El último verdugo (edición limitada)

Toni Hill

Fragmento

 ultimoverdugo-2

Prólogo

 

 

 

 

Hebden Bridge, West Yorkshire, 1990

 

«Está anocheciendo y mamá no llega».

Ha empezado a soplar un viento frío y Tommy lleva un rato oyendo las ramas de los árboles, que se agitan y emiten un murmullo sibilante. Quizá le advierten que entre en casa a buscar una sudadera, aunque él no piensa hacerlo. Se siente en la obligación de quedarse allí, en el jardín de casa, mirando el muro al que Neil se encaramó hace un rato. Tommy no sabría decir cuánto, porque solo tiene seis años. Es incapaz de calcular si han pasado treinta minutos, o tal vez incluso más. No llega a entender por qué hay veces en que las horas son tan lentas, como cuando mamá los obliga a esperar a haber hecho la digestión antes de bañarse en la playa, y otras en que sucede todo lo contrario: apenas ha salido a jugar con su hermano después de la merienda y ya los están llamando para cenar. Lo único que puede afirmar a ciencia cierta es que no hacía frío cuando Neil se fue, y que se veía con claridad el neumático reconvertido en columpio que ahora es apenas una mancha oscura situada en un rincón del jardín. Y el muro. Ese que ahora es una barrera negra. La tapia que los separa de la propiedad de los Bodman.

Tommy sabe algo más. Se lo han dicho muchas veces sus padres y, hace solo un poco, también su hermano. No hay que acercarse a la casa de los Bodman. «No te muevas de aquí», le ha ordenado Neil en un tono muy serio, y él no se ha atrevido a responderle que la prohibición de no rebasar esa frontera iba, en realidad, dirigida a los dos. Al fin y al cabo, alguien tenía que ir a buscar la pelota y a Neil le gusta ser el líder.

Con casi nueve años, Neil está convencido de que es una especie de segundo papá para Tommy, y a veces le riñe más que su padre de verdad. Claro que su padre no se enfada nunca con ellos. Ni siquiera el día en que tuvo que salir a buscarlos en plena noche porque él, Neil y el hijo pequeño de los Bodman, que va a la misma clase que Tommy, se habían ido de aventuras. Se montaron en una barca que había abandonada a orillas del canal y, empujados por la ligera corriente, avanzaron más lejos de lo previsto. Charlie Bodman se puso nervioso porque no quería llegar tarde a cenar; al intentar conducir la barca hacia la orilla, se cayó al agua. Neil tuvo que ayudarlo a salir mientras Tommy, orgulloso y seco, los miraba. Se les hizo tardísimo: iniciaron el camino de vuelta de noche, con Charlie y Neil chorreando. Luego Charlie se empeñó en tomar un atajo campo a través y este resultó ser un camino aún más largo. Su padre no se enfadó con ellos cuando llegaron, pero le brillaban los ojos de preocupación y los abrazó con fuerza; en cambio el señor Bodman se puso furioso, tanto que no le salían las palabras y empezó a tartamudear. Entonces a Neil le entró la risa floja y el señor Bodman le regañó en un tono muy agitado, tanto que su padre se interpuso entre ambos y los dos adultos estuvieron a punto de llegar a las manos. Aquella no había sido la primera discusión, pero desde ese día ya no pueden acercarse a la casa de los Bodman ni jugar con Charlie

A Tommy no le importa que no los dejen jugar juntos: Charlie era un pesado que hacía trampas y que siempre echaba la culpa de todo a los demás. Según Neil, era porque el papá de Charlie era mucho más estricto que el suyo, quien, en realidad, nunca los castigaba. Tommy no entendió la explicación ni le parecía bien. Para él la verdad era un valor absoluto y la mentira, una ofensa imperdonable, como decía mamá. Sobre todo cuando se mentía en beneficio propio. Y había sido Charlie quien destrozó los rosales de su padre en primavera, no ellos: los pisoteó a conciencia, una y otra vez, cuando en casa le prohibieron ir a la excursión de final de curso porque se le había olvidado regar las plantas del jardín. Tommy no comprendía por qué habían tenido que aguantar un sermón a gritos del señor Bodman, por mucho que su hermano le dijera que era un favor que le hacían a Charlie. Por si fuera poco, papá les hizo comprar unos rosales nuevos con sus ahorros y plantarlos en lugar de los otros, bajo la mirada severa del señor Bodman. Tommy recuerda lo que les dijo su padre: «Os permito una sola travesura importante por estación, ¿está claro? Os toca portaros bien hasta el verano». De hecho, terminó siendo así. Lo del canal pasó unos meses después, el verano anterior. Y a partir de entonces no han vuelto a dirigirse la palabra, ni los mayores ni los niños.

Neil no vuelve. Mamá había salido para llevar un encargo a la casa de los Clarke, y Neil se había negado a ir porque cada vez que ve a Samantha Clarke se pone muy rojo y empieza a tartamudear. A Tommy no le habría importado: le encanta acompañar a su madre a todas partes, sobre todo cuando papá está en Mánchester, como ahora, organizando alguna de sus exposiciones. Neil la convenció de que podían quedarse en casa jugando, de que no iba a pasar nada, de que él se ocuparía de Tommy. Y ahora Tommy está solo, sin saber qué hacer. Las ramas de los árboles susurran cada vez con más fuerza y él comprende de repente lo que le están diciendo. Le chillan que esto no es normal. Que Neil debería haber regresado hace mucho. Que no hay ningún motivo para que su hermano tarde tanto cuando solo tenía que saltar el muro, recuperar el balón y volver corriendo a casa. Que su deber es ir a buscarlo.

Tommy no es un niño atolondrado y sabe que lo primero que necesita para aventurarse en el jardín prohibido del señor Bodman es una linterna. Corre al cobertizo a buscar una y la prueba varias veces. Durante los primeros segundos se siente un poco más seguro con ella encendida; luego descubre que la luz también provoca sombras y que estas dan más miedo que estar envuelto en la oscuridad. Respira hondo y se arma de valor, intentando mirar solo hacia delante, caminar deprisa hacia donde debe ir sin distraerse con los rumores que parecen acecharle. Tommy deja la linterna en la parte superior de la tapia poniéndose de puntillas y luego se encarama sobre el muro. Le cuesta hacerlo, debe tomar carrerilla un par de veces antes de lograrlo y se rasca la rodilla cuando por fin consigue colgarse de la parte superior y alzarse hasta apoyar medio cuerpo sobre la tapia. Un último esfuerzo lo lleva a caer en el jardín vecino. Se apresura a recuperar la linterna de encima del muro, enfoca hacia la casa y respira aliviado. Todo está a oscuras: no hay nadie. No tendrá que en­frentarse a ningún miembro de la familia Bodman.

El terreno de los Bodman es mucho más grande que el suyo. Tommy sabe que frente a la casa hay una zona ajardinada, donde estaban los dichosos rosales. El resto es una extensión de tierra cubierta de maleza, un espacio tan irascible y hostil como su dueño, lleno de trastos inútiles: un motor viejo, herramientas oxidadas, sacos de cemento. Charlie presumía de que iban a construir una piscina, pero eso nunca ha pasado, y Tommy en parte se alegra: sería una tortura oír a Charlie chapotear en los días calurosos del verano sin que ellos pudieran bañarse también.

Tommy avanza despacio por el suelo desigual, plagado de arbustos y de malas hierbas, y enfoca hacia la antigua caseta de Buster, el perro de los Bodman. Habían visto como la familia lo enterraba en uno de los rincones de la finca. «No me extrañaría que ese zumbado hubiera molido a palos al pobre bicho», había dicho su padre en voz alta, y mamá lo había hecho callar. En ocasiones habían oído los gritos furiosos del señor Bodman amenazando a Charlie o a su hermano mayor, pero Tommy y Neil sabían que sentía una adoración absoluta por Buster. Quizá porque era el único de esa casa que siempre le obedecía.

—¡Neil! —llama Tommy en voz baja, sin saber muy bien por qué no levanta más la voz.

Quizá porque la oscuridad obliga a mantener un relativo silencio. O quizá porque recuerda que Derek Bodman, el hermano mayor de Charlie, le contó que algunas noches el espíritu de Buster salía de la tumba a cazar gatos y otros animalillos que devoraba antes de volver bajo tierra. Desde la casa oían sus gruñidos y por las mañanas encontraban los cadáveres reducidos a huesos. Tommy lo creyó a medias, porque todo el mundo sabía que Derek no era muy listo y disfrutaba asustando a los niños pequeños. Mamá siempre decía que Derek Bodman era un caso perdido. Pero ahora la historia vuelve a él con fuerza porque en ese páramo oscuro uno podría esperar encontrarse con cualquier cosa. Viva o muerta.

—¡Neil! —repite en voz más alta, moviendo la linterna hacia uno y otro lado, temeroso de que aparezca el perro fantasma, famélico y aterrador, listo para para arrancarle la carne a mordiscos.

No hay rastro del perro de ultratumba, pero tampoco de Neil. El silencio allí es palpable y abraza a Tommy como un manto invisible y frío. Por primera vez desde que empezó todo esto —desde que él chutó la pelota con mucha fuerza y se coló en la propiedad de los Bodman, desde que su hermano saltó para ir a buscarla y él aprovechó para ir al cuarto de baño y luego pasó por la cocina a por unas galletas, desde que salió de nuevo al jardín y llamó a Neil pensando que se habría escondido para gastarle una broma, desde que tomó la decisión de saltar—, Tommy siente algo que no es desconcierto ni miedo. Las lágrimas que empiezan a rodarle por las mejillas son de impotencia.

Llora con rabia porque él no debería estar ahí resolviendo esa situación. Llora enfadado con sus padres e incluso con Neil. Llora porque todo es injusto, Llora, furioso consigo mismo, porque solo tiene seis años y necesita ayuda.

Entre hipidos, se sienta e intenta calmarse. Y entonces, al enfocar el suelo con la linterna, hace un descubrimiento revelador que consigue frenar las lágrimas y darle esperanza. La pelota. La pelota está cerca de uno de los montones de chatarra del señor Bodman.

Se arrastra hacia ella sin levantarse: el rescate del balón se ha convertido ahora en el objetivo de una misión secreta. Lleva la linterna en la mano derecha y avanza como ha visto hacer a los soldados en las películas. Cuando tiene el balón a pocos centímetros, extiende el brazo izquierdo para cogerlo mientras dirige el haz de luz hasta más allá, hacia un punto donde el terreno parece hundirse abruptamente. Al verlo, Tommy empieza a gatear más deprisa porque de repente ya solo quiere descubrir que hay más allá. Aunque hace tiempo que no juega en el jardín de los Bodman, está seguro de que ese agujero nunca estuvo allí.

Se asoma al borde como quien se acerca con prudencia al filo de un precipicio y enfoca con la linterna hacia el fondo. Al principio no ve nada, solo un foso negro y hondo. Tiene que desplazar medio cuerpo sobre el hoyo, y mover la luz hacia un lado para distinguir algo. Primero ve una pierna, sucia de tierra. Luego, al dirigir el foco hacia la derecha, descubre la camiseta roja del equipo favorito de Neil.

Lo llama una y otra vez, grita su nombre durante un buen rato. Después, sin darse cuenta, sigue repitiéndolo en voz baja, solo para sí mismo, porque empieza a comprender que su hermano ya no lo oye. Y que nunca volverá a contestarle.

 

 

PRIMERA PARTE

Invierno

 

 

 

 

 

 

Se despierta aturdido, con el estómago vacío y un intenso mareo. Lo primero que hace al recobrar la consciencia es entrecerrar los párpados para enfocar mejor, un empeño inútil porque está rodeado de la más absoluta oscuridad. Le cuesta respirar y comprende a medias que le han cubierto la cara con algo, una tela áspera que le roza en la frente y la nariz. Intenta mover las manos, sin conseguirlo. Tampoco logra incorporarse porque algo lo sujeta por el pecho y se imagina atado a una camilla. Al mover la cabeza de un lado a otro, nota que el cuello le choca con algo frío y recio, una especie de collar rígido. Trata de gritar, pero no sabe si lo consigue: la voz parece retumbar solo en sus oídos, como si estuviera sumergido en agua, porque la tela que le envuelve la cara amortigua el sonido. El pulso se le acelera y su piel empieza a bañarse de una capa de sudor frío.

Sin comprender lo que le está pasando, lucha contra las cinchas que lo oprimen. Intuye que no puede quedarse quieto; huele el dolor inminente, lo presiente en la negritud total de ese entorno desconocido. Se calma un poco cuando siente una mano apoyada en la cabeza, quizá porque el contacto humano tiende a infundir esperanza. Una voz le susurra al oído algo que no entiende, pero que, de nuevo, le transmite esa idea de que, dondequiera que esté, no se encuentra completamente solo. Hay alguien más allí. Esa voz y esos dedos pertenecen a una persona que quizá pueda ayudarle, ofrecerle consuelo o algún tipo de salida. Las lágrimas acuden a sus ojos y él balbucea un último ruego, una petición de clemencia ante esa amenaza tan real como invisible que lo acecha, lo rodea, se le cuela hasta las tripas a través de los poros de la piel.

El terror estalla cuando dilucida lo que la voz le estaba murmurando al oído. Cuando las palabras sueltas —oración, rezar, momento, última, garrote— conforman una frase que su cerebro es capaz de procesar, su cuerpo reacciona con un corazón desbocado y una nueva capa de sudor frío.

Luego todos sus sentidos se confunden, las sensaciones se mezclan. Oye un jadeo a su espalda y un ruido metálico que precede a la súbita presión que siente en el cuello. Abre los ojos en busca de una luz invisible al tiempo que la boca lucha por capturar el aire. Nota el contacto de algo puntiagudo, un aguijón dirigido a la nuca, y en su último momento de lucidez el miedo se transforma en un anhelo desesperado. El deseo de que todo termine, de que la muerte se imponga a la agonía, de que el maldito verdugo acabe cuanto antes su trabajo.

 

 

 

 

Lena

1

 

 

 

 

Barcelona, 11 de enero de 2021

 

«Las escenas de un crimen están plagadas de mensajes; para los expertos son una puerta abierta que permite indagar en la mente del asesino».

Lena recuerda haber escrito estas frases en su libro Cara a cara con el mal, y sabe que las ha pronunciado en sus clases y conferencias sobre psicología del crimen. Sin embargo, cada vez que está a punto de enfrentarse a un escenario real, siente un rumor a su alrededor, un enjambre de dudas molestas. Esa «puerta abierta» que tan bien suena en la teoría a veces se convierte en una simple rendija por la que intentar atisbar lo que subyace a lo evidente. Piensa eso mientras espera a que alguien la acompañe a la escena. Aún no ha amanecido: el aire gélido de la noche se combina con la clase de frío que la destempla desde dentro y para el que no existen prendas de abrigo.

—Oiga, no puede estar aquí. Retírese, por favor —le ordena un agente de los mossos, en un tono educado pero firme.

Lena contiene la respiración durante unos instantes para no responder con contundencia que está plenamente autorizada para hallarse allí. Es más, que han requerido su presencia con una llamada intempestiva, y que, como el agente puede entender, ella preferiría seguir en la cama en lugar de haberse desplazado en pleno invierno hasta ese paraje inhóspito situado más allá del Tibidabo, en las ruinas de un antiguo casino del que Lena nunca había oído hablar.

—Soy la doctora Lena Mayoral —responde—. Me ha llamado el subinspector David Jarque.

El agente le pide que aguarde detrás del perímetro señalizado justo cuando aparece otro coche de los mossos. El sonido de las ruedas sobre el camino de tierra da paso a unos faros potentes que deslumbran a Lena y al agente. Poco después, unos pasos rápidos se aproximan hacia ellos, y Lena reconoce a David Jarque: un tipo corpulento pero ágil.

—Hola, señora Mayoral. Gracias por venir.

—Buenos días, subinspector —señala ella.

Jarque le hace señas para que espere y se lleva al agente a unos pasos de distancia. Lena oye retazos de la conversación y observa como se une a los dos hombres un tercero, que procede de la escena del crimen perimetrada a la que ella aún no ha tenido acceso. En la breve charla queda claro que David Jarque está autorizado para hacerse cargo de esa investigación. De repente, Lena comprende a qué viene todo esto. Los terrenos del casino se encuentran en el término de Sant Cugat del Vallès, un municipio cercano a Barcelona que pertenece al ABP de Rubí. Mientras terminan de dilucidar el tema de las competencias, Lena se aleja del grupo y de la zona de acceso restringido. El sol empieza a asomarse y, con él, una luz azulada que permite discernir los contornos del edificio que entreveía cuando llegó.

Apenas quedan en pie paredes de lo que antaño debió de ser una construcción lujosa. Ruinas invadidas por la maleza, empeñada en demostrar que la naturaleza, en su versión más rebelde, es capaz de imponerse a toda intervención humana. Hay algo deprimente en estos muros que ya solo sirven para enmarcar un terreno agreste y descuidado, y que han sufrido el embate de grupos de grafiteros decididos a despojarlos de los últimos restos de dignidad: pintadas coloridas y a veces obscenas que se burlan de la elegancia que un día representaron. A su alrededor, el bosque se espesa devorando el espacio sin el menor recato. Lena siente un escalofrío al oír unos pasos entre los árboles seguidos de un jadeo que no puede ser humano. A su derecha, unos escalones se internan en las profundidades de ese bosque formando un camino que resulta más bien tenebroso.

De repente, en lo alto de esa escalera improvisada aparece la silueta de un animal. Lena da un paso atrás al distinguir la forma oscura que se ha detenido allí y que parece observarla con severidad, casi como si estuviera cuestionándole su presencia en unos dominios que no le corresponden. Permanecen unos segundos contemplándose a distancia: el amo del bosque situado arriba, grande y soberbio, y ella, una simple y minúscula intrusa que no se atreve a dar ni un paso hasta que la criatura, con actitud de desdén, da media vuelta y se pierde entre los árboles.

—Señora Mayoral…

—Eso era un jabalí, ¿verdad? —pregunta ella, aún impresionada.

—Me temo que sí. No son carnívoros, pero yo que usted no me acercaría mucho.

Lena había visto a David Jarque en una ocasión antes de esta noche, y durante poco rato. De aquel encuentro salió con la sensación de que el subinspector no era precisamente un fan de la psicología aplicada al crimen, y por eso le ha extrañado bastante la llamada de esta noche. Jarque debe de tener unos cincuenta y pocos, y su mirada parece bondadosa. Bien afeitado incluso a esas horas, a Lena le hace pensar en los padres de familia de las películas norteamericanas que veía de niña: afables, cariñosos, seguramente también estrictos si era necesario, pero nunca crueles. Lena siente casi envidia de esos pocos kilos de más que en algunos hombres resultan atractivos y evidencian que no viven obsesionados por el físico.

—Disculpe que la hayamos sacado de la cama a estas horas.

—No importa. Pero ya que he venido me gustaría ver algo más que un jabalí. —Se da cuenta de que su frase ha sonado más bien antipática cuando no era su intención. A veces, su impaciencia suena a malhumor.

—Por supuesto. Todo aclarado con la gente de Rubí. Acompáñeme, por favor.

Lena lo sigue y juntos regresan a la zona perimetrada donde el agente que la interceptó a la llegada ni los mira. Se adentran en esa parte del bosque, justo debajo de un torreón antiguo y decadente, el vestigio más visible del casino que se alzaba allí. El frío del amanecer es cada vez más intenso y empieza a levantarse un viento desapacible que parece querer ahuyentarlos. Lena mira hacia delante: lo primero que distingue, aparte de las personas que trabajan en la zona, son unas luces de colores que centellean a unos metros, y esa imagen, tan fuera de lugar, despierta su interés y la lleva a acelerar el paso. En ese momento, la curiosidad se impone a la prudencia y casi disipa el frío. A su lado, Jarque camina en silencio, casi resignadamente, y saluda al forense y a la jueza de guardia.

Ella los deja atrás: aquí y ahora le sobra todo el mundo, preferiría estar sola con la obra del asesino. Es un deseo imposible. La cantidad de profesionales que rondan por la escena de un crimen le recuerda a un mercadillo. Lena intenta aislarse mentalmente, contemplar solo el legado del monstruo, dejar que su cuerpo y su piel reaccionen de manera visceral a la estampa que el asesino quiso componer.

Pasa al lado de un grupo de cuatro o cinco jóvenes a los que aún están tomando declaración. Aunque van bien abrigados, acusan las horas de frío y el cansancio. Según le contaron brevemente por teléfono, los chavales habían encontrado el cuerpo mientras estaban de botellón en la zona. Está claro que ella ha dejado atrás esa fase de la vida, si es que alguna vez pasó por ella, porque la mera idea de emborracharse en un bosque en pleno invierno se le antoja un despropósito. Cruza la mirada con una de las chicas y piensa en ella veinte años antes, cuando tenía su edad. No consigue ver nada de sí misma en esa cara ojerosa y apática que pide en silencio que la dejen volver a su casa. Un chaval altísimo, vestido con una cazadora de ante de color marrón claro forrada de borrego, hace el gesto de pasarle un brazo por los hombros y la chica se deja abrazar sin demasiado entusiasmo. Está claro que sus planes para la noche no incluían este fin de fiesta.

Tampoco Lena pensaba empezar el día aquí, entrando al amanecer en el escenario de un crimen, con las manos en los bolsillos del chaquetón, intentando concentrarse solo en lo que ha venido a analizar. Y lo que ve consigue borrar todo lo que la rodea durante unos instantes. Ahí ya no hay agentes, ni expertos forenses, ni jovencitas hastiadas, ni siquiera el subinspector Jarque. Solo están ella y el cuerpo de ese hombre, el cadáver recostado en un árbol, con los ojos vendados y el rostro enrojecido. Aunque esto último también podría deberse al reflejo de una ristra de luces de colores parpadeantes que cuelga de una de las ramas y cae sobre el cuerpo, confiriéndole el aspecto de un payaso siniestro y ciego que da la bienvenida al túnel del terror.

A simple vista se aprecia que era un hombre alto, de complexión robusta. La muerte le confiere ahora un aspecto desmañado, casi patético, realzado por aquella boca, desesperadamente abierta, como si aún tuviera esperanzas de conseguir el oxígeno que le faltó.

Lena da un paso adelante y se arrodilla para ponerse a la altura del cuerpo. Un agente situado a su lado lo enfoca con la linterna. Lena observa contusiones en la mejilla izquierda y unas marcas muy visibles en las muñecas y en el cuello. Aparte de eso, está bien vestido y hasta se diría que bien peinado, como si el asesino se hubiera tomado la molestia de adecentarlo para dejar al mundo un cadáver presentable.

—Lo mataron hace unas diez horas, quizá menos —apunta el forense, que se ha acercado a ella sin hacer ruido.

—¿Estrangulamiento? —pregunta Lena, un tanto sorprendida.

—Eso parece. Mire las abrasiones del cuello y… —El forense se agacha a su lado para mostrarle la oreja izquierda del cadáver: hay rastros oscuros, con toda probabilidad de sangre seca—. Estoy seguro de que cuando le quitemos la venda encontraremos petequias en los globos oculares. Lo estrangularon con algo rígido y duro. Una cadena tal vez, aunque es pronto para saberlo. Muy bestia todo.

Lena asiente, procesando este dato para incluirlo en una ficha mental que ya traía parcialmente hecha.

—Entonces ¿no murió desnucado?

—El subinspector acaba de preguntarme lo mismo. Pues miren, no. Es obvio que lo estrangularon. Y sufrió, de eso no cabe duda. Mire las uñas, están destrozadas. Se aprecian también marcas en las muñecas. Yo diría que estuvo atado durante un buen rato; luego el asesino se puso detrás, le rodeó el cuello con un instrumento rígido y…

El forense suelta un gorgoteo ronco, poco respetuoso pero muy descriptivo, y a continuación se encoge de hombros. Lena le pide al agente de los mossos que ilumine el resto del cuerpo.

—¿Busca algo por ahí? —pregunta el forense—. Sabremos mucho más cuando le hagamos la autopsia… aunque me da la sensación de que tanto usted como el subinspector traen algunas ideas preconcebidas. ¿Me equivoco?

Lena se fija bien en él por primera vez: es un hombre joven que no parece impresionado por la estampa que tiene delante. Ella siempre se ha preguntado qué mueve a alguien a trabajar rodeado de muertos. En ese lapso, cuando las lucecitas pasan del rojo y el verde al amarillo y el azul, Lena distingue algo en la boca del cadáver.

—¿Qué hay ahí?

El forense se acerca más al cadáver, molesto consigo mismo por haber pasado por alto el detalle. Aparta la lengua, que es ya un trozo de carne rígido e hinchado, con unas pinzas.

—Parece un papel —murmura—. Sí, es un papel doblado.

Las lucecitas de colores siguen parpadeando y ella se acuerda del arbolito de Navidad de cartón con los adornos incorporados que puso en su casa tres o cuatro años atrás solo porque se le hacía raro no tener ninguna decoración navideña. La deprimía tanto verlo que lo tiró a la basura antes de Reyes.

Mientras tanto, el forense ha extraído la hoja de papel y procede a desdoblarla con sumo cuidado. Lena se calla, ya que está casi segura de lo que hay escrito en ella. Lo mismo que en los otros dos muertos, pese a que en esos casos el asesino no se lo metió en la boca: se limitó a dejar el mensaje en el bolsillo de uno y a prenderlo de la chaqueta del otro con un alfiler.

—Hay algo escrito… Mierda, se me empañan las gafas con la dichosa mascarilla. Mire.

Lena asiente y sus labios dibujan en silencio la frase al mismo tiempo que el forense la pronuncia en voz alta:

«Alguien tiene que hacerlo»

2

 

 

 

 

—Ya sabes que no puedo hablar de eso —responde Lena con un deje de cansancio en la voz.

Desde que trajeron el postre, su editor ha estado insistiendo con sutileza en el tema, jurándole que guardará el secreto. Lena lamenta no poder contarle nada. La confidencialidad del caso y su discreción natural se lo impiden. Además, hablar del tema también supondría admitir que los datos y las conclusiones hasta el momento son vergonzosamente escasos.

—Claro. —Él le guiña un ojo y ataca el sorbete de limón con expresión resignada—. Que conste que no es solo curiosidad: es fantástico que estés colaborando con los mossos en esto.

Ella sonríe. Hace ya cinco años y dos libros que conoce a Lucas Soldevila, responsable de no ficción de un gran grupo editorial. Él fue quien le encargó el primer libro, En la mente del asesino, y quien le pagó un sustancioso anticipo por el siguiente, Cara a cara con el mal. Ya están trabajando en el tercer libro, pero Lucas se enteró a saber cómo de su recién inaugurada colaboración con la policía y se apresuró a organizar esa comida, aplazada desde hacía meses por las restricciones sanitarias, con la excusa de la quinta reimpresión de su segundo título y con el fin de discutir «los futuros proyectos».

—Creo que es mejor que nos centremos en la idea que ya teníamos —prosigue ella—. De hecho, he estado trabajando un poco. Tengo varios casos escogidos ya.

—Sí, por supuesto. Jóvenes asesinos. Me encanta el título.

—Espero poder entrevistar a la mayoría.

—Sí, desde luego. Y no te preocupes por los viajes, hoteles y demás. Esta vez nosotros corremos con los gastos.

Lena alza la copa pidiendo un brindis, sorprendida por la noticia. Cuando publicó su primer libro, un tratado ameno y didáctico de psicología criminal, no pensó que se convertiría en un éxito de ventas ni que años después la gente lo seguiría leyendo. El true crime se había puesto de moda y el público estaba ávido de casos reales, desde una perspectiva psicológica. La apoyaba un currículum impecable, con estudios en el extranjero (que siempre eran citados por todos los medios), y una reconocida carrera docente. Su aspecto elegante, más bien conservador, y su facilidad de palabra le habían abierto también las puertas de algunas tertulias televisivas de gran audiencia. Su faceta de experta le había reportado una gran popularidad y recientemente había empezado a colaborar con la Guardia Civil y los Mossos d’Esquadra. Tenía motivos para estar orgullosa de sí misma. Y los elogios del editor, que se habían prolongado durante todo el primer plato y a lo largo de media botella de vino, contribuían a dicha sensación. Lena nunca había sido una gran bebedora, pero con la edad se había aficionado a los buenos tintos, como el que estaba degustando mientras envidiaba el postre de Lucas que ella se había prohibido. La niña gorda del pasado seguía estando dentro de ella y a veces se apoderaba de su voluntad. Esta noche, de momento, la mantenía a raya, emborrachándola para sofocar sus ansias de dulce.

El camarero se acerca a la mesa para preguntar si desean café y a ofrecerles un licor, cortesía de la casa. Ninguno de los dos pide nada, aparte de la cuenta, que corre a cargo de la editorial. Es un momento que a Lena siempre la hace sentir un poco incómoda. Absorta en eso, no se ha percatado de que Lucas seguía hablando, y de que había retomado el tema anterior.

—… al menos cuéntame cómo es el responsable de la investigación. Eso no es ningún secreto, ¿no?

Ella titubea.

—No, no es ningún secreto. —Se encoge de hombros—. Tampoco es que tenga mucho que decir. Lo he visto solo un par de veces. No sé, es un tipo serio, normal…

—¿Listo?

—Todos los policías son listos, Lucas. Lo del inspector cazurro es solo para las novelas malas.

Él parece contrariado.

—Sería espectacular que la mente más brillante del grupo fueses tú —le dice sonriendo.

Lena se ríe porque sabe que es una broma, pero no puede negar que en el fondo es competitiva y que ha disfrutado mucho demostrándole al subinspector Jarque que su opinión merece ser tomada en cuenta.

 

 

En cuanto llegó el informe de la autopsia del hombre encontrado en el antiguo casino, el inspector Raimon Velasco citó al subinspector Jarque, a dos sargentos y a ella. El informe confirmó las sospechas de todos. Las muertes de Marcel Gelabert Ribas, Agustín Vela Vázquez y Borja Claver Santamaría parecían obra del mismo sujeto perpetradas en distintos momentos. Alguien que los había secuestrado en plena calle de noche y los había asesinado pocas horas después.

«Un cazador —pensó Lena—, alguien que sale a merodear en busca de víctimas, un asesino al acecho, dispuesto a aprovechar la primera oportunidad para llevar a cabo su plan».

Tres víctimas en apenas ocho meses, aunque por suerte solo la última había saltado a los medios de comunicación. La gente estaba harta de noticias de la pandemia, y nada mejor que una muerte misteriosa para atraer el interés del público. Velasco quería discutir los últimos detalles del caso y definir las líneas de actuación ante la prensa.

Lena calculó que el inspector Raimon Velasco no debía de ser mucho mayor que Jarque. Eran dos tipos de hombre absolutamente distintos. El subinspector, de aspecto más informal, con un punto desaliñado en su atuendo, contrastaba con el señor trajeado que tenía a su derecha, más parecido a un político que a un policía. «Un mozo atildado», habría dicho su abuela. En apariencia, se llevaban bien. En cambio, los dos sargentos apenas se habían dirigido la palabra. Jarque hizo las presentaciones antes de acceder a la sala de reuniones: Cristina Mayo, Jordi Estrada. Él la observó con curiosidad; ella la saludó y desvió la mirada, quizá por timidez, quizá porque no terminaba de entender la utilidad de una criminóloga en esa reunión.

Al entrar en la enorme sala notó una corriente de aire frío: las ventanas estaban abiertas con el fin de ventilar el espacio. La mesa era tan grande que las distancias entre ellos resultaban casi incómodas, pero Lena agradeció las medidas. La campaña de vacunación había empezado ya, aunque con cuarenta años recién cumplidos y una salud de hierro, todavía faltaba para su turno.

—Gracias a todos por venir —empezó el inspector Velasco—. El tema requería una reunión presencial. Bueno, precisará más de una, me temo. Los de arriba están empezando a alarmarse.

—Hemos mantenido alejada a la prensa… hasta ahora —dijo Jarque, y extendió las manos en un gesto que venía a decir que no podía pedírseles más.

—Por supuesto —convino Velasco—. No obstante, rei­tero que entre todos tenemos que realizar un esfuerzo por minimizar el impacto de la noticia. La población está ya sometida a suficiente tensión este año como para añadirle una inquietud de este calibre.

Jarque esbozó una media sonrisa y Lena se preguntó si el inspector hablaba siempre así: en voz muy baja y con una entonación ligeramente pedante.

—Todo seguiría igual si no se hubiera viralizado el vídeo del dichoso perro. La gente se vuelve loca con estas chorradas sentimentales —dijo el subinspector Jarque.

Lena sabía a qué se refería: a Sultán, el bóxer de Borja Claver, la víctima encontrada en el antiguo casino. El mismo vecino que había visto a Claver salir con el perro la noche de su desaparición declaró que el animal había llegado la mañana siguiente, solo y con aspecto hambriento, y se había apostado ante la puerta a aullar como un bebé. El vecino, conmovido, no tuvo mejor idea que grabar un vídeo y compartirlo en sus redes sociales. Así fue como la desaparición de Borja Claver pasó a ser noticia. El posterior hallazgo de su cadáver había aparecido en los titulares de algunos medios digitales. «Muerto en extrañas circunstancias el dueño de Sultán», decían los más comedidos. Lena incluso había leído uno que rezaba: «¡Sultán se queda sin su papá!», como si el fallecido, Borja Claver, propietario de varias tiendas de muebles, solo existiera en calidad de dueño de una mascota a la que había dejado huérfana.

—La gente abraza causas y las olvida rápido —atajó el inspector—. De lo que se trata es de no ofrecer más carnaza a los medios. No nos interesa en absoluto que empiece a circular la noticia de que hay un asesino en serie en Barcelona. Porque nos enfrentamos a eso, ¿verdad?

—No sé si podremos evitarlo durante mucho tiempo. Pero se intentará, inspector, se intentará. —Jarque hizo una pausa—. Y sí, tenemos a un pirado suelto por las calles. Tres muertos en ocho meses. Podría ser peor, supongo…

Velasco revisó unos papeles que tenía delante.

—¿Esta frecuencia podría clasificarse como estándar, señora Mayoral? —preguntó el inspector—. Por cierto, le agradezco a usted especialmente que se haya desplazado hasta aquí. Quiero que sepa que tenemos plena confianza en su criterio. Su currículum académico es impresionante y hablo en nombre de todos al afirmar que la posibilidad de contar con su colaboración supone un verdadero honor para nosotros.

Lena se sonrojó un poco, aunque no le había pasado por alto el énfasis que el inspector Velasco había puesto en el adjetivo «académico». Ya estaba acostumbrada. Se en­contraba ante personas que llevaban años atrapando delincuentes más o menos comunes sin necesidad de recurrir a criminólogos, y entraba dentro de lo esperable que su presencia despertase suspicacias. Carraspeó un poco antes de responder.

—Muchas gracias, inspector. Espero serles útil. Y en relación con su pregunta, me temo que no hay estándares cuando hablamos de asesinos en serie. Cada uno sigue sus propias reglas.

—Veamos… —retomó el inspector—. La primera víctima, Marcel Gelabert Ribas, fue encontrado el 12 de mayo de 2020, causa de la muerte: traumatismo craneal. El segundo, Agustín Vela Vázquez, aparecido en el parque del Guinardó el 20 de agosto de 2020, misma causa. Y por último, Borja Claver Santamaría, hallado el 11 de enero de 2021 en la Rabassada. Estrangulado. ¿Hay indicios para pensar que no se trata del mismo sujeto en este último caso? ¿O al menos para establecer una duda razonable al respecto?

—No creo que existan muchas dudas, inspector. El modus operandi de los asesinos en serie puede variar en función del momento y de las circunstancias. Lo que no varía es su firma.

—¿Se refiere a las notas?

Lena asintió.

—Sí, pero no solo a eso. En dos de los casos, las víctimas tenían los ojos vendados. Los tres hombres fueron raptados en lugares públicos horas antes de su muerte. Todos fueron conducidos al lugar donde los asesinaron. Y entre veinticuatro y treinta y seis horas después de la de­saparición los trasladaron de nuevo para colocarlos en los espacios públicos donde fueron hallados.

—No es exactamente así —intervino el sargento Jordi Estrada—. Los márgenes temporales también han ido variando. El primero, Marcel Gelabert, apareció pocas horas después. De hecho, como vivía solo, se halló el cuerpo antes de que alguien notase su ausencia. Con el segundo se demoró un poco más: alrededor de un día entero. Ahora, con el dueño del perro, han pasado cuarenta y ocho horas desde que se le vio por última vez hasta su aparición en el casino. Y gracias a que un grupo de chavales tuvo la genial idea de ir de botellón allí: podríamos haber tardado semanas en encontrarlo.

—En efecto. —Lena hizo una pausa. Luchar contra los estereotipos generados por el cine o la televisión no era sencillo. En la ficción resultaban coherentes los asesinos metódicos, que ejecutaban sus actos con la exactitud de robots. La vida real era otra cosa—. Pero eso no tiene por qué ser raro en sí mismo. Piense, piensen todos, en cómo se vive la experiencia desde el punto de vista del asesino. Es muy probable que pasara mucho tiempo fantaseando, anticipando el día en que llevaría a la práctica el ritual que ha imaginado, con el que se ha obsesionado. Tienen que entender la fuerza de ese deseo de matar, que muy probablemente ha estado reprimido durante años y que de repente se desborda. Con la primera víctima acabó enseguida porque las ansias de cumplir su fantasía eran demasiado poderosas.

—Dicho de otra manera, ya no aguantaba más —resumió Jarque—. Pero cuando habla de deseo, ¿se refiere a deseo sexual?

—No necesariamente, al menos no en el sentido clásico. Para muchos, la muerte de la víctima es la culminación de una fantasía de índole sexual: por eso suelen ser hombres que matan a mujeres o a otros hombres por los que se sienten atraídos. En este caso, sin embargo, no parece probable. No hay agresiones de ese tipo y las víctimas no responden a ninguna tipología física concreta. Dos hombres de mediana edad, uno más joven… no parece que sean el objeto de deseo erótico del asesino.

—También hay gente con gustos eclécticos… —murmuró la sargento Mayo en tono indiferente, aunque dejó la frase en el aire y cerró la boca, como si quisiera fingir que no había dicho nada.

—Entonces ¿qué diría usted que alimenta o impulsa el deseo de matar del sujeto en cuestión, señora Mayoral? —intervino Velasco.

—Es pronto para saberlo, inspector. El poder, por ejemplo, puede ser un gran propulsor. La fantasía de dominar, de erigirse en una especie de dios que decide sobre las vidas ajenas, es otra de las razones probables para los asesinatos. También puede sentir que el suyo es un cometido moral, una misión a cumplir.

—«Alguien tiene que hacerlo» —susurró Jarque—. ¿Qué diablos quiere decir con eso?

—Ya sé que no les va a gustar, pero todavía es difícil deducir la motivación del asesino. E intuyo que solo podremos llegar a ello a través de un perfil detallado de las víctimas.

La sargento Cristina Mayo tomó la palabra.

—¿Está segura? Llevamos meses con esto y hay pocos hilos de los que tirar. Yo me he encargado del primer caso: Marcel Gelabert Ribas, cincuenta y ocho años. Contable en una empresa de exportación de vinos. Su cuerpo apareció el 12 de mayo de 2020, como ya ha dicho el inspector, recostado sobre la puerta del teatro El Molino, en el Paral·lel. Allí no había lucecitas de colores: lo habían tapado con una manta y llevaba la cabeza cubierta por una capucha de tela negra. Lo encontró la brigada de limpieza al amanecer. Al principio lo tomaron por un borracho o un indigente. Luego vieron que estaba muerto, claro.

Cristina Mayo se calló algunos pormenores, como por ejemplo que a los de la brigada de limpieza se les había antojado divertido despertar al tipo con un chorro de agua. Con esa bromita podrían haber perdido la primera nota. Por suerte, el hombre la llevaba prendida de un alfiler en la camisa, por debajo de la chaqueta, y entre eso y la manta el papel apenas llegó a mojarse.

—La autopsia reveló que le habían fracturado las vértebras del cuello con una violencia extrema. Es casi imposible que se hubiera producido por una caída o cualquier otro accidente. Los detalles están en el informe… Pero, a lo que iba, hay poco que decir de la víctima. Un hombre tranquilo, soltero, que había vivido con su madre hasta un par de años antes del fallecimiento de esta. No tenía deudas, ni adicciones de ningún tipo más allá del coleccionismo. Con los años hubiera sido un potencial paciente con Diógenes, aunque de momento la casa seguía ordenada: llena de trastos pero limpia. Marcel Gelabert llevaba una vida monótona y aburrida.

—Hasta que se le ocurrió la idea de salir de juerga en pleno confinamiento —apuntó el sargento Estrada.

—Exacto. Sus compañeros se extrañaron al verlo. Tampoco es que fuera una gran f

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