WILLIAM SHAKESPEARE, El rey Lear
Lo primero que alertó al señor Josephus Wilkins, farero de Punta Quebrada, fue que de repente todas las luciérnagas se apagaron.
Al llegar junto a la laguna, los juncos de la orilla aún vibraban como fuegos de artificio. Era plena época de cortejo y los machos revoloteaban titileando mientras las hembras, con alas tan pequeñas que no eran más que escamas, respondían desde abajo con otros destellos de afección. Se acercó a unas diez yardas, pero no más, pues sabía que los tímidos insectos huirían en bandada si notaban sus pasos, así que se sentó al borde de la vereda y sacó su viejo par de binoculares de la bandolera de cuero con la que había salido a caminar.
Al otro lado de las lentes, el centelleo nupcial se comportaba como una danza que quisiese acompasar su ritmo, alegre y descentrado, al parpadeo de las estrellas sobre el Caribe. A Wilkins le gustaban las luciérnagas. Le gustaban las luciérnagas y los grillos y las iguanas y los flamencos y los armadillos. Le gustaban más que los hombres. No se mataban por reyes ni por banderas. No cruzaban océanos para morir destripados por el impacto de balas de cañón de dieciocho libras disparadas por otros hombres desde otros barcos. No coleccionaban dientes de otros hombres a los que habían abordado. No se llamaban Robert Sutter el Carnicero ni Ojo Muerto MacCombe. No obedecían a almirantes ni a capitanes. No gritaban ni se meaban en la mesa de operaciones ni balbuceaban llamando a su madre mientras alguien —mientras él— les sujetaba el brazo para que otro hombre se lo serrase a la altura del hombro. No lloraban silenciosamente en la oscuridad del camarote. No se santiguaban antes de matar. No rezaban antes de morir. Los armadillos y los flamencos y las iguanas solo se alimentaban y se apareaban, y los grillos frotaban sus alas, y las luciérnagas bailaban brillantes en las noches cálidas. Después de la travesía de Terranova, el farero de Punta Quebrada prefería las noches cálidas y sudorosas de las Antillas. Cuando pasó lo de Rhode Island, comenzó a preguntarse si las palabras que aparecían en el encabezado de su hoja de servicio tenían algún verdadero significado o si solo eran caracteres azarosos trazados en un papel, por mucho que rezasen «Padre Josephus Wilkins. HMS Vigilant. Capellán».
Hacía ya cuatro años que había desembarcado en Barbados. Cuatro años desde que atravesó la pasarela del cañonero Yarmouth y puso un pie en Bridgetown, momento exacto en el que supo que jamás volvería a pisar la cubierta de un navío de la Marina Real. Nunca albergó asomo de tristeza ni tampoco miedo alguno por abandonar la vida militar, ya que seguramente sería capaz de sortear las acusaciones de deserción por ser ministro de la Iglesia anglicana, pero, aun así, había cruzado toda la isla, de oeste a este, hasta Saint Philip, donde se presentó como Joe Seaman y tomó el puesto recién creado de farero en Punta Quebrada. Los designios del Señor son inescrutables. Las líneas vitales de los seres humanos a veces se cruzan en el lugar preciso. Nadie hizo preguntas.
La guerra entre la Armada Continental de las Trece Colonias, apoyada por la Marine Royale francesa, contra la Marina del rey Jorge seguía tronando varias millas adentro del Atlántico. El Vigilant probablemente aún asediaba las costas de Providence, y llegó a sus oídos que el Yarmouth había hundido el USS Randolph al norte de la isla, pero él ya no estaba allí. Hacía ya cuatro años que no estaba allí. No, no le acusarían de deserción, nadie lo haría y, sin embargo, había desertado. Había desertado de algo más profundo que la guerra: había desertado de creer que los hombres, por su mera condición de hombres, debían ser salvados.
Levantó la mirada de los binoculares y giró la vista hacia atrás. A menos de media legua, la llama del faro ardía firme tras la luz concentrada del nuevo catóptrico. Ni siquiera era necesario que viviese allí, pues Saint Philip no quedaba ni a cinco leguas, a media hora de caballo tranquilo, pero él lo había elegido así. Había elegido visitar el pueblo una vez a la semana para comprar provisiones y aceite de ballena para el faro. Había elegido apartarse. Quizá nunca fue un buen pastor, tal vez siempre había estado más interesado en la ciencia natural que en la palabra del Señor, pero si Él existía —y existía— sin duda habitaba en los abdómenes luminiscentes de las luciérnagas y en la curva parabólica del espejo instalado en la lámpara del faro. En los reflejos de los rayos disparados, que golpeaban y rebotaban contra la superficie delicada y precisa de la lámina de vidrio y, desde allí, se agrupaban en un rayo tan poderoso que era visible incluso por encima de la pólvora de los cañonazos.
Entonces, poco antes del primer golpe de frío, las luces que flotaban en el aire dejaron de parpadear, y los juncos detuvieron su brillo. Primero, una mata. Luego, otra. Después, todo el borde de la laguna se volvió indistinguible en la oscuridad. No era normal. Cuando las luciérnagas se apagaban era para consumar el cortejo, pero lo hacían intermitentemente, en un vaivén de parejas, no todas al mismo tiempo. El farero atenuó la lámpara de aceite con la que iluminaba la vereda hasta que apenas alumbrase una pulgada a su alrededor, y se internó muy lentamente hacia las aguas pantanosas. Se acuclilló y, con gran cuidado, acercó la luz a una de las cañas donde había adivinado la forma de un par de ejemplares. Allí estaban, dos lampíridos unidos por sus placas ventrales apareándose, sorprendentemente impasibles a su presencia. Y en el junco de al lado había varios más. Y en los de más allá. Decenas. Una colonia entera de luciérnagas entregadas con peculiar urgencia a la continuación de su especie, como si esos segundos de la noche del 13 de octubre de 1780, víspera de San Calixto, fuesen los últimos de su vida. Y lo hacían todas a la vez.
Hasta que la primera racha de viento las dispersó en bandada sobre la laguna.
Wilkins se incorporó de un salto, ajeno de pronto a las desventuras de los coleópteros, que se debatían sin fortuna a merced de la ventisca que llegaba del mar. Hacía más de un mes que había terminado la temporada de tormentas, pero ese aire venía con la temperatura y la humedad de un invierno inglés. Era curioso, pero la noche se había vuelto más ruidosa y, a la vez, más silenciosa. Los grillos habían parado de chirriar, lo cual, según contaban los negros de las plantaciones de caña, no presagiaba nada bueno. A cambio, sobre el murmullo de las olas crecía un retumbar lejano. El hombre se apresuró hacia el otro lado del camino, casi perdiendo pie en las rocas que se levantaban justo por encima de la playa, mientras las ráfagas de viento frío, todavía espaciadas, comenzaban a agitar las coronas de las palmeras a cincuenta pies de altura. Acertó a distinguir una mancha de fulgor tenue pero perceptible que ocultaba las estrellas al fondo del Atlántico, más allá de la luz del faro, más allá de la línea de la guerra. Volvió a mirar por los binoculares.
Al otro lado de las lentes, una enorme masa de color gris verdoso crecía hasta ocupar todo el horizonte sobre el mar invisible. Parpadeando en docenas de relámpagos, parecía una isla volcánica colgada del cielo a la que un navío se le acercase en trayectoria de colisión, pero, en realidad, el mundo seguía quieto; era la nube, la monstruosa nube, la que avanzaba hacia la costa como un depredador impasible.
Era una criatura anterior a la guerra y a los barcos y a las islas. Anterior al mundo de los hombres.
2
BBC AMERICA
El tiempo revelará lo que la más intrincada astucia oculte,
y quienes encubren faltas se verán avergonzados y burlados.
WILLIAM SHAKESPEARE, El rey Lear
Todas las historias nacen en el momento en que alguien las escucha por primera vez. Hasta entonces solo son bruma flotando en un territorio no cartografiado: pensamientos, rumores, palabras escritas en un cuaderno que se abre y se cierra y se guarda en el bolsillo interior de una chaqueta.
—¡Diaaaaaaaaane!
En cambio, cada vez que una persona escucha una historia por primera vez, esa historia existe, aunque ya se haya contado. Por eso hay muchas más historias que contadores de historias; hay tantas como gente que las escucha, las lee o las ve. En su concepción más primaria, el mundo es una colosal red de receptores que trazan una alfombra de historias entretejidas en la atmósfera, emitidas por unos pocos contadores: buhoneros, dramaturgos, estudios de cine o cadenas de televisión.
—¡Diane, cariño, tienes que bajar a ver esto!
La cadena de cable BBC America, filial de BBC Television, comenzó sus emisiones en el territorio estadounidense y en los países del Caribe el 29 de marzo de 1998. Durante sus primeros meses, el contenido se limitó esencialmente a repeticiones de programas que hubieran tenido éxito en la casa madre, cosa que provocó una cierta disonancia cognitiva en los televidentes, quienes descubrieron que el acento británico no estaba acotado a series y películas de época.
—Estoy metiendo en la cama a Petey, no puedo bajar ahora.
Desde sus oficinas en la Sexta Avenida con la Cuarenta y cuatro, a una manzana de Times Square, la cadena retransmitía episodios viejos de Changing Rooms o Ground Force, que los casi diez primeros millones de suscriptores convertían en sus propias historias. Trataban de familias inglesas que remodelaban sus casas inglesas con presupuestos muy ajustados o que transformaban un moribundo jardín trasero en frondosas rosaledas inglesas. Cosas no demasiado grandes. Cosas amables.
Todas esas peripecias británicas resonaban con cariño y exotismo en los estadounidenses que habían contratado el servicio, pero los que mejor funcionaban eran los programas que, aun producidos desde Londres, se desarrollaban en Estados Unidos. Llegaban a las zonas urbanas del país, pero también, y especialmente, a las familias de clase media que vivían en la miríada de suburbios que rodean las grandes ciudades. En Shrewsbury, Boston, en Walnut Creek, San Francisco, o en Evanston, Chicago. Un mapa de constelaciones compuestas por casas de dos plantas con cubierta a dos aguas y fachada de listones de madera pintada en colores claros —azul, blanco, tal vez amarillo crema— sobre patios de césped verde y vallas blancas. Casas no demasiado grandes. Casas amables.
Es mediados de junio de 1998 y en Wesley Heights, al norte de Washington D. C., en una de esas casas de una de esas constelaciones, viven Diane Hartley, su marido John y sus dos hijos: el mayor, Chris, y el pequeño, de poco más de tres años, Peter.
—En serio, baja al salón. En la tele están hablando del edificio del que escribiste en tu tesis.
Vale, esto es distinto. John se encarga de las cenas y Diane, de bañar y acostar a los niños; un pacto natural que se ha ajustado a las capacidades y preferencias de cada uno. John sale antes del trabajo y, además, siempre ha sido mañoso delante de los fogones y extraordinariamente minucioso con los tiempos y las temperaturas del horno, mientras Diane, que no suele llegar a casa antes de las ocho y media —y menos aún en estos primeros momentos en los que trata de sacar adelante su nuevo negocio—, necesita estar con sus hijos el mayor tiempo posible. Son bastante estrictos con el funcionamiento familiar pero no tanto como para no dejarse llevar por pequeñas situaciones inesperadas, y esta es una de ellas. Sí, seguramente esta noche los niños podrán irse a dormir un poquito más tarde.
—¿Qué?
—Lo que has oído. En BBC America están poniendo un documental entero sobre el Citicorp Center.
Cuando comienza a bajar las escaleras con Petey en los brazos, Diane se da cuenta de que ha tardado veinte años en subirlas. En la pared lateral cuelgan, junto a algunas fotografías de familia, títulos y diplomas que descienden en orden cronológico con cada peldaño. La mayoría pertenecen a Diane: Hartley LLC, agencia inmobiliaria; Diane Hartley, MBA por Stanford; Diane Hartley, licenciatura en Ingeniería estructural por Princeton; Diane Hartley, licenciatura en Arquitectura y Urbanismo por Princeton.
Diane tiene cuarenta y dos años y es agente inmobiliaria, pero cuando pone el pie en la tarima de la planta baja y siente el crujido de la madera, sus zapatillas blandas y cómodas vuelven a ser unos zapatos de medio tacón y empeine abierto. Diane Hartley vuelve a ser una estudiante universitaria. Vuelve a ser 1978.
—Mira, Petey, mamá escribió más de doscientas páginas sobre ese rascacielos —dice divertida mientras se sienta con el niño en el regazo delante del televisor, aunque Petey no entienda nada.
—Mira Petey, mamá se tiró los primeros meses de nuestro noviazgo más enamorada de ese rascacielos que de papá —continúa John entre risas desde detrás del fregadero.
El programa es bastante exhaustivo. Mucho más que cualquier otro que hable de arquitectura o edificación, que suelen ser tan rimbombantes como superficiales. En este entrevistan a arquitectos e ingenieros y diseccionan con precisión las peculiaridades que debe tener una torre para funcionar y, sobre todo, para sostenerse. Durante unos minutos, Diane se recuerda a sí misma dibujando y calculando durante horas, durante días y semanas; fue un esfuerzo titánico, y ahora, en esa noche no demasiado grande, en esa noche amable dentro de su salón amable y no demasiado grande, no puede evitar esbozar una sonrisa cuando escucha lo que cuentan desde el otro lado de la tele.
Entonces, exactamente a los nueve minutos y cuarenta y tres segundos del documental, deja de sentir el peso de su hijo en su regazo. El mundo a su alrededor entra en descompresión como un avión precipitándose hacia el suelo desde treinta mil pies de altura y Diane deja de sentir su propio peso y el peso del sofá y el de la tarima del pavimento y el de todo Wesley Heights, al norte de Washington D. C. Todo se vuelve neblinoso, entumecido. Solo existe el televisor.
Gira la cabeza y mira a John con los ojos muy abiertos. A John se le ha caído un vaso al suelo pero, para Diane, el estruendo del vidrio convirtiéndose en mil añicos solo ha significado un breve golpe lejano. El hombre se acerca al sofá y se sienta junto a ella, que permanece el resto del programa ahogando la sorpresa con una mano en la boca, incapaz de creer lo que ve.
Se ha perdido el inicio de la emisión, así que no sabe que el documental se llama «Todo se viene abajo», pero un cuarto de hora después de que haya terminado, cuando John ya ha barrido los cristales del vaso roto y ha recogido a su hijo de poco más de tres años y lo ha llevado arriba, plácidamente dormido entre sus brazos, Diane Hartley solo puede acordarse de la primera vez que vio el esqueleto de Baba Yaga. Desde ese salón en penumbra donde aún resplandecen los fogonazos apagados del televisor, la mujer, que acaba de emprender un negocio como agente inmobiliaria en solitario para el que ha estudiado un máster en Administración de empresas y que se licenció en Arquitectura y Urbanismo por una de las mejores universidades del país, recuerda que, hace una vida, fue ingeniera. Que es ingeniera, que siempre lo ha sido. Y se acuerda de la primera vez, en 1978, que contempló esa estructura desnuda, leve y bellísima que crecía como un sauce de acero en el Midtown de Manhattan. Tan delicada que parecía imposible que pudiera sujetar trescientos metros de edificio.
3
LA CUARTA REUNIÓN
Esta es la estupidez más formidable de nuestro mundo,
que cuando la fortuna nos da la espalda
(a menudo por excesos de nuestro propio comportamiento)
hacemos culpables de nuestros desastres al sol, la luna y las estrellas,
como si fuéramos villanos por obligación.
WILLIAM SHAKESPEARE, El rey Lear
—Puede hacerse.
Pero sabe que no puede hacerse.
—Claro que puede hacerse.
Quien afirma con tanta vehemencia, pese a que sabe que no puede hacerse, es William James LeMessurier Jr., y siete años después, cuando conduzca por el Massachusetts Turnpike calculando mentalmente la velocidad de impacto necesaria para atravesar el guardarraíl del puente sobre el canal de Boston y precipitarse al fondo del mar, se preguntará por qué fue tan vehemente. Pero ahora es marzo de 1971, tiene cuarenta y cinco años y es vehemente. Bill LeMessurier siempre es vehemente.
—Bill, no te pregunto si estás seguro. Y no te lo pregunto porque eres el mejor en lo que haces.
—Si yo fuese el mejor en lo que hago, habría diseñado la estructura de las Torres, pero quien lo ha hecho ha sido Les —interrumpe LeMessurier con su particular acento de Míchigan, aspirando la última sílaba de cada palabra, mientras señala con la mano derecha a un punto indeterminado del techo de su despacho en LeMessurier Consultants, como si la línea imperceptible que nace desde la punta de ese dedo pudiese atravesar cuatro estados, desde el 1380 de Soldiers Field Road en Boston hasta la cubierta de las Torres Gemelas, a punto de terminar su construcción en el sur de Manhattan.
Esta es la cuarta reunión que mantiene con Hugh Stubbins; las otras tres habían sido más o menos informales.
La primera fue en enero, cuando Hugh lo sacó casi por sorpresa de su última clase del día en Harvard y le llevó a cenar a Vasiliki’s para anunciarle que Henry J. Muller, un antiguo compañero de la universidad, le iba a encargar el proyecto de un rascacielos y quería, como en tantas obras anteriores, que Bill fuese su ingeniero. «Y va a estar en el centro de Nueva York», había añadido con el tono de un niño que abre su primer regalo de Navidad.
Hugh Stubbins está a punto de cumplir los sesenta y ha proyectado un buen número de obras: viviendas unifamiliares, escuelas, gimnasios. Todas de escala pequeña o mediana. Está bien visto entre la profesión, es inventivo y sus diseños siempre son sugerentes, siempre un poco alejados de las modas, siempre moviéndose por el borde de lo que la arquitectura moderna debería ser. Quizá por eso, cuando las revistas destacan a los mejores arquitectos del momento, su nombre no suele aparecer. Pero este rascacielos puede cambiarlo todo, porque es distinto a cualquier otro que se haya construido, y no solo en Estados Unidos. No hay nada igual en el mundo.
Tras los brindis y las celebraciones de aquella reunión, llegaron la segunda y la tercera, ya en el estudio de Hugh Stubbins & Associates y con varios croquis preliminares esparcidos por las mesas de trabajo. Efectivamente, no hay ningún edificio igual en el mundo. En esos croquis había algunas decisiones de diseño singulares, pero otras eran directamente arriesgadas. Stubbins entiende el genius loci, ese espíritu de lugar, intangible pero presente, al que los romanos atribuían la capacidad de permear sobre todas las construcciones que se levantasen en dicho sitio; una suerte de fantasma del territorio que lo alcanzaba todo y debía ser respetado por la arquitectura. El genius loci es la razón por la que una casa junto al mar tiene que mirar al mar o las vidrieras de las catedrales góticas apuntan hacia el cielo. Por eso, en el diseño aparecían decisiones singulares y, a veces, directamente arriesgadas, porque el genius loci de la torre que estaba empezando a proyectar extendía su influencia desde la calle Catorce hasta la Cincuenta y nueve. El Midtown de Manhattan. El lugar al que todos miran. El centro del mundo.
Para Bill LeMessurier, esas decisiones singulares y arriesgadas equivalen a dificultades, y a Bill le encantan las dificultades. Es la cruz y la bendición de los ingenieros de estructuras: la autoría y el mérito siempre se los lleva el arquitecto. También la fama. Cuando este rascacielos esté terminado, será Hugh quien pronuncie el discurso inaugural, será a Hugh a quien entrevisten y será el nombre de Hugh Stubbins el que ocupará los titulares de las revistas de arquitectura. En cambio, de Bill seguramente no se acordará nadie, pese a que es Bill quien hará posible todo lo que ha dibujado Hugh. Y lo que ha dibujado Hugh no es fácil.
Hugh y Bill son amigos, muy buenos amigos, pero el arquitecto ha propu
