La Ronda

Francisco Bescós

Fragmento

 cap-2

1

JUEVES, 3.00 H. POLÍGONOLAATALAYUELA, VALLECAS

 

—Te toca a ti, Dulce —dijo Pollito.

Y Dulce O’Rourke se quitó la chaqueta. Notó el frío de la madrugada en el abdomen. Su top de camuflaje dejaba el ombligo descubierto, mostrando la cicatriz de la cesárea. También había decidido ponerse unos pantalones de vinilo tan apretados que no podía ni deslizar una mano con la que acomodarse la ropa interior. Le daban aspecto de chica dura.

«Y, además, me hacen buen culo».

Eso podía ver en las caras de los chavales que rodeaban la pista. Aquellos tíos, en su mayoría menores de veinte, vestidos con pantalones de chándal skinny, parkas pesadas y gorras de béisbol, babeaban ante ella. Era su MILF; el polo opuesto de esas niñatas del instituto con las que no hay más que complicaciones y whatsapps bochornosos a las cuatro de la mañana. Causaba justo la impresión que quería causar. Porque era la hora de correr.

Dulce O’Rourke había visto algunas películas de Hollywood sobre carreras ilegales en las que competían coches de ciencia ficción. Sin embargo, en el asfalto desierto del polígono La Atalayuela, al sur de Villa de Vallecas, solo podía identificar turismos sacados a escondidas del garaje de papá, o coches de car sharing que luego acabarían abandonados en un descampado. Incluso había un chico que pilotaba la furgoneta de reparto del jefe, y que en unas horas tendría que estar colocando barras de pan en los chinos de Villaverde. A O’Rourke aquello le parecía grotesco. Ella estaba acostumbrada a competir en un entorno ensordecido por los escapes sin silenciador, con el olfato saturado por la goma quemada y las fugas de carburante. Allí, en Vallecas, solo olía un poco al embrague forzado del idiota ese que se había cargado la caja de cambios de un Focus.

Se acercó hasta su vehículo: un triste Skoda Octavia blanco, un coche de taxista, que se mimetizaba a la perfección con tanta mediocridad mecánica. En la salida la esperaba su rival, Uve. Se había ganado el apodo por el modelo que conducía: un Honda Civic con motor VTEC. Solía llegar a las carreras abriendo gas, presumiendo de coche caro, para luego lanzarse a encandilar al personal con su historia de chico de barrio obrero, al que la falta de recursos le había impedido ser el nuevo Carlos Sainz. Aquella impostura no ofendía a Dulce, le parecía hasta tierna.

—Que tengas suerte, Dulce. Eres la caña —dijo Uve.

A ella le emocionaron sinceramente las palabras del chico. Lo vigilaba de cerca desde que empezó a frecuentar las carreras. Sabía que era el mejor piloto, pero también el peor de los machistas. Ese que cree que le debes un agradecimiento por tratarte con una décima parte del respeto que exigiría para sí. Pero esa noche se iba a tragar todo el polvo que le cupiera entre el pecho y la espalda. Y luego le daría un fuerte abrazo y lo mandaría a su casa a tomarse un colacao y a dormir.

En torno a la rotonda donde se había fijado la línea de salida se congregaban unas doscientas personas, chicos y chicas de los barrios de los alrededores. Algunos entrarían a trabajar en Mercamadrid en apenas unas horas. Ante ellos se expandía un terreno yermo, que llevaba esperando años a que alguien levantara las primeras naves industriales. Los espectadores se encontraban muy apretujados, como el ganado en el campo, buscando de manera involuntaria el calor de los cuerpos ajenos.

El joven del pelo amarillo pollo era el que manejaba los horarios. Tiempo atrás, las carreras acontecían de forma espontánea. Un chico conseguía un coche y retaba a otro chico, que tenía otro coche, a través de Telegram o de cualquier otro canal. Pero cuando el del pelo teñido apareció en escena las cosas cambiaron. Si querías correr, tenías que decírselo a él. Le mandabas un mensaje de WhatsApp, te apuntaba en una lista y te daba una hora.

Por supuesto, el Pollito (así lo llamaba Dulce, aunque él se presentaba como Abraham) no era el mandamás. Tan solo un encargadillo que daba la cara sin saber lo que se estaba jugando. Repartía los turnos de las carreras, entregaba los recibos de las apuestas, los cambiaba por dinero contante y sonante y, si querías speedo eme, te indicaba quién vendía. No se sabía qué te podía pasar si ibas a correr por libre: nadie se había atrevido a hacerlo.

Durante los primeros días, Dulce observaba el ambiente. Apostó unas cuantas veces por los pilotos que parecían tener la victoria en el bolsillo y aprovechó para entablar conversación con Pollito. Le pareció buen tío. Alguna vez le pilló un gramo de éxtasis, «para luego». Consiguió caerle bien. Aprovechó cada roce y cada sonrisa para ganarse su confianza.

—No hay muchas chicas entre los pilotos —dijo O’Rourke una noche.

—Ninguna —contestó Pollito—. Esto es una plantación de nabos, prima.

—¿Y si yo quisiera correr?

—¿Seguro? Ten en cuenta que aquí la peña no tiene ni puta idea. Te arriesgas a darte una hostia si se te cruza un pringado.

—Pues entonces déjame competir contra alguien que sepa —le dijo—. Con Uve, por ejemplo.

—¿Con Uve? A ese no le ganas ni de coña.

—Me da igual ganar o no. Es solo por correr. Por saber qué se siente. Y, como él conduce bien, no habrá peligro.

—¿Tienes coche?

—Me traeré la mierda del Octavia de mi hermano. Si se abolla, no perdemos nada.

—Tú misma. Yo te hago el favor. Si es por correr… Pero solo una vez, no nos conviene nada que las carreras sean tan desiguales, no anima las apuestas.

Dulce ya había conducido el Skoda hasta la línea de salida, donde se emparejó con el Civic. Cruzó una última mirada con Uve. Él le devolvió una sonrisa que pretendía ser seductora. Ella también le mandó una sonrisa, como la que te dedicaría tu abuela al ofrecerte un bizcocho recién salido del horno. Algo repiqueteó en el cristal. Pollito golpeaba la ventanilla con su anillo de acero inoxidable. Dulce abrió solo una rendija, no quería que Pollito viera el interior del coche.

—Me dijiste que te apuntabas solo por correr. Hay un tipo ahí que no he visto en mi vida —dijo él—. Acaba de apostar trescientos euros por ti. Las apuestas están diez a uno. Si ganas la carrera, se llevará tres mil lereles.

Dulce trató de hacerse la sorprendida. Apreciaba de verdad a Pollito, era un tío auténtico. No escondía que aquello era todo un burdo montaje para sacarles la pasta a los más flipados del sur de Madrid. Ya eran amigos y lamentaba tener que decepcionarlo. Ante la mirada suspicaz del chico, ella frunció el ceño fingiendo sorpresa.

—Ese tío delira, Abraham. Para que yo gane, Uve tendría que estamparse contra una farola.

—Me da igual —dijo Pollito—. He aceptado la apuesta. Pero si hay algún truco de por medio, a mis jefes no les va a gustar.

—¿Qué truco va a haber?

—Estás avisada.

Dicho esto, Pollito, el hombre para todo, también comisario de carrera, se colocó a la derecha de la línea de salida. No había semáforos ni pistoletazo ni bandera. Tan solo un gesto con la mano hacía que los pilotos soltasen el embrague y pisaran a fondo el acelerador. Dulce había visto correr a Uve en otras ocasiones y sabía que saldría antes de la señal. Allí no había detectores telemétricos capaces de demostrar una trampa. Pero qué importaba. Dulce respetó los tiempos. No reaccionó hasta que Pollito bajó el brazo. Para entonces, Uve ya le sacaba diez metros de ventaja.

Los pies de Dulce iniciaron el baile. Le gustaba el sonido, como de zapatos de claqué, que producían los pedales cuando los accionaba. Al pilotar sin casco, sin tapones en los oídos y con el escape silenciado, descubría que había un mundo de percepciones sonoras ocultas bajo el motor de explosión. En cuanto el Skoda se puso en marcha, Dulce empezó a dedicar bendiciones a Frankie. El coche no había levantado sospechas, lo que confirmaba que allí la gente solo entendía de alerones de plástico, llantas cromadas y pegatinas. Frankie le había subido las suspensiones, le había montado un silenciador y le había retirado los faldones de competición. Pero conservaba sus entrañas.

En 2015, se produjo un revuelo entre el pequeño círculo de entendidos en el motor de competición. Una página web ponía a la venta el Octavia del equipo Skoda Motorsport con el que Luis Climent había logrado un octavo puesto en el Rally Safari de Kenia, en 2000. Tenía miles de kilómetros de carreras sobre el chasis, pero había terminado en las mejores manos: a Frankie le sobraba destreza para hacer que aguantara otros tantos. Lo había cuidado con mimo, como su juguete más preciado, hasta que O’Rourke le pidió el favor. ¿Y cómo iba Frankie a negarle un favor a O’Rourke? Un coche de rally, sin aquellas cosas que le hacen parecer un coche de rally, sin la suspensión baja, sin el petardeo de los escapes, sin las pegatinas, sin los faldones, en poco se diferencia de un taxi que lleve veinte años recorriendo la avenida de los Poblados. Pero el Octavia aún tenía su motor turbopropulsado de casi cuatrocientos caballos.

—Es la primera vez que me piden que un coche de rally parezca un turismo, y no al revés —había comentado Frankie.

Medio kilómetro antes de llegar a la rotonda donde debían dar la vuelta, Dulce ya se veía impulsada por la aspiración del Honda de Uve. El chico estaba aterrado. Ningún otro piloto se le había acercado nunca tanto. El morro del Octavia rozaba su parachoques trasero. Si pisaba mínimamente el freno, el Skoda se empotraría hasta los asientos. Dulce contaba con ello. Uve entró demasiado rápido en la rotonda. La fuerza centrífuga lo expulsó hacia el exterior del giro. Por el interior se abrió un pasillo para Dulce. Introdujo en él el Skoda, derrapando, sacrificando la valiosa tracción. Las ruedas chirriaban como cien cerdos arrastrados al matadero. Mantuvo las revoluciones arriba, hasta que comprobó, en las mismísimas plantas de los pies, que los neumáticos volvían a agarrarse al asfalto. Entonces enderezó la dirección y aceleró. Se paseó por la recta final a ciento ochenta kilómetros por hora.

Tras cruzar la línea de meta, tuvo tiempo para bajarse del coche antes de ver llegar a Uve con la cara descompuesta. Se notaba que aún le duraba el susto de la rotonda.

—Uy, cariño —le dijo Dulce, con aquella mirada maternal—. Fíjate que yo creía que ganarías tú seguro. Pero oye, lo importante es participar. ¡Y lo has hecho fenomenal! ¡No te desanimes!

Se dio la vuelta. Pollito ya la esperaba.

—La Madrastra quiere verte —dijo.

—Pero, Abraham, si ha sido potra. A Uve se le ha ido el coche. He ganado de milagro.

Pollito levantó el teléfono móvil para mostrar el vídeo que proyectaba la pantalla. Era la maniobra de la rotonda en la que el Skoda le había robado la cartera al Honda con tan sorprendente facilidad. Dulce ya sabía que las carreras se grababan.

—¿Potra? Y una polla, prima. Tú conduces mejor que cualquiera de estos parguelas. Te avisé: nada de engaños. Creía que éramos amigos. Vamos.

Dulce lo acompañó hasta la puerta de un reluciente BMW X7 que aguardaba aparcado en la misma plaza de siempre. Era el coche de la Madrastra. Sus ocupantes solo hablaban con Pollito. Él iba y venía, contando lo que pasaba, llevando dinero en efectivo, reclamando nuevos blocs de recibos de apuestas numerados y sellados.

Junto al coche esperaban los dos jabalís que se atribuían las funciones de seguridad. Dulce sabía que no necesitaban armas de fuego. Aquellos guardaespaldas retenían al hombre que había apostado trescientos euros por la chica. El rehén mantenía la boca cerrada y la cabeza gacha. La Madrastra de la Villa rozaba los sesenta años y decían que padecía insomnio desde que tenía recuerdo. Llevaba el largo pelo negro recogido en una coleta, sin una maldita cana. No permitió que Dulce subiera al BMW. Se limitó a bajar la ventanilla y observarla como si se la fuera a comer.

—Mira, bonita, te voy a decir una cosa —exclamó, con un marcado acento madrileño—. A mí no me importa que vengas a ganar dinero. Todo el mundo tiene que velar por su familia —dijo mientras señalaba la cicatriz de la cesárea de Dulce—. Pero escucha: aquí no se hace nada sin que lo sepa la Madrastra. Porque la Madrastra es la que consigue que las cosas pasen, y eso tiene un precio. Así que la próxima vez, si quieres timar a un primo, por mí no hay problema. Pero me lo dices, porque implica unos gastos, ¿se me entiende?

Dulce respondió con tono de absoluta e innegable inocencia.

—Pero… Yo creía que era Abraham el que organizaba todo esto.

Notó un breve fulgor de indignación en los ojos de la Madrastra.

—¡Aquí la única que manda soy yo! Y si no lo sabes, pregúntale a cualquiera, que te van a temblar las piernas.

—Por favor, no me malinterprete. Yo no quería faltarle a nadie al respeto. Es solo que me sorprende… para bien… que una mujer esté al mando de esto. ¿De verdad que es usted?

—¿Te hago un croquis? Soy yo, y ya sabes que conmigo no se chulea. Todo el mundo me conoce.

Dulce amplió aún más la sonrisa. Y cuanto más la ensanchaba, más le hacía perder los nervios a la Madrastra de la Villa.

—Pues nada, que sepa que me hace mucha ilusión. Es usted un ejemplo para inspirar a las mujeres a la hora de reclamar su cuota de poder. Casi me fastidia tener que decirle que está usted detenida. Y no se enfade tanto. Sonría, mujer, que la estoy grabando.

Cuando la Madrastra asimiló el significado de aquellas últimas dos frases y se percató de que no eran una broma, el comisario Juanjo Bazán, el hombre que había apostado por Dulce, ya había desenfundado el arma y encañonaba a los guardaespaldas. La identificación de la Policía Nacional había surgido rápidamente de su chaqueta y le colgaba del cuello. Al mismo tiempo se abrían las puertas de una furgoneta blanca. Varios agentes salieron de ella y no tardaron en controlar la situación.

Se dio la señal de alarma. Los espectadores empezaron a correr en la dirección que les dictaba el instinto. Algunos coches de la Municipal hicieron entrada. Aunque solo perseguían a los implicados, detuvieron a Uve. Quería escapar en su coche, por no abandonarlo, pero los zetas le cerraron el paso fácilmente. Era el segundo error al volante que el chico cometía aquella noche. Cuando Dulce se pasó a verlo, estaba esposado en una lechera.

—¿Qué pasará con mi Honda? —preguntó el chico.

—Oh, nada. Estará bien. Te lo inmovilizará el juez; como prueba, supongo yo. Nada, poco tiempo: igual un par de años. Cuando recuperes tu carné de conducir, a lo mejor ya te lo puedes llevar.

Uve tragó saliva. Dulce se giraba ya para marcharse. Él la llamó.

—Dulce… —dijo—. Cuando todo esto pase, ¿podemos quedar?

El rostro de la inspectora se ruborizó. Las palabras se le atascaron en la garganta.

—¡Oh…! ¡No…! ¡No, por Dios! Vamos, es que ni de broma.

Y se alejó para no tener que contemplar el gesto lívido de ese chico ni un solo minuto más en lo que le quedase de vida. Cuando llegó a la altura de Juanjo, ya se había puesto en las orejas los pendientes de perlas que escondía en el bolsillito de sus leggins de vinilo y se había colgado la medallita de san Cristóbal allí donde siempre solía estar. También se había borrado la cicatriz de la cesárea. Había aprendido a pintársela con maquillaje mediante un tutorial de YouTube impartido por caracterizadores de Hollywood. Había sido una idea brillante; aquel complemento le aportaba una imagen de fragilidad y desesperación perfecta para tender la trampa.

—Te dije que te iba a conseguir una grabación de la Madrastra de la Villa incriminándose y aquí la tienes. Solo le ha faltado decir «patata». La pena es que sea por esta chorrada de delito, y no por los otros que acumula.

—Te has jugado la vida.

—Ese coche ha corrido el Rally Safari. Podría empotrarme contra un roble a cien kilómetros por hora y salir monísima.

Le entregó a su jefe la microcámara que había ocultado en el escote durante todo ese tiempo. El plan de O’Rourke había resultado. Esa grabación les abría la puerta para negociar. Aquella gente no llevaba bien lo de ir a la cárcel, aunque fuera solo unos meses.

—Buen trabajo, O’Rourke.

—Estaba hecho para mí.

—Y esos pantalones te quedan muy bien.

Dulce alzó la mirada y apuñaló con ella al jefe. Habría mandado a Juanjo a la mierda. Sin embargo, nunca, ni siquiera vestida con unos pantalones de vinilo y un top ajustado de camuflaje (cosa que no volvería a suceder jamás), se permitía decir palabrotas.

—Eso está mal. Pero gracias.

2

JUEVES, 8.45 H. KILÓMETRO 7 DELA M-30

 

Juan Luis Seito abrió la ventanilla de su SEAT y estiró el cuello cuanto pudo. La interminable fila de vehículos embotellados en la M-30 parecía alcanzar el puente de Ventas. No localizó la causa del atasco. A su lado, el ocupante de un Mercedes se hurgaba en la nariz con la uña. Seito pensó que aquella escena podía resumir sus últimos años: asomarse a la vida en busca de respuestas y encontrar a un tipo sacándose un moco.

El informativo de la SER contaba las mismas noticias de siempre. Jueves, 19 de enero de 2023. Crisis en el seno de instituciones. Consecuencias de una pandemia que se negaba a extinguirse. Guerra en Ucrania y precio del gas. Resoluciones que se tomaban en Bruselas sobre asuntos muy rimbombantes. Nada que fuese a beneficiar a Seito ni más ni menos que el moco de aquel conductor. En ese momento escuchaba una noticia sobre el reciente plan urbanístico de Nuevo Goloso. En unos terrenos recalificados al norte de Madrid, un consorcio de empresas iba a levantar edificios de pisos, oficinas y todo un tech hub (eso habían dicho: tech hub) de aceleradoras e incubadoras y campus tecnológicos. Pero Seito tenía ya cuarenta años y sabía que, en Nuevo Goloso, los constructores harían viviendas de lujo inaccesibles para el sueldo medio español, que los especuladores las acapararían, que los edificios de oficinas permanecerían vacíos porque ninguna empresa de verdad querría ocuparlos y que el tech hub se mantendría en marcha tanto tiempo como durasen las subvenciones públicas.

Reparó en que la presión en la boca de su estómago empeoraba. Llevaba más de dos décadas sin sufrir ataques de ansiedad. Los había padecido al llegar a Madrid para ejercer de policía, desde aquel pueblecito de su Asturias natal en el que no había ni un semáforo. Pero había aprendido a dominarlos tan rápido como se acostumbró a la capital. Lo que en ese momento sufría apenas se podía llamar angustia. Para aliviarla, palpó la bolsa de bollos de aspecto apergaminado que llevaba en el asiento del copiloto. Unos tacos de pan seco, intragables, pero insustituibles. Mientras siguieran horneándolos, en aquella panadería de Hermanos García Noblejas, los compraría al menos una vez por semana.

Alcanzó por fin la cabecera del atasco, bajo el puente de Ventas. Un coche patrulla bloqueaba el carril de la derecha. Varios trabajadores de mantenimiento de la empresa Calle 30 colaboraban en el dispositivo. Seito observó que uno de ellos estaba llorando y otro le colocaba una mano en el hombro. Pasado el puente, ya a cielo abierto, trabajaban algunos compañeros de la Policía Científica, junto al muro de cemento que delimitaba la rampa de incorporación. Entre ellos reconoció a Bastero. Seito agradeció que estuviese acuclillado, buscando evidencias. No le apetecía saludarlo. Quiso seguir avanzando, como cualquier otro conductor, hasta dejar atrás la zona acordonada, donde el tráfico volvía a fluir.

Pero no llegó a hacerlo. De repente, unos metros más adelante, vio algo.

«No te metas donde no te llaman», se dijo.

A fin de cuentas, ¿qué había allí pintado? Nada. Un detalle nimio. Una desafortunada coincidencia. Solo eso. Lo mejor era continuar y olvidar. Pero allí estaba él, atascado bajo el puente de Ventas. Y, a su derecha, sobre el muro, aquel indicio mínimo.

Entonces Bastero se levantó. Miró por casualidad al coche de Seito y sus ojos se encontraron. Le hizo un gesto amistoso.

«Bueno —se dijo Seito, devolviendo el saludo—, si estabas esperando una señal divina, aquí la tienes».

El inspector giró el volante a la derecha y se introdujo en la zona delimitada. Bastero lo ayudó, apartando un cono. Seito se apeó del SEAT y aceptó el vigoroso apretón de manos de su compañero.

—Inspector Seito, vaya coincidencia.

—Paso por aquí todos los días a esta hora. No es casualidad.

—Ah, cierto. Se me había olvidado que ya no vives en Lavapiés.

—Ya no era divertido. ¿Con qué estáis?

—Un fiambre —respondió Bastero. Pero luego se volvió rápidamente para observar de reojo. Seito comprendió al instante que a Bastero le preocupaba que los operarios de Calle 30 lo oyeran hablar de ese modo.

—El muerto es alguien de mantenimiento vial, ¿verdad?

—Exacto —siguió Bastero—. Se lo han llevado hace un rato al Anatómico Forense. Un atropello. Hacía el turno de madrugada. La cámara del puente de Ventas se estropeó y fue a ver si podía repararla. Un par de horas después descubrieron el coche mal aparcado, arriba, y su cuerpo atropellado aquí abajo.

—Un atropello involuntario con fuga —elucubró Seito—. El conductor se habría tomado unas cervezas y no querría joderse la vida.

—Es lo más seguro. El caso es que, como la cámara no funcionaba, el accidente no se grabó. Probablemente la víctima estuvo trasteando en el cajetín de conexiones, que está sobre el puente, y al ver que no había nada estropeado, intentó localizar la cámara para comprobar si la avería estaba en ella.

—¿Y estaba?

—Eso es lo más irónico, que unos segundos después recuperó la imagen por sí sola. Si el operario no hubiera acudido, no habría pasado nada. Seguiría vivo, y la cámara emitiendo.

Seito le echó un vistazo a aquello que había detectado sobre el muro y que había llamado su atención. Ahora estaba convencido de que no tenía nada que ver con el asunto. Una ridícula coincidencia.

—En fin, pues si no puedo ayudar, sigo adelante. Ya voy bastante tarde.

—No te preocupes —respondió Bastero—. Si quieres, le digo al jefe que has estado aquí un rato conmigo. Para justificar el retraso.

Seito volvió a su coche. Antes de montar, lanzó una última mirada en derredor y hacia el puente.

—Oye, Bastero, ¿dónde está la cámara que la víctima iba a arreglar?

—En el pretil del puente. Desde aquí no se ve.

—¿Qué?

—Que desde aquí no se ve.

—¿Y qué coño hacía aquí abajo el pobre hombre si no podía ver lo que iba a arreglar?

—Quizá solo trataba de hacer un examen visual para comprobar si algo obstruía el objetivo y estaba buscando el ángulo correcto. También pudo caer desde arriba, ¿entiendes?

Bastero señaló y Seito siguió el dedo con la mirada. Apuntaba la rampa que descendía desde el puente para permitir que los coches accedieran a la autovía de circunvalación M-30. La había recorrido millones de veces.

—O sea, ¿quieres decir que sufrió el atropello arriba?

—O que se cayó él solo. Se asoma a la barandilla de la rampa de incorporación buscando la cámara, resbala, se precipita al vacío y, por si fuera poco, queda tendido en el asfalto y un borracho lo atropella. La posición del cuerpo no aclara nada, pero quizá el examen forense pueda explicarlo.

—¿Habéis analizado huellas de frenada en la rampa, o golpes contra la barandilla?

—Claro, Seito, coño. A ver si ahora vas a reinventar el trabajo pericial. Esto es la M-30, compañero. Hay tantos restos de goma, roces, marcas de pintura, que es imposible determinar un carajo. No puedo decirte aún si bajó por su propio pie o si voló desde allá arriba.

Seito volvió a mirar aquello que había inscrito en la pared y que lo había llevado a detener el coche.

—¿Quién dio aviso al operario de que la cámara no emitía?

—Los del Centro de Control de Calle 30.

—Dime una cosa, Bastero. De cero a diez, ¿cuántas posibilidades crees que hay de que esto sea un homicidio?

Bastero dejó escapar una risotada.

—Cero patatero, inspector.

Seito se esperaba aquella respuesta. No había nada que hiciera pensar en una muerte premeditada, pero no podía dejar de observar lo que había en la pared a pocos metros: un grafiti. Ya lo había visto antes. Tenía forma de letra eme minúscula, como el boceto de una sierra montañosa cuyos tres picos estuvieran coronados por rombos. La pintura de espray azul parecía fresca.

En aquel tramo apenas había otras pintadas. No debía de resultar fácil bajar hasta allí para hacerlas sin que la policía te detectase. Nadie asumiría ese riesgo solo para trazar un garabato de mala calidad. Seito conocía bien a varios grafiteros, y no era así como funcionaba su mente. Las únicas muestras de arte urbano que podían contemplarse bajo el puente de Ventas eran aquella minúscula firma de color azul y un dibujo mucho más trabajado. Una imagen de Marilyn Monroe hiperrealista en la que la actriz dejaba volar su vestido blanco mostrando una entrepierna desnuda de la que colgaba un enorme pene con sus testículos y su vello. A Seito le sorprendió el nivel de detalle del grafiti. ¿Cuánto tiempo tenía que emplear un artista callejero para pintar algo así? Mucho más que para garabatear aquella eme minúscula de espray azul.

3

JUEVES, 9.00 H. BARRIODELAFUENTEDELBERRO

 

A las nueve en punto de la mañana, la pared empezó a vibrar al ritmo de una música atronadora que sonaba al otro lado del tabique. Sus párpados se abrieron de inmediato y su nuca se despegó de la almohada. Estaba en pie antes de que su corazón volviera a latir. Miró a su alrededor. Percibía algunas sensaciones vagas: la camiseta adherida a la espalda por el sudor, las ganas de orinar abriéndose paso.

La música contaminaba toda la casa haciendo tintinear los vasos de la alacena. Se oían voces, risas, gritos; habrían vuelto de una fiesta larga y querrían alargarla aún más en casa con unos cuantos amigos. En otras circunstancias, se habría quejado. Y la habrían quitado.

Entró en el baño. Se miró un buen rato al espejo. Estaba en forma. Todos los días, desde hacía más de un mes, cruzaba el puente de Ventas y corría diez kilómetros por los alrededores del cementerio de la Almudena, donde observaba entrar y salir a los allegados de los muertos, recientes o fosilizados.

Desplazó la puerta corredera de la terraza y salió a cielo abierto. Enseguida empezó a emanar vapor de su boca y los ojos se le irritaron por el aire seco y frío de la mañana. Desde allí se veía solo una sucesión anárquica de tejados cuyos colores despertaban a la luz del amanecer. De un poco más allá provenía el incesante murmullo de tráfico rodado de la M-30.

Había sido una madrugada intensa. Conectó el ordenador sin esperar más. Había estrenado aquel portátil casi al mismo tiempo que la casa, y aún lo sentía ajeno. Tuvo que insertar la contraseña en tres ocasiones antes de acertar. Por fin encontró una notificación. Se apresuró a leerla.

—Volver —dijo en voz alta, con una sonrisa—. Y entonces verán. Entonces verán.

4

JUEVES, 9.30 H. JEFATURASUPERIORDELAPOLICÍANACIONALDEMADRID

 

Seito estacionó el coche en el aparcamiento subterráneo de la Jefatura Superior de la Policía Nacional de Madrid. Tras conseguir el traslado desde la comisaría de Leganitos, hacía ya cuatro años que tenía allí su puesto de trabajo. En comparación con el Distrito Centro, donde era fácil confundir la noche con el día y la realidad con una pesadilla, la Jefatura aparentaba orden y civismo.

Al entrar confirmó que era el momento propicio. El Atleti había ganado al Levante y, si esa noche el Real Madrid superaba al Villarreal, el miércoles siguiente habría derbi. Junto a la máquina de café, los compañeros más enervantes de Seito, fanáticos de uno y otro equipo, discutían a gritos. Parecía un anticipo de los insultos y las patadas que los jugadores se dedicarían en el campo. Entre ellos se encontraba el inspector Carlos Callés. Su vozarrón se oía desde la puerta; aún no se había quitado su ridícula gabardina al estilo Colombo y ya explicaba a toda la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta, la UDEV, que el Madrid no tenía modelo de juego, que le faltaba fichar a un nueve, que ya podía Florentino centrarse más en el equipo y menos en el hormigón… Se encontraba tan concentrado en la arenga que Seito pudo acercarse a su escritorio sin que nadie le viera. Rebuscó entre las cosas de Callés y encontró lo que quería: la bolsa de bollos de pan que llevaba consigo a casi todas partes; bollos secos e insípidos, sin gluten, para celiacos. Seito extrajo las cuatro piezas de pan que contenía la bolsa de Callés y las sustituyó por las que él había traído, de la panadería de Hermanos García Noblejas. No había ninguna diferencia, ni en el aspecto ni en el sabor. Pero Callés acabaría por notar el cambio. Vaya que sí.

Abandonó esa zona de la oficina en el momento en que Callés explicaba al inspector Román Sevilla que hoy, sin Modrić, al Madrid le tocaba sufrir.

—No tienen banquillo.

—¿Te has vuelto a pasar la noche leyendo a tus cuñados de defensacentral.com? —preguntó Román, con sorna.

—No le hagas caso a este, que no tiene ni puta idea —respondía Callés, dirigiéndose a Sara Márquez, la novata.

Seito ya estaba en su puesto de trabajo. Apenas saludó con una inclinación de la cabeza a Laura Rodrigo, la subinspectora con la que compartía escritorio. Ella no contestó. Se hallaba inmersa en la pantalla de su ordenador, observando el libro de cuentas de un negocio. La subinspectora Rodrigo tenía un instinto inigualable a la hora de identificar una casilla concreta entre mil de una hoja de cálculo, o un ticket de caja, o un correo electrónico que contuviera el dato incriminatorio definitivo. Por eso el jefe la tenía entre algodones. Para que no se fuera a trabajar al sector privado; a una gran empresa de auditorías, por ejemplo. Seito también la apreciaba, a su manera. Hasta él era capaz de admitir que cada vez más crímenes se resolvían desde un ordenador, y no pateando la calle. Además, a la subinspectora tampoco le gustaban los corrillos en los que Carlos Callés era el centro de la atención. Ambos mostraban una absoluta incompatibilidad de caracteres. Lo cierto era que pocos caracteres se creían compatibles con el de Laura Rodrigo.

Seito oyó un repiqueteo cercano. Era Joaquín Álvarez-Marco, el jefe de la Brigada de Delitos contra las Personas de la UDEV. Tenía la manía de llamar a sus subordinados golpeando con su gruesa alianza de boda la mampara de cristal de su despacho. Una vez captada la atención de todo el departamento, señalaba a la persona cuya presencia requería. Lo señaló a él.

—He estado echándole una mano a Bastero —dijo Seito, nada más entrar al despacho.

—¿Qué?

—Que he llegado tarde porque he estado echándole una mano a Bastero. Tenía un operativo montado debajo del puente de Ventas y yo pasaba por la M-30. Entonces él…

—Nadie te ha preguntado por qué has llegado tarde. Ni siquiera me había dado cuenta. ¿Tú te crees que lo primero que hago al despertar cada mañana es pensar en ti?

—Yo pienso en ti.

—Vete a la mierda, Seito. A ver, dime, ¿has estado llamando de madrugada a casa de Carlos Callés?

—¿Tengo yo motivos para llamar de madrugada a casa de Carlos Callés?

—Se me ocurren unos cuantos —respondió el jefe.

—Pues ahí lo tienes: claro que he sido yo. Y seguiré haciéndolo.

El jefe tomaba largos tragos de ese café tan fuerte que lo ponía de muy mal humor y no lo dejaba dormir por las noches. Un texto en la gigantesca taza decía: NISOYELMEJORJEFEDELMUNDONIMEIMPORTA. Cuando se la regalaron por su cumpleaños, tiempo atrás, Álvarez-Marco leyó la inscripción y exclamó: «Tiene gracia porque es verdad».

—Seito —dijo, mirándolo con severidad—. Esta pelea que os traéis Carlos y tú termina aquí y ahora.

—Yo no la empecé.

—Me da igual. No eres consciente de lo mucho que te he ayudado a tener una vida medianamente ordenada, para atender las necesidades de tu hijo. Con solo chasquear los dedos, podría cambiarte el turno, el distrito o lo que me dé la gana. Odio amenazarte con esto, Seito, pero la paz en el departamento es demasiado importante ahora mismo.

En esa ocasión, Seito se mantuvo en silencio. Álvarez-Marco le lanzó una carpeta de plástico transparente. Contenía unas fotos de una chica muy guapa y muy joven.

—Isabella Fonseca —leyó en voz alta el inspector—. ¿Desaparecida?

—Sí.

—¿Quién la busca?

—¿No lo sabes?

—A juzgar por esa reacción, intuyo que quien la busca es alguien importante. ¿Cuánto se ha llevado?

—Venga, Seito, ¿no crees en el amor?

Seito dejó escapar una carcajada. Álvarez-Marco insistió:

—Como yo digo siempre, el amor es eterno hasta que se acaba.

—Eso no lo dices tú, jefe. Eso lo decía Gabriel García Márquez.

Álvarez-Marco sonrió y volvió a darle un interminable trago al café. No era mal jefe. Un poco cínico, tal vez. Por eso había llegado tan alto.

—En serio —volvió a preguntar Seito—, ¿cuánto se ha llevado esa chica desaparecida?

—Ni idea. Pero ha tenido que ser una pasta. Su ex está que trina. La evasión de capitales no consta en la denuncia, por supuesto. Si no fuera quien es, esto no se investigaría.

—¿Y quién es?

—Lorenzo Anduiña.

—¿El de la promotora? ¿El viejo esquelético ese? Pues lo que tiene delito es que la chica no se hubiera largado antes. Venga, Joaquín, endósale esto a otro.

—¿Y tú qué vas a hacer? ¿Sentarte a tocarte los huevos?

—No, no. Quiero seguir con lo de Fuente del Berro, con el muerto del parque.

Al jefe de brigada se le escapó un gesto de sorpresa que incluía cierta decepción.

—Venga, Seito. Tú y yo sabemos que eso no va a ningún lado.

—¿Por qué no?

—Una semana sin un indicio, ni una imagen en una cámara, ni un testigo, ni un arma… Y encima la víctima…

—Supongo que así es como se alcanza la jefatura de brigada. Si la desaparecida es la novia de Lorenzo Anduiña, hay que remover medio mundo para encontrarla. Si la víctima de un asesinato es un inmigrante que vive en la indigencia, pues ya veremos.

Álvarez-Marco era demasiado listo para dejarse ver ofendido por sus subordinados. Puso cara de póquer, pero Seito se la sabía. Había llegado al límite permitido por la confianza y no podía ir más allá.

—Seito —dijo, rebajando mucho el tono—, ni siquiera ha venido nadie a reclamar el cadáver. No hemos encontrado familiares, ni aquí ni en el extranjero. Así que déjame que coja tu demagogia y me limpie el culo con ella.

Seito tragó saliva. ¿Era aquel el momento de revelar lo que había visto en una pared bajo el puente de Ventas? La prueba no parecía sólida. Pero si se encontrase una correlación, eso podía implicar algo gordo. Además, no le apetecía pasarse la semana hablando por teléfono con la policía colombiana para acabar confirmando que la ex de Anduiña había vuelto a su país con una valija llena de billetes de quinientos. Decidió arriesgarse.

—¿Y si te digo que podríamos tener un asesino en serie en la zona?

El jefe de brigada expulsó un chorro de café por la nariz. Tosió hasta que consiguió aclararse la garganta.

—Seito, vete a tomar por el culo.

—¿Y si fuera verdad?

—Seito, otra vez no. ¿Quieres montar un cristo como en la cuesta de San Vicente?

—Estoy hasta los huevos de que lo de la cuesta de San Vicente me persiga a todas partes. Creo que merezco recuperar la credibilidad.

—Escucha, compañero: no hay un asesino en serie actuando en Madrid.

—De acuerdo, no lo hay. Casi seguro que no. Pero ¿y si lo hubiera? ¿Asumimos el riesgo?

—¿Tienes indicios?

—Sí… Bueno, no están claros. Pero hay un hilo del que tirar.

—Ya. Pues vamos a hacer una cosa, Seito. Tú encuentra a Isabella Fonseca y, si en los descansos que te tomes para ir a cagar, das con un asesino en serie, me lo dices y ya me pensaré qué hacemos. De momento, al teléfono. Hay unos cien números colombianos a los que tienes que llamar.

—Jefe…

—Al teléfono, cojones.

5

JUEVES, 12.00 H. COMISARÍADELDISTRITODEVALLECAS

 

Pollito miraba la superficie del escritorio. Cada vez que levantaba la vista y encontraba a esa mujer, vestida con una discretísima rebeca beis, tocada con unos pendientes de perlas y una medalla de san Cristóbal, se hundía en una sima de consternación.

—No te sientas tonto, Pollito —dijo Dulce O’Rourke—. No eres el primero ni el último al que se la cuelo.

—Pero —se atrevió a preguntar—, ¿y la carrera?

—¿Qué pasa con la carrera?

—¿Quién pilotó el Skoda?

Dulce tragó saliva. Apenas había dormido.

—Mira, Pollito… Perdón… Mira, Abraham. Te voy a contar algo personal. ¿Sabes una cosa que nunca hago?

Pollito negó con la cabeza.

—Nunca digo palabrotas —siguió Dulce, con voz cálida—. Mi trabajo me cuesta, ¿entiendes? Trabajo en la policía, en un distrito complicado. Veo cosas a diario que te desgarran el pecho. El otro día tuvimos que intervenir en un piso donde un chiflado amenazaba con degollar a su novia. Al entrar, les soltó dos puñaladas a los compañeros. Javier le disparó a las piernas, con tan mala suerte de que le seccionó la femoral y lo mató. Él está aún en la uci recuperándose de la cuchillada, y recibiendo atención psicológica. Y eso a una le hace blasfemar. Mis compañeros sí dicen palabrotas constantemente. Pero yo no lo hago. ¿Sabes por qué?

—No, no lo sé.

—Porque cuando a una persona como yo se le escapa el primer «coño», no le cuesta un… un pijo… lanzarse luego a soltar cagamentos. —Ahora Dulce ya no hablaba con voz cálida—. Y de los cagamentos se pasa a las blasfemias, cosa que no sabes lo que me jode, porque mi padre era irlandés, me educó como una buena católica, y no me apetece ir al infierno. —Dulce golpeaba la mesa con la palma de la mano—. ¡Y después de las blasfemias empiezas a dar hostias en esta puta mierda de mesa! —Dulce gritaba—. Y eso está cerca…, mucho más cerca que tu culo de tu espalda…, de clavarle este boli en el ojo al gilipollas que no hace las preguntas adecuadas. Así que por eso no digo palabrotas. ¿Lo entiendes?

Pollito contenía la respiración. Se había agarrado al asiento de la silla.

—Lo… entiendo.

—¿Te queda claro quién conducía el Skoda?

—Me queda claro. Sí.

—¿Quién?

—Tú.

—¿Recuerdas cómo rompió Luis Moya el parabrisas trasero con el casco, cuando a Sainz se le paró el Toyota? Yo hice lo mismo. Solo que no era un parabrisas, eran los dientes de uno que hizo una pregunta muy parecida a la tuya. No me dejaron volver a competir.

O’Rourke cerró los ojos y contó hasta diez. Recuperó la compostura como si no hubiera ocurrido nada. Consultó la pantalla del ordenador. Leyó la ficha que le había abierto al chico durante la investigación. No es que fuera una joya, pero tampoco se podía decir que fuera un caso perdido. No se drogaba. Entrenaba duro cuatro días por semana en un gimnasio de boxeo. Estudiaba un módulo de electrónica. Apoyaba a los artistas de la comunidad. A saber por qué se había metido en aquel jaleo. Quizá porque su familia, como tantas otras del barrio de San Diego, necesitaba toda la ayuda posible para salir adelante. O simplemente porque, para las personas como Pollito, cumplir la ley no siempre significaba hacer el bien.

—De acuerdo, Pollito. Tu nombre completo es Abraham Castro Granados, ¿verdad?

—Mi abogado está a punto de llegar —comentó Abraham Castro Granados con voz tímida.

—Por supuesto, Pollito, por supuesto. Pero, solo para que lo sepas, tengo que decirte dos verdades. La primera es que me caes bien. Tratas a la gente con educación. No me interesa cargarte nada. Y cuanto menos tiempo te pases en la cárcel, por mí, mejor.

—De acuerdo, lo entiendo.

—La segunda verdad es que al juez le da lo mismo lo bien que me caigas. Esto tiene muy mala pinta. Hay una buena lista de cargos contra ti. Tráfico de drogas, sin ir más lejos. Si no me ofreces nada para conseguir que te rebajen la condena, te van a hacer añicos. Además, esa gente, los que están en los calabozos, la Madrastra, sus guardaespaldas, en fin… Es el tipo de escoria que te carga el mochuelo en cuanto se ve entre la espada y la pared.

—No puedo decirte nada sobre ellos.

—Ya lo suponía, porque eres muy buen tío. Pero yo soy una persona positiva, ¿sabes? Llevo años entrenando mi inteligencia emocional. Mira este libro: Los siete hábitos de la gente altamente efectiva.—Dulce señaló una estantería donde conservaba un puñado de publicaciones de autoayuda, motivación y crecimiento personal—. Creerás que es un libro tonto, pero algo de poso deja. Por eso sé que cuando una puerta se cierra, otra se abre. Esta te la estoy abriendo yo. Dime lo que sepas.

—No sé nada de esa gente. Me reclutaron en el gimnasio. Me ofrecieron pasta por hacer de comisario de carrera. Les propuse algunas ideas que les gustaron, como el chat de Telegram…, o registrar las apuestas en hojas de cálculo en Drive, para que ellos pudieran seguirlas en tiempo real…, no sé…

—¿Hiciste todo eso por ellos? —preguntó Dulce, con preocupación.

—Sí, eso hice.

—¿Las cuentas de Telegram y de Drive se abrieron con dispositivos tuyos?

Como única respuesta, Pollito tragó saliva.

—Pero hombre, ¿cómo se te ocurre? ¿No ves que les has dado motivos para acusarte de ser el instigador? Tienes que darme algo.

—No puedo. —El chico contenía las lágrimas a duras penas—. No sé nada.

—Pollito, me he jugado la vida para conseguir una grabación de la Madrastra confesando y, ahora, por tu torpeza, podrán decir que se estaba tirando un farol y que el verdadero cerebro era un chaval que se cayó en un lavadero de agua oxigenada cuando era pequeño. ¿Cómo funcionaba lo de las drogas?

—No lo sé. No sé dónde las guardan. Las pasa Edgar. Cuando Edgar se queda sin material, yo aviso a la Madrastra. La Madrastra dice que así me protege.

—Lo que hace es protegerse ella, alma de cántaro. En un cara a cara, podría negarlo todo y no tendrías ninguna prueba. ¿Algo más? ¿Palizas? ¿Intimidaciones? ¿Robos? ¿Adónde iba el dinero?

Pollito lo negaba todo con desesperadas sacudidas de cabeza.

—Así estamos en el hoyo, amigo.

Abraham se encogió en la silla. De pronto empezó a boquear como un pez. Parecía querer decir algo, pero no encontraba las palabras adecuadas. Al final, consiguió componer una frase:

—He visto un asesinato.

Dulce O’Rourke dejó las manos quietas sobre la mesa y se esforzó muchísimo por evitar una palabra malsonante.

—Vaya, vaya… Pues eso sí me interesa.

Tomó papel y el boli con el que antes había amenazado el ojo de Pollito.

—Pero no han sido ellos. Nada de la Madrastra.

La inspectora arrojó el boli sobre el escritorio con desprecio.

—Venga ya, Pollito.

—Fue el miércoles de la semana pasada. Salí a correr al amanecer y...

—No me fastidies, Abraham.

—Está bien, está bien. No salí a correr. Tenía que ir a recoger una cosa.

—¿Una cosa?

—Una bolsa.

—¿Una bolsa de qué? ¿De pipas?

—No importa.

—¿Cómo que no importa? ¡A mí me importa!

—Pero no tiene nada que ver con el crimen. Fui a recogerla junto a unos contenedores, al fondo de la estación de Abroñigal.

—¿La estación de mercancías? ¿Cómo llegaste allí?

—Tengo una ruta. Me cuelo por el mirador de Entrevías, a la altura de los talleres de Santa Catalina. Hace tiempo que me abrí paso cortando las concertinas del muro con una cizalla. Y tengo una escalera de mano escondida para saltar la primera verja que te encuentras dentro. Luego cruzo las vías por una zona ciega, hasta llegar a la estación.Aquello es grande, no sé si lo has visto alguna vez.

Dulce solo había estado en una ocasión en la estación de mercancías más grande de Madrid, para investigar un accidente laboral. Doscientos treinta mil metros cuadrados en los que todo se amontonaba: cobre, hojalata, cemento, gravilla, barro, maleza y polvo.

—Aquel día serían las seis y pico. Caminé hasta el lugar donde se apilan los primeros contenedores —siguió Pollito—. Los que parecen abandonados. Me escondí detrás de uno, por si había algún vigilante. Entonces me llevé el susto. Se abrió la puerta de un retrete químico que parecía que llevaba mucho tiempo sin usar. Salió un tío con pinta de indigente. No me vio de milagro. Y entonces, de detrás del mismo retrete apareció otro pavo. Iba a cara descubierta. Tenía el cráneo totalmente pelado y estaba muy fuerte, aunque no era joven. Agarró al indigente por detrás, del cuello. El pobre ni lo vio. Empezó a sacudirse nervioso. Convulsionaba. Pero, de pronto, dejó de hacerlo. El calvo sujetó al indigente para que no cayera a plomo. Y entonces me di cuenta de que en la otra mano tenía un estilete bastante largo. Apenas había salido el sol, pero pude ver la sangre gotear.

—Muy cinematográfico, Pollito.

—¡Te lo juro! ¡Es verdad!

—Vale, ¿y qué hicieron luego? ¿Tomaron un tren a China?

—No lo sé. Me fui corriendo.

—¿Y la bolsa que habías ido a buscar?

—No la cogí.

—De acuerdo. Está bien. Me interesa. Mira, haz una cosa. Dibújame el camino que recorriste, desde el mirador de Entrevías hasta los contenedores.

O’Rourke imprimió el mapa de la zona que aparecía en Google. Le tendió el folio a Pollito y le prestó el boli. El chico trazó el itinerario que había seguido y señaló los puntos importa

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