São Paulo
7 de octubre de 2018
No hay nada que hacer, piensa Beto. Los domingos por la noche son un muermo.
Nada, nothing, una puta mierda, y por eso anda dando tumbos con sus colegas André y Pedro el Gordo el día de la primera ronda de las elecciones presidenciales.
Los resultados empiezan a salir y, aunque Beto pasa bastante de la política, se alegra de ver que Bolsonaro va como un tiro, que está arrasando.
«Como un tiro» es una expresión que le va que ni pintada al bueno de Bolsonaro, piensa Beto.
Ha oído decir que el candidato de la ultraderecha tiene un punto psicótico, un instinto homicida.
Diez años en el ejército, paracaidista en los ochenta. Por lo que ha oído, eso quiere decir que es duro de pelar. Hace unas semanas, sin ir más lejos, sobrevivió a ese intento de apuñalamiento.
Beto lo vio en la tele, hablando desde el hospital con un gesto desafiante, como diciendo «venid a por mí».
Duro de pelar.
Brazilian psycho.
Beto está en alerta, tenso. Y también tiene miedo, miedo de algo que no acierta a identificar.
La procesión va por dentro, eso sí.
Sus colegas le llevan un año de ventaja, pero él es el baranda de esta pequeña pandilla de tres.
El rey de la selva, a sus dieciséis años.
La pandilla de los Bixiga.
Bixiga, la vejiga de São Paulo. Un barrio de toda la vida partido en dos por la avenida Paulista. Beto nació y se crió allí, ha dejado los estudios y ahora encabeza un retén encargado de mantener la paz. Ésa es la consigna: patrullar la zona en busca de indeseables. Fue el hermano mayor de Pedro el Gordo quien les consiguió el curro. Beto no sabe a ciencia cierta quién lo puso donde está, pero alguien tiene guita para aflojar, eso está claro.
Beto cree que seguramente es un sistema de patrullas callejeras aprobado por la Policía Militar.
Están los tres fumando y jugando a patear la basura al fondo del parque de la avenida, ese refugio de yonquis y maricones.
Buscan a algún colgado al que desvalijar, algún chapero al que meter el miedo en el cuerpo.
Pedro el Gordo parlotea sobre las elecciones, las manifestaciones que se suceden desde hace semanas, quién tiene razón y quién no, y qué va a pasar ahora que nuestro hombre está al mando, o poco le falta.
No tiene ni puñetera idea de lo que dice, piensa Beto.
El Gordo habla de organizarse, de unirse a una pandilla de cabezas rapadas o algo por el estilo, a través de unos contactos de su hermano, para poner a esos capullos de la izquierda en su sitio de una puta vez.
Beto no lo escucha. El hecho de que Bolsonaro sea el nuevo presidente electo significa que tienen luz verde, así lo ve él.
Los ojos bien abiertos, la mirada atenta.
Ha llegado la hora de la verdad, todo vale, y por eso está asustado, y también un poco exultante, para ser sinceros. Es la sensación de poder.
Y sí, está que no le llega la camisa al cuerpo.
Los últimos días han sido bastante chungos y está que no levanta cabeza.
A veces la vida te da una patada en toda la vejiga, en la Bixiga, eso dicen.
Que se lo cuenten a Beto. Su madre no para de comerle la oreja para que se busque un trabajo como Dios manda, su padre está hecho una mierda, es una sombra del hombre que fue, un pobre diablo que recoge mesas y friega platos en uno de los puestos italianos que hay calle arriba.
Su padre había sido alguien en el barrio, o por lo menos eso pensaba Beto. Puede que ése sea el problema, que sólo él creía que su padre fuera alguien.
Coge una lata de aerosol oxidada, agarra al Gordo del pescuezo y le planta el pitorro delante de las narices.
—¿Por qué no cierras el pico? —le dice.
El Gordo levanta las manos, intenta apartar a Beto.
—Quita, imbécil —le dice—, que me vas a dejar ciego, joder.
Beto se ríe y presiona el pitorro del aerosol sin dejar de zarandear a Pedro, que da vueltas a su alrededor.
—Soy un grafitero. Ele não! Ele não! —grita Beto entre risas.
Ele não, que significa «A él, no», es decir, «Votad a cualquiera menos a Bolsonaro», es la pintada que ha aparecido por toda la ciudad durante las últimas semanas. Se ve en puentes y muros, dentro de los túneles, en los laterales de los autobuses.
Beto se ríe y el Gordo escupe mientras se tapa los ojos, pero el aerosol no funciona.
Nada, nothing, una puta mierda.
Lo único que sale es aire, un leve silbido.
Beto aparta al Gordo de un empujón y arroja la lata lejos.
—A tomar por culo —dice.
Y entonces: algo que hacer.
El aire parece crepitar. Algo ha cambiado. Beto lo huele.
Da un codazo a André.
—Fíjate —dice.
—¿Qué pasa?
—Sarasa.
—¿Dónde?
—Bajando por la bocacalle, ¿lo ves? Cargado de bolsas, el cabronazo.
—¿Dónde?
—Ahí, gilipollas.
Beto señala.
—Ah, ya lo veo.
—¿Y bien? Andando.
—¿Qué?
—Venga, ya conoces las reglas: si ves a un marica, vas a por él. A ver qué hay de bueno en esas bolsas. ¡Vamos!
—Vale, tranquilo, ya voy.
Y entonces Beto ve la camiseta del marica:
ELENÃO
Y no hay más que hablar. Tenemos que plantar cara, piensa, en nombre de los nuestros.
Los tres cruzan el parque a grandes zancadas. El marica los ve y aprieta el paso.
No es la primera vez que Beto y los suyos van detrás de un chaval con pluma y pinta de estar forrado.
Hay que mantener a raya a los putos maricones.
Pero es la primera vez que ven a uno con el lema «EleNão».
Y no les hace ni puta gracia.
Hay que ponerlos en su sitio, y éste no es su sitio.
Bolsonaro está a favor de hacer limpieza de estos despojos humanos que amenazan con hundir a nuestro gran país y bla, bla, bla.
Beto se adelanta a los demás. El chaval ha doblado a la derecha y se ha internado en el parque con la esperanza de darles esquinazo detrás de los setos. Beto manda al Gordo a cortarle el paso por el otro lado, jadeando como si fuera a echar el bofe, mientras André cierra el círculo. Un par de viejos borrachos los animan desde un banco levantando las latas en alto, pero Beto los ignora, todo su cuerpo se tensa, se prepara para el ataque. De pronto se abalanzan los tres sobre el chaval, que suelta las bolsas al tiempo que Beto le golpea la nariz con la cabeza, y se oye un crujido y un aullido de dolor, y el Gordo y André lo patean en las costillas, pumba, pumba, crac, y Beto saca la navaja y se la clava en toda la garganta, nota cómo se hunde sin oponer resistencia, ve cómo entra y luego sale, la desliza hacia fuera, y tanto el Gordo como André se lo miran con los ojos como platos, negando con la cabeza, como si fueran a salir corriendo, aunque Beto no va a moverse de allí, ya lo ha decidido, se queda mirando cómo se desangra el chaval, lo ve tambalearse, lo ve sangrar, lo ve tambalearse, hasta que se aleja unos pocos metros, un par de pasos, y se desploma.
Y entonces Beto va tranquilamente hacia él.
Levanta la camiseta del marica. Levanta la camiseta con el lema «EleNão». El Gordo le susurra que hay que largarse, joder.
Beto le hace una seña para que lo deje en paz.
Le levanta la camiseta, coge la navaja y raja el pecho escuchimizado del marica muerto.
Traza dos rayas.
La uve de victoria.
Luego traza las seis rayas de la esvástica, una cruz gamada nítida y sangrienta.
Y rompe a reír a carcajadas.
Junior lleva seis años en la Policía Militar.
No es lo que se dice un veterano, pero tampoco un novato, ha visto lo suyo. Como cualquier policía militar que haya durado tanto como él en el cuerpo, Junior ha pisado unas cuantas líneas difusas.
Ahora mismo está plantado junto a una moto de la policía cuyas luces emiten destellos intermitentes. Tiene los ojos puestos en la carretera mientras oye a unos compañeros más jóvenes dándose aires. Están patrullando los alrededores de la avenida Paulista, al final de la rua Bela Cintra.
Hoy se ha celebrado la primera ronda de las elecciones presidenciales y se respira el ambiente plácido, ligeramente melancólico, de un domingo por la noche. Los han destinado allí por una razón específica: se rumorea que habrá una manifestación de izquierdas, que un grupo de estudiantes, radicales y buenos samaritanos, se concentrarán en la vía principal.
Si eso ocurre, también se presentarán los anarquistas del Black Bloc, que siempre disfrutan cambiando un poco la decoración del lugar, apedreando las ventanas de las empresas, haciendo pintadas, arrojando cubos de pintura a las fachadas, sembrando la calzada de chinchetas, destrozando los semáforos, colándose en los cajeros automáticos, empotrando cubos de basura contra los escaparates de las tiendas.
Ese tipo de cosas.
—Si se lía tenemos carta blanca, ¿verdad? —dice uno de los compañeros de Junior—. Podemos recurrir a cualquier medio necesario para detener a esa gente, ¿certo?
—¿Cualquier medio necesario? —pregunta otro.
—Sí, imbécil, la fuerza. Podemos hacer un uso adecuado de la fuerza. Tenemos luz verde. No hay más que hablar. Podemos hacer lo que nos salga de los cojones con el primer capullo respondón que venga a alterar la paz, ¿entendeu?
Junior no dice nada. Por lo menos son entusiastas, y al chaval no le falta razón, mais ou menos.
Bolsonaro está arrasando en la primera vuelta de las elecciones, lo que les concede un poco más de margen de maniobra. Su índice de aprobación entre la Policía Militar roza el cien por cien, algo que no es de extrañar habida cuenta de su carrera en el ejército y de su estrategia para acabar con los delincuentes, que consistiría en ordenar a los matones de la Policía Militar que los borren del mapa.
En São Paulo hay un viejo dicho que sale a relucir cada vez que un policía o un agente de seguridad privada se cargan a algún maleante.
Lo dicen encogiéndose de hombros, con indiferencia:
Menos um.
En una ciudad como ésta, el único delincuente bueno es el delincuente muerto.
Bolsonaro abandera ese mensaje, piensa Junior, y no es de extrañar que vaya a ganar las elecciones en São Paulo. Pese a todos los votantes de izquierdas, los estudiantes, los radicales y los buenos samaritanos, también se hará con esta ciudad.
Y el motivo, Junior lo sabe, es que buena parte de los progresistas que en circunstancias normales votarían a la izquierda tienen un cabreo tan monumental con el Partido de los Trabajadores, con Lula y Dilma y la que tienen liada, que preferirían votar a Jair Bolsonaro o no votar en absoluto.
Junior no acaba de entenderlo. Votar es una obligación legal. No votar es un coñazo administrativo y burocrático mucho mayor que hacerlo.
En el fondo, se trata de ejercer el derecho al pataleo.
Se arrepentirán de hacerlo, Junior está convencido.
Los chicos siguen de cháchara.
—El caso, vale, es que el país está preparado para un cambio y en estas elecciones habrá mucho voto de castigo. Para joder a los de Brasilia, ¿sabe? La gente va a votarnos a nosotros, a las organizaciones que existen al margen de la política y sin las cuales este puto país acabaría de hundirse, ¿vale?
Junior los escucha a medias, pero cree que su joven compañero no anda desencaminado. Se llama Felipe, es más listo que el hambre y no tiene escrúpulos.
Llegará lejos.
—Verás, lo que la peña de izquierdas no acaba de pillar es que el atentado contra Bolsonaro, ese tarado que fue a por él con un cuchillo durante el mitin, ha servido para fortalecerlo. Lo que no mata... ¿entendeu?
Junior cree que tampoco en eso le falta razón.
—Bolsonaro tiene sus virtudes —dice Felipe—, pero no se le dan bien los debates, el cara a cara con otros políticos. Lo bueno es que ahora ni siquiera necesita debatir. Es la hostia. Y de paso demuestra que los tiene cuadrados. —Se echa a reír—. Nadie puede detenerlo. El mismísimo Dios lo ha elegido para salvar a Brasil.
—Eso no te lo crees ni tú.
—Da igual, mucha gente lo cree.
Junior suelta un suspiro, niega con la cabeza.
Es el agente con más experiencia sobre el terreno y quiere que se explayen a gusto.
No hay un alma a la vista. Los bares están todos cerrados, los centros comerciales bajaron la persiana hace horas.
Es un espacio inmenso, la avenida Paulista, un monumento al poderío financiero de la ciudad, un gran símbolo excluyente de poder y riqueza.
Pero los domingos por la noche está desierto.
Junior apenas distingue algún movimiento en lo alto de la rua Augusta, en la intersección con la avenida Paulista, la zona donde los bares de moda, las padarias, los restaurantes italianos y puestos de pizza seguramente harán algo de negocio. Más abajo están las chicas que hacen la calle y los clubes de striptease, los estudiantes y los nóias, los adictos al crack, que están todos paranoicos perdidos.
Por una calle paralela a la rua Augusta, hacia la derecha, se llega al famoso paraíso de los maricas, el barrio de Consolação. Seguramente estarán de duelo esta noche, piensa, en el centro comercial de la zona, conocido como «Gay Caneca» aunque en realidad se llama Frei Caneca.
Junior se ríe para sus adentros.
Lo curioso del caso es que los habituales lo usan como un apodo cariñoso y los que no como un insulto.
Junior no sabría qué conclusión sacar al respecto.
No es un barrio que frecuente demasiado. No podría permitirse vivir en los lujosos edificios residenciales que salpican la falda del monte desde la avenida Paulista hacia abajo, un derroche de cristal curvilíneo y hormigón pintado. Y en las calles que rodean el centro comercial —vegetación más frondosa en las esquinas, bares y discotecas de una sola planta— abundan los espectáculos de drags y los karaokes, negocios legales que se convierten en garitos de chaperos en el extremo más sórdido del barrio, con rótulos de neón que anuncian AMERICAN BAR o su equivalente en portugués, el muy revelador BARRA AMERICANA, cuya terminación femenina indica que estamos ante un mundo eminentemente masculino.
El centro comercial en sí no es más que otro puto centro comercial, de modo que, si bien Junior se considera un tipo sin prejuicios, no hay demasiadas cosas que lo atraigan en el barrio de Consolação.
Es lo que hay.
Por supuesto, pase lo que pase, Bolsonaro ha dejado muy clara su postura ante la comunidad LGTBIQ, como se supone que Junior debe llamarla ahora.
Dicha postura se resume en que los padres deberían cambiar la orientación sexual de sus hijos afeminados a base de hostias.
Y, sin embargo, Junior ha comprobado que hay grupos de homosexuales que no tienen reparos en reconocer que van a votarlo.
No hay quien lo entienda, desde luego.
Es un puto lío.
Felipe sigue a lo suyo, dale que te pego.
—Creedme, chavales, a partir de ahora vamos a ser los reyes del mambo. Vamos a...
—Vale, ¿chega, né, Felipe? Ya basta —le advierte Junior—. ¿Qué tal si tú y este público tan entregado os vais a dar una vuelta a la manzana?
—Calma —repone Felipe.
Junior lo fulmina con la mirada.
—Ya vamos,