Ritual

Sandrine Destombes

Fragmento

cap-1

1

Su lugarteniente lo había llamado hacía diez minutos, mientras despuntaba el día. Las seis de la mañana era temprano incluso para él, pero el cielo, veteado de oro y rosa, anunciaba quizá la primera jornada soleada de aquel mes de mayo. Un buen motivo para sonreír y saborear el café contemplando las escasas gabarras que remontaban el Sena.

Martin Vaas nunca se cansaba de esa vista. El alquiler de aquel piso, de apenas treinta metros cuadrados — eso si contabas los espacios abuhardillados—, era excesivo para su sueldo de oficial de la policía judicial, pero aquella vista de Notre-Dame merecía el sacrificio.

Al hacerse cargo de la 3.ª DPJ[1] se había instalado frente a la Île de la Cité para estar lo más cerca posible de su campo de acción. Le encantaba aquel barrio y, aunque su cargo le exigía presentarse a diario en su puesto, pasaba la mayor parte del tiempo recorriendo la rive gauche, desconocida para él hacía solo dos años. Vaas no era de París, un hecho que debía hacer olvidar. Se obligaba a frecuentar los cafés, deambular por los mercados y saludar a todos los comerciantes. Iba creándose una red pacientemente.

El capitán Vaas sabía que llegaría el primero. Para reunirse con su segundo en el lugar acordado, le bastaba con andar trescientos metros.

—¡No corras! — le había dicho Lucas—. Los compañeros ni siquiera están seguros de que nos corresponda a nosotros.

Martin habría podido pedirle más detalles, pero prefería esa entrada en materia, que presagiaba un día un poco distinto.

No esperaba encontrar tanta gente en el Quai bas des Grands-Augustins. Un vehículo ligero de los servicios de limpieza del ayuntamiento estaba estacionado a cierta distancia, un corredor en chándal respondía a las preguntas de un policía y una embarcación de la brigada fluvial permanecía a dos metros del muelle, mientras dos buceadores buscaban bajo el agua, en un perímetro de diez metros cuadrados.

Vaas sacó el carné tricolor y se presentó escuetamente a quienes no lo conocían. El agente parecía aliviado por poder pasarle el relevo.

—¿Qué tenemos, Witek? — le preguntó Martin alejándolo del corredor.

—Pies, capitán.

Martin esperó a que continuara, pero el agente no añadió nada. Sin duda, pensaba que recibiría instrucciones tras semejante revelación.

Martin se mordió el interior de las mejillas. Era demasiado temprano para soltarle lo que pensaba.

—Pies… Muy bien. ¿Puede decirme algo más?

—De momento, los buceadores han sacado siete. Los han subido a bordo mientras llega la Científica.

—Pero cuando dice pies…

—Pies sueltos, capitán. En deportivas.

—En deportivas. Vale, vamos avanzando. ¿Y ese corredor ha sido el primero que los ha visto?

—Él solo ha visto cuatro, pero se ha llevado un buen susto. Ha llamado a comisaría, y a continuación le han avisado a usted. El subinspector Morgon nos ha dicho que llamáramos a la Fluvial. Llevan veinte minutos en el agua.

—Y han encontrado otros tres pies…

—No les ha costado mucho. Las deportivas estaban atadas entre sí. Esos estaban bajo el agua, no se podían ver. Ahora buscan el pie del último par, no sé si me explico. El nudo debió de desatarse.

—Entiendo. ¿Puede decirme algo más sobre esos pies? ¿Dónde acaban exactamente?

—¿Qué quiere decir?

—¿A la altura del tobillo? ¿De la pantorrilla?

—Del tobillo, diría yo, aunque no puedo asegurárselo. Solo los he visto un momento. Eran más bien unos trozos informes de carne.

—¿Y las deportivas? ¿Las ha visto mejor? ¿Eran de adulto? ¿De niño?

—De adulto, a primera vista. Había un par de Nike y otro de Adidas. Las demás no las he podido identificar.

Vaas asintió para indicar que no tenía más preguntas. Habría preferido que los buceadores de la brigada fluvial dejaran sus hallazgos directamente en el muelle, pero la zona aún no estaba totalmente asegurada.

Lucas Morgon llegó quince minutos después. A diferencia de Martin, vivía en el noroeste de París, aunque a esas horas la distancia no importaba mucho: el tráfico tardaría una hora larga en adensarse.

Con las gafas de sol sobre la cabeza, las manos en los bolsillos y una sonrisa en los labios, más que un agente de la policía judicial parecía un turista con ganas de fiesta.

—Te veo de muy buen humor… — le dijo Martin a modo de saludo.

—No me digas que un paseo en lancha con este tiempo no es una gozada…

—¿De dónde te sacas que te van a dejar subir?

—Un cadáver en los muelles, el IML[2] a cinco minutos… ¡Sería de idiotas no aprovecharlo!

—No hay cadáver, Lucas.

—Witek ha hablado de pies…

—Es verdad, hay pies. De hecho, hay un montón. Pero no hay cadáver.

—Entonces ¿qué buscan? ¿A las dos ranas del cuento?

—El octavo pie.

—¿Habéis encontrado siete?

—Sí, siete pies calzados con deportivas. Tres pares atados entre sí y un séptimo pie suelto.

—¿Un cojo?

—Esta mañana estás muy ocurrente… No sé si nos encontramos ante un cojo, el lote de unos traficantes de pies o un fetichista que se ha deshecho de sus trofeos, pero el caso es que no hay cadáver.

—De todas formas, intentaremos averiguar algo más, ¿no?

—Naturalmente, pero me extrañaría que el forense diera prioridad a nuestros pies.

Morgon observó el escenario, como Martin al llegar. Se acercó al borde del muelle con la lógica esperanza de ver los apéndices en la embarcación, lo que era imposible a esa distancia. Así que alzó la vista y, sin volverse, se dirigió a su superior:

—¿Crees que es una coincidencia?

—¿El qué?

—Que hayamos encontrado esos pies justo enfrente del 36. — Martin miró hacia la otra orilla, y solo en ese momento se percató de que la antigua sede de la policía se alzaba frente a ellos—. ¡No me digas que no te habías dado cuenta! — exclamó Lucas, regocijado por la estupefacción de Martin.

—Te recuerdo que yo solo conozco el Quai des Orfèvres por las películas y los libros. Soy de la generación del Bastión.[3]

Lucas no insistió. Sabía por experiencia que Martin Vaas no solía usar el disimulo. Solo cuando lo cogían con el pie cambiado. Había sido una forma como otra cualquiera de responder a su pregunta.

cap-2

2

Contra todo pronóstico, el forense del IML le había prometido a Vaas que haría un hueco esa misma tarde para examinar los siete pies hallados en el Sena. Nadie esperaba ya encontrar el octavo. Los agentes de la policía técnica habían peinado el Quai des Grands-Augustins de un extremo a otro sin ningún resultado, antes de montar una carpa de paredes opacas tan cerca como habían podido del lugar del hallazgo. Habían espolvoreado la zona con Luminol. No había aparecido ninguna mancha de sangre. Habían tenido que conformarse con unas cuantas colillas y dos cascos de botellas de cerveza; un escaso botín, dada la concurrencia nocturna de las orillas del Sena. En cuanto a los buceadores, habían pescado una gran bolsa de basura que se había enganchado en un aro de amarre. Todos esos elementos habían sido enviados al laboratorio del Bastión, pero Vaas no esperaba resultados hasta pasados varios días. El juez de instrucción le había confirmado que, a falta de cuerpo, aquel caso no era prioritario.

En lugar de hacer un viaje de ida y vuelta al Bastión y perder tiempo en los transportes, Martin se había dirigido a la comisaría del 5.º distrito para efectuar algunas búsquedas mientras llegaba la hora de su cita con el forense. En primer lugar, consultó el fichero de personas desaparecidas en la región parisina. Aunque numerosas declaraciones mencionaban deportivas entre los detalles de las vestimentas, siempre se trataba de personas aisladas. Una mujer que hacía footing en el parque de Sceaux, un adolescente desaparecido en el sector de la Défense, un ciclista en el Bois de Boulogne… La lista era interminable. Cuatro mil desapariciones solo en los últimos doce meses. Martin sabía que esa búsqueda no lo llevaría a ninguna parte. Aquellos pies podían pertenecer perfectamente a turistas o haber descendido el curso del Sena desde Troyes. No obstante, para mayor seguridad, extendió la búsqueda al resto de Francia, pero tampoco así dio con ningún grupo de cuatro personas.

A falta de algún elemento tangible que introducir en las bases de datos de análisis criminal, optó por internet. En la red abundaban las páginas sobre sucesos, a veces reales y a menudo fantásticos, y no era infrecuente que Martin encontrara en ella información que a nadie se le había ocurrido consultar. De todas formas, aún tenía media hora por delante.

Probó varias combinaciones con las palabras «pies», «deportivas» y «río». Obtuvo una selección de aletas de buceo, una comparativa de las zapatillas de deporte más resistentes al agua e incluso una técnica infalible para curar las verrugas usando la piel de un plátano. A continuación, utilizó un método más directo: «Pies encontrados en el agua». El buscador le mostró más de quince millones de resultados. Martin suspiró, antes de percatarse de que el primero resumía en unas cuantas líneas la información que ofrecían las demás páginas, y que apasionaba desde hacía años a los internautas del otro lado del charco.

El fenómeno solía conocerse como «El misterio de los pies humanos del mar de los Salish». Martin ni siquiera sabía dónde se encontraba aquel mar. En tres clics, se convirtió en un experto en el tema. Desde 2007, en las orillas del mar de Salish, ya fuera en la Columbia Británica canadiense, ya en Estados Unidos, habían aparecido una quincena de pies calzados con zapatillas deportivas. Los numerosos investigadores que se habían interesado por el asunto habían concluido que las amputaciones no eran obra de un asesino en serie. Solo se habían podido identificar cuatro de los quince apéndices. Tres de ellos pertenecían a personas cuyos suicidios se había conseguido probar, mientras que el cuarto correspondía a un pescador dado por desaparecido a finales de la década de 1980. Según los especialistas, ninguna de las desmembraciones había sido deliberada. La explicación más verosímil era la descomposición de los cuerpos. Los tobillos se habían separado de las piernas, y las zapatillas de deporte, de materiales cada vez más ligeros, les habían permitido flotar durante años.

Martin leyó otros tres artículos para cruzar el máximo de información, pero ya había llegado a una conclusión: no podía tratarse del mismo fenómeno. Un detalle no encajaba. Sus pies estaban atados entre sí. Alguien había anudado las zapatillas por pares a propósito antes de arrojarlas al Sena para que las encontraran. «A menos, claro está, que cuatro individuos hubieran decidido suicidarse colectivamente con los pies atados uno a otro».

—¿Decías algo? — Martin dio un respingo. No había visto llegar a Lucas y, sobre todo, no era consciente de estar hablando en voz alta—. ¿Qué es eso de los suicidas? — insistió su segundo.

—Nada, una teoría absurda, que descarto. ¿Han terminado ya en los muelles?

—Por hoy. He ordenado mantener el perímetro de seguridad hasta mañana. Entretanto, tendremos el informe del forense y veremos si merece la pena volver allí.

—Has hecho bien.

—Lo sé. Y tú, ¿vas a compartir esa teoría o te la guardarás para ti?

Vaas le resumió en pocas palabras el resultado de su búsqueda y las conclusiones que había extraído de ella.

—¡Lástima, «La secta de los pies atados» habría sido un buen titular para Le Parisien! — dijo Lucas, divertido.

—Y, sobre todo, habríamos pasado a otra cosa ipso facto.

—¡Venga, no me digas que un caso así no te interesa un poco!

—A mí lo que me gusta es descifrar enigmas. En nuestra profesión, algunos lo llaman «investigar». Y para investigar necesito indicios, cosas a las que agarrarme.

—¡Bueno, tienes unos pies!

—Me agotas, Lucas…

—Por otra parte, no los han identificado todos.

—¿Quiénes?

—Los canadienses. Dices que solo han identificado cuatro de los quince pies. ¿Y si hay un listo que aprovecha ese fenómeno para deshacerse de sus fiambres?

—En serio, tienes que dejar de leer libruchos sobre asesinos en serie. ¿Eres consciente de que se está volviendo una obsesión?

—Confiesa que sería un cambio respecto a los ajustes de cuentas cutres y los crímenes pasionales…

—No te quejes. Eso al menos nos permite dormir tranquilos.

—¿Sigues sin querer hablar de ello?

—¿De qué?

—De por qué te fuiste de Lyon.

—¿Y eso a qué viene?

—Corren rumores… Sobre el motivo de tu traslado.

—No creía que fueras de los que prestan oídos a los rumores…

—Habitualmente no, pero ya sabes lo que pasa…

—La verdad es que no — respondió Martin, irritado.

Sonriendo burlonamente, Lucas alzó las manos en señal de rendición. No era la primera vez que se aventuraba en ese terreno, y Martin comprendió al fin que a su segundo le divertía hacerlo, le interesara la respuesta o no.

—¡Anda, vamos! — atajó apagando el ordenador—. Al final, el forense aún tendrá que esperarnos.

cap-3

3

El médico forense iba con retraso, y los dos policías tuvieron que esperar más de media hora ante la máquina de café. Lucas aprovechó para darle su número de teléfono a una psicóloga con la que se cruzaban a menudo en los pasillos del IML y que se había acercado a sacar un té. La chica, una treintañera, se guardó la tarjeta en un bolsillo con una sonrisa burlona y se fue por donde había venido.

—¿Crees que me llamará?

—Por tu bien, espero que no — respondió Martin sin mirarlo siquiera.

—¿Por qué lo dices?

—No sé. ¿Quizá porque puede que saque a la luz tu verdadera personalidad?

—¡Muy gracioso! Pues yo creo que le gusto…

—Es lo que dices de todas las mujeres, Lucas.

—¿Y qué voy a decir? Parece que tengo bastante encanto…

—¿Es lo que opina tu madre?

—Y también mis tías. Yo no tengo la culpa de gustar. Y como no sé decir que no…

—… Te ves, a los treinta y siete años, con dos exmujeres y dos hijos.

—Es verdad, pero piensa en el lado bueno. Cuando sean tres y coticen, mis chavales podrán pagarme la residencia. Mientras que tú… Acabas de engrosar las filas de los cuarentones y vives solo en un estudio. Lo siento, pero, por mucho que seas mi jefe, no te considero un ejemplo a seguir, la verdad.

Martin asintió con la cabeza: lo tenía merecido.

El doctor Ferroni llevaba dos años trabajando en el IML. Había llegado a París la misma semana que Martin y establecido con él la complicidad de los expatriados que deben demostrar su valía en un ambiente ultracodificado. No obstante, los dos hombres se saludaron de acuerdo a sus respectivos títulos y graduaciones, mientras Lucas permanecía en el fondo de la sala esterilizada.

—¡Vamos, Morgon, acérquese! ¡Solo son pies! — bromeó el forense.

—Se lo he dicho muchas veces, doctor: zapatero, a tus zapatos.

—Tarde o temprano tendrá que acostumbrarse.

—Hasta ahora me las he apañado perfectamente. Usted diseca y comenta, y yo tomo nota. Además, sé que al capitán Vaas le gusta dar vueltas alrededor de la mesa. Y lo último que quiero es estorbarlo.

Lucas hablaba en broma, pero decía la verdad. Durante las autopsias, Martin no podía estarse quieto. Sentía una necesidad irresistible de observar el cadáver desde todos los ángulos posibles. Se inclinaba sobre la víctima, se acuclillaba para examinar sus costados, se acercaba para olfatearla… A veces, para poder trabajar, Ferroni no tenía más remedio que apartarlo.

Los siete pies descansaban en cuatro mesas, por pares, menos el séptimo que, al estar desparejado, aún llamaba más la atención. Pese a ello, habían decidido de común acuerdo examinarlo el último.

Los de identificación judicial habían fotografiado los miembros de todas las maneras posibles e imaginables, por lo que Ferroni no dudó en cortar el cordón de la primera zapatilla con un tajo de escalpelo. Fue más delicado al levantar las dos lengüetas. Acto seguido, intentó extraer el primer pie de su zapatilla, pero un ruido de succión lo obligó a detenerse.

—Si sigo, el calcetín podría quedarse en la zapatilla y dañar los tejidos. Tengo que cortar el cuero en ambos lados. Si no basta con eso, también habrá que retirar la suela.

—Haga lo que tenga que hacer, doctor — dijo Vaas—. Ya hemos referenciado el modelo, y siempre podemos conseguirlo en una tienda. Lo importante es que me diga a quién pertenece el pie.

—¡Pues allá vamos!

Ferroni necesitó diez minutos largos para extraer el pie de la zapatilla, y aún tomó más precauciones para cortar el calcetín gris, pegado al amasijo de carne.

Martin contenía la respiración mientras observaba el pie, ya desnudo, colocado como un trofeo sobre la mesa de acero inoxidable. No esperaba nada en particular, pero aun así le sorprendió ver que el miembro, de un color blancuzco, no había sufrido ninguna degradación. En ese momento recordó los artículos que había leído unas horas antes.

—No se ha descompuesto gracias al agua, ¿verdad?

La pregunta pareció agradar al forense.

—A la maceración en el agua, pero sobre todo a la zapatilla, que ha actuado como un envoltorio — precisó sin apartar los ojos del pie—. Se llama «saponificación». De lejos se diría que es de cera, pero al tacto se asemeja más a una esponja impregnada de jabón. Adelante, tóquelo si lo desea.

Vaas lo hizo, con un dedo enguantado, que apartó de inmediato.

—La capa exterior… He leído que es…

—Adipocera — lo ayudó el forense—. Los tejidos adiposos se han gelificado gracias al agua, en cierto modo.

—Es impresionante…

—Y una mala noticia. — Martin lo interrogó con la mirada—. En estas condiciones me temo que costará obtener una muestra de ADN.

El capitán Vaas acusó el golpe sin inmutarse. Aquel pie solo era el primero de una larga serie. Puede que consiguieran otros elementos para identificar a las víctimas.

Acto seguido, el forense se ocupó de la carne que rodeaba el tobillo. Despejó la zona y examinó detenidamente el hueso.

—¡Esto sí que es interesante! Mírelo de cerca, capitán.

Martin se situó justo en la vertical del pie y comprendió al instante a qué se refería Ferroni.

—El hueso fue serrado.

—Exactamente. ¿Ve las hendiduras? Demasiado paralelas para ser naturales.

—Entonces, este pie no se desprendió solo.

—¡Menuda ocurrencia!

Vaas le habló con más detalle de lo que había averiguado sobre los pies hallados en el mar de los Salish.

—Ahora me explico sus conocimientos sobre saponificación — dijo Ferroni sonriendo—. Efectivamente, el tobillo puede separarse del maléolo con cierta facilidad, pero lo que podemos observar en esta mesa es la parte baja de un peroné. A menos que se fracture, o lo sierren, como en este caso, no hay ningún motivo para que se parta así.

Martin lanzó una mirada a Lucas.

—¡Lo he apuntado, jefe! Un peroné serrado.

—¿Y se puede saber con qué tipo de hoja se hizo? — preguntó Vaas.

—Lo estudiaré, aunque no le prometo nada. Lo único que puedo decirle es que no tendrá la respuesta hoy.

—No pido tanto. En su opinión, ¿cuánto tiempo permaneció en el agua este pie, doctor?

—Es difícil decirlo. Y, dado el estado de los tejidos, costará determinarlo.

—Pero ¿hablamos de días, semanas, meses?

—Podría ser cualquiera de las tres opciones. Sin análisis más detallados no hay forma de saberlo. La erosión de las zapatillas quizá pueda darnos algunos indicios, pero no se haga ilusiones, solo obtendremos una estimación. En ningún caso podremos proporcionarle una fecha exacta.

—Comprendo — respondió Martin, y suspiró a su pesar.

—Voy a tomar algunas muestras, pero creo que, hoy, este pie no nos contará nada más. Le propongo que examinemos la zapatilla antes de pasar al siguiente.

Martin se acercó a la deportiva cortada. En realidad, ya no se parecía a la que había visto en internet, un modelo de cuero negro, para hombre, lanzado al mercado hacía ocho años. La que tenía a la vista era del número cuarenta y cuatro. Aparte de ese detalle, Martin advirtió que la suela interior era beis. No recordaba esa particularidad. Ferroni la sacó para examinarla mejor, y los dos hombres se sorprendieron al ver que era de corcho.

—Parece hecha a mano — opinó Lucas, que se había acercado para seguir esa etapa más técnica—. ¿Han visto los bordes? Es obra de un chapucero.

—Es una elección un poco extraña como material para unas suelas — comentó el forense—. Ningún ortopeda que yo conozca las recomendaría.

La lámina de corcho tenía exactamente cinco milímetros de grosor. No había ninguna inscripción ni ningún otro elemento que pudiera proporcionarles información alguna.

Pasaron rápidamente al segundo pie, que no les aportó nada nuevo. La única diferencia notable era que la zapatilla no llevaba una plantilla de corcho, sino la original.

Vaas se sentía cada vez más frustrado. Imaginaba perfectamente la reacción del juez si se presentaba con las manos vacías después de aquella autopsia y le soltaba que los pies pescados en el Sena habían sido serrados previamente. Sin elementos sólidos para iniciar una investigación judicial, el asunto pasaría a manos de la brigada criminal.

Tuvo que esperar al examen del cuarto pie, pero sobre todo de la cuarta zapatilla, para recuperar la esperanza. Empezaba a vislumbrarse un patrón, aunque nadie se atrevía aún a precisarlo. Durante la sexta disección, Lucas se aventuró a hacerlo:

—¡Díganme si lo ven como yo! En los tres pares, solo una de las dos zapatillas lleva una plantilla de corcho. Así que fue el fulano que serró los tobillos quien colocó las plantillas dentro deliberadamente. Salvo que estemos ante tres víctimas con la pierna derecha más corta, claro.

—En primer lugar, hablamos de dos hombres y de una mujer — repuso Martin—. El segundo par es un modelo femenino.

—Lo he dicho así para abreviar, pero no te preocupes, he escrito eso.

—Y si has escrito que un fulano les serró los pies, ya lo estás tachando.

—Pero ¡el doctor ha dicho que no era natural!

—Es verdad, pero sobre quién ha serrado los pies a quién no sabemos nada. ¿Y si se lo hicieron ellos mismos?

—¿Como el tipo de 127 horas? ¿El que se corta el brazo él mismo para liberarse? ¿Lo dices en serio?

—Solo digo que aún no tenemos suficientes elementos para sacar conclusiones.

—Pero piensas como yo, ¿verdad?

—Una cosa no quita la otra. No puedo ir a ver al juez para anunciarle que tenemos a un fulano, o a una mujer, que se divierte serrando pies en serie. Es demasiado pronto.

—Comprendido. Entonces ¿qué decimos?

—Antes de decir nada, intentaremos comprender por qué nuestras víctimas llevaban una suela de corcho a medida en una sola zapatilla.

—Sobre eso, puede que yo tenga una idea — terció el forense.

Los dos policías se volvieron hacia él y vieron que estaba leyendo el informe preliminar.

—Aquí dice que en la superficie del agua solo había cuatro pies. Los otros tres estaban sumergidos.

Ferroni alzó la cabeza y esperó a que alguno de sus interlocutores tomara el testigo. Martin fue el primero en reaccionar.

—¡Claro! Quien dejó los pies en el agua temía que acabaran hundiéndose. Al poner corcho en las zapatillas, se aseguraba de que flotaran.

—Vale, pero ¿por qué solo en una zapatilla? — objetó Lucas—. Corría menos riesgo poniendo en las dos. Con lo barato que es el corcho…

—No lo sé. Quizá para darle más dramatismo al descubrimiento. Crees haber pescado un pie, y descubres el segundo atado a él.

—Ya — respondió Lucas, escéptico—. Y usted, doctor, ¿qué piensa al respecto?

—Ese tipo de deducciones prefiero dejárselas a ustedes. Zapatero, a tus zapatos, como dice usted. Sin embargo, tengo curiosidad. ¿En qué se basa para afirmar que dejaron los pies en el agua, capitán? Podrían haberlos lanzado al río desde cualquier lugar corriente arriba. Oyéndolo, se diría que lo considera una escenificación.

—No estaba seguro hasta ahora — respondió Vaas—, pero el corcho sugiere que no se ha dejado nada al azar, puesto que, como me ha hecho notar Lucas, los pies flotaban justo enfrente del Quai des Orfèvres.

—Comprendo. Señores, debo reconocer que su caso se vuelve más interesante por momentos — dijo el forense frotándose las manos—. ¿Qué les parece si pasamos al pie desparejado?

cap-4

4

Como los seis anteriores, el séptimo pie se había conservado bastante bien gracias al fenómeno de la saponificación. Y, como en los demás casos, permanecía unido al peroné, serrado en su extremo inferior. Era el pie derecho de una mujer que calzaba un treinta y seis, mientras que la anterior usaba un treinta y ocho, y el segundo hombre, un cuarenta y dos, datos de los que Lucas había tomado nota, sin saber si les servirían para algo. Ese último pie tenía las uñas pintadas de rojo, aunque gran parte del esmalte había desaparecido. Era tan menudo que, por un momento, Martin temió que perteneciera a una adolescente. El forense lo tranquilizó con una breve explicación técnica.

—De todas formas, pediré a uno de nuestros anatomistas que lo confirme — añadió—. Pero, en mi opinión, el peroné está completamente osificado, lo que me hace pensar que se trata del miembro de un adulto. Las falanges permitirán un análisis más preciso.

Ferroni había podido sacar el pie de la zapatilla sin excesiva dificultad. Era blanca, con el contrafuerte verde, y se encontraba en muy buen estado. Costaba creer que hubiera permanecido varias semanas en el agua.

Como esperaban, contenía una plantilla de corcho, que el forense extendió sobre la mesa. A primera vista, era igual que las demás. Idéntico grosor y bordes irregulares. Pero, al darle la vuelta, el primer indicio de aquel caso apareció ante sus ojos con toda claridad.

La palabra «GANADOR», escrita en rojo y con mayúsculas, ocupaba todo el largo de la plantilla. Aunque habría que confirmarlo, parecía trazada con el mismo esmalte utilizado para las uñas. Martin empezó a ir de un lado a otro de la sala bajo la mirada intrigada de Lucas.

—¿Qué te pasa? ¿Necesitas estirar las piernas?

—Estoy pensando.

—¿Y para eso tienes que dar tantas vueltas?

Martin se paró en seco.

—Ya has visto que las otras zapatillas estaban atadas entre sí…

—Con dos nudos.

—De una forma bastante segura, ¿no?

—Ya lo creo. Lo siento por quien tenga que deshacerlos.

—Y, desde el principio, nosotros hemos pensado que la octava zapatilla debió de acabar en el fondo del Sena…

—Sería lo lógico, si no llevaba plantilla de corcho.

—Pues no tiene sentido.

—¿Ah, no?

—Tenemos tres pares cuidadosamente atados y plantillas de corcho para garantizar que los pies permanecieran a flote… Y el par que debía centrar nuestra atención, ¿estaba mal atado? Me cuesta creerlo.

—¿Quieres decir que fue intencionado?

—Es la única explicación plausible. Nunca hubo un octavo pie, Lucas.

—Vale, ¿y entonces?

Vaas hizo una mueca. No tenía ninguna respuesta razonable.

Ferroni no podía decirles nada más por el momento. Prometió dar prioridad a los análisis, pero Martin ya solo escuchaba a medias. Buscaba una explicación lógica para lo que acababan de descubrir, temiendo que, si no aportaba un esbozo de hipótesis en su informe, le retirarían el caso.

Lucas conocía lo suficiente a su jefe para saber que intentar tranquilizarlo sería inútil. Martin era un hiperansioso que siempre necesitaba ponerse en lo peor. Una actitud que le salía a cuenta, porque, por lo general, cuando surgían los problemas, él iba un paso por delante.

—Te han serrado un pie, pero resulta que has ganado… — pensaba Vaas en voz alta mientras regresaban por los muelles a pie—. ¿Qué pudo ganar, según tú?

—¿Que no le serraran el otro? — sugirió Lucas sin ninguna convicción.

—Temía que respondieras eso…

—Lo siento.

—No te disculpes, a mí tampoco se me ocurre otra explicación. Esperaba que tú tuvi

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