La vidente (Inspector Joona Linna 3)

Lars Kepler

Fragmento

cap-2

1

Elisabet Grim, de cincuenta y un años, tiene el pelo cubierto de canas. Sus ojos son alegres y cuando sonríe puede apreciarse que uno de los incisivos se le monta un poco encima del otro.

Elisabet trabaja de enfermera en el Birgitta, un centro cerrado de menores situado al norte de Sundsvall. Es una institución privada de acogida que atiende a ocho chicas de entre doce y diecisiete años, de acuerdo con la Ley Específica de Decisiones sobre el Cuidado de Menores.

Muchas de las chicas que llegan al centro arrastran problemas con las drogas, la mayoría se autolesionan, tienen trastornos alimenticios y algunas de ellas son muy agresivas.

En realidad no existe alternativa a las casas de acogida con alarma en las puertas, rejas en las ventanas y esclusas de seguridad. La siguiente parada suele ser alguna cárcel del mundo adulto o un centro psiquiátrico. Pero el Centro Birgitta pertenece a un reducido grupo de instituciones que ofrecen un sitio a las chicas que van camino del régimen abierto.

«Al Centro Birgitta suelen venir las chicas buenas», acostumbra a decir Elisabet.

Coge la última onza de chocolate negro, se la lleva a la boca y el dulzor amargo le hace cosquillas debajo de la lengua.

Poco a poco sus hombros empiezan a relajarse. La jornada se había complicado, a pesar de que el día había transcurrido sin sobresaltos. Clases por la mañana y después de comer un rato de juego y un chapuzón en el lago.

Tras la cena la encargada se había ido a casa, dejando a Elisabet sola en el centro.

El personal de noche se había reducido cuatro meses atrás después de que la compañía Holding Blanchefords comprara el consorcio de salud al que pertenece el Centro Birgitta.

Las alumnas tenían permiso para ver la televisión hasta las diez. Elisabet se encontraba en la oficina tratando de poner al día los historiales de comportamiento cuando empezó a oír gritos. Fue corriendo a la sala del televisor y vio que Miranda se estaba ensañando con la pequeña Tuula. La estaba llamando guarra y puta a gritos, la había tirado del sofá y, cuando la tuvo en el suelo, empezó a darle patadas en la espalda.

Elisabet comenzaba a estar familiarizada con los accesos de violencia de Miranda. Entró corriendo en la sala y separó a las dos chicas. Se llevó un bofetón, por lo que se vio obligada a gritarle a Miranda que su comportamiento era inaceptable. Sin dejar siquiera que contestara, se la llevó a la sala de inspecciones y después al cuarto de aislamiento, en el pasillo principal.

Elisabet le dio las buenas noches, pero Miranda no dijo nada. Se quedó sentada en la cama con la mirada fija en el suelo y sonriendo para sí mientras Elisabet cerraba la puerta con dos vueltas de llave.

Vicky Bennet, la chica nueva, tenía reservada su hora de charla, pero el conflicto entre Miranda y Tuula había acaparado toda la noche y ya no quedaba tiempo para ello. Vicky señaló con cuidado que le tocaba tener una charla a solas y, cuando vio que quedaba aplazada, se puso triste, rompió una taza, cogió un trozo y se hizo varios cortes en el vientre y en las muñecas.

Cuando Elisabet entró en la habitación de Vicky se la encontró sentada con la cara hundida en las manos y los antebrazos llenos de sangre.

Elisabet le lavó las heridas, le puso una tirita en el vientre, le vendó las muñecas con gasa, la consoló y la llamó «cielo» hasta que consiguió arrancarle una pequeña sonrisa. Por tercera noche consecutiva le dio diez miligramos de Sonata para que pudiera quedarse dormida.

2

Las alumnas están acostadas y el silencio reina en el Centro Birgitta. En la ventana de la oficina hay una lámpara encendida que hace que el mundo exterior parezca impenetrablemente oscuro.

Elisabet está sentada delante del ordenador con la frente fruncida mientras anota en el diario los sucesos que han ocurrido durante la noche.

Faltan pocos minutos para las doce y Elisabet cae en la cuenta de que ni siquiera le ha dado tiempo de tomarse la pastilla. Su pequeña droga, como ella suele bromear. Las guardias y las jornadas agotadoras han acabado por romperle el sueño. Suele tomarse diez miligramos de Stilnoct cada noche a las diez para poder quedarse dormida a las once y así tener unas cuantas horas de descanso.

La oscuridad de septiembre se ha apoderado del bosque que rodea el centro, pero aún se puede ver la superficie del lago Himmelsjön brillando como el nácar.

Por fin puede apagar el ordenador y tomarse la pastilla. Se echa la bata sobre los hombros y piensa en lo bien que le sentaría tomarse una copa de vino tinto. Tiene ganas de quedarse sentada en la cama con un buen libro y un poco de vino, leer un rato y charlar con Daniel.

Pero esta noche está de guardia y le toca dormir en el cuartito del centro.

Da un respingo cuando de repente Buster empieza a ladrar en el patio. Ladra con tanta intensidad que a Elisabet se le eriza el vello de los brazos.

Es muy tarde, ya tendría que haberse metido en la cama.

A estas horas suele estar dormida.

Cuando el ordenador se apaga el cuarto queda a oscuras. De pronto todo está en completo silencio. Elisabet toma conciencia de los sonidos que ella misma produce. El soplido de la silla cuando se levanta, el crujido de las tablas de parquet bajo sus pies cuando se acerca a la ventana. Intenta ver algo fuera, pero la oscuridad solo le permite contemplar el reflejo de su propia cara en el cristal, la oficina con el ordenador y el teléfono y el empapelado de las paredes con motivos en color amarillo y verde.

De repente ve que la puerta se abre ligeramente a su espalda.

El corazón se le acelera. Ella había dejado la puerta entornada, pero ahora está abierta hasta la mitad. «Debe de haber sido la corriente», se dice. La estufa de leña del comedor consume cantidades ingentes de aire.

Elisabet siente que le invade una extraña intranquilidad, una especie de miedo comienza a esparcirse por sus venas. No quiere volverse, así que se queda mirando fijamente la oscura ventana y el reflejo de la puerta que tiene a su espalda.

Escucha con atención el silencio, el ordenador que aún emite un leve zumbido.

En un intento de desprenderse del malestar alarga la mano, apaga la lámpara de la ventana y da media vuelta.

La puerta está abierta de par en par.

Un escalofrío le baja desde la nuca y le recorre toda la espalda.

Las luces de emergencia brillan débilmente delante del comedor y de las habitaciones de las chicas. Elisabet sale de la oficina y decide ir a comprobar si las puertecillas de la estufa de leña están cerradas cuando de pronto oye un susurro que llega desde las habitaciones.

3

Elisabet se detiene con la mirada fija en el pasillo y agudiza el oído. Al principio no oye nada, luego lo siente otra vez. Un leve susurro, tan frágil que apenas puede distinguirse.

—Te toca cerrar los ojos —dice una voz.

Elisabet permanece inmóvil observando la oscuridad, parpadea una y otra vez, pero no logra ver a nadie.

Apenas le da tiempo a pensar que debe de tratarse de alguna de las chicas hablando en sueños cuando oye un sonido peculiar, como si alguien dejara caer un melocotón demasiado maduro en el suelo. Y luego otro. Pesado y lleno de jugo. Una pata de mesa rasca el suelo y luego caen dos melocotones más.

Elisabet intuye un movimiento con el rabillo del ojo. Una sombra que se desliza. Se vuelve y ve que la puerta del comedor se está cerrando lentamente.

—Espera.

Lo dice a pesar de creer que no es más que la corriente otra vez. Se acerca a paso rápido, agarra la manija y siente una extraña resistencia. Se enzarza en una breve lucha de fuerzas hasta que la puerta se abre con facilidad.

Elisabet entra en el comedor. Está alerta y trata de inspeccionar toda la sala con la mirada. La mesa principal resplandece suavemente. Paso a paso se acerca hasta la estufa de leña y ve el destello de sus propios movimientos en las puertecillas de latón. Están cerradas.

Los conductos de humo desprenden calor.

De repente se oye un restallido y un chasquido tras las puertecillas. Elisabet da un paso atrás y topa con una silla.

No ha sido más que leña incandescente que se ha desplomado contra la cara interna de las puertecillas. La sala está vacía.

Toma aire, sale del comedor, cierra la puerta y piensa en dirigirse de nuevo por el pasillo hacia el cuartito de dormir, pero para en seco y vuelve a escuchar.

No se oye nada en la sección de las chicas. Aromas ácidos flotan en el aire, vaporosos, metálicos. La mirada de Elisabet se pasea en busca de algún movimiento por el oscuro pasillo, pero todo está quieto. Aun así hay algo que la empuja hacia allí, hacia la línea de puertas de las habitaciones. Algunas parecen estar entreabiertas, otras están cerradas, pero nunca con llave.

En el lado derecho del pasillo están los lavabos y después hay una alcoba con la puerta del cuarto de aislamiento donde duerme Miranda, esta sí, bajo llave.

El ojo de la cerradura centellea débilmente.

Elisabet se detiene y contiene la respiración. Una voz aguda susurra algo en alguna habitación, pero se calla en cuanto Elisabet emprende la marcha.

—Silencio —ordena al aire.

El corazón le empieza a latir más fuerte cuando oye una serie de golpes rápidos y seguidos. Le resulta difícil localizar el ruido, pero es como si Miranda estuviera en la cama dando golpes en la pared con los pies descalzos. Elisabet piensa en acercarse y echarle un vistazo por el ojo de la cerradura cuando se da cuenta de que parece haber alguien en la oscuridad de la alcoba. Es una persona.

Se le escapa un jadeo y comienza a retroceder de espaldas, con una sensación irreal y de tremenda pesadez que le invade el cuerpo entero.

Comprende al instante el peligro de la situación, pero el miedo le ralentiza los movimientos.

No es hasta que el suelo del pasillo cruje cuando le invade el impulso de huir para salvar la vida.

De pronto la figura negra comienza a moverse a gran velocidad.

Elisabet da media vuelta, empieza a correr, oye los pasos que la persiguen, resbala en la alfombra, se golpea el hombro contra la pared y sigue avanzando.

Una suave voz le ordena que se detenga, pero ella no hace caso, solo corre a través de un pasillo que le parece eterno.

Las puertas se abren y rebotan contra la pared.

Presa del pánico, pasa por delante de la sala de inspecciones apoyándose en la pared. El cuadro de la Convención sobre los Derechos del Niño de la ONU se descuelga del gancho y se desploma sobre el suelo. Elisabet alcanza la puerta principal, empuja con torpeza la manija y sale corriendo al aire fresco de la noche, pero resbala en los escalones del porche. Cae sobre una de sus piernas. El dolor en el tobillo es tan intenso que no puede reprimir un grito. Baja a rastras hasta el suelo del patio, oye unos pasos pesados en el vestíbulo, gatea unos metros, pierde una de sus zapatillas y, gimiendo, consigue ponerse en pie.

4

El perro ladra, corre en círculos, resopla y jadea. Elisabet se aleja cojeando de la casa y cruza el oscuro patio de gravilla. El perro vuelve a soltar unos ladridos entrecortados y nerviosos. Elisabet sabe que no podrá avanzar por el bosque, y la finca más cercana queda muy lejos, a media hora en coche. No tiene adónde ir. Pasea la mirada por la oscuridad y se escabulle detrás del secadero. Llega a la caseta de la antigua destilería, abre la puerta con manos temblorosas, entra y cierra con cuidado.

Resoplando se acurruca en el suelo y hurga en busca de su teléfono.

—Dios mío, Dios mío...

Le tiemblan tanto las manos que el móvil se le cae al suelo. La tapa trasera se desprende y la batería salta de su sitio. Elisabet empieza a recoger las piezas cuando oye unos pasos que se arrastran por la grava, en el exterior.

Contiene la respiración.

El pulso le retumba dentro del cuerpo. Le zumban los oídos. Intenta ver algo por la ventana más baja.

El perro está ladrando justo ahí fuera. Buster la ha seguido hasta ahí. Araña la puerta y gimotea nervioso.

Elisabet gatea hasta una esquina junto al muro del viejo horno de leña, procura respirar sin hacer ruido, se esconde detrás del arcón de leña y luego coloca como puede la batería en el teléfono.

Elisabet rompe el silencio con un grito cuando la puerta de la destilería se abre. Presa del pánico, comienza a deslizarse por la pared, pero no llega a ninguna parte.

Ve las botas, la figura sombría y luego la horrible cara y el enorme martillo en la mano.

Asiente con la cabeza, escucha la voz y se cubre la cara con las manos.

La sombra duda por un instante, pero enseguida se desplaza firmemente, aprieta a Elisabet contra el suelo con el pie y la golpea con fuerza. Elisabet siente una quemazón en la frente, en el nacimiento del pelo. Pierde la vista por completo. El dolor es insoportable, pero al mismo tiempo nota claramente cómo la sangre caliente empieza a correrle por las orejas y a bajarle por el cuello como una caricia.

El siguiente golpe le acierta en el mismo sitio; Elisabet cabecea un momento y lo único que percibe es el oxígeno penetrando en sus pulmones.

Desorientada, piensa que el aire es maravillosamente dulce y al instante siguiente pierde el conocimiento.

Elisabet no siente el resto de los martillazos ni cómo su cuerpo se sacude a medida que la golpean. No se da cuenta de que le sacan las llaves de la oficina y del cuarto de aislamiento del bolsillo, tampoco es consciente de que se queda tumbada en el suelo, ni de que al cabo de un momento el perro consigue entrar en la destilería y empieza a lamerle la sangre de la cabeza destrozada mientras la vida la abandona lentamente.

5

Alguien se ha dejado una manzana grande y roja sobre la mesa. Es brillante y tiene un aspecto de lo más apetitoso. Piensa que se la va a comer y que después hará como si nada, pasará olímpicamente de las preguntas y del sermón y se quedará sentada con cara de enfadada.

Alarga la mano para coger la manzana, pero cuando por fin la sostiene entre los dedos se da cuenta de que está podrida.

Sus yemas se hunden en la carne fría y húmeda de la fruta.

Nina Molander se despierta con el gesto de retirar rápidamente la mano. Está tumbada en su cama en mitad de la noche. Lo único que se oye es el perro ladrando en el patio. Con la nueva medicación se despierta todas las noches. Tiene que ir al baño. Las piernas y los pies se le hinchan, pero necesita la medicina; si no se la toma todos sus pensamientos se vuelven oscuros, deja de preocuparse por todo y no tiene fuerzas para nada más que para permanecer tumbada con los ojos cerrados.

Piensa que necesitaría un poco de luz, algo a lo que aspirar. No solo la muerte, no solo pensar en morir.

Nina se quita el edredón de encima, pone los pies sobre el suelo caliente de madera y se levanta de la cama. Ya ha cumplido los quince años y tiene el pelo rubio y liso. Es de complexión fuerte, con caderas anchas y pechos grandes. El camisón blanco de franela le queda ceñido en el abdomen.

La casa de acogida está en silencio y el pasillo descansa bajo el tenue resplandor verde de la señal de salida de emergencia.

Oye unos susurros extraños detrás de una puerta y piensa que las demás chicas deben de haber organizado una fiesta, pero a ella nadie la ha invitado.

Tampoco me apetece, piensa.

Un olor a ascuas apagadas flota en el aire. El perro empieza a ladrar otra vez. En el pasillo el suelo está más frío. Nina no se molesta en caminar sin hacer ruido. Tiene ganas de cerrar la puerta del lavabo de golpe, varias veces. Le importa una mierda que Almira se enfade y que luego vaya dando cuchilladas por la espalda.

Las viejas tablas del suelo crujen débilmente a su paso. Nina continúa hacia los lavabos, pero se detiene al pisar con el pie derecho algo mojado. Un charco oscuro se filtra por debajo de la puerta del cuarto de aislamiento donde duerme Miranda. Al principio Nina se queda quieta sin saber qué hacer, pero luego ve que la llave está en la cerradura.

Le resulta extraño.

Estira el brazo en busca de la reluciente manija, abre la puerta, entra en la habitación y enciende la luz.

Hay sangre por todas partes, goteando, corriendo, brillando.

Miranda está en la cama.

Nina da unos pasos atrás y ni siquiera se da cuenta de que se está orinando encima. Se apoya con una mano en la pared, ve las huellas ensangrentadas en el suelo y siente que se va a desmayar.

Da media vuelta, ya está otra vez en el pasillo, abre la puerta del cuarto de al lado, enciende la luz del techo, se acerca a la cama de Caroline y la zarandea por el hombro.

—Miranda está herida —susurra—. Creo que está herida.

—¿Qué haces en mi habitación? —le pregunta Caroline mientras se incorpora—. Joder, ¿qué hora es?

—¡Hay sangre en el suelo! —grita Nina.

—Tranquilízate.

6

Nina respira demasiado deprisa, tiene los ojos clavados en los de Caroline, tiene que hacerle comprender, pero al mismo tiempo le sorprende oír su propia voz gritando en plena noche.

—¡Hay sangre por todas partes!

—Cállate —la frena Caroline mientras se levanta de la cama.

Los gritos de Nina han despertado a las demás y se oyen voces en las habitaciones.

—Ve a mirar —dice Nina mientras se araña los brazos angustiada—. Miranda está rara, tienes que ir a verla, tienes que...

—¿Te puedes calmar un poco? Voy a ver, pero estoy segura de que...

Se oye un grito en el pasillo. Es la pequeña Tuula. Caroline sale corriendo. Tuula está mirando fijamente el cuarto de aislamiento con los ojos muy abiertos. Indie sale al pasillo y se rasca una axila.

Caroline se lleva a Tuula de un tirón, pero le da tiempo a ver la sangre en las paredes y el cuerpo pálido de Miranda. Su corazón se acelera. Le interrumpe el paso a Indie pensando que ninguna tiene por qué ver más suicidios.

—Ha habido un accidente —se apresura a explicar—. Indie, ¿te puedes llevar a todo el mundo al comedor?

—¿Le pasa algo a Miranda? —pregunta Indie.

—Sí, tenemos que despertar a Elisabet.

Lu Chu y Almira salen de la misma habitación. La primera solo lleva un pantalón de pijama y la otra se ha envuelto en el edredón.

—Id al comedor —dice Indie.

—¿Me puedo lavar la cara primero? —pregunta Lu Chu.

—Llévate a Tuula.

—¿Qué coño está pasando? —pregunta Almira.

—No lo sabemos —responde Caroline de forma escueta.

Mientras Indie intenta llevárselas a todas al comedor, Caroline corre por el pasillo hasta el cuartito del personal. Sabe que Elisabet toma pastillas para dormir y que nunca se entera de nada cuando alguna de las chicas se levanta en plena noche.

Caroline golpea la puerta con todas sus fuerzas.

—¡Elisabet, despierta! —grita.

No se oye ni el menor ruido.

Caroline pasa por delante de la sala de inspecciones y va hasta la oficina de las cuidadoras. La puerta está abierta, así que entra sin ningún reparo, coge el teléfono y llama a Daniel, la primera persona que le viene a la cabeza.

La línea chisporrotea.

Indie y Nina entran en la oficina. Nina tiene los labios blancos, se mueve con torpeza y está tiritando.

—Esperad en el comedor —dice Caroline.

—Pero la sangre... ¡¿Has visto la sangre?! —grita Nina, y se araña con violencia en el antebrazo derecho.

—Daniel Grim —responde una voz al teléfono.

—Soy yo, Caroline, ha habido un accidente en el centro y no consigo despertar a Elisabet, así que te he llamado a ti; no sé qué tenemos que hacer.

—¡Tengo sangre en los pies! —grita Nina—. ¡Tengo sangre en los pies...!

—Cálmate —dice Indie e intenta llevarse a Nina de allí.

—¿Qué ocurre? —pregunta Daniel con una voz que de repente suena atenta y serena.

—Miranda está en aislamiento, pero el cuarto está lleno de sangre —responde Caroline y traga saliva—. No sé qué tenemos...

—¿Está herida? —pregunta él.

—Sí, creo que... o...

—Caroline —la interrumpe Daniel—. Voy a llamar a una ambulancia y...

—Pero ¿qué hago? ¿Qué...?

—Mira si Miranda necesita ayuda e intenta despertar a Elisabet —responde Daniel.

7

La centralita de alarmas de Sundsvall está en un edificio de tres plantas de ladrillo rojo en la calle Björneborgsgatan, junto al parque Bäck. Jasmin no suele tener problemas con las guardias de noche, pero hoy se siente muy cansada. Son las cuatro de la mañana y la peor hora ya ha pasado. Está delante del ordenador con los auriculares puestos y soplando una taza de café solo. En la cocina siguen las conversaciones y las bromas. Los titulares de ayer decían que una operadora de la central de alarmas de la policía trabajaba haciendo sexo telefónico. Por lo visto se trataba de un puesto administrativo dentro de la empresa que vendía sexo por teléfono, pero la prensa había hecho que pareciera como que la mujer respondía a dos tipos de llamadas en la centralita.

Jasmin aparta los ojos de la pantalla y mira por la ventana. Aún no ha empezado a despuntar el día. Un tráiler pasa retumbando por delante del edificio. Al final de la calle hay una farola que arroja una luz pálida sobre un árbol, un armario eléctrico y un trozo de la acera vacía.

Jasmin deja la taza en la mesa y responde a la llamada entrante.

—SOS 112... ¿Qué ocurre?

—Me llamo Daniel Grim, soy asistente social en el Centro Birgitta. Una de las alumnas me acaba de llamar. Parecía un caso muy grave. Tienen que enviar a alguien.

—¿Me puede decir qué ha pasado? —pregunta Jasmin mientras busca el Centro Birgitta en el ordenador.

—No lo sé, me ha llamado una de las chicas. No he entendido del todo lo que me ha dicho, se oían gritos de fondo y ella estaba llorando y decía que había sangre por toda la habitación.

Jasmin le hace una señal a su compañera Ingrid Sandén para indicarle que hacen falta más operadoras.

—¿Está usted en el sitio? —pregunta Ingrid.

—No, estoy en mi casa, estaba durmiendo, pero una de las chicas me ha llamado...

—¿Se refiere al Centro Birgitta que está al norte de Sunnås? —pregunta Jasmin con calma.

—Por favor, dense prisa —dice él con voz temblorosa.

—Mandamos varias patrullas y una ambulancia al Centro Birgitta, al norte de Sunnås —repite Jasmin para estar segura.

Deja un momento la conversación y pasa rápidamente el aviso a la policía y a la ambulancia. Ingrid continúa interrogando a Daniel:

—¿El Centro Birgitta no es un centro de menores?

—Sí, un centro especial —responde él.

—¿No debería haber personal allí?

—Sí, mi mujer tiene guardia, la voy a llamar ahora... No sé qué está pasando, no sé nada.

—La policía está de camino —dice Ingrid para tranquilizarlo y con el rabillo del ojo ve que la luz azul de la primera patrulla ya está barriendo la calle desierta.

8

El estrecho ramal que sale de la carretera 86 se adentra de lleno en el bosque oscuro y sube hasta el lago Himmelsjön y el Centro Birgitta.

La gravilla restalla bajo los neumáticos del coche de policía y salpica contra los bajos del vehículo. La luz de los faros penetra entre los troncos de los árboles.

—¿Tú ya habías estado aquí antes? —pregunta Rolf Wikner y mete la cuarta marcha.

—Sí..., hace un par de años hubo una chica que intentó prenderle fuego a una de las casas —responde Sonja Rask.

—¿Por qué coño no consiguen comunicarse con el personal? —se queja Rolf.

—Seguro que están a tope, independientemente de lo que haya pasado —dice Sonja.

—Pero a nosotros nos iría bien saber un poco más.

—Sí —responde ella con calma.

Después, los dos compañeros se quedan quietos escuchando la radio policial. Ya han salido una ambulancia del hospital y otra patrulla de comisaría.

El camino de grava avanza en línea recta, como ocurre en casi todos los caminos en las explotaciones madereras. Los neumáticos truenan al pasar por baches y agujeros. Los troncos aparecen y desaparecen en un mismo instante y las luces azules se abren paso en las profundidades del bosque.

En cuanto llegan al patio entre los edificios rojos del Centro Birgitta, Sonja informa por radio a comisaría.

En la escalera del porche del edificio principal hay una chica en camisón. Tiene los ojos muy abiertos. Está pálida y parece como ausente.

Rolf y Sonja se bajan del coche y se le acercan rápidamente en el resplandor de las ráfagas azules, pero la chica no parece percatarse de su presencia.

Un perro comienza a ladrar nervioso.

—¿Hay algún herido? —pregunta Rolf con voz fuerte—. ¿Hay alguien que necesite ayuda?

La chica hace un gesto impreciso hacia el lindero del bosque, se tambalea e intenta dar un paso, pero las piernas le flaquean. Cae de espaldas y se golpea la cabeza.

—¿Cómo estás? —le pregunta Sonja agachada a su lado.

La chica se queda tumbada en la escalera, mira al cielo y respira deprisa y de forma superficial. Sonja ve que se ha autolesionado en los antebrazos y el cuello.

—Voy a entrar —dice Rolf decidido.

Sonja se mantiene junto a la chica en estado de shock a la espera de que llegue la ambulancia mientras Rolf se mete en el edificio principal. En el suelo de madera ve huellas de sangre de botas y pies descalzos que se desperdigan en varias direcciones.

Puede identificar pasos grandes que van y vienen por el pasillo desde el recibidor. Rolf siente la adrenalina esparciéndose en su cuerpo. Camina con cuidado de no pisar las huellas, pero consciente de que su tarea primordial es salvar vidas.

Asoma la cabeza en una gran sala, ve que todas las luces están encendidas y descubre a cuatro chicas repartidas entre dos sofás.

—¡¿Hay alguien herido?! —grita.

—A lo mejor un poco —dice sonriendo una chica pequeñita pelirroja que lleva chándal rosa.

—¿Dónde está? —pregunta él estresado.

—Miranda está en la cama —responde una chica mayor de pelo oscuro y liso.

—¿Aquí dentro? —pregunta Rolf señalando la sección de dormitorios.

La chica mayor asiente con la cabeza y Rolf sigue el rastro de huellas rojas, pasa por delante de un comedor con una gran mesa de madera y una estufa de leña y entra en el pasillo oscuro donde están las puertas de las habitaciones privadas de las alumnas. Zapatos y pies desnudos han estado pisando el charco de sangre. El viejo suelo cruje a sus espaldas. Rolf se detiene, desengancha la linterna del cinturón e ilumina el pasillo. Pasea deprisa la mirada por los dichos populares pintados a mano sobre las paredes y las citas de la Biblia escritas con letra ornamentada, y luego apunta hacia abajo con el haz de luz.

En una oscura alcoba ve que la sangre se ha filtrado por debajo de la puerta. En la cerradura hay una llave puesta. Sigue avanzando, cambia la linterna de mano con cuidado y estira el brazo para apretar la manija por el extremo.

Se oye un leve chasquido, la puerta se abre y la manija recupera su posición horizontal.

—¿Hola? ¿Miranda? Me llamo Rolf y soy policía —dice rompiendo el silencio mientras se acerca—. Voy a entrar...

Lo único que oye es su propia respiración.

Con cuidado termina de abrir y asoma la linterna. La visión con la que se topa es tan violenta que se tambalea y tiene que buscar apoyo en el marco de la puerta.

Aparta la mirada con un acto reflejo, pero sus ojos ya han visto lo que no querían ver. El pulso le zumba en los oídos y de fondo oye las gotas que van cayendo en el charco del suelo.

En la cama hay una chica joven a la que parece que le falta una parte importante del cráneo. Las paredes están salpicadas de sangre y aún caen gotas de la pantalla oscura de la lámpara del techo.

De repente la puerta se cierra detrás de Rolf y siente tanto miedo que se le cae la linterna. Todo se vuelve negro. Da media vuelta, tantea en la oscuridad y oye unas manitas de niña martilleando contra la puerta por fuera.

—¡Ahora ella te ve! —grita una voz aguda—. ¡Te está mirando!

Rolf encuentra la manija, intenta abrir la puerta pero está bloqueada. El ojo de la cerradura escupe una línea de luz sobre su cuerpo. Con manos temblorosas aprieta la manija y empuja con el hombro.

La puerta se abre de golpe y Rolf sale tropezando al pasillo. Sus pulmones cogen aire angustiados. A unos pocos metros de distancia ve a la niña pelirroja mirándolo fijamente.

9

El comisario Joona Linna mira por la ventana de la habitación de su hotel de Sveg, a cuatrocientos cincuenta kilómetros al norte de Estocolmo. La luz del alba se vuelve humeante y azulada cuando choca con el frío. No hay ninguna farola encendida en la calle Älvgatan. Todavía faltan muchas horas antes de saber si ha encontrado a Rosa Bergman.

Lleva una camisa gris oscuro desabrochada y colgando por fuera de los pantalones de pinza negros. Su pelo rubio está alborotado, como de costumbre, y ha dejado la funda con la pistola sobre la cama.

A pesar de los reiterados intentos de reclutarlo que han hecho diversos grupos especializados, Joona ha preferido quedarse como comisario operativo dentro de la policía judicial. A muchos les enerva que vaya siempre a su aire, pero en menos de quince años ha resuelto más casos difíciles en toda Escandinavia que ningún otro policía.

El verano anterior había llegado al Departamento de Asuntos Internos de la Policía Judicial una denuncia contra Joona por haber avisado a un grupo de extrema izquierda de que la policía secreta estaba a punto de asaltar sus instalaciones. Desde entonces, Joona ha quedado revocado de algunas de sus obligaciones pero sin quedar oficialmente suspendido.

El jefe de la investigación ha dejado claro que se pondría en contacto con el fiscal jefe de la unidad de autos policiales si considera que existe la más mínima razón para iniciar un proceso.

Las acusaciones son graves, pero en este momento Joona no tiene tiempo para preocuparse por eventuales suspensiones ni represalias.

Su cabeza no deja de darle vueltas a la anciana que se le presentó delante de la iglesia de Adolf Fredrik con el propósito de darle recuerdos de parte de Rosa Bergman. Con manos huesudas le mostró dos antiguos naipes de un killelek, uno de los juegos de cartas más antiguo de Europa.

—Este es usted, ¿no es así? —le preguntó con interés—. Y esta es la corona, la corona de novia saami.

—¿Qué quiere? —preguntó él.

—No quiero nada —respondió la anciana—. Pero tengo un mensaje para usted de parte de Rosa Bergman.

El corazón de Joona empezó a latir desbocado, pero hizo un esfuerzo por encogerse de hombros y explicar en tono amable que debía de tratarse de un error:

—Debe de haber un error, no conozco a nadie que se...

—Pregunta por qué se comporta usted como si su hija estuviera muerta.

—Lo siento, pero no sé de qué me habla —respondió Joona con una sonrisa.

Sonreía, pero su voz se había vuelto desconocida, lejana y fría, como si hubiera quedado atrapada bajo una gran roca. Las palabras de la mujer se le arremolinaban en la cabeza, le habría gustado cogerla por los brazos y exigirle que le explicara qué había pasado. Pero se mantuvo aparentemente tranquilo.

—Tengo que irme —dijo, y justo cuando se estaba dando la vuelta, la migraña arremetió contra su cerebro como una daga penetrándole por el ojo izquierdo. Su campo de visión se vio cegado por un halo espinoso y vibrante.

Cuando empezó a recuperar fragmentos de la vista vio que tenía un círculo de personas a su alrededor. Se apartaron para dejar espacio al personal de urgencias.

La anciana había desaparecido.

Joona había negado conocer a la tal Rosa Bergman, había dicho que debía de tratarse de un error. Pero estaba mintiendo.

Sabe perfectamente quién es Rosa Bergman.

Piensa en ella cada día. Él piensa en ella, pero ella no debería saber nada de él. Porque si Rosa Bergman conoce de su existencia es que algo ha salido tremendamente mal.

Joona había abandonado el hospital unas horas más tarde e inmediatamente había comenzado la búsqueda de Rosa Bergman.

Estaba obligado a hacerlo solo, así que pidió vacaciones en el trabajo.

Según los registros públicos no hay ninguna persona llamada Rosa Bergman en toda Suecia, pero en Escandinavia hay más de dos mil personas con ese apellido.

De forma sistemática Joona fue revisando un registro tras otro. Hacía dos semanas que no había tenido más remedio que empezar a repasar los archivos en papel del registro civil. Durante siglos fue competencia de la Iglesia, pero en 1991 el fisco asumió las tareas de digitalización.

Joona empezó con el registro de la Iglesia por el sur. Se encerró en el Archivo Nacional de Lund con una taza de café y buscó el nombre de Rosa Bergman en los ficheros con diferentes fechas de nacimiento y parroquias. Después pasó por Visby, Vadstena y Gotemburgo.

Fue a Uppsala y al colosal archivo de Härnösand. Revisó cientos de miles de papeles plagados de nacimientos, lugares y constelaciones familiares.

10

El día anterior por la tarde Joona estaba en el norte, sentado en el Archivo Nacional de Östersund. El dulce olor a anticuario que emanaba del papel viejo y las encuadernaciones duras llenaba la sala. La luz del sol avanzaba despacio por las grandes paredes, rebotaba en el cristal del péndulo inmóvil y luego continuaba su lento recorrido.

Poco antes de cerrar, Joona encontró una niña que había nacido ochenta y cuatro años atrás y que fue bautizada como Rosa Maja en la parroquia Sveg de Härjedalen, en la provincia de Jämtland. Los padres de la niña se llamaban Kristina y Evert Bergman. Joona no consiguió encontrar ningún dato acerca de su matrimonio, pero la madre había nacido diecinueve años antes como Kristina Stefanson, en la misma parroquia.

Joona tardó tres horas en localizar a una mujer de ochenta y cuatro años llamada Maja Stefanson que vivía en una residencia en Sveg. Ya eran las siete de la tarde, pero Joona se subió al coche y fue directamente al pueblo. Llegó pasada la hora de acostarse y el personal de la residencia no lo dejó entrar.

Joona reservó una habitación en Lilla Hotellet, intentó dormir pero se despertó a las cuatro de la madrugada. Desde entonces no se ha alejado de la ventana, a la espera de que despunte la mañana.

Está casi seguro de haber encontrado a Rosa Bergman. La mujer decidió cambiar de apellido, adoptó el de soltera de su madre y empezó a usar su segundo nombre como nombre de pila.

Joona mira el reloj y piensa que ya es la hora. Se abrocha la americana, abandona la habitación, baja a recepción y sale dispuesto a recorrer la pequeña localidad.

La Residencia Limbada Azul es un conjunto de casas de revoque amarillo con césped bien cuidado, caminito de grava y bancos para descansar.

Joona abre la puerta del edificio principal y entra. Hace un esfuerzo por caminar con tranquilidad bajo los fluorescentes del techo y poco a poco avanza por el pasillo y cruza las puertas que llevan a la oficina y a la cocina.

«Se supone que no tenía que encontrarme —piensa otra vez—. No tenía que saber quién soy. Algo ha salido mal.»

Joona nunca habla del motivo que lo empujó a la soledad, pero es algo que tiene presente cada segundo de su existencia.

Su vida ardió como el magnesio, se encendió en una llamarada y luego se extinguió en un instante, pasó de ser un gran fuego blanco a quedar reducido a unas ascuas humeantes.

En la sala de espera hay un hombre delgado de unos ochenta años con los ojos clavados en la colorida pantalla del televisor. Es un programa matutino y el cocinero está calentando aceite de sésamo en una sartén mientras explica distintas maneras de innovar en la tradicional fiesta del cangrejo.

El anciano se vuelve hacia Joona y entorna los ojos.

—¿Anders? —pregunta con voz chirriante—. ¿Eres tú, Anders?

—Me llamo Joona —responde él con un suave acento finlandés—. Estoy buscando a Maja Stefanson.

El hombre lo mira fijamente con los ojos húmedos, enrojecidos.

—Anders, escucha, hijo mío. Tienes que ayudarme a salir de aquí. Esto está lleno de viejos.

El hombre se pone a golpear el reposabrazos con el puño, pero se detiene cuando una enfermera entra en la sala.

—Buenos días —dice Joona—. He venido para hacerle una visita a Maja Stefanson.

—Qué bien —dice ella—. Pero debo advertirle que la demencia de Maja ha ido a más. Al menor descuido aprovecha para escaparse.

—Entiendo —responde Joona.

—El verano pasado incluso se las apañó para llegar hasta Estocolmo.

La enfermera le muestra el camino a Joona por un pasillo recién fregado y con luz tenue hasta la puerta correcta.

—¿Maja? —dice en tono amable.

11

Una mujer mayor está haciendo la cama. Joona la reconoce en cuanto levanta la cabeza. Es la mujer que se presentó delante de la iglesia de Adolf Fredrik. La que le enseñó los naipes del antiguo juego de cartas. La que le dijo que le mandaba un mensaje de parte de Rosa Bergman.

El corazón de Joona late con fuerza.

Ella es la única persona que sabe dónde están su mujer y su hija, y en ningún caso debería conocerlo a él.

—¿Rosa Bergman? —pregunta Joona.

—Sí —responde ella y alarga la mano como una niña.

—Me llamo Joona Linna.

—Sí —sonríe Rosa Bergman y se le acerca arrastrando los pies.

—Vino a verme para darme un mensaje —dice él.

—Santo cielo, no lo recuerdo —responde Rosa y se sienta en el sofá.

Joona traga saliva y da un paso hacia la mujer:

—Me preguntó que por qué hago como si mi hija estuviera muerta.

—No debería hacerlo —responde ella sermoneando—. Eso no está bien.

—¿Qué sabe de mi hija? —pregunta Joona acercándose otro paso—. ¿Ha oído algo?

La mujer sonríe ausente y Joona baja la mirada. Intenta pensar con claridad y cuando se acerca a la cocinita para servir dos tazas de café se percata de que le tiemblan las manos.

—Rosa, esto es importante para mí —dice lentamente mientras deja las tazas sobre la mesa—. Muy importante...

Ella parpadea un par de veces y luego le pregunta con voz miedosa:

—¿Quién es usted? ¿Le ha pasado algo a madre?

—Rosa, ¿se acuerda de una niña que se llamaba Lumi? Su madre se llamaba Summa y las ayudó a...

Joona se interrumpe al toparse con la mirada nublada y desorientada de la mujer.

—¿Por qué vino a buscarme? —pregunta él, aunque ya ha comprendido que todos sus intentos son en vano.

A Rosa Bergman se le cae la taza al suelo y después empieza a llorar. La enfermera entra y la tranquiliza con familiaridad.

—Le acompañaré a la salida —le dice a Joona en voz baja.

Caminan juntos por el pasillo adaptado para el paso de sillas de ruedas.

—¿Cuánto tiempo lleva así? —pregunta Joona.

—Con Maja ha ido rápido... Percibimos las primeras señales el verano pasado, así que hará más o menos un año que ella... Antes se le llamaba entrar en la infancia, lo cual resulta bastante adecuado en la mayoría de los casos.

—Si ella... si de repente se le aclara la mente —dice él muy serio—, por favor, llámenme.

—La verdad es que a veces ocurre —afirma ella.

—Llámenme inmediatamente —dice Joona entregándole su tarjeta.

—¿Comisario? —dice sorprendida la enfermera, y clava la tarjeta en un tablón que hay detrás de la mesa de la oficina.

12

Cuando Joona sale al exterior abre la boca e inspira como si hubiera estado conteniendo la respiración. A lo mejor Rosa Bergman tenía algo importante que decirme —piensa—. Es posible que alguien le haya encomendado una misión. Pero la demencia la ha alcanzado antes de que pudiera cumplirla.

Joona jamás podrá saber de qué se trata.

Han pasado doce años desde que perdió a Summa y a Lumi.

El último rastro que conducía a ellas se ha borrado en la mente senil de Rosa Bergman.

Se acabó.

Joona se sienta en el coche, se seca las lágrimas de las mejillas, cierra los ojos un rato y gira la llave en el tambor de arranque para regresar a Estocolmo.

Cuando lleva conducidos trescientos kilómetros en sentido sur por la autovía E45 en dirección a Mora recibe una llamada de Carlos Eliasson, el jefe de la policía judicial.

—Tenemos un cadáver en un centro de acogida en el norte, en Sundsvall —dice Carlos, tenso—. La centralita recibió la llamada poco después de las cuatro de la mañana.

—Estoy de permiso —dice Joona sin apenas alzar la voz.

—Podrías haber venido a la cena-karaoke de todos modos.

—La próxima vez —dice Joona como para sí mismo.

La carretera avanza recta por el bosque. A un lado, por detrás de los árboles, se ven los destellos de un lago plateado.

—¿Joona? ¿Ha pasado algo?

—No, nada.

Al fondo se oye cómo alguien llama a Carlos.

—Tengo una reunión con la junta directiva, pero quiero que... Acabo de hablar con Susanne Öst y dice que la policía provincial de Västernorrland no tiene intención de solicitar oficialmente ayuda a la judicial.

—Entonces ¿por qué me llamas?

—Les he dicho que les mandaría un observador.

—Nosotros nunca mandamos observadores, ¿no?

—Ahora sí —le explica Carlos bajando la voz—. El tema es delicado, ¿sabes? ¿Te acuerdas del entrenador del equipo nacional de hockey, Janne Svensson...? La prensa nunca dejó de hablar de la incompetencia policial.

—Porque nunca encontraron...

—Ni lo menciones. Fue el primer caso importante de Susanne Öst como fiscal —continúa Carlos—. No quiero decir que la prensa tuviera razón, pero en aquella ocasión la policía de Västernorrland te necesitaba a ti. Fueron demasiado lentos, se ciñeron a la partitura y el tiempo no dejaba de correr, lo cual es bastante habitual, pero a veces se levanta la polémica.

—No puedo seguir hablando —dice Joona con intención de colgar.

—Sabes que no te lo diría si se tratara de un simple caso de asesinato —dice Carlos, y toma aire—. Pero la prensa va a hablar, Joona... Es realmente brutal, hay mucha sangre... y el cuerpo de la chica está intervenido.

—¿Cómo? ¿Cómo lo han intervenido? —pregunta Joona.

—Por lo visto está tumbada en una cama con las manos tapándose la cara.

Joona permanece callado con la mano izquierda sobre el volante. Los árboles parpadean a ambos lados de la autovía a medida que el coche avanza. Se oye la respiración de Carlos a través del teléfono, y también unas voces de fondo. Sin decir nada, Joona sale de la E45 y toma la carretera de Losvägen en dirección a la costa este para luego continuar hasta Sundsvall.

—Tú solo ve, Joona, por favor... Sé amable y ayúdales a resolver solos el caso, preferiblemente antes de que la prensa se entrometa.

—¿Ya no soy un observador?

—Sí, lo eres... Tú solo mantente cerca, observa la investigación, aporta sugerencias... Siempre y cuando tengas claro que no tienes ningún objetivo operativo de ninguna clase.

—¿Porque Asuntos Internos me está investigando?

—Es importante que seas discreto y no hagas ninguna tontería —dice Carlos.

13

Al norte de Sundsvall, Joona deja atrás la costa y toma la carretera 86, que continúa tierra adentro siguiendo el río Indalsälven.

Al cabo de dos horas empieza a acercarse al centro de acogida.

Reduce la velocidad y gira por un camino de grava. Los rayos del sol intentan abrirse paso entre los altísimos abetos y se filtran como pueden entre los troncos.

Una chica muerta, piensa Joona.

Mientras todo el mundo dormía, una chica fue asesinada y colocada en su cama. La violencia empleada había sido brutal, según afirmaba la policía local. No hay ningún sospechoso, es demasiado tarde para poner controles en las carreteras, pero todos los compañeros de la provincia están informados y el comisario Olle Gunnarsson lleva el caso.

Son poco menos de las diez cuando Joona para el coche y se baja, delante de un primer cordón policial. En la cuneta se oye el zumbido de los insectos. El bosque se ha abierto en un gran claro. Los árboles húmedos brillan en la cuestecita que baja hasta el lago Himmelsjön. En un lado del camino hay una placa metálica en la que pone: CENTRO BIRGITTA, CENTRO ESPECIAL DE ACOGIDA Y CUIDADOS.

Joona se acerca a un conjunto de casas rojas que se reúnen en torno a un patio, como una típica granja de Hälsingland. Frente a las casas hay una ambulancia, tres coches patrulla, un Mercedes blanco y tres turismos.

Hay un perro atado a una correa entre dos árboles que no deja de ladrar.

Delante del edificio principal hay un hombre mayor con bigote de morsa, barriga prominente y traje arrugado. Ha visto a Joona, pero no hace el menor ademán de saludarlo, sino que sigue liándose un cigarrillo y luego lame el borde del papel de fumar. Joona pasa por debajo de otro cordón y ve que el hombre se pone el cigarro detrás de la oreja.

—Soy el observador de la policía judicial —dice Joona.

—Gunnarsson —dice el hombre—. Comisario.

—Me han ordenado que os acompañe en el caso.

—Sí, siempre y cuando no te entrometas —dice el hombre con ojos fríos.

Joona mira la casa más grande. Los técnicos ya están trabajando en ella. Han colocado focos en las distintas estancias y la luz es tan intensa que, desde fuera, las ventanas brillan con una fuerza antinatural.

Un policía con la cara pálida sale por la puerta. Se ha tapado la boca con una mano, baja la escalera a trompicones, se apoya en la pared mientras se agacha y vomita entre las ortigas que hay junto a un bidón de agua de lluvia.

—Tú harás lo mismo cuando hayas entrado en la casa —le dice Gunnarsson a Joona, sonriendo.

—¿Qué sabemos por ahora?

—No sabemos una mierda... El aviso llegó esta madrugada, el que llamó era el asistente social del centro... Daniel Grim, se llama. Eran las cuatro. Estaba en su casa en la calle Bruksgatan, en Sundsvall, y acababa de recibir una llamada desde aquí... no sabía gran cosa cuando llamó a la centralita, solo dijo que las niñas gritaban que había sangre.

—O sea que fueron las chicas las que llamaron —dice Joona.

—Sí.

—Pero no a la centralita sino al asistente en Sundsvall —continúa.

—Exacto.

—Pero aquí había personal del turno de noche, ¿no?

—No.

—¿No debería haber sido así?

—Seguramente —responde Gunnarsson con voz cansada.

—¿Cuál de las chicas llamó al asistente? —pregunta Joona.

—Fue una de las mayores —dice Gunnarsson mirando su libreta—. Caroline Forsgren, se llama... Pero tal como yo lo he entendido, no ha sido Caroline quien ha encontrado el cuerpo, sino... esto es un lío, varias de las niñas han entrado en la habitación. Lo que hay allí es de lo más desagradable, te lo aseguro. A una de las chicas se la han llevado al hospital. Estaba histérica, y para el personal de la ambulancia era lo más seguro.

—¿Quiénes fueron los primeros en llegar? —pregunta Joona.

—Dos compañeros... Rolf Wikner y Sonja Rask —contesta Gunnarsson—. Y yo habré llegado... digamos que a las seis menos cuarto, y entonces he llamado al fiscal... y por lo visto le ha entrado el cangueli y ha llamado a Estocolmo... y ahora te tenemos a ti encima.

Sonríe sin simpatía.

—¿Tienes algún sospechoso? —pregunta Joona.

Gunnarsson respira hondo y dice en tono académico:

—Mi larga experiencia me dice que hay que dejar que el caso avance según lo establecido... tenemos que traer a gente, interrogar a los testigos, sacar huellas...

—¿Puedo entrar a mirar? —pregunta Joona con la mirada fija en la puerta.

—No te lo recomiendo... dentro de poco ya tendremos fotos.

—Necesito ver a la chica antes de que se la lleven —dice Joona.

—Estamos hablando de violencia extrema, pura bestialidad, muy agresiva —dice el comisario—. El asesino es de complexión adulta. Después de morir, la víctima fue colocada en la cama. Nadie se enteró de nada hasta que a una de las chicas le entraron ganas de ir al baño y metió el pie en el charco de sangre que salía por debajo de la puerta.

—¿Todavía estaba caliente?

—Oye..., no es fácil comunicarse con las niñas —dice Gunnarsson—. Tienen miedo y siempre están de muy mala leche, protestan contra todo lo que decimos, no escuchan, nos gritan y... Antes querían cruzar el cordón por la fuerza porque querían coger algunas cosas de sus cuartos: los iPod, la crema de cacao y las chaquetas, y cuando las hemos llevado a la cabaña de al lado, dos han salido corriendo hacia el bosque.

—¿Se han escapado?

—Las acabamos de encontrar, pero... solo tenemos que conseguir que vuelvan de forma voluntaria. Se han tirado al suelo y exigen que Rolf las lleve en hombros.

14

Joona se pone ropa protectora, sube los escalones del edificio principal y cruza la puerta. Dentro de la casa se oye el zumbido de los ventiladores de los focos y el aire ya está caliente. Bajo esa luz intensa cualquier cosa se ve, por pequeña que sea. El polvo se mueve despacio en el aire.

Joona avanza lentamente por las láminas adhesivas que los técnicos han puesto sobre los anchos tablones del parquet. Un cuadro se ha desprendido del techo y los cristales rotos brillan con la fuerte luz. Hay huellas de botas en diversas direcciones por el pasillo, hacia la puerta y hacia dentro.

La casa ha mantenido su estilo campestre. Hay pinturas hechas con plantillas de gran colorido pero empalidecidas por el paso del tiempo, y los cuadros de los pintores ambulantes de la región de Dalicardia serpentean por las paredes y las vigas de madera.

En el pasillo hay un técnico llamado Jimi Sjöberg que ilumina una silla negra con un foco verde tras haberle aplicado solución Hungarian red al tapizado.

—¿Sangre? —pregunta Joona.

—En esta no —murmura Jimi y sigue buscando con la luz verde.

—¿Habéis encontrado algo inesperado?

—Erixon ha llamado de Estocolmo y nos ha dicho que no tocáramos ni una cagada de mosca hasta que Joona Linna haya dado su consentimiento —responde con una sonrisa.

—Se agradece.

—Así que, la verdad, casi se podría decir que no hemos empezado —continúa Jimi—. Hemos ido poniendo las putas láminas y lo hemos fotografiado y grabado todo y... me he tomado la libertad de tomar muestras de sangre de las huellas del pasillo para poder enviar algo al laboratorio.

—Bien.

—Y Siri ha sacado las huellas del pasillo antes de que se las cargaran.

La otra técnica, Siri Karlsson, acaba de desmontar la manija de latón de la puerta del cuarto de aislamiento. La mete cuidadosamente en una bolsa de papel y después se acerca a Joona y a Jimi.

—Le va a echar un vistazo al lugar del crimen —explica Jimi.

—Es bastante desagradable —dice Siri por detrás de la máscara protectora. Tiene los ojos cansados y nerviosos.

—Lo entiendo —responde Joona.

—Puedes mirar las fotos, si quieres —dice ella.

—Es Joona Linna —le aclara Jimi.

—Perdón, no lo sabía.

—Solo estoy aquí como observador —dice Joona.

Siri baja la mirada y cuando la vuelve a alzar se ve el rubor en su cara.

—Todo el mundo habla de ti —dice—. Y quiero decir..., yo... No me importa lo que digan los de Asuntos Internos. Creo que será genial trabajar juntos.

—Lo mismo digo.

Se queda donde está, escucha el zumbido eléctrico de las lámparas y se concentra un momento en sí mismo, preparándose para captar las primeras impresiones sin sucumbir al impulso de apartar la mirada.

15

Joona se acerca a la alcoba y a la puerta sin manija.

La cerradura con la llave sigue en su sitio.

Cierra los ojos unos segundos y luego sigue avanzando hasta entrar en la pequeña habitación.

Todo está quieto e iluminado.

El aire recalentado está saturado de olor a sangre y orina. Hace un esfuerzo por respirar para percibir también el resto de olores: madera húmeda, sábanas sudadas y desodorante.

El metal de los focos chasquea a causa de la temperatura. Unos ladridos atenuados atraviesan las paredes.

Joona permanece inmóvil y se obliga a contemplar el cuerpo que está sobre la cama. Aguanta la mirada unos segundos en cada detalle a pesar de las ganas que tiene de marcharse de allí, abandonar la casa, salir al aire libre y perderse en el bosque.

La sangre ha caído al suelo y ha salpicado los muebles y los envejecidos motivos bíblicos de la pared. Ha salpicado hasta el techo y el lavabo sin puerta. En la cama hay una chica delgada en sus primeros años de pubertad. La han tumbado boca arriba con las manos sobre la cara. Solo lleva unas braguitas blancas de algodón. Los pechos quedan ocultos por los codos y los pies están cruzados por los tobillos.

Joona siente la fuerza con que late su corazón, se percata de su propia sangre corriendo por sus venas hasta el cerebro, siente las pulsaciones en las sienes.

Se obliga a mirar, registrar y pensar.

La chica se está tapando la cara.

Como si tuviera miedo, como si no quisiera ver a su asesino.

Antes de tumbarla en la cama la sometieron a una violencia extrema.

Repetidos golpes con un objeto contundente en la frente y la coronilla.

No era más que una niña y debía de estar terriblemente asustada.

Algunos años atrás no era más que una cría, pero una cadena de sucesos en su vida la ha conducido hasta esa habitación, en un centro especial de acogida. A lo mejor solo tuvo mala suerte con sus padres y las familias que quisieron ayudarla. A lo mejor alguien creyó que allí estaría a salvo.

Joona estudia todos los detalles hasta que siente que ya no puede aguantar más. Entonces cierra los ojos un momento y piensa en la cara de su hija y en la falsa lápida que lleva su nombre. Luego los vuelve a abrir y continúa con la observación.

Todo apunta a que la víctima estaba sentada en la silla de la pequeña mesa cuando el asesino la atacó.

Joona intenta elaborar una imagen de los movimientos que han originado las salpicaduras.

Cada gota de sangre que cae por el aire adopta una forma esférica y tiene un diámetro de cinco milímetros. Si la gota es más pequeña se debe a que la sangre ha sido sometida a una fuerza mayor que la ha dividido en gotas menores.

Es entonces cuando se habla de salpicadura.

Joona está de pie sobre dos láminas adhesivas delante de la mesa, probablemente en el preciso lugar donde hace unas horas se hallaba el homicida. La chica estaría sentada en la silla al otro lado de la mesa. Joona observa las formas de las salpicaduras, mira hacia atrás y ve sangre en la parte superior de la pared. El arma ha sido blandida hacia atrás varias veces para tomar impulso, y cada vez que ha cambiado de trayectoria para asestar un nuevo golpe ha salpicado hacia atrás.

Joona ya lleva en la habitación más tiempo del que habría estado ningún otro comisario. Pero aun así no tiene suficiente. Vuelve a la chica en la cama, se la queda mirando, observa el piercing en el ombligo, el pintalabios en el borde del vaso, una cicatriz de lunar debajo del pecho izquierdo, el vello claro de sus espinillas y un morado en el muslo de hace varios días.

Se inclina con cuidado por encima de su cuerpo. De su piel desnuda mana un último calor. Joona le mira las manos que le tapan la cara y ve que la chica no ha arañado a su atacante, no hay restos de piel bajo las uñas.

Se aleja unos pasos y la vuelve a mirar. La piel blanca. Las manos sobre la cara. Los pies cruzados. Apenas tiene sangre en el cuerpo. Solo la almohada está manchada.

Por lo demás está limpia.

Joona echa un vistazo a la habitación. Detrás de la puerta hay un pequeño estante con dos ganchos. En el estante hay un sujetador blanco. En uno de los ganchos cuelgan unos vaqueros descoloridos, un jersey negro y una cazadora tejana. Debajo, en el suelo, hay un par de zapatillas deportivas con unos c

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