Joyland

Stephen King

Fragmento

cap

Intenté contactar con Wendy desde la estación de autobuses, pero su madrastra me dijo que había salido con Renne. Probé de nuevo cuando el autobús llegó a Wilmington, pero seguía fuera. Le pregunté a Nadine —la madrastra— si tenía alguna idea de dónde podrían haber ido. Me contestó que no. Sonaba como si mi llamada fuera la menos interesante que hubiera recibido en todo el día. Quizá en todo el año. Quizá en toda su vida. Me llevaba bastante bien con el padre de Wendy, pero Nadine Keegan nunca fue una de mis mayores fans.

Por fin, estando ya en Boston, conseguí hablar con Wendy. Tenía voz de dormida, aunque solo eran las once, la hora cumbre de la noche para la mayoría de los universitarios durante las vacaciones de primavera. Le conté que me habían dado el trabajo.

—Hurra por ti —dijo ella—. ¿Estás de camino a casa?

—Sí, en cuanto monte en el coche. —Y si no tenía un neumático desinflado. En aquellos días, circulaba con gomas gastadas y siempre había alguna que parecía a punto de reventar en cualquier instante. ¿Una rueda de repuesto, preguntas? Muy gracioso, señor—. Podría pasar la noche en Portsmouth en vez de ir directamente a casa, y así te veo mañana si...

—No sería buena idea. Renee se va a quedar aquí esta noche y esa es prácticamente toda la compañía que admite Nadine. Ya sabes lo sensible que es con las visitas.

Con algunas visitas, quizá, pero me daba la impresión de que Nadine y Renee hacían tan buenas migas como el fuego y la madera; se pasaban el día bebiendo una taza de café tras otra y chismorreando sobre sus actores de cine favoritos como si fueran amigas íntimas de estos, pero aquel no parecía el mejor momento para mencionarlo.

—Normalmente estaría encantada de hablar contigo, Dev, pero me estaba preparando para irme a la cama. Ren y yo hemos tenido un día ajetreado, entre compras y... otras cosas.

No dio más detalles sobre esas otras cosas y a mí tampoco me apeteció preguntar por ellas. Otra señal de aviso.

—Te quiero, Wendy.

—Yo también te quiero. —Sonó más mecánico que apasionado. Solo está cansada, me dije.

Salí de Boston en dirección norte con una marcada sensación de inquietud. ¿Por su forma de expresarse? ¿Su falta de entusiasmo? No lo sabía. No estaba seguro de querer saberlo. Pero no paraba de darle vueltas. Incluso ahora, después de todos estos años, a veces le doy vueltas. Actualmente para mí no es más que una cicatriz y un recuerdo, alguien que me hirió como suelen herir las muchachas a los jovencitos de vez en cuando. Una muchacha de otra vida. A día de hoy aún no puedo evitar preguntarme dónde estuvo aquel día. Qué serían esas cosas. Y si realmente estuvo con Renee Saint Clair.

Podríamos debatir sobre cuál es la letra más escalofriante de la música pop, pero para mí es la de una canción de los primeros Beatles —de John Lennon, de hecho— que dice «I’d rather see you dead, little girl, than to be with another man».* Podría declarar que nunca me sentí así respecto a Wendy tras nuestra ruptura, pero mentiría. Constantemente no, pero ¿pensé en ella con cierta malevolencia tras nuestra ruptura? Sí. Hubo largas noches de insomnio en las que pensaba que se merecía que le ocurriera algo malo, quizá algo verdaderamente malo, por el daño que me había causado. Esos pensamientos me dejaban consternado, pero aun así, a veces no podía evitarlos. Entonces me acordaba del hombre que había entrado en la Casa Embrujada rodeando con el brazo a Linda Gray, llevando puestas dos camisas. El hombre con el pájaro en la mano y una navaja de afeitar en el bolsillo.

En la primavera de 1973 —el último año de mi infancia, cuando lo analizo en retrospectiva— visualizaba un futuro en el que Wendy Keegan era Wendy Jones... o tal vez Wendy Keegan-Jones, si quería ser moderna y conservar su nombre de soltera. Me imaginaba una casa a la orilla de un lago en Maine o en New Hampshire (quizá al oeste de Massachusetts), llena del bullicio y el griterío de un par de pequeños Keegan-Jones, una casa donde yo escribía libros que no eran exactamente superventas pero sí lo suficientemente populares para vivir con holgura y —muy importante— bien valorados por la crítica. Wendy perseguía su sueño de abrir una pequeña boutique (también bien valorada) y yo impartía algunos seminarios de escritura creativa, de esos que se disputan los estudiantes talentosos. Nada de esto ocurrió, por supuesto, así que resultó apropiado que la última vez que estuvimos juntos como pareja fuera en el despacho del profesor George B. Nako, un hombre que nunca existió.

En el otoño de 1968, los alumnos que regresaban a la Universidad de New Hampshire descubrieron el «despacho» del profesor Nako bajo las escaleras, en el sótano del pabellón Hamilton Smith. El cuarto estaba empapelado con diplomas falsos, acuarelas extravagantes etiquetadas como arte albano y planos de asientos con nombres tales como Elizabeth Taylor, Robert Zimmerman y Lyndon Beans Johnson garabateados a lápiz en los recuadros. Había también colgados diversos trabajos de estudiantes que nunca existieron. Recuerdo uno que se titulaba «Las estrellas sexuales de Oriente». Otro se llamaba «Los primeros poemas de Cthulhu: análisis». Había tres ceniceros de pie. Un letrero pegado con cinta adhesiva en la parte inferior de las escaleras rezaba: EL PROFESOR NAKO DICE: «¡LA LÁMPARA DE FUMAR SIEMPRE ESTÁ ENCENDIDA!». Había un par de sillas baratas destartaladas y un sofá igualmente hecho polvo, muy práctico para los estudiantes que acudieran en busca de un sitio cómodo donde enrollarse.

El miércoles anterior a mi último examen final fue inusualmente caluroso y húmedo para la época del año. A la una de la tarde empezaron a desarrollarse cumulonimbos y alrededor de las cuatro, la hora a la que Wendy había accedido a reunirse conmigo en el «despacho» clandestino de George B. Nako, se abrieron los cielos y empezó a diluviar. Fui el primero en llegar. Wendy apareció cinco minutos después, empapada hasta los huesos pero de muy buen humor. Gotas de agua centelleaban en su pelo. Se arrojó a mis brazos y se contoneó contra mí, riendo. Retumbó un trueno; las pocas luces colgantes del lúgubre pasillo del sótano parpadearon.

—Abrázame, abrázame, abrázame —pidió—. ¡Qué fría está la lluvia!

Yo la calenté a ella y ella me calentó a mí. Y en un abrir y cerrar de ojos estábamos enredados en el desvencijado sofá, mi mano izquierda ahuecada sobre su pecho sin sujetador, la derecha por debajo de la falda acariciando seda y encaje. Wendy dejó que mi mano permaneciera allí un minuto o dos y luego se incorporó, se apartó de mí y se atusó el pelo.

—Ya basta —dijo con remilgo—. ¿Y si entra el profesor Nako?

—No lo creo muy probable, ¿y tú?

Yo sonreía, pero por debajo del cinturón sentía un latido familiar. A veces Wendy lo aliviaba —se había convertido en una experta de lo que solíamos llamar «manualidades con pantalones»—, pero intuía que aquel no iba a ser uno de esos días.

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