Todo vuelve (Todo arde 2)

Juan Gómez-Jurado

Fragmento

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Un adelanto

Todo lo que Aura Reyes pretende es continuar con vida diez minutos más.

No es tarea fácil.

Si tuviera que apostar, la propia Aura —cuya especialidad es el cálculo de riesgos y beneficios— pondría todo el dinero en contra de la débil figura acorralada en una esquina del patio de la cárcel. Al fin y al cabo, las otras son cuatro, son más fuertes que ella y Aura nunca ha sabido defenderse demasiado bien.

No hay testigos, algo de lo que el funcionario de guardia se ha asegurado. Nadie vigilando en los muros, las cámaras están apagadas. Tan sólo un desierto de cemento sediento de la sangre de Aura, que gotea de su nariz rota y empapa la línea amarillenta que marca el final del campo de baloncesto.

—Ven aquí, pija —dice la líder de sus acosadoras. Bajita, sonrisa lobuna, camiseta reventona.

De todas las cárceles y correccionales del mundo, y aparece en el mío, piensa Aura, evocadora.

No son las notas de un piano en Casablanca las que han llevado a Aura por el camino de la memoria. Ni la voz de una antigua enemiga concede tiempo para filosofar acerca de cómo las historias se repiten, en círculos concéntricos cada vez más pequeños. Como el que forman las cuatro mujeres que convergen sobre ella.

Diez minutos, es todo lo que necesita.

Estará muerta en tres.

—Ven aquí, no me hagas enfadar —insiste la Yoni, cuya lengua ha comenzado a escurrirse un poco. O eso quiere pensar Aura, que sueña con un clavo ardiendo.

Hazle hablar, se ordena. Mientras siga hablando, tienes unaoportunidad.

—Si no te hago enfadar... ¿no me matáis?

Ni siendo generosos podríamos decir que la línea de diálogo pase de mediocre. Para alguien con las capacidades comunicativas de Aura Reyes, aún peor. Pero está agotada de recular por el patio, su nariz es una masa pulsante de dolor, tiene un ojo medio cerrado —cortesía del último codazo de una de las latinas—, y el patio se le está terminando.

La risa sin humor de la Yoni se funde con el sonido metálico que arranca la espalda de Aura al chocar contra la verja.

—Te crees graciosa. No eres graciosa.

Amaga un puñetazo de frente, pero no es ese el que golpea a Aura, sino el de una de sus secuaces. Y otro más, que llega desde la derecha.

Aura cierra los ojos, se desploma. El suelo le sienta bien, igual que una caricia. La grava del patio, tan suave y mullida como si la anunciase Pikolin. La pérdida de conocimiento canta una dulce nana en sus oídos. Está a punto de dejarse llevar, hasta que escucha —por encima del arrullo— un adelanto del futuro.

Trece espantosas palabras.

Y, de pronto, Aura descubre que morirse es mucho peor idea de lo que ella creía.

PRIMERA PARTE

AURA

Mucho vestido blanco

mucha parola,

y el puchero en la lumbre

con agua sola.

Canción popular

—¿Contra qué te estás rebelando?

—¿Qué tenéis?

Salvaje (The Wild One)

 

 

Imagen decorativa

1

Un ingreso

Si no contamos los intentos de asesinato —y lo que vendrá después, que será peor—, la cárcel no está tan mal.

Aura Reyes ingresa en prisión a las ocho y tres minutos de un lunes cualquiera. No mira atrás para despedirse de la amiga que la deja en el aparcamiento de la cárcel de Estremera.

Mari Paz Celeiro, exlegionaria y exalcohólica —lo dejó esta mañana—, no le quita ojo mientras Aura recorre los cincuenta metros que la separan de la garita de acceso. Cargada con una bolsa de deporte con la ropa más apropiada para la situación. Demasiado liviana para el gusto de Aura, lo que le recuerda la noche anterior.

—¿Crees que este jersey...?

Mari Paz había meneado la cabeza por enésima vez.

—Nada dice «pegadme» en el patio del talego como la angora, rubia.

Aura dejó caer la prenda al montón de los descartes, con un suspiro. Sobre la cama había una exigua selección de prendas. Bragas y sujetadores viejos, calcetines de deporte, camisetas de publicidad con manchas de pintura. Todo lo que en su día había ocupado, literalmente, el fondo del armario pasaba ahora a primer plano.

—Ojalá una tienda con ropa de presidiaria.

—Si nos damos prisa pillamos el Bershka abierto —apuntó Sere, siempre dispuesta a ayudar.

Aura declinó la oferta con un gesto. Lo que había tendría que bastar.

Le habría gustado entrar en la cárcel con una maleta bien provista. Su abrigo de Canada Goose, hace tiempo vendido en Vinted para pagar las costas del juicio. Unas buenas botas. Una Biblia hueca con un martillo dentro. Lo que fuera menos aquella semidesnudez, aquel sentimiento de vulnerabilidad. La liviandad de la bolsa de deporte representa su indefensión en esta nueva etapa de su vida.

Por eso sigue caminando hacia la puerta de prisión, y hacia los tres periodistas que ya la esperan, con las cámaras en ristre, dispuestas a inmortalizar el glorioso momento.

Por eso no vuelve la vista en dirección al destartalado Skoda blanco de Mari Paz. Sabe que, si lo hace, no podrá evitar salir corriendo, gritándole que ponga en marcha el motor.

Cuando una es madre de dos niñas (ma-ra-vi-llo-sas, dicho así, separando mucho las sílabas y abriendo mucho la boca), no puede liarse la manta a la cabeza y entregarse a una vida de delito, como a ella le habría gustado. Tiene que cumplir con la justicia y entrar en prisión tal y como la jueza ha ordenado.

¿Es inocente del delito?

Sí.

¿Importa algo?

No.

A la antigua Aura sí que le habría importado. La antigua Aura era una exempleada de banca de inversión. Alguien que había ganado mucho dinero haciendo que sus clientes ganasen muchísimo dinero y que su jefe ganase cantidades obscenas de dinero. Tenía su chalet unifamiliar, su piscina y sus amigas.

Una mala noche de hace dos años, un hombre había asesinado a su marido y la había dejado a ella desangrándose en el parquet del pasillo del piso superior del susodicho chalet. Aura se había dejado apuñalar en silencio para salvar a sus hijas, y así había sido.

Las niñas no se habían enterado de nada, siguieron durmiendo plácidamente en sus camas. Al menos hasta que una mujer diminuta y un inspector de policía enorme irrumpieron en la casa, salvaron la vida de Aura y llamaron a un montón de gente que vino con las sirenas a todo volumen.

Aura pasó seis meses recuperándose de las heridas. Seis meses en los que su jefe le insistió en que no había prisa porque se reincorporase al trabajo.

Por desgracia para Aura, lo que Sebastián Ponzano, el dueño del banco, estaba haciendo era utilizar el fondo de Aura de forma fraudulenta para sus propios fines fraudulentos. Usar el fondo para maquillar sus cuentas y facilitar la fusión de su banco con otro para hacerse aún más asquerosamente rico.

Completamente in albis, Aura se dedicó a pasar tiempo junto a su madre, enferma de alzhéimer. Estaba con ella cuando descubrió —a través de la televisión— que Ponzano la había incriminado a ella en el escándalo de los fondos.

La traición de su jefe fue dolorosa.

Perder su trabajo, su chalet, a sus amigas, fue mucho peor.

La perspectiva de perder a sus hijas fue lo peor de todo.

Viuda, arruinada, viviendo con sus hijas en el piso de sus padres, a punto de entrar en la cárcel, Aura tuvo una revelación trascendental con un bote de champú.

Hace tan sólo tres semanas.

La revelación puso en marcha una serie de extraños acontecimientos. Eventos que convirtieron a una burguesa de mediana edad, falsamente acusada de delincuente, en otra cosa.

Aura se infiltró en una empresa de alta seguridad. Robó el nombre de la mujer que habían utilizado para incriminarla. Junto a ella y a una exlegionaria llamada Mari Paz Celeiro planificó un golpe contra un casino ilegal para poder pagar la fianza y eludir la cárcel. Cuando su plan descabellado falló por los tejemanejes de Ponzano, Aura urdió un plan aún más desesperado para recuperar su buen nombre.

Tampoco tuvo éxito. Pero al menos impidió la fusión que Ponzano tanto ansiaba. En el proceso le causó un gran perjuicio económico a él.

¿Qué ha conseguido para ella tras tantas aventuras y sufrimientos?

Un enemigo de por vida.

Dos amigas improbables.

¿Qué no ha conseguido?

Evitar la cárcel.

La Nueva Aura camina hacia la entrada de la prisión con gesto cansado. La marabunta de medios de comunicación que había debido aguardarla para conseguir la foto de la manzana podrida que había puesto en riesgo el —por lo demás— sanísimo sistema financiero español no se había presentado. Hoy la noticia estaba en otra parte. En la fusión rota, en el fracaso del poderoso Ponzano.

Tan sólo un par de fotógrafos y una becaria recién salida de su primera comunión, que espera con gesto tan hastiado como el suyo. Le pone una grabadora delante y le hace un par de preguntas apresuradas, que Aura ignora.

Los fotógrafos disparan un par de veces y se marchan. La imagen destinada a ser portada de todos los diarios ha acabado relegada a la página doce. Nadie sabrá de lo que hicieron Aura, Sere y Mari Paz para frustrar la fusión del banco y evitar que miles de pequeños ahorradores y accionistas se quedaran con el culo al aire. Nadie publicará una —apasionante— novela de seiscientas páginas con sus alocadas aventuras.

Pero hoy la foto de primera plana, la imagen de la derrota, no es la suya, sino la de Sebastián Ponzano.

Aura sonríe cuando los deja atrás y cruza la puerta de la garita.

Quizás sí ha conseguido algo, después de todo.

Aura Reyes ingresa en la cárcel de Estremera a las ocho y tres minutos de un lunes cualquiera. Es atendida con amabilidad por la funcionaria de la entrada, que le explica sus derechos.

—Teniendo en cuenta que no tiene antecedentes, ni delitos de sangre, lo más seguro es que la asignemos a un módulo de respeto. ¿Tiene usted hijos?

—Dos niñas.

—Si todo va bien, en seis meses tendrá permisos de fin de semana y podrá ir a verlas, ya verá.

La cárcel no está tan mal, piensa Aura, mirando a su alrededor.

El suelo de terrazo está limpio, las sillas de la recepción son viejas pero están bien cuidadas. La celda en el módulo de adaptación a la que la asignan la primera noche tiene cuatro camas. Las otras tres presas son cordiales y le ayudan a instalarse. Le enseñan las instalaciones, le explican cuáles son los horarios y algunos trucos para que su estancia sea lo menos deprimente posible.

Aura se esfuerza por sonreír y reparte una bolsa de sugus que sus hijas le han metido en la bolsa, lo cual genera un torrente de simpatía a su alrededor. Enseguida está en el centro de un círculo, cuyo suelo se va alfombrando de papeles de caramelos. Aura no protesta porque se los coman todos, ni siquiera porque se lleven los de piña.

—Tú no te preocupes, reina, que esto no es pa’ tanto —le dice una de las veteranas, dándole una suave palmada en el hombro—. ¿Cuánto te va a caer?

—Aún no es firme. Mi abogado dice que cinco años.

—Tú eres guapa y joven, ni te vas a enterar.

—La primera noche es la peor —advierte la segunda, con una sonrisa comprensiva.

—Es normal que te encuentres un poco triste. Pero esto es como un campamento, ya lo verás.

—¿Sólo traes esto? —dice la tercera, echando un ojo a la bolsa de Aura.

—Yo puedo dejarte cosas si hace falta. Somos de la misma talla. Será por chándales...

No, definitivamente la cárcel no está tan mal, admite Aura, cuando su cabeza toca la almohada. Barata, de poliéster y con poco relleno, pero limpia y seca.

Agotada, piensa en sus hijas. Si todo va bien podrá estar visitándolas pronto con permisos de fin de semana. Se imagina cómo será ese primer día, ese primer abrazo. Se queda dormida en mitad de esa ensoñación.

Dos horas después la arrancan del sueño entre gritos de terror.

Y comienza la pesadilla.

2

Un despertar

En la quietud de la noche, una bisagra encuentra el momento perfecto para chirriar, como una soprano agazapada, antes de que dos hombres vestidos con ropa oscura entren en la celda, y se arrojen sobre su cama.

Aura chilla, aterrorizada.

Con sus propios gritos, no puede escuchar lo que gritan los intrusos que la agarran por los hombros. Tarda un instante en comprender que se trata de una pregunta.

—¿Aura Reyes Martínez?

No responde, porque no es necesario. Los hombres saben muy bien a quién han ido a buscar. Un tercer hombre le apunta a la cara con una linterna.

Más gritos.

—¿A dónde se la llevan?

Otra de las compañeras de celda de Aura se ha incorporado en la cama. Extiende un brazo hacia uno de los hombres que sujetan a Aura. Antes de que pueda darse cuenta, el otro se lo retuerce.

Suena un crujido.

—¿A ti qué cojones te importa?

La otra presa se desploma de nuevo, entre aullidos de dolor.

Ahí concluye la solidaridad.

Lo que sigue, Aura lo vive como un mal sueño o una pesadilla lúcida, iluminada por fluorescentes baratos y con extras de todo a cien.

Puede verse a sí misma arrastrada fuera de la celda, por el pasillo. Sus pies casi no tocan el suelo. Las botas de sus captores suenan como aldabonazos.

Medio ahogada por la tenaza enguantada de los hombres y por el peso de su propio cuerpo, apenas puede respirar. Cuando quiere darse cuenta, está fuera. El viento gélido y la lluvia racheada no ofrecen tregua ni consuelo, sólo más angustia. Aura tose, intentando protestar, intentando resistirse, tratando de hacerse oír por encima de la tormenta.

Todo es inútil.

De todas esas urgencias, apenas tiene éxito en la última.

El aparcamiento de la cárcel está a oscuras. Al fondo se intuye un enorme furgón, cuya puerta está abierta. Un rectángulo negro en una noche aún más negra.

Cuando llegan, el pijama de Aura está empapado, y ella medio inconsciente. La arrojan dentro sin miramientos, y ella queda en el suelo, chorreando agua y boqueando en busca de aire, como un pez recién aterrizado en el suelo de un sótano.

El frío de las esposas en torno a la muñeca izquierda y el tobillo derecho. El ruido que hace el mecanismo al cerrarse, un crujido doble. La presión del acero contra el hueso, dolorosa e ineludible.

Con nada en los pulmones, el pavor en la garganta y la boca seca como el corcho, Aura lucha por formar palabras. Finalmente se escucha decir, muy bajito y con voz de otra persona:

—¿Dónde me llevan?

El hombre que sostiene la linterna le apunta a la cara. Los ojos de Aura se vuelven dos ranuras verdes, tratando —en vano— de discernir la identidad del hombre.

—A un spa, bombón. Te va a encantar.

Otra sombra se inclina sobre ella. Olor a sudor, a tela mojada. Bajo la luz de la linterna, comprueba los grilletes, le palpa el cuerpo. Se detiene a manosearle las tetas con un gruñido. Más posesivo que lujurioso.

Otro crujido más cuando la cadena de los grilletes la ata a la pared del furgón, obligándola a sentarse de cualquier forma.

—¿Va usted cómoda? —pregunta la sombra, con voz rasposa, volviendo a manosearle el pecho—. ¿Está bien la temperatura? ¿Bajamos el volumen de la música?

Aura, abrumada por la mezcla de terror y asco, lucha por contener las lágrimas y mantener su dignidad ante la humillación. Su voz sale apenas como un susurro tembloroso, cargado de desafío y rabia contenida.

—Cómeme los huevos, hijo de puta.

La sombra ríe.

La puerta se cierra, dejándola temblando en la oscuridad.

3

Un traslado

El viaje dura horas.

Para Aura, años.

El tiempo se dilata en la penumbra del furgón, dividiendo cada minuto en eternidades.

Aura se hace devota —a la fuerza— de una nueva religión.

La del metal de las esposas, la vibración del motor y la oscuridad del habitáculo.

El murmullo apagado de la conversación de sus captores al otro lado de la pared es la única herejía de esa doctrina, lo único que desmiente que el mundo sea algo más que frío, acero y sacudidas en la penumbra.

Aura aguza el oído, intentando captar una frase, una palabra, una sílaba. Cualquier cosa que le proporcione una brizna de información, una mínima pista sobre su destino. Pero entre el ruido del motor y el tintineo de sus cadenas, la única palabra que reconoce es

(Beyoncé)

tan sólo una nueva forma de tortura, el recordatorio de quién está poniendo música, y quién está aterrorizada y encadenada.

El frío aumenta.

Aura comienza a temblar en su ropa empapada.

Su mente se marcha a un lugar mejor

(Un tiempo pasado en el que Aura Reyes, la brillante estratega, planifica un rescate de la cárcel en mitad de la noche, con ayuda de sus amigas. Se sumerge en la ensoñación —de imágenes borrosas y cálidas, con bordes dorados— con enternecedor compromiso. Diseña cada detalle del plan de forma meticulosa, desde el robo de un furgón de prisioneros hasta el diseño de los papeles del traslado)

del que le arranca una sacudida final.

Seguida de un espantoso silencio.

Aura regresa a la realidad. Al castañetear de dientes, a los músculos agarrotados, los labios temblorosos y la garganta obturada por el pánico.

Los sonidos del exterior se agigantan, implacables.

Puertas se cierran.

Botas crujen sobre grava.

Luz.

La puerta se abre de golpe. El ritual de la linterna y las cadenas se reproduce a la inversa, manoseos incluidos.

—¿Has disfrutado el viaje, bomboncito? —se burla el hombre, incorporándola.

Aura trata de escupirle en la cara. Una farola amarillenta y exhausta le ofrece como blanco un rostro cuadrado y desagradable.

Mala suerte.

Su boca es un desierto y el escupitajo, sólo aire.

La humedad no llega, pero la ofensa se entiende. El hombre golpea la mejilla de Aura con el reverso de la mano. No muy fuerte, pero suficiente para hacerle perder el equilibrio y tirarla del furgón.

Aura gira sobre sí misma hasta caer de bruces en un charco barroso e inmundo.

¿Cómo describir lo que ve Aura cuando alza la vista, con la cara rezumando fango negruzco?

Imagina las tinieblas, si es que puedes, y en esas tinieblas imagina unos barrotes de acero en los que se han incrustado la herrumbre y la inmundicia de los siglos. Los barrotes están encastrados en bloques de roca granítica tan antiguos como los montes en que los forjó el tiempo. Y por encima hay apilados y cementados bloque a bloque otros treinta metros, y más, de roca granítica. Entre esos barrotes y a través de la piedra fluye la pestilencia de las aguas residuales, cuya espuma contiene los restos de mil hombres y mujeres desesperados y de los incontables millares de hombres que los han precedido.

Imagina la forma de la cárcel, con sus tejados permanentemente iluminados recortándose contra un cielo negro y sin estrellas. Un lugar tan cruel y aterrador que quedó clausurado hace medio siglo. Un lugar donde toda incomodidad tiene su asiento y todo triste ruido tiene su habitación. Un lugar que comparado con las cárceles modernas —humanas y democráticas— es una cámara de los horrores. Y que sólo la estupidez de los gobernantes y lo abarrotado de las prisiones terminó por reabrir.

Imagina la más sádica versión del castillo de If que puedas, y sabrás lo que se alza frente a los espantados ojos de Aura Reyes.

Su mirada recorre las torres con focos, el alambre de espino que remata los muros, las puertas pesadas pintadas de rojo. Y, sobre ellas, un letrero.

PRISIÓN DE ALTA SEGURIDAD DE MATASNOS

—No —dice Aura, con un hilo de voz.

Se incorpora y se vuelve hacia el hombre que acaba de abofetearla, con una larga lista de yonodeberíaestaraquíes subiéndole por la tráquea.

La lista se le muere en los labios, cuando ve la sonrisa cruel y maliciosa que el otro lleva en los suyos.

El hombre rebusca en sus bolsillos y le entrega un sobre blanco.

Aura lo abre, con los dedos llenos de barro, y encuentra una tarjeta en papel verjurado color crema.

Letras doradas, impresas con golpe seco.

Una rúbrica debajo. Ni siquiera la firma completa, como para dejar claro que esto ha sido tarea de la secretaria, o de algún asistente.

Y dos líneas que Aura casi puede escuchar.

CON LOS MEJORES DESEOS
DE SEBASTIÁN PONZANO.

4

Una elipsis

Pasan ocho horribles meses.

5

Un presidio

El día de su decretada muerte, el alba encuentra a una insomne Aura Reyes mirando la pantalla de su Casio de catorce euros. Apenas ha dormido, pensando en cómo escapar a su destino.

Trazando un plan.

Un plan tan brillante como absurdo.

A la luz de la bombilla macilenta de la celda, los números casi no se distinguen. El cero más a la izquierda es un borrón, el cinco acaba de convertirse en seis.

Queda menos de una hora para que taña la campana que pone en marcha los desvencijados engranajes de la prisión. Y un par de minutos para que suene la alarma en el reloj de plástico negro.

Qué más da, piensa, desactivándola.

Al incorporarse, Aura nota el frío de las losas de piedra en las plantas de los pies. No quiere levantarse. Preferiría el refugio del sueño, el único lugar donde no hay más muros ni luces que los que ella levanta o enciende. Preferiría dormir un poco más, y por eso mismo ha programado en su reloj para que la avise media hora antes del despertar oficial. Así puede mentirse a sí misma y decirse que esos minutos son suyos, que en esos minutos es libre.

La galería 7G está en calma.

Calma carcelaria, al menos.

En el aire denso flotan los ronquidos y los pedos, el sudor pegajoso y el zumbido de las moscas. No hay nada más lejano del dormitorio —climatizado a veintidós grados y medio en invierno y veintiuno en verano, delicados paneles japoneses en las ventanas, tierras florentinas en las paredes— en el que descansaba la Antigua Aura.

La Nueva Aura se obliga cada amanecer a encontrar paz en este relativo silencio.

Orina en el retrete metálico y destartalado, a plena vista de la puerta. Al tirar de la cadena, el desagüe traquetea, gotea, contribuye al hedor que impregna la estancia.

Sacude las extremidades, se estira como puede. Los cinco metros cuadrados de su celda no dan para mucho. Estira la mirada, también. Desde el ventanuco —un agujero de un par de palmos en la pared de granito— intuye riscos y cielos abiertos. Una mentira oculta tras la verdad incontestable de los muros y las torres de vigilancia.

Se pone de rodillas y hace flexiones para disipar la rabia. Un pobre antídoto para el veneno que le corre por las venas, pero un poderoso combustible para sus músculos. Su esfuerzo diario —escalador, plancha, abdominales— constante ha definido sus hombros y sus antebrazos, ha quemado el exceso de grasa del vientre. El culo y el pecho se han reducido, las piernas se han vuelto de madera.

Sigo siendo una pringada.

Media hora más tarde Aura jadea como el fuelle roto de un herrero medieval la noche antes del asedio. Otras madrugadas sus vecinas de galería, al escuchar los ruidos que emite, preguntan que si se está haciendo un dedo. Que en quién piensa. Que si se pueden unir a la fiesta.

Aura nunca habría creído que el ambiente de la cárcel pudiera ser tan abiertamente sexual, lascivo. Con esa soledad superpoblada, con la paranoia instalada en la base del cuello y el aburrimiento en las tripas, las internas están permanentemente cachondas, o fingen estarlo por alguna clase de extraña presión social.

Le convenía mantener el engaño sobre la causa de sus jadeos. Incluso de vez en cuando finge un orgasmo, procaz y susurrado, que provoca algún otro unas celdas más allá.

Mejor camuflarse como una pringada pajera antes que llamar la atención, calculaba Aura, sabiamente. Y dar pistas de que quiere endurecerse es invitar a que la pongan en su sitio.

Ahora poco importa, claro.

Ahora tiene los minutos contados.

Aura se enjuaga la cara repleta de sudor en el escueto lavabo amarillento del rincón. Antes de vestirse, moja una camiseta vieja y se la frota por el cuerpo, sin quitarse las bragas ni el sujetador con los que ha dormido.

La ropa húmeda es un alivio momentáneo. Aún no ha roto el día y ya hay más de treinta grados. Y en el módulo de alta seguridad al que pertenece la galería 7G sólo están permitidas dos duchas por semana. Martes y sábado.

Hoy es lunes.

Hay que ser gilipollas para dejar que te maten en lunes.

La campana del patio despierta al resto de las reclusas, que se ponen en marcha entre toses asmáticas.

Tres tañidos largos, tres cortos, tres largos.

A la mente de Aura viene el SOS en código morse de las novelas de aventuras de su juventud. Salvad nuestras almas. Pero, por supuesto, al revés.

Poco hay que salvar en las almas de las presas de Matasnos. Y lo mucho que queda por salvar en el alma

(¡inocente!)

de Aura, que ya se coloca en posición para el conteo de la mañana, es un peligroso obstáculo.

No es saludable tener alma en un lugar como éste, como veremos enseguida.

Por suerte, tan pronto se apaga el último tañido de la campana, la galería se llena del estruendo de las radios de las reclusas. Una cacofonía inmunda de trap, reguetón, salsa y otros crímenes contra la música, la lírica y la humanidad en general. Contra este telón de fondo sonoro, el alma se agosta y reseca como una orquídea regada con ácido.

El funcionario comienza a recitar los números y los nombres de las presas, a medida que pasa frente a sus celdas. Tan sólo unos barrotes separan el interior del habitáculo del pasillo elevado que forma la galería.

—37927. Reyes, Aura.

Aura saluda al funcionario con una inclinación de cabeza, que éste le devuelve con desgana.

Acabado el conteo, suena un zumbido que anuncia el desbloqueo de las noventa puertas de la galería 7G.

Aura da un paso al frente y alza la vista.

Los techos de las galerías descansan sobre muros de granito de más de once metros de alto. Por encima de ellos, antiguos y gruesos cristales forman el techo, gélido en invierno y abrasador en verano. A través de ellos se filtra a raudales la luz de un Dios mezquino y vengativo. Las presas se sienten en todo momento vigiladas por esa deidad hambrienta de sufrimiento. Las noches no ofrecen intimidad ni protección. Una bombilla de 10 vatios permanece encendida desde la puesta de sol hasta el amanecer, recordándole a la interna que no hay escapatoria.

—Venga, señoras, espabilando que nos dan las uvas —grita el funcionario, dando un golpe con la mano en la barandilla.

—Cállate, boqueras —bufa una de las presas.

En la línea de celdas, el resto de las presas van colocándose en fila. Los hombros caídos, el cuerpo abotargado, la mirada aletargada de quienes deben afrontar un día más siendo un día más viejas. Un día más exactamente igual al anterior e idéntico al próximo. Un día más de arrastrar los pies en dirección a la cantina, para rumiar un desayuno insípido.

No para Aura.

—¿Sabes que de esta tarde no pasas, no, pija?

Ya debería haberse acostumbrado, después de toda la semana escuchando a la Yoni amenazarla desde el lado contrario de la galería.

De todas las cárceles y correccionales del mundo, aparece en el mío, piensa Aura, no por última vez.

La última será esta misma tarde, con la espalda contra la pared, la nariz sangrando y unos ciento setenta segundos de vida por delante.

Por ahora, la Yoni es sólo una amenaza.

Una que Aura se toma muy en serio.

La Yoni había aparecido en su vida por casualidad hace nueve meses. La noche en la que Aura acabó en los juzgados de Plaza Castilla por culpa de un champú. Esa noche un grupo de pandilleras quiso atacar a una mujer borracha que estaba junto a ella.

Aura cometió el mayor error de su vida aquella noche. Ayudó a una gallega indefensa.

La indefensa acabó dándole una paliza a la Yoni y a las otras pandilleras salvadoreñas. La Yoni acabó en la enfermería.

Y ahora ha acabado en la misma prisión que Aura.

Nunca ha creído en las casualidades. Por eso, cuando unos días atrás la Yoni había proyectado su achaparrada sombra sobre ella en el patio, Aura no se sorprendió.

¿Miedo? Todo. Casi se caga encima.

¿Sorpresa? Ninguna.

Llevaba tiempo esperando algo del estilo. Ponzano le había hecho una promesa.

Zorra de los cojones. Me las pagarás.

Una bastante concreta. Y había comenzado a cumplirla cuando sobornó a quien fuera para que la ingresaran en Matasnos. El fondo de la letrina del sistema penitenciario, la cárcel más vergonzosa y terrible de Europa. Perdida en mitad de Ninguna Parte, Jaén. Con temperaturas que superaban los cuarenta y ocho grados en las galerías acristaladas en este julio abrasador. Y rodeada de las delincuentes más peligrosas de España, todas ellas con condenas largas y delitos de sangre. Asesinas, narcotraficantes, terroristas.

Una raza dura y filosa, como un calcetín lleno de cristales rotos con las costuras a reventar.

Aura había querido escapar de allí en cuanto llegó la mañana de su primer día. Se dirigió a un funcionario y le pidió amablemente usar el teléfono.

El funcionario dijo que claro, que por supuesto. Le preguntó su número. Cuando Aura se lo dijo, el claro se volvió oscuro y el por supuesto fue que no.

Cuando a Aura le dolía la cabeza o le partían la cara —cosa que sucedía con cierta frecuencia—, la atendían en la enfermería. Tenía comida, y una celda individual.

Pero cualquier contacto con el mundo exterior le estaba prohibido.

Cegada por la rabia y la injusticia, Aura casi perdió la razón durante los primeros días. Necesitaba que alguien supiese dónde estaba. Necesitaba desesperadamente hablar con sus hijas.

Nada.

Al cabo de unas semanas y tras ahorrar todos los postres que pudo, había logrado mandar un mensaje de texto al móvil de su amiga Mari Paz, informándola de su ubicación y pidiéndole que avisara al abogado para que la sacaran de aquel agujero. Nunca tuvo respuesta. No se sabe si la hubo. A la presa que la ayudó la mandaron al módulo de aislamiento al día siguiente, envuelta en una somanta de palos. El pretexto fue que tenía un móvil de contrabando. El mensaje que llegó a todas era que la novata era una apestada. Quien la ayudase terminaría mal.

Aura está sola.

Incomunicada.

Pero para llevar a cabo el plan que se ha trazado, para seguir viva, necesita ayuda.

Y la única persona que puede proporcionármela es una psicópata hija de puta del mal.

Claro que en peores plazas hemos toreado, piensa Aura, apretando los dientes.

6

Un desayuno

Cuando se ha formado la línea, Aura sigue a la presa que tiene delante, enzarzada en una conversación con las otras de la fila. Hablan entre ellas, pero no con ella. Una cosa es gritarle a través de los barrotes, otra muy distinta dirigirse a ella en público.

Está prohibido hablar con la apestada.

Si la mano de Ponzano había llegado tan lejos, Aura había adivinado que no se detendría ahí. Que tarde o temprano, cuando le pareciese que ya había sufrido bastante, se encontraría de repente con una faca, asomando del cuello o las tripas. En las duchas, en la biblioteca o en la lavandería.

Lo que no vio venir es que la encargada de acabar con ella sería la Yoni. Y que no iba a ser de repente, sino que iba a anunciarle el lugar, el día y la hora de su muerte.

Asesinato con semana de preaviso, piensa Aura, mientras desciende las escaleras metálicas que llevan hasta el pasillo principal. Qué gentileza tan propia de Ponzano.

La idea le intoxica el ánimo como un veneno pesado y corrosivo. Sabe que esta anticipación no es sólo una nueva forma de tortura. También simboliza el postrer insulto del banquero, su manera de retarla por última vez.

Eres la mejor estratega que he visto nunca.

Sal de ésta si puedes.

El módulo 7G brota del edificio central de Matasnos como un absceso desproporcionado y peligroso. La galería más segura de una prisión inexpugnable. Erigido hace siglo y medio para albergar a la escoria más inmunda, el módulo cuenta con su propia cantina y su propio y minúsculo patio, separado del resto.

Una cárcel dentro de una cárcel.

La cantina es pequeña, y está abarrotada.

Un centenar de reclusas hacen cola frente a los mostradores. En el aire flota un fuerte olor a grasa caliente, tabaco y el tufo acre del sudor. Tres gigantescas ollas sirven de contenedor para el rancho tibio del día.

Hoy, gachas desleídas.

Sin sal, sin azúcar, sin aditivos, sin alimento.

Mientras aguarda su turno, ve con el rabillo del ojo a la Yoni, que está dos filas más allá. Está charlando con sus compañeras de fila como si no tuviera una sola preocupación en el mundo. De vez en cuando señala hacia Aura, y dice algo. Las risas subsiguientes suenan agrias en la cantina, más silenciosa de lo habitual. La tensión de lo que va a suceder esa misma tarde planea en el ambiente, volviendo las conversaciones sigilosas y revirando las miradas.

Aura se siente el blanco de un escrutinio colectivo. En las caras que la rodean ve morbo.

Curiosidad malsana.

Miedo vicario, por persona interpuesta.

¿Cuántas veces, al fin y al cabo, puedes anticipar con certeza la muerte de alguien? ¿Cuántas veces puedes mirar a alguien y alzar la barbilla, con superioridad, y decir mejor tú que...?

—¡Tú! ¡Espabila!

El grito de la cocinera arranca a Aura de sus sombríos pensamientos. Coge un bol de la repisa y lo alza. Se lo llenan con un chapoteo repulsivo.

—Muchas gracias —dice Aura, alto y claro.

Se abre un agujero de silencio en la fila, un agujero que se expande por toda la cantina como olas formadas por una piedra que cae a un lago.

—¿Qué coño acabas de decir?

La cocinera se llama Svetlina. Es un mostrenco búlgaro de metro ochenta de alto y otros tantos de ancho. Reparte las gachas con un brazo que es como la pierna de Aura. De la comisura de los labios le cuelga un cigarro a medio fumar. Lleva un gorro de tela verde que apenas evita que las gruesas gotas de sudor que le resbalan por la cara acaben en la comida.

—He dicho que muchas gracias —dice Aura, elevando aún más la voz, asegurándose de que todas la oigan—. Trabajas duro todos los días, asándote de calor. Y ninguna te lo agradecemos —dice, haciendo un gesto en derredor.

—¿Me estás jodiendo, chota?

Aura arquea la ceja, ante el insulto.

Chota, en lenguaje carcelario, es una informante de los boqueras. Que vende a sus compañeras ante los funcionarios.

¿Habrán hecho correr ese rumor sobre ella para contribuir a su aislamiento?

Ésta es información nueva y valiosa. Aura la almacena para analizarla después. Ahora se impone negarlo. Negarlo a toda costa, o quizás no llegue ni a esta tarde.

—No soy una chota. Y no te estoy jodiendo. Todos merecemos un poco de reconocimiento por el trabajo que hacemos, incluso tú —responde, alzando la voz.

El silencio en la cantina se vuelve aún más denso. El calor creciente empapa de sudor la nuca de Aura, como si la untara de melaza. En el parche pegajoso en el que se ha convertido la piel de su cuello, las miradas se quedan atrapadas como moscas muertas.

Todas las reclusas observan la escena con una mezcla de sorpresa y expectación. La Yoni, a tan sólo un par de metros, deja de hablar y dirige su mirada hacia Aura, claramente intrigada por su audacia.

—Incluso yo —dice Svetlina, masticando cada letra.

Aquí viene.

—Incluso... —repite la cocinera, alzando el cucharón, entre salpicones de gachas.

Aura intenta que no se note cómo se encoge dentro de la ropa, cómo su cuerpo le pide esquivar el golpe, tan necesario como inevitable.

Lo más difícil no es soportar el dolor, es resistir la anticipación.

Quedarse en el sitio.

Aguantar.

—... yo.

El cucharón de Svetlina traza un óvalo perfecto, como una cúpula renacentista o un revés de Rafa Nadal. Golpea la frente de Aura desde un lado.

El dolor atraviesa su cráneo igual que una descarga eléctrica. El impacto retumba en sus oídos, en sus dientes. Todo a su alrededor se vuelve borroso por un instante, salvo el calor de la sangre que comienza a brotar de la herida.

Se desploma, con un ruido sordo.

—¡Siguiente! —grita Svetlina, volviendo a sumergir el cucharón en las gachas, con un chapoteo.

Tumbada en el suelo de la cantina, con los ojos cerrados y los silbatos de los boqueras resonando a lo lejos, Aura reprime una sonrisa.

Su plan ha comenzado a funcionar.

Puede que sea una locura de plan, pero necesita aferrarse a algo, aunque esté ardiendo. Sin olvidar que fue ella quien le prendió fuego. La que brindaba con la copa en alto para que todo ardiese.

Los silbatos están cada vez más cerca.

7

Un póster

El mareante olor a lejía —Neutrex al aroma de pino radiactivo— hace lagrimear a Aura. Aun así es preferible al agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusano y olor a moho que es su celda.

—No es para llorar, mujer —le dice la enfermera. Su voz es seca y áspera, como lija rascando el gotelé, pero sus manos son hábiles y no dudan al aplicar presión en la herida de la cabeza, para restañar la sangre—. Te he curado cosas peores.

—Por favor, mucho cuidado con los puntos —ruega Aura, que no quiere que le quede otra cicatriz de por vida. Aunque ese periodo sea de tan sólo unas horas.

—No te van a hacer falta. Te ha dado bastante de refilón.

Si esto es un golpe de refilón, cómo será de lleno, piensa Aura.

No puede evitar acordarse de Mari Paz. De cuántos como éstos recibió en su nombre en el pasillo del casino. Mucho más fuertes. De cómo, cuando todo acabó, aún tenía ganas de bromear. Casi puede verla en mitad del pasillo, apoyada en la pared, con el labio partido, un ojo hinchado y medio cerrado y los nudillos en carne viva. Fumándose un cigarro como quien espera al 32, que parece que tarda.

Tú amodiño, ¿eh, rubia?

El vívido recuerdo la embarga y se siente bendecida por un instante, en mitad de la desesperación, por tener una amiga como ella.

Después mira alrededor, y se le pasa.

Cada una de las estancias de la cárcel es de una pegajosa vulgaridad, que acecha en el aire y la aparta a una de las paredes, con las manos en los bolsillos, intentando no contagiarse de algo.

La pequeña sala de examen no es más que una cortina que separa el resto de la enfermería de una camilla metálica cubierta por una delgada colcha desgastada. Las paredes llevan tantas capas de cal que en algunos puntos los desconchones permiten meter el dedo hasta la tercera falange.

En un rincón, una anciana tose con violencia, sus manos arrugadas temblando mientras su cuerpo lucha contra una enfermedad implacable. A su lado, una joven con los ojos enrojecidos y abatidos acuna a un bebé que no cesa de llorar.

Ese llanto le trae otro tipo de recuerdos, que se esfuerza por ahuyentar.

No puedo pensar en las niñas.

No si quiero volver a verlas.

Junto a la camilla hay una ventana desde la que se puede ver la entrada.

Aura extiende una mano y se aferra al metal.

Los barrotes son muro y escudo. Confinan, pero a la vez protegen. Produce un extraño consuelo sacudirlos con fuerza, sabiendo que son irrompibles. Estar sumida en un presente tan irrevocable que dispensa del futuro.

Tengo que hablar con ella. A toda costa.

—Ya hemos acabado —dice la enfermera, mientras le coloca el último trozo de esparadrapo sobre el improvisado vendaje.

—Me gustaría hablar con Lola.

La enfermera da un paso atrás, con cautela. Es una mujer minúscula y delgada, de labios finos y arrugas hasta en el carnet de conducir. La bata blanca que lleva compite en desgaste con su camiseta de Nirvana. 8/02/94 Pabellón de la Ciudad Deportiva.

—Creo que será mejor que avise al funcionario y que te lleve de vuelta.

Aura señala la camiseta.

—Estuve en ese concierto.

Bufido escéptico, de quien tiene el culo pelado de tratar con mentirosos.

—¿Ah, sí? ¿Y con cuál acabaron?

—Heart-Shaped Box. Cobain apenas se tenía en pie, pero llegó hasta el final sin desafinar mucho. Llevaba una camisa rosa.

La enfermera sacude la cabeza como buscando el tiempo que se le ha escapado.

—O yo soy muy vieja o tus padres eran unos irresponsables.

—Tengo más de los que aparento —dice Aura, sonriendo ante el cumplido—. Pero no cumpliré más si no me dejas hablar con Lola.

La enfermera vuelve a mirar a Aura, algo más detenidamente.

—Sabes por qué se mató, ¿no?

Aura se encoge de hombros.

—Depresión. Drogas. Una mezcla jodida.

La enfermera hace un gesto en dirección a otra camilla que hay a un par de metros. Parecía vacía hasta que Aura se da cuenta de que la sábana está cubriendo un bulto que apenas sobresale.

Por el contorno podrían ser unas cuantas escobas.

Por debajo, sin embargo, asoma un pie esquelético y consumido.

—Ésa era clienta de Lola. Treinta y cuatro años. Al final no podía ni encontrarse las venas por las que inyectarse. Tenía que hacérselo yo —dice, con la voz llena de cristales rotos.

Aura traga saliva.

—No soy adicta.

—Mi trabajo consiste en evitar que os hagáis daño. No en facilitaros los medios para lo contrario. ¿Por qué quieres ver a Lola?

—Es personal.

—Personal, mi coño. Si no me lo dices, te vuelves a tu celda.

—Y si tú no me dejas hablar con ella, esta noche tendrás dos camillas tapadas con una sábana.

No añade nada más.

Es la enfermera la que le escudriña la cara como el ludópata la clasificación en el canódromo. El rostro de Aura —bellísimo a pesar de los labios cortados, la piel deshidratada, la frente hinchada por el golpe del cucharón— intenta mostrar determinación, entereza y confianza. Lo que suda, por el calor insoportable, es miedo.

Aura se pregunta cuánto sabrá de su situación. Cuánto le dejarán hacer y de cuánto podrá librarse. Cuánto peso llevará en esas espaldas diminutas, cuántas sospechas en esos ojos entrecerrados.

La enfermera suspira, al cabo, resignada

—Cualquier cosa por otra fan de Nirvana.

Se dirige hacia el otro extremo de la enfermería, indicando a Aura que la siga. Caminan entre las estancias, esquivando las miradas inquisitivas de las demás reclusas y el constante murmullo de fondo que permea el ambiente opresivo de la cárcel.

Finalmente, llegan a una pequeña habitación apartada del resto, donde se encuentra Lola, sentada en un deteriorado escritorio, rodeada de papeles, cajas y archivos desordenados. Treinta y tantos, pelo castaño, sorpresa en la mirada fría y penetrante ante la interrupción.

—Estoy ocupada.

—Te traigo a alguien.

La mirada fría y penetrante pivota hasta fijarse en Aura y hacerse más fría y penetrante.

—¿Quién carajo eres tú, prenda?

Aura se toma un segundo antes de contestar. Lo que debería ser en su momento una sala de la enfermería es ahora un almacén improvisado, atestado de toda clase de objetos. De un golpe de vista Aura identifica, sin ningún orden en particular:

• Cartones de tabaco, muchos, precintados. Marlboro, sobre todo, pero también Fortuna y cosas aún peores.

• Una caja de plástico repleta de teléfonos móviles en distintos estados de inutilidad.

• Consoladores de todos los colores, formas y tamaños, con predominancia de los grandes.

• Alcohol. Del peor.

• Cepillos de dientes. Con el mango afilado, casi todos.

• Una bomba de lactancia.

• Pintalabios a granel en lo que parece un tambor de Dixan de los años ochenta.

• Un póster de Pedro Pascal.

—Vaya —dice Aura, con los ojos capturados por el síndrome de Stendhal. Después de tantos meses seguidos de privaciones, el choque que le produce el despliegue es similar a dejar caer a Gandhi en Cortylandia.

El problema es que la dueña del negocio no está nada satisfecha.

Lola se vuelve hacia la enfermera, incrédula.

—Quería verte —se defiende ésta.

—Y yo quiero un siseñor con las patas verdes. ¿Qué dijimos de traer extraños aquí?

La respuesta venenosa de la enfermera se pierde antes de escupirla, porque alguien se ha puesto a gritar a su espalda.

8

Una botella

Lola pone los ojos en blanco, apartando a Aura y a la enfermera de su camino.

Los gritos arrecian fuera. Una de las presas está en el suelo del pasillo de la galería, aferrándose la enorme barriga. Va vestida con un raído pijama de hospital. No tendrá ni veinte años, y su rostro redondo de muñeca y los mofletes colorados por el parto la hacen parecer aún más joven.

—Te dije que por lo menos te quedan dos días —dice Lola, arrodillándose a su lado—. ¿Te gusta llevarme la contraria?

Es la primera en cogerle la mano. Antes que la enfermera, que lleva su propio ritmo. Y que centra su atención en otra parte del cuerpo.

—Aún no ha empezado a dilatar —dice, tras un breve examen.

—Ya he roto aguas —dice la mujer.

—De eso nada. ¿Dónde ha sido?

—En mi cama.

Lola se vuelve hacia Aura, que estaba apoyada contra una esquina, sin saber qué hacer.

—Tú. La chota. Vete a comprobarlo. Tercera de la izquierda.

—No soy una chota —masculla Aura, mientras sigue la dirección del dedo de Lola. Al otro lado de la puerta que señala hay un dormitorio con seis camas, todas vacías.

Aura mete la mano entre las sábanas de la indicada, y no tarda en encontrar lo que estaba buscando. Un líquido caliente y viscoso empapa el centro del colchón.

Al regresar al pasillo, hace un gesto de asentimiento hacia Lola.

—Eres una guerrera, cariño —tranquiliza ésta a la embarazada—. Pronto verás el rostro de tu bebé y todo este dolor se te olvidará. Estamos aquí para ti, ¿vale?

—Me duele muchísimo.

—Pues te jodes, he dicho —insiste Lola.

—Y total para qué. Para que venga a este puto antro...

Una sombra cruza el rostro de Lola.

—Mi hijo vive aquí la mar de contento. Ya tiene dos años, ¿sabes? Los niños se hacen a cualquier cosa.

La embarazada se vuelve hacia Lola con una pizca de esperanza en los ojos.

—No lo sabía.

—Si te vuelves a la cama luego te lo cuento todo.

La mujer intenta levantarse entre más gritos y quejidos. Aura se apresura a cogerla de la cintura para incorporarla. Tras mucho sudor y aún más tacos, entre todas logran llevarla de vuelta a la cama.

—Qué calina, la virgen —dice Lola, abanicándose con la mano tras el esfuerzo, cuando por fin cierra la puerta del dormitorio. La enfermera se ha quedado dentro, intentando consolar a la mujer, que está muerta de miedo.

Y con razón, piensa Aura.

Desde que la Yoni le transmitió la fecha y la hora de su muerte, Aura había descubierto una nueva clase de terror. La del animal enjaulado que, por encima de todo, tiene miedo a morir de este lado de la reja. Encontrar el final de la forma más solitaria e ignominiosa posible, alejada de todo lo que ella es, todo lo que —y todos a quien— ha amado.

Aura ha experimentado antes algunas clases de miedo que están fuera de la experiencia de casi todos sus paisanos.

Ha recibido la salpicadura de la sangre y los sesos de alguien, con las manos esposadas, justo antes de que esa misma arma le apuntara directamente entre los ojos.

Le han atravesado el vientre con un cuchillo serrado.

Ha visto una nevera vacía a mitad de mes, mientras sus hijas la miraban con hambre.

Pero nunca creyó que la mayor clase de miedo imaginable la iba a encontrar en los ojos de una mujer a punto de dar a luz en Matasnos, provincia de Jaén. La peor letrina concebida por el hombre, como sala de parto. Aquellas sillas de color verde vómito, como futuros sillones de lactancia. Aquellos muros de hormigón, como guardería.

Tres años. Eso decía la ley que podía vivir el niño con la madre tras el parto.

Aura no querría que sus hijas pasasen allí ni tres segundos.

—Y tú... ¿qué? —dice Lola, sacándola de su ensimismamiento—. ¿Estás empaná o qué?

—Me llamo...

—Ya sé cómo te llamas, chota.

—No soy una chota —repite Aura, mirando a Lola a la cara.

Lo que es más difícil de hacer que de escribir. Porque Lola tiene la mirada tan borde que sirve para picar cebollas.

—No es eso lo que me han dicho.

—No te fíes de todo lo que te cuenten.

—En esta cárcel las historias lo son todo.

Aura siente que se marea. El esfuerzo de llevar a la embarazada a su cama, sumado a las flexiones de por la mañana, la falta de sueño y la ausencia del desayuno, hace que el suelo no esté del todo en su sitio.

Ella también se apoya contra la pared —pero la contraria— y se encara con Lola Moreno.

—Yo también he oído historias sobre ti. Dicen que le robaste a la mafia rusa muchísimo dinero.

Lola se queda quieta, incómoda, durante un instante. Después se pone en pie y va hacia su despacho. Vuelve con una botella de agua gélida, con trozos de hielo resbalando por la superficie y cayendo al suelo de linóleo como promesas rotas.

—¿Y qué más dicen?

—Que fueron a buscarte a una casa que tenías en la sierra —dice Aura, sin tener que fingir la admiración que le produce el relato—. Once tíos. Y que los mataste a todos. Que estabas preñada, y aun así los mataste a todos.

Lola rompe el precinto de la botella y se la lleva a la boca, despacio. Bebe lento, deliberado, a grandes tragos que retiene en la boca antes de dejarlos caer al estómago con un sonoro ruido de la garganta.

Aura la observa, con la garganta en llamas y la lengua apretada contra el paladar, mientras la otra se baja media botella, sin quitarle ojo de encima.

Se pregunta en qué clase de historia está esta vez. Cuando jugó con sus dos amigas a ser ladronas y piratas rumbo a la isla del tesoro, nunca imaginó que naufragaría ella sola en el castillo de If. Que dejaría de ser Jim Hawkins para convertirse en Edmundo Dantés.

Si es así, si esto es El conde de Montecristo, tengo muy claro qué papel ha de jugar ella.

Cuando Lola termina de beber, se enjuaga la boca con el último trago y lo escupe hacia adelante, con cierta pericia. El charco espurreado forma una línea irregular que casi alcanza la suela de Aura.

—No los maté yo sola —dice Lola.

—Aun así.

El recuerdo pasa de forma casi visible por los ojos azules de Lola. Por un instante no es una presa con el rostro abotargado por el espanto que es vivir en Matasnos. Por un instante, vuelve a ser la belleza de la Costa del Sol que fue no hace tanto. Cuando conducía coches caros e iba con guardaespaldas. Antes de que todo se fuera a la mierda.

Aura reconoce esa mirada, porque es la que ve en el corroído espejo metálico de su celda cada vez que tiene un pensamiento del antes. De la Antigua Aura.

Ella también se los sacude de la misma forma que está empleando ahora mismo Lola.

—¿Qué es lo que quieres?

—Supongo que ya lo sabes. Estás muy bien informada.

—Si es el regalito que te van a hacer esta tarde, la información viene de la misma fuente que lo de que eres una chota. ¿Debo creérmela?

—Touché.

Lola da otro trago más corto, mecánico. Porque puede.

—Si quieres protección, ya te puedes olvidar. No ofrezco ese servicio.

—No es eso.

—¿Qué, entonces? ¿Un pincho? —dice Lola, meneando la cabeza—. Te va a dar igual. Son más que tú. Igual te llevas a una por delante, pero casi es mejor dejarte hacer. Acabará antes.

Aura intenta poner esa sonrisilla suya de niña extraviada, y hablar con esa voz que perdió, que recuperó y que ha vuelto a perder en el forzado aislamiento de aquellas paredes. La voz. Esa voz susurrante, como de nata espesa, capaz de vender café a los insomnes y tiritas a los faquires.

Le explica su plan.

No entra en demasiados detalles, pero tampoco omite los riesgos. Lola es astuta, y va sobrada de cautela. Escucha con los oídos y con los ojos, más atenta con cada palabra que va saliendo de la boca de Aura.

—No está mal —dice, cuando Aura concluye—. Eres lista.

—Estoy desesperada.

Lola asiente, despacio.

—No eres la única, chota. No eres la única. Por un momento casi me has convencido. Y... ¿sabes qué? De ser otras las circunstancias, a lo mejor te ayudaba. Sólo por ver la cara que ponían esas hijas de puta.

Aura siente cómo un abismo se abre a sus pies, a medida que la última frase de Lola le corta la vía de escape que le quedaba.

—No vas a ayudarme.

—No. Tengo mucho más que perder que tú. Me quedan dos años más aquí. Tengo a mi hijo... Y tú no tienes nada que yo quiera.

—Pero...

Lola se aparta de ella y se encamina de nuevo a su despacho. Antes de entrar, le arroja la botella, en la que aún queda un tercio. Aura la coge al vuelo, intentando contener las lágrimas.

—Al menos, que no te maten con la garganta reseca.

9

Una llamada

La puerta al cerrarse deja a Aura sin motivo para seguir represando las lágrimas. Se acaba de un trago la botella que le ha arrojado Lola, para tener con qué llorar.

—Te dije que no era una buena idea —dice una voz a su espalda.

Aura se vuelve, secándose la cara con el dorso de la mano.

La enfermera se está quitando la bata en la puerta del dormitorio. El bochorno arrecia en la galería del módulo de enfermería. Con los cristales del techo —opacos a causa de la suciedad de siglos— hinchándose en su armazón de acero, crujiendo bajo el asedio del sol implacable. El calor ronda como un invitado inoportuno: recorre el pasillo, se arremolina alrededor de las puertas, se apoltrona en las sillas desportilladas. El aire es como una entidad sólida que lo llena todo, que empuja a Aura contra el suelo y contra las paredes.

Ya pasa de la una, y las sombras desaparecen bajo los pies.

—Me lo dijiste porque creías que iba a comprar droga.

—Lola siempre es una mala idea.

—Pues bien que le tienes alquilado un stand.

—Los beneficios nunca son mala idea.

—Ya veo. Puro idealismo.

La enfermera se encoge de hombros.

—Cuando empecé este trabajo creía que podría cambiar las cosas —dice, arrojando la bata sobre una silla cercana y caminando hacia Aura—. Pero luego viene Paco con las rebajas.

Al rostro de Aura asoma una sonrisa inesperada.

—Mi madre usaba esa expresión mucho. Herencia de mi abuela, decía.

Y ninguna de las cuatro sabemos lo que significa, piensa Aura. Pero sí lo que quiere decirse. Que la v

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