Golpe de gracia

Dennis Lehane

Fragmento

 g-3

1

 

 

 

Cortan la luz en algún momento antes del amanecer, así que los vecinos del complejo de viviendas de protección oficial Commonwealth despiertan sofocados por el calor. En el piso de los Fennessy, los ventiladores de las ventanas se han parado a medio girar y la nevera está llena de gotas de sudor. Mary Pat se asoma a la habitación de su hija Jules y la encuentra tumbada encima de las sábanas con los párpados apretados y la boca entreabierta, resoplándole a una almohada húmeda. Sigue andando por el pasillo hasta la cocina y enciende el primer cigarrillo del día. Mientras mira por la ventana de encima del fregadero, le llega el olor que desprende el ladrillo caliente del marco de la ventana.

Empieza a preparar el café y se da cuenta de que no puede. Podría usar los fogones, que funcionan con gas, pero la compañía se hartó de excusas y dio de baja el servicio la semana anterior. Para ponerse al día de los atrasos, ha pedido doble turno en el almacén de zapatos (su segundo empleo), pero aún le quedan tres turnos y una visita a la oficina de contabilidad antes de volver a estar en condiciones de hervir agua o asar un pollo.

Lleva la papelera al salón y tira las latas de cerveza. Vacía los ceniceros de la mesa de centro y de la auxiliar, y uno más que encuentra encima del televisor. En la pantalla de tubo ve reflejada una mole sudorosa de pelo enmarañado e incipiente papada vestida con camiseta de tirantes y pantalones, una criatura que no cuadra con la imagen de sí misma a la que se ha aferrado. Incluso en el gris de la pantalla puede distinguir las venillas azules en la parte exterior de sus muslos, que por alguna razón le parecen inverosímiles, al menos a esas alturas de su vida. Sólo tiene cuarenta y dos años. Puede que a los doce pensara que eso equivalía a tener un pie en la tumba, pero ahora que ha llegado a esa edad se siente igual que siempre. Tiene doce, veintiuno, treinta y tres: todas las edades a un tiempo, pero no envejece: el corazón no envejece, ni tampoco la mente.

Está mirándose en el televisor, apartándose los mechones húmedos de la frente, cuando suena el timbre.

Tras una serie de allanamientos de morada ocurridos dos años antes, en el verano de 1972, la autoridad competente instaló mirillas en las puertas. Mary Pat se asoma a la suya y ve, en el pasillo verde claro, a Brian Shea con unos listones de madera en los brazos. Como la mayoría de los que trabajan para Marty Butler, Brian viste con más pulcritud que un diácono: en la banda de Butler nadie lleva pelo largo, bigotes de bandido ni patillas, tampoco pantalones acampanados ni zapatos de plataforma, por no hablar de los estampados de cachemir y el teñido con nudos. Brian Shea viste como en la década anterior: camiseta blanca y baracuta azul marino encima. (La chaqueta baracuta, ya sea de color azul marino, tostado o en ocasiones marrón, es una prenda básica de los miembros de la pandilla de Butler; la llevan incluso en días como ése, en los que el mercurio roza los veintisiete grados a las nueve de la mañana. La cambian en invierno por abrigos o chaquetones de cuero con un grueso forro de lana, pero en cuanto llega la primavera todos la sacan del armario el mismo día.) Brian lleva las mejillas bien rasuradas, el pelo rubio cortado al rape, pantalones chinos blancos y botines negros con cremalleras a los lados. Tiene los ojos del color del limpiacristales; le brillan mientras la mira con cierto aire de presunción, como si supiera las cosas que ella cree ocultar y esas cosas lo divirtieran.

—¿Cómo estás, Mary Pat?

A ella le parece que su pelo húmedo debe de verse como si al despertar se hubiera vertido un plato de espaguetis congelados en la cabeza.

— Sin luz, Brian. ¿Cómo estás tú?

— Marty ya se ha puesto con lo de la luz: ha hecho varias llamadas.

Ella mira los finos listones que él lleva en los brazos.

—¿Te ayudo con eso?

— Te lo agradezco. — Él los gira y los coloca en posición vertical al lado de su puerta —. Son para las pancartas.

A ella le parece recordar que anoche se le cayó un poco de cerveza en la camiseta de tirantes y se pregunta si Brian habrá notado el olor a Miller High Life rancia.

—¿Qué pancartas?

— Para el mitin. Tim G las traerá dentro de nada.

Ella pone los listones en el paragüero que hay en la puerta, junto a un solitario paraguas con la varilla rota.

—¿Sigue adelante?

— Será el viernes. Nos dirigiremos a la Plaza del Ayuntamiento y haremos un poco de ruido, Mary Pat, tal como prometimos. Vamos a necesitar que todo el vecindario participe.

— Por supuesto, ahí estaré.

Él le entrega un montón de folletos.

— Estamos pidiendo a la gente que los reparta antes del mediodía, por el calor. — Se seca con el lado de la mano el sudor que le cae por la suave mejilla —. Aunque puede que sea demasiado tarde.

Ella toma los folletos y le echa un vistazo al de encima.

 

¡¡¡BOSTON BAJO ASEDIO!!!

 

ÚNETE A LOS PADRES PREOCUPADOS Y A OTROS MIEMBROS COMPROMETIDOS DE LA COMUNIDAD DE SOUTH BOSTON EN LA MARCHA PARA ACABAR CON LA DICTADURA JUDICIAL EL VIERNES 30 DE AGOSTO A LAS 12 EN PUNTO EN LA PLAZA DEL AYUNTAMIENTO

 

¡NO AL TRANSPORTE ESCOLAR FORZADO!

¡RESISTAMOS!

¡BOICOT!

 

— Estamos pidiendo que cada uno se ocupe de ciertas manzanas en concreto. Nos gustaría que tú... — Brian hurga en su baracuta hasta sacar una lista y desliza el dedo por ella —. Sí, nos gustaría que cubrieras Mercer entre la Octava y Dorchester y entre Telegraph y el parque, y luego las casas que rodean el parque.

— Eso son muchas puertas.

— Es por la causa, Mary Pat.

Cada vez que la pandilla de Butler acude a pedir algo, lo que está ofreciendo en realidad es protección, aunque nunca lo digan abiertamente. Siempre lo disfrazan de algún motivo noble: el IRA, los niños hambrientos de donde coño sea, las familias de los veteranos de guerra, y hasta es posible que parte del dinero vaya a parar a eso. Pero la causa contra el transporte escolar forzado, al menos hasta el momento, parece totalmente legítima: una causa de verdad, aunque sólo sea porque no han pedido ni un céntimo a los residentes de Commonwealth, sólo ayuda con los preparativos.

— Ayudaré encantada; te estaba tocando las pelotas.

Brian mira al cielo y suspira.

— Eso es lo que hacen absolutamente todos por aquí: acabaré convertido en un eunuco. — Saluda con una gorra imaginaria antes de volver a salir al pasillo verde —. Me alegro de verte, Mary Pat. Espero que te den pronto la luz.

— Un momento, Brian.

Él se vuelve para mirarla.

—¿Qué pasará después de la manifestación? ¿Qué pasará si... no sé, si no cambia nada?

Él levanta las manos.

— Pues ya veremos, supongo...

«¿Por qué no le pegáis un tiro al juez y zanjáis de una vez el asunto?», piensa ella. «Sois la maldita banda de Butler, os pagamos a cambio de “protección”. Protegednos, pues; proteged a nuestros hijos, detened todo esto.»

— Gracias, Brian — le dice en cambio —. Recuerdos a Donna.

— Se los daré. — Vuelve a saludar con la gorra imaginaria —. Recuerdos a Kenny. — La cara tersa se le congela por un instante: probablemente acaba de recordar el último cotilleo del vecindario. La mira con ojos de cervatillo —. Quiero decir...

— Se los daré — lo interrumpe ella sacándolo del apuro.

Él le sonríe incómodo y se va.

Ella cierra la puerta y, cuando vuelve a la cocina, ve a su hija sentada a la mesa fumándose uno de sus cigarrillos.

— Se ha ido la puta luz.

— Querrás decir «buenos días» — replica Mary Pat.

— Buenos días. — Jules le lanza una sonrisa radiante como el sol y fría como la luna al mismo tiempo —. Necesito ducharme, mamá.

— Pues dúchate.

— El agua estará helada.

— Estamos a treinta y dos grados.

Mary Pat coge su paquete de Slims de debajo del codo de su hija, que pone los ojos en blanco, da una calada y dirige el humo hacia el techo en una larga exhalación.

—¿Qué quería?

—¿Brian?

— Sí.

—¿De qué conoces a Brian Shea? — Mary Pat enciende el segundo del día.

—¡Mamá! — responde Jules con exasperación —. ¡Lo conoce todo el barrio! ¿Qué quería?

— Va a haber un mitin el viernes.

— No cambiará nada. — Su hija intenta parecer despreocupada, pero se le ve el miedo en los ojos y en las ojeras.

Siempre ha sido tan bonita, tan guapa, y ahora se está haciendo mayor, con diecisiete años, por un sinfín de razones: por crecer en Commonwealth (que no es la clase de lugar del que salen reinas de belleza ni modelos, por muy guapas que sean al irse); por perder a un hermano; por ver marchar a su padrastro justo cuando por fin empezaba a creer que se quedaría; por verse obligada, por orden federal, a cursar su último año en un instituto diferente situado en un barrio donde nadie ha visto pasear a un chico blanco después del atardecer; y eso sin mencionar que, con diecisiete años, se está metiendo en el cuerpo Dios sabe qué con sus estúpidos amigos. Mary Pat sabe bien que en esos días se consume mucha marihuana y ácido, y alcohol, por supuesto (en South Boston; en Southie, como lo llaman; la mayoría de los niños salen del vientre materno con una cerveza Schlitz y una cajetilla de Lucky Strike en las manos), por no hablar del Azote: ese asqueroso polvo marrón y sus putas agujas, que convierten a chicos sanos en cadáveres, o casi, en menos de un año. Si Jules se limita al alcohol, el tabaco y algún que otro porro sólo perderá la belleza, y todo el mundo la pierde en los complejos de viviendas de protección oficial. Pero si se pasa al Azote, Dios no lo quiera, entonces no sólo morirá la hija, sino también la madre.

En los dos últimos años ha comprendido que Jules no debería haber crecido en un lugar así. Echa un vistazo a los retratos de cuando ella misma era pequeña, mira su carita fruncida, sus hombros anchos y su poderoso cuerpecito el día en que iba a participar en una carrera de patinaje sobre ruedas o algo así: parece salida de una cinta transportadora de recias mujeres irlandesas. La mayoría de la gente preferiría pelearse con un perro callejero hambriento de carne antes que meterse con una chica que creció en los complejos de viviendas sociales de Southie.

Pero Jules no es así.

Es alta y atlética, con el pelo largo y liso, y rojo como una manzana. Todo en ella es suave y femenino, y sabe que le romperán el corazón igual que un minero sabe que tarde o temprano le diagnosticarán pulmón negro. Es frágil: lo son sus ojos, su cuerpo, su alma; y ni esa manera tosca de hablar, ni los cigarrillos, ni la capacidad de soltar tacos como un camionero y escupir como un estibador, consiguen disimularlo del todo. Su abuela Louise Flanagan, (a quien sus hijos y demás parientes llamaban la Grandota, aunque medía metro y medio y pesaba cuarenta y tres kilos como mucho), una temible irlandesa de pura cepa, solía decirle después la cena de Acción de Gracias: «O eres de los que se quedan a luchar o de los que corren a esconderse, y a los que se esconden siempre acaban encontrándolos.» 

Mary Pat a veces lamenta no haber dado con la manera de salir de Commonwealth antes de que Jules descubra si es de las que luchan o de las que corren a esconderse.

—¿Dónde será el mitin? — le pregunta ahora.

— Marcharemos hasta el centro.

—¿Sí? — Su hija sonríe con ironía mientras apaga el cigarrillo —. ¿Cruzando el puente y demás? — añade con retintín —. Mira por dónde.

Mary Pat alarga el brazo por encima de la mesa y le da un palmetazo en la mano.

— Iremos al Ayuntamiento. No podrán ignorarnos, Jules: nos verán y nos oirán. No estáis solos, joder.

Jules le dedica una sonrisa triste y esperanzada al mismo tiempo.

—¿Tú crees? — Baja la cabeza y añade en un susurro parecido a un puchero —: Gracias, mamá.

— Claro que sí, cariño. — Mary Pat tiene un nudo en la garganta.

Hacía meses que no se sentaba a hablar un rato con su hija. Había olvidado cuánto le gusta.

Un pequeño trueno sacude el suelo bajo sus pies y luego recorre vibrante las paredes. Se encienden las luces de encima de los fogones, los ventiladores de las ventanas empiezan a girar, las radios y los televisores de los otros pisos vuelven a competir entre sí; alguien lanza un «¡hurra!».

—¡Me pido la ducha! — grita Jules, y salta de la silla como si quemara.

Mary Pat prepara café, lo lleva al salón junto con uno de los ceniceros recién vaciados y enciende el televisor. South Boston y el próximo curso escolar están en todos los telediarios: estudiantes negros a punto de ser trasladados en autobuses al Southie, estudiantes blancos a punto de ser trasladados al Roxbury. Nadie, en ninguno de los bandos, parece contento con esa perspectiva.

Excepto esos negros revoltosos que demandaron al comité escolar, que llevan nueve años demandándolo porque nada es nunca lo suficientemente bueno para ellos.

Ella ha trabajado con demasiados negros en la residencia de ancianos Meadow Lane Manor y en la fábrica de zapatos para creer que son malos o vagos por naturaleza. Hay muchos negros buenos, trabajadores y honrados que quieren lo mismo que ella: un sueldo fijo, comida en la mesa y niños durmiendo seguros en sus camas. Les ha dicho a sus dos hijos que si utilizan la palabra «negrata» en su presencia se aseguren de referirse a los que no son honrados, a los que no trabajan duro ni tienen matrimonios duraderos y traen hijos al mundo sólo para seguir recibiendo los cheques de la seguridad social.

— Eso abarca a la mayoría de los que me he topado en la vida, mamá — replicó Noel poco antes de irse a Vietnam.

—¿Y con cuántos te has topado? — quiso saber Mary Pat —. ¿Ves a muchas personas de color caminando por West Broadway?

— No, pero las veo por el centro, en el metro. — Imitó a alguien agarrándose a un asidero con una mano y rascándose el sobaco con la otra, como un mono —. Siempre van a Forest Hills. — Hizo ruidos de chimpancé y ella le dio un cachete.

— No seas tarugo — soltó —: no te he criado para ser un tarugo.

Él le sonrió.

Dios, cómo echa de menos la sonrisa de su hijo; la vio por primera vez, amplia y torcida, cuando lo tuvo sobre el pecho, borracho de leche materna, y se le abrió de golpe una puerta del corazón que ahora se niega a cerrarse por mucho que la empuje.

Él la besó en la coronilla.

— Eres demasiado buena para vivir aquí, mamá. ¿Te lo han dicho?

Y se fue: volvió a las calles. A todos los chicos de Southie les gustan las calles, pero a ninguno tanto como a los de los complejos de viviendas sociales: no soportan quedarse en casa, igual que los ricos no soportan trabajar. Quedarse en casa significa oler la comida de los vecinos a través de las paredes, oír sus peleas, sus folleteos, sus cisternas, lo que escuchan en sus radios y tocadiscos, lo que ven en la televisión. A veces jurarías que puedes olerlos: su olor corporal, su aliento a cigarrillo, el hedor de sus pies hinchados.

Jules vuelve a la sala de estar con su viejo albornoz de tela escocesa que le queda al menos dos tallas más pequeño.

—¿Nos vamos? — pregunta secándose el pelo.

—¿Irnos?

— Sí.

—¿Adónde?

— Me prometiste que iríamos de compras para la vuelta a clase.

—¿Cuándo?

— Joder, mamá. Hoy.

—¿Para comprarte algo?

— Vamos, mamá, no me jodas.

— Ni mucho menos. ¿Te has fijado en que los fogones no van?

—¿Qué más da? Tú nunca cocinas.

Al oírla, Mary Pat se levanta del sofá echando chispas por los ojos.

—¡¿Que nunca cocino?!

— Últimamente no.

—¡Porque han cortado el gas!

— Bueno, ¿y de quién es la culpa?

— Búscate un puto trabajo antes de que te rompa la cabeza por hablarme así — replica Mary Pat.

— Ya tengo uno.

— Los empleos de media jornada no cuentan, cariño: no alcanzan para pagar el alquiler.

— Y por lo visto tampoco mantienen los fogones funcionando. 

— Ten cuidado, no vaya a darte una buena.

Jules levanta los puños y bailotea con su ridícula bata como un boxeador en el cuadrilátero sonriendo de oreja a oreja.

Mary Pat no puede evitar echarse a reír.

— Baja esas manos antes de que te dé una colleja y acabes hablando raro el resto de tu vida.

Jules, que sigue riendo y bailoteando como un boxeador, le enseña el dedo medio.

—¿A Robell’s, entonces?

— No tengo dinero.

Jules deja de bailotear y vuelve a envolverse la cabeza con la toalla.

— Algo tendrás. Puede que no para la factura de Boston Gas, pero seguro que tienes algo para ir a Robell’s.

— No, no tengo.

—¿Vas a dejar que me mezcle con esos primitivos peor vestida que ellos? — Se le llenan los ojos de lágrimas y se pasa la toalla por la cara para impedir que vayan a más —. Por favor, mamá.

Mary Pat se la imagina allí el primer día, blanca y temblorosa, con sus grandes ojos castaños.

— Tengo algunos dólares — se las arregla para decir.

Jules hace una reverencia.

— Gracias.

— Pero primero tienes que ayudarme a llamar a un montón de puertas.

—¡¿Tiene que ser ahora mismo, joder?! — suelta Jules.

 

 

Empiezan por los Heights. Llaman a todas las puertas que rodean el parque y el monumento. Muchas personas no están en casa (o las toman por fieles de la Ciencia Cristiana que van por ahí «difundiendo el Evangelio», y se esconden), pero otras muchas sí, y pocas necesitan «convertirse»: están indignadas, resentidas, hambrientas de justicia.

Estarán allí el viernes.

—¿Qué os jugáis a que iremos? — les suelta una anciana con andador y aliento a tabaco —. ¿Vuestro bonito culo?

 

• • •

 

Cuando terminan, el sol se está poniendo, o más bien se está sumergiendo entre los jirones de humo marrón que se elevan de la central eléctrica al final de West Broadway. Mary Pat lleva a su hija a Robell’s y eligen un cuaderno, un juego de cuatro bolígrafos, una mochila de nailon azul y unos vaqueros altos de cintura y acampanados. Luego pasan por el supermercado Finast para comprar una bandeja de comida precocinada. Cuando le pregunta a Jules qué quiere para cenar, ésta le recuerda que va a salir con Ron. Mientras pagan la bandeja y un ejemplar del National Enquirer (el típico tabloide con chismes de gente famosa), Mary Pat está pensando que bien podría llevar en la frente un letrero que dijera SOLA, AJADA Y FOFA.

—¿Alguna vez te has preguntado si existe algún lugar diferente? — le suelta Jules de camino a casa.

—¿Y ahora qué te ha dado?

Jules se baja de la acera para no pisar un montón de hormigas que pululan alrededor de lo que parece un huevo roto y rodea un árbol joven antes de volver a subirse.

—¿Alguna vez has tenido la sensación de que las cosas deberían ser de una manera... pero no lo son, y no sabes por qué, dado que nunca has conocido nada más que lo que ves, y lo que ves es... ya sabes... — señala con la mano Old Colony Avenue—, esto. — Mira a su madre evitando chocar con ella en la acera desnivelada —. Pero tienes esa sensación, ¿comprendes?

—¿Qué sensación?

— Que esto no es para lo que has nacido. — Jules se lleva la mano al pecho —. Lo sabes aquí dentro.

— Bueno, ¿y para qué has nacido, cariño? — le pregunta su madre sin tener ni idea de a qué se refiere.

— No lo digo en ese sentido.

—¿En qué sentido?

— El sentido que tú le das.

—¿En qué sentido lo dices entonces?

— Sólo intento decir que no entiendo por qué no siento lo que parecen sentir los demás.

—¿Sobre qué?

— Sobre todo, sobre cualquier cosa, joder.

—¿Cualquier cosa? — Mary Pat quiere saber sinceramente —. ¿Qué cosa?

Jules agita una mano hacia el mundo.

— Mamá, yo sólo... es como... vale, vale. — Se detiene y apoya un pie en la base de un buzón oxidado de la policía de Boston. Baja la voz hasta susurrar —: No entiendo por qué las cosas son como son.

—¿Te refieres al instituto, al transporte escolar?

—¿Qué? No. Quiero decir, sí; algo así. Me refiero a que no entiendo adónde vamos.

«¿Está hablando de Noel?», piensa Mary Pat.

—¿Quieres decir cuando morimos?

— Sí, pero también... ya sabes, cuando... Olvídalo.

— No, dímelo.

— No.

— Por favor.

Su hija la mira a los ojos (algo que ya casi nunca hace desde su primera regla, hace seis años) y Mary Pat ve en ellos desesperación y anhelo a la vez. Por un momento se ve a sí misma en esa mirada... pero ¿quién es esa persona? ¿Qué Mary Pat? ¿Cuánto lleva ella sin anhelar algo? ¿Cuánto hace que se atrevió a creer algo tan tonto como que alguien, en alguna parte, tiene las respuestas a preguntas que ella ni siquiera es capaz de formular con palabras?

Jules aparta la mirada y se muerde el labio, algo que siempre hace cuando lucha por contener las lágrimas.

— Quiero decir, ¿adónde vamos, mamá? ¿La semana que viene, el año que viene? ¿Cuál es el puto... — balbucea — el puto...? ¿Por qué estamos haciendo esto?

—¿Haciendo qué?

—¿Pasear, ir de compras, levantarnos, acostarnos, volver a levantarnos? ¿Qué estamos tratando... ya sabes... de lograr?

Mary Pat quiere ponerle a su hija una de esas inyecciones que les ponen a los tigres para dejarlos sin sentido. ¿De qué coño está hablando?

—¿Te va a venir la regla? — le pregunta.

Jules suelta una risita frustrada.

— No, mamá. Eso seguro que no.

—Entonces, ¿qué es? — Toma las manos de su hija entre las suyas —. Jules, estoy aquí. ¿Qué tienes? — Le frota las palmas de las manos con los pulgares, como le hacía de niña cuando tenía fiebre.

La sonrisa de Jules es triste y cómplice, pero ¿cómplice de qué?

— Mamá.

—¿Sí?

— Estoy bien.

— No lo parece.

— En serio.

— No, no lo estás.

— Sólo estoy...

—¿Qué?

— Cansada — responde su hija.

—¿De qué?

Jules se muerde el interior de la mejilla, otra vieja costumbre, y mira hacia la avenida. Mary Pat sigue frotándole las palmas de las manos.

—¿Cansada de qué?

Jules la mira a los ojos.

— De las mentiras.

—¿Ron te está haciendo daño? ¿Te engaña?

— No, mamá, no es eso.

—Entonces, ¿quién?

— Nadie.

— Acabas de decirlo.

— He dicho que estaba cansada.

— Cansada de las mentiras.

— No, sólo lo he dicho para hacerte callar.

—¿Por qué?

— Porque estoy cansada de ti.

Ha sido una puñalada. Le suelta las manos.

— La próxima vez vas a comprarte el material escolar tú misma. Me debes doce dólares con sesenta y dos. — Echa a andar por la acera.

— Mamá.

— Vete a la mierda.

— Escucha, mamá. No he querido decir que estoy cansada de ti, sino que estoy cansada de tus putos interrogatorios.

Mary Pat se vuelve y se acerca a su hija con tanta brusquedad que ésta da un paso atrás. («¡Nunca hay que dar un paso atrás!», quiere gritarle. «No en este barrio.») La apunta con el dedo.

— Si te interrogo es porque estoy preocupada por ti. Estás diciendo cosas sin sentido con los ojos llorosos y la mirada perdida. Eres todo lo que tengo, ¿no te das cuenta? Y tú tampoco tienes a nadie más que a mí.

— Bueno, es cierto — replica Jules —, aunque yo soy joven.

Si no hubiera sonreído enseguida, Mary Pat podría haberla tumbado allí mismo, en Old Colony.

—¿Estás bien? — le pregunta a su hija.

— No. — Jules se ríe —. Pero sí. ¿Tiene sentido?

Su madre espera sin apartar los ojos de ella.

Jules hace un amplio gesto hacia Old Colony, hacia las pancartas (SOUTHIE NO IRÁ; BIENVENIDO A BOSTON, GOBERNADO POR DECRETO; SIN VOTO = SIN DERECHOS) y los mensajes pintados con espray en las aceras y los muros bajos que rodean los aparcamientos (NEGROS, MARCHAOS A CASA; PODER BLANCO; DE VUELTA A ÁFRICA Y LUEGO A LA ESCUELA). Por un momento Mary Pat tiene la impresión de que se están preparando para la guerra; lo único que falta son sacos de arena y torreones.

— Éste es mi último año — dice.

— Lo sé, cariño.

— Y nada tiene sentido.

Mary Pat la abraza en la acera y deja que le llore sobre su hombro sin importarle las miradas de los transeúntes. Cuanto más la miran, más orgullosa se siente de la débil niña a la que ha dado a luz. «Al menos Commonwealth no le ha arrebatado el corazón», quiere decirles, «al menos ella se ha resistido, estúpidos hiberneses tercos e insensibles».

«Puede que yo sea uno de vosotros, pero mi hija no.»

Cuando se separan, le seca las lágrimas con los pulgares y le dice que no pasa nada, que algún día todo tendrá sentido.

Aunque ella misma siga esperando ese día, aunque sospecha que todo el mundo sobre la faz de la Tierra sigue esperándolo.

2

 

 

 

Jules vuelve a ducharse al regresar a casa y luego llegan su desastroso novio, Ronald (Ron) Collins, y Brenda Morello, su compinche desde segundo de primaria. Brenda es bajita y rubia, con unos enormes ojos castaños y una figura tan rellenita y sensual que parece diseñada por Dios para que los hombres pierdan el hilo de sus pensamientos cada vez que pasa por su lado. Ella lo sabe, por supuesto, y parece avergonzada: se viste como un marimacho, algo que a Mary Pat siempre le ha gustado de ella. Jules la llama para que vaya a su habitación y la ayude a decidir qué se pone, así que Mary Pat se queda atrapada en la cocina con Ron, cuyas habilidades conversacionales, como las de su padre y sus tíos, dejan mucho que desear. Sin embargo, él ha llegado a dominar el arte de decir muy poco delante de las chicas y de sus compañeros del instituto Southie, reemplazando la insulsez natural de sus ojos por una languidez desdeñosa que muchos toman por buena onda; y su propia hija ha caído en la trampa.

— Se ve... guapa hoy, señora F.

— Gracias, Ronald.

Él recorre la cocina con la mirada como si no la hubiera visto cientos de veces.

— Mi madre me dijo que la vio en el supermercado la semana pasada.

—¿En serio?

— Sí, dijo que estaba comprando cereales.

— Bueno, si ella lo dice...

—¿De qué tipo?

—¿Los cereales?

— Sí.

— No me acuerdo.

— A mí me gustan los Froot Loops.

— Son tus favoritos, ¿eh?

Él asiente varias veces con la cabeza.

— Menos cuando los dejas demasiado tiempo en la leche y... la tiñen de colores.

— Eso es terrible, sí.

— Por eso me los como rápido. — Entorna los ojos como si estuviera engañando a Kellogg’s.

— Qué listo — dice ella, aunque está pensando: «Sólo le pido a Dios que no te reproduzcas.»

— Ya ve, pero es que no me gusta la leche de colores. — Arquea las cejas como si acabara de decir algo muy profundo —. No va conmigo.

Ella le enseña los dientes como si sonriera. «Y si te reproduces, por favor, que no sea con mi hija.»

— Me gusta la leche normal, sin colorines.

Ella sigue intentando sonreír porque está demasiado enfadada para hablar.

—¡Eh! — exclama él, y ella se vuelve y ve entrar a Jules y a Brenda en la cocina.

Ron pasa por su lado, pone una mano en la cadera de Jules y la besa en la mejilla.

«Al menos dile que está guapa», piensa Mary Pat.

— Larguémonos de aquí — dice él, le da una palmada en el culo a su hija y suelta una mezcla de risotada y gruñido agudo que hace que ella quiera golpearlo en la cabeza con el puto rodillo pastelero.

— Adiós, mamá.

Jules se inclina y le da un beso, y ella percibe su olor a cigarrillo, a champú Gee, Your Hair Smells Terrific y a dos toquecitos de perfume Love’s Baby Soft detrás de las orejas.

Quiere agarrarla por la muñeca y rogarle: «Busca a alguien más, a alguien bueno, a alguien que sea tonto, pero no malo. Éste se volverá malo porque está a dos pasos de ser retrasado y aun así se cree listo, y los que son como él se vuelven malos cuando se dan cuenta de que el mundo entero se ríe de ellos. Eres demasiado buena para este chico, Jules», pero tan sólo dice:

— Intenta volver a casa a una hora razonable. — Y le devuelve el rápido beso en la mejilla.

Y su hija se va, se pierde en la noche.

 

 

Cuando se pone a preparar la cena, de nuevo cae en la cuenta de que no hay gas. Devuelve la bandeja al congelador y camina una calle hasta el bar Shaughnessy’s. En Southie todo tiene apodos (es como una puta ley canónica o algo así), de modo que al bar Shaughnessy’s, propiedad de Michael Shaughnessy, nadie lo conoce por ese nombre, sino por el de Mick Shawn’s. Es famoso por las peleas de los sábados por la noche (tienen una manguera detrás de la barra para limpiar la sangre del suelo) y por su estofado, que se cuece a fuego lento durante todo el día en la minúscula cocina que hay al final de la barra, justo después de la manguera.

Ella se sienta a la barra, se come un plato de estofado y se bebe dos Old Mil de barril mientras le da palique a Tina McGuiggan. La conoce desde la guardería, aunque nunca han sido muy amigas. Tina siempre le ha recordado a una nuez: algo duro y retorcido, seco y difícil de abrir, pero los hombres siempre la han encontrado «adorable», tal vez porque es bajita y rubia y tiene un aire desvalido que les cuesta creer que sea sólo apariencia. Ricky, el marido de Tina, cumple una condena de siete a diez años en Walpole por un atraco a un furgón blindado que se torció desde el principio (llovieron las balas, pero afortunadamente nadie resultó herido). Ricky mantuvo la boca cerrada sobre Marty, que había financiado la operación, así que está tranquilo en la cárcel; bien por él, aunque eso no ayuda a Tina a pagar el alquiler, ni los uniformes de la escuela católica ni las visitas al dentista de sus cuatro hijos.

— Pero qué se le va a hacer, ¿no? — le dice a Mary Pat tras soltarle un rollo sobre el tema.

— Exacto, ¿qué se le va a hacer?

Es una frase muy socorrida, junto con «esto es lo que hay» y «son cosas que pasan».

Todo el mundo se esfuerza mucho en Southie en general y en Commonwealth en particular. No son pobres porque no se esfuercen, porque trabajen poco o no se merezcan algo mejor. Allí donde mire, Mary Pat no ve más que gente luchadora, tipos duros y exigentes que manejan cargamentos de diez toneladas como si fueran una pelota de golf, que van a trabajar día tras día y hacen jornadas de diez horas, regalándoles dos a sus desagradecidos patrones. No son pobres porque holgazaneen, eso está claro.

Son pobres porque en este mundo hay una cantidad limitada de buena suerte y a ellos simplemente no les ha tocado. Si cae del cielo y tú no vas pasando en ese instante por debajo, si no te encuentra una mañana y va en busca de alguien más, pues nada: en el mundo hay más personas que buena suerte, así que o estás en el lugar adecuado en el momento en que aparece por única vez o no estás, en cuyo caso...

«Son cosas que pasan.»

«Esto es lo que hay.»

«¿Qué le vas a hacer?»

Tina da un sorbo a su cerveza.

—¿Qué tal el estofado?

— Estaba bueno — responde Mary Pat.

— He oído decir que ya no es lo mismo. — Tina recorre el bar con la mirada —. Como todo en estos días.

— Deberías probarlo.

Tina la mira detenidamente, como si le hubiera sugerido que se prendiera fuego al sujetador o algo así.

—¿Y por qué iba a hacerlo?

Mary Pat la mira y nota en sus ojos oscuros que probablemente ha estado bebiendo cosas más fuertes antes de que ella llegara.

— Pues no lo hagas.

— No, sólo quiero saber por qué.

—¿Por qué qué?

— Pues por qué coño quieres que pruebe el cocido — responde Tina.

— No es un cocido. — Mary Pat nota cómo la sangre le sube por el cuello y le inunda la mandíbula —. Es un estofado.

— Sabes lo que quiero decir. No te hagas la tonta, joder.

— Además, no ha cambiado en nada: es el mismo estofado de toda la vida. — Mary Pat tiene que contenerse para no apuntarla con el dedo.

— Pues cómetelo tú.

— Acabo de hacerlo.

— Entonces, ¿por qué coño me das la lata?

— No te estoy dando la lata, Tina — contesta Mary Pat, y ella misma se sorprende de lo cansada que suena su voz.

La otra está echada hacia delante, con la boca abierta y el cuello tenso, pero aquel tono le ablanda la mirada. Se endereza y le da una calada húmeda a su Parliament.

— No sé qué estoy diciendo — se disculpa expulsando el humo.

— No pasa nada.

Tina niega con la cabeza.

— Simplemente estoy enfadada; ni siquiera sé por qué. Alguien me dijo... ya ni me acuerdo de quién, algún parroquiano, que el estofado ya no era tan bueno, y pensé: «No puedo soportarlo, joder; no puedo...» — Le pone una mano en la muñeca y se miran —. ¿Sabes, Mary Pat? A veces no puedo soportarlo.

— Lo sé — responde ella, aunque no lo sepa.

Pero claro, lo sabe.

 

 

Hace media hora que ha vuelto a casa cuando Timmy Gavigan le lleva los carteles. Timmy G. viene de una familia de nueve miembros de K Street. Jugaba bien al hockey en el instituto, pero no lo suficientemente bien para obtener una beca en alguna universidad, así que, con veinte años, trabaja en una tienda de silenciadores en Dorchester Street y hace chanchullos para Butler cuando lo llaman. Es a lo que aspiran todos los jóvenes de por allí: abrirse paso en la banda de Butler y ganar mucho dinero, pero ella sospecha que Timmy es demasiado blando, o demasiado decente en el fondo, para ascender como lo hicieron en su momento chicos duros como Brian Shea o Frankie Toomey. Mientras lo ve alejarse por el pasillo le desea que su situación se resuelva antes de que cinco años en la cárcel la resuelvan por él.

Se pasa las dos horas siguientes fijando los carteles a los listones que le ha dejado Brian Shea con los clavos que le ha proporcionado Timmy G. Alguien ha supuesto que ella tenía un martillo y así es. Los clavos son tan pequeños y finos que cuesta sostenerlos erguidos sin que el pulgar estorbe, pero se las apaña. Por primera vez en ese día, y quizá en esa semana, se siente útil, siente que tie

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