PRIMERA PARTE
Estaba todo listo. La mesa puesta, las flores arregladas, el té English Breakfast esperando en una delicada tetera de porcelana y, a su lado, un plato de sándwiches de pepino y crème fraîche (con el pan sin corteza, por supuesto). Era el telón de fondo ideal para la reunión inaugural de El Club del Crimen.
«Y el punto de partida perfecto para un asesinato».
Mientras los siete miembros del nuevo club de lectura sostenían sus tazas de té y manoseaban sus gastados ejemplares del primer libro que habían elegido, Maldad bajo el sol, uno de ellos estaba examinando al grupo. A esa persona no le importaba la historia, en realidad le traían sin cuidado los libros de misterio, solo había fingido interés para poder entrar en el club y poner en marcha su malvado plan.
¡Y menudo plan! No tenía sentido andarse con falsas modestias a esas alturas. Le había llevado mucho tiempo y esfuerzo, pero todo merecería la pena al final. Si funcionaba («¿y cómo no iba a hacerlo?»), tenía potencial para destruir una vida, causar estragos en otra y acabar con aquel grupo de aficionados.
No sabrían ni de dónde les había venido el golpe.
El miembro de El Club del Crimen soltó una risita. Demonios, ni siquiera la gran Agatha Christie podría evitar devanarse los sesos...
SEGUNDA PARTE
1
Tres semanas antes...
Alicia Finlay estaba en el club de lectura equivocado.
Al principio no se había dado cuenta. Había asistido, religiosamente, durante los últimos tres meses, con una sonrisa forzada y la última novela ganadora del premio Pulitzer bajo el brazo, y había fingido que se lo pasaba bien. Pero allí no encontraba ninguna diversión. Por fin, el cuarto lunes por la noche, tuvo una revelación.
La culpa la tenía la botella de tinto.
Llevaba un rato sentada y callada, escuchando a medias un monólogo sobre los temas centrales de la novela (aparentemente tenía algo que ver con el imperialismo británico y la «inevitabilidad»), cuando le llamó la atención el cabernet sauvignon de 2007 de Margaret River. Parecía delicioso. Igual que la bandeja de aperitivos que habían colocado, junto con la botella y ocho copas de vino, en una mesa auxiliar, fuera de su alcance. En ella había minicrepes de salmón y queso de cabra, trocitos de espárragos envueltos en finas lonchas de prosciutto y algo que se parecía vagamente al paté.
Pero ya sabía cómo iba la reunión. Tendría que esperar a que acabara la charla seria. Miró el reloj disimuladamente. Cuarenta minutos todavía. Estaba salivando e intentó buscar apoyo en el hombre que tenía a su derecha, pero él estaba muy interesado en algo que estaba diciendo la mujer de su izquierda.
—La iglesia de cristal es, en mi opinión, un símbolo muy potente de la vanidad de Oscar y... eh... de la vulnerabilidad de su erróneo sistema de creencias —explicó la mujer, Verity, una nerviosa maestra de escuela—. Es... ya sabéis... fuerte y frágil al mismo tiempo. ¿Estás de acuerdo, Alicia?
Ella apartó la vista de la mesa auxiliar, donde la había fijado de nuevo sin pretenderlo, y miró a la mujer de pelo canoso que había hablado y de repente le sonreía, incómoda.
—Oh, hum, yo... —Se quedó en silencio y rio bajito—. La verdad es que no estaba prestando atención, disculpadme. Creo que me vendría bien una copa de tinto.
—¿Tinto?
—Sí, vino tinto. —Se levantó—. ¿Alguien quiere tomarse una copa mientras charlamos? ¿Algo de comer?
La anfitriona del club, Kirsten, se incorporó en la silla bruscamente. Como siempre, iba vestida impecable, esta vez con un top beis de algodón, pantalones negros de lino y un collar de gruesas cuentas de resina rojas, que parecía sacado directamente del desplegable de una revista de moda para gente con dinero. Tenía el pelo negro meticulosamente peinado en una media melena lisa y tiesa que le llegaba a la altura del cuello, sin duda muy a la moda pero que, combinada con sus pómulos altos y su piel de porcelana, hacía que recordara un poco a una bruja. Lo único que le faltaba era el sombrero puntiagudo.
—Oh, perdona, Alicia —intervino la anfitriona—, pero todavía no es momento para el vino. Estamos aún en plena discusión. —Le dio dos golpecitos con el índice a su fino reloj de pulsera de oro.
—Ah —exclamó Alicia y volvió a su asiento—. ¿Y no podemos hablar y beber al mismo tiempo?
Kirsten sonrió, muy educada, miró a otro miembro del club (ya se habían mirado de la misma forma en otra ocasión) y negó con la cabeza: no. La melena corta negra no se movió ni un milímetro.
—¿Por qué no? —insistió, y la anfitriona pareció un poco desconcertada.
—Porque no es lo que hacemos nosotros... aquí —dijo, y buscó la hoja de papel donde tenía sus preguntas—. Bien, volvamos al asunto que nos ocupa. ¿Dónde estábamos? Creo que íbamos a abordar la pregunta cuatro... Sí, estilo de escritura. ¿Tienes algo que decir sobre el tema, Wilfred?
Miró fijamente a un hombre corpulento con una barba enmarañada y gafas con montura dorada, que estaba repantigado en un sofá frente a Alicia. Él se ajustó las gafas, se pasó una mano por la barba y después empezó a acariciársela amorosamente. Había estado esperando ese momento.
—Bueno, tengo que decir que nunca he sido un gran fan de Carey. Creo que se esfuerza demasiado, pero no me parece que lo consiga. Su estilo... bueno... deja mucho que desear, ¿no os parece?
Unos murmullos de consenso se extendieron por el salón donde se estaba celebrando la reunión y, animado, él se lanzó a soltar su típico sermón sobre la ineptitud del autor moderno. Aparentemente no quedaba ni un solo escritor decente en el mundo; desde Hemingway y Salinger no se había publicado ni un libro bueno. Alicia no pudo evitar preguntarse qué sabría un microbiólogo sobre eso, pero apartó aquel pensamiento y suspiró profundamente.
¿Por qué no se había dado cuenta antes? ¿Por qué había necesitado cuatro sesiones y una botella de vino prohibida para ver lo que seguramente era obvio desde el primer día para todos los que estaban en ese salón?
Ella no encajaba allí.
Lo cierto era que a Alicia Finlay no le gustaba la alta literatura. Deseaba que no fuera así, como una mujer que cuando ve culebrones en la televisión se siente culpable y desea tener las fuerzas suficientes para cambiar y ver un importante programa de actualidad en la televisión pública, pero simplemente no le llamaba la atención.
Se puso a pensar en su estantería del atestado chalet adosado que compartía con su hermana, Lynette, y su labrador negro, Max. Era enorme, ocupaba toda una pared y se inclinaba hacia la derecha de una forma un poco insegura. Estaba a reventar de libros de bolsillo muy leídos, en su mayoría novelas policiacas de autores británicos tradicionales. Sonrió. Lo que realmente la hacía levantarse por la mañana y después la acompañaba a la hora de dormir por las noches era una buena novela de misterio de toda la vida. Y si resultaba que la había escrito Agatha Christie o P. D. James, mejor que mejor.
Contuvo una risita. Se podía imaginar lo que pasaría si proponía Asesinato en el Orient Express para la próxima sesión del club de lectura. A Wilfred le daría un ataque. A Kirsten se le atragantaría la manzanilla. Y ella estaría en la gloria, pensó.
«Se acabó. He tenido suficiente».
Alicia se levantó y fue hasta la mesa auxiliar. Cogió la botella de tinto y se sirvió una copa. Cuando lo hizo, todos los que estaban en el salón se quedaron en silencio y ella sintió, a pesar de que les estaba dando la espalda, que la atravesaban con la mirada. Se preguntó si Kirsten se lanzaría a por ella para tirarla al suelo y arrancarle la copa de las manos diciendo: «¡Todavía no es hora de beber!».
Se giró despacio y mostró su sonrisa más valiente. Kirsten tenía los ojos demasiado abiertos. Verity parecía nerviosa y miraba alternativamente a Alicia y a Kirsten. Wilfred había dejado de acariciarse la barba.
—¿Qué estás haciendo, Alicia? —preguntó la anfitriona.
—Servirme una copa antes de irme —contestó.
Se bebió el vino de un trago, dejó la copa en la mesa y cogió su bolso.
—Pero... ¿adónde vas?
Alicia inspiró hondo.
—Mirad, lo siento. Lo he intentado, pero está claro que este club de lectura no es para mí.
Todos parecieron atónitos, como si no se les hubiera pasado por la cabeza, y Alicia se dio cuenta en ese momento de que tal vez así era. Estaban tan inmersos en su mundo que no se habían dado cuenta de lo más evidente. En la cara de Verity apareció una expresión nostálgica, y durante un segundo Alicia pensó que quizás ella también se levantaría de un salto y se iría.
—Pero... ¿Y tu libro? —preguntó Kirsten, que cogió el ejemplar inmaculado de Oscar y Lucinda que Alicia había dejado sobre la mesita de café de anticuario y se lo tendió.
—Oh, no, gracias, Kirsten, quédatelo, por favor. Tengo cosas mucho mejores que leer en casa.
Y dicho eso, Alicia Finlay salió del club de lectura de los lunes por la noche, dejó atrás sus asfixiantes normas y su aburridísima literatura, y volvió a su casa de un barrio popular, donde la esperaban su hermana, que estaba probando una receta de pato salteado crujiente, su perro, que la saludaría moviendo la cola frenéticamente y, en la mesilla, la última y tentadora novela de misterio que estaba leyendo, un ejemplar muy sobado del primer misterio de Vera de Ann Cleeves.
2
—Deberías empezar otro club de lectura —sugirió Lynette entre bocados de pato bien empapado en salsa y brócoli.
Alicia frunció el ceño y Max levantó las orejas con la esperanza de que la conversación estuviera girando en torno a él y la comida.
—No me has escuchado, Lynny. Te acabo de decir que odiaba ese club de lectura y no voy a volver. ¿Por qué me iba a torturar con otro nuevo? Sería de masoquistas.
—No, otro club de lectura como ese no, tonta. Digo que empieces uno por tu cuenta. Que se centre en lo que a ti te gusta.
—Pues tendría que ser básicamente de novela de misterio y, hasta donde yo sé, no hay clubes de eso.
Alicia cogió un trozo de pato de su plato y se lo dio a Max, que esperaba con la boca abierta. Después el perro volvió a tumbarse bajo la mesa, satisfecho.
Lynette la miró con el ceño fruncido, pero no dijo nada.
—¿Por qué? —insistió.
Alicia se arrellanó en su asiento y miró a su hermana. De las dos, Lynette siempre había sido la intrépida, la que estaba siempre dispuesta a tirarse de cabeza en la vida, sin pensar en las consecuencias ni mirar atrás. Alicia, por el contrario, lo pensaba todo mil veces. De hecho tenía una imaginación tan fértil que siempre le añadía a todo un psicópata con un hacha, y, por si fuera poco, también un tsunami.
Por eso no le sorprendió a nadie que eligiera estudiar periodismo en la universidad y especializarse en escritura creativa. En ese momento, con treinta años y el cargo de redactora jefe de una revista, era cuatro años mayor que su hermana, pero también mucho más bajita, tenía el pelo rubio rebelde, una constitución menuda y unos grandes ojos marrones. Al igual que su imaginación, su trabajo era muy absorbente, y casi siempre tenía que quedarse hasta tarde, sobre todo cuando había un plazo que cumplir y no le quedaba más remedio que pasarse las horas muertas en su mesa, con los ojos pegados a una maqueta hasta bien entrada la madrugada.
Lynette, por su parte, solía llegar a casa mucho antes de que oscureciera y se pasaba el tiempo sentada junto a la encimera, con sus largas piernas metidas bajo un taburete y los elásticos rizos rubios recogidos en un moño improvisado, repasando con sus ojos verde esmeralda los muchos libros de cocina que había ido coleccionando, como si fueran objetos decorativos, a lo largo de los años. Era una chef en ciernes, pero trabajaba la mayoría de los días sirviendo mesas en el restaurante Mario’s, en la concurrida Oxford Street del barrio de Paddington, y las noches las invertía en perfeccionar sus habilidades culinarias en la cocina de su casa, pequeña pero sorprendentemente bien equipada. Eso les venía genial a Alicia (que odiaba cocinar) y a Max (al que le encantaba comer). Las creaciones de Lynette normalmente estaban deliciosas, aunque de vez en cuando se producía una catástrofe (un caldo muy salado o un postre muy ácido), que provocaba que la cocinera empezara a soltar una sarta de tacos, igualita que Gordom Ramsay, y que Max se acabara zampando las sobras, la mar de feliz. Alicia siempre estaba ahí para darle un abrazo de consuelo y algunos consejos algo más serios, que Lynette casi siempre ignoraba.
—Podrías apuntarte a ese curso de cocina que vi en el periódico el otro día —le había sugerido Alicia hacía poco, pero Lynette negó enérgicamente con la cabeza. Era de la generación Y. Eso significaba aspiraciones ilimitadas, pero con la paciencia de un bebé.
—He decidido presentarme a MasterChef Australia —anunció, y Alicia frunció el ceño.
—¿Un concurso de televisión? Es una forma bastante indirecta de entrar en la industria. Tendrías más suerte si te pusieras a llamar a las puertas de los restaurantes.
—Gracias por tu actitud positiva, Alicia.
—Lo siento, pero ya sabes lo difícil que es.
—Demonios, si puede ganarlo un chico con la cara llena de granos, no sé por qué no me iban a coger a mí.
Alicia dejó el tema. Miró la cocina, con sus libros manchados y las infinitas hojas de papel con los apuntes de las últimas creaciones de su hermana, y se preguntó si Lynette conseguiría triunfar algún día. ¿O estaría destinada a una vida de experimentos culinarios que solo probaba su agradecida familia?
Se encogió de hombros para apartar aquella idea y pensó en la pregunta de Lynette. Tenía razón, como siempre. ¿Por qué no organizar un club de lectura centrado exclusivamente en novelas de misterio?
—Me parece —siguió diciendo Lynette— que hay mucha gente a la que le gustan los libros de misterio. No eres la única, ni mucho menos.
—Seguro que hay más personas que leen novelas de misterio que pretenciosos mamotretos que ganan premios, pero que están llenos de lugares comunes. Solo hay que ver lo que ha pasado con la trilogía Millennium o con Perdida.
—¡Exacto! Así que seguro que no te costará formar un grupo. Pregunta por ahí. O entra en Twitter. Seguro que te llega una avalancha de respuestas. Y si no, a mí no me importa hacer de relleno. Siempre he sentido cierta debilidad por Miss Marple, ya lo sabes.
De hecho, las dos hermanas eran fans de Agatha Christie desde pequeñas, un legado que les había dejado su madre, Amelia, que tenía casi todos los libros de la autora y los leía y releía regularmente. Su padre, Tom, y su hermano, Monty (que compartía nombre con el mismísimo hermano de Agatha, nada menos), no sentían esa pasión por la reina del crimen, y preferían thrillers modernos con su intrépido agente de la CIA y una bomba nuclear que no llegaba a explotar, como mínimo.
Alicia dejó el tenedor. En ese momento solo podía oír su corazón, que de repente se había acelerado, como si acabara de cobrar vida.
—No sé cómo podría funcionar... —añadió Lynette, pero Alicia ya estaba más animada que ella.
—¡Yo sí lo sé! Oh, va a ser genial. Elegiremos nuestra novela de misterio favorita y nos centraremos en una distinta cada mes... No, cada quince días. No se tarda tanto en leerlas, así que ¿para qué esperar un mes? Yo empezaría con Maldad bajo el sol y después... —Se interrumpió y miró a ambos lados—. No, no, olvídalo. Mejor que elijamos nuestro autor de misterio favorito, nos limitemos a sus libros durante unos cuantos meses y después pasemos a otro. ¡Una especie de degustación de su obra! Yo elegiría a Agatha Christie. Y podríamos llamarlo El Club del Crimen.
Lynette pareció impresionada.
—Y yo elegiría a Ann Cleeves. Por cierto, ¿te está gustando Una trampa para cuervos?
—Me está encantando —reconoció Alicia—. Vera es como una versión británica de Colombo, o una Miss Marple de hoy en día. Y también me gusta esta idea tuya. Me parece que es la mejor que has tenido nunca.
—Pues creía que la mejor idea que había tenido era este plato de pato, al que voy a llamar Pato Mareado, por cierto.
Alicia empezó a pensar en el club y el corazón se le aceleró aún más. No se había emocionado tanto con nada desde hacía mucho tiempo, probablemente desde que Ginny, la recepcionista del trabajo, la convenció para que ocupara su sitio en el club de lectura de los lunes.
Su corazón se refrenó un poco. Ya sabía cómo había acabado aquello. Hundió los hombros y se quedó mirando su plato.
—¿De verdad crees que podría funcionar?
Su hermana le guiñó un ojo.
—¡Claro que sí! Solo tienes que dar con la gente adecuada esta vez. Abre una cuenta de Facebook o empieza a escribir en Twitter a todos los que conoces.
—¿Y no te parece que es un poco... digamos, macabro?
—¿A qué te refieres?
Alicia se revolvió en el asiento.
—A eso de dedicar un club de lectura exclusivamente a los crímenes, la muerte y esas cosas.
Lynette se rio.
—En tu caso, en absoluto. Pero no te olvides, Alicia, de que es todo fantasía. «Ficción», ¿vale? No es que estés tratando con asesinatos de la vida real.
Alicia sonrió a su vez y masticó un tirabeque.
—Tienes razón, Lynette. No es más que un inocente club de lectura, ¿qué podría salir mal?
3
Una semana después, el entusiasmo de Alicia por su nuevo club de lectura se había convertido en amarga decepción. Ni un alma se había puesto en contacto con ella. A pesar de la sugerencia que le había hecho Lynette de que apelara al mundo digital, Alicia había decidido buscar miembros de la forma tradicional, como lo habrían hecho Agatha Christie o Dorothy L. Sayers: puso un anuncio en la sección de clasificados del periódico local.
Decía: «Amantes del misterio, uníos. Si quieres venir a la inauguración del club de lectura El Club del Crimen de Sídney, envíame un email con una lista de tus escritores de misterio favoritos y la razón por la que te gustan tanto. Las reuniones serán quincenales y tendrán lugar los domingos a las dos de la tarde».
Por una cuestión de comodidad, Alicia hizo la solicitud del anuncio online, para que saliera en la edición del día siguiente, y ya estaba a punto de lanzarlo al ciberespacio cuando se detuvo un momento a reflexionar y, en un arrebato, cambió la palabra «email» por «carta» y añadió su nombre y dirección. Pero se lo pensó de nuevo.
¿Y si algún loco la localizaba y aparecía en su puerta? ¿Y si empezaba a seguirla, a acosarla y se colaba en su casa y se ponía a rebuscar en el cajón de la ropa interior? O peor aún: ¿y si los únicos que respondían eran fans de esos thrillers trepidantes en los que había torturas y asesinos en serie psicópatas? Había que tener en cuenta que no todas las novelas de misterio eran iguales. Tal vez Alicia debería ser más selectiva y pedir que solo respondieran quienes fueran fans de las novelas de detectives y de las de misterio cosy...
Al final decidió olvidarse de todo ello, pagar el precio del anuncio y enviarlo. Pero días después se preguntó por qué se había puesto tan tiquismiquis; se habría conformado con un fan de un thriller cualquiera de Harlan Coben sin pensarlo dos veces antes que soportar aquel silencio.
¿De verdad los libros se habían convertido en una reliquia del pasado? ¿Realmente ya no quedaba nadie, aparte de su familia, que todavía se sentara un rato a leer una novela de misterio decente? ¿Todo el mundo se había pasado a Netflix y a los blogs?
Hasta que, por fin, al octavo día, llegó su respuesta.
Era el final de la tarde del viernes y había tenido un día de trabajo extenuante. Los pensamientos de Alicia eran todo menos agradables mientras recorría el último tramo del agotador camino hasta su casa, en la parte baja de la antigua zona portuaria de Woolloomooloo. Pegado al puerto de Sídney, Woolloomooloo era un barrio residencial ecléctico en el que se mezclaban animados pubs y viviendas sociales de rentas bajas con lujosos apartamentos en almacenes reformados y restaurantes exclusivos que frecuentaban los famosos y los multimillonarios. Alicia vivía en la parte de las rentas bajas, así que siempre iba por la calle a paso rápido.
A pesar de ser la orgullosa propietaria de un automóvil Holden Torana de 1972 color hueso, casi nunca iba al trabajo en coche, prefería coger el autobús. Era mejor que soportar el estrés del tráfico, le daba la oportunidad de ponerse al día con el libro que estaba leyendo y, como la parada del autobús estaba a más de un kilómetro de su casa, hacía algo de ejercicio a diario, algo que le venía muy bien.
Pero esa tarde no estaba de humor. Mientras caminaba, la mente de Alicia empezó a imaginarse las situaciones habituales. Pensó que esa furgoneta, que iba conduciendo de una forma completamente normal por la carretera, de repente podía dar un giro brusco sin razón aparente (tal vez el conductor había tenido un ataque al corazón o estaba loco sin más) e ir directa hacia la acera, y ella se vería obligada a apartarse de golpe. Se encogió de hombros para apartar aquella imagen de su mente y siguió caminando. Un ruido de pasos sobre la gravilla le llamó la atención y, cuando miró, vio a un hombre mayor tirando la basura en un cubo. Él la miró a su vez, le sonrió y apartó la mirada. «¿Qué habría detrás de esa sonrisa?», se preguntó. «¿Y si decidiera ir tras ella sigilosamente, darle un golpe en la cabeza y tirarla también al cubo?». Nadie se enteraría. Se apresuró a cruzar la carretera y siguió caminando.
A unos metros de la puerta, a Alicia le llamó la atención algo que había en el buzón. Aceleró el paso, lo abrió con un chirrido y encontró un fajo de cartas sujeto con una gruesa goma elástica roja. En la de arriba estaba escrito, con letra manuscrita azul y emborronada: «El Club del Crimen».
Alicia dio un puñetazo al aire, exultante, se metió el montoncito bajo el brazo y buscó en su bolso las llaves de casa para entrar. Max estaba tirado en el sofá y solo la saludó moviendo la cola patéticamente. Estaba claro que ya le habían dado de comer.
—¡Yo también me alegro de verte, Maxy! —lo saludó Alicia mientras se dirigía a la cocina, donde seguro que Lynette estaba muy ocupada.
—Ensalada de vermicelli con gambas y salsa de jengibre y chile —anunció su hermana, enseñándole uno de los crustáceos a medio pelar.
Alicia le mostró su botín.
—Un montón de cartas, ¡todas dirigidas al Club del Crimen!
Lynette soltó un gritito de placer.
—¡Venga, cuéntame! ¿Qué dicen?
—No lo sé, todavía no las he abierto. ¿No las has visto en el buzón al entrar?
—¿El buzón?
—Sí, esa cosa blanca oxidada que hay junto a la puerta. Diseñada para introducir en su interior la correspondencia escrita.
—Oh, ¿sirve para eso? —Lynette sonrió—. Vamos, ábrelas ya. A ver quién te ha escrito.
—No, no. Primero necesito una copa de algo.
Cruzó la cocina hasta el armario, sacó un vaso de licor de estilo marroquí, rojo con adornos dorados, y después fue a por la botella de merlot que había junto al microondas. Lynette la interceptó.
—Aléjate del tinto. Esta noche vamos a cenar marisco. Lo que necesitas es el chablis frío que hay en la nevera.
—Oh, sí, claro.
Volvió a dejar en su sitio el tinto, sacó el blanco de la nevera y se sirvió una copa. Se acomodó en un taburete de la cocina y centró su atención en las cartas, preguntándose mientras las abría por qué su generación había aceptado de tan buena gana cambiar el correo de toda la vida por los emails y los mensajes de texto. No había nada que pudiera sustituir la pura felicidad que se experimentaba cuando aparecía en el buzón un sobre de verdad, grueso, bien lleno, con ese olor del papel, y cuando lo sostenías en tus manos, intentando descifrar la letra y preguntándote de quién sería. Entonces le dabas la vuelta y ahí estaba la primera pista. Lo abrías, desdoblabas las páginas...
—¡Oh, vamos! —exigió Lynette, poniendo los ojos en blanco cuando Alicia se acercó la primera carta a la nariz.
Ignoró a su hermana, sacó un cuchillo de un cajón y abrió con mucho cuidado el sobre arrugado. Dentro había una hoja de papel rayado que sin la menor duda habían arrancado directamente de un cuaderno. Estaba doblada varias veces. La extendió y leyó en voz alta:
—«Querida organizadora del club: ¡Qué guapo! Me ponen todos los crímenes, sobre todo si no me pillan (me parto). Me vendría muy bien que me hicieras match en tu club. Ahora mismo no estoy en ninguno; el último me dio la patada (y eso que eran amigos). No puedo los domingos, pero cualquier otro día de la semana me mola. Pero después de mediodía. ¿Cada uno lleva lo suyo o pones tú el papeo?
»Taneal
»PD: ¿Tienes email?».
Alicia dejó caer la carta sobre la mesa, se quedó mirando a su hermana, estupefacta, y las dos se echaron a reír.
—No es el comienzo más prometedor del mundo —dijo Alicia.
Le dio un largo sorbo al vino, sacó la siguiente carta y la estudió. La letra parecía normal y estaba escrita con una tinta negra muy clara. Dudó un segundo y después la leyó rápido en silencio.
—«Hola. Me encantaría unirme a su grupo. Mi autora favorita de todos los tiempos es Jane Austen. Menudo era el señor Darcy, ¿eh? ¡El héroe más sexy de todos!».
A continuación, la carta se explayaba con una larga disertación sobre la tensión sexual entre Darcy y Elizabeth, y al final firmaba:
—«Jane (no la señorita Bennett) Zantilopous».
Alicia gimió, hizo una bola con el papel y lo tiró al otro lado de la cocina.
—No es posible que sea otro desastre como el anterior —comentó su hermana, tras levantar la vista del fregadero.
—No preguntes —respondió Alicia y volvió a centrarse en el montón con desgana.
Las siguientes cartas eran de fans de los escritores de misterio modernos, como Lee Child y James Patterson, pero al menos tenían las cosas más claras. Sin embargo, carecían de esa pasión por lo genuino que ella buscaba. El entusiasmo de Alicia también estaba empezando a marchitarse cuando sacó la quinta y última carta.
Esta consiguió que recuperara la sonrisa.
Estaba escrita con una letra elegante, el sobre tenía un dibujo de campanillas, y al abrirla le llegó un dulce olor a f
