Amazonía brasileña,
dos años antes
El pequeño indígena corría despavorido hacia la parte oscura de la selva, allá donde los árboles sagrados ocultaban el sol. Su corazón latía como los viejos tambores de guerra. Los labios apretados contenían sollozos. No llegaba a apartar la vegetación que le golpeaba en la cara. Seguía adelante como un jaguar sorteando olas de helechos, dunas de raíces, cascadas de enredaderas. El universo verde que tanto amaba se volvía de pronto en su contra, dificultando su huida del cazador de hombres.
Un nuevo disparo atravesó la maleza. Los guacamayos alzaron el vuelo. Una familia de monos capuchinos inundó el aire de chillidos. El chico vio que el cazador había errado el tiro por varios metros, pero no podía confiarse. Notaba cada vez más próximo el cañón caliente, las balas calladas que aguardaban en la recámara.
Se detuvo detrás de un tronco para coger aire y apoyó las manos en los muslos, lacerados por unas hojas finas como cuchillas de afeitar que crecían a media altura. Su madre insistía en que usara los pantalones vaqueros que compraban en Manaos, pero él, a pesar de estar a punto de cumplir once años, prefería el taparrabos que su abuela le hizo con cuero de tapir. Permaneció unos segundos con la mirada clavada en las palmas teñidas de sangre. No había tiempo para lamentos, tenía que escoger una ruta. Se encontraba a varias horas de cualquier enclave habitado, aparte de la comunidad de su familia, a la que no podía volver porque el cazador le cortaba el paso. El problema era que comenzaban a fallarle las fuerzas. Sentía calambres en las piernas, su respiración frenética le quemaba la garganta.
Bebió de una bromelia que acumulaba agua de lluvia en sus hojas con forma de copa y cerró los ojos al tragar. Hizo una inspiración entrecortada y olió la tierra siempre húmeda, la resina de copal y la fragancia de unas orquídeas que salpicaban de rojo las riberas del río…
¡El río!
Reanudó como pudo su carrera y no paró hasta que alcanzó la orilla. Se encaramó a las piedras pulidas con cuidado de no resbalarse. Había llovido de forma torrencial durante la última semana y la corriente bajaba desbocada. Comprobó con angustia que desde allí no podía bordear el kilómetro que le separaba del puente. Miró al otro extremo. Era una locura. Incluso cuando no había crecida utilizaban una cuerda para bañarse…
Oyó voces, se volvió un instante y de nuevo clavó los ojos en la otra orilla. Tenía que cruzar, era la única forma de dejarlos atrás.
Saltó con decisión. Durante unos segundos peleó contra los remolinos, pero pronto se convenció de que era inútil y se dejó llevar, rogando que apareciera un delfín rosado que con el pico le alzase a su lomo. Dio vueltas y más vueltas entre la espuma y los troncos arrastrados. Le golpeaban, el agua le anegaba la nariz y la boca. Cuando ya lo creía todo perdido logró sacar la cabeza y, entre el enérgico chapoteo, reparó en dos lianas que se introducían en el agua. Se estiró hacia la primera y la tocó con la punta de los dedos, pero un latigazo de la corriente le sumergió hasta el fondo. Dio un grito que retumbó en su cabeza, alzó el brazo hacia la superficie y en el último instante consiguió asirse a la otra. Soportó como pudo el tirón y avanzó a duras penas hasta que, extenuado, se introdujo en un recodo de manglar.
Permaneció inmóvil con el agua hasta la barbilla para recuperar fuerzas y echar de nuevo a correr, pero cuando fue a incorporarse ya era tarde. El cazador se acercaba a la orilla acompañado del guía de la selva y otro nativo, vestido con ropa occidental, que había organizado la batida. El chico lo había visto una semana atrás rondando su comunidad desde una barca con motor, y después se había cruzado con él en la ruta que hacía al atardecer para revisar la cosecha familiar de caucho. Le inquietó su expresión sombría y la certeza de que aquel hombre tenía alguna cuenta pendiente con su selva, pero no dijo nada en casa. No podía imaginar que andaba buscando una pieza de safari.
Gateó hacia la margen de barro junto a la que flotaban unos enormes nenúfares, se introdujo entre las hojas circulares y frotó con las flores su cara y cabello. El denso aroma a albaricoque impediría que el experimentado olfato del guía lo detectase…
O eso esperaba.
—Si no ha salido por aquí, se lo ha llevado el río —oyó que decía el nativo.
Sumergió la cabeza en la marisma hasta los ojos. Su pelo mojado se confundía con las piedras, pero en cualquier momento lo descubrirían. Los tenía literalmente encima.
—Maldita sea… —gruñó la voz grave del cazador.
—No se preocupe, localizaré otra presa para usted.
—Quiero ésta.
—Pero mister, si nos dirigimos hacia…
—Quie-ro-és-ta —repitió aquél, imprimiendo a cada sílaba una gélida cadencia.
A pesar de tener al chico a unos centímetros de sus botas no acertaba a verlo, pero su instinto depredador le mantenía anclado al suelo. Se sabía cerca de su trofeo y estaba excitado. Observaba las lianas, calibraba la fuerza de la corriente y apretaba con rabia el fusil.
Mientras se concentraba para no moverse, el chico comprobó con pavor que una araña peluda se aproximaba hacia él sobre una de las grandes hojas de lirio. Comenzó a temblar. Nunca había tenido reparo en pescar pirañas con un simple sedal o coger con los dedos orugas urticantes que seccionaba para extraer su pulpa curativa, pero sentía aprensión por las arañas. No podía soportar el movimiento acompasado de sus ocho patas.
Intentó pensar en otra cosa. Recordó las noches de tormenta, años atrás, en las que su abuelo le explicaba que no debía tener miedo, que el mundo se creó de la nada y que todo lo que había en él, incluidos los niños y los truenos, estaban hechos de la misma sustancia. Los disparos eran peor que los truenos, pensó, pero comenzó a entonar mentalmente la vieja canción indígena que su abuelo canturreaba para cerrar la historia y hacer que conciliara el sueño bajo el resplandor de los relámpagos:
La tierra desnuda y fría
se vistió con árboles gigantes.
Entre las ramas el viento silbaba.
Shhh… Shhh… Shhh…
En aquel momento ocurrió algo.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó el cazador.
—¡Allí! —señaló el guía en dirección a la foresta.
El cazador corrió unos metros hacia el interior con la culata apoyada en el hombro y disparó.
—¡Mierda! ¡He vuelto a fallar!
—No se preocupe, mister…
—¡No me seas condescendiente, hijo de puta!
—¡Era un aullador colorado, mister! —se explicó el guía estirando las manos hacia él para calmarle—. Lleva siguiéndonos desde hace horas.
Mientras el simio se perdía entre los árboles, el niño aprovechó para salir del agua. Amparado por el estruendo del río, bordeó unos metros para alejarse de sus perseguidores y corrió hacia las profundidades de la selva, sin mirar atrás, hasta que llegó a la base de una inmensa ceiba.
Contempló el tronco que lo convertía en el rey indiscutible del lugar. Ya estaba allí cuando, siglos atrás, llegaron los primeros expedicionarios. Mediría unos setenta metros de altura, sobresaliente su majestuosa copa por encima del manto amazónico, y casi cuatro de diámetro. Era el imponente retablo de aquel templo de columnas de madera, envuelto en una bruma que se desplazaba como humo de incienso y salpicado de luciérnagas que vibraban como las llamas de las velas. Pensó en esconderse entre sus pliegues, pero si el cazador lo encontraba no tendría escapatoria posible, así que decidió trepar. Y comenzó a subir, cuidando de no clavarse las espinas, aferrándose a ellas a modo de escalones hacia las nubes.
De repente, un nuevo disparo rasgó el aire. Sus ojos se abrieron de par en par al tiempo que sentía una quemazón insoportable en el talón. El cazador le había alcanzado. Pero siguió trepando, tirando de sí con las manos y un solo pie, espina a espina, hasta que llegó a la altura de una gran rama que, en su unión con el tronco, le ofrecía un hueco a modo de hamaca. Fue a introducirse en él cuando oyó otro disparo y sintió un brutal picotazo en la espalda.
Permaneció inmóvil, inquieto por el momentáneo silencio.
De su boca salió un hilillo de sangre.
Vinieron a su mente las tardes pasadas con sus primos en busca de unas ranas amarillas a las que extraían el veneno en un peligroso ritual que los convertía en hombres. Llevó la mano al pequeño cuchillo que colgaba de una cuerda anudada a su cintura y apretó el mango de hueso para combatir el miedo. Los viejos hablaban del paso a otra vida como quien cruza un puente colgante, largo e inestable. No quería caer al vacío y sufrir los tormentos del infierno. Iba a echarse a llorar, pero escuchó una música suave como las mariposas que vivían un solo día y a la vez rotunda como los tifones de verano y todo se calmó en su interior. Miró al cielo a través de la copa del árbol. El sol penetraba como flechas de luz entre las hojas movidas por el viento. Los chillidos del mono aullador se volvieron silbidos juguetones, los loros agitaron sus alas sin moverse de las ramas, brillaban los ojos vigilantes de los tipis.
Oyó un bisbiseo. Eran las hojas que susurraban: Ven, deja que tu alma ascienda hacia nosotras, que primero roce las de los árboles bajos, luego las de los medianos y por fin alcance la copa de este gran tronco que une la tierra y el cielo. El chico se recostó sobre la rama. Apoyó la cara en los líquenes. Las enredaderas le abrazaban. No sentía dolor, estaba en casa.
—He nacido de las hojas y vuelvo a las hojas —dijo con dulzura, citando a su abuelo—. Soy la raíz de estos árboles, mi sangre es su savia.
luz
1
São Paulo, en la actualidad
Mika pegó la nariz a la ventanilla del avión. Suspiró de forma entrecortada. Treinta por ciento eran nervios; setenta, excitación. Limpió su propio vaho condensado con la manga del suéter. Era de noche y llovía, pero ya se divisaban los contornos de aquella ciudad que se extendía más allá del horizonte. São Paulo era un continente entero de cemento y cristal. Los rascacielos apiñados formaban cordilleras. Emergían a cada cual más esbelto, labrándose un hueco a codazos entre el resto, y se estiraban hacia las nubes.
La voz del comandante sonó por megafonía. Pidió al personal de cabina que se preparase para tomar tierra y a los pasajeros que se asegurasen de que sus asientos estaban erguidos y sus cinturones, abrochados. Mika siguió mirando sin perder detalle. Podía distinguir las personas minúsculas yendo de aquí para allá como sedimentos llevados por el viento, acariciar las cimas de hormigón. No había espacio para jardines o estanques. Según las zonas, las azoteas de las casas ricas con helipuerto daban paso a los tejados de uralita de las favelas.
Se preguntó cuál de ellas sería Monte Luz, la comunidad del extrarradio que su amigo Purone y los demás miembros del colectivo artístico Boa Mistura estaban embrujando con sus pinturas. Aquellos cinco jóvenes madrileños, que se habían hecho un hueco en la élite internacional de la creatividad tras firmar impactantes murales en cuatro continentes, se encontraban decorando las calles de una favela por iniciativa de un mecenas brasileño que aún creía en el poder inspirador del arte urbano para mejorar la sociedad. Si no hubiera sido por ellos, no estaría en aquel avión. Fue Purone quien, cuando le contó que habían recibido ese encargo, le sugirió que São Paulo también era el mejor sitio del mundo para encontrar trabajo. Tres años después de obtener el grado en Publicidad y Relaciones Públicas, aún seguía enviando currículums y haciendo entrevistas, persiguiendo un puesto digno acorde con su preparación, por lo que le pareció una gran idea saltar el charco y abrir un nuevo frente.
Apenas había pasado un mes desde aquel día. Recordó cuando regresó a casa y se metió en internet. Su amigo estaba en lo cierto. Según afirmaban los foros y la página del consulado, en Brasil había empleo de sobra. Los sectores de servicios, turismo y recursos humanos estaban en auge y precisaban mano de obra cualificada. Sólo necesito hacer las maletas, pensó entonces con un hormigueo en el estómago.
Mientras escuchaba cómo se abría el tren de aterrizaje bajo sus pies, no pudo evitar sonreír. En verdad se encontraba comenzando una nueva y apasionante andadura. Volvió a pegar la nariz al cristal. Estaba frío. Apoyó también los pómulos sonrosados, primero uno, luego el otro, para calmar un repentino ardor.
Desde que aterrizó en el aeropuerto de Guarulhos le golpeó el caos que envolvía el día a día de los veinte millones de paulistas. El falso silencio que había respirado en el interior del avión fue sustituido por el estruendo de la tromba de agua, la publicidad que arrojaban las pantallas de televisión en las áreas comerciales de la terminal y las voces de aquellos que le ofrecían hotel, vehículos de alquiler y cambio de divisas. En condiciones normales aquel barullo le habría energizado, pero estaba rota por el vuelo y confundida por el cambio horario —había hecho dos largas escalas para conseguir un billete más económico— y no veía el momento de echarse a dormir en una cama.
Mañana será otro día, el primero de mi nueva vida. Ahora sólo quiero que mi maleta salga de una maldita vez por esa cinta…
Cruzó la aduana y se plantó en mitad de la zona pública. Eran las diez de la noche, pero estaba abarrotada. Se detuvo entre la multitud y miró a ambos lados. Había algo, más allá del ruido, que la desazonaba. No lograba identificarlo. Le habían advertido de que São Paulo era una ciudad agresiva, incluso peligrosa si se cruzaban determinadas líneas, pero no era eso lo que le preocupaba. Quizá fuera la lluvia. Había imaginado un Brasil siempre soleado. Lo cierto es que percibía un temblor en el ambiente, como el nerviosismo que los animales destilan antes de un cataclismo.
Odiaba sentirse vulnerable.
Una cama, eso era todo lo que necesitaba.
Y cuanto antes. Ya no se soportaba ni a sí misma.
Buscó la forma de llegar a Villa Madalena, un barrio céntrico en el que había reservado alojamiento para moverse con fluidez los primeros días. Podía ir en taxi, pero estaba a más de veinte kilómetros del aeropuerto y llevaba el dinero justo para aguantar unos días hasta que comenzase a trabajar. Pronto localizó una línea de autobús que no le dejaría lejos de la pousada. Dudó. Estaba tan cansada… Por otro lado, a la mañana siguiente tenía concertada la cita en la oficina comercial de la embajada, de la que confiaba salir con una oferta laboral firme…
Seamos prudentes. Autobús.
Pero cuando tiró de su repleta bolsa de viaje hacia donde marcaban los indicadores luminosos, terminó de romperse una rueda que se había rajado en la bodega del avión.
—¡Se acabó! —gritó, sacando todo su genio ante la mirada de otros viajeros.
Arrastró la bolsa hacia las puertas de salida a la calle, pasó bajo una marquesina que desaguaba torrentes de lluvia y en unos segundos estaba montada en un Peugeot que salió disparado del aparcamiento con los limpiaparabrisas desaforados y el aire acondicionado en modo huracán.
Cruzaron urbanizaciones residenciales en construcción. Grúas, grúas. Iluminadas como las norias de un inmenso parque de atracciones. Levantó la vista. Le llamó la atención la cantidad de helicópteros que trazaban insolentes líneas rectas en el cielo. Policiales, supuso. Los mosquitos de la nueva jungla.
A pesar de su tamaño, São Paulo era una ciudad joven. Su desarrollo apenas comenzó cien años atrás, cuando los hacendados locales vieron en el café una alternativa a la denostada caña de azúcar. A partir de entonces creció y creció, más en población que en infraestructuras, y dio lugar a las hacinadas favelas y al congestionado centro en el que el taxi se internaba sorteando obras y atascos.
—¿Ha venido de vacaciones? —se lanzó a preguntar el conductor, un hombre de mediana edad y piel oscura.
Vestía una camiseta sin mangas con el logotipo de Metallica que dejaba ver los numerosos tatuajes que cubrían sus brazos. Se esmeraba en hablarle de forma pausada para que ella le comprendiera, una fórmula aparentemente ingenua pero que daba buen resultado con los turistas de lengua castellana.
—A trabajar —contestó Mika en perfecto portugués.
—¿Habla mi idioma?
—Viví varios años en Mozambique.
—¡Qué legal! ¿Qué hacía allí?
—Mi padre estuvo destinado en Maputo. Es una larga historia.
—Me alegra que usted haya escogido Brasil. Cada día recojo a europeos que vienen aquí buscando lo que les falta allí. Antes ocurría al contrario.
—El mundo está cambiando.
—¡Y tanto! Fíjese en él.
Señaló una valla publicitaria en la que aparecía un hombre con una arrolladora sonrisa. A su lado, unas siglas: CoCo; y la leyenda: BUSCA EL ORO QUE HAY EN TI.
—¿Es un político?
—De momento no, pero dele tiempo. Es Gabriel Collor, el hombre más rico de Brasil. Dicen que pronto se convertirá en el más rico del planeta.
—¿Y le llaman CoCo?
—Es por Collor Corporation —aclaró el taxista—, un conglomerado de empresas. ¡Creo que a lo único que no se dedica es al fútbol! ¿En qué trabaja usted exactamente?
—Exactamente en nada. —Mika sonrió y cruzó una mirada a través del retrovisor—. Estudié una carrera pero aún no he tenido mi primer empleo serio.
—Es muy joven.
—Ya han pasado tres años desde que me licencié… —murmuró, como si se lo estuviera recordando a sí misma.
—¿Tanto? Si no puede tener más de veintidós.
—Veinticinco.
—No está mal tomarse las cosas con calma. Ya sabe lo que dicen: quien vive apurado, muere apurado. Tendríamos que disfrutar de la jubilación al principio de la vida laboral, cuando todavía andamos con ganas de samba.
—En realidad he estado dedicada al deporte.
¿Por qué tengo que justificarme?
—¿Fútbol?
—Kárate.
—¡Qué legal! No sabía que hubiera karatekas tan guapas fuera de la película Kill Bill.
La verdad es que Mika no respondía físicamente a su perfil de mujer cinturón negro segundo dan con la que es mejor no meterse porque atesora el mayor índice de victorias del circuito nacional. Su padre, que fue quien le inició en el arte marcial, se refería a ella como «mi pantera». Pero con sus cincuenta kilos, siempre controlados para no saltar de categoría por el peso, más parecía un cervatillo que un peligroso felino. Desprendía una sensualidad de la que carecían otras deportistas de su gimnasio. Quizá fuera por cómo miraba desde detrás del flequillo, oscuro y cortado de forma desigual; o por la ropa un tanto hippy que mostraba sin reparos buena parte de su cuerpo tallado con cincel por una genética generosa y las horas de insaciable entrenamiento.
—Muchas gracias por el cumplido. —Se recolocó sobre el hombro un tirante caído—. Veo que los brasileños dejan corta su fama.
El taxista rió con complicidad.
—No quería importunarla.
—No lo ha hecho.
—¿En serio puede alguien dedicarse a ese deporte en España?
—Ya no.
—Pero ¿llegó a competir en campeonatos importantes?
—Con la selección española. Varias veces.
—¡Qué legal!
Mika concluyó que aquella expresión repetida expresaba admiración.
—No sé si es tan legal. He dejado escapar en tres ocasiones la medalla de los juegos europeos; la última, antes de la pasada Navidad.
Estaba en un taxi a diez mil kilómetros de casa. No era un mal confesionario.
—Una lástima.
—O una suerte. Aquella derrota también influyó en la decisión de mudarme aquí.
—¿Le dieron una buena paliza?
Mika sonrió por la ternura que destilaba aquella pregunta.
—Me la di yo misma.
—¡No puedo creer que se golpease sin querer!
—Me refería a que… No sé por qué le estoy contando todo esto.
—Puede contarme lo que quiera. A mí también me gustaría saber kárate o cualquier otra arte marcial. Me vendría muy bien en esta ciudad.
—¿De verdad es para tanto lo que cuentan sobre la delincuencia?
El taxista levantó el dedo índice para anunciar una declaración de peso.
—Los paulistas padecemos dos lacras que nos impiden ser libres: la delincuencia y el tráfico. No podemos movernos a la hora que queremos ni por donde queremos. Hemos de evitar coincidir con estos insoportables atascos —señaló a la interminable fila que de repente tenían delante—, pero sobre todo debemos evitar que nos entren las prisas y la tentación de tomar un atajo. La mitad de las calles están prohibidas.
—¿Debo asustarme?
—¡Qué va! ¡Esta ciudad es una delicia! Está llena de hombres que se arrojarán a sus pies y la tratarán como a la reina del carnaval. Tan sólo sea consciente de que el mayor peligro está en el interior de los vehículos. Entre el personal de seguridad, las cámaras y las alambradas que rodean muchos edificios, es raro que alguien entre a robar en las casas ricas. Pero si circula por la calle equivocada después del anochecer, puede encontrarse con un Kaláshnikov cortándole el camino.
—¿Le ha ocurrido a usted?
—Cuando pueda, vaya en metro.
—¡Y me lo dice un taxista!
—Las cosas son como son. El metro es seguro, limpio, rápido y barato, pero tiene pocas líneas y hay muchos sitios a los que no llega. Para eso estamos nosotros. Al final, en São Paulo todos encontramos nuestro hueco.
Quizá sea verdad que he venido al sitio adecuado…
Al cabo de un rato, el conductor señaló más allá del parabrisas tintado.
—Estamos entrando en su barrio.
Mika bajó la ventanilla. Había dejado de llover. El escenario había mutado de repente. Circulaban por una calle empinada, flanqueada por edificios de dos plantas color pastel.
Aparte de estar bien situado, Villa Madalena era el enclave bohemio por excelencia. Una montaña rusa de boutiques de autor y locales nocturnos. Le encantaron las fotos que vio en internet, pero más aún le atrajo su historia. Antes de recibir su nombre actual —que provenía de la hija de un potentado de la colonia que compró los terrenos en los tiempos de bonanza del café—, fue bautizada como «Villa de los Harapos» por las cabañas de sus primeros pobladores indígenas, mudados a las colinas que se elevaban a un lado del río Pinheiros para aislarse de los jesuitas afincados en el centro de la ciudad. Hoy, pensó Mika, aquellos harapos han sido sustituidos por las creaciones de los modistos más alternativos. No era una mala inspiración.
Un lugar ideal para reinventarse.
Echó un vistazo rápido. La zona parecía cualquier cosa menos intimidante. Había gente diversa en terrazas comiendo torreznos troceados y bebiendo botellas mágnum de cerveza: reponedores de un supermercado estirando un descanso, yuppies de ambos sexos rematando una cena de empresa, musculosos que iban y venían del gimnasio nocturno y ancianas asomadas al fresco tras el chaparrón.
Mika habría querido unirse a cualquiera de aquellos grupos, pero lo que en aquel momento necesitaba era dormir. Cerrar los ojos, aparcar en la tierra de los sueños las frustraciones que traía consigo y despertar en un mundo nuevo. Vacío de derrotas. Lleno de posibilidades.
Cerrar los ojos…
Mientras caían los párpados le sacudió un grito del taxista.
—¿Qué ocurre?
—¡Se ha ido la luz!
Dio un fuerte volantazo. Mika se agarró al reposacabezas del copiloto para no vencerse hacia la puerta, pero aun así rozó con el hombro la hebilla metálica del cinturón de seguridad que no llevaba puesto. Tras dos violentas sacudidas se estrellaron de lado contra una fila de coches aparcados.
—¡Mierda! —rabió el taxista, llevándose la mano a la frente con gesto de dolor—. ¿Está usted bien?
—¡Sí! ¿Qué ha pasado?
—¡He esquivado a esa moto! ¡Se me echaba encima!
Una scooter yacía a las ruedas de una camioneta. Su conductor se levantaba tambaleante. El taxista seguía apretándose la frente. Le sangraba una ceja. Mika estaba conmocionada. Más frenazos. Pitidos. Gritos.
Salió del vehículo. De pie sobre la calzada, aún agarrada al marco de la puerta, miró a su alrededor.
El barrio entero estaba a oscuras.
Los semáforos, las farolas, las luces de los bares y restaurantes, de los escaparates, de las ventanas y terrazas. Todo se había apagado de pronto. Sólo funcionaban los faros de los vehículos, como luciérnagas en mitad de un bosque sin luna, lo que acrecentaba aún más la confusión. Cegaban en las distancias cortas y no alumbraban lo suficiente en las largas. Se apelotonaban en los cruces ciegos.
Mika se asomó al interior del taxi.
—¿Está usted bien?
—¿Por qué ha tenido que tocarme a mí? —se lamentaba el conductor.
—¿Qué puedo hacer?
—¡Coja su maleta y váyase! ¡Dios, no paro de sangrar!
Mika no sabía qué hacer.
Fue hacia la parte trasera del vehículo pisando cristales. Abrió el maletero y sacó la bolsa. Volvió a asomarse. Ni siquiera le había pagado el viaje.
—Al menos deje que…
—¡Lárguese de una vez y ahórreme el papeleo! ¿Quiere que me echen de la empresa por haber chocado mientras llevaba a una turista?
Mika arrastró sobre los cristales la bolsa de viaje de una sola rueda. No sabía hacia dónde tirar. En la negrura, apenas distinguía un puñado de figuras saliendo en tropel de los bares, maldiciendo, asustadas. Una mujer pedía ayuda porque acababan de darle un tirón. Cuando otros se acercaron para asistirla le entró un ataque de pánico; no quería que nadie la tocara. Todo era confusión. El barrio se había infestado de espectros. Mika apretó contra su cuerpo el pequeño bolso en el que llevaba la documentación y la cartera.
Respira hondo y concéntrate, no puedes quedarte aquí parada…
Se acercó a un grupo numeroso que se aglomeraba en la parte más alta de la calle. Una vez arriba, se introdujo a codazos entre la multitud hasta que se situó en primera fila. Estaba en la cima de un morro, uno de los cerros que se alzaban junto a la cuenca del río. Parecía puesto allí a modo de mirador. Agarró con fuerza la bolsa de viaje para que no se despeñase y la arrastrase consigo hacia el barranco. Permanecer allí era peligroso, pero Mika no podía apartarse de la sobrecogedora vista panorámica de la ciudad…
De la ciudad a oscuras.
El apagón no se limitaba al barrio. Todos los edificios de São Paulo, todas sus plazas y estadios se estremecían en el valle carente de luz.
Ni una ventana iluminada en los rascacielos, ni un simple destello en las calles interminables. Desde lo alto se respiraba la ansiedad de las personas atrapadas en los ascensores; la confusión de los hospitales que preparaban a toda prisa sus generadores para restablecer la asistencia a los quirófanos; el grito de las bocas del metro, que escupían viajeros aterrados mientras terminaban de tragar los ríos de la tormenta.
Más pitidos, más confusión.
Veinte millones de personas sumidas en la negrura.
Alrededor de Mika, la gente comenzó a especular de forma atropellada.
—¿Veis algo en el cielo?
—¿Qué vamos a ver aparte de nubes?
—¡Ovnis!
—¡No digas sandeces!
—¿Y las luces intermitentes que se avistaron en el último apagón de México? Me enviaron el vídeo de YouTube y estaba clarísimo.
—¿Qué estaba clarísimo?
—Ha tenido que ser un atentado —argüía otro—. He oído la explosión.
—¿Qué explosión? ¡No ha habido ninguna explosión!
—O un rayo —opinaba una mujer—, como el que le voló el dedo al Cristo Redentor.
—¡La tormenta no era eléctrica!
—Una tormenta solar. Eso es lo que ha sido…
—Qué idiotez —saltó un individuo con el torso desnudo—. ¿Dónde está el sol?
—No hace falta que lo veas, puede actuar sobre todo el planeta sin que te enteres.
—Si fuera una tormenta solar, tampoco funcionarían los faros de los vehículos —declaró un hombre enjuto que parecía ilustrado en esos temas, a juzgar por la explicación que comenzó a desgranar en mitad de la creciente polémica.
Mika temía, más que por la causa del apagón, porque alguno de aquellos exaltados le empujase sin pretenderlo al fondo del barranco. Se disponía a dar media vuelta para marcharse de allí cuando ocurrió algo que le encogió el corazón.
En lo alto de un rascacielos situado en el centro de la ciudad se encendió una estrella.
—Madre mía… —murmuró con la boca literalmente abierta.
Una estrella de siete larguísimas puntas que rasgó el cielo negro, quebrando la oscuridad.
Los rayos se proyectaban desde la azotea en un plano horizontal, un tanto inclinados hacia abajo como las varas de una sombrilla. Al partir de un punto tan alto, sobrevolaban todo el centro de la ciudad sin encontrar obstáculos y terminaban impactando en laderas y zonas elevadas de diferentes barrios de las afueras.
Mika intentó divisar qué artilugio producía aquella luz, tan potente que podía verse desde kilómetros de distancia. Era difícil distinguirlo, por el contraste de la estrella con la oscuridad absoluta sobre la que había prendido. Tenía que tratarse de siete cañones como los que utilizaban algunas discotecas, pero sus rayos resultaban muchísimo más anchos e intensos. Tanto que más que focos parecían cilindros sólidos, blancos inmaculados y de perfectos contornos.
—¡Están iluminando las favelas! —exclamó alguien de pronto, fragmentando el silencio sepulcral que se había apoderado de la ciudad.
—¡Es cierto, fijaos! —confirmó otro, y comenzó a señalar aquí y allá hacia donde apuntaban los rayos—. Paraisópolis, Brasilândia, Heliópolis…
Las áreas alumbradas por la estrella eran conocidas comunidades del extrarradio. Un indigno cinturón para el floreciente centro de la ciudad.
Las siempre oscuras favelas…
Por una noche, eran ellas las que brillaban.
2
En la mente de Mika pugnaban por hacerse un hueco una difusa paz, desconcierto, ansiedad… Ni siquiera podía asegurar que lo que estaba viviendo era real. Alguien acababa de sugerir que el apagón respondía a la llegada de seres extraterrestres, y aquella imagen bien parecía sacada de una película de Spielberg. Bella y épica, pero al mismo tiempo alarmante y turbadora. A medida que pasaban los minutos, las posibilidades más funestas iban tomando forma. Imaginaba una legión de terroristas con un interruptor en la mano, preparados para detonar la estrella y llevarse por delante a los veinte millones de habitantes de São Paulo… y a ella misma. Recién aterrizada.
¿De verdad voy a acabar así?
Lo que más le alarmaba a corto plazo era desvanecerse por la falta de sueño y la excitación y caer despeñada barranco abajo. Necesitaba encontrar como fuera su pousada, cubrirse con una sábana y despertar al día siguiente, cuando el sol hubiese derrocado el gobierno marcial de la estrella.
Leyó las señas en voz alta confiando que alguien le indicase cómo llegar. Los que la rodeaban, tan angustiados como enganchados a la adictiva contemplación de los cilindros de luz, no le hacían el menor caso. Parecían haber sido ya abducidos por las eventuales criaturas espaciales. Tras dar un último grito reclamando atención, un joven se ofreció a acompañarla. Una vez memorizó sus indicaciones, Mika le rehusó con maestría, echó una última mirada a la estrella y se separó del grupo.
Subió y bajó las empinadas cuestas, entre personas desorientadas que sollozaban en la oscuridad y vehículos que, a falta de avanzar, no dejaban de tocar el claxon. Le resultaba imposible adaptar los ojos a la negrura, ya que cada dos por tres le cegaban las linternas de los vecinos del barrio, empeñados en alumbrarle la cara para ver quién era la loca que se acercaba arrastrando semejante bulto.
Pasado un buen rato, con el tobillo dolorido por haber despertado una lesión reciente y el pelo calado primero por la lluvia y después por el sudor, se pegó a un poste —casi encaramándose a él— para comprobar si el nombre de la calle se correspondía con el que traía garabateado en su libreta de viaje.
Rua Harmonia.
Por fin…
Escudriñó un portal en el que habían colocado unas velas.
Pousada do Vento.
Había llegado.
Tuvo que contener las lágrimas que afloraron de puro agotamiento. La garganta dañada por el esfuerzo le raspaba al respirar. ¿Cuántos kilos de ropa, zapatos, botes y libros llevaba en aquella maleta? ¡Ni que se fuera a vivir a una isla desierta! Por fortuna, el edificio destilaba un acogedor ambiente de oasis, ideal para desembarcar después de la tempestad. Era un antiguo caserón familiar reconvertido en hostal que preservaba el encanto original a cambio de renunciar a otras prestaciones de los hoteles convencionales.
Cruzó un pasillo oscuro flanqueado por un abrevadero que seguía estando allí desde los tiempos en que la planta baja era una cuadra, ahora lleno de agua cristalina surcada por dos carpas anaranjadas. Se asomó a la recepción. Por todas las estanterías habían repartido velas que, además de iluminar, pintaban la estancia de magia. En la sala próxima donde se servían los desayunos, un estruendoso grupo electrógeno dotaba de corriente a un televisor que a duras penas se hacía oír sobre el ruido.
Mika saludó a la encargada e hizo el gesto de taparse los oídos mientras le entregaba su pasaporte.
—Al menos podemos seguir las noticias que emiten desde Río y los canales extranjeros —se justificó aquélla.
—¿Se sabe ya lo que ha ocurrido?
La chica, que no tendría más de dieciocho años, le contestó con una mueca indefinida y se dedicó a preparar la ficha de ingreso.
Se sentó en un taburete de bar en la salita del televisor. Otros cinco huéspedes que habían bajado de sus habitaciones le saludaron de forma cómplice. Al fin y al cabo, todos eran prisioneros de la oscuridad. Uno de ellos se había apropiado del mando a distancia. Lo mantenía a media altura, rebuscando por los diferentes canales cualquier nueva información. Nadie quería reconocerlo, pero la posibilidad de que el apagón y la estrella formasen parte de un acto terrorista que todavía hubiera de deparar nuevas sorpresas les sumía en un profundo abatimiento.
La NBC americana retransmitía en directo imágenes tomadas desde los helicópteros que sobrevolaban el rascacielos del que provenían los cañones de luz. Trataban de acercarse lo máximo posible a la azotea para conseguir los mejores planos. Para entonces ya había sido ocupada por un grupo de élite de la policía. Parecía desierta, pero no dejaban de subir patrullas pertrechadas con la equipación de asalto.
A la espera de que las instituciones hiciesen públicos los detalles sobre lo que hubieran podido encontrar allí arriba, el corresponsal de la cadena buscaba paralelismos con otros grandes apagones del pasado, intentando a duras penas quitar hierro a lo que estaba ocurriendo.
«Algunos de ustedes recordarán el apagón de Nueva York en 1965, por colapso de la red eléctrica. En aquel momento aún no se cernía sobre la ciudad la sombra del fanatismo religioso, por lo que la ciudadanía se lo tomó con calma, aprovechó bien la oscuridad y nueve meses después se dio una de las tasas de nacimientos más altas de la historia. O el ocurrido en Lima en 2006 durante la celebración del cumpleaños del alcalde Gustavo Sierra Ortiz, cuando un globo aerostático chocó contra una torre de alta tensión y dejó a oscuras a medio millón de personas. Pero no hace falta viajar tan lejos, ni en el tiempo ni en el espacio. En este mismo país, el 10 de noviembre de 2009, la tormenta que azotó la subestación eléctrica de la represa de Itaipú, situada en Foz do Iguaçu, provocó una disminución en una línea de transmisión y dejó sin luz a dieciocho estados.
»Fallos humanos, averías en los equipos, sobrecargas, cortocircuitos… Desde que el mundo depende de la electricidad, muchos son los motivos que han sumido al hombre en la oscuridad. Pero más imperioso que buscar las causas de este apagón es encontrar respuestas sobre esos misteriosos focos que iluminan las favelas.
»¿Quién ha dibujado esa estrella en la oscuridad?
»¿Y para qué?»
El huésped que blandía el mando a distancia se paseó por otros canales. Estaba como ido, apenas se paraba a comprobar el contenido de las emisiones.
—¡Bastante asustados estamos ya como para que nos metan más miedo en el cuerpo! —saltó de pronto en un borroso inglés.
—Son ellos los que están aterrados —dijo otro desde una esquina, manteniendo una calma fingida—. Se supone que los medios siempre disponen de información fresca, pero éstos no saben nada.
—Usted, que acaba de llegar, ¿lo ha visto en persona? —le preguntó el primero a Mika. Ella asintió—. Yo prefiero no salir a la calle. Quién sabe si no habrán dispersado algún producto químico.
—Le ruego que se ahorre esas tonterías —le recriminó el otro hombre.
El del mando se volvió hacia él.
—Quizá usted quiera creer que esa estrella es inofensiva, pero yo estoy seguro de que los tiros van por otra parte.
—No hable de tiros, por favor —intervino una mujer mayor con aire de ejecutiva que había permanecido callada hasta entonces.
El del mando, hastiado, comenzó a cambiar de canal como si estuviera loco. Cuando pulsó el botón con el número 6, en el que estaba sintonizada la cadena TV Brasil, se reclinó sobre su butaca dándole una tregua al obsesivo zapping.
En un plató de los estudios de Río de Janeiro, la conocida presentadora del noticiario nocturno Eloísa Meneghel presidía un debate al que habían invitado a cuatro personas siguiendo el esquema habitual: dos políticos de diferentes tendencias, el responsable de una ONG de corte social y un catedrático de universidad al que habían convocado para aportar rigor científico al programa —este último con cara de haber sido sacado de la cama—. Todos ellos, sentados frente a la cámara en una mesa con forma de media luna, se ocupaban de desmenuzar la información que iban recibiendo desde São Paulo. A su espalda, una enorme pantalla proyectaba en directo las imágenes que remitía el helicóptero de la cadena.
«¿Podemos hablar de conspiración?», lanzaba al ruedo la presentadora, abriendo un nuevo frente de análisis mucho más inquietante que las meras averías a las que hacían alusión en la otra cadena.
«¿Conspiración?», se alarmaba el representante del Partido de los Trabajadores, gobernante en la región.
«Recuerde el apagón provocado en Argentina durante el Proceso de Reorganización Nacional. Los militares dejaron sin suministro eléctrico a Ledesma para capturar estudiantes y sindicalistas involucrados con la guerrilla y otras facciones de izquierda.»
«En cualquier caso creo que es pronto para aventurarse.»
«¿Cómo que es pronto? —saltó el portavoz de la oposición—. ¿Acaso no están viendo lo mismo que yo? —Se volvió airado para señalar la estrella, que brillaba impactante en mitad de la gran pantalla—. No estamos hablando de una torre de alta tensión desplomada por el peso de un nido de cigüeñas, sino de una acción provocada. Más aún, una acción perfectamente madurada y para la que no se ha reparado en gastos. Eso que vemos ahí no son cañones de xenón de cuatro kilovatios como los que alumbran el cielo de Cannes el día del festival. —Hizo una pausa para regodearse en sus deberes bien hechos—. Es algo mucho más sofisticado. Algo que busca un objetivo concreto.»
«¿Qué objetivo?», preguntó la presentadora.
«Aún no lo sabemos, eso es lo indignante. —Miró de soslayo a su opositor—. ¿Por qué la policía no dice de una vez qué han encontrado en esa azotea? Hay treinta agentes rebuscando en el nudo de focos.»
«¿Desde cuándo la jefatura de policía ha de publicar cada paso que dan sus investigadores?», se defendió el portavoz gubernamental.
«Mire a las cámaras y jure a los televidentes que usted tampoco sabe nada de lo ocurrido», le retó el opositor.
«Esto es increíble… —rió con sorna el político—. Corrijo: viniendo de usted es de lo más creíble.»
«En lo que todos estamos de acuerdo es en que se trata de una acción provocada por el hombre —retomó Eloísa Meneghel—. Podemos archivar las especulaciones sobre visitas extraterrestres y las llamadas “luces sísmicas” de las que se hablaba al principio de la noche, ¿verdad, doctor?»
La presentadora dio paso al hombre situado en el extremo a su derecha. Según rezaba el rótulo que pusieron a pie de pantalla, era un catedrático de Geofísica General de la Universidad Estatal de Campinas.
«No soy quién para pronunciarme sobre cuestiones alienígenas, pero sí para ratificar que esta estrella no tiene nada que ver con esas luces que se dejan ver en el cielo preconizando los grandes terremotos, ni con ningún otro fenómeno natural. Aquí no hay fricciones en la falla, ni gas radón, ni nubes de hoyos-p liberados por esfuerzos sísmicos. Lo que tenemos ante nuestros ojos, como ha dicho el compañero —señaló cordial al contertulio de la oposición—, es un artilugio manufacturado.»
«¿Y quién puede fabricar algo así salvo el propio gobierno? —intervino por fin el responsable de la ONG, un ecologista recalcitrante—. No tengo ni idea de qué querrán conseguir con ese aparato, pero visto el castigo que infligen a nuestro entorno con tal de enriquecer a las clases dirigentes, podemos esperar cualquier cosa…»
Paulatinamente, Mika fue dejando de escuchar las divagaciones en las que se sumían los contertulios, encaminadas a llenar minutos de emisión ante la falta de novedades reales. Tenía un sueño terrible, pero ninguna intención de irse a dormir en aquellas circunstancias. Si los siete cañones que iluminaban las favelas tenían que acabar explotando porque se trataba del primer estadio de un sofisticado acto terrorista —una posibilidad que los medios ni siquiera se atrevían a comentar para no alimentar el caos—, que le pillase despierta. Así que siguió sentada en el taburete, viendo a los helicópteros revolotear como polillas alrededor de la inquietante luz, mientras en su mente resonaban las preguntas que había formulado el corresponsal de la NBC:
¿Quién ha dibujado esa estrella en la oscuridad?
¿Y para qué?
3
A las 6.41 horas, el sol proyectó sus p
