Preludio
1
— ¿Por qué... hace... esto?
Levantó la vista y se quedó mirando la silueta inmóvil que tenía ante él. Aunque también podía tratarse de una alucinación. Las alucinaciones no son nada extraño en la montaña. Basta con tener algo de fiebre o estar deshidratado, un edema cerebral provocado por la altura... o por la hipotermia. De hecho, estaba tiritando.
Los alpinistas y los excursionistas a menudo evocaban la visión de un personaje imaginario que los había acompañado durante un tiempo. Como el que tenía ahora ante sus ojos. Aun así, el cubo de agua helada que recibió en plena cara no era en absoluto un delirio.
El frío le cortó el aliento y enseguida se le aceleraron el pulso y la respiración. Sabía de qué iba aquello: mientras temblara, todo iría bien; se trataba de los síntomas clásicos de una hipotermia leve.
Entretanto, su cuerpo debía de estar poniendo en marcha el mecanismo de defensa: vasoconstricción; es decir, un estrechamiento de los vasos sanguíneos de las extremidades a fin de preservar los órganos vitales dirigiendo la sangre hacia el corazón y los pulmones. Por eso ya no sentía ni los pies ni las manos.
Volvió la cabeza. Contempló las abruptas vertientes que rodeaban el pequeño lago, la gruesa capa de hielo que lo recubría... Las láminas de roca erguidas sobre el fondo gris del cielo... Toda aquella indiferencia milenaria, aquella montaña inhóspita que sólo ofrecía ante sus ojos el horrible rostro de una muerte cercana. Porque iba a morir, de eso no le cabía la menor duda. La hipotermia iba a pasar de leve a moderada, después a severa y, finalmente, a profunda, lo que desembocaría en un coma y un paro cardíaco. Era inevitable. Le habían quitado toda la ropa. Estaba tendido, desnudo por completo — excepto por la diadema roja que le mantenía las rastas apartadas de la cara— , con los hombros, la espalda y las nalgas en contacto directo con el hielo, y la temperatura había caído a plomo. Debían de estar a quince grados bajo cero.
se lo rueeegoooooo se lo rueeegoooooo
se lo rueeegoooooo
¿Habría pronunciado de verdad esas palabras? ¿O sólo se lo había imaginado?
Empezaba a perder la noción de la realidad.
«Eso es muy mala señal...»
Se iba hundiendo poco a poco en la bruma que separa lo real de la confusión mental.
Preludio
2
La misma bruma que cubría por entero el paisaje cuando se puso en marcha por la mañana.
Había salido a pesar de la niebla, que se había negado a disiparse después del amanecer. Le había faltado poco para renunciar, pero luego había llegado a la conclusión de que, de todas formas, no había nada más que hacer en el valle un domingo de invierno.
Había seguido subiendo, con la piel de la cara tensa por el frío, orientándose en medio de aquella luz mortecina tan sólo gracias a la blancura de la nieve, la cúpula gris del cielo y las aristas de la roca. Después había llegado a la altura del bosque y la niebla se había levantado un poco. Las siluetas de los abetos jóvenes montaban guardia a través de un diáfano velo de bruma. Se había detenido un momento. A pesar del frío, estaba sudando. Fue entonces cuando oyó el ruido, aquel crujido, un poco más abajo: era de una rama seca que había estallado como un petardo, como si la hubiera pisado una bota de gran tamaño.
— ¡Eh! ¿Hay alguien?
No hubo respuesta. Quizá fuera un animal, pero ¿qué animal pesa tanto como para romper así una rama? ¿Un oso? Había pasado miles de horas en aquellas montañas sin cruzarse jamás con un plantígrado.
Siguió adelante y abandonó el amparo del bosque para acometer el tramo más escarpado. No era una excursión muy difícil. En verano una multitud de turistas llegaban al lago en poco más de tres horas, pero en invierno el camino estaba desierto, y él disfrutaba aquella soledad.
Más arriba, donde el frío arreciaba, los últimos pinos negros demostraban un vigor superior al de sus congéneres. Con los árboles ocurría igual que con los hombres: por un lado estaban los campeones y, por otro, el resto. La desigualdad y la injusticia son norma tanto en el seno de la naturaleza como en el seno de la especie humana. Kamel no creía en la igualdad. Creía en el conflicto, en la competición, en la supervivencia del más fuerte. En ese momento no podía imaginar que le quedaban menos de cuatro horas de vida.
¿Qué habría hecho de haberlo sabido? ¿Qué haríamos si lo supiéramos? ¿Pondríamos en orden nuestros asuntos? ¿Pediríamos perdón? ¿A quién? ¿Por haber hecho qué? ¿Nos arrepentiríamos de nuestras malas acciones? Él había hecho cosas abominables en su vida, y siempre sin el menor asomo de remordimiento ni vacilación. Y las volvería a hacer si fuera necesario. Tenía que seguir los designios de su naturaleza; la naturaleza de un hombre depravado y cruel. Aquel otro tipo lo había captado enseguida. Sólo con mirarlo a los ojos había comprendido con quién tenía que vérselas.
La niebla había caído de nuevo, ahora más espesa que nunca, y al no encontrar el glaciar creyó que se había perdido. Sin embargo, la losa de granito que marcaba su límite inferior el año pasado seguía allí, igual que los años previos, y Kamel comprendió que hallaría el glaciar un poco más arriba: la sucesión de varios veranos calurosos y otoños excesivamente cálidos lo había hecho batirse en retirada. Era la crónica de una muerte anunciada: al cabo de veinte o treinta años no quedaría nada de él, y las ciudades del llano serían igual de sofocantes que Orán en pleno verano.
En todo caso, ahora estaba tendido sobre el hielo, y el frío convertía sus mejillas en alfileteros y su cara en una máscara, como esas provocadas por un exceso de cirugía estética. Respiró hondo, antes de perder por un instante la noción de sí mismo. Cuando recobró el conocimiento había dejado de tiritar.
«Esto no pinta bien...»
La desaparición de los temblores indicaba que su temperatura interna había bajado por debajo de los treinta y un grados. Atisbó una silueta inclinada sobre él.
— ¿Por qué... hace... esto? — gimió, aunque la mitad de las palabras no llegó a franquear la barrera de sus labios agrietados.
Trató de mover la nuca, pero no fue capaz. La diadema se había endurecido en torno a su cabeza, formando una sólida corona. Una película de hielo le recubría el cuerpo y se resquebrajaba cada vez que intentaba moverse. Aun así, muy pronto, conforme los cubos de agua fueran cayendo sobre él, esa película sería tan gruesa que se encontraría aprisionado en una escafandra rígida y mortal.
En algún lugar, un poco más allá, debía de haber un agujero en el hielo, en el que iban llenando el cubo.
De repente notó un sofoco. ¿Cómo era posible? Entonces recordó que ése era uno de los efectos paradójicos del empeoramiento de la hipotermia. Los músculos responsables de la vasoconstricción acababan por relajarse y, debido a ello, la sangre fluía de nuevo hacia las extremidades.
El pulso le iba al ralentí. Bradicardia. Caída de la presión arterial. Las señales se acumulaban...
Al llegar al refugio — en realidad, una simple cabaña de piedra y pizarra situada al borde del lago— , había decidido descansar un poco antes de volver a bajar. No era un día idóneo para aventurarse por el pico del Gendarme.
Había bebido un poco de café del termo, había aliviado la vejiga y se había tomado una barrita energética. Se había colocado la mochila ligera a la espalda y se había dirigido hacia la puerta abierta del refugio, por donde entraban la claridad boreal y el viento gélido. Al cruzar el umbral percibió un silbido en el aire y un choque violento en plena cara. Después de eso, nada... Hasta el momento en que lo despertó el primer cubo de agua helada.
Iba a pagar por lo que había hecho, lo sabía. Lo que no entendía era por qué habían recurrido a... algo así.
— ¿Quién... quién es usted? — farfulló.
Como era de esperar, no obtuvo respuesta. En su lugar, llegó otro cubo de agua. Se dio cuenta de que la piel de los brazos, de las nalgas y de las pantorrillas se había adherido al hielo del lago: estaba literalmente pegado a él.
De haber podido verse, habría comprobado que su aspecto se parecía cada vez más al de un cadáver: la piel cianótica; la lividez en las zonas de contacto con el hielo; las pupilas dilatadas... El viento soplaba con violencia sobre la superficie del lago, y unos copos menudos y aterciopelados se posaban en sus córneas.
En cualquier caso, habría preferido poder abrir los ojos como platos cuando vio el cuchillo.
La afilada hoja que se aproximaba a su vientre y que, por un instante, reflejó las nubes que atravesaban un cielo gris.
Habría querido gritar, pero sus cuerdas vocales también estaban congeladas. No sintió nada cuando la hoja partió la fina capa de hielo, le perforó el abdomen y lo abrió desde el esternón hasta la sínfisis púbica. Tenía tanto frío y estaba tan entumecido... Ni siquiera notó la mano que apartó los labios de la herida, ni el cuchillo que le atravesó los órganos. Sólo percibió una risa.
Preludio
3
La llamada llegó esa misma noche a la dotación de alta montaña de la gendarmería, el PGHM (Pelotón de Gendarmería de Alta Montaña) de Aiguesvives. Según su joven esposa, Kamel Aissani, de veintinueve años, no había regresado de su excursión del domingo. No tenía previsto pasar la noche en la montaña. Había dejado el saco de dormir, la colchoneta y el hornillo en casa, y no se había llevado otra muda. Algo había ocurrido.
La joven tenía la voz temblorosa. Se notaba que estaba al borde de las lágrimas.
Los agentes del PGHM no perdieron el tiempo. Menos de media hora después de recibir el aviso, un helicóptero de rescate en montaña despegaba del gran prado nevado contiguo a los edificios de la gendarmería que servía de helipuerto. A bordo iban cuatro hombres: un piloto, un mecánico, un médico y un socorrista.
Todos ellos conocían el itinerario que había seguido Kamel. La cuestión era saber si se había parado en el lago Negro o si había ido más lejos, hasta el pico del Gendarme. Había anochecido hacía rato y la oscuridad dificultaba la búsqueda. El equipo se disponía a interrumpirla para reanudarla al día siguiente cuando, hacia la una y media de la madrugada, sobrevoló el lago Negro.
A esa hora el lago hacía honor a su nombre: una superficie alargada, inmóvil y pulida como un espejo, en lo hondo de un siniestro anfiteatro de roca de paredes escarpadas alumbrado por el gran proyector de la luna.
El reflector del helicóptero deslizó su pincel cegador por la superficie de hielo hasta detenerse sobre una forma indudablemente humana. Aunque la proximidad de las torres rocosas que rebanaban la noche como puñales impedían el aterrizaje, todos pudieron observar, embargados por una angustia difusa, que Kamel Aissani estaba desnudo. Vieron la blancura del hielo, el azul del cuerpo tendido, la negrura de su sombra, el rojo de la diadema... Los cuatro hombres intercambiaron una mirada al percatarse de algo más inquietante aún: el cuerpo tenía el vientre abierto de arriba abajo.
No había forma de que el helicóptero se posara en aquel circo glaciar. Para eso habrían tenido que posarse en el hielo, y nada garantizaba que tuviera el grosor suficiente. Así que el médico y el socorrista decidieron bajar con el cabestrante hasta un pequeño rellano próximo al río, situado a unos veinte metros del cadáver.
—¡ ¿Estáis seguros?! — gritó el piloto— . ¡El tío la ha palmado, eso está claro! ¡Fijo que puede esperar hasta mañana!
El médico le indicó con un gesto que descendiera. Mientras el socorrista y él se ponían el arnés, todos los presentes sintieron cómo se apoderaba de ellos una excitación morbosa propiciada por aquel escenario tan dramáticamente teatral: el lago helado, aquella noche negra y, sobre todo, aquel cuerpo desnudo bajo la luna. En el aire flotaba una especie de sensación de novedad... pero también de peligro, y la adrenalina era su droga preferida.
Yann Vogel, el socorrista de alta montaña, fue el primero en descolgarse al vacío. El doctor Loridan — con chaqueta roja, casco de protección blanco y gafas— salió balanceándose tras él entre ráfagas heladas. Su silueta un tanto ridícula quedó colgando como un peso muerto en el centro del circo, como una araña prendida de su hilo. Una vez posados en la roca, los dos hombres escrutaron el hielo. Parecía grueso y sólido, pero nunca se sabía, así que decidieron seguir por la orilla hasta el refugio y acercarse desde allí hasta la forma tendida en medio del lago, tal como debía de haberlo hecho el propio Aissani.
«¿Y alguien más aparte de él?» Loridan se planteó enseguida si Kamel Aissani podía haberse hecho eso él solo, igual que los japoneses de antaño se hacían el harakiri. «¿O ha intervenido otra persona?»
Aquel último interrogante le hizo sentir un escalofrío que nada tenía que ver con las bajas temperaturas de aquella noche.
Se pusieron en marcha sobre la dura superficie de hielo, con la vista clavada en el cuerpo yacente. En caso de que el pobre infeliz siguiera vivo, habría que intubarlo y procurarle respiración asistida y medicalización lo antes posible. Probablemente incluso tendrían que practicarle un masaje cardíaco antes de subirlo al helicóptero. Y Loridan sólo podía contar consigo mismo, no iba a tener la ayuda de una de las unidades móviles de urgencia.
La forma se aproximaba...
El claro de luna lechoso hacía que su sombra negra y alargada se estirara sobre el hielo, como en las escenas de un antiguo teatro de variedades. Había algo raro a la altura del abdomen...
No era sólo que un enorme tajo, visible desde donde se encontraban, lo partiera en dos, sino que además era redondo y estaba hinchado como un globo... o como el vientre de una embarazada.
— ¡Virgen santa! — exclamó Vogel.
En diez pasos habían llegado junto al cadáver.
No era el primer muerto que contemplaban. Habían visto infinidad de fiambres: alpinistas que se habían precipitado por un barranco; esquiadores que habían quedado enterrados por avalanchas; traumatismos craneales ocasionados por caídas sobre roca; senderistas con hipotermia que temblaban como azogados durante el descenso... Eso por no hablar de las muertes ocurridas entre sus propios compañeros, el terrible tributo que se cobraban la estupidez humana, la imprudencia, el egoísmo y la irresponsabilidad. Aquélla era, sin embargo, la muerte más extraña y espeluznante que habían tenido que afrontar nunca. Enseguida se dieron cuenta de que jamás iban a olvidar esa imagen: ese cuerpo desnudo y amoratado en su caparazón de hielo traslúcido, con los labios negros, la piel cianótica, los ojos abiertos como platos — como la mirada de un ciego— y el vientre redondo y abierto como la cáscara de una nuez.
Loridan pestañeó varias veces. No, era imposible... Lo que veía no podía ser real...
Su profesión lo había llevado a asistir a más de una escena inverosímil, pero aquélla superaba el entendimiento... al menos el suyo. En el interior del vientre abierto, entre músculos abdominales distendidos por la presencia de un cuerpo extraño, se hallaba, cual absurda y espantosa parodia de un embarazo, un bebé de juguete hundido con fuerza entre las vísceras. Un bebé que observaba a Loridan a través del hielo con sus ojos fijos de un azul cristalino.
Con el corazón desbocado y las manos sudorosas bajo los guantes, descolgó la radio pectoral y apretó el botón emisor.
— ¡Muerto! — anunció— . ¡Hemos acabado! Lo que este tipo necesita es un forense...
— Eso puede esperar hasta mañana — contestó el piloto— . La temperatura va a bajar al menos otros diez grados esta noche, o sea que va a conservarse mejor que un pescado sobre una cama de hielo. Corto.
Después de lo que acababa de ver, al médico no le hizo demasiada gracia la comparación. Hundió el botón de nuevo.
— ¡Esto no se lo ha hecho él solo! Y quien se lo haya hecho está como una puta cabra... Larguémonos cuanto antes. ¡No me apetece quedarme mucho por aquí! Corto.
— ¿De qué estás hablando, doc? Corto.
— Es un asesinato. Un asesinato asombroso.
— ¿En serio?
— ¡Sácanos de aquí ahora mismo!
Viernes
1
— Y por la mañana, ¿cuánto tardas después de despertarte?
— No sabría decir.
— ¿Unos cinco minutos? ¿Entre seis y treinta? ¿Entre treinta y sesenta? ¿Más?
— Yo diría que... entre seis y treinta.
— ¿Te resulta difícil abstenerte en los sitios donde está prohibido, como cines, aviones o restaurantes?
— No.
— ¿Estás seguro?
— Sí.
— ¿A qué cigarrillo te costaría más renunciar, al primero o a cualquier otro?
— Al primero.
— ¿Cuántos cigarrillos fumas de media al día?
— Entre diez y veinte.
— ¿Fumas a intervalos más cortos durante las primeras horas del día?
— Eh... sí.
— ¿Fumas incluso cuando estás enfermo hasta el punto de tener que guardar cama?
Dudó un instante.
— No.
La doctora efectuó un cálculo rápido, aplicando el llamado «test de Fagerström».
— Cinco puntos. Nivel de dependencia moderado. Voy a recetarte unos parches de nicotina y chicles para masticar de manera puntual, por si notas que no es suficiente con el parche, pero no abuses de los chicles. ¿Por qué quieres dejarlo?
Le repitió los motivos: 1) no quería morir de un cáncer de laringe o de pulmones: demasiado horrible; 2) tenía bronquitis cada vez con más frecuencia: señal de un envejecimiento pulmonar prematuro; 3) quería mantener la salud por Gustav; 4) para los no fumadores, no era muy agradable besar a un fumador, ¿no?
La doctora Léa Delambre asintió con una leve inclinación de la cabeza.
— ¿Te sientes preparado? — preguntó.
— Sí — respondió él.
— En ese caso, vas a empezar... ahora mismo.
Tras dedicarle una sonrisa, se dio una palmada en los muslos y se levantó. Después introdujo el bolígrafo de cuatro colores en el bolsillo de la bata y miró al niño rubio que jugaba a apenas tres metros de ellos con el teléfono de su padre.
— Gustav me tiene preocupado — comentó él.
— Ya lo sé. Ya hemos hablado de eso.
— Cada vez le cuesta más concentrarse en clase, sus notas están bajando y en casa se distrae con cualquier cosa. A menudo no escucha cuando le hablo y... a veces reacciona de manera agresiva.
— Hay que esperar — repuso ella con un encogimiento de hombros— . Si los síntomas persisten seis meses más, podremos establecer un diagnóstico de trastorno de déficit de atención, con o sin hiperactividad. Entonces se lo presentaré a una colega especialista.
— ¿Y mientras tanto?
Ella se lo quedó mirando.
— Martin, la cuestión más importante no es ésa. Gustav goza de buena salud. Parece que el trasplante ha funcionado. Eso es una victoria maravillosa, ¿te das cuenta?
Servaz asintió.
La doctora tenía razón, claro.
Su hijo padecía atresia biliar, una enfermedad que afectaba a uno de cada veinte mil niños y que consistía en un estrechamiento de las vías biliares. La retención de la bilis en el hígado provocaba daños irreparables y, si no se ponía remedio, mortales. Los niños aquejados de atresia sufrían problemas de salud constantes: eran más bajos y menudos que los otros; padecían dolores abdominales frecuentes y sangrados gastrointestinales, y eran más vulnerables a las infecciones. El primer tratamiento consistía en restablecer el drenaje normal de la bilis sustituyendo el conducto necrosado y conectando directamente el hígado al intestino delgado.
Este tratamiento, denominado «técnica de Kasai», daba buenos resultados en uno de cada tres pacientes operados, pero en el caso de Gustav no había sido eficaz, de modo que habían tenido que plantearse el trasplante de donante vivo compatible: del sesenta al setenta por ciento de un hígado sano extraído de un pariente cercano. Martin se había ofrecido voluntario. La operación se había llevado a cabo en una clínica austríaca en condiciones totalmente rocambolescas y en la más absoluta ilegalidad. Él mismo había estado a punto de perder la vida...
Al evocar esos momentos sentía que aquél había sido uno de los episodios más surrealistas y terroríficos de su vida.
Servaz miró a la doctora Delambre. Era más alta que él, tenía los hombros anchos debido a la práctica asidua de la natación, el cabello de color leonado, unos ojos verdes, maliciosos y chispeantes, y unos rasgos tan nítidos y definidos que no dejaban margen alguno al disimulo, algo que coincidía plenamente con su carácter. Trabajaba en el ala de pediatría (especialidad: gastroenterología, hepatología y nutrición pediátricas) del hospital Purpan de Toulouse. Tratar a niños en un hospital... ¿Existía acaso un oficio más difícil, un trabajo que exigiera más habilidad y dedicación que aquél? La doctora se acercó a Gustav, bromeó con él, le alborotó los finos cabellos rubios y le murmuró algo al oído que lo hizo reír.
Léa Delambre tenía cuarenta y tres años. Martin iba a cumplir los cincuenta el próximo 31 de diciembre...
Se preguntó si su hijo aceptaría a una mujer como ella en su casa. Gustav había irrumpido en su vida de la manera más imprevista y repentina posible. Servaz se había convertido, de la noche a la mañana, en uno de los doscientos cuarenta mil padres solteros que había en el país. Los varones solos con hijos a cargo no constituían más que una gota de agua en el océano de las familias monoparentales, así que Gustav y él solían atraer las miradas a la salida del centro de recreo y de la escuela. Los caballeros tenían que olvidarse de ese asunto de la igualdad entre hombres y mujeres cuando había que presentarse ante los servicios sociales o en una tienda cuyo programa de fidelidad llevaba, por ejemplo, el nombre de El club de las mamás. También les convenía renunciar a invitar a dormir a la mejor amiga de su hija... O incluso al mejor amigo de su hijo. Eso era así, ni más ni menos.
Además, Martin se sentía demasiado viejo. Demasiado viejo para criar a un hijo de siete años; demasiado viejo cuando se miraba al espejo por la mañana y veía a un hombre al que no se le notaba la edad, pero que comenzaba a tener canas y alguna que otra arruga. En cuanto a sus gustos musicales y literarios, correspondían a una generación que había quedado barrida de la escena.
Por suerte, podía contar con Charlène, la hermosísima esposa de su ayudante. Charlène Espérandieu sabía mejor que nadie lo que les gusta a los niños y a los adolescentes de hoy en día. Además, adoraba a Gustav, y él la adoraba a ella.
En realidad Vincent era su «antiguo» ayudante, pensó Martin. En menos de una hora debía acudir a una cita con el representante del sindicato de policía para saber qué iba a ser de él, porque después de los sucesos de febrero de 2018 lo habían suspendido. Se había quedado sin arma, sin placa, sin despacho y, por consiguiente, sin ayudante.
Aunque oficialmente una suspensión no era una sanción, se le parecía bastante. Por ejemplo, aunque en la suspensión se mantuviera su salario base, le habían quitado todas las primas, con lo cual le habían reducido el sueldo un treinta por ciento. Además, no tenía derecho a establecer contacto con sus colegas; algo que no le suponía un gran esfuerzo, ya que la gran mayoría de ellos guardaban las distancias, tal vez por miedo al contagio.
Las únicas excepciones eran Vincent y Samira. Ambos habían encontrado la manera de prodigarle afecto y apoyo. Lo cual tampoco era de extrañar, teniendo en cuenta que Vincent Espérandieu y Samira Cheung eran sus más fieles colaboradores. Él los había formado, les había inculcado los valores de la tenacidad y la lealtad, y había acabado siendo su amigo.
La única ventaja de su suspensión era que tenía las veinticuatro horas del día disponibles para ocuparse de Gustav. Podía adaptarse a sus horarios y a sus necesidades, sin tener que recurrir ya a Charlène o a una niñera. Era consciente de que se estaba volcando demasiado en su papel de padre, de que la presencia de Gustav saturaba su tiempo y sus pensamientos. Aquélla era la segunda vez que era padre, y no quería desaprovechar esa segunda oportunidad.
La voz de Léo Ferré resonó en el teléfono de la doctora Léa Delambre.
— Ahora mismo voy — contestó ella.
Dio un beso a Gustav y se aproximó a Servaz.
— Mañana por la noche estoy de guardia. ¿Nos vemos el domingo?
2
— El procedimiento administrativo previo ha terminado — anunció el representante sindical, con un tono que no hacía presagiar nada bueno— . Te van a someter a un consejo disciplinario.
Era el 15 de junio de 2018. Hacía un bonito día de primavera, cálido y soleado. La suspensión había empezado en febrero y, según la normativa, no podía superar los cuatro meses, salvo si sus superiores lo prolongaban a la espera de un procedimiento penal. Un procedimiento que efectivamente se había abierto a raíz de la muerte de Erik Lang — famoso autor de novelas policíacas— y de uno de sus seguidores, Rémy Mandel, en un incendio provocado por este último, del cual Servaz había sido testigo.
El resto de lo sucedido aquel día había quedado un poco más difuso, al menos para las autoridades pertinentes. Martin había evitado precisar, oportunamente, que después de sacar a la fuerza a Lang, «el hombre de la piel de serpiente», de las dependencias policiales, lo había amenazado con un arma. Asimismo, tampoco había aclarado que no había hecho nada por salvarlo, pues estaba demasiado ocupado sacando de las llamas a su propio hijo y huyendo del granero incendiado.
Servaz miró de reojo a Gustav, que lamía un helado junto a él. Su hijo no tenía clase, porque en su colegio estaban en huelga. Sin poder evitarlo, dejó que su mente vagara hasta aquella noche y volvió a ver el resplandor y a notar el calor de las llamas en su rostro, mientras corría arrastrando a Gustav hacia la puerta del granero.
Se volvió para echar un vistazo a la calle. Se había citado con el sindicalista en un bar de los Carmes, lo más lejos posible de la sede de la policía. En ese mes de junio Toulouse vibraba de calor. Era como si cada cristal y cada objeto metálico quisieran cegarlos, enviando hacia ellos un puro estallido de luz blanca.
— Aun así, antes de determinar la fecha del consejo disciplinario — prosiguió el sindicalista— , van a esperar a que llegue la decisión judicial.
La normativa dictaba que «toda falta cometida por un funcionario en el ejercicio de sus funciones lo exponía a una sanción disciplinaria, sin perjuicio, en su caso, de las penas previstas por la ley». En cristiano: incluso absuelto por la justicia, un funcionario podía llevarse una sanción de sus superiores. Así de maravilloso era el mundo de la policía...
— Martin — añadió el representante sindical— , ya te sometieron a un consejo disciplinario no hace mucho... Y te sancionaron con una exclusión temporal de tres meses, además de degradarte a capitán...
A la manera de un Moisés armado con las Tablas de la Ley, el hombrecillo remachaba las verdades de la administración.
Servaz se dio cuenta de que tenía un lunar en medio de la frente, por encima de la línea horizontal de las gafas, semejante a un tercer ojo.
— Por tanto, es más que probable que, en esta ocasión, teniendo en cuenta la gravedad de los hechos de que se te acusa y de su carácter reiterado, pueda caerte... no sé... una sanción de cuarta categoría...
Cuarta categoría. «Revocación o jubilación forzosa...» Servaz notó una corriente de aire helado en la nuca. El oficio de policía era uno de los pocos en los que uno podía recibir a la vez una condena penal y profesional, y perder con ello todos los derechos de cara a la jubilación. No había prácticamente ninguna otra profesión sujeta a ese nivel de exigencia. De haberse aplicado los mismos criterios a otros oficios, serían muchas las personas que se habrían encontrado en la indigencia.
— Además, a diferencia de lo que ocurre en un tribunal de justicia, no solamente te van a interrogar a propósito de los hechos que derivaron en tu suspensión, sino que pueden aludir a sucesos anteriores y desenterrar también cualquier otro aspecto de tu vida profesional o privada. Van a escudriñar toda tu vida, Martin.
Servaz le lanzó una mirada inexpresiva, aunque apenas podía contener la rabia. También tenía miedo. ¿Qué sería de Gustav si, además de perder un trabajo al que había consagrado buena parte de su vida, lo privaban de su derecho a cobrar una jubilación? Iba a cumplir cincuenta años. ¿Qué sabía hacer aparte de ser policía?
— En fin, la parte positiva es que vas a poder acceder a la totalidad del expediente, y yo también. Puedes presentarte con un abogado si lo deseas, aunque sólo será un mero observador y no podrá intervenir durante el consejo. El único que puede actuar como defensa es el sindicato.
El sindicalista se rascó con el meñique el hueco de la oreja, bastante peludo por otra parte.
— No estás solo en este trance, Martin. Vamos a luchar. Estaremos a tu lado, tanto en el consejo disciplinario como en las deliberaciones, y si es necesario recurriremos a las instancias superiores. Algunos sindicatos se preocupan más de mantener una buena relación con la administración que de defender a sus afiliados, pero, como bien sabes, el nuestro tiene como objetivo primordial la defensa de los policías, tanto desde el plano individual como colectivo.
El representante sindical soltaba su discursito, como si fuera un vendedor de coches.
— Hay algo más — añadió, con el tono de quien le anuncia a uno que, además de haber perdido una pierna, le van a tener que cortar la otra— . Como quieren esperar a los resultados del procedimiento penal, van a prolongar tu suspensión... y sólo con la mitad del sueldo base.
Esta vez Servaz sí que se inmutó, fulminando con la mirada al sindicalista.
Sabía perfectamente que — ya fuera por ideología, por oportunismo o por vocación— ese tipo estaba de su parte, pero ¿acaso en la Antigüedad no solían matar a los portadores de malas noticias?
— Ni siquiera tengo derecho a buscar otro empleo — destacó— . ¿Cómo voy a pagar las facturas?
Al salir del bar, cuando volvía a casa con Gustav advirtió una pintada que se dirigía a él y los miembros de su profesión:
FUERA LA POLICÍA
— ¿Por qué pone «fuera la policía»? — preguntó Gustav.
— Es para que salgan a vigilar más por las calles.
Domingo
3
21 h. La tarde de junio se hundía lentamente en la noche. Aun sin ser Nueva York, Toulouse, la ciudad rosa, no dormía mucho en verano. Albert Camus escribió que «el modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguando cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere».
En Toulouse se trabajaba, se amaba y se moría armando ruido. Los tolosanos jamás iban a permitir que los ediles, los reglamentos o las leyes dictaran su conducta; eran bulliciosos y hablaban alto, de modo que la ciudad nunca reposaba del todo.
Y el jaleo era aún mayor mientras estaba en juego el Mundial de fútbol. La noche anterior, un concierto de bocinazos y de gritos de júbilo había saludado la victoria de Francia frente a Australia por dos goles a uno, según hacían saber los boletines informativos. Estaba claro que no era una gran hazaña vencer por un margen de un solo gol a un país conocido sobre todo por la calidad de su rugby, pero, por lo visto, para muchos eso era motivo suficiente de alegría.
En eso pensaba Servaz esa noche, mientras miraba cómo el cielo viraba del color salmón al gris ceniza sobre los tejados. Por un instante tuvo la tentación de sacar un cigarrillo, tal como acostumbraba a hacer tan sólo dos días atrás, y entonces se acordó del parche de nicotina.
— ¡Papá!
Se dio la vuelta. Atravesó el salón en dirección al pasillo y entró en el cuarto de Gustav.
— ¿Te has lavado los dientes? — preguntó.
El pequeño asintió. Estaba sentado en la cama y apoyado en el cabecero.
— ¿Me lees un cuento?
Servaz sonrió y se acercó a la estantería, donde había unos cuantos libros infantiles. El invierno anterior Gustav le había pedido una tablet. Seguramente había oído hablar de eso en el colegio. En pocos años las pantallas habían invadido los cuartos de los niños, y antes de ponérsela como regalo debajo del árbol de Navidad, Servaz había decidido hablar del asunto con su profesora. Problemas para concentrarse, trastornos de atención en clase, abstracción de la vida real, dificultad para conciliar el sueño... La mujer le había trazado un panorama desolador. «Cada niño es distinto — había matizado sin embargo la doctora Léa Delambre cuando le pidió su opinión— . Aunque es verdad que hay numerosas pruebas científicas que demuestran una clara relación entre el lenguaje, la memoria y la concentración y el tiempo pasado frente a las pantallas, y también su influencia sobre el sueño y el rendimiento... La cuestión principal es saber si serás capaz de imponerle a tu hijo un uso limitado o no.» Al pronunciar esas últimas palabras lo había mirado fijamente, y Martin había decidido esperar.
Cogió el libro de la estantería, lo abrió en la página marcada y se sentó al lado de Gustav.
— «Cuando Bari vino al mundo — comenzó a leer— , el universo se le presentó al principio como una vasta y oscura caverna. Su madre, Loba Gris, que era ciega...»
— ¿Por qué era ciega? — preguntó Gustav, con ojos chispeantes.
Cinco minutos más tarde, de regreso en el salón, puso dos cubiertos en la mesa del rincón. Después fue a la cocina. Tenía conejo con salsa al vino tinto, y pensaba acompañarlo con una botella de Crozes-Hermitage. Había encontrado la receta en un libro de cocina para principiantes, y había consultado en internet qué vino iba mejor con la carne. Ni siquiera él era capaz de sustraerse a la marcha irresistible del progreso.
Por el ventanal abierto llegó el sonido de un claxon.
Asomó la cabeza y vio en el aparcamiento una breve consulta con el destello de los faros, a la que respondió con un gesto: todo despejado. Encendió dos velas y, tras poner otra música que no fuera Mahler, se dirigió a la puerta.
— Buenas noches, Colombo — saludó la doctora Léa Delambre, saliendo del ascensor.
Llevaba una torera roja sobre una camiseta de tirantes con sujetador integrado y una falda negra larga. Su piel había adoptado una bonita tonalidad trigueña y él no se cansaba de contemplar el relieve de sus clavículas y de lo que los anatomistas denominan el «músculo esternocleidomastoideo». No obstante, en esa ocasión ella no le dejó mucho tiempo para seguir admirándola, porque acercó la cara a la suya y, tras posar los dedos en la nuca con la ligereza de una mariposa, pegó los labios a los suyos y Martin se quedó percibiendo su propio reflejo en sus iris, que habían invadido todo su campo de visión.
— ¿Gustav está acostado?
Servaz asintió. La doctora Léa Delambre avanzó con paso vivo hacia el sofá para dejar allí su bolso y, tras un breve comentario sobre el aroma que llegaba desde la cocina, se volvió hacia él.
— ¿Qué tal lo llevas?
Por un momento pensó que tal vez se refería a su relación con Gustav, hasta que comprendió que aludía a su intención de dejar el tabaco.
— No he fumado ni uno desde el viernes.
Ella fue a besarlo otra vez y le olisqueó el cuello a la manera de un perrillo afectuoso.
— Es verdad que no hueles a nada. Casi me había acostumbrado al olor...
Él apoyó las manos en las nalgas redondas a través de la tela ligera de la falda y la atrajo hacia sí.
— Necesitaría una revisión completa, doctora.
— ¿Al cabo de tres días?
— Nunca se peca por exceso de prudencia...
— Primero la cena. Llevo sin probar bocado desde esta mañana y tengo un hambre de loba.
Brindaron con el Crozes-Hermitage, y él la observó mientras devoraba con ganas el estofado. Ella lo felicitó por sus talentos de cocinero, pero Martin sabía que el conejo estaba un tanto seco. Léa le habló del hospital y, como siempre, él notó que se le encogía egoístamente el corazón, no por hacerse cargo de toda la injusticia que alberga este mundo, sino por pensar que la mujer de la que se había enamorado tuviera que afrontarla a diario. Ya se sabe: sólo nos afecta lo que nos queda cerca.
Pese al aparente desapego con que desgranaba las anécdotas de pediatría, él sabía que ésa era su forma de protegerse: una muchacha de catorce años embarazada, a quien sus padres prohibían abortar y que, según sospechaba Léa, había quedado encinta por obra y gracia de su progenitor; un niño de diez años víctima de acoso en las redes sociales y que iba ya por su tercera tentativa de suicidio; un pequeño de cuatro años aquejado de síndrome de Usher, que se manifiesta con una sordera de nacimiento seguida de una ceguera progresiva... Si Dios existía, desde luego era un verdadero malnacido. Aparte, había otros tantos casos más comunes: un bebé al que su madre olvida en un coche aparcado a pleno sol (y que parecía, a consecuencia de ello, un pollo salido del horno y con previsibles secuelas neurológicas); un recién nacido que tenía un ano imperforado, es decir, sin orificio en el recto... Y también había trastornos alimentarios, problemas psicomotores...
A Servaz le resultaba muy deprimente aquella letanía. Niños... No se atrevía a confesarle a Léa que, cuando se ponía a enumerar todos los males que sufren los niños en este planeta, él pensaba inevitablemente en Gustav y en sus problemas de salud. Ella necesitaba compartir aquello con él. ¿Qué habría pensado si le hubiera pedido que se callara?
Lo milagroso era que siempre lograban dejar a un lado sus respectivos oficios para reencontrarse en la cama, evadiéndose del presente y abordando aquellos parajes en los que, aun conociéndose cada vez más, todavía seguían descubriéndose. Y en cada una de esas ocasiones Martin sentía la misma dulce punzada en el estómago al ver cómo el placer alteraba las facciones de Léa, entregada casi al grito mientras hundía las uñas en sus hombros, los brazos o las sábanas, y pegaba el pubis contra el suyo con la mirada perdida, olvidándose de todo y de todos, tanto de él como de lo demás.
Y él, que durante mucho tiempo había creído que pasaría solo el resto de sus días, saboreaba y valoraba aquellos momentos por encima de todo.
Esa noche, mientras ella dormía ya y él escuchaba el rumor de la ciudad a través de la ventana abierta, se dijo que la aparición de Léa y de Gustav en su vida lo hacía a la vez más fuerte y más vulnerable.
Ahora ya no tenía miedo sólo por sí mismo.
Conteniéndose para no ir a echar un vistazo al cuarto de Gustav, contempló la espalda de la mujer tendida de lado junto a él, y admiró la curva de las caderas y de su zona lumbar. Al escuchar su respiración sintió que algo se desbloqueaba, una humilde manifestación de felicidad que se liberó como el perfume de un frasco. Miró la pantalla del móvil. Dentro de unas horas la despertaría, y ella huiría como una ladrona antes de que se hiciera de día y, sobre todo, antes de que Gustav abriera los ojos. No quería que su hijo los viera juntos. Todavía no. Era demasiado pronto. Gustav hablaba cada vez menos de su madre, pero a veces ella surgía en una conversación... como un fantasma que habitara en sus vidas, como un espectro del que ni el uno ni el otro habían logrado desprenderse del todo.
Marianne Bokhanowsky...
El asesino en serie Julian Hirtmann la había secuestrado un día de junio de 2010, hacía exactamente ocho años, cuando estaba embarazada de Gustav. Él se acordaba de ese momento como si fuera el día antes: la casa vacía, la brisa que levantaba las cortinas, la música de Mahler a todo volumen, con la explosión de los violines y los instrumentos de viento de la Sexta... un fragmento al que Theodor Adorno aludía diciendo «Mal está lo que mal acaba». Había dado a luz en cautividad, y había sido el propio Hirtmann quien le confió el niño a Servaz cuando el pequeño cayó gravemente enfermo, y fue también Hirtmann quien acompañó a Martin hasta esa clínica austríaca, antes de que lo detuviera la policía. Marianne, por su parte, no había vuelto a aparecer nunca. El suizo se había negado a decirle siquiera si estaba viva o no.
Después, había llegado aquella postal, en la Navidad del año 2017. Y esa foto, en la que llevaba la misma túnica que la última vez que la vio. Leía un periódico. Servaz la había hecho analizar: no era un montaje. En la postal tan sólo ponía: «Feliz Navidad.» La firmaba Julian.
A partir de ahí, nada. Ninguna señal de ella. Hirtmann estaba preso en la cárcel «cinco estrellas» de Leoben, en Austria. La última vez que escribió a Servaz fue en febrero.
¿Por qué volvía a pensar en todo aquello precisamente esa noche? Se sentó en el borde de la cama y, tras asegurarse de que Léa dormía, fue a la cocina a servirse un vaso de agua, vestido sólo con el pantalón del pijama. Hacía una noche tibia. Por las ventanas abiertas entraba una brisa ligera que le acariciaba el torso desnudo como una invisible mano de mujer. Se sentía bien, mucho mejor de lo que se había sentido en mucho tiempo. En su cabeza empezó a insinuarse un ruido insistente, y tardó varios segundos en comprender de qué se trataba.
Su teléfono... Lo había dejado en la mesilla de noche.
Regresó tan deprisa como pudo a la habitación. El sonido había despertado a Léa, que se dio la vuelta, todavía adormecida, hacia él.
En la mesilla de noche el móvil seguía quejándose y reclamando su atención igual que un niño hambriento.
1.30 h.
Cuando un teléfono suena en plena noche, rara vez es para anunciar una buena noticia, pensó Martin.
Caminó con el pulso acelerado hasta el aparato y consultó la pantalla: número desconocido.
— Deberías haber puesto al menos una música — bromeó Léa, despeinada y con la cara levemente abotargada por el sueño.
Sonreía... pero en su voz se percibía un asomo de tensión. Él se quedó dudando. Ella lo miró con las cejas enarcadas.
— ¿Qué? ¿Vas a contestar o no?
Apretó el botón verde y se pegó el móvil a la oreja.
— ¡Martin! ¿Estás ahí, Martin?
Esa voz... Servaz se estremeció.
Apenas era ya consciente de que Léa lo observaba. Esa voz... Hacía ocho años que no la oía y, sin embargo, la reconoció de inmediato. Como si la hubiera oído el día anterior, como si se hubiera abolido el tiempo, como si se hubieran borrado los años y el pasado resurgiera con el ímpetu de un cometa en la noche.
Se sentó en el borde de la cama y cerró los ojos.
Era imposible.
Lunes
4
Se dio cuenta de que apenas era capaz de articular una sola palabra. El corazón le daba brincos en el pecho.
— ¿Marianne?
Su voz sonó igual de rasposa que un papel de lija.
— Martin... Martin, ¿eres tú?
A pesar de los interrogantes que se agolpaban en su cabeza, él advirtió que parecía asustada.
— ¿Dónde estás? — preguntó.
Le dieron ganas de seguir: «¿Dónde has estado todos estos años? ¿Cómo has conseguido mi número? ¿De quién es ese teléfono? ¿Por qué me llamas en plena noche? ¿Por qué no volviste a dar señales de vida? ¿Acaso no podías? Si Hirtmann está en la cárcel, ¿quién te mantenía prisionera? ¿Dónde coño estabas, Marianne?»
Entre tantas preguntas tenía por lo menos respuesta para una: durante ocho años él no había cambiado de número. No era precisamente un enamorado de las nuevas tecnologías. «Te has equivocado de siglo», le había dicho un día Espérandieu.
— ¡Martin, tienes que ayudarme, por favor!
— ¿Dónde estás? — repitió.
— ¡No lo sé! — contestó ella, esta vez casi chillando de desesperación— . ¡En un bosque!
— ¿Un bosque? ¿Un bosque de dónde?
— Martin, nunca estuve muy lejos... aunque pudieras creer lo contrario... — En ese instante la recepción empezó a entrecortarse— . Pirineos... yo... montañas...
Sonaron otros chisporroteos y, de pronto, Servaz tuvo miedo de que se cortara la comunicación.
— ¡Martin, yo... yo... me he escapado!
Servaz tragó saliva. La sangre le latía con tanta violencia en las sienes que casi le impedía oír la voz en el teléfono. No se dio cuenta de que se había deslizado hasta el suelo y se había quedado sentado allí, con la espalda apoyada en el colchón. Tampoco tuvo conciencia de que Léa se había incorporado y clavaba una mirada cargada de inquietud y sorpresa en su nuca, ni de que él apretaba con tanta fuerza el móvil que se le habían puesto blancos los nudillos.
— ¡Por favor! — repitió Marianne— . ¡Aquí hay muy poca cobertura... Hace una hora que intento lla...! ¡Puede... en cualquier momento!
Oyó varios chisporroteos, intercalados con silencios cada vez más amenazadores.
— Estás en los Pirineos, ¿es eso? En las montañas. Pero no sabes dónde, ¿es así?
— ¡Sí!
Notó cómo el miedo se apoderaba de él, el mismo grado de pánico que deformaba la voz de Marianne.
— ¡Descríbeme lo que ves!
Un breve lapso de silencio.
— Estoy en la ladera de una montaña... en el bosque... en un sendero... por encima de un... de un valle...
Siguió hablando, pero una nueva ráfaga de interferencias ahogó sus palabras.
— ¿Cómo? ¡No he oído nada! — vociferó él.
— ¿Me oyes?
— ¡Ahora sí!
— Hace una hora más o menos, he visto una... una iglesia... con un claustro y unos edificios antiguos... Una especie de... mo...
— ¿Monasterio?
— ¡Sí! ¡Martin, yo...!
— ¿Había un puente y un río delante?
— ¡Sí, sí!
— ¿A qué distancia quedan las montañas?
— Muy cerca.
— ¿Son altas?
— ¡Sí!
¡Conocía ese sitio! La abadía de Aiguesvives... No se le ocurría ningún otro lugar del Pirineo que correspondiera a esa descripción.
— Marianne, voy a avisar a la gendarmería — anunció— . ¡Están muy cerca de allí y van a acudir a rescatarte!
— ¡No!
Aquel chillido cargado de angustia y terror había brotado del auricular como una detonación.
— ¡No! ¡No llames a na...! ¡Tienes que venir tú!
— ¡Marianne, ¿qué es lo que pasa?! — Gritó tan fuerte que, además de aterrorizar a Léa, probablemente iba a despertar a Gustav.
Lanzó un vistazo hacia atrás: Léa tenía los ojos como platos y, viendo su cara de susto, Servaz bajó un poco la voz.
— ¡Marianne, tengo que avisarlos!
— ¡Te lo ruego... no avises... la policía! ¡En ningún... caso! ¡Prométemelo! Ya... te explicaré...
Martin dudó. No sabía qué hacer. ¿Por qué le daba tanto miedo que avisara a los gendarmes?
— Entonces, será mejor que retrocedas — le ordenó— . ¡Vuelve a la abadía!
— ¡No! ¡No voy a volver atrás...! Seguro que me está... Él viene a...
— ¡¿Cómo?! ¿Quién te persigue? ¿Marianne?
Silencio.
— Marianne, ¿quién te persigue?
Un concierto de chisporroteos.
— Marianne... ¿Marianne?
Alguien o algo acababa de cortar la comunicación.
— ¡Marianne!
— ¿Era ella?
La pregunta era puramente retórica, porque Léa conocía muy bien la respuesta. Era sólo una manera de retomar el contacto con su pareja, que de repente parecía muy lejos de allí. Él asintió, avergonzado casi de la cara que debía de tener. Le había contado la historia de Marianne, de su secuestro, de su desaparición del mundo de los vivos... No le había ocultado que la madre de Gustav había sido el gran amor de su juventud, ni tampoco que ella le había mentido y lo había manipulado. Aunque lo había hecho para proteger a su otro hijo, a Hugo, el hermanastro de Gustav: el que ahora dormía en la cárcel.
— ¿Qué ocurre? — quiso saber Léa.
Le bastaron unas cuantas palabras para explicárselo. Ella lo escuchó sin interrumpirlo, sin moverse, pero su mirada se fue ensombreciendo poco a poco. Servaz adivinó lo que pensaba: «Esa mujer ha conseguido escaparse después de ocho años de cautiverio y es a ti a quien pide ayuda... Y tú te quedas completamente trastocado...»
— Tengo que hacer una llamada — dijo.
Cogió el teléfono y salió de la habitación.
Tras cerciorarse de que Gustav dormía, se dirigió al comedor. Allí buscó un número al que en principio no debía llamar, ni en plena noche ni de día.
— ¿Martin? ¿Qué pasa? — respondió la voz de Vincent Espérandieu, su antiguo ayudante.
No sabía por dónde empezar. Lo que acababa de ocurrir era tan... extraño, tan inverosímil.
— Acabo de recibir una llamada — dijo simplemente.
— ¿De quién?
Le resumió la conversación, le habló del pánico que se adivinaba en la voz de Marianne, de sus explicaciones sobre el lugar donde se encontraba... y, sobre todo, de esa frase: «Me he escapado.»
Al otro lado del auricular se hizo el silencio por un instante.
— ¿Estás seguro de que era ella?
El tono era de franco escepticismo.
— Seguro.
— Joder, Martin, es que después de tanto tiempo... esto es... esto es...
«¿Increíble, inconcebible, incomprensible, inesperado, desconcertante, maravilloso, terrorífico?» Sí, era todo eso a la vez, pensó Servaz. Se acordó del caso de aquel padre de Seine-Saint-Denis, que había entregado a su hija a una niñera para luego desaparecer durante... cuarenta años. Y también de Lucy Ann Johnson, aquella madre canadiense que había abandonado sin avisar el domicilio familiar: su hija había localizado su rastro al cabo de medio siglo. Y de las tres chicas secuestradas en Cleveland: una de ellas por fin había logrado llamar para pedir auxilio después de diez años de cautiverio.
«Que no me vengan ahora diciendo que el mundo funciona bien», pensó.
— Martin, ¿qué piensas hacer, amigo mío?
— No lo sé.
Vincent se quedó callado unos segundos, y finalmente le dijo:
— Todo esto es increíble, pero vas a tener que ponerte en contacto con los del servicio tú mismo... Yo ni siquiera debería estar al tanto. Te recuerdo que no estoy autorizado a hablar contigo.
— Ya lo sé, Vincent. Sin embargo necesito ayuda, y la necesito ahora mismo.
Recordó lo que había dicho Marianne: nada de policía. Al otro lado de la línea sonó un suspiro.
— De acuerdo, ¿qué quieres que haga?
— Necesito que rastrees el número de teléfono y que localices la señal.
Espérandieu tardó un poco en responder.
— ¿Y cómo quieres que haga eso sin poder presentar una orden judicial a los operadores?
Servaz se quedó dudando. Aunque no quería comprometer a su amigo, su deseo de encontrar a Marianne estaba por encima de todo.
— Invéntate algo. Vincúlalo a otro procedimiento.
— Joder, Martin, si me pilla el jefe de grupo haciendo eso, me va a caer un consejo disciplinario a mí también... — Hizo una pausa— . Vale, de acuerdo, veré qué puedo hacer... Pero tendrá que ser mañana, porque si despierto a todo el mundo en plena noche, voy a tener que dar un sinfín de explicaciones, ¿de acuerdo?
— Hay algo más — añadió Servaz.
— Dime.
— ¿Puedo llevar a Gustav a vuestra casa ahora mismo? Yo me voy a ir para allá.
— ¿Esta noche?
— No hay tiempo que perder.
Martin oyó los pasos de Léa en el pasillo.
— Por supuesto, claro — contestó Vincent— . No hay ningún problema. Ya sabes que Gustav es como de la familia y que Charlène lo adora. Esto... ¿Martin?
— ¿Sí?
— Tu carrera como policía pende de un hilo. Espero que no hagas ninguna tontería...
— Esa mujer... ¿todavía la quieres?
En vista de las circunstancias, aquella pregunta resultaba un tanto incongruente e inoportuna, pero, en cierto modo, era también lógica e inevitable.
— No — respondió.
Se dio la vuelta para hundir la mirada en los ojos de Léa, que se había reunido con él en el balcón. Ella bajó la vista y vio el cigarrillo que se consumía entre sus dedos.
— Martin... llevas un parche de nicotina.
Él también bajó la vista.
— Lo siento. Es el último — aseguró con firmeza.
Ella asintió, aunque no parecía muy convencida, y Martin pensó que ésa era la primera vez que veía una reacción así en Léa: la de una mujer que no demuestra una confianza plena en su compañero. Hacía tres meses exactos que se conocían. Bien pensado, no estaba mal: habían pasado tres meses antes de que apareciera la primera grieta entre ambos.
Léa se acercó y posó una mano fresca en su torso ardiente.
El corazón le galopaba bajo el pecho, y estaba seguro de que ella lo sentía con
