1
Ben
—El ser humano duerme una media de treinta y tres años de su vida.
Se inclina un poco, lo suficiente para envolverme en una nube de perfume caro. Llega el momento de la verdad.
—¿Y te dedicas a eso?
—Sí.
—¿Eres médico del sueño?
—Estudio a gente que ha cometido crímenes dormida.
En mi tarjeta de visita, un «Dr.» precede al nombre: Dr. Benedict Prince, The Abbey, Harley Street. Soy psicólogo especializado en trastornos del sueño. No me presento como médico.
Se da cuenta de que hablo en serio.
—¿Y eso es posible?
—¿Nunca te has preguntado qué has hecho mientras dormías?
Aquí la gente empieza a ponerse nerviosa. Solemos adoptar una actitud de distanciamiento frente a la mayoría de los delitos. Nos encanta escuchar historias sobre personas como nosotros; siempre que podamos considerarlas diferentes. Pero durmiendo todos somos iguales.
El sueño es universal, y la noche, tan constante como el día.
—¿Qué clase de crímenes?
No ha cambiado de tema. Aún presta atención.
—Los peores.
—Y en esos casos, ¿no se despiertan?
—Si son sonámbulos, no. He tenido pacientes que cierran con llave la puerta de casa y conducen su coche sin haberse despertado. Algunos incluso son capaces de matar.
—Pero ésos luego seguro que se acuerdan, ¿no?
—Viendo tus ojeras diría que esta noche has dormido unas cinco horas y media.
Frunce el ceño.
—¿Tanto se me nota?
—¿Recuerdas algo de lo que ha pasado durante esas cinco horas y media?
Se queda callada, apoyando la barbilla en la mano.
—He soñado algo.
—¿Qué?
—No me acuerdo.
—Pues ya tienes la respuesta.
La expresión de sus ojos cambia repentinamente. Me mira diferente. Habla más alto y gesticula con todo el cuerpo.
—Espera, es verdad, hubo un caso... ¿Cómo se llamaba?
Se acerca el final. Pocas citas llegan tan lejos. Todas se aburren cuando empiezo a hablarles de mi trabajo. Las asusto con mis historias de crímenes de sonámbulos. Si eso no ha sido suficiente, éste es el golpe de gracia.
Ninguna se queda cuando se da cuenta.
Ninguna.
—Anna O —digo.
Doy un último sorbo de vino —un merlot caro, lástima— y cojo la chaqueta.
—Eres el tipo de la foto. El psicólogo.
Sonrío un poco. Miro el reloj.
—Sí, era yo —contesto.
Se refiere a la fotografía que salió en la portada de todos los periódicos después de que pasara todo, ese brutal y sangriento desenlace, ese fatídico momento a partir del cual nada ha vuelto a ser lo mismo. Antes del exilio y de caer en desgracia. Soy el personaje de gafitas con el pelo revuelto y pinta de profesor universitario. Ahora tengo otro aspecto. La barba me hace mayor, me han salido más canas y mis gafas son más gruesas, ya no parecen un descarte del departamento de atrezo de Harry Potter. Pero no puedo cambiarme los ojos ni la cara.
Soy otra persona. Soy la misma persona.
Espero a que me haga la pregunta que me hacen siempre. Es el único misterio que persiste, a pesar de todo, enfrentando a familias, parejas y amigos.
—¿Era culpable? —pregunta mi cita, o, mejor dicho, la mujer con la que he quedado y que ahora me mira como a un bicho raro, reducido a una simple anécdota para contar en Navidad o Año Nuevo—. A ver, apuñaló a dos personas; ¿cómo pudo salir impune de un asesinato?
PRIMERA PARTE
Un año antes
2
Ben
Londres
Suena el móvil.
Es lo que siempre recuerdo.
Lo primero, el principio.
Es tarde, noche cerrada, negra como la tinta. Me he quedado amodorrado en el sillón con una bandeja de curry tibio y media copa de vino barato. Una película en blanco y negro sigue parpadeando en la esquina del salón. Extraños en un tren, mi favorita. La gente siempre escoge Psicosis o Vértigo como la mejor de Hitchcock, pero se equivoca. Extraños en un tren tiene la escena del partido de tenis.
La vibración del móvil me devuelve al presente. Se me cierran los ojos. Me limpio las manos grasientas y miro quién llama: «BLOOM, PROF. (The Abbey).» Deslizo el dedo mientras me espabilo y contengo el inminente bostezo.
—¿Hola?
—Ben, perdona que te llame a estas horas, pero es urgente.
Su tono es grave. Y eso, en medio de la noche, me sobresalta. La doctora Virginia Bloom suele ser la primera en bromear o hacer algún comentario jocoso. Es fácil encontrártela deambulando por Oxford Street con un caftán y tacones, o sentada a su mesa del rincón del hotel Langham con una botella de whisky y un puñado de estimulantes en el bolsillo.
Oigo pasos y voces a lo lejos, como si Bloom aún estuviera en la clínica. Miro el reloj; es casi medianoche.
—¿Hay algún problema?
—Bueno, diría que sí. —Se aclara la garganta con ese típico carraspeo de fumadora—. Lo siento mucho, pero te toca a ti. Se trata de una nueva solicitud. Es algo delicada.
Soy psicólogo forense. He asesorado a los principales organismos de las fuerzas de seguridad del Estado. La Agencia Nacional contra el Crimen, el FBI y la Interpol tienen mi número de móvil, pero este caso viene envuelto de un secretismo poco habitual.
—¿Quién ha presentado la solicitud?
Se oye más ruido de fondo. Bloom parece preocupada.
—Haz el favor de venir a la clínica. Me han pedido que no explique nada por teléfono.
Oficialmente estoy de permiso esta semana. Casi he agotado el plazo para entregar mi próximo artículo. Tengo tres informes de pacientes por redactar. Mi intención era trabajar desde casa mañana y enfrentarme a esa montaña de papeles. De todos modos, sólo hay un tipo de casos relacionados con los trastornos del sueño que no pueden comentarse por teléfono. Me ha picado la curiosidad, tal como pretendía Bloom.
—Bueno, dame alguna pista.
La oigo respirar con pesadez. Bloom guarda silencio y luego suspira ruidosamente.
—No creo que me lo agradezcas.
Fuera hace un frío polar, con un cielo emborronado por esa típica llovizna de septiembre. Temo el trayecto desde Pimlico hasta Harley Street. Podría quedarme en el salón, bien calentito, con mi película de Hitchcock y otra copa de vino. Pero ésa no es mi naturaleza.
Por eso he contestado al teléfono. Por eso contesto siempre.
—Es el caso de Anna O —dice Bloom finalmente—. Quieren que veamos algo.
3
Ben
La clínica del sueño The Abbey ocupa una pequeña esquina de Harley Street, parte de unas antiguas caballerizas de elegante ladrillo eduardiano sumamente discretas. Es un oasis detrás de Oxford Street, entre el bullicio de Regent’s Park y Cavendish Square, y las visitas nunca dejan de comentar su silencio sepulcral. Todo el interior parece tallado en piedra de Portland, que le otorga un aspecto regio, digno de marquesas con peluca y nobles de segundo rango. Uno se siente aquí como en un santuario.
La noche —o quizá el día, no estoy seguro, porque son más de las doce— sigue gris y fea cuando el taxi me deposita en esta esquina solitaria surcada de charcos. Me resguardo de la lluvia y sacudo mi paraguas negro medio roto. El taxi arranca tan deprisa que me salpica los pantalones. Vuelvo a maldecir a Bloom por la llamada.
Subo el único tramo de escaleras y tecleo la contraseña con torpeza. Los dedos me resbalan bajo la lluvia. Hace mucho que las caballerizas se reformaron para albergar las cuatro plantas de la clínica, pero en la fachada sólo hay una placa plateada con el nombre, THE ABBEY SLEEP CLINIC, y un número de teléfono. No aparece ninguna dirección de correo electrónico. También nuestra página web resulta extremadamente sobria: aunque se citan todos los títulos y cualificaciones del personal de la clínica, no se han incluido fotografías en ningún caso. La imagen es intencionada, como todo aquí. Somos actores secundarios esperando entre bambalinas, preparados para salir en un par de escenas. Es la regla de oro de los especialistas en salud mental: somos escuchados, pero nunca vistos.
No ocurre nada. Seco los botones con la manga y vuelvo a teclear el código. Finalmente suena un clic metálico y la puerta se mueve. Me pregunto si Bloom habrá llamado a los demás, a alguno de mis queridos colegas de la unidad de trastornos del sueño. Pero la recepción y la sala de espera apenas están iluminadas y siguen desiertas. Tengo la sensación de haber vuelto al colegio y ser el único alumno en la sala de actos. La visión de un espacio de trabajo sin su ajetreo habitual siempre provoca extrañeza.
—¿Doctora?
El eco de mi voz resuena y se apaga. Enciendo las luces del techo y se despliega una paleta de colores neutros y relajantes. La moqueta nueva todavía se nota agradablemente mullida. Los filtros integrados en las paredes bombean y climatizan el aire, que a esta hora intempestiva aún parece más puro. En esta zona suele haber un hilo musical. Su sonido envolvente arrulla a las visitas hasta que llega el momento de pagar y despiertan de golpe en la realidad. La clínica funciona como una especie de útero, un lugar confortable y ajeno al griterío del mundo exterior. Dormir es una necesidad básica, al fin y al cabo.
—¿Doctora?
Nada. Dejo el paraguas al lado del perchero y me deshago de la chaqueta empapada. Junto a la recepción se han instalado varios monitores de seguridad que muestran las fachadas delantera y trasera del edificio. Nuestra clientela nos lo exige. Famosos a punto de casarse, políticos en la cima de su carrera, futbolistas que atraviesan una mala racha, miembros de la realeza envueltos en algún escándalo, todos cruzan la distinguida entrada de la clínica con la cara abotargada por la falta de sueño. Dormir, igual que comer o beber, es vital para el ser humano. La clínica parece un templo moderno donde se apaciguan los demonios de la psique. La gente paga exorbitantes cantidades de dinero sólo para poder dormir en su cama.
Conecto los monitores de seguridad. Las imágenes de las entradas delantera y trasera parpadean débilmente. Dejo las pantallas encendidas y llamo el ascensor. Estoy demasiado cansado para subir por la escalera. Al lado de la puerta, en una mesita de cristal llena de marcas de dedos, veo un montón de revistas desparramadas. Cojo New Scientist y lo hojeo mientras espero con paciencia. Hemos vuelto a salir, esta vez en una sección de noticias breves. The Abbey también trabaja como clínica asesora de investigaciones criminales y ha firmado lucrativos contratos con la Policía Metropolitana y otras fuerzas del orden en todo el mundo. La encargada de dirigirlo todo es la doctora Bloom, a quien The Times definió en cierta ocasión como «la gran gurú del sueño de Gran Bretaña». El artículo aún está enmarcado en la pared de su despacho.
Llega el ascensor. Me doy cuenta de que conozco el edificio como la palma de mi mano. Intento calcular cuántas noches he perdido por los caprichos de Bloom. Demasiadas, me digo. Pero el caso de Anna O es diferente. Bloom no bromearía con eso. Anna O es el santo grial de los especialistas del sueño. Desde que ocurrió, hace ahora más de cuatro años, se ha convertido en el único misterio que nos ha superado a todos.
No, Bloom no es tan cruel, al menos conmigo.
Llego a la última planta, la llamada ala del departamento de Dirección, que en realidad parece más bien un trastero. Es de acceso restringido al personal, lo que explica ese aire a Alcatraz de los interiores. Aquí trabajamos siete de nosotros a jornada completa, junto con otros diez profesionales —neurólogos, psiquiatras, psicólogos, psicoterapeutas y especialistas en terapia miofuncional—, que abarcamos toda la gama de tratamientos relativos al sueño. Mi despacho, uno de los pocos que no tienen la cerradura estropeada, está al fondo del pasillo. El primero y más grande es el de Bloom, más nuevo que el resto, con marcos dorados y un minibar oculto.
Me está esperando en la puerta de su despacho con expresión tensa, disgustada. El clip que mantiene a raya su melena gris se mueve al compás de sus bostezos. Ronda los sesenta y cinco años, viste de manera informal —oculta su envergadura operística bajo capas de ropa extravagante y colorida, como este amarillo canario y rosa fresa— y lleva unas gafas de pasta como las de Hank Marvin. A pesar de su desmedida voracidad vital, rara vez muestra cansancio o necesidad de dormir. Bebe como una cosaca y hace gala de un apetito insaciable. Sin duda es el último espécimen de su generación: se toma sus dos botellas de vino con la comida, no perdona una siesta siempre que tiene ocasión y muestra un desprecio absoluto por el área de recursos humanos. Carece por completo de instinto maternal, el gran pecado y tabú entre las de su sexo. Glotona, locuaz e ingeniosa, siempre está dándole vueltas a algo. Es su don y su maldición.
Veo a alguien detrás de ella. Un hombre con cara de hurón, tieso como un palo y con aspecto de abogado. Nada que ver con ella. No lo conozco y estoy intrigado.
—¡Vaya comité de bienvenida! —digo, notando que se me pega la pernera mojada a la pierna—. ¿Les importaría explicarme qué pasa?
Entro en el despacho de Bloom. El hurón se levanta. De cerca impone más. Lleva el pelo acartonado, peinado con precisión. Tiene unos cincuenta años, nariz aguileña y unas buenas entradas. En la mesa, al lado de su silla, veo una carpeta con el emblema del «Ministerio de Justicia». Me sudan las manos. Parece que Bloom iba en serio. Esto supera a las fuerzas del orden, e incluso a la Agencia Nacional contra el Crimen. Es nivel ministerio.
—Perdona, pero es muy urgente —dice Bloom—. Doctor Benedict Prince, le presento a Stephen Donnelly, subdirector del Ministerio de Justicia.
Donnelly me estrecha la mano sin fuerza y mirándome a los ojos.
—Antes de empezar, doctor Prince, no tengo más remedio que comunicarle unas cuantas normas —me dice en voz baja.
Disimulo mi sorpresa.
—¿Ah, sí?
Donnelly está congestionado y se sorbe la nariz a cada frase.
—Sí. Al final, si no le importa, tendrá que firmar algunos formularios.
—¿Diciendo qué?
—En primer lugar, que esta reunión no ha existido. En segundo lugar, que usted no me conoce. En tercer lugar, que lo que nos disponemos a explicarle nunca saldrá de este edificio, ni de esta sala, para ser exactos. A quien se lo pregunte le dirá que ha venido a la oficina para recoger unos informes de pacientes antes de volver a casa. ¿Está claro?
Siento el impulso de sonreír, pero veo que no bromea.
—¿A qué viene todo esto?
—¿Debo entender que acepta las condiciones?
—¿Tengo alternativa?
—La verdad es que no. —Donnelly señala la silla vacía—. Siéntese, por favor.
4
Ben
Bloom cierra la puerta y tampoco nos ofrece algo de beber para suavizar la situación. Es una estricta reunión de trabajo. En lugar de eso, se sienta con parsimonia en la mullida silla de cuero del escritorio, y finalmente le hace una señal con la cabeza a Donnelly para que empiece.
Él tiene sonrisa de verdugo.
—No insultaré su inteligencia, doctor Prince. Me consta que ya está al corriente del caso de Anna O y de los dos asesinatos que se cometieron en Oxford en agosto de 2019. No me equivoco, ¿verdad? Por eso he pedido hablar con usted.
Lo miro preguntándome si tiene acceso a las más altas instancias. Inmediatamente por encima de él están el director general, su jefe, y el secretario del Ministerio de Justicia, seguido por el secretario de Estado de Justicia y el primer ministro. ¿Por qué alguien de su rango querría reunirse conmigo en plena noche con la instrucción de no dar detalles por teléfono? ¿Qué puede ser tan importante?
Queda muy poca gente en este planeta que no conozca el nombre de Anna O. Ha inspirado pódcast, series y documentales de Netflix, infinidad de columnas de opinión, además de best-sellers y montones de artículos en desconocidas revistas académicas, varios de ellos firmados por mí.
—Por supuesto que no se equivoca.
Asiente.
—Hace poco que un artículo suyo llamó la atención de... Bueno, digamos que de personas muy importantes. —Levanta su pequeño maletín de cuero y saca una carpeta fina de papel manila. Lee el título en voz alta—: «El síndrome de resignación y la psicología criminal: en busca de un nuevo modelo de diagnóstico.» The Modern Journal of Forensic Psychology. Es lo último que ha escrito sobre el tema, ¿verdad?
Miro a Bloom, que se limita a sonreír con frialdad.
—Sí.
—Parece sorprendido.
—Lo estoy. Es un artículo que aún no ha pasado por la preceptiva revisión y que por supuesto no se ha publicado. Sólo hace tres semanas que se lo mandé a la directora de la revista.
Donnelly me mira con expresión de lástima, como si no estuviera acostumbrado a tanta ingenuidad.
—Nuestros contactos nos avisan cuando aparece información potencialmente interesante. Le aseguro que sus estudios sobre los trastornos psicosomáticos ya cuentan con bastantes seguidores en Whitehall.
Me siento mancillado y fascinado a partes iguales. Veo cómo se esfuma el mensaje de mi cuenta de Gmail con el artículo adjunto en un documento de Word. ¿Los reenvía directamente la directora de la revista, o están ellos siempre al acecho? No sé si quiero saberlo.
Donnelly mira de nuevo la carpeta.
—Su artículo se centra sobre todo en el caso de Anna O, al igual que su último libro. La diferencia es que el artículo plantea la posibilidad de una curación. ¿Le importa que le pregunte por qué eligió este caso en concreto?
Me apoyo en el respaldo y miro de reojo a Bloom con acritud. Es una encerrona. Me han hecho venir de improviso, sin darme tiempo a prepararme. No sé cuánto debería contarle.
—Básicamente fue idea de la directora de la revista —contesto—. Creyó que de esta forma el artículo llamaría más la atención y que así incluso se haría eco la prensa generalista. El libro se había vendido muy bien y ella albergaba la esperanza de que la revista tuviera el mismo éxito. Yo sólo me dejé llevar.
—Eso significa que conoce a fondo el caso de Anna O, ¿verdad?
No puedo obviar la verdad.
—El primer oficial de policía que llegó al lugar del crimen fue mi mujer, que en 2019 formaba parte de la Unidad de Delitos Mayores de la Policía del Valle del Támesis. Fue el primer caso que le asignaron como investigadora, pero, bueno, supongo que eso ya lo sabe.
—Ajá —se limita a decir Donnelly.
—Anna O lleva casi más tiempo en la familia que nuestra propia hija —digo a modo de justificación, como me veo obligado a hacer siempre que hablo del tema—. No es que mi mujer haya revelado nunca información confidencial. Eso que quede claro. Me he basado en datos de acceso público y también en otros casos de síndrome de resignación menos polémicos que han ocurrido en otros lugares del mundo. Así escribí tanto el libro como el artículo.
—Como el brote de casos que hubo en Suecia, si mal no recuerdo.
—Sí, y otra serie de casos en Kazajistán, dos antiguos centros mineros y agrícolas soviéticos que...
—Krasnogorsk y Kalachi. Sí, sí, los conocemos perfectamente.
Empiezo a impacientarme. Estoy cansado de este individuo y sus respuestas sentenciosas.
—No pretendo ser maleducado, pero ¿qué interés pueden tener para el Ministerio de Justicia un libro de divulgación psicológica y un artículo publicado en una revista académica?
Donnelly sonríe de nuevo, con la misma crueldad y rapidez.
—En su artículo afirma que ha desarrollado un nuevo método de diagnóstico que ayuda a los pacientes a despertarse del síndrome de resignación. ¿Es así?
Es evidente que ha leído el artículo, entero o resumido, y que sabe que no es verdad lo que ha dicho, así que me está poniendo a prueba.
—No.
Se hace el sorprendido.
—¿No?
—Mi artículo plantea un nuevo marco para la comprensión de los trastornos psicosomáticos, sobre todo los que están ligados a acciones vinculadas al sueño, incluido el fenómeno del sonambulismo homicida. Me interesa descubrir si los sonámbulos son técnicamente conscientes de sus actos cuando infringen un delito, como un asesinato, por ejemplo. También es válido para los pacientes aquejados de síndrome de resignación. ¿Somos conscientes de lo que hacemos cuando estamos dormidos? ¿Se nos puede exigir responsabilidad penal? ¿Dónde empieza el sueño y dónde termina la conciencia?
—Es una cuestión controvertida.
A eso responde mi siguiente pregunta: ¿sabrá Donnelly que soy víctima de ataques constantes desde blogs y redes sociales? Por supuesto: ¡me he convertido en blanco de trolls de todos los rincones del planeta desde que mi libro salió a la venta!
—Algunas personas siguen ancladas en la prehistoria y aún distinguen entre trastornos neurológicos y los llamados trastornos funcionales. Creen que lo que sucede en la psique no es real. Mi objetivo es cambiar esa percepción, y hay quien se lo toma mal.
—¿Significa eso que puede conseguir que se despierten los pacientes con síndrome de resignación?
Es una pregunta tan directa que me choca.
—Bueno, depende.
Donnelly me mira fijamente. Llega hasta lo más profundo de mi ser, con esos ojos pequeños y brillantes.
—¿De qué, exactamente?
Me revuelvo en la silla, nervioso, hasta que me recompongo. Tengo mucha sed.
—Más que nada del tiempo que lleve dormido el paciente. Y de los factores externos que hayan causado la enfermedad —digo—. Mi libro era una versión divulgativa, para el gran público. El rigor científico lo he reservado para mi artículo, allí es donde he formulado nuevas teorías y analizado los datos recogidos hasta la fecha. Pero, bueno, tampoco es la panacea.
—En el caso de Anna O, por ejemplo.
—Para el síndrome de resignación, el tope son cuatro años. Mis datos se centraban sobre todo en casos de entre uno y tres años.
—O sea que ¿es puramente teórico?
—De momento sí.
—¿Cuánto tiempo necesitaría para poner a prueba sus teorías? En el mundo real, me refiero.
Me río.
—No sabría decirle.
—Algún cálculo habrá hecho.
—Tres meses, por decir algo —contesto—. Sería lo mínimo.
Donnelly mira su reloj. Otra vez parece impaciente. Ordena la carpeta y la guarda en su maletín, como quien se prepara para el turno de madrugada en la oficina. Luego mira a Bloom y le hace un gesto seco con la cabeza.
Me vuelvo hacia ella todavía enfadado.
—¿Qué hago aquí?
Es el turno de Bloom, que antes de hablar se endereza en la silla con esa gracilidad propia de las personas realmente corpulentas. Va directa al grano, deprisa y sin entonación, como si leyera los derechos a un preso.
—El secretario de Estado de Justicia y el fiscal general de Su Majestad para Inglaterra y País de Gales han dado su autorización para que el paciente RSH493 del ala Coral del hospital Rampton sea puesto en libertad y asignado provisionalmente a la tutela de The Abbey, bajo mi supervisión directa. La orden del Ministerio de Justicia está amparada por la Ley de Secretos Oficiales, de modo que toda persona que filtre información, dentro o fuera de este edificio, deberá responder ante la justicia. ¿Me entiendes?
El preso rsh493. Conozco ese número perfectamente, como cualquiera que lea la prensa.
El hospital Rampton es el único centro médico psiquiátrico de alta seguridad que admite a mujeres. La paciente número 493.
A. Ogilvy.
Donnelly y Bloom se levantan. Yo también, maquinalmente y con la boca seca.
—No. Lo siento, pero no entiendo nada. ¿Qué pasa?
Bloom vuelve a mirar a Donnelly.
—Amnistía Internacional está a punto de presentar una apelación ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos para que Anna Ogilvy sea puesta en libertad alegando que recibe un trato inhumano —dice Bloom—. Antes de que esto ocurra, la Fiscalía de la Corona del Reino Unido y el Ministerio de Justicia quieren juzgarla por asesinato o se arriesgan a perder el caso.
Tardo unos segundos en procesar la información.
—O sea, que Anna Ogilvy tiene que estar en condiciones para ser juzgada. Y para estarlo tiene que...
—Hacer algo que no ha hecho en cuatro años: despertarse. Ni más ni menos.
He aquí la verdadera razón. Por un instante me vienen a la cabeza todas esas horribles historias de la Primera Guerra Mundial que nos contaban en el colegio: esos reclutas adolescentes medio muertos de hambre a los que arrancaban de las trincheras para llevarlos ante el pelotón de fusilamiento, después de haberlos puesto en condiciones, confundiendo la neurosis de guerra con la cobardía. Advierto una similitud inquietante. Soy psicólogo, no funcionario de prisiones.
—Curo a la gente, no la condeno. Seguro que podrán recurrir a algún otro especialista en sueño.
Es Donnelly quien contesta, con evidente hartazgo.
—Ya lo hemos hecho. Estados Unidos, Europa, Asia, hemos viajado por todo el mundo y traído a los mejores especialistas, a los más prestigiosos, pero es un campo de investigación con pocos recursos y por desgracia ninguno de esos métodos ha funcionado. La última opción que nos queda es su artículo, doctor Prince.
—¿Por qué la traen aquí?
—Si usted fuese a diario al hospital Rampton, tarde o temprano se sabría. Además, ésta es la única clínica del sueño de Londres capaz de acoger un caso de estas características y asegurar unos requisitos de confidencialidad tan estrictos. No hay alternativa. La trasladarán esta misma noche, escoltada por un agente de enlace, e ingresará con otro nombre. Por lo que a usted respecta, será como cualquier otro paciente.
—La reconocerán.
—Hace cuatro años quizá sí, pero hoy en día ya no. Casi media década durmiendo hace mella en el físico de cualquiera.
—¿Y qué hacemos con el resto del personal?
—La reclusa llegará acompañada de una enfermera de Rampton que trabajará con un nombre falso —dice Donnelly—. Usted será la única persona de la clínica que tendrá contacto con la reclusa. La doctora Bloom será nuestra intermediaria y coordinará sus avances con los nuestros. La señorita Ogilvy no saldrá nunca de la habitación, y usted tampoco le dirá a nadie que se encuentra aquí. Sólo lo sabrán los miembros de su familia; y si fuera necesario, usted también podrá tener contacto con ellos. El secretario de Estado se ha comprometido a tomar medidas contra cualquier persona que incumpla las condiciones del traslado provisional de la reclusa.
Siento una mezcla de estupor e irritación ante su desfachatez.
—Esto es absurdo. No me creo que consideren un peligro público a Anna Ogilvy. ¿No será que lo que les preocupa en realidad son los titulares?
Donnelly no reacciona a la provocación.
—Eso cuénteselo a los familiares de las víctimas. A Anna Ogilvy no podemos ponerla en libertad, pero tampoco retenerla indefinidamente. Esta odisea tiene que acabar. Firme el acuerdo de confidencialidad y váyase, o bien atrévase a poner en práctica sus teorías en el mundo real. De usted depende, doctor Prince.
—¿Y si no consigo despertarla? ¿Y si mi teoría no funciona?
Donnelly se abrocha el abrigo y suspira, exhausto después de un día tan largo. Me mira fijamente con sus gélidos ojos verdes.
—En tal caso, tarde o temprano Anna Ogilvy será libre y volverá a matar —dice con frialdad.
5
Ben
Si nos atenemos a los hechos, el caso de Anna O es muy simple. Creo que por eso lo recuerda todo el mundo. Impresiona su crudeza y sencillez.
El 30 de agosto de 2019, a las tres y diez de la madrugada, Anna Ogilvy, de veinticinco años, hija un miembro importante del partido en la oposición y fundadora y directora de la revista Elementary, fue encontrada dormida en la cabaña de la Granja de Oxfordshire donde se alojaba con un cuchillo de cocina de veinte centímetros. En la cabaña contigua se hallaron los cadáveres de sus mejores amigos: Douglas Bute, de veintiséis años, e Indira Sharma, de veinticinco.
Las autopsias revelaron diez heridas de arma blanca en cada cuerpo. Las únicas huellas dactilares del cuchillo eran de Anna, que también tenía manchas de sangre en la ropa. El análisis forense posterior corroboró que era la sangre de las víctimas. Por su parte, el análisis forense digital descubrió en el móvil de Anna un mensaje de WhatsApp con una confesión parcial enviada antes de quedarse dormida.
Por la fase de rigor mortis se concluyó que las víctimas llevaban varias horas muertas. De todos modos, las heridas eran mortales y ninguna podría haberse salvado. La inspectora Clara Fennel, de la Unidad de Delitos Mayores de la Policía del Valle del Támesis, fue el primer agente de las fuerzas del orden en llegar a la Granja y a la escena del crimen. Encontró a la señorita Ogilvy aún vestida con las prendas manchadas de sangre. Se intentó por todos los medios despertar a la sospechosa, pero la señorita Ogilvy seguía dormida e inconsciente. Más tarde la trasladaron en ambulancia al hospital John Radcliffe, en Headley Way.
Las pruebas no detectaron nada fuera de lo normal. Estaba viva, su organismo funcionaba perfectamente. Fue imposible identificar qué misteriosa enfermedad la había sumido en ese estado catatónico. Nunca volvió a abrir los ojos.
Las consecuencias en la esfera pública fueron inmediatas y brutales. La madre de Anna, la baronesa Emily Ogilvy, dimitió de su cargo como responsable de Interior del partido de la oposición y abandonó la Cámara de los Lores. El padre, Richard Ogilvy, gestor de fondos internacionales, renunció al proyecto de abrir nuevas oficinas en Manhattan. El caso se bautizó con el nombre que usaba Anna en las redes sociales: @AnnaO. Los sospechosos de asesinato suelen ser hombres con un coeficiente intelectual bajo, cara de boxeador y un siniestro historial de violencia doméstica. Anna O era una mujer joven, con una educación exquisita y cierto renombre como periodista y escritora. Un verdadero sueño para los medios sensacionalistas.
La prensa tardó muy poco en sacar a relucir hasta el último aspecto de su vida: su infancia en una mansión de Hampstead, los rumores de consumo de drogas durante la adolescencia, sus novietes de Oxford —todos más que dispuestos a hacer declaraciones a la prensa— y hasta los empleados y becarios de Elementary, la revista que Anna había fundado con Indira y Douglas. Si algo he aprendido siendo psicólogo, es que la resonancia de un asesinato está íntimamente relacionada con la época del año en que se produce. Agosto, en plena sequía de noticias, era el mes perfecto. Unas semanas más tarde habría pasado desapercibido.
Por suerte para mí, Anna Ogilvy eligió bien su momento.
La opinión pública y la prensa sensacionalista, como no podía ser de otra forma, se posicionaron rápidamente: los convencidos de su inocencia la llamaban Anna O y los otros Bella Durmiente. Nadie hablaba de otra cosa.
Tampoco yo, la verdad.
6
Ben
Los cuatro pisos de la clínica no son iguales. En la planta baja está la recepción, una oda al buen gusto y la maestría del interiorismo profesional. El sótano alberga la cocina y otros servicios domésticos. La primera planta es para los esporádicos. Así llamamos a los pacientes que acuden con problemas relacionados con el sueño, pero no requieren un tratamiento inmersivo: muchas idas y venidas de Mercedes con ventanillas tintadas y no pocos vuelos privados desde la City de Londres.
La segunda y tercera planta están destinadas a los ingresos propiamente dichos, pacientes con graves trastornos del sueño que no pueden llevar una vida normal. Todos los residentes, así los llamamos, tienen su habitación y su cuarto de baño. Se respira una atmósfera entre clínica privada y hotel boutique. Hay servicio de habitaciones, con carta de restaurante, y los pacientes pueden pedir libros, periódicos y todas las revistas que deseen. La única excepción son los dispositivos digitales: no se permiten móviles, portátiles ni iPads. Tampoco hay wifi en estas dos plantas. Somos maravillosamente analógicos, una reliquia del pasado.
La última planta está reservada al personal. Aquí las paredes, de un tono azul marino, están desconchadas, y el minimalismo primigenio ha dado paso a una dejadez funcionarial. Y los despachos rebosan de papeles y expedientes. Esta noche, desde la ventana del de Bloom, veo que Donnelly sube a un Jaguar del Gobierno y se pierde en la oscuridad punteada por la luz de las farolas.
El frío se cuela por las ventanas, viejas y en mal estado. En todas las habitaciones de esta planta hace un frío glacial. Me viene a la mente el correo electrónico que me encontré una buena mañana en la bandeja de entrada. Era una especie de oferta de trabajo: el vicerrector de Asuntos Académicos del Colegio universitario de las Islas Caimán me tentaba con un puesto de profesor visitante y la posibilidad de dirigir un posgrado en psicología del sueño. Cometí la estupidez de rechazar su propuesta, de preferir estas lluviosas calles en lugar de una espléndida playa caribeña. La oferta quedó ahí, suspendida para siempre sobre la humedad y las ventoleras de la noche londinense, aunque de vez en cuando vuelvo a preguntarme si no debería haber aceptado.
Bloom y yo nos movemos hasta el bar del fondo del vestíbulo, reservado al personal. Limpio dos tazas de café y sacó un poco de pastel de queso rancio de las profundidades de la pequeña nevera portátil. Nos lo servimos en platos de cartón mientras dejamos que se enfríen nuestras tazas de Nescafé. Bloom se queda el trozo más grande, como siempre, y yo me conformo con un resto diminuto.
—Supongo que tendrás preguntas —dice Bloom.
Siempre las he tenido, desde el primer día.
Saca otra carpeta de papel manila, similar a la de Donnelly, y la desliza por la mesa llena de migas.
La cojo de mala gana.
—Otro documento misterioso. ¿Éste también tengo que adivinarlo?
Sonríe.
—Si quieres...
De nuevo veo el emblema del Ministerio de Justicia y la identificación de máxima seguridad impresa en mayúsculas rojo sangre en el frente: CLASIFICADO. La abro y en la primera página hay una foto grande de una paciente con bata tumbada en una especie de cama medicalizada en el pasillo blanco de un hospital.
Es una mujer, de edad indefinida, con el pelo recién lavado y peinado, pero los ojos cerrados. También parece que se lo acaben de cortar, y las raíces se le ven un poco blancas. Su expresión es serena, pero ya no es joven. Pese a todo, tardo un poco en asimilar lo que estoy viendo.
Anna Ogilvy.
Bloom me mira con atención.
—Yo he reaccionado igual.
—O sea, que Donnelly lo decía en serio. Se la ve...
Tiene que haber algún error. En 2019 Anna Ogilvy se encontraba en la flor de la vida, imbuida de la arrogancia de los veintitantos y con un maravilloso futuro por delante. Su foto, con esa sonrisa un poco punk y el pelo corto a lo garçon, fue publicada por todos los suplementos de prensa y compartida en millones de perfiles de todas las redes sociales.
En esta foto, sin embargo, es otra persona. Un manto mortecino cubre todos sus rasgos. El pelo parece una peluca y su cuerpo esculpido en alabastro, como una figura de cera de Madame Tussaud.
Disimulo mi sorpresa.
—Parece un fantasma.
—Prácticamente lo es. Lleva durmiendo cuatro años.
—¿Actividad cerebral?
—Por lo visto sigue igual. Le han hecho lo de siempre, un montón de electroencefalogramas, y los monitores sólo indican eso: un sueño profundo. El problema es que hace mil quinientos días que duerme así.
—¿Sin ningún cambio, ninguno en absoluto?
—Busca la página cinco —dice Bloom.
Abro el informe por donde me ha dicho. La página en cuestión está compuesta por varios gráficos que reflejan la actividad cerebral y las reacciones fisiológicas de Anna. La gente se queda dormida por fases y se despierta de golpe, al menos la mayoría. Los resultados de los electroencefalogramas son normales, como han sido siempre. Pero los niveles de respuesta física suben ligeramente justo al final.
—¿Esto de cuándo es?
—De hace cuatro semanas. Es la única vez que ha pasado. Los monitores reflejaron cierta estimulación debida a fenómenos externos.
—Podría ser casualidad, claro.
Bloom resopla, poco convencida.
—Mira la siguiente página.
Aún me siento utilizado, pero no puedo remediarlo: el misterio de este caso me tiene subyugado. En la siguiente página se muestran con más detalle los resultados anómalos. Me fijo en los días, y luego en las semanas. Por alguna razón, Anna estuvo a punto de despertarse hace cuatro semanas, como indica la única lectura posible de los gráficos. Algo pasó.
—¿Hubo alguna explicación?
—No. Al menos el equipo médico no la encontró —contesta Bloom.
—Todo un misterio.
—Otro más.
La vibración del móvil de Bloom rompe el silencio. Contesta, escucha, murmura un par de síes y cuelga. Es raro verla en el papel de empleada por una vez, rebajándose ante una autoridad superior.
—¿Ya han llegado?
—Calculan que llegarán en cinco minutos. —Se levanta y recoge unos papeles—. Cuando tengas un rato, léete el resto del informe. Está todo lo referente al alias que usaremos para ella, además de algunos contactos de emergencia por si se complican las cosas fuera de aquí.
Siento el primer calambre en la barriga.
—¿Hasta qué punto pueden complicarse?
Bloom hace ese gesto tan suyo con la palma, como quitándoles importancia a mis temores.
—Que te espere alguien en la puerta de tu casa, que te sigan en el metro. Ya sabes, periodistas, cosas así. Sólo debes tomar las precauciones de siempre.
Me veo sentado tranquilamente en mi piso, sin más preocupación que una copa de vino avinagrada y el clásico de turno en la pantalla. Aburrido, sí, pero seguro.
—¿Qué diremos al resto del personal?
—Seguiremos la rutina habitual.
Vamos a su despacho, de donde coge otra carpeta, y sale disparada hacia los ascensores. La sigo y entramos directos en uno. Pulsa el botón de la planta baja. Bloom siempre usa el ascensor, a pesar de que el médico le ha insistido en que vaya por la escalera. El ejercicio y las dietas son para los simples mortales.
—Será como una clienta vip que tiene una cláusula médica en su contrato cinematográfico y no puede permitirse que salgan a la luz sus problemas de sueño sin provocar un auténtico infierno legal. Por un plus de intimidad y el más absoluto anonimato se paga un precio muy alto.
En la segunda planta hay una zona con un protocolo de seguridad especial para los que optan por el «Pack vip»: estrellas de Hollywood, directores de empresas que cotizan en bolsa y, en general, cualquier persona capaz de provocar un terremoto en los mercados o una demanda multimillonaria sólo por reconocer que tiene problemas para dormir. Londres es uno de los destinos favoritos de la clientela internacional, que oculta su tratamiento con la excusa de una simple semana de vacaciones. Disponemos de salidas traseras minuciosamente diseñadas para ellos y de inhibidores de señal distribuidos por la zona vip para que no puedan filtrarse imágenes de su presencia en el edificio. Hay incluso zonas especiales para comer y hacer ejercicio diseñadas para que estos pacientes sólo sean vistos por el personal de la clínica. The Abbey cuenta con los mejores abogados penalistas especializados en delitos contra la intimidad y en sus dos décadas de historia no ha habido una sola filtración.
—Donnelly ha dicho algo de un enlace con la Policía Metropolitana. ¿Lo conozco?
Bloom ni me mira. El ascensor baja a sacudidas hasta la última planta. Siempre se vale del silencio como cláusula de rescisión.
—¿Quién es? —pregunto al irrumpir en el lujoso vestíbulo, iluminado como un hotel.
Me mira de reojo, con una tensión en la mandíbula que la delata.
—Teniendo en cuenta tu implicación en el caso, se ha escogido un enlace que no plantease problemas de confianza. Lo siento, Ben. Ella ha llevado el caso desde el principio. Yo no he tenido voz ni voto.
Llegamos a la puerta de la calle. Se oyen los frenos de los coches.
—Dime que es una broma, por favor.
—Ojalá.
Sólo puede ser una persona.
