1
El niño corría por el borde de la carretera, como un animal que huye en la noche. Al hombre del coche le recordó la célebre fotografía de Kim, la niña vietnamita que huía desesperada mientras el napalm le quemaba la espalda. Pero aquella era la carretera regional 74, conocida como la Maremmana, que en ese tramo llegaba casi a la escabrosa altura de un pueblo llamado Sorano, con sus luces centelleando en la oscuridad, y atravesaba la campiña de Grosseto que se extendía alrededor.
El hombre se aseguró de que nadie venía detrás de él, aminoró la marcha con cautela y paró el Toyota Highlander al abrigo de la pared de la colina. Aparte de sus faros, ninguna otra luz iluminaba la zona. El niño siguió corriendo y desapareció detrás de la curva que el automovilista acababa de dejar atrás. El hombre se apeó del coche y lo siguió. No había alcanzado a coger el chaleco amarillo y rogó que no llegaran otros vehículos. En ese punto la carretera se estrechaba y cualquier coche que apareciese de repente por la curva por la que se había desvanecido el chiquillo no tendría tiempo de frenar.
El niño parecía realmente aterrorizado y el hombre temió que si gritaba podía asustarlo todavía más, forzándolo quizá a internarse de nuevo en el bosque y a desaparecer en esa maraña vegetal. Ahí dentro ya no lo habría podido encontrar.
El niño debía de estar exhausto. Lo alcanzó en pocos minutos y le cerró el paso.
—¡Para! —jadeó.
Antes de que pudiera sorprenderse por la delgadez del brazo desnudo y gélido que había agarrado, el niño se volvió y le mordió la mano. El hombre gritó por el dolor, pero reprimió el instinto de apartarlo. En cambio, lo abrazó, tratando de contener el torbellino de patadas y puñetazos, y susurró:
—Para, quieto, por favor. Quiero ayudarte. Solo quiero ayudarte.
El niño gritó frases incomprensibles. Puso los ojos en blanco y enseguida se desmayó entre sus brazos.
Solo en ese momento se detuvo un segundo coche que los encuadró a los dos con un par de despiadados faros. El hombre se quedó inmóvil imaginándose el efecto de esa escena para el automovilista que lo estaba alumbrando. Un desconocido grande y robusto que llevaba entre sus brazos el cuerpo exánime de un niño de entre diez y doce años, completamente desnudo.
2
El coche era un potente Subaru color celeste, un pulmón sobre cuatro ruedas, como lo había definido Angelo Zucca, el ayudante que le hacía de chófer. Valentina habría preferido algo menos llamativo. Pero hay que aceptar lo que la familia tolera, y su familia era el Servicio Central Operativo de la policía nacional.
El viaje fue corto. Menos de dos horas, incluyendo la media hora larga que tardaron en salir del atasco de la autopista de circunvalación. Valentina aprovechó para revisar la información que le habían volcado en el portátil. Muy poca cosa, en realidad. Quizá ni siquiera suficiente para requerir la intervención del SCO. Pero Giuseppe Falcone, el director, fue inflexible: «Tendrás que encargarte tú, no uno de tus ayudantes. No me fío del jefe de la policía judicial de Grosseto. Existe el riesgo de que haya infravalorado el caso. Tratemos de averiguar con rapidez si realmente se precisa nuestra intervención. Si no es así, te despides, das media vuelta y regresas inmediatamente». Valentina obedeció, como siempre.
La chica que la estaba esperando en la entrada de la comisaría era pequeña, flaca, el pelo negro, abundante y rizado.
—¿La señora Medici? —preguntó estrechándole la mano. No le dio tiempo de responder—. Yo soy la inspectora Blasi. Roberta Blasi. Encantada de conocerla.
En contraste con su aspecto, Blasi le había estrechado la mano con energía. Los ojos le brillaban.
Angelo Zucca se presentó, con la habitual actitud desganada, luego Blasi los precedió hacia el interior de la comisaría.
—Los crímenes contra las personas no son mi terreno —explicó mientras sobrepasaban el puesto de guardia y a la vez indicaba con un gesto al vigilante que no era necesario pedir la documentación a los recién llegados—. Pero yo le informaré de cuál es la situación, si no le importa.
—¿No se encarga usted de las investigaciones? —preguntó Valentina sorprendida, mientras entraban en los despachos de la policía judicial.
Blasi se sonrojó.
—Este asunto no compete a mi sección. Pero estábamos de turno cuando llamaron y fuimos los primeros en intervenir... Aún no sabemos con exactitud de qué se trata. Muchos aquí no creen que haya sido un verdadero secuestro de un menor de edad.
—¿Tampoco usted lo cree?
—Yo todavía no sé qué pensar.
—De acuerdo —zanjó Valentina, molesta por las aproximaciones con las que parecía que habían afrontado el asunto—. Póngame al día como pueda, entonces.
Angelo Zucca aprovechó para apoyarse en el canto de un escritorio con una sonrisa enigmática detrás de la barba espesa. Tenía una gran experiencia en el Servicio y su actitud quería decir: «No se moleste, señora, estos no son más que policías provincianos y no valen para nada». Valentina conocía bien ese mecanismo psicológico: cada vez que los especialistas del SCO se entrometían en las investigaciones de los «territoriales», surgía cierta desconfianza y, con frecuencia, se desarrollaba una especie de competición. Solo que a ella esa competición no le interesaba. Su tarea era intervenir cuando se lo ordenaban, averiguar si había materia de la que el Servicio debería hacerse cargo y marcharse lo antes posible. Tenía tanto trabajo atrasado esperándola que no podía ocuparse de las rivalidades políticas entre investigadores.
—El niño, como sabe, se llama Fosco Agnelli —explicaba entretanto la inspectora Blasi—. Cumplirá doce años en diciembre. Despierto, pero un poco problemático. Un carácter difícil. Desapareció anoche de Sorano, un pueblo de menos de tres mil almas donde prácticamente todo el mundo se conoce. Salió del colegio a la una en punto pero nunca llegó a su casa. Fuimos a comprobar, son casi seiscientos metros. Imposible perderse, sobre todo para alguien de ahí. La madre, Luisa Marini, lo esperaba para comer y denunció enseguida su desaparición. El padre, del que está separada, vive en Francia. Fue contactado enseguida pero, naturalmente, no sabía nada. Anoche, poco antes de las doce, el niño fue encontrado a un par de kilómetros del pueblo, como le hemos indicado. Se cruzó con él un representante mientras volvía a casa recorriendo la carretera Maremmana... Es una carretera que une el lago de Bolsena con el mar. Bastante tortuosa, he de decir, y atraviesa toda la región. El niño estaba desnudo, no llevaba ropa ni zapatos. Corría por la carretera gritando como un poseso.
La inspectora calló y a Valentina le sorprendió vislumbrar en su rostro signos de una sincera emoción. Una actitud singular para una profesional que debía de haber conocido muchos casos así.
—Pobre pequeño —continuó Blasi—, ¡lo que habrá sufrido! Tuvo suerte de que no lo atropellaran.
Valentina asintió. No sabía por qué esa inesperada manifestación de compasión la turbaba.
—Eso ya nos lo han comunicado —apuntó—. Espero que haya algo más. ¿Ha dicho que es un niño problemático?
—Es un dato importante. La separación de sus padres no ha sido tranquila y el chico tiene que haber sufrido. Un psicólogo lo está tratando y... ya había huido de casa otras veces.
Valentina reflexionó. A lo mejor no había un gran misterio detrás de esa desaparición y su viaje era inútil. Aunque el hecho de que hubieran encontrado al niño sin ropa era un detalle que exigía una reflexión.
—Lo ha visto un médico, me imagino.
—Por supuesto. —Blasi miró un bloc de notas, pero era evidente que no necesitaba hacerlo—. Dejando de lado la conmoción, se encuentra en buenas condiciones físicas. En esta época no hace demasiado frío, de modo que no sufrió hipotermia. La hipótesis es que permaneció refugiado en algún sitio hasta poco antes de que lo encontraran. Ningún trauma, ninguna señal de violencia. Le han hecho las revisiones de rutina: análisis de sangre, de orina, electrocardiogramas, todo lo que hacía falta, y ahora esperamos una respuesta.
—¿Ninguna irritación de garganta? —preguntó Valentina—. Es el efecto que tiene el éter, ¿lo sabe?
La chica asintió, mirando a la agente a los ojos con una intensidad nueva.
—Ningún problema en la garganta. Yo pensé en lo mismo —dijo con renovado entusiasmo—. El médico tampoco lo ha excluido pero quiere esperar el resultado de los análisis para pronunciarse. Dice que nada indica que haya sido narcotizado. El hecho es que, como le he mencionado, Fosco ha escapado otras veces de casa y aquí nadie cree que haya realmente algo más.
—Pero lo encontraron desnudo y asustado. ¿También las otras veces acabó igual?
—Por supuesto que no —respondió Blasi sin dejar de mirarla, como si la estuviese evaluando. No cabía duda, esa muchacha esperaba respuestas.
—Y creo que han interrogado a fondo al hombre que lo encontró.
—Yo misma me encargué anoche. Lo presionamos, pero reaccionó bien. Se llama Saverio Genovesi, es representante farmacéutico y estaba regresando a su casa cuando vio a Fosco. Es un buen tipo, no tiene antecedentes. Estaba más asustado que el niño. —Blasi miró hacia atrás como para asegurarse de que nadie la estaba escuchando—. El tema es delicado y mi jefe es cauto. No cree que se trate de un hecho grave, dice que ha avisado al SCO solo porque lo manda la norma. Pero hasta que no haya elementos que hagan pensar en un secuestro o en un abuso sexual, no tiene intención de dedicar más recursos. Además de una servidora, quiero decir. Ahora bien...
—¿Ahora bien...?
—Ahora bien, yo creo que a Fosco le pasó algo. Y me gustaría averiguar qué fue.
Blasi parecía decidida, pero Valentina sabía por experiencia que los policías muchas veces agrandan los casos que llevan para demostrar su valía. Ocurre, a veces, si eres una mujer y tu jefe suele encargarte solo investigaciones sin importancia y temas intrincados. Era probable que el jefe de esa policía judicial hubiera acertado, como también que hubiera infravalorado el caso. Suspiró. Le correspondía a ella dar esas respuestas.
—¿Ya ha hablado con Fosco, supongo?
—Brevemente. Para un auténtico interrogatorio la esperaba a usted —dijo la joven, sin bajar la mirada.
Bien. Al menos en ese aspecto Blasi había actuado correctamente. Las informaciones de un testigo que se recaban en caliente, aunque se trate de un menor, suelen ser decisivas. Y Valentina estaba segura de que la joven inspectora había tratado de obtener de Fosco todos los detalles posibles, hasta los más nimios, para averiguar lo que había ocurrido. Sin embargo, había algo en la actitud de ella que la dejaba perpleja. A lo mejor la chica estaba solo nerviosa porque su jefe la había cargado con una responsabilidad que no deseaba. Una hipótesis equivocada, y le echaría a ella toda la culpa. Una ligereza, y la crucificaría. En cambio, si alguien con más autoridad que ella se ocupaba de escuchar a Fosco Agnelli, la responsabilidad se diluiría.
Pero había algo más. Lo percibía.
Valentina observó con más atención a la inspectora. Se convenció de que Blasi no se lo estaba contando todo. La charla con el niño la debía de haber sorprendido de alguna manera. A lo mejor el pequeño había hecho una revelación que ahora la tenía en ascuas. Algo importante, y la policía quería que Valentina la oyese con sus propios oídos. Algo que no se atrevía a revelar.
—De acuerdo —dijo—, vamos a conocer a Fosco.
3
A Fosco Agnelli lo habían instalado en una buena habitación del hospital de Grosseto situado fuera del centro urbano de la ciudad. Una habitación doble entera para él. El aislamiento era necesario dadas las condiciones psicológicas del paciente, pero sobre todo porque aún no estaba claro qué le había ocurrido. Al menos en ese aspecto, el protocolo se había cumplido. La desaparición de un niño había puesto en marcha el código rojo previsto para los abusos sexuales y para los maltratos, a lo que seguiría la intervención del Juzgado de Menores de Florencia y la de los asistentes sociales. Si comprobaban que no se había cometido ningún delito, la autoridad judicial archivaría inmediatamente el caso. De lo contrario, el asunto se complicaría para todos.
—La verdad —explicó la inspectora Blasi mientras llegaban a la tercera planta— es que he tenido que insistir un poco para que lo pusieran en un lugar... reservado.
Valentina estaba cada vez más asombrada.
—¿Qué quiere decir? —preguntó.
Roberta Blasi se detuvo. El rubor seguía coloreando sus mejillas, pero ahora no parecía bochorno. Era más una suerte de excitación.
—¿Puedo ser sincera con usted?
—Debes serlo —respondió Valentina, remarcando adrede el tuteo, que quizá Blasi no se esperaba. La inspectora le caía bien. A pesar de ese procedimiento anómalo, Valentina intuía en la muchacha una especie de frustración positiva. Y si la estimulaba conseguiría pronto las respuestas que buscaba.
Roberta Blasi asintió.
—Como te he dicho, anoche hablé un poco con Fosco.
—Bien hecho. —Empezaba a ir al grano.
—Fosco pudo decirme algo entre sollozos. Algo que me dejó pasmada... Se lo conté al jefe, pero le quitó importancia. «Caprichos de un chico con problemas psicológicos que ha querido enfadar a su madre», me dijo. Los que conocen al niño afirman que es propio de él hacer algo así. Siguen creyendo que se escapó por una rabieta, a pesar de que iba por el campo en esas condiciones. —Blasi meneó la cabeza para mostrar su enfado—. Desnudo, ¿comprendes? —añadió—. Como si fuese lo más natural del mundo.
—No lo es, en eso tienes razón.
—Claro. Dicen que para llamar la atención de los adultos los niños son capaces de todo. Hasta de desnudarse y de deambular por los bosques de noche. Sin embargo, las cosas que él me ha contado... no me parecen inventos de un niño que está mal de la cabeza. Y su actitud... En fin, si tú también crees que no son más que fantasías, lo aceptaré. Aceptaré la opinión de quien tiene más experiencia y me quedaré al margen.
No, no se quedaría al margen. Valentina estaba segura de que no lo haría.
—¿Qué te contó exactamente? ¿Qué fue lo que le pasó?
Roberta Blasi señaló con la barbilla la puerta de la habitación delante de la que se habían detenido.
—Está ahí dentro. Perdona, pero es preferible que te lo cuente él mismo.
4
Estaba en la cama, tapado con la sábana hasta la barbilla. Los ojos cerrados, las cejas contraídas en un sueño agitado. Por un gotero fluía a sus venas una solución incolora. Tenía el pelo largo y negro, sin duda poco dócil al peine. Aparentaba menos de sus doce años.
La mujer que se encontraba a su lado debía de ser su madre. Lo demostraban el perfil, el color negro de las cejas, el pelo también rebelde y, sobre todo, la postura. Tenía un brazo extendido sobre la sábana tocando el cuerpo de su hijo, como para cerciorarse de que no iba a volver a desaparecer. Se le notaban las marcas de las interminables horas de vigilia y de preocupación.
En la habitación había además una mujer de edad indefinible, de pelo gris y una larga trenza, mirada serena. Probablemente la psicóloga de menores, necesaria en un caso como ese.
En voz baja, Roberta Blasi hizo las presentaciones.
—La comisaria Medici, que ha venido de Roma con su ayudante Zucca. Ella es Luisa, la madre de Fosco, y ella, la doctora Manigrasso, psicóloga de la edad evolutiva... La envía el magistrado.
Mientras ella y Zucca estrechaban la mano a las dos mujeres, el niño abrió los ojos. En ese instante, Valentina pudo casi percibir el dolor y el miedo que había sufrido. El sufrimiento seguía presente en él, intacto, anidado en el fondo de su mirada desconcertada.
Manigrasso se dirigió al chico, sin acercársele.
—Hola, Fosco, ¿cómo estás?
El pequeño permaneció inmóvil. Los ojos hablaban por él. Iban de un lado a otro, se fijaban en todos los que estaban ahí, de uno en uno. Iban y volvían. Había algo salvaje en el movimiento de esas canicas negras.
Con un leve movimiento de la cabeza, Valentina le sugirió a Manigrasso que continuase.
—Fosco, ¿has visto que también está tu madre? ¿Te alegra que esté aquí con nosotros?
Fosco se volvió hacia su madre. Por primera vez, su mirada se detuvo. La mujer le apretó más la mano.
Valentina intuyó las intenciones de la psicóloga. Quería que el niño concentrase toda su atención en su madre. No solamente para que le diera ánimos, sino también para poder valorar la relación que había entre ellos. No era insólito que la huida de un menor fuera consecuencia del maltrato que sufría en la familia, y ocurría a menudo que las madres eran tan culpables como los padres.
El niño se relajó y dejó de mirar a su madre solo para dirigirse a la psicóloga y asentir. Manigrasso sonrió.
—Lo sé, te sientes protegido cuando estás con ella, ¿verdad?
De nuevo un sí.
—Estos señores necesitan hacerte algunas preguntas. Responde solo si te apetece. ¿Quieres?
Fosco pensó un instante, luego abrió la boca.
—Sí.
Manigrasso miró a los policías y con un gesto les indicó que podían empezar. Blasi se dirigió a Valentina.
—¿Puedo?
Valentina asintió. La inspectora había dicho que ya había establecido un contacto, era preferible continuar a partir de ahí.
—Fosco, ¿te acuerdas de mí? —pregunto Blasi—. Anoche te hice algunas preguntas. Y fuiste muy valiente contándome lo que te había pasado, así que me gustaría que les dijeras las mismas cosas a estos señores. Son policías importantes, que han venido de Roma expresamente por ti.
La atención de la carita blanca se dirigió a los recién llegados. No cambió de expresión.
—¿Lo puedes hacer, Fosco? —preguntó Blasi en un susurro—. ¿Les puedes repetir a ellos lo que te pasó?
Un tímido gesto de asentimiento.
Valentina dio un paso hacia él. El pequeño se retrajo, apretando el borde de la sábana y levantándolo, quizá listo para taparse. La madre se tensó, lanzándole una mirada de fuego. Valentina la evaluó. Una madre dispuesta a defender a su hijo siempre y en cualquier lugar. No, no era ahí donde se ocultaba el problema.
—No te asustes —dijo Valentina, procurando adoptar el tono más amable del que era capaz—. ¿Ves que tu madre sigue aquí, lista para abrazarte y defenderte?
Fosco asintió distraídamente, como para confirmar lo superflua que era esa información. Pero la mano que agarraba el borde de la sábana se relajó.
—¿Qué queréis saber? —La voz no temblaba. En condiciones normales debía de ser un niño seguro de sí mismo. Quizá incluso capaz de fingir.
—Lo que te pasó ayer. Lo que ya le contaste a mi compañera. Todos estaban muy preocupados por ti.
—Lo sé. Lo siento.
—Ahora ya no importa. Has vuelto a casa y todos estamos muy contentos. Pero te pregunto: ¿nos puedes ayudar a reconstruir lo que te pasó ayer? ¿Puedes hacerlo? Nos sería muy útil.
—De acuerdo... —Pero contrajo los labios.
—Empecemos por el momento en que saliste del colegio. ¿Recuerdas la hora?
—Era matemáticas, la última hora... No faltaba ningún profesor. La una. Siempre salgo a la una.
—Te despediste de tus compañeros, supongo.
—Sí.
—¿Y después?
—Fui hacia casa. Marcello, un amigo mío, me acompañó un poco. Vive cerca del colegio. Luego seguí solo.
—¿Como siempre?
—Como siempre.
—Y llegaste a casa... ¿cuándo? ¿Cuánto tiempo después de que hubieras salido del colegio?
Fosco miró a la madre.
—No lo sé. ¿Diez minutos?
—Me parece razonable —aprobó Valentina—. Bien, vas muy bien... Y luego ¿qué pasó?
—Había un señor. Ese que me hizo un poco de daño...
Una corriente gélida. Valentina la notó claramente. Fue una sensación tan clara que miró hacia la ventana para ver si estaba cerrada.
—Un señor... —repitió Blasi, como para animarlo a seguir.
Valentina volvió a observar el rostro de Fosco.
—El de pelo canoso —añadió él, dirigiéndose a la inspectora—. Te lo he dicho.
—¿Quién...? —preguntó con cautela Valentina, pero el niño ya no la miraba a ella ni a los demás. Miraba el embozo de la sábana, como buscando señales que no podían ver los otros, y hablaba.
—Es que no recuerdo mucho. Estaba delante de casa, con una camioneta..., un tipo grande..., es raro que no la vieras, mamá. Estaba aparcada delante del paseo. Por la ventana de la cocina tendrías que haberla visto bien. Era verde oscuro. Cuando llegué, el hombre bajó enseguida, como si me estuviese esperando. Me dijo algo...
—¿Te saludó? ¿Lo conocías? —preguntó Valentina.
—No. No lo había visto nunca. No recuerdo lo que me dijo...
—¿Se acercó? —sugirió Valentina—. ¿Le viste la cara?
—Sí. Pero tampoco me acuerdo de su cara. Solo del pelo. Muy canoso y largo..., y de su sonrisa. Una sonrisa amplia, de oreja a oreja... Una sonrisa fea. Luego debí de quedarme dormido, pero no sé cómo. Y después me desperté en la camioneta... Estaba todo quieto y silencioso. Estaba tumbado y me dolía la cabeza y... Perdóname, mamá, pero estaba... —Calló y los ojos negros se le llenaron de lágrimas.
La madre murmuró en voz baja:
—Basta...
—Estabas sin ropa... —terminó Valentina por él—. Pero no es tu culpa. Sabemos que no es tu culpa.
—¿Sí? —dijo él, sorbiendo por la nariz, sorprendido por aquella absolución—. Yo no me acuerdo de habérmela quitado..., hacía frío cuando me desperté.
A la madre de Fosco empezaron a rechinarle los dientes. Valentina podía oír el ruido que hacía.
—¿Seguías en la camioneta cuando te despertaste? —preguntó.
El niño arrugó la frente.
—No era exactamente una camioneta. No de esas en las que se llevan trastos viejos, como la de Ginetto. Esta era cerrada, sin ventanillas.
—Una furgoneta —intervino Blasi—. Una furgoneta cerrada, ¿verdad, Fosco? Sin ventanillas. Después te enseñaré alguna foto para ver si reconoces el modelo... Pero sigue. Cuenta lo que ya me has contado a mí. Cuéntalo todo.
—Sí, me desperté en la furgoneta... Estaba tumbado en un catre, ¿sabes, mamá?, como ese en el que duerme Tonino cuando se queda en casa, con las patas de hierro que se doblan... Los pies se me salían. —Esbozó una sonrisa, que arrancó a su madre un breve suspiro.
—¿Te acuerdas de algo de la furgoneta? —preguntó Valentina—. ¿Cómo era por dentro? ¿Había suficiente luz?
—Era de noche, pero no había demasiada oscuridad porque veía. —Movió la cabeza como para despejar la niebla que todavía lo asfixiaba—. Había... caras. Caras que me miraban...
—¿Caras?
—Caras silenciosas. Muchas. Me miraban a mí... —Tuvo un escalofrío más violento y la madre volvió a estremecerse.
—Explícate mejor, Fosco —susurró Valentina, evitando mirar a la mujer y esperando que no interrumpiese el flujo de recuerdos—. ¿En las paredes de la furgoneta, quieres decir? ¿Caras en las paredes?
—Sí. Por todos lados.
—¿Podían ser fotografías, Fosco? ¿Fotos de caras que cubrían el interior de la furgoneta?
Fosco asintió, como si hubiese llegado a la misma conclusión.
—Sí, a lo mejor eran fotos. Me daban miedo. Estaban pegadas por todas partes, también en el techo. Me mareaban...
—De acuerdo —dijo Valentina, absorbiendo la información—. ¿Y qué hiciste después?
Fosco volvió a mirar a Roberta Blasi. Parecía que entre los dos había un diálogo silencioso del que los demás estaban excluidos.
—Fosco, ¿qué hiciste después? —repitió Valentina, perpleja.
—Hui.
—¿De qué manera?
—La puerta de la furgoneta estaba abierta, por eso entraba luz. Bajé. Estábamos en un lugar cerrado..., había paredes altas y delante de mí había una puerta grande, como las de los establos... La luz de la luna entraba desde el otro lado. Veía árboles...
—¿Y qué hiciste con exactitud? ¿Bajaste de la furgoneta y huiste enseguida?
—Quería hacerlo, sí... Pero luego lo vi.
—¿A quién?
Los ojos de Fosco, ahora, estaban fijos en un lugar que ninguno de ellos podía ver.
—Estaba en un rincón del establo, me daba la espalda. Veía su pelo largo y canoso... Tenía una coleta...
—¿Qué estaba haciendo?
—No lo sé. Estaba de pie contra la pared y me daba la espalda... Al principio, pensé que estaba haciendo pis. Pero decía algo, murmuraba... Creí que estaba rezando. Sé que es raro, pero me acordé de una cosa que nos había explicado el profesor de religión cuando nos dijo que en Jerusalén los judíos y los musulmanes rezan juntos con la cabeza apoyada en un muro sagrado. Parecía uno de esos... Pero no se balanceaba. Murmuraba y tenía la cara contra la pared. De todos modos, estaba de espaldas y no me estaba mirando. Entonces eché a correr. Luego me vi en ese bosque... y seguí corriendo... Corrí y eso que los pies me dolían.
Apartó la sábana y enseñó los pies. Estaban vendados, las vendas manchadas de tintura de yodo.
La comisaria miró a Angelo Zucca, que estaba junto a la puerta. El policía temblaba, le costaba contener la ira. Por mucho tiempo que se lleve en la policía, hay cosas que nunca se aprende a soportar.
Valentina volvió a mirar al niño, tratando de aparentar que estaba serena.
—¿Recuerdas algo más?
Fosco pareció reflexionar. El esfuerzo lo transfiguraba. No debía de ser agradable recordar esos momentos.
Y vibró de nuevo ese cruce de miradas con Blasi. Luego se volvió hacia la ventana, bajo la cual había una segunda cama, preparada para otro paciente. El niño permaneció como embobado mirando la almohada y las sábanas inmaculadas. Parecía sorprendido.
—Recuerdo la luz de la luna... —respondió poco después, sin apartar los ojos de la cama vacía—. Y el bosque... Y, cuando me volví para ver si me seguían, vi unas ruinas cerca del establo donde estaba escondida la furgoneta... Parecían restos de una casa.
—Bien. Buena memoria. Eres muy listo, Fosco.
La mirada del niño iba ahora de la cama pegada a la ventana a Valentina. De repente se mostraba tenso, nervioso.
—No, no soy listo.
—¿Cómo?
—No soy listo..., soy un cobarde...
Se miró las manos. Una lágrima se asomó a sus ojos profundamente negros.
Valentina se volvió hacia Blasi, que parecía petrificada. En ese silencio yacía el secreto que Fosco había revelado solo a la inspectora. Ahora Valentina estaba segura. Pero ¿qué era aquello tan terrible que el pequeño ya no quería contar?
Ella también miró la cama vacía. Una habitación de hospital en el área de pediatría. Una cama para un niño como Fosco. Esperando que llegara un paciente como él.
Y entonces Valentina comprendió.
Le lanzó un mensaje silencioso a Blasi, moviendo solo los labios. «¿Te referías a esto?». Roberta Blasi asintió lentamente.
Valentina volvió a dirigirse a Fosco.
—Había otro niño, ¿verdad? —preguntó—. ¿Otro niño en la furgoneta, contigo?
Fosco Agnelli levantó la cabeza. Ahora las lágrimas corrían libremente por sus mejillas, enrojecidas por el recuerdo y el miedo.
—Sí —respondió—. Otro niño. Y se quedó ahí, solo. Lo abandoné... Se lo dejé al hombre canoso...
5
Fuera, en el pasillo de paredes color pastel, inundado de luz y animado por los ruidos habituales del hospital, fue posible disipar, al menos en parte, las sombras que se habían adensado en la habitación. Las palabras y el tono de voz de Fosco Agnelli, sin embargo, resonaban en la cabeza de Valentina. Y, tuvo que admitirlo, en su corazón.
Blasi y Zucca parecían tan turbados como ella.
Fosco había mascullado sus últimas frases entre lágrimas, pero habían sido claras y no daban lugar a equívocos.
—Estaba tumbado a mi lado. Al principio casi no lo vi, con esas caras que me miraban y el miedo que tenía y el dolor de cabeza... Pero entonces me bajé del catre y le toqué la punta del pie. Estaba frío. Y cuando me incliné pensé que estaba durmiendo.
—¿Trataste de despertarlo?
—Sí. No. La verdad es que no. Me daba miedo. Estaba desnudo como yo, tan quieto, tan inmóvil. Quería llamarlo pero me daba miedo que el hombre canoso me oyese. Pero lo toqué. Estaba helado... Parecía de mentira.
—¿Y después?
—Ya os lo he dicho. Cuando vi que no se despertaba, me fui corriendo. El niño se quedó ahí. Estaba muerto, ¿verdad?
El resto del relato no reveló más detalles. Pero lo que habían escuchado era suficiente. Incluso demasiado.
Valentina iba a preguntar a los otros dos qué pensaban cuando la habitación en la que Fosco ahora descansaba se abrió de nuevo y Manigrasso se les acercó. Estiró una mano temblorosa hacia Valentina.
—Perdón, no sé si es importante. —Le tendió una hoja de papel hecha una bola. Un papel arrugado que Valentina extendió, perpleja.
—Me di cuenta de que Fosco la sujetaba —explicó la psicóloga—. Me llamó la atención. Vi lo que era y le pregunté dónde la había cogido y por qué la apretaba tan fuerte. Solo me dijo que se la había encontrado entre los dedos. He preguntado por ahí y algunos enfermeros me han confirmado que la tenía cuando anoche lo trajeron aquí y nunca ha querido soltarla, tampoco durante las revisiones que le han hecho. Se la pasaba de una mano a otra y no dejaba de apretarla. Nadie ha visto nada raro en ello. Creo que se trata de una especie de reflejo defensivo... Un fetiche para ahuyentar el miedo. No sé qué significa exactamente, pero he creído que a ustedes les podría ser útil.
Blasi meneó la cabeza.
—Caramba, yo no había caído...
Valentina estaba observando el trozo de papel. Solo era un papel arrugado, un grabado a colores. A lo mejor un trozo de cielo azul intenso. O el mar. Ningún significado oculto. Aparte del hecho de que Fosco lo había tenido apretado en una mano durante horas.
6
La llamada se desarrolló como había previsto. Falcone no compartió su decisión de quedarse una noche en Grosseto, pero no hizo un drama. Valentina le explicó los motivos que la habían convencido de que convenía seguir con la misión al menos un día más. El relato del pequeño Fosco podía parecer fruto de una fantasía galopante, al menos en apariencia. La furgoneta, la guarida en la que había estado oculta, el otro niño, quizá muerto. El hombre que lo dejaba solo y del que huía. Todo demasiado detallado y al mismo tiempo complicado, difícil de desentrañar.
Pese a ello, Valentina tenía otra sensación.
El miedo en los ojos de Fosco era auténtico; su llanto, sincero. Si bien el niño era una persona difícil, como había confirmado Manigrasso, a ella también la había sorprendido la intensidad de las emociones que Fosco había manifestado. Y, de todos modos, no se podía dejar nada al azar, esa era una de las primeras reglas que Valentina había aprendido. Por lo menos convenía esperar el resultado de los análisis médicos.
—Pero no te vayas a comprometer mucho —le pidió el jefe, con su acento gangoso de catanés puro—. Recaba todos los datos que puedas pero luego, si no hay elementos nuevos, deja actuar a la policía judicial. El jefe, por superficial y algo arrogante que sea, es un trepa que cuenta con el respaldo del director de la policía. Tú procura volver lo antes posible, que aquí no te falta trabajo.
Valentina le dio las gracias y lo mandó mentalmente a tomar por culo. Detestaba esa manera de lavarse las manos. Había sido él, después de todo, quien la había enviado a ese sitio.
Llevaba solo dos años trabajando en el Servicio Central Operativo y se encargaba de crímenes contra la persona. Niños y mujeres, sobre todo. Pero no lo había elegido ella. El director la consideraba más adecuada que otros solo porque hacía unos años, cuando era una joven agente destinada a la policía judicial móvil de Milán, había resuelto el caso de un asesino de prostitutas que había aparecido durante meses en todos los medios de comunicación. A partir de ese momento, su carrera había despegado. En un clima nacional de emergencia por asesinatos de mujeres, le llegaron los encomios, los premios, el ascenso y luego el traslado al SCO, en Roma. Su ciudad y el departamento más prestigioso de la policía, todo junto. Desde luego, no se había quejado.
Alguien insinuó que ese éxito se debía en parte a su belleza. Se precisaba una mujer con buena imagen que también supiera hacer bien su trabajo de policía: los ojos verdes y el pelo rubio y largo habían hecho el resto. Valentina trataba de no dar importancia a eso y de apoyarse solo en su competencia, si bien a veces resultaba difícil soportar la actitud de algunos compañeros, como si a diario tuviese que demostrar, a diferencia de ellos, que se había merecido su posición.
El trabajo la absorbía completamente. A sus treinta y dos años tenía una carrera asegurada, un futuro luminoso en la policía y ninguna atadura familiar. Y tampoco un amor, que, desde luego, no tenía la menor intención de buscar. Ninguna estabilidad afectiva significaba gran estabilidad emocional, y prefería que fuese así. Una vida basada solo en el trabajo y, precisamente por ello, satisfactoria.
Trató de dormir, de esperar hasta la mañana para tomar una decisión sobre ese asunto que quizá, como decía Falcone, no merecía su atención.
Pero algo la atormentaba. Algo que acudió a llamarla durante la noche.
Soñó con Fosco, un sueño confuso. Él gritaba que era un cobarde porque había dejado morir al otro niño. Gritaba porque el hombre canoso no había terminado y lo estaba buscando. Gritaba que tenía miedo. Gritaba que Valentina no le había creído.
Se despertó con el eco de esos gritos que todavía le retumbaban en los oídos y le desgarraban el corazón. Y ya no pudo volver a conciliar el sueño.
7
La inspectora Blasi se presentó esa mañana en el hotel, mientras Valentina y Zucca desayunaban.
—Novedades importantes —exclamó en voz alta, atrayendo la atención de los otros clientes. Bajó el tono y añadió—: Hemos identificado el lugar donde Fosco se despertó y desde el que huyó. ¿Vamos a verlo?
Poco después, empezaron a recorrer la estrecha y sinuosa carretera en la que habían encontrado a Fosco y por la que ahora Angelo Zucca avanzaba no con poca temeridad siguiendo a otro coche de la policía judicial.
—Es un granero —estaba explicando Roberta Blasi—. Hay algunas casetas y las ruinas de un viejo caserío. Pero el granero es el que ha descrito Fosco.
—No habrá sido fácil identificarlo —dijo Valentina.
—Un equipo de la patrulla móvil ha recorrido la zona y ha encontrado el lugar... Pero sabían qué tenían que buscar.
—¿Sin tu ayuda?
Blasi respondió con cierta incomodidad:
—En efecto, la jefa de la patrulla móvil es mi chica... Le expliqué la descripción que nos hizo Fosco y ella se formó una idea. Conocía un sitio así... Es muy buena.
Zucca le lanzó a Valentina una mirada furtiva de complicidad. «Ya sabía yo que esta era lesbiana». Con gusto le habría dado un puñetazo en la nariz, pero el agente estaba conduciendo y eso hubiera sido muy peligroso. Ya tendría ocasión de hacerlo.
—Hay otra novedad, aún más importante y francamente rara... —dijo la inspectora desde el asiento trasero del Subaru—. Tenemos los resultados de los análisis de Fosco. El médico estaba perplejo cuando nos los comunicó.
—¿Por qué?
—Ha encontrado restos de benzodiacepinas en la sangre, en porcentajes bastante altos. Así que nada de éter, sino un cóctel de psicofármacos muy fuertes: restoril, xanax, valium, cosas así. Probablemente los tomó por inhalación..., el cloroformo no habría actuado tan rápido.
La inspectora no parecía fijarse en la velocidad con la que Zucca tomaba las curvas. A Valentina, en cambio, ese continuo movimiento fluctuante la mareaba.
—Así que ahora estamos seguros —comentó, tratando de hacerse una idea de la situación—. Fosco fue drogado. No se ha inventado nada.
—Exacto.
Valentina comprendía el entusiasmo de Blasi. Ese descubrimiento confirmaba todas sus sospechas.
—Sin embargo —intervino Zucca, que no daba señales de ir a reducir la marcha y tenía los ojos pegados en el coche de delante—, con una bomba como la que describes, ¿cómo pudo despertarse tan pronto? ¡Tendría que haber dormido mucho tiempo!
—Habrá que estudiar mejor los tiempos —observó Valentina. El hecho de que al secuestrador se le hubiese podido escapar tan fácilmente el niño era incongruente—. ¿Por qué el médico estaba perplejo? —preguntó luego.
—Hay más, en efecto. Probablemente, como decía, tomó las benzodiacepinas por inhalación, pero esta mañana una enfermera más diligente ha encontrado la marca de un pinchazo en la base del cuello de Fosco. Era casi invisible y nadie había reparado en ella. Fosco y su madre no recuerdan que tuviera algo así antes de que desapareciera. Podría ser la marca de la inyección de otra sustancia que han encontrado en la sangre y en la orina y cuya presencia no sabe explicarse el médico.
—¿De qué se trata? —preguntó Valentina.
—Espera que lo lea, tiene un nombre difícil... Glu-ta-ral-de-hí-do... Glutaraldehído al dos por ciento... Una presencia inusual, efectivamente.
—¿Por qué?
—El médico me lo ha explicado. Es un compuesto que sirve para matar bacterias, un desinfectante. Un derivado de la formalina, por lo que he entendido, bastante peligroso si se ingiere. En una concentración mayor, habría sido fatal para el niño.
—A lo mejor formaba parte del cóctel de narcóticos.
—No, no es un psicofármaco. No tiene ninguna potencialidad anestésica, según el médico.
Bien. Aquello era una anomalía y, por consiguiente, un indicio importante. Algo concreto por donde se podía empezar. Entretanto, para conseguir esa sustancia el secuestrador debía haber utilizado recetas médicas. Un dato que no reducía mucho el campo pero que deberían tener en cuenta. O a lo mejor el individuo trabajaba en el ámbito sanitario. Una hipótesis que no podía descartarse.
Mientras recorrían el nuevo escenario del crimen, Valentina evaluó las opciones que había.
Que Fosco Agnelli había sido raptado parecía ya indudable. Quien lo había hecho tenía trazado un plan. El uso de esas sustancias hacía pensar que no quería matarlo, al menos no enseguida. Pero ¿adónde lo estaba llevando? ¿Y el niño desnudo y frío que se encontraba a su lado? Si era fruto de la fantasía de Fosco, las implicaciones tampoco eran tantas. Ahora bien, un pederasta que no se conformaba con un solo niño cada vez y que estaba tan organizado como para orquestar un doble secuestro era una hipótesis que la inquietaba.
Reflexionó. El chiquillo había dicho que había bajado de la furgoneta y que estaba en un sitio que, por la descripción, podía ser un granero o un anexo agrícola en desuso. Un espacio amplio y vacío, con el suelo de tierra. Quizá, el granero que Blasi decía que había descubierto. Su secuestrador se había alejado por motivos que, de momento, no se podían conocer, y Fosco había aprovechado para huir. Si todo había ocurrido así, el hombre que lo había narcotizado debía de estar bastante seguro de que ni él ni el otro niño podían despertarse. Pero Fosco, sorprendentemente, salió de la narcosis antes de tiempo, detalle que también había que esclarecer.
Aparte de las incongruencias que había que despejar, las declaraciones de Fosco Agnelli, por filtradas que estuvieran dada su edad y la conmoción que había sufrido, eran bastante concretas y detalladas. El único aspecto que a Valentina le seguía resultando difícil de aceptar era la presencia del segundo chico, muerto al parecer. Por la noche había pedido al despacho un informe sobre las desapariciones de menores en las últimas semanas en todo el país, en condiciones semejantes, y la respuesta había sido negativa. Y no puede ocultarse la desaparición de un menor.
Y además había un papel hallado en la mano del niño. No tenía ni idea de lo que significaba y si realmente podía resultar útil, pero si el papel procedía del interior de la furgoneta no podía olvidarse de él. Valentina apuntó mentalmente las cosas que había que hacer, convenciéndose de que ese asunto era más complicado que un simple, aunque espantoso, caso de pederastia.
Percibía que debajo de la superficie de aquella historia se ocultaba otra, mayor y más oscura y, probablemente, más terrorífica.
El problema ahora era evitar que el caso no se considerase importante y se archivase. Las preguntas que ella se estaba haciendo, lo sabía, precisaban respuestas concretas y, sobre todo, rápidas. Y un poco de valentía. Ante un escenario tan complicado y aún incierto, no todos los policías que conocía se arriesgarían a llevar a cabo una investigación profunda.
Pero ella estaba decidida a llegar al fondo del tema. Quien había secuestrado a Fosco Agnelli seguía en libertad, y era probable que tuviera a otro niño en sus manos.
—Hemos llegado —advirtió Roberta Blasi, interrumpiendo sus pensamientos.
El coche estaba girando en una pista apenas visible, un sendero de tierra y barro que se adentraba en un calvero del bosque. Solo quien conocía bien la zona podía utilizarlo, pensó Valentina, y marcó mentalmente esa intuición.
Al fondo, más allá de un bosquecillo de encinas y madroños, se entreveían los destellos azules de la luz de la patrulla de la policía móvil que los estaba esperando.
8
Delante de ellos se abría un claro semicircular, en cuyo centro había dos edificios en estado de abandono. El primero algún día debía de haber sido un inmenso granero. La puerta estaba abierta y se entreveía un interior amplio en el que no había nada. Al lado, destacaban una fuente y los restos de una construcción de madera más pequeña, tal vez una cabaña de herramientas. Antaño debió de alzarse una casa de labranza separada de los edificios. Solo quedaban ruinas y vigas mohosas.
—Los restos de esa casa son los que nos dieron la pista —dijo Roberta, mientras Zucca paraba el coche junto al de la policía móvil—. La descripción de Fosco era precisa. De lo contrario, por cómo es esta zona de la Maremma y su amplitud, habría sido como buscar una aguja en un pajar.
Valentina se apeó del coche, saludó con un gesto a los agentes de la policía móvil y se acercó a la entrada del cobertizo. Era una de las construcciones de madera antes típicas de aquellas zonas, donde almacenaban la paja y el heno así como aperos agrícolas. Detrás del edificio, un bosquecillo de encinas y, a continuación, una amplia zona de campos antaño cultivados y ahora invadidos de hierbajos.
Blasi se había documentado: el lugar estaba así desde hacía al menos veinte años. En el pasado había una granja, llevada por gente de la zona que cultivaba girasol. Un incendio había destruido la casa y parte de sus estructuras, solo se había salvado el pajar. Los dueños eran mayores y sus hijos habían decidido abandonar el pueblo y esa tierra desdichada. Nadie había intentado reconstruir nada. Los habitantes de la zona habían olvidado pronto la presencia de aquellos cuatro muros derruidos. Cuando se acordaban, lo hacían para contar que el lugar estaba plagado de fantasmas. No iban ni los drogadictos a pincharse. Estaba demasiado lejos del pueblo y, en cierto modo, había demasiado silencio.
Sí, el escondite perfecto. El hecho de que ese hombre lo hubiese localizado y elegido indicaba premeditación y una cuidadosa planificación.
Cuando Valentina se detuvo delante de la entrada abierta del pajar, la agredió un terrible olor a podrido. En la oscuridad del interior no se distinguían vehículos y nada hacía pensar que hasta hacía unas horas ahí hubiese habido un coche. O una furgoneta.
Tras una primera ojeada, no parecía que hubiera nada reseñable. Luego, mientras el equipo de la policía científica empezaba a fotografiar y a examinar el lugar centímetro a centímetro, Roberta Blasi se le acercó.
—Gracias —dijo, sencillamente.
Valentina le sonrió, sin entender con exactitud a qué se refería, pero, antes de que se lo pudiese preguntar, el móvil le sonó en el bolsillo.
La voz de Falcone era cortante y, antes de que el jefe terminase de formular la frase, Valentina notó un ligero temblor en la nuca.
—Hay otro —dijo Falcone—. Han raptado a otro niño. Y esta vez nos han dejado también al muerto.
DESAPARECIDO
9
Cada vez que su hijo se quedaba en casa, porque no se encontraba bien, porque eran vacaciones o por cualquier otro motivo, escribir se convertía en una tarea difícil. No era culpa del niño, Andrea era lo bastante autónomo como para arreglárselas por su cuenta.
Todo el problema estaba en la cabeza de Gianni Venturi, que, en cuanto se imaginaba al pequeño en su dormitorio o delante de la televisión o en la cocina, solo, lo acometía la urgencia de comprobar que se encontraba bien.
Cuando se ponía delante del Mac lo asaltaba el ansia de asegurarse de que su hijo no se estaba ahogando silenciosamente en la cama o de que no estaba sumido en un llanto mudo y doloroso, incapaz, por alguna inescrutable razón, de pedir ayuda a su padre. En esas ocasiones, el tiempo que Gianni tendría que haber dedicado a escribir le parecía robado a sus deberes de padre.
Quizá dependía del hecho de que Andrea había pasado su infancia entre hospitales, ingresos urgentes, diagnósticos dudosos y un proceso siempre en aumento. A los cinco años le habían diagnosticado la tetralogía de Fallot, una malformación genética que, si se descubre en los primeros meses de vida, puede tener un elevado porcentaje de curación. Ellos, sin embargo, la habían descubierto tarde, tras una serie de crisis cianóticas que milagrosamente no habían tenido una consecuencia fatal. Los años siguientes habían estado marcados por operaciones quirúrgicas y por una terapia estricta y angustiosa.
Por fin Andrea parecía a salvo, si bien la fragilidad como consecuencia de la enfermedad seguía determinando cada minuto de su vida, por lo que sus padres vivían pendiendo del fino hilo de un miedo infinito. Y ese miedo llevaba a Gianni a no dejar solo ni un instante a Andrea cuando Maria no se encontraba en casa.
En cualquier caso, cuando Andrea no iba al colegio y su mujer tenía turno en el hospital, Gianni se trababa con la escritura. Ese día, el último capítulo de su novela parecía destinado a permanecer en suspenso, la página que había en la pantalla del ordenador se obstinaba en seguir en blanco.
Andrea se había quedado en casa debido a una huelga de profesores que el niño había comunicado a su padre la noche anterior, sin ocultar su satisfacción. Eran casi las nueve de la mañana, y Andrea seguía en la cama. Gianni le había echado una ojeada solo hacía minutos, disfrutando del lujo de observarlo dormir sin molestarlo, el pelo rizado y negro que parecía manchar de tinta la funda inmaculada de la almohada, la nariz sobresaliendo del borde de la manta y esos preciosos ojos, en ese instante cerrados pero seguramente abiertos a algún sueño fantástico.
El timbre de la puerta lo sorprendió. Mientras iba a abrir, preguntándose quién podía molestar a esa hora y esperando que el timbre imprevisto no hubiese despertado a su hijo, Gianni siguió dándole vueltas a aquella página que había dejado en blanco.
10
Había ocurrido en Volterra, a poco más de cien kilómetros del pueblo en el que vivía Fosco Agnelli. Eso quizá era suficiente para relacionar los dos hechos. Cuando Falcone le informó y ordenó que fuera enseguida al lugar del crimen, el primer pensamiento de Valentina fue que el niño secuestrado en la ciudad etrusca era aquel que Fosco había visto en la furgoneta en la que se había despertado.
«Estaba muerto, ¿verdad?».
Pero los tiempos no cuadraban. La desaparición de Andrea Venturi y el homicidio de su padre habían ocurrido esa misma mañana, dos días después de lo que le había sucedido a Fosco.
Durante el viaje hacia Volterra, con un Angelo Zucca más silencioso de lo habitual, Valentina siguió consultando en la tablet todos los datos que el SCO le iba enviando.
La víctima se llamaba Gianni Venturi, tenía cuarenta años y, por una ironía del destino, era escritor de novelas policiacas. Esa mañana alguien se había presentado en la puerta de su casa y lo había matado. No había habido lucha. Cinco cuchilladas asestadas con cierta saña. El hombre había muerto enseguida, cayendo en medio de la puerta de su casa. Su esposa, enfermera, estaba en el trabajo en el momento del asesinato. Su único hijo, Andrea, de doce años, que se había quedado en casa por una huelga de profesores, había desaparecido.
Andrea. Doce años. Como Fosco. Después de la del padre, su foto apareció en la pantalla de ocho pulgadas junto con una serie de datos.
Valentina observó la cara del niño y llamó enseguida a Roma, al compañero que le estaba transmitiendo los documentos.
—Oye, que os habéis equivocado. Me habéis enviado de nuevo la foto de Fosco Agnelli. Habréis mezclado los dos expedientes.
La voz del agente era fría.
—Las imágenes que te he enviado son de Andrea Venturi. Son exactamente las que me han llegado de la comisaría de Volterra.
Valentina volvió a mirar la foto: ojos y pelo negros. Rizos largos y sedosos que enmarcaban un rostro mofletudo de tez rosada. Con cejas tupidas y marcadas.
Andrea Venturi, arrancado de su familia hacía pocas horas y a cuyo padre habían asesinado, parecía el gemelo de su coetáneo Fosco Agnelli.
11
Desde que estaba en el SCO, Valentina había podido poner a prueba sus dotes investigadoras muy rara vez. Su jornada habitual empezaba en el despacho de la cuarta planta del edificio donde se encontraba la segunda división del Servicio Central Operativo, en la via Tuscolana. Pasaba la primera hora en el escritorio, clasificando informes policiales, notificaciones y comunicaciones de la policía judicial, escritos del ministerio, notas y circulares internas, y la segunda en la sala de reuniones del Servicio para la sesión informativa con los otros agentes y con el director. A continuación comenzaba el auténtico trabajo. Si hubiese tenido que explicárselo a gente ajena a todo aquello, no habría sabido por dónde empezar. «Resolvemos enigmas —le oyó decir una vez a un compañero mayor que ella—. Analizamos, descomponemos y recomponemos las investigaciones que se hacen sobre el terreno. Buscamos los fallos. Identificamos las partes frágiles. Resaltamos las más fuertes. Tratamos con todos los investigadores de cada lugar para que se coordinen. Sugerimos por dónde hay que empezar. A veces, intervenimos directamente».
En concreto, Valentina sabía que la misión del SCO consistía en poner nerviosos a los policías ocupados en varias investigaciones, con el único propósito de alcanzar resultados mejores y más rápidos que los que los «territoriales» podían conseguir por su cuenta. Una aportación útil y a la vez superflua. La máquina funcionaba así desde hacía años. Y ella, a fin de cuentas, se sentía cómoda.
La actividad investigadora pura, sin embargo, era otra cosa.
Esa se hacía en la calle, en estrecho contacto con las víctimas, en las aceras manchadas de sangre y las habitaciones que habían sido escenario de actos violentos. Las investigaciones auténticas no toleraban la burocracia. Las investigaciones eran carne viva, sudor, pasión. Algo que no le ocurría desde hacía mucho tiempo.
Ese día era diferente. Los casos de los dos niños desaparecidos la estaban conduciendo hacia una implicación directa. Quizá demasiado rápidamente. Se preguntaba si estaría a la altura, si no extrañaría la distancia de la trinchera, que también significa distancia de la pasión.
Estaba delante de una casita de dos plantas, sencilla, con un jardincillo bien cuidado y una vereda que, desde la verja recién repintada, conducía directamente hasta la puerta de entrada. El enrojecer del ocaso sobre las baldosas de granito se mezclaba con los rastros de sangre derramada y arrastrada hasta la calle por quien la había pisado, quizá el asesino o quizá policías o técnicos de emergencias sanitarias distraídos. La puerta con la placa de cobre y los apellidos VENTURI-SINAGRA estaba abierta. Dentro se adensaba una oscuridad opaca iluminada de vez en cuando por los fogonazos de la Científica. Los hombres con monos blancos de papel se movían en silencio, puede que más temerosos que en otros escenarios igualmente cruentos. Ahí había muerto un hombre. Pero, sobre todo, de ahí se habían llevado a un niño. Un secuestro que no dejaba muchas esperanzas, y eso lo sabían todos.
Valentina se mantenía en el borde de ese escenario junto a Zucca, que había visto, como ella, el parecido de los dos niños, lo que lo había apesadumbrado todavía más.
Detrás de ellos se amontonaban curiosos, gente de la prensa y la televisión. La noticia se había difundido con rapidez. Varios coches ocupaban la calle, algunos con las luces destellantes encendidas. Luces azules en vano apotropaicas.
La casa, aislada con respecto a las otras viviendas, se encontraba en una callejuela solo parcialmente asfaltada que iba al norte hacia las colinas que dominaban el paisaje y hacia el este hacia la carretera provincial que, entre curvas cerradas y árboles, llevaba a Volterra, a menos de dos kilómetros. Era la zona llamada Zambra, sumida en la sombra y el silencio cuando la muerte no la forzaba a padecer tanto alboroto.
Una mujer salía en ese momento de la vivienda con un hombre mayor que ella, corpulento, con el que hablaba intensamente. Los dos llevaban con poca naturalidad un mono de papel blanco con el membrete de la policía y esquivaron la gran mancha de sangre, cada vez menos visible en la oscuridad.
Valentina advirtió que el murmullo aumentaba de tono. Oyó que un periodista decía a un invisible público:
—... ahí está, la señora Lucchesi con el magistrado...
Valentina avanzó un paso hacia la mujer, que estaba cerrando la verja.
—¿Siria Lucchesi? Soy Valentina Medici...
Lucchesi era la jefa de la policía judicial de Pisa, en cuya jurisdicción estaba el distrito de Volterra. Era alta y flaca, tenía el pelo muy corto, con las sienes canosas, lo que probablemente la envejecía más de lo debido. De hecho, no debía de tener más de cuarenta años.
—Sí, te esperaba. Os habéis dado prisa, veo.
—Nuestro conductor lo ha hecho lo mejor que ha podido —contestó Valentina mirando a Zucca, que esbozó una sonrisa—. Además, estábamos cerca de aquí.
Lucchesi no quiso saber por qué. Valentina se preguntó si estaba al tanto de la desaparición de Fosco Agnelli y si ya había relacionado los dos casos. Probablemente, no. No, ¿cómo habría podido? La semejanza de los dos niños no era todavía un hecho conocido.
—Bien —dijo la mujer—. Te presento al señor Giorgianni, el fiscal de Pisa.
El hombre le estrechó la mano a Valentina y luego a Zucca, que se había quedado un paso atrás.
—Me complace que el SCO se ocupe tan rápido del caso —comentó el magistrado—. No le oculto mi preocupación... Hacía años que en esta provincia no se producía un homicidio tan violento. Y además está el niño que se ha marchado de casa y que tenemos que encontrar cuanto antes...
—El fiscal no quiere que se hable de secuestro de persona, de momento —explicó Lucchesi—. Es prematuro y suscitaría demasiado la morbosidad de la prensa. El niño, en efecto, podría haberse alejado solo después del asesinato de su padre, tal vez porque se quedó aturdido... Aún no tenemos elementos que nos permitan descartar ninguna conjetura.
—Y no queremos excesivas presiones antes de averiguar algo —añadió Giorgianni, con el tono de quien imparte una orden.
Valentina asintió. Comprendía la estrategia, pero le parecía superflua. Desde su punto de vista, era inútil confiar en que al pequeño Venturi no se lo hubiese llevado el asesino del padre, por lo que tendrían que empezar a moverse enseguida en esa dirección. Ahora bien, ella estaba influida por el caso de Fosco Agnelli. Evitó formular su hipótesis, ya la pondría sobre la mesa más adelante. De momento quería saber cómo razonaban los «locales». Como siempre, había que estudiar los procedimientos de los investigadores que conocían el terreno, y luego intervenir con prudencia. Y Giorgianni le había dado la impresión de ser un fiscal de la vieja escuela al que no le gustaban las hipótesis no respaldadas por al menos mil indicios firmes.
Al teléfono, poco antes, Falcone había sido claro: «Procede con mucha cautela».
«Si hay una conexión con el secuestro de Fosco Agnelli, no podremos perder mucho tiempo», había objetado ella.
«Tú no saques conexiones aventuradas. No te metas en medio antes de tener las ideas claras». Era una orden.
El fiscal se despidió de los policías, tras pedirles que lo mantuvieran informado, y desapareció en un coche oscuro que se alejó rápidamente, seguido un trecho por el pequeño grupo de periodistas.
Lucchesi observaba a Valentina con una expresión indescifrable. El mensaje silencioso que enviaba era bastante claro: no se iba a contar con mucha colaboración por ese lado.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó la comisaria, molesta por ese examen—. ¿Quieres buscar a un niño huido de casa o...?
—El fiscal tiene sus ideas —respondió fríamente Lucchesi—. Yo tengo las mías. Y a la vista de la carnicería que el asesino ha perpetrado ahí dentro...
—¿Entonces?
—Entonces, busquemos el cuerpo del niño.
12
Entre Pisa y Volterra hay casi ochenta kilómetros de distancia. Una enormidad para quien se encarga de crímenes y de control del territorio. El espacio natural que rodea cada una de las dos ciudades es muy diferente, llano y suave el de Pisa, áspero e imponente el que hay a los pies del enclave etrusco. El primer encargo de Valentina, siendo una jovencísima agente, fue en una comisaría de Calabria, en un entorno geográfico semejante. Comenzó indagando una disputa familiar: asesinatos, rencores sedimentados a lo largo de décadas. El sargento que la introdujo en ese primer caso y que reparó en su abatimiento le enseñó muchas cosas sobre la naturaleza humana. Su primera lección fue que la morfología del territorio influye en el carácter del hombre y, en consecuencia, también en los crímenes. Un buen investigador debe conocer ante todo el entorno en el que se mueve.
Mientras avanzaban por las escarpadas curvas que llevaban al centro histórico de Volterra, Valentina se dijo que, dada la distancia, era probable que la fría jefa de la policía judicial no hubiese estado ahí, en el último año, más de un par de veces. Y quizá jamás había tenido interés en ese pueblo. Si eso era cierto, más valía contar enseguida con el personal de policía del lugar. Gente que habitaba y trabajaba en esas calles, que conocía a las personas que vivían ahí y su índole. Gente como ese sargento de Calabria con el que había aprendido más que en cualquier curso de formación que hubiera hecho. Sin embargo, no sabía quién estaba al mando de la comisaría a la que iba. Volterra era encantadora, pero desde el punto de vista de la carrera ese sitio era un agujero. Valentina estaba segura de que el jefe era un joven agente que empezaba o alguien que estaba a punto de jubilarse.
Así que se quedó pasmada cuando conoció a Fabio Costa.
La comisaría estaba situada en la piazza dei Priori, en el centro de la ciudad, en un palacio del siglo XIII. Cuando invadieron el encanto de ese lugar llegando frente a la fachada de piedra roja con arcos de medio punto, ya había oscurecido y la fascinación de las luces colocadas en puntos estratégicos hizo que se olvidara por un momento del motivo por el que estaban ahí. De no haber sido por el coche con los faros encendidos que ahora invadían la plaza medieval, habría pensado que había retrocedido en el tiempo.
El subcomisario Fabio Costa los estaba esperando en la puerta. Era alto y delgado, tenía el pelo negro y corto, barba de pocos días que remarcaba el perfil oscuro de sus ojos. Por regla general, la mirada era lo primero en lo que Valentina reparaba en los hombres y por lo que los valoraba. Su primera impresión fue la de que esos ojos eran indiferentes a lo que ocurría alrededor y que resultarí
