Las dos muertes de Mozart

Joseph Gelinek

Fragmento

Capítulo 1

1

Monte Argentario (Toscana), verano de 2017

El cadáver resultaba tan horripilante a la vista que la limpiadora del hotel ni siquiera pudo emitir un grito, por más que lo intentó. Tal como ocurre a veces en los sueños, donde tratamos de correr y el cuerpo no responde, la chica quiso gritar, pero la voz no le obedeció. El cuerpo que tenía ante sí, momificado y completamente desnudo, estaba sentado en la taza del váter, con la espalda apoyada contra la pared, las manos agarrotadas sobre los muslos y la cabeza girada hacia la puerta del aseo. La momia la miraba con ojos vidriosos y su rostro estaba contraído en un gesto aterrador, que revelaba la agonía que había tenido que padecer aquel desgraciado, antes de que su corazón dejara de latir para siempre. Tras comprobar que sólo era capaz de emitir un sonido débil y quejumbroso, la mujer de la limpieza salió de la alcoba como alma que lleva el diablo y fue derecha al lobby del hotel, donde más con gestos que con palabras, pudo hacerle entender al recepcionista que en la habitación n.º 12 había «algo horrible» que tenía que ir corriendo a ver.

Los signos eran tan claros que al forense no le hizo falta esperar a la autopsia para adelantarle a la juez que aquel hombre había muerto envenenado con arsénico.

—La dosis ha debido de ser altísima, porque el cadáver está completamente deshidratado, de ahí que parezca una momia. Al desaparecer el agua del cuerpo, las bacterias encargadas de la putrefacción no pueden proliferar y el cadáver no se descompone. El gesto contraído en una mueca de dolor se debe a que el arsénico te abrasa las tripas por dentro: es como si le hubieran quemado las entrañas con sosa cáustica. Una muerte que no le desearía yo ni a mi peor enemigo.

Dos días después del hallazgo, la prensa publicó quién era el muerto y por qué estaba sentado en la taza del váter. Los síntomas del envenenamiento por arsénico son muy parecidos a los de la descomposición intestinal: la víctima puede llegar a ir al retrete cuarenta o cincuenta veces al día. Medio mundo quedó conmocionado al conocer la identidad de aquel horrible cadáver, aunque sólo una persona sabía quién lo había matado y por qué.

El diario Il Tirreno (el hotel estaba en Monte Argentario, un pueblecito de la Toscana) fue el medio que publicó más datos sobre el veneno empleado. La base, como adelantó el forense nada más inspeccionar el cuerpo, era el arsénico, pero lo habían combinado con plomo y belladona, un mejunje conocido en Italia desde el siglo XVII y que con el curso de los años pasó a tener nombre de bebida refrescante: acqua toffana. Su inventora había sido una hechicera de Palermo que en 1640 empezó a vender la ponzoña como si fuera un cosmético, envasándolo en pequeños viales con la inscripción Manna di San Nicola, bajo una imagen del santo. Era un veneno para mujeres ideado y comercializado por mujeres, en plural, pues parece ser que la madre y la hija también anduvieron metidas en el negocio, con el que amasaron una fortuna. Sus clientas eran señoras insatisfechas, maltratadas por sus maridos, a los que habían decidido quitar de en medio en una época en la que el divorcio o no existía o era impensable. La Manna di San Nicola pasó a llamarse acqua toffana porque el líquido era inodoro, incoloro e insípido (por tanto indetectable, como el agua) y su inventora se llamaba Teofania di Adamo. En cuanto trascendió lo del veneno, la pregunta que se hizo inmediatamente la prensa y con ella la opinión pública fue: ¿por qué, en pleno siglo XXI, el asesino había elegido para acabar con su víctima una pócima del siglo XVII?

Capítulo 2

2

El día en que Luca Salieri intentó saltar por la ventana porque no aguantaba el colegio yo acababa de cumplir un año como asistente personal de tu tía Teresa y tú aún no habías venido al mundo. Aunque estaba Gengio, Teresa no se molestaba en ocultar que Luca era su sobrino preferido y la noticia del intento de suicidio la sacudió en lo más profundo.

—¡Qué hijos de puta! —exclamó una vez superado el horror inicial, que dio paso a uno de sus típicos ataques de cólera. Pero como Teresa tenía tan mala relación con tus padres, a los que siempre acusaba de no ocuparse de vosotros, no sabría decirte si los «hijos de puta» a los que se refería eran ellos o los compañeros de clase que llevaban torturando a Luca desde hacía meses.

Recuerdo que la tarde en que su madre telefoneó desde Palermo para contarnos el intento de suicidio, en vez de consolarla le echó la bronca más espeluznante que yo haya escuchado jamás. Fue una reprimenda bíblica, culpabilizadora y atroz, plagada de maldiciones y negros deseos para ella, a una madre que había estado a punto de perder a su hijo hacía tan sólo unos minutos. Pero necesitaba expiar su culpa, como si quisiera ser castigada por su desatención hacia Luca, y se dejó abroncar estoicamente.

El pequeño estuvo a punto de conseguirlo —¡me estremezco sólo con imaginarlo!— y de no ser por los gritos desesperados de Gengio mientras lo sujetaba por las piernas, para que no cayera al vacío, lo más probable es que se hubiera roto la cabeza contra la acera de Via Antonio Mongitore. Los gritos alertaron a los vecinos y éstos a los carabinieri, que se presentaron en la casa en un suspiro. Cuando el maresciallo preguntó a Luca que dónde estaban sus padres, le explicó que trabajando y cuando quiso saber por qué había intentado quitarse la vida, no se lo pensó dos veces: «No aguanto el colegio y la única manera de no ir a clase es morirme».

El diario La Repubblica publicó a los pocos días un reportaje bastante extenso del bullying al que habían sometido a Luca en el colegio. Sus compañeros más crueles y mediocres la habían tomado con él desde que habían descubierto que tu hermano era diferente, porque cantaba maravillosamente bien, igual que su architatarabuelo, o lo que quiera que fuera; porque vuestro ilustre antepasado, Antonio Salieri, murió en 1825 y vaya usted a saber cuántas generaciones de distancia había ya entre vosotros. Según parece, al señor Pincopallino, el profesor de música, no se le había ocurrido otra cosa que proyectar en clase, con fines didácticos, el Amadeus de Miloš Forman, y los niños, que no habían visto la película porque es de hace más de treinta años, encontraron en ella un filón de oro para despedazar a Luca.

Del «cantar como una chica es de maricas» —porque Luca tenía una voz afiladísima, que le permitía cantar una octava por encima del resto— se pasó enseguida a «asesino tu abuelo, asesino tú», con bromas frecuentes en clase que eran toleradas, por no decir que celebradas, por los profesores. Una de ellas consistía en que, a la hora de la merienda, uno de los compañeros de clase simulaba que agonizaba entre horribles estertores, porque Luca le había echado veneno en el bocadillo. Esto provocaba estruendosas carcajadas entre los niños y mal disimuladas sonrisas entre los maestros, que se miraban entre ellos sacudiendo la cabeza como diciendo «¿Qué podemos hacer nosotros? ¡Cosas de chiquillos!».

En otras ocasiones, los torturadores formaban un círculo en el cortile alrededor de Luca y le cantaban, acompañándose con palmas, la Pequeña Serenata Nocturna de Mozart, como para decirle que era un mediocre, al igual que vuestro antepasado. Luca se quejó a tus padres y les pidió que hablaran con los profesores, pero ambos trabajaban toda la semana de sol a sol y nunca encontraban un hueco para mediar por él.

—Si me lo hubieras contado a mí —le dijo Teresa a Luca al cabo de una semana— los que hubieran saltado por la ventana habrían sido ellos. Pero no te preocupes, Zia Teresa hablará con el direttore para que esos hijos de su madre no te vuelvan a molestar nunca más. Laura, cariño —añadió después dirigiéndose a mí—, explícale a Luca quién fue Salieri y por qué jamás debe avergonzarse de llevar ese apellido, sino presumir de él. Yo se lo he dicho ya tantas veces que no me escucha.

Laura era yo, su asistente personal, que es como decir su sombra durante doce horas al día, porque una asistente personal es la expresión políticamente correcta para decir «chica para todo»: le llevaba la agenda, le filtraba las llamadas, contestaba a los correos, le traía los cafés, iba a la farmacia cuando le dolía algo (cosa que ocurría con bastante frecuencia, porque mi jefa era hipocondríaca) y por supuesto la acompañaba a todas las citas importantes. La que tenía con su sobrino Luca cada vez que bajaba a Palermo era para ella la más crucial de todas, y eso que Teresa, en función de su trabajo, mantenía encuentros anuales con las más grandes personalidades de la música, desde Riccardo Muti a Sting, pasando por Cecilia Bartoli o Zucchero Fornaciari. Teresa Salieri dirigía desde 1999 (año de su reinauguración) el Teatro Salieri de Legnago, presidía la Fundación Salieri y coordinaba el Salieri Opera Festival, recientemente creado para promover la obra y la memoria de uno de los compositores más importantes del siglo XVIII.

El diálogo que reproduzco a continuación se había repetido media docena de veces en un año, y yo ya recitaba mis respuestas de memoria.

—Explícale a este niño quién fue Salieri —decía Teresa.

Y yo:

—El más grande.

—¿El más grande por qué?

—Compuso cuarenta óperas, veinte más que Mozart.

—Exacto. ¿Y qué más?

—Fue el músico favorito del emperador José II.

—Exacto. ¿Y qué más?

—El maestro de maestros: dio clases a Beethoven, a Schubert y a Liszt.

—¿Lo ves, tontito? —le decía Teresa luego a Luca—. El apellido Salieri es sinónimo de excelencia.

En esta ocasión, a veinticuatro horas de distancia del intento de suicidio, a Teresa le pareció oportuno añadir:

—Ya que tus padres no se ocupan de ello, me voy a encargar yo personalmente de que no te vuelvan a molestar tus compañeros. Pero escucha una cosa: si lo vuelves a intentar, seré yo la que te mate, ¿me oyes? Es necesario que entiendas una cosa: tú no eres tuyo, capito? Eres de Zia Teresa. Dilo.

—Soy de Zia Teresa.

—Exacto. Y como eres mío, no puedes hacer con tu vida lo que quieras, tienes que hacer siempre lo que yo te diga. Morirse para no ir al colegio es de tontos. Dilo.

—Morirse para no ir al colegio es de tontos.

—Muy bien. Antes que morirse hay miles de soluciones, como cambiarte de colegio, buscarte un profesor para estudiar en casa o devolver los golpes. Esos cabrones que te hacen la vida imposible han de entender que, si lo vuelven a intentar, serán ellos los que salten por la ventana. ¿Qué quieres hacer tú?

—Cambiarme de colegio.

—Error. ¿La huida? Un Salieri no huye jamás. ¿Acaso huyó el gran Antonio cuando Mozart se instaló en Viena?

—No.

—Nadie, mientras yo viva, te obligará a cambiarte de colegio. Serán tus maltratadores los que cambien de actitud o si no, ¿qué pasará? Dilo.

—Saltarán por la ventana.

—¡Bravo! ¡Ése es el espíritu!

Capítulo 3

3

Aguantar a Teresa Salieri doce horas al día no era el trabajo más fácil del mundo, si se me permite el eufemismo, pero tenía varias compensaciones. Tantas como para hacerme permanecer a su lado hasta el final, cuando las cosas se torcieron tanto que era como si todas las hechiceras de Italia nos hubieran lanzado mal de ojo. Viajábamos con frecuencia (no sólo por Europa, también a Nueva York, Sídney o Shanghái), teníamos encuentros con algunos de los artistas más relevantes del mundo y estaba bien pagado. Trabajar junto a la Salieri resultaba complicado porque era una bipolar de libro o «de letra grande de manual pequeño de psiquiatría», por usar una expresión que aprendí de mi padre, que en gloria esté. Cuando pensabas que ibas a tener el día más maravilloso del mundo, porque la soprano Diana Damrau había aceptado venir a cantar a nuestro festival las arie di bravura de Antonio Salieri, cualquier pequeña contrariedad —una llamada no devuelta, un día inesperadamente lluvioso— cobraba un peso desmesurado en su estado de ánimo y le hacía olvidar lo bien que nos iban las cosas en el terreno artístico. Cuando le sobrevenía un episodio depresivo, Teresa podía estar sin comer tres días seguidos y no tenía fuerzas ni para marcharse a dormir a su casa. En vez de eso, permanecía recostada en el sofá de su despacho de la Fundación, con las persianas bajadas, las cortinas echadas y la puerta cerrada a cal y canto, para que ni siquiera yo pudiera perturbar la paz —el infierno, más bien— de su reclusión. Con el tiempo me di cuenta de que lo que la postraba de tal forma era precisamente el hecho de haber ganado alguna batalla reciente. Tras meses de haber perseguido a un artista —para que hiciera un hueco en su apretada agenda y viniera a cantar al Teatro Salieri—, de haber desplegado una energía y un poder de seducción sobrehumanos para captar al divo o la diva de moda, ésta accedía por fin a su propuesta y Teresa Salieri sentía que su vida se volvía otra vez tan monótona y previsible como la de un funcionario municipal. La felicidad para ella no estaba en conseguir la meta, sino en dar la batalla.

Cuando aquella mañana en Palermo la oí jurar ante su sobrino Luca que no tendría que cambiarse de colegio «mientras ella viviera» y habló de hacer saltar por la ventana a los alumnos que le hacían bullying me quedé horrorizada, pues sabía qué nivel de energía y ferocidad podía llegar a desplegar cuando abandonaba la fase depresiva y entraba en la maníaca. ¿Qué se proponía hacer exactamente? ¿Amenazar de muerte a los torturadores de Luca? ¿Enfrentarse físicamente con los padres o el director del colegio? Antes de tener ocasión de comprobarlo, a las dos nos cambió la vida para siempre. A través de una newsletter de la revista Variety, mi jefa se enteró de que un estudio de Hollywood planeaba un remake de Amadeus, dirigido por un italoamericano llamado Fred Zoccoli, en el que Kelvin Lamont haría el papel del malvado Salieri.

La noticia transformó a Teresa en una de las erinias, esas deidades vengadoras de la mitología griega a las que se suele representar blandiendo látigos y antorchas, con serpientes enroscadas en la cabeza y sangre manando de los ojos. Para entender la ira que la embargó nada más tener noticia del remake, tienes que tener presente que Teresa era la presidenta de la Fundación Salieri y por lo tanto la encargada de preservar la memoria y el legado artístico del compositor, y que la película de Miloš Forman —inspirada en el drama de Peter Shaffer, a su vez basado en el drama de Pushkin— había reducido a su antepasado a una grotesca caricatura humana y musical. Además, estaba la nueva y angustiosa situación de Luca en el colegio. Si treinta años después del estreno de Amadeus, los niños italianos aún seguían gastando bromas crueles sobre las capacidades envenenadoras de Antonio Salieri, ¿qué podría pasar ahora si las patrañas sobre el compositor volvían a estar en boca de todos debido a un remake que presagiaba ser —gracias a la presencia de Lamont en el reparto— un gran éxito de taquilla? ¿En qué infierno podría convertirse la vida del sobrino preferido de Teresa? Kelvin Lamont no sólo era la estrella de moda, sino que atesoraba el talento suficiente para salir airoso de la comparación con F. Murray Abraham (que había conseguido el Oscar por su inolvidable interpretación del genio veronés) y volver a poner de moda la infamia de que Salieri había intentado acabar con Mozart.

Capítulo 4

4

La Salieri resolvió que como la fiscal de menores de Palermo —una mujer muy decidida y valiente— había acordado investigar hasta el final el intento de suicidio de Luca y estaba interrogando ya a alumnos, padres y profesores en relación al bullying, lo de tomarse la justicia por su mano no era imprescindible de momento y regresó de inmediato a Legnago. Mientras tanto, y hasta que las pesquisas policiales identificaran a los acosadores y se viera qué sentencia les imponía el juez, Luca no iría al colegio y estudiaría en casa, con ayuda de un profesor particular que ella misma costearía. Rogué al cielo para que los juzgados de Palermo adoptaran medidas contundentes contra los maltratadores de Luca, que colmaran la sed de justicia de Teresa, porque la idea de imaginarla insatisfecha y vengativa, convertida en la versión femenina de Charles Bronson, me producía auténtico pánico.

Decidida a sabotear el remake de Amadeus al precio que fuera, lo primero que hizo mi jefa al llegar a Legnago fue convocar al Consejo de la Fundación Salieri, integrado, además de por la propia Teresa, por un vicepresidente y seis vocales. Orden del día: fijar la posición de la Fundación en relación al remake. En realidad, Teresa Salieri mangoneaba lo que quería en el Consejo y siempre se acababa haciendo su voluntad, pero los estatutos de la Fundación decían que las decisiones debían ser adoptadas por mayoría y la Salieri estaba obligada a guardar las apariencias.

—La Fundación tiene el sacrosanto deber de preservar el buen nombre de Antonio Salieri —dijo a los reunidos— y el remake de Amadeus significa que tendremos que volver a soportar las más inmundas patrañas que se hayan divulgado jamás sobre artista alguno. Todo porque un estudio de Hollywood en apuros quiere hacer caja y una estrellita de cine en ascenso necesita ganar el Oscar. Esto exige una respuesta contundente.

Siempre que se celebraban reuniones del Consejo, y dado que yo no era miembro integrante, pero la Salieri me quería a su lado, me hacía sentar detrás de ella, como si fuera un intérprete simultáneo. Cuando estaba en fase maníaca e hiperactiva, se giraba a menudo hacia mí para comentarme u ordenarme cosas en voz baja, dando muestras de una locuacidad y de una dispersión de ideas patológica. Sus indicaciones podían ir desde que le recordara que teníamos que comprar una nueva fotocopiadora hasta el dictado de un correo electrónico dirigido al director del Teatro de La Scala de Milán.

El primero en hablar fue el vicepresidente, un hombre mayor, enjuto y encorvado, que gastaba gafas de culo de vaso y hablaba con la erre moscia, tan común en el norte de Italia. Tenía tanto miedo a la Salieri que, aunque no le gustaban los bombones de la sala de juntas —comprados por ella todos los meses en la Confetteria Filarmonica de Verona—, no se atrevía a despreciarlos abiertamente. En lugar de eso, alargaba la mano hasta el cuenco de los bombones, portando ya otro que había sacado del bolsillo, hacía que cogía uno de los que había comprado la Salieri y luego quitaba el envoltorio y se comía el que había traído él de casa.

—Voy a redactar de inmediato un comunicado de protesta, para que lo saquen esta misma tarde en L’Arena y en el Corriere del Veneto —dijo el vicepresidente, y empezó a apuntar su propia idea en un cuaderno de notas, tan ajado que parecía papiro egipcio.

La Salieri ya había decidido por su cuenta cómo había que reaccionar al remake de Amadeus y consideraba aquella reunión un mero formalismo exigido por los estatutos, por lo que no esperaba iniciativa alguna de los asistentes. Primero fulminó al vicepresidente con la más negra de sus miradas y como viera que éste —seguramente por ser tan miope— no se había dado por aludido y seguía garabateando una propuesta no solicitada, lo amonestó verbalmente.

—Eso es exactamente lo que no vamos a hacer —dijo la Salieri, comentario que bastó para que el vicepresidente tuviera un ataque de tos nerviosa y tachara de manera ostensible la idea que acababa de anotar en el cuaderno.

Teresa estaba obligada a respetar los formalismos. Por eso, y aunque sabía que los consejeros votarían cualquier iniciativa que ella les sugiriera, por delirante que fuese, prefirió motivar primero la propuesta que pensaba presentar al Consejo.

—En Amadeus se acusó a Antonio Salieri, de manera totalmente arbitraria, no sólo de ser el más mediocre de los compositores, sino de varios delitos. —Y para que la gravedad de la calumnia quedara aún más patente repitió—: De-li-tos —escandiendo lentamente las tres sílabas—. Se le culpó de difamar a Mozart ante el emperador, diciendo que acosaba a las alumnas. ¡Falso! De coaccionar a Constanze, la mujer de Amadeus, para que se acostara con él a cambio de ayuda económica. ¡Falso! De encargarle el Réquiem con la intención de interpretarlo como propio en el funeral, tras haberlo asesinado. ¡Falso, falso y otra vez falso!

El vicepresidente, reprendido por la Salieri por haber malinterpretado sus deseos, vio una oportunidad para tratar de compensar su metedura de pata.

—La película era repugnante —dijo—. ¿Sabéis que no sólo disgustó a los admiradores de Salieri? Cuando Margaret Thatcher, que amaba a Mozart, la vio en Londres, escribió una carta a Peter Shaffer protestando por haber puesto todas esas marranadas en boca de Amadeus.

—Mi querido vicepresidente —le dijo Teresa con desprecio—, ésa es quizá la única verdad acreditada de todo Amadeus: que Mozart era un bocasucia.

—¿En serio? —farfulló el aludido—. Como la película contiene tantas mentiras, pensé que ésa era una patraña más. —Y para tratar de arreglarlo añadió—: ¡Por eso la cinta es tan abominable, porque confunde a la opinión pública mezclando verdad y mentira, como en ese timo en que colocan billetes auténticos sobre recortes de periódico!

—Pues ahora nos enfrentamos al remake de esa sarta de mentiras —dijo indignada la Salieri—. Nuestra respuesta ante Amadeus hace treinta años fue muy tibia. Por eso, ahora se creen con derecho a repetir la afrenta, agravándola. No voy a negar que gran parte de la responsabilidad fue de mi tío Plinio, que en el 85 estaba al frente de la Fundación. Su debilidad de carácter hoy nos avergüenza a todos, pero especialmente a mí, que llevo su apellido. Laura aún no había nacido, ¿verdad, tesoro?

Entonces se giró hacia mí y como me invitó a aproximarme a la mesa, en un gesto con el que parecía querer incluirme en las deliberaciones, me hizo sentir violenta.

—¿Sabes en qué consistieron los actos de desagravio ante Amadeus?

Tu tía estaba en uno de los típicos ataques de locuacidad mórbida que acompañaban sus fases de manía y yo sabía que sus preguntas eran puramente retóricas, de modo que aunque conocía la respuesta, fingí desconocerla por completo.

—Se interpretó su Misa de Réquiem en la catedral y se presentó una monografía sobre Antonio Salieri. Eso fue todo. ¡Hollywood estaba llamando asesino a Salieri y nosotros lo único que hicimos fue cantar misa en la catedral! Pero yo, ya me conocéis, estoy hecha de una pasta diferente. Si de mí hubiera dependido, habría salido adelante la propuesta del alcalde, que habló de erigir una estatua de Salieri frente a nuestro teatro, en el acto de pisotear la cabeza de Mozart. ¿Por qué no se hizo? ¡Por la maldita corrección política! Pero ese monumento hubiera sido una alegoría de la verdad: Salieri fue un compositor más exitoso que Mozart y siempre tuvo mucho más dinero que él: lo eclipsó como artista y como hombre, pues le ganó hasta en el número de hijos: seis de Amadeus, de los cuales se le murieron cuatro nada más nacer, contra ocho de Antonio Salieri.

»Nuestro querido vicepresidente sugiere redactar un comunicado de protesta en la prensa de Verona, pero eso supondría reducir la afrenta a una anécdota local. Como opino que Salieri es uno de los grandes nombres de la música italiana de todos los tiempos, a la altura de un Vivaldi, un Paganini o un Donizetti, me propongo convertir este asunto en una infamia nacional. ¡Que toda Italia se indigne ante este nuevo intento de convertir a uno de nuestros más grandes artistas en un delincuente sin talento!

El temor a la Salieri era tal que, aunque los consejeros no tenían aún ni la más remota idea de cómo se proponía llevar adelante su iniciativa, asintieron todos con entusiasmo.

—Hay que redactar una carta al presidente del Consiglio para que el gobierno haga llegar una protesta formal a la embajada de Estados Unidos —dijo el querido vicepresidente. Y de nuevo volvió a meter la pata.

—De ninguna manera —tronó la Salieri—. ¿Una carta al presidente, dices? ¿A ese rimbambito que ni siquiera ha pasado por las urnas? ¿Que está gobernando el país de carambola, porque ha dimitido un compañero de partido? Además, la relación bilateral entre Italia y Estados Unidos es desde hace años tan amigable que en Palazzo Chigi jamás harían nada que pudiera irritar a Washington. Si le damos la iniciativa de la protesta al gobierno italiano, podemos esperar sentados a que muevan un solo dedo para defender a Salieri. De la misma forma que no estoy dispuesta a reducir el conflicto a una infamia provincial, tampoco tengo intención de burocratizarlo. Esta batalla hay que darla en las redes sociales.

La mayoría de los vocales creía que Facebook era sólo un lugar amigable para intercambiar fotos entre familiares y ex compañeros de colegio, por lo que la idea de plantear una batalla político-musical a través de internet los llenó de desconcierto y estupor, que expresaron a través de interjecciones y cuchicheos.

Llegados a este punto, Teresa me hizo un gesto para que me levantara y empezara a repartir entre los consejeros de la Fundación copias de la carta de protesta que ella misma había redactado durante el vuelo que nos había traído el día anterior desde Palermo hasta Verona.

Nada más tener la carta entre las manos, los vocales se lanzaron a devorar su contenido, como si les hubieran puesto delante un plato humeante de espaguetis. Pero Teresa aún no les había suministrado todas las claves para entender la campaña que estaba a punto de emprender, por lo que los detuvo con un bocinazo.

—¡No empecéis a leer todavía! ¡Atendedme un momento!

Como niños obedientes, los consejeros dejaron el comunicado sobre la mesa y prestaron toda su atención a la presidenta.

—Se empiezan a filtrar detalles inquietantes sobre el remake de Amadeus. En Hollywood Reporter cuentan que van a fusionar el drama de Shaffer con el de Pushkin, lo cual quiere decir que esta vez llegaremos a ver en pantalla cómo Salieri acaba con Mozart, echándole veneno en la copa. En el primer Amadeus, lo dejaron en un delirio senil, pero ahora quieren pasar de la fantasía a la realidad, llevando la calumnia hasta el límite. ¿Os imagináis un biopic de Garibaldi en el que éste apareciera retratado como un traficante de esclavos? ¿O una biografía de Verdi en la que se lo mostrara como un homosexual o un pederasta? ¿Que la verdad no importara para nada? Está históricamente acreditado que ni Garibaldi traficaba con esclavos, ni Verdi era marica, ni Salieri mató a una mosca. Pero mientras a Garibaldi y a Verdi se les respeta su biografía, a Salieri se lo arrastra por el fango desde hace dos siglos, lo cual me revuelve las tripas y me empuja a anunciaros que tengo intención de sabotear este remake cueste lo que cueste.

»Ya podéis leer la carta.

Capítulo 5

5

Antes de que Teresa Salieri me aceptara como su asistente personal, me había tenido un mes a prueba. Me dijo que además de comprobar si había química entre ambas, yo debía acreditar conocimientos suficientes sobre la historia de los Salieri, ya que ella era la presidenta de la Fundación y la directora del teatro y yo escribiría muchas cartas en las que no debía haber inexactitud alguna. Me facilitó un montón de libros y me tuvo estudiando durante semanas, como si opositara a notarías. Cuando lo consideró oportuno, me convocó una mañana en su despacho para hacerme un examen en toda regla. Recuerdo que la primera y única pregunta que me formuló fue cómo y cuándo había empezado la leyenda negra de Salieri. Dado que yo quería el trabajo a toda costa y deseaba causarle una excelente impresión, intenté demostrarle que conocía la historia como la palma de mi mano y me explayé todo lo que pude.

—A los pocos días de la muerte de Amadeus, ocurrida el 5 de diciembre de 1791, un periodista publicó en un diario de Berlín las habladurías que circulaban por Viena. Como el cadáver de Mozart estaba hinchado y despedía un olor nauseabundo, algunos empezaron a decir que había sido envenenado. ¿Envenenado por quién y por qué? Eso vendría mucho después. De momento sólo se decía «envenenado». El propio Mozart, unos meses antes, le había contado a Constanze, su mujer, que a veces se sentía tan mal que tenía la impresión de que lo estaban envenenando. Ni se ha sabido nunca quiénes fueron esos «algunos» que sirvieron de fuente al diario berlinés, ni conocemos el nombre del periodista que publicó tal infamia, pero esa noticia corrió como un reguero de pólvora hasta Viena, y como el populacho está siempre ávido de morbo y de malsano entretenimiento y le da igual difundir verdad o mentira perchè se non è vero, è ben trovato, la calumnia se propagó por toda la ciudad en un instante.

A Teresa Salieri le estaba gustando tanto el tono y el nivel de detalle de mi relato que la vi asentir varias veces con la cabeza, mientras cerraba los ojos en un gesto de íntima satisfacción. Esto, a su vez, me dio a mí la seguridad que necesitaba para continuar recitando la lección con el desparpajo con el que había empezado.

—Durante decenios, nadie se atrevió a identificar al presunto asesino de Amadeus ni a sugerir un móvil para el crimen. Lo más curioso del caso es que las personas más cercanas a Mozart, desde el médico que le atendió en el lecho de muerte a su propia esposa, insistían en que no había sido envenenado. Pero la historia era demasiado bonita para no ser cierta, de modo que estos desmentidos no sirvieron de nada.

Teresa me escuchaba con tanta atención que parecía una niña embelesada a la que estuvieran contando un cuento de Navidad. En un determinado momento, me recordó con un gesto de la mano que a mi lado había una botella de agua y un vaso, especialmente colocados para mí, y en ese preciso instante supe que el trabajo ya era mío, pues era evidente que le estaba encantando mi relato. Con el regocijo interior que me proporcionó esta secreta convicción, proseguí con mi informe.

—Pasan los años y estamos en 1830. Los nacionalismos empiezan a hacer estragos en toda Europa. Dado que Leopold Mozart siempre había acusado a los músicos italianos de conspirar contra los alemanes, y que el jefe indiscutible de ese clan era Salieri, resultaba inevitable que al final acabaran cargándole a él el mochuelo del supuesto envenenamiento de Mozart. Cuarenta años después de su muerte, se desencadenó una campaña de linchamiento mediático y social que nada tuvo que envidiar a las que se producen ahora en las redes sociales. Antonio Salieri se convirtió, debido al enfrentamiento entre nacionalistas austríacos e italianos, en el objeto de todas las habladurías, y esa campaña inicua de menoscabo de su imagen y su reputación, que se prolongó durante meses, le afectó de tal manera que sufrió un colapso nervioso y hubo que ingresarlo en un frenopático.

Llegados a este punto, mi relato debió de remover en Teresa alguna herida interior que distaba mucho de estar cerrada, porque la vi estremecerse en un gesto de dolor.

—¿Quién de nosotros resistiría una campaña así? —se preguntó en voz baja, como si hablara sólo para ella—. Toda Europa afirmando sin pruebas que eres el asesino de Mozart. Y tú teniendo que demostrar que eres inocente, en lugar de ser al revés, que sean los acusadores los que hayan de soportar la carga de la prueba.

Me pareció oportuno esperar a que superara este momento de aflicción antes de proseguir, pausa que aproveché para beber el trago de agua que tanto necesitaba.

—A diferencia de lo que se cuenta en Amadeus —proseguí—, no es que Salieri sufriera demencia senil y como consecuencia de ello empezara a delirar con que había matado a Mozart, sino que la campaña orquestada en toda Europa, acusándole de que lo había matado, lo desquició tanto que necesitó asistencia psiquiátrica. Es mentira que en esa crisis mental llegara a asumir las calumnias de las que le acusaban y confesara que lo había asesinado. Es una patraña y está documentado en escritos de la época. Tanto el médico como los dos enfermeros que lo atendieron en ese último y aciago período de su vida aseguran que no sólo no confesó su crimen, sino que se preocupó mucho en dejar claro que él no había matado a nadie. También su más devoto alumno de piano y composición, que se entrevistó con él en un momento en que estaba perfectamente lúcido, informó de que Salieri le dijo expresa e inequívocamente que él no había envenenado a Mozart.

—¿Te das cuenta, Laura —me dijo Teresa—, de las calumnias que lleva soportando mi familia desde hace siglos? Les he dicho a los padres de Luca que no se les ocurra ponerle jamás Amadeus. Es un niño muy sensible y sé que la película le perturbaría mucho.

En ese momento, vi tan afectada a mi jefa que le pregunté si quería que diera mi relato por terminado, pero tras un largo suspiro me hizo un gesto con la mano para que continuara.

—El infundio de que Salieri había envenenado a Mozart se propagó con tal fuerza por toda Europa que en 1830 llegó a Rusia, a oídos del poeta Aleksandr Pushkin. Seducido por la historia, escribió un pequeño drama en verso, en dos actos, titulado precisamente Mozart y Salieri, en el que el segundo envenenaba al primero por envidia. Según Pushkin, Salieri no soportaba que a él le costara Dios y ayuda escribir músicas poco inspiradas y que Mozart, en cambio, tuviera una pasmosa facilidad para encontrar y desarrollar ideas sublimes. El drama tuvo tanto éxito que a finales del XIX, Rimski-Kórsakov compuso una ópera sobre el libreto de Pushkin con la que triunfó en Moscú. Casi un siglo después, Peter Shaffer se inspiró en Pushkin para escribir la obra de teatro Amadeus y poco después ayudó a Miloš Forman a adaptarla al cine.

Durante la última parte de mi relato, la Salieri se había levantado del sofá en el que se había recostado para escucharme y se puso a buscar algo en los cajones en su mesa de trabajo, que estaba a mis espaldas, por lo que pensé que se había distraído con alguna cuestión más importante y la había perdido como oyente. Mis temores resultaron infundados: nada más concluir yo mi informe, me entregó el contrato que me ligaría a ella a partir de entonces e incluso me regaló la pluma con la que estampé mi firma al final del documento, por lo que supe que me había estado escuchando todo el rato.

—Ni yo misma lo hubiera relatado mejor, querida Laura —me dijo cuando le devolví el contrato firmado—. Haremos un buen equipo, estoy segura. Siempre que no te importe desayunar un sapo cada mañana.

Y yo, que veía de aquel trabajo sólo el lado glamuroso de las bambalinas del Teatro Salieri y de los viajes internacionales, me quedé helada. ¿Un sapo cada mañana? ¿A qué se estaba refiriendo exactamente la signora Salieri?

Capítulo 6

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La carta que Teresa Salieri acababa de entregar a los consejeros de la Fundación era un ultimátum dirigido al director del remake de Amadeus, Fred Zoccoli, a través del portal de internet Change.org.

El texto decía lo siguiente:

Sustituya el guion del remake de Amadeus, lleno de mentiras sobre Salieri, por un guion que cuente la verdad histórica.

La película de Miloš Forman, Amadeus, convirtió hace tres décadas a Antonio Salieri, uno de los compositores de más éxito del siglo XVIII, en un mediocre fracasado, blasfemo, difamador y asesino frustrado. Ahora, Hollywood pretende seguir arrojando basura sobre la memoria de este gran músico italiano y rodar un remake en el que veremos cómo Salieri envenena a Mozart. Bien está completar con la imaginación aspectos oscuros de la biografía de un personaje histórico, pero sustituir los hechos conocidos por otros inventados, que además resultan totalmente difamatorios, resulta moralmente inaceptable. ¿Qué pensarían los estadounidenses si los italianos hiciéramos una película sobre la guerra de Secesión americana en la que Abraham Lincoln fuera un pederasta o un drogadicto o ambas cosas a la vez? ¿O si lleváramos al cine la biografía de Joe DiMaggio y contáramos que era impotente y que por eso Marilyn Monroe se separó de él?

Exigimos que el remake de Amadeus sirva para desmentir las infamias que se

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