Prólogo
El grito
No llegaría antes del alba.
La noche sin luna ni estrellas se derretía en un manto espeso que cubría los campos y abrumaba el alma. La vieja mula mantenía impasible su andadura cansada, insensible a los azotes del niño y a sus voces de arreo.
Deberían haber preparado el otro mulo, pero no supieron reaccionar con sensatez. Su padre lo había cogido en volandas y, tras sentarlo a horcajadas sobre el lomo del animal, le había suplicado que se diera prisa. Al volverse todavía pudo ver su figura recortada sobre la tenue claridad de la puerta y cómo, con paso indeciso, se disponía a entrar de nuevo. Habría querido gritarle que no lo hiciera, que escapara con él y le acompañara a la ciudad en busca de ayuda. Pero fue incapaz.
Jaumet sentía cómo las lágrimas calientes le resbalaban por las mejillas y le empapaban las comisuras de los labios. Pese a su respiración rápida y entrecortada, el aire parecía no bastarle. Cuando dejaba el sendero de la iglesia para tomar el camino de Vila oyó sobre su cabeza el batir de alas de un búho solitario. Debió de posarse en una higuera cercana, porque al momento lo estremeció el ulular de su canto funesto, su quejido moribundo. Aterrado, apretó los talones y logró que la mula diera un arreón. El gemido del ave se rompió en un llanto que lo acompañó durante un buen trecho. Maldijo en voz alta. ¿Podía existir peor señal de mal agüero?
A mitad de trayecto un crujido lo hizo girarse. Paró la mula y sacó la cuchilla que llevaba al cinto. Aunque no era un experto, sabía manejarla con soltura, como la mayoría de niños de su edad. Consciente del temblor de su mano, tragó saliva y aguzó el oído.
—¿Quién va?
Pero no iba nadie, o eso creyó, pues no volvió a oír sonido alguno. Un silencio denso y compacto, casi irreal, le bombeaba en los oídos hasta causarle dolor. Esperó todavía un momento para serenarse, chasqueó la lengua y el animal arrancó de nuevo.
Cabalgaba encogido e intentaba convencerse de que era a causa del frío y no del miedo. Probó a pensar en otra cosa, pero no supo hacerlo: la imagen se reproducía en su cabeza una y otra vez con total claridad. ¡Ojalá pudiera olvidarla!
Dejó atrás el tramo más pedregoso del camino y el sonido de las pisadas se hizo más limpio y claro. El desagradable olor a productos químicos le indicó que estaba cerca de la fábrica y, por tanto, del cementerio de la ciudad. La mera evocación del camposanto hizo que se estremeciera y un escalofrío trepó por su espalda y le erizó la piel. Invadido por el pánico, aguijó a la mula con fuerza.
Recordó cómo el hijo del vecino alardeaba años atrás ante la colla de amigos de haber encontrado el cadáver de un hombre tirado junto al camino de Ses Salines. «¿Nunca habéis visto un muerto?», había preguntado orgulloso. Los detalles, demasiado precisos, se le antojaban ahora fantasiosos e irreales, fruto de su imaginación.
Poco antes de llegar al Puig des Molins empezó a clarear; primero de manera imperceptible, con timidez; después, de forma rotunda y descarada. El día se disponía a comenzar sin remordimiento ni vergüenza, como si nada extraordinario hubiera sucedido durante la noche que ahora moría. Pero él sabía que no era así, había visto el horror con sus propios ojos. Respiró hondo y se santiguó. La luz del amanecer dibujó siluetas de palmeras altas y olivos milenarios de troncos retorcidos y perfiló, frente a él, el majestuoso e interminable contorno de las murallas de Dalt Vila. Nunca las había contemplado a aquella hora de la mañana, como si emergieran del centro de la tierra. Se esforzó por mantener la mirada fija en el muro e ignorar los espectrales molinos que acechaban a su derecha. Ya casi había llegado.
Descabalgó cerca del Portal del Camp e hizo los últimos metros a la carrera.
Reuniendo todas las fuerzas que le quedaban, levantó el martillo de la aldaba y golpeó la puerta. Los tres estallidos resonaron como cañonazos que las murallas propagaron en un eco intermitente e imaginó que hasta su padre los habría oído en Sant Jordi. Confió en que los primeros feligreses ya hubieran llegado para la misa matutina y que no estuviera solo, y se obligó a alejar el temor de que algo malo le hubiese pasado.
Entonces reparó en que su padre, siempre estricto y exigente, había usado por primera vez su nombre de pila, Jaume, en lugar del diminutivo habitual, como si esa noche hubiera superado algún tipo de prueba. Jaumet comprendió que a sus ojos había dejado de ser un crío y tuvo una sensación contradictoria, una mezcla de orgullo y pavor. Si aquel era el mundo de los adultos que le iba a tocar vivir, prefería seguir siendo eternamente un niño.
Oyó ruidos al otro lado del portón, que tras un breve forcejeo y un chirrido estridente se abrió lo justo para que asomara una cara somnolienta. Medio iluminado por una lámpara, el rostro compuso una mueca de asombro. Jaumet imaginó que el vigilante podía oír los latidos desbocados de su corazón.
—Pero ¿qué…?
—¡El cura! —gritó—. ¡El cura y el criado! ¡Están muertos!
Extracto de la carta del gobernador de la provincia de las Islas Baleares a los alcaldes de la isla de Ibiza
Gobierno de las Islas Baleares
Palma de Mallorca, 2 de enero de 1864
Llama muy desagradablemente mi atención y la de todos los habitantes de Mallorca la repetición con que tienen lugar en Ibiza crímenes horrorosos que cada día dan una idea más desfavorable de esos pueblos cuyas costumbres contrastan con la sensatez y docilidad que es proverbial en los baleares.
Ha llegado ya el caso de tomar las más severas medidas para atajar un mal de tan funestas consecuencias, pues ante tales sucesos deben ceder todas las contemplaciones y desaparecer la suavidad de las medidas para quienes tan malamente saben corresponder a ellas. A este paso llegaría Ibiza a ser mirada como un país en donde se erigen altares a la barbarie y al vandalismo. Todos tenemos el deber de consagrar nuestros esfuerzos a moralizar las costumbres de esa isla.
Esa imprudente afición al uso de las armas, esa tolerancia con que se permite la existencia de algunas no registradas, esa indiferencia con que se sanciona una costumbre bajo todos conceptos reprobable, tal vez la creen de ilustración y cultura entre las clases pobres.
(…)
Dios guarde a vuecencia muchos años.
JUAN MADRAMAÑY
Gobernador de la provincia de las Islas Baleares
PRIMERA PARTE
1
La llegada
La proa del Rey Don Jaime I irrumpió vacilante en la bahía de Ibiza poco antes de la medianoche del 14 de enero. La lluvia, el viento y el oleaje habían exigido el máximo de la tripulación y convertido el viaje en una pesadilla hasta para los navegantes más avezados. El vapor había empleado una treintena de horas en completar una ruta que habitualmente hacía en la mitad de tiempo.
A Marc Guasch le sorprendió llegar sano y salvo a su destino o, al menos, más de lo que preveía cuando zarparon de Valencia en pleno temporal. El caprichoso Neptuno se había contentado con zarandearlo y jugar con él en lugar de lanzarlo por la borda y hundirlo en las profundidades del mar. La naturaleza, que tanto le había sonreído en otros aspectos, le había negado con rotundidad el don de la navegación.
Sujeto al pasamanos de cubierta y agradecido por la lluvia que caía sobre su cabeza, esperó impaciente a que el bamboleante bote terminara las maniobras de aproximación al muelle. Procuraba no mirar el agua espumosa y negra, y fijarse en un punto lejano, pero el aturdimiento y el movimiento del barco lo hacían inviable.
Observó en la penumbra el pequeño muelle de piedra y volvió a recitar las palabras que se había repetido a lo largo de todo el trayecto: iba a pisar suelo ibicenco. Siempre supo que ese día llegaría, y todavía no había decidido si se trataba de una dicha o de una maldición. Frente a él podía distinguir una colina repleta de construcciones de tamaño desigual envuelta en un extenso lienzo monocolor: las célebres murallas de Ibiza. Unos edificios bajos se desperdigaban más allá de la estructura defensiva, creando un arrabal que llegaba hasta el mar. Varios puntos insignificantes de luz en algunas ventanas sugerían la presencia de seres humanos que, sin duda, estarían más descansados, caldeados y serenos que él.
Dos mozos lo ayudaron a descender al bote. La luna los iluminaba de modo intermitente cuando sus destellos lograban atravesar la densa capa de nubes. El frío era intenso, la guinda de una jornada para olvidar.
Apenas había puesto los pies en tierra firme cuando una figura colgada de un paraguas se materializó a su lado.
—¿Señor Guasch? —La voz sonó como un chirrido agudo y desagradable—. Bienvenido a Ibiza.
Guasch no supo si le había sorprendido más aquella súbita aparición o escuchar su apellido pronunciado correctamente. Estaba acostumbrado a oírlo de cualquier manera, añadiendo, eliminando o alterando el orden natural de las letras. Siempre había pensado que no era tan difícil de articular y que bastaba con eliminar la hache final: /guasc/.
Miró la mano oscilante que le tendía y comprendió que el mareo le duraría bastante. Se planteó responder al saludo con alguna frase ingeniosa que relacionara los conceptos de «viaje infortunado», «llegada» y «alegría», pero su cerebro no fue capaz de ligarlos con coherencia. Tampoco estaba de humor, así que se limitó a decir:
—Yo mismo, ¿y usted es…?
—Isidro Colomar, asistente de don Eduardo Suárez, gobernador militar de la isla; puede llamarme Beia, si lo desea. Lamento que el comité de bienvenida no sea más numeroso, pero visto el retraso, las autoridades se han ido excusando hasta dejarme solo. Le ruego los disculpe.
Guasch murmuró unas palabras que el otro no llegó a entender.
—Perdón, ¿cómo dice?
—Digo que no es cierto que esté usted solo o, al menos, que lo estuviera hasta hace un momento —aseguró Guasch, e indicó con la barbilla hacia un edificio cercano—. Alguien lo acompañaba bajo ese balcón, sosteniendo un farol.
Beia irguió su cuerpo menudo y resopló. Parecía más molesto que sorprendido. Su buena predisposición se había evaporado. Con un gesto rápido que cogió a Guasch desprevenido se llevó dos dedos a la boca y ejecutó un doble silbido ascendente. ¿A qué venía aquello? Su cabeza abotargada trató de valorar la posibilidad de que aquel hombre no fuera quien decía ser y sus posibles consecuencias. Se puso alerta.
Dos individuos robustos y malcarados se aproximaron a la carrera y flanquearon a Beia. Un halo de vapor se desprendía de sus cuerpos empapados, como si sus almas hubieran decidido abandonarlos aquella desangelada noche de invierno. Guasch palpó de forma instintiva su arma, pero la capa le impediría desenfundar con rapidez. Aunque era mucho más alto y atlético y probablemente estaba mejor entrenado, ellos eran tres, debían de ir armados y se encontraban en mejores condiciones que él, que a duras penas lograba mantener el equilibrio. Cerró los puños, ladeó el cuerpo y desplazó el peso sobre la pierna trasera, dispuesto a plantarles cara.
El supuesto secretario y sus secuaces lo observaron sin articular palabra. El silencio pareció eternizarse.
—Señores —dijo Beia al fin—, ayuden al caballero con su equipaje. —Y dirigiéndose de nuevo a Guasch, añadió con visible cansancio—: Sígame, lo acompañaré a su alojamiento.
Tras girar sobre sí mismo y sin esperarlo, el secretario se encaminó hacia el arrabal.
—Excelente —dijo Guasch cuando echó un vistazo a la habitación.
Lo cierto era que la imagen resultaba poco reconfortante bajo la pálida luz del candil. El camastro, la silla y el armario parecían náufragos a la deriva tras un hundimiento, pero el dormitorio era espacioso y disponía de dos amplios ventanales. Nunca había necesitado grandes lujos y esta vez no iba a ser una excepción.
—No podría imaginar un final más apropiado para un día como este —concluyó.
Beia respiró con desahogo en el umbral de la puerta sin apreciar la burda ironía. El secretario, con su escaso pelo canoso despeinado y la cara empapada y ojerosa, tampoco ofrecía su mejor versión y parecía haber sufrido en carne propia la interminable travesía del vapor.
—Si le disgusta el alojamiento puede trasladarse a las dependencias militares del castillo o aquí al lado, a la casa cuartel de la Guardia Civil —propuso—. Como último recurso, podríamos encontrarle alguna estancia privada.
—Se lo agradezco, pero no es necesario. Estaré bien aquí.
—En ese caso —concedió Beia con evidente alivio—, me despido hasta mañana. Un alguacil pasará a recogerlo a primera hora para acompañarlo al despacho de don Eduardo. Después iré personalmente con usted a Sant Jordi, donde nos reuniremos con el subinspector Riera, quien le pondrá al día de todos los detalles.
Y, sin añadir nada más, hizo una ligera reverencia y desapareció.
Guasch se quitó la capa empapada y se asomó a uno de los ventanales sin vislumbrar nada que no hubiera sido engullido por la noche. La escasa luz interior le devolvió el reflejo de su cara borrosa flotando en el vacío: el cabello abundante, oscuro y revuelto se fundía con las sombras; el rostro, de tez clara y labios gruesos, quedaba enmarcado entre unas cejas pobladas y un mentón anguloso de barba incipiente; los ojos pequeños y profundos y la nariz, recta y proporcionada, apenas se adivinaban en la nebulosa. Suspiró y su aliento empañó el cristal y difuminó su imagen.
Cuando los mozos dejaron su baúl en un rincón y Guasch se quedó solo eran más de las dos de la madrugada. Obviando el cansancio y el malestar, organizó sus pertenencias y guardó en su bolsa de cuero los enseres para el día siguiente.
Beia le había adelantado algún detalle práctico: el subinspector Riera sería su cicerone particular, pues poseía un perfecto conocimiento del terreno y de las gentes del campo con las que iba a lidiar. «Una raza aparte, como podrá comprobar». Para desplazarse pondrían dos mulas a su disposición.
—¿Mulas?
—Así es; tardarán entre una y tres horas en llegar a casi cualquier sitio y otras tantas en regresar. Sant Jordi no queda lejos.
—Pero ¿no disponen de caballos?
—Apenas hay un puñado en la isla y pertenecen a potentados particulares. No es un animal muy apreciado por aquí, es demasiado delicado y no trabaja bien la tierra.
—¿La Guardia Civil no tiene ninguno?
—¿Tanto le extraña?
—Son mucho más rápidos…
El secretario se encogió de hombros.
—Los guardias y los carabineros van a pie. Ya se dará cuenta de que aquí no hay urgencias y de que lo único que sobra es tiempo.
En caso de necesidad pernoctarían en el estanco del pueblo, de haberlo, o en casa de algún payés.
—La gente del campo no cuenta entre sus numerosos defectos con la falta de hospitalidad. Por regla general, suelen acoger y alimentar al huésped ocasional de manera correcta, casi cordial, como haría cualquier honrado campesino en la península.
La fonda en la que se hospedaba y que regentaba Miquel Guevara era la única que había en Vila y por ende en Ibiza y, según Beia, tenía fama de ser decente. Estaba ubicada a escasos minutos desde cualquier punto de La Marina y cerca del Portal del Mar, el acceso principal a la ciudad alta. Su propietario tenía fama de ser buen cocinero, aunque algo rácano en las raciones. Si no era muy exigente podría encontrarse a gusto, en especial teniendo en cuenta que le habían asignado la habitación más amplia. Tendría que compartir techo, eso sí, con alguno de los numerosos desterrados que pululaban por la ciudad. El secretario concluyó la perorata con una frase contundente:
—Que la isla per se sea considerada en Madrid una prisión ya puede darle una idea del lugar en el que vivimos.
Tumbado bajo una gruesa capa de mantas, Guasch valoró una vez más el reto que tenía por delante y sintió cómo la excitación y el nerviosismo se apoderaban de él de una manera mucho más intensa que en cualquiera de los casos anteriores. Esta vez tenía una mayor responsabilidad y muchos pares de ojos estarían pendientes de sus movimientos. Más de los habituales. Estar solo y a cargo de la investigación hacía que su resolución fuera especialmente compleja, pero le otorgaba una independencia que iba a necesitar. Se repitió que no tenía nada que temer y que, aunque tuviera que hacer juegos malabares, todo encajaría.
Estaba deseando empezar.
2
El gobernador
Al alba ya estaba despierto. Había dormido poco y mal, si al simple hecho de cerrar los ojos podía llamársele propiamente «dormir». Los gritos del sereno, que informaban de las horas y de la meteorología, y los rebuznos de un asno inquieto tampoco lo habían ayudado a descansar. Comprobó con alivio que al menos el mareo se le había pasado.
Descendió al salón de la planta baja, una de cuyas esquinas estaba ocupada por un corral. Un puñado de gallinas campaba a sus anchas entre mesas y taburetes. Como el alguacil no había llegado todavía salió al callejón. En las aguas negras de una acequia que discurría a lo largo de la calle flotaban varios excrementos, y el hedor le golpeó la nariz.
Le llegó un rumor lejano que no supo a qué atribuir.
A ambos lados de la callejuela se abrían sendas plazoletas. Unas letras azules escritas en unos azulejos blancos indicaban la numeración de los portales, el nombre de la calle, Sant Elm, y el de ambas plazas: plaça de sa Tertúlia, en dirección al puerto, y plaça de Sant Elm, hacia la ciudad amurallada.
No eran todavía las ocho de la mañana y el movimiento de personas era incesante. Iban y venían en cualquier dirección, concentrados unos, hablando otros, bromeando y riendo la mayoría, pero todos cargados con cántaros o cestas. Los hombres vestían chalecos negros, camisas de cuello alto y unos pantalones blancos que, abombados a la altura de los muslos, se estrechaban a medida que se acercaban a los tobillos. Tocaban sus cabezas con barretinas negras o rojas, lucían fajas en el abdomen y calzaban alpargatas de esparto o de alguna otra fibra vegetal. Muchos se protegían del frío con unos tupidos abrigos marrones con pespuntes rojos, retales multicolores y unas peculiares capuchas puntiagudas.
El alguacil, que se presentó como Bernat, apareció al trote y le pidió que lo acompañara.
—Las dependencias del gobernador están en el castillo —explicó—, detrás de la iglesia de Santa Maria, que es la del campanario que corona Dalt Vila.
Tanto la calle como la plaça de Sant Elm debían el nombre a la iglesia de Sant Salvador i Sant Elm, cuyo muro lateral, agrietado en algunos puntos, cubría uno de los lados de la plaza. Según Bernat, estaba dedicada a la gente del mar y desde hacía unos meses se encontraba cerrada al culto a causa de su inestabilidad y se empleaba como almacén.
Zigzaguearon hasta desembocar en el carrer Curt y en un espacio amplio frente al que se erguía, a un centenar de metros, el monumental lienzo amurallado. La cortina de piedra, parcialmente cubierta de alcaparras y otras plantas salvajes, era imponente. Guasch no pudo contener una exclamación.
—Son impresionantes, ¿verdad? —dijo el alguacil orgulloso—. Los visitantes suelen quedarse boquiabiertos.
Un portal encuadrado en un marco de piedra, cerca de uno de los baluartes, daba acceso al interior de las murallas. Una rampa de tierra serpenteaba hasta la entrada. Para llegar hasta ella había que cruzar una vasta explanada que recibía el nombre de plaça de la Constitució y que era, a aquella hora de la mañana, un hervidero de actividad en el que se vendían e intercambiaban tinajas de aceite, leche y vino; oropéndolas, gorriones y alondras enjaulados; gallinas y huevos; animales domésticos, útiles de labranza y otros objetos de lo más variado y singular, como unas inesperadas pieles de foca. El murmullo, antes apagado, era ahora un clamor.
Pasaron junto a unas montañas de carbón, enfilaron la pendiente a buen ritmo y adelantaron a unos aguadores acompañados de unos asnos cargados con cántaros de agua fresca. No había fuentes en Dalt Vila y la única disponible en la ciudad se encontraba en la plaça de sa Font, al pie de la fortificación. La canalización subterránea se había construido poco tiempo atrás y proveía agua desde un manantial cercano a la iglesia de Sant Rafel. Cada mañana, al abrirse las puertas de la muralla, se generaba aquel trasiego de agua.
Hacía mucho que la fortaleza había perdido su importancia militar y el Gobierno, espoleado por las autoridades locales, valoró su demolición, descartando el proyecto por el desorbitado coste de ejecución.
—Por una vez —dijo Bernat—, me alegra que no hayan tenido recursos para nosotros.
Llegando al Portal del Mar, llamado también Portal Principal o Portal de Ses Taules, pasaron sobre un puente levadizo que, en palabras del alguacil, estaba estropeado:
—Hay que repararlo cuanto antes. Quizá algún día no muy lejano debamos protegernos de nuevo de los payeses.
—¿Por qué? ¿Qué ha sucedido?
—En los últimos años por suerte nada. Pero la gente del campo es reacia a pagar contribuciones e impuestos sobre los productos agrarios y cada tanto hay disturbios y revueltas. Alguna vez, cuando los ánimos han estado más exaltados, han intentado apresar al administrador de rentas e imposiciones. Existe el temor de que puedan producirse nuevas sublevaciones.
Sobre el dintel de la entrada resaltaba un gran escudo de la Corona tallado en piedra, con una dedicatoria al rey Felipe II. A ambos lados de la puerta descansaban, en sendos nichos, dos deterioradas estatuas de mármol. Una de ellas vestía de soldado romano; la otra parecía una sacerdotisa.
Se adentraron en las murallas.
El portal tenía tres arcadas que daban a la plaza de Armas, un patio cuadrangular en el que destacaban el cuerpo de guardia y unos soportales en los que se habían construido varias viviendas de reducidas dimensiones. Una esquina ennegrecida por el humo mostraba el lugar en el que los vigilantes se calentaban en las frías noches de invierno. Un gran arco de medio punto con una verja de madera daba acceso a la plaça de ses Ferreries, rodeada de edificaciones blancas con balcones diminutos.
Ascendieron por el amplio carrer de Sant Francesc y dejaron atrás otra hornacina con una estatua todavía más corroída que las anteriores que representaba a un sacerdote romano. Varios árboles jóvenes se alzaban en el margen derecho, en un espacio abierto, y Guasch pensó en la agradable sombra que ofrecerían en los calurosos meses de verano. Detrás de ellos se elevaba un grupo de edificios de varias plantas y de aparente nueva construcción cuyas fachadas habían reemplazado el color blanco habitual por otros más alegres.
Más adelante se toparon con la iglesia de Sant Domènec, con tres cúpulas adosadas a la nave principal. La calle estaba empedrada con cantos rodados y, como las de La Marina, tenía un canal en el centro por el que discurrían las aguas sucias. Pasaron frente a la estafeta de Correos y Telégrafos y, ubicadas en el antiguo convento de los dominicos, la Casa Consistorial y la única prisión de la ciudad; dejaron atrás el antiguo Palacio Episcopal y subieron por una calle abierta que desembocaba en el carrer Major. Finalmente alcanzaron la plaça de la Catedral en la que se erigía, como un gigante dormido, una iglesia tosca y maciza que, de no ser por la alta torre del campanario, habría pasado por una fortaleza medieval. Del muro lateral sobresalían seis sólidos contrafuertes que sostenían, a modo de costillas, la nave central.
En mitad de la plaza charlaban dos hombres que miraban hacia arriba. Bernat le aclaró que eran unos técnicos llegados de Mallorca para estudiar la viabilidad de instalar un reloj en lo alto de la torre.
Desde un mirador se dominaba parte de la ciudad alta, los arrabales, el puerto y el Pla de Vila. Guasch se habría quedado gustoso saboreando la panorámica, pero el alguacil le recordó que debían apresurarse y lo siguió con cierta desgana.
El cielo azul pálido de aquella mañana era mucho más atractivo que el gris plomo de los últimos días. Los estibadores descargaban el Rey Don Jaime I con celeridad en un intento de recuperar el tiempo perdido el día anterior. Desde sus dependencias en la cima de Dalt Vila, el gobernador militar de Ibiza, don Eduardo Suárez, observaba cómo las pequeñas figuras esquivaban los charcos mientras trajinaban grandes fardos de rafia. En el astillero del puerto, un grupo de carpinteros de ribera valoraban los desperfectos provocados por el temporal. Los portales encalados del Prat de Vila y del Prat de ses Monges, más allá de La Barra, relucían sobre el verde de las cañas y el rojo de las huertas.
—¿Y bien? —preguntó el gobernador—, ¿qué impresión le ha dado el tal Guasch?
Beia, de pie junto a la puerta, trató de enderezar su cuerpo menudo.
—Apenas intercambiamos unas pocas palabras, señor.
Don Eduardo volvió a su escritorio con pasos lentos, satisfecho tras comprobar que sus conciudadanos habían recuperado el pulso habitual de trabajo después de las fuertes lluvias: tranquilo, pero sin pausa. O, para ser precisos, demasiado tranquilo y con excesivas pausas. Pero el simple hecho de estar activos era ya positivo, porque además de generar riqueza y alimentar las siempre hambrientas arcas públicas, evitaba pensamientos y tentaciones inapropiados como propagar chismorreos sobre los horribles crímenes de Sant Jordi. Los ibicencos seguían consternados, y su obligación como máxima autoridad de la isla era brindarles una solución. Quedaba poco para la llegada de su reemplazo y tenía la firme voluntad de entregarle la casa barrida y ordenada.
—Le pido una primera impresión, no la vida y milagros de ese hombre —insistió.
Beia carraspeó y frunció el entrecejo, componiendo una imagen de concentración extrema.
—Es detallista, desconfiado y no se anda por las ramas. Piensa rápido y no tiene miedo de decir lo que se le pasa por la cabeza.
Don Eduardo cogió un pliego de hojas manuscritas que reposaban sobre su escritorio.
—Espero que además de rápido sepa pensar bien. En la carta de Madrid lo definían…, ¿cómo era? —Buscó un fragmento en las hojas—: «Marc Guasch es el inspector con un porvenir más prometedor del Cuerpo de Investigación». ¿Qué le parece, Beia? Tenemos dos muertos todavía calientes en el foso y nos mandan a un genio del futuro. No sé si reír o llorar.
El secretario se disponía a responder cuando unos golpes discretos sonaron en la puerta.
—¡Adelante!
La voz castrense que tronó al otro lado de la puerta pertenecía a alguien acostumbrado a mandar y Guasch se imaginó a un barítono descomunal, a un sujeto formidable. Por eso se sorprendió cuando vio a aquel hombre menudo y delgado levantarse del sillón e invitarlo, con gesto amable pero firme, a tomar asiento frente al escritorio de caoba. Tanto el cabello abundante como la barba eran de un blanco inmaculado, a excepción de la parte central del bigote, amarillenta, delatora de su afición al tabaco.
Le estrechó la mano con vigor y se presentó.
—Eduardo Suárez, gobernador militar de cualquier pedazo de tierra, construcción o ser vivo que vea durante el tiempo que esté con nosotros —dijo el mandamás y se sentó de nuevo—. Le agradezco que se haya desplazado desde tan lejos hasta nuestra recóndita isla. Es reconfortante ver que, de vez en cuando, alguien en Madrid se acuerda de nosotros, aunque sea tarde y mal.
—¿Por qué tarde y mal? —inquirió Guasch, que tomó asiento al tiempo que rechazaba el cigarrillo que le ofrecía el gobernador.
Don Eduardo se arrellanó en su butaca y giró repetidamente la rueda de su mechero hasta prender la mecha; cuando encendió el cigarro, inspiró y expulsó con parsimonia el humo que acababa de llenar sus pulmones, se quitó una hebra de la lengua y solo entonces pareció recordar la existencia de Guasch. Lo examinó a través de la cortina de humo con la misma curiosidad con la que un taxidermista analizaría un animal exótico.
—¿Qué edad tiene? —preguntó.
—En dos meses cumpliré treinta.
—Por lo tanto, todavía tiene veintinueve años.
—Así es.
—Es usted demasiado joven —concluyó tajante—, no creo que esté preparado para resolver un caso de este calibre.
—Lamento decepcionarle…
El tono de Guasch transmitía más indiferencia que pesar, y el gobernador esbozó una sonrisa indulgente, como si concediera un punto a aquel joven de moderada insolencia.
—¿Cuánto tiempo lleva en el grupo este de investigadores o de inspectores… o como cojones se llame?
—Cuerpo de Investigación del Crimen, señor. Desde su fundación hace año y medio.
—¿Por qué ingresó ahí?
—Mi superior directo me propuso cuando supo de su creación. Me aceptaron después de realizar un curioso proceso de selección.
—Me alegro por usted, pero eso responde más al cómo que al porqué.
Era cierto. Guasch meditó bien la respuesta.
—Me pareció un reto fascinante enfrentarme a casos complejos una vez que la primera línea policial estuviera estancada. Era un desafío muy estimulante.
El gobernador asintió pensativo y dio una larga calada a su cigarro.
—Así estamos nosotros: estancados. No tenemos ninguna pista sobre quiénes han podido cometer los asesinatos. Aunque el motivo parece obvio, los culpables son un misterio… Bien, ahora dígame: ¿qué hace que sea usted mejor que sus compañeros?
Guasch enarcó una ceja.
—Me temo que esa afirmación es incorrecta, señor. Hay varios colegas del Cuerpo, no me importa reconocerlo, notablemente más brillantes que yo.
—Espero que no pretenda decir que el ilustre don Isidoro de Hoyos y Rubín de Celis, todopoderoso director general de la Guardia Civil y fundador del Cuerpo de Investigación del Crimen, es un vulgar mentirosillo.
Guasch alzó también la otra ceja. Al parecer el gobernador, en contra de lo que había pretendido transmitir, sí sabía de qué hablaba.
—Digamos que soy una persona ordenada y persistente, y que esas virtudes me han ayudado a resolver algunos casos, y digamos también que a todo buen comerciante le interesa vender su producto y que don Isidoro demuestra no ser una excepción.
Al gobernador pareció satisfacerle la respuesta y Guasch percibió que su expresión y su pose se relajaban. Había superado la primera barrera, la más importante. Por supuesto, tener una carta de recomendación del mismísimo director general allanaba el camino.
La voz de barítono sonó ahora más cálida.
—Le seré franco, Guasch, al igual que mis antecesores y que el alcalde de la ciudad, tengo la muñeca rota de redactar cartas para solicitar mayores dotaciones de la Guardia Civil y del Cuerpo de Carabineros, ya que las actuales son insuficientes para las dimensiones y peculiaridades de la isla, que ya irá conociendo. El número de asesinatos en Ibiza es muy elevado, eso es innegable, pero lo único que recibimos desde la capital provincial y desde Madrid son recriminaciones. Muchos reproches y ninguna solución —el volumen de su voz había subido—, y eso es paradójico puesto que son ellos, y nadie más, los responsables de asignarnos los recursos. Y de denegárnoslos.
Guasch se acomodó en el sillón con discreción.
—El año pasado se cometieron ocho asesinatos en la isla —prosiguió el gobernador—. Ni más ni menos que ocho víctimas en un pedrusco en el que conviven veinte mil almas, y eso suponiendo que cada isleño posea un alma, que es algo que cada vez tengo menos claro.
Aplastó el resto del cigarrillo en un cenicero de latón.
—¿Me permite una pregunta personal? —El gobernador lo miró a los ojos y Guasch se puso alerta. Asintió—. ¿De dónde es usted? No sé si sabrá que, aunque de origen catalán, su apellido es bastante habitual por aquí.
Era una pregunta que sabía que iban a plantearle. Tenía la respuesta preparada.
—Tengo antepasados ibicencos.
Sencilla e imprecisa. No tenía por qué ocultarlo ni dar mayores explicaciones.
—Pero ¡qué me dice! ¿No será pariente del viejo notario?
—No, no tengo familia aquí —Guasch se preguntó hasta qué punto podía considerarse que eso fuera cierto—, y mucho menos en semejante estrato social. Mi abuelo era campesino y se vio forzado a emigrar en busca de mejor suerte.
—¿Y la encontró?
—Podríamos decir que sí.
—¿Ha estado antes en Ibiza?
Miró al gobernador con expresión risueña y hasta cierto punto natural. Hacía tiempo que había aprendido que las mentiras eran más verosímiles si se acompañaban de una sonrisa.
—No, nunca.
Guasch sacó su reloj de bolsillo con la discreción justa para no parecer descortés, pero con la claridad suficiente como para que el gobernador no pudiera pasarlo por alto. Lo miró de soslayo. El efecto fue inmediato.
—¿Qué sabe de las muertes? —preguntó don Eduardo tras aclararse la voz.
—Poca cosa, aunque prefiero recoger la información de primera mano antes que recibirla de manera parcial, sesgada o distorsionada por el criterio de un tercero. No sé si me explico…
—Perfectamente.
—Dos hombres asesinados con arma blanca la noche del 26 de diciembre: un párroco sexagenario, don Joan Ferrer Ferrer, y su criado, don Antonio Roig Tur, de veintitantos. Solteros ambos y naturales de la isla.
—Correcto salvo por un detalle: el rector de Sant Jordi era originario de La Mola, en Formentera. ¿Sabe cómo han muerto?
—Todavía no, pero, como le decía, prefiero que me lo expliquen in situ.
El gobernador se frotó las sienes y se quitó una perla de sudor de la frente. De repente parecía estar agotado, como si cargara con el peso de los dos muertos sobre su espalda.
—¿Alguien vio o escuchó algo? —preguntó Guasch.
—En las parroquias rurales ibicencas no suele haber vecinos. La iglesia de Sant Jordi es un edificio aislado en mitad del campo. Una higuera aquí, un algarrobo allá… Descubrirá que es la estampa más habitual por estos parajes.
Guasch se pellizcó el mentón.
—Imagino que habrá alguna casa próxima.
—La más cercana es Can Mariano Palerm, pero queda lo bastante lejos como para que ni el mayoral ni nadie de su familia notara nada.
Una ráfaga de viento hizo vibrar los cristales del ventanal. Unas nubes dispersas flotaban en la lejanía.
—¿Quién descubrió los cadáveres?
—Unos campesinos, padre e hijo: Vicent y Jaume Ripoll. Vicent era próximo a don Joan y un obrero muy activo en la parroquia. Esa mañana fue a visitar al rector antes de misa.
—¿Podría hablar con ellos?
—Si no me equivoco, lo esperan esta misma mañana.
Guasch asintió satisfecho.
—¿Quién acudió al lugar del crimen una vez dado el aviso?
—La comitiva habitual: el juez, para certificar las muertes, un alguacil, una pareja de guardias, un médico cirujano y el subinspector de policía, Toni Riera.
—Necesitaría reunirme con ellos lo antes posible.
—Riera le ayudará a organizar las entrevistas que no estén todavía agendadas.
—¿El subinspector depende directamente de usted?
—Del alcalde de Ibiza, don Ignasi Llombart —el gobernador rio por lo bajo—. Verá que Riera es una persona, digamos…, peculiar, pero al mismo tiempo muy valiosa para la comunidad. Es un buen hombre.
Guasch alzó ambas manos para indicar que por el momento tenía suficiente información.
—¿Podría disponer de un mapa de la isla?
Don Eduardo chascó la lengua e hizo un gesto a Beia, que despertó de su letargo.
—Una última cosa —dijo el mandamás—, mi esposa me ha pedido que lo invite esta noche a una cena informal en nuestra residencia. Sería un honor para nosotros contar con su presencia.
—Son ustedes muy amables, don Eduardo. Será un placer.
—¡Excelente entonces! —El gobernador dio una palmada en el escritorio y miró al fondo de la sala—. Beia, coño, cada vez tiene peor cara. ¿Se puede saber qué le pasa hoy? —Y sin esperar respuesta, añadió, con tono apremiante—: ¡Haga que nos sirvan unas hierbas de anís! Al señor Guasch le sentarán bien para el camino y a mí me ayudarán a entrar en calor. Y que pongan otras para usted, por Dios, que parece necesitarlas más que nosotros.
3
Riera
Las gotas resbalaban de las hojas de los pinos y repiqueteaban con suavidad al impactar contra el suelo. Unos finos regueros de agua culebreaban entre los adoquines del carrer de Santa Maria, por el que Guasch descendía con cuidado. A su derecha se elevaba, como una nave de piedra, el baluarte de Santa Tecla. Pasada la penitenciaría y el consistorio llegó a la iglesia de Sant Domènec, cuyo portalón estaba abierto. El murmullo rítmico de una letanía indicaba que los feligreses más piadosos rezaban el rosario matutino. Bordeó la iglesia y subió una breve escalera antes de enfilar hacia el antiguo polvorín y los establos. Tres cañones inutilizados apuntaban sus ojos inocuos por las correspondientes aspilleras. Un soldado dormitaba apoyado en el dintel de una torre hexagonal ubicada en la punta oriental del baluarte. El secretario, que se había adelantado para preparar las monturas, lo esperaba sentado junto al tronco de un pino. A su lado aguardaban dos mulas de pelo gris y aspecto aburrido que masticaban unos hierbajos mientras observaban cómo Guasch se aproximaba a paso ligero. Ambas llevaban albardas de piel oscura y ronzales de cuerda trenzada.
Beia le entregó una copia del mapa de Ibiza que el coronel de ingenieros Francisco Coello había dibujado una década atrás.
El mapa mostraba un único núcleo importante de población, la ciudad de Ibiza, Vila para los lugareños, con el perfil de las murallas y los arrabales de La Marina y Sa Penya. Indicaba también las villas de Sant Antoni, en la bahía de Portinatx, y Santa Eulària junto a la desembocadura de un pequeño río. El resto de las parroquias rurales, menos la de Sant Francesc, se emplazaban en el interior y tenían nombres de santos, a excepción del antiguo convento de los dominicos, ubicado en el Pla de Vila, que poseía la orgullosa denominación de Nuestra Señora de Jesús. La red de caminos trazada por el militar continuaba siendo válida, aunque a ella se debía añadir la carretera de Sant Antoni, en construcción desde hacía unos años y que, una vez finalizada, sería la primera vía de la isla en permitir el tránsito de carros; los senderos formaban una estructura en forma de telaraña que unía cualquier parroquia con las que la circundaban. Se llamaban camins de ferradura porque su estrechez solo permitía el paso de un animal. Por este motivo, la inexistencia de infraestructuras apropiadas, en Ibiza no había carros, excepto los usados en las salinas para el transporte de sal y en el puerto de Vila para mover las mercancías que llegaban o partían en los vapores. Algunos payeses habían construido carretas rudimentarias que empleaban únicamente en las labores agrarias dentro de sus fincas.
Ibiza estaba diseccionada en cinco términos municipales que correspondían, en líneas generales, a los cinco quartons en los que los conquistadores habían dividido y repartido la isla en el siglo XIII. El secretario le explicó que, a excepción de los ciudadanos de Vila, había una desafección total con respecto a los municipios, hasta el punto de que los campesinos desconocían el nombre de sus alcaldes. A nivel práctico, los ibicencos dividían el territorio en una especie de comarcas que llamaban véndes y respecto a las que tenían, esta vez sí, un fuerte sentimiento de pertenencia. También se identificaban con las parroquias.
El secretario le tendió las riendas del animal más alto.
—Tense la cuerda hacia el lado al que quiera dirigir a la mula y, para arrearla, use la voz. Las de buena raza no necesitan azotes, y estas lo son.
Guasch había montado lo suficiente en aquellos bichos como para saber que no suponía ninguna dificultad ni entrañaba riesgo alguno. El animal, acostumbrado a cargas más pesadas, no se inmutó al recibir su peso y, a la orden de Beia, se pusieron en marcha.
Bordearon la fortificación por la cara norte y bajaron por el largo lienzo que unía los baluartes de Santa Llúcia y Sant Joan. El bullicio del mercado llegaba hasta ellos con nitidez. A lo lejos, delimitaba la llanura del Pla de Vila una cadena de colinas que, huérfana de árboles, ofrecía una imagen de desamparo. Guasch vio desde lo alto la rampa por la que había accedido a Dalt Vila. El secretario señaló la explanada negra junto a la pendiente y le explicó que en invierno la actividad de la mayor parte de los campesinos ibicencos, además de cultivar trigo y cebada, se centraba en la producción de carbón en pequeñas sitges para después venderlo en la plaça del Carbó o directamente a comerciantes llegados ex profeso desde la península.
En la plaça de l’Alfòndec, junto a la Porta del Camp, se cruzaron con un cerdo monumental. A su alrededor revoloteaba un grupo de gallinas blanquecinas. Amarrado a un portón, en los escalones del carrer del Portal Nou, un asno saciaba su sed en una cubeta de madera.
—¿Ese cerdo no debería estar muerto ya? —se interesó Guasch.
—En efecto, las matances suelen hacerse antes de Navidad, pero siempre hay quien las aplaza por algún motivo. Ese animal tiene los días contados.
Abandonaron las murallas y enfilaron el camino de Sant Josep, coincidente con el de Ses Salines en su tramo inicial. Numerosos olivos de troncos retorcidos ascendían por una colina coronada por siete molinos de viento: el Puig des Molins. A media altura, una mujer apoyada en una caña observaba cómo pacía un puñado de ovejas. Más arriba, un pastor con una chaquetilla de lana levantó un brazo a modo de saludo. Beia correspondió llevándose la mano al ala del sombrero. Su cabalgar erguido le confería un aire señorial pese a la pobreza de su montura y a su físico poco agraciado.
La bifurcación que separaba los caminos de Sant Josep y de Ses Salines se encontraba poco antes del cementerio de la ciudad. Tomaron el sendero en dirección sur. El camposanto era un espacio rectangular de notables dimensiones y muros blancos de mediana altura que levantaron unos presidiarios venidos expresamente de Mallorca cuando Beia era niño. En la parte delantera había crecido un conjunto abundante de chumberas de formas tan grotescas e insólitas que parecían pertenecer a los espíritus de los muertos enterrados en el recinto sagrado. La panorámica era de gran belleza si miraban hacia Vila, y podía pensarse que se había escogido aquella ubicación para que quienes se sumieran en el sueño eterno pudieran ver por última vez su hermosa ciudad antes de confinarse en las entrañas de la tierra.
En el aire flotaba un ligero hedor artificial proveniente de una fábrica de productos químicos que iba a ser clausurada en breve por orden de la diputación provincial.
—Por lo menos hasta que no elimine las emanaciones tóxicas —explicó Beia—. No pasa día que no recibamos alguna queja al respecto.
Frente a ellos se abría un generoso mar azul en el que refulgían destellos de luz intermitente. Las olas sucumbían obedientes, casi con desidia, a los pies de la costa meridional. En el horizonte se perfilaba la silueta borrosa de la vecina Formentera, tímida y temblorosa. Guasch suspiró extasiado por el encanto de aquella estampa y lamentó no haber podido disfrutar de esa calma plácida durante la travesía del día anterior.
Un sinfín de senderillos nacían del camino principal y se esparcían en todas direcciones. A medida que avanzaban, higueras y almendros de reciente plantación reemplazaban progresivamente a los viejos olivos. La fresca fragancia a tierra mojada tenía el olor dulce de un sofisticado perfume. Se divisaban unas pocas edificaciones desperdigadas en el valle colindante y en algún montículo lejano.
—Es llamativa la dispersión de las alquerías —observó Guasch.
Beia dejó que su cabalgadura caminara un trecho antes de responder.
—Antes se ha extrañado cuando el gobernador ha explicado que la iglesia de Sant Jordi se encontraba aislada en medio del campo.
—Por regla general, los templos están en núcleos de población, por pequeños que sean.
—Aquí es impensable. La isla cuenta con dieciséis parroquias fuera de los límites de la ciudad y solo Santa Eulària y Sant Antoni reúnen un número significativo de viviendas a su alrededor y tienen la consideración de villas. Después encontramos —contó con los dedos— otras cinco que tienen un puñado de casuchas, a veces un estanco, y las nueve restantes están completamente aisladas. Entre estas últimas está la de Sant Jordi. Hasta la fecha, y pese a todos los esfuerzos, las autoridades políticas y religiosas no han logrado que estos bárbaros accedan a vivir de forma agrupada y civilizada en torno a las iglesias. Prefieren continuar con su estilo de vida extraviado.
El sol proseguía su ascenso discreto, suavizando la temperatura de manera progresiva.
—Con esto quiero decir —prosiguió el secretario— que los payeses viven en casas que distan unas de otras diez, quince o incluso veinte minutos a pie, ¿y sabe qué significa eso?
—¿Que caminan mucho? —aventuró Guasch, fijando la vista al frente.
—¡Que hay mucha inseguridad! —decretó Beia sin escucharlo—. Y para protegerse llevan armas de fuego cuando pueden permitírselo y blancas cuando no. ¡Incluso los niños las reciben de sus padres! No se cruzará estos días con varón alguno que no vaya armado de una u otra manera, cuando no de ambas. Con este panorama es normal que la cifra de muertes sea tan elevada. ¿Comprende lo que le quiero decir?
—Lo que comprendo es que los payeses no le resultan particularmente simpáticos —Señaló al frente—. Beia, o estoy muy equivocado o aquella debe de ser la parroquia a la que nos dirigimos.
La iglesia de Sant Jordi era una pequeña fortaleza recubierta de cal blanca, como casi todas las construcciones ibicencas. Robusta y de planta rectangular, se diferenciaba del resto de edificaciones que Guasch había visto hasta el momento por sus vistosas almenas. En la parte frontal, sobre un pórtico de arcos, se alzaba un pequeño campanario, y en la parte posterior, allí donde se ubicaba la casa rectoral, habían construido un porxet cubierto a la sombra del cual, en un silloncito de cuero, como si de una plácida tarde de verano se tratara, dormitaba un hombre vestido con ropajes grises. Un sombrero le cubría la cara y apoyaba los pies en un catre. A su lado, una puerta entreabierta daba acceso a las estancias del capellán.
El tiempo parecía haberse detenido y el silencio se veía solo perturbado por el canto atenuado de una mujer desde el interior de la vivienda. Nada daba a entender que tras esos muros se hubieran producido, un par de semanas atrás, los crímenes más espantosos que se recordaban en la isla.
—Bon dia tengui, subinspector —gritó Beia mientras sujetaba la caballería en una argolla empotrada en el muro.
El hombre no se movió, pero hizo oír su voz apagada bajo del sombrero.
—Arredecony, Beia. Pensaba que no iban a venir nunca.
—No da la impresión de tener mucha urgencia.
Riera estiró los brazos y se quitó el sombrero de la cara. Luego entornó los ojos y parpadeó varias veces hasta enfocar la vista en los recién llegados.
Guasch calculó que el subinspector, de estatura media, afeitado inmaculado y expresión vivaz, rozaría una cincuentena no demasiado bien llevada. Lucía un pelo entrecano despeinado, ojeras lilas y mejillas del mismo tono rojizo que el culebreo de venitas que poblaban su nariz. La tensión de los botones de la camisa delataba la existencia de una tripilla incipiente.
—Urgencia poca, lo que tengo es un hambre de cojones. Les esperaba para desayunar y solo mi educación exquisita ha impedido que comenzara sin ustedes. Bueno, eso y que Funolla se ha negado repetidamente a sacar la comida.
La conversación transcurría en ibicenco.
Riera se levantó con esfuerzo.
—¿Así que este es el verro que han enviado desde Madrid? —preguntó con sorna. El subinspector se frotó los ojos y observó con detenimiento al «gallo» al que se había referido.
Guasch, que le sacaba una cabeza, sonrió, primero con discreción y después sin disimulo, antes de responder en un ibicenco impecable:
—M’han enviat a jo perque som més verro que es ferro.
El subinspector miró a Beia atónito, buscando una aclaración al inconcebible hecho de que en Madrid se comprendiera, e incluso hablara, la lengua natural de la perdida isla de Ibiza. El secretario, con idéntica expresión, apenas logró encogerse de hombros. Sus miradas convergieron en Guasch, a la espera de que este les diera una explicación.
Pero la explicación no llegó.
—Señores, ¿no íbamos a desayunar?
El subinspector Toni Riera disculpó al nuevo mossènyer, el ecónomo Ramón Gotarredona, que se había visto obligado a visitar con urgencia a unos feligreses, aunque confiaba en no tardar demasiado en regresar.
—Me ha pedido que, en la medida de lo posible, le esperemos antes de ir con los Ripoll. Quiere entregar algo en persona al responsable de la investigación.
La sirvienta resultó ser una mujer de mediana edad, alegre y de buen ver que, sin duda, daría pie a infinidad de habladurías mordaces y comentarios jocosos entre los feligreses. El subinspector, con sus insinuaciones y su sonrisa alelada, no era ajeno a sus encantos femeninos.
—Por favor, Riera, ¡contrólese! —le riñó el secretario cuando se quedaron a solas.
—No tema, por mucho que me entre apetito fuera de casa, siempre termino comiendo allí. Ya me entiende…
Beia puso los ojos en blanco.
—Las indicaciones de la Iglesia son claras al respecto —prosiguió Riera con una sonrisilla—: los párrocos pueden tener criado para el mantenimiento de la parroquia. La norma no escrita es que, si es una mujer, debe tener más de cincuenta años y, en palabras literales de los próceres eclesiásticos, para evitar suspicacias, ser «poco agradable a la vista». Suele ser una hermana soltera o incluso la propia madre del cura. Parece que Gotarredona estaba poco atento el día que dieron la lección en el seminario.
—Funolla es prima hermana de don Ramón—comentó Beia—, y por tanto familiar suyo; además, es bastante mayor que él.
—Quan més cosins, més endins! ¿Le suena?
El secretario resopló dando a entender que Riera era un caso perdido.
Funolla trajo una fuente con trozos de sobrasada, botifarró y xulla, queso de oveja, cocarrois de verdura, coca de pimientos rojos asados, aceitunas y una cesta con gruesas rebanadas de pan. Como colofón, dispuso en la mesa un porrón de vino y un frasco de aceite de oliva. Cuando la criada acabó de colocar las viandas, Riera ya tenía anudada al cuello una servilleta que por su tamaño bien hubiera pasado por un mantel y, sin más dilación que un breve deseo de buen provecho, se abalanzó sobre la sobrasada más cercana. Beia, tieso y formal en su silla, tampoco se hizo de rogar, y Guasch, aunque comedido, procedió a satisfacer los ruegos de su estómago y se sirvió una buena tajada de botifarró.
—Y bien, subinspector —preguntó antes de dar el primer bocado—, ¿qué hago yo aquí?
Riera le miró fijamente y se rascó una ceja sin dejar de masticar.
—Puef va ustef a comed mejod que la mifmífima gueina Isabel.
Guasch carraspeó.
—Me refería a qué hace que este caso sea tan difícil. ¿Por qué no se ha resuelto todavía?
—¡Ah! —Riera deglutió con sonoridad—. Podríamos decir que estas muertes difieren de los crímenes habituales que se cometen por estos parajes y que por lo general se solucionan solos.
—¿Solos?
—Me refiero a que el culpable es obvio. —Se limpió la boca y cogió el porrón de vino antes de sentenciar—: aquí los asesinatos se cometen por lo que yo llamo «honor o amor», cuando no ambas cosas a la vez.
—¿Honor o amor?
Era evidente que Riera esperaba aquella reacción. Seguramente exponía su teoría con frecuencia y buscaba causar ese efecto en sus interlocutores.
—Por orgullo o por celos, dicho a las claras, pero —lo señaló con un dedo manchado de grasa—, no lo negará, mucho menos poéticas.
Guasch asintió y esperó a que el poeta continuara con la explicación, pero en vez de eso, Riera alzó el porrón medio palmo por encima de la cabeza, formó un hueco a un lado de la boca e introdujo el líquido limpiamente por la abertura. Después de unos segundos, detuvo el riego con un movimiento experto, ingirió el vino, eructó, pidió disculpas con la mano y prosiguió como si tal cosa.
—Hace años, un hombre de Fruitera mató a otro cuyo único pecado fue hablar mal de una chica a la que él había cortejado años atrás. Aunque el asesino ya estaba felizmente casado con otra, no pudo consentir que se faltara de ese modo a esa mujer, que su honor se viera manchado. Y la defendió a su manera. Ya ve usted qué tontería, pero para él la dignidad de esa joven bien justificaba quitarle la vida a un hombre y terminar con los huesos en la cárcel. Fue sencillo averiguar quién había cometido el crimen.
—El festeig es el origen de muchas desgracias —proclamó Beia con tono funesto.
—¿Y qué tiene que ver con esto? —terció el subinspector con buen talante—. Son unas noches muy animadas…
—¿A qué se refiere? —preguntó Guasch.
—El festeig
