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La dama del lago (Philip Marlowe 4)

Raymond Chandler

Fragmento

 La dama del lago

Índice

La dama del lago

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Blues de Bay City

Capítulo 1. El suicidio de Cenicienta

Capítulo 2. Asesinato a crédito

Capítulo 3. El caballero de la prensa

Capítulo 4. La peliroja

Capítulo 5. Mi vecina muerta

Capítulo 6. Recupero mi pistola

Capítulo 7. Barbilla Grande

Capítulo 8. Traficante de pinchazos

Capítulo 9. Un tío con agallas

La dama del lago

Capítulo 1. Que no intervenga la policía

Capítulo 2. La casa silenciosa

Capítulo 3. El hombre de la pata de palo

Capítulo 4. La dama del lago

Capítulo 5. La tobillera de oro

Capítulo 6. Melton cubre las apuestas

Capítulo 7. Un par de chivos expiatorios

Capítulo 8. Vote a Tinchfield

No hay crímenes en las montañas

Notas

Biografía

Créditos

Raymond Thornton Chandler(1888-1959) es el gran maestro de la novela negra americana. Nació en Chicago, pero pasó la mayor parte de su infancia y juventud en Inglaterra, donde estudió en el Dulwich College y acabó trabajando como periodista freelance en The Westminster Gazette y The Spectator. Durante la Primera Guerra Mundial, se alistó en la Primera División Canadiense, que servía en Francia, y más adelante entró a formar parte de la Royal Air Force (RAF). En 1919 regresó a Estados Unidos y se instaló en California, donde ejerció como directivo de varias compañías petroleras independientes. Sin embargo, la Gran Depresión terminó con su carrera en dicho sector en 1933. Chandler tenía cuarenta y cinco años cuando empezó a escribir relatos detectivescos para revistas baratas de género negro, más conocidas como pulps: Black Mask, Dime Detective. Sus novelas destacan por un realismo duro y una mirada social crítica. En El sueño eterno (1939), su primera novela, presentó en sociedad al impetuoso pero noble Philip Marlowe. Pronto la siguieron Adiós, muñeca (1940), La ventana alta (1942), La dama del lago (1943), La hermana menor (1949), El largo adiós (1953) y Playback (1958). Mantuvo una relación estrecha y turbulenta con Hollywood, donde sus novelas fueron llevadas a la gran pantalla y para cuya industria cinematográfica trabajó de guionista entre 1943 y 1950. En 1958 fue elegido presidente de la organización Mystery Writers of America. Murió en La Jolla, California, el 26 de marzo de 1959.

Créditos

Título original:The Lady in the Lake, «Bay City Blues», «The Lady in the Lake», «No Crime in the Mountains»

Edición en formato digital: enero de 2014

© 1943, Herederos de Raymond Chandler, por The Lady in the Lake

© 1938, 1939, 1941, Herederos de Raymond Chandler, por «Bay City Blues», «The Lady in the Lake», «No Crime in the Mountains»

© 2014, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

© 1991, Carmen Criado, por la traducción de La dama del lago, cedida por Alianza Editorial, S. A.

© 1995, 2002, Juan Manuel Ibeas, por la traducción de «Blues de Bay City», «La dama del lago» y «No hay crímenes en las montañas»

Diseño de la cubierta: Penguin Random House Grupo Editorial, S. A.

Imagen de la cubierta: © Álvaro Domínguez

Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, así como el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

ISBN: 978-84-9032-987-0

Conversión a formato digital: M.I. maqueta, S.C.P.

www.megustaleer.com

cap-1

1

El edificio Treloar estaba, y sigue estando, en Olive Street, cerca de Sixth Street, en el lado oeste. El pavimento de la acera de delante era de losas de caucho blancas y negras. Estaban levantándolas para entregarlas al gobierno, y un hombre pálido, sin sombrero y con cara de inspector de obras, vigilaba el trabajo como si le partiera el corazón.*

Pasé junto a él, atravesé una galería de tiendas de lujo, y entré en un amplio vestíbulo negro y dorado. La Compañía Gillerlain estaba en el séptimo piso, al frente, tras una doble puerta de cristal enmarcada en metal de color platino. La recepción tenía alfombras chinas, paredes pintadas de un plateado mate, muebles angulosos pero muy trabajados, varias piezas de escultura abstracta en materiales brillantes sobre pedestales y, en uno de los rincones, una alta vitrina triangular que, en estantes y peldaños, islas y promontorios de brillante espejo, contenía, al parecer, todos los frascos y las cajas de lujo que se hubieran diseñado alguna vez. Había allí cremas y polvos, jabones y colonias para todos los gustos y todas las ocasiones. Había perfumes en frasquitos tan finos y alargados que parecía que un simple soplo pudiera volcarlos, y perfumes en pequeñas botellitas de color pastel con coquetos lazos de satén como niñas de una clase de baile. La flor y nata era, al parecer, algo muy pequeño y sencillo contenido en un frasquito achatado de color ámbar. Estaba en el centro, a la altura de los ojos y en medio de un gran espacio vacío, y la etiqueta decía: «Gillerlain Regal, el champán de los perfumes». Decididamente, aquello era lo que había que comprar. Una sola gota en el hueco de tu garganta y sartas de iguales perlas rosadas comenzaban a caer sobre ti como aguacero de verano.

Una rubita muy arreglada estaba sentada en un rincón, al fondo, ante una pequeña centralita telefónica y detrás de una barandilla, alejada de todo peligro. Tras un escritorio, frente a las puertas, estaba una preciosidad morena, alta y delgada, cuyo nombre, según la placa de metal colocada en ángulo sobre la mesa, era Adrienne Fromsett.

Vestía un traje sastre de color gris acero y, bajo la chaqueta, una blusa azul oscuro con corbata masculina de un tono más claro. Los bordes del pañuelo que asomaba por el bolsillo de la chaqueta parecían lo bastante afilados como para cortar pan. Llevaba como única joya una pulsera de cadena. Peinada con raya en medio, su melena oscura caía a ambos lados de su rostro en ondas no precisamente descuidadas. Tenía el cutis suave y marfileño, las cejas bastante severas y unos grandes ojos oscuros que parecían capaces de enternecerse en el momento y el lugar adecuados.

Dejé sobre su escritorio mi tarjeta, una de las que no tienen el revólver impreso en una esquina, y le dije que quería ver a Derace Kingsley. Miró la tarjeta y me dijo:

—¿Tiene usted cita con él?

—No.

—Es muy difícil ver al señor Kingsley sin cita previa.

Eso no podía discutírselo.

—¿De qué se trata, señor Marlowe?

—De un asunto personal.

—Entiendo. ¿Le conoce el señor Kingsley, señor Marlowe?

—Creo que no, pero es posible que haya oído mi nombre. Puede decirle que vengo de parte del teniente M’Gee.

—¿Y conoce el señor Kingsley al teniente M’Gee?

Puso mi tarjeta junto a un montón de cartas recién mecanografiadas, se arrellanó en su asiento, apoyó un brazo en el escritorio y empezó a dar golpecitos en la mesa con un lápiz dorado.

Sonreí. La rubita de la centralita enderezó una oreja que parecía una concha y sonrió con un gesto esponjoso. Parecía una chica juguetona y deseosa de agradar, aunque no muy segura de sí misma, como una gatita recién llegada a una casa en la que a nadie le importan demasiado los gatos.

—Espero que sí —contesté—. Pero quizá el mejor modo de averiguarlo sea preguntárselo.

Se apresuró a escribir sus iniciales en tres de las cartas para vencer la tentación de tirarme la escribanía a la cabeza. Luego volvió a hablar sin levantar la vista.

—El señor Kingsley está reunido. Le pasaré su tarjeta en cuanto tenga ocasión.

Le di las gracias y fui a sentarme en un sillón de cromo y cuero que resultó ser mucho más cómodo de lo que parecía. Pasó el tiempo y el silencio cayó sobre la escena. Nadie entraba ni salía. Las manos elegantes de la señorita Fromsett se movían entre los papeles, y solo de vez en cuando se oía el piar quedo de la gatita en la centralita telefónica y el clic suave de las clavijas al meterlas y sacarlas.

Encendí un cigarrillo y arrastré un cenicero hasta el asiento. Los minutos pasaban de puntillas con un dedo sobre los labios. Miré a mi alrededor. Es imposible saber qué pasa en una compañía así. Pueden estar ganando millones o pueden tener al sheriff en la trastienda con el respaldo de la silla apoyado en la caja fuerte.

Media hora y tres o cuatro cigarrillos después se abrió una puerta tras el escritorio de la señorita Fromsett y dos hombres salieron de un despacho riendo. Un tercero mantuvo la puerta abierta y se sumó a las risas. Se estrecharon las manos calurosamente, y los dos primeros cruzaron la sala y se fueron. El tercero dejó caer la sonrisa de su cara y de pronto pareció como si no se hubiera reído en la vida. Era un tipo alto vestido de color gris y con pocas ganas de broma.

—¿Alguna llamada? —preguntó con voz aguda y autoritaria.

La señorita Fromsett dijo con suavidad:

—Un tal señor Marlowe desea verle. Viene de parte del teniente M’Gee. Se trata de un asunto personal.

—No lo conozco —gruñó el hombre alto. Cogió mi tarjeta y, sin mirarme siquiera, volvió a su despacho.

La puerta se cerró sobre un mecanismo neumático con un ruido ahogado. La señorita Fromsett me dirigió una falsa sonrisa triste que yo le devolví transformada en una mueca grosera. Devoré otro cigarrillo y siguió pasando el tiempo. Empezaba a sentir un gran cariño por la Compañía Gillerlain.

Diez minutos después volvió a abrirse la misma puerta. El pez gordo salió con el sombrero puesto y gruñó que iba a cortarse el pelo. Echó a andar sobre la alfombra china con paso atlético, recorrió la mitad de la distancia que lo separaba de la puerta y, de pronto, se volvió y se acercó a donde yo estaba sentado.

—¿Quería verme? —me espetó.

Medía aproximadamente un metro noventa y de blando no tenía casi nada. En sus ojos color gris piedra brillaban unas chispitas de luz fría. Llenaba un traje de talla grande de franela gris oscuro con rayita blanca y lo hacía con elegancia. Su porte revelaba que era un hombre difícil.

Me levanté.

—Si es usted Derace Kingsley, sí.

—¿Y quién diablos cree que soy?

Lo dejé que se apuntara ese tanto y le entregué mi otra tarjeta, una de las que indican mi profesión. La apretó en su zarpa y la miró con el ceño fruncido.

—¿Quién es M’Gee? —preguntó bruscamente.

—Un tipo que conozco.

—Me fascina el asunto —articuló mientras miraba a la señorita Fromsett.

A ella le gustó. Le gustó mucho.

—¿Podría decirme algo más, si no es demasiada molestia? —añadió Kingsley.

—Verá usted, lo llaman Violets M’Gee —le dije— porque masca constantemente unas pastillas para la garganta que huelen a violeta. Es un hombretón con el pelo plateado y una boquita preciosa hecha para besar a recién nacidos. La última vez que lo vi llevaba un bonito traje azul, zapatos marrones de puntera ancha y un sombrero gris. Iba fumando opio en una pipa de brezo.

—No me gustan sus modales —advirtió Kingsley con una voz que, por sí sola, habría podido partir una nuez del Brasil.

—No se preocupe por eso. No los vendo.

Retrocedió como si le hubiera colgado delante de las narices un arenque pescado la semana anterior. Luego me dio la espalda y me dijo por encima del hombro:

—Le doy exactamente tres minutos. Dios sabrá por qué.

Cruzó a toda prisa la alfombra china pasando junto al escritorio de la señorita Fromsett en dirección a su despacho, abrió la puerta de un empujón y dejó que se me cerrara en las narices. También eso le gustó a la señorita Fromsett, pero ahora creí adivinar además, tras sus ojos, una risa furtiva.

cap-2

2

Su despacho era un despacho modelo. Era amplio y silencioso, estaba en penumbra y tenía aire acondicionado. Las ventanas estaban cerradas y las persianas de lamas, entreabiertas para que no pudiera penetrar la claridad de julio. Las cortinas eran grises, lo mismo que la alfombra. En un rincón había una caja fuerte negra y plateada y una fila de ficheros bajos a juego. De la pared colgaba una enorme fotografía coloreada de un anciano de nariz corva cincelada a escoplo, patillas y cuello de pajarita. La nuez que sobresalía del cuello de la camisa parecía más dura que la barbilla de la mayoría de la gente. En una placa, bajo la fotografía, se leía: «Matthew Gillerlain, 1860-1934».

Derace Kingsley fue a instalarse enérgicamente tras unos ochocientos dólares de escritorio para ejecutivos y plantó su parte posterior en un alto sillón de cuero. Sacó un puro de una caja de cobre y caoba, cortó la punta y lo encendió con un pesado encendedor de cobre. Se tomó todo el tiempo que quiso. El mío no importaba. Cuando acabó, se arrellanó en el asiento, lanzó una bocanada de humo y dijo:

—Soy un hombre de negocios y voy directamente al grano. Según su tarjeta es usted detective profesional. Enséñeme algo que lo demuestre.

Saqué la cartera y le enseñé varias cosas que lo demostraban. Él las miró y las arrojó después sobre la mesa. La funda de plástico que contenía la fotocopia de mi licencia cayó al suelo. No se molestó en disculparse.

—No conozco a M’Gee —aseguró—. Pero conozco al sheriff Petersen. Le pedí que me mandara a un hombre de confianza para encargarle un trabajo y supongo que es usted.

—M’Gee está en la comisaría de Hollywood, que depende de la oficina del sheriff —le dije—. Puede usted comprobarlo.

—No es necesario. Creo que usted servirá, pero no se pase conmigo. Y recuerde que cuando contrato a alguien, ese alguien me pertenece. Hace exactamente lo que yo le digo y no se va de la lengua. Si no, lo largo enseguida, ¿entendido? Espero no parecerle demasiado duro.

—¿Por qué no dejamos esa cuestión en suspenso? —le propuse.

Frunció el ceño. Luego dijo bruscamente:

—¿Cuánto cobra?

—Veinticinco dólares al día más los gastos. Y ocho centavos el kilómetro por el uso de mi coche.

—Absurdo —exclamó—. Es demasiado. Quince dólares al día es más que suficiente. Le pagaré por el uso del coche una cantidad prudencial de acuerdo con las tarifas vigentes. Pero nada de irse por ahí a mi costa.

Lancé una bocanada de humo gris que disipé con la mano. No dije nada. Él pareció un poco extrañado de mi silencio. Se inclinó sobre el escritorio y me señaló con el puro.

—Aún no lo he contratado, pero si lo hago —añadió— el trabajo será absolutamente confidencial. Nada de comentarlo con sus amigos de la policía, ¿entendido?

—¿Qué es lo que quiere exactamente, señor Kingsley?

—¿Y a usted qué más le da? Hace toda clase de investigaciones, ¿no?

—Todas no. Solo las razonablemente honradas.

Me miró de hito en hito con la mandíbula apretada. En sus ojos grises había una mirada opaca.

—Para empezar, no me ocupo de asuntos de divorcio —dije—. Y cobro cien dólares de fianza a los desconocidos.

—¡Vaya, vaya! —exclamó de pronto con voz suave—. ¡Vaya, vaya!

—En cuanto a si me parece usted demasiado duro o no —comenté—, la mayoría de mis clientes empiezan, o llorándome en el hombro, o gritándome para demostrar quién manda. Pero, por lo general, acaban siendo muy razonables. Eso si siguen con vida.

—¡Vaya, vaya! —volvió a decir con la misma voz suave y sin dejar de mirarme—. ¿Y son muchos los que pierde usted? —preguntó.

—Si me tratan bien, no —contesté.

—Coja un puro —me sugirió.

Lo cogí y me lo metí en el bolsillo.

—Quiero que encuentre a mi mujer —continuó—. Desapareció hace un mes.

—Muy bien —le dije—. Encontraré a su mujer.

Dio unas palmaditas en la mesa con las dos manos. Me observó con detenimiento.

—Empiezo a creer que lo hará —dijo. Luego sonrió—. Hacía cuatro años que nadie me paraba los pies como acaba de hacerlo usted.

Me callé.

—Y qué quiere que le diga —continuó—. Me ha gustado. Me ha gustado mucho. —Hundió los dedos en su espesa cabellera oscura—. Desapareció hace un mes —repitió— de una casita que tenemos en las montañas, cerca de punta Puma. ¿Conoce usted punta Puma?

Le dije que sí, que lo conocía.

—Tenemos allí una casita, a unos cinco kilómetros del pueblo —explicó—, a la que se llega en parte por un camino particular. Está junto a un lago también particular, el lago Little Fawn. Hay allí un embalse que construimos entre tres para aumentar el valor de las tierras. Soy dueño de esos terrenos junto con otras dos personas. Es una propiedad bastante grande, pero no está urbanizada ni lo estará durante bastante tiempo. Mis amigos tienen cada uno su casa, yo tengo la mía y un hombre llamado Bill Chess vive gratis en otra con su esposa y cuida de la propiedad. Es mutilado de guerra y cobra una pensión. Eso es todo lo que hay. Mi mujer se fue allí a mediados de mayo, vino a Los Ángeles a pasar un par de fines de semana y tenía que volver aquí para asistir a una fiesta el 12 de junio, pero no apareció. Desde entonces no he vuelto a verla.

—¿Qué ha hecho usted? —le pregunté.

—Nada. Absolutamente nada. Ni siquiera he ido allí.

Esperó deseando que le preguntara por qué.

—¿Por qué? —pregunté.

Echó hacia atrás el sillón para abrir un cajón que tenía cerrado con llave. Sacó de él un papel doblado y me lo entregó. Lo desdoblé y vi que era un telegrama. Lo habían cursado en El Paso el día 14 de junio, a las 9.19 de la mañana. Iba dirigido a Derace Kingsley, Carson Drive 965, Beverly Hills, y decía:

CRUZO FRONTERA PARA PEDIR DIVORCIO EN MÉXICO STOP ME CASO CON CHRIS STOP ADIÓS Y BUENA SUERTE CRYSTAL.

Lo dejé sobre mi lado de la mesa, y él me entregó una fotografía grande y clara, en papel brillante, en la que se veía a un hombre y a una mujer sentados en la arena bajo una sombrilla de playa. El hombre llevaba un bañador y la mujer un bañador de rayón blanco muy atrevido. Era una rubia delgada y joven. Tenía muy buen tipo y sonreía. Él era un hombre corpulento, de tez morena, guapo, de hombros y piernas fuertes, pelo oscuro liso y brillante y dientes blancos. Un metro ochenta del tipo habitual de destructor de hogares. Unos brazos fuertes para abrazar y todo el cerebro en la cara. Llevaba unas gafas de sol en la mano y sonreía a la cámara con una sonrisa fácil lograda a base de mucha práctica.

—Esa es Crystal —dijo Kingsley—. Y él es Chris Lavery. Pueden quedarse el uno con el otro y que se vayan los dos al infierno.

Puse la foto sobre el telegrama.

—Bien. ¿Cuál es el problema entonces? —le pregunté.

—Allí no hay teléfono —me dijo— y la fiesta a la que tenía que asistir Crystal no era muy importante, así que hasta que me llegó el telegrama no me preocupé demasiado por el asunto. El telegrama no me sorprendió excesivamente. Crystal y yo no nos entendemos desde hace años. Ella vive su vida y yo la mía. Tiene dinero, y mucho. Unos veinte mil dólares de renta anual procedentes de una empresa familiar que posee valiosas concesiones de petróleo en Texas. Ella tiene aventuras y yo sabía que Lavery era uno de sus amiguitos. Me sorprendió, quizá, que quisiera casarse con él, porque ese hombre no es más que un donjuán profesional, pero hasta ese momento todo entraba dentro de lo que podía considerarse normal, ¿me comprende usted?

—¿Y luego?

—Durante dos semanas, nada. Después me llamaron del hotel Prescott, de San Bernardino, y me dijeron que un Packard Clipper, con la patente a nombre de Crystal Grace Kingsley y con mi dirección, estaba abandonado en su garaje y querían saber qué hacían con él. Les dije que me lo guardaran allí y les mandé un cheque. Tampoco era raro eso. Pensé que Crystal se encontraba fuera de California, y que si se había ido en coche, se habría ido en el de Lavery. Pero anteayer me encontré a Lavery delante del Athletic Club que está ahí en la esquina y me dijo que no sabía dónde estaba Crystal.

Kingsley me dirigió una mirada rápida y puso una botella y dos vasos de cristal ahumado sobre la mesa. Llenó los vasos y me acercó uno. Miró el suyo a contraluz y me contó lentamente:

—Lavery me dijo que no se había ido con ella, que no la había visto en dos meses y que no habían estado en contacto en todo este tiempo.

—¿Y usted le creyó?

Asintió con el ceño fruncido, se bebió el contenido del vaso y lo dejó a un lado. Probé lo que contenía el mío. Era whisky. Escocés y no muy bueno.

—Si le creí —me dijo—, y probablemente me equivoqué, no es porque Lavery sea precisamente un individuo en quien se pueda confiar. Ni pensarlo. Le creí porque es un hijo de puta que considera elegante acostarse con las mujeres de sus amigos y presumir de ello. Le habría encantado soltarme que había convencido a mi mujer de que huyera con él dejándome plantado. Conozco bien a esos tipos y especialmente a ese. Fue viajante nuestro una temporada y siempre estaba metiéndose en líos. No dejaba en paz a ninguna de las secretarias. Por otra parte, estaba el telegrama que había recibido de El Paso, y se lo dije. ¿Por qué iba a pensar que valía la pena mentirme?

—Es posible que ella lo dejara plantado —señalé—, y eso lo habría herido en lo más hondo: en su complejo de Casanova.

Kingsley se animó un poco, pero no mucho. Negó con la cabeza.

—Me inclino a creer que no me mintió —dijo—. Tendrá usted que demostrarme que me equivoco. Por eso lo necesito, en parte. Pero hay otro aspecto del asunto que me preocupa mucho. Tengo un buen empleo aquí que no es más que eso, un buen empleo. No podría soportar un escándalo. Me echarían sin contemplaciones si mi mujer se metiera en un lío con la policía.

—¿Con la policía?

—Entre sus actividades —explicó Kingsley sombrío—, Crystal encuentra tiempo para birlar lo que puede en grandes almacenes. Creo que es una especie de delirio de grandeza que le da cuando ha bebido demasiado, pero lo cierto es que hemos tenido algunas escenas bastante desagradables con varios encargados. Hasta el momento he conseguido que no la denuncien, pero si llegara a hacer algo semejante en una ciudad en que nadie la conociera… —Levantó las manos y las dejó caer de golpe sobre la mesa—. Podrían meterla en la cárcel, ¿no?

—¿Le han tomado alguna vez las huellas?

—Nunca la han detenido —aseguró.

—No me refería a eso. En algunos grandes almacenes, para no denunciar a quien ha robado algo, ponen como condición tomarle las huellas. Eso asusta a los aficionados, y los propietarios, por otro lado, se hacen con un archivo de cleptómanos que la asociación utiliza para protegerse. Cuando las huellas aparecen un determinado número de veces, se acabó.

—Que yo sepa, nunca ha ocurrido nada semejante —dijo.

—Bueno, creo que por el momento podemos dejar a un lado ese asunto de los robos —dije—. Si la hubieran detenido, la habrían registrado, y aunque la policía le hubiera permitido utilizar un nombre falso, probablemente se habrían puesto en contacto con usted. Por otra parte, ella, al verse en un apuro, le habría pedido ayuda. —Di unos golpecitos con el dedo en el papel azul y blanco del telegrama—. Esto es de hace más de un mes. Si lo que usted teme hubiera ocurrido por entonces, el caso se habría cerrado ya. Por tratarse de una primera detención, habría salido del paso con una condicional y una buena reprimenda.

Se sirvió otra copa para aliviar su preocupación.

—Eso me tranquiliza un poco —admitió.

—Pueden haberle ocurrido muchas otras cosas —le dije—. Que se fugara con Lavery y después discutieran. Que se largara con otro hombre y le enviara a usted ese telegrama para despistarle. Que se fuera sola o con otra mujer. Que bebiera más de la cuenta y esté ahora en un centro de desintoxicación haciéndose una cura. Que se metiera en un lío del que no tenemos ni la menor idea. O que se encontrara en una situación realmente peligrosa.

—¡Dios mío! ¡No diga eso! —exclamó Kingsley.

—¿Por qué no? También tiene que tenerlo en cuenta. Me hago una vaga idea de cómo es la señora Kingsley. Creo que es joven, guapa, alocada e indomable. Que bebe, y que cuando bebe hace cosas peligrosas. Que se deja engatusar fácilmente por los hombres y que es capaz de largarse con cualquier desconocido que luego pueda resultar un delincuente. ¿Es así?

—Palabra por palabra.

—¿Cuánto dinero llevaba?

—Le gusta llevar bastante. Tiene su cuenta en un banco distinto del mío. Podría llevar cualquier cantidad.

—¿Tienen ustedes hijos?

—No.

—¿Administra usted los negocios de su mujer?

Negó con la cabeza.

—Su único negocio consiste en ingresar talones, sacar dinero y gastárselo. Nunca invierte un céntimo. Y su dinero nunca me ha servido de nada, si es eso lo que está pensando. —Hizo una pausa y continuó—: No crea que no lo he intentado. Soy un hombre como los demás y no me hace ninguna gracia ver cómo una renta de veinte mil dólares anuales desaparece sin dejar más rastro que unas cuantas resacas y unos amantes del tipo de Chris Lavery.

—¿Cómo se lleva usted con los del banco de su mujer? ¿Podrían darle una lista de las cantidades que ha retirado durante los dos últimos meses?

—No querrán. Intenté que me dieran ese tipo de información una vez, cuando me dio por pensar que le estaban haciendo chantaje, pero no me hicieron ni caso.

—Podemos conseguirla —le aseguré—, y quizá tengamos que hacerlo. Pero supondría denunciar su desaparición y eso usted no quiere hacerlo, ¿verdad?

—Si quisiera, no le habría llamado.

Asentí, reuní mis documentos y me los guardé en el bolsillo.

—El asunto tiene más vueltas de las que veo en este momento —le dije—, pero empezaré por hablar con Lavery, acercarme al lago Little Fawn y hacer allí unas cuantas preguntas. Necesito la dirección de Lavery y una nota de presentación para el hombre que cuida de la casa.

Sacó una hoja de papel de un cajón, escribió algo y me la entregó. Decía: «Estimado Bill: le presento al señor Marlowe, que desea ver la propiedad. Por favor, enséñele la cabaña y ayúdelo en todo lo necesario. Suyo, Derace Kingsley».

Doblé la nota y la introduje en el sobre que él había estado escribiendo mientras yo leía.

—¿Qué me dice de las otras cabañas? —le pregunté.

—Hasta el momento, este año no ha ido nadie por allí. De los propietarios, uno trabaja para el gobierno en Washington y el otro está en Fort Leavenworth. Sus mujeres están con ellos.

—Ahora, deme la dirección de Lavery —le pedí.

Miró a un punto situado muy por encima de mi cabeza.

—Vive en Bay City. Sabría ir a su casa, pero he olvidado la dirección. La señorita Fromsett podrá dársela, creo. No es necesario que le diga para qué la necesita, aunque probablemente lo sabrá. Y ahora, me ha dicho que quiere cien dólares.

—No se preocupe. Lo he dicho solo por sus malos modos.

Sonrió. Me levanté y dudé un poco junto a la mesa. Al cabo de un momento añadí:

—No me ocultará usted nada, ¿verdad? Nada de importancia, quiero decir.

Fijó la vista en sus pulgares.

—No, no le oculto nada. Estoy preocupado y quiero saber dónde está mi mujer. Estoy muy preocupado. Si averigua usted algo, llámeme a cualquier hora del día o de la noche.

Le aseguré que así lo haría, nos dimos la mano, salí del amplio y fresco despacho y volví a la recepción, donde la señorita Fromsett seguía elegantemente sentada tras su escritorio.

—El señor Kingsley cree que usted puede darme la dirección de Chris Lavery —le dije. Y observé su rostro.

Cogió lentamente una agenda de piel marrón y pasó unas páginas. Luego habló con voz tensa y fría.

—La dirección que tenemos es Altair Street, 623, Bay City. Teléfono 12523 de Bay City. Pero el señor Lavery dejó de trabajar para nosotros hace más de un año. Puede haberse mudado.

Le di las gracias y me dirigí a la puerta. Desde allí me volví a mirarla. Estaba sentada, muy quieta, con las manos entrelazadas sobre el escritorio y la mirada fija en el vacío. Un par de manchas rojas ardían en sus mejillas y su mirada era remota y amarga.

Me dio la impresión de que Chris Lavery no le resultaba un pensamiento agradable.

cap-3

3

Altair Street estaba en el ángulo de la «v» que formaba el extremo interior de un profundo cañón. Hacia el norte se extendía la fresca curva azul de la bahía hasta adentrarse en el mar más arriba de Malibú. Hacia el sur, a lo largo de la carretera de la costa, se desparramaba sobre un acantilado la población costera de Bay City.

Era una calle corta, de solo tres o cuatro manzanas, que terminaba en la alta verja de hierro de una enorme propiedad. Tras las puntas doradas de los barrotes se veían árboles y arbustos, algo de césped y parte de la curva de un camino asfaltado, pero la casa quedaba oculta. En el lado de la calle más alejado del mar, las casas estaban bien cuidadas y eran bastante grandes, pero los pocos bungalows diseminados por el borde del cañón no eran gran cosa. En la media manzana cortada por la verja de hierro había solo dos casas, una a cada lado de la calle y casi frente por frente. La más pequeña era el número 623.

Pasé ante ella sin detener el coche, di la vuelta en el semicírculo asfaltado en que terminaba la calle y aparqué ante el solar contiguo a la casa de Lavery. Estaba construida hacia abajo, produciendo un efecto como de planta trepadora, con la puerta principal a un nivel un poco más bajo que la calle, la terraza sobre el tejado, el dormitorio en el sótano y un garaje semejante a la tronera de una mesa de billar. Una buganvilla escarlata susurraba contra el muro de la fachada principal y las losas del camino que conducía a la puerta estaban bordeadas de musgo. La puerta era estrecha, tenía una mirilla enrejada y estaba coronada por un arco apuntado. Bajo la mirilla había una aldaba de hierro. Llamé varias veces.

No ocurrió nada. Pulsé el timbre que había a un lado de la puerta y lo oí sonar no muy lejos en el interior de la casa. Esperé y tampoco ocurrió nada. Volví a llamar con la aldaba. Nada otra vez. Volví a subir el caminito de losas, me acerqué al garaje y levanté un poco la puerta, lo suficiente para ver que dentro había un coche con los neumáticos ribeteados de blanco. Volví a la puerta principal.

Un bonito Cadillac negro salió del garaje de la casa de enfrente, retrocedió, dio la vuelta, pasó ante la casa de Lavery, aminoró la marcha y un hombre delgado con gafas de sol me miró severamente desde el interior como si yo no tuviera derecho a estar allí. Le dirigí mi mirada de acero y siguió adelante.

Volví por el caminito y de nuevo martilleé con la aldaba. Esta vez dio resultado. La mirilla se abrió y, a través de la reja, vi a un sujeto guapo y de ojos brillantes.

—Está armando un escándalo —pronunció.

—¿Es usted el señor Lavery?

Me contestó que sí y me preguntó qué quería. Le pasé una tarjeta a través de la reja. La cogió una mano grande y morena. Después me volvió a mirar con sus brillantes ojos castaños y dijo:

—Lo siento. Hoy no necesito ningún detective.

—Trabajo para Derace Kingsley.

—Pues váyanse al diablo los dos —exclamó, y cerró de un golpe la mirilla.

Apoyé el dedo en el timbre, saqué un cigarrillo con la mano que tenía libre, y acababa de encender una cerilla raspándola contra el marco de la puerta cuando esta se abrió de pronto y un tipo grande, vestido con bañador, sandalias de playa y un albornoz de felpa blanco se encaró conmigo.

Dejé de tocar el timbre y le sonreí.

—¿Qué le pasa? —le pregunté—. ¿Tiene miedo?

—Vuelva a tocar el timbre —dijo— y lo mando al otro lado de la calle.

—No sea infantil. Sabe perfectamente que yo voy a hablar con usted y que usted va a hablar conmigo.

Saqué el telegrama azul y blanco del bolsillo y lo puse ante sus brillantes ojos castaños. Lo leyó despacio, se mordió el labio inferior y gruñó:

—¡Maldita sea, pase de una vez!

Me abrió la puerta de par en par y entré en la penumbra de una habitación muy acogedora decorada con una alfombra china color albaricoque que parecía cara, unos cuantos sillones de brazos muy altos, varias lámparas cilíndricas blancas, un escritorio grande en el rincón, un sofá largo y muy ancho tapizado en mohair color tostado y marrón, y una chimenea con guardafuegos de cobre y repisa de madera blanca. Tras el guardafuegos había leña, oculta en parte por una rama de manzanita en flor. Las flores empezaban a amarillear, pero seguían siendo muy bonitas. Sobre una mesa baja y redonda de madera de nogal y sobre de cristal había una bandeja con una botella de Vat 69, vasos y una cubitera de cobre. La habitación se prolongaba hasta el fondo de la casa y terminaba en un arco bajo, a través del cual se veían tres ventanas estrechas y el arranque de la barandilla de hierro blanco de la escalera de bajada.

Lavery cerró dando un portazo y se sentó en el sofá. Sacó un cigarrillo de una caja de plata, lo encendió y me miró irritado. Yo me senté frente a él y lo observé. En cuanto al aspecto físico, era todo lo guapo que permitía anticipar la fotografía. Tenía un torso estupendo y unos muslos magníficos. Sus ojos eran castaños, con el blanco ligeramente grisáceo. El pelo, bastante largo, se le rizaba un poco sobre las sienes. La piel morena no mostraba la menor señal de disipación. Era un hermoso trozo de carne, pero para mí no era más que eso. Aunque entendía que encandilara a las mujeres.

—¿Por qué no nos dice dónde está? —le pregunté—. De todos modos, vamos a averiguarlo, pero si nos lo dice ahora, dejaremos de molestarle.

—Se necesita algo más que un detective privado para molestarme a mí —contestó él.

—No, no es cierto. Un detective privado puede molestar a cualquiera. Somos tercos y estamos acostumbrados a los desplantes. Nos pagan por día y lo mismo nos da emplear el tiempo en molestarle a usted que en cualquier otra cosa.

—Óigame usted —me dijo inclinándose hacia delante y apuntándome con el cigarrillo—. He leído lo que dice el telegrama, pero es mentira. Yo no fui a El Paso con Crystal Kingsley. Hace mucho que no la veo, desde mucho antes de la fecha de ese telegrama. No he estado en contacto con ella. Ya se lo dije a Kingsley.

—Él no tiene por qué creerle.

—¿Y por qué habría de mentirle?

Parecía sorprendido.

—¿Y por qué no?

—Mire —añadió con vehemencia—, usted puede creer que miento porque no la conoce, pero no es así. Kingsley no tiene ningún control sobre ella. Y si no le gusta cómo se porta, ya sabe lo que tiene que hacer. Los maridos posesivos me ponen enfermo.

—Si no fue usted a El Paso con Crystal —le dije—, ¿por qué puso ella este telegrama?

—No tengo la menor idea.

—Seguro que puede decirme algo más —Señalé la rama de manzanita que había en la chimenea—. ¿La cogió en el lago Little Fawn?

—Las colinas de por aquí están llenas de manzanita —respondió con desprecio.

—Pero aquí no florece como allí.

Rió.

—Está bien. Fui allí la tercera semana de mayo. Supongo que podría averiguarlo por su cuenta. Esa fue la última vez que la vi.

—¿Pensaba casarse con ella?

Lanzó una bocanada de humo y dijo a través de él:

—Lo he pensado, sí. Es rica y el dinero siempre viene bien. Pero sería un modo demasiado difícil de conseguirlo.

Asentí con la cabeza, pero no dije nada. Él miró la rama de manzanita y se apoyó en el respaldo del sofá para lanzar al aire una nube de humo y mostrarme el perfil fuerte y moreno de su garganta. Al poco rato, viendo que yo seguía sin decir nada, empezó a inquietarse. Miró la tarjeta que le había dado y dijo:

—Así que cobra usted por sacar trapos sucios a la luz, ¿eh? ¿Da mucho dinero eso?

—No crea que es para forrarse. Un dólar por aquí, otro por allá…

—Y todos bastante asquerosos.

—Oiga usted, señor Lavery. No es necesario que discutamos. Kingsley cree que usted sabe dónde está su mujer, pero no quiere decírselo. Por maldad o por delicadeza.

—¿Por qué razón preferiría él que fuera? —gruñó el guapo moreno.

—Lo mismo le da con tal de que le dé esa información. No le importa mucho lo que hagan ustedes dos, ni adónde puedan ir, ni si ella se divorcia o no. Solo quiere asegurarse de que todo va bien y de que ella no se ha metido en ningún lío.

Lavery pareció interesado.

—¿En un lío? ¿Qué clase de lío?

Lamió la palabra sobre sus labios morenos, saboreándola.

—Quizá no sepa usted nada del tipo de lío en que piensa él.

—Dígamelo —suplicó con sarcasmo—. Me encantará saber que existe algún tipo de lío del que yo no sepa nada.

—¡Qué bien lo hace usted! —exclamé—. Para las cosas serias no tiene tiempo, pero para hacer chistes, le sobra. Si cree que vamos a hacer que le detengan por haber cruzado la frontera del estado con ella, se equivoca.

—¡Váyase al cuerno! Tendría que demostrar que pagué el transporte o la denuncia no serviría de nada.

—Este telegrama tiene que significar algo —repetí con tozudez. Me pareció que ya lo había dicho antes. Varias veces.

—Probablemente se trata de una de sus cosas. Ella siempre usa trucos como ese. Todos bastante tontos y algunos hasta perversos.

—Pues a este no le veo ningún sentido.

Sacudió cuidadosamente la ceniza del cigarrillo sobre la mesita de cristal. Me lanzó una mirada solapada y desvió la vista al instante.

—La dejé plantada —dijo despacio—. Puede que esta sea su forma de vengarse de mí. Había quedado en ir a verla un fin de semana. Y no fui. Estaba harto de ella.

—Ya —dije. Y lo miré largamente—. No me gusta mucho. Habría preferido que se hubiera ido a El Paso con ella, que hubieran disentido allí y después se hubieran separado. ¿No podría decirme eso?

Se puso como la grana bajo el bronceado.

—¡Maldita sea! Ya le he dicho que no fui a ninguna parte con ella. ¡A ninguna parte! ¿Es que no se acuerda?

—Me acordaré cuando le crea.

Se inclinó hacia delante para apagar el cigarrillo. Se levantó con un movimiento ágil, sin apresurarse, se apretó el nudo del cinturón del albornoz y se detuvo junto al brazo del sofá.

—Muy bien —dijo con voz tensa y clara—. ¡Largo de aquí! ¡Fuera! Estoy harto de tanto interrogatorio. Estamos perdiendo mi tiempo y el suyo, si es que el suyo vale algo.

Me levanté y le sonreí.

—No mucho, pero por poco que valga, me lo pagan. ¿No habrá tenido usted por casualidad algún contratiempo, digamos que en la sección de joyería o de medias de algunos grandes almacenes?

Me miró atentamente con el ceño sombrío y los labios fruncidos.

—No le entiendo —dijo, pero su voz traslucía cierta preocupación.

—Eso es todo lo que necesitaba saber —añadí—. Gracias por escucharme. Y a propósito, ¿en qué trabaja usted desde que dejó la compañía de Kingsley?

—¿Qué demonios le importa a usted eso?

—Nada, pero naturalmente puedo averiguarlo —contesté, y avancé un poco hacia la puerta, no mucho.

—Por el momento no hago nada —dijo con frialdad—. Espero en cualquier momento un nombramiento de la Marina.

—Es un trabajo que le va.

—Sí. Hasta la vista, sabueso, y no se moleste en volver por aquí. No pienso estar en casa.

Me acerqué a la puerta y la empujé. Se quedó atascada en el umbral a causa de la humedad del mar. Cuando al fin conseguí abrirla me volví a mirar a Lavery. Seguía de pie, con el ceño fruncido y lleno de truenos mudos.

—Quizá tenga que volver —le dije—. Pero entonces no será para intercambiar bromitas. Será porque haya averiguado algo que exija una conversación.

—Así que sigue creyendo que miento —exclamó salvajemente.

—Creo que se calla algo. He visto demasiadas caras para no saberlo. Puede que no sea asunto mío. Si es así, tendrá que echarme otra vez.

—Será un placer —respondió—. Pero la próxima tráigase a alguien que le lleve a casa. Por si se cae de espaldas y se parte la crisma.

Luego, sin motivo aparente, escupió en la alfombra a sus pies.

Me sorprendió. Fue como ver a alguien desprenderse del barniz y convertirse de pronto en alguien duro en medio de un callejón. O como oír a una mujer supuestamente refinada empezar a decir tacos.

—Adiós, belleza —le dije, y lo dejé allí de pie. Cerré la puerta tirando con fuerza y subí por el sendero hasta la calle. Luego me quedé en la acera mirando la casa de enfrente.

cap-4

4

Era una construcción ancha y baja, con muros de estuco que habían sido de un rosa fuerte y habían ido perdiendo color hasta quedar de un agradable tono pastel y con los marcos de las ventanas pintados de color verde mate. La cubierta era de tejas verdes, redondeadas y toscas. La puerta principal estaba enmarcada por una banda de mosaico multicolor, y ante ella se extendía un jardincillo de flores rodeado por una cerca baja de estuco rematada por barrotes de hierro que la humedad del mar había empezado a corroer. Fuera de la cerca, a la izquierda, había un garaje para tres coches con una puerta que daba al interior del jardín y de la cual arrancaba un caminito de asfalto que llegaba hasta la entrada lateral de la casa. Junto a la puerta de la cerca había una placa de bronce que decía: «Albert S. Almore. Doctor en Medicina».

Mientras contemplaba la casa desde la acera de enfrente, el Cadillac negro que había visto poco antes dobló la esquina ronroneando y avanzó manzana arriba. Aminoró la marcha y se hizo a la derecha con el fin de disponer de espacio para entrar en el garaje, decidió que mi coche lo estorbaba, siguió hasta el final de la calle y dio la vuelta donde la calzada se ensanchaba, ante la verja ornamentada del fondo. Volvió despacio y entró en el tercio de garaje que estaba vacío.

El hombre delgado con gafas de sol comenzó a recorrer el sendero que conducía a la casa con un maletín de médico de doble asa en la mano. A medio camino, empezó a andar con lentitud para mirarme. Yo me dirigí a mi coche. Al llegar a la casa sacó un llavín y, mientras abría, se volvió de nuevo a mirarme.

Subí al Chrysler y me senté en el interior a fumar un cigarrillo y a pensar si valía la pena o no pagar a alguien para que siguiera a Lavery. Decidí que, tal como estaban las cosas, de momento era mejor no hacerlo.

Unas cortinas se movieron tras una ventana de la planta baja cercana a la puerta por la que había entrado el doctor Almore. Las sostenía una mano delgada y adiviné el reflejo de la luz en los cristales de unas gafas. Las cortinas permanecieron apartadas bastante tiempo antes de volver a cerrarse.

Miré hacia la casa de Lavery. Desde el lugar en que me hallaba vi que el porche de servicio daba a un tramo de escalones de madera pintada que acababa en un camino asfaltado y en otro tramo de escalones, este de cemento, que iba a morir a su vez en el callejón pavimentado de abajo.

Volví a mirar la casa del doctor Almore mientras me preguntaba distraídamente si este conocería a Lavery y hasta qué punto. Era más que probable, puesto que eran los dos únicos vecinos en aquella manzana. Pero tratándose de un médico, no me diría nada acerca de él. Al mirar vi que las cortinas que había visto moverse estaban ahora descorridas por completo.

El panel central de la triple ventana no tenía persiana. Tras él, el doctor Almore me miraba con su rostro delgado contraído en un gesto torvo. Sacudí la ceniza del cigarrillo por la ventanilla del coche, y él se volvió de manera brusca y se sentó ante un escritorio. Sobre el tablero, a su lado, se hallaba el maletín de doble asa. Permaneció sentado rígidamente, golpeando la madera con los dedos junto al maletín. Hizo ademán de descolgar el teléfono, lo tocó y retiró la mano. Encendió un cigarrillo, sacudió la cerilla con furia, se acercó a zancadas a la ventana y volvió a mirarme.

El asunto me interesó aunque solo fuera porque se trataba de un médico. Los médicos, por lo general, son los hombres menos curiosos del mundo. Con los secretos que oyen mientras hacen prácticas en el hospital tienen bastante para el resto de su vida. El doctor Almore parecía interesado por mí. Más que interesado, molesto.

Me inclinaba hacia delante para hacer girar la llave de contacto cuando se abrió la puerta de la casa de Lavery. Retiré la mano y me arrellané de nuevo en el asiento. Lavery recorrió a paso vivo el caminito de losas, lanzó una mirada a la calle y se volvió hacia el garaje. Iba vestido como antes. Llevaba al brazo una gruesa toalla y una esterilla de playa. Oí el ruido que hizo la puerta del garaje al levantarse, el de la puerta del coche al abrirse y al cerrarse, y por último, el carraspear del motor al ponerse en marcha. El coche subió marcha atrás el empinado trecho hasta la calle soltando un humo blanco por el tubo de escape. Era un pequeño descapotable azul muy gracioso. Sobre la capota plegada sobresalía la lustrosa cabeza morena de Lavery. Ahora llevaba unas gafas de sol muy de moda con patillas blancas anchas. El automóvil recorrió la media manzana y dobló la esquina zigzagueando a toda velocidad.

Aquello ya no tenía ningún interés para mí. El señor Lavery se dirigía a la orilla del vasto océano Pacífico para tenderse al sol y dejar ver a las chicas lo que no tenían por qué seguir perdiéndose.

Concentré de nuevo mi atención en el doctor Almore. Estaba en el teléfono, sin hablar, pero con el auricular pegado a la oreja, fumando y esperando. Luego se inclinó hacia delante, como hace uno cuando vuelve a oír una voz al otro lado del hilo. Escuchó, colgó y anotó algo en un cuaderno que tenía ante él. Después, un grueso libro amarillo apareció sobre su escritorio y él lo abrió más o menos por la mitad. Mientras lo hacía lanzó una mirada rápida por la ventana, directamente a mi Chrysler.

Encontró en el libro lo que buscaba, se inclinó sobre él y unas fugaces bocanadas de humo se elevaron en el aire sobre las páginas. Escribió algo más, dejó el libro a un lado y volvió a coger el teléfono. Marcó un número, esperó y empezó a hablar rápidamente mientras asentía y hacía gestos en el aire con el cigarrillo.

Acabó de hablar y colgó. Apoyó la espalda en el respaldo del asiento y permaneció sentado, rumiando sus pensamientos, con la vista fija en el escritorio, pero sin olvidarse de mirar por la ventana a cada rato. Él esperaba y yo esperaba con él sin ningún motivo. Los médicos hacen llamadas telefónicas y hablan con mucha gente. Los médicos miran por la ventana, los médicos fruncen el ceño, los médicos se ponen nerviosos, los médicos tienen preocupaciones y las demuestran. Los médicos son personas como las demás, nacidas para sufrir y librar la larga y terrible batalla como todos nosotros.

Pero algo en la conducta de ese médico en concreto me intrigaba. Consulté el reloj, decidí que era hora de comer algo, encendí otro cigarrillo y no me moví.

Fue cosa de unos cinco minutos. Un coche de color verde dobló la esquina a toda velocidad y avanzó manzana arriba. Paró ante la casa del doctor Almore y su esbelta antena de radio se cimbreó en el aire. Un hombre fornido de cabello de un rubio ceniciento se bajó y se acercó a la entrada principal de la casa. Llamó al timbre y se inclinó para encender una cerilla rascándola contra el escalón. Volvió la cabeza y dirigió la vista exactamente hacia el lugar donde yo me encontraba.

La puerta se abrió y el hombre entró en la casa. Una mano invisible corrió las cortinas del despacho del doctor Almore impidiéndome ver la habitación. Seguí sentado contemplando el forro de las cortinas descolorido por el sol. El tiempo pasó lentamente.

La puerta volvió a abrirse y el hombretón bajó al desgaire los escalones de la entrada y cruzó la puerta de la cerca. Arrojó la colilla al suelo y se pasó la mano por el pelo. Se encogió de hombros, se pellizcó la barbilla y cruzó la calzada en diagonal. En el silencio de la calle sus pisadas resonaban pausadas y claras. Las cortinas del doctor Almore volvieron a abrirse a sus espaldas. Almore estaba de pie junto a la ventana y miraba.

Una mano grande y pecosa se posó sobre la puerta del coche junto a mi codo, y una cara grande, surcada de profundas arrugas, pareció flotar en el aire sobre ella. El hombre tenía los ojos de un azul metálico. Me miró fijamente y habló con voz ronca.

—¿Está esperando a alguien? —preguntó.

—No sé —le dije—. ¿Lo estoy?

—Soy yo quien pregunta aquí.

—No me diga —contesté—. Así que esta es la explicación de toda esa comedia.

—¿Qué comedia?

Me lanzó una mirada dura y airada de sus ojos muy azules. Yo señalé a la acera de enfrente con el cigarrillo.

—Ese tipo tan nervioso y la llamada de teléfono. Ha avisado a la policía probablemente después de averiguar mi nombre, probablemente por medio del Automóvil Club, y de buscarlo en la guía. ¿Qué pasa? —le pregunté.

—Enséñeme su carnet de conducir —me ordenó.

Le devolví la mirada.

—¿No enseña nunca su placa de policía? ¿O cree que hacerse el duro es toda la identificación que necesita?

—Cuando tenga que ser duro lo notará enseguida, amigo.

Me incliné hacia delante, hice girar la llave de contacto y pulsé e

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