Las caras del tigre

Alfonso Mateo-Sagasta

Fragmento

cap-1

El accidente

1

De entre todos los deportes conocidos, el Paso Mandarín era el único que Luis Montemayor estaba dispuesto a practicar. El tal Paso no era más que una especie de trote gorrinero con el que gustaba desplazarse por toda la casa arrastrando las pantuflas. Según él, tonificaba el corazón y los músculos sin forzarlos, expandía los pulmones de forma razonable y además no provocaba cansancio. Semejante conclusión no era, como cabría suponer, gratuita, sino consecuencia de un prolongado fantaseo sobre las necesidades fisiológicas de su organismo y de la pertinaz negativa a considerar cualquier argumento discrepante.

Luis mantuvo el paso —zip, zip, zip, zip...— hasta el dormitorio, giró en redondo al llegar al galán de noche, recogió el tabaco olvidado sobre la repisa del radiador y volvió a dejarse caer en el sofá de la sala delante de la televisión. El sitio estaba caliente y ligeramente hundido, adaptado a su dueño como unos viejos guantes de cabritilla.

Del pipero que tenía sobre la mesita de la derecha escogió una pipa, sopló para comprobar que no estaba obstruida y se palmeó los bolsillos de la bata en busca del tabaco recién rescatado. Al acercar la llama, las hebras despizcadas se ahuecaron y retorcieron, y ascuas diminutas saltaron por los aires. Palmeándose el pecho, buscó con la vista el atacador, encendió la luz baja y maldijo el desorden en el que se había acostumbrado a vivir. «Ya aparecerás, hijo de puta», murmuró mientras prensaba resignado la ceniza directamente con el dedo. Se recostó, entonces, satisfecho, empujó con la pierna izquierda la caja de pizza que había sobre la mesa de café con una lata rodante de cerveza, estiró luego la otra, se ahuecó la entrepierna y cruzó los pies.

Ya iba siendo hora de que terminaran los anuncios y continuara la emisión de My Fair Lady. Era la vigésima vez que veía esa película, sabía escenas de memoria y a menudo sus labios se agitaban trémulos bajo el denso bigote cantando los diálogos. ¡Cómo admiraba al atildado profesor Higgins!: rico, soltero, elegante, independiente, culto, altivo, pero de buen corazón. Creía firmemente que esa debería haber sido su vida, de no haber tenido la mala suerte de pertenecer a la última generación de una familia de nuevos pobres. Una rancia fortuna hecha polvo de mariposa.

Del inmenso capital manejado por sus antepasados, solo había llegado a sus manos el piso que habitaba y el ajuar que contenían sus cuatro paredes, es decir, un montón de muebles viejos, algunos bronces y un par de cuadros de mérito del siglo XVII. La joya de la hijuela había sido, sin duda, la biblioteca, un tesoro incrementado por los primogénitos de la Casa de Cameros a lo largo de muchas generaciones, y cuyo tronco principal lo constituía el archivo. Sus armarios eran un pozo sin fondo de sorprendentes cartas, documentos y legajos que poco a poco iba transcribiendo y publicando con ayuda de un paleógrafo. Visto desde fuera, la herencia había sido cuantiosa, pero apenas simbólica si se comparaba con el centenar largo de pisos y locales que un día heredó su abuelo, además del matadero y la finca a orillas del Zójar, La Gándara, que en sus buenos tiempos llegó a abarcar casi cuatro términos municipales.

Una rubia de ojos claros interrumpió por sorpresa el inagotable aluvión de anuncios. Montemayor se irguió de golpe y se quedó sentado en el borde del sofá con las rodillas separadas, las manos entrelazadas entre los muslos y la espalda recta.

«Lamentamos informarles de un grave accidente que ha tenido lugar hace apenas una hora en la carretera comarcal 27. Según fuentes no confirmadas, un autobús de viajeros ha colisionado con un camión que transportaba gas licuado. Aunque en principio todo parece indicar que se trata de un accidente fortuito, la policía aún no ha descartado ninguna hipótesis. Les ofreceremos más información en nuestro boletín habitual de noticias.»

Una densa columna de humo y un confuso amasijo de hierros entre los que la gente corría sin orden ni concierto, ilustraban las palabras de la locutora.

Abstraído en la pantalla, el timbrazo le sorprendió y le hizo estremecerse como un buey cubierto de moscas. Era un timbre viejo y medio roto que sonaba en dos tiempos; primero un zumbido bajo y luego un golpe seco, el ruido que hace una cuchara al caer sobre un suelo de madera.

2

Matilde tuvo que mirar dos veces para tener una imagen completa de su primo Luis, el Jenízaro, como lo llamaban sus amigos. Tres veces más grande que ella, pensó que tal vez tuviese razón cuando bromeaba con que podría llevarla en el puño como un cetrero a su halcón.

—Buenas noches —dijo enfrentando la mirada rasgada, el pelo hirsuto y entrecano y el generoso bigote que desbordaba el labio superior.

—¡Querida prima! ¿Has visto las noticias? —farfulló él con la pipa entre los dientes.

—Te refieres al accidente, supongo. Por eso vengo.

Matilde observó sin disimulo la indumentaria doméstica de su primo: el pantalón de chándal gris salpicado de lamparones y la descolorida camiseta que se le ceñía al pecho y al arranque de la barriga para caer volada a la altura de la cintura. Un batón de paño azul marino con galones en las bocamangas y unas viejas pantuflas de piel con las puntas abiertas y dobladas hacia arriba completaban la imagen de refugiado sucio y chambón del vocacional doctor Higgins. Debería darle pena pero, dadas las circunstancias, no pudo evitar sentir algo de envidia.

—Me acaban de llamar. La empresa de autobuses es cliente nuestro, tengo que presentarme de inmediato, pero no puedo dejar solos a los niños.

—¿En el lugar del accidente? —preguntó él esgrimiendo la pipa con la mano derecha—. ¡Qué eficacia! Pero si no hace ni una hora...

—Pues llevan media intentando localizarme. No me había dado cuenta de que tengo el móvil sin batería y de que los niños habían descolgado el teléfono.

—Caramba, ¿cómo se han enterado ellos tan rápido?

—Tenemos un servicio que procesa todo lo que sale en prensa, radio o televisión relacionado con sucesos y siniestros. A menudo nos enteramos de las desgracias antes que los propios afectados.

—Vaya suerte —comentó Luis irónico—. Pero tienes cara de cansada. ¿Seguro que tienes que ir tú?

—Seguro, Luis. Soy la única técnica del área que lleva daños personales, y me temo que el asunto es muy gordo. No tengo más remedio.

—Pero en este momento no puedes hacer nada, el problema es de los médicos y de la policía.

Matilde reprimió un suspiro. No tenía ganas de dar explicaciones, pero comprendía que era necesario.

—Debo controlar a los supervivientes —comentó de mala gana.

El Jenízaro la miró sorprendido. Se le hacía raro oír hablar a su prima con esa dureza, para él Matilde nunca había dejado de ser la pequeñaja a quien debía proteger.

—Eso suena un poco crudo, ¿no te parece?

Matilde negó con la cabeza.

—Ni te imaginas la de cosas raras que pueden ocurrir. Por de pronto, puedes estar seguro de que la compañía aseguradora del camión ya habrá enviado a alguien para ver cómo lavarse las manos.

—Guerra entre compañías, sois como lobos —farfulló Luis encajándose de nuevo la pipa entre las muelas.

—Si solo fue

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