Nunca la jodas (Trilogía negra de Estocolmo 2)

Jens Lapidus

Fragmento

Capítulo 1

Capítulo
1

El sabor metálico en la boca no pegaba. Como cuando uno se ha lavado los dientes y luego se toma un zumo. Confusión total. Pero ahora, en realidad, sí que pegaba. Mezclado con miedo. Pánico. Terror a morir.

Un bosquecillo. Mahmud de rodillas en la hierba con las manos en la cabeza, como un capullo del Vietcong en una película bélica. El suelo, mojado; la humedad le atravesaba los vaqueros. Quizá fueran las nueve. El cielo aún estaba claro.

Alineados a su alrededor había cinco tíos de pie. Todos del modelo «peligro mortal». Tíos que no se rajaban. Que habían jurado apoyar siempre a su banda. Que se zampaban para desayunar gánsteres de medio pelo como Mahmud. Todos los días.

Chara[1].

Ambiente frío en mitad del verano. Sin embargo, notaba el olor a sudor en la piel. ¿Cómo coño había sucedido? Iba a darse la gran vida. Por fin fuera del trullo; libre como un pájaro. Listo para agarrar a Suecia por los huevos y retorcérselos. Y luego pasó esto. ¿Podría ser game over? En la realidad. Todo a la mierda.

El revólver rechinó contra los dientes. Resonó en la cabeza. Flases ante sus ojos. Imágenes de su vida. Recuerdos de asistentes sociales gruñonas, orientadores que fingían ser comprensivos, tutores disimuladamente racistas. Per-Olov, su profesor de los últimos años de primaria:

—Mahmud, en Suecia no lo hacemos así, ¿lo comprendes?

Y la respuesta de Mahmud, en otra situación habría sonreído con el recuerdo:

—Que te den por culo. En Alby sí lo hacemos así.

Más fotogramas. Maderos del asfalto que no entendían lo que les hacía a los chicos como él la porquería de educación estatal de Vikingolandia. Los ojos llorosos de su padre en el entierro de su madre. Todas las charlas con los chavales del gimnasio. La primera vez que consiguió mojar. Dianas perfectas con globos de agua desde el balcón sobre la gente que había abajo paseando a los perros. Los hurtos en el centro. El comedor del trullo. Él: un verdadero millonario, de los bloques de pisos de los planes de vivienda de la periferia, en alza, como un gánster de lujo. Ahora: hacia abajo de cabeza. Borrado.

Intentó susurrar una oración pese a la pipa en la boca.

—Ash-Hadu anla-ilaha illa-Allah.

El tío que le tenía la pipa metida en la boca le miró.

—¿Decías algo?

Mahmud no se atrevió a mover la cabeza. Miró de reojo hacia arriba. Claro que no podía decir nada. ¿El tío era corto? Se cruzaron sus miradas. El tío parecía seguir sin pillarlo. Mahmud le conocía. Daniel: en camino de convertirse en alguien, pero todavía no era uno de los pavos importantes. Pedazo de cruz de oro de 18 quilates al cuello; estilo sirio del bueno. Quizá fuera él el que mandaba en ese momento. Pero si su cerebro hubiera estado hecho de farla, el importe de la venta apenas habría llegado para comprar una chocolatina con galleta.

Al final: Daniel comprendió la situación. Sacó el revólver. Repitió:

—¿Querías algo?

—No. Déjame marchar. Voy a conseguir lo que debo. Lo prometo. Venga.

—Cierra el pico. ¿Te crees que me la puedes colar? Vas a esperar hasta que Gürhan quiera hablar.

La pipa de nuevo en la boca. Mahmud se mantuvo callado. No se atrevía ni a pensar en la oración. Pese a que no era religioso, sabía que debería hacerlo.

Pensamiento repetitivo: ¿Era el final?

Sentía como si el bosque a su alrededor girara.

Intentó no hiperventilar.

Fuck[2].

Fuck, fuck, fuck.

Quince minutos más tarde. Daniel se había empezado a cansar. Se retorcía, parecía desconcentrado. La pipa rechinaba más que el viejo modelo de vagón de metro. Parecía que tenía en la boca un bate de béisbol.

—Tú te has pensado que puedes hacer lo que sea, ¿verdad?

Mahmud no podía contestar.

—¿Es que te habías pensado que podrías clavárnosla?

Mahmud intentó decir no. El sonido salió desde muy abajo en la garganta. No quedó claro si Daniel lo pilló.

El tío dijo:

—Nadie nos la clava. Que quede claro.

Los tíos que estaban más alejados parecieron darse cuenta de que estaban hablando. Se acercaron. Cuatro. Gürhan, el legendario rey de los camellos, peligrosísimo. Tatuajes hasta el cuello: ACAB y una hoja de maría. A lo largo de uno de los antebrazos: el águila asiria con las alas extendidas. A lo largo del otro brazo, con letras góticas negras: Born to Be Hated[3]. Vicepresidente de la banda del mismo nombre. La banda en más rápido ascenso del sur de Estocolmo. Una de las personas más peligrosas que conocía Mahmud. Mítico, explosivo, loco. En el mundo de Mahmud: cuanto más loco, más poder.

A los otros tres pavos Mahmud no los había visto nunca, pero todos tenían el mismo tatuaje que Gürhan. Born to Be Hated.

Gürhan hizo un gesto a Daniel: Quítale la pipa. El propio vicepresidente la cogió, la apuntó hacia Mahmud. A medio metro de distancia.

—Escucha. Esto es muy sencillo. Consigues la pasta para nosotros y dejas de liarla. Si no hubieras venido con chorradas, no habría hecho falta montar esto. ¿Capisci?

Mahmud tenía la boca seca. Intentó contestar. Miró fijamente a Gürhan.

—Voy a pagar. Sorry por haberla liado. Todo ha sido culpa mía. —Oía que le temblaba la voz.

La respuesta de Gürhan: un pedazo de bofetón con el revés de la mano. Le retumbó en la cabeza como un disparo. Pero no era un disparo; mil veces mejor que un disparo. Sin embargo: si a Gürhan se le iba la pinza, la cosa se acabaría de verdad.

Los músculos del cuello del tío tensaron el perfil puntiagudo de la hoja de marihuana sobre la piel. Sus miradas se cruzaron. Se fijaron. Se clavaron. Gürhan: enorme; más grande que Mahmud. Y Mahmud no era, ni mucho menos, un tirillas. Gürhan: criminal agresivo conocidísimo, profeta amante de la violencia, gánster deportista. Gürhan: más cicatrices en las cejas que Mike Tyson. Mahmud pensó: si se puede ver el alma en los ojos de alguien, Gürhan no tiene.

Fue un error siquiera decir algo. Debería haber bajado la mirada. Haberse inclinado ante el vicepresidente.

Gürhan aulló:

—Cabronazo. Primero jodes todo el asunto y te enchironan. Luego la pasma confisca la partida. Hemos visto la sentencia, ¿no te das cuenta? Sabemos que en lo confiscado faltaban más de diez mil ampollas. Eso quiere decir que nos la clavaste. Y ahora, medio año después, nos vienes con chorradas cuando nos tienes que devolver la pasta que nos debes. ¿Te estás haciendo el duro porque has estado en chirona? Joder, eran tres mil paquetes de Winstrol lo que nos levantaste. A nosotros no nos roban. ¿No lo has pillado?

Mahmud, con pánico. No sabía qué contestar.

Con voz débil:

—Perdóname. Por favor. Perdona. Voy a pagar.

Gürhan le imitó con voz forzada.

—Perdóname. Perdóname. No seas tan amariconado. ¿Crees que eso va a valer de algo? ¿Por qué la has liado?

Gürhan cogió el revólver con las dos manos. Abrió el arma. Los proyectiles cayeron uno tras otro en su mano izquierda. Mahmud sintió que se relajaba. Podrían apalearle. Zurrarle hasta sangrar. Pero sin pipa… no pensaban quitarle de en medio.

Uno de los otros tíos se giró hacia Gürhan. Dijo algo breve en turco. Mahmud no lo entendió: ¿era la manera que tenía el tío de dar órdenes o de mostrar aprecio?

Gürhan asintió. Dirigió de nuevo la pipa hacia Mahmud.

—Vale, así están las cosas. Queda una bala en el tambor. Me estoy enrollando bien contigo. Normalmente te habría quitado de en medio directamente. ¿Verdad? No podemos tolerar una panda de pringados como tú. Que vayan y la monten en cuanto se jode la cosa. Nos debes un pastón. Pero esta noche estoy de buen humor. Voy a hacerlo girar y si tienes suerte, es el destino. Y te puedes marchar.

Gürhan levantó el tambor contra el cielo medio iluminado. Se veía con claridad: cinco agujeros vacíos y uno con una bala dentro. Giró el tambor. El sonido recordaba el de una ruleta girando. Sonrió ampliamente. Apuntó a la sien de Mahmud. Un sonido chasqueante cuando cargó el percutor. Mahmud cerró los ojos. Empezó a susurrar de nuevo la oración. Luego el pánico se apoderó de él. Volvieron las imágenes. El corazón golpeaba tan fuerte que casi se le taponaban los oídos.

—Vamos a ver si eres un tío con suerte.

Hizo clic.

No pasó nada.

NO PASÓ NADA.

Volvió a abrir los ojos. Gürhan sonreía burlonamente. Daniel se reía. Los otros tíos se descojonaban. Mahmud siguió sus miradas. Miró hacia abajo.

Tenía las rodillas mojadas de la humedad del suelo. Y algo más. A lo largo de la pernera izquierda del vaquero. Una mancha alargada.

Carcajadas. Risas de burla. Sonrisas maliciosas.

Gürhan le devolvió el arma a Daniel.

—La próxima vez quizá te dé por el culo. Nenaza.

Sentimientos caóticos. Esperanza contra cansancio. Alegría contra odio. Alivio, vergüenza al mismo tiempo. Lo peor ya había pasado. Iba a vivir.

Con eso.

Telón.

***

Maltrato contra las mujeres

Las denuncias por maltrato contra las mujeres han aumentado en torno al 30% en los últimos 10 años hasta aproximadamente 24.100 denuncias, según la estadística del Consejo para la Prevención del Crimen (BRÅ). El aumento probablemente es debido tanto a que en la actualidad se denuncia el maltrato en mayor medida que antes como a que la violencia ha aumentado realmente. Al mismo tiempo hay un gran número de casos sin denunciar. BRÅ ha apreciado en estudios anteriores que sólo se denuncia a la policía uno de cada cinco casos. En alrededor del 72% de las denuncias, la mujer conoce al agresor. En la mayoría de los casos, el hombre y la mujer mantienen o han mantenido una relación cercana. El 21% de todos los casos de maltrato contra las mujeres se resolvieron con lo que se denomina cierre por vinculación con sospechoso. Esto significa que el fiscal, tras la investigación, tiene un sospechoso probable y que el fiscal decide presentar cargos, desestimar (por ejemplo, si la persona tiene menos de dieciocho años o si el delito es menor) o hay pena menor (multa o libertad condicional).

El maltrato contra las mujeres y los niños es un problema social al que se le ha prestado mayor atención en los últimos años. Esto ha sucedido tanto debido a la nueva legislación (relativa entre otras cosas a las órdenes de alejamiento y violencia grave contra la mujer) como por medio de otras medidas, por ejemplo, la implantación del Centro de Riesgos para la Mujer así como otras actuaciones en formación. También ha sido significativa la atención de organizaciones individuales, por ejemplo, por medio de la creación de servicios de asistencia para mujeres y chicas en cerca de la mitad de los municipios del país. Pese a las significativas inversiones persiste el problema; cada año se maltrata y se humilla a miles de mujeres.

Consejo para la Prevención del Crimen

Capítulo 2

Capítulo
2

Niklas había vuelto.

Estaba viviendo en casa de su madre. Catharina. Intentaba dormir algo de vez en cuando, entre las pesadillas; en ese mundo: perseguido, acosado, castigado. Sin embargo, habitualmente era él quien empuñaba el arma, o el que daba patadas a personas indefensas. Como había ocurrido allá abajo. En la realidad.

El sofá era demasiado corto para dormir en él, así que ponía los cojines de piel en el suelo. Los pies le sobresalían al frío, pero no importaba; mejor que dormir plegado como una navaja multiusos Leatherman en un tresillo, aunque estaba acostumbrado a esas cosas.

Niklas vio la luz por la ranura de la puerta. Su madre seguro que estaba leyendo revistas del corazón ahí dentro, como siempre había hecho. Biografías, memorias y cotilleos. Un interés constante por los fracasos de los demás. Vivía a través de las noticias de las historias de amor, el alcoholismo y los divorcios sin valor de famosos de segunda categoría. Sus lamentables vidas quizá hacían que ella se sintiera mejor. Pero era sólo una mentira. Como la vida de ella.

Por las mañanas se quedaba acostado. Oía cómo ella se preparaba para ir al trabajo. Meditaba sobre cómo iba a ser su vida en Suecia, la vida como civil. ¿En realidad a qué se iba a dedicar allí? Sabía qué trabajos podían cuadrar: vigilante, guardaespaldas, soldado. Este último no podía ser. Defensa no contrataría a un hombre con su pasado. Por otra parte, era lo que sabía hacer.

Se quedaba en casa. Veía la tele y cocinaba tortilla con patatas y salchicha de Falu. Comida de verdad, no alimentos secos, conservas y raviolis de lata. La comida allá abajo, en la arena, casi le había fastidiado el gusto por la auténtica salchicha Falu, pero le estaba volviendo. Algunas veces salía del piso. Para correr, hacer la compra, hacer gestiones. En mitad del día, poca gente fuera; corría con una intensidad excesiva. Hacía que los pensamientos desaparecieran.

Vivía allí de momento. A su madre no le iba bien que viviera con ella. A él no le iba bien vivir con ella. No iba bien que los dos supieran que no iba bien. Tenía que aligerar la presión. Encontrar algún sitio en el que vivir. Make a move[4]. Tenía que arreglarse.

Había vuelto, a la fácil, segura Suecia. Donde todo se puede arreglar con un poco de voluntad, sabiéndose mover, con dinero o contactos con los socialistas. Niklas no tenía esto último. Sin embargo, tenía voluntad; más sólida que el blindaje de un tanque M1A2 Abrams. Su madre le llamaba bravucón. Quizá había algo de eso, en cualquier caso allá abajo había sido lo suficientemente gallito como para arreglárselas con tíos que te acosaban por menos de un lapsus gracioso en inglés. ¿Y el dinero? No tenía una fortuna con la que vivir el resto de su vida; pero suficiente por el momento.

Estaba de pie en la cocina pensando. El secreto de una buena tortilla era hacerla tapada. Conseguir que el huevo cuajara más rápidamente en la superficie para evitar la clara babosa, con consistencia de gelatina, en la parte de arriba y huevo quemado en el fondo. Echó una gran cantidad de patatas en dados, cebolla y trozos de salchicha. Remató con queso. Esperó a que se fundiera. El aroma era fantástico. Mucho mejor que toda la bazofia que le habían dado allá abajo, incluso en Acción de Gracias.

La cabeza llena de pensamientos aburridos. Había vuelto; era agradable. ¿Pero en realidad a qué había vuelto? Su madre estaba cercanamente ausente. Él ya no sabía a quiénes conocía en Suecia. ¿Y cómo se sentía? Si en realidad lo pensaba. Confusión/ reconocimiento/miedo. Nada había cambiado. Salvo él. Y eso le aterrorizaba.

Los primeros años que había estado fuera, venía a casa alguna vez al año, con frecuencia le daban permiso por Navidad o Semana Santa. Pero ya hacía más de tres años. Irak era demasiado intensivo. No se podía volver a casa de cualquier manera. Durante ese tiempo apenas había hablado con su madre. Tampoco estuvo en contacto con nadie más. Era quien era. Sin que nadie lo supiera. Pero por otra parte, ¿alguien lo había sabido alguna vez?

El día pasó lentamente. Estaba sentado ante la televisión cuando ella llegó a casa. Aún lleno por la tortilla. Estaba viendo un documental sobre dos chicos que iban a cruzar la Antártida esquiando; el mayor sinsentido que había visto en su vida. Dos pringados intentando fingir la supervivencia; también había un equipo de filmación, era evidente. ¿Cómo se las arreglaban si hacía tanto frío y era tan jodido? Gente patética que en realidad no sabía nada de nada de supervivencia. Y aún menos de la vida.

Su madre parecía mucho mayor que la última vez que había estado en casa. Ajada. Cansada. Como agrisada. Se preguntaba cuánto bebía. Cuánto se había preocupado por él por las noches después de ver las noticias. Con qué frecuencia se había visto con Él, con E mayúscula; el hombre que les había destrozado la vida. La última vez que había estado en casa, ella le aseguró que ya no se veían. Niklas lo creía aproximadamente igual que Muqtada al Sadr creía que Estados Unidos quería el bien de su gente. Pero ya se había acabado todo.

De alguna manera, ella era fuerte. Educó sola a un hijo díscolo. Se negó a recibir ayuda de la sociedad. Se negó a rendirse y coger la jubilación anticipada, como todas sus amigas. Iba por la vida matándose a trabajar. Por otra parte, había permitido que Él entrara en su vida. Que se hiciera con el control sobre ella. Que la humillara. Que la machacara. ¿Cómo podían ser tan distintos?

Ella puso una bolsa de la compra en el suelo.

—Hola. ¿Qué has hecho hoy?

Vio que ella tenía dolores. Lo había notado ya en el primer día en Suecia; su espalda estaba fuera de juego. Sin embargo, seguía trabajando, si bien es cierto que media jornada, pero así y todo, ¿qué sacaba en claro con ello? Su cara nunca había irradiado precisamente alegría. Las arrugas del ceño eran ahora profundas, pero siempre habían estado ahí. Creaban una expresión constante de preocupación. Bajaba las cejas, las juntaba y sus arrugas más marcadas se acentuaban casi un centímetro.

Siguió observándola. Rebeca rosa, su color favorito. En las piernas, un par de vaqueros ajustados. Al cuello, una gargantilla con un corazón de oro. El pelo, con mechas rubias. Niklas se preguntó si aún se las hacía en la peluquería de señoras de Sonja Östergren. Some things just never change[5], como solía decir Collin.

En realidad era la persona más buena del mundo. Demasiado buena. No era justo.

Catharina. Su madre.

A quien quería.

Al mismo tiempo que despreciaba.

Debido a eso: la bondad.

Era demasiado débil.

Eso no estaba bien.

Pero nunca podrían hablar de todo.

Niklas llevó la bolsa de la compra a la cocina. Volvió al salón.

—Me voy a mudar pronto, mamá. Voy a comprar un contrato.

Las arrugas de nuevo ahí. Como grietas en un camino en el desierto.

—Pero, Niklas, ¿eso no es ilegal?

—No, en realidad no. Es ilegal vender contratos de alquiler, pero no comprarlos. Saldrá bien. Tengo dinero y nadie me va a engañar. Te lo prometo.

Catharina farfulló algo como respuesta. Entró en la cocina. Empezó a hacer la cena.

El insomnio estaba empezando a destrozarle. Ni siquiera había dormido tan de pena durante las peores noches allá abajo, cuando las granadas hacían más escándalo que unos fuegos artificiales de Nochevieja en medio del salón. Los tapones para los oídos solían ser una bendición. El reproductor de CD, una salvación. Ahora no funcionaba nada.

Miró la ranura bajo la puerta de su madre. Apagó la luz a las doce y media. Por algún motivo ya sabía que no iba a poder dormir. Dio vueltas y más vueltas. Cada vez la sábana se deslizaba más y más a uno de los lados de los cojines del sofá. Se arrugaba. Empeoraba la posibilidad de dormir.

Meditó sobre sus compras del otro día. Sin armas se sentía inseguro. Ahora se sentía más tranquilo. Había conseguido lo que necesitaba por el momento. Los pensamientos siguieron fluyendo. Sopesó alternativas de trabajo. ¿Cuánto de su CV debía mostrar? Casi se rió solo en la oscuridad: en Suecia quizá no valoraban mucho el conocimiento profundo de más de cuarenta tipos de armas.

Pensó en Él. Tenía que marcharse del piso, del edificio de viviendas de alquiler. Le daba malas vibraciones. Recuerdos duros. Proximidad peligrosa.

Niklas pensaba vivir según su propia filosofía. Un templo de pensamientos que había construido meticulosamente en los últimos años. Las reglas éticas eran importantes sólo para ti mismo. Si podías deshacerte de ellas, te liberabas. Allá abajo, en la arena, murió todo eso. La moral se secó como una costra que desaparecía sola pasadas unas semanas. Era libre; libre para poder llevar su vida de la forma que mejor le pareciera.

Pensó en los hombres. Collin, Alex, los demás. Ellos sabían de lo que hablaba. En la guerra, la persona se hacía consciente de sí misma. Sólo existías tú. Las reglas eran para los demás.

Al día siguiente se puso en contacto con un agente inmobiliario ilegal. La voz del tío sonaba sospechosa por teléfono. Un tipo asqueroso, seguro. A Niklas le había dado el número un antiguo conocido del colegio, Benjamin.

Primero tuvo que dejar un mensaje en el contestador del pavo. Cuatro horas más tarde llamaron con número oculto.

—Hola, soy el agente. He oído tu mensaje de que estás interesado en encontrar un objeto. ¿Correcto?

Niklas pensó: algunos viven bien a costa de las situaciones críticas de otros. El tío era un zorro. Evitaba palabras relacionadas como piso, contrato o ilegal; sabía que no había que nombrar aquello que pudiera utilizarse en su contra.

El agente ilegal le dio instrucciones: yo te llamo, tú nunca me llamas.

Se verían al día siguiente.

Entró en el McDonald's. Tremendamente cansado, pero listo para reunirse con el agente. El sitio era como lo recordaba. Sillas metálicas incómodas, paneles de madera de cerezo pintados, suelo de plástico. Típico olor a McDonald's: una mezcla de porquería y carne de hamburguesa. Huchas de Ronald McDonald junto a las cajas; anuncios de Happy Meal en los protectores de las bandejas; tras las cajas, chavales con pelusilla y chicas morenas.

La diferencia desde la última vez que había comido allí: el fascismo de lo saludable. Zanahorias mini en lugar de patatas fritas, pan integral en las hamburguesas en lugar del blanco tradicional, ensalada césar en lugar hamburguesas con extra de queso. ¿Qué problema tenía la gente? Si no se movían lo suficiente para quemar comida normal, deberían pensárselo dos veces antes de siquiera entrar en ese sitio. Niklas pidió un agua mineral.

Un hombre se dirigió hacia su mesa. Vestido con un abrigo largo que casi arrastraba por el suelo; debajo, traje gris y camisa blanca. Sin corbata. Pelo hacia atrás y ojos vacíos. La sonrisa tan amplia que la cabeza se le iba a partir en dos.

Tenía que ser el agente.

El hombre alargó la mano.

—Hola, soy el conseguidor.

Niklas le hizo un gesto con la cabeza. Indicación: Tú serás el conseguidor que necesito; pero no voy a lamerle el culo a nadie por eso.

El tío pareció sorprendido. Dudó un segundo. Luego se sentó.

Niklas fue al grano:

—¿Qué tienes para mí y cómo funciona esto?

El agente ilegal se inclinó hacia delante:

—Pareces ser muy directo. ¿No quieres comer nada?

—No, ahora no. Pero cuéntame qué tienes y cómo funciona.

—Como quieras. Tengo el artículo donde lo necesites. Puedo conseguírtelo en los municipios del sur, del norte, en Östermalm, Kungsholmen. Puedo en el Real Sitio de Drottningsholm, si te interesa. Pero no pareces de ésos. —El agente se rió de su propia broma.

Niklas no dijo nada.

—Pero recuerda, si alguna vez vienes con que nos hemos visto aquí y hemos hablado de lo que vamos a hablar, esto jamás ha sucedido. Ahora mismo estoy en una reunión con unos compañeros, para que te conste.

Niklas ni oyó ni comprendió de qué hablaba el agente.

—Verás, tengo cobertura por si alguien la lía. Para que te conste. Si surgen complicaciones, tengo testigos de que yo estoy ocupado con otros asuntos, en otro sitio, en este momento.

—Vale. Me alegro por ti. Pero no has contestado a mi pregunta.

El agente volvió a sonreír. Se puso en marcha. Hablaba deprisa y con poca claridad. Niklas tuvo que pedirle varias veces que repitiera lo que había dicho. El estilo seguro del tío no encajaba con su manera de hablar.

Le habló en detalle sobre los artículos: en todos los barrios de la ciudad. Colaboración con propietarios de pisos de lujo, casas unifamiliares, agencias públicas de vivienda. Pisos espectaculares en el centro, apartamentos de un dormitorio en Södermalm o estudios en la periferia. Según él: arreglos seguros y a buen precio.

Niklas ya sabía lo que quería. Un apartamento de un dormitorio en alguna población cercana de la periferia. Preferiblemente cerca de su madre.

El agente explicó el procedimiento. Los preparativos. Los plazos. El proceso. El tío parecía como si le pareciera que todo era un juego.

—Primero te inscribimos unos meses en un piso que esté lejos y que tenga una lista de espera corta. En el registro todo parecerá bien y correcto. Será tu dirección de empadronamiento y, puesto que había una lista de espera corta para ese piso, nadie se extrañará de que lo hayas conseguido. Yo me encargo de los contactos con el propietario. Después de unos meses cambiamos ese piso por el que vas a comprar. De esa forma será un cambio completamente limpio. Luego el que venda tendrá que inscribirse al menos dos meses en el mismo piso por el que se hace el cambio, o sea, tu piso ficticio. La verosimilitud lo es todo en mi sector, como te podrás imaginar.

Problema. No valía; Niklas tenía que conseguirse una choza en esa misma semana. Tenía que salir del piso de su madre. Rápido.

El agente sonrió socarronamente.

—Vale, creo que entiendo tu problema. ¿Es que te ha echado la parienta? ¿La ropa destrozada? ¿El estéreo destrozado? Cuando se enfadan, suele montarse la de Dios.

Niklas no retiró la mirada. Miró fijamente dos segundos más de lo que el código social podría justificar como una broma.

El agente por fin lo pilló; no era situación para intentar hacerse el gracioso. Dijo.

—Whatever[6]. De cualquier forma, puedo ayudarte. Arreglamos un contrato de subarrendamiento para los tres meses que necesitas esperar. ¿Te vale? Te puedo poner en un apartamento guay de cincuenta metros cuadrados de un dormitorio en Aspudden la próxima semana si quieres. Pero va a costar un poco más, claro. ¿Qué te parece?

Necesitaba conseguir algo aún más rápidamente.

—Si pago aún algo más, ¿se puede conseguir más rápido?

—¿Aún más rápido? Sí que estás en las últimas, si me permites la expresión. Pero claro, lo puedes tener pasado mañana.

Niklas sonrió para sus adentros. Eso sonaba bien. Tenía que marcharse.

En realidad, mejor de lo que había esperado.

Desaparecer tan rápidamente.

Capítulo 3

Capítulo
3

Söderort[7] quizá no tuviera el mayor número de denuncias per cápita, pero siempre tenía el mayor número de incidentes graves. City[8] tenía el máximo en cifras absolutas, eso lo sabían todos, pero era porque la chusma de los municipios al sur de Söder iba al centro y realizaban allí un montón de pequeñas movidas. Cometían hurtos en tiendas, mangaban móviles, amenazaban, montaban broncas en los garitos.

Thomas pensó: Söderort, los grandes guetos de los que pasaban los políticos. Fittja, Alby, Tumba, Norsborg, Skärholmen. En la zona norte, todos conocían los nombres: Rinkeby y Tensta. Apoyo a la diversidad y asociaciones culturales. Las inversiones de apoyo se centralizaban. El dinero para los proyectos llovía. Las instituciones de integración invadían. Pero en Söderort las bandas mandaban de verdad. Los iraquíes, los kurdos, los chilenos, los albanos. Bandidos, Fucked For Life, Born to Be Hated. Era empezar y no acabar de contar problemas. En primer lugar de Suecia: el número de armas de fuego, la proporción de chavales que se negaban a hablar con la policía, la cantidad de intentos de extorsión denunciados. Los delincuentes se organizaban, copiaban las jerarquías de los clubes de moteros, dirigían sus propias bandas durísimas. Los macarrillas seguían el camino abierto por los atracadores de bancos/camellos/maltratadores de más edad. Un camino predestinado. Hacia una vida de mierda. Se podían recopilar todos los datos del mundo. A los ojos de Thomas, daba igual la etiqueta que se les pusiera a todos esos moracos y perdedores, eran todos escoria.

Había oído todas las teorías que parloteaban las asistentes sociales y los psicólogos juveniles. ¿Pero en realidad de qué les valían todas esas hipótesis cognitivas, dinámicas, conductistas, blablaístas? Si de todas formas no funcionaba ningún método. Nadie podía hacer carrera. Se extendían. Aumentaban. Se repartían. Se hacían con el poder. En algún momento quizá también él pensó que se podía parar. Pero de eso ya hacía mucho.

Todo era mejor antes. Un cliché. Pero como canta Lloyd Cole: el motivo de que sea un cliché es porque es verdad.

Una noche más en el coche patrulla. Thomas conducía con tranquilidad. Dejaba las manos apoyadas en el volante. Sabía que en casa iba a tener una charla de narices por haber aceptado turno de noche toda la semana. En realidad ni siquiera necesitaba el plus de nocturnidad, aunque eso le había dicho a Åsa. El salario normal de un inspector de policía no era ni una décima parte del valor de la droga que confiscaba en una noche normal. Era un insulto. Una burla. Un escupitajo a la jeta de todos los tíos honrados que sabían qué era lo que había que hacer de verdad. Era sencillamente justo que uno cogiera un poco.

Eran cinco, seis los tíos que se turnaban para hacer esos turnos en coche juntos. Recorrían las zonas alrededor de Skärholmen, Sätra, Bredäng. El puto desarrollo al carajo. Se saltaban las chorradas de la corrección política y la charla comunista fingidamente comprensiva. Todos sabían lo que había: machácalos o ya te puedes morir.

El compañero de Thomas de esa noche, Jörgen Ljunggren, iba sentado en el asiento del copiloto. Solían cambiar hacia eso de las dos.

Thomas intentó calcular. Cuántas veces habían conducido él y Ljunggren así bajo un cielo de verano que oscurecía lentamente. Sin hablar más de lo necesario. Ljunggren con su vaso de plástico con café, demasiado tiempo, hasta que el café se enfriaba y él metía prisa para ir hacia el establecimiento abierto por la noche más cercano para conseguir más. Thomas, la mayoría de las veces con los pensamientos en otro sitio. Por lo general en el coche de casa: el chapado en zinc del último detalle original, los recambios para el diferencial del eje trasero, el nuevo contador de revoluciones. Un proyecto propio al que anhelar volver. Y también anhelaba volver a la pista de tiro. Se acababa de hacer con una pistola nueva; una Strayer Voigt Infinity, hecha a medida de sus deseos. Thomas era feliz así, tenía más de un hogar. Primero el coche patrulla y los tíos. Luego su coche en casa. Luego el club de tiro. Y luego, quizá, el hogar-hogar, el chalé de Tallkrogen.

Jörgen Ljunggren encajaba bien con Thomas; era agradable estar con gente que no parloteaba demasiado. Al final salían sobre todo tonterías. Así que se quedaban sentados en silencio. Se enviaban a veces miradas que indicaban comprensión, asentían o intercambiaban frases cortas. Era suficiente para ellos. Así se sentían a gusto. Compartían una forma de entender las cosas. Una manera de ver el mundo. Nada de complicaciones: estaban ahí para limpiar la mierda que rebosaba de las calles de Estocolmo.

Ljunggren era uno de los buenos. Alguien a quien tener a tu lado cuando la cosa se calentaba.

Thomas se sentía tranquilo.

La radio de la policía bombardeaba órdenes. La policía de Estocolmo usaba dos frecuencias en lugar de una: la 80 para el City/Söderort/Västerort y la 70 para el resto. Eso concordaba con toda la organización. Su apellido era inefectividad; tener dos sistemas en lugar de uno. No se despertaba uno para darse cuenta de que habían llegado nuevos tiempos a la puerta. Ya no se podía seguir yendo por el mismo camino trillado. Tenía las mismas ideas una y otra vez: ahí fuera la chusma se organizaba en estructuras totalmente diferentes. Ya no eran sólo unos cuantos yugoslavos y pringados finlandeses cansados los que arrasaban. La escoria se había actualizado. Profesionales, internacionales, multicriminales. Hacían falta nuevos medios. Más rápidos. Más inteligentes. Más contundentes. Y en cuanto alguien quería hacer algo, los medios de comunicación protestaban sobre las nuevas leyes como si su objetivo fuera perjudicar a la gente.

La radio crepitaba. Alguien necesitaba ayuda con un ratero en una tienda de veinticuatro horas de Sätra.

Se miraron. Se rieron. Para nada cogían esos trabajos de mierda; lo podía hacer un policía recién licenciado. Pasaron de contestar. Siguieron conduciendo.

Se acercaron a Skärholmen.

Thomas metió segunda, frenó.

—Estamos pensando en volver a viajar al extranjero para Navidades.

Ljunggren asintió.

—Qué bien. ¿Adónde habíais pensado?

—No sé. La parienta quiere ir a algún sitio más cálido. El año pasado fuimos a Sicilia. Taormina. La leche de bonito.

—Ya lo sé. No hablaste de otra cosa durante los tres meses siguientes.

Pausa para reírse.

Thomas giró hacia la escuela de Storholm, en las afueras de Skärholmens Centrum. Siempre merecía la pena dar un vistazo al patio del colegio. A los críos solía darles por ir ahí por las noches; sentarse en los respaldos de los bancos, liarse unos canutos, como decían ellos, fumar y disfrutar de sus cortas vidas.

Toma ironía: los mismos chavales que normalmente hacían pellas durante el día se reunían luego en el patio del colegio para destrozarse los cerebros fumando. Ellos se lo habían buscado si cinco años más tarde seguían sentados en los mismos bancos sin trabajo. Se quejaban de que era culpa de la sociedad. Empezaban con cosas más fuertes: alcohol ilegal, hachís, pastillas. Si tenían mala suerte, caballo. Los efectos no fallaban. Enfermaban, se deprimían, se destrozaban. Cuesta abajo total. Subvenciones y ayuda social. Trapicheo de droga y robos en las urbanizaciones de adosados. Sus padres se lo habían buscado; deberían haber asumido su responsabilidad hacía mucho. La policía se lo había buscado; se debería actuar directamente. La sociedad se lo había buscado; si se juntaba tanta chusma en un único lugar, surgían problemas.

Las farolas del patio del colegio se veían de lejos. En la oscuridad, tras el patio, el edificio de hormigón gris del colegio parecía una pieza de lego.

Pararon el coche. Salieron.

Ljunggren cogió la porra blanca. Totalmente innecesario, pero correcto. La endeble porra telescópica no siempre bastaba.

El patio del colegio estaba vacío.

—Maria siempre tiene que ser tan jodidamente cultural. Ir a Florencia, Copenhague, París y no sé qué coño. Ni siquiera hay nada bonito que ver ahí.

—Puedes ir a ver la Mona Lisa.

Risas otra vez.

—Sí, claro, está tan rica como una puta bolsa de nachos.

Thomas pensó: Ljunggren debería decir menos tacos y demostrarle a su mujer quién manda. Dijo:

—Yo creo que está muy rica.

—¿Quién? ¿Mona Lisa o la parienta?

Más risas.

Por una vez, el patio del colegio estaba vacío. Salvo bajo una de las canastas de baloncesto. Había un Opel rojo aparcado.

Thomas encendió su linterna Maglite. La sujetó a la altura de la cabeza. Iluminó la matrícula: OYU 623. Dijo:

—Es el coche de Kent Magnusson, no tengo ni que comprobarlo. ¿Le hemos cogido juntos alguna vez?

Ljunggren volvió a poner la porra en el soporte del cinturón.

—No me vengas con bromas. Creo que le hemos trincado por lo menos diez veces. ¿Empiezas a estar senil o qué?

Thomas no contestó. Se dirigieron al coche. Se veía una luz débil. Alguien se movía en el asiento delantero. Thomas se inclinó hacia delante. Golpeó en la ventanilla. El interior se oscureció.

Se oyó una voz.

—¡Lárgate!

Thomas carraspeó.

—No nos vamos a marchar. ¿Eres tú el que está ahí dentro, Magnusson? Es la policía.

Se oyó la voz del interior del coche.

—Joder. No tengo nada esta noche. Estoy puro como el vodka.

—Vale, Kent. Está bien. Pero sal para que podamos hablar.

Tacos poco nítidos como respuesta.

Thomas volvió a golpear, esta vez en el techo. Un poco más fuerte.

Se abrió la puerta; la peste que salía del coche: humo, cerveza, meado.

Thomas y Ljunggren de pie con las piernas separadas. Esperando.

Kent Magnusson salió. Sin afeitar, pelo enmarañado, dientes mugrientos, heridas de herpes alrededor de la boca. Vaqueros desgastados que colgaban a media asta; el tío tenía que subírselos por lo menos medio metro para no tropezar. Una camiseta de publicidad del Festival del Agua de Estocolmo que debía de tener cien años. Una camisa de cuadros sin abrochar por encima de la camiseta.

Todo un yonqui. Aún más consumido que la última vez que Thomas le había visto.

Le iluminó los ojos.

—Qué pasa, Kent. ¿Estás muy colocado?

Kent balbució:

—No, no, para nada. Estoy dejándolo.

La verdad es que tenía los ojos claros. Las pupilas de tamaño normal; se contrajeron a la luz de la linterna.

—Seguro que lo estás dejando. ¿Qué llevas encima?

—Venga, en serio. No llevo nada encima, Intento dejarlo. De verdad.

Ljunggren se mosqueó.

—Vale ya de chorradas, Kent. Saca lo que tengas y terminamos con esto sin problemas. Te evitas movidas, follones y mentiras estúpidas. Esta noche estoy la hostia de cansado. Sobre todo de mentiras de mierda. Quizá nos enrollemos. ¿Me entiendes?

Thomas pensó: era curioso lo de Ljunggren, hablaba más con los delincuentes que con él durante toda una noche en el coche patrulla.

Kent hizo gestos. Parecía meditarlo.

—Ah, de verdad. No tengo nada.

El yonqui se lo estaba complicando. Thomas dijo:

—Kent, vamos a registrarte el coche. Para que lo sepas.

Kent hizo aún más aspavientos.

—Joder, no podéis registrarme el coche sin una orden. No habéis visto droga ni nada. No tenéis derecho a revolver en mi coche, ya lo sabéis.

—Lo sabemos y pasamos. Ya lo sabes.

Thomas miró a Ljunggren. Asintieron mutuamente. No había problema en escribir en el informe después que habían visto a Kent escondiendo algo en el coche al abrir la puerta. O que habían visto que estaba colocado. O lo que coño fuera; siempre tenían motivos creíbles. La cosa estaba controlada. Limpiar Estocolmo era más importante que las objeciones de un yonqui llorica.

Ljunggren se metió en el coche y empezó a buscar. Thomas alejó un poco al yonqui. Controlando.

Kent refunfuñó:

—¿Qué coño estáis haciendo? No podéis hacer eso. Ya lo sabéis.

Thomas se mantuvo en calma. No era nada por lo que alterarse.

—Tranquilo —dijo solamente.

El yonqui farfulló algo. Quizá:

—Cerdos maderos.

Thomas no aguantaba a los que eran como él.

—¿Qué has dicho?

Kent continuó farfullando. Una cosa era que el tío protestara o incordiara. Pero no dijo «cerdo madero».

—Te he preguntado qué has dicho.

Kent se volvió hacia él.

—Cerdos maderos.

Thomas le dio una patada, fuerte, en la corva. Se derrumbó como una torre de cerillas.

Ljunggren miró desde el coche.

—¿Todo en orden?

Thomas le dio la vuelta a Kent. El vientre en el suelo, los brazos a la espalda. Cerró las esposas. Puso un pie en la espalda del tío. Gritó a Ljunggren:

—Claro, todo bien.

Luego se giró hacia el yonqui.

—Gilipollas de mierda.

Kent se quedó tumbado inmóvil.

—Por favor, ¿no podrías aflojarme las esposas? Es que hacen un daño de la leche.

Evidentemente ahora tocaba lloriquear.

Tras cinco minutos Ljunggren le llamó. Por supuesto, había encontrado en el coche dos bolsas de cierre hermético con hachís. No era una sorpresa. Ljunggren le pasó las bolsas a Thomas. Miró: una de diez gramos y una con aproximadamente cuarenta.

Thomas le levantó la cabeza a Kent.

—¿Y ahora qué dices?

El yonqui tenía un tono de voz más agudo. Recordaba a Vanheden, de las películas de Jönssonligan.

—Venga inspector, alguien ha tenido que ponerlo ahí. No sabía que estaba en el coche. Eh, ¿dónde lo ha encontrado? ¿No podríais enrollaros un poco?

Sin problema. Cincuenta gramos de hachís era poca cosa. Por esa vez podía pasar. Tomas dijo:

—Está bien.

Cogió las bolsas. Se las metió en el bolsillo interior.

—Pero no me vuelvas a mentir nunca. ¿Entendido?

—No. Nunca. Muchísimas gracias. Joder, qué amables. Joder, qué bien. De verdad, sois unos tíos enrollados.

—No hace falta que te pongas así. Sólo deja de mentir. Compórtate como un hombre.

Dos minutos más tarde. Kenta se incorporaba trabajosamente.

Thomas y Ljunggren se dirigieron hacia el coche patrulla.

Ljunggren se giró hacia Thomas.

—¿Has tirado la mierda?

Thomas asintió.

Kenta se volvió a sentar en el Opel. Puso el coche en marcha. Subió el volumen del estéreo. Ulf Lundell: «Oh la la, te deseo». El yonqui se acababa de evitar algún mes en el trullo; pese a la pérdida del hachís, estaba más contento que un niño en Nochebuena.

De vuelta en el coche patrulla. Thomas se quitó los guantes. Ljunggren quería ir a algún establecimiento abierto toda la noche para coger más café.

La radio llamó:

—Zona dos, ¿tenemos a alguien que pueda encargarse de un hombre inconsciente en Axelsberg? Herido grave. Probablemente en estado de embriaguez. Está en un sótano de la calle Gösta Ekman, 10. Cambio.

Una verdadera porquería de trabajo. Silencio. Avanzaron por la carretera.

Nadie contestaba la llamada. Dichosa mala suerte.

De nuevo la radio:

—No tenemos respuesta para la calle Gösta Ekman. Alguien tiene que cogerlo. Cambio.

Y una leche que dos patrulleros de puta madre como Thomas y Ljunggren tuvieran que encargarse de más asuntos tontos esa noche. Ya bastaba con que Ljunggren hubiera tenido que meterse en el coche mugriento del asqueroso del yonqui. Cerraron el pico. Siguieron rodando.

La radio ordenó:

—De acuerdo. No hay nadie que se encargue de Gösta Ekman. Lo hará el coche 2930, Andrén y Ljunggren. ¿Entendido? Cambio.

Ljunggren miró a Thomas.

—Típico.

Había que asumirlo. Thomas pulsó el botón del micro.

—Entendido. Nosotros lo cogemos. ¿Tenéis más información? Era un borracho, ¿no? ¿Quedará algo de alcohol para nosotros? Cambio.

La voz de la radio era de una de las chicas aburridas. Según Thomas, una mal follada. No se podía bromear con ella como con la mayoría de las demás tías de la radio.

—Deja de decir tonterías, Andrén. Id para allá sin más. Volveré a ponerme en contacto cuando sepamos más. Cambio y cierro.

Unos minutos después, estaban sentados en el coche en el exterior del número 10 de Gösta Ekman. Ljunggren refunfuñaba porque aún no tenía su café.

La gente estaba alineada delante del portal como si hubiera una especie de espectáculo. Mucha gente; el edificio tenía ocho plantas. El cielo empezaba a clarear.

Salieron.

Thomas iba delante. Entró en el portal. Ljunggren dispersó a la gente. Thomas alcanzó a oír que decía: «Señores, creo que aquí no hay nada en especial que ver».

En el interior: la casa parecía muy de los sesenta. El suelo, de una especie de placas de hormigón. La puerta del ascensor parecía de una nave de Star Trek. El pequeño vestíbulo tenía una salida al patio y una escalera de subida. Barandilla de metal a lo largo de la escalera hasta el primer piso. Vio que allí arriba había algunas personas. Una mujer con bata y zapatillas, un hombre con gafas y chándal, un chico joven que debía de ser su hijo.

La mujer señaló hacia abajo.

—Menos mal que han venido. Está ahí abajo.

Thomas contestó.

—Sería mejor que volvieran a sus viviendas. Ya nos encargamos nosotros. Subiré luego a hablar con ustedes.

Ella parecía tranquila por haber cumplido con su deber cívico. Quizá fue ella la que había llamado al 112.

Thomas empezó a bajar. La escalera era estrecha. La portezuela de la apertura de la bajada de las basuras con una pegatina: «Por favor, ayude a nuestros basureros. ¡Cierre la bolsa!».

Volvió a pensar en su coche. El fin de semana quizá se comprara un motor nuevo para los elevalunas eléctricos.

Comprobó la cerradura de la puerta del sótano. Marca Assa Abloy de principios de los años noventa. Debería tener una ganzúa que funcionara; si no, tendría que preguntar a la familia de arriba.

Unos segundos: un zumbido de la ganzúa eléctrica. La cerradura hizo clic. Estaba oscuro en el interior. Encendió la linterna Maglite. Palpó con la mano derecha buscando el interruptor de la luz.

Sangre en el suelo, en las rejas que rodeaban las estancias del sótano, en los objetos de los trasteros.

Se puso los guantes.

Observó el cuerpo. Un hombre. Ropa sucia, y ahora además muy ensangrentada. Camisa de manga corta y pantalones de pana. Llenos de vómito. Botines desatados en los pies. Ángulo extraño en el brazo. Thomas pensó: Otro Kenta más.

La parte superior del cuerpo yacía arqueada. La cara contra el suelo.

Thomas dijo:

—Hola, ¿me oyes?

Ninguna reacción.

Levantó un brazo. Era pesado. Aún sin reacción.

Se quitó el guante. Tomó el pulso: totalmente muerto.

Le levantó la cabeza. La cara estaba totalmente destrozada; machacada hasta hacerla irreconocible. La nariz parecía no existir ya. Los ojos estaban tan hinchados que no se veían. Los labios parecían más espaguetis con salsa boloñesa que una boca.

Pero había algo raro. La mandíbula parecía estar hundida. Metió dos dedos en la boca, los movió en el interior. Blanda como las encías de un bebé; el muerto no tenía dientes. Evidentemente no era un yonqui que había caído inconsciente por sí solo; eso era un asesinato.

Thomas no se alteró.

Sopesó ponerlo en decúbito lateral, pero le dejó tumbado como estaba. Pasó de intentar reanimarlo. No tenía sentido.

Siguió las normas. Dio la alarma a la Central de Comunicación Regional. Se llevó el micrófono de la radio a la boca, habló con voz baja para no sobresaltar a todo el edificio.

—Tengo un asesinato aquí. Realmente sucio. Calle Gösta Ekman, 10. Cambio.

—Entendido. ¿Necesitas más coches? Cambio.

—Sí, envía al menos cinco. Cambio.

Oyó cómo se daba aviso general a todos los que estaban en Söderort.

La radio volvió a hablar:

—¿Necesitas a algún jefe de servicio? Cambio.

—Sí, creo que sí. ¿Quién está esta noche? ¿Hansson? Cambio.

—Afirmativo. Le enviamos. ¿Ambulancia? Cambio.

—Sí, gracias. Y manda también un montón de papel de cocina. Aquí hace falta secar mucho. Cambio y corto.

El siguiente paso según el protocolo. Habló con Ljunggren por la radio. Le pidió que acordonara, que pidiera a los presentes que se identificaran, que dejaran direcciones y teléfonos para posibles testimonios. Luego, que esperaran hasta que llegaran los otros coches patrulla con gente para realizar las correspondientes preguntas de control. Thomas miró por el edificio. ¿Cómo habían matado al tío? No veía ningún arma, pero seguro que el agresor se la había llevado consigo.

¿Qué iba a hacer ahora? Volvió a mirar el cadáver. Le levantó el brazo. Sentía que no tenía fuerzas para seguir el protocolo; en realidad debería esperar a los técnicos y la ambulancia.

Miró las manos. Había algo extraño en ellas; no faltaban dedos, no estaban extrañamente limpias o sucias; no, era otra cosa. Giró la mano. Entonces lo vio: las puntas de los dedos del muerto estaban destrozadas. En cada yema: una masa sanguinolenta. Parecía como si hubieran sido cortadas, aplastadas, igualadas, borradas.

Soltó el brazo. La sangre del suelo se había cuajado. ¿Cuánto tiempo podía llevar ahí el fiambre?

Registró rápidamente los bolsillos del pantalón. No había billetera ni móvil. Ni dinero, ni documentos de identidad. En uno de los bolsillos traseros: un papel con un número de móvil borroso. Lo volvió a poner en su sitio. Memorizó el descubrimiento.

La camiseta estaba pegada. Miró más de cerca. Giró un poco el cuerpo aunque no debía. Eso iba en contra de las normas, así que era una chapuza. En realidad deberían hacer fotos e investigar el sitio antes de que nadie moviera el cadáver, pero sentía curiosidad.

Entonces vio la siguiente cosa extraña, en el brazo. Marcas de pinchazos de una jeringuilla. Pequeños cardenales alrededor de cada agujero. Totalmente claro: lo que tenía ante sí en el suelo era un yonqui asesinado.

Oyó ruido al otro lado de la puerta del sótano.

Los refuerzos estaban en camino.

Ljunggren entró. Dos patrulleros más jóvenes iban detrás. Thomas los conocía bien, buenos chicos.

Miraron el cadáver.

Ljunggren dijo:

—Joder, menudo resbalón ha debido de darse con toda esa sangre que alguien ha tirado por todos los lados.

Se rieron. Humor de policías; más negro que el sótano antes de que Thomas diera la luz.

El altavoz de su radio empezó a soltar órdenes; Hansson, el jefe de servicio, había llegado, dispuso las fuerzas para que acordonaran la zona. Hizo lo que solía: dio voces, organizó, gritó. Sin embargo, era un pequeño ensayo. Si el de la escalera hubiera sido alguien diferente a un yonqui, habrían mandado todos los coches patrulla que hubieran podido. Habrían bloqueado media ciudad. Detenido trenes, coches, metros. En este caso no había ninguna excitación.

Los sanitarios aparecieron tras siete minutos.

Dejaron yacer el cadáver un rato. Bajó un miembro de la científica, hizo algunas fotos con una cámara digital. Análisis de las salpicaduras de sangre. Recogida de pruebas. Inspección de la escena del crimen.

Los sanitarios desplegaron la camilla. Subieron el cadáver. Lo cubrieron con mantas.

Desaparecieron.

Cuando hay acción, uno se divierte. Cuando uno se divierte, las noches pasan rápido. Pero se habían quedado con las ganas. Ljunggren suspiró:

—¿Para qué nos molestamos siquiera con este tema? Era sólo un alcohólico menos que de todas formas habría montado bronca porque el Systembolaget[9] abre con tres minutos de retraso un sábado por la mañana, cuando uno verdaderamente no está para aguantar follones.

Thomas pensó: A veces Ljunggren se pone muy quejica.

Interrogaron a los vecinos aleatoriamente. Fotografiaron por el sótano. Acordonaron la casa. Mandaron a dos tipos a la estación de metro. Anotaron nombres y números de teléfono de otras personas de la finca, dijeron que se pondrían en contacto el día siguiente. Los técnicos buscaron huellas dactilares y sacaron muestras de ADN en el sótano. Algunos coches patrulla bloquearon la calle e hicieron controles aleatorios de tráfico en Hägerstenvägen. Sin embargo, a esas horas apenas había nadie.

De vuelta a la comisaría de Skäris[10] iban en silencio. Cansados. Pese a que no había pasado nada, había sido una experiencia intensa. Iba a ser agradable ducharse.

Thomas no podía olvidarse del cadáver del sótano. La cara y las yemas de los dedos destrozadas. No es que tuviera náuseas o que le pareciera duro; demasiada asquerosidad se había cruzado en su camino como para que le afectara. Era otra cosa. Lo raro de todo el asunto; que el yonqui parecía haber sido asesinado de una forma un tanto sofisticada.

¿Pero en realidad qué había de raro? Alguien se había cabreado con él por algún motivo. Quizá una pelea por unos miligramos, una deuda sin pagar o quizá sólo una mala borrachera. No podía haber sido difícil partirle la crisma al tío. Debió de estar más colocado que un hippie. ¿Pero la ausencia de los dientes? Quizá tampoco era tan extraño. Los cuerpos de los borrachos se jodían a edades tempranas; demasiado de lo bueno de la vida corroía los piños. Los cuarentañeros con dentaduras postizas eran legión.

Y sin embargo: la cara golpeada hasta lo irreconocible, las yemas de los dedos cortadas, que alguien quizá hubiera retirado una prótesis dental. Iba a estar muy complicado identificar al tío ése. Alguien lo había pensado bien.

Lo que decía: trabajo realizado por un semiprofesional. Quizá incluso un profesional del todo.

Ahí no había ningún borracho ni a la legua.

Raro.

Capítulo 4

Capítulo
4

A Mahmud le irritaba Erika Ewaldsson. Pesada, machacona. Como que no se rendía. Pero en realidad pasaba de ella, no tenía ningún valor. Y si quebrantaba un poco las reglas de Frivården[11], tampoco iba a pasar gran cosa. El problema era lo que se les podía ocurrir. Chorradas: se pensaban que se le podía dirigir, decidir cuándo podía ir al centro y cuándo podía relajarse en su barrio. Existía el riesgo de que pareciera que él aceptaba que esos pringados intentaran controlarle. Imponer sus condiciones. Controlar a un moraco con un gran honor; que se fueran a cagar.

Sin embargo: línea roja del metro, entrando. De Alby a Frivården en Hornstull. De los colegas (Babak, Robert, Javier, los demás) a Erika, la inspectora de libertad condicional, una foca fea saboteadora, una puta acosadora. No le daba un respiro. Se negaba a aceptar que él tenía la intención de ser honorable, o al menos lo decía de verdad cuando se lo contaba a ella. Estaba más encima de él que su alumno de apoyo[12] del colegio cuando tenía trece años; el vikingo que consideraba que Mahmud era el broncas número uno.

Bitch[13].

El metro retumbaba. Mahmud, prácticamente solo en el vagón. Intentaba estudiar los dibujos de los asientos de enfrente. ¿Qué eran esas cosas? Vale, reconocía la bolita amarilla. El estadio Globen. Y la torre con tres chirimbolos encima; el edificio de la ciudad, el Ayuntamiento o como se llamara. Pero las otras cosas. ¿Quién era quien dibujaba tan mal? ¿Y a quién intentaba engañar Connex[14]? El metro no era acogedor y no lo sería nunca.

Sin embargo, era cojonudo relajarse en el vagón. Ser libre. Poder bajar y subirse donde quisiera. Flirtear libremente con las dos pibas que había más adelante. La vida en chirona era como la vida en el exterior pero en fast forward. El tiempo pasaba más rápido, cada sección era como más compacta; así que parecía como si su última estancia en el trullo nunca hubiera existido. Lo único que perturbaba: las pesadillas de las dos últimas noches. La ruleta rusa dando vueltas. Las manchas de pis que le subían por la pierna. Los dientes de oro de Gürhan que brillaban. Tenía que intentar olvidar. Born to Be Hated.

El tren rodó hasta el andén. Se bajó. Le apetecía tomar algo. Se fue a la máquina de Selecta. A diez metros vio que estaba rota. Menudos aficionados. Si querían robar algo, que robaran a lo grande. ¿De qué valían un par de monedas de cinco coronas de una máquina de golosinas? Tenían que ser yonquis. Perdedores lamentables. ¿Por qué Erika no se dedicaba a tratarles a ellos? Mahmud no incordiaba a nadie siempre y cuando nadie le incordiara a él. Las prioridades al revés.

Empezó a caminar hacia las escaleras automáticas. Las paredes de ladrillo blanco de la estación le recordaban a Asptuna. Un mes y medio desde que había salido; medio año entre rejas. Y ahora estaba obligado a ir al infierno de Hornstull una vez a la semana a humillarse. Sentarse y mentir como un bellaco; sentirse de nuevo como si estuviera en los últimos cursos de primaria. No funcionaba. Algunos tíos se encerraban en pequeños estudios que conseguían los servicios sociales cuando los soltaban. No aguantaban pisos demasiado grandes, querían que fuera tan parecido a la prisión como fuera posible. Otros se iban a vivir con sus madres. No conseguían salir adelante en la vida sin alguien que les hiciera la comida y les limpiara. Pero Mahmud, jamás; él iba a arreglar eso. Piso propio, viajar, moverse. Tirarse a un montón de tías, ganar un pastón. VIVIR A LO GRANDE. En el centro de los pensamientos, la cara de Gürhan boicoteaba la ensoñación como una bofetada en la jeta.

Cruzó Långholsmgatan. De fondo: el tráfico retumbaba. El cielo era gris. La calle era gris. Las casas, lo más gris de todo.

Frivården compartía entrada con el Servicio Estatal de Odontología[15] y con la Seguridad Social[16]. Pensó: ¿Es que sólo las instituciones que empiezan con F pueden estar en este tugurio de mierda?[17] Un limpiador estaba encerando el suelo de plástico. Podría haber sido su padre, Beshar. Pero su abu ya no iba a tener que vivir así. Él se iba a encargar. Promise[18].

En la recepción ni siquiera le abrieron la ventanilla de cristal. Por el contrario, él tuvo que inclinarse hasta el micrófono.

—Hola. Vengo a ver a Erika Ewaldsson. Hace diez minutos.

—Bien, si te quieres sentar, vendrá en un momento.

Se sentó en la sala de espera. ¿Por qué le hacían esperar siempre? Se comportaban como lo peor del trullo. Expertos en humillación hambrientos de poder: mariconazos.

Miró la porquería de prensa. Dagens Nyheter, Café y Sköna Hem[19]. Se rió para sus adentros: ¿Qué gilipollas venían a Frivården y se ponían a leer Sköna Hem?

Luego oyó la voz de Erika.

—Hola, Mahmud. Qué bien que ya estés aquí. De hecho, casi puntual.

Mahmud levantó la mirada. Erika tenía el aspecto de siempre. Pantalones amarillos y en la parte superior una cosa tirando a marrón parecida a un poncho. No era precisamente delgada; su culo era como del tamaño de Arabia Saudí. Tenía los ojos verdes y al cuello una delgada cruz de oro. Mierda, volvió a sentir el sabor metálico en la boca.

Mahmud acompañó a Erika a su despacho. En el interior: las persianas creaban una luz a rayas. Pósteres en las paredes. El escritorio atestado de papeles, carpetas y fundas de plástico. ¿En realidad a cuántos tíos llevaba?

—Bueno, Mahmud, ¿cómo estás?

Mahmud sólo quería que todo fuera rápido. Cuidó el lenguaje.

—Estoy bien. Todo va bien.

—Estupendo. ¿Cómo está tu padre? Beshar, ¿no se llama así?

Mahmud aún vivía en casa. Era un asco, pero los caseros racistas eran claramente escépticos con un moraco convicto.

—También está bien. Aunque no es del todo perfecto vivir ahí. Pero se resolverá. —Mahmud quería quitar hierro al problema—. Estoy buscando trabajo y he tenido dos entrevistas esta semana.

—¡Qué bien! ¿Te han hecho alguna oferta?

—No, ya llamarán. Eso dicen siempre.

Mahmud pensó en la última entrevista. Había ido deliberadamente sólo con camiseta. Los tatuajes, alineados. El texto: «Confía sólo en ti mismo», en un brazo, y «Alby Forever», en el otro. Los tatuajes hablaban con su agresivo lenguaje propio: Si hay movida, vas a tener follón. For real[20].

¿Cuándo iba a enterarse ella? Ningún trabajo iba a venir a robarle su libertad. Él no estaba hecho para la vida de nueve a cinco, eso lo sabía desde que había llegado a Suecia de niño.

Ella le miró. Demasiado tiempo.

—¿Qué te ha pasado en la mejilla?

Pregunta totalmente incorrecta. En circunstancias normales, la bofetada de Gürhan no le habría fastidiado la mejilla, pero el tío llevaba un pedazo de sello. Le había arañado media cara. La herida, cubierta con una tirita. ¿Qué iba a decir?

—Nada. Hice un rato de sparring con un colega, ya sabes.

No era la mejor explicación del mundo, pero quizá se la tragara.

Erika pareció pensárselo. Mahmud intentó mirar a través de las persianas. Parecer impasible.

—Espero que no sea nada importante, Mahmud. Si no es así, no tienes más que contármelo. Puedo ayudarte, ¿entiendes?

Mahmud, irónico en el interior de su cabeza: Sí, me puedes ayudar un montón.

Erika cambió de asunto. Siguió hablando sin parar. Habló de un proyecto de búsqueda de empleo que llevaba a cabo el «servicio de desempleo de preparación para el mercado laboral del mercado de trabajo» o una cosa así. Para chicos como él. Mahmud desconectó la atención. Años de práctica. Todas las conversaciones con los trabajadores sociales, las reuniones con las viejas de servicios sociales y los interrogatorios con los maderos habían dado sus resultados. El experto de los expertos en cerrar los oídos cuando hacía falta; y aun así, parecer interesado.

Erika siguió hablando. Blablablá. Qué roooollo.

—Mahmud, ¿no estarías interesado en dedicarte a algo relacionado con el cuidado del cuerpo? Entrenas muchísimo. Ya hemos hablado antes de esto. Por cierto, ¿cómo te va?

—Me va bien. Estoy a gusto en el gimnasio.

—¿Y no sientes nunca la tentación de dedicarte a eso? Ya sabes.

Mahmud ya sabía. Erika sacaba el tema cada vez. Era lo que había.

—No, Erika, he dejado eso. Ya lo hemos hablado mil veces. Va igual de bien con pollo sin grasa, atún y batidos de proteínas. Ya no necesito cosas ilegales.

No quedó claro si en realidad ella escuchó lo que le había dicho. Escribió algo en un papel.

—¿Puedo hacerte otra pregunta? ¿Con quién te relacionas durante el día?

La reunión empezaba a alargarse. La idea de esa mierda: una conversación breve para que pudiera desahogarse de los problemas que generaba la vida en libertad. Pero del verdadero problema no podía decir ni mú.

—Tengo mucha relación con los del gimnasio. Son buena gente.

—¿Cuánto tiempo pasas allí?

—Entreno en serio. Dos sesiones diarias. Una por la mañana, cuando no hay mucha gente. Luego hago una sesión por la noche, más o menos a las diez.

Ericka asintió. Charlaron. ¿No se iba a acabar nunca?

—¿Y qué tal con tus hermanas?

Sus hermanas eran sagradas, parte de su dignidad. Daba igual los castigos que se le ocurrieran a la sociedad sueca; nada podía impedirle protegerlas. ¿Estaba cuestionando Erika algo sobre sus hermanas?

—¿Qué quieres decir?

—Que si te ves con ella, es decir, tu hermana mayor. Su marido cumple condena, ¿no?

—Erika, entre nosotros tiene que quedar clara una cosa. Mis hermanas no tienen nada que ver con las cosas horribles que he hecho. Ellas son puras como la nieve, inocentes como corderos. ¿Entiendes? Mi hermana mayor va a empezar pronto una nueva vida. Casarse y eso.

Silencio.

¿Erika se iba a poner gruñona?

—Mahmud, no quería decir nada malo. Tienes que entenderlo. Para mí es importante que te veas con ella y con tu familia. Cuando se sale de prisión, suele ser de ayuda estar en contacto con personas seguras próximas a uno. He interpretado que la relación con tus hermanas es muy buena, nada más.

Hizo una breve pausa, le observó. ¿Estaba mirando otra vez la señal del golpe de Gürhan? Buscó la mirada de ella. Tras un rato, ella puso las manos en las rodillas.

—Vale, pues creo que hemos acabado por hoy. Puedes llevarte este folleto del proyecto del Instituto de Empleo del que te he hablado. Sus locales están en Hägersten y de verdad creo que te podría ayudar. Cursos sobre cómo realizar entrevistas de trabajo y cosas así. Puede reforzarte.

En la calle. Aún con hambre. Irritado. Al Seven Eleven de la entrada del metro. Compró una Fanta y dos barritas energéticas. Se deshacían en la boca. Pensó en las molestas preguntas de Erika.

Sonó su teléfono. Número privado.

—Sí, diga.

La voz al otro lado:

—¿Eres Mahmud al Askori?

Mahmud se preguntó quién sería. Alguien que no se presentaba. Sospechoso.

—Yes. ¿Y qué quieres?

—Me llamo Stefanovic. Creo que hemos podido vernos alguna vez. A veces entreno en el Fitness Center. Tú has colaborado con nosotros en el pasado.

Mahmud sumó uno más uno: Stefanovic, el nombre decía casi todo. Al teléfono no estaba cualquiera: alguien que entrenaba en el gimnasio, alguien que sonaba más frío que el hielo de las venas de Gürhan, alguien que era serbio. Mahmud no reconocía la voz. No veía ninguna cara. Sin embargo, eso sólo significaba una cosa: uno de los tíos importantes quería hablar con él. O bien estaba más metido en la mierda de lo que pensaba o es que había algo interesante en marcha.

Tardó en contestar. ¿Stefanovic no iba a decir nada más?

Al final dijo:

—Reconozco tu nombre. ¿Trabajas para ya sabes quién?

—Quizá se podría decir que sí. Nos gustaría quedar contigo. Creemos que nos puedes ayudar con un asunto importante. Tienes una buena red de contactos. Eres bueno en lo que has hecho anteriormente.

Mahmud le interrumpió.

—No tengo intención de volver a estar encerrado. Sólo para que lo sepas.

—Tranquilo. No queremos que hagas nada por lo que tengas que volver a estar encerrado. Para nada. Es algo totalmente diferente.

Una cosa segura: un trabajo totalmente normal no era. Por otro lado: sonaba a pasta fácil.

—Vale. Cuéntame más.

—Ahora no. No por teléfono. Vamos a hacer esto: hemos puesto en tu taquilla una entrada para el domingo. Ve allí a las dos y te lo explicamos. Hasta luego.

El yugoslavo colgó.

Mahmud bajó las escaleras de la estación de metro. Cogió las escaleras mecánicas que bajaban al andén.

Pensó: Y una mierda que me van a volver a encerrar. Que los yugoslavos le fueran a engañar para que hiciera alguna tontería: pocas probabilidades. Pero de todas formas no le haría daño a un tío profesional como él reunirse con ellos. Escuchar lo que querían. Cuánta pasta iban a soltar.

Y más importante: ser el hombre de los yugoslavos podría ser una salida de la mierda en la que se había metido con Gürhan. Se sintió de mejor humor. Eso podría ser el principio de algo.

Capítulo 5

Capítulo
5

No fue como Niklas había pensado. Un día después de mudarse al piso nuevo, su madre fue allí. Le pidió quedarse a dormir.

Era justo eso de lo que se trataba; de no ponerse de los nervios mutuamente, no introducirse demasiado en el territorio del otro, no borrar los perímetros del otro. Pero no podía decir que no. Estaba asustada, muy asustada. Con toda la razón. Le llamó al móvil directamente desde el trabajo.

—Hola, Niklas, ¿eres tú?

—Claro que soy yo mamá, estás llamando a mi número.

—Sí, pero aún no me lo he aprendido bien. Qué bien que estés en Suecia otra vez. Ha pasado una cosa espantosa.

Niklas notó en la voz que era algo fuera de lo normal.

—¿El qué?

—La policía ha encontrado a una persona asesinada en nuestro edificio. Es terrible. Toda la noche ha habido una persona muerta en el sótano.

Niklas se quedó petrificado. Los pensamientos se aguzaron. Al mismo tiempo: los pensamientos dispersos. Eso era duro.

—Parece una locura, mamá. ¿Qué han dicho?

—¿Quiénes? ¿Los vecinos?

—No, la policía.

—No han dicho nada. Me pasé la mitad de la noche de pie fuera y pasando frío. Todos lo hicimos. Berit Vásquez estaba totalmente destrozada.

—Joder. ¿Pero le has dicho algo más a la policía?

—Me van a interrogar hoy después del trabajo. Pero no me atrevo a dormir en casa sola. ¿Podría dormir en tu casa?

Para nada como él había pensado. Eso no era bueno.

—Por supuesto. Dormiré en un colchón o en una colchoneta. ¿Por qué has ido a trabajar hoy? Deberías darte de baja unos días.

—No, no puede ser. Además, también quería salir de la casa. Es agradable estar en el trabajo.

Una pregunta en la cabeza de Niklas. Tenía que preguntárselo.

—¿Saben quién es el muerto?

—La policía no ha dicho nada sobre eso. En cualquier caso, yo no lo sé. No han dicho nada. ¿Puedo pasarme después del trabajo?

Le dijo que no había problema. Le explicó cómo ir. Suspiró en su interior.

Niklas se puso los pantalones cortos y la camiseta. El logo de Dyncorp, en texto negro sobre el pecho. Le encantaba su equipación. Calcetines de carrera sin costuras para prevenir las rozaduras y con elástico en los laterales para que se mantuvieran en su sitio. El calzado: Mizuno Wave Nirvana; un nombre friki, pero el mejor calzado que vendían las tiendas de Löplabbet.

Lo primero que hizo tras volver a casa, y una de las pocas veces que se desplazó un poco más lejos, fue comprar las zapatillas y las demás cosas para correr. Probar en la cinta de Löplabbet, discutir el ancho de la horma, el efecto del exceso de pronación en el paso y la constitución del puente del pie. Muchos creían que correr era un deporte agradable porque era sencillo, barato, sin complementos superfluos. No para Niklas: los complementos lo hacían más divertido. Los calcetines, los pantalones cortos con aberturas extra para que no hicieran rozaduras en las piernas, el pulsómetro y, por supuesto, las zapatillas. Más de mil quinientos pavos. Valían cada corona de su precio. Ya había ido a correr más de diez veces desde que había vuelto. Allá abajo también corría a veces, pero con limitaciones. Si casualmente te metías unos metros en la calle equivocada, podía acabar en tragedia. Dos tíos británicos de su grupo: los encontraron con el cuello cortado. El calzado, robado. Los calcetines, aún calientes en los pies.

Se puso delante del espejo para fijar el pulsómetro alrededor del pecho. Se miró. Bien entrenado. Pelo recién cortado, peinado corto/rapado/al uno; apenas se veía lo rubio que era en realidad. Pero le delataban los ojos azules. Atisbos de otro rostro en el espejo: rayas negras pintadas bajo los ojos, pelo mugriento, mirada de acero. Equipado para luchar.

Se puso el pulsómetro de pulsera lo último. Lo puso a cero. Le daba sensación de intensidad, ritmo correcto. Y lo mejor: le daba información inmediata sobre el entrenamiento.

Salió. Bajó las escaleras medio corriendo. Abrió la puerta del portal. Un día genial.

Correr: su control sobre la soledad. Su medicina. Su escape de la confusión por volver a estar en casa.

Empezó despacio. Sentía un leve dolor en los muslos desde la última ronda, en Örnsberg. Corrió hacia la escuela de Aspudden. Grande, de ladrillos amarillos con un asta para la bandera en el patio. Había cerca un edificio de madera más bajo, quizá una ludoteca o una clase de primera etapa de primaria. Pasó de largo corriendo. A los árboles les estaban empezando a brotar hojas. El verdor era lo más hermoso de todo. Estaba contento de estar en casa.

La pendiente se inclinaba aún más. Bajaba hacia algo que parecía un valle. Al otro lado: una colina boscosa. En el fondo del valle se abría una zona de parcelas de cultivo públicas; el gran sueño de todas las amas de casa de pi

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